Luego que don Juan salió de Granada, fue a posar el Duque en casa del Presidente, conforme a la orden que tenía de don Juan. Comenzose a entender en la provisión de vitualla en Guadix, Baza y Cartagena, lugares de Andalucía y la comarca, para proveer el campo de don Juan, y en Granada y su tierra el del Duque; pero de espacio y con alguna confusión, por la poca plática y desórdenes de comisarios y tenedores, inclinados todos a hacer ganancia y extorsiones con el Rey y particulares; y aunque Francisco Gutierrez fue parte para atajar la corrupción, no lo era él ni otro para remedialla del todo. Salió el Duque de Granada a 21 de bebrero de 1.570, quedando por cabeza y gobierno de paz y guerra el Presidente; y por ser eclesiástico, quedó don Gabriel de Córdoba para el de guerra y ejecutar lo que el Presidente mandase, que daba el nombre; y hacía el oficio de general un consejo, formado de tres oidores, auditor general Francisco Gutierres de Cuéllar, el corregidor de Granada; quedaron a la guardia de la ciudad cuatro mil infantes: hacíase con la misma diligencia con el Albaicín despoblado, Güéjar en presidio nuestro, guardada la Vega con las mismas centinelas, las postas, los cuerpos de guarda, los presidios en Cénes y Pinillos, que cuando la Vega estaba sospechosa, el Albaicín lleno de enemigos, Güéjar en su poder; y duró esta costa y recato hasta la vuelta de don Juan, o fuese por olvido, o por otras causas el guardar contra los de dentro y los de fuera. ¡Que cosa para los curiosos que vieron al señor Antonio de Leiva teniendo sobre sí el campo de la liga, cuarenta mil infantes, nueve mil caballos y la ciudad enemiga; él, con solo siete mil infantes enfrenalla, resistir los enemigos, sitiar el castillo y al fin tomallo, echar y seguir los enemigos, fuertes, armados, unidos, la flor de Italia, soldados y capitanes! Vino al Padul37 el mismo día que salía de Granada, donde en Acequia se detuvo muchos días esperando gente y vitualla, y haciendo reducto en Acequia y las Albuñuelas para asegurarse las espaldas y asegurar a Granada en un caso contrario o furia de enemigos, y el paso a las escoltas que partiesen de la ciudad a su campo; otro fuerte en las Guájaras para asegurar aquella tierra y los peñones, donde otra vez los echó el marqués de Mondéjar; y por dar tiempo a don Juan para que juntos entrasen en el río de Almanzora y Alpujarra. Allí le fue a visitar el Presidente y dar priesa a su salida; tomó el camino de Órgiba con ocho mil infantes y tresciento y cincuenta caballos. Iban con él muchos caballeros del Andalucía, muchos de Granada, parte con cargos, y parte por voluntad. Llegó sin que los enemigos le diesen estorbo, aunque se mostraron pocos y desordenados, al paso de Lanjarón y de Cáñar.
Mientras el Duque se ocupaba en esto, salió don Juan de Austria de Baza con su campo para Galera, adonde puso su cerco, enviando a reconocella; y considerando primero el daño que de un castillo que estaba en la parte alta les podía venir, se trató de minalla; y habiendo hecho algunas minas, les pusieron fuego, con que cayó un gran pedazo del muro con muerte de algunos de los moros cercados. Algunos soldados de los nuestros, de ánimo alborotados, arremetieron luego por medio del humo y confusión, sin aguardar tiempo ni orden conveniente, a los cuales siguieron otros muchos y al fin gran parte del ejército, procurando embestir la fortaleza por el destrozo que las minas habían hecho, todo sin hacer efecto, por estar un peñón delante. Los enemigos estaban puestos en arma y haciendo a su salvo mucho daño en los cristianos con muchas rociadas de arcabuces y flechas, sin ser necesaria la puntería, porque no echaban arma que diese en vacío, sin que esto fuese parte para hacer retirar los ánimos obstinados de los soldados, ni ninguna prevención ni diligencia de oficiales y capitanes; tanto, que necesitó a don Juan de Austria a ponerse con su persona al remedio del daño, y no con poco peligro de la vida; porque andando con suma diligencia y valor persuadiendo a los soldados que se retirasen, sin olvidarse de las armas, fue herido en el peto con un balazo, que aunque no hizo daño en su persona, escandalizó mucho a todo el campo, particularmente a su ayo Luis Quijada, que nunca le desamparaba, cuyas persuasiones obligaron a don Juan a retirarse, por el inconveniente que se sigue en un ejército del peligro de su general. Mas ordenó al capitán don Pedro de Ríos y Sotomayor que con diligencia hiciese retirar la gente porque no se recibiese más daño; el cual entró por medio de los nuestros con una espada y rodela, a tiempo que se conocía alguna mejoría de nuestra parte, diciendo: «Afuera, soldados, retirarse afuera; que así lo manda nuestro príncipe.» Había ya cesado algún tanto el alarido y voces, de suerte que se oían claro las cajas a recoger, y todo junto fue parte para que tuviese fin este asalto tan inadvertido. Aquí se mostró buen caballero don Gaspar de Sámano y Quiñones, porque habiendo con grande esfuerzo y valentía subido de los primeros en el lugar más alto del muro y sustentado con la mano el cuerpo para hacer un salto dentro, le fueron cortados los dedos por un turco que se halló cerca dél: sin que esto le perturbase nada de su valor, echó la otra mano y porfió a salir con su intento y saltar del muro adentro; mas no dándole lugar los enemigos, le fue resistido de manera, que dieron con él del muro abajo. No fue parte este daño para que a los nuestros les faltase voluntad de continuarle segunda vez otro día, y así lo pidieron a don Juan; el cual, pareciéndole no ser bien poner su gente en más riesgo con tan poco fruto, y tratádose en consejo, mandó que hiciesen un par de minas para que en este tiempo se entretuviesen y descansasen los soldados. Los enemigos, considerando su peligro cercano y la tardanza de socorro, despacharon a Abenabó pidiéndole favor, a lo cual Abenabó cumplió con solas esperanzas, porque la diligencia del Duque en lo del Alpujarra lo traía sobre aviso, temeroso y puesto en arma. Acabadas las minas, mandó don Juan que se encendiesen la una una hora antes que la otra. Hízose, y la primera rompió catorce brazas de muralla, aunque con poco daño de los cercados, por estar prevenidos en el hecho; y. así, seguros de más ofensa se opusieron a la defensa de lo que estaba abierto, unos trayendo tierra, madera y fagina para remediarlo, y otros procurando ofender con mucha priesa de tiros continuos; y estando en esto sucedió luego la otra mina, que derribando todo lo de aquella parte, hizo gran estrago en los enemigos, y tras esto, cargando la artillería de nuestra parte, se comenzó el asalto muy riguroso; porque no teniendo los moros defensa que los encubriese y amparase, eran forzados a dejar el muro con pérdida de muchas vidas; adonde se mostró buen caballero por su persona don Sancho de Avellaneda, herido del día antes, haciendo muchas muestras de gran valor entre los enemigos, hasta que de un flechazo y una bala todo junto murió. Siguiose la victoria por nuestra parte hasta que del todo se rindió Galera, sin dejar en ella cosa que la contrastase que todo no lo pasasen a cuchillo. Repartiose el despojo y presa que en ella había, y púsose el lugar a fuego, así por no dejar nido para rebelados, como porque de los cuerpos muertos no resultase alguna corrupción; lo cual todo acabado, ordenó don Juan que el ejército marchase para Baza, adonde fue recebido con mucho regocijo.
