Los relatos insertos en la Vigilia y Octavario de San Juan Baptista, de doña Ana Francisca Abarca de Bolea
Cristina Castillo Martínez
Universidad de Zaragoza
Dentro del corpus de libros de pastores que la fortuna y el tiempo nos han legado, se encuentra un pequeño grupo formado por cuatro novelas que comparten una misma peculiaridad: la intencionalidad religiosa que prevalece en sus páginas, y que nos lleva a considerarlos no ya libros de pastores a lo divino, sino libros de pastores espirituales (según la nomenclatura empleada por Emma Herrán en referencia a los libros de caballerías), aunque algunos de ellos están en la frontera del género.
Esos cuatro libros son, por orden de aparición en el tiempo, la Clara Diana a lo divino, de Bartolomé Ponce (Zaragoza, 1599), Los pastores de Belén, de Lope de Vega (Madrid, 1612), Los sirgueros de la Virgen, de Francisco Bramón (México, 1620), y la Vigilia y octavario de San Juan Baptista, de Ana Francisca Abarca de Bolea (Zaragoza, 1679). Sobre este último me gustaría dirigir la atención, no sólo por ser el único escrito por una mujer (al menos que conozcamos), sino también porque, insertos en el transcurso de sus páginas, aparecen dos relatos de innegable interés, como veremos a continuación.
María Ángeles Campo Guiral ya apuntó algunas de las características de esta obra en su excelente edición1, a la que remito para ampliar datos en torno a la vida y a la obra de la autora, que están fuera del alcance de esta comunicación. Me gustaría ahora, partiendo de sus investigaciones, profundizar en el estudio de esos relatos, en las fuentes de las que proceden, en la intencionalidad que se les otorga y en el modo en el que están incluidos en el contexto global de la obra.
En pocas palabras, la Vigilia y octavario cuenta cómo un grupo de pastores se reúne en una ermita erigida en lo alto del Moncayo para celebrar las vísperas de la festividad de San Juan Bautista (desde el 15 al 24 de julio). Para ello, cada uno de los días adornan el santuario, celebran misa, se entretienen con juegos, cantos, bailes, fiestas de toros e incluso dedican parte de su tiempo a relatar historias que, en apariencia, no siempre tienen que ver con el propósito que los tiene allí congregados.
Esta historia marco remito, sin duda, al modelo boccacciano en el que una reunión, de damas y caballeros da lugar a narraciones dispares. Esquema que, por lo demás, fue muchas veces imitado por los autores de la novela corta durante el Barroco. La excusa para, reunirse y contar podía ser una simple tertulia, la visita a una amiga enferma, un viaje o una fiesta, como es el caso de la Vigilia y octavario. Bien es cierto que este contexto narrativo también podría considerarse una trasposición de las reuniones literarias o académicas tan frecuentes en la España, del XVII y que Abarca de Bolea conoció, aunque seguramente de manera indirecta.
La estructura de los libros de pastores, caracterizada, por el entrelazamiento de los casos de amor, se muestra flexible (especialmente en los del siglo XVII) a la hora de permitir que los pastores escuchen o incluso vivan historias de un cariz diferente a las que le son propias, aunque casi siempre, en consonancia con éstas. Los autores se sirven de diferentes técnicas para desarrollar la materia narrativa. La más recurrente es la amplificatio, heredada de la novela bizantina, con la que los autores se distancian, aunque no en demasía, de la historia principal, como, sin embargo, sí sucede en la Vigilia y octavario. Esta forma de inserción no es, en modo alguno, habitual dentro del género. Los casos más parecidos los encontramos en la edición de Los siete, libros de la Diana de 1561-62 con el Abencerraje, en la Diana, de Alonso Pérez (¿con la historia del gigante Gorforosto?)2 y en El premio de la constancia y pastores de sierra Bermeja, de Jacinto de Espinel Adorno, en el extenso relato de Arsindo descendiendo al inferior de un misterioso edificio en el que le espera, una aventura singular3. No obstante hay que tener presente que este libro de pastores no es por entero canónico. De hecho, su adscripción al género ha sido debatida en varias ocasiones a favor de otros epígrafes más adecuados o que, al menos, matizaran algo más sus peculiaridades. Así, Manuel
Alvar4 habla de éste como de «una fusión de novela pastoril sacra y de miscelánea a lo Cigarrales». Willard King5 señala que es una «combinación de la novela pastoril y la colección de cuentos enmarcados a la italiana», mientras que María Ángeles Campo afirma que se trata de «una miscelánea al estilo de la época, enmarcada en una sencilla trama pastoril» (p. X). Con esta última definición me quedo para establecerla base de mi estudio.
