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III

El 13 de mayo de 1583 llegó a Quito la noticia del fallecimiento del obispo Peña. Reunido el Cabildo eclesiástico declaró la Sede vacante, anunciando que se hacía cargo desde aquel mismo día del gobierno de la diócesis. Dispuso enseguida que, para implorar del cielo la pronta elección de Obispo, se hicieran en la Catedral, en la Merced y en Santa, Bárbara, en tres domingos consecutivos, solemnes rogativas públicas, a las cuales invitó a asistir a la Real Audiencia, a las comunidades religiosas y a todo el pueblo. En cada una de las tres iglesias hubo sermón; el de la Catedral lo predicó el Ilmo. señor Coruña, obispo de Popayán, que estaba entonces en Quito.

Celebráronse después con grande solemnidad en la misma iglesia Catedral los funerales del Prelado difunto; y, a ruego del Cabildo, el obispo de Popayán pronunció la oración fúnebre. El señor Coruña había conocido al señor Peña en Méjico: electos ambos provinciales de sus respectivas provincias de frailes dominicos y de frailes agustinos, habían hecho juntos un viaje a España al mismo tiempo fueron elevados a la dignidad de Obispos, el uno de Quito y el otro de Popayán, y ambos habían tomado, a la vez, asiento en el Concilio Provincial celebrado en Lima; insignes defensores de los indios entrambos, nadie tenía, pues, mejor derecho que el señor Coruña para pronunciar el elogio fúnebre de su antiguo amigo y colega en el episcopado.

Después de la muerte del obispo Peña se siguió   —129→   una larga vacante de casi diez años, hasta la venida del señor Solís: durante ese tiempo la iglesia de Quito padeció mucho con la sucesión de Vicarios Capitulares, a quienes el Cabildo confió el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica. El primer Vicario fue el licenciado Francisco Galavís, Arcediano, a quien depusieron los mismos canónigos; alegando que era muy colérico y violento, que trataba mal a los clérigos, que el día de la octava del Corpus se había ido de la ciudad, poniéndola en entredicho; y, por fin, que usurpaba la jurisdicción eclesiástica en los casos el que el Cabildo se la había reservado. El Arcediano entabló ante la Real Audiencia recurso de fuerza contra el Cabildo, la Audiencia, vistos los autos; falló que no había lugar a la apelación, y el licenciado fue depuesto de su oficio.

El segundo fue el presbítero Juan Rodríguez Leyva; el cual renunció después de poco tiempo y se volvió a Riobamba, de donde era vecino.

El tercero fue un licenciado Flores, el que renunció también a éste le sucedió el Deán, don Bartolomé Hernández de Soto, el cuarto en el orden de los nombramientos. Por renuncia del Deán, fue elegido para quinto Vicario Capitular el licenciado Rodrigo de Carvajal, hombre entrado en años, pero que todavía no había recibido más que la primera tonsura. Poco tiempo ejerció este Licenciado la jurisdicción, pues renuncio el cargo de Vicario y, en su lugar, fue elegido el presbítero Benito Hernández, cura de Cuenca; que fue el sexto. Mientras este sacerdote desempeñaba el cargo de Vicario Capitular en Quito, fue mandado a Cuenca por el mismo   —130→   Cabildo el canónigo Talaverano, para que sirviera el curato de aquella ciudad. El cura de Cuenca renunció muy pronto la Vicaría, y con este motivo fue elegido por séptimo Vicario Capitular el licenciado López de Atienza, Maestrescuela de la Catedral de Quito48.

Se hallaba gobernando este último, cuando le llegó al presbítero Jácome Freile, Cura Rector de la Catedral, el poder que desde Lima le mandaba el Ilmo. señor don Fr. Antonio de San Miguel, obispo de la Imperial de Chile, electo tercer obispo de Quito, para que, en su nombre, se hiciera cargo del gobierno de este obispado. El comisionado presentó sus provisiones al Cabildo, el 10 de octubre de 1590, y ese mismo día tomó posesión del obispado, a nombre del nuevo Obispo.

Causa ciertamente deseo de saber cuál era el motivo por qué renunciaban tan pronto el cargo de Vicario Capitular los eclesiásticos, a quienes confiaba el Cabildo la jurisdicción en sede vacante. Ese motivo lo encontraremos, sin duda ninguna, en la norma de conducta que se había trazado el Capítulo de la iglesia Catedral para el gobierno de esta vasta diócesis. Componían entonces el Cabildo de la iglesia Catedral de Quito siete eclesiásticos, el Deán, el Arcediano, el Chantre, el Maestrescuela, el Tesorero y dos Prebendados,   —131→   entre los cuales había poco acuerdo y, tal vez, alguna emulación. En los antiguos documentos, donde aquellos canónigos consignaron sus actas capitulares, a pesar de las fórmulas graves y solemnes de esa remota época, todavía, por entre el polvo de los siglos, trasciende la falta de armonía, causa de su mal gobierno.

El primer acto del Capítulo, así que llegó a Quito la noticia de la muerte del obispo Peña, fue declarar que al Cabildo correspondía gobernar la diócesis y que, por lo mismo, los Vicarios que nombrase serían sus jueces de oficio, delegados para ejercer la jurisdicción eclesiástica, sosamente en la manera y forma en que se la delegase el capítulo. De donde resultaba que los Vicarios Capitulares eran puros jueces de oficio, amovibles a voluntad del Cabildo, como el mismo Cabildo lo declaró, cuando la elección del licenciado Rodrigo de Carvajal. La suprema autoridad eclesiástica residía, pues, en el Capítulo, el cual reservó a su conocimiento los casos siguientes. Primero, el nombramiento de Vicarios, Beneficiados y Doctrineros; segundo, las licencias para confesar y predicar; tercero, el examen de los clérigos que se opusieran a beneficios y doctrinas, y de las personas que solicitaran recibir órdenes sagradas; cuarto, dar letras testimoniales y dimisorias: quinto, determinar y sentenciar causas matrimoniales; sexto, todas las dispensaciones y habilitaciones que, por derecho común, pertenecen a los Ordinarios; séptimo, tomar cuenta, de las rentas pertenecientes a la fábrica y al Cabildo de la iglesia Catedral; octavo, la promoción y remoción de todos los oficios y beneficios   —132→   eclesiásticos; nono, la promoción y remoción de todos los oficiales y ministros de la Catedral; décimo, hacer la visita del obispado, nombrando para ello visitadores; undécimo, la distribución de las multas, que, para obras pías, impusiesen los jueces eclesiásticos; duodécimo, las instituciones de capellanías, dar colación de ellas y conceder asientos y sepulturas en las iglesias del obispado; decimotercero, el conocimiento de todas las causas relativas a la prisión del señor obispo de Popayán; decimocuarto, las causas y negocios de los Capitulares; decimoquinto, el nombramiento de los maestros del Seminario, con la asignación de su salario; decimosexto, la determinación de aquellos negocios graves de los clérigos, en que hubiera de imponerse pena de destierro o privación del beneficio; decimoséptimo, todos los asuntos relativos a la Bula de la Santa Cruzada; decimoctavo, el fulminar censuras contra ladrones; décimo nono, las apelaciones de los Vicarios; vigésimo, finalmente, la visita de monasterios y otros establecimientos semejantes.

Según esto los Provisores elegidos por el Capítulo no eran más que simples jueces eclesiásticos, cuya autoridad a cada paso encontraba tropiezos en su ejercicio, no podían gobernar libremente, sin peligro de herir los derechos del Cabildo, el cual era muy escrupuloso en conservarlos siempre invulnerables. El licenciado Rodrigo de Carvajal palpó al instante las dificultades de semejante cargo, y el Cabildo se vio obligado a delegarle muchos de los casos reservados, para que no renunciara, y así consiguió que, por   —133→   unos meses más, aquel tonsurado ejerciera el oficio de Provisor49.

Los canónigos determinaron también hacer la visita del obispado y nombraron visitadores, con sus respectivos notarios, encargados de practicarla.

El canónigo Juan Francisco Talaverano fue nombrado para visitar la ciudad de Pasto, Mocoa, Chapanchica y sus distritos, debiendo principiar a practicarla desde los pueblos situados al otro lado del río Mira. Esta visita se mandó suspender poco después, por estar todavía congregado en Lima el Concilio Provincial, y haberse prohibido hacer visitas mientras durara la celebración del Concilio.

A principios del año siguiente de 1584, resolvió el Cabildo que se continuara la visita del obispado, y nombró dos visitadores, señalando a cada uno las provincias que había de visitar. Estos dos visitadores fueron el arcediano Galavís y el canónigo Andrés López Albarrán. No parece fuera de propósito poner aquí la enumeración de los lugares señalados a los visitadores, para que se vea cómo estaba repartida la población de la diócesis en aquellos remotos tiempos.

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El licenciado Galavís debía visitar los pueblos y provincias del Sur, en esta forma: las doctrinas de Cañaribamba y Paucarbamba, el asiento, beneficio y minas de Zaruma, la ciudad de Loja y sus anejos, la ciudad de Zamora, toda la gobernación de Juan de Salinas, menos la ciudad de Sevilla del Oro, la ciudad de Jaén de Bracamoros con sus anejos, y la ciudad de Paita con todos los llanos.

El canónigo Albarrán debía visitar por el Norte, Cayambi con todo su distrito, Pimampiro, Mire, Otavalo, Caranqui y los pueblos y doctrinas de los padres de San Francisco y la Merced por el Sur, la villa de Riobamba y sus anejos, la ciudad de Cuenca con todos los beneficios de ella y sus anejos; por el lado de la costa Guayaquil, Puertoviejo, la Puná y Chimbo con todas sus dependencias; por Occidente, además, la provincia que llamaban de los Yumbos, Angamarca, Tomavela y Sicchos con todos cuantos pueblos había desde Pansaleo hasta Riobamba; por la banda de Oriente la gobernación de los Quijos y la ciudad de Sevilla del Oro, llamada también Chapi, con sus anejos.

Para recorrer todos esos pueblos, provincias y comarcas se les concedió a los visitadores un año de plazo, resolviendo que durante ese tiempo no tenían derecho a las distribuciones cuotidianas; pues, para los gastos que demandaba la visita, se les asignaban las multas pecuniarias con que penasen así a los eclesiásticos como a los seculares culpados.

