Lima y la sociedad peruana
Max Radiguet


—IX→
Bajo el sol invernal de la Bretaña francesa y sobre su paisaje ameno, Maximiliano Renato Radiguet nació en Landerneau en las márgenes del río del mismo nombre, cerca de Brest, en el Cabo Finisterre, el 17 de enero de 1816. Concluidos sus estudios escolares, Radiguet ingresó a la Escuela Naval, de donde salió adscrito a la marina francesa. Su primer contacto con América aconteció en 1838, al ser enviado en misión oficial como Agregado del Almirante Du Petit Thouars, a la nueva república de Haití, donde debía negociarse una indemnización a Francia exigida por el gobierno del rey Luis Felipe. De regreso de este viaje, en que pudo conocer algunas de las principales Antillas, entre 1838 y 1839, Radiguet fue designado para integrar la misión encomendada al mismo Almirante Du Petit Thouars, a bordo de la fragata de guerra La reine-Blanche, en 1841.
El objetivo de esta misión era estudiar las condiciones de navegación entre la costa occidental de la América del Sur y las islas de la Oceanía y para finalmente, ocupar a nombre del gobierno francés, las islas Marquesas que antes habían pertenecido a la corona de España. El barco hizo escalas previas en Río de Janeiro, y después de haber cruzado el estrecho de Magallanes, en Valparaíso. Enseguida, a la espera de órdenes superiores, debió permanecer prolongadamente anclado en la rada del Callao, desde diciembre de 1841 hasta comienzos de 1845, en que los despachos recibidos le señalaron su objetivo final que fue el tomar posesión de las islas Marquesas. En esta importante misión, el teniente de marina Max Radiguet actuó como secretario agregado al Estado Mayor del Almirante —X→ Du Petit Thouars, encargado de redactar el informe oficial de la misión encomendada a su jefe. Durante su larga estada en la costa peruana, Radiguet tuvo oportunidad de vivir casi constantemente en Lima, la capital de la nueva república independiente y de efectuar observaciones y juicios sobre la condición social del país, que había de cautivarlo por su exotismo costumbrista y por la sugestión de su personalidad y carácter especial.
Era Radiguet un joven oficial de marina que apenas frisaba en los 25 años, cuando llegó por primera vez a Lima, en la navidad de 1841. Encontró un país un tanto caótico, en la época de los gobiernos efímeros y del apogeo de Vivanco, afectado por luchas políticas intestinas, con serios problemas de desorganización administrativa y en estado de postración económica. Los golpes de estado se sucedían unos a otros y el enfrentamiento de facciones hacía vivir a sus habitantes tiempos de inestabilidad y angustia. Pero la capacidad de comprensión humana de Radiguet, su tolerancia y sensibilidad, le permitieron prescindir de la anécdota fugaz o del cuadro momentáneo, adentrar en la esencia espiritual de los peruanos y descubrir los valores permanentes, en medio de la fugacidad de las situaciones efímeras. Sus impresiones de viajero fueron consignadas primeramente en artículos sobre asuntos pintorescos que envió por un lapso que va de 1844 a 1854 a diversas revistas francesas. Posteriormente constituyeron, corregidos y ensamblados y puestos al día, la materia del libro que tituló Souvenirs de l'Amérique Espagnole (Recuerdos de la América Española), aparecido en 1856, uno de los más amenos y mejor escritos relatos de viaje sobre el Perú y los peruanos.
CARÁCTER DE LA OBRA
Max Radiguet ha sido uno de los viajeros franceses más afortunados en su visión de la realidad social del Perú, en un momento determinado de su historia. El encanto de su prosa y el vigor de su genio literario lo han puesto en primera fila dentro del conjunto de los viajeros franceses que han escrito sobre el Perú, no obstante que éstos forman legión y que desde distintos ángulos, trataron de las peculiaridades de esta tierra peruana.
A la obra científica de Castelnau y Orbigny, tan documentados y profundos conocedores de las realidades latinoamericanas —XI→ se ha adicionado, en la primera mitad del siglo XIX, los libros llenos de encanto imaginativo y de recursos de estilo y agudezas de ingenio debidos a la pluma de Paul Marcoy (Lorenzo Saint Criq) y Max Radiguet. Fueron éstos, sin duda alguna, talentos singulares, verdaderos artífices del buen decir. Sin los desbordes fantasistas de Marcoy, supo Radiguet trazar con palabras y también con los colores de su ágil e igualmente atractivo pincel, un cuadro muy vivo de la sociedad peruana en la década del 40. Llegado por primera vez a Lima en 1841, residió en ella aunque con breves ausencias entre esa fecha y 1845, cada vez que se lo permitieron las tareas del buque en el cual servía como oficial de marina. Así pudo narrar acontecimientos vividos en la etapa republicana que corresponden a ese lapso, los que complementó con los datos de una diligente pesquisa sobre los antecedentes de aquéllos, con semblanzas de los personajes actuantes en la vida política, con informaciones de primera calidad tomadas de personas de fe, con documentación fidedigna y con ese don de observador acucioso que lo caracterizaba. Todo está volcado en una prosa amena y sugestiva, digna de un cronista cultivado y de un espíritu de notoria sensibilidad como Radiguet que no llegó nunca a trastocar los hechos ni a fantasear sobre las realidades, como sucede en los relatos de Paul Marcoy, y que se limitó a comentar con recato no exento de gracia cuanto observaba en las costumbres y los usos de los limeños.
Las circunstancias no permitieron a Radiguet que se alejara de la ciudad capital, por lo que su relato no pretende dar la noción total del Perú, mas sólo una imagen de Lima republicana de la mitad del siglo XIX. Es verdad que en ese momento el resto del Perú contaba poco en los azares de la política peruana, salvo la aguerrida Arequipa. Pero de ésta no deja Radiguet de mostrarse bien enterado y sus informaciones justas y ponderadas ofrecen bastante índice de suplementaria información para el cuadro trazado de la sociedad peruana.
RADIGUET Y HALL
El mismo Radiguet observaba en algún párrafo de su libro el carácter practicista e insistentemente mercantilista de muchos de los viajeros que lo habían antecedido en su visita al Perú. Se refería sin duda a las relaciones de viajeros de comienzos del siglo que coinciden con la época de la independencia —XII→ o sea a sus propios connacionales como Julián Mellet, René P. Lesson y otros marinos, muchos norteamericanos y sobre todo los ingleses que fueron en su mayor parte o agentes de empréstitos o mineros o comerciantes, a quienes interesaba el Perú como zona de influencia para presentes y futuras concesiones o establecimientos de explotación económica. Sin embargo, entre ellos hubo excepciones y la mayor de éstas pudo ser el célebre relato de Basil Hall, viajero escocés, quien visitó el Perú en 1821 y que tiene algunos puntos de contacto con Radiguet. Era Hall también marino, desprendido de una misión técnica, a más de escritor de profesión como Radiguet. Pero estas son coincidencias adjetivas, pues la similitud fundamental reside en la actitud crítica de ambos, en la capacidad de observación directa, minuciosa, en la apreciación objetiva y en el juicio ponderado que no se apoya en prejuicios o en moldes europeos, sino que pretende presentar las peculiaridades del país observado con respeto por sus valores autóctonos e íntimos, aun en medio de la anotación de sus miserias o defectos. Tampoco absuelven de las flaquezas pero las explican con tolerancia. Pero ante los hechos y situaciones ejemplares, ante lo original, lo ingenioso o el acierto no vacilan en señalarlo generosamente. La justeza de los comentarios, las finas semblanzas de los personajes, las descripciones de hechos y situaciones y el interés por las expresiones populares acusan en Radiguet y en Hall una previa y vasta preparación cultural. Ésta los hubo dispuesto para informarse concienzudamente y para realizar la tarea de escribir sus libros y a la postre habría de promover la difusión coetánea de sus páginas y la supervivencia espiritual que los hace gratas y perdurables muestras del talento humano.
RESONANCIAS INTELECTUALES
Con relación a este autor es necesario desmentir una afirmación infundada y destruir una superchería literaria. Pero al mismo tiempo, es posible señalar alguna otra resonancia literaria de su obra e insinuar también algunas perspectivas tal vez imaginarias pero más fundadas.
Por muchos años se tuvo a Radiguet como inspirador de la pieza teatral de Merimée sobre la Perricholi y el ambiente colonial peruano, pero no parece posible considerar que Próspero Merimée hubiera tenido como fuente a Radiguet ya que —XIII→ La Carroza del Santísimo Sacramento, comedia que dio fama europea a la Perricholi, apareció en El teatro de Clara Gazul, obra de Merimée, en 1826 e incluso había dado pie a comentarios de Goethe en sus Conversaciones con Eckermann de enero y mayo de 1827, marzo de 1830 y febrero de 1832; en tanto que la obra de Radiguet sólo aparece en volumen en 1856 y antes en revistas desde 1845. Por lo demás, Harri Meier en un agudo ensayo ha probado que la fuente principal de Merimée fue el relato de viaje de Basil Hall, vertido al francés en 18251 y al alemán el mismo año.
La página en que Radiguet describe una pelea de gallos parece la fuente de inspiración inicial de una notable narración de la literatura peruana del siglo XX, El caballero Carmelo de Abraham Valdelomar.
Algún parentesco podría encontrarse entre aquella descripción del vencedor que logra Radiguet:
y ciertos pasajes del excelente cuento de Valdelomar cuando compara también al Carmelo con «un armado caballero medieval» o cuando describe: «el gallo se incorporó...» «abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó»... «aquel héroe ignorado, flor y nata de paladines».
No sería descaminado imaginar que Valdelomar -durante su estada en Francia o Italia, entre 1913 y 1914-, pudo haber leído el libro de Radiguet y que bajo la impresión de aquel relato escribiera luego en Roma, El Caballero Carmelo, tal vez su obra narrativa más lograda. Todo ello pudo ser, pero no hay comprobación documentada. Se trata de una simple conjetura. Y en plan igualmente imaginario cabe pensar en el posible impacto de la lectura de Radiguet, notable escritor y dibujante, que hermanó en su obra el Perú con la Oceanía, Lima y las islas Marquesas, sobre el destino del pintor francoperuano Paul Gauguin, quien fue nieto de peruana (Flora Tristán), vivió de niño en Lima por los años en que Radiguet residió —XIV→ en estas tierras y quien, más tarde, abandonando Francia, fijó su residencia en Tahití. Es probable que el gran pintor leyera esas páginas de Souvenirs y también las de Les derniers sauvages que ellas le abrieran el horizonte de su destino genial.
LA INQUIETUD SOCIAL EN RADIGUET
Como la obra se publicó en edición definitiva, un decenio después de escrita o de realizado el viaje (1841-1845) que le dio origen, Radiguet alcanzó a introducir algunas adiciones pertinentes a las que se hace mención en la introducción Allí se deja constancia de que el país ha entrado (por 1856) en época más próspera con la explotación del guano y que su administración se ha mejorado con la acción de orden en los gobiernos de Castilla, signo de estabilidad después de la anarquía que Radiguet vivió en años anteriores. Anota también la intensificación del tráfico comercial a causa del descubrimiento del oro en California que había introducido mayor movimiento en los puertos chilenos y peruanos.
Radiguet advertía hace 120 años el peligro de la introducción de lo que él llamaba «el yanquismo» (p. XI, Avant-propos, ed. 1856), en los países latinoamericanos o sea la acción de «el peligroso vecino, la raza angloamericana que un día podrá desbordarse más allá de sus límites sobre su territorio. Esta nueva conquista puede desplazar la lengua castellana pues la divisa de los americanos del norte (grow them!) implica si no la absorción, la destrucción» (p. 230, ed. 1856). De allí su consejo idealista de que se vuelquen estos pueblos confiadamente a los países neo-latinos y propicien una inmigración europea y sobre todo francesa que las preserve de esos peligros.
En buena cuenta, Radiguet resulta un adelantado del «arielismo» que patrocinará medio siglo más tarde un latinoamericano ilustre, el uruguayo José Enrique Rodó, con su famoso ensayo Ariel en el cual oponía a las fuerzas del norte -simbolizadas en Calibán- la afirmación de la actitud espiritual de los países latinoamericanos, simbolizados en Ariel. Sin embargo, la crítica peruana de la obra de Radiguet no ha reparado sino en el aspecto sugerente de sus descripciones costumbristas, de sus delectaciones pintorescas acerca de las limeñas y los limeños o los usos locales, como si fuera sólo un escritor localista que no hubiera ahondado en otras facetas de mayor —XV→ contenido social o histórico. Parece procedente insistir en esta hora de revisiones, en los otros aportes de la obra del insigne viajero francés que dejan al descubierto, sin acritud, muchos aspectos negativos del Perú en su época y que señalan con penetración y proyección hacia el futuro algunos fundamentales asuntos de crítica menos efímera, soslayados por cuantos anteriormente extrajeron de sus páginas sólo aquello que convenga a su concepción interesada en un Perú feudal y centralista, aristocratizante y recortado.
De acuerdo con lo expuesto por el propio Radiguet en la introducción de su obra, se han consignado en su libro las observaciones pintorescas de las costumbres sociales del país visitado que quedaron un tanto al margen de las noticias oficiales y datos científicos o profesionales de sus informes que forman parte del Álbum de la misión naval a que pertenecía.
El viajero se esforzó en despojarse de prejuicios europeístas y quiso ver con ojos tolerantes las características peculiares del Perú, sus aspectos particulares, apartándose en lo posible de juzgar el país solamente desde el punto de vista de sus intereses comerciales, económicos o industriales, pero sin dejar de señalar sus aspectos negativos conjugados con los brillantes y positivos, sus miserias contrastadas con sus grandezas.
El énfasis en lo mercantilista había sido la tónica dominante en los viajeros de los años anteriores o sea en el primer cuarto del siglo XIX. En contraste y en oposición a ellos, Radiguet se interesó por captar otros valores de tipo espiritual, sus recuerdos poéticos, las esencias típicas en medio de sus anécdotas. Le preocupa consignar las diferencias más que las similitudes, la vida auténtica y secreta, los caracteres distintivos en un pueblo con raíces profundas adentradas en las antiguas civilizaciones indígenas.
De otro lado, en Lima halló a la notable y tradicional ciudad de la América del Sur que todavía conservaba las huellas de su antiguo esplendor en costumbres, usos y arquitectura. Por eso Raúl Porras Barrenechea ha podido afirmar que Radiguet es «uno de los creadores de la leyenda de Lima como 'la perla del Pacífico' y como centro de la cortesanía y cultura americana del sur».
—XVI→RESTANTE OBRA DE RADIGUET
Después de su libro sobre América Latina, publicó Radiguet un estudio sobre las costumbres de la América del Norte (1857), su libro de memorias sobre la ocupación de las islas Marquesas titulado Les dernières sauvages (París, 1861) con 16 ilustraciones del autor y finalmente un cuarto libro titulado A travers la Bretagne (París 1865) que está formado por apuntaciones impresionistas de la región bretona, en que nació. Colaboró asimismo en la composición del Álbum de viaje de «La reine Blanche», adicionado con cartas geográficas y dibujos que Radiguet trazó para ilustrar el informe oficial, en que naturalmente no pudo desenvolver su plena aptitud creadora, restringida en ese caso por las exigencias profesionales u oficiales. Sus colaboraciones en famosas publicaciones periódicas como Revue de París, Musée des familles, Magasin pittoresque, L'Ilustration, Revue des deux Mondes, Revue Moderne, L'Ocean, France Maritime, aparecieron frecuentemente firmados con los seudónimos René de Kerelian, Stéphane Rénal y René de K.
Por los datos de sus últimas publicaciones que abarcan hasta 1875, podemos calcular -a falta de otra referencia y del silencio sobre ello en las reseñas biográficas que hemos consultado- que su fallecimiento ocurrió alrededor de 1880.
Esas postreras publicaciones versan significativamente sobre materia artística lo que indica que en los años de madurez, afloró la vocación íntima de pintor y dibujante que había descubierto en sus años de juventud al contacto con el ambiente exótico de la América del Sur y las islas del Pacífico y especialmente con el del Perú. Y pudo volver plenamente a esa vocación una vez que hubo cumplido sus años de actividad en la marina de guerra francesa, por cuya labor y méritos le fue concedida la condecoración de la Legión de Honor.
Además de exquisito escritor, Radiguet ha dejado muestras de su talento como dibujante eximio. Sus crónicas del Perú (y sobre todo de Lima) y del Brasil, de Chile y de la Oceanía, publicadas en diversas revistas francesas, fueron usualmente ilustradas con dibujos a pluma muy donosos. En Lima visitó frecuentemente la Biblioteca y el Museo, que por entonces ocupaban un mismo local. Allí encontró alguna vez, al pintor alemán Juan Mauricio Rugendas que allí examinaba —XVII→ algunas piezas de la cerámica antigua del país o algún cuadro notable. Fue un encuentro romántico que Radiguet narra con gracia, describiendo la figura romántica del pintor alemán. Sus ilustraciones pueden hallarse en las páginas de las colecciones de Le Magazin Pittoresque, de la Revue des Deux Mondes y de L'Ilustration. En esta última revista, de 1854, apareció un grabado de Radiguet con la figura de la Perricholi, que constituye una atractiva figura, llena de sugerencias y delicadeza, un tanto idealizada como era usual en la época, agradablemente ambientada, para la cual le sirvió de modelo una de las tantas jóvenes limeñas, cuyo perfil y encanto trazó también literariamente en muchas de las páginas de su hermoso libro. Al lado de otras correspondencias en periódicos franceses pueden hallarse sus grabados «Vestido de viaje» y «Caballero peruano» e incluso, algún bosquejo del paisaje o de monumentos o muestras de arquitectura típica.
