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Campaña periodística

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La cuestión electoral en diciembre de 1839 y enero de 1840.



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- I -

Los partidos

     (2)Dos veces en seis meses ha sido disuelto el Cuerpo colegislador electivo, y una medida, de suyo grave, que en el seno de la nación más pacífica no se realiza nunca sin peligros e inconvenientes para el Estado y para la sociedad, no puede haber sido adoptada por la Corona en estas difíciles circunstancias, sin que una necesidad más grave que ellas la haya imperiosamente reclamado.

     Esta necesidad no ha podido ser otra que la incompatibilidad del Congreso y del Gabinete para adoptar los remedios que cada uno creía deber aplicarse a la situación del Estado y a las calamidades públicas; y muy vivamente debió ser sentida por el Ministerio, y este debió tener una convicción muy íntima de la eficacia y conveniencia de su sistema, cuando después de una elección reciente, apela otra vez a las mismas urnas de donde acaban de salir nombres que le son contrarios, arrostrando para ello las dificultades de una posición extralegal en materia de Hacienda, las de una completa anarquía administrativa en el gobierno interior, y la saña de un partido, que vuelve otra vez al campo, después de haber alcanzado el triunfo, y de haber creído seguro el poder.

     De consiguiente, la razón de la necesidad y conveniencia de esta medida, y del resultado de las próximas elecciones, debe buscarse en los intereses y en las necesidades actuales de la nación, en los medios que el Gobierno tenía o creía necesarios para satisfacerlas, y en los motivos que la última mayoría de las Cortes alegó para rechazarlos.

     Imposible parecería a quien con imparcialidad lo meditara, que necesidades, por todos sentidas de un mismo modo, males que no pueden tener más que un medio de curación, instituciones de administración y gobierno, que llevan medio siglo de aplicación y discusiones en pueblos más aventajados; e intereses materiales, positivos, palpables, por decirlo así, que están al alcance de la razón y a veces hasta del instinto de toda clase de personas, diesen lugar, sin embargo, a sistemas y a partidos tan opuestos, tan demarcadamente separados y tan encarnizadamente enemigos, como los que a nuestra vista se disputan la aplicación de esos remedios, la resolución de esas cuestiones y la discusión de esos mismos intereses. Pero debía ser mayor la admiración al reflexionar que esos partidos se han presentado sucesivamente a llenar esta misión, y que ninguno la ha cumplido. Los unos y los otros han tenido el poder, y unos y otros han dejado huellas funestas de destrucción y desorden, o resultados lastimosos de imprevisión y debilidad. Los unos y los otros han influido en el Gobierno, y ninguno ha sabido realizar su pensamiento. Las medianías democráticas gobernaron invocando en el poder principios opuestos a las doctrinas que a nombre del pueblo y de la revolución sustentan. Las superioridades monárquicas gobernaron, y no quedó de su mando una sola ley favorable a la dominación de sus principios, ni a la conservación de los intereses que a nombre de la justicia y de la razón defienden.

     Creerán acaso algunos que de este singular fenómeno, debemos deducir el principio vulgar ya de que nuestros partidos son estériles e infecundos, y de que es preciso apelar a un nuevo partido más imparcial, más inteligente, más enérgico, más organizador y dotado de mayor fuerza y vida. Algo hay de verdad en esto, considerando a los partidos en sus medios de ejecución; pero es inexacto en cuanto al sistema político.

     No; no se quiere proclamar un nuevo partido político. Hay uno de sobra con los dos en que nos dividimos, y cuando a pasar lista tocan, en uno de los dos formamos. Pero el hecho innegable de que los sistemas de los partidos han sido hasta ahora funestos, y cuando menos insuficientes e incompletos, nos obligará a buscar imparcialmente la razón de este hecho en la índole y naturaleza de estos partidos, y en la relación que media entre los principios que los caracterizan, y el objeto y resultado a que se encaminan.

     Desde el principio de nuestra revolución, quiero decir, desde la muerte del último Monarca, los partidos fueron políticos, porque de una revolución política y de un cambio en el sistema de gobierno se trataba. Pero otorgadas en breve por la magnánima y prudente Gobernadora instituciones representativas, y satisfechas por de pronto con ellas las esperanzas de todos, la cuestión quedó reducida al deseo de conservarlas y al temor de perderlas. La guerra que encendió desde luego en las provincias el partido carlista, que aspiraba a derribarlas, fue entonces el único campo de esta cuestión, y los primeros partidos se referían a los medios de concluir esta guerra. Lo que constituía la diferencia entre los que se llamaron moderados y exaltados, no eran las instituciones; era la actividad, la energía, la celeridad, el vigor y fuerza en todo lo necesario y conducente a sofocar la rebelión, que cada día tomaba un carácter más imponente y grave. Gran parte de los que eran en este sentido exaltados, no aspiraban a lo menos por entonces a mayor amplitud en la ley fundamental: sabían ya que la variación de las formas políticas no había de ganar victorias; y lejos de debilitar el poder, querían que el poder fuese el que consumara la revolución, y se lamentaban de que no se manifestase fuerte, imponente, terrible.

     Y en efecto, el poder no tenía estos caracteres. El Gobierno apareció débil, y si tuvo buenos deseos, no los favoreció la fortuna. La guerra tomaba cada día cuerpo e incremento: sus progresos superaban a los esfuerzos del Gobierno, y se creyó que éste podía hacer más. La impaciencia crecía con el peligro: los desastres se imputaron a desaciertos, y cuando la Patria peligraba, los desaciertos pudieron parecer crímenes. Los reveses, los asesinatos y las escenas de horror, que por todas partes se reproducción, daban lugar a un encendimiento de odio, a una reacción de furor y venganzas, que contrastaba con el sistema de lenidad y dulzura del Gobierno. La oposición creció de punto, la fermentación cundió por todas partes, la masa de los descontentos era inmensa y compacta, y su empuje, como el de todo movimiento, amenazaba ir más allá del objeto a que se dirigía. En vano resistió el poder. Débil contra los carlistas, no pudo ser fuerte contra sus adversarios; abandonado de la opinión, no pudo resistir a la fuerza; el torrente se lo llevó, y en su inevitable caída, los hombres que en 1835 sucumbieron por culpa de una administración desacertada, arrastraron consigo, por una singular fatalidad, los inculpables, sanos e ilustrados principios políticos que profesaban y sostenían.

