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II. Labor episcopal del ilustrísimo señor Lasso de la Vega

Aun antes de llegar a Quito, el celoso y abnegado Pastor se preocupó ya del bien espiritual de su grey. Desde La Venta, en el límite al norte de la vasta diócesis, dirigió el 22 de noviembre de 1829 su primera carta; ardiente exhortación a la paz en todos sus aspectos cristianos.

Recomendó anticipadamente al vicario doctor Arteta que preparase la visita pastoral, enviando a los pueblos misioneros de las diversas órdenes   —265→   religiosas. Y apenas descansó de las arduas fatigas de su largo y penoso viaje por tierra de Bogotá a Quito, dispuso el 31 de diciembre la inmediata apertura de la visita canónica, que inició el 7 del siguiente mes y llevó a cabo con juvenil rapidez, como si no le pesaran sus 66 años. Aquel hombre apostólico no escatimaba inmolación alguna en servicio de las almas.

Retrato de José Rafael Lasso de la Vega

Ilustrísimo y reverendísimo señor doctor don José Rafael Lasso de la Vega, Obispo de Mérida y de Quito

Antes de dejar la sede de su diócesis comunicó prudente y amistosamente su resolución de practicar la visita canónica al Prefecto de Quito; y esto dio ocasión al general Sáenz para aleccionar al prelado sobre el cumplimiento de sus deberes: «[...] aguardo, le decía, que V. S. I. con el celo que le distingue, se conduzca conforme a los saludables principios de las Leyes que nos gobiernan, y en consecuencia se sirva participarme los resultados de tan grandiosa obra».

Ciertamente, aparece grandiosa ante la historia aquella peregrinación de caridad del Pastor, a través de su diócesis, desde Quito hasta las remotas parroquias de la actual provincia de Bolívar, y de allí hasta Pasto, Tumaco y Barbacoas. Sólo los curatos de montaña fueron visitados por comisión. Después de largos años de orfandad de la diócesis, aquel contacto inmediato del Obispo con los fieles, y el clero, falto de supervigilancia y fiscalización severa, fue fecundo en bienes. En todas partes el pueblo recompensó con espléndidas demostraciones de júbilo y amor el sacrificio de su prelado.

En Riobamba y en Pasto, confirió órdenes; y en esta última ciudad llevó a feliz término el 25 de noviembre de 1830 la fundación canónica del Oratorio de San Felipe Neri, promovida por el respetable y santo sacerdote padre Francisco de la   —266→   Villota195. Aquel instituto mereció del Obispo un donativo de cinco mil pesos de sus rentas. Se había propuesto monseñor Lasso establecer varios Oratorios de San Felipe, para la corrección del clero; y al efecto obtuvo facultades especialísimas del Papa (27 de setiembre de 1830).

Ocho meses, largos para un anciano, certísimos para los menesteres de su cargo, meses de azarosos viajes y sinsabores, duró la visita del Obispo. A Quito llegó precisamente en días en que era necesaria su intervención como mediador entre Urdaneta y Flores para evitar la guerra civil. Nobilísima y digna de un ministro de Cristo es la nota que dirigió el 29 de enero de 1831 al primero de dichos generales, que trajo el encargo de restaurar el régimen unitario de la Gran Colombia, bajo el mando del Libertador.

En los mismos días en que Bolívar, desengañado y abrumado de dolor y de oprobio, tomaba el camino de Santa Marta, debieron de llegarle y servirle de lenitivo las cartas en que la sociedad quiteña con el general Flores a la cabeza y el obispo Lasso, colaborador admirable de su obra gigantesca en favor de la Iglesia, le invitaron a morar en Quito, en medio del amor unánime del pueblo ecuatoriano. Y cuando ocurrió la muerte del Genio, el Obispo lloró su temprana pérdida y elevó a Cristo dolorida plegaria en las solemnes exequias que se celebraron el 17 de marzo de 1831, y en las que hizo merecido elogio de su épica labor el docto sacerdote José de Jesús Clavijo.

La Santa Sede no privó al Obispo de las amplias   —267→   facultades que había tenido en Mérida: antes le confirió otras de orden excepcional, de las cuales hizo uso prudentísimo. El 15 de septiembre de 1829, diole la de erigir cofradías, solicitada por el mismo prelado con el fin de extender la piedad de los fieles, aridecida por el rigorismo jansenista. El Ejecutivo puso el pase a la bula indicada el 7 de enero de 1831; y en esa virtud monseñor Lasso de la Vega estableció canónicamente las de Nuestra Señora de Dolores y de San Pedro en la Catedral de Quito, la de San José en los dos Cármenes de esta misma ciudad, la de Jesús del Río en Pasto y la de Nuestra Señora de las Lajas (7 y 19 de enero y 3 de febrero, respectivamente).

Las trabas patronales restringían a cada instante la actividad del prelado. El 14 de marzo, el ministro doctor José Félix Valdivieso manifestole que, al conferir el exequátur a la bula de Pío VIII, no había querido el Gobierno desentenderse de la ley 25, título 4.° libro 1.° de las Municipales, que exigía el asenso del patrono para la erección y la presentación previa de los estatutos de las cofradías, y aun daba pretexto a la autoridad civil para privar a los prelados del derecho, eminentemente espiritual, de visitarlas y presidir sus reuniones.