El mismo Cabildo formuló una Instrucción circunstanciada y la dio a los visitadores, haciéndoles   —135→   prometer que según ella practicarían la visita. Merecen consignarse aquí tres artículos de esa instrucción, para que se conozca cuáles eran el espíritu y las costumbres eclesiásticas de aquella época: los visitadores no debían llevar séquito de pajes ni criados; ni podían aposentarse en las casas de los curas a quienes iban a visitar, sino cuando hubiera mucha necesidad y solamente en los pueblos de indios, siempre que no se hallara otro lugar decente donde hospedarse. Entre los puntos que debían examinar relativos a la vida y costumbres del párroco, se les recomendaba especialmente inquirir si los curas tenían en el distrito de sus parroquias, estancias, haciendas o granjerías, para que les obligasen, o a renunciar el beneficio, o a deshacerse de ellas, en caso de que las tuviesen. Por las otras disposiciones contenidas en la instrucción para los visitadores, se conoce que en la diócesis de Quito se guardaba con exactitud el Concilio Provincial de 1567, pues las referidas disposiciones no son más que la repetición de varios cánones de aquel Concilio.

En mayo del año siguiente los visitadores estuvieron de vuelta; pero, como habían dejado de visitar la gobernación de Quijos y todo el partido de Jaén y Sevilla del Oro, se nombró otro Canónigo, el famoso Ordóñez de Villaquirán, para que fuera a practicar la visita en esas partes. Mas el visitador dio en ellas tan grandes escándalos y se manifestó tan codicioso de dinero, que, por ello, fue acusado ante el Cabildo y ante la Inquisición.



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IV

El extenso derecho de patronato, concedido por los Papas a los reyes de España, y delegado por éstos a los Presidentes y reales audiencias de Indias, fue ocasión de continuos padecimientos para los buenos obispos que gobernaron las iglesias de América en los primeros tiempos de su fundación. La prisión del Ilmo. Sr. D. Fr. Agustín de la Coruña, obispo de Popayán, es una prueba indudable de lo que acabamos de decir.

Gobernaba su diócesis, con grande ejemplo de toda virtud, este varón evangélico y verdaderamente mortificado, cuando en el año de 1551 acaeció que vino de España, presentado por chantre de la Catedral de Popayán; un clérigo llamado Gonzalo de Torres Hinojosa, natural de Trujillo en Extremadura. El Obispo, por graves motivos de conciencia, rehusó aprobarlo y concederle la institución canónica de la dignidad para que había sido presentado por el Rey; por lo cual el clérigo, dándose por agraviado, vino a Quito y entabló recurso de fuerza contra el Obispo en la Real Audiencia. Visto en ella lo actuado, se declaró que el Obispo había hecho agravio al clérigo en no aceptarlo por Chantre de su Catedral, y se despacharon sucesivamente primera, segunda y tercera cartas para que lo admitiese, imponiendo al Prelado la doblada pena de privación de temporalidades y extrañamiento de Indias, en caso de no obedecer lo mandado. Habiéndosele notificado estas previsiones al Obispo, dio sus excusas y presentó las razones que tenía en su conciencia, para no   —137→   cumplirlas; lo cual se comunicó a la Audiencia. Los Oidores, en vez de retroceder del camino en que se habían metido, siguieron adelante, pasando de un abuso a otro mayor, con desprecio de la inmunidad eclesiástica. Declararon, pues, que el Obispo había incurrido en las penas antedichas, y dieron orden a Sancho García del Espinar, que entonces era gobernador de Popayán, para que embarcase al Prelado en el puerto de la Buenaventura y por Panamá lo remitiese desterrado a España, embargándole, en beneficio de la Real Hacienda, todas sus temporalidades. Al principio el gobernador de Popayán se resistió a cumplir las órdenes, que contra el Obispo le había dado la Audiencia; pero una multa de quinientos pesos, con que le amenazaron castigar, si no daba cumplimiento a lo mandado, le acobardó, y, sin réplica ninguna, puso todos los medios que estaban en sus manos para prender al Prelado. Los Oidores dieron comisión al capitán Juan López de Galarza, alguacil mayor de esta ciudad, para que con escribano y doce hombres armados fuese a Popayán, y tomando preso al Obispo, lo trajese a esta ciudad, para remitirlo desde aquí por Guayaquil a Panamá, y de allí a España. La Audiencia declaró que cuanto gasto fuese necesario para llevar a cabo estas medidas, debía hacerse a costa del Obispo, de cuyas temporalidades había de pagarse su respectivo salario a los soldados, escribano y alguaciles encargados de la ejecución.

Aunque el señor Coruña sabía muy bien el objeto con que iba a Popayán el alguacil Galarza con su escolta, con todo, cuando llegaron allá   —138→   los recibió de paz y con demostraciones de señalada mansedumbre. El día determinado para su prisión, entró a la iglesia Catedral, vistiose con sus hábitos pontificales, y, sentado bajo el solio, aguardó a los que debían prenderlo: el alguacil con sus soldados fue también a la iglesia, para tomar preso al Obispo. Sentado en el altar mayor estaba el Obispo esperando, con grande compostura y gravedad, que se le acercasen los ministros de justicia, y así que se le pusieron delante les dijo, como Jesucristo a los judíos: «Quem quaeritis?» ¿A quién buscáis? El escribano le requirió con la orden de prisión pronunciada por la Real Audiencia: el mandamiento de prisión estaba redactado a nombre del Rey y firmado por el licenciado Cañaveral, quien, como Oidor más antiguo, presidía entonces en la Audiencia por muerte del presidente Narváez. Así que el escribano hubo acabado la lectura del auto de prisión, le dijo el Obispo: dadme acá esa orden de nuestro Rey, para que la obedezca; el escribano le presentó la cédula de prisión; tomola en sus manos el Obispo y, después de leerla con grande calma, exclamó: ¡ah! ¡es del licenciado Cañaveral!... y devolviéndola al escribano, protestó con firmeza contra la violación de la inmunidad eclesiástica, que intentaban cometer en su persona e hizo marcadas demostraciones de resistencia, para no dejarse llevar preso. Entonces un soldado, apellidado Jiménez, hombre robusto y esforzado, subió atrevidamente las gradas del altar y; diciendo ni vuestra Señoría es Cristo, ni nosotros fariseos, tomó en brazos al Obispo, y, así sentado como estaba, lo   —139→   sacó a la puerta de la iglesia, lo cual pudo hacer con grande facilidad, porque el señor Coruña era pequeño de cuerpo, muy enjuto de carnes y ya anciano: mientras lo sacaban de esa manera, se le cayó al Obispo la mitra de la cabeza, en la puerta se desnudó de las vestiduras pontificales; a la fuerza le hicieron entrar luego en un guando o camilla portátil que tenían aparejada, y poniéndose inmediatamente en camino, por sus jornadas respectivas, llegaron a Quito.

Dos días después de llegado en esta ciudad, se presentó a los Oidores, pero no se le hizo volver por entonces a su obispado, ni se le desterró. Entre otros abusos de que le acusaban ante la Audiencia, uno era el haber excomulgado y negado los Sacramentos a los jueces de Popayán, en castigo de la violación de la inmunidad de los templos, cometida por ellos, mandando sacar violentamente de una iglesia a cierto delincuente, que en ella se había amparado.

Cuando el Ilmo. señor Coruña fue traído preso a Quito estaba ya fundado en esta ciudad el convento de Agustinos, donde determinó hospedarse, porque había sido religioso de la misma Orden antes de ser Obispo. Allí vivió con los padres por más de un año, siguiendo las prácticas religiosas de la comunidad con tanta exactitud como un fervoroso novicio. Viendo los Canónigos la pobreza y estrechez en que vivía el Prelado, le ofrecieron la parroquia de Santa Bárbara para que con los frutos de ella se sustentase, señalándole un sacerdote secular que le ayudara en la administración de Sacramentos. Aceptó el bendito Obispo el curato que le ofrecían los   —140→   Canónigos, y se trasladó a vivir en la casa parroquial. Eran tales y tan austeras sus costumbres, que más que Obispo parecía penitente anacoreta su cama era una tarima de carrizos, un madero le servía de almohada y para abrigo, no tenía sino dos cobertores o jergones de lana. Todo el ajuar y adorno de su pieza se reducía a tres sillas prestadas y a unos pocos platos y escudillas de barro, que eran toda su bajilla, con unos manteles de algodón. La comida se la mandaba de limosna todos los días un caballero de Quito, llamado Alonso Ruiz, quien tomó a su cargo hacer aquella buena obra, hasta que el Obispo volvió a su obispado. Por toda familia y acompañamiento no tenía más que un negrillo, el cual, por su carácter inquieto y mal acondicionado, con frecuencia ponía a prueba la humildad y mansedumbre del anciano Obispo.

Algunos días después de llegado a Quito, sucedió que le fuese a visitar el capitán Galarza, aquel mismo que lo había traído preso desde Popayán; aprovechose de esa ocasión el Obispo, para repetirle que él y todos los hombres de su compañía estaban excomulgados, como lo estaban también los ministros de la Audiencia, con excomunión mayor reservada al Papa, y que así cuidasen de restituirle los salarios que le habían llevado, a fin de que cuanto antes pudiesen ser absueltos. Galarza consultó la advertencia del Obispo con el padre maestro Fr. Juan de Alier, dominico, el cual, aunque era catedrático de Teología en su convento, le dijo que, absolviéndolos por la Bula de la Cruzada, quedarían absueltos, sin necesidad de restituía los salarios.

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El Obispo cuidó de informar de todo lo ocurrido al Concilio Provincial, que entonces estaba congregado en Lima, al Papa y al Rey de España. El Concilio declaró que los jueces y los ejecutores de la sentencia, por ellos pronunciada, habían incurrido en excomunión: el Papa volvió por la jurisdicción eclesiástica, tan indignamente ultrajada en la persona de nuestro Obispo, y el Rey Felipe Segundo reprendió a los Oidores y pidió al Obispo que, perdonando a sus enemigos, volviese a su diócesis. Cuando se publicó en Quito la resolución del Concilio sobre la restitución de los salarios y la excomunión, el alguacil Galarza y todos los demás soldados pidieron la absolución y restituyeron al Obispo los salarios, que eran crecidos. Los Oidores aparentaban no hacer alto de la excomunión, y así todos los días, a la hora de costumbre, iban públicamente al tribunal, donde el Relator, como de antemano lo habían acordado entre ellos, les decía que no había nada que despachar. El Obispo volvió a su diócesis, y años después murió en Popayán, el 24 de noviembre de 1589, un día sábado a las nueve de la noche50.