     Era sin duda una triste fatalidad, que fuesen los partidarios de las verdaderas teorías constitucionales los que en la práctica de los negocios hubiesen cometido errores y desaciertos. A vueltas de esta fermentación, y de la polémica periodística y parlamentaria en que se exhalaba, empezaron a suscitarse pretensiones de otro género. Los apóstoles de la antigua escuela democrática habían empezado a sacar de nuevo a luz sus corifeos y sus doctrinas; y combatidas estas por los que entonces ocupaban el poder, no fue difícil a sus prosélitos presentar estas doctrinas como medios opuestos a los que empleaban sus adversarios, y hacer aparecer las desgracias de estos como precisa consecuencia de sus teorías.

     Este fue el primer error, el origen capital, el eslabón primero de la cadena de desvaríos, anomalías, confusión y aberraciones, que liga las caprichosas fases de la historia de nuestros partidos. Aunque la cuestión de la guerra fuese la cuestión política, nada tenía que ver el sistema político con las operaciones de la guerra. Era sabido que no menos dirige una campaña un Rey despótico, que el Gobierno de una República libre, y que las cualidades de los hombres que la guerra civil reclamaba, debían buscarse en su temple y carácter, no en los dogmas de su creencia política.

     Sin embargo, el parecer contrario, falso y sofístico como es, prevaleció entonces en la opinión pública alucinada o inexperta, y cuando los hombres de 1834 sucumbieron, la opinión llamó al poder a los que por profesar distinta creencia y principios que se ostentaban más populares, y por tener de antiguo notorios e inequívocos compromisos, creyó que emplearían, para salvar la causa de la libertad, esfuerzos poderosos, medios seguros, rápidos, decisivos, aunque fuesen más violentos, aunque pudiesen parecer más revolucionarios.

     Y a pesar de eso, en las excisiones de 1835, el principal ataque no fue dirigido a las instituciones. La voz que se alzó entonces, tronó contra el Ministerio: las determinaciones de las juntas tenían por objeto aprestar fuerzas y recursos, y privar de influencia, y de medios a los carlistas: todas sus providencias eran más bien guerreras que revolucionarias: las materias políticas no figuraban demasiado en sus discusiones: muchos de sus individuos, aun de los más ardientes, no querían innovaciones de esta clase. Y si en alguna de sus exposiciones se pidieron, Cortes Constituyentes, la mayor parte guardaron silencio sobre un punto que no consideraban conducente al fin que se proponían, o cuya discusión hubieran deseado aplazar para días más bonancibles y serenos.

     Todavía el primer período del Ministerio de setiembre conservó el sello de este carácter: la quinta de cien mil hombres, los donativos y esfuerzos que se hicieron entonces lo atestiguan. El voto de confianza que unas Cortes Monárquicas le concedieron, más bien se otorgaba al hombre que ofrecía concluir la guerra en seis meses, que al poder que había prometido Cortes revisoras; y el prestigio de aquel Ministerio y del partido a que pertenecía, pudo bien llamarse popular, hasta que sus esfuerzos se estrellaron con la misma mala suerte del anterior Gabinete, y hasta que una triste experiencia vino a demostrar que los hombres de setiembre no eran superiores, como hombres de acción, a sus adversarios, y que les eran infinitamente inferiores en administración civil y en doctrinas generales.

     Pero por fortuna -ya que no queramos decir por obra del partido que llegó entonces al poder,- la convocación de las Cortes revisoras, y el objeto de su reunión, la cuestión política, en fin, había adquirido, entre tanto mayor importancia de por sí, y había si no oscurecido, subordinado al menos la cuestión de guerra. Desde entonces empezaron las dos a vivir, por decirlo así, vida propia y separada: desde entonces corrieron divididas, si bien influyéndose mutuamente, según sus faces respectivas, según desde el punto de vista en que se miraban. La cuestión de guerra quedó siendo siempre la cuestión nacional, porque su extraordinario argumento la iba convirtiendo, en una calamidad social: la cuestión política, la más influyente en las discusiones parlamentarias, y en las vicisitudes ministeriales.

     La cuestión de guerra daba o quitaba el mando a los partidos, según el acierto o la fortuna que en ella les cabía; pero la cuestión política daba a estos partidos el ser, el tono y el nombre. Los partidos primeros se transformaron y recompusieron en esta época con arreglo a sus nuevas bases y a su nuevo objeto; pero desde que no era este el grande hecho que agitaba y absorbía la vida de los pueblos, ni uno ni otro partido pudo ser ya verdaderamente popular como poco antes uno de los dos lo había sido.

     Como quiera que sea, desde esta época a 1837 los partidos eran exclusivamente políticos y se sabía porqué y cómo lo eran. Su existencia tenía un significado, porque tenía un objeto, un objeto grande, un objeto anunciado por la Corona misma: la ley fundamental. Esta era sin duda, una vez presentada y propuesta, una cuestión importante, una cuestión nacional. Era la constitución del Estado, era la forma de su Gobierno, era la organización, atribuciones y garantías de los poderes públicos; era la ley de la Monarquía, y la Monarquía misma; era las garantías y derechos del ciudadano: y la misma libertad, y la misma revolución comenzada, y que en el campo se defendía, lo que en la liza de los partidos se ventilaba.

     Los hombres de la democracia, de la tabla de derechos, del contrato social, y de la soberanía del pueblo, de la unidad del cuerpo legislativo, de la iniciativa individual y de la sanción obligatoria, proclamaron y pudieron proclamar sus principios, desenterraron el aún entero, si bien descarnado esqueleto del siglo anterior; hicieron tronar de nuevo la elocuencia convencional, y aun brillar a veces la cuchilla terrorista, y aspiraron a realizar en el código fundamental toda su política jacobina y toda su filosofía enciclopédica. Sus adversarios tenían la más difícil tarea de combatir un sistema ya de antiguo conocido, muy al alcance de las más comunes inteligencias, y más favorable a la violenta reacción de las pasiones y de las ideas; de hacer comprender las no muy vulgarizadas teorías constitucionales de la Europa moderna; de explicar el complicado mecanismo del verdadero gobierno representativo; de reconciliar al pueblo con el poder que en este sistema es tan necesario como la libertad, pero del que le hacía enemigo la reacción de la opresión pasada; y de demostrar la necesidad de conservar al Trono y a las instituciones monárquicas presidiendo a los derechos de los ciudadanos y a las instituciones populares.