La vocación pictórica de Radiguet refleja también en su estilo literario plástico y objetivo, que se recrea en mostrar, con delectación minuciosa, calles, conventos, costumbres, tipos populares, personajes notables, mujeres hermosas, en coloristas y amenas descripciones que recuerdan los trazos del dibujante que no teniendo a la mano el carbón o el color, recurre a las palabras más precisas y sugerentes para trazarnos cuadros o bosquejos imperecederos.
Radiguet fue además el traductor exquisito al francés de un relato clásico de la literatura peruana del siglo XIX, «El niño Goyito» de Felipe Pardo y Aliaga, que lo agrega en apéndice de los Souvenirs, como muestra del talento literario de los peruanos.
LA PRESENTE EDICIÓN CASTELLANA
Al cabo de más de un siglo de su aparición, en Francia, podemos ofrecer por vez primera una versión castellana completa de la parte peruana del célebre libro de Max Radiguet titulado originalmente Souvenirs de l'Amérique Espagnole (Paris, Michel Levy Fréres, Libraires Editeurs, 1856, 308 p.).
De la edición original francesa hemos extraído los capítulos referentes al Perú. Los relativos a Chile y Brasil no tienen el encanto ni la importancia y extensión que los restantes referentes a nuestro país.
—XVIII→Nos hemos permitido, con el propósito de adaptar el libro al interés de los lectores peruanos de hoy, introducir las siguientes modificaciones de la edición original:
1) El traslado del título de la sección de capítulos referentes al Perú -«Lima y la sociedad peruana»- al libro mismo, en razón de que se conforma mejor con su naturaleza, se explica mejor al suprimirse de la edición las partes chilena y brasileña y nos permite sustituir el título original «Recuerdos de la América española» que no correspondía al contenido restricto a la parte peruana. De otro lado la denominación «América española» resulta hoy una tanto obsoleta e impropia.
2) La supresión de la parte boliviana (Cobija, en el capítulo «Intermedios», p. 231-246), la brasileña (p. 249-289) y la chilena («Valparaíso y la sociedad chilena», p. 1-45), que ya han sido traducidas y publicadas aparte en los respectivos países.
3) La supresión del prólogo general que sólo contiene datos personales y apreciaciones ya consignadas en el resto del libro. Los datos personales se han incorporado, por lo demás, a nuestro estudio preliminar.
4) La supresión de los apéndices y algunas notas que fueron destinadas sólo para información de lectores europeos, los que consideramos innecesarios para lectores peruanos, o latinoamericanos (p. 291-306) e incluso la versión francesa de un texto literario peruano «El niño Goyito» de Felipe Pardo y Aliaga y otro texto debido al viajero inglés W. B. Stevenson.
La traducción del libro es obra encomiable, de Catalina Recavarren Ulloa, conocida escritora peruana de valiosa producción literaria.
Expresamos nuestro especial agradecimiento al Dr. Félix Denegri Luna, alto exponente de la historiografía peruana, quien proporcionó los originales de la versión castellana que utilizamos en esta edición. Igualmente expresamos nuestra gratitud al Banco Central de Reserva del Perú, sin cuya ayuda no hubiera sido posible la edición que entregamos a los lectores peruanos.
ESTUARDO NÚÑEZ
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LIBROS Y FOLLETOS
Souvenirs de l'Amérique Espagnole: Chili-Pérou-Brésil... Paris, Michel Lévy Frères, 1856, xvi, 308 p., 18 cm.
Les derniers sauvages, souvenirs de l'occupation française aux îles Marquises, 1842-1859... Paris, L. Hachette et Cie. [1861], 328 p., 18-1/2 cm. (Collection Hetzel).
Le Champ de Mars à vol d'oiseau. Exposition Universelle 1867, Paris, 1868, 12º.
Les derniers sauvages; la vie et les moeurs aux îles Marquises (1842-1859). Illustrations inédites de l'anteur, avant propos de Jean Dorsenne. Paris, Duchartre et Van Buggenhoudt [1929], 2 h., ix, 240 p., 1 h., xvi láms., incl. front. 21 cm. (Collection Laque Orange; aventures et voyages).
Viajeros en Chile, 1817-1847 [por] Samuel Haigh, Alejandro Cadcleugh [y] Max Radiguet. Santiago de Chile, Ed. del Pacífico, [1955], 254 p., 19 cm. (Presencia del pasado, 6).
Contiene: Viaje a Chile en la época de la Independencia, 1817, por S. Haigh.- Viaje a Chile en 1819, 20 y 21, por A. Caldcleugh.-Valparaíso y la sociedad chilena en 1847, por M. Radiguet.
Les derniers sauvages; souvenirs de l'occupation française aux îles Marquises, 1842-1859... Paris, Editions Anthropos, 1967, 330 p., láms. 19 cm. (Textes et documents retrouvés).
Edición facsimilar de la de Hetzel de 1861.
CONOCIDOS POR REFERENCIA
Etudes de moeurs sur l'Amérique du Nord. Paris, 1857.
A travers la Bretagne. Paris, 1865.
L'École de M. Toupinel. Paris, 1870.
Reflets de tableaux connue. Paris, 1874.
Lettres sur te salon de 1875. Paris, 1875.
—XX→CAPÍTULOS
Lima en 1844... En Raúl Porras Barrenechea. Pequeña Antología de Lima. (1535-1935). Madrid, 1935. p. 282-301. Lima, 1965. p. 282-301.
Lima. En Lima. Concejo Provincial. Festival de Lima; edición antológica. Lima, 1959. IX: 109-126.
Transcrito de: Raúl Porras Barrenechea. Pequeña Antología de Lima.
Las Limeñas. En Cultura Peruana. Vol. XVII, Nº 114. 1957.
Las limeñas según Radiguet; un artículo traducido y publicado en Arequipa en el año 1847. Lima, 1958. 17 p. ilus. 21 cm.
Antes del título: Néstor Puertas Castro [editor]
Las limeñas. En Lima. Concejo Provincial. Festival de Lima; edición antología. Lima, 1959. IV: 31-44.
INÉDITOS
Album de voyages de la Reine-Blanche. (3 vols. en folio). MS inédito existente en el Depósito de Cartas y planos de la Marina. (París). [En colaboración]
Conocido por referencia.
SOBRE EL AUTOR
[Max Radiguet]. En Antonio Garland. «Escrivains et voyageurs français au Pérou». Revue de l'Amérique Latine. Año I, vol. III, Nº 9. Paris, 1922.
[----------] En Raúl Porras Barrenechea. Fuentes Históricas Peruanas. Lima, 1955, p. 315. Lima 1963. p. 315.
Párrafo crítico.
[----------] En José de la Riva Aüero y Osma. Obras completas. Lima, 1963. t. III, p. 291.
Mención crítica.
[----------] En Rubén Vargas Ugarte, S. J. Manual de Estudios Peruanistas. Lima, 1959. p. 326-327.
Párrafo bibliográfico-crítico.
—XXI→Célebre retrato de Max Radiguet, en actitud de conversar
con una dama limeña,
pintado en Lima por Juan Mauricio
Rugendas, en 1843. Tras del árbol, el autorretrato
del pintor.
Cuadro de propiedad del Embajador Gonzalo Pizarro
C.
—1→
—3→
Entre las grandes ciudades de la América meridional no hay otra que haya quedado más fiel que Lima a las viejas costumbres españolas de antes de la independencia. Hay todo un mundo aparte, toda una civilización elegante y refinada, y nada recuerda en el resto del Perú, esos refinamientos. Lima, sin duda tiene su importancia como centro de la República peruana; pero no ver de la ciudad de los Reyes, sino ese aspecto es imponerse la penosa tarea de juzgar la sociedad limeña, tal vez si por su lado menos atrayente. Si se quiere saber lo que hay en esa sociedad, aun en pleno siglo diecinueve, de gracia inimitable y de originalidad pintoresca, es a la vida diaria que hay que interrogar, es la existencia misma del limeño que hay que compartir de alguna manera, ya bajo el techo de su casa hospitalaria, ya en medio de esas fiestas de cada día, que dan a la capital del Perú, un carácter tan encantador de esplendor y de animación jovial. Los recuerdos que nos ha dejado Lima, tal como la hemos visto en estos últimos años, especialmente bajo la presidencia del general Vivanco, harán penetrar, lo esperamos en una de las más inteligentes y más amables poblaciones del nuevo mundo. Si siguiéndonos a través de las escenas y de los incidentes de una larga estada en Lima se llegara a formar una idea justa de los lados débiles como de los lados brillantes de la civilización peruana, estos recuerdos habrían alcanzado su meta, y tal resultado bastaría a nuestra ambición.
Todo viaje, toda estada en país desconocido, puede de alguna manera dividirse en tres períodos muy distintos: el período de la sorpresa, primero; el de la curiosidad después, y en fin, el de la reflexión y de la crítica. El momento de la llegada tiene sus alegrías y sus emociones fugitivas que hay que notar de paso, y que no se volverán a encontrar. En los días más tranquilos que siguen a la instalación, el viajero sufre poco a poco el ascendiente de la sociedad que lo rodea; no se contenta ya con ser espectador de sus fiestas o de sus trabajos, siente la necesidad de mezclarse y asociarse a ella. En fin, cuando la vida —4→ diaria le ha revelado todos sus secretos, es la vida moral e intelectual la que quiere conocer; y así se completa poco a poco, un conjunto de emociones sin las cuales no se puede juzgar sanamente las costumbres ni los intereses de una población extranjera. Esos tres momentos que se encuentran en todo viaje y que he tratado de describir, marcarán las divisiones propias de mi relato.
—5→
Habíamos entrado a la rada del Callao en una noche de serenidad magnífica. El soplo casi insensible que nos empujaba hacia el fondeadero, parecía expirar justo en el momento en que la fragata dejaba caer su ancla a dos cables de la costa. Delante de nosotros, la ciudad sembrada de puntos luminosos, perfilaba sobre un fondo de oscuridad azulada, la línea quebrada de sus techos, y sobre un plano más cerca, un gran número de naves, erguían hacia el cielo la fina silueta de sus arboladuras. Hacia la medianoche, bancos de neblina aparecieron como por encanto, luego aproximándose, se unieron esfumando el contorno de las tierras vecinas; luego éstas se borraron y nuestro horizonte, encogiéndose poco a poco, dejó la fragata como una crisálida envuelta en una nube espesa. Una línea fosforescente se mostraba sólo a breves intermitencias acompañada de un estruendo semejante al de una fusilería: era la ola que reventaba sobre una escarpa en la que las piedras se entrechocaban, rodando con su movimiento de ascensión y de retirada.
Al levantarse el sol, fuimos despertados con un estruendo tan extraño, cuanto aturdidor. Subimos al instante sobre el puente donde nos esperaba un espectáculo bastante imprevisto. La vasta bahía, silenciosa y triste unas horas antes, estaba llena de movimiento y de ruido. Millares de pájaros llenaban el espacio a todas las alturas y a todas las distancias, y la mirada hubiera vanamente escudriñado la extensión para no encontrar sus filas interminables que se desgranaban en rosarios gigantescos, o sus batallones numerosos que picoteaban el cielo y se desparramaban —6→ sobre el mar como espesos copos de nieve. Se hubiera dicho que toda la población alada del océano Pacífico se había dado cita en el Callao. A nuestro alrededor pavoneábase el pesado pelícano, estorbado por su pico deforme y desmesurado, al cual una banda traviesa de pájaros más pequeños, venían a arrancar el pábulo. El obeso y estúpido pingüino replegaba sus alas demasiado cortas, después de haber tratado en vano de tomar vuelo; el damero ostentaba un brillante plumaje de plata y ébano el petril de voz estridente; la gaviota blanca y ligera como una nube, se recreaba alegremente sobre la ola y llenaban el aire de chillidos agudos que entrecortaban aquí y allá, notas guturales y nasales. Era un bullicio que rompía el tímpano, un movimiento perpetuo que daba vértigo. Todo ese pueblo turbulento y goloso, era atraído hacia la rada, por el paso regular de una especie de sardina cuyos numerosos bancos visitan en determinada época del año las costas del Perú, y hormiguean en las aguas del Callao. Sin embargo, el sol, del que se percibía desde por la mañana el disco rojo y sin rayos, a través de una espesa capa de nubes, derritió ese obstáculo y arrojó inopinadamente sobre el agua su luz triunfante. Toda la población emplumada se conmovió, las vociferaciones redoblaron, y numerosos grupos volaron amedrentados; algunos instantes más tarde, la brisa de la tierra venía a escamar la superficie de las olas y ocultar así el pez, a los apetitos del enemigo, cuyas bandas decepcionadas y confusas, huyeron y desaparecieron luego del horizonte.
La bahía del Callao reúne condiciones poco frecuentes en la costa occidental de la América del Sur, donde no existen casi, sino radas foráneas. Es vasta y segura, las naves pueden recorrerla sin temor, quedar en el muelle en cualquier tiempo con seguridad, ejecutar en todas las estaciones sus trabajos de reparación y carenaje. Es suficientemente abrigada en el sudeste y en el sudoeste por una lengua de tierra, algunas rocas y dos islas, principalmente la de San Lorenzo. Su abertura principal, (pues existe un pasaje poco frecuentado, al sur de la punta del Callao), se extiende del oeste al noroeste; pero los vientos que soplan de esa parte, no permitiéndose jamás la menor extravagancia, no inspiran ninguna desconfianza. La isla de San Lorenzo forma el lado derecho de esa entrada. San Lorenzo es una tierra árida, desolada, gris como la ceniza y rayada de barrancos; ni un árbol, ni un átomo de verdura sobre esos flancos calcinados por un sol tórrido; tomando eso en cuenta, jamás ninguna tierra fue más digna de llevar el nombre del —7→ mártir de Valérien2. Ahí se recluían a los negros culpables de algún delito; los únicos seres que la pueblan hoy día, son las vacas marinas, a las que se oyen bramar por las noches, en tropas numerosas, sobre la vertiente occidental del islote. Vista desde el anclaje, la ciudad del Callao no ofrece nada de notable: es una línea de casas grises, monótonas, construidas al nivel del mar, y apenas dominadas por el campanario cuadrado y tosco de la iglesia. En la extremidad sur de la ciudad, aparece, en el mismo plano, la blanca construcción de dos fuertes de fachada circular, ligados entre sí por una serie de baterías dispuestas según los accidentes del terreno, para inspeccionar la bahía y la mayor parte de los puntos de desembarque. La planicie se extiende del este al norte, salpicada aquí y allá por conjuntos de árboles y atravesada por el Rímac, que viene a desembocar en la rada, a la derecha del Callao; luego, más lejos, en la extremidad de una cinta de verdura trazada por el curso fértil del río, se ve elevarse en medio de negros y largos macizos de sauces, los numerosos campanarios de Lima, color violeta o bermejo según los juegos de la luz. Más lejos aún, altas montañas enérgicamente acentuadas, rompen las nubes y hunden en las profundidades del horizonte, sus diversos planos azulados e inciertos.
En cuanto nos fue posible comunicarnos con tierra, me hice desembarcar sobre un muelle, donde compañías de trabajadores negros e indios, apilaban, cantando, numerosas cajas y fardos que, carros planos deslizándolos sobre un ferrocarril, llevan hacia las tiendas de la Aduana.
Algunos soldados desarreglados y sórdidos, vestidos con casaca gris y adornos verdes, cubiertos de una especie de gorro blanco que una cinta verde anuda a la base como la corbata de nuestros padres, vigilaban la operación con un abandono lleno de mansedumbre, lo que nos pareció muy atractivo para los contrabandistas. La actividad reinaba por todas partes; las lanchas y las barcas llegaban en fila, cargadas desmesuradamente y se chocaban en desorden al fondo del asa que el muelle contoneaba en media herradura, entre sus muros y la tierra, para facilitar las operaciones de desembarque. Los marineros extranjeros juraban por todos los diablos; los trabajadores del puerto, respondían invocando a todos los santos; las grúas y las palancas levantaban con horribles rechinamientos, los fardos enormes; y el muelle, ya estorbado por las cajas de fierro y las —8→ calderas a vapor, desapareció bajo un montón de bultos extranjeros. Ese muelle es una de las más hermosas obras efectuadas bajo el virreinato de Don Manuel de Amat.
