Aún no había convalecido completamente esta ciudad de los quebrantos causados en ella por los terremotos y la peste, cuando fue maltratada de nuevo por las calamidades y desgracias que ocasionan las sublevaciones y levantamientos populares. De nada debiera felicitarse más un pueblo, que de tener buenos gobernantes; y Quito, bajo ese respecto, ha sido perseguido por no sé qué especie de estrella funesta: sus gobernantes han sido, ordinariamente, dotados de cualidades más propias para labrar la desgracia, que para procurar la prosperidad de la sociedad. Parecía que con la llegada del nuevo Presidente se —190→ remediarían los males que estos pueblos habían padecido con el desgobierno de la Audiencia; pero sucedió todo lo contrario, pues se agravaron hasta causar una perturbación completa del orden y de la tranquilidad pública en la empobrecida colonia.
En agosto de 1587 llegó, por fin, a Quito el nuevo Presidente, después de haberse hecho esperar largos meses. El doctor don Manuel Barros de San Millán, fundador de la Audiencia de Tierra firme y antiguo Oidor de las de Guatemala y Charcas, venía no sólo como Presidente, sino como Visitador de la de Quito, con cargo de tomar residencia a todos los ministros de ella. El doctor Barros tenía experiencia de las cosas de Indias, y práctica en los tribunales de justicia: frisaba en los sesenta y cuatro años de edad, era soltero, y nada galante con las damas; un tanto vano de carácter y poco recatado en palabras, el seso y la madurez del castellano andaban en él mezclados con la ligereza y frivolidad andaluza; nacido en Segovia, había pasado la mayor parte de su juventud en Osuna, asistiendo a los cursos de aquella Universidad, hasta recibir la muceta de doctor en jurisprudencia civil y canónica, y desempeñar cargos honoríficos en la misma corporación. Elegido Presidente y Visitador de la Audiencia de Quito en 26 de julio de 1585, tardó como dos años en llegar a esta ciudad y tomar posesión de su destino; pues de España vino a Cartagena de Indias, y, dando un largo rodeo por Tunja y Bogotá, eligió el camino más dilatado para llegar a Quito; enemigo de las incomodidades de un viaje a caballo, siempre que podía —191→ se mandaba cargar a hombros de indios y hacía jornadas muy cortas69.
Los quiteños estaban bastante inquietos con las noticias que acerca del carácter y costumbres del nuevo Presidente habían circulado en la ciudad; y, antes que el doctor Barros llegara, ya los ánimos se hallaban prevenidos desfavorablemente: su talante consumó la mala disposición del vulgo, siempre propenso a dejarse llevar de meras apariencias, no muy alto de cuerpo, aceitunado de color, tosco de facciones y acedo y displicente en su trato, con manifiestas propensiones —192→ no sólo a ejercer autoridad, sino a hacerla pesar sobre los colonos, a los pocos días de mando se vio rodeado de enemigos, que comenzaron, al instante, a trabajar eficazmente para derribarlo del solio, donde acababa de sentarse apenas.
Ninguno de los Oidores estaba de acuerdo con el Presidente, aunque en lo exterior guardaban las fórmulas de la más perfecta armonía. El doctor Barros, cuanto tenía de severo para con los españoles y criollos, otro tanto era afable para con los indios: cuando trataba con los primeros —193→ componía su semblante, tomando aspecto de estudiada autoridad: cuando hablaba con los segundos, desfruncía el entrecejo y se daba aires de mansedumbre y hasta de ternura; pronto los indios reconocieron, pues, un protector en el mismo a quien españoles y criollos odiaban como a déspota. Aumentó el precio del salario de los indios, prohibió que se los forzara a trabajar, cuando ellos no quisieran; disminuyó el número de los que en calidad de criados o yanaconas servían en la ciudad, y, más que todo, prestó fáciles oídos a las quejas que los indios le llevaban contra sus patrones: tan intempestiva protección insolentó a los indígenas; y, éstos, que por las tendencias de su propia raza; son naturalmente perezosos e indolentes, amparados por la bondad que para con ellos desplegaba el indiscreto Barros, no pudieron menos de entregarse a la holganza, y abandonando el trabajo acudieron al hurto para satisfacer sus necesidades.
Las casas de los particulares, a consecuencia del reciente terremoto, exigían reparo: los templos estaban cuarteados, y los conventos de los frailes amenazaban ruina; en tan apurada situación, el Presidente había aflojado el respeto y el temor, con que los indios eran constreñidos al trabajo: el país estaba empobrecido, ¿cómo pagar, pues, doblado jornal a los indígenas? Fuertes los indios con la protección del Presidente; sintieron revivir en su pecho los amortiguados odios de raza, y se estuvieron mano sobre mano en sus chozas, viendo con satisfacción las angustias de los españoles y criollos. Barros era profundamente católico y creyente, como lo eran todos —194→ los castellanos de su tiempo; pero, aunque veneraba el estado eclesiástico, no puso buena cara a los frailes que acudían al palacio de la Audiencia, negó los indios que reclamaban los Prelados para peones de sus conventos, públicamente censuró la fábrica de éstos, calificándola de inmensa y suntuosa, y muy contraria, por lo mismo, al espíritu de pobreza evangélica, sin el cual se marchitan los institutos religiosos. Descomponiéndose de repente el andamio con que estaban construyendo los claustros de Santo Domingo, vinieron al suelo los trabajadores, y varios de ellos perecieron estropeados por el maderamen, que les cayó encima: este incidente funesto, que en otro tiempo habría pasado casi desadvertido, le dio ocasión al presidente Barros para avivar su ternura para con los indios, y, ratificó la prohibición que tenía impuesta, para que los indios no fuesen obligados a trabajar en la construcción de los conventos.
Con estas medidas, la irritación de los ánimos se fue enconando más cada día: los resentidos contra el Presidente (que eran muchos), espiaban su conducta; en las tertulias se ponderaba su dureza de carácter y se lo calificaba de tirano, a la casa de doña Magdalena Anaya y Guzmán, en son de consolar a la viuda del oidor Cañaveral, acudían todos los días los reverendos Prelados de los conventos, y allí, a una, se lamentaban de la situación del país, escandalizados de la descortesía del Presidente para con sus santos hábitos, y muy inquietos por ésos como tufos o resabios de herejía, que no dejaban de aparecer en el jurisconsulto de Osuna; ahí era el menear —195→ de la cabeza, ahí las reticencias enfáticas, ahí el suspirar elocuente; con esto, el fuego de una sublevación se iba atizando lentamente70.
Don Pedro Venegas del Cañaveral había fallecido en tanta pobreza, que fue necesario pedir limosna para poderlo enterrar y hacerle funerales: el pueblo de Quito no quería persuadirse de que fuese cierta esa pobreza, y la creía fingida, para no pagar a la real hacienda la gruesa suma de pesos de oro, en que por la visita debía ser condenado; aunque no faltaba también quien explicara aquel extremo repentino de pobreza, atribuyéndolo a que los depositarios ocultos de los bienes de Cañaveral se habían alzado con ellos, no siendo posible recaudarlos, sino por medio de la justicia, para lo cual sería menester un pleito largo y dispendioso.
El licenciado Auncibay había soportado su desgracia con serenidad de ánimo y hasta con impavidez: privósele del destino de Oidor, se le impuso una multa y se le desterró perpetuamente de América. Regresó por lo mismo a España y se estableció en Sevilla, donde vivió algún tiempo ejerciendo su profesión de abogado, hasta que falleció repentinamente. Sorprendiole la muerte estando sentado a la mesa comiendo: llegado a los postres, como le sirvieran albérchigos, preguntó a su paje cuál era el nombre que en latín tenía esa fruta: el sirviente (aunque era un —196→ mozo estudiante de la Universidad de Sevilla), no acertó a responderle inmediatamente. Auncibay pidió el Diccionario de Calepino: acudió por él con presteza el estudiante, y, cuando volvió a entrar al comedor, encontró muerto inopinadamente a su amo. Tal fue el triste fin del licenciado Auncibay71.
Así estaban las cosas, cuando llegó a está ciudad la cédula real, en que se prevenía a la Audiencia que estableciera en todos los lugares de su distrito el impuesto de la alcabala, que hasta entonces no se había solido pagar en ninguna de las poblaciones sujetas al virreinato del Perú. La alcabala era la pensión de un dos por ciento sobre el precio de todo cuanto se vendiera en el comercio y en los mercados públicos: debía cobrarse cada tres meses, exigiendo, en caso necesario, un juramento de los deudores, por el cual declararan que no defraudaban nada a la haciende real. Quedaban, por lo pronto, exonerados del pago de alcabala los indios, los religiosos y los clérigos por todo lo que compraran o vendieran para su uso privado o alimentación; pero no de lo que vendieran por granjería.
La cédula que mandaba establecer en el Perú el impuesto de las alcabalas, se expidió en el Pardo, el primero de noviembre de 1591: recibiose —197→ en Quito en el mes de julio del año siguiente, y el nuevo impuesto debía principiarse a cobrar desde el 15 de agosto.- Quedaban exceptuados del pago de alcabala los manuscritos, los libros, los caballos, los halcones y todas las demás aves de cetrería: también el maíz, el trigo, las semillas y todos los otros artículos, que se vendían al por menudo para alimento de la gente pobre en los mercados públicos. El Virrey expidió el arancel; y a los ayuntamientos de las ciudades les pertenecía aceptar el impuesto, nombrar el cobrador y reglamentar la recaudación. De la coca debía pagarse el cinco por ciento.
Al ayuntamiento municipal de Quito le concedió la Audiencia quince días de termino para que resolviera la aceptación del impuesto; pero, cuando todavía no habían transcurrido ni dos días siquiera del plazo fijado, ya quiso la Audiencia pregonar la cédula y dar por aceptadas las alcabalas, y en ese momento principió el desacuerdo entre el Cabildo y la Audiencia.
Componíase ésta en aquella sazón del presidente Barros de San Millán, de los oidores Alfonso Cabezas de Meneses, Pedro Zorrilla y Matías Moreno de Mera, Licenciados, y del fiscal don Miguel de Orozco, también Licenciado, ya muy entrado en años.
Motivos plausibles alegaba, el Rey en su cédula para imponer la contribución de la alcabala en las ciudades del Perú: decía que era necesario equipar una armada para que vigilara los mares de las Indias, y protegiera el comercio contra los corsarios que invadían los puertos, saqueaban las ciudades y quemaban los templos, y que obra —198→ tan necesaria no se podía realizar, por estar el tesoro de su Majestad muy exhausto de recursos, a causa de las guerras, que, para defensa de la cristiandad, se había visto obligado a sostener72.
Pagar nuevas contribuciones siempre es duro y odioso, y la cédula de la imposición de las alcabalas llegó a Quito en momentos muy desfavorables. Felipe Segundo recomendaba a sus ministros del Perú, que procuraran plantear el nuevo impuesto sin violencia, haciendo uso de medidas suaves, a fin de no exasperar a los pueblos; pero tan prudente consejo quedó escrito, y la imposición de las alcabalas se llevó a cabo en esta ciudad después de ejecuciones sangrientas.
El 23 de julio de 1592, se recibió en Quito la cédula y la carta del Virrey, que mandaba cumplirlo dispuesto en cuanto al pago de las alcabalas. Reuniose el Ayuntamiento para deliberar —199→ acerca de la cédula real, cuya ejecución le estaba recomendada por la Audiencia, y después de conferir sobre el asunto, resolvieron todos unánimes los miembros del Cabildo no aceptar el nuevo impuesto, y elevar, por medio de la misma Audiencia, una representación al Rey, en la que se le suplicara que exonerara a estos pueblos del pago de las alcabalas. Esta representación debía ser elevada al monarca en nombre de la ciudad de Quito; el Cabildo pediría además al virrey del Perú y a la Audiencia, que suspendieran el cobro de la contribución hasta que el Rey, tomando en consideración la súplica de la ciudad, resolviera lo que le pareciese justo. El Cabildo o Ayuntamiento de Quito empleaba medidas legales para eludir el pago de la contribución, y su procedimiento en aquellos principios estaba ajustado a razón.
Eleváronse, en efecto, las representaciones acordadas a la Audiencia, al Virrey y a Felipe Segundo: el ayuntamiento pedía que no se impusiera la nueva contribución de la alcabala, solicitaba que se suspendiera el cobro de ella, y prometía que la principiaría a pagar, desde el momento en que el Rey resolviera que la pagaran. Ofrecía además poner en depósito seguro una cantidad proporcionada al monto de la alcabala, desde la promulgación de la cédula real hasta que se recibiera la respuesta del Rey, para entregarla al tesorero de la real hacienda, en caso de que el soberano ordenara que se pagara el impuesto. Los quiteños alegaban que la provincia estaba atrasada y pobre de dinero; que los mismos encomenderos se hallaban no sólo faltos de recursos, —200→ sino endeudados en gruesas cantidades, por los gastos, que para la defensa de Guayaquil, se habían visto obligados a hacer, con motivo de las dos invasiones de corsarios, y hacían presente la buena voluntad con que todos, hasta los más pobres, habían pagado recientemente la contribución, que con el carácter de donativo gracioso para Su Majestad, se les había exigido73.
Estas representaciones fueron llevadas con grande aparato a la Audiencia, estando los Oidores y el Presidente sentados en su tribunal: iban todos los miembros del ayuntamiento, precedidos por el procurador de la ciudad, y les seguía y acompañaba un concurso innumerable de vecinos y gente del pueblo, deseosos de oír la resolución de la Audiencia.
Los Oidores acogieron la solicitud del ayuntamiento; y prometieron que la elevarían a Su Majestad con informes para que fuera despachada favorablemente; pero, en su interior, estaban desabridos, considerando cuánto tenían de perder en la opinión del Virrey, con aquella condescendencia. El presidente Barros manifestaba, sin embozo, su inquebrantable resolución de hacer pagar las alcabalas: los quiteños, aunque no se fiaban mucho de la palabra de los Oidores, desconfiaban con fundamento de los informes del Presidente. Creció, pues, la animadversión contra éste, y se dirigieron quejas y representaciones —201→ a Lima y a la Corte, pintándolo como hombre duro, y que en vez de conciliar dividía los ánimos y suscitaba motines en la ciudad74.