     La lucha fue borrascosa, y larga la campaña. Sus batallas no fueron siempre parlamentarias, ni sus vicisitudes revistieron siempre formas legales. Las revoluciones no tienen leyes, ni las leyes pueden hacerse para las revoluciones; y una revolución se hacía en el período de que hablamos. Vínole estrecho a un partido, más fuerte que racional, el Parlamento, y la prensa, donde no podía vencer con la razón, y buscó un terreno en que poder servirse de su fuerza; y como un año antes se había hecho un levantamiento para derribar un Ministerio, un año después se hizo otro para hacer temblar y enmudecer a un partido. La excisión fue más violenta porque era menos popular: el partido democrático apareció entonces ya solo y aislado, proclamando no más que los intereses de sus ideas y de sus personas: la juventud le había ya abandonado para siempre; y el pueblo, cansado de querellas, que complicaban indefinidamente la gran cuestión que se agitaba en su seno, cansado de trastornos, que eran tanto más desagradables cuanto sus resultados eran mezquinos e insignificantes, comenzó a desear, tanto como la paz material, la concordia de las opiniones y la paz de los espíritus.

     Tal era y más anhelosa todavía la situación de los ánimos y de los partidos cuando en 1837 las Cortes convocadas para fijar la ley fundamental, dieron fin a su importante cometido, de una manera que honrará para siempre la memoria de aquel Congreso, y el esclarecido talento de los ilustres Diputados que tuvieron más inmediatamente bajo su influencia la formación de aquella obra. La Constitución apareció, y fue saludada con la aclamación unánime de todos los partidos; con el júbilo universal de los que amaban sinceramente el término de las calamidades públicas. El autor de estas líneas no olvidará jamás el bello día de su juramento sagrado, que tuvo la dicha de presenciar. Ninguno lució más brillante sobre el horizonte sombrío de la revolución que corremos; en ninguno se ostentó más sincero y general entusiasmo, ni se elevaron al cielo más unánimes y tiernos votos que aquel fausto día, en que la regia carroza rodaba desde el Palacio al Congreso sobre un pavimento de rosas, y volvía casi llevada en vilo por un océano de pueblo, en que habían confundido sus turbulentas olas los torrentes de los partidos. Y era que aquel día los partidos políticos desaparecían, y el sello augusto de la Corona, al imprimirse sobre el código naciente, sellaba el tratado de paz de los dos bandos.

     En efecto, los hombres sinceros del partido liberal creyeron ver llegado el día de una reconciliación, que entonces no sólo no era quimérica, sino que era necesaria, porque era la reconciliación la Constitución misma. Los votos de todos se habían reunido, las esperanzas de todos se veían satisfechas, y los recelos de muchos afortunadamente disipados. Los que temían por el poder le hallaron robusto y fuerte; los campeones de la libertad la vieron afianzada. El veto creaba la Monarquía, y la intervención del país en la formación de las leyes quedaba sobradamente asegurada para no infundir temor alguno, ni a los leales mantenedores de las prerrogativas regias, ni a los celosos amantes de los derechos populares.

     ¿Qué más? Hasta los veteranos adalides y los sumos sacerdotes de la soberanía nacional pudieron acatar la estatua de su Diosa en el frontispicio del nuevo templo, porque en un siglo demasiadamente ilustrado para admitir un dogma abstracto como precepto práctico, los Legisladores de 1837 tuvieron bastante sagacidad y prudencia para colocarle en la corbata de su bandera y al frente de su obra, si bien fuera de ella, y como enseñando a sus mismos partidarios que un principio revolucionario no cabe en el cuadro de una Constitución, y que la soberanía de las revoluciones concluye donde la soberanía de la ley empieza. La ley empezaba, la revolución concluía, la paz se firmaba, y los ejércitos beligerantes debían retirarse. Todos los motivos de discordia, todos los pretextos de lucha desaparecían, y tras del tiempo de discutir, llegaba la época tranquila de acatar y obedecer.

     Fijémonos bien en este principio, aunque le repitamos. Después de 1837, la misión de los hombres políticos cumplida, la división de sus partidos no tenía objeto. Los partidos, tal como hoy existen, suponen cuestión; y fuera del de la guerra, no hay cuestión política desde que hay ley. Pudieron existir cuando tenían una Constitución que hacer; pero dada la Constitución de 1837, la tarea de los poderes del Estado quedó circunscripta a una nación que gobernar, y a una guerra que concluir.

     Pues bien: desde este tiempo data la existencia casi ficticia de ese partido, cuya corrosiva actividad, falta de alimento, amenaza devorar la obra levantada: de ese partido, que no teniendo más que medios de destruir, porque destruir fue su destino, quiere derribar el mismo edificio que se acaba de erigir, y no dejarle habitar a pretexto de no estar concluido.

     «Porque la Constitución, dice, no es más que un papel escrito, si sus principios no se aplican, si su espíritu no se desenvuelve en instituciones y leyes, también de consiguiente políticas, también constitucionales.» Nada hay más declamatorio ni más sofístico. Las Constituciones no se desenvuelven: las Constituciones rigen. La Constitución es la ley de acción de los poderes públicos. Cuando estos poderes obran, la Constitución se aplica en toda su extensión posible: existen por la Constitución, pero existen para la sociedad. La ley de su existencia está calculada para que su acción y sus leyes convengan a los intereses y necesidades sociales; pero cuando cumplen el objeto para que la Constitución los crea, el fin y la razón de sus actos y de sus leyes están en esos intereses y necesidades, no en los principios de la Constitución, que no es ningún cuerpo de doctrina, ni teoría de ciencia alguna.

     Por eso a veces las instituciones administrativas presentan una aparente oposición a la índole y tendencia de las leyes políticas. Por eso la Francia con su Constitución liberal, y con su espíritu independiente y democrático, tiene una administración interior más monárquica sin duda, más central y represiva que la monarquía prusiana. Por eso en Inglaterra, modelo de Gobiernos representativos y cuna de la libertad moderna, los privilegios de la aristocracia se hacen sentir más que en los Estados austriacos. Por eso, la institución de una milicia de proletarios, que en menos de ocho días convertiría a cualquiera nación de las más civilizadas de Europa en una anarquía horrible, sostenía en España el poder absoluto del último monarca, durante la década famosa, y por eso, nuestros demagogos, que como ciertos vendedores de específicos admirables, no tienen más que una receta para todas las dolencias sociales, y quieren aplicar la ley política a la administración interior, no saben que al pedir una Constitución para cada provincia, piden la supresión de la Constitución del Estado.