Los dos relatos que doña Ana Francisca, inserta en su última obra -que reciben respectivamente los títulos de Apólogo de la ventura en la desdicha y Novela del fin bueno en mal principio- siguen, sin duda, el modelo planteado por Boccaccio en el Decameron. No es de extrañar estando ya en el siglo XVII, cuando ya hacía tiempo que había triunfado el esquema instaurado por Cervantes en sus Novelas ejemplares, intentando adaptar el modelo de las obras de los novellieri italianos. Y mucho menos extraña, tratándose de una autora de gran erudición como, sin duda, fue Abarca de Bolea. A la edad de tres años sus padres encomendaron su educación al convento de Casbas (Huesca), y allí permaneció, tras profesar como religiosa, durante casi el resto de su vida. Sin embargo, su afición por la música, la pintura y sobre todo por la literatura, a pesar de la clausura impuesta en la orden -más flexible que la actual-, le permitieron mantener contacto epistolar -y a través de breves encuentros- con algunos de los participantes de uno de los cenáculos literarios más importantes de la época en Aragón, el de Vincencio Juan de Lastanosa, al que eran asiduos, entre otros, Francisco Jerónimo de Urrea, Francisco de la Torre, el cronista de Aragón donjuán Andrés de Ustarroz e incluso Baltasar Gradan al menos durante la temporada que pasó en Huesca.
La obra se divide en trece capítulos, más uno inicial que no está numerado. Abarca de Bolea ha organizado su material narrativo de una manera muy compartimentada, de acuerdo a los días en los que los pastores celebran el octavario y la vigilia. Para cada uno de ellos hay una descripción muy similar, de donde resulta un esquema que seguramente podría-resultar reiterativo para el lector hasta el punto de sumirle en la monotonía. Tal vez sea este el motivo por el que insertó estos dos relatos, y quizás de forma estratégica, al comienzo (cap. 3) y al final de la obra, (cap. 12).
Los dos están narrados de forma continuada sin interrupciones específicas del narrador y sin intervenciones de ninguno de los oyentes, tan es así que acaban por convertirse en narraciones con vida propia y que, por tanto, podrían funcionar, sin problema alguno, por separado6. Su gran extensión aporta una gran variedad a la trama pastoril -muy débil, por otra parte-, lo que nos ayuda a entender que algunos investigadores la consideren una miscelánea. Es una obra en la que la gran erudición -de índole culta y popular- de esta particular monja se pone en evidencia de continuo.
Ambas narraciones tienen títulos muy sintomáticos -revelan lo que se proponía Abarca de Bolea-, e incluso sintácticamente reproducen un mismo esquema. Los dos guardan similitud con el relato corto, y también deben mucho a la tradición popular, especialmente el primero.
Con el término «apólogo» se hace referencia, según señala el DRAE (2001) a un «Breve relato ficticio con intención didáctica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados»
; es decir, lo más parecido a una fábula e incluso a un cuento. La elección de este nombre frente al de «novela», empleado para referirse al siguiente relato inserto, no parece, por tanto, baladí. Es posible postular que Abarca de Bolea quisiera que el lector identificara sin dificultad este relato con un cuento popular que le fuera familiar.
Este apólogo traslada a los oyentes y a los lectores a la ciudad de Tebas. Allí, un anciano mercader, antes de morir, lega a sus hijos tres objetos mágicos: una sortija de oro, con la propiedad de enriquecer una casa de lencería y sedas; una bujetilla7 guarnecida de diamantes, que proporcionaba cuantas ricas telas y preciosas joyas quisiera; y un bolsillo del que conseguiría dinero. Sólo les pide una cosa: que sean discretos.