Hallábase Abenabó en Andarax, resoluto de dejar al Duque el paso de la Alpujarra, combatille los alojamientos, atajarle las escoltas, cierto que la gente cansada, hambrienta, sin ganancia, le dejaría. Este dicen que fue parecer de los turcos, o que le tuviesen por más seguro, o que hubiesen comenzado a tratar con don Juan de su tornada a Berbería, como lo hicieron, y no quisiesen despertar ocasiones con que se rompiese el tratado. Pero a quien considera la manera que en esta guerra se tuvo de proceder por su parte, desde el principio hasta el fin, pareceranle hombres que procuraban detenerse, sin hacer jornada, por falta de cabezas y gente diestra, o con esperanza de ser socorridos para conservarse en la tierra, o de armada para irse a Berbería con sus mujeres, hijos y haciendas; y así, teniendo muchas ocasiones, las dejaron perder como irresolutos y poco pláticos. Partió de Órgiba el Duque, después de haberse detenido en fortificarla y esperar la entrada de don Juan treinta días, la vuelta de Poqueira; mas Abenabó, teniendo aviso que el Duque partía, y que de Granada pasara una gruesa escolta al cargo del capitán Andrés de Mesa, con cuatrocientos soldados de guarda y algunos caballos, púsose delante en el camino que va a Jubiles, por donde el Duque había de pasar, haciendo muestra de mucha gente y tener ocupadas las cumbres; trabó una gruesa escaramuza con la arcabucería del Duque, haciendo espaldas con cuasi seis mil hombres en cuatro batallas. Reforzó el Duque la escaramuza apartando los enemigos con la artillería, y tomó el camino de Poqueira por el rodeo. Los enemigos, creyendo que Duque les tomaba las espaldas, desampararon el sitio; mas en el tiempo que duró la escaramuza acometieron a la escolta de Andrés de Mesa, en la cuesta de Lanjarón, Dali, capitán turco, y el Macox, con mil hombres, rompieronla sin matar o captivar más de quince; solo se ocuparon en derramar vituallas, matar bagajes, escoger y llevar otros cargados; pelearon al principio, pero poco; mataron el caballo a don Pedro de Velasco, que aquel día fue buen caballero y salvose a las ancas de otro. Enviábale el Rey a dar priesa en la salida del Duque y llevar relación del campo y mandar lo que se había de hacer. Súpose de un moro a quien captivaron tres soldados que solos siguieron el campo de Abenabó, como su intento solo había sido entretener al Duque; pero él, luego que entendió el caso de Andrés de Mesa, más por sospechas que por aviso, envió caballería que le hiciese, espaldas, y llegaron a tiempo que hicieron provecho en salvar la gente ya rota y parte de la escolta. Hecho esto, se siguió el camino de los aljibes, entre Ferreira, y río de Cádiar, por el de Jubiles, y aquella noche tarde hizo alojamiento en ellos. Tenía la guardia Joaibi con quinientos arcabuceros, que viendo alojar los nuestros tarde, y con cansancio, y por esto con alguna desorden, dio en el campo, y túvole en arma gran parte de la noche, llegando hacia el cuerpo de guardia y matando alguna gente desmandada; pero fue resistido, sin seguillo por no dar ocasión a la gente que se desordenase de noche. Dicen que si los enemigos aquella noche cargaran, que se corría peligro, porque la confusión fue grande, y la palabra entre la gente común, viles, que mostraba miedo; mas valió el ánimo y la resolución de la gente particular y la provisión del Duque, enderezada a deshacer los enemigos sin aventurar un día de jornada, en que parecían conformarse Abenabó y él, porque cada uno pensaba deshacer al otro y rompelle con el tiempo y falta de vitualla, y salieron ambos con su pretensión. Envió Abenabó a retirar a Joaibi, siguiendo el parecer de los turcos, y después por bando público mandó que sin orden suya no se escaramuzase ni desasosegasen nuestro campo. Vino el Duque a Jubiles por el camino de Ferreira, adonde halló el castillo desamparado; y comenzado a reparar, envió a don Luis de Córdoba y a don Luis de Cardona con cada mil infantes y ciento y cincuenta caballos que corriesen la tierra a una y otra parte; pero no hallaron sino algunas mujeres y niños; y llegó a Ujíjar sin dejar los moros de mostrarse a la retaguardia, y de allí sin estorbo a Válor, donde, se alojaron.
Salió don Juan de Baza la vuelta de Seron con intento de combatilla, y llegando con su campo a vista de Caniles, recibió cartas del Duque pidiéndole con grande instancia la brevedad de su venida, proponiéndole ser toda la importancia para que hubiese, fin la guerra del Alpujarra, dando por último remedio que se juntasen los dos campos y cogiesen en medio a Abenabó. Pareciéndole a don Juan este buen medio, y sin más detenerse, caminó la vuelta del campo del Duque, y marchando el suyo, llegaron a vista de Seron, donde algunos pocos soldados desmandados, viendo los moros tan puestos en defensa, no lo pudiendo sufrir, se movieron a quererlos combatir, contra el presupuesto de don Juan, diciendo en alta voz: «¡Nuestro príncipe piensa vanamente si pretende pasar de aquí sin castigar esta desvergüenza,» y diciendo: «Cierra, cierra, Santiago, y a ellos,» los siguieron otros muchos, incitados de su ejemplo, y tras ellos toda la demás sin que valiese ninguna resistencia; y sin más autoridad ni orden embistieron el lugar con tan grande ímpetu, que aunque salieron los moros de Tíjola, no fue parte para que dejasen de allanar el lugar del primer asalto, y le metiesen a sacomano; aunque no les salió a algunos tan barata esta jornada, lo cual lo poco que duró fue bien reñida, y adonde entre otros fue herido Luis Quijada de un peligroso balazo que le quitó la vida con grande sentimiento de don Juan, conforme al mucho amor que le tenía. No tuvo aun cuasi lugar don Juan de atender a este sentimiento, provocado de mil moros que se metieron en Seron, y le dieron ocasión de más batalla; y no la rehusando, volvió sobre ellos con deseo de acabar esta ocasión por acudir a las cosas del Alpujarra, lo cual hizo después de algunas dificultades livianas con un asalto que fue el remate desta victoria. Este día se señaló don Lope de Acuña, mostrando bien el gran ser de que siempre estuvo acompañado en muchas ocasiones.
Abenabó, visto que el duque de Sesa estaba en el corazón de la Alpujarra, repartió su campo y la gente de vecinos que traía consigo; puso ochocientos hombres entre el duque y Órgiba, para estorbar las escoltas de Granada; envió mil con Mojajar a la sierra de Gador, y a lo de Andarax, Adra y tierra de Almería; seiscientos con Garral a la sierra de Bentomiz, de donde había salido don Antonio de Luna, dejando proveído el fuerte de Cómpeta, para correr tierra de Vélez; envió parte de su gente a la Sierra-Nevada, y el Puntal que corriesen lo de Granada; quedó él con cuatro mil arcabuceros y ballesteros, y destos traía los dos mil sobre el campo del Duque, que con la pérdida de la escolta estaba en necesidad de mantenimientos, pero entretúvose con fruta seca, pescado y aceite, y algún refresco que Pedro Verdugo le enviaba de Málaga, hasta que viendo por todas partes ocupados los pasos, mandó al marqués de la Favára que con mil hombres y cien caballos y gran número de bagajes atravesase el puerto de la Ravaha, y cargase de vitualla en la Calahorra (porque fuese dos veces nombrada con hambre y hierro en daño nuestro), adonde había hecha provisión, y tan poco camino, que en un día se podía ir y venir. Dicen que el Marqués rehusó la gente que se le daba, por ser la que vino de Sevilla, pero no la jornada; y siendo asegurado que fuese cual convenía, partió antes de amanecer con las compañías de Sevilla y sesenta caballos de retaguardia, y él con trescientos infantes y cuarenta caballos de vanguardia, los embarazos de bagajes y bagajeros, enfermos, esclavos en medio, la escolta guarnecida de una y otra parte con arcabucería. Mas porque parece que en la gente de Sevilla se pone mácula, siendo de las más calificadas ciudades que hay en el mundo, hase de entender que en ella, como en todas las otras, se juntan tres suertes de personas: unas naturales, y estos cuasi así la nobleza como el pueblo son discretos, animosos, ricos, atienden a vivir con sus haciendas o de sus manos; pocos salen a buscar su vida fuera, por estar en casa bien acomodados; hay también extranjeros, a quien el trato de las Indias, la grandeza de la ciudad, la ocasión de ganancia, ha hecho naturales, bien ocupados en sus negocios, sin salir a otros; mas los hombres forasteros que de otras partes se juntan al nombre de las armadas, al concurso de las riquezas; gente ociosa, corrillera, pendenciera, tahura, hacen de las mujeres públicas ganancia particular, movida por el humo de las viandas; éstos, como se mueven por el dinero que se da de mano a mano, por el sonido de las cajas, listas de las banderas, así fácilmente las desamparan con el temor dellas en cualquier necesidad apretada, y a veces por voluntad: tal era la gente que salió en guardia de aquella escolta. El Marqués, sin noticia de los enemigos ni de la tierra, sin ocupar lugares ventajosos, y confiado que la retaguardia haría lo mismo, corno quien llevaba en el ánimo la necesidad en que dejaba el campo, y no que la diligencia fuera de tiempo es por la mayor parte dañosa, comenzó a caminar aprisa con la vanguardia; pero aun los últimos que aun sin impedimento suelen de suyo detenerse y hacer cola, porque el delantero no espera, y estorba a los que le siguen, y el postrero es estorbado y espera, abrieron mucho espacio entre sí, y la escolta hizo lo mismo entre sí y la vanguardia. Mas Abenabó, incierto por dónde caminaría tanto número de gente, mandó al alcaide Alarabi, a cuyo cargo estaba la tierra del Cenete, que siguiese con quinientos hombres (Cenete llaman aquella provincia, o por ser áspera o por haber sido poblada de los Cenetes, uno de cinco linajes alárabes que conquistaron a África y pasaron en España, que es lo más cierto). Partió el Alarabi su gente en tres partes: él con cien hombres quiso dar en la escolta; al Piceni de Güéjar, con doscientos, ordenó que acometiese la retaguardia por la frente, y al Martel del Cenete, con otros doscientos, la rezaga de la vanguardia, entrando entre la escolta y ella, al tiempo que él diese en la escolta, y en caso que no le viesen cargar con toda la gente, que estuviesen quedos y emboscados, dejándola pasar. Los nuestros, parándose a robar pocas vacas y mujeres, que por ventura los enemigos habían soltado para dividirlos y desordenarlos, fueron acometidos del Alarabi con solos cuatro arcabuceros por la escolta, cargados de otros treinta que les hacían espaldas, y puestos en confusión; tras esto cargó el resto de la gente del Alarabi, que rompió del todo la escolta, sin hacer resistencia los que iban a la defensa. Dio el Piceni en la caballería, que era de retaguardia, la cual rompió, y ella la infantería; lo mismo hizo Martel con los últimos de la vanguardia del Marqués al arroyo de Vayárzal; lo uno y lo otro tan callando, que no se sintió voz ni palabra. Iba el Piceni ejecutando la retaguardia de manera que parecía a los nuestros que lo vían ir ejecutando al Martel. Siguieron este alcance sin volver la caballería ni rehacerse la infantería hasta cerca de la Calahorra, todos a una, matando el Alarabi enfermos y bagajeros, y desviando bagajes; llegó el arma, con el silencio y miedo de los nuestros, al Marqués tan tarde, que no pudo remediar el inconveniente, aunque con veinte caballos y algunos arcabuceros procuró llegar; murieron muchos enfermos que iban en la escolta, muchos de los moros y bagajeros, entre estos y soldados cuasi mil personas; quitaron setenta moriscas captivas, y lleváronse más de trescientas bestias sin las que mataron; captivaron quince hombres, no perdieron uno: aconteció esta desgracia en 16 de abril (1.570). Llevó el Marqués las sobras de la gente rota y lo demás de lo que pudo salvar a la Calahorra, y reformándose de gente en Guadix, salió adonde estaba don Juan. Los enemigos, habiendo puesto la presa en cobro, quedaron seis días en el paso y por la sierra.