La calle principal del Callao, la más comercial y más frecuentada, corre paralela a la ribera; es empedrada, con piedras colocadas en la tierra como huevos sobre su punta. Las casas que la bordean, construidas con adobes, tienen por techos simples esteras dispuestas sobre un lecho de cañas y revestidas por una capa de cal destinada a preservar el interior de la humedad de las neblinas, y contra los rayos del sol. Estas viviendas, tienen generalmente un solo piso, a lo largo del cual corre una galería, abrigada a ciertas horas del día por cortinas de lona rayada en colores vivos; tiendas con artículos variados ocupan de ordinario el piso bajo. Las otras construcciones del Callao son generalmente muy bajas; y las calles están dispuestas de tal modo que durante la mayor parte del día, el sol derrama ahí, una luz implacable. Recorríamos sin embargo, la ciudad, hundiéndonos hasta los tobillos en una polvareda llena de restos infectos, que dan vida a toda clase de plagas. Las casas bloqueadas con cal o embadurnadas de amarillo, estaban cerradas y silenciosas como tumbas. Era la hora de la siesta. Aquí y allá, burros pelados y sarnosos, estaban inmóviles en la sombra estrecha que proyectaba por casualidad, un pedazo de pared; y filas negras de gallinazos, dormían posados sobre una pata al borde de las terrazas.
Las puertas de la iglesia estaban abiertas, y allí entramos. La nave no ofrece ningún interés respecto a la arquitectura, y la decoración interior responde a la mediocridad de la fachada. Saliendo de la iglesia nos dirigimos al Castillo. Era proceder en orden, en esa antigua colonia española donde, como en todos los países sometidos al Escorial, la iglesia y la espada, el sacerdote y el soldado, después de haber sido las más enérgicas armas de conquista, quedaron como principales elementos de poder, empleados por los conquistadores del nuevo mundo para asentar y perpetuar su dominación. Cuando nos disponíamos a atravesar el puente levadizo bajado sobre una fosa, delante de la entrada abierta y abovedada de la ciudadela, un grupo bastante original se ofreció a nuestra vista. En la cima de un montículo pedregoso y oscuro, que atigraban aquí y allá, algunas bandas oscuras de verdura, un soldado estaba sentado; delante de él, una cholita, el cuerpo negligentemente caído, la mano pérdida en las ondas de una cabellera estrellada de flores de jazmín, y el codo apoyado en las rodillas —9→ del soldado, escuchaba sonriente alguna confidencia amorosa, arrancando con sus labios los pétalos de una flor de granada. El hombre llevaba la casaca gris y el gorro blanco de cinta verde; la mujer tenía el torso drapeado con un chal escarlata y su fustán remangado, dejaba advertir un pequeño pie calzado de raso blanco, un tobillo fino y una pierna irreprochable. El soldado se había improvisado una sombrilla anudando las puntas de un pañuelo a las extremidades del caño de su fusil, apoyado éste por la mitad, en el codo de su bayoneta. Esta pantalla proyectaba sobre el rostro cobrizo de la india una sombra vigorosa, semejante a las que Eugene Delacroix hacía caer con tan suave atrevimiento sobre la cara de sus personajes. Nos cuidamos mucho de prolongar esa contemplación que amenazaba volverse inoportuna, y dejando a la joven pareja entregada a las dulzuras de su conversación, entramos en el Castillo.
Todas las obras situadas al sur de la ciudad están encerradas en el Castillo. Los dos fuertes y las baterías de las que ya hemos hablado, lo defienden del lado del mar; espaldones y fosas profundas con escarpas y contra escarpas, hacen su principal defensa del lado de la tierra. En el recinto de la ciudadela se levantan macizas casasmatas, las únicas que se pueden construir con los materiales poco resistentes del país. Esos reductos donde pueden abrigarse numerosos defensores, sirven actualmente de calabozos, como pudimos convencernos echando nuestras miradas en un respiradero semicircular, cerrado por una espesa reja de fierro, y destinado a alumbrar una profunda galería abovedada fétida y lúgubre. A lo largo de los muros húmedos y negros, corría un cordón de bancos de madera, sobre los cuales se percibía una docena de esteras, lecho ordinario de los presos. Algunos utensilios groseros e indispensables estaban esparcidos por el suelo. Por el momento ese sepulcro estaba vacío: desde la mañana se habían llevado a esos tristes huéspedes, hacia diferentes trabajos públicos, en los que se les empleaba. Por supuesto todo estaba en desorden: viejos cañones de fundición y de bronce, los unos rojos de herrumbre, los otros verdes de óxido de cobre, anclas rotas, ruedas de engranajes, barriles desfondados, yacían medio sepultados en la polvareda. Casi todas esas construcciones amenazan ruina, y numerosas estacas sostenían el vientre rechoncho de los muros, cuya caída parecía inminente.
El último episodio de la lucha de los españoles sobre el —10→ suelo peruano, uno de sus más gloriosos recuerdos, se liga al Castillo. Fue en esos muros que el coronel Rodil, con una guarnición de menos de mil hombres resistió, alrededor de dos años, a los esfuerzos de los patriotas, de los cuales cuatro mil hombres de tropa, sitiaban por tierra; mientras que una escuadrilla de cinco o seis naves de guerra lo bloqueaban del lado del mar. A pesar de que en esa época, San Martín y su auxiliar, el célebre aventurero, Lord Cochrane, habían ya proclamado la independencia del Perú, la partida de la tropa libertadora, había dejado caer momentáneamente, a Lima y Callao, en poder de los españoles. Pero los éxitos de Bolívar en el Alto Perú, coronados por la brillante batalla de Ayacucho, que aseguraba sin rodeos el triunfo de la causa liberal, determinaron al General en jefe español, Canterac, a ofrecer una capitulación definitiva, en la que uno de los artículos establecía que la fortaleza del Callao sería devuelta a los independientes. El coronel Rodil, hombre de una bravura y una fidelidad digna de los tiempos antiguos, mandaba entonces en el Callao a los restos de la tropa real. Resuelto a defender hasta el último extremo los derechos de la corona, se encerró con los suyos en el Castillo, conservando la quimérica esperanza de ver llegar días mejores para una causa que, en su abnegación, se obstinaba en no creer desesperada. El Castillo fue puesto en estado de sitio, por los patriotas; pero la plaza estaba suficientemente provista de víveres, y nada debilitó, durante meses, la determinación de los sitiados. Más tarde las provisiones comenzaron a faltar, la llegada de refuerzos españoles se volvía problemática, se sintió brotar vagos síntomas de descontento. La inquebrantable firmeza del jefe, los hizo quedar en la sombra, y fortaleció la voluntad de ceder entre los subalternos. Imperaba la escasez; pero cuando la guarnición hubo devorado hasta sus bestias de carga, fue la hambruna. Rodil comprendió entonces que el peligro no estaba solamente afuera; y la energía del desespero, alcanzó en él, proporciones casi salvajes. Se rodeó de gentes abnegadas, hizo reunir su personal, y después de haber expuesto las dificultades de la situación, siguiendo con la mirada sombría el efecto producido por sus palabras, quiso recoger el sentimiento de cada uno respecto a la resistencia o a la capitulación. Cuarenta hombres, más o menos, y algunos oficiales, opinaron por el último partido y salieron de las filas. Una risa amarga y feroz se mostró en la faz bronceada del jefe; los que conocían al hombre comprendieron, aunque demasiado tarde, que acababan de armarles una trampa. El momento era decisivo, la revolución rugía, un instante de duda, y todo lo —11→ que Rodil había desplegado de valor, agotado de expedientes, sufrido de angustias, iba tal vez a volverse inútil. Era necesario tomar un partido, ese partido fue terrible. Rodil declaró rebeldes y traidores al rey y a la patria, a los partidarios de la capitulación, y usando su poder supremo, los hizo fusilar en el acto. Esta medida que excede tal vez, a los límites de firmeza, pero que encuentra una disculpa en el fanatismo de la devoción, produjo una reacción saludable. Los soldados, en un impulso espontáneo, juraron defender, hasta su última gota de sangre, la bandera de la madre patria; la confianza volvió al alma de Rodil, y la vida del Castillo tomó nuevamente su doloroso curso. ¡Vida horrible! Cada día aumentaban los horrores del hambre y traía una nueva tortura. Los sitiados sostuvieron aún su miserable existencia a expensas de animales inmundos; luego no les quedó para vivir, sino el producto insuficiente de la pesca, que se ejecutaba con grandes trabajos, bajo el cañón del fuerte. En fin, una epidemia engendrada por las emanaciones pestilentes de los cadáveres sin sepultura y las inmundicias amontonadas, vino a caer sobre la guarnición y traer el abatimiento a su último período. Todo lo que la energía humana puede soportar de atroces privaciones y dolorosas miserias, había sido agotado por los heroicos defensores del Castillo que quedaron sin fuerzas contra esta última calamidad. Además las municiones se terminaban; toda esperanza de socorro había desaparecido; y prolongar una resistencia sin un fin útil, en esa posición desastrosa, se convertía en un acto de abnegación insensata. Era necesario pues, ceder al implacable decreto de la Providencia. Rodil sentó las bases de una capitulación honrosa, que fue aceptada el 23 de enero de 1826, el Castillo abrió sus puertas a las fuerzas patriotas, y la bandera de España, flameó por última vez sobre el suelo del Perú.
Cuando dejamos la ciudadela, el sol doraba la ciudad con sus rayos oblicuos, y desaparecía detrás de San Lorenzo, cuya masa violeta se destacaba sobre un horizonte ardiente como una hoguera. Los trabajadores del muelle volvían a sus casas, y los habitantes salían de la atonía en que les había hundido la temperatura del mediodía. Por todas partes, las cortinas pintorreadas de los balcones, volvían a subir gritando sobre sus rodillos, y las mujeres sentadas en el umbral de las puertas para respirar el primer frescor de la tarde, vigilaban a sus chicuelos desgreñados que se revolcaban en la polvareda, sin espantar en lo menor a las bandas de gallinazos ocupados en despedazar perros muertos. Nuestro paseo por las calles, a —12→ esa hora en que la ciudad respiraba, nos permitió apreciar, al primer golpe de vista, el conjunto de la población del Callao, que se compone de blancos y más particularmente de cholos y de zambos. El cruce de esas tres razas primitivas, ha multiplicado al infinito los matices de la piel, y sólo el ojo ejercitado de los habitantes del país puede distinguir infaliblemente, el tipo original de los diferentes individuos. Los cholos y los zambos, se distinguen menos por el color de piel que por la forma de cara: aquellos tienen la frente estrecha, las mandíbulas pesadas y salientes, los ojos vivos y negros y achinados, y los cabellos lacios y brillantes como azabache; su fisonomía llena de dulzura, lleva el sello de la melancolía y de la resignación. El zambo tiene la tez más oscura, los cabellos crespos, los labios espesos. Se buscaría en vano la belleza plástica de los habitantes del Callao: son en su mayor parte pequeños y mal venidos; pero a falta de esa belleza precisa, determinada, que sorprende de repente la vista, se encuentra a menudo en las mujeres indias, una clase de gracia de la que se siente el encanto, como un rayo del alma, atravesando la envoltura material, viene a iluminar su fisonomía. El traje de la gente del pueblo, es en el Callao, como en todas las ciudades de la costa del Perú, el mismo que en Chile. Es, para los hombres, un poncho de lana sobre un pantalón de tela gruesa. Las mujeres, también se drapean el busto con un chal de color escarlata, y mezclan a su cabellera claveles o flores de jazmín; su calzado, más elegante que confortable, se compone a menudo de medias de seda listada, de color carne, en un zapato de raso blanco.
Aquí, el techo del hombre del pueblo, es siempre hospitalario para el extranjero; un rostro risueño, le acoge a su entrada; un deseo de felicidad, lo acompaña a su salida. El interior de las viviendas es generalmente simple, y modesto sin ser miserable; el mobiliario de la pieza principal es ordinariamente una cama, adornada con cierta afectación, una mesa en la que un ramo de flores, recién cortadas, ocupa el centro; un sofá cubierto por una funda de indiana estampada, luego, aquí y allá, banquitos toscos. A veces, una hamaca destinada a la siesta, une los ángulos opuestos de las paredes blanqueadas con cal, contra las cuales, se percibe siempre, colgada a un clavo, la indispensable vihuela destinada a encantar las horas de ocio.
Se necesita poco tiempo para explorar la ciudad del Callao. —13→ Regresábamos después de algunas horas de paseo a la «Fonda de la Marina», donde habíamos elegido domicilio, con esa tristeza, que acompaña ordinariamente, toda curiosidad decepcionada, cuando percibimos un numeroso grupo, que se apretaba a la entrada de una casa de donde escapaba, mezclada a clamores discordantes, el estremecimiento cadencioso de las guitarras. El espectáculo debía ofrecer un serio interés, a juzgar por la actitud de la gente que ocultaba la escena. Todos, el cuello estirado, las narices dilatadas, los labios estremecidos hundían miradas ávidas en un departamento alumbrado no sé por qué luz amarillenta y vacilante. Unos aplaudían con la voz y con el gesto a los actores invisibles; otros lanzaban algunas palabras al concierto vibrante del interior, y todos los rostros, negros como ébano, rojos como el bronce florentino, amarillos como el ámbar, llevaban la ardiente y salvaje expresión de la codicia como una jauría que el chicote del picador, contiene delante de la ralea. Queríamos también nuestra parte de emoción; pero vacilábamos en conquistarla ensayando abrir una brecha en esa muralla viviente. Un arriero, cuyas formas hercúleas, así como su profesión, lo tornaban muy apropiado a ese género de ejercicio, vio nuestro apuro, y se ofreció mediante algunas piezas de monedas, hacer el oficio de «chivo» en nuestra intención. El trato hecho, las cláusulas fueron ejecutadas con una conciencia escrupulosa. Pudimos entonces comprender esa apasionada atención, esos estremecimientos febriles de la asistencia: jamás drama coreográfico alguno, había traducido tan enérgicamente los ardores insensatos del amor, como aquel que se ejecutaba bajo nuestros ojos.
La orquesta, si se puede llamar así, a la fuerza instrumental que lanzaba a los bailarines el movimiento rítmico, se componía de dos guitarras, de las que se hacían vibrar todas las cuerdas a la vez; de una mesa sobre la cual se tamborileaba con los puños; y de un coro de voces discordantes. La acción tenía por intérpretes un negro y una zamba. El hombre, desnudo hasta la cintura, parecía orgulloso de su busto, donde se seguía el juego de sus músculos a través de una piel oscura y lisa, como esas piedras que la mar rueda hacia la ribera. La mujer llevaba un fustán muy adornado y coloreado de rojo y naranja; ella había dejado caer el chal de lana azul que estorbaba su pantomima, y su camisa sin mangas estaba apenas sujeta en los hombros por el lazo mal anudado de un pasador. Habíamos llegado al desenlace de una resbalosa; tal nos pareció —14→ al menos, ser el baile ejecutado. Tuvo lugar una pausa, durante la cual, coristas y bailarines pidieron al licor plateado del Pisco, un aumento de energías y nuevas aspiraciones. A una nueva señal de la orquesta, el negro y la zamba se aproximaron y colocados uno frente al otro, tomaron ambos una actitud fieramente provocante de desafío, mientras el coro entonaba la canción siguiente:
| «Tú dices que no me quieres; | |||
| ¿por qué no me quieres di? | |||
| Yo dejo de ser querido | |||
| sólo por quererte a ti | |||
| ahora zamba y cómo no». |
La mujer tenía en la mano derecha su pañuelo desplegado al que un gesto circular, imprimía un movimiento de lenta rotación que parecía hacer un llamado a la pareja. Éste, los codos hacia fuera y las manos apretadas sobre las caderas, se aproximó bamboleándose con confianza; la bailarina entonces, con un movimiento lleno de coquetería, comenzó una serie de resbalones y piruetas con la intención evidente de evitar las miradas de su compañero, quien por su parte, se agotaba en vanos esfuerzos para mirarla de frente. Luego cansado de una maniobra estéril, se puso a saltar para su propia satisfacción y simulaba todo el aspecto de la indiferencia. La zamba se le reunió al instante, zapateando con una encantadora seducción; luego retrocedió, volvió aún y reconquistó su prestigio, produciendo tesoros de gracia y flexibilidad. El negro encadenado de nuevo detrás de ella, imitaba lo mejor que podía sus fantásticas evoluciones. Ora ella se mece lentamente como el pájaro que planea y oscila antes de desplomarse; ora ella se agita como el pez que un ruido espanta. Sus movimientos, a veces de una regularidad perfecta, se transformaban de repente, se volvían vivos, desiguales, incomprensibles. A medida que la acción se desarrollaba, los guitarristas rasgueaban sus instrumentos con más furor; el choque cadencioso de los puños hacía estremecer los pomos sobre la mesa sacudida, y la asistencia, a una sola voz, cantaba gritando:
| «Quisiera ser como el perro | |||
| para amar y no sentir, | |||
| el perro como es paciente | |||
| todo se le va en dormir; | |||
| ahora zamba y cómo no!» |
—15→
El baile tomó luego, un carácter más vehemente, las piruetas y los resbalones dejaron lugar a gestos apasionados, a posturas lascivas, a imprecaciones más y más ardientes impetuosas. Las miradas de los bailarines, remachadas la una en la otra, se devolvían sus relámpagos; sus rodillas se entrechocaban, sus riñones se estremecían como galvanizados y enérgicas palpitaciones, hacían ondular su pecho. Al fin, un estremecimiento febril, recorrió el cuerpo del negro. Se hubiere dicho que concentraba en una suprema aspiración magnética, todo el poder de su voluntad. La zamba se erguía contra esa llamada fascinadora; pero sus pasos inciertos la volvían a traer hacia aquel que ella quería huir; desmelenada, jadeante, vencida, acabó por caer entre los brazos del negro que la levantó, triunfante y la depositó, medio desmayada, sobre un sofá, en medio de una explosión de aplausos.
