Amaneció el día 7 de septiembre estando Madrid en la paz más profunda. Bien es cierto que aun en las sediciones violentas suelen adolecer los madrileños, y aun quizá los moradores de todas las poblaciones grandes, del achaque que atribuye el cardenal de Retz a los parisienses como peculiar suyo, cuando dice que no quieren, ni en las ocasiones de más empeño, se désheurer; esto es, alterar sus horas. Pero no es menos verdad que el alboroto de la noche anterior, falto de objeto y de plan, mal podía seguir, no renovándose lo que le dio principio. Con todo, hay motivo de creer que entrado el día no se habría conservado el sosiego, porque así como en las alteraciones del mar, en las de la plebe, tras de la tempestad no viene una calma completa y no interrumpida, ni dejan de manifestarse señales del pasado mal, que cuando no se renueva en su fuerza primera, se repite con violencia más o menos mitigada. Sin embargo, no ocurrió lo que debía temerse, gracias al alarde que hizo de su fuerza el Gobierno, y aun de su rigor, si le ponían en caso de usarle. Cubriéronse de tropas los lugares de más concurrencia en la capital. La Puerta del Sol fue ocupada por bastantes crecidas fuerzas y por artillería, asistiendo al lado de los cañones, con las mechas encendidas, los artilleros. Acudió no poco golpe de curiosos a ver las tropas, pero con quietud perfecta, si bien algunos pocos en sus semblantes daban señales de enojo. Entre tanto, salían para sus destinos Riego y los demás desterrados, a quienes, si mal no me acuerdo, hubo de aguijarse para que no se detuviesen.
En las Cortes aquel día se trajo a cuento la situación de Madrid y de los negocios. No asistí yo a la sesión, y sólo puedo hablar de ella, así por lo que refirieron los periódicos, como por informes de mis amigos. Promovió el debate el diputado Moreno Guerra, con no menos falta de tino en el modo que en la sustancia. Habló de los vivas que se le daban al rey, pintándolos como conatos de sedición contra las nuevas leyes. Fácil fue probar que los sediciosos habían sido los constitucionales en aquella ocasión, fuesen las que fuesen las intenciones de los del opuesto bando. Hablaron muchos diputados, vagamente todos y no entrando de lleno en la cuestión pendiente. Fue muy celebrado un discurso de Gutiérrez Acuña, cabalmente porque significaba poco, reduciéndose a cuatro máximas, tan juiciosas y evidentes cuanto inútiles a sustentar una u otra de las causas opuestas, obra de autor nada instruido de no mal entendimiento, aunque tampoco de grande agudeza, y bienintencionado. Quiroga habló, y protestando en nombre del Ejército, que había mandado, de su deseo de obedecer al Gobierno, ni dijo lo cierto, ni con lo que dijo hizo el efecto que sus palabras en sí debían producir, tomadas por lo que sonaban, procurando y viniendo a ser, en efecto, su discurso desaprobación de la conducta de Riego y de sus parciales. Así lo hubo de entender Martínez de la Rosa, que, muy empeñado en dar apoyo al Ministerio en aquel trance, ensalzó con hiperbólica alabanza la arenga del general del Ejército libertador, diciendo que tanta gloria había adquirido con ella cuanta con anterior hecho insigne. Por la razón misma los revolucionarios consideraron una declaración de guerra lo que había dicho Quiroga, y le afearon su proceder, que en verdad no era ni malo ni cuerdo. Pero el héroe de aquella sesión fue el ministro Argüelles, el cual hizo un largo discurso, donde mostró las buenas y malas cualidades de su condición y de su elocuencia. Siendo hombre por demás soberbio y receloso, así como recto y firme, miraba a sus contrarios como malvados o como necios; creía de ellos cuanto malo puede discurrirse, y todas las tramas que era común achacarles, y estaba determinado a sustentar a todo trance la causa de las leves y del orden, y aun al rey en el uso de su prerrogativa constitucional, siendo así que miraba a Fernando con desconfianza y odio. Pintó con templanza el desacuerdo con que había procedido Riego, pero dejando traslucir que más diría, si justos respetos no le contuviesen, y ese más que callaba era más que la verdad, si bien él creía ciertas las mentiras que corrían en punto a los proyectos del general y de sus amigos. Así, con embozada frase, se dejó decir que no quería abrir las páginas de aquella historia. ¡Que se abran, que se abran!, gritaron con ímpetu hombres de opuestas opiniones, unos con la esperanza de ver descubiertas feas tramas, otros por saber que nada importante podía decirse contra Riego y sus parciales, fuera de lo público y notorio, y por creer con harta razón que aquellas reticencias y palabras preñadas eran para ellos una ofensa, con todos los efectos de una calumnia. No quería Argüelles ser calumniador, distando mucho de su noble modo de pensar tal deseo; pero en su orgullo sin par no podía bajarse a que se le sacase una palabra más que las que estaba resuelto a decir, y, por otra parte, él creía mucho mal oculto, figurándosele haberle indicado con su penetración, sin haber podido, por falta de datos, llegar a averiguarlo. Lo cierto es que si le alabaron sus amigos, sus contrarios le vituperaron unos y otros con exceso, y que los segundos le dejaron el nombre de Páginas por apodo.