Mas el Duque, entendiendo la desgracia y el poco aparejo de preveerse por la parte de Guadix, fiando poco de la gente, quiso acercarse más a la mar por haber vitualla de Málaga; y por ser el abril entrado, y dar el gasto a los panes, quitar a los enemigos el paso para Berbería, vino a Berja ya después de haber talado la cogida en el Alpujarra; y hizo lo mismo en el campo de Dalías, donde tenían las esperanzas de cebada y grano. Al alojar en Berja hubo una pequeña escaramuza, en que murieron de los nuestros algunos; de los moros, según ellos, cuarenta. Mas la hambre y poca ganancia, y el trabajo de la guerra, y la costumbre de servir a su voluntad, y no a la de quien los manda, pudo con los soldados tanto, que sin respeto de que hubiesen sido bien tratados de palabra y ayudados de obra, con dinero, con vitualla, quitando lo uno y lo otro a la gente de su casa, y a veces a su persona, se desranchaban, como habían hecho con el marqués de Vélez; pero acostumbrado a ver y sufrir semejantes vueltas en los soldados, vino de Berja a Adra, donde tuvo más vitualla, aunque no más sosiego con la gente: parecíales desacato culparle, y volvíanse contra don Juan de Mendoza, y decían palabras sin causa; acriminábanle la muerte de un soldado de quien hizo justicia como juez, porque debía ser loado; amenazaban, protestaban de no quedar a su gobierno: excusábanse de don Juan que ya andaba, entre ellos recatado; no dejaban de poner bolatines (llaman ellos bolatines las cédulas que de noche esparcen con las quejas contra sus cabezas cuando andan en celo para amotinarse, en que declaran su ánimo, y mueven los no determinados con quejas y causas de sus cabezas); saliéronse de Adra trescientos arcabuceros, o fuese, según ellos publicaban, haciendo escolta a un correo; y dando en los enemigos, fueron los doscientos y treinta muertos por el alcaide Alarabi y el Mojajar, y captivos setenta: no se supo más de lo que los moros refieren, y que entendiendo de uno de los captivos como nuestro campo había desalojado de Ujíjar con pérdida y desorden, y dejado municiones escondidas, sacaron de un aljibe cantidad de plomo, municiones y embarazos. En el mismo tiempo mataron los moros que Abenabó enviaba la vuelta de Bentomiz, gente de sus basas que iban a Salobreña, y entre ellos mercaderes italianos y españoles, tomándoles el dinero; y los que envió hacia a Granada captivaron, peleando con muchas heridas a don Diego Osorio, que venía de con despachos del Rey para don Juan y el Duque, en que se trataba la resolución de la guerra, y concierto que se había platicado con los moros y turcos, por mano del Habaqui; matáronle veinte arcabuceros de escolta, y él tuvo manera como soltarse; y aun querido, vino sin las cartas a Adra.
Ya don Juan trataba con calor la reducción de los moros y la ida de los turcos a Berbería; mas algunos de los ministros, o que les pareciese hacer su parte y prevenir las gracias a don Juan, o que más fácilmente se podía acabar cuanto por más partes se tratase con ellos, metiéronse a platicar de conciertos (dicen que algunos sobresanadamente), y dejaban38 de condenar la manera del trato que don Juan traía, holgando que se publicasen por concedidas las condiciones que los enemigos pedían, aunque exorbitantes. Por otra parte, en Granada, cuanto a la guerra se procedía con toda seguridad en el Gobierno del Presidente; pero cuanto a la paz, con licencia en el tratamiento que se hacía a los moriscos reducidos y que venían a reducirse, y poniendo algunos impedimentos, y mostrando celos de don Alonso Venegas, enviaban moriscos a toda Castilla: sacaban los ministros muchos para galeras; denostaban a los que se iban a rendir, y por livianas causas los daban por captivos su ropa perdida; trataban del encierro como perjudicial; ayudábanse por vías indirectas del cabildo de la ciudad, que estaba oprimido y sujeto a la voluntad de pocos, todo en ocasión de estorbo; no dando cuenta, particular a don Juan para que él la diese al Rey, haciendo cabeza de sí mismos; escribiendo primero por su parte con palabras sobresanadas, tocaban a veces en su autoridad o fuese (según el pueblo) para que las armas no les saliesen de las manos, o ambiciones de su opinión, por excluir toda manera de medios que no fuese sangre, ofendidos que pasase algo sin darles cuenta particular. Los efectos manifiestos daban licencia para que fuesen juzgados diversamente, y todos en daño del negocio; y aun añadían que estando el Rey en Córdoba, no faltaba atrevimiento para escribir trocadamente y hacer negociación, del estorbo, sospechando él alguna cosa: atrevimiento que suele acontecer a los que andan por las Indias, con los que desde España los gobiernan; por donde hay más que maravillar de la disimulación que los reyes tienen cuando siguen sus pretensiones, que pasan por los estorbos sin dar a entender que son ofendidos.
Tenía el Duque avisos, ansí por espías como por cartas tomadas, que los turcos se armaban para socorrer a Abenabó por la parte de Castil de Ferro, aunque pequeño, a propósito para desembarcar gente, y por el aparejo de la Rambla juntarse seguramente con los enemigos. Parecíale que si esto se hacia, deshaciéndose por horas de su gente, podía ser ofendido, o a lo menos encerrado, con poca reputación nuestra y mucha dellos. Acordó combatir aquella plaza, y los enemigos si viniesen a socorrerla, y trujo por mar de Almería piezas de batir; púsose sobre ella, repartió los cuarteles, vinieron las galeras en ayuda y para impedir el socorro de Argel; encomendó la batería al marqués de la Favara, que puso diligencia en asentarla. Llegose y combatió por mar con las galeras, y por tierra con tanta priesa, que abrió portillo para batalla. Murieron, dentro algunos con la artillería, y entre los principales Leandro, a cuyo cargo estaba el castillo, sin otro daño nuestro más del poco que sus piezas hicieron en una galera. Los soldados turcos y moros que estaban a la defensa, que eran cincuenta y dos, desconfiados del socorro de Berbería, sus armas en las manos y una mujer consigo, salieron por la batería y nuestras centinelas, con la escuridad de la noche y confusión de la arma, guiándolos Mevaebal, su capitán, que dos días antes había entrado. Es fama que de los nuestros procedió, que dellos murieron doce, pero no se vieron en nuestro campo, y refieren los moros que todos llegaron, al de Abenabó, algunos dellos heridos. Desamparado Castil de Ferro, envió por la mañana a don Juan de Mendoza y al marqués de la Favara y otros que se apoderasen dél. Hallaron dentro algunos viejos y berberíes y turcos mercaderes, hasta veinte hombres, y diez y siete mujeres de moriscos que las tenían para embarcar; alguna ropa, veinte quintales de bizcocho y la artillería que antes estaba en el castillo, poca y ruin. Entendiose por uno destos moros que estándole batiendo, llegaron catorce Galeras de turcos con socorro, y se tornaron oyendo el ruido de la artillería. Sonó la toma de Castil de Ferro, tanto por el aparejo y la importancia del sitio, por haber sido perdido y recuperado, por ser en ocasión que los enemigos venían a darle socorro, cuanto por la calidad del hecho.