Ya habíamos visto lo suficiente para comprender la repugnancia que experimentaban las mujeres de sociedad, al ejecutar en los salones peruanos ciertos bailes nacionales. Dejamos a zambos y zambas, continuar sus piruetas, ante un círculo de aficionados más sensibles que nosotros, al encanto de ese extraño espectáculo y volvimos a la «Fonda de la Marina». Situada cerca del puerto, a la entrada de la calle principal, esa fonda era el establecimiento -en su género- el mejor acreditado de toda la ciudad, gracias a la dirección vigilante de un hospedero que sabía juntar a una habilidad sacada de las mejores tradiciones parisienses, un amor al orden, a la limpieza y al confort, verdaderamente británicos. Fue en esa hospedería, refugio inapreciable para los oficiales de todas las naves de la rada, que fuimos a terminar la tarde, e informarnos de los medios de comunicación ordinarios entre el Callao y Lima. El resultado de las preguntas dirigidas a ese respecto, al amo de la casa, fue que nos sería fácil alquilar a cualquier hora del día, caballos y coches, los primeros mediante una piastra, los segundos mediante un cuarto de onza; pero que el medio de locomoción más económico y menos aventurado, (esa palabra, fue pronunciada con una intención manifiesta), era él ómnibus que hace el viaje tres veces al día. Nuevas explicaciones del hospedero, nos hicieron comprender que no había ninguna exageración en la palabra aventurado, que nos había hecho sonreír. Ese paseo de dos leguas, atraviesa una llanura descubierta, sobre un camino incesantemente batido y a menudo agobiado por muy molestos encuentros. Las numerosas crisis revolucionarias que se han sucedido en el Perú desde la —16→ emancipación, han creado ahí, toda una población de soldados sin bandera y sin sueldo regular, que comparten gustosos, su vida, entre las aventuras en los grandes caminos, y las hazañas de la guerra civil. Felizmente hay medio de escapar a los requerimientos de esos camineros: esos salteadores del camino a Lima, no atacan si no a los viajeros aislados y a los coches particulares, respetando el personal más importante del ómnibus.
Entre los habitantes de la fonda, se encontraban algunos que habiendo tenido que verse con los salteadores, pudieron darnos algunos detalles sobre el modo de operar. Son toda cortesía con los que no pretenden defenderse o sustraerse por la fuga a sus exigencias; pero infeliz del viajero, por resignado que sea, si no tiene una bolsa llena que ofrecerles. El cicatero, (así se llama al viajero sin dinero), debe estimarse muy feliz si escapa con algunos puñetazos, y corre grandes riesgos de ser abandonado en campo raso, inconvenientemente desnudo. En cuanto a la resistencia, ha sido rara vez coronada por el éxito, para que se sienta uno animado, a una lucha en la que las armas son necesariamente desiguales. El segundo de una nave mercante, acababa de pagar con su vida, una tentativa de ese género, en el momento, en que llegábamos al Perú; y durante nuestra estadía en Lima, la suerte nos hizo encontrar a un capitán inglés, al cual su bravura temeraria, casi costó la vida a su compañero de viaje. Ese capitán, oficial por sus aventuras, después de haber puesto, en diferentes países, su espada al servicio de diez partidos contrarios, había venido a ofrecerla a los turbulentos del Perú, y había querido inaugurar su estadía en ese país, con un rasgo de audacia. Para ese caso, se armó de un arsenal, y llamando con sus deseos un encuentro peligroso, dejó el Callao en un coche, en compañía de un pacífico tendero de Lima. La suerte le sirvió a pedir de boca; un accidente sobrevino al carruaje, y mientras el cochero se ocupaba en componerlo, una media docena de individuos, cayeron sobre el coche, como buitres sobre su presa. Los ladrones eran numerosos, pero el inglés era valiente. «¿Qué quieren?», dijo éste. «Su plata», dijo el salteador, bajando su escopeta. Era el momento de ahorrar palabras; la pistola del inglés se encargó de la respuesta y una bala derribó al agresor. «Anda puerco», gritó luego al cochero, el hijo de Albión, preparándose para hacer uso de una segunda pistola; pero luego, el tendero limeño, que había perdido la cabeza, detuvo el brazo del conductor gritándole con voz lamentable: «¡Para, amigo! ¡por Dios para!». La frase se perdió en una descarga de escopeta que arrancaba —17→ y clavaba en el fondo del coche, una oreja del infeliz tendero. Un segundo tiro de pistola hecho por el inglés, derribó a un segundo salteador; los otros titubearon. El cochero se había puesto en la silla estimulado por la voz enérgica del inglés, más que por los ruegos desesperados de sus compatriotas, levantó sus caballos, partió a toda velocidad, y aunque algunas balas agujerearon el fondo del coche, se pudo llegar a Lima.
No quisimos en absoluto, hacer alarde de valentía sobre el suelo peruano; juzgamos superfluo afrontar a los salteadores, y, para evitar en lo posible aumentar una nueva anécdota burlesca o dramática a los ricos anales de La Legua3, fuimos a retener nuestros asientos en el prosaico vehículo que tiene la reputación de conducir su personal completo hasta la capital.
—18→
Al día siguiente, al toque de diez, estábamos reunidos en la oficina del ómnibus. El cochero, negro vigoroso y brutal, estaba ya trepado en su asiento y se divertía en forma de pasatiempo, en azotar a su tiro, que, impaciente y atormentado, pataleaba, coceaba, mordía y se zarandeaba sacudiendo sus ataduras. No tuvimos si no el tiempo de depositar en la oficina, nuestro medio peso duro de plata, precio del viaje, y de lanzarnos confusamente, en el coche ya lleno, que partió enseguida como llevado por hipogrifos, y rodó por un empedrado feroz, con gran ruido de vidrios trepidantes y errajes desunidos. A la salida del Callao, por fin, el pesado vehículo entró en una polvareda compacta que sofocó sus ruidos, y cambió sus baches bruscos y sofrenados por caprichosas ondulaciones: se hubiese dicho una nave zarandeada por las olas.
Todo el mundo fumaba en el momento en que subíamos al coche. Cegados, sofocados, aturdidos, nuestro primer cuidado fue, desde luego, forzar un poco ese muro viviente que nos encajaba; y cuando habíamos conquistado el lugar que nos correspondía, nos apresuramos en bajar el vidrio que estaba detrás de nosotros, a fin de absorber lo menos posible el humo de tabaco que nos envolvía. Tomada esa precaución, la nube se entreabrió y vimos aparecer a nuestros compañeros de viaje. Algunos de ellos llamaron sobre todo nuestra atención; primero dos oficiales peruanos. El mayor, sombrío, terroso, austero como un monje de Zurbarán, desaparecía hasta los bigotes en su abrigo; el otro, rozagante, crespo, simpático y rubio como Van Dyck, llevaba una gorra rosada galoneada de oro, un poncho blanco a largas franjas, resguardaba del polvo su frac celeste, —19→ del cual no se percibía sino las mangas bordadas de soutache; un pantalón color amaranto con bandas de oro y botas grises, completaban su traje. Un tercer personaje estaba enteramente vestido de negro; una cruz escarlata le cubría el pecho, dos cruces iguales adornaban su abrigo a la altura de los hombros; su sombrero de ala ancha, cubría no solamente sus rodillas sino también las de su vecino. Era un hermano de la Buena Muerte, cofradía religiosa cuya principal atribución consiste en amortajar a los cadáveres. No tenía además el aspecto para su misión: al ver su cara jovial y rubicunda hubiera podido preguntarse como Hamlet: «¿Tendrá el sentimiento que necesita, ese bribón?» desde el momento de la salida, charlaba sin tregua con sus vecinos, mientras acumulaba, en no sé qué misteriosas cavidades de un rincón de su boca, un humo que soplaba después por las narices, en nubes interminables. Sus dedos no cedían en actividad a su lengua. Era un placer ver con qué destreza práctica envolvía cigarrillos para ofrecerlos a una vecina, de la que se hizo el complaciente proveedor. Ésta, cholita joven, tenía también la cabeza descubierta, y su sombrero de paja de Guayaquil radiante, bajo sus cintas cerezas, desafiaba en amplitud y contrastaba con el fieltro oscuro del reverendo hermano. El mismo desacuerdo reinaba entre su traje y el atavío fúnebre del cofrade; su crespón de la China matizado como un cantero, su fustán de rumboso color rosa, el oro de sus aretes, el vivo resplandor de sus cintas y de sus flores, todo esto coronado por el óvalo anaranjado de una cabeza joven, adornada con una trenza negra, con visos de zafiro habría encantado la mirada y alegrado el corazón, sin la vecindad del monje, cuya charla desenfrenada, venía sin cesar a cansar nuestros oídos. Teníamos además que luchar de tiempo en tiempo, contra un inoportuno de otra clase: era un perro chino que, un marinero que hacía viaje a Lima, había traído en el ómnibus, y que se escapaba continuamente de las manos de su dueño, para venir a morder nuestros vestidos. Cubierto por un pelaje gris acero, brillante y raso como el de un pericote, llevado sobre cuatro patas finas, tiesas, cortas y puntiagudas como pies de marmita, ese animal era el digno hijo de un país que parece tener el privilegio de producir todas las cosas excéntricas de la creación.
El ómnibus rodaba sobre una arena gris como la ceniza y sembrada de guijarros; el coche no afrontaba muy valientemente esos obstáculos: oscilaba y se zarandeaba de la manera más inquietante, y a cada nuevo bache, el perro lanzaba los más desagradables gemidos de eunuco. Habíamos dejado a la derecha, —20→ a un cuarto de legua de la ciudad, un cubo de albañilería coronado por una cruz de fierro. Durante la noche del 28 de octubre de 1746, un navío llevado por las olas, dicen que fue depositado en ese lugar, marcado desde entonces con el signo de la redención, sin haber perdido su equipaje. A la izquierda, percibíamos los arbustos que bordean el Rímac y los terrenos pantanosos que lo avecinan. Toda aquella primera porción del camino, está geométricamente dividida por paredes anchas, construidas en tapias; tierra mezclada con paja y que seca al sol, guarda la forma de la caja donde se la ha apretado, la altura de esos cercados varían de uno a dos metros. Nada más triste y monótono que esos límites de propiedades que parecen ruinas de alguna vasta ciudad destrozada por un cataclismo. Aquí y allá, entre esos cercados, aparecen matorrales ceñudos y polvorientos; el suelo está apenas mosqueado de plantas que sirven de pasto a unos cuantos toros flacos. Por el camino, van burros en tropel, en medio de una nube, transportando a Lima los bultos desembarcados en el Callao, otros llevan paja picada menudo o alfalfa, encerrada en redes de mallas anchas. Casi todos se arrastran bajo un peso exagerado, y el palo de los arrieros es impotente para apurar su marcha. De tiempo en tiempo, una de esas infelices bestias, cae jadeante en el camino, los golpes no le arrancan una queja, pero tampoco le hacen dar un paso; esos verdugos, los abandonan entonces a los arrieros de los convoyes siguientes, y éstos vuelven a comenzar la paliza hasta que el burro se resuelve a levantarse o morir. Los esqueletos y las osamentas regadas, atestiguan que numerosos retrasados han servido de pasto a las aves de rapiña.
Ninguna brisa temperaba el calor agotador de la mañana, el cielo estaba azul como el mar, del que se veía desenrollarse en el occidente, el mantel infinito, todo esmaltado de velas blancas, que, semejantes a gaviotas, circulaban a través de los grandes navíos oscuros y adormecidos. En fin, cerca de nosotros y turbando únicamente, con su grito fúnebre, el triste silencio del tranquilo éter, un gigantesco cóndor, bajaba hacia un cebo invisible, los circuitos desmesurados de su redondeado vuelo. Habíamos dejado tras de nosotros la triste aldea de Bella Vista: una población mísera en la que apenas unas cuantas casuchas color lodo, las únicas cuyas paredes no fueron derrumbadas por el cañón del Callao, durante las luchas por la Independencia. Un poco más lejos vimos erguirse un bosque de verdura sombría, que encuadraba las murallas nuevas y almenadas de un cementerio, y pasamos cerca del único árbol que —21→ se encuentra durante la primera legua a partir del Callao. Ese árbol servía de resguardo a una pequeña mesa cubierta con un paño, sobre la que se percibían dulces espesos de maíz cocido molido y mezclado con miel (mazamorra), botellones de chicha coronados de espuma: todo, malamente guardado por una vieja zamba, que dormía confiada, la frente sobre sus rodillas.
Nuestra calidad de viajeros franceses nos había hecho el objeto de agasajos del grupo. El cofrade nos había ofrecido cigarrillos; pero ese tabaco que él amontonaba y ponía en la palma de su mano, para echarlo después en una hoja de maíz arrollada entre sus dedos de una limpieza dudosa, nos inspiró una desconfianza que era justificada ampliamente por la naturaleza de su profesión. Aceptamos más gustosos los cigarros del oficial afeminado, y esa cortesía, hizo nacer un acercamiento que autorizó la conversación. Tratábamos con un joven de maneras elegantes y de un espíritu culto, que debía más bien su grado, (cosa bastante común en la república peruana) a su nacimiento más que a sus servicios militares. Espiritual y burlón, dirigió su verba satírica contra los acontecimientos recientes de su país, de los cuales hacía resaltar la fase burlesca. Su burla no era mala, era natural en la extrema alegría de su carácter: de tiempo en tiempo, fastidiaba a su vecino enfurruñado que gruñía o reía en su abrigo; luego, después de haber persuadido a la cholita, para sacarse sus aretes en caso de un mal encuentro, la dejó perpleja contándole hasta dónde llevaban esos indecentes salteadores, sus pesquisas indiscretas con personas de su sexo; tanto, que la joven no encontrando un amparo seguro para sus joyas, decidió devolverlas a su sitio. A nosotros nos hablaba de su patria, con respeto, como un hijo habla de su madre; de sus gobernantes con ironía, de las mujeres de Lima, con viveza, pero, hay que decirlo, con ciertos aires de triunfador. Él, tenía a su favor, sobre todo, el secreto de esos exordios oratorios que mantienen el espíritu alerta y le permiten coger al vuelo las más fugitivas insinuaciones, las reticencias más desapercibidas. Después de una anécdota escandalosa, en la que se trataba de un coronel que, queriendo llevar un oficial a su partido, le había ofrecido su mujer, su único tesoro, decía él; el oficial serio, creyó su deber salir de su mutismo y hacerle algunas observaciones. «¡Bah!» dijo otro, «es un hecho admitido en la historia contemporánea del Perú». No obstante, el joven burlón pareció tomar en cuenta el aviso y se volvió menos expansivo.
—22→Así charlando, llegamos a La Legua, es decir a medio camino de Lima. En ese lugar se levantó una encantadora iglesia del Renacimiento, que, dedicada a Nuestra Señora del Carmen, es, de parte de la gente del mar, sobre todo, el objeto de un culto especial y de una ferviente devoción. Los temblores más que el tiempo, han hecho caer aquí y allá, ángulos de albañilería, y han cubierto de rajaduras su fachada embadurnada con falsos colores, muda acusadora de la parsimonia de los fieles y de la incuria de la administración. El coche pasó frente a esa iglesia y se detuvo delante de una pulpería4 vecina que parecía haber sido construida allí expresamente, para fornecer a más de un viajero grave, la ocasión de transmitir a la posteridad, una invariable reflexión sobre la diferencia de clientela de los dos establecimientos. Mientras que el tiro tomaba unos minutos de descanso, soplaba en sus arreos orlados de espuma blanca como la del jabón, los viajeros bajaron y se dirigieron a la pulpería. Era una casucha baja, jorobada, cubierta por un techo chato, agujereada en su piso bajo por una ancha abertura que servía de mostrador, sin que fuera necesario penetrar en el interior. Un alero de caña sostenido por estacas, de las cuales una muy alta se convirtió, a plena luz, en asta de una bandera, cerraba contra el sol esa abertura, donde se percibían panecillos mal cocidos, dulces, naranjas, chicha, y sobre los estantes, varios pomos con forma más o menos extraña, contenían esos licores vulgares llamados en Francia: Perfecto Amor, Licor de los Valientes, etc. El aguardiente de Pisco, de esa pulpería, que goza de una excelente fama, atrajo al mostrador a la mayor parte de nuestros compañeros de viaje. Algunos arrieros, el poncho sobre el hombro, la frente ceñida por su pañuelo rojo, descansaban cerca de sus mulas cargadas, y se reían de un negro que rasgueaba su mandolina, cantaba a toda fuerza y bailaba solo a pleno sol. Otros dos personajes, quemados y huraños como beduinos, desnudos como lazaroni, se habían acurrucado en el polvo y se repartían una sandía, de la que mordían la tajada escarlata, mientras hundían sus dedos en una escudilla llena de mazamorra, que excitaba la codicia de un grueso perro. Éste, sentado sobre su cola, miraba reverentemente la escudilla, y parecía escandalizado de ver palomas, menos circunspectas, venir ahí, a picotear en las barbas de sus dueños.