Otras medidas más leales y decorosas tomó el cabildo de Quito, para alcanzar de la Audiencia que se suspendiera el cobro de las alcabalas: dirigiose a las municipalidades de Guayaquil y de Cuenca, estimulándolas a elevar también ellas sus representaciones con el mismo objeto que la —202→ de Quito, pero no logró que secundaran sus propósitos. Guayaquil admitió inmediatamente las alcabalas. El cabildo de Cuenca deliberó, y todos sus miembros, por lo pronto, acordaron coadyuvar a la solicitud de Quito; mas luego resolvieron aceptar las alcabalas, cambiando de parecer, merced a las reflexiones, conque no tardó en convencerlos el corregidor don Pedro apellidado el Romo. Era don Pedro Romo hombre sincero, —203→ naturalmente honrado, pero para quien la autoridad real no tenía límites: lo que el Rey mandaba eso era lo justo, y precisamente porque el Rey lo mandaba. Todo lo que tenemos es del Rey nuestro señor, decía don Pedro: la tierra donde vivimos suya es; un beneficio nos hace en cobrarnos las alcabalas, cuando podía quitarnos todas nuestras haciendas y echarnos de su tierra, si lo tuviera a bien; solamente el usufructo es nuestro; la propiedad es de Su Majestad: resistir al pago sería un robo y un crimen. Concluyentes debieron parecer a los alcaldes y regidores de Cuenca las razones del corregidor, pues variaron de opinión, contestaron negativamente a las instancias de los quiteños y principiaron a pagar al punto las alcabalas75.
Con la actitud sumisa de las demás ciudades, el presidente Barros se afirmó más en su resolución de hacer cobrar las alcabalas en Quito, sin esperar la respuesta del Rey a la representación de la ciudad; también los Oidores deseaban lo mismo, pero temían malquitarse con los vecinos. En la ciudad andaba la gente muy inquieta, y había conmoción y descontento general: llegó en esto el 15 de agosto, que era el día fijado para que se principiaran a pagar las alcabalas, y la Audiencia dispuso que, por bando se anunciara en la ciudad el cobro de ellas: publicose el bando —204→ con grande aparato.- Don Diego López de Zúñiga, corregidor, recogió a cuanto músico había en Quito, y discurrió por las calles principales notificando, al son de varios instrumentos, que era llegado ya el día en que debían principiar todos los vecinos a satisfacer la nueva contribución.
Tan indiscreto modo de proceder fue como una provocación al tumulto del pueblo, cuyas iras estaban a punto de estallar: hízose una nueva representación ante la Audiencia, acudiendo todos los vecinos a las casas reales, para acompañar al Cabildo, que se presentaba en corporación la acogida que dio el Presidente a los representantes de la ciudad fue no sólo descomedida, sino insultante y grosera: uno de los Oidores, el doctor Mera, alzando la voz, gritó imperiosamente, que ese mismo día se habían de comenzar a cobrar las alcabalas, y la concurrencia fue despedida con descomedimiento.- El Oidor, como para ostentar desprecio al Cabildo, hizo pregonar en ese mismo instante las alcabalas, en la puerta de la casa municipal. Las representaciones del Ayuntamiento se recibían en la Audiencia, pero no se leían.
Repitiéronse nuevas peticiones por parte del Cabildo, y cada vez que el procurador de la ciudad pasaba a las casas reales, se precipitaba tras él una gran muchedumbre de pueblo, cerrábanse las tiendas y las gentes, agolpadas en las calles que conducían al palacio de la Audiencia, estaban esperando la salida del procurador, para atumultuarse y vociferar destempladamente contra el presidente Barros y los Oidores, tratándolos de duros y de enemigos del bien y de la prosperidad —205→ común. Cada día la situación se ponía más alarmante, y las pasiones más enconadas.
El presidente Barros era apoyado por muchos vecinos respetables, principalmente españoles, que creían muy justo el pago de las alcabalas; y entre los mismos individuos, que componían el Cabildo de la ciudad, había algunos que miraban con repugnancia las representaciones de los demás, pero cedían, para no hacerse sospechosos a sus compañeros. Entre tanto, ciertos personajes inquietos acaudillaban al pueblo y lo mantenían en constante agitación: cada representación llevada a la Audiencia era pretexto para amotinarse en las casas reales y causar alarmas en la ciudad. Al Presidente y a los Oidores se les daban con frecuencia denuncios exagerados, asegurándoles que el pueblo estaba armándose en secreto, resuelto a rechazar por medio de la violencia el pago de las alcabalas: en estos denuncios, como sucede en semejantes casos, cada denunciante ponderaba los peligros y hacía encarecimientos acerca de la magnitud de la conjuración: los Oidores andaban inquietos, el Presidente disimulaba difícilmente su temor, con afectada serenidad. Ciertos religiosos hacían, con misterioso sigilo, denuncios, en los cuales, con reticencias, procuraban dar a entender que sabían más de lo que decían, como quien oculta algo, que, por increíble, no se atreve a declarar... La Audiencia pronunció, pues, un auto, por el cual prohibía que los vecinos acudieran en masa a las casas reales, y mandaba que en adelante no se había de presentar en ellas más que el procurador de la ciudad y uno o dos miembros del Cabildo; —206→ pero el decreto no fue obedecido y el concurso del pueblo y la agitación continuaron como antes, a pesar de la multa de quinientos pesos y seis años de destierro, con que amenazó la Audiencia al que no obedeciera sus disposiciones.
Entre los caudillos del pueblo distinguíase Alonso Moreno Bellido, a quien se conocía generalmente en Quito con el nombre del depositario, porque había rematado los obrajes de los indios del distrito de Latacunga, y conservaba en depósito la renta de ellos: era además procurador de la ciudad, y, como tal, tenía voz y voto en el Cabildo. Por su actividad, por la diligencia que ponía en todas las cosas, Bellido era el alma de la plebe; verboso y ponderativo, el depositario poseía en su lengua una palanca poderosa para levantar al pueblo: haciendo ostentosas demostraciones de afán para impedir que se cobraran las alcabalas, se ganó la voluntad de los vecinos, y era de todos agasajado y obedecido. El presidente Barros le miraba con recelo; y, haciendo burla entre los suyos de la autoridad que Moreno Bellido tenía sobre el pueblo, le llamaba el cacique. ¡Ahí viene el cacique!..., solía decir cuando el depositario se presentaba en el salón de la Audiencia: apodaba también asimismo con otros nombres de desprecio a los principales miembros del Cabildo: defecto ruin, afrentoso y degradante en un magistrado76.
—207→Tomando consejo entre el Presidente y los Oidores, resolvieron poner preso a Alonso Moreno Bellido, como medida eficaz para someter al pueblo y tenerlo tranquilo: en la noche del 28 de septiembre, el depositario fue, pues, reducido a prisión, y encerrado en la cárcel pública. Lo sorprendieron en una casa; donde Bellido acostumbraba entretenerse jugando. Divulgose la noticia de la prisión de Bellido, y, con grande rapidez, llegó hasta fuera de la ciudad; alterose el pueblo y se puso inquieto: grupos de gente se fueron reuniendo en las calles, y luego en compacta muchedumbre se dirigieron a la casa del Presidente, la invadieron y exigieron amenazantes que se declarara por qué motivo había sido puesto en la cárcel el depositario. Aparentando serenidad, expuso el doctor Barros que había motivos justos para prender al depositario: se le pidió que los expresara, y calló, se le instó, y no quiso declararlos. Airado entonces el pueblo, se lanzó a la cárcel, rompió las puertas y puso en libertad a Bellido, lo victorió públicamente y denostó al presidente Barros. El pueblo estaba persuadido de que Bellido no tenía más culpa, que su celo en oponerse a las alcabalas: se había dado ya el primer paso hacia una declarada rebelión. El Cabildo se creyó además ultrajado por el Presidente, quien, violando las inmunidades del Ayuntamiento, había hecho encerrar a Bellido en la cárcel pública, siendo así que a ningún —208→ miembro del Cabildo era lícito ponerlo preso sino en la cárcel del mismo Cabildo.
Viendo el presidente Barros humillada su autoridad, se dirigió al virrey Mendoza y le pidió que le auxiliara con gente de tropa, para contener al pueblo de Quito y someterlo a la obediencia: el resentido Presidente pintaba su situación con vivísimos colores y reclamaba del Virrey un auxilio pronto y eficaz. En el mismo sentido escribieron también los Oidores; y a la distancia las noticias de lo sucedido en Quito pusieron en sobresalto al Virrey, apareciendo el peligro mayor de lo que era en realidad. El activo don García Hurtado de Mendoza eligió a Pedro de Arana, para que, con sesenta hombres bien armados, viniera a Quito a restablecer el orden en esta ciudad; y tomó todas las precauciones necesarias a fin de que la noticia del alzamiento de Quito no se supiera ni en Lima ni en las otras ciudades del virreinato. Arana salió de Lima ocultamente, hízose a la vela en el Callao con rumbo al Norte; cerca de Guayaquil estuvo a punto de naufragar, llegó al puerto, y sin detenerse en la ciudad, se puso inmediatamente en camino para la sierra. Una vez en Chimbo, detúvose allí para dar un poco de descanso a su maltratada gente.
Entre tanto, en Quito no se había vuelto a alterar la tranquilidad pública: las alcabalas no se cobraban, y todos estaban aguardando la respuesta que vendría del Rey a las representaciones que se le habían dirigido: asegurábase que ni en Lima ni en el Cuzco ni en Charcas se estaban pagando alcabalas, porque —209→ también los ayuntamientos de esas ciudades habían resistido. Algunos sostenían que ni en Méjico se cobraban ya las alcabalas; y, como estas noticias eran tan halagüeñas, se creían fácilmente en la ciudad. Las personas piadosas no estaban tranquilas: hacíanse novenas, y aun se condujo a la ciudad en pública procesión de rogativa la santa imagen de Nuestra Señora de Guápulo, ya desde aquellos remotos tiempos venerada fervorosamente por nuestros mayores77.
Todo parecía calmado: la Audiencia seguía gobernando tranquilamente y era obedecida. Los principales caudillos del pueblo pidieron permiso para cierta diversión pública, conocida con el nombre de Peroleño, y el Presidente se lo negó, por haber recibido denuncios de nuevas conjuraciones: la prohibición fue acatada, y no tuvo lugar el juego que se había proyectado. Así transcurrieron más de sesenta días, hasta que estalló una declarada revolución.
El día 4 de diciembre de 1592, de repente, circuló en Quito la noticia de la llegada de Arana en Chimbo: nadie sabía el número fijo de soldados que traía ni podía precisar el objeto de su venida, dando, por lo mismo, esta incertidumbre ancho campo a que se propalaran cuantas noticias se quisieran. Irritados los ánimos, ya la razón no puso límite al desahogo de las pasiones: Alonso Moreno Bellido, Juan de la Vega, Diego de Arcos, Martín Jimeno, Pedro Castañeda y —210→ otros de los principales miembros del Cabildo, se consideraron traicionados por el Presidente y los Oidores; calificose de venta la conducta de Barros y sus colegas, y se resolvió acudir a las armas, salir a batir a Arana y rechazar las alcabalas por la fuerza: requiriéronse armas en las casas de los vecinos; limpiáronse y aderezáronse, pues la paz de tan largos años las había hecho tener olvidadas, y arrinconadas en el hogar. Los jefes enardecieron a la plebe; entusiasmose el vulgo; la ciudad entera se conmovió, y no hubo un solo habitante de ella que permaneciese indiferente: llamose a las armas a todos los varones y eligiéronse jefes de confianza, para que sirviesen de capitanes de la milicia, que en Quito se iba rápidamente improvisando.
Arana, de Chimbo salió a Riobamba, donde se estacionó, esperando los auxilios que había pedido a las ciudades de Loja y de Cuenca. Luego que en Quito se supo la aproximación de Arana, hubo nuevos alborotos: amotinose la gente al tañido de la campana de la Catedral, que sonaba dando la señal de rebato: oleadas de paisanos se precipitaron a la casa de la Audiencia, acompañando a los del Cabildo que se presentaron ante el Presidente y le constriñeron, a que, sin pérdida de tiempo, hiciera un requerimiento a Arana, mandándole que se volviera a Lima. El pueblo pedía a voces que un Oidor y el Fiscal partieran a hacer las notificaciones y requerimientos a Arana. El doctor Barros, acobardado, condescendió, y fue designado el Oidor Cabezas, para que acompañara al Fiscal, que, como lo hemos dicho, era el licenciado Orozco. Partieron, —211→ en efecto, los comisionados, pero no por eso se restableció la calma en la ciudad.
El presidente Barros no procedía con lealtad: las órdenes de retirarse debían serle notificadas públicamente a Arana; pero, en secreto, se le habían de comunicar instrucciones para que no obedeciera ni se regresara; antes se le encargaba que no cejara en venir sobre la ciudad, para refrenar a los amotinados. Estas instrucciones se las dieron, a la voz, varios religiosos, que salieron de Quito, en compañía de los dos comisionados seculares: estos religiosos eran, el padre Diego de Torres; Rector del colegio de los jesuitas, el padre Ministro del mismo colegio, el prior de Santo Domingo, el guardián de San Francisco y un padre Parra, agustino. Los comisionados debían procurar además que Arana se pusiera, por cartas, en comunicaciones secretas con algunos vecinos acaudalados de la ciudad, a fin de influir por medio de ellos sobre el pueblo y allanar así más fácilmente el camino a la expedición pacificadora.
En Quito poco crédito se daba a las promesas del Presidente, y el solícito Diego de Arcos se afanaba por disciplinar a la tropa allegadiza de los mestizos: andaba en busca de armas, y hubiera partido él mismo en persona a Latacunga para fabricar pólvora, si el cura Jácome Freile de Andrade no se lo hubiera estorbado, valiéndose para ello hasta de censuras eclesiásticas. Freile de Andrade era gallego; antiguo vecino de la ciudad de Baeza en los Quijos: habiendo quedado viudo, abrazó el estado eclesiástico, y cuando la revolución de las alcabalas estaba sirviendo —212→ de párroco en el curato del Sagrario de esta ciudad: de corazón recto, detestaba los trastornos populares, y hacía rostro con firmeza a los jefes de la conjuración. Sabiendo que Arcos quería fabricar pólvora, compró todos los enseres que servían para ese objeto, dando por ellos el excesivo precio de mil pesos de plata; y para estorbar que Arcos se sirviera de los que no le querían entregar inmediatamente, fulminó excomunión mayor contra los que se los proporcionaran, de cualquiera manera que fuese. Freile de Andrade era entonces comisario de la Inquisición de Lima en estas provincias, y, como tal, podía imponer censuras eclesiásticas. Impidiose la fabricación de pólvora en Latacunga; pero la hicieron en el pueblo de Mira al Norte, y aquí mismo en la ciudad, la vendían a los conjurados públicamente en la casa de uno de los Oidores78.