En el mismo tiempo envió don Juan a don Antonio de Luna con mil y quinientos infantes de la tierra, las compañías del duque de Sesa y Alcalá, y la caballería de los duques de Medina Sidonia y Arcos, para que asegurase la tierra de Vélez Málaga contra los que en Frexiliana se habían recogido. Salió de Antequera con esta gente, mas con poco trabajo, escaramuzando a veces, unas con ventaja suya, otras de los moros, comenzó un fuerte en Cómpeta, legua y media de Frexiliana; lugar que fue donde antiguamente se juntaban de la comarca en una feria, y por esto le llamaban los romanos Compita; agora piedras y cimientos viejos, como quedaran muchos en el reino de Granada: otro hizo en el Saliar; y con haber enviado mil hombres a correr el río de Chillar, y tornado con poca presa y pérdida igual, dejando en los fuertes cada dos compañías, volvió la gente a Antequera, y él a su casa con licencia. Recogiose el Duque con su campo en Adra, esperando en qué pararía la plática que se traía con el Habaqui, donde fue proveído de Málaga por Pedro Verdugo bastantemente y con algún regalo. Pasaban seguras las escoltas de su campo al de don Juan; pero los soldados, gente libre y disoluta, a quien por entonces la falta de pagas y vitualla había dado más licencia y quitado a los ministros el aparejó de castigarlos, estaban con igual descontentamiento en la abundancia que en la hambre; huían como y por donde y siempre que podían: de tantas compañías quedaron solos mil y quinientos hombres, los más dellos particulares y caballeros, que seguían al Duque por amistad; con ellos mantenía y aseguraba mar y tierra. Tornó el Rey a Córdoba por Jaén y por Úbeda y Baeza, remitiendo la conclusión de las Cortes para Madrid, donde llegó.
No era negocio de menos importancia y peligro lo de la sierra de Ronda, porque estaba cubierto, y los ánimos de los moriscos con la misma indignación que los de la Alpujarra y río de Almería y Almanzora: montaña áspera y difícil, de pasos estrechos, rotos en muchas partes, o atajados con piedras mal puestas y árboles cortados y atravesados; aparejos de gente prevenida El consejo más seguro pareció al Rey, antes que se acabasen de declarar, asegurarse, sacándolos fuera de la tierra con sus familias, como a los demás. Para esto mandó a don Juan que enviase a don Antonio de Luna con la gente que le pareciese, y que por halagos y con palabras blandas, sin hacerle fuerza ni agravio o darles ocasión de tomar las armas, los pusiesen en tierra de Castilla adentro, enviando con ellos guarda bastante. Recibida la orden de don Juan, partió don Antonio de Antequera a 20 de Mayo (1.570), llevando consigo dos mil y quinientos infantes de guarda de aquella ciudad, y cincuenta caballos. Era toda la gente que don Antonio sacó de Ronda cuatro mil y quinientos infantes y ciento y diez caballos. El día que partió envió a Pedro Bermúdez, a quien el Rey había enviado a la guardia de aquella ciudad, para que con quinientos infantes en Jubrique, pueblo de importancia y lugar a propósito, estuviese haciendo espaldas a los que habían de sacar los moriscos; juntamente repartió las compañías por otros lugares de la tierra, dándoles orden que en una hora todos a un tiempo comenzasen a sacar los moros de sus casas. Partieron el sol levantado a las ocho horas de la mañana. Mas los moros, que estaban sospechosos y recatados, como descubrieron nuestra gente, subiéronse con sus armas a la montaña, desamparando casas, mujeres, hijos y ganados: comenzaron a robar los soldados, como es costumbre, cargarse de ropa, hacer esclavos toda manera de gente, hiriendo, matando sin diferencia a quien daba alguna manera de estorbo. Vista por los moros la desorden, bajaban por la sierra, mataban los soldados, que codiciosos y embebidos con el robo, desampararon la defensa de sí mismos y de sus banderas: iba esta desorden creciendo con la escuridad de la noche; mas Pedro Bermúdez, hombre usado en la guerra, dejando alguna gente en la iglesia de Jubrique a la guarda de las mujeres, niños y viejos que allí tenía recogidos escogió fuera del lugar sitio fuerte donde se recogiese; entraron los moros en el lugar, y combatiendo la iglesia, sacaron los que en ella estaban encerrados, quemándola con los soldados, sin que pudiesen ser socorridos: luejo acometieron a Pedro Bermúdez, que perdió cuarenta hombres en el combate, y hubo algunos heridos de una y otra parte; y con tanto, se acogieron los enemigos a la sierra.
Vista por don Antonio la desorden y lo poco que se había hecho, retiró las banderas con hasta mil y doscientas personas; pero con muchos esclavos y esclavas, ropa y ganado en poder de los soldados, sin ser parte para estorbarlo: recogiose a Ronda, donde y en la comarca la gente públicamente vendía la presa, como si fuera ganada de enemigos. Deshízose todo aquel pequeño campo, como suelen los hombres que han hecho ganancia y temen por ello castigo; pues enviando la gente que sacó de Antequera a sus aposentos, y cuasi las mil y doscientas personas a Castilla, sin hacer más efecto, partió para Sevilla a dar al Rey cuenta del suceso. Cargaban a don Antonio los de Ronda y los moros juntamente: los de Ronda, que habiendo de amanecer sobre los lugares, había sacado la gente a las ocho del día y que la había dividido en muchas partes; que había dado confusa la orden, dejando libertad a los capitanes; los moros, que les habían quebrantado la seguridad y palabra del Rey, que tenían como por religión o vínculo inviolable; que estando resueltos de obedecer a los mandamientos de su señor natural, les habían por este acatamiento y sacrificio que hacían de sus casas, mujeres y hijos, y de sí mismos, robado y dejado por hacienda y libertad las armas que tenían en las manos y la aspereza y esterilidad de la montaña, donde por salvar las vidas se habían acogido, aparejados a dejarlo todo si les restituían las mujeres y hijos y viejos captivos, y ropa que con mediana diligencia pudiese cobrarse. Había tantos interesados, que por solo esto fueron tenidos por enemigos; no embargante que se hallase haberse movido provocados y en defensión de sus vidas. Excusábase don Antonio con haber repartido la gente como covenía por tierra áspera y no conocida; poderse caminar mal de noche; que partida la gente, a ciegas, deshilada, fácilmente pudiera ser salteada y oprimida de enemigos avisados, pláticos en los pasos y cubiertos con la escuridad de la noche; la gente libre, mal mandada, peor disciplinada, que no conoce capitanes ni oficiales, que aun el sonido de la caja no entendían; sin orden, sin señal de guerra; solamente atentos al regalo de sus casas y al robo de las ajenas: fueron admitidas las razones de don Antonio, por ser caballero de verdad y de crédito, y dada toda la culpa a la desorden de la gente, confirmada ya con muchos sucesos en daño suyo.
Ido don Antonio, salió la gente de la comarca, cristianos viejos a robar por los lugares mujeres, niños, ganados; sobras de la de don Antonio, que fue, como he dicho, creído por tenerse buen crédito de su persona y por no tenerse bueno por entonces de los soldados en común. Mas los enemigos, persuadidos de los que habían huido de la Alpujarra, y libres de todos los embarazos, despojados de lo que se suele querer bien y dar cuidado, comenzaron a hacer la guerra descubiertamente, recoger las mujeres, hijos y vitualla que les había quedado; fortificarse en sierra Bermeja y sierra de Istan, tomar la mar a las espalda para recibir socorro de Berbería y bajar hasta las puertas de Ronda; desasosegar la tierra, robar ganados, captivar, matar labradores, no como salteadores, sino como enemigos declarados. Estaba, como tengo dicho, a la sazón el rey don Felipe en Sevilla, suplicado por la ciudad que viniese a recebir en ella servicio.
