Obras de don Nicomedes Pastor Díaz, de la Real Academia Española. Tomo V

Prólogo
Al repasar las páginas de este, libro, a los veinte y cinco años de haber escuchado su lectura de labios del autor, fresca aún la tinta con que él las escribiera; los actos, los sucesos, las crisis, las peripecias de aquella época tan nutrida, trabajosa y dramática agólpanse a mi entendimiento, y se retratan en mi fantasía en un cuadro de tal viveza y semejanza, que me parece tener delante y contemplar con mis propios ojos los hombres, los partidos, los poderes que entonces concurrían a elaborar la política de mi Patria.
Si los vínculos fraternales que me unieron con Pastor Díaz en esta vida de miserias, y que espero en Dios anudar con él en otra mejor vida; si la mente harto impresionada con la evocación de los tiempos en que anduvimos siempre juntos, y juntos combatimos y sudamos por la causa de la libertad constitucional, no son parte a engañarme, abultando en mi concepto el valor real de sus producciones, mi malogrado amigo acertó a desempeñar superiormente en ellas el oficio de periodista.
Es el periodismo, bajo uno de sus principales aspectos, si se me permite la frase, la historia a la menuda; es la narración fresca, espontánea, impremeditada, fragmentaria, diaria, con que se teje luego y compone la historia posterior, la verdadera historia. Y cuando el periodista, actor y escritor a la vez, sin abandonar, porque eso no es posible, el punto de vista desde el cual observa los acontecimientos, ni deponer el criterio individual y partidario con que los juzga, en la sustancia respeta la verdad y rinde culto a la justicia, y en la forma guarda el decoro, dibuja y pinta hábilmente y tiene vigor y estilo, entonces, sobrándole en movimiento y color lo que le falta de reflexión, síntesis e imparcialidad, puede levantar su crónica hasta la dignidad de la historia. Esto ha hecho D. Nicomedes Pastor Díaz.
Igualando, si no excediendo a los más aventajados periodistas extranjeros, esto hizo durante los tres años en que de consuno con el Sr. García Tassara y conmigo, escribió sin descanso al principio en El Español, luego en El Correo Nacional y después en El Heraldo y en El Sol; y a la par que en los dos últimos diarios, en El Conservador, revista política y literaria.
Comenzamos los tres la vida y la tarea de escritores públicos, cuando estalló en la corte el transcendental y famoso pronunciamiento de setiembre, y cuando huérfano de sus redactores habituales por efecto de las circunstancias el primero de aquellos diarios, acogimos gozosos la ocasión que se nos brindaba, de militar en la imprenta conservadora, y ensayar nuestros juveniles bríos combatiendo cuerpo a cuerpo y brazo a brazo con los veteranos adalides del periodismo progresista. Y sucedió por cierto entonces que la Junta de Gobierno de Madrid, herida en lo vivo por nuestras duras arremetidas, mal servida por sus agentes y poco ducha en adivinar al autor por el estilo, hubo de desfogar en otros ya célebres publicistas su ira contra El Correo, desterrándolos a ellos inocentes, bien que a pueblos no lejanos, y sin estrépito ni aparato. Entretanto, nosotros, los verdaderos reos, ya que no podíamos redimir a las víctimas ni aún acusándonos a nosotros mismos, persistimos en acometer a la Junta más de continuo y más de recio, embozados sin designio en nuestra obscuridad como en nuestras capas, y usando estrictamente de nuestro indisputable derecho. Respondía aquella institución a lo efímero de su autoridad y a lo anormal de su origen, empleando el cómodo sistema de los revolucionarios expeditivos, que para gobernar contra la corriente suprimen las oposiciones legales; sistema que si de pronto galvaniza una situación, es antipático al principio de todo poder regular, y mortal a su temperamento.