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El Concilio Provincial de Lima mandó al Cabildo eclesiástico de Quito so pena de excomunión mayor, que tuviera y tratara como excomulgados a todos los que hubiesen tenido parte en la prisión y secuestro de los bienes del Obispo de Popayán, y que además todos los domingos y días de fiesta se los denunciara como excomulgados, y, por fin, prohibió absolverlos mientras no restituyesen todo el dinero que le habían robado. En cumplimiento de esta disposición del Concilio Provincial de Lima, todos los domingos se anunciaba en la Catedral la excomunión en que habían incurrido todos los que tomaron preso al Obispo.

El 19 de febrero de 1585, hallándose al cabo de su vida con una grave enfermedad don Sancho García del Espinar, gobernador de Popayán, suplicó al Cabildo que le absolviera de la excomunión, con una promesa que hacía de mandar restituir al Obispo los bienes que le había usurpado. El Cabildo le negó la absolución, fundándose en que debía primero restituir, por ser, persona   —143→   a quien sobraban bienes de fortuna. Éste fue quien como Gobernador quebrantó las arcas del Obispo, sacó el dinero que sumaba ochocientos pesos de buen oro y lo gastó.

Sancho García del Espinar tenía contra el Obispo grave resentimiento, por la oposición que le había hecho el Prelado en favor de los miserables indios, ya pidiendo a la Audiencia que rebajase la excesiva tasa del tributo, impuesta por el Gobernador, ya también reclamando para que los indios no fuesen llevados a los trabajos forzados del laboreo de minas, en que perecían muchísimos. No deja, pues, de ser laudable la firmeza, con que los canónigos de Quito negaron la absolución un hombre poderoso, que en artículo de muerte no disponía cristianamente su conciencia, restituyendo, cuanto antes, lo mal habido.

Los perseguidores del Obispo acabaron con mal fin. El soldado Jiménez, único que no quiso pedir la absolución, ni restituía el salario, murió en la plaza de Quito cerca de la puerta de la Catedral, despedazado por un toro, y mientras duró su familia en esta ciudad, era conocida con el sobrenombre de los excomulgados.

El padre Agustín Coruña fue verdaderamente un varón justo. Súbdito de Santo Tomás de Villanueva, por haber tomado el hábito de religioso en el convento de Salamanca cuando el santo era Prior, y discípulo del V. padre Fr. Luis de Montoya, aprovechó en la escuela de la perfección grandemente bajo la dirección de tan consumados maestros. Fue después uno de los primeros padres agustinos que vinieron a Méjico; veinte años sirvió la doctrina de los indios de Chilapa,   —144→   a quienes convirtió al cristianismo, y se hallaba ejerciendo el cargo de Provincial de los frailes de su Orden en el mismo Méjico, cuando el Rey lo presentó para el obispado de Popayán. Consagrose en España, a donde había ido por negocios de su provincia; asistió al segundo Concilio Provincial de Lima y acompañó al virrey Toledo en la visita que hizo de todo el Perú antes de publicar sus célebres ordenanzas, para cuya formación el celoso y caritativo Obispo le ayudó grandemente con sus consejos.

Fue admirable en la caridad para con los pobres, todas sus rentas las repartía en limosnas, buscando de preferencia las familias vergonzantes: no usó jamás otro vestido episcopal que su mismo sayal de jergón de lana teñido en negro, que había llevado cuando religioso. Siendo ya Obispo vivía en el convento de Lima, dando ejemplo de observancia y mortificación: predicaba con frecuencia y su palabra era persuasiva, por la unción con que hablaba; tenía largas horas de la noche consagradas a la oración y meditación de las cosas divinas, y era tan amante de la pobreza que, para ir de Lima al Cuzco, no aceptó de los frailes de su convento sino solamente diez pesos; gustaba de administrar personalmente el Viático a los enfermos y de oír las confesiones de los indios. Aunque Obispo trataba a todos los sacerdotes con grandes miramientos y, cuando había de reprender a alguno, le decía: «Ángel de Dios, ¿cómo habéis hecho esto?». En Popayán fundó dos conventos, uno de religiosos de su Orden y otro de religiosas también de su misma Orden, con el título de la Encarnación. Esta comunidad está   —145→   ahora en Quito, donde se dio hospitalidad a las religiosas, expulsadas de Popayán en 1864 por el Gobierno liberal de la República de Colombia.

Era tan compasivo de los pobres y limosnero que, todas las noches antes de acostarse a dormir, examinaba primero si en su poder tenía alguna moneda, para darla inmediatamente a algún pobre, pues no quería nunca que la noche le sorprendiese propietario ni de un maravedí.

En ese tiempo el obispado de Popayán era muy rico y tenía pingües rentas; las que le tocaban al padre Coruña eran todas para los pobres y para diversas obras de cristiana piedad, pues para su sustento recibía dos limosnas de misas cada semana, y con ellas proveía a su mantención.

Fue muy amante de la magnificencia en los actos del culto divino, y en eso empleaba también gran parte de sus rentas: a este convento de Quito le dio algunos ornamentos y una campana.

Grande resistencia opuso para admitir el obispado, y lo recibió al fin por consejo del santo Fr. Orozco, quien, escribiéndole que aceptara el obispado, le anunció también que tendría grandes padecimientos, como después se verificó.

Se refieren de este Obispo varias ocurrencias, que merecen pasar a la posteridad. Una de las más dignas de memoria es el anuncio que le hizo en el Cuzco al virrey del Perú, don Francisco de Toledo, de la desgracia, con que había de ser castigado por Dios, por la muerte injusta a que había sentenciado al Inca Túpac Amaru. Le pedía el Obispo instantemente al Virrey la vida del Inca, y, como le respondiese que no podía concedérsela   —146→   por graves razones de Estado, repuso al virrey el Obispo: «¡las desgracias, que le sobrevendrán después, atribúyalas Vuestra Excelencia a esta muerte!». Viendo que no podía dar al Inca la vida temporal, se esmeró el Obispo en hacerlo merecedor de la eterna por medio del Bautismo, que le administró en la cárcel antes de la ejecución. El castigo con que Felipe Segundo humilló después al Virrey, privándolo de su gracia por la muerte del Inca, hizo ver realizado, aunque tarde, el pronóstico del Obispo. He aquí el Prelado contra quien los Oidores Auncibay y Cañaveral decretaban prisiones y destierros, patrocinando, por medio de los recursos de fuerza, la relajación y la ignorancia de los clérigos. Volveremos a repetir, tristes consecuencias del desacuerdo de las dos potestades, pero necesarios resultados del abuso lamentable del derecho de patronato!!

Antes lo había acusado la Audiencia ante el Rey de imprudente y mal Prelado, y aun habían pedido los Oidores que fuese separado de su obispado, y puesto otro en su lugar51.

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Notable es el desenfado, con que Cañaveral y Auncibay hablaban de la prisión del Obispo: no me atrevo a remitirlo preso a España, escribía el primero, porque es un viejo caduco y achacoso, y temo que muera en la navegación; el segundo decía, que de lo que había hecho con el Obispo no le daba remordimiento alguno; y, no obstante, el anciano Prelado había sido tratado con tanta falta de miramiento y consideración a su sagrada persona, que, según el presidente Barros, ni los mismos calvinistas en Ginebra se hubieran atrevido a hacer cosa semejante. Era el señor Coruña obispo de veras virtuoso, pero en quien lo sólido de la piedad no andaba acompañado de la agudeza de ingenio: sencillo como un niño y candoroso hasta la simplicidad, creía que podía imponer respeto e inspirar temor a los soldados con ademanes, que más bien les causaban risa: vestido de capa de coro y con la mitra a la cabeza y el báculo a la mano, se tiró de espaldas al suelo, y principió a patalear en el presbiterio de la Catedral de Popayán, cuando iban a cogerlo preso: los soldados lo tomaron en brazos, y, con el apuro de sacarlo fuera; no pararon mientes en que el pobre viejo iba medio desnudo, dejando a la vista su cuerpo completamente en carnes, porque había llevado el Obispo su mortificación hasta   —148→   el extremo de no usar paños de honestidad. En el señor Coruña la sencillez candorosa de la paloma había absorbido la discreta sagacidad de la serpiente, cuando, para que un Obispo sea perfecto, ambas virtudes, según el Evangelio, deben estar íntimamente asociadas en su pecho.




V

El Ilmo. señor Peña tuvo un sucesor muy benemérito en don Fr. Antonio Solier de San Miguel, religioso franciscano, que fue el tercer obispo de Quito.

El señor San Miguel era español, pues nació de padres muy nobles en la ciudad de Salamanca52. Inclinado a la virtud desde sus más tiernos años, en edad temprana abrazó el estado religioso entrando en la Orden de San Francisco: vino al Perú entre los primeros religiosos, que de su Orden pasaron a estas partes; fue Guardián del convento del Cuzco, y Provincial de la provincia franciscana del Perú, que llamaban de los Doce Apóstoles. Felipe Segundo lo presentó para el obispado de la Imperial en Chile, y después el mismo Rey lo trasladó al obispado de Quito,   —149→   que se hallaba vacante por muerte de su segundo Obispo.

Esta traslación se hizo por Sixto Quinto en el año de 1557, pero las Bulas y Cédulas reales de traslación no le llegaron al Ilmo. Sr. San Miguel sino dos años después. Púsose inmediatamente en camino para su nueva diócesis el venerable Obispo: al pasar por Lima, hizo la protestación de la fe en manos de Santo Toribio, y el 31 de julio de 1590 escribió desde Chayanta al Deán y Cabildo de Quito, comunicándoles que en aquella parroquia, la primera que de la diócesis de Quito se encontraba en el distrito de Paita, había tornado posesión del Obispado y que declarasen, por tanto, terminada ya la Sede vacante53.