Sevilla es en nuestro tiempo de las célebres ricas y populosas ciudades del mundo; concurren a ella mercaderes de todo poniente especialmente del Nuevo Mundo, que llamamos Indias, con oro, plata, piedras, esmeraldas poco menores que las que maravillaba la antigüedad en tiempo de los reyes de Egipto, pero en gran abundancia; cueros y azúcar, y la yerba que sucede en lugar de púrpura, o por usar del vocablo arábigo y común, carmesí (cochinilla la llaman los indios, donde ella se cría). Fue Sevilla la segunda escala que pobladores de España hicieron cuando con el gran rey y capitán Baco (a quien llamaban Líbero por otro nombre) vinieron a conquistar el mundo. La ocasión nos convida, tratando de tan gran ciudad, a declarar nuestra opinión, como en cosa tan dudosa por su antigüedad, acerca de la fundación de ella y del nombre de toda España. Dese la autoridad a los escritores y el crédito a las conjeturas. Marco Varrón, autor gravísimo y diligente en buscar los principios de los pueblos, dice, según Plinio refiere, que en España vinieron los persas, iberos y fenices, todas naciones de oriente, con Baco. Por éste se entiende también haber sido hecha la empresa de la India, según los escritos de Nono, poeta griego, que compuso de los hechos de Baco, y llamó Dionisiaca, porque se llamaba, demás del nombre de Baco y Libero, Dionisio. Dice también Salustio en sus historias haber él mismo pasado en Berbería y dado principio a muchas naciones. Con este Baco vinieron capitanes, hombres señalados, y mujeres que celebraban su nombre; uno de los cuales se llamó Luso, y una de las mujeres Lissa, que dice el mismo Marco Varrón haber dado el nombre a la parte de Portugal, que antiguamente llamaban Lusitania. Tuvo Baco un lugarteniente que dijeron Pan, hombre áspero y rústico, a quien la antigüedad honró por dios de los pastores, o quizá eran conformes en el nombre; pero por intervenir en las procesiones o fiestas de Baco el pan se puede creer ser el mismo: este Pan dice Varrón que dio nombre a toda España, y lo mismo Appiano Alejandrino en sus historias, en el libro que llaman Español y en griego Iberice. Panios quiere decir cosa de pan, y el hi que tiene delante, dice el artículo, que juntado con el panios, dirá la tierra o provincia de Pan: quedó a los españoles el vocablo griego ni más ni menos que los griegos lo pronuncian, ambiciosos de dar nombre en su lengua a las naciones hispánicas, y pronunciámoslo nosotros España: de aquí vino a decirse que Hispan o el Pan que los griegos llaman lugar teniente, fue sobrino de Hércules y que dio el nombre a España. Lo cierto es que Baco dejó por aquella comarca lugares del hombre de los que le seguían, y que dos veces vino el que llamaron Hércules, o fuesen dos Hércules, en aquella parte de España, el nombre pudo venir a Sevilla de haber sido poblada cuando la segunda vez Hércules, o fuese, Baco, o fuese Hércules tebano, vino en España; y si así fue, presupuesto que en la lengua griega palin quiere decir otra vez, y hi la, el nombre de Hispalis querrá decir la de otra vez, porque los griegos son fáciles en acabar en la letra s.
Demás del concurso de mercaderes y extranjeros, moran en Sevilla tantos señores y caballeros principales como suele haber en un gran reino: entre ellos hay dos casas, ambas venidas del reino de León, ambas de grande autoridad y grande nobleza, y en que unos o otros tiempos no faltaron grandes capitanes; una la casa de Guzmán, duques de Medina Sidonia, que en tiempo antiguo, fue población de los de Tiro, poco después de poblada Cádiz, destruida por los griegos y gente de la tierra, restaurada por los moros, según el nombre lo muestra; porque en su lengua medina quiere decir lo que en la nuestra puebla, como si dijésemos la puebla de Sidonia: este linaje moró gran tiempo en las montañas de León, y vinieron con el rey don Alonso el Sexto a la conquista de Toledo, y de allí con el rey don Fernando el Tercero a la de Sevilla, dejando un lugar de su nombre, de donde tomaron el nombre con otros treinta y ocho lugares de que entonces eran ya señores. El fundador de la casa fue el que, guardando a Tarifa, echó el cuchillo con que degollaron a su hijo, que tenía por hostaje, por no rendir él la tierra a los moros. La otra casa es de los Ponces de León, descendientes del conde Hernán Ponce, que murió en el portillo de León cuando Almanzor, rey de Córdoba, la tomó: dicen traer su origen de los romanos, que poblaron a León, y su nombre de la misma ciudad; duques en otro tiempo, de Cádiz hasta el que escaló a Alhama y dio principio a la guerra de Granada; y después que sus nietos fueron en tutorías despojados del estado por los reyes don Fernando y doña Isabel, se llamaron duques de Arcos, que los antiguos españoles decían Arcóbrica, población de las primeras de España antes que viniesen los de Tiro a poblar Cádiz. Los señores de aquestas dos casas siempre fueron émulos de aquella ciudad, y aun cabezas a quien se arrimaban otras muchas de la Andalucía: de la de Medina era señor don Alonso de Guzmán, mozo de grandes esperanzas; de la de Arcos don Luis Ponce de León, hombre que en la empresa de Durlan había seguido sin sueldo las banderas del rey don Felipe, inclinado y atento a la arte de la guerra: a estos dos grandes encomendó el Rey el sosiego y pacificación de la sierra de Ronda, por tener a ella vecinos sus estados. Grandes llaman en España los señores a quien el Rey manda cubrir la cabeza, sentar en actos y lugares públicos, y la Reina se levanta del estrado a recibir a ellos y a sus mujeres, y les manda dar por honra cojín en que se sienten; ceremonias que van y vienen con los tiempos y voluntades de los príncipes; pero firmes en España en solas doce casas, entre las cuales estas dos son y fueron de grande autoridad. Después que creció el favor y la riqueza, por merced de los reyes han acrecentándose muchas. Dio poder el Rey a estos dos príncipes para que en su nombre concertasen y recogiesen los moriscos y les volviesen las mujeres, hijos, muebles, y los enviasen por España la tierra adentro, pues no habían sido partícipes en la rebelión, y lo sucedido había sido más por culpa de ministros que por la suya. Tenía el duque de Arcos una parte de su estado en la serranía de Ronda, que hubo su casa por desigual recompensa de Cádiz, en tiempo de tutorías; pareciole por aprovechar llegarse a Casares, lugar suyo, y dende más cerca, tratar con los moros; envió una lengua, que fue y volvió no sin peligro: lo que trajo es que a ellos les pesaba de lo acontecido; que por personas suyas vendrían a tratar con el Duque dónde y cómo él mandase, y se reducirían y harían lo que se les ordenase con ciertas condiciones. Esto afirmaron en nombre de todos, el Alarabique y el Ataifar, hombres de gran autoridad y por quien ellos se gobernaban; bajó el Alarabique y el Ataifar a una ermita fuera de Casares, y con ellos una persona en nombre de cada pueblo de los levantados. Mas el Duque, por escandalizarlos menos y mostrar confianza, vino con pocos; osadía de que suelen suceder inconvenientes a las personas de tanta calidad. Habloles, persuadioles con eficacia, y ellos respondieron lo mismo, dando firmados sus capítulos, y con decir que daría aviso al Rey, se partió dellos; mas antes que la respuesta del Rey volviese, le vino mandamiento que, juntando la gente de las ciudades de la Andalucía vecinas a Ronda, estuviese a punto para hacer la guerra en caso que los moros no se quisiesen reducir; mandó apercibir la gente de Andalucía y de los señores della, de a pie y de a caballo, con vitualla para quince días, que era lo que parecía que bastase para dar fin a esta guerra. En el entre tanto que la gente se juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui, en Sierra Bermeja, que los moros llaman Gobalhamar, adonde en tiempos pasados se perdieron don Alonso de Aguilar y el conde de Ureña; don Alonso señalado capitán, y ambos grandes príncipes entre los andaluces; el de Ureña abuelo suyo de parte de su madre, y don Alonso bisabuelo de su mujer. Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la montaña; provisión necesaria por lo poca seguridad en acontecimientos de guerra y poca certeza de la fortuna. Comenzaron a subir la sierra, donde se decía que los cuerpos habían quedado sin sepultura, triste y aborrecible vista y memoria había entre los que miraban, nietos y descendientes de los muertos o personas que por oídas conocían ya los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la vanguardia con su capitán, por la escuridad de la noche, lugar harto extendido y sin más fortificación que la natural, entre el pie de la montaña y el alojamiento de los moros: blanqueaban calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, desparcidos, según, como y donde habían parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces; vieron más adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecían pocas y bajas y aportilladas; iban señalando los pláticos de la tierra dónde habían caído oficiales, capitanes y gente particular; referían cómo y dónde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y don Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso; en qué lugar y dónde se retrajo don Alonso y se defendía entre dos peñas; la herida que el Feri, cabeza de los moros, le dio primero en la cabeza y después en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando a brazos:. «Yo soy don Alonso;» las que el Feri le respondió cuando le hería: «Tú eres don Alonso, mas yo soy el Feri de Benastepar;» y que no fueron tan desdichadas las heridas que dio don Alonso como las que recibió. Lloráronle amigos y enemigos, y en aquel punto renovaron los soldados el sentimiento; gente desagradecida, sino en las lágrimas. Mandó el General hacer memoria por los muertos, y rogaron los soldados, que estaban presentes, que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos o por extraños; y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.