En aquel turbadísimo periodo surgían y sucedíanse con tal rapidez los acontecimientos políticos, ora en una, ora en otra ciudad, ora en todos los ámbitos de la Monarquía; sobrevenían tan de improviso las más arduas cuestiones, interiores o internacionales; multiplicábanse tan sin medida y tan sin reposo las intrigas, choques y escándalos en la oposición, en el poder, en la tribuna, en la imprenta, en la calle, que cada día y cada hora se ofrecían a la voraz actividad del escritor temas nuevos y palpitantes con que alimentar la no menos voraz curiosidad del público.
Los medios con que el nuevo poder había prevalecido; los principios que para elevarse había lastimado; los intereses que había inquietado o herido; las tendencias y pretensiones que había comprimido; las pasiones y preocupaciones que había arrostrado; la proscripción con que afligía a la parcialidad derrocada; las esperanzas que defraudaba, el orden que no mantenía, la libertad que impedía a la vez y proclamaba; la agitación sin éxito y sin sentido, estéril para todo bien y preñada de males, con que se nutría y se enervaba; la insurrección de Madrid y de Navarra y las Provincias Vascongadas; la de Barcelona; la discordia partiendo en dos banderías numérica y moralmente iguales al partido dominante; el elemento militar y el civil midiéndose para embestirse, cuando no andaban ya a brazos; un porvenir sombrío amagando siempre infortunios; el periodismo serio diciendo la verdad, pero diciéndola a menudo en el lenguaje de la violencia; el periodismo satírico y el revolucionario extremando la agresión hasta el impudor y hasta el delirio; tales eran los antecedentes, tales los hechos sustanciales o accidentales, simultáneos o sucesivos, que constituían aquella situación tan singular y tan compleja, a la cual Pastor Díaz, mecido en las ilusiones de la inexperiencia, llevado de una noble emulación para con sus compañeros, aguijado por el acicate de sus amigos políticos, fascinado y arrastrado por los aplausos de un partido convencido, enconado, pertinaz, mañero y robusto, combatía, retrataba, azotaba, disecaba con su pluma de fuego.
¡Qué campo y qué espectáculo para aquella imaginación, impresionable hasta el paroxismo; para aquella vista intelectual de aumento, que duplicaba la magnitud de todos los objetos; para aquel sistema nervioso, irritado de continuo por las molestias y herido de vez en cuando por las súbitas angustias de la traidora enfermedad, que al cabo le condujo al sepulcro!
Fruto era de estas dotes y circunstancias el estilo acaso reposado, acaso pomposo, ordinariamente rápido, a veces precipitado, siempre original, pintoresco, vario, imprevisto, con que, por un doble efecto que pocos escritores han logrado, persuadía Pastor Díaz y encantaba a los hombres de letras, y arrebataba al vulgo.
Cada semana y cada día de aquella época característica, tan diversa de la presente y tan distante ya de nosotros, indagaban y averiguaban los políticos del Ateneo, y los del Casino, y los de la calle de la Montera, cuándo y de qué tema (y usaban de esta frase) predicaba Pastor Díaz. Y al caer enmedio de la expectación aguzada de aquella hoguera, de pasiones el esperado artículo, era para nosotros una victoria y una alegría, y para el público una solemnidad y un estallido. Lo leían y releían y comentaban las gentes, y daba asunto a las conversaciones de la sociedad, y pasto a las glosas y querellas de cafés y de corrillos, y se conmovía Madrid, y se presentaban erguidos y casi triunfantes los moderados, y andaban entre amoscados y mustios los progresistas, y la Milicia se irritaba, y el Ministerio se sobrecogía. ¡Tal es, en el seno de las crisis, el poder de la elocuencia, servida por el rápido vehículo de la imprenta, y tal la fuerza concentrada de los sentimientos colectivos!
De lamentar es que sólo dos de los discursos con que ennobleció el autor las páginas de los diarios arriba enumerados, hayan cabido en este tomo, mereciendo, muchos de aquellos aparecer entre los mejores que le componen, ya se mire a la importancia de la materia, ya a la superioridad del desempeño.