Era de ver la diligencia de Diego de Arcos, y a todos tenía sorprendidos semejante actividad en un anciano nonagenario, en cuyo cuerpo los años no habían causado quebranto alguno: Diego —213→ de Arcos era regidor perpetuo de la ciudad, contaba noventa y tres años de edad, y, a pesar de eso, su juicio estaba entero, su ingenio vivo, y sus miembros vigorosos. El pueblo le obedecía ciegamente; y era tanta la afición que le tenían, que un día por poco no le cortan las orejas y el rabo a la mula en que andaba montado el clérigo Freile de Andrade, contra quien las gentes de Quito estaban prevenidas por sus pleitos con Arcos, a consecuencia de la fabricación de la pólvora.
Quito parecía en aquellos días una ciudad marcial, que se preparaba para resistir la invasión de fuerzas enemigas: al son de la campana de la Catedral se reunían las compañías para hacer ejercicios militares; todos hablaban de oponerse a Arana; y hasta un tal Moreta, preceptor de primeras letras, sacaba a la plaza a los niños de la única escuela que había entonces en Quito, y les enseñaba a marchar, como soldados formados en batallón.
Entre tanto, Arana con su tropa, ya engrosada con el auxilio que había recibido de Cuenca, se puso en camino para Quito y llegó a Latacunga: allí se encontró con el Fiscal y los otros comisionados, y, después de haber conferenciado con ellos, acordó contramarchas a Riobamba, donde esperaría las órdenes del virrey Mendoza. Divulgose en Quito la nueva de que Arana estaba ya en Latacunga, y hubo grande alarma: sonó la campana de la Catedral, atumultuose el pueblo y en tropel acudió a las casas reales; los Oidores se manifestaron condescendientes con los conjurados, y resueltos a darles gusto en todo; los jefes querían salir a presentar batalla a —214→ Arana, y los Oidores se lo aprobaron; confirmaron los grados militares y los empleos de tropa; que Juan de la Vega y otros revoltosos se habían dado a ellos mismos, y autorizaron todos los preparativos de guerra que se estaban haciendo. No obstante, tuvieron el acuerdo de exigir, a su vez, de los conjurados, que el mando de la improvisada tropa se confiara a uno de ellos, al licenciado Zorrilla, a quien se proclamó General y director de todas las operaciones militares. La primera diligencia del oidor Zorrilla fue apoderarse del estandarte real y trasladarlo a la casa de la Audiencia, a donde se pasó a vivir él inmediatamente. Sin embargo, aunque se recibió en Quito la noticia de la contramarcha de Arana a Riobamba, la ciudad no se tranquilizó, ni los amotinados depusieron las armas. Pero los hombres honrados, los que conocían la trascendencia de las cosas, deploraban las medidas violentas, y daban prudentes advertencias de paz: otros consultaban con teólogos y sacerdotes doctos sobre lo que debían hacer en tan críticas circunstancias. Algunos de los consultados opinaban de un modo adverso a los levantamientos populares; pero no faltó un religioso instruido, venerado en Quito como santo, por sus austeras costumbres, que planteara resueltamente la cuestión del tiranicidio, y la resolviera con desenfado; eso sí, absteniéndose de hacer aplicaciones prácticas al caso de Quito y a las alcabalas. El padre maestro Fr. Pedro Bedón de la Orden de Santo Domingo, distinguía dos clases de tiranos y enseñaba, que al primero era lícito matarlo. Hay dos maneras de tiranos; decía el padre; la una del que —215→ se alza y usurpa la jurisdicción, y a éste lícito le es a cualquier ciudadano matarlo. La segunda manera es del que legítimamente es juez, y en el modo de gobernar procede injustamente y como enemigo y causa sedición y discordias; y a éste no es lícito matarlo, y lo contrario es herejía de Juan Hus; pero contra este tal se puede mover guerra defensiva79.
Claro es que los caudillos de la revolución han de haber cohonestado sus hechos con la autoridad de un religioso tan respetable. El cuitado presidente Barros de San Millán, ¿no podía —216→ ser calificado como tirano de la segunda clase, según la doctrina moral del padre Bedón? ¿Hasta qué punto semejantes teorías contribuyeron a extraviar el criterio moral de los quiteños de entonces?
El clero, así secular como regular, tomó parte en los sucesos de aquella época: dividiose en partidos; unos favorecían a las claras la revolución; y otros se pusieron del lado del presidente. Asimismo, entre los vecinos hubo muchos que tomaron las armas para sostener a los Oidores y hacer frente a la rebelión. Porque ya no era una sencilla oposición a las alcabalas, sino un alzamiento formal contra las autoridades de la colonia lo que se habían avanzado a proyectar algunos de los principales jefes de la sedición; y no faltó entre ellos quien concibiera aun planes más atrevidos y llegara a proponer la idea de una absoluta emancipación política de España, indicando que convendría viajar a Inglaterra, tomando el camino por Buenos Aires, para buscar allá cooperación, auxilios y todo lo demás que fuese necesario para tan arriesgada y difícil empresa. Plan demasiado temprano para aquellos tiempos, cuando aún los pueblos americanos no contaban con los elementos indispensables para la conservación de la vida social, libre o independiente.
Los caudillos de la revolución se holgaban, fantaseando a su placer con proyectos de grandeza; y en los convites con que en aquellos días se obsequiaban unos a otros, cuando los humos del vino les habían acalorado el cerebro, brindaban por el Duque de Popayán, por el Príncipe de la libertad, dándose así los títulos que a —217→ cada uno mejor le cuadraban: entonces era el hablar de las hazañas que acometerían; entonces el describir las empresas que llevarían a cabo, entonces el no acabar de ponderar la nobleza y bravura de cada cual: tan risueños principios habían de tener, y en breves días, fines tan sangrientos!!
Arana se retiró otra vez hasta Chimbo; de ahí nuevamente se trasladó a Riobamba, donde determinó permanecer, conservándose a la mira de lo que pasaba en Quito.
El año de 1593 fue para Quito un año funesto. Parecía que las cosas cambiaban de aspecto, y que no tardaría en restablecerse el orden en la ciudad; el mes de diciembre estaba en sus últimos días y el año de 1592 se hallaba a punto de terminar, cuando un incidente atizó el enojo de los conjurados y la llama de la rebelión volvió a encenderse de un modo terrible. El presidente Barros había llamado a las casas reales a algunos vecinos de su confianza, los cuales asistían a su lado, cuidando de su persona, siempre armados, y haciendo de centinelas no sólo por la noche, sino aun durante el día: semejante aparato de desconfianza, inspiraba cólera a los caudillos de la revolución, y les desagradaba tanto más, cuanto de parte de todos ellos se le había prometido al Presidente respeto a su autoridad y consideraciones a su persona. Preguntáronle por qué manifestaba tanto recelo, y contestó que aquello no significaba nada: «despida, Vuesencia, —218→ esa escolta, le dijo don Alonso Moreno Bellido, que yo sólo me basto para hacerle guardia, ¡y no tema ser de nadie ofendido!» Pero el malaconsejado Barros cada día caía de un abismo en otro más hondo. Acercósele un hombre ruin, de condición infame y perversa, a quien el mismo Barros odiaba y perseguía; llamábase éste Juan Sánchez de Jerez Bohorques, y le prometió servir de espía contra los conjurados, con tal que le diera licencia para andar con ellos y le permitiera murmurar y decir mal del Presidente, para que los cabecillas, creyéndolo suyo, no se recataran de él. Barros no tuvo a menos dar buena acogida al lisonjero, y aceptó, sin avergonzarse, sus infames servicios. Ya desde mucho antes se había presentado al doctor Barros este mismo Sánchez, procurando congraciarse con el Presidente, haciéndole denuncias y ofreciéndole servir de espía.
Hombre semejante ¿merecería, acaso, que un magistrado se fiase de su testimonio? Y, sin embargo, el triste Barros creía o aparentaba creer los denuncios que sus espías le llevaban: quien así corrompía a los hombres indigno era de ser magistrado.
Con los mismos soldados de su guardia hacía el Presidente rondar por la noche la ciudad, a fin de prevenir todo desorden, y, sobre todo, para estorbar que en las esquinas de las calles se fijaran cartelones sediciosos80. En la noche del 28 —219→ al 29 de diciembre, como a la una de la mañana, de repente se oyeron los disparos simultáneos de seis tiros de arcabuz: un hombre cayó al suelo, como herido de muerte... El estallido de los tiros provocó a los curiosos y, en un instante, la calle estuvo llena de gente; el herido era el depositario, don Alonso Moreno Bellido yacía caído cerca de la casa de la Audiencia, y aseguraba que de ahí habían salido los disparos: nadie aparecía en la calle, ¿cómo dudar que la guardia del presidente Barros era la que había cometido aquel —220→ asesinato? En efecto, se creyó no sólo que la guardia del Presidente había hecho los disparos, sino que éstos se habían hecho por orden del mismo Presidente. Como por encanto se divulgó la noticia de la muerte del depositario, causando alarma y conmoción en la ciudad.
Bellido fue llevado en brazos ajenos a su casa, y alcanzó a vivir unas cuantas horas: entre los que acudían a visitar al enfermo, se presentó también el oidor Zorrilla; acercose a la cama donde estaba agonizando Bellido y lo abrazó, entre conmovido e indignado, pues no acababa de condenar y maldecir el atentado, que en la persona del paciente se había cometido. El pueblo se iba amotinando, vino la noche y los grupos de los alterados no se habían disipado; sonó la campana de la Catedral y los sediciosos se precipitaron sobre las casas reales, forzaron las puertas y acometieron con furia a la habitación del Presidente: por fortuna, el doctor Barros tuvo tiempo para huir, medio desnudo; se arrojó de la cama, abrió una ventana y saltó al departamento del portero de la Audiencia: ocultose allí, y permaneció escondido hasta que, calmado el motín, logró salir y presentarse, sin peligro de la vida.
Los sediciosos desarmaron a los defensores del Presidente, y los echaron fuera: apaciguado algún tanto el tumulto, mediante la intervención de algunos sacerdotes que intercedieron por el Presidente, fue éste reducido a prisión y tratado con miramientos: el primer día estuvo en la misma casa, vigilado y custodiado por cuarenta hombres armados; después lo pasaron a la casa del Fiscal, que parecía más segura; su prisión fue —221→ aflojando poco a poco, hasta que, al fin, lo dejaron en completa libertad, con la promesa que hizo y la palabra que empeñó de no tomar parte alguna en las resoluciones de la Audiencia relativas a las alcabalas.
La sedición era, pues, ya declarada; y, con el escandaloso desacato cometido por los amotinados en la persona del Presidente, la autoridad de la Audiencia; había venido a tierra: desde ese día los ministros del tribunal, temblando por sus vidas, sólo procuraban condescender con los conjurados: Zorrilla seguía como de General en jefe de las milicias de la ciudad: Cabezas, que había regresado de su comisión, perorando al pueblo, no se cansaba de repetir, que no habían de entrar en Quito, ni el Virrey, ni la virreina, ni Arana, ni cien Aranas juntos!! Pero estos hombres fingían: llenos de inquietud y aguijoneados en secreto por la venganza, olvidaban sus deberes, para no ver más que su interés del momento.
El odio al presidente Barros era general: sus colegas lo aborrecían, por su carácter altivo, y los quiteños lo reputaban como enemigo: recordaban que meses antes había dicho y repetido, que tales cosas había de hacer en Quito, que tendrían para acordarse de él toda la vida. No quieren pagar las alcabalas, decía Barros, con énfasis: pues yo haré que las paguen hasta del agua que beben!! Tan imprudente manera de hablar exacerbaba los ánimos y los encendía en venganza: con esto la ciudad era un verdadero campo de batalla, sus moradores andaban armados unos contra otros, formando dos partidos: los unos en favor del Presidente; y los otros, con los —222→ conjurados; éstos eran en mucho mayor número que aquéllos: los primeros se daban a sí mismos el nombre de leales, lealísimos, y apodaban a sus contrarios con el de capuchinos y africanos: los segundos hablaban ya de patria, y decían que habían tomado las arenas para defender sus honras, su libertad y sus haciendas; a los primeros miraba con odio el pueblo; a los segundos les obedecía y simpatizaba con ellos. Los eclesiásticos, en vez de ser medianeros de paz, andaban ellos también revueltos con los amotinados. Los jesuitas predicaban la obediencia y el pago de las alcabalas; otros religiosos desde los púlpitos les contradecían, enconando así las pasiones de la muchedumbre cuando debían calmarlas. Fr. Juan de Olmos, religioso franciscano, escribía desde Otavalo a su hermano, Diego de Olmos y le decía, que los Oidores eran unos bellacos, que no se dejaran engañar de ellos, y que lo que convenía era hacer pólvora y tenerla en abundancia. Diego de Olmos era uno de los regidores de Quito, y ambos hermanos nativos de esta ciudad. El ya conocido bachiller don Bartolomé Hernández de Soto, deán de la Catedral, se puso del lado de los leales, y andaba por las calles en sotana, públicamente armado con una coraza de acero, espada al cinto y rodela: semejante espectáculo excitó la risa de los quiteños, y puso en ridículo al poco sesudo Bachiller; cuando lo veían en público, le gritaban los muchachos: «Señor deán, ¿dónde está la sobrepelliz de hierro?». El arcediano don Francisco Galavís, entonces Vicario Capitular en Sede vacante, sacaba procesiones y hacía rogativas, en las cuales no se sabía —223→ qué pedía al Cielo: tan doble y mañosa era su conducta.