Vista la importancia del lugar si los enemigos le ocupasen, envió dende apoco el Duque una bandera de infantería que entrase en el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolución del Rey que concedía a los moros cuasi todo lo que le pedían que tocaba al provecho dellos, y comenzaron algunos a reducirse, pero con pocas armas, diciendo que los que en su campo quedaban no se las dejaban traer. Había entre los moros uno, llamado el Melqui, hombre atrevido y escandaloso, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la Inquisición, ido y vuelto a Tituán: éste, o que le parecía que perdía el crédito de hasta entonces o que fuese obligado al príncipe de Tituán, juntó el pueblo, que ya estaba resoluto a reducirse, disuadiéndole y afirmando lo que con ellos trataba el Alarabique ser engaño y falsedad; haber recibido del Duque nueve mil ducados, vendido por precio, su tierra, su costa y los hijos, mujeres y personas de su ley; venidas las galeras a Gibraltar, la gente levantada, las cuerdas en las manos a punto, con que los principales habían de ser ahorcados; y el pueblo atado y puesto perpetuamente al remo para sufrir hambre, frío y azotes, y seguir forzados la voluntad de sus enemigos, sin esperanza de otra libertad sino la muerte. Tuvieron estas palabras y la persona tanta fuerza, que se persuadió el pueblo ignorante, y tomando las armas, hicieron pedazos al Alarabique y a otro compañero suyo berberí que era de la misma opinión; con esto mudaron de propósito y quedaron más rebeldes que estaban; algunos que quisieran reducirse, estorbados por el Melqui con guardas y espantados con amenazas, dejaron de hacello; los de Benahabiz, lugar de importancia en aquella montaña, enviaron por el perdón del Rey con propósito de reducirse, llevolo un moro, llamado el Barcoquí, juntamente con carta del Duque para Marbella y los que guardaban el fuerte de Montemayor, que tuviesen, cuenta con él y sus compañeros, acompañándolos hasta dejarlos en lugar seguro; mas la gente, o por codicia de algo, si lo llevaban, o por estorbar la reducción, con que cesaría la guerra, hiciéronlo tan al contrario, que mataron al Barcoquí: esta desorden mudó a los de Benahabiz, y confirmó la razón del Melqui de manera, que no fue parte el castigo que el Duque hizo de ahorcar y echar en galeras los culpados para estorbar el motín general. Apercebida la gente, vino el Duque a Ronda, donde hizo su masa, y salió con cuatro mil infantes y ciento cincuenta caballos a ponerse algo más camino que dos leguas de la sierra de Istan, donde los enemigos le esperaban fortificados; lugar asperísimo y dificultoso de subir, las espaldas a la mar; dejando en Ronda a Lope Zapata, hijo de don Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros que viniesen a reducirse. Vinieron pocos o ningunos, escandalizados del caso del Barcoquí y espantados, porque en Ronda y Marbella el pueblo había rompido la salvaguardia del Duque y fe del Rey, matando cuasi cien moros, al salir de los lugares. No le pareció al Duque detenerse a hacer el castigo; pero envió por juez al Rey, que castigó los culpados como convenía; y él caminó a la Fuenfría, donde se encendió fuego en el campo, que puso en cuidado, o fuese echado por los enemigos o por descuido de alguno; el autor39 y el fuego cesó, por industria y diligencia del Duque.
El día siguiente con mil infantes y alguna caballería reconoció el fuerte de los enemigos desde la sierra de Arboto, puesta enfrente dél, juntamente con el alojamiento y el lugar de la agua; y aunque se mostraron los enemigos algo más abajo fuera de su fuerte, no fueron acometidos, ansí por ser cerca de la noche, como por esperar a Arévalo de Suazo con la gente de Málaga. Entre tanto puso su guardia en la sierra de Arboto con arta contradicción de los enemigos, porque juntamente acometieron el alojamiento del Duque y trabaron una escaramuza tan larga, que duró tres horas, no muy apriesa, pero bien extendida. Eran ochocientos hombres arcabuceros y ballesteros, y algunos con armas enhastadas; mas visto que con dos banderas de arcabuceros les tomarían la cumbre, se retiraron a su fuerte con poco daño de los nuestros y alguno de los suyos. Reforzose la guardia de aquel sitio, por ser de importancia, con otras dos banderas; y era ya llegado Arévalo de Suazo con dos mil infantes de Málaga y cien caballos, con que se tomó resolución de combatir los enemigos en su fuerte al otro día: a la parte del norte, que la subida era más difícil, envió el Duque a Pedro Bermúdez con ciento y cincuenta infantes, que tomase las dos cumbres que suben al fuerte con dos banderas de arcabuceros, haciéndoles espaldas con el rostro a la mano derecha Pedro de Mendoza con otra tanta gente y la mesma orden, dejando entre sí y Pedro Bermúdez una parte de la montaña que los moros habían quemado, porque las piedras que desde arriba se tirasen corriesen por más descubierto y con menos estorbo. Arévalo de Suazo con la gente de su cargo se seguía a la mano derecha, y con dos banderas de arcabucería delante; más a mano derecha de Arévalo de Suazo, Luis Ponce de León con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino menos embarazado que los otros. El Duque escogió para sí, con el artillería y caballería y mil y quinientos infantes, el lugar entre Pedro de Mendoza y Arévalo de Suazo, como más desembarazado así más descubierto; mandó a Pedro de Mendoza con mil infantes y algún número de gastadores que fuese adelante aderezando los pasos para la caballería y que todos al pasar se cubriesen con la falda de la montaña y quebrada hacia el arroyo, que a un tiempo comenzasen a subir igualmente a pequeño paso, guardando el aliento para su tiempo. Quedaba con esta orden la montaña cercada, sino por la parte de Istan, que no podía con la aspereza recebir gente. Víanse unos a otros, y todos se podían cuasi dar las manos: quedó resoluto combatir los enemigos otro día a la mañana; mas los moros, viendo que Pedro de Mendoza estaba más desviado y en parte donde no podía con tanta diligencia ser socorrido, acometiéronle al caer de la tarde con poca gente y desmandada, trabando una escaramuza de tiros perdidos. Pedro de Mendoza, confiado de sí mismo, soldado de mucho tiempo y no tanta experiencia, pudiendo guardar la orden y contentarse con estar quedo y sin peligro, saltó a la escaramuza con demasiado calor. Deshízose la gente por la montaña arriba sin orden, sin aguardar unos a otros, y los moros unas veces retirándose, otras, reparándose, parecían ir cerrando40 a los nuestros. Visto el peligro y no pudiéndolo ya estorbar, Pedro de Mendoza (o fuese recelo o desconfianza de su poca autoridad con la gente, aunque la había tenido para meterla adelante), envió a avisar al Duque, pero a tiempo que, puesto que hubiese enviado, a retirarla tres capitanes, fue necesitado a tomar lo alto para reconocer el lugar; el Duque, con los que con él se hallaban y los que pudo retirar, atravesó donde estaban los que subían y valió tanto su autoridad, que la gente desmandada se detuvo, y los moros, que ya habían comenzado a desemboscarse y se mostraban a los enemigos, vista la determinación del Duque, se recogieron a su fuerte en ocasión de que estaba cerca la noche y la gente de Pedro de Mendoza cansada y desordenada, y se temían de algún desastre, especialmente los que traían a la memoria el acontecimiento de don Alonso de Aguilar por los mismos términos.
Hallose el Duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas y los moros puestos en orden de cargar a la gente que subía, y que era imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desorden; y con la gente que traía consigo y la que había recogido, todo a un tiempo acometió a los enemigos, y pegose con el fuerte de manera, que fue de los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos a Rioverde, otros a la vuelta de Istan, otros a la de Monda, y otros a la de sierra Blanquilla, dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas; embarazo de guerra y gente inútil que les comián los bastimentos, quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas. Todavía envió a seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa ni vitualla, y visto que todos se habían esparcido y, que la montaña quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia a la gente de Málaga con orden de correr la tierra a una y otra parte, pasó con la resta de su campo a Istan, y envió cuatro compañías sin banderas.
El efecto que hicieron las tres fue quemar dos barcas grandes que tenían fabricadas para pasar a Tituán; la cuarta, con su capitán, Morillo, a quien el Duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la orden, dio en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la tierra llaman Alborno, a vista de Istan; y seguido y rota la gente, se retiró. Era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de arcabuces, y con sospecha de lo que podía ser, se ordenó al capitán Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente; mas llegando a vista de los enemigos, contentose con solo recoger algunos que huían, y estuvo sin pasar adelante, o fuese temiendo alguna emboscada, aunque el lugar era gran trecho descubierto, o arrepentido de la demasiada diligencia del día antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de la compañía y su capitán peleando. El mismo día los moros que andaban repartidos encontraron con el alcaide de Ronda y capitán Ascanio, que con ciento y cincuenta soldados y otra gente había salido sin orden y sabiduría del Duque, como hombres que no estaban a su cargo; matáronlos con la mayor parte de la compañía. El mismo acometimiento hicieron, contra un correo que partió del campo para Granada con escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en Monda. Entendiendo pues el Duque que por la sierra andaba cuantidad de moros, envió orden a Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga tornase a Monda, y a don Sancho de Leiva, general de las galeras de España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba a su cargo, y a Pedro Bermúdez que viniese con la de Ronda, y él con la que había quedado se vino a esperarlos a Monda, de donde junta la gente partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró don Alonso de Leiva, hijo de don Sancho, con ochocientos soldados de galera. Entendíase que los moros esperaban a una legua, y con este presupuesto ordenó el Duque a Pedro Bermúdez que con mil arcabuceros de los de su cargo tomase la mano izquierda, y a don Alonso con la gente que había tenido fuese derecho a Hojen por un monte que dicen el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachín, tierra de grande aspereza. Con esta orden se llegó a un tiempo al lugar donde los enemigos habían estado, y de allí bajando hasta llegar a vista de la Fueungirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente y sobras de comida (porque los moros, recelándose que serían descubiertos, se habían esparcido como es su costumbre y extendido por todas las montañas), dio el Duque licencia a don Alonso que tornase a embarcarse, y a Arévalo de Suazo a Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió a Monda, y de allí a Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman Barbésola; mas el que agora llamamos Monda pienso que fue poblado de los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen señas y muestras más claras de haber sido la antiga Monda, siguiendo los moros que conquistaron a España su antiga costumbre de pasar los moradores de unos lugares a otros con el nombre del lugar que dejaban. En Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traídos de Monda la vieja, y en torno della la campaña, atolladeros y pantanos en el arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.