Por lo que mira a estos, el lector, para apreciar con pleno conocimiento su espíritu y su tono, y las doctrinas y juicios que contienen, ha de considerar la ley, la índole, necesidades y exigencias de las polémicas periodísticas, imagen por más de un concepto de las guerras civiles. En las unas, como en las otras, no cabe posibilidad de lidiar ni igualdad en las armas, ni reciprocidad en las luchas, sino se oponen principios a principios, intereses a intereses, ímpetus a ímpetus y entusiasmos a entusiasmos. Y aun empleando en general este procedimiento, todavía los escritores concienzudos, en su caso, y los Gobiernos probos en el suyo, como no han de conculcar la justicia, ni la moral, ni el decoro, suelen verse colocados en una manifiesta inferioridad cuando sus adversarios no obtemperan a los mismos deberes y a los mismos escrúpulos.
Por olvidar aquella regla y aquella ley; por espantarse de los nombres aun más que de las cosas; por comprimir las pasiones, en vez de agruparlas, disciplinarlas, encaminarlas y templarlas; por aplazar y escatimar la satisfacción de los intereses, en vez de acelerar y llevarla a cabo con amplias transacciones, los Ministerios moderados que hubo desde 1834 a 1840, aunque a los más los acaudillaban estadistas de gran renombre, experiencia y valía, cayeron tan fácilmente y tantas veces, inmolando o comprometiendo todo cuanto querían salvar o resguardar. Y ni dirigieron el movimiento, ni mantuvieron el respeto de la autoridad, ni previnieron ni reprimieron los crímenes, ni tuvieron a raya a los frenéticos, ni gobernaron, en suma, la Monarquía.
Un hombre existió entonces que poseyó en alto grado el tacto de la realidad y el instinto de la situación, y que por esta cualidad sola, aunque también le adornaban otras no vulgares dotes, dominó una gran crisis, y echó los fundamentos del triunfo de la buena causa. Este hombre, que sentía y practicaba, tal vez sin comprenderlo, el régimen oculto de las revoluciones, fue D. Juan Álvarez Mendizábal.
Así, pues, y volviendo a mi asunto, del que insensiblemente me iba apartando, la declamación, la exageración, la paradoja, achaques son del género, y no culpa de nuestro escritor, el cual al través de esas sombras, lució la nobleza de sus sentimientos y la rectitud de su conciencia, no patrocinando jamás ninguna injusta causa, ni manchando sus discursos con los borrones de la adulación, ni envileciendo su pluma con el ultraje o la calumnia. Excedería los límites de este modesto prólogo elevándole a las proporciones de una disertación crítica, y sería hoy más que nunca superior a las fuerzas de mi fatigado espíritu la prolija tarea de examinar y poner en su punto la sagacidad política, las observaciones profundas, los atisbos, los rasgos de ingenio o la maleza de ideas, la espontaneidad, el calor, el nervio, el hervidero de imágenes, y para decirlo de una vez, la profusión y la exuberancia en todo, en el fondo y en la superficie, que rebosan y campean en las páginas de este libro.
Mencionaré, sin embargo, como ejemplo y dechado de esas condiciones el famoso Ça ira, aquella improvisación atronadora que al cabo de tantos años vive fresca en los recuerdos de cuantos la vieron reventar, como una inmensa bomba, en el estadio de la política. Ni son de olvidar tampoco, por lo mismo que al parecer desdicen del genio intelectual del autor, de la índole de los asuntos y del tono y hábitos de la época, la relativa templanza que se echa de ver en la biografía del heroico León, y la solidez y suma imparcialidad que sobresalen en la del terrible Cabrera. Los que no parándose en la haz, procuran penetrar en los adentros de los hombres superiores, no extrañarán tal moderación e imparcialidad, si consideran que en Pastor Díaz, así como en alguno de sus más esclarecidos contemporáneos, también arrebatado tempranamente a las letras y a la Patria, había antítesis entre el talento, áspero y osado hasta la temeridad, y el carácter, circunspecto y dulce hasta la blandura. De modo que cuando el autor estaba sobre sí, y contenía los vuelos de aquel con los pies de plomo de este, se abría paso y descollaba, exento de las quimeras de la pasión su atinado y severo juicio.