Había entonces en Quito unos cuantos hombres baldíos, dispuestos a tomar parte en motines, y revueltas: los principales eran los que acaudillaba un cierto Francisco Cordero, a quien vulgarmente se le conocía con el nombre de el campanero, porque había tenido ese oficio en su mocedad: el pueblo los designaba a éstos con el calificativo de los soldados de los yunabos, porque salieron a Quito por las montañas occidentales de la provincia de Esmeraldas; eran tripulantes de un buque, que naufragó en las costas de la misma provincia de Esmeraldas, donde salvaron sus vidas refugiándose entre los moradores de esas playas, de donde vinieron después a Quito. Apenas habían llegado a esta ciudad, cuando tuvieron lugar los motines de las alcabalas, en los cuales auxiliaron decididamente a los sediciosos. Los amigos del Presidente les culparon a los soldados de los yumbos la muerte de Bellido, a quien, decían, que sus mismos parciales lo habían asesinado, porque el depositario estaba resuelto a favorecer las alcabalas: por el contrario, los del Cabildo sostenían que el autor de la muerte de Bellido no podía ser otro sino el mismo Presidente. Instruyose el sumario para pesquisar el delito, pero de las declaraciones no resultó luz alguna. ¿Quién mató al depositario? ¿A quién era provechosa esa muerte?... Entre los defensores del Presidente y partidarios de las alcabalas, había algunos tan exaltados, que llegaron a manifestar, sin reparo alguno, su deseo de que fueran asesinados los jefes de la conjuración, y sostenían que era —224→ lícito matarlos, para que la sedición fuese disipada: tanto se tuerce no pocas veces el criterio moral y tan miserablemente se extravía la conciencia...
El año de 1592 había terminado con desórdenes y escándalos; el año de 1593 principió para Quito de un modo funesto. Poco a poco se había ido enfriando el hervor de las pasiones; el Presidente Barros había vuelto a vivir en la casa de la Audiencia; allí mismo, en las casas reales, vivían los Oidores, acompañados, eso sí, de sus amigos; unos pocos vecinos exaltados conservaban un secreto fermento de odio contra los gobernantes, por medio de noticias que divulgaban sagazmente; por otra parte, la conducta de Barros y de los ministros reales era menos prudente y discreta de lo que en tan críticas circunstancias convenía: Arana, sobre todo, cuanto tenía de cobarde, otro tanto tenía de altanero y amenazante. Una carta de este jefe, dirigida al Ayuntamiento de Quito, causó en la ciudad una indignación tal, que de nuevo volvió a encenderse, y con más furia, la llama de la sedición. Los tañidos de rebato despertaron la cólera en todos los pechos: tornáronse a empuñar las armas, y oleadas de pueblo se lanzaron contra las casas reales; las cercaron, cortaron las canales del agua, y pugnaron por derribar las puertas; era ya avanzada la noche; la campana no cesaba de clamorear; a cada instante se aumentaba el turbión amenazador de la muchedumbre; gritos de coraje y denuestos contra los gobernantes y sus parciales atronaban la calle: en las casas reales no llegaban ni a ciento los defensores; y afuera —225→ pasaban de mil los sediciosos; por fortuna, los de dentro no se atrevían a hacer fuego, y los amotinados querían a todo trance forzar las puertas, para apoderarse del Presidente y de los Oidores; así permanecieron hasta el amanecer; y tan apurada y angustiosa era la condición de los sitiados, que principiaron a confesarse apuradamente; esperando de un momento a otro ser despedazados por el pueblo enfurecido. El sobrino del oidor Zorrilla se asomó, en mala hora, a una ventana, y al punto le hizo un tiro de arcabuz y lo mató un soldado. Con los sitiados estaban algunos sacerdotes, y otros habían acudido al alboroto y trataban, aunque en vano, de amainar a los conjurados. Viendo que la conmoción crecía por instantes, horrorizado, uno de los eclesiásticos que estaban en la calle, corrió en busca del arcediano Galavís y le pidió que acudiera a calmar al pueblo y salvar a los Oidores: era ya de mañana, y el Arcediano estaba revistiéndose con los ornamentos sagrados para decir misa en la iglesia de la Concepción, desnudose al punto; pasó a la Catedral; y, tomando a ocultas el ostensorio con la Sagrada Forma, voló a las casas reales; logró introducirse en ellas por un postigo excusado, y, de repente, abrió una ventana que daba a la calle y se presentó ante los apiñados grupos del pueblo con el Santísimo Sacramento en las manos, conjurando a los sediciosos que depusieran las armas. Ver éstos la adorable Eucaristía, y caer de rodillas, todo fue uno: por un rato se estuvieron postrados en silencioso recogimiento, ante las Sagrada Hostia, y luego, depuestas las armas, en fraternal concordia, sitiados —226→ y sitiadores, organizaron una devota procesión para trasladar solemnemente el Santísimo Sacramento a la Catedral. Hízose la procesión con la mayor calma y compostura, y en la Catedral el padre Diego de Torres dirigió al concurso una plática, exhortando a la obediencia y respeto a las autoridades, y a la paz y armonía entre los ciudadanos. Así terminó como a las diez y ocho horas el más alarmante y escandaloso de los levantamientos contra la Audiencia, con motivo de la imposición de las alcabalas.
La posesión del estandarte real constituía en aquellos tiempos una especie de religión, simbolizando esa prenda honradez, pundonor, lealtad; por esto, el cabildo de Quito reclamaba con energía el estandarte real y las banderas, que el oidor Zorrilla se había llevado de la casa del ayuntamiento al palacio de la Audiencia, resolvieron, pues, los Oidores contentar al pueblo devolviendo el estandarte real, y otro día siguiente se verificó con pompa la traslación, el estandarte lo llevaba el oidor Cabezas, que iba a caballo. Llegados a la plaza, el Oidor arengó desde un balcón a los concurrentes, y, al concluir su peroración, teniendo el estandarte en la mano, prorrumpió en interrogaciones, diciendo: ¿creéis que don Felipe Nuestro Señor es vuestro Rey y Señor natural? ¿Creéis que es vuestro legítimo soberano?... Los oyentes contestaban a cada pregunta: sí creemos... y como el orador repitiera muchas veces su interrogación empleando la palabra creéis, el concurso se echó a reír, y comenzaron todos a festejar el credo del oidor Cabezas, terminando así donosamente la solemne entrega del estandarte —227→ real. Don Alonso de Cabezas y Meneses no cabía en sí mismo de contento, satisfecho con los triunfos de su elocuencia.
Suelen a menudo las grandes conmociones populares tener causas muy ruines, y acontece muchas veces que el mal que tuvo por origen un error crezca, se propague y convierta en desolación, merced a engaños y mentiras. Así aconteció en aquel entonces: asegurábase en Quito que el general Pedro de Arana y sus soldados traían las más perversas intenciones contra el honor de los señores quiteños, se anunciaban saqueos, confiscaciones de bienes, destierros y muertes; se amenazaba a los indios con que la tasa del tributo sería duplicada, y a los mestizos con que se les iba a prohibir usar sombrero, obligándoles a todos, como distintivo de su clase, a llevar monteras de bayeta colorada; en fin, se decía que a todo individuo, sea cualquiera su condición social, se le impondría tributo, como a los indígenas. A estas noticias odiosas se añadían otras muy halagüeñas: ni Cuzco ni Lima habían aceptado las alcabalas, y en Méjico ya no se pagaban.
En esto asomó en Quito un hombre artificioso, que se fingió emisario, enviado por el ayuntamiento del Cuzco al de Quito, para ofrecerle auxilios en dinero y su cooperación para resistir a las alcabalas. El inventor de este embuste había sido Juan de la Vega, uno de los principales cabecillas, quien hizo el aparato de hospedar en su casa al pretendido emisario, tratándolo como si en verdad fuera un personaje respetable. Llamábase éste Polo Palomino y era sastre de oficio, —228→ avecindado en el pueblo de Almaguer: aseguraba que del Cuzco mandarían a Quito dos mil soldados y setenta mil pesos en dinero; mas no tardó en descubrirse la farsa, y el sastre se libró de la horca huyéndose de Quito. No obstante, después fue cogido; se le impuso la pena de doscientos azotes y se le condenó a galeras.
Por dos ocasiones el mismo Vega intentó dar muerte a los Oidores, proyecto infame y estérilmente sangriento. La primera fracasó por la porfía de una señora: en altas horas de la noche, se presentaron dos hombres del pueblo al oidor Cabezas, le advirtieron que se trataba de asesinarlo, y le rogaron que huyera inmediatamente, ofreciéndole una cabalgadura que se la tenían preparada; le instaban que huyera sin pérdida de tiempo, y que lo hiciera en silencio: el Oidor comunicó la noticia a su mujer; ésta se alarmó y comenzó a porfiar con su marido, exigiéndole que la llevara también a ella, pues habían de huir entrambos y ella no se había de quedar sola; el altercado de la señora con su esposo recordó al oidor Mera; hubo ruido, se despertaron los demás de la casa y todo fue alarma y trastorno; ya no era solamente la mujer del oidor Cabezas la que quería huir con su marido, sino que todos se afanaban por ponerse en salvo; los denunciantes fugaron, viendo que con aquel alboroto había fracasado su intento. El plan de asesinato fue descubierto: se le instaba al Oidor que tornara el camino de Otavalo y él argüía que era más seguro el de Latacunga, para ir a refugiarse en el cuartel de Arana.
Como se platicó tanto en la ciudad sobre este —229→ suceso, luego se alcanzó a descubrir quién había sido el principal autor del proyecto, y esto fue, sin duda, mucha parte para que Vega tratara de dar otro golpe, con mayor descaro y atrevimiento. Eligió el día, determinó el lugar y señaló la hora: tomadas sus medidas, se dirigió, acompañado de sus auxiliares y cómplices, a las casas reales, resuelto, a lo que parece, a poner por obra su inicuo propósito; empero, un hombre de los que andaban por la calle, se adelantó y entró corriendo a la sala del tribunal, donde los Oidores estaban despachando, y les dio a gritos la noticia, anunciándoles que Juan de la Vega venía a matarlos. Contribuyó a hacer más alarmante la noticia una circunstancia casual, pues el hombre que la daba iba con la cara lastimada y ensangrentada, porque, al subir las gradas corriendo, se topó con uno de los que bajaban, el cual llevaba una ballesta, en cuya punta tropezó de lleno la cara del que subía precipitadamente. Tal noticia, dada por un hombre herido, causó espanto a los Oidores, y no pensaron más que en huir: así vestidos con las togas, salieron del tribunal a la calle, gritando desesperados y pidiendo favor a nombre del Rey, contra los asesinos; antes que éstos llegaran, ya los Oidores estaban en la plaza. Acudió gente; les rodeó y, sabiendo cual era el motivo de su alarma, les prometieron defenderlos, y no permitir que con ellos se cometiera semejante atentado. La actitud que manifestó entonces el pueblo desconcertó a los sediciosos: un crimen tan escandaloso, intentado con tanta audacia y tan a sangre fría, trocó las voluntades de los quiteños, y Juan de la Vega, —230→ palpó aquel día su desengaño. Hasta ese momento el pueblo, alucinado, había favorecido a los jefes de la conjuración, creyendo que ellos no tenían otro blanco sino el bien común; cuando los vio lanzarse con audacia al asesinato, desconfió de ellos y defendió a los Oidores. Aprovecháronse éstos de tan favorable coyuntura y estimularon a los conjurados a que ellos mismos pidieran el castigo de los asesinos; persiguióseles, pues, y redújoselos fácilmente a prisión. Eran estos tres: el que mató al sobrino del oidor Zorrilla, y Pedro Ortiz y Pedro Rivas, dos artesanos, hombres de poco supuesto, auxiliares de Juan de la Vega: al primero diósele garrote; los dos segundos fueron ejecutados en el mismo patio de las casas reales, sin concederles el espacio ni siquiera de un minuto para que arreglaran sus conciencias; hincados de rodillas, con el dogal a la garganta para ser estrangulados, ponían las manos los infelices, y, llorando, suplicaban que tuviesen lástima de ellos a los mismos que los habían arrastrado al crimen, y que ahora se convertían en ejecutores de la justicia. Pero no fueron atendidos; importaba mucho que murieran pronto, llevándose consigo al sepulcro secretos que perjudicarían indudablemente a los que los condenaban a muerte. Los Oidores estuvieron presenciando complacidos esta ejecución: Juan de la Vega andaba impunemente, pues como pertenecía a una familia poderosa, nadie se atrevió a poner en él las manos.
Ya no era solamente la imposición de las alcabalas, sino el derecho mismo de cobrarlas lo que llegaban en privado muchos de los conjurados. —231→ Esta tierra la conquistaron nuestros padres, decían, ellos la ganaron con su esfuerzo personal y con sus propios recursos, el Rey no les ayudó en nada. En cuanto a nosotros ¿qué derecho tiene el Rey para imponernos nuevas contribuciones? ¿Quién sostiene la tierra, sino nosotros? ¿Quién la defiende de los corsarios, sino nosotros? Ni en la conquista ni en la defensa de la tierra, añadían, jamás ha gastado el Rey ni un maravedí siquiera de su hacienda además nos pide donativos, que nos arruinan; y, cuando nos pidió el último, nos prometió que en esta tierra no se cobrarían alcabalas.
Los defensores de la Audiencia ponderaban los gastos que el monarca español se había visto obligado a hacer para el sostenimiento y la defensa, según decían, de toda la cristiandad, confiada a su cuidado; y así las alcabalas eran muy justas, tanto más cuanto el Rey mandaba cobrarlas, para atender con ellas a la formación de una armada que recorriera los mares de las Indias, defendiendo sus puertos y protegiendo el comercio, pues ése era el único objeto en que se habían de emplear las rentas que produjeran las alcabalas. Así, en diversos pareceres y disputas andaban divididos los vecinos, siendo de notarse que sostenían la imposición de las alcabalas, generalmente, todos los españoles europeos; y que se oponían a ellas los americanos. Ya desde entonces los unos no miraban bien a los otros: en los primeros obraba el deseo de servir al soberano; en los segundos podía más el cariño a la tierra americana, donde habían nacido. El europeo no puede olvidarse jamás de que viene a la América —232→ como a una mina, cuyos filones le conviene explotar cuanto más pueda.