Había ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran obligados a servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que los moros ponían en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa, mujeres y niños, en esparcirse pocos a pocos en las montañas, y gran parte dellos pasar a Berbería donde con cualquier aparejo tenían la traviesa corta y más segura, no podían ser seguidos con ejército formado, y el que había se iba poco a poco deshaciendo. Pareció consejo de necesidad enviar la gente a sus casas, y el Duque volver a Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras dellos en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte, mas detuvo la gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servían a su costa, sin sueldo ni raciones; dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox. Guaro, Cartagima, Jubrique y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Había ya el Rey avisado al Duque cómo se determinaba a un tiempo sacar los moros de Granada a poblar Castilla, y que estuviese apercebido para cuando le llegase la orden de don Juan de Austria. Cuando esto pasaba llegaron las cartas de don Juan, en que decía como la salida de los moros de todo el reino sería el postrero día de otubre; encomendábale el secreto hasta el día que el bando se publicase; apercebíale para la ejecución en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que el Duque hinchiese la persona que le pareciese más a propósito.
Echando el bando, mandó recoger en el castillo de Ronda los moros de paces con su ropa, hijos y mujeres, y en la patente hinchió el nombre de Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, ordenándole con seiscientos hombres de guarda llevar cuasi mil y doscientas personas que serían los reducidos, hasta dejallos en Illora, para que juntos fuesen a Castilla con otros de la vega de Granada. Era ya entrado el mes de noviembre, con el frío y las aguas en mayor cuantidad. Los enemigos, creyendo que por ir los ríos mayores y las avenidas en las montañas dificultar más los pasos, ellos podían extenderse por la tierra, y nuestra gente ocupada en labrar la suya, se juntaban con dificultad; en todas partes y a todas horas desasosegaban la tierra de Ronda y Marbella, cautivando labradores, llevando ganados, y salteando caminos hasta cuasi las puertas de Ronda: acogíanse en las vertientes de Rioverde, a quien los antigos llamaban Barbésola, del nombre de la ciudad que agora llamamos Marbella, y de allí en las cumbres y contorno de sierra Blanquilla. El Duque, por el menudear de los avisos y por excusar los daños, que aunque no fuesen señalados, eran continos; por castigar los enemigos que habían en Rioverde y en la sierra de Alborno muerto nuestra gente; porque de la Alpujarra por una parte, y por otra con la vecindad de Berbería, no se criase en aquella montaña nido, determinó rematar la empresa, combatir los enemigos y desarraigallos o acaballos del todo. Salió de Ronda con mil y quinientos arcabuceros de la guardia della, y gente de señores, y mil de sus vasallos, y con la caballería que pudo juntar improvisamente; mas antes que llegase, entendió por avisos de espías y algunos que se pasaron de los enemigos, que el número poco mas o menos era de tres mil, los dos mil dellos arcabuceros gobernados por el Melqui, hombre entre ellos diligente, animoso y ofendido, ido y venido a Tituán; que tenían ataados los pasos con grandes piedras, árboles atravesados; que estaban resolutos de morir defendiendo la sierra. Ordenó a Pedro de Mendoza que con seiscientos arcabuceros caminase derecho a la boca del río Verde por el pie de la sierra, y a Lope Zapata con otros seiscientos a Gaimon, a la parte de las viñas de Monda: iban estos dos capitanes el uno del otro media legua, y entre ambos iba el Duque con el resto de la infantería y caballería. Ordenó a Pedro Bermúdez y a Carlos de Villegas, que estaba a la guarda de Istan y Hojen con dos compañías y cincuenta caballos, que se saliesen a un mismo tiempo, y con doscientos arcabuceros tomasen lo alto de la sierra y las espaldas de los enemigos; que Arévalo de Suazo partiese de Málaga, y con mil y doscientos soldados y cincuenta caballos acudiese a la parte de Monda. Todos a un tiempo partieron a la noche para hallarse a la mañana con los enemigos; mas ellos, avisados por un golpe de arcabuz que habían oído entre la gente de Setenil, mudáronse del lugar, mejorándose a la parte de Pedro de Mendoza, que era el postrero, por tener la salida más abierta: comenzó a subir el Duque, y Pedro de Mendoza, que estaba más cerca, a pelear con igualdad, y ellos a mejorarse. El Duque, aunque algo apartado, oyendo los golpes de arcabuz, y visto que se peleaba por aquella parte de Pedro de Mendoza, se mejoró; y por la ladera descubriendo la escaramuza, con la caballería y lo que pudo de arcabucería acometió los enemigos, llevando cerca de sí a su hijo, mozo cuasi de trece años, don Luis Ponce de León: cosa usada en otra edad en aquella casa de los Ponces de León, criarse los muchachos peleando con los moros y tener a sus padres por maestros. Porfiaron algún tanto los enemigos, mas no pudiendo resistir, tomaron lo alto de la sierra, y de allí se repartieron a unas y otras partes. Murieron más de cien hombres, y entre ellos el Melquí, su capitán, y si Pedro Bermúdez y Villegas salieran a la hora que se les ordenó, hiciérase mayor efecto. Habido este buen suceso, repartió el Duque la gente que pudo por cuadrillas para seguir el alcance; captivaron a las mujeres y niños y ropa que les había quedado, mataron en este seguimiento otros ochenta. Quedaron los moros tan escarmentados, que ni por engaño ni por fuerza los pudieron hallar juntos en parte de la montaña, y buscaron también la sierra que llaman de Daidin, y el mismo Duque repartió el campo en cuadrillas, pero tampoco se hallaron personas juntas; con esto, él se tornó a Ronda, y aquella guerra quedó acabada, la tierra libre de los enemigos, parte muertos y parte esparcidos o idos a Berbería.
He querido tratar tan particularmente desta guerra de Ronda, lo uno porque fue varia en su manera y hecha con gran sufrimiento de Capitán General, y con gente concejil, sin la que los señores enviaron, y la mayor parte del mismo duque de Arcos; y aunque en ella no hubo grandes rencuentros, ni pueblos tomados por fuerza, no se trató con menos cuidado y determinación que la de otras partes deste reino, ni hubo menos desórdenes que corregir cuando el Duque la tomó a su cargo; guerra comenzada y suspendida por falta de gente, de dineros, de vitualla, tornada a restaurar sin lo uno y sin lo otro; pero sola ella acabada del todo, y fuera de pretensiones, emulaciones o envidias. Lo otro por haberse en tiempos antigos recogido en aquellas partes las fuerzas del mundo, y competido César y los hijos de Pompeyo, cabezas dél, sobre cuál quedaría con el señorío de todo hasta que la fortuna determinó por César, dos leguas de donde está agora Ronda, y tres de la que llamamos Monda, en la gran batalla cerca de Monda la vieja, donde hoy día, como tengo dicho, se ven impresas señales de despojos, de armas y caballos, y ven los moradores encontrarse por el aire escuadrones, óyense voces como de personas que acometen: estantiguas llama el vulgo español a semejantes apariencias o fantasmas, que el vaho de la tierra, cuando el sol sale o se pone, forma en el aire bajo, como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y semejanzas41.