Grandes y no comunes virtudes poseía el nuevo obispo de Quito. En el claustro se había distinguido por su amor al silencio y a la mortificación; y en el gobierno de su primer obispado había dado a conocer las aventajadas dotes de celo, firmeza y caridad para con los pobres, de que estaba enriquecido. Tanta era la limpieza de su conciencia y tanto temor tenía de Dios que todos los días se confesaba tres veces: una para celebrar el sacrificio de la misa, otra después de mediodía y la tercera por la noche, antes de acostarse: desde su infancia hasta su muerte conservó gran devoción para con la Madre de Dios, cuyo culto procuró dilatar con infatigable fervor.   —150→   Asistió en 1582 a la celebración del Concilio Provincial, congregado en Lima por Santo Toribio, y cuando se disponía a renunciar su cargo, deseoso de volver al silencio de su celda, el Rey lo presentó para el obispado de Quito. En su aspecto se revelaba la nobleza de su linaje, pues era alto de cuerpo, grave en sus modales, compuesto en el hablar; jamás alzaba los ojos, aun cuando tratase con personas de estado, y finalmente en todas sus acciones era tan medido y circunspecto que inspiraba reverencia y veneración en cuantos le miraban54. Cuando fue Guardián del convento del Cuzco, fundó un hospital para los indios, pidiendo limosna en la ciudad y exhortando a restituir, siquiera de ese modo, lo mucho que conquistadores y encomenderos habían defraudado a los indios. Su predicación era sencilla y llena de unción; y la eficacia de sus palabras, grande por el ejemplo de sus virtudes.

En su obispado de la Imperial trabajó con grande constancia, por remediar los males que pesaban sobre los desgraciados indígenas, oprimidos allá como acá por los encomenderos; y las medidas que tomó y las obras que llevó a cabo en beneficio de los indios constituyen una de las páginas más gloriosas no sólo de la iglesia de Chile, sino también de toda la iglesia americana. Si hubiera llegado a gobernar la iglesia de Quito,   —151→   habría coronado, tal vez, la obra del Señor Peña, que luchó sin cesar por la libertad de los indios; pero Dios lo llevó al descanso eterno, cuando ponía recién los pies en su obispado, porque murió pocos días después de haber llegado a Riobamba.

Embalsamaron el cadáver para traerlo a Quito, y en Ambato fue entregado al Deán y a otro canónigo, enviados por el Cabildo eclesiástico para recibir al Obispo. En Mocha, Ambato, Latacunga y Machachi se le hicieron funerales, pues los Curas salían a recibir el cadáver y, al día siguiente, por la madrugada antes de ponerse en camino, se cantaba misa de Réquiem y seguía la procesión a la parroquia inmediata, con la cruz alta y mucho alumbrado de ceras. Como llegó en Quito ya después de puesto el sol, se depositó el cadáver en la iglesia de la parroquia de San Sebastián, que está a la entrada, de la ciudad. De antemano se había aparejado en la iglesia un túmulo, sobre el cual se colocó el féretro, rodeado de numerosos blandones: toda aquella noche pasaron varios sacerdotes cuidando el cadáver, y salmeando a ratos en la iglesia el Oficio de difuntos. A las diez de la mañana del siguiente día, se reunieron en la Catedral el clero secular y el regular de la ciudad, la Real Audiencia y el cuerpo de guardia, y, formados en procesión, bajaron a San Sebastián para trasladar el cadáver: apenas podía moverse la procesión por el inmenso concurso de gente, apiñada en las calles del tránsito. Venían en larga fila, unas tras otras, las cruces de las parroquias de la ciudad, y; formando dos alas, los religiosos de las comunidades que   —152→   había entonces en Quito, el clero secular, vestido con sobrepellices, y los miembros del Cabildo eclesiástico con capas pluviales negras, y un número crecido de pendones, traídos por los indios de los pueblos de la comarca de Quito. La procesión avanzaba lentamente en su camino, haciendo paradas en cada esquina, mientras los cantores entonaban el responso: el cadáver venía descubierto, vestido de pontifical y recostado en el féretro. En la Catedral se cantó un solemne oficio fúnebre; y, cuando se trató de dar sepultura al cadáver, el pueblo se amontonó, atropellándose unos a otros con el deseo que todos tenían de besarle las manos y los pies, por la gran fama de santo de que gozaba el difunto Obispo. Sus cenizas fueron depositadas junto a las del Señor Garcí Díaz Arias en la sepultura de la antigua iglesia Catedral55.

  —153→  

La vacante del obispado se prolongó todavía por algunos años más, y volvió a gobernar la diócesis de Quito como Vicario Capitular el arcediano Galavís, que por algunos meses había desempeñado aquel cargo después de la muerte del señor Peña. Esta vacante duró casi cuatro años completos56.

Durante el gobierno de la nueva Sede vacante   —154→   sucedió un hecho digno de recordarse en nuestra Historia, como ejemplo de firmeza en el cumplimiento de sus sagrados deberes y observancia de los cánones, por parte del Cabildo eclesiástico de Quito.

Felipe Segundo, en uso del derecho de patronato, hizo merced de una canonjía del coro de la Catedral de Quito a un cierto presbítero, llamado Sancho de la Cueva, español de nacimiento, pero que había vivido largo tiempo en América. El agraciado presentó al Cabildo eclesiástico la Cédula real, en que se le concedía el nombramiento de Canónigo, pidiendo que se le diera la institución canónica: más el Cabildo se la negó, fundándose en que, según los cánones, era indigno, pues carecía absolutamente de instrucción, y era muy sordo y de escaso ingenio, a lo cual se añadía una grave irregularidad canónica, porque antes de recibir las órdenes sagradas había cometido un homicidio voluntario. El clérigo Sancho de la Cueva, teniéndose por agraviado, entabló ante la Real Audiencia recurso de fuerza contra el Cabildo eclesiástico; y la Audiencia expidió una provisión, de esas que se solían llamar de ruego y encargo, en favor del agraviado para que el Cabildo le confiriese la institución canónica de la prebenda, a que lo había presentado el Rey.

El Cabildo se resistió a obedecer el mandamiento de la Audiencia, protestando que el asunto era puramente eclesiástico, y que, por tanto, el agraviado debió haber apelado ante el Metropolitano de Lima, y no ante la Audiencia. Las protestas del Cabildo fueron desatendidas, y los Oidores dieron amparo al presbítero Sancho de   —155→   la Cueva, pronunciando contra el Cabildo un auto, en que se amenazaba a los canónigos con la doble pena de confiscación de temporalidades y destierro, por usurpación de los derechos del real patronazgo eclesiástico. A pesar de las amenazas de la Audiencia, los canónigos se mantuvieron firmes en no admitir al indigno: elevó entonces éste sus quejas al Rey, y logró alcanza de Felipe Segundo una cédula, por la cual se mandaba al Deán y Cabildo que diesen la institución canónica al presentado. Requeridos con esta real orden y notificados los canónigos por un escribano público, deliberaron en Capítulo sobre lo que deberían hacer, y resolvieron que no podían lícitamente dar la institución canónica al presentado. Como la cédula real de presentación prevenía que fuese examinado el presentado antes de recibir la institución canónica, los canónigos le obligaron a celebrar misa en presencia del Cabildo y manifestó completa ignorancia de las sagradas rúbricas. Los canónigos probaron, pues, ante el Real Consejo de Indias, a cuyo conocimiento había pasado el asunto, que el presentado era muy iliterato, que carecía completamente del oído y que, por su escaso ingenio, no podía adquirir la suficiente instrucción. Mediante la información seguida por el Provisor, hicieron ver que era además irregular, porque, siendo todavía lego, había cometido un homicidio voluntario, dando de cuchilladas, en el camino de Cali a Popayán, a un hombre, a quien con aquel intento persiguió por algunas leguas, en venganza de haberle quitado un indiecillo, que le servía de paje. De la cual irregularidad ni antes, ni después de   —156→   ordenarse había pedido dispensa. Parece que el Consejo de Indias se convenció de la justicia con que habían obrado los canónigos de Quito, pues no volvió a expedir provisión alguna en favor del pretendiente57.

La Audiencia de Quito, que persiguió al virtuoso obispo de Popayán, favorecía la ambición de sacerdotes como Sancho de la Cueva, cuya ignorancia y malas costumbres estaban probadas ante el mismo tribunal. Puede, pues, muy bien el historiador preguntar, si alguna vez los recursos de fuerza habrán servido para defender la inocencia injustamente perseguida.




VI

Durante el gobierno del segundo obispo de Quito, don Fr. Pedro de la Peña, vinieron los religiosos de San Agustín a fundar en esta ciudad el primer convento de su Orden. Traían una cédula de Felipe Segundo para que se les favoreciese, señalándoles en la ciudad terreno y lugar, donde pudiesen edificar iglesia y fundar convento; y el día 22 de julio del año de 1573, en la fiesta de Santa María Magdalena, tomaron posesión del sitio señalado los padres Fr. Luis Álvarez y   —157→   Fr. Gabriel de Saona, los dos primeros agustinos que llegaron a Quito, mandados por el insigne varón Luis López de Solís, entonces Provincial de la provincia del Perú.

El padre Álvarez se volvió poco después a Lima y quedó solo en Quito el padre Saona, ocupado en disponer la fábrica de la iglesia, y convento, hasta el año de 1575, en que el convento de Quito fue admitido en la orden por el Capítulo Provincial celebrado aquel año. Algún tiempo después, llegaron de Lima nueve religiosos, con los cuales se formó en el convento la primera comunidad de agustinos, que hubo en Quito: he aquí los nombres de estos primeros religiosos. Fr. Juan de Vivero, prior; Fr. Francisco Velásquez, superior; Fr. Antonio de Villegas, predicador; Fr. Agustín López, lector de gramática latina y de Artes, y los padres conventuales Jerónimo Gavarrete, Alonso Maldonado, Juan de Carvajal, Diego de Arenas y Juan García.