     Es verdad que otros, llevando más allá sus miras, y no satisfechos con los tardíos resultados de nuestro sistema, manifiestan que no es solamente a una alteración de formas gubernativas a lo que aspiran, sino un cambio absoluto de intereses, a una variación radical y profunda, en el seno de la sociedad misma, a la destrucción de todos los privilegios, a la reforma de todos los abusos, a la nivelación de todas las jerarquías, a la igualdad de todas las capacidades y fortunas, a una justa distribución de todas las propiedades, a ...Sí, a los que así habláis aunque no habléis tan claro, os comprendemos, y no llamaremos por cierto a lo que decís sofismas y declamaciones. ¡Oh! no: sabemos bien lo que pedís, pero lo expresáis mal, cuando pedís la revolución política. Vosotros queréis una revolución social, pero os equivocáis en el medio de conseguirla. Acaso por el despotismo hubierais ido más derechos. Una Constitución representativa no puede dar por resultado un trastorno como el que queréis; y leyes dictadas por poderes legales no saltan las vallas de la sociedad misma que esos poderes representan.

     La revolución a que aspiráis, no se consigue sino con la revolución misma. Proclamadla, si os atrevéis: despertad a las masas de su sueño: evocad de las profundidades del pueblo ejércitos de bárbaros, como Alarico y Atila los trajeron de las selvas del norte -como Cabrera los tiene en sus riscos;- y repartidles como aquellos la sociedad civilizada: Decidles como ellos les decían: ¡Ahí están las ciudades de mármol, los palacios de pórfido, las cúpulas. de oro: ahí tenéis los vergeles del Ebro, los jardines del Betis: ahí están las túnicas de seda, los lechos de terciopelo, los jaeces de pedrería, los vinos de néctar, los caballos que vuelan, las mujeres deidades. Hay una raza vil que tiene el privilegio de gozar tantos tesoros. Nosotros valientes, nosotros libres, nosotros fuertes, nosotros desnudos, hambrientos, disputando a los buitres su presa, y a los osos su cueva, repartámonos esa mansión de delicias, y regeneremos esa sociedad. Habladles así, y os comprenderán. No les habléis de la Constitución de 1837, ni de derechos políticos, ni de Asambleas, ni de Trono, ni de leyes. Nombres que no están en vuestro Diccionario, figuras que no son de vuestro cuadro. Salid al campo: levantaos, pelead; tomad la segur y la tea, destruid, derribad: no haya eminencia más alta que vuestra guillotina: he ahí vuestro Trono, vuestro Parlamento, vuestras discusiones, vuestro destino, vuestras doctrinas. Cumplidlo; realizadlas, y si la sociedad sucumbe, es que, como entonces, el cielo habrá decretado que sucumba, y que de otros siglos bárbaros y de otra nueva laguna de la civilización sea teatro la Europa.

     Pero no. El cielo no lo ha decretado, ni Dios ha entregado en vuestras manos la sociedad, para ser por vuestro fanatismo inmolada, y por vuestra ignorancia vuelta a la barbarie. Acaso esté en los designios de su Providencia que la sociedad se reorganice; pero sin duda no dotó tan ricamente de fuerza y de luces a la inteligencia de nuestra época para que de esta vez la reforma social sea por el hierro y la sangre. Hombres hay en el día que han meditado profundamente sobre la condición de la sociedad humana, y creen posible su pacífica regeneración; almas generosas, que aspiran a desterrar todas las miserias sociales, inclusas vuestras atroces teorías; inteligencias, elevadas que abrigan un pensamiento profundo, inmenso, que lleva en su seno la emancipación del género humano.

     Pero los que aspiran a armonizar todos los intereses, no intentan destruir ninguno de los existentes. Los que sueñan -si se quiere- que todas las clases respectivamente pueden llegar a ser ricas, no empezarán por arrebatar sus riquezas a sus actuales poseedores: los que quieren que el pueblo, en vez de ejercer su soberanía, satisfaga sus necesidades, no le darán por alimento cédulas de votación, ni por cama la tabla de derechos: y los que demuestran que no es el Gobierno ni los poderes públicos los que están llamados a la reorganización de la sociedad, no llenarán de sangre y luto a una Nación, a nombre de un sistema de gobierno.

     Pero vosotros, que no comprendéis, ni acaso sabéis, que existan estas teorías, y que os arredráis ante la revolución sangrienta, porque vuestro corazón es menos feroz que vuestros principios, y porque valéis más que vuestras ideas, decís que no aspiráis a ella; pero que queréis para vuestra Patria los mismos progresos a que han llegado las demás naciones de Europa. Queréis que desaparezcan todos los restos de la edad feudal, de la dominación del clero y del absolutismo; queréis la revolución francesa para llegar al esplendor y prosperidad de la Francia: no veis hasta ahora en la nuestra más que un cambio de gobierno, un sistema de hacer leyes, y en la reforma que hemos conquistado, decís que no encontráis la revolución política, que como un fantasma quimérico vais buscando. Natural es que no la veáis, e imposible que la encontréis, porque os la dejáis atrás. Cuando pensasteis en ella, ya estaba hecha. Las revoluciones son como los poemas épicos: las hace el tiempo.

     Destruir el poder de la nobleza y la inaudita y odiosa tiranía que ejercía en Francia; admitir a la participación del poder y del gobierno a la clase entendida, a la clase media; asegurar la libertad del pensamiento y garantir contra los atentados de la fuerza y las arbitrariedades de la injusticia la propiedad individual y la seguridad de las personas; he aquí la revolución de 89. En España, lo principal estaba hecho antes de la muerte del último Rey; y lo que faltaba, se obtuvo después. El poder político de la nobleza desapareció desde Carlos I. La clase media tuvo siempre abierto el campo a los empleos y a los honores. El clero se reclutaba del pueblo, y aunque partidario del absolutismo, era esencialmente democrático. En 1808 apenas quedaban restos del feudalismo, y la guerra de la Independencia consumó la confusión de las jerarquías, dando importancia a las clases y a los hombres del pueblo. A la Inquisición la destruyó Fernando VII. La libertad de imprenta y la intervención del país en el gobierno del Estado es lo que adquirimos por la nueva ley. ¿Qué tiene, pues, de común, nuestra situación con la de la Francia en 89? ¡Su revolución! ¡ah! También la hicieron para nosotros: sus innumerables víctimas, mártires fueron de la salud y de la libertad de la Europa entera: su sangre fecunda nos alcanzó en su riego: fue la regeneración del siglo XVIII; y nosotros, sin saberlo, nos hallamos por ella salvados.