Lisardo, el hermano menor, incumple la promesa y cuenta la procedencia de sus riquezas ala astuta Florisbella, que termina quedándose con su bolsillo. Y también con los objetos mágicos de sus hermanos, que Lisardo previamente les había pedido para poder recuperar el suyo.
Pobre y desesperado vaga por los campos. Come, sin pensar en las consecuencias, una manzana que encuentra en el camino. E inesperadamente comienzan a salirle cuernos. Un poco después, toma un higo y estos apéndices desaparecen. Decide, entonces, utilizar estos frutos para vengarse de Florisbella. De manera que se hace pasar por vendedor de manzanas y luego por médico para sanarla, no sin antes haber propinado una paliza a su criada Casandra y a ella por haberse aprovechado de su bondad.
El relato concluye con la boda de Lisardo y Casandra y con el acuerdo entre Lisardo y el arzobispo del lugar para que, con el dinero de Florisbella, se construya un templo dedicado a san Juan.
La narración aquí contada presenta toda una serie de elementos que proceden de la tradición popular y que Aarne y Thompson catalogaron en Los tipos del cuento folklórico. Una clasificación8con el número 566 «Los tres objetos mágicos y las frutas maravillosas» (Fortunato). Causa la devolución de los objetos con una manzana; hace crecer los cuernos por comerla.
- Los objetos mágicos, (a) Cada uno de tres hombres recibe de un maniquí o de una princesa encantada un objeto mágico: (b) una bolsa (manto) que se llena por sí sola, (c) una gorra de viaje, (d) y un cuerno (silbato) que proporciona soldados.
- La pérdida de los objetos (a). Uno por uno los objetos son robados por una princesa con quien el héroe juega naipes, (b) Por medio de la gorra de viaje transportan a la princesa a un lugar lejano, pero se escapa.
- La manzana mágica. El héroe come una manzana que le hace brotar cuernos en la cabeza; luego encuentran una fruta que los quita.
- La recuperación de los objetos, (a) El héroe regresa a la corte y logra obligar a la princesa a comer una manzana; le salen cuernos de la cabeza, (b) En recompensa por haberla curado, le devuelve los objetos mágicos.
Aurelio de Llano en sus Cuentos asturianos9 recoge una narración con el título «Las tres prendas de Pedro» (un cinto, una espada y una colcha), de las que el héroe es desposeído y sólo logra recuperar por medio de una docena, de peras y otra de pavías que, como en el cuento narrado por Abarca de Bolea, logran que aparezcan los cuernos y desaparezcan.
Las frutas mágicas con las que recobran los objetos perdidos forman parte igualmente del tipo número 567 de Aarne y Thompson, pero en este caso se trata de un único objeto y muy particular: «El corazón mágico del pájaro», del que Julio Camarena y Máxime Chevalier ofrecen un ejemplo en su Catálogo tipológico del cuento folklórico español: «El pájaro de los diamantes». Esta vez, el protagonista intenta conseguir el preciado corazón que le ha sido arrebatado por una mujer. Para tal fin utiliza unos higos y un poco de hierba, con las mismas propiedades que la manzana y los higos, respectivamente, del relato anterior. Y es que el poder de ciertos frutos en la vida del hombre, y en algunos casos su carácter simbólico, forma parte de la tradición tanto popular como culta. Además de la famosa manzana de la discordia o de las manzanas de oro del jardín paradisíaco de las Hespérides, hay que aludir a aquella que abrió la puerta, del pecado original al mundo, la manzana del árbol del bien y del mal, aspecto que no se le escapa a Abarca de Bolea al afirmar, en relación con el momento en que Lisardo hinca el diente al fruto, que «No hizo reparo este mozo en el daño general que otras manzanas causaron al género humano».
Ese primer motivo de la pérdida de objetos mágicos (tipo 563) ha sido localizado, además, por Luis Estepa y José Manuel Pedrosa en Ruanda, en una versión oral relatada por un joven de 15 años: «La escudilla, el molinillo y el bastón mágicos»10
Pero más allá de las fuentes y de los paralelos de este motivo folklórico, me interesa señalar aquí el modo en que doña Ana Francisca Abarca de Bolea lo insertó en una obra marcada por un fin religioso claro, más allá de lo estrictamente didáctico-moral que, en principio, se deduce de la lectura del cuento.