La primera iglesia y convento que tuvieron los padres agustinos se edificaron en el sitio, en que está ahora la iglesia de Santa Bárbara; después pasaron al punto, donde actualmente se hallan el templo y el convento. Esos primeros solares los vendieron, cuando adquirieron el sitio en que ahora están, y el templo, que habían principiado a edificar, se destinó a iglesia parroquial. Los solares los compró el obispo Peña, para fundar en ellos un hospital, como, en efecto, lo fundó cinco años después, con la renta que de los diezmos se asignaba para ese objeto en el Auto de erección de la iglesia Catedral. A la fundación de este hospital contribuyeron también un   —158→   canónigo, el cual cedió los solares que en compañía del Obispo había comprado a los padres agustinos, y un vecino de la ciudad, llamado Pedro Valverde, adjudicando para este objeto otros solares de su propiedad, contiguos a los que habían servido de convento a los agustinos.

Los tres religiosos agustinos, fundadores del convento y de la provincia de Quito, fueron varones verdaderamente ilustres por sus virtudes. El padre Fr. Luis Álvarez de Toledo, descendiente de la casa de los condes de Oropesa y pariente cercano de don Francisco de Toledo, virrey de Lima, cuando todavía no contaba más que treinta años de edad, fue nombrado primer Visitador de la provincia, que los religiosos de su Orden tenían fundada en el Perú; cargo que renunció poco después, para vivir bajo obediencia como simple súbdito. Su ocupación incesante era la oración, y acostumbraba meditar de preferencia en las perfecciones divinas, distribuyendo los atributos de Dios en los días de la semana, un atributo para cada día: cuando iba de camino, hacía que le leyese su compañero algún capítulo del libro de la Imitación de Cristo, a fin de no disipar su espíritu, perdiendo el recogimiento interior. Entre las virtudes propias del religioso, solía recomendar la pobreza, de la cual decía, que era la que con menos perfección se practicaba, por lo regular, en los claustros: tanta es la afición que el hombre tiene a sus comodidades, y tan difícil desprenderse de los bienes de la tierra.

Este religioso gozaba de la reputación de predicador apostólico, y mediante sus sermones obró conversiones asombrosas. Acompañaba siempre   —159→   el estudio con la oración: un día entrando en su celda el virrey del Perú, lo halló de rodillas delante de un Crucifijo, y como le dijese que había ido para hacerle una visita, el padre, sin levantarse del suelo, le respondió: «perdóneme, Vuestra Excelencia, que, como tengo de predicar, estoy preparando mi sermón»; de lo cual el Virrey quedó no poco edificado. Fr. Luis Álvarez de Toledo murió, cuando ejercía el cargo de provincial del Perú.

El padre Fr. Juan de Vivero, primer prior del convento de agustinos de Quito, fue eminente en la práctica de las virtudes monásticas, y se distinguió por su amor a la soledad y silencio, y por su mortificación corporal. Convirtió al cristianismo al Inca Sayri Túpac y acompañó al virrey Toledo en la visita del Perú, ayudándole con sus consejos para la formación de sus célebres ordenanzas. Desde Quito hizo un viaje a España, con el objeto de traer de allá religiosos para los conventos que había fundado en Quito y en Cuenca, y para los que pensaba fundar en el obispado de Popayán; pero murió en Toledo, poco después de haber llegado a España. Felipe Segundo formó muy alto concepto de la virtud del padre Vivero y lo presentó primero para el obispado de Cartagena, y después para el de Charcas; mas su pronta muerte, sin privarle de la honra, le libró de la carga, que lleva consigo el ministerio pastoral58.

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Del padre Fr. Gabriel Saona tendremos ocasión de hablar largamente en otra parte de nuestra Historia; por ahora nos contentaremos con referir que fue confesor y padre espiritual del padre Fr. Luis Álvarez de Toledo, de quien, después de muerto, solía decir que, habiéndole confesado tres veces en confesión general, no había encontrado pecado mortal de qué absolverle. ¡Tal fue el fundador del convento de agustinos de Quito!

En este mismo tiempo se verificó también la fundación del primer monasterio de religiosas que hubo en Quito y, por consiguiente, en toda la República.

Casi desde los primeros tiempos de la fundación de la ciudad se había deseado que se fundase en ella un convento de monjas, pero hasta el año de 1575 no se pudo poner en ejecución semejante proyecto, por falta de recursos necesarios para ello. Un clérigo, llamado Juan Yáñez, dio tres mil pesos, el Cabildo secular contribuyó también con alguna cantidad y, a fin de completar la necesaria para dar principio a la fundación, la Audiencia nombró una persona encargada de pedir limosna en los pueblos. Compráronse cuatro casas (en el mismo sitio donde está ahora el monasterio de la Concepción), y se determinó que en ellas se fundase un convento de monjas de la Inmaculada Concepción, de la Orden de San Francisco, con todos los estatutos y privilegios que en España a dichos monasterios había concedido el Papa Julio Segundo. Por acuerdo de la misma Audiencia, se encargó el gobierno del nuevo monasterio a los padres franciscanos; Fr. Antonio   —161→   Jurado, entonces Comisario de los frailes de Quito, lo aceptó en nombre de su Orden, y, el día 12 de octubre, tomó posesión de las casas compradas, celebrando el sacrificio de la misa en una de ellas, a presencia de numerosos concurrentes: se puso aquel mismo día una cruz grande en el patio, y se colocó una campana, con la cual se hizo señal para la celebración de la misa59.

Casi dos años después, arreglada y compuesta la casa de una manera cómoda para convento, se verificó con grande solemnidad la instalación de las primeras religiosas que debían habitarlo, las cuales recibieron el velo de manos del mismo padre Jurado, el día 13 de enero de 1577. La fundadora y primera abadesa fue doña María de Taboada, sobrina carnal de nuestro primer Obispo y descendiente de una noble casa solariega de Galicia: en el claustro, después de su profesión, se llamó sor María de Jesús; con ella profesaron doce jóvenes más, las cuales fueron las primeras religiosas del monasterio de la Concepción de Quito. Por Patrono principal fue declarado el Rey,   —162→   de quien se esperaba que haría merced al monasterio de las rentas que le faltaban para sustento de las religiosas; y, como el Cabildo de la ciudad había cooperado tanto a la fundación, la Real Audiencia lo instituyó primer Patrono después del Rey. Se fijó el precio de la dote en mil pesos de plata corriente marcada, y se encargó a los Prelados, Abadesa y Patronos que no recibieran para religiosas en el nuevo monasterio ni mestizas, ni gente ruin, sino niñas de sangre limpia. En efecto, según aparece del libro de profesiones, en el primer siglo de la fundación del convento las religiosas fueron hijas de las más nobles familias del país.

Poco tiempo después de fundado el monasterio sucedió un caso maravilloso, que puso en movimiento a toda la ciudad. Un lunes, 21 de enero de 1577, pasadas las siete de la noche, estando las religiosas en el coro, a la hora en que acostumbraban rezar maitines, de repente, vieron aparecer en el altar mayor una luz, a manera de estrella, la cual principió a brillar sobre la cabeza de la imagen de la Virgen Santísima: a pocos instantes creció el resplandor con una iluminación, que, entrando por la ventana de la iglesia, alumbró de tal manera el altar mayor, que las monjas desde el coro alcanzaban a ver distintamente, bañada en claridad, la imagen de la Virgen, y percibían la cara de un Crucifijo, pintado en la pared del mismo altar; cosa tanto más notable cuanto ni en el coro ni en la iglesia había lámpara ni alumbrado de ninguna clase, y todo había estado completamente a oscuras. Las monjas contemplaban maravilladas aquel sorprendente   —163→   espectáculo; y, su admiración subió de punto, cuando vieron asomar unos como luceros pequeños, que oscilaban en torno de la santa imagen, al mismo tiempo que se oía no sé qué ruido suave como de innumerables pajarillos que cantasen. No pudieron contener su asombro las religiosas, y principiaron a dar gritos, llamando a la Madre de Dios o invocándola con exclamaciones fervorosas: la imagen se veía, como en el aire, inundada en gratísima claridad, y ya no era en actitud de llevar en brazos al santo Niño, como la que estaba puesta en el altar, sino como suele representarse a María en su Inmaculada Concepción. Algunas religiosas corrieron al campanario y principiaron a repicar, gritando milagro, milagro!!... Otra salió del coro precipitadamente a llamar a tres hermanas, que, por enfermas, no habían acudido a maitines: algunos vecinos de la ciudad, que vivían al frente de la iglesia, oyendo el ruido de las voces de las monjas, deseosos de saber lo que pasaba, se acercaron a las puertas de la iglesia, mandaron abrirlas y, entrando dentro, alcanzaron a ver distintamente el rostro de la imagen de la Virgen. Hincándose entonces todos en tierra, fueron caminando de rodillas hasta el altar, aunque en ese momento la iglesia había vuelto a quedar en tinieblas, y fue necesario que se encendiese una vela de sebo para poder subir al altar y ver otra vez la imagen. Difundida la voz por la ciudad, acudió mucha gente a la iglesia, y no se cansaban todos de mirar el rostro de la imagen, diciendo que encontraban en él cierta hermosura que no habían visto antes, y que no volvieron a descubrir después, aunque lo   —164→   observaban con cuidado. Algunos de los primeros en llegar a la iglesia confesaron que habían alcanzado a ver la claridad que salía por una ventana, en lo cual no pararon mientes por no saber la causa, que la producía.

Se mandó formar una prolija información sobre el caso, y, reuniéndose los Prelados regulares y la Audiencia, resolvieron hacer el siguiente sábado una fiesta y procesión solemne en honra de la Virgen María, para dar gracias al Señor por un acontecimiento, con el cual parecía que aprobaba el Cielo la fundación del primer monasterio de religiosas en esta tierra60.



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VII

No será ajeno de una Historia general del Ecuador hacer mención de una familia no sólo noble sino ilustre y cristiana, que por aquel tiempo vivía en Quito: esa familia fue la de don Lorenzo de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús.