Acabada la sesión de las Cortes como solían concluir entonces, a hora temprana de la tarde, no se retiraron de la Puerta del Sol y demás sitios principales las tropas que los ocupaban. Había aquel día (7 de septiembre de 1820) eclipse anular de sol, cabalmente en la mitad del día. A ver uno y otro espectáculo poblaba las calles numeroso gentío. La luz amarillenta y casi apagada de la principal lumbrera del cielo caía sobre Madrid, dando singular tinte al cuadro que a la vista presentaba la capital de España y en los vencidos, entre los cuales me contaba yo, hacía poderoso efecto, aumentándoles la tristeza. No así a lo general de las gentes, para las cuales eran objeto de la misma imparcial curiosidad el alarde militar y el eclipse, no temiendo ni esperando más del uno que del otro.
Al mismo tiempo habían salido a luz proclamas de las autoridades principales de Madrid. En ellas se hablaba con la hipérbole común de los españoles, ya para ponderar triunfos pasados, ya para amenazar a los enemigos con males tremendos. Señalóse el capitán general don Gaspar de Vigodet, que amenazaba exterminar a ciertas gentes, sin decir claro a quiénes asestaba sus tiros. Mucho amargó este lenguaje a los caídos, cuya injusticia los llevó a ensañarse con Vigodet, buen servidor del Estado desde tiempos antiguos, pero cortesano de Fernando en los días de la monarquía absoluta, pareciendo un desatino que rigiendo la Constitución no tocaba hablar contra sus restablecedores a persona que con el déspota había privado.
Llegada la noche de aquel día, y retirándose las tropas al cabo de algunas horas de oscuridad y paz profundas los que habíamos perdido la batalla nos preparábamos, llenos de tremenda saña, a acibarar su triunfo a los vencedores. De dos armas disponíamos, que eran las Sociedades masónicas y las Sociedades patrióticas, porque la Milicia nacional no era nuestra todavía. Pero ni aun de nuestras armas podíamos usar entonces con brío, si no queríamos cometer un acto de locura, porque nos faltaba fuerza en el brazo, lastimado de haber recibido golpes y de haber sido parados con fuerza los que tratamos de dar, y, por otra parte, nuestros enemigos eran muy fuertes en aquel momento, contando Argüelles y sus colegas con casi todos los constitucionales antiguos, con el Ejército en su mayor parte, con la guarnición de Madrid y con los amantes de la monarquía antigua, que, sin dejar de serles enemigos, los favorecían como a instrumentos empleados a la sazón en dañar y debilitar a más temibles y aborrecidos adversarios.