     Sí, nuestra revolución está hecha y nuestra Constitución fijada. La Constitución no admite progreso. El progreso en la Constitución sería una Constitución nueva. Y la nación, progresistas, la nación no la quiere ni la necesita. La nación quiere conservar la que existe. El progreso que vosotros la ofrecéis en garantías políticas, ella lo desea en mejoras sociales; pero estas mejoras no consisten sino en la terminación de la guerra y en un sistema de leyes administrativas, económicas y judiciales. Estas leyes tienen principios fijos, y las diferentes opiniones, acerca de ellas no constituyen partidos ni sectas. En estas materias hay doctrinas, pero no hay creencias. Las discusiones sobre un arreglo de Hacienda, sobre legislación penal, sobre sucesiones y contratos, sobre un arancel de aduanas o un tratado de comercio, jamás podrán constituir partidos como los que vemos, y a cuyos borrascosos debates asistimos. Las teorías que presiden a los diversos ramos de la administración pública, han tenido adelantos, pero no se refiere a ellos vuestro progreso.

     Vosotros no habéis podido presentar un sistema de legislación y gobierno, ni de ello os habéis ocupado. Vuestro progreso se refiere a la política, y la única cuestión política en 1839, como en 1834, es la guerra. Vosotros no habéis podido terminarla. Y cuando paz y gobierno, son las únicas necesidades de la Nación, y su satisfacción el único progreso posible, y cuando un partido inmenso y reclutado de todos los que algo valen y piensan, y que en otro tiempo pudieron pertenecer a diversas creencias políticas, presenta un sistema de gobierno y paz, si vosotros queréis formar un partido contrario, debéis presentar otro sistema mejor.

     Mas no; ese vuestro partido contrario ya no es un partido de cosas y de sistema, sino un partido de personas, y sólo por no aparecer tal, toma por divisa una diferencia política, que no se refiere a necesidades que existan, sino a las que ya pasaron.

     En efecto, el partido progresista de hoy no es, en lo general, más que la expresión de los intereses de cuerpo, que se formaron cuando este partido tenía objeto. Sus corifeos reunieron entonces una clientela de personas ligadas entre sí y al triunfo de su respectivo patrono, por intereses puramente personales y compromisos de circunstancias extrañas enteramente a la política. Sus caudillos conservan todavía su ambición y pretensiones exclusivas, y en los pueblos y provincias se agitan y hostilizan con los antiguos nombres los grupos reunidos en rededor de estas influencias. El partido del orden no carece tampoco de prosélitos, que sólo obran por consideraciones personales: para resistir y luchar necesita de agentes, que unen también a veces a los intereses de su causa las ventajas materiales de la dominación de su partido.

     Bajo el Ministerio de los unos, sus amigos aspiran a dominar e influir; y a su vez sus contrarios temen la pérdida de su posición social y las humillaciones e ilotismo político, a que los condenan sus enemigos. Esta razón, bien poco metafísica por cierto, bien poco elevada, y por el contrario, harto mezquina y pobre, influye, sin embargo, poderosamente en todas las convulsiones de que somos testigos. En poco se cuentan las opiniones y los principios: el pueblo en general se aparta de discusiones y divergencias, que a fuerza de ser absurdas, ya no las comprende: el partido del orden obedece y calla, desea y teme, tiene convicciones, y espera más de la irresistible lógica de los hechos y de la fuerza imperiosa de la razón, y de la necesidad, que de luchas y manejos, que no le son naturales, y que debía creer innecesarios. Los órganos del partido progresista, más ardientes y activos por lo general, ya no saben a dónde van; y si trabajan todavía con ardor no pueden hacerlo con convencimiento: dóciles a la voz de sus jefes, los conserva en sus filas la ignorancia de los principios, el prestigio de antiguos nombres, y a algunos acaso un mal dirigido sentimiento de lealtad a sus antiguas banderas.

     Pero los antiguos y principales representantes y secuaces de esta fracción, unen también al interés de partido un interés concebible de amor propio y de superioridad. Sin la existencia de estos bandos mal podría en verdad sostenerse la celebridad y pretensiones de muchos que, dotados de una mediana capacidad intelectual o política, o siendo tal vez nulidades absolutas, sólo pueden adquirir renombre o importancia por su celo como adictos, por su devoción como prosélitos, o por su exageración como apóstoles y tribunos. El día que ese espíritu absorbente de corporación no tenga cuerpo que animar ni causa personal a que servir, esos hombres comunes desaparecerán de la escena con el fantasma de su valer y el usurpado prestigio de su fama, para hacer lugar a las eminencias individuales que descuellen, a las inteligencias verdaderamente superiores, a las grandes virtudes, a los elevados caracteres llamados a organizar los diversos ramos de la administración pública, y a regir los destinos y el porvenir glorioso de esta Nación magnánima.

     Bien lo conocen muchos de los que se hallan acostumbrados a dirigir la opinión. Por eso no quisieron desalojar su posición ventajosa, ni disolver ejércitos en que han adquirido los primeros puestos. Por eso renuevan cuestiones que ya no existían. Por eso, habiendo perdido el poder, en que habían sido lastimosamente desgraciados, se aprovecharon del cansancio y de la impaciencia nacional por la conclusión de la guerra, para anunciarse de nuevo como capaces de dar la paz. Por eso, cuando apareciendo la paz, iban a faltarles todos los pretextos políticos, resucitan de nuevo la cuestión de las instituciones, y como ya no pueden decir que faltan, no les queda otro recurso sino anunciar que peligran.

     He aquí el estado actual, la organización, fin y sistema de los partidos. Algunos ya no merecen tan honroso nombre; porque circunstancias hay en que los que en un tiempo son partidos, quedan reducidos a facciones; y facciones son las que fuera del círculo de la ley, y en contra de los poderes públicos, se agitan. Pero si los partidos pueden ser numerosos, las facciones son siempre reducidas minorías. Si los antiguos partidos han podido interesar a la Nación en su lucha, la lucha de las facciones no hace más que afligirla y desgarrarla, porque no la comprende. La mayor parte de los hombres sinceros que no viven la vida de los partidos, se preguntan asombrados qué vértigo se ha apoderado de los hombres que respetaban y querían, y en cuyo saber y patriotismo confiaban. Todas las clases inteligentes y elevadas de la sociedad se ven, a su pesar, arrastradas a una lucha que no provocan, pero en la cual ven injustamente atacados respetables intereses, o fecundas, y cuando menos, inocentes doctrinas.