Al día siguiente, con la acostumbrada prontitud, contestó el Obispo que la indicada ley municipal era una de esas disposiciones que la piedad de los fieles había puesto en desuso; por lo cual Quito no contaba con una sola cofradía establecida conforme a ella. Empero, ofreció cumplir con la arrumbada disposición real cuando se expidiesen estatutos y se tratase de bienes; e imploró, en cambio, que no se llevara más adelante   —268→   la intervención gubernativa. Terminó el Obispo su nota con estas palabras que revelan la excelsitud de su alma inflamada en celo divino:

«¡Qué sensible es en un Gobierno liberal católico como del nuestro verse impedido el Prelado, cuando quiere obrar por aquellos que sólo deben protegerle! No les detiene la notoria culpabilidad de que alegando que a ellos les toca, nada han hecho en muchos años. Pudiera citar ejemplos, pero callaré llorando a mis solas, que aun las mismas hechuras de mi autoridad se me convierten en contra, sin otro fruto que entorpecerse: vuelva el orden, y que tomen algún arreglo, negocios que debieran continuamente celarse para que el fervor espiritual no desmaye, y se pierda del todo, quedándonos solamente la memoria de lo que antes fueron las más frecuentadas y apreciadas devociones piadosas. Mucho se corrompe la moral con la falta de semejantes estímulos. Dispénseme, pues, V. S. si me he alargado. El depósito de la fe y el sostenimiento de las buenas costumbres me devoran».



En carta de 3 de octubre de 1829, cuyo pase fue expedido por el presidente Flores el 19 de enero de 1831, concediole el Papa la gracia de otorgar hasta veinte secularizaciones en determinadas condiciones, que tocaba fijar al mismo Obispo. Estas condiciones fueron justamente rigurosas: retiro de 40 días en los conventos, observancia de vida común, confesión general, consulta jurada de dos teólogos y razón asimismo jurada de haber adquirido los pretendientes sus bienes con licencia de los superiores y no durante sus prelacías. Monseñor Lasso no alcanzó a conferir dicha gracia sino a dos religiosos de la Orden Agustiniana.

Pío VIII tuvo para el Obispo de Quito la misma predilección que había merecido de sus predecesores; y no vaciló en confiarle, a solicitud suya, en carta de 26 de abril de 1830, visada por el Ejecutivo el 23 de marzo de 1831, la comisión   —269→   de nombrar prelados de las casas regulares antes dependientes de Lima, y la de intervenir como Delegado Apostólico en el gobierno doméstico de ellas, siempre que lo exigiese la necesidad y no se menoscabara la observancia de los respectivos Estatutos.

En fuerza de esa autorización, eligió el ilustrísimo señor Lasso al padre José de Elorza, prepósito de la casa de clérigos de San Camilo de Lelis, y prefecto al padre Juan Manuel Mancero. El padre Elorza era uno de los religiosos más respetables y piadosos de Quito y tuvo la suerte de cerrar los ojos del mismo monseñor Lasso de la Vega. Respecto de camilos y betlemitas el Obispo recibió además otros poderes, en carta de 27 de septiembre de 1830.

En breve de la misma fecha diputó Pío VIII al Obispo para la restauración de la disciplina en todos los institutos religiosos, de acuerdo con sus Constituciones y tomando el parecer de frailes probos y virtuosos. Para este fin concediole facultad de designar Vicarios provinciales, de dar honras y grados a los religiosos beneméritos, de sanear profesiones de novicios y nulidades causadas por la ilegítima intervención del Poder Civil en las elecciones conventuales, etc. Esta prudentísima subsanación de tantas irregularidades como se habían cometido desde las luchas por la independencia, hecha con el consejo ilustrado de los mejores frailes de cada orden, llevó a los claustros mayor concordia fraterna, y sosiego espiritual a las conciencias delicadas de algunos de sus miembros.

La más preciosa y necesaria de las atribuciones de que le invistió la Santa Sede (carta de 3 de octubre de 1829) fue la de instituir canónicamente   —270→   a los sacerdotes designados por la Potestad Secular para los beneficios eclesiásticos, con tal que tuviesen las cualidades requeridas y que en el título nada se dijera del nombramiento civil. Casi ninguno de los párrocos, canónigos y dignidades había sido instituido hasta entonces válidamente; de manera que la revalidación restituyó la paz al clero y al pueblo. La conducta del prelado mereció expresa aprobación de Pío VIII, en nota de 21 de septiembre de 1830.

En ese mismo áureo documento, el Papa, a petición del Obispo, saneó todos los actos de los Vicarios capitulares que se habían sucedido desde la independencia, especialmente los del doctor Pedro Antonio Torres relativos a dispensas matrimoniales.