Pronto la estrella de los conjurados presentó un aspecto funesto, y fue cambiando para ellos la fortuna. El capitán Juan Mogollón de Ovando acudió desde Pasto en defensa de los oidores y del presidente Barros. Hallábase Mogollón Ovando ocupado en preparar su entrada a la reducción de la provincia de Sucumbíos, cuando supo lo que estaba sucediendo en Quito, e inmediatamente se vino, acompañado de unos doscientos arcabuceros, para no encontrar estorbo alguno en su camino, esparció la voz de que se marchaba a Quito para tomar venganza del doctor Barros, que era su enemigo personal. En el puente de Guayllabamba hizo la misma protesta a los comisionados del Ayuntamiento, que le salieron al encuentro; así que, entró en la ciudad llanamente, y pasó derecho a la casa de la Audiencia, donde fue alojado, dejando burlados a todos los que lo habían recibido con festejos, creyéndole enemigo de las alcabalas. Con tan oportuno auxilio, los Oidores se envalentonaron con tiempo habían hecho enterrar en San Francisco, muy a ocultas, casi todo el oro y la plata que tenían en las cajas reales; asimismo enviaron a Riobamba a sus mujeres, para ponerlas en salvo, y ellos se quedaron solos en Quito. No considerándose muy a su satisfacción en las casas reales, se trasladaron a vivir en el convento de San Francisco, donde a lo más cómodo de la habitación se añadía el sagrado de la inmunidad eclesiástica y la compañía, servicio y defensa de los frailes. El día de su traslación a San Francisco —233→ organizaron una gran procesión, llevando bajo de palio y con mucho aparato los sellos reales.
Instalados en el convento, celebraban acuerdos de la manera más familiar, donde les parecía mejor; pasaban días y noches enteras holgandose, jugando a los naipes; como no tenían pajes sino chinas de servicio, con pretexto de no violar la clausura, entraban y salían éstas por la iglesia, llevando o metiendo (muchas veces a la hora de misa), ciertos objetos de esos que sirven para satisfacer ocultamente algunas humanas necesidades, que exigen pudor y recato, el pueblo devoto se consumía de coraje, viendo un tan grosero insulto al templo de Dios81.
—234→
Mientras el presidente Barros y los Oidores permanecen retirados en el convento de San Francisco, veamos lo que hacía el Gobierno superior para remediar los males que afligían a esta ciudad, y restablecer el orden y la tranquilidad —235→ pública en esta provincia. Cuando principió la sublevación motivada por las alcabalas, hacía más de cuatro años ha que estaba gobernando el doctor Barros de San Millán: en ese tiempo se habían dirigido a Madrid quejas repetidas contra su mal manejo, y representaciones en que se pedía al Rey que pusiera freno al mando grosero y duro, con que el antiguo profesor de Osuna tenía descontentos y exasperados a todos los quiteños; las quejas de éstos habían sido confirmadas por las declaraciones que, de orden del Rey, se tomaron en Sevilla a los que llegaban de Quito. Era, pues; indispensable separar de la Presidencia a un hombre malquisto, y que ya no estaba en situación de hacer bienes a los pueblos: así lo reconoció Felipe Segundo, y, por esto, aun antes de que se recibieran en la Corte las noticias del levantamiento de Quito, dispuso que Barros fuese destituido de la presidencia, y expidió al efecto una cédula real, por la que designaba al licenciado don Esteban Marañón, como Visitador de la Audiencia de Quito.
Marañón era enviado como Presidente interino y provisional de la Audiencia debía presidir en ella, practicar la visita que se le había confiado al doctor Barros, tomar residencia a éste, y continuar gobernando, hasta que el Real Consejo de Indias pronunciara un fallo definitivo en la causa, que contra el destituido Presidente se había iniciado.
El licenciado Marañón era Ministro en la Audiencia de Lima, y formaba parte del tribunal establecido para el juzgado de los asuntos criminales: en el año de 1592 se hallaba ocupado en —236→ practicar la visita personal de la Audiencia de Charcas, y todavía no la había terminado, cuando recibió las comunicaciones, en que se le mandaba trasladarse a Quito, para hacerse cargó de la gobernación de este distrito, como visitador de su Audiencia. A la cédula real del nombramiento, acompañaban cartas del virrey Mendoza, en las que se le ordenaba acudir a Lima sin pérdida de tiempo, pues había asuntos de trascendental importancia para el servicio del Rey, a los cuales debía atender inmediatamente. Marañón concluyó como mejor pudo la visita de Charcas, y se puso en camino para Lima: en esta ciudad supo el levantamiento de Quito por las alcabalas, y, sin detenerse más que ocho días para preparar su viaje, se embarcó para Guayaquil. En marzo de 1593 arribó a ese puerto y allí se le informó de todo lo acontecido en Quito con el Presidente y los Oidores: dirigiose a la sierra y tocó en Riobamba, donde encontró al general Arana y al fiscal Orozco, quienes hicieron cuanto pudieron para detenerlo allí: en todos los puntos de su tránsito desde Guayaquil hasta Riobamba, le aconsejaron que no se expusiera a entrar en Quito, porque en esta ciudad corría peligro no sólo su libertad, sino hasta su vida misma. No obstante, Marañón se mantuvo invariable en su resolución de entrar en Quito. Desde Riobamba comenzó a ganarse las voluntades de los quiteños, por medio de cartas muy sagaces, dirigidas a las personas más influyentes de la ciudad: claramente descubría en ellas el experto Licenciado las comisiones y poderes que traía, y hacía comprender que todo lo acaecido se echaría al olvido. —237→ De Latacunga volvió a escribir algunas otras cartas más, tan bien arregladas como las anteriores.
La noticia de la venida del comisionado regio fue tan sorprendente en Quito, que, por lo pronto, se la tuvo como fábula y no se le dio crédito: empero, cuando se confirmó, y cuando ya no dudaron de ella, el gozo fue general; luego se anunciaron los poderes con que venía Marañón, y la excitación de los revoltosos fue grande: el doctor Barros se abatió de ánimo y se puso inquieto; desazonáronse los Oidores y se mancomunaron con el Presidente, a fin de evitar el mal que les amenazaba. En esto llegan a Quito las cartas de Marañón; se reciben, se leen con avidez, se comentan, circulan de mano en mano, y producen una súbita, y completa transformación; en breve la rebelión queda deshecha del todo, los mismos cabecillas cambian de propósitos, y dos de ellos, los principales, Juan de la Vega y Francisco Castañeda, resuelven salir en persona a encontrar al Visitador, y parten a Latacunga. Allí se presentan a Marañón, quien los recibe con los brazos abiertos, y se huelga, con la ida de ellos: los acaricia y agasaja, y aun les persuade que pasen a Riobamba a verse con el general Arana, por quien les asegura que serán muy bien recibidos. Hizo más todavía, despachó a su propio hijo a Riobamba, para que pidiera a Arana el salvoconducto de los dos capitanes; Arana lo concedió sin tardanza y dio buena acogida a los dos cabecillas. Castañeda regresó a Quito; a Juan de la Vega, sus parientes no le consintieron volver a esta ciudad, porque —238→ desconfiaban de las fáciles bondades de Arana, teniéndolas como traición; luego veremos si estaban equivocados82.
La separación de los dos más principales cabecillas puso término a la conjuración, y ya las milicias de la ciudad no se volvieron a reunir más que una sola vez, y fue cuando entró en Quito el licenciado Marañón, a quien le salieron a recibir como en triunfo. Todo era alegría y fiesta, plácemes y regocijos: el contento y la satisfacción de los quiteños llegaron a su último extremo así que Marañón declaró que se hacía cargo del gobierno de la Presidencia, separando de ella al doctor Barros. El recibimiento que se le hizo a Marañón en la ciudad fue magnífico salieron a encontrarle todos los principales vecinos, compitiendo en agasajos, respetos y cumplimientos: los Oidores le importunaron para que se apeara en el convento de San Francisco pero no condescendió y se fue derecho a las casas reales, donde se alojó; despidió la guardia que le pusieron, retiró hasta la escolta que le había acompañado desde Lima, y mandó conservar abiertas de par en par, de día y de noche, las puertas de la casa, manifestando ilimitada confianza en el pueblo, lo cual le granjeó el afecto —239→ de la ciudad; recibía sin ceremonias a todos los que le iban a visitar, sean quienes fueren, y procuraba insinuarse con todos, deseando persuadirles de dos cosas: la primera, que aceptaran la imposición de las alcabalas; y la segunda, que consintieran la entrada de Arana con tropas en la ciudad; tanta maña se dio y tal arte empleó en esto, que se salió, al fin, con su intento. No poco le ayudó la industria de varios religiosos, que, con toda su influencia sobre las familias de los principales caudillos, secundaban los planes del Visitador. Vio, pues, Marañón satisfechos sus deseos: los vecinos de la ciudad y los mismos miembros del Ayuntamiento hicieron una representación, firmada de sus nombres, en la cual no sólo aceptaban llanamente, sino que pedían la imposición de las alcabalas, y declaraban que consentían que el general Pedro de Arana entrara con su tropa en la ciudad, cuando quisiera, pues no se le opondría ni la menor resistencia. Arana tenía consigo un cuerpo de tropa compuesto de quinientos arcabuceros: las milicias de Quito pasaban de mil, y sus jefes querían salir a presentar batalla a Arana en campo raso.
La diligencia de Arana había logrado acrecentar su tropa de un modo considerable, hasta formar un regular ejército, con la gente que le habían enviado las ciudades de Loja, de Cuenca y de Guayaquil. Los doscientos mosqueteros, que el Virrey le mandó de refuerzo con don Francisco de Cárdenas llegaron tarde, y se regresaron de Guayaquil83.
—240→Estaba todavía acampado en Riobamba, cuando se le comunicó que podía venir a Quito y, así que recibió semejante noticia, sin pérdida de tiempo, alzó su campo, y se puso en marcha para esta ciudad.
Hizo de una manera ostentosa su entrada en ella, el día 10 de abril de 1593, dando la vuelta por diversas calles, antes de tocar en su alojamiento: sus quinientos arcabuceros marchaban —241→ formados, y les precedía un negro tocando una corneta. Era esto un viernes de cuaresma, llamado del Concilio, vísperas de la Semana Santa.
El sábado, Arana pasó en persona a la casa del ayuntamiento, mandó romper las puertas del archivo, ordenó poner preso a Sebastián Hidalgo, escribano del Cabildo, se apoderó de los libros de actas y de todos los demás papeles, se los llevó a su casa, y se ocupó en leerlos toda la noche. El Domingo de Ramos constituyó en su habitación un tribunal, compuesto solamente de un fiscal y de un notario, que debían funcionar bajo su presidencia. —242→ En avanzadas horas de la noche fueron sorprendidos y encarcelados el bachiller Martín Jimeno y Diego de Arcos: el sumario se redujo a pronunciar contra ellos sentencia de muerte dióseles sólo una hora de plazo para arreglar sus conciencias; confesolos deprisa un jesuita, y fueron inmediatamente ahorcados. Sus cadáveres se mandaron colgar en una galería, que miraba a la plaza mayor, en la misma casa, donde estaba alojado Arana. Al día siguiente, Lunes Santo, por la madrugada, aparecieron los dos cadáveres de los ahorcados, puestos a la expectación pública. Jimeno era joven y estaba vestido de gala, con lo cual se manifestaba cuán de sorpresa había sido llevado al patíbulo. Diego de Arcos era uno de los más antiguos pobladores de esta ciudad: soldado del virrey Blasco Núñez Vela, cayó prisionero en la batalla de Iñaquito fue sentenciado a muerte por Pedro de Puelles y se escapó, saltando por un horado, mientras un clérigo confesaba al compañero de horca, que con él estaba preso en una misma choza, en el pueblo de Tigzán; había sido amo de Arana, y, fundado en esto, le había escrito una carta enérgica. Lo cárdeno y amoratado del semblante en el cadáver del viejo soldado contrastaba con lo blanco de las canas de su cabeza. Arcos era el jefe de una familia numerosa.
Como para afrentar más a su antiguo patrón, Arana hizo colgar el cadáver en camisa, ofendiendo así el decoro de la ciudad84.
—243→En los siguientes días de la Semana Santa fueron ahorcados algunos otros, y, entre ellos, Pedro Llerena Castañeda, que andaba tranquilo fundado un el salvoconducto que le había dado el mismo Arana. Todos éstos eran ejecutados por la noche, y a la madrugada amanecían los cadáveres colgados de los balcones de sus propias casas; a ninguno se le daba tiempo más que para confesarse deprisa, y no se hacían sumarios, porque Arana los consideraba como superfluos, estando patente el delito de traición al Rey y rebelión contra sus representantes. Arana, soldado grosero y de malas entrañas, se alzó con la autoridad y abusó de ella escandalosamente no siendo más que un simple jefe militar, usurpó el poder de juzgar, y condenó a muerte, sin guardar con las infelices víctimas que cayeron en sus manos, fórmula alguna ni manera de juicio. Inspiró terror al mismo Marañón y a los Oidores, y durante algunas semanas estuvo mandando al patíbulo a los vasallos de su Rey, sin que los que tenían el derecho de gobernar y ejercían la autoridad —244→ en nombre del Rey, se atrevieran a irle a la mano. Vino como capitán a pacificar la tierra; y, aunque reunió fuerzas respetables, no tuvo valor para combatir con gente colecticia y con soldados improvisados: una vez en Quito, no esgrimió otra arma sino la soga del verdugo.
Para volverse al Perú terminada su comisión, se puso de acuerdo con los Oidores y reclamaron del tesoro real la enorme suma de cien mil pesos gastados en pacificar a Quito, y restablecer el orden público en la provincia. La ciudad estaba aterrada: las familias sumidas en honda desolación; aquel año no se celebraron los Divinos Oficios en la Catedral. Arana profanó la santidad de aquellos días, los más santos del año, y así que vino la Pascua insultó el duelo de los quiteños mandando celebrar corridas de toros y hacer regocijos públicos85.
—245→Marañón comenzó la visita contra el Presidente y contra los Oidores; según las instrucciones que traía expresamente para el caso, declaró que continuaba la visita, que de la Audiencia había principiado el doctor Barros, y le intimó a éste la orden de salir de Quito y permanecer lejos de la ciudad. Barros eligió el valle de Chillo, y en una Hacienda de aquella jurisdicción, se mantuvo hasta que se le permitió ir a Lima. Barros era émulo de los Oidores y había estado pesquisando con rigor la conducta de éstos; más, cuando supo que venía el licenciado Marañón a residenciarlo a él también, se confabuló con los Oidores, modificó las declaraciones que contra ellos había recibido y arregló los expedientes a su amaño, como mejor le pareció. Los Oidores tampoco se descuidaban de mirar por sí: fraguaron declaraciones y procesos enteros, ya para alegar —246→ los méritos propios; ya los de sus amigos, en la pacificación de las alcabalas: así resultó que fuesen premiados sujetos, que durante la revolución habían estado ausentes, muy lejos de Quito; y que fueran declarados leales servidores del Rey algunos, que habían tenido no poca parte en los motines. Se exageró, en fin, la culpabilidad de los que no tenían cómo defenderse, porque en aquellos días de triste recuerdo en nuestra historia, la verdad y la justicia estuvieron desterradas de esta ciudad.