Cinco hermanos de la Santa vinieron a estas provincias, y se establecieron en las ciudades de españoles fundadas en el territorio de la antigua Audiencia de Quito: Agustín, Antonio y Hernando, los cuales llevaban el apellido de Ahumada; y Jerónimo y Lorenzo, quienes tenían el de Cepeda, porque en aquel tiempo los hijos elegían libremente el apellido del padre o el de la madre. Todos llegaron al Ecuador en tiempo del Gobernador Vaca de Castro, y sirvieron en la pacificación y reducción de los indios de la Puná, alzados y rebelados contra la ciudad de Guayaquil: después Lorenzo y Jerónimo pasaron a Popayán y acompañaron al adelantado Benalcázar en la conquista de la provincia de los indios paeces.

Cuando la guerra de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, todos cinco hermanos se   —166→   alistaron en la tropa del Virrey, y estuvieron en la batalla de Iñaquito.

Estos cinco hermanos, antes de entrar en batalla, renunciaron por escritura pública sus bienes, instituyendo por única heredera de todos ellos, para el caso de que muriesen en la pelea, a su hermana doña Juana de Ahumada, que vivía en España.

Antonio murió de un arcabuzazo, durante la refriega; Hernando, que llevaba el estandarte real, huyó, con dos heridas de lanza, y se retiró a Pasto, donde estaba avecindado; Lorenzo y Jerónimo cayeron en manos de los indios, por quienes fueron desnudados y maltratados; se mantuvieron ocultos algunos días en la ciudad, y después, a pie, fugaron a Pasto, donde permanecieron hasta la venida de La Gasca, a cuya llamada acudieron, juntándose con el ejército real en Jauja.

Don Lorenzo de Cepeda, el hermano predilecto de Santa Teresa, se estableció en Quito, vivió largos años en esta ciudad y fue uno de sus más ricos vecinos. Estaba casado con doña Juana de Fuentes y Espinosa, natural de Trujillo en el Perú. Tuvieron varios hijos en los once años que duró su matrimonio, pues, el 14 de noviembre de 1567, murió doña Juana a los 29 años no cumplidos de edad. Santa Teresa habla de la muerte de esta su cuñada en términos tales, que dan a entender que fue señora de aventajada virtud. Aunque don Lorenzo de Cepeda tenía comprada en la Catedral sepultura para él y su familia, su esposa fue sepultada en la Capilla de San Juan de Letrán, por haber ella misma pedido, antes de morir,   —167→   que la sepultasen allí, a fin de ganar las indulgencias concedidas a los que son sepultados en esa capilla. Su cadáver fue amortajado con hábito de la Merced, para satisfacer la devoción de la difunta, que así lo había dispuesto.

El suegro de don Lorenzo de Cepeda fue Francisco de Fuentes, uno de los primeros conquistadores del Perú, que estuvo en la captura del Inca Atahuallpa y recibió parte de su rescate en Cajamarca. Hallándose próximo a morir, quiso arreglar su conciencia y recibir los sacramentos, para lo cual, sometiéndose dócilmente a la voluntad de Fr. Marcos Jofre, franciscano, su confesor, cedió diez y ocho mil pesos, para que friesen empleados en beneficio de los indios; pues el arzobispo de Lima don Fr. Jerónimo de Loaysa, de acuerdo con una consulta de teólogos, había resuelto que no se podía conceder la absolución sacramental a los conquistadores que participaron del rescate de Atahuallpa, si primero no restituían la parte que a cada uno le había cabido, para emplearla en hacer obras de caridad a los indios. Francisco de Fuentes no había recibido más que quince mil pesos; pero restituyó diez y ocho mil, para mayor tranquilidad de su conciencia. La mujer de Francisco de Fuentes fue doña Bárbara Espinosa, hija del licenciado Espinosa, que tan importante papel desempeñó, trabajando por reconciliar a los dos conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro, cuando estalló la guerra fratricida entre ellos después de la rendición del Cuzco.

Los hermanos de Santa Teresa eran considerados como caballeros nobles, pues, según la   —168→   frase de las informaciones de sus méritos y servicios, llegaron a América en traje y estofa de caballeros, hijosdalgo, bien aderezados de armas y caballos: don Lorenzo desempeñó el cargo de Regidor en el Ayuntamiento de Quito, y Agustín Ahumada el de gobernador de la provincia de Quijos durante cuatro años.

Poco después de la muerte de su esposa resolvió don Lorenzo su viaje a España, a lo que parece, con el objeto de educar allá a sus hijos, pues en Quito no había entonces comodidad para ello. Esos hijos eran tres, Francisco, Lorenzo y Teresa, porque todos los demás habían muerto en tierna edad. Llegados a España tuvieron que sufrir muchos contratiempos: don Lorenzo se vio obligado a ocultarse en un convento de frailes en Sevilla, para evitar el que lo arrastrasen a la cárcel. Santa Teresa estaba entonces en la misma ciudad, ocupada en la fundación del convento de Carmelitas descalzas, y la tormenta, que estalló contra ella, cayó también sobre su hermano; y ambos padecieron no pocos trabajos, como lo refiere la misma santa en el libro de sus Fundaciones. De Sevilla acompañó don Lorenzo hasta Toledo a su hermana, que iba a esa ciudad para tratar de la fundación de un convento; después pasó a establecerse con sus hijos en Ávila, su ciudad natal. En esa misma ciudad murió el año de 1580; y fue enterrado en la iglesia de las Carmelitas descalzas del monasterio de San José, para cuya fundación había contribuido, mandando a su hermana gruesas limosnas desde Quito. La misma santa Teresa dispuso el epitafio, que debía grabarse   —169→   en el sepulcro de su hermano, pues no puede dudarse que lo amaba con predilección sobre todos sus demás hermanos; y, por cierto, que don Lorenzo era muy digno del aprecio de su santa hermana, porque se había consagrado a la práctica de las virtudes cristianas de una manera fervorosa, procurando con los consejos de Santa Teresa delantar en el camino de la perfección.

Era tan tierno el cariño de Santa Teresa para con su querido hermano Lorenzo; que un día, deseando vivamente tener acerca de él alguna noticia, porque hacía mucho tiempo que no tenía ninguna, pidió a Dios que le hiciese saber algo acerca de su hermano. Dios escuchó la oración de su sierva, y obró una maravilla, para satisfacer sus deseos; pues en ese instante la santa vino en espíritu a Quito, donde su hermano vivía entonces, y presenció una escena de familia. Don Lorenzo con su esposa estaban sentados al fuego: junto a ellos se hallaba don Francisco, hijo de don Lorenzo, niño tierno, a quien su ama tenía en brazos, y allí cerca otro niño, hijo también del mismo don Lorenzo. La santa los miró, sin ser vista, y, echándoles su bendición, se despidió de ellos. Estando, años después, en España don Lorenzo con sus hijos, la santa les refirió este favor que le había concedido Dios, repitiendo a don Lorenzo las palabras que en aquel instante le había oído decir a su esposa, y las que ésta le respondió61.

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El presidente La Gasca dio a don Lorenzo de Cepeda en encomienda los indios de Penipe; esta primera encomienda la permutó más tarde con otras que se le adjudicaron en los pueblos de Quimia, Chambo y Punín de la provincia del Chimborazo, los cuales le sentaban una pensión considerable; así es que llegó a tener de hacienda hasta más de treinta y cinco mil pesos. Desempeñó en Quito el cargo de Tesorero de las cajas reales, y, en noviembre de 1564, fue nombrado como comisionado especial, o juez de residencia, para visitar las Tesorerías de Loja y de Zamora.

En esta ocasión dejó en su lugar; para que desempeñara el cargo de Tesorero, a su hermano Jerónimo de Cepeda: tres años después, renunció definitivamente el dicho cargo; y, a petición del mismo don Lorenzo, fue nombrado para desempeñarlo en propiedad el mismo don Jerónimo, a quien, al hacerle merced de aquel empleo, lo llama el Rey su leal servidor, recuerda que estuvo en las batallas de Iñaquito y de Jaquijaguana, dadas contra Gonzalo Pizarro, y añade que por más de veinticinco años ha prestado servicios a Su Majestad.

Don Jerónimo tomó posesión del cargo de Tesorero de la Real Hacienda de Quito el primero de diciembre de 1567, sirviéndole de fiador su mismo hermano Lorenzo. La primera data de la Tesorería, firmada por éste, es de fecha 18 de Febrero de 1559, de donde resulta que desempeñó aquel cargo por más de ocho años.

La antigua iglesia Catedral debió a las limosnas de don Lorenzo de Cepeda, su primer órgano   —171→   y una campana, pues con trescientos pesos de oro, que dio, el 12 de setiembre de 1564, por la sepultura que le señalaron los canónigos en la iglesia nueva, se pagaron doscientos treinta y cuatro a un tal Ruanes por el órgano, y lo restante al fundidor de una campana para la misma iglesia.

De sus dos hijos varones, Francisco casó en Madrid con doña Orofrisia de Mendoza, emparentada con los duques del Infantado; volvió después a Quito y murió sin haber dejado descendencia; el otro llamado Lorenzo, como su padre, vino a Quito, y aquí se casó con doña María de Hinojosa, natural de la Isla de Santo Domingo, e hija del oidor don Pedro de Hinojosa. La misma santa escribió a este sobrino suyo la noticia de la muerte de su padre.

Parece que en poco tiempo este sobrino de Santa Teresa perdió todas sus riquezas, pues, el 16 de mayo de 1588, un cierto Marcos Plaza pidió al Cabildo eclesiástico en Sede vacante excomuniones y censuras contra Lorenzo de Cepeda, porque le había prestado cierta cantidad, y exigiéndole que se la pagase, el deudor alegaba, para retardar el pago, la pobreza en que se hallaba, y, por su parte, el acreedor quería obligarle con censuras a que declarara si había ocultado algunos bienes. El Cabildo no tuvo a bien conceder las censuras que se le pedían. Este sobrino de Santa Teresa se estableció en Riobamba y fue padre de numerosa familia.

Don Jerónimo de Cepeda vivió en Quito algún tiempo, y murió en Nombre de Dios, estando de viaje para España; el último de los hermanos de Santa Teresa establecido en el antiguo territorio   —172→   de la Audiencia de Quito, fue Hernando de Ahumada vecino de Pasto, el cual murió en Ávila de España, a donde había ido a solicitar mercedes del Emperador.