Me acerco al fin de estas páginas, en que por indeclinable necesidad, para desempeñar mi objeto y satisfacer una deuda sagrada, he despertado la memoria de alguno de los más notables períodos de nuestra vida contemporánea, apuntando someramente, en lo que ha hecho a mi propósito, actos y sucesos pasados. Conociendo las arterías que le son familiares a la malevolencia, cúmpleme protestar anticipadamente contra toda imputación que me dirija, de llevar por mira el suscitar en el seno de la comunión liberal, con evocaciones y recriminaciones importunas, añejas y muertas discordias.
¡Incriminar! ¿A quién, ni para qué? ¿A quién, ni para qué, cuando tantas vicisitudes y tan grandes novedades, más o menos próximas, han despojado de todo valor y sentido en lo presente a las parcialidades y excisiones y luchas de otros tiempos? ¿A quién, ni para qué, cuando en la rapidez eléctrica con que han surgido y sucumbido las situaciones, los adversarios de la víspera han sido los aliados y aun los amigos del día siguiente? ¿A quién, ni para qué, cuando en la sincera reconciliación y mutua indulgencia y generosa confianza y espíritu de concordia y fraternidad de cuantos rinden culto a la libertad, se cifra el porvenir de la libertad misma? Si la discordia nos ha arrastrado al borde del abismo, la unión, sólo la unión puede salvarnos; la unión de todas las fracciones liberales en un apretado haz, la unión a la luz del sol, la unión en la sana y anchurosa atmósfera del aire libre. Imbuido en estas ideas, las profeso en alta cara; penetrado de estos sentimientos, acojo y celebro la ocasión que se me ofrece, de proclamarlos en alta voz; y bajo mi exclusiva responsabilidad, y sin poderes de nadie, en voz alta los proclamo con la autoridad de mi desinterés, y con el derecho de mi patriotismo.
De la influencia que los escritos de mi ilustre amigo y los periódicos en que los diera a luz, hubieron de ejercer en el movimiento de las opiniones, en el curso de los acontecimientos y en las vicisitudes de la política, no puedo yo constituirme en juez habiendo sido parte. Ni ha llegado aún la sazón, ni llegará probablemente en mis días, de avalorar de propósito, y con detenimiento y holgura, el mérito y demérito imputables a cuantos construyeron y resolvieron próximas o remotas crisis en la conspicua esfera de la gobernación o en la oscura e ingrata arena de la polémica. Quédese para otros más capaces e imparciales este delicado trabajo.
Pero sin engolfarme en dédalo tan peligroso, paréceme útil y oportuno, en la actual situación de mi Patria, notar un particular efecto de aquellas publicaciones; el efecto, a saber, que produjeron en las tendencias a que obedeció, en la dirección que siguió, y en la actitud en que se colocó la juventud de la época.