     La juventud generosa, de inteligencia y de porvenir se retira de esa escena de desvanecimiento senil; y ofreciendo el singular espectáculo de pertenecer casi toda al partido de la moderación, apoya los eternos principios de orden y justicia, para formular un día sobre esta base común de todos los sistemas, la concepción de gobierno, y organización social que abriga en la religiosa esperanza de su corazón(3). Y el pueblo atónito, esos doce millones de habitantes, cuyos gemidos pretenden ahogar los gritos de cien hombres de partido, o cuyas bendiciones quiere cubrir el rugido de tigre hambriento que un solo periódico lanza, ese pueblo, cuya sensatez tantas veces se calumnia, y cuyo nombre tanto se profana, ese pueblo mira con ojos de curiosidad y espanto a esos hombres que le invocan, y a esos cortesanos de nueva especie que le adulan; y después de haber escuchado mucho tiempo, les, dice: «No os comprendo.» -Y después de haber visto el resultado de sus palabras, añade dolorosamente: -«Ni vosotros me comprendéis. Yo necesito paz y gobierno, y sólo de los que me den la primera, podré esperar que me darán lo segundo.»



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- II -

El Ministerio y las Cortes pasadas

     PAZ, ORDEN Y JUSTICIA.

     En vano se han querido poner en ridículo estas palabras santas. Algún día la posteridad preguntará asombrada si los que blasfemaban de ellas eran seres de la especie humana. Los historiadores de entonces podrán responderles; que hombres eran, pero que el fanatismo político les había privado de la razón. Paz, orden y justicia proclamó, en la santa esperanza de su corazón, el más virtuoso, si bien no el más afortunado de nuestros hombres públicos. Paz, orden y justicia resonó en la tribuna nacional, y estas palabras se oyeron como cuando una noche gloriosa las cantaron los ángeles en la altura de los cielos. Paz, orden y justicia se creyó que iban a salir del seno de la Asamblea donde se pronunciaban. Paz, orden y justicia eran todas las necesidades de la nación. Paz, orden y justicia -el autor ya lo ha dicho en otra parte- era el programa del pueblo. Empero dos años se cumplen, y este santo programa no se ha realizado todavía.

     Por un fenómeno de que apenas hemos podido darnos jamás ninguna razón satisfactoria, las Cortes elegidas en 1837 y disueltas en junio de 1839, no cumplieron las condiciones de su elección ni las promesas de su divisa.

     El Gobierno, en ellas apoyado, debía dar la paz: ellas debían dejar consolidado y dotado de leyes al Gobierno.

     Si podemos fácilmente comprender cómo no fue dado al Gabinete de diciembre llevar a cabo una empresa que acaso se concibió en su seno, no se puede tan fácilmente explicar cómo los legisladores de 1838 dejaron sus escaños después de dos legislaturas, sin haber discutido una sola ley de interés general, sin haber dejado robustecido al Poder, ni desembarazado sus movimientos de los lazos de acero con que la legislación de 1812 se los agarrotaba. Al ver cómo han pasado estériles para el Gobierno y para la nación, se siente uno inclinado a creer que la mayoría de aquellas Cortes era más bien aparente y numérica que real, pues no se sabe cómo pueda llamarse, gubernamental una mayoría a quien la oposición no deja llevar a cabo ninguna ley ni plantear ningún sistema, y que acaba al fin por desorganizarla y disolverla.

     De paso debemos observar que algunos hombres, si bien muy ilustrados, de aquellas Cortes, han censurado al Gobierno creado en su último período, con una severidad sobradamente injusta, si se considera que ese Gobierno, de indefinible color y de inescrutable pensamiento, era reflejo de la misma Asamblea. Cuando la confusión y la perplejidad se introdujeron en ella, no pudo menos de formarse un poder vago, indeciso y nebuloso, consecuencia precisa de la posición en que se había colocado el Congreso. Después que este formuló un agrio voto de censura contra el mismo sistema que había creado; y después que en la sesión del 23 de noviembre de 1838 pronunció.

por miedo a la Tribuna pública un no, contrario a sus mismos principios, era ley de la Providencia, -como uno de nuestros más profundos y elocuentes publicistas lo ha hecho observar,- era ley de la Providencia y rigurosa deducción de la lógica, que el Gabinete formado en aquel momento de aberración, disolviese, por miedo a las Coporaciones populares, al mismo Cuerpo de cuyo seno había salido.

     Como quiera que sea, creada esta situación falsa, y disuelto el Congreso, el período transcurrido durante su existencia quedaba en hueco. La guerra no presentaba mejor aspecto. Sus consecuencias desastrosas se hacían sentir cada vez más. El Gobierno no tenía recursos ni acción: la misma penuria, los mismos apuros en el erario, en todas las obligaciones públicas: en lo interior, la anarquía siempre en aumento, los lazos entre el poder y el Estado relajados más cada vez: la ley de 3 de febrero dando sus opimos frutos en todas partes: los estados de sitio sirviendo de digna excepción, de violenta respuesta a la carencia total de fuerza y autoridad política. Las necesidades públicas eran las mismas en junio de 1839 que en octubre de 1837.

     Empero los hombres que se hallaron entonces al frente de los negocios, tuvieron la fortuna de mirarlos con ojos claros e imparciales, y de suplir con un celo y una laboriosidad inmensa lo que acaso a ellos mismos les habían hecho creer que les faltaba de talentos. Aunque se jactaban de no pertenecer a partido alguno político, desde luego echaron de ver que los medios de llenar su misión no eran los medios político-revolucionarios de los que se apellidan progresistas. Colocados en el poder, no pudieron desconocer que los medios prácticos de esos hombres eran inadecuados y contraproducentes, y que sus principios deletéreos eran una oposición perenne a todo gobierno posible, incluso el de ellos mismos. Vieron entonces que su sistema era una negación absoluta, una teoría de destrucción; que sus asertos nada afirmaban, que sus declamaciones nada proponían, y, que el ariete revolucionario, bueno para destruir, cuando destruir es bueno, no es instrumento de edificar, cuando de edificar se trata. Desde entonces rehusaron un apoyo que no podía servirles, y no pudieron admitir a la comunión de su sistema a quien no tiene sistema alguno, y a quien quiere sólo el poder por el poder. Y desde entonces no pudieron menos de apoyarse en los eternos principios de orden, obediencia y unidad, y de tener por amigo a un partido dispuesto siempre a sostener el poder tutelar del Estado, con tal que gobierno y poder sea cualesquiera que aparezcan los nombres y aun los antecedentes políticos de sus depositarios.