Después de una pausa de diez minutos, el cochero nos gritó que volviéramos a nuestros asientos. Como volvíamos a subir al coche, el amortajado vino a ofrecer a la cholita, que no —23→ había bajado una copa de pisco. Nos la presentó llena diciendo: «Caballeros, ¿quieren ustedes hacerme el favor?...». Le agradecimos discretamente; ella resistió y su rostro bermejo se tiñó de púrpura, como una naranja madura. «Esta clase de cortesía, no se rechaza, por lo corriente», nos dijo el joven oficial. «Ustedes hieren a esta pobre niña, que está toda confundida». Tal no era nuestra intención; así que tomamos ligero la copa, para mojar en ella nuestros labios, y lo devolvimos disculpándonos por no estar aún iniciados en los modos galantes y cordiales del bello sexo peruano.
Sin embargo, los dos comilones de sandía, a los que no habíamos mirado sin inquietud sus fisonomías, pasablemente sospechosas, habían venido a hundir una mirada investigadora en el coche. Felizmente el conductor no juzgó a propósito, prolongar esa parada, y el ómnibus partió, dejando tras de sí, como una locomotora su humo, una larga nube de polvo en la que desaparecieron nuestros dos contempladores. La conversación prosiguió más animada, pero esta vez fue el oficial que nos interrogó sobre Francia. París era sobre toda la meta de sus aspiraciones; era para él el único punto brillante sobre el mapa del viejo mundo. Un viaje a París nos ha parecido siempre el sueño de oro de todo Americano que se precia de civilización; jamás, ningún árabe persiguió con tanto ardor, un proyecto de peregrinaje a la Meca. Una vez en tren de conversación, el joven oficial dio libre curso a su palabra un tanto vagabunda. Su verba agresiva se volteó contra los Chilenos, esos rivales naturales de los que todo peruano gusta tanto murmurar. De repente, una cerrada maleza de cañas situada a la izquierda del camino, atrajo la atención del conversador. «¡Jesús hijita!», exclamó, dirigiéndose a la india, «es este el momento de poner en lugar seguro, todos sus perifollos; estamos en la corta garganta. ¡Ay de usted, si como aseguran, esos picarones se llevan a las muchachas bonitas!».
El oficial severo, alzó los hombros y gruñó en su bigote, entre dos bocanadas de tabaco, esta única palabra: «¡Loco!». En cuanto a la cholita, interrogaba con la mirada a su vecino, el amortajador, quien imaginándose que ella reclamaba su protección, tomó un aire de los más belicosos y dijo, presentándole dos puños formidables: «¡A su disposición, señorita!». Nos apresuramos también en ofrecerle nuestros servicios; ella aceptó con una efusión de la más ingenua seriedad. La parte del camino que atravesábamos había sido el teatro de numerosos —24→ pillajes; ningún sitio de la planicie que se extiende de la ribera a los contrafuertes de la Cordillera, es en efecto el más apropiado a las emboscadas. A la derecha y a la izquierda se extienden cañaverales tan impenetrables como una escobilla de grama; por todas partes por donde ni existen pequeños senderos señalados por el uso, ellos se arrastran a través de esa madriguera, viniendo a desembocar a la orilla de la mata, en boquetes estrechos, oscuros, misteriosos, como los de las bestias feroces, que ofrecen así, un asilo, sea para el acecho, sea para esconderse instantáneamente de las persecuciones, en caso de resistencia seria. A menudo, aseguran que un incendio es prendido con el propósito de desembarazar el camino de esa peligrosa vecindad; pero la planta viviente, arrojando con vigor nuevos retoños, parece como el fénix, renacer de sus cenizas.
Sin embargo, la cholita volvía a tomar su seguridad, pues ningún síntoma inquietante se manifestaba. Ningún ruido, ningún movimiento perturbaba la perfecta tranquilidad del campo; ni un soplo de aire inclinaba la cuna de las cañas empolvadas de blanco por el polvo, y el ómnibus se arrastraba penosamente en su nube, mientras el cochero silbaba una resbalosa y chicoteaba a sus caballos a modo de acompañamiento. Pronto pudimos reconocer que nos aproximábamos a Lima. El campo cambiaba de aspecto; no era aún la fertilidad, pero ya no era aquella desoladora monotonía que entristece la mirada, durante las tres cuartas partes del camino. Algunas chacras enseñaban su techo gris en medio de un bosque de higueras o naranjales; platanales, campos de maíz y alfalfa, recortaban a lo lejos, en la planicie, figuras geométricas. Al fin entramos en una avenida de sauces que juntando sus ramas, forman una bóveda de verdura y vierten sobre el camino una sombra espesa, de la que se aprecia el beneficio después de dos horas de verdadera tortura. Entre el camino y las alamedas paralelas, afectadas a los paseantes, corren acequias que fertilizan una infinidad de plantas y de flores silvestres; y de distancia en distancia, se abren anchos óvalos, rodeados por pequeños muros de ladrillos a lo largo de los cuales corre un cordón de bancos. Esos óvalos, habían sido juzgados necesarios, para facilitar la evolución de los equipajes, en una época en que la ciudad de Lima competía en esplendor, con las más ricas ciudades del viejo mundo. ¡He aquí, que por esta calzada, antaño ocupada por carrozas; se arrastraban solos, en raras épocas del año, algunos vehículos con caballos flacos, todos lastimosos, al lado del ómnibus que cumple, a menudo en una completa soledad, su servicio cotidiano!
—25→El coche rodaba sobre el pavimento, con un ruido que interrumpía toda conversación; pero tenía delante de mí, para distraerme, una curiosa página, en las que se me aparecía confusamente la expresión del sentimiento popular en este país, por tanto tiempo entregado a la anarquía: era una larga pared cuyo enlucido de yeso rayado, garabateado, destrozado en todos sentidos, exhibía un batiburrillo de croquis jeroglíficos o impuros gritos de partidos o inscripciones burlescas en contra o a favor de Torrico, La Fuente, Vivanco y otros agitadores o pretendientes al poder supremo, todas cosas bien poco halagadoras, temperadas felizmente por algunas banalidades amorosas y por algunos nombres de mujeres de aquellos que sólo la lengua española sabe crear. Dejamos sobre nuestra derecha cercados en que los árboles se curvaban por el peso de los frutos, en que el limón brillaba entre el follaje oscuro y el naranjo parecía escalar a propósito las paredes para arrojar a los paseantes sus flores y sus perfumes. Tocábamos en una tierra generosa y mientras dedicábamos un recuerdo al virrey Abascal, que, queriendo proporcionar a los viajeros el beneficio de la sombra, se proponía prolongar hasta el puerto del Callao la avenida y las acequias que la bordean, nuestro ómnibus torció bruscamente hacia la izquierda, dirigiéndose hacia un gran pórtico decorado, con bastante elegancia, con molduras en estuco. Una gran puerta cerrada por dos hojas pintadas de verde ocupaba el centro; tenía a los lados dos puertas más pequeñas, una de las cuales estaba abierta: era la portada del Callao, principal entrada de Lima. Desde que atravesamos el pórtico, satisfechas las formalidades del impuesto, nos dirigimos por una larga calle bordeada de paredes en que había pintadas fachadas de casas, es decir, que por medio del estuco de diversos colores que las cubría, se había simulado puertas y ventanas. Esta especie de calles de Lima, tristes y sombrías como una mala decoración de teatro vista a pleno día, empezaba a inquietarnos, cuando entramos en una calle de casas verdaderas. Algunos minutos después, el ómnibus nos depositó en la calle de Mercaderes, la más comercial de la ciudad donde, después de habernos despedido de nuestros compañeros de viaje, que nos hicieron toda clase de ofrecimientos de servicios, nos apresuramos a hospedarnos, goteando de sudor y cubiertos de polvo, en la «Fonda Francesa», donde éramos esperados por el amo de casa5 bueno y digno compatriota establecido en Lima desde varios años.
—26→
Habíamos entrado en Lima la víspera de Navidad. Los repiques de las innumerables iglesias de la ciudad, llamaban a los fieles a los oficios; pero, por algunos sonidos vibrantes y de buen quilate, cuántas voces roncas, asmáticas y rajadas, pertenecientes sin duda a fragmentos de bronce, lanzaban unos bruscos clamores desde lo alto de los campanarios, donde murmuraban secretamente, una salmodia arrogante y amenazadora. Poco acostumbrados a tan extraños repiques, no pudimos luego, defendernos de una cierta impaciencia muy justificada por ese caos de ruidos despiadados. Después, sin embargo, acabamos por encontrar en esos repiques desordenados y salvajes, que se renovaban a diario (pues en Lima se honra oficialmente a casi todos los santos del calendario), un singular encanto, del cual, los austeros repiques de nuestras fiestas religiosas, no pudieron nunca despertar el recuerdo.
La Fonda Francesa, donde habitábamos, estaba situada en el centro de la ciudad, en la calle de Bodegones, a dos pasos de la Plaza principal o Plaza Mayor. Como el «Palais Royal» en París, esa plaza rodeada de portales exclusivamente dedicados al comercio, es la cita habitual de los extranjeros y de los ociosos. Fuimos ahí, a buscar nuestras primeras impresiones. La circunstancia era favorable. Cuando se quiere, de un vistazo, coger la vida limeña en su aspecto más original, es en plena fiesta religiosa que conviene llegar a Lima, y es a la Plaza Mayor donde hay que acudir.
El aspecto que ofrecía esa plaza el día de nuestra llegada, no defraudó nuestra expectativa. La muchedumbre afluía por todas las calles contiguas. Como un enjambre de mariposas dispersas por un accidente, mujeres rozagantes y coquetas, luciendo —27→ a la vista los más violentos matices del raso y de la seda, coloreaban la vasta plaza y convergían todas hacia la Catedral, festoneando las gradas del peristilo o colgando en los pórticos sus racimos vivientes. Por primera vez, desde nuestra salida de Francia, teníamos bajo la vista, una ciudad y una población verdaderamente originales, y ese espectáculo nos sorprendía tanto más, por cuanto se ofrecía a nosotros bruscamente, como si hubiéramos visto levantarse el telón de un teatro de París sobre una ciudad española del siglo dieciséis, animada por un pueblo de convención.
La Plaza Mayor, colocada al centro de Lima, si se comprende en la ciudad el arrabal de San Lázaro, forma un cuadrado perfecto, del cual la Catedral y el Arzobispado, ocupan el lado oriental, en el norte se encuentra el Palacio Nacional, residencia ordinaria del Presidente de la República; los otros dos lados están ocupados por casas particulares, cuyos pisos superiores adornados por balcones corridos semejantes a baúles esculpidos y pintados contra las paredes, vienen a apoyarse sobre los portales donde negociantes, extranjeros en su mayor parte, exponen los productos de la industria europea. Al medio de la Plaza se levanta una fuente de bronce coronada por una Fama cuyo pie sale de un chorro líquido que se quiebra cayendo sobre dos bandejas de tamaño desigual, y viene a llenar un ancho pilón... La Catedral, gracioso monumento del Renacimiento, está flanqueada por dos torres enriquecidas, como el resto de la fachada, por columnitas, nichos, estatuas, y balcones. Todo el edificio está embadurnado de colores donde dominan el rosado, el verde, el amarillo y el azul... El Palacio Nacional se halla también revestido con una capa de ocre amarillento, con un aspecto bastante desagradable; los pilares de los portales están cubiertos con una capa roja ladrillo; en cuanto al piso que los cubre, vigorosamente matizados de tonos quemados y violáceos, está ocupado en su mayor parte por los balcones de madera, de los que ya hemos hablado, especie de cofres misteriosos, pintados de verde botella y de rojo oscuro. Imagínense ahora, ese caos de colores chocantes, chillones e indecisos, aclarados por una luz viva, que proyecta en ese vasto cuadro así pintorreado una muchedumbre deslumbrante, y se tendrá una vaga idea del espectáculo que ofrece la Plaza Mayor de Lima, un día de fiesta y de sol.
La seda y el raso son las únicas telas que las limeñas no desdeñan emplear para su saya y manto tan célebres, y nombrados —28→ así porque los principales elementos de ese traje excepcional son una falda y una manta6. La solemnidad de la Navidad, nos permitía observar fuera del pintoresco traje de las mujeres de la ciudad los vestidos más simples, pero no menos graciosos de las cholitas y de las zambas de caras morenas o cobrizas, encuadradas en un inmenso sombrero de paja adornado con cintas. Los hombres también se mostraban en la Plaza, pero en pequeño número. La mayor parte de los ciudadanos, tristemente vestidos a la europea, se paseaban bajo los portales. Los campesinos y los monjes, aportaban, solos, su contingente de originalidad al espectáculo que nos sorprendía: los primeros con sus ponchos pintorreados, casi semejantes a las dalmáticas de la Edad Media; los segundos llevando el hábito de su orden. Era, por ejemplo, los franciscanos en ropa blanca; los dominicanos en ropa blanca y muceta negra, los hermanos de la Buena Muerte; luego, otras cofradías religiosas con hábitos grises y marrones. Se les veía atravesar la Plaza a cada instante, y varios entre ellos se mezclaban familiarmente a los diferentes grupos de mujeres. La animación tomó un carácter más violento a la salida de los Oficios; desde que la Catedral comenzó a vomitar por todas sus puertas; olas de gente, mil clamores se elevaron. Músicos negros, con el pretexto de implorar la caridad de los fieles, iniciaron en complicidad, un bullicio bárbaro. Los vendedores de lotería, gritaban la suerte; las mistureras alababan sus flores; los tamaleros y las fresqueras cuyas mesas ocupaban el centro de la Plaza, ofrecían con éxito, aquéllos, —29→ sus guisos incendiarios; éstas, sus bebidas refrescantes. Visto así, superficialmente, rodeado de prestigiosos accesorios, este pueblo nos pareció el más favorecido del mundo. Los hombres, el cigarro o cigarrillo en la boca, se complacían con la suave voluptuosidad del fumador. Había en todas las mujeres que se agitaban, charlaban, y si puede decirse así, se pavoneaban, tanto de juventud como de gracia y de elegancia; sus miradas tenían tanto fuego; sus acentos, tanto encanto; su desenvoltura, tanta sorprendente liviandad; parecían vivir con tal desprecio de las cosas positivas, con una tan completa ignorancia de las miserias de este mundo, que emanaba de ellas, como un rayo de felicidad del que nos sentíamos penetrados. Nada en esa población rozagante y radiante, podía advertirnos que estuviéramos en una ciudad atormentada y empobrecida por treinta años de luchas anárquicas.
Los nacimientos parecían acaparar aquel día todo el favor popular. Se llama nacimiento a la leyenda del cristianismo, armada en relieve, expuesta bajo los pórticos de algunos conventos y también en casas particulares, bajo los auspicios de algunas viejas beatas. La muchedumbre visitaba los nacimientos, en forma de procesión; nosotros seguimos instintivamente, una de esas corrientes, y nos encontramos pronto, rodeados de un gentío que sitiaba un vestíbulo en el que se apretujaban, como en la puerta de uno de nuestros teatros el día de un espectáculo extraordinario. Las mujeres, sobre todo, ponían una perseverancia heroica para penetrar en el interior. No fue sin trabajo que llegamos nosotros también hasta el nacimiento; pudimos, aún, dar un vistazo, tan bamboleantes estábamos por el vaivén de los curiosos. El nacimiento no es como, aún hoy día, en algunas ciudades de nuestras provincias, la escena de la Natividad circunscrita en un pequeño cuadro; es la historia completa de Nuestro Señor, llenando un vasto espacio en altura y extensión según lo exija la forma del local que lo contiene. El drama se desenvuelve sobre un terreno accidentado que comienza en el establo de Belem, y termina en el Gólgota. Montañas áridas, rocas amenazadoras, frescos oasis, aldeas, ríos, torrentes, todo aquello colocado con orden, y pintado en colores naturales. Estrellas de «bricho» centellean en el azul del cielo; una de ellas, la más brillante, suspendida por un hilo, guía a los magos hacia el Niño Dios, y como todas las imágenes son movibles, la escena recibe frecuentes modificaciones: así, los reyes y los pastores que en los primeros días del Adviento, se encuentran muy lejos de Belem, tocan, la víspera de Navidad, al —30→ umbral del establo. Se pasa sucesivamente, en revista, la masacre de los inocentes, la degollación de San Juan Bautista, la huida a Egipto y todos los episodios de la Pasión.
Los armadores de esos nacimientos, son verdaderos artistas populares, que rivalizan entre ellos en imaginación, en ingenuidad, algunas veces también en erudición. Hay, entre los diferentes barrios de la ciudad, rivalidad por los nacimientos. Éstos son más ricos, aquellos más completos, otros más ingeniosamente compuestos. Entre los que visitamos, notamos uno que ocupaba un espacio de treinta metros; es verdad que a la Historia Sagrada, habían creído necesario añadir temas sacados de nuestra época, tales como los diferentes oficios de la arquitectura moderna, escenas de la vida limeña, y hasta peleas de gallos, estos últimos, tal vez, recordando al delator de San Pedro.