Sirvan de ejemplo, algunas de las apostillas introducidas por la autora desde el comienzo mismo del relato: así, el padre deja su herencia una vez que ha cumplido «con las leyes de católico». Describe a su esposa la primera vez que la vio, tomando como punto de referencia a la Virgen: «Toda ella era un perfecto dechado de la Madre del Amor, en la hermosura». Insiste en el modo en que consiguió su conversión: «La persuadí que recibiera la ley evangélica y dejase los errores de la gentilidad», e incluso en el momento en el que él mismo le imprime el sello del bautismo: «Procuré asegurarla luego para la bienaventuranza y, en un cristalino arroyo que me servía de espejo a la vista y copa al gusto, la dije las misteriosas palabras con que se imprime en el alma el espiritual carácter del santo bautismo». Al entregarle a sus hijos los objetos mágicos les pide que «hagáis una casa o hospital con título del señor san Juan Baptista, a quien debo todo mi ser». Es curioso, asimismo, que el joven Lisardo conozca a Florisbella en la iglesia mientras en el sermón se trata del misterio de la Inmaculada concepción de María. Y el broche moral se cierra, coincidiendo con el final de la obra, con el arrepentimiento de los protagonistas y con la promesa cumplida que
Lisardo había hecho a su padre:
Los distintos paralelos que existen de alguno de los motivos presentes en este relato evidencian no sólo el éxito que tuvo, sino también la funcionalidad de los resortes que lo sustentan, que, en el caso concreto de la Vigilia y octavario, se basa en lo puramente religioso: también aquí Lisardo, el hijo menor, el inconsciente o el confiado, rompe el secreto que le había hecho guardar su padre y confiesa ante la astuta Florisbella cuál es su tesoro. Es la vanidad la que le conduce a perder no sólo su bolsillo, sino también la bujetilla y la sortija de sus hermanos. Su insensatez le conducirá a la pobreza. Inmerso en la desgraciase encomendará al Santo y, como caídas del cielo, llegarán esas frutas. La lección está servida. Lisardo es un héroe que ha errado su camino, al desobedecer los consejos de su padre, pero sabe enmendar la situación. El final que le espera es la boda con Casandra, criada de Florisbella, y para que todo termine bien, se construye una ermita a San Juan.
La narración concluye con el caer de la tarde y la despedida de los pastores. Habrán de pasar varios días para que se animen de nuevo a contar historias. Será en el capítulo 12 con la Novela del fin bueno en mal principio.
El argumento de esta obra es algo más enrevesado que el anterior. Se trata de la historia de dos estudiantes en Salamanca, uno de origen portugués, Fulgencio, y otro milanés, Lisardo. Cuando el primero está visitando a su amante, que está apunto de morir, llega inesperadamente su esposo, por lo que aquél se ve obligado a esconderse en el baúl de las joyas. La esposa, entonces, le hace prometer al marido que cuando muera la enterrará junto a aquel arca. Y así lo hace.
Por su parte, Lisardo ha sido engañado por una mujer que, haciéndose pasar por su hermana, le ha robado su dinero. Como resultado de uno de sus embustes, el pobre Lisardo ha acabado embadurnado de «pegajosa liga»; Para limpiarse se introduce en el interior de un pozo, causando el terror a tres hombres que precisamente se dirigían a robar el baúl enterrado. Junto a ellos intenta recuperar el tesoro, pero una vez allí, sus compañeros huyen al escuchar voces procedentes del baúl, que Lisardo identifica con las de su amigo Fulgencio. Atraídos por los bienes allí sepultados, se acercan también el sacristán y dos frailes. Al descender uno de ellos, Lisardo le coge un pie haciéndole huir atemorizado. Una vez fuera de la bóveda, Fulgencio y Lisardo van en busca de la fingida hermana para que le restituya sus bienes. Esta, a punto de morir, se arrepiente de lo cometido y pide un confesor.