No dejamos de proceder con tino en nuestra firmeza. En cuanto a la Sociedad de la Fontana, determinamos que suspendiese sus sesiones, pintando la situación en que se estaba como una de tiranía absoluta. A la suspensión acompañaba una protesta. Extendíla yo en términos de violencia suma en el fondo, y en los términos de moderación amarga en la forma. Leído mi manuscrito en Junta privada de varios socios, no hubo de agradar, principalmente porque había miedo de publicarle. Un socio, buen hombre y no muy largo en luces e instrucción, puso por reparo, y en cierto modo miró con extrañeza, que se dijese en aquel papel que no querían decirse muchas cosas, siendo así que se iban diciendo. A esta objeción respondió Regato, defendiéndome, y conmigo a mi obra, que el escribir era un arte y que en él semejantes protestas de no decir lo mismo que se iba diciendo, estaban muy conocidas y en mucho uso, siendo un modo de dar más fuerza a lo que se expresaba con suponer que más se diría si se pudiese. Esta razón valió poco, porque persuadió de que mi papel era violento, lo cual venía a ser la verdad pura. Así hubo de resolverse pura y simplemente declarar que la Sociedad de los Amigos del Orden suspendía sus sesiones. A algunos disgustó esta resolución, porque gustaban más de oír arengas contra el Gobierno, que no del silencio; pero fueron los menos entre nuestros amigos los que así pensaron.
En el gobierno masónico el bando vencedor no tenía poca fuerza. Compuesto el cuerpo gobernador de los representantes de los capítulos de las provincias, varios de sus miembros, por otro lado personajes de mérito y alto concepto, siguieron adictos al Ministerio y aprobaron su conducta, apoyada por una crecidísima mayoría en las Cortes, tocante a los sucesos recién ocurridos. Pero en casos tales da la victoria tener más atrevimiento que los contrarios y ganarles la delantera. Así fue, que varios de los que quedábamos en aquel cuerpo proscribimos a nuestros compañeros, lanzándolos de nuestro lado como apóstatas y casi como traidores. El conde de Toreno, Yandiola, Torres, Zuilialacárregui, varios diputados de Galicia que habían sido algunos de ellos de la Junta revolucionaria de aquella provincia, quedaron comprendidos en esta dura condena. Los que así nos alzamos con la autoridad éramos una minoría, y aun corta, faltándonos Manzanares, San Miguel y Velasco con otros. Pero todo dependía de que la Unión masónica en toda España, y aun en Madrid, reconociese nuestra legitimidad y diese por buenos nuestros procedimientos. Así sucedió, y así lo esperábamos con razón, porque en semejante sociedad vencen y predominan los de opiniones más extremadas. Los Soberanos Capítulos y aun todas las logias nos reconocieron por legítima cabeza de la sociedad, y por miembros con razón cortados, a los que habíamos separado de nosotros. Había en Madrid una logia llamada La Templanza, que sin pasar de ser de las llamadas simbólicas, como las demás, gozaba de otro concepto y tenía gran peso por componerse de personas muy calificadas en la Sociedad llamada por los masones profana. Ésta quedó, en cierto modo, separada de maestra comunión, pero no anatematizada del todo, aunque en ella predominasen los proscriptos o sus amigos. Por otra parte, éstos no pudieron o no quisieron levantar altar contra altar, o dígase hacer un cisma en que hubieran tenido algunos, aunque pocos secuaces.