Estaba don Juan en Granada con el Duque42 y el Comendador mayor, acudiendo a lo que se ofrecía; y por dar remate a cosas y fin de los enemigos que quedaban, ordenó que el Comendador mayor, con la gente que se pudo juntar, parte de la propria ciudad y parte de los que se habían venido de su campo y del campo del Duque, que por todos serían siete mil personas, llevasen delante y ante todas las cosas bastimento y munición que bastase para dos meses, y que esto se guardase en Órgiba, y con esta prevención partió el cambo la vuelta de la Alpujarra. Llegados a Lanjarón, por mandado del General se dio un rebato falso, porque la gente no estuviese descuidada, otro día llegaron a Órgiba, y en ella reposó el campo tres días, tomando la orden que se había de tener para hallar los enemigos, porque andaban esparcidos por la tierra. El cuarto día salió la gente hechas dos mangas de a mil hombres cada una, con orden, que la una de la otra fuese desviada cuatro leguas, guiando la una a la mano derecha y la otra a la siniestra, y el resto del campo por medio: desta suerte corrieron la tierra hasta llegar a Pitres de Ferreira, y dejando allí presidio de quinientos hombres, pasaron adelante hasta Pórtugos, y allí dejaron cien hombres y en Cádiar trescientos con el capitán Berrío. Aquí tuvo nuevas el Comendador mayor que los moros se habían retirado al Cehel, costa de la mar, por ser tierra áspera y de muchos jarales: mandó a don Miguel de Moncada que, con mil y doscientos hombres corriese aquella tierra; halló parte dellos, y matando siete moros, captivó doscientas personas entre moras y muchachos, y ropa y despojos; perdió solo un soldado, que engañado de una mora, le hizo entender que en una choza tenía mucha riqueza, y al entrar en ella le dio con una almarada por debajo del brazo y lo mató. Volvió don Miguel con la cabalgada a Cádiar, donde quedó el campo; de aquí envió el Comendador mayor mil hombres a Ujíjar de la Alpujarra, para que en ella hiciesen presidio, y dejando en él trescientos soldados, fuesen a Donduron y dejasen allí una compañía de cien hombres con su capitán, y en Ayator otros cientos, y en Berja otros ciento, con orden que todos corriesen la tierra cada día, dejando guarda en los presidios. Mandó a don Lope de Figueroa que con mil y quinientos infantes y algunos caballos corriese el río de Almería y toda aquella sierra, con el Boloduí y tierra de Guéneja, y que juntando consigo la gente que salía de Almería, corriese la tierra de Jerez a Fiñana y río de Almanzora: volvió a Granada, dejando presidio en las Guájaras altas y bajas y en Vélez de Benaudalla, y en todos los presidios bastimento y munición para algunos días.
Luego que llegó a Granada, proveyó don Juan otros capitanes de cuadrillas, que fueron Juan Carrillo Paniagua, Camacho, Reinaldos y otros; y hecho esto, don Juan con el Duque y el Comendador mayor se partió a Madrid, y de alli a la armada de la liga, dejando a don Pedro de Deza, presidente de Granada, con título de capitán general, y en Almería por general de la infantería a don Francisco de Córdoba, descendiente de aquella cama de leones del conde don Martín. Corrían la tierra a menudo las cuadrillas, metían en Granada moros y moras, y no había semana que no hubiese cabalgada. Al entrar en la puerta de las Manos hacían salva, subiendo por el Zacatin arriba, hasta llegar a la chancillería; daban noticia al presidente para que viese lo que traían y entregaban los moros en la cárcel, y de cada uno les daban veinte ducados, como está dicho: atenazaban y ahorcaban los capitanes y moros señalados, y los demás llevaban a galeras, que sirviesen al remo esclavos del Rey.
Entre éstos trujeron un moro natural de Granada, llamando Farax. Éste, como supiese la voluntad de Gonzalo el Xeniz, alcaide sobre los alcaides, y de sus sobrinos Alonso y Andrés el Xeniz, y otros muchos, que era de entregarse y reducirse si se les concediese perdón, llamó a Francisco Barredo, dándole parte de la voluntad y propósito que muchos moros tenían, y aun de matar, a su rey si no se quisiese reducir con ellos; para lo cual convenía que procurase verso con Gonzalo el Xeniz, que era uno de los que más lo deseaban. Sabido esto, Francisco Barredo se fue a las Alpujarras, y en llegando al presidio de Cádiar sacó de una bóveda del castillo un moro que tenían preso43 y le dio una carta para Gonzalo el Xeniz, en que hacía saber la causa de su venida; que viese la orden que había de tener para verse con él: recibida la carta, respondió que otro dia al amanecer se viniese a un cerro media legua de Cádiar, y que adonde viese una cruz en lo alto le aguardase, soltando la escopeta tres veces por contraseña: fue, y hecha la seña, llegó el Xeniz, sus sobrinos y otros moros mostrando mucha alegría de velle: lo que trataron fue que, si lo traía, perdón del Rey para él y los que se quisiesen reducir, que les entregaría a Abenabó, su rey, muerto o vivo: con esto se despidió, prometiéndoles de hacello y ponello por obra, y avisallos de la voluntad del Rey. Vino a Granada Francisco Barredo, dio cuenta al Presidente de lo que había pasado con Gonzalo el Xeniz, y lo que le había prometido: dio el Presidente aviso al Rey, que visto lo que prometía el Xeniz, le concedió perdón a él y a todos los que con él viniesen: vino la cédula real al Presidente, que visto que no había quien con veras lo pudiese hacer, hizo llamar a Barrodo, y entregándolo la cédula le pidió con las veras y recato que en tal negocio convenía lo hiciese.
Recibida la cédula, se partió, y llegó a Cádiar con el moro que antes había llevado la carta: avisole como tenía lo que pedía; que se viese con él en el sitio y lugar que antes se habían visto llegado el Xeniz, y vista la cédula y perdón, la besó y puso sobre su cabeza: lo mismo hicieron los que con él venían; y despidiéndose dél, fueron a poner en ejecución lo concertado. Francisco Barredo se volvió al castillo de Bérchul, porque allí le dijo el Xeniz que le aguardase; Gonzalo el Xeniz y los demás acordaron, para hacello a su salvo, que sería bien que uno dellos fuese a Abdalá Abenabó, y de su parte le dijese que la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Bérchul, porque tenía que platicar con él cosas que convenían a todos. Sabido por Abenabó, vino aquella noche a las cuevas solo con un moro, de quien se fiaba más que de ninguno; y antes que llegase a las cuevas despidió veinte tiradores que de ordinario le acompañaban, todo a fin de que no se supiese adonde tenía la noche. Saludole Gonzalo el Xeniz, diciéndole: «Abdalá Abenabó, lo que te quiero decir es que mires estas cuevas, que están llenas de gente desventurada, así de enfermos como de viudas y huérfanos, y ser las cosas llegadas a tales términos, que si todos no se daban a merced del Rey, serían muertos y destruidos; y haciéndolo, quedarían libres de tan gran miseria. «Cuando Abenabó oyó las palabras del Xeniz, dio un grito que pareció se le había arrancado el alma, y echando fuego por los ojos le dijo: «¡Como Xeniz! ¿Para esto me llamabas? ¿Tal traición me tenías guardada en tu pecho? No me hables más ni te vea yo;» y diciendo esto, se fue para la boca de la cueva; mas un moro que se decía Cubayas le asió los brazos por detrás, y uno de los sobrinos del Xeniz le dio con el mocho de la escopeta en la cabeza y le aturdió, y el Xeniz le dio con una losa y le acabó de matar: tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas le echaron la cueva abajo, y esa noche le llevaron sobre un macho a Bérchul, adonde hallaron a Francisco Barredo y a su hermano Andrés Barredo: allí le abrieron y sacaron las tripas hinchiendo el cuerpo de paja. Hecho esto, Francisco Barredo requirió a los soldados del presidio y a su capitán que le diese ayuda y favor para llevarle a Granada. Visto el requerimiento, le acompañaron, y en el camino encontraron con doscientos y cincuenta moros de paz, que sabida la muerte de Abenabó, y el nuevo perdón que el Rey daba, llegaron a reducirse. Vinieron a Armilla, lugar de la Vega, y allí le pusieron caballero en un macho de albarda, y una tabla en las espaldas, que sustentaba el cuerpo, que todos le viesen; los moros de paz iban delante y los soldados y Francisco Barredo detrás. Llegados a Granada, al entrar en la plaza de Bibarrambla hicieron salva; lo proprio en llegando a la chancillería: allí a vista del Presidente la cortaron la cabeza, y el cuerpo entregaron a los muchachos, que después de habello arrastrado por la ciudad, lo quemaron; la cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad, la que dicen puerta del Rastro, colgada de una escarpia a la parte de dentro, y encima una jaula de palo, y un rétulo en ella que decía:
ESTA ES LA CABEZA
DEL TRAIDOR DE ABENABÓ.
NADIE LA QUITE,
SO PENA DE MUERTE.
Tal fin hizo este moro, a quien ellos tuvieron por rey, después de Aben Humeya: los moros que quedaban, unos se dieron de paz y otros se pasaron a Berbería; y a los demás las cuadrillas y la frialdad de la sierra y mal pasar los acabó; y feneció la guerra y levantamiento.
Quedó la tierra despoblada y destruida; vino gente de toda España a poblarla, y dábanles las haciendas de los moriscos con un pequeño tributo que pagan cada un año: a Francisco Barredo le hizo el Rey merced de seis mil ducados, y que éstos se los diesen en bienes raíces de los moriscos, y una casa en la calle de la Aguila, que era de un mudéjar echado del reino; después pasó en Berbería algunas veces a rescatar captivos, y en un convite le mataron.