Si nuestro primer día en Lima había sido bien colmado, la noche que iba a seguir, la Noche buena, no sería, para nosotros, menos rica en curiosos espectáculos. En cuanto llegó la oscuridad, el aire resonó de extrañas músicas y locas canciones, grupos de negros de los dos sexos, escoltados por un gentío ruidoso, recorrían la ciudad blandiendo antorchas que agitadas por el movimiento de la marcha, hacían bailar sobre las paredes blancas, gigantescas siluetas. De tiempo en tiempo, los porta-antorchas se detenían, y la multitud formaba un círculo, al centro del cual comenzaban danzas sin nombre, al son de una orquesta diabólica, cuyos principales instrumentos eran anchos tubos de hojalata cerrados en las extremidades por tapas de cuero, atravesadas por un cordón con nudos; éste, jalado con fuerza en uno u otro sentido, arrancaba a los cilindros una especie de ronquido extraño y sordo que recordaba sin embargo al sonido de la trompa. En algunos patios, el populacho tenía entrada libre, los bailarines estimulados entonces por la esperanza de una retribución, se entregaban a sus violentos ejercicios con una furia sin igual, se desligaban de toda tradición y se volvían verdaderos improvisadores de pantomimas bárbaras y lúbricas, entremezcladas con contorsiones dignas de un clown. Si es que acaso, una de esas actitudes burlescas e inesperadas, brotaba de un supremo esfuerzo, la asistencia estallaba en hurras frenéticos, y las monedas llovían en el círculo. Las luces extrañas y vacilantes, extrañamente volcadas sobre esas posturas y esas muecas de chimpancé, contribuían sobre todo a dar al espectáculo un carácter de sorprendente salvajismo. Sólo el agotamiento —31→ ponía fin a esas coreografía furibunda; los actores volvían a tomar entonces su recorrido a través de la ciudad, no sin hacer frecuentes pausas en las pulperías, donde tomaban las fuerzas suficientes para mostrarse ante un nuevo público. Algunas veces, dos grupos rivales se encontraban frente a frente; los retruécanos y las injurias volaban primero de un grupo al otro como preludio; luego llegaban a las manos, para arrancarse las antorchas cuyas quemaduras ardientes, hacían surgir aquí y allá, gritos agudos mezclados con imprecaciones; y muy rara vez se separaban sin algunas escenas de pugilato; todo esto con gran satisfacción de los espectadores.
Durante toda aquella noche, la Plaza Mayor estuvo animada por una muchedumbre ruidosa. Antorchas y braseros, lanzaban a las fachadas de alrededor, grandes claridades fugitivas y siniestras. Los vendedores de comestibles, negros y cholos, circulaban a través de torbellinos de humo atizando las llamas, atormentando las sartenes, las ollas, los escalfadores, donde se oía chillar la manteca y crepitar las frituras y las tostadas. A través del vapor espeso y nutritivo que llenaba la atmósfera, se veían guirnaldas de salchichas y de embutidos, uniendo las extremidades de largas pértigas fijas en el suelo; cordones tendidos, soportaban jamones, aves crudas, desplumadas y despedazadas. Se preparaban también diferentes platos nacionales, tales como el picante, cuyos principales ingredientes son: carne de chancho ahogada, pepas, nueces molidas, todo violentamente condimentado con ají, el tamal, mezcla de carne picada finamente, maíz y miel, que se vende en forma de pasta; en fin, el pepián, especie de guiso compuesto de arroz, de pavo o gallina, cocida con ajos.
Mientras que en la Plaza se apretaban alrededor de muestrarios culinarios, las puertas de la Catedral permanecían abiertas; el interior apenas vislumbrado a través del humo rojizo del incienso y de los cirios, rebosaba de fieles. Los, que no pudieron entrar, estorbaban las gradas del peristilo donde arrodillados y recogidos, seguían con fervor el oficio de media noche. La voz de los chantres mezclada a los sonidos graves de los órganos, bajaban a veces hasta nosotros en ráfagas armoniosas, que se perdían en los ruidos confusos, ocasionados por los llamados culinarios de afuera. Se hubiera dicho esos cuadros primitivos, donde paisajes llenos de terror extienden sus profundidades siniestras, frente a las perspectivas luminosas del paraíso. Cuando la noche tocaba a su fin, y las campanas se —32→ ponían en movimiento, los fieles hambrientos dejaron la iglesia, la escena tomó un nuevo aspecto. Los cocineros al aire libre se multiplicaban para distribuir a los transeúntes, platos nacionales envueltos en pancas de maíz. No hubo luego ni un pie cuadrado de suelo donde se encontrara sitio. Todos los consumidores acurrucados en el polvo, devoraban su pitanza a cual mejor, con muecas feroces. Los fresqueros y los vendedores de chicha desplegaban al mismo tiempo una actividad sin igual; pasaban por encima de los diferentes grupos, el barril a cuestas, botella en mano, y vertían por doquier vasos fabulosos. Semejante velada no hubiera terminado ciertamente, en Francia, sin aullidos báquicos, sin peleas y sin riñas; pero la borrachera es un crimen casi desconocido por los verdaderos peruanos. Cuando dejamos la plaza, repleta de esta manera por tan irritantes olores, la agitación no había apaciguado. De vuelta a la Fonda, mucho tiempo después, oíamos desde nuestra ventana zumbar la Plaza Mayor como una inmensa colmena, mientras que los serenos gritaban a los ecos de los alrededores la hora de la noche y el estado del tiempo: eran las tres.
Al día siguiente la plaza estaba cubierta de más hojas que las que hace llover el viento en un bosque, durante una noche de otoño; eran las anchas envolturas de maíz en las cuales se venden los diversos alimentos peruanos. Los cordones que la víspera, extendidos en orden corrían cargados de comestibles, o uniendo las extremidades de estacas, arrastrábanse aquí y allá, como aparejos de una nave desamparada, sobre un montón de tablas, de bancos y de barriles derribados confusamente. Los gallinazos en bandas, se disputaban los restos de la comilona popular a lo largo de los braseros aún humeantes. La Noche Buena acababa de terminar; pero en las locas alegrías, en las piadosas solemnidades de esa noche de fiesta, habíamos podido coger un contraste que debía sorprendernos sin cesar durante el resto de nuestra estada en Lima, el contraste del ardor sensual y de la exaltación religiosa, de la locura y del recogimiento, de la indiferencia y de la pasión. Dominado por un fondo de dulzura y elegancia natural inseparable del carácter peruano, ese extraño contraste es tal vez la expresión más verdadera de la civilización limeña.
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¿Cuál es la vida diaria en Lima? Es la pregunta que se dirige todo viajero apenas instalado en la ciudad de los Reyes. Para responder a ella no tengo sino que llevar yo mismo aquella vida ociosa y alegre, seguir a la sociedad limeña en las plazas y en las calles adonde el amor al far niente, la lleva sin tregua; penetrar enseguida en las reuniones íntimas, observar en fin a la familia bajo el techo hospitalario que la cobija.
Después del chocolate espumante y de las dos tostadas, desayuno frugal de los países españoles, mi jornada se abría y comenzaba cada mañana con un paseo en la Plaza Mayor. El movimiento diario se coloreaba de infinitos matices. Gracias a las tapadas se volvía a encontrar ahí, a pleno sol, el atractivo picante y el encanto misterioso de un salón de baile de máscaras. No nos cansábamos de admirar esos trajes raros, en medio de los cuales el vestido europeo, hay que confesarlo, hacía una muy triste figura. Ese vestido en el Perú no es sino el índice de una condición elevada, y el limeño se siente feliz cuando puede dejar el poncho para seguir las modas francesas. Las mujeres se resisten felizmente a esa influencia extranjera y se las ve ostentar con una encantadora coquetería, en medio de todos esos peruanos vestidos a la europea, las irresistibles seducciones del traje nacional.
Las limeñas salen casi siempre solas, y cualquier paseante puede dirigirles la palabra: lo peor que puede pasarle es caer en el vacío, o soportar un epigrama. Pero las tapadas son, generalmente, las que toman la iniciativa; sobre todo si un extranjero ha inflamado por cualquier motivo su curiosidad, averiguan todo lo que le concierne: por pocas confidencias indiscretas que —34→ haya tenido, no dejará de sorprenderse al oír una voz desconocida revelarle íntimas particularidades de su vida, aunque a menudo, colocadas en la antípoda del lugar en que sucedieron. El traje de saya y manto, que en su origen estuvo destinado a servir ideas de castidad y celos, ha llegado por una de esas contradicciones, a proteger costumbres diametralmente opuestas; su uniformidad hace de la ciudad un vasto salón de intrigas o de ingeniosas maniobras que burlan la vigilancia de los más fieros Otelos. Los escándalos, las aventuras regocijantes, los equívocos burlescos, no pueden faltar con tales elementos. A veces un interés misterioso exige el incógnito absoluto a una dama de alto rango: entonces se reviste de una saya andrajosa, transforma por diferentes artificios su figura y con la ayuda de ese disfraz engaña también aun la mirada ejercitada de un marido, hasta el punto de que se ha visto a uno de éstos, olvidando la rigidez de principios pregonados bajo el techo conyugal, perseguir con declaraciones ardientes y avances temerarios a una tapada que lo fulminaba descubriendo un rostro de esposa irritada ante la oferta de un incienso ilegítimo. En las circunstancias ordinarias, la manta no aparece tan inflexiblemente cerrada. Una limeña bonita, encuentra en su camino mil pretextos para descubrirse, al fin de recoger al paso una mirada de admiración o una alabanza entusiasta. Nunca debe desconfiarse bastante del exceso de severidad en el recogimiento del manto, sobre todo si, en oposición a la costumbre de las limeñas de llevar los brazos desnudos, una manga larga viene a ajustarse sobre el guante, de modo que no se pueda ver por parte alguna el color de la piel. No dudéis: la manta traidora esconde entonces a una africana, negra como la noche, achatada como la muerte, ante la cual sería por lo menos superfluo derrochar las perlas de su galantería. Como se ve, saya y manto han consagrado en Lima la libertad de las mujeres; no tiene para ellas sino ventajas, y para los hombres desagrados. Todo concurre en la ciudad a justificar el dicho peruano: «Lima, paraíso de mujeres; purgatorio de hombres; infierno de borricos». En la limeña hay a la vez, de la avispa y del colibrí. Tiene, como la primera, un fino corpiño y un dardo que es el epigrama; y del segundo, el color brillante, el vuelo caprichoso y desigual, y de ambos, un amor inmoderado al perfume y a las flores. Se la ve bajo los portales revolotear codiciosamente de un cesto a otro de las mistureras, y a veces le ocurre acosar a un transeúnte de cierta calidad con toda clase de zalamerías y gentilezas para obtener de su generosidad algún ramillete ansiado. En la época en que la maniobra de que hablamos florecía con un —35→ brillo que se va extinguiendo cada día, se llamaba «Calle del Peligro» al sitio ocupado por las ramilleteras. Las sirenas ejercían seducciones tan irresistibles, que los cicateros, para evitar este pasaje peligroso daban vueltas inmensas, o si por aventura se aventuraban, no era sino después de haberse tapado prudentemente las orejas, como los marineros de Ulises en el Mar Tirreno.
Aunque la mayoría de las limeñas hayan adoptado la saya actual, que se llama desplegada, se ve todavía pasar bajo los portales mujeres fieles a la saya angosta, la única que estuvo en uso hace treinta años. Este vestido curioso, desciende desde la cadera hasta el tobillo, dibujando las formas y las líneas con una conciencia de las menos castas; la abertura inferior es tan estrecha, que la mujer puede apenas llevar un pie delante del otro al caminar. Subir el día domingo a la hora de misa, a las gradas de la Catedral, constituía para las mujeres así vestidas, un verdadero ejercicio de destreza, en el que, los extranjeros, sobre todo, tomaban un vivo interés. Unas sobresalían en esa ascensión difícil, que resultaba para otras, una penosa labor.
Ya que esta particularidad nos ha traído hablar del traje, es preciso decir una palabra del calzado pues éste es en Lima, lo que en ciertas provincias de Francia es el sombrero o el tocado: la piedra del toque de la elegancia, el arma sin resistencia de la seducción. Adoptando el zapato de raso blanco, se han aceptado rigurosamente las consecuencias onerosas de este lujo exagerado. Una verdadera limeña preferiría caminar sobre las manos, antes que presentarse en público con un zapato de dudosa limpieza. Viendo pasar por las calles tantos zapatitos de una blancura inmaculada, no podemos dejar de inquietarnos por su existencia efímera, y más aún, al pensar cómo pueden pies tan delicados, con sólo tan frágil envoltura, desafiar sin ser quemados ni adoloridos, el rudo y ardiente contacto del pavimento, en tanto que los productos más sólidos de la industria de San Crispín, nos ponían al abrigo de tales inconvenientes. La explicación del enigma habría que buscarla en un sabio estudio del modo de caminar unido a una extrema ligereza. El pavimento hace una guerra de exterminio tan declarada a los zapatos de raso, que existe un mercado especial de este artículo, al que va todos los sábados la más encantadora parte de la población a hacer su provisión de la semana. Las mujeres que no han podido reunir la suma necesaria para obtener este indispensable complemento de la toilette, tienen esa tarde, un acceso —36→ fácil, entonaciones acariciadoras, y un dejar hacer bastante alentador. Falta de zapatos de raso blanco ¡cuántos pasos falsos se han dado por ti en Lima la tarde de los sábados!
Y sin embargo, ¿quién lo creyera? En esta tierra de la Lindeza, en medio de la esa adorable población de sílfides, se ha formado una sociedad para desafiar el poder de la mujer, para burlarse de sus encantos, para negar sus preciosas cualidades y atributos. Esa sociedad, cuyo origen se remonta casi a los tiempos fabulosos de la historia del Perú, lleva en Lima el nombre de «los Maricones» y ya existía con otro nombre en tiempos de los Incas, habiendo tomado una extensión tan inquietante, que muchos jefes, entre ellos Tupac Yupanqui y Lloque Yupanqui, tomaron las armas contra ellos y los persiguieron sobre diversos puntos del Imperio. Durante tres siglos, el Virreinato no fue más feliz en su lucha contra los Maricones. Fue, dada la irrupción de las ideas y costumbres europeas, que al comienzo de la emancipación, se rompe en cierto modo el velo que ocultaba a la nación los extravíos y los libertinajes de la sociedad tantas veces perseguida. En nuestros días, la extraña sociedad de Maricones, no está destruida, pero sí agonizante: hemos podido ver a menudo en la Plaza Mayor a sus últimos representantes.
Uno entre ellos, gozaba sobre todo, en Lima, de una escandalosa popularidad; era un tamalero gordo, imberbe, rozagante como una soprano. Ese individuo llevaba un sombrero de paja de Guayaquil y un ancho mandil blanco de cocinero. A pesar de estar continuamente en ejercicio de la mañana a la noche, como ciertos pasteleros de nuestros boulevares; su charla aún más inagotable que su mercadería, encantaba a un auditorio que, sin tregua, parado delante de él, la boca abierta, como delante de un gran orador, aumentaba de manera que interceptaba el paso. Su voz de mujer, clara y vibrante, decía con mucho espíritu la anécdota del día, criticaba las costumbres y se permitía a veces despropósitos políticos. Las tapadas eran particularmente el punto de mira de sus mordaces alocuciones, las interpelaba al paso y las perseguía con sus burlas; pero a menudo también, ellas le replicaban con éxito: ellas encontraban para soportar esos retos frívolos, un vigor y una originalidad de salidas que arrancaban a los espectadores, ruidosas y simpáticas manifestaciones. Esa guerra de epigramas, donde brillaba la incansable fecundidad del tamalero, —37→ se prolongaba de ordinario hasta el momento en que otro espectáculo venía a atraer a los curiosos y dejar en el aislamiento a los partidos beligerantes. El comercio del tamalero tenía su interés, decían, en esos escandalosos torneos que llamaban la atención sobre la mercadería. Ese industrial debía también a su verba de improvisador, dos o tres fortunas, que el «monte»7, cuya pasión llegaba al frenesí, había sucesivamente consumido.