El Soberano Capítulo de Cádiz era nuestro con ardor vivo e intenso. Influía en él, sobre todos, don Francisco Javier Istúriz. Por algún tiempo aún tuvieron esperanzas inciertas de que hubiese allí un conato de levantamiento en favor de Riego, o dígase de nuestra causa. Pero no fue posible tanto, ni nos atrevimos a proponerlo, ni aun tal vez a desearlo claramente. En Cádiz, sin embargo, siendo ciudad señalada por su amor a la Constitución en 1814, cuando era corto el número de los que en España seguían la misma bandera, y acordándose del sangriento suceso del 10 de marzo, y existiendo relaciones amistosas con el Ejército libertador, mirado allí como cosa de familia o de casa, quedó muy general aversión al Ministerio, si bien de este afecto no participaban algunos de la clase rica, aunque de los constitucionales. Comenzó entonces a salir un periódico, al cual dieron fama las singularidades de su autor, la protección que por algunos personajes de cuenta le fue dispensada, y la aceptación con que le recibió el ignorante vulgo. Escribíale una persona que, según fama, había pertenecido a una orden monástica, y que disfrazaba su apellido con el extraordinario de Clara Rosa, tomado, como él mismo hubo de decir, de haber tenido dos queridas, de las cuales una se llamaba Clara, la primera, y Rosa, la segunda; circunstancia que hasta para pintar a tan personaje que hacía gala de sus vicios. Era el tal escritor hombre ignorantísimo, y aun de gramática castellana sabía poco; pero suplía las faltas de sus pobres pensamientos y pésimo estilo con una audacia increíble. Diose a sustentar las ideas más extremadas, si con fundamento puede decirse que sustentaba en su periódico doctrinas de alguna clase. Pero hablaba contra el Gobierno con violencia que tocaba en la raya de sediciosa, y aun solía traspasarla, con lo cual se hizo útil servidor de algunos, y gustó a la parte peor y más numerosa de lectores que en Cádiz comprendía al vulgo. A su tiempo llegaron el periódico y el periodista de que acabo de hablar a cobrar excesiva y fatal importancia; pero, desde luego, tuvieron alguna, si bien los efectos de su trabajo eran lentos y poco conocidos.
En la imprenta, en Madrid, no contábamos con un periódico donde se defendiese el interés de nuestro bando. Pero suplí yo la falta con un folleto que hizo grandísimo ruido, aunque en verdad no valía mucho. Esperóse con ansia, sabiendo que iba a salir a luz; despachóse, quitándosele la gente de las manos, y a poco cayó en el olvido que merecía, del cual no le sacaría yo ahora, aun cuando pudiera. Reducíase a censurar la conducta del Ministerio y las proclamas de las autoridades de Madrid, en estilo severo y algo hueco, donde no era menor la acrimonia porque no fuesen destempladas las palabras. Sería hipócrita si no dijese que en su clase tenía algo bueno con bastante malo, luciendo una u otra dote en su estilo seco, del modo que lo es el mío, y con algo de castellano rancio, mezclado con gusto inglés en el modo de presentar los pensamientos.
Pero tan flacos embates no habrían hecho la menor mella en la fábrica robusta de un Gobierno bien constituido. Y no lo hicieron en verdad, si bien por otras causas el triunfo de la nuestra, aunque sólo hasta cierto punto, estaba seguro. La victoria fue fatal a los ministros por haberla alcanzado sobre contrarios que eran la mejor fuerza con que podían ellos contar, viéndose amenazados, como tenían que serlo, por más formidables enemigos. Cuanto perdieron los restablecedores de la Constitución, otro tanto ganaron el rey y sus amigos, en cuyo perjuicio y afrenta había sido la Constitución restablecida. ¡Tristes situaciones son éstas de los tiempos revueltos, en que guardar las leyes o sustentarlas lleva a segura ruina, siendo el problema que se presenta a la solución por quien o en cuyo provecho es menos perjudicial o peligroso que sean las mismas leyes quebrantadas!
Triunfante el Gobierno, unidas con él las Cortes, vencidos los que con la autoridad de su nombre y servicios intentaban mantener, a costa o en vez del sistema legal, el revolucionario, parecía que las cosas debían caminar por sus trámites regulares, sin tropiezos de bulto. Los que habíamos perdido la batalla de septiembre sólo esperábamos, pero esperábamos mucho y con fundamento, en que los ministros tendrían que pedirnos auxilio, viéndose amagados por el rey y amenazada de muerte la Constitución de que eran defensores.