La más célebre fue Teresa de Cepeda, hija de don Lorenzo de Cepeda, y por consiguiente, sobrina de Santa Teresa: nació en Quito y fue llevada a España, siendo todavía niña. Teresa de Cepeda vistió el hábito de religiosa carmelita descalza en el convento de San José de Ávila, el primero que fundó Santa Teresa: hizo su profesión el 5 de noviembre de 1582, poco después de la muerte de la santa Fundadora; desempeñó con admirable prudencia el cargo de maestra de novicias y murió en olor de santidad, el 10 de setiembre de 1610, a los cuarenta y dos años de su edad, en el mismo convento de Ávila, donde había pasado toda su vida. La crónica de las carmelitas descalzas refiere que en la muerte de esta religiosa sucedieron cosas maravillosas, con las cuales manifestó Dios la virtud de su sierva. Santa Teresa, en varias de sus cartas dirigidas a miembros de su familia, habla con sumo aprecio de esta sobrina suya, nombrándola por lo regular Teresita, con otros términos, que manifiestan el cariño que le profesaba. Niña discreta y de ingenio vivo, Teresa de Cepeda solía entretener a su santa tía y a las religiosas, contándoles en las horas de recreación las costumbres de nuestros indios; cosa de que Santa Teresa y sus monjas gustaban oír hablar.

Bajo la dirección y magisterio espiritual de su santa tía, sujetándose con extraordinaria docilidad a todos sus consejos, hizo la joven quiteña   —173→   rápidos progresos en el camino de la perfección cristiana. «Teresita me tiene encantada», decía Santa Teresa, hablando de su sobrina. «La hermana Teresa de Jesús es la única con quien tengo alivio; está ya mujer y siempre crece en virtud», escribía la santa a su sobrino Lorenzo, el 15 de diciembre de 1581, cuando aquel había vuelto ya a Quito. Desde Burgos escribía la santa a sus monjas de Sevilla, y al final de su carta les hablaba de su sobrina diciéndoles: «encomienden a Dios a Teresa, que está muy santita, y con mucho deseo de verse ya profesa». Tal fue la joven quiteña, primicias que al estado monástico ofreció la nación ecuatoriana. La primera monja ecuatoriana fue, pues, una sobrina de Santa Teresa de Jesús; y Quito tiene la gloria de haber sido la tierra donde brotó una de las más hermosas flores que engalanan el Carmelo62.

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No terminaremos este capítulo, sin referir un hecho, en el cual tuvo la principal parte el licenciado Auncibay, de quien tanto hemos hablado hasta aquí.

El año de 1582 llegó a Quito la noticia del terremoto, con que había sido casi destruida la ciudad de Arequipa en el Perú; y, al mismo tiempo, principió a circular un rumor vago acerca de un pronóstico, que se había hecho en Lima, anunciando que esta ciudad sería arruinada, el día 15 de junio: el rumor tomó cuerpo y el fatal anuncio fue creído, cundiendo rápidamente la noticia de la próxima catástrofe. Averiguose quién había propalado la noticia, y no se pudo descubrir el origen de ella: los que llegaban de Lima aseguraban que en aquella capital nadie había dicho una palabra siquiera relativa a semejante profecía. No obstante, muchas familias abandonaron   —175→   sus casas y salieron de la ciudad a los campos. Así estaban los ánimos, cuando, por una de aquellas sorprendentes coincidencias, el día 14 de junio, por la mañana, principió a hacer una erupción el Pichincha, lanzando densas columnas de humo negro, acompañadas de bramidos; entonces fue el aterrarse de los vecinos, creyendo que iba a cumplirse el anuncio fatal de la ruina de Quito; y todos acudieron a los templos a implorar la misericordia divina, con señales de grande contrición y arrepentimiento de sus pecados. Mas, todo paró en una lluvia de ceniza, que no tardó en disiparse completamente: la tranquilidad volvió a los ánimos y los que habían salido de la ciudad regresaron a ella. El 11 de julio, miércoles por la tarde, se repitió la lluvia de ceniza en mayor abundancia, y no cesó hasta el día   —176→   siguiente: el viernes y el sábado el cielo estuvo sereno, el domingo, al amanecer, hubo un ruido subterráneo espantoso, los habitantes despertaron despavoridos y el pánico creció por instantes, con la lluvia de ceniza, que comenzó a caer con una celeridad y abundancia increíbles: la oscuridad y el traqueteo de las piedrecillas menudas, que junto con la ceniza llovían sobre los tejados, aumentaban el espanto de las gentes, que ya se creían sepultadas bajo las cenizas que arrojaba el volcán: abriéronse las puertas de las iglesias, formáronse procesiones y grupos de disciplinantes discurrían por las calles: al fin, la lluvia de ceniza fue cesando poco a poco; con aguaceros y vientos se limpió la enturbiada atmósfera, y al compás de la serenidad del cielo se fueron tranquilizando también los ánimos de los quiteños.

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Ésta puede tenerse como la tercera erupción histórica del Pichincha.

Pasados algunos días después de la erupción; y cuando ya todos estaban no sólo tranquilos sino serenos y contentos, el oidor Auncibay discurrió subir al cerro para inspeccionar el volcán, observándolo de cerca: reuniéronse, pues, entre varios individuos, maduraron el proyecto, y, el día treinta y uno de julio, lo pusieron por obra, saliendo de Quito por la mañana: a la cabeza de la expedición iban Auncibay y un sacerdote de apellido Aguilar, cura de la parroquia del Sagrario: tomaron el camino, que desde la cantera asciende bruscamente por la pendiente del cerro, y pasaron la noche en una encañada bastante honda, que se forma entre la base del nevado y las cordilleras más bajas: al día siguiente treparon a pie hasta la cima del cerro, llegaron a los bordes del cráter y contemplaron la dilatada cavidad, en cuyo centro todavía estaba humeando el cono de erupción; la ancha quebrada del lado occidental presentaba señales patentes de las corrientes de lava, que por ella habían descendido a los bosques de la costa. Los dos sacerdotes que habían ido en la expedición no lograron cumplir su propósito de celebrar el sacrificio de la Misa en la cumbre del cerro, porque se lo impidió el viento helado que soplaba en aquellas alturas algunos de los expedicionarios sufrieron los vértigos y bascas, que acometen en los puntos muy elevados de la cordillera, donde, como en la cumbre del Pichincha, el aire está ya muy enrarecido. Al día siguiente, Auncibay y sus compañeros de expedición estaban de regreso en la   —178→   ciudad: entre ellos fue don Toribio de Ortiguera, alcalde ordinario de Quito, a quien debemos la relación de ésta que pudiéramos calificar de primera expedición histórica para explorar el cráter del Pichincha63.





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ArribaAbajo Capítulo quinto

El presidente Barros y la revolución de las alcabalas


Llegan a Quito los primeros jesuitas.- El padre Baltasar de Piñas.- Ministerios de los Padres.- El doctor don Manuel Barros de San Millán, quinto presidente de la Audiencia de Quito.- Muerte del licenciado Auncibay.- Conducta imprudente del doctor Barros. Imposición de las alcabalas.- Representación del Cabildo secular de Quito.- Exaltación popular.- Prisión de don Alonso Bellido, procurador de la ciudad.- Primer levantamiento del pueblo. Llegada de Pedro de Arana a Guayaquil.- Planes revolucionarios.- Grande perturbación del orden público.- Opiniones y disputas.- Bellido es asesinado.- Mayores desórdenes.- Prisión del Presidente Barros.- El sitio de las casas reales.- Vega intenta asesinar a los Oidores.- Venida del licenciado Marañón, como Visitador de la Audiencia.- Arana entra en Quito.- Ejecuciones sangrientas.- Gobierno del licenciado Marañón.- Proceso contra el Presidente Barros.- La revolución de las alcabalas juzgada por el Real Consejo de Indias.- Conducta de los jesuitas y de los demás religiosos en estos sucesos.



I

Una de las más importantes fundaciones, que se llevaron a cabo en esta ciudad, durante el gobierno de los dos oidores don Francisco de Auncibay y don Pedro Venegas del Cañaveral, fue la de los padres de la Compañía de Jesús.

Los primeros jesuitas, que llegaron al Perú, vinieron mandados por San Francisco de Borja, a petición de Felipe Segundo. Eran ya como veinte años ha que se habían establecido en Lima y en otras ciudades del Perú cuando pasaron a   —180→   Quito; pues, aunque el obispo Peña hizo muchas instancias para que se fundasen en esta ciudad, no alcanzó a ver satisfechos sus deseos, porque los jesuitas no entraron en Quito, sino tres años después de la muerte de aquel insigne Prelado.

Cuatro fueron los primeros jesuitas que vinieron a Quito: el padre Baltasar de Piñas, dos sacerdotes más y un hermano lego, los cuales llegaron a esta ciudad a mediados de julio de 1586; pidieron posada en el hospital y allí estuvieron alojados, mientras se les proporcionaba lugar para vivir y fundar colegio de su Orden. Los padres pudieron haberse hospedado en cualquiera de las casas, que se les ofrecieron para alojamiento; pero prefirieron el hospital, para guardar en esto las instrucciones del santo fundador de la Compañía, el cual aconsejaba a sus discípulos elegir para su posada los hospitales de las ciudades a donde llegasen: así lo había hecho en Trento aquel admirable varón, el padre Diego Laínez, cuando fue a aquella ciudad, nombrado por el Papa como teólogo de la Santa Sede en el Concilio.

La Real Audiencia se dirigió al Cabildo eclesiástico, pidiéndole para los Padres la iglesia y solares de la parroquia de Santa Bárbara. La casa de Santa Bárbara, como dijimos antes, fue el primer sitio que tuvieron los frailes agustinos cuando recién vinieron a esta ciudad: dos solares fueron comprados por el Ilmo. señor Peña con el objeto de fundar allí un hospital. Empero, no se había dado todavía cima a la proyectada fundación del hospital, cuando la Real Audiencia solicitó   —181→   del Obispo que cediera la iglesia, la casa parroquial y los solares contiguos, para que se estableciesen allí los padres jesuitas. Esto era por los años de 1578, cuando se trataba de hacer venir a esta ciudad padres de la Compañía: mas, como respecto de uno de los solares pedidos por la Audiencia, no pudiese por sí resolver nada el Prelado por haberlo dejado en testamento su dueño para objetos píos determinados, fue necesario someter el asunto a la resolución del Consejo de Indias; por lo cual entonces se retardó la venida de los jesuitas a Quito, a pesar de los deseos que había de tenerlos aquí cuanto antes.