No pasábamos nunca delante del mostrador del tamalero, sin hacer tristes reflexiones sobre la lastimosa influencia que ejerce en el Perú, la fiebre del juego. En ninguna otra parte se persigue con una ceguera más obstinada, la de esa de ojos vendados; los juegos de azar, las apuestas y la lotería, hunden el sueldo penosamente adquirido del arriero harapiento, del sereno quemado por el sol y del minero empalidecido por las tinieblas, sin contar el botín del salteador. En las clases altas, las ruinas y las fortunas que el juego origina, son tan comunes, que se habla de ellas con indiferencia. Las mismas mujeres, no están libres de ese mal endémico, pero sin embargo, el juego no parece serles accesible sino en circunstancias excepcionales. En tiempo ordinario, ellas se sujetan a perseguir los favores de la «suerte». También algunas oraciones a los santos, algunas invocaciones a las ánimas, algunas falaces promesas a los espíritus celestes, se encuentran escritas sobre los registros de los vendedores de lotería, que recorren las casas de la ciudad, y hacen poner frente a los números escogidos, una frase cualquiera, destinada a servir de control en caso de similitud de nombres. «Mi padre Santo Domingo»; «El alma del arzobispo»; «Para festejar a un santo», tales son las divisas que se reproducen más comúnmente cada mes en el periódico oficial, frente a los números premiados. El sorteo de esa lotería hebdomadaria, no es sin interés; se hace con cierto aparato, en plena Plaza Mayor, en un escenario levantado, semejante a los que se construyen para nuestros regocijos populares. El primer plano está ocupado por tres inmensas esferas, a las que una manizuela imprime un movimiento rápido de rotación. En segundo plano se instala un despacho o jurado compuesto de notables y presidido por un oficial civil. Cuando llega la hora del sorteo, la muchedumbre se apretuja alrededor del escenario. La mujer vestida de seda no se preocupa, en absoluto, en ese momento, del negro sórdido que la codea: lo importante del asunto, es conservar un buen —38→ sitio; los campesinos a caballo, en la aglomeración, se enderezan para ver mejor, sobre sus amplios estribos moriscos; burgueses, militares, gente de todas condiciones y de todos los colores, están entremezclados esperando la señal. La dan al fin: cuántas manos blancas hacen la señal de la cruz, cuántos labios murmuran padrenuestros interesados, un esfuerzo supremo conmueve aún a la muchedumbre, cada cual puede sentir latir el corazón de su vecino. Todas las miradas se dirigen hacia ese escenario, que por doce agraciados (es el número ordinario de los premios), va a hacer nacer tan numerosas decepciones. En medio de un silencio lleno de ansiedad, tres niños hacen funcionar las esferas, luego, en el momento en que se detienen, abren una ventanilla de resorte, y hunden el brazo, y los tres a un tiempo, como autómatas, levantan sobre sus cabezas, para no dar lugar a sospechas de fraude, un número tomado de cada esfera, y lo depositan bajo los ojos del jurado, que proclama el número y la divisa del agraciado. La operación se termina en medio de un barullo general: éste, hace compartir al público su buena fortuna; aquel, casi no consigue disimular su penosa figura; otro, en fin, acusa altamente de la injusticia de la suerte, lo que no impide a los unos y a los otros, ir a depositar en manos del primer vendedor llegado, el real, precio de un número, para el sorteo del mes siguiente.
La Plaza Mayor es la cita de los limeños ociosos. Si se quiere sorprender algunos rasgos de actividad, es en un pequeño número de calles vecinas a esa Plaza, que hay que ir a buscarlos. Aquí, mil aspectos pintorescos esperan al viajero. La arquitectura de esas casas de un piso y de techo plano, bien que uniformes en apariencia, es diversa para quien la observa de cerca, por mil detalles graciosos. Aquí son miradores y campanarios que se destacan sobre el cielo; allá, balcones salientes que proyectan sobre las paredes, vigorosas sombras y cuyos ángulos superpuestos por la perspectiva, semejan las gradas de una gigantesca escalera. Aquí y allá, las cortinas de los balcones a medio levantar, dejan ver alguna encantadora joven, con una rosa o un clavel en la sien. Hasta los gallinazos, que, semejantes a enormes motas negras, inmóviles y en grupos sobre los techos de las casas, parecen destinados a coronar ese raro conjunto. El medio de la calle está ocupado por acequias, a menudo bastante anchas, y que se atraviesan sobre pequeños puentes de madera. La calzada está pavimentada con pequeñas piedras y bordeada por veredas de lozas quebradas y desunidas. Si uno se aleja de las calles centrales, no se encuentra ni siquiera —39→ su color, y acompañando sus retruécanos con un ruido de campanillas que indica que el agua está a la venta.
Es siempre a la Plaza Mayor, donde hay que regresar, por lo tanto, cuando se quieren recoger realmente todas las extrañezas de la vida limeña. Uno de los mercados más curiosos de Lima está en esa Plaza; se vende más o menos de todo, pero entre otras cosas, frutas, flores y legumbres. Los vendedores están sentados bajo bastidores de caña que forman con el suelo un ángulo abierto a voluntad, por un palo ahorquillado y bajo esteras de juncos trenzados que sostienen estacas, formando dosel. Se ven también erguirse caprichosamente, vastas sombrillas de paja de maíz o de tela de color; atravesadas al centro por una larga estaca clavada al suelo; todos estos débiles albergues, bañan en sombras violetas a los vendedores y a sus mostradores de diferentes especies de frutas, que la boca de las canastas, volcadas como cuernos de abundancia, desparraman en torrentes sobre toscos tapices. Algunas mujeres acurrucadas, los brazos escondidos bajo el chal de lana azul o rosa, con el que cubren la parte baja de la cara, llevan sobre su cabeza, una vasta canasta chata, que, llena de yerbas y de flores, semeja a lo lejos, un tocado fantástico. Inmóviles e impasibles, bajo ese fardo, durante largas horas, ellas parecen sufrir una mortificación voluntaria, a manera de los faquires hindúes. Por todas partes se veían enormes jarros de barro rojo, cestas verdes, canastas de junco de formas raras, llenas de legumbres secas, de ajíes y de coca, hoja maravillosa que los indios mascan con una especie de cal, y que hace olvidar en las marchas obligatorias, el hambre, la sed y el cansancio. Los vegetales de los dos hemisferios, abundan y son, por consecuencia de bajos precios. Un personal extraño, ruidoso, atareado, va y viene; regatea, compra en diversos mostradores. Son los indios de la sierra, caras rojizas y quemadas, el pañuelo anudado sobre la oreja y cubiertos con un sombrero de paja en forma de pan de azúcar; las zambas de cabellera trenzada con mil pequeñas soguitas a manera de los sicambros; los sacerdotes seculares que llevan el sombrero de don Basilio, que parece una piragua volteada, los hermanos limosneros de órdenes mendicantes, el limosnero en mano, aprovechan todas las ocasiones para explotar a un público supersticioso; las tapadas de pie de raso, que están por todas partes donde hay hombres; luego, galantes oficiales, el kepí sobre el ojo, el bigote levantado, el poncho blanco a largas franjas sobre el hombro, la espuela en el talón; si ellos tuvieran al Perú en el bolsillo; no tendrían aire más triunfador. Todo —40→ ese vestigio de pavimentación: se camina en una polvareda infecta, mezclada de inmundicias y restos sin nombre, pero no es hacia las extremidades de la capital, que el europeo debe dirigir su paseo: las calles de Mercaderes y de los Plateros, purificadas por las acequias, los Portales de la Plaza Mayor, podrán únicamente, revelarle el movimiento diario y las costumbres de esa seductora ciudad. Allí los pisos bajos, ocupados por las vitrinas de los vendedores de novedades, y por los hoteles, atraen, como en nuestras capitales de Europa, a los paseantes y a los ociosos. Los cigarreros tienen en las esquinas, pequeños talleres, donde confeccionan con una singular rapidez, excelentes cigarros, a precios moderados. Cada esquina tiene también su pulpería, especie de taberna mal afamada, frecuentada sobre todo por los cholos, los zambos y los negros. Las industrias limeñas parecen desdeñosas de llamar la atención con carteles. Aparte de los barberos, que parecen haber conservado el monopolio de ciertas operaciones quirúrgicas, y que exponen en un panel pintado al óleo una mano armada con el escalpelo, vecina de un brazo y una pierna, de donde brota la sangre; no se encuentra casi carteles sino bajo los Portales. Son a veces pretenciosas alegorías: un trovador «pendulado» arranca el velo de una mujer roja, coronada con plumas y acurrucada a sus pies: es Colón descubriendo la América. Una banda de rinocerontes pone en fuga a elefantes. (El cartel de una tienda vecina y rival, representa un grupo de elefantes). Se ven en fin otros que son de una impertinencia manifiesta: un salteador, la cuchilla en la cintura, la escopeta en puño, que se prepara a asaltar a los transeúntes.
Las principales arterias de la capital, sobre todo las que desembocan en un comercio, son en días no feriados, el escenario de una actividad que se transforma a veces en estorbo. Los campesinos conducen ahí, rebaños de vicuñas y alpacas de largas sedas negras, llevando pasto en redes, y legumbres o frutas en canastas de junco trenzados. Grupos de mulas, huyendo precipitadamente bajo el chicote de los arrieros, las atraviesan, derribando aquí y allí, algunos peatones sorprendidos e impotentes para resguardarse. Aguadores negros circulan todo el día por la ciudad, montados sobre el flaco lomo de sus mulas, cuyo basto está dispuesto de manera adecuada para recibir dos barriles llenos de agua que se hacen contrapeso; se van, la nariz al viento, las piernas colgadas, el bastón sobre el hombro, interpelando en alta voz a los indios o a la gente de —41→ allí ríe, habla, pelea y jura; los negros sobre todo gesticulan y vociferan con tal vehemencia, que sus voces cubren las de los mercachifles y de los pregonadores de suertes. Cholitas a caballo dominan el gentío, donde se abren, difícilmente, paso; luego, en varios puntos, se ven en grupos, balancearse elegante, dulce y fina, sobre un cuello de cisne, la encantadora cabeza empenachada de las llamas blancas o brunas que hacen sonar sus campanillas.
A las seis de la tarde, después del cierre de las tiendas, el movimiento de la ciudad cambia de aspecto: caballeros y calesas se dirigen al barrio de San Lázaro, situado hacia la ribera derecha del Rímac, en tanto que los peatones ascienden, para verlos pasar, las aceras del Puente de Monteclaros. Se entra por el lado de la ciudad, por una especie de arco triunfal, coronado por un ático triangular al lado de los cuales se elevan dos torrecillas adornadas por molduras y relieves en estuco. El Puente, de cinco arcos, está construido de piedra; sus pilares están defendidos, río arriba, por puntas de mampostería que rompen la corriente del río. El parapeto forma, siguiendo las sinuosidades de estas escolleras, espacios rodeados de bancos para los paseantes. Se encuentra difícilmente un espacio desocupado en estos bancos, o un apoyo contra el parapeto, pues los extranjeros, los tenderos y sus dependientes, vienen aquí para olvidarse de la práctica de sus negocios y sentar cátedra con el cigarro en la boca. Es aquí también donde se forjan las noticias y se comentan todas las habladurías escandalosas.
Este punto de reunión está perfectamente escogido: se respira ahí, durante los fuertes calores, un aire refrescado por las aguas del Rímac, que gruñe en torrentes sobre su lecho de piedra, sobre todo en la época del deshielo en la cordillera. Un paisaje lleno de variedad distrae y ameniza la vista. Las casas muestran de este lado, sobre el río, galerías de madera de arcos redondos o trebolados. Sus pisos inferiores que se apoyan sobre pilares hundidos en el agua, tienen al borde de la calzada, cobertizos en los que las lavanderas limpian y hacen secar la ropa. En todas las aberturas se ve una cortina de tela pintada, visillos de cutí de algodón rayado, que flotan al viento, algún trapo rojo que sale como una lengua de la boca abierta de un tragaluz, y luego, dominando esta larga serie de fachadas, amarillas, grises, desmoronadas y a veces ruinosas, las cúpulas, los campanarios y los miradores (belvederes) se destacan vigorosamente sobre un cielo generalmente purpúreo en el horizonte, —42→ casi siempre verde en el cenit. Es la hora en que los campesinos y los mineros venidos a la ciudad por negocios, vuelven a sus chacras y a sus cerros, montados unos sobre caballos de raza andaluza, al flanco de los cuales baten los estribos de madera macizos y grabados al buril; otros sobre mulas con collares de cascabeles y en la frente flecos y borlas, como los jefes de los incas. Algunos coches de extranjeros pasan llevados por un elegante tiro de caballos; pero las calesas limeñas son jaladas por mulas o por pequeños caballos, cuya flacura y mala alimentación, descubren a malos palafreneros. Las calesas no tienen sino dos ruedas; pero, en revancha, éstas son enormes y giran alrededor de un eje que desborda la caja en más de un pie y medio. Esta disposición, debida sin duda, a la forma y a la profundidad de las acequias, da a las calesas las garantías de equilibrio necesarias. El cuerpo del coche, barnizado de verde o de cabritilla, está decorado con guirnaldas doradas. El cochero monta el caballo enganchado fuera de las varas y lleva una librea, que siempre parece hecha para la talla de otro. Las mujeres de la clase superior usan sólo calesas y se pasean en ellas sin sombrero y vestidas a la francesa, pues la saya y el manto no se llevan sino a pie, y hasta la puesta del sol. Las amazonas se exhiben también coquetamente, cubiertas con una torta de paja coronada de flores y la parte alta del cuerpo envuelta en un pequeño poncho, azul oscuro, bordado con trencilla y cortado en flecos en su parte inferior.
Cada vez que me hallaba sobre el puente, al terminar el día, veía renovarse un espectáculo que me sorprendió la primera vez que se produjo. En tanto que el movimiento y las conversaciones bulliciosas estaban en todo su apogeo, se dejó oír un toque de campana. La fórmula mágica que inmovilizó a las gentes de la célebre durmiente de los cuentos de hadas, no hubiera ejercido ninguna acción más inmediata. Todas las frentes se descubrieron y se inclinaron; todas las conversaciones se extinguieron, sin acabar siquiera la frase comenzada; los caballos de los caballeros y de los coches, se detuvieron por sí solos; los hombres que por su vestido, parecían ser peruanos, cayeron prosternados al suelo; sólo algunos hábitos negros quedaron en pie, pero inclinados como en la elevación de la misa. Una calma de muerte había reemplazado al rumor de los vivos. Únicamente la campana vibraba en el aire y el Rímac rumoreaba a nuestros pies. Esto duró dos minutos. Yo me había quitado maquinalmente el sombrero e interrogado a mi vecino. Éste no me respondió. Un momento después, una campana vocinglera esparció —43→ su tintineo. Todos se levantaron; peatones, caballeros y coches continuaron su paseo, el ruido de las conversaciones recobró su fuerza. La vida y el movimiento acaban de renacer instantáneamente... Sólo entonces pude saber que acababan de tocar el «Ave María». Después de este día pude ver, cualquiera que fuese el punto de la ciudad en que me encontrase, producirse el mismo efecto al primer toque de la oración de la tarde. Esta adoración espontánea y colectiva de sesenta mil almas, estaba impregnada de una majestad solemne y verdaderamente conmovedora; parecía haber en el aire, en ese momento, una especie de electricidad de la fe religiosa. En cuanto a mí, experimentaba una de esas emociones dulces, tiernas, indecibles, que transportan a las épocas de juventud, florecidas de santas creencias y que hacen descender en el alma como un rocío de pensamientos consoladores y suaves. Me gustaba, sobre todo, oír tocar el Ave María en las horas de abatimiento, cuando los ojos de mi imaginación, vueltos hacia la patria, apenas la entreveían entre las más fabulosas lejanías.
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Cuando se está cansado de todo ese ruido, de todos esos espectáculos de la calle, se encuentra cierto encanto en descansar en medio de una familia limeña, en averiguar si la vida íntima ha guardado en la capital del Perú, algunos rasgos de ese color morisco impreso en los monumentos y en los trajes limeños, por las primeras inmigraciones andaluzas. Los rasgos de esa civilización casi oriental, de los primeros emigrantes españoles, no se conservaron, hay que decirlo, en las costumbres peruanas. La familia de Lima, no conoce las susceptibilidades hurañas que la tradición presta a los moros y a los españoles de Andalucía; no es misteriosa: la mujer goza de una entera libertad y si uno de los dos sexos baja la frente ante el yugo conyugal, no es ciertamente el más débil ni el más tímido.
La casa limeña está en cierto modo, abierta para todo el que llega; nada más simple y fácil que la introducción de un extranjero, cualquiera puede presentarlo, casi sin previa autorización, y a partir del momento que sigue a la enérgica fórmula española: «La casa a la disposición de usted», el visitante apenas conocido, llega, de buenas a primeras, a tener ahí sus entradas tan francas como el más antiguo amigo de la casa. Presentándose ahí, mañana y tarde, la cordialidad de la acogida no se desmiente nunca, ni la franqueza para con los huéspedes, cuya presencia no parece nunca distraer de sus costumbres y de sus ocupaciones diarias, lo que induce pronto a medir las relaciones con el encanto e interés que se encuentra ahí, y no con los escrúpulos de nuestras conveniencias europeas. Esa gracia hospitalaria es tan inveterada en Lima, que numerosas familias, en vía de adoptar las costumbres y las formas —45→ de nuestra civilización francesa y británica, en lo que tenemos de egoísta y restringida, no han llegado a modificar sensiblemente una virtud de la que los extranjeros conocen el precio.