Mientras que así se abusaba escandalosamente del poder y de las armas, la ciudad gemía, oprimida sin respiro. Sesenta individuos tenía presos el presidente Barros, a la mayor parte de los cuales se había resuelto darles garrote: las cabezas, medio podridas de Jimeno, Arcos, Castañeda y otros ajusticiados, se mantenían en jaulas, en la plaza, junto a la casa del ayuntamiento. Arana y Marañón tenían presos con grillos, centinelas de vista y guardias, a todos los alcaldes, regidores y demás empleados del Cabildo; a todos éstos, sin excepción de uno solo siquiera, los habían sentenciado a muerte, y debían haber sido ahorcados, más, en buena hora, pelearon Arana con Marañón, y los Oidores con el Virrey, porque cada uno porfiaba que a él y no al otro le tocaba el derecho de mandar a la horca a los tristes alcaldes, regidores y escribanos municipales de Quito. ¿No habían sido muertos algunos de ellos? Extraña contienda se disputaba por el derecho de quitar la vida, y no por el de perdonar!!
Un año largo estuvieron los presos encerrados en la cárcel y privados de todo medio de —247→ defensa: lo que más se cuidaba era que no pudieran informar absolutamente a la Corte de lo que estaban padeciendo en Quito: ofrecieron veinte mil ducados de fianza para que se permitiera venir un sujeto imparcial, que practicara informaciones sin prevención, y no se les concedió; ellos mismos pagaban, de su peculio, el salario a sus guardas y carceleros, según el tanto que tasaban los mismos jueces. Al fin, lograron hacerse oír y consiguieron que el monarca español reconociera la justicia que tenían para rechazar por sus jueces a los mismos que habían sido con sus imprudencias y desaciertos los principales fautores y causantes de la sedición, por la cual ellos estaban encarcelados. «Señor (decían los regidores de Quito al Rey): los españoles cautivos entre los moros son menos desgraciados y padecen menos que vuestros vasallos. Los residentes y Oidores, cuando vienen acá se olvidan enteramente de la ley de Dios; como el reparo de los agravios es tan difícil, mejor sería no quejarse; además ellos tienen en la Corte personas empeñadas en servirles, y así no llega al Consejo sino lo que les conviene». Se lamentaban los regidores de la enorme distancia a que estaban de la Corte, de la dificultad de ser atendidos y de los abusos de los mandatarios subalternos.
Doce fueron los ahorcados por Arana, en diversos días. Juan de la Vega pudo escapar y huir a Lima, donde se presentó al Virrey, quien le conmutó la pena de muerte en la de deportación, y murió aplastado en Nombre de Dios, cuando era remitido a España preso en partida de registro. Marañón lo condenó a muerte, y —248→ también Arana; pero el uno quería que lo trajeran preso acá, y el otro había dado orden que fuera ahorcado allí donde se lo tomara, y mientras entre los dos contendían sobre esto, Vega pudo fugar, tomando el camino de Cuenca. Era este Vega todavía joven; pertenecía a una familia distinguida por ser hijo legítimo y el primogénito del capitán Francisco Ruiz, uno de los conquistadores de Quito. Ruiz murió el año de 1581, dejando a su hijo en posesión de la pingüe encomienda de casi todo el valle de Chillo: la esposa de este conquistador fue doña Ana de Castañeda, señora mejicana. Vega estaba casado con doña Ana de Ortega. Ordenose que su casa fuese demolida, y el terreno sembrado de sal. La viuda de Vega abrazó el estado monástico, entrando en el convento de Santa Catalina, que se acababa de fundar en Quito.
Pedro Llerena Castañeda era tesorero de Cali en la gobernación de Popayán. En la misma tarde del día en que los Oidores con el presidente Barros se pasaron al convento de San Francisco, hicieron prender a los soldados de los yumbos: concediéronles sólo una hora de término, y, al punto, los mataron dándoles garrote: cuatro de éstos fueron ejecutados entonces, y se apellidaban Juárez, Aguilar, Albítez y Cordero, que era el jefe de ellos; después cayó un Calderón, y también fue ejecutado. Con tantas muertes, con tantos presos y con el rigor sangriento que desplegaban el Visitador, los Oidores y el general Pedro de Arana, la ciudad de Quito estaba sumamente abatida; nadie vivía seguro y todos temían ser sorprendidos de repente, y ahorcados —249→ sin remedio. Al fin, mediante ruegos y súplicas se consiguió que permitieran elevar una representación al Virrey, a nombre de la ciudad, pidiendo que la perdonara. Hízose la representación, y el comisionado para llevarla a Lima y ponerla en manos del Virrey fue el padre Hernando Morillo de la Compañía de Jesús. Partió el jesuita y llegó a Lima, en coyuntura muy favorable para que la representación tuviera buen éxito: el Virrey había recibido ya cédulas reales relativas a la manera cómo quería el Rey que se llevara a cabo la pacificación de Quito, y, por ellas, conocía que sus medidas de rigor y de exterminio habían de ser reprobadas por el Real Consejo de Indias; así que, condescendió sin dificultad con la representación de los quiteños, y otorgó el perdón a la ciudad. Cuando se recibieron en Quito las contestaciones del Virrey, hubo alegría general: el pueblo se congregó en la iglesia de los Jesuitas, donde el padre rector Diego de Torres leyó desde el púlpito la carta del Virrey, y exhortó a los concurrentes a dar gracias al Cielo, porque la ciudad había recobrado paz y tranquilidad. El padre Morillo no regresó más a Quito: detúvolo en Lima el Virrey, para que fuera el portador de las comunicaciones relativas a la sublevación de Quito y diera en la Corte informes acerca de ella, como testigo presencial de los hechos. El padre no llegó a España, porque murió en el viaje, a consecuencia del naufragio que en el canal de Bahama sufrió la nave en que iba86.
—250→Hemos referido el principio, los progresos y el desenlace de la revolución de las alcabalas: principios sencillos, y que no daban motivo para prever los tumultuosos progresos y el lúgubre desenlace a que llegaron los acontecimientos en solos nueve meses de tiempo, desde julio de 1592 hasta abril de 1593. Demos ahora a conocer un poco más a los hombres que gobernaban entonces, y veamos el juicio que el Supremo Consejo de Indias formó acerca de lo sucedido en Quito, con motivo de la imposición de las alcabalas.
Era en aquella sazón virrey del Perú don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete; hombre recto, amante de la justicia e inquebrantable en sus propósitos; pero, por desgracia, nada benigno: confundía la energía con el rigor, y le bastaba para castigar como culpables el no obedecer al punto sus mandatos; toda desobediencia la calificaba de rebelión: una cosa era justa, porque era mandada, y los súbditos no tenían derecho para representar. Por su mismo carácter natural era este magistrado muy propenso a las medidas severas: pesole mucho que Arana hubiese hecho en Quito tan suave escarmiento con los culpados; pues, según el marqués de Cañete, la ciudad misma merecía ser arrasada.
Don Pedro de Arana no podía descontentar a un superior semejante: de humilde condición y oscuro linaje, carecía de generosidad, y en su —251→ pecho venganza y justicia eran una misma cosa. Seguro de que sus hechos serían aprobados por el Virrey, no pensó más que en no desagradar a éste: el rigor era la mejor manera de gobernar; y hacerse temer, el secreto de mantener el orden: para estos hombres la sociedad civil no era sino una cárcel con un carcelero.
Los Oidores, hombres tímidos, andaban contemporizando primero con los conjurados, después con Arana. El licenciado Cabezas había sido Oidor en la Audiencia de Santo Domingo en la isla Española: condenósele a suspensión temporal de su oficio y a detención forzada en Orán: concluido el plazo de su condena, fue agraciado con la plaza de Oidor en Quito: vino a esta ciudad dominado de la codicia, y sólo se ocupó en enriquecerse; pues para este licenciado el que no buscaba riquezas era un dementado; públicamente negoció en esta ciudad, abriendo, al frente de su casa, una tienda de pulpería, en la cual se vendían velas de sebo, alpargates y otras cosas, que hacía fabricar él mismo con sus propios domésticos. Cuando el Cabildo de Quito resistió admitir las alcabalas, este Oidor dijo en público, encogiéndose de hombros: ¡A mí no me importa nada, porque de las tales alcabalas no ha de entrar ni un ochavo en mi bolsillo!! No tenía embarazo en declarar que deseaba enriquecerse pronto, para comprar un mayorazgo en su tierra, y vivir allá contento. Era natural de un pueblo de cerca de Trujillo en Extremadura. Trasladósele a la Audiencia de Charcas, y se le gratificó dándole, por una vez, dos mil ducados, en premio de sus servicios a la Corona durante la sublevación de las alcabalas: —252→ al irse de Quito dejó en esta ciudad deudas, acreedores y mala fama; pues, aunque ya viejo, no por eso había olvidado sus mañas de enamorado. También a su colega el oidor Zorrilla se le premió con dos mil ducados, y la traslación a la misma Audiencia de Charcas; Zorrilla era casado con doña Francisca Sanguino, señora piadosa y discreta.
El oidor Moreno de Mera fue suspendido de su oficio, y no recibió gratificación ninguna, en pena de haberse casado en Quito, sin licencia del Rey: fue su mujer doña María Arellano, de la cual tuvo ocho hijos. Esta señora era hija de uno de los encomenderos de Quito. Cabezas y Moreno de Mera vivieron en continuas rivalidades con el presidente Barros. Tales fueron los hombres que tomaron parte y desempeñaron el principal papel, cuando el levantamiento de las alcabalas.
De los alcaldes de la ciudad hubo uno que estuvo siempre de parte de los Oidores: éste fue don Pedro García de Vargas. Don Diego López de Zúñiga, regidor de los indígenas de estas provincias del centro, y don Pedro Ponce Castillejo fueron asimismo premiados por su adhesión a la Audiencia en estas circunstancias.
Juan Sánchez de Jerez Bohorques (de quien hemos hablado ya antes), solicitó que se le recompensara siquiera con unos doce mil pesos, por el servicio de haber hecho la primera denuncia de la revolución: pidió además permiso para pintar un cuadro, en el cual estuviera él retratado de rodillas, en actitud de entregar al Rey una carta, simbolizando los méritos que había contraído por —253→ haber sido el primero en denunciar el plan de la conjuración. De este modo se entendía entonces la fidelidad al soberano: Sánchez de Jerez fue uno de los espías que andaban mezclados con los revoltosos, fingiendo odio al presidente Barros y murmurando de su conducta.
El licenciado Marañón concluyó el sumario iniciado para pesquisar la conducta del Presidente, y pronunció sentencia contra él, condenándole a destierro perpetuo de América, a privación de todo destino durante diez años, y a una multa de ocho mil pesos en plata, aplicados a la cámara real87. De Quito pasó a Lima donde se le tomaron nuevas declaraciones, y de Lima, volvió a España: el Consejo de Indias confirmó la sentencia del Visitador, y Barros se retiró a Tordesillas, donde falleció pocos años después.
Sobre el presidente Barros pesaban varios cargos: su conducta indiscreta había provocado el levantamiento de Quito: sus enemigos le habían acusado de costumbres perversas, fundándose en leves indicios, que, interpretados malignamente, dieron ocasión para que se viera humillado y avergonzado con procesos criminales, fundados en calumnias: en fin, sus opiniones en punto a la autoridad real lo hicieron muy sospechoso y acabaron por hundirlo para siempre en la desgracia —254→ de la Corte. Barros era letrado, y hablaba con imprudente libertad: según él, no tenían los reyes de España derecho ninguno para conservar su poder en América: su autoridad en estos países era ilegítima; y en el Perú, además de ilegítima, era también injusta. Ni el Turco con ser Turco habría hecho en el Perú, decía Barros, lo que su Majestad con ser cristiano; ya que les quitó a los Incas la camisa, debió haberles dejado la vida: el Rey se ha de condenar, por la manera como da las encomiendas, ¡y todas las desgracias que le suceden en sus guerras de Flandes son castigo de Dios, porque gobierna mal sus colonias de las Indias! Ideas no sólo muy avanzadas, sino hasta temerarias para aquella época. El Rey, de quien así hablaba Barros, era Felipe Segundo.
El fiscal del Consejo de Indias, fundado en estos informes, acusó a Barros del crimen de traición contra el soberano. Era nuestro antiguo Presidente un hombre raro, de costumbres excepcionales, que trascendían a la más llana democracia práctica: tenía dos negros esclavos, a quienes trataba con tanta bondad y confianza, que muchas veces estaba junto al uno de ellos, y lo tenía abrazado, descansando su cabeza en el hombro del negro; de cuando en cuando se las daba por devoto, y solía andar con un rosario grueso, colgado a la cintura. Este letrado, que opinaba tan libremente en punto a los derechos de la autoridad real, tenía ideas no menos notables respecto de la preponderancia de los frailes, y en general de los religiosos, en las colonias; y así se conducía con ellos sagaz y maliciosamente; —255→ aquí, en Quito, hizo reñir adrede a los frailes agustinos con los jesuitas, y, cuando le reconvinieron por ello, contestó: «ahora, los quiteños, ocupándose en esto, se han de olvidar de mí: tienen de qué hablar, ya no murmurarán tanto de mí; y se reía a carcajadas»88. Por sus ideas el doctor don Manuel Barros de San Millán era, pues, en verdad, un hombre raro para aquellos tiempos.