Esta ocasión no tardó en llegar. Las Cortes se inclinaron a hacer reformas. El Ministerio no las proponía, pues se había resignado a hacer un papel todavía más pasivo que el que por la Constitución le estaba señalado, pero las aprobaba. Al rey eran todas ellas muy desabridas en sí y por el origen de que venían. A una hizo más oposición que a otras, que fue a lo resuelto por las Cortes sobre la extinción de los conventos de monjas y reducción de los de frailes. Fernando se mostró dispuesto a negar la sanción real a la ley propuesta y votada por el Congreso. Estaba tan mal entendido el juego de la máquina constitucional, que nadie -cuando más muy pocos- miraba el caso como una discordancia de opinión entre el monarca y sus consejeros responsables, en que, no siendo la opinión de éstos atendida, debían hacer su dimisión inmediatamente. Fernando leía la letra de la Constitución, y viendo que a él tocaba dar o negar la sanción a los proyectos de ley que el Congreso le presentase aprobados, y que nada se decía allí de los ministros, juzgó que no tenía para qué consultarles en aquel negocio, y aun los reputó entrometidos hasta pecar de insolentes, porque en él quisiesen mezclarse. Esto no obstante, vínose algo a la razón, pero como quien cede a consideraciones de conveniencia o de miedo al hacer lo que puede y privativamente le compete. Celebróse una avenencia, por la cual sancionaría el rey la ley siempre que le dejasen subsistir seis monasterios. Dándole en esto gusto, volvióse atrás de su manifestado propósito, y se declaró resuelto a negar la sanción a la ley, aun enmendada. Todo esto, según iba pasando, era sabido en Madrid, y encendía enojo contra el monarca en los constitucionales, atizando el fuego, más que otros, los amigos de los ministros. Por fin, diose por supuesto que sería negada la sanción, y al mismo tiempo corrió con valimiento la idea de que era necesario forzar al rey a darla. De súbito alborótanse las gentes, aunque sin romper en motín, y comienza a decirse que en la noche de aquel día la Sociedad de la Fontana abriría sus sesiones a fin de que se hablase sobre el gran negocio pendiente. Muchos socios así lo deseaban; los amigos de los ministros, halagando a aquellos a quienes pocos días ha vituperaban, lo aconsejaban con empeño, dando por supuesto que su consejo, sería seguido; el vulgo liberal, que gustaba mucho de la bulla y poco del rey, saludaba gozoso aquella ocasión como enviada por el cielo para proporcionarle el recreo de oír declamaciones contra los objetos de su malquerencia. En el cuerpo gobernador de la masonería, aun expurgado, había asimismo gentes que, sin querer a los ministros, cuando los veían contrarios a Fernando, se inclinaban a darles su apoyo. Algunos pocos no participaban de este modo de pensar, y entre éstos nos señalábamos Regato y yo. El primero, fuesen cuales fuesen ya sus intenciones, pensaba en este caso con acierto y con justicia, diciendo que no convenía hacer nosotros el papel de alborotadores de oficio, a quienes se reprimía o se soltaba según se creía conveniente, con lo cual quedaban justificados todos cuantos cargos abultados o calumniosos nos hubieran sido hechos por nuestros enemigos, y que no convenía dar auxilio a los ministros, robusteciendo su poder para nuestro propio desconcepto y daño, pues aún éramos sus contrarios, y contrarios vencidos y tratados con dureza. Iguales argumentos hice yo, y con tal fuerza y eficacia hablamos, que hubimos de vencer a los que opinaban de diverso modo. Resolvióse, pues, que no se hablase, resolución a que muchos accedieron de mala gana; con mayor disgusto la recibieron los que estaban abajo esperando, deseosos de una función en la cual se prometían entretenimiento y poco aficionados a adelgazar en la política, por lo cual les parecía que en declamaciones furibundas, sobre todo siendo contra el rey y la corte, nunca había daño. No hubo, pues, sesión en la Sociedad de la Fontana ni alboroto en las calles, y esto no obstante, sucedió lo que se esperaba conseguir de las arengas sediciosas o de las amenazas de alborotadores agavillados. Como corría la voz por Madrid de que había sesión en la Fontana de seguro, y probablemente asonada en seguida, creyeron ser esto verdad los cortesanos y el rey mismo. Empezaron a llegar a Palacio noticias falsas, dando por empezado el alboroto, o poco menos. Amedrentóse mucho Fernando viendo miedo en sus allegados, y de pronto dio su sanción a la ley, quitando así motivo o pretexto al motín que temía, y no descontento de tener una razón como para darse por forzado y supeditado hasta en el uso de sus prerrogativas constitucionales.