     Entonces el partido, desechado no como partido político, sino como ingubernamental -permítaseme el uso de esta frase,- por hombres, que con la mejor buena fe se aplicaron a crear una nueva situación en la guerra, y a plantear un sistema de gobierno, se retiró, con el despecho de su ambición frustrada, a sus antiguos atrincheramientos de la política, a preparar un combate a muerte contra un Gabinete cuyo sistema desconocía, pero que debía ser ominoso porque no era el suyo.

     El Ministerio no hizo gran caso de los planes de sus adversarios, y siguió en los suyos. Con fe, sin duda, en el resultado de sus importantes negociaciones, se curó poco del éxito de la lucha electoral; y llamada toda su atención a las operaciones bélico-diplomáticas de las provincias sublevadas, descuidó acaso las intrigas escandalosas de un partido, ayudadas de las caprichosas exigencias personales de otro(4). Pero este descuido se comprende, y esta indiferencia se justifica. Su confianza en los sucesos suplía por todas las esperanzas: a fuerza de gloria y de fortuna pensaba anular el resultado de todas las intrigas, cerrando la boca a todas las acusaciones, y naturalmente debió creer que por muy vigorosos y elocuentes que sus adversarios se presentasen, mil veces más vigorosa era la fuerza, y más irresistible la elocuencia del grandioso hecho que pensaba dar por respuesta: la paz.

     En efecto, grandioso fue sin duda, inesperado y sorprendente el acontecimiento de 31 de agosto. En vano, aúlla rabiosa la injusta cólera del espíritu de partido: todos sus sarcasmos e invectivas no defraudarán en un ápice la gloria inmarcesible que circunda para siempre la veneranda sien de los que tal acontecimiento prepararon. Esa gloria será tanto más resplandeciente cuanto sea más disputada; Y aunque a impulsos de un frenético despecho hubiera rodado en el patíbulo revolucionario la cabeza de esos grandes bienhechores de la Nación, aun allí sería radiosa y brillante y envidiable por cierto la aureola que los circundara. Su esplendor debía deslumbrar a los Diputados, cuando tan luminosa como un sol aparecía sobre el anublado horizonte de la Patria.

     Aún dura en los corazones la emoción de aquellos días: aún no están secas las lágrimas de gozo que de tantos ojos tristes corrieron al fin; aún vibran las almas con el santo entusiasmo de júbilo que se apoderó entonces de todos los ánimos: era un sueño, era un delirio, era una bendición. En aquellos días los pueblos olvidaron que tenían Cortes: si el Gobierno las hubiera entonces disuelto, sin duda lo hubieran visto con indiferencia, porque el Gobierno, presentando la paz casi consumada, se hallaba en uno de aquellos casos en que el poder representa a las naciones más que sus Asambleas(5).

     Echose a poco de ver que la representación estaba reunida, y que unos Diputados, producto de circunstancias que acababan de cambiar enteramente, iban a juzgar al poder que las había cambiado. La situación era nueva en los anales parlamentarios, y no era fácil prever cómo se presentaría. Algunas almas cándidas y generosas pudieron creer que con la faz de los sucesos variase el modo de pensar de muchos hombres, y que tan sorprendente desenlace justificaría una racional inconsecuencia.

     Hasta los pueblos pudieron creerlo; hasta la masa de los hombres de buena fe, que pertenecen a un partido sin saber lo que es, y dicen que son lo que son otros, cuyo intento y fin ignoran, imaginaron en el sueño de su patriótica candidez, que el partido vencedor en las urnas no iría a hacer uso de su triunfo contra los que habían vencido en el campo, y que colocado en derredor del banco ministerial, podría decir: «La Nación, cansada de esperar en vano vuestras promesas, y de confiar en vuestros medios de pacificación, ha cometido a nuestro ardor lanzaros de un punto en que, en la justa impaciencia de sus desdichas, creyó que erais mi obstáculo a su felicidad.»

     «Pero cuando nos presentáis Paz, Constitución y Gobierno, nosotros, que a eso veníamos, no podemos ser vuestros contrarios. Nosotros no podríamos concederle más de lo que vosotros nos dais; y como ella no ha nombrado personas, sino resultados, a vosotros apoyaremos hoy, porque las condiciones con que nos los dais, más ventajosas son que los medios con que nosotros pensábamos obtenerlos. Vosotros nos dais la paz con la Constitución de 1837, con el trono de Isabel II, con la integridad de las instituciones, con la gloria e independencia nacional puras y radiantes; y nos pedís en cambio la aprobación de las contribuciones, que para mantener a los ejércitos habéis pedido prestadas a los pueblos; nos pedís una concesión de fueros, como capitulación concedida a un enemigo español que se rinde con honra, y nos pedía la indemnidad de haber procedido hostilmente contra un periódico, saltando por la ley de libertad de imprenta porque el Jurado olvidó las de la moral pública.»

     «Esto sólo nos pedís; y nosotros, que a quien hace seis meses nos hubiera garantido el mismo resultado que ahora nos presentáis, le hubiéramos otorgado diez veces más, ¿cómo podríamos dejar de aprobar lo poco que nos demandáis, nosotros, hombres de otro partido, con la misma unanimidad con que a un Ministro del nuestro le otorgaron unas Cortes del vuestro, con sólo una promesa, un voto de ilimitada confianza? Abdicamos, pues, nuestra misión de hostilidad ante el poder de vuestra fortuna y de nuestra dicha, y ratificamos con nuestra aprobación solemne lo que la Nación en su embriaguez de júbilo ha sancionado ya. Seguid vuestra obra, y en ayudaros a darla fin podrá cabernos harta gloria.»

     Esto creyó la Nación que dijerais; y si esto hubierais dicho en la sesión del 2 de setiembre, juzgad por el efecto de la de 7 de octubre lo que en la Nación hubiera pasado; pero la Nación os vio desde luego tibios, luego indecisos, a poco hostiles, alzaros por fin en masa acusadores violentos y terribles.