Para concluir la narración de este asunto, veamos lo que resolvió el Consejo de Indias. Las primeras noticias que se recibieron en España sobre la sublevación de Quito, no fueron muy exactas: llegaron después datos abundantes y prolijos, y, con vista de ellos, pudo el Real Consejo de Indias estudiar el asunto y presentar al —256→ Rey el informe pedido por su Majestad. Opinaba el Consejo que la causa de la revolución había sido no el odio a las alcabalas, sino el imprudente y mal gobierno del presidente Barros, y la desavenencia en que éste había vivido con sus colegas, los Oidores: según el Consejo, la violencia y las medidas de rigor, empleadas para llevar a cabo la imposición de las alcabalas, eran la causa de las sediciones, motines y trastornos sucedidos en Quito: reprueban los consejeros las ejecuciones sangrientas de Arana, y hacen notar que el virrey Mendoza era generalmente aborrecido, con justicia, por su carácter despótico y su genio áspero. Pasando a tratar de la manera de poner término a la sublevación, indican que se separó del gobierno del Perú al marqués de Cañete, llamándole a la Península y enviándole sucesor; pues él mismo conocía que estaba odiado, y así —257→ lo había hecho presente al Consejo; opinaban que se mandara a Quito un comisionado, con amplios poderes para arreglarlo todo, y que a éste se le encargara mucho que no emplee medidas de rigor, sino que eche mano de arbitrios prudentes y suaves, y finalmente decían que a nombre del Rey se escriban cartas exhortatorias al Cabildo eclesiástico y al civil, a los religiosos y hasta a los mismos indios. Este dictamen fue presentado a Felipe Segundo, y el Rey lo aprobó en todas sus partes, el 31 de julio de 1593. Nombró como comisionado para venir a Quito al licenciado don Alonso Fernández Bonilla, arzobispo electo de Méjico, residente a la sazón en Lima: Bonilla era un eclesiástico, de cuya madurez y bondad tenía muy alto concepto el monarca español.
Despacháronsele, pues, las cédulas reales, en que se le investía de plenos poderes para arreglar el asunto de la sublevación de Quito. Bonilla aceptó la comisión con que le honraba el Rey, y quiso venir a esta ciudad; pero se lo estorbó el Virrey, a quien no agradaban las ideas del Arzobispo. Además, Arana escribía a Lima, deplorando la venida de Bonilla, y haciendo cuantas reflexiones le sugería su conciencia inquieta, para que el comisionado regio no pasara a estos lugares. Ni el Virrey, ni los Oidores, ni Arana, ni Marañón se holgaron con el nombramiento de Bonilla, y temían que los informes de éste les perjudicaran a ellos en la Corte. Bonilla tuvo la flaqueza de condescender: tomó menudos informes y se contentó con exponer su dictamen desde Lima, emitiendo, con serena imparcialidad, —258→ su juicio acerca de la tan ruidosa revolución de las alcabalas en Quito. Oigamos cómo se expresa el arzobispo de Méjico en tan notable documento.
Estando en esta determinación (la de venir a Quito), recibió el Virrey
cartas de Quito del capitán Pedro de Arana y del doctor Barros, cargándole mucho la mano en que no convenía mi ida a Quito, porque no había de servir de otra cosa más que de desautorizar todo cuanto se había
hecho por su orden, y que temiese los testigos falsos, que con esta ocasión se me podrían arrimar; concluyendo con que a su autoridad no convenía que otra persona en trace ni saliese en estos negocies: y por otras suyas supe de cierto el mucho sentimiento que el Virrey tenía de haber sido Vuestra Majestad servido confiarlos de mí.
Y habiendo entendido el intento del Virrey, así por esto, como por las cartas del doctor Barros y capitán Pedro de Arana que me enviaba, vi que de sus propias cosas no tenían buena fe, pues aun de lejos no querían tener quien las mirase.
Yo no acabo de entender la jurisdicción del Virrey en cuanto capitán general, ni sé con qué jurisdicción su teniente ahorca y destierra en
Quito, con auditor, sin admitir apelación ni otra remedio, a la vista de una Audiencia real, ni sé el grado en que las causas vienen aquí, ni van a España, ni cómo los alcaldes de Corte pueden ser asesores del Virrey, porque todo me parece jurisdicción voluntaria, perturbada y confusa.
En esto, desde el principio estuvimos el Virrey y yo muy diferentes: él en decir que convenía
—259→
a la reputación de vuestra Majestad y suya proceder con aquella demostración, y yo en que lo era mucho mayor allanarlo con cuatro pliegos de papel.
Por las relaciones que yo aquí he visto considero mucho que todos tratan de su hecho, engrandeciendo la culpa del pueblo, a las veces por deshacer la suya; y otras pretendiendo cada uno la mayor parte que puede del premio y gloria del buen suceso, teniendo por tal la destruición de una ciudad; y lo que más me admira es ver andar en esto a las
vueltas a gente religiosa, sin haber habido quién de parte del Audiencia ni del capitán Arana hubiese salido a ser autor de paz, desengañando al pueblo, sino todos dándoles ocasión de enlazarse y meter prendas de nuevas culpas, y así no tiene poca dificultad acertar con la verdad, queriendo descender a las particulares de cada uno.
Aunque siempre es cosa muy necesaria en los jueces bondad y sana intención enderezada al bien público, tiene aquella tierra (esta de Quito) de presente particular necesidad de jueces, que le sean padres, y de un Presidente que como tal la gobierne con amor.
Esta carta del Arzobispo electo de Méjico al Rey está fechada en Lima, el 12 de abril de 1594.
Con la lectura de ella se manifiesta cómo era gobernada esta tierra, y hasta dónde había llevado el sanguinario Arana sus abusos de autoridad asesina el que quita, la vida a otro, preparando lazos a su víctima: ¿cómo deber a ser calificado el crimen del que condena a muerte a hombres indefensos, sin tener autoridad ninguna para quitarles —260→ la vida? Si hombres como Arana dejan en la historia un recuerdo execrable; varones como Bonilla son honra no sólo de su estado, sino de su nación y de su raza.
La reprobación, que de las medidas de rigor hizo el Real Consejo de Indias alivió no poco la angustiosa situación de los presos de Quito: el mismo Virrey abocó la causa a su tribunal y los absolvió. Más tarde, don Luis de Velasco, sucesor del marqués de Cañete, les alzó el confinio, les permitió regresar a Quito, y aún a los regidores del Cabildo les restituyó sus destinos, en 1598. De tanta blandura se lamentaban los oidores de Quito.
Resta decir una palabra más acerca de la participación que tuvieron y del papel que desempeñaron los padres jesuitas y los otros religiosos de Quito en la revolución de las alcabalas. Este es un punto que se ha desfigurado bastante en nuestra historia, y así conviene exponer con llaneza lo cierto, lo que consta por documentos dignos de crédito.
Al padre Baltasar de Piñas le sucedió en el gobierno de los jesuitas de Quito el padre Esteban Cabello: tanto los Oidores como el presidente Barros concibieron sospechas contra este padre, y principiaron a desconfiar de él, porque era muy estimado del depositario Bellido y de otros de los cabecillas de la conjuración; fue, pues, mandado a Lima, con pretexto de que llevara al Virrey una representación de la ciudad y del Ayuntamiento; pero, en verdad, para alejarlo de Quito. Con este motivo vino por superior el padre Diego de Torres, el cual se manifestó francamente —261→ opuesto a los motines y sediciones, reprobó los levantamientos y aconsejó que se pagaran las alcabalas; entre los jesuitas hubo armonía, y todos pensaban como su Rector. Más semejante conducta y el verlos siempre oficiosos con el Presidente y los Oidores, los hizo antipáticos a los conjurados, y hasta el pueblo mismo comenzó a mirarlos con desvío, y les retiró las limosnas de que vivían. Perjudicáronles más en el afecto de los quiteños los elogios, que les prodigaba el aborrecido Arena.
Era el padre Diego de Torres uno de los más distinguidos jesuitas, que por aquel tiempo tenía la provincia del Perú: nativo de Castilla la vieja, había pasado su niñez en Burgos: su madre, así que quedó viuda, abrazó el estado religioso, profesando en uno de los conventos de Carmelitas descalzas, que acababa de fundar Santa Teresa, y con la madre profesaron también dos hijas de ella, todavía jóvenes. El padre Torres tuvo por sus maestros espirituales a los insignes místicos Alonso Rodríguez y Baltasar Álvarez, y por profesor de Teología al famoso padre Suárez. Permaneció en Quito pocos años, regresó al Perú y fue Rector del colegio de Potosí; antes de venir a Quito, era Rector del Cuzco. Asistió después como procurador a la Congregación, que se reunió en Roma en 1604, y tornó a América, para ocuparse en la fundación y sostenimiento de los jesuitas en Chile y el Paraguay.
En Quito habían echado a volar los cabecillas la voz de que también la ciudad del Cuzco estaba puesta en armas para rechazar, la nueva contribución de las alcabalas; y, como el padre —262→ Torres venía precisamente del Cuzco, procuraron intimidarle, haciéndole amenazas de graves males, si descubría la verdad; pero el padre no sólo no se acobardó, sino que se manifestó resuelto y firme en cumplir su deber; despreció las amenazas y trabajó eficazmente por desengañar al pueblo, haciendo saber a todos la verdad de lo que pasaba en el Cuzco. Y pudo tanto la entereza del padre, que infundió valor a los demás religiosos, que, de miedo de los atumultuados, guardaban silencio: con el ejemplo del Rector de los jesuitas se estimularon también otros sacerdotes, lo cual contribuyó no poco para deshacer la conjuración.
En un sermón que predicó en la Catedral tomó por texto estas palabras del Evangelio: «Viri Ninivitae surgent in judicio cum generatione ista, et condemnabunt eam»
89; «En el día del juicio final, los ninivitas se levantarán
contra esta raza de hombres, y la condenarán»
; y conminó con ellas a los quiteños, ponderando la grave ofensa que cometían contra Dios, y los males que amenazaban al pueblo, por el intento de hacer alianza con una soberana cismática y hereje. Por cierto, que el asunto no podía ser más patético, atendidas las circunstancias de aquellos tiempos, cuando la reina Isabel de Inglaterra perseguía tenaz y encarnizadamente a los católicos. ¿Qué habría sido de las tristes colonias americanas, si hubiesen caído entonces en manos de Inglaterra?
Los franciscanos estuvieron divididos: entre ellos hubo algunos, que con calor abrazaron el partido del Cabildo, y otros se mantuvieron fieles a la Audiencia. Fr. Juan de Vergara, Provincial, ponderaba las imprudencias y durezas de los Oidores y del Presidente en la imposición de las alcabalas, y decía al Rey: Si esto hubiera seguido como principió, a esta hora ya no habría Perú para vuestra Majestad. Este padre desterró de Quito, por muy revoltoso, a un fraile criollo apellidado Bonifaz; el desterrado pasó a Lima, se introdujo en el palacio del Virrey, y tal cabida llegó a tener en breve, que consiguió hacer que su Provincial fuera llamado a Lima por el Comisario, para que diera cuenta de su conducta, pues se le había denunciado ante el Virrey como cómplice en la revolución. El fraile Bonifaz, con el favor del mismo Virrey, obtuvo permiso para volver a Quito; y sucedió que, cuando el pobre del Provincial estaba de camino para Lima a vindicarse, el perverso del súbdito regresara a esta ciudad, satisfecho de su ruin venganza. Con razón el padre Vergara no tenía palabras suficientes con qué lamentarse de la relajación de los frailes criollos90.
—264→Fr. Luis Martínez de Llanos, guardián del convento de Quito en 1592, tuvo grande tino para aconsejar al pueblo y calmarlo, cuando más irritados estaban los conjurados contra la Audiencia. Este padre era generalmente respetado, por la austeridad de sus costumbres.
Los dominicanos guardaron mayor cautela. Su provincial, el padre Fr. Jerónimo de Mendoza, español, fue quien hizo a la Audiencia el primer denuncio del levantamiento, que proyectaban los conjurados: desterró a dos religiosos, que tenían relaciones con los del Cabildo y se asociaban a ellos: al uno le sacó de la ciudad, y al otro lo envió fuera de la provincia. Hubo frailes de otros conventos, que hasta predicaron contra las alcabalas y anduvieron muy inquietos tomando —265→ parte activa en favor del pueblo y manifestándose decididos cooperadores de los planes del Ayuntamiento de la ciudad. Cuál fue la parte que en estos mismos asuntos tomó el clero secular, lo veremos en el capítulo siguiente.
Hemos referido, tan fielmente como nos ha sido posible, los acaecimientos y la serie de los hechos de la revolución de las alcabalas, la primera —266→ de que hace mención nuestra historia, tan fecunda, por desgracia, en revoluciones y trastornos. La revolución de las alcabalas, como toda revolución, principió alegando motivos justos; pero después los autores de ella se lanzaron a cometer crímenes, de los cuales no es lícito excusarlos: ¿cómo no reprobar los tumultos del pueblo contra los Oidores? ¿Cómo no condenar los desacatos de que fue víctima el Presidente?... Los caudillos de los motines y levantamientos de la plebe, no veían ellos mismos el abismo en que precipitaban a la sociedad, ni calculaban los funestos resultados que habían de producir los pasos que daban y las medidas que tomaban, estimulados por sus pasiones enardecidas, cerrando voluntariamente los oídos a la razón. Por otra parte, la autoridad, ejercida por hombres mezquinos y además apasionados, no tuvo, como debiera tener, por única norma de sus actos la justicia, sino el interés y la venganza. Quito conoció entonces, con dolorosa experiencia, cuáles eran los resultados prácticos de esas revoluciones y levantamientos, en que, con pretexto del bien común, se busca el medro individual.
Pero hablemos ya de asuntos más halagüeños: una figura muy venerable va a presentarse en el cuadro de esta nuestra narración histórica.
—267→
Don Fr. Luis López de Solís es elegido obispo de Quito.- Antecedentes biográficos de este Obispo.- Una anécdota relativa al señor Solís.- Es consagrado Obispo.- Llega a Quito.- Celebra su primer sínodo diocesano.- Visita de la Diócesis.- Celebra segundo sínodo diocesano en la ciudad de Loja.- Virtudes del obispo Solís.- Su distribución cuotidiana.- Su penitencia.- Su caridad para con los pobres.- Su prudencia.- Fundación de dos nuevos conventos en Quito.- Fundación de monasterios de la Concepción en las ciudades de Pasto, Riobamba, Cuenca y Loja.- Contradicciones que padeció el obispo Solís.- El clero secular de Quito y su participación en la revolución de las alcabalas.- Quejas contra el señor Solís.- La inmunidad de los templos y el obispo Solís.- Sus viajes a Lima.- Renuncia el obispado de Quito.- Su muerte. Su retrato.- Paralelo entre el obispo Peña y el obispo Solís.
La prolongada vacante del obispado terminó, por fin, con la venida del Ilmo. señor don fray Luis López de Solís, religioso agustino. Fue este señor presentado por Felipe Segundo para el obispado del Paraguay o Río de la Plata; mas, antes de que fuese preconizado por la Santa Sede, el mismo Rey le hizo merced del obispado de Quito. Sus bulas se despacharon en Roma, el 6 de setiembre de 1592, el primer año del pontificado de Clemente VIII. Veamos quién era el nuevo Obispo.