La gran erudición de la monja aragonesa se percibe también en esta segunda narración, que, como apunta Campo Guiral, pudo tomar del Aviso IV de El Cuñal del Parnaso, de Matías de los Reyes, que lleva por título «En que por un suceso notable se muestra el trato del amor lascivo y el peligro que resulta de la comunicación de las mujeres». Esta obra fue publicada en 1624, mientras que la Vigilia y octavario apareció en 1679, aunque tenemos constancia de que fue escrita con anterioridad. El cotejo de ambos textos pone en evidencia la comunión de elementos, aunque no el plagio, como indicaba King11:
| Novela del fin bueno en mal principio (1679) | Aviso IV (1624) |
| 1. Don Fulgencio y Lisardo (amigos) | 1. Felisardo y Aurelio (amigos) |
| 2. Lisardo marcha en busca de su hermana (que resulta ser una embustera) | 2. Aurelio va en busca de su hermana |
| 3. Don Fulgencio se enamora de doña Clara pero aparece también una doña Flora | 3. Felisardo se enamora de Porcia |
| 4. Doña Flora, enferma, manda llamar a don Fulgencio. Al llegar el marido, esconden a su amante en el baúl, junto a sus joyas. | 4. Felisardo visita a Porcia, que está enferma. Cuando llega el marido lo esconde en el arca donde guarda las joyas. |
| 5. Doña Flora le hace prometer a su marido que cuando muera pondrá el baúl en la misma bóveda, pues no quiere que si se vuelve a casar, su nueva esposa disfrute de sus posesiones. | 5. Porcia, enferma, le hace prometer a su marido, que cuando muera pondrá el arca en la misma bóveda, pues no quiere que si se vuelve a casar, su nueva esposa disfrute de sus posesiones. |
| 6. Lisardo va a ver a su supuesta hermana y ésta le engaña y acaba embadurnado. Se mete en el pozo de una noria para limpiarse y al ir a salir escucha a tres hombres que van a beber. En esto sale Lisardo, asustando a todos. | 6. Aurelio, engañado por su supuesta hermana, entra en una recámara en la que acaba embadurnado de excrementos. Ella aprovecha para robarle. En el camino encuentran a Felisardo, pero como huele tan mal, lo meten en un pozo para que se lave. En esto llegan unos frailes y al verle salir, huyen despavoridos. |
| 7. Ellos que iban en busca del tesoro, piensan que es el alma de la difunta. Una vez en el santuario, se encuentran con Lisardo, causa de su susto, y le convencen para que baje al interior de la bóveda. Pero cuando quitan la losa escuchan ruidos y asustados dejan al pobre Lisardo en el interior. Al mismo tiempo, el sacristán y dos frailes planean también desenterrar el tesoro. Lisardo escucha las voces de su amigo, dentro del baúl. Cuando el sacristán comienza a bajar, Lisardo le tira de un pie, y dando voces huyen. | 7. Los hijos de Octavio convencen a Aurelio para que sea él quien se adentre a la bóveda Los hijos de Octavio le sacan y le conducen a la bóveda. Uno de los frailes se adentra, y Aurelio le tira de una pierna, por lo que temerosos salen huyendo. |
Muchos autores de libros de pastores vieron en la novela corta un cúmulo de elementos de los que nutrirse para remozar aquel género, que no podía avanzar valiéndose de sus propios recursos y convocaba, por ello, a otros procedentes tanto de novelas anteriores que habían dejado huella en el lector, como de las nuevas experimentaciones que se estaban llevando a cabo en el campo de la ficción narrativa del momento.
Son muchas las ocasiones en las que relatos de índole cortesana se entremezclan con lo pastoril, de manera especial y evidente en el siglo XVII. Lo estamos comprobando en el caso de la Vigilia, y no faltan ejemplos en otros muchos. Entre ellos, La Cintia de Aranjuez, de Gabriel de Corral (Madrid, 1629), cuya principal particularidad estriba en la concepción de la obra como una fingida Arcadia. La protagonista, Cintia, adopta el disfraz pastoril y marcha al campo. Otros personajes la imitan. No es de extrañar, por tanto, que en este ambiente de cortesanos metidos a pastores surjan historias de índole más urbana. En el libro IV, se cuenta la del baúl que sirve de urgente refugio para el amante ante la llegada del marido. Se trata de un motivo recurrente en la novela corta, aunque también aparece reiteradas veces en la cuentística12.