El mobiliario limeño es en general de una extrema simplicidad: algunos sofás de crin, sillas, taburetes, una alfombra o esteras de juncos trenzados, un piano, una mesita portando un ramo recientemente cogido o una fuente de plata llena de una mezcla de flores deshojadas, forman todo el lujo de la pieza principal, que se encuentra en alto, y cuyas ventanas están dispuestas de manera de combatir, por corrientes de aire, los ardores del clima. Las ventanas bajas están cerradas por ligeros enrejados, a veces también por una serie de pequeños barrotes pintados de verde. El dormitorio encierra ordinariamente, todas las elegancias del mobiliario. Los espejos son pocos y de pequeña dimensión; las cortinas, cortinajes y demás frivolidades que transforman en bazares nuestras viviendas francesas, son poco corrientes en Lima, donde serían además una anomalía con el clima y las costumbres del país. Las mujeres casadas y las jóvenes, indistintamente reciben las visitas, y la introducción de un extranjero, a pesar de inesperada, no parece nunca ni sorprenderlas ni traer entre ellas la menor contrariedad; le hacen una acogida simpática y simple y le autorizan casi desde el principio, a dejar de lado las insipideces ridículas de la ceremonia; de manera que al fin de la primera entrevista, él se encuentra tan cómodo, como entre antiguas amistades. Para completar la ilusión, su nombre de bautizo, que la eufonía limeña reviste de un encanto tan particular, regocija su oído a cada interpelación. El visitante por su lado, teniendo delante una joven o una matrona de la edad más avanzada, no debe jamás de aplicar a su interlocutora los sustantivos de «señorita» o de «niña». Las limeñas son tan sensibles a esa adulación exagerada, que, se asegura, jamás mujeres de sociedad han soportado con más resignación la implacable invasión de los años. Así, para disimular el «irreparable ultraje», encuentran ellas, a menudo, recursos en los cosméticos más excepcionales y a veces en las más ridículas estratagemas.
El epíteto español «bonita», está generalmente consagrado, cuando se habla de las limeñas. Se ven pocas, en efecto, que llegan a la hermosura. Pequeñas, más bien que grandes, son esbeltas y bien proporcionadas. En su rostro de rasgos regulares y finos, resaltan en medio de una palidez que no tiene —46→ nada de enfermiza, y bajo el arco regular de las cejas, ojos negros de una movilidad febril, y un poder de ojeadas, sin rival. Sus manos y sus pies, son su orgullo, tienen toda la perfección deseada. La limeña ha conservado para su pie, una solicitud que, al comienzo de siglo era llevada hasta la idolatría. Entonces, las mujeres, en su intimidad, no llevaban zapatos ni medias; se maquillaban el pie por completo, como entre nosotros el rostro. Hoy día, por poco que la naturaleza haya dado, atolondradamente, un largo un poco exagerado, a esa extremidad, una mujer no titubea en sacrificarse a la dimensión; y se tortura con un calzado muy chico a la manera de las chinas.
Las limeñas tienen renombre de hechiceras, que parece proverbial en las repúblicas circundantes; jamás un extranjero dirá: «He ido a Lima», sin levantar esta interrogación inmediata: «¿Y de las limeñas?». Las respuestas son (todas) unánimemente favorables a esas sirenas de la América del Sur. Los viajeros de todos los países, en el retrato que esbozan, celebran hasta la envidia, su gracia, su elegancia, su gentileza, y sobre todo, la fecundidad y flexibilidad de su espíritu, tan inagotable en verba burlona y sarcástica para las enemistades, como en palabras cariñosas y en atenciones ingeniosas, para los afectos. No hay flema, por británica y rebelde que sea, ni organización refractaria capaz de resistir el asalto que les libra un grupo jovial de limeñas, susurrando su dulce idioma.
Han puesto en duda, a menudo, la simpatía de los criollos para con los europeos y especialmente, para los franceses. Es posible que en alguna otra época, inspirándose en tradiciones españolas poco favorables a estos últimos, sobre todo; y más a menudo aún, humillados por el fausto ultrajante de ciertos improvisados, en los que el orgullo y la insolencia impedían hacer olvidar un bajo origen, los peruanos hayan derramado, a veces, su amargura, su asco y su desprecio. Hoy día, esas causas de desavenencias se han reducido considerablemente. La multiplicidad de nuestras relaciones con el Perú, ha vulgarizado ahí, las ideas francesas y casi no se ven levantarse esas fortunas escandalosas tan comunes en otra época. Los pocos comerciantes extranjeros que se enriquecen, deben sus éxitos a un trabajo consciente y obstinado. Ya no hay más esos industriales sin escrúpulos explotando a una población confiada, burlando su credulidad y jactándose con cinismo de sus fechorías. Si la raza no se ha extinguido completamente —47→ aún, al menos, se vuelve día a día, más rara y más pudiente; el buen sentido de los peruanos, además, ha hecho justicia y no envuelve la masa de emigrantes en su reprobación. Debemos decir, por lo tanto, que existe a veces en los actos y las palabras de los limeños, ciertas contradicciones que parecerían justificar el reproche de falta de sinceridad que se le supone; pero ese matiz de su carácter, muy espiritualmente indicado por un escritor de Lima, tiende sobre todo a una pueril manía de nacionalismo (esta es la expresión de que se vale), nacido a raíz de la Independencia. No es raro ver a tal individuo, vivir en relaciones frecuentes e íntimas con los extranjeros, desear presentarse con ellos en los círculos y lugares públicos, engalanarse a cada instante con sus numerosas amistades transatlánticas y profesar, según la disposición de espíritu e interés del momento, un supremo desdén hacia los objetos de su frecuentación y de su solicitud ordinarias. Las mujeres sobre todo, que más que en otras partes, buscan la intimidad de los extranjeros, no dejan exhalar su humor de un modo violento, al menor resentimiento. Con qué alegría maligna y burlona, gritan: «¡Ay niña, extranjeros yo, con que no puedo verlos ni pintados; con que hasta me parecen animales!». «Lo repetimos sin embargo, el nacionalismo de los limeños, no se basa en ningún principio fijo y existe sólo en estado de manía».
Como en todos los países españoles, la música y el baile, son las artes que encuentran en Lima más adeptos entre las mujeres; sus disposiciones naturales se unen al sentimiento más exquisito, para suplir a los maestros que les faltan. Son pocas en la sociedad que no saben tocar convenientemente el piano y se cuenta cierto número que se han elevado a un talento de primer orden. Las partituras de todas las escuelas, le son familiares, pero sus preferencias son para la música italiana. La ópera italiana establecida en la capital del Perú, hace varios años, debió naturalmente, desarrollar el gusto de las limeñas por las melodías de Rossini y de Bellini. Las voces frescas y límpidas, no son raras en Lima y nosotros hemos oído a mujeres de sociedad, ejecutar con legítimo éxito, los trozos más difíciles de obras de renombre. En cuanto a la coreografía, ella no muestra sino furtivos fulgores; zamacueca, la resbalosa, el zapateo y otros bailes nacionales llenos de carácter encuentran apenas hoy día, intérpretes en los salones. Eso se debe sin duda, a las triviales exageraciones que las bajas clases les han hecho sufrir. Las jóvenes bailarinas, viendo asomar —48→ en los labios de los hombres una sonrisa equívoca, acabaron por sospechar que atribuían a sus inocentes pantomimas, un sentido sospechoso y desde entonces, tuvieron que renunciar a esas ocasiones de presentar en público, tesoros verdaderamente incomparables de gracia y de flexibilidad. El historiador viajero Stevenson, constataba ya, hace veinte años, con una satisfacción bastante divertida, que nuestra monótona cuadrilla, que ellos llaman «la agradable contradanza», comenzaba a destronar en el Perú a las danzas nacionales; el progreso está ahora casi cumplido. Fuera de la contradanza española, especie de vals de tiempo lento con gran número de figuras, los bailes del buen mundo limeño no difieren sensiblemente de los nuestros, y si se quiere recoger en ese género algunos trozos de color local, hay que buscarlos sobre todo, en las clases populares.
Las mujeres de mundo están en su interior vestidas a la francesa, con una elegancia esmerada. Las modas parisienses, tienen alas para franquear el Atlántico y las cordilleras: en Lima se implantan más fácilmente que en algunas provincias de Francia. El único que no se introduce con facilidad y en esto las mujeres dan prueba de gusto, es el sombrero, pues nada podría valer lo que el tesoro natural de sus cabelleras, cuyas ingeniosas combinaciones varían hasta el infinito y de las que una flor, es siempre el atrayente e indispensable accesorio.
El amor inmoderado por los ramilletes y los perfumes se extiende a toda la población. Es preciso que una casa sea muy pobre para que no se encuentre en ella una cesta de flores y un pomo de agua rica. Es una galantería muy usada en el pueblo, la de adornar el ojal y perfumar el pañuelo del visitante. En las grandes circunstancias, en las épocas de bautizo o de aniversario, el lujo supremo consiste en repartir a los invitados manzanitas verdes, en las que se han hecho incisiones con elegantes arabescos, llenas de polvo de áloe y entrecortadas aquí y allá con clavos de olor. Estos diversos ingredientes, cuya humedad es mantenida por el jugo de la fruta, desprenden un olor de lo más agradable; o son también naranjas colocadas en redecillas de filigrana de plata, y, sobre todo, largas pastillas de incienso cubiertas de papel metálico color de fuego y en las que la canela y las perlas de diferentes matices figuran graciosas espirales. En uno de los extremos se abre una gavilla chispeante de filetes de lama de oro y de plata, sembrados de grano de vidrio, que simulan zafiros, rubíes y esmeraldas. A menudo los hilos metálicos sostienen escuditos de diez francos, —49→ que concurren al ornamento de estas baratijas y les dan un valor más efectivo. Los conventos de mujeres tienen el monopolio de estas costosas inutilidades, cuyo difícil trabajo va a consumirse en algún brasero para echar un poco de humo oloroso. Las esclavas remueven entonces las cenizas para retirar los escuditos, si sus amas, respetuosas del buen tono, no los han desprendido antes. Entre los limeños, lo necesario, casi siempre sacrificado a lo superfluo, no existe sino en límites muy restringidos. En cuanto al confort, sólo ha penetrado en algunas residencias excepcionales. Las costumbres de sobriedad características de este pueblo están de acuerdo maravillosamente con su necesidad de lujo y de ostentación. En general, la única comida seria que se hace al día se compone de uno o dos platos, y raramente se bebe otra cosa que agua; un potaje, especie de sustancia espesa, en que el pan ha reemplazado a la carne, el puchero y la olla clásicos de la cocina española, siguen siendo los platos de resistencia en las clases elevadas. Sobre las mesas más modestas aparecen los guisos nacionales, en que los condimentos juegan siempre un implacable rol. En muchas casas, cada miembro de familia come a su manera y a sus horas, porque el orden y la regla no son las virtudes dominantes de los hogares peruanos.
Algunas circunstancias raras han grabado en mi memoria el recuerdo de una comida, en la que se me ofreció un lugar sin premeditación, debo confesarlo. Uno de esos azares, que las costumbres limeñas hacen nacer a sus pasos, me puso en relación, en el circo de Acho, con una tapada; yo obtuve autorización de su gracia para acompañarla hasta su casa. Entramos en una casa de modesta apariencia, y mi encantadora conductora, me presentó a su familia reunida, una madre, dos hermanos y dos hermanas, seis personas en total. Me acogieron con una cordialidad casi obsequiosa. Era la hora de la comida; de buen o mal grado, tuve que sentarme a la mesa. Los diferentes platos se componían de mazamorra, de tamal extendido en hojas de maíz, y de una especie de masa espesa formada de garbanzos, papas, maíz y carne picada. Al centro de la mesa se destacaba un inmenso, pero único vaso lleno de agua. «¿Dónde está, pues, la Asunción?», dijo la madre, cuando ya habíamos tomado asiento. «Aquí estoy», respondió mi compañera. Dirigí los ojos al fondo del cuarto, y vi a la Asunción en ropa blanca. Su saya color esmalte, de la que había soltado el pasador, acababa de caer a sus pies; en aquel momento, hacía caer de la misma manera su crespón de la China. —50→ El ángel se despojaba de sus alas, pero en su lugar quedaba una encantadora mortal, que vino, la sonrisa en los labios, a sentarse frente a mí. La comida comenzó; cada cual agarraba con los dedos, quien la mazamorra, quien el tamal, y en rueda, bebían un sorbo en el vaso común.
Bajo el especioso pretexto de que no tenía apetito, había querido rehusar una porción de picante, pero tuve que ceder a las insistencias de mis huéspedes que llegaban hasta la tiranía, en sus atenciones hospitalarias. Apenas hube pasado esa composición, cuando su perfidia, velada bajo un sabor agradable, se reveló por entero. El ají del que estaba cargado, me incendió en un instante la garganta y el estómago. Quise beber, pero la vista del vaso me llenó de desaliento. Lo cogí sin embargo, cerrando los ojos en un gesto de desesperado, y lo vacié de un golpe. Nunca mejor que en ese instante, comprendí la hazaña de Bassompierre, bebiendo en los trece cantones. Estaba apenas repuesto de mi chasco, cuando una bolita de miga de pan vino a golpearme la cara. Hice primero, una bastante buena compostura, pero un segundo proyectil vino casi enseguida a reventarme en el ojo. Esta vez yo salté, y debí haber hecho, por lo que me pareció, una mueca bastante grotesca, pues la Asunción se desató en una risa loca que traicionó a la culpable. Mis huéspedes notando mi sorpresa, me invitaron a responder, asegurándome que la bolita era el guión del que se servían para unirse en la mesa las parejas simpáticas. Tal explicación no me dejó decir nada y la acepté gustoso. Nos levantamos al fin; los hombres envolvieron un poco de tabaco en hojas de maíz y lanzaban nubes de humo, a dar envidia; las mujeres echadas en una hamaca que unía en diagonal las extremidades de la pieza, cantaron romances acompañándose con una guitarra, y la velada se terminó con zamacueca que ellas ejecutaron, a mi pedido, con una desenvoltura enteramente peruana.
Bajo el régimen español, en el tiempo de la mayor prosperidad de Lima, los gustos del lujo y del placer en la clase ociosa y opulenta, habían llegado como una fiebre a los últimos rangos de la población; en las mujeres sobre todo, se había vuelto una imperiosa necesidad. Citan, aún hoy en Lima, numerosas fortunas disipadas al soplo de sus caprichos. Las limeñas se glorifican de sus hazañas, como los guerreros del número de sus víctimas. Esas tradiciones de coquetería y de loca prodigalidad no han perdido del todo su imperio. El deseo de —51→ agradar, las fantasías costosas y la miseria, entretienen en las bajas clases un comercio de galantería que es favorecido por la libertad de las mujeres y el precioso auxiliar de su traje; los lugares públicos no son los únicos sitios explotados por esas vírgenes locas; ellas se procuran miles de pretextos para entrar en las fondas y ponerse en contacto con los extranjeros, menos accesibles a la desconfianza que los hijos del país, y más fáciles a los arrebatos de amor propio y a la atracción pintoresca de una aventura imprevista. El respeto de la vejez, las alegrías de la familia, que podrían combatir esa extrema liviandad de costumbres, son desgraciadamente desconocidos por las limeñas. Su vida toda exterior, se pasa en los placeres y se termina en medio de una triste indiferencia. Si en una casa un extranjero se levanta con respeto a la llegada de una mujer de edad, no es raro oír a una joven, decirle en un tono ligero: «No se incomode usted, esa es mi mamita». La madre no sufre en absoluto por esta manera de proceder, ella no tiene sino una ambición, la de ver a su hija rodeada y cortejada; también se presta ella de buena gana, a desempeñar el humilde oficio de una sirvienta junto a la niña que no ha sabido educar.
En esa clase, además, las viejas se preocupan poco de llamar la atención. Tan luego que la edad cruel las ha tocado con su dedo implacable, no pudiendo usar accesorios y artificios que da la fortuna para prolongar su juventud más allá de sus límites, ellas abdican valientemente, viven en el fondo de sus casas y se vuelven indiferentes a todo, aun a la muerte y a la miseria. Como esas figuras extras del teatro, se las ve atravesar el escenario en segundo o tercer plano, conversando con ellas mismas, ocupándose en los quehaceres de la casa. Solamente el éxito de sus hijas puede, en la calma de su tumba anticipada, hacer estremecer su corazón de alegría y de juventud, e iluminar su memoria con deslumbrantes recuerdos; a menudo entonces, el auditorio benévolo, al que la intimidad da confianza, se admira de los efluvios apasionados que pueden desprender aún esas hogueras apagadas en apariencia.
A pesar de la cordial acogida que espera al extranjero en todas las casas de Lima, la vida interior y diaria de los habitantes está muy lejos de ofrecer el interés que se liga a las escenas de su vida exterior, sobre todo cuando una fiesta religiosa o un movimiento político, viene a animar los aspectos. Me cansé pues rápidamente de mis estudios sobre el lado íntimo —52→ de las costumbres limeñas. Otros espectáculos me atraían, y el recuerdo de las fiestas de la Noche Buena me hacían desear una nueva ocasión de mezclarme en algunas diversiones populares. En Lima felizmente, semejantes ocasiones nunca se hacen esperar, y pude observar pronto, bajo una nueva faz, esa singular civilización peruana, siempre tan seductora para contemplar en sus esplendores como en sus miserias; en la gloria del pasado, como en las dificultades del presente.