Entre las opiniones sustentadas por nosotros y las del partido dominante, existía entonces la misma distancia que entre la filosofía individualista del pasado siglo, y la filosofía ecléctica de los comienzos del presente; la misma distancia que entre la política revolucionaria y democrática, de Rousseau y la política monárquica y parlamentaria de Royer-Collard. Sostener, propagar, popularizar, hacer predominantes y exclusivas contra la política y la filosofía de 1812, la filosofía y la política de 1840, tal fue la tarea que nosotros nos impusimos, y que desempeñamos con las ilusiones de la edad, con la perseverancia del convencimiento, y con el ardor, celo y ahínco del espíritu partidario. Y así sucedió que la juventud, independiente y novadora de suyo, hastiada del triste espectáculo de la gobernación contemporánea; mal mirada por los caudillos, y peor tratada por los publicistas de la situación, imbuida en las ideas de la escuela doctrinaria por la lectura, por la cátedra y sobre todo por la continua predicación, la invocación persuasiva y la tenaz solicitud de nuestros diarios, se afilió primero en esta escuela, y naturalmente se alistó en seguida en la comunión política que la representaba, en el bando conservador, en el antiguo partido moderado(1). Resultado grande, que ha vivido la vida de dos generaciones, y que aún dura parcialmente a pesar de la caída de la escuela ecléctica, a pesar de la ruina de la comunión doctrinaria, a pesar de la catástrofe de la Monarquía de julio, a pesar de otras caídas y ruinas y catástrofes que dentro y fuera de España, hemos presenciado.
Y pues ese fenómeno sólo dura parcialmente, y según todos los síntomas amenaza muy pronto extinguirse, debiera entregarme ahora a la contemplación de las consecuencias, si tal estudio cupiese en el reducido cuadro de este prólogo. Pésame de no hacerlo, porque si lo hiciera por dicha atinadamente, sería de gran enseñanza el poner en su punto el triste espectáculo, que por no alimentar y robustecerse con la savia poderosa de la juventud, ofrecen alternativamente nuestros partidos medios, ora consumiéndose en la postración, ora agitándose en el vacío; y sería de no menor trascendencia el revelar el mortal daño que de ahí redunda, enmedio de su vitalidad inagotable, a una sociedad donde el laxo organismo de los verdaderos intereses conservadores se halla tan necesitado de vínculo de las ideas; a una sociedad aguijada de enfermedades rebeldes a cauterios y preservativos y elixires, cuyas añejas virtudes ha devorado ya el tiempo; a la sociedad española, en fin, tal como la han constituido el movimiento y la resistencia de los últimos lustros y cincuenta años de revolución, y tres siglos de absolutismo. Pésame de no hacerlo, por no allegar en mi edad madura, como lo allegué en mi edad lozana, el jornal de mi pobre inteligencia, a la obra meritoria y urgente de deducir de toda filosofía racional y vividera la sola política adaptable en nuestros días a las necesidades de mi Patria. Pésame de no hacerlo, porque me pesa y me duele ver a esa juventud, tan nutrida de ciencia, tan liberal en su espíritu, tan severa en su porte, tan prudente en su conducta, huyendo de caer en la vergonzosa y absurda resurrección de lo pasado, extraviarse acaso y perderse en las imposibilidades de la utopía.
Presiento que no será así; presiento que bien guiada por la inspiración del genio patrio, la juventud española, sin desalentarse ni irritarse por obstáculos ni peligros, logrará serenamente desechar ambos escollos, tan sólo con que se imbuya en la plena seguridad de que el porvenir le pertenece aun más por la opción del mérito que por la ley inexorable de la naturaleza. Esta risueña esperanza me sostiene y me conforta en las tempestades de la vida pública.
De otro modo me conmueve, porque me lisonjea con un melancólico halago, al pagar este tributo a la amistad de Pastor Díaz, y lo mismo al concluir que al empezar estas páginas, la vehemente conmemoración con que se me representan, enmedio de aquellos tiempos de abnegación, de libertad, de lucha, los empeñados combates y bulliciosos lances de nuestras primeras armas. Y al experimentar este sentimiento, comprendo ahora claramente que aún más por su profunda verdad que por su sencillez incomparable, rebosa íntima poesía esta imagen de Ossian. «La música de Caril era como la memoria de las alegrías pasadas, agradable y triste al alma.»
Como la música de Caril, tal ha sido para mi corazón la lectura de este libro.
O Porto 25 de octubre de 1867.
Antonio de los Ríos y Rosas.