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Tanto en la Vigilia, como en El Curial e incluso en La Cintia, el amante visita a la amada en el lecho de muerte. La llegada inesperada del marido le lleva a esconderse en un baúl donde se encuentran las posesiones de ella. Ésta, como último deseo, solicita al marido que sea enterrado junto a ella, o que se envíe a una amiga, como sucede en la obra de Gabriel de Corral.
Es necesario reseñar que precisamente en esta novela Abarca de Bolea incorpora siete composiciones poéticas13, dos de las cuales («Soneto fúnebre» y «Soneto a un retrato de la reina nuestra señora») fueron presentadas a dos certámenes organizado el uno a raíz de la muerte del príncipe Baltasar Carlos -que le valió el segundo premio-, y el otro con motivo de la boda de Felipe IV y Mariana de Austria.
Buena parte de este material que procede de acarreo se lo apropia la religiosa de Casbas para introducir algunas composiciones, como ya hemos visto, o algunos temas que le merecen interés: por ejemplo la ciudad de Zaragoza, que describe; la orden del císter, a la que la monja pertenecía, y a la que dedica varios elogios: «Mucho se aficionó Lisardo a la religión del Císter y propuso serle muy devoto, acordándose también de cuan favorecida había sido de todos los mayores príncipes de Europa» (p. 328).
La intención religiosa es aquí menos evidente que en el Apólogo. No obstante, no faltan lugares en los que aprovecha la religiosa para presentar una lección moral, especialmente al final de la obra cuando Isbella, la fingida hermana de Lisardo, reconoce su error, se confiesa y deja a éste como heredero de todos sus bienes.
Ninguna de estas historias está relacionada con la principal y desde luego poco tienen que ver entre sí, salvo por la forma en que Abarca de Bolea las insertó en el conjunto de la Vigilia y octavario. Así, en ambas se produce el habitual cambio de la voz narradora: para el primero, Mileno se erige en narrador, y para el segundo, Gerardo. Aquél manifiesta que quiere contar el apólogo porque en él «se trataba mucho de la religión del santo precursor». La excusa del segundo cambia, pues como él mismo dice, refiere la historia por «dar las gracias al señor donjuán». Y, por supuesto, otra similitud formal -puesto que no temática- entre estos dos relatos es su extensión, que -hemos de suponer- ocupa buena parte de la jornada de los pastores, ya que, en ambos casos, cuando concluyen se despiden hasta el día siguiente.
| (p. 110) | ||
| (p. 346) | ||
En estas dos narraciones, los pastores no pasan de ser meros oyentes de lo que allí se está contando.
Además de estos dos relatos, Abarca de Bolea inserta otros nueve, mucho más breves y de carácter cómico, bajo el título de «Cuentecillos ridículos y verdaderos», basados en el desconocimiento y mal entendimiento de la lengua latina, aspecto del que habló Luis Gil Fernández en el Panorama social del Humanismo español (1500-1800)14 y que aparece ampliamente documentado en la tradición popular. Un ejemplo de los incluidos por Abarca de Bolea es el siguiente:
| (pp. 243-244)15 | ||
Con el Apólogo de la ventura en la desdicha, la Novela del fin bueno en mal principio y estos nueve cuentecillos, la monja aragonesa consigue crear toda una miscelánea muy del gusto de la época, siguiendo siempre la máxima horadan a del «prodesse et delectare», pues la materia popular es lo suficientemente maleable como para orientar su carácter didáctico hacia lo religioso.
El conocimiento de los géneros narrativos y su utilización, la llevan a situarse en un puesto de importancia entre las pocas mujeres escritoras del momento, como María de Zayas, Leonor de Meneses o Mariana de Carvajal. Pero además, su amplia erudición, no sólo en materia culta sino también popular, prestan un especial interés a esta obra que supera las expectativas de un libro de pastores al uso e incluso de un libro espiritual.