Don fray Luis López de Solís, cuarto obispo —268→ de Quito, fue natural de Salamanca, hijo legítimo de Francisco de los Ríos y de María López de Solís, personas de conocida nobleza. Abrazó muy joven la vida religiosa, vistiendo el hábito de fraile agustino en el convento de Salamanca, y en 1556, tres años después de haber profesado, vino al Perú, en compañía de otros religiosos de su Orden, que pasaban a ocuparse en la conversión de los indios, para lo cual, pocos años antes, se había fundado en Lima el primer convento de agustinos que hubo en todo el Perú. Se cuenta acerca de este señor Obispo una anécdota curiosa, la cual no será por demás referir en este lugar.
Dícese, pues, que hallándose en Cádiz con los demás padres que venían al Perú, tomó a su cargo disponer las cosas necesarias para el viaje, y así andaba cierto día afanado en hacer transportar a la embarcación todo el ajuar de los religiosos. Estando ocupado en esto, mientras iba y venía de la posada a la playa, encontrose con un hombre, el cual, después de mirarle atentamente al rostro, le habló, diciéndole: «Padre, ¿adónde es el viaje? A Indias, contestó el P. Solís. Pues no vaya a Indias, replicó el desconocido, váyase más bien a Roma y será Papa». Riéndose el padre, le dijo: «yo soy un pobre fraile, y así no tengo ni un solo cuarto con qué pagar a vuestra merced por el pronóstico». El hombre, que se las daba de astrólogo o, mejor dicho, de fisonomista, le repuso; «no se ría, padre, veo que Vuestra Reverenda tiene cara de ser muy feliz, y, por eso juzgo, que llegará a obtener la primera dignidad eclesiástica del lugar a donde vaya: como —269→ la mayor en el mundo es la de Papa, le aconsejo que vaya a vivir en Roma, donde tengo por cierto que la conseguirá». Fr. Luis, despidiose del hombre, sin hacer ningún caso del pronóstico. Andando el tiempo veremos si el vaticinio del astrólogo estuvo o no aventurado.
A poco de haber llegado al Perú se ordenó de sacerdote: fue profesor de Filosofía en su convento de Lima y después pasó a Trujillo, donde se estableció la enseñanza de Teología, de la cual estuvo encargado por varios años, con grande aplauso de todos y notable aprovechamiento de sus discípulos. Desempeñó en su Orden los cargos más elevados, y fue dos veces Provincial de su provincia de frailes agustinos del Perú. El virrey Toledo, por comisión de Felipe Segundo, le nombró Visitador de la Audiencia de Charcas, contra la cual se habían recibido en la Corte quejas repetidas. Ejerció aquel cargo delicado con grande entereza y acierto, mostrándose tan íntegro en administrar justicia, que ni las dádivas pudieron corromperle, ni las amenazas intimidarle; y condenó a los culpados sin miedo, ni acepción de personas. Los Oidores pretendieron sobornarle; mas el Padre rechazó sus presentes, diciendo que quienes se habían atrevido a injuriarle tentándole con obsequios, no podían menos de estar ellos mismos manchados con semejante pecado. Una conducta tan firme y desinteresada le granjeó muchos enemigos, los cuales buscaron ocasión de hacerle daño: la encontraron muy oportuna, cuando terminada la visita de la Audiencia, el Virrey le volvió a dar la comisión de repartir en venta ciertas tierras de la —270→ Corona, que se hallaban en el territorio de la misma provincia de Charcas. Tenaces acusaciones se elevaron entonces contra el padre Solís al Virrey y hasta a la misma Corte y al Consejo de Indias. Hoy, cuando examinamos esas acusaciones a la luz de un criterio imparcial, nos alegramos de que las hayan hecho los enemigos de este insigne varón; pues ellas contienen el mayor elogio que de su caridad y celo pudiera hacerse. En efecto, ¿qué decían contra el padre Solís sus enemigos?, ¿cuál era el fundamento de las acusaciones que dirigían contra él? Decían que había defraudado la hacienda real, prefiriendo a los indios en la venta de terrenos, ¡¡cuando algunos españoles habían ofrecido por ellos mayores sumas de dinero!! El Rey desatendió semejantes quejas y, reconociendo los méritos del padre Solís, lo presentó para el obispado del Paraguay o Río de la Plata, y poco después lo trasladó al obispado de Quito.
Con este motivo, escribiendo al Consejo de Indias el marqués de Cañete, virrey del Perú, decía: «El padre Fr. Luis López de Solís es muy virtuoso, sin cobdicia, y muy discreto para gobernar: buen letrado, buena edad y
mucha experiencia de las cosas de esta tierra»
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Uno de los ministerios, en que se había ejercitado el señor Solís en su juventud, era el de Cura Doctrinero de Indios, en la misión que los religiosos agustinos fundaron para reducir y convertir a los uros, pobladores de la provincia de Paria en los términos meridionales del Perú. Allí había manifestado su celo y su paciencia con aquellos bárbaros, tan toscos y tan embrutecidos: su primer cuidado fue aprender el dificilísimo —271→ idioma gutural de ellos; y lo llegó a hablar perfectamente, haciéndose de ese modo ministro idóneo para la predicación evangélica. El Obispo conocía, pues, por experiencia propia, los azares de que está siempre acompañado el sagrado ministerio de las almas.
La consagración episcopal, después de recibidas las bulas, se la concedió en Trujillo Santo Toribio de Mogrovejo, que se hallaba entonces en aquella ciudad ocupado en hacer la visita de su diócesis; y desde Lima encargó el nuevo obispo al deán don Bartolomé Hernández de Soto que tomara posesión del obispado, como la tomó, en efecto, el 18 de febrero de 1594. El Obispo llegó a Riobamba la víspera de la fiesta del Corpus de aquel mismo año; el 15 de junio entró en esta Capital, y el 25 del mismo mes presidió por la primera vez en la sesión extraordinaria, que el Cabildo eclesiástico celebró aquel día. En esa sesión dirigió el Prelado una breve exhortación a los Canónigos sobre la observancia de los sagrados cánones y leyes eclesiásticas; y, al concluir, tomando en sus manos un ejemplar del Santo Concilio de Trento y de los Concilios Provinciales de Lima, se hincó de rodillas, y, dirigiéndose a Dios Nuestro Señor, hizo juramento solemne, prometiendo que observaría él mismo y haría guardar con toda puntualidad por todos sus súbditos lo dispuesto en aquellos concilios. Tal fue el primer acto con que el Ilmo. señor Solís inauguró el gobierno de su obispado. De un prelado, que tanta veneración manifestaba a las leyes eclesiásticas, con razón Quito podía esperar grandes bienes.
—272→Luego mandó que en su presencia todos los Capitulares hiciesen el mismo juramento, como lo practicaron uno por uno.
Fiel en cumplir lo que a Dios había prometido, una de sus primeras ocupaciones fue la visita de todo su obispado. Lo recorrió de un cabo al otro, entrando hasta en lugares casi despoblados, acompañado de un padre de la Compañía de Jesús sumamente diestro en hablar la lengua quichua. Diez largos meses gastó el venerable Prelado en practicar la visita, diez meses que fueron una no interrumpida misión. En todos los pueblos predicaban el Obispo y el Jesuita en la lengua de los indios, y en la misma les enseñaban a los niños la doctrina cristiana; así es que muchos indios adultos; que hasta esa época no se habían bautizado, instruidos en los divinos misterios, se acercaron a recibir el Bautismo. La ciudad de Loja, donde permanecieron toda la Cuaresma, fue la que recibió beneficios más abundantes de la visita episcopal.
Antes de practicar la visita de toda su vasta diócesis, pero ya conocidas las necesidades de ella, reunió en Quito para remediarlas su Primer Sínodo diocesano. Celebrose la primera sesión con grande solemnidad, el 15 de agosto, en la iglesia Catedral, por ser ése el día de la fiesta de la gloriosa Asunción de la Virgen, a cuya advocación está dedicada la Catedral de Quito. Dijo la misa pontifical el mismo Obispo, y después de ella se cantó el himno del Espíritu Santo. Asistieron a esta primera sesión el Presidente y los Oidores de la Real Audiencia, el Cabildo de la ciudad, las comunidades religiosas, los Vicarios —273→ de Cuenca, Zaruma, Guayaquil, Pasto, Cumbinamá, Loja, Chimbo y Baeza, los Curas de las parroquias del Sagrario, San Sebastián, San Blas, Santa Bárbara, el Puntal, Zámbiza, Tumbaco, Pelileo, Guaillabamba, el Valle de Piura, los Yumbos, Puembo y Pimampiro, otros varios eclesiásticos, entre los cuales se hace especial mención de Diego Lobato, predicador en la lengua del Inca. Fiscal del Sínodo fue el presbítero Luis Román, y secretario Melchor de Castro Macedo, que lo era también del Obispo.
Por la tarde, hubo en la misma iglesia Catedral conclusiones teológicas y canónicas, en las cuales se trató principalmente de todo lo relativo a los Concilios Provinciales y Sínodos diocesanos. Tan bien discurrieron los sustentantes y tanta doctrina manifestaron los arguyentes, que el Obispo, lleno de complacencia, elijo públicamente que bendecía a Dios, porque, en tierra tan nueva como ésta, había tantos eclesiásticos, cuyas letras bastarían para honrar a cualquiera en la misma España.
Se señalaron para las dos sesiones siguientes dos domingos consecutivos: se determinó que las congregaciones privadas se reunieran en el palacio episcopal, desde el día siguiente, todos los días, dos veces al día, de nueve a once por la mañana, y de tres a cuatro por la tarde, para lo cual anticipadamente se haría señal con la campana.
En la primera congregación tenida al día siguiente se arregló el orden que habían de guardar en sus asientos las personas que tenían derecho de asistir al Sínodo. El orden fue el siguiente: —274→ bajo el sitial del Prelado, a su mano derecha, el Presidente de la Real Audiencia, y a la izquierda el Fiscal de ella, siempre que en virtud del patronato real quisiesen asistir a las reuniones sinodales, en los asientos de la derecha el Cabildo eclesiástico según el orden de sus sillas, en los de la izquierda el Cabildo secular, después los Prelados de las Órdenes religiosas: a un lado y otro los Vicarios, los Curas propios, los Doctrineros, según la antigüedad de sus ordenaciones los demás eclesiásticos, guardando el orden de precedencia de los graduados en alguna Universidad respecto de los que no tenían grado ninguno.
El Vicario general del Obispo tenía asiento entre los Canónigos, después del asiento ocupado por el Deán.
El Sínodo terminó el 25 de agosto de 1594. Para el 15 de agosto del año próximo venidero, se convocó, designando la misma ciudad de Quito, el segundo, que por circunstancias imprevistas se congregó en Loja.
El primero contiene ciento catorce artículos o capítulos, en los cuales se habla del método que debían observar los párrocos en la administración de los Sacramentos y se prescriben reglas para cortar abusos y cuidar del mejoramiento de las costumbres de los eclesiásticos, de la instrucción de los indios, de la decencia en el culto divino y del adelanto en las virtudes cristianas de todo el pueblo católico.
En la primera sesión de este Sínodo el Prelado mandó leer las Constituciones sinodales promulgadas por el Ilmo. señor Peña, su antecesor, —275→ para poner de nuevo en vigor las que debían guardarse, dejando las que el transcurso del tiempo hubiese hecho innecesarias o imposibles de observar. Estas Constituciones sinodales, los Concilios Provinciales de Lima, el Sínodo diocesano, que acababa de celebrarse, y el Santo Concilio de Trento fueron, pues, el código de leyes eclesiásticas con que se declaró que debía ser gobernada y dirigida la iglesia de Quito91.
Una de las primeras cosas en que se ocupó el Ilmo. señor Solís en este primer Sínodo diocesano, fue en la erección de la iglesia Catedral.
El primer obispo de Quito había recibido comisión de la Santa Sede para hacer la erección del obispado y de la iglesia Catedral; pero murió sin firmar el auto de erección, a pesar de esto los canónigos de entonces lo recibieron como auténtico y por él se gobernaron durante varios años —276→ en tiempo del señor Peña se suscitaron dificultades sobre la inteligencia del auto en punto a la distribución de los diezmos, hubo desacuerdo entre el Obispo y el Cabildo, y, por este motivo, se elevó un proceso a la Real Audiencia, para que resolviera el asunto. El Ilmo. señor Solís examinó todos esos documentos y, encontrando grande discordancia, notables errores y muchas faltas en los diversos traslados que existían entonces del auto de erección, resolvió hacer, de conformidad con el Sínodo diocesano, un traslado auténtico, al cual pudiera prestarse entero crédito. Así se verificó, y el 17 de febrero de 1595, estando reunidos el Obispo, los Canónigos y el Ayuntamiento, firmaron y autorizaron una copia esmeradamente correcta del auto de erección del obispado, declarando que esa era la única copia a la cual debía darse crédito en adelante en juicio y fuera de él92.
El segundo Sínodo diocesano se celebró en hoja, para donde convocó el Obispo a todos los eclesiásticos de su diócesis, por hallarse en aquella ciudad ocupado en practicar la visita. Asistieron pocos, pues lo largo y fragoso de los caminos —277→ no podía menos de ser grave obstáculo para la concurrencia de la mayor parte de los párrocos. Las constituciones que se hicieron en este Sínodo fueron explicaciones de algunos artículos del anterior y disposiciones nuevas, dictadas por el Prelado para remediar los males que la visita de su diócesis le había dado a conocer. El Sínodo terminó el 24 de agosto de 1596, día de San Bartolomé Apóstol, y en la misa, celebrada aquel día en la iglesia parroquial de Loja, se publicaron las nuevas constituciones sinodales. De esta manera aquel virtuoso Obispo trabajaba por hacer de su inmenso obispado un verdadero aprisco, donde fuesen apacentados los fieles con el ejemplo y la doctrina de sus pastores. En celo, en vigilancia y en mortificación ningún Obispo ha aventajado hasta ahora al señor Solís. Todavía ahora, a pesar del transcurso de casi tres siglos, la memoria de este venerable Prelado se conserva entre nosotros y se conservará, sin duda, mientras haya en el Ecuador quien ame la virtud y reverencie la santidad93.