Más satisfecho quedé yo de mi conducta en este suceso y de la victoria que conseguí, aunque no pública, impidiendo la celebración de las sesiones de la suspensa Sociedad patriótica, que del nuevo triunfo alcanzado por los constitucionales sobre Fernando. Sin embargo, bien mirado, aun este último venía bien al interés de mi bando, porque si daba fuerza a los ministros por el pronto, los dejaba tan mal con el rey, que un rompimiento entre el uno y los otros era inevitable y para época no muy lejana. Entre tanto, hubo nuevo motivo de discordia entre nosotros y el Ministerio. Hízose una ley para enfrenar a las Sociedades patrióticas, lo que equivalía a decir para quebrar en nuestras manos, o cuando menos dejar poco temible, el arma de que hacíamos más uso y sacábamos más ventaja, y a la cual teníamos más apego. No acertaré a decir si era el interés de mi vanidad o el de mis aumentos futuros, o el de mi partido, lo que más me empeñaba con furia en favor de las tales Sociedades; pero puedo decir que consideraciones que en mi alucinamiento me parecían desinteresadas, y aun de ello algo, si bien poco, tenían, me hacían defensor acalorado y tenaz de semejantes cuerpos, deseando y creyendo posible darles el carácter que tienen los meetings en Inglaterra, y estimando el conseguirlo necesario para robustecer alcanzar la libertad en España. La ley que se hizo en las Cortes fue malísima, y a mí tal me pareció; pero fue por lo poco que tenía de buena por lo que la reprobé. Hasta un amigo mío diputado, poco versado en materia de leyes políticas, me pidió que le escribiera un discurso defendiendo las Sociedades e impugnando la propuesta ley, lo cual hice, siendo la tal obra, no sé si leída, o después de aprendida de memoria pronunciada. Tal cual era, poco efecto hizo, estando nuestra parcialidad llena de admiración a un discurso que en el mismo debate, y sustentando la causa de las Sociedades patrióticas, leyó el diputado y canónigo Martínez Marina, eruditísimo escritor, de estilo pesado y correcto, y dicción en general pura y castiza, de poco sano criterio, virtuoso, y, sin embargo, sustentador y promovedor de doctrinas cuyo inevitable fruto es el desorden encarnizado; a punto de ver en la sociedad y legislación de los tiempos antiguos lo que se llama libertad en los modernos, autor un tiempo estimado en mucho, y hoy decaído por saberse más en las materias que él trató con más celo que discernimiento. Este discurso, publicado en folleto, hizo daño en el concepto de los más entusiastas a la causa que el autor defendía. El compuesto por mí y pronunciado por mi amigo valía poco también, y era notable por desvaríos de otra especie.
En esta discusión pronunció Argüelles un discurso muy celebrado por sus admiradores, y no muy digno de serlo, a pesar de que sustentaba una buena causa, y de que en él se mostró en más de un trozo elocuente; pero del cual ensalzándole uno mucho con graciosa sencillez, se dejó decir que había estado el orador divino tratando de mil cosas, aunque de las Sociedades patrióticas, objeto del debate, muy poco.
La ley hecha salió tal, que el desorden de las Sociedades podía muy bien seguir, con ser ella fielmente observada por los que mandaban. No lo fue, andando el tiempo, y su ambigüedad, como se verá, se prestaba algo a que no lo fuese.
Por el pronto, el discurso del ministro Argüelles y su nueva victoria aumentaron en mí el odio que entonces le profesaba, que era arrebatado y loco. En los de mi partido, si no llegó el enojo a tanto, no dejó de sentar mal el golpe dado a las Sociedades, cuyo auxilio pocos días antes había sido pedido y aun usado por el Ministerio, o cuando menos por sus amigos, no del todo sin su anuencia. Estas circunstancias trajeron unos tratos hasta ahora ignorados del público, habiéndolos sólo yo indicado en el Compendio de la Historia de España que he publicado, traduciendo, ampliando y continuando, desde el reinado de Carlos IV, la escrita en inglés por el doctor Dunham.