Cuando en 1586 llegaron los padres a esta ciudad, la Real Audiencia pidió al Cabildo eclesiástico en sede vacante que les diese la iglesia, la casa y los solares de la parroquia de Santa Bárbara, y, aunque todavía no se había resuelto el asunto en el Consejo de Indias, el Cabildo eclesiástico, accediendo a la solicitud de la Real Audiencia, dio a los padres la iglesia, la casa y los solares, pero con condición de que, si acaso los padres salían de allí en algún tiempo, para trasladarse a otro lugar, la iglesia y todo lo demás volvería a poder de la Autoridad eclesiástica.

La Real Audiencia dio en compensación, para que se hiciera parroquia, la capilla de Santa Prisca, con media cuadra de terreno a la redonda, en el sitio que, según dice el acta del Cabildo eclesiástico, estaba en el llano de Iñaquito. Los canónigos cedieron a los padres jesuitas la parroquia de Santa Bárbara el 31 de julio de 158664.

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Los primeros padres vinieron a Quito, trayendo para la Real Audiencia y para entrambos Cabildos cartas de recomendación, dadas por el virrey del Perú, en las cuales encargaba que los padres fuesen recibidos, acomodados y regalados en Quito, por ser personas de cuyo buen ejemplo y evangélica predicación había de resultar mucho provecho espiritual para los indios y españoles de esta tierra. Era entonces virrey del Perú don Fernando de Torres y Portugal, conde del Villardompardo.

Muy justo será decir quién era el padre Baltasar de Piñas, fundador de los jesuitas en Quito. Fue el padre Piñas español de nación y   —183→   oriundo de un pueblo de Cataluña: entró muy joven en la Compañía de Jesús, y antes de ser sacerdote enseñó Humanidades y Gramática latina en el colegio de Gandía; después fue uno de los primeros padres que pasaron a Cerdeña, de donde regresó a España para fundar el colegio de Zaragoza; enviado al Perú ejerció el cargo de Provincial, y fue el fundador de la Compañía primero en el Ecuador y después en Chile. La fundación del colegio de Quito se verificó durante el provincialato del célebre padre Juan Sebastián: a los cuatro años de fundada la casa de Quito, volvió el padre Piñas a Lima, donde fue nombrado Procurador de la provincia del Perú para la congregación general que debía celebrarse en Roma; terminada la congregación, vino nuevamente al Perú, pasó a la fundación del colegio de Santiago en Chile, tornó otra vez a Lima, y acabó su vida en la misma ciudad, a la avanzada edad de ochenta y cuatro años. Pertenece el padre Piñas a esa generación gloriosa de varones santos, que florecieron en tanto número durante el primer siglo de la Compañía de Jesús; y basta para su más cumplido elogio decir, que San Ignacio hacía grande estimación de sus talentos y virtudes: era, pues, el padre Piñas un jesuita a medida del corazón de San Ignacio, de quien asegura la Sagrada Rota, que a su celo por la mayor gloria divina vino estrecho el mundo entero, Animam gessit mundo majorem.

Gozaba el padre Piñas de la fama de misionero celoso y predicador evangélico, y a sus sermones solía acudir un auditorio tan numeroso, que no cabiendo en ninguna iglesia, se veía obligado   —184→   muchas veces a predicar en las plazas públicas: a oírle concurría no solamente el pueblo, sino la gente granada y hasta los más altos magistrados; en una cuaresma predicada en la plaza mayor de Lima, tuvo entre sus más puntuales oyentes al mismo virrey don Martín Enríquez, quien solía ponderar el mérito de las pláticas del padre Piñas, diciendo que, por medio de ellas, había logrado comprender lo que era la verdadera penitencia65.

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Por una de aquellas coincidencias curiosas (que no siempre conviene que deje pasar desadvertidas el historiador), el mismo día en que San Ignacio, con sus primeros compañeros, ponía por obra la fundación de la Compañía de Jesús en París, en el Monte de los Mártires; ese mismo día el mariscal don Diego de Almagro y el conquistador Benalcázar fundaban la ciudad de Quito en las llanuras de Riobamba. Así; a los cincuenta y dos años de fundada la ciudad, llegaron a Quito los primeros jesuitas.

Al principio los padres no tuvieron con qué sustentarse y carecían de toda comodidad: A fin de socorrer, pues, los Oidores a los nuevos religiosos y de remediar la penuria de recursos que padecían, les dieron en el ameno y fértil valle de Chillo quince caballerías de tierra, señalándoselas en terrenos llamados de comunidad: los oidores mirarían, sin duda, en esto el gran provecho que les vendría a los indígenas de ser adoctrinados por los padres. Adjudicáronles también una suma de dinero, que estaba guardada, en depósito en las cajas reales, y provenía del tributo cobrado a los indios, por el año en que se puso en práctica la reforma del calendario gregoriano. Como la tasa del tributo, que anualmente pagaban los indios a la corona, había entrado ya en las cajas reales, dispuso el Rey que se hiciera una cuenta prolija y menuda, distribuyendo lo que cada indio pagaba, en los trescientos   —186→   sesenta y cinco días, que tiene el año ordinario, para ver cuanto correspondía a cada día: hecha esta distribución, debía restarse de la tasa del tributo individual la cantidad correspondiente a los diez días, que se suprimieron del año en que principió a regir la reforma del calendario. Esta suma era muy exigua; pero del descuento de ella en la tasa del tributo pagado por todos los indios del distrito de la Audiencia de Quito, había venido a resultar la no despreciable cantidad de cuatro mil cuarenta y siete pesos, los cuales fueron dados de limosna a los jesuitas. No obstante, se les exigió no sólo promesa sino fianza de devolver la expresada cantidad, si el Rey no aprobaba la concesión que se les había hecho.

Es bien sabido que la corrección gregoriana se verificó en el calendario el año de 1582, del cual se suprimieron diez días, pasando inmediatamente del cuatro al quince de octubre; por esto, Felipe Segundo dispuso que de la tasa del tributo anual, se les descontaran a los indios los diez días que se habían suprimido en el año. Pero, cuando se trató de devolver la cantidad cobrada, se tropezó con el peligro de que se la apropiarían y quedarían con ella los caciques de los pueblos por cuya mano había de hacerse la devolución a los indios tributarios; resolviose, pues, emplear esa suma en algo que redundara en bien general para los mismos indígenas. Felipe Segundo, aunque con repugnancia, aprobó al fin la adjudicación de la limosna hecha por los oidores Auncibay y Cañaveral a los jesuitas.

Contestando el mismo Felipe Segundo a la carta, en que la Audiencia le había dado cuenta de   —187→   la venida de los jesuitas a esta ciudad, se expresaba así, en su cédula real de 5 de julio de 1589: «Pues de tan buena y santa Compañía se le ha de seguir (a Quito) tan buen ejemplo y bien espiritual, por cuya causa es muy justo ayudar a esta obra, os mando tengáis mucho cuidado de ella y de favorecer a los religiosos, para que en su pobreza se conserven, haciendo el mucho fruto que se espera»66.

No había pasado todavía mucho tiempo después que los jesuitas llegaron a Quito, cuando la ciudad fue afligida por un espantoso terremoto. El 29 de agosto de 1587, después de haber anochecido, tembló la tierra por algunos instantes con tanta violencia que, agitado el suelo, parecía en sus sacudimientos, como cuando se remueven con incierto vaivén las olas de un lago; las campanas de las torres con el movimiento de la tierra se tañeron por sí mismas; se arruinaron muchas casas; las paredes de los templos se cuartearon; hubo algunos muertos, muchos contusos, y en una casa pereció una señora con diez y siete individuos, que componían su familia, de la cual no quedó con vida más que una niña de tres años de edad, a quien su nodriza logró salvar oportunamente. Al primer temblor se siguieron otros, aunque ligeros y suaves: asustados los moradores de la ciudad, abandonando sus casas, salieron a vivir bajo de toldos en las plazas y en los campos.

Cerca de Quito se derrumbó una colina y aplastó unos cuantos indios, que estaban divertidos en aquel momento; en otro punto, trastornándose un cerro, sepultó unas manadas de ovejas   —188→   con sus pastores, y en una parte enteramente seca, rompiéndose la tierra, brotó una fuente de agua sulfurosa, muy hedionda.

Apenas hubo pasado el terremoto, cuando los padres jesuitas salieron de su casa con linternas a recorrer las calles, visitando a los heridos, consolando a las familias, y oyendo las confesiones de los que en aquellos momentos de conflicto deseaban hacer penitencia de sus pecados67.

Al terremoto se siguió la peste de una especie de pústulas o viruelas de carácter maligno y asqueroso, la cual se encrudeció tanto en Quito y su comarca, principalmente entre los indios, que en el corto espacio de dos meses murieron más de cuatro mil personas, sin contar los niños, de los cuales entre ciento apenas escapaban uno o dos. Sucedió que algunos enfermos revivieron mientras los llevaban en el féretro a sepultar: uno de éstos, sentándose de repente, comenzó a pedir confesión, con grande horror de los circunstantes, que huyeron despavoridos. En todo el distrito de la Audiencia de Quito el pueblo de Almaguer fue el único que se libró de los estragos de la peste, porque el Teniente tuvo el acuerdo de establecer cordón sanitario, cuatro leguas allá y cuatro leguas acá del pueblo, echando el camino por lo más alto de la cordillera, con lo cual evitó el contagio68.

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También en estas circunstancias los jesuitas se granjearon el amor y la veneración de Quito, por su caridad en acudir a todas las horas del día y de la noche en auxilio de los enfermos, administrando los Sacramentos a los moribundos, con heroica abnegación.

Esta peste, de que hace mención la historia, principió el año de 1588 en Cartagena, recorrió el Nuevo Reino de Granada, las provincias de Quito, todo el Perú y llegó hasta Chile, dejando asolada a su paso casi toda la América Meridional.