Una sola cosa no alcanzó del Papa el ilustrísimo señor Lasso: la erección de Quito en Iglesia Metropolitana, solicitada «no por honor, sino por las perturbaciones en la jurisdicción eclesiástica». Pío VIII contestole en carta de 1.° de febrero de 1830 que proveería oportunamente acerca de ella; mas, para evitar dichas perturbaciones, permitió que se pudiese apelar de la sentencia del Ordinario propio al más vecino, que si ésta fuese conforme con la de aquél, causase efecto de cosa juzgada, y de lo contrario, se recurriese a otro, también próximo, hasta obtener dos sentencias conformes.

Obispo de la paz pudo llamarse a Lasso de la Vega, por el ejercicio afortunado de tantas gracias en favor de la tranquilidad de la Iglesia y del país. Mas, también fue el Obispo de las misiones.

Para promoverlas eficazmente y darles carácter permanente y orgánico, propuso a la Orden   —271→   Dominicana que permitiese la erección en Colegio de Misiones de la Recolección de Nuestra Señora de la Peña de Francia. El Consejo de provincia de dicha orden, presidido por el provincial fray José Mantilla, accedió dócil y gustosamente a complacer al prelado y a secundar sus «laudables y santos fines»; pues, «a más de ser un deber sagrado de la Religión, era igualmente un establecimiento piadoso en aumento del cristianismo». Por otra parte, la Orden juzgó que con la erección volvería la Recoleta a su «primitivo fervor de observancia».

Asimismo, el convento franciscano de Pomasqui fue constituido por el Obispo en Colegio de propaganda fide, con el beneplácito del definitorio.

Empeñose viva y eficazmente en la beatificación de la excelsa Virgen quiteña Mariana de Jesús; y ordenó al efecto la traducción de la vida escrita en italiano, por el sacerdote José Francisco Clavera. Su entusiasmo se acrecentó seguramente con las estimuladoras noticias que, acerca del desenvolvimiento del proceso canónico, recibió el prelado en carta de 9 de octubre de 1830 dirigida por el reverendo padre Ildefonso José de la Peña, Societas Jesu procurador sustituto del general de la Compañía de Jesús. El padre de la Peña había pedido el 22 de marzo de 1828 que se examinara la validez de dicho proceso; y la Sagrada Congregación, oídas las observaciones del Promotor de la fe, padre Virgilio Pescetelli, declaró afirmativamente, y el Papá León XII aprobó esa respuesta cuatro días después. El 29 de mayo de 1829 dio su dictamen el referido Promotor y el Procurador lo pasó a su abogado para que: lo contestara. Éste y el general de la Compañía comenzaron   —272→   a desconfiar del buen éxito de la causa; mas el padre de la Peña, oído el parecer de los médicos, que declararon estar prontos a defender la autenticidad de los dos milagros, opinó que sería imprudencia no seguir adelante. En su testamento, monseñor Lasso dejó un legado para subvenir a las expensas de la beatificación.

Inmensa ubiquidad la de ese anciano venerable que, en menos de un año y medio de actividad, había ejecutado obras que otro no habría realizado en muchos años, según expresó la Gaceta de Gobierno. No le faltaron continuas amarguras. La indisciplina del clero, fomentada por los recursos de fuerza, anuló gran parte de sus iniciativas. Monseñor Manuel José Mosquera escribía desde Popayán al doctor Rufino Cuervo el 6 de julio de 1830: «Hasta la gente de Iglesia está embochinchada en Quito. El señor Lasso se ve solo, etc.».

Por desgracia, la muerte vino a sorprenderle el 6 de abril de 1831, en medio de tantos y tan evangélicos afanes. Hombre superior a su tiempo, que logró triunfar aun sobre los prejuicios regalistas de que estaba imbuida la educación clerical, juntó por raro donde lo Alto, firmeza y mansedumbre, prudencia y energía, maleabilidad admirable en sus relaciones civiles y heroica fortaleza doctrinal.

El Secretario de la Congregación de Negocios Eclesiásticos y Arzobispo de Calcedonia, Luis Frayza, lamentó, a nombre del Papa, en carta dirigida al doctor Arteta el 8 de febrero de 1832, la muerte de aquel «óptimo Obispo de Quito, cuya religión, piedad y todas las virtudes pastorales, principalmente la obediencia a la Silla Apostólica de San Pedro, eran notorias a su Santidad».

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El ilustrísimo señor Lasso nombró ejecutor de su última voluntad al eminente deán de Quito, que había sido su colaborador y Vicario, el doctor Nicolás Joaquín de Arteta, «adornado como expresó al designarle para Provisor de virtud, literatura, juicio, prudencia y desinterés para regir y gobernar nuestra jurisdicción eclesiástica». Y el cabildo tuvo la cordura de conferirle el 12 de abril el cargo de Vicario Capitular.

El 24 de enero de 1832, Gregorio XVI comunicó al doctor Arteta todas las facultades que la Santa Sede había otorgado al ilustrísimo señor Lasso de la Vega.

Sobre la tumba de éste, el fisco hizo de las suyas. Apoderose, a pretexto de espolios, de sus pocos bienes, sin perdonar ni aun su paupérrimo mueblaje. De esta manera no hubo con qué costear la traslación de los criados del Obispo, ni atender a sus mandas. La voluntad del santo prelado quedó frustrada por la rapacidad fiscal196.