     La Nación vio atónita que contra el Gobierno que despenaba de las crestas del Pirineo sobre una tierra extranjera al Príncipe rebelde, se levantaba un tribunal severo, presidido por el Ministro mismo que gobernaba la Nación cuando D. Carlos llegó a las puertas de Madrid: la Nación oyó muda de asombro salir de la tribuna, en vez de acción de gracias, una voz de anatema, más colérica que las mismas imprecaciones que D. Carlos puede lanzarle desde su triste destierro.-Ahí está la paz y la Constitución, dijo el Gobierno.-El formidable tribunal respondió sombrío:-Nosotros (de los cuales muchos dijimos no a todos los artículos de la Constitución) os decimos -sin más que porque lo decimos nosotros- que nos queréis arrebatar la Constitución.-Ahí está la paz, dijeron los Ministros, sin intervención extranjera; sin mengua de la dignidad nacional.-Nosotros os replicamos, respondió el gran Jurado, que atentáis a nuestra independencia; y lo probamos con que ha venido a Madrid el historiador del levantamiento y guerra contra la Francia, el español que cuando nuestros nombres hayan desaparecido para siempre, transmitirá a la posteridad el suyo con la relación de las glorias nacionales.-Era forzoso cobrar los impuestos, añadía el Gobierno; habiendo vosotros hecho cerrar las Cortes sin discutir los presupuestos, fue preciso en el intervalo hacer frente a las cargas públicas: teníamos una ley que nos autorizaba a tomar prestados cuatrocientos millones, y como ningún particular nacional ni extranjero nos los concedía, los pedimos prestados y sin interés alguno a los pueblos: cualquiera que hubiera sido el Ministerio, hubiera, en tanto que os reuníais, tenido que hacer lo mismo. A esto respondieron los imparciales Jueces:-Sí: pero a un Ministerio de nuestro partido le hubiéramos absuelto de lo mismo por lo cual vosotros os declaramos traidores, como absolvimos al Ministerio de agosto de 36 del empréstito forzoso de los 200 millones.

     «Ahí está la paz, proseguía el Gobierno: vosotros, mantenedores caballerescos de las instituciones municipales del siglo XV, no tendréis por lo menos reparo en otorgar fueros no tan anárquicos y federalistas como la ley de 3 de febrero.»-Y el Congreso, constituyéndole en legislador la única vez que tenía que ser negociador político, se puso gravemente a discutir, como un proyecto de ley de paz, un artículo de una capitulación de guerra.-Ahí está la paz, añadió por último el Gobierno; para sostener el orden necesario a conseguirla, fue preciso ahogar la voz de un periódico sedicioso; y como la moral pública no arma tropas de asesinos, que hagan callar a sus enemigos, como se hizo callar al Porvenir en 1837, hemos tenido que valernos de la autoridad.-A este apóstrofe, el Tribunal indignado se levantó; extendió la balanza de su justicia; la Nación lo vio; ahí está, atónita, estupefacta todavía de ver cómo en esa balanza pudo pesar más una hoja del Guirigay que, deponiendo sus armas a los pies del Trono, cuarenta batallones enemigos!...

¿Y qué razones alegó el Congreso para tan extraño juicio? ¿Qué motivos adujo para fulminar contra un Gobierno pacificador una acusación mil veces más violenta que contra todos los Gobiernos, o desafortunados, o imbéciles, que le habían precedido? ¿Qué pruebas presentó de su traición; qué actos de su tiranía? Un solo nombre, un nombre de partido. Los Ministros no se llamaban progresistas: he aquí todo su crimen. Los Ministros eran moderados; he aquí que este solo nombre envuelve conspiración y tiranía. Los Ministros, porque eran moderados, no podían dar la paz. Los Ministros, porque eran moderados, no podían llevar a cabo negociaciones por ellos entabladas, y de que sólo ellos tenían el hilo y el plan. Los Ministros, porque eran moderados, no podían obtener los fueros. Los Ministros, porque eran moderados, no podían cobrar las contribuciones. Los Ministros, porque eran moderados, intentaban destruir la Constitución. Los Ministros, porque eran moderados, iban a entregarnos al extranjero. Los Ministros, porque eran moderados, eran traidores; y porque siendo traidores, porque eran moderados, eran Ministros, sus cabezas debían rodar sobre el patíbulo...

     La posteridad os juzgará un día, hombres de partido! La posteridad os juzgará a vosotros, aunque por una aberración extraña, si bien no imposible, veinte elecciones sucesivas legitimaran vuestro juicio. La posteridad os juzgará con más calma, pero con mayor severidad todavía; y tal vez la razón de tantas aberraciones sólo podrá encontrarla en que era preciso para el porvenir venturoso de la Nación, y para los designios de la Providencia, que el pueblo, después de haber visto por siglos la injusticia y la tiranía de los Reyes, viese cómo las Asambleas pueden ser también injustas y tiranas...

     El autor pensaba y debía dar fin aquí a las investigaciones de este párrafo, porque basta lo expuesto para que se pueda formar idea de la cuestión que se ventila. Ni los límites de este escrito permitían desenvolverla más, ni a los conocimientos del autor es dado abarcar todos los pormenores y cuestiones incidentales, que se trataron en unos debates donde el Ministerio presentó casi entero un sistema de gobierno. Teniendo, sin embargo, en cuenta las recriminaciones que se han hecho después, la interpretación violenta que se ha dado a los actos del Gabinete, la intención y siniestras miras de que se le supuso animado, y la virulencia de las reconvenciones que se le han dirigido, el autor molestará todavía la atención de los lectores a quienes dedica estas líneas, deteniéndose algo más en rebatir las aserciones calumniosas con que se ha querido alucinar al público y extraviar la opinión. Lo hará, sí, sólo en ciertas cuestiones capitales, y que están más a su alcance, como asimismo al del público; y pide desde luego perdón a los hombres ilustrados que se dignen leerle, si los párrafos que siguen, les parecieren sobradamente vulgares.-Para rebatir absurdos suele ser preciso decir trivialidades.

     Como hemos dicho, la cuestión de guerra se había presentado en el terreno político, porque los partidos, acusaban a sus contrarios de que continuando la lucha, se quería traerla a punto de obtener la paz a expensas de la Constitución. Pero presentada la paz e ilesa la Constitución, fue preciso proponer la acusación directamente, suponer en el Gobierno el proyecto de derribar la Constitución por un golpe de Estado, y prejuzgar las leyes orgánicas y administrativas presentadas por el Gabinete, no según su conveniencia y utilidad, sino según lo que se llama tendencia política: fue preciso examinar las relaciones diplomáticas bajo el mentido prisma de dependencia extranjera, y como misteriosos planes de potencias coligadas para comprimir nuestra libertad y derribar nuestras instituciones.

     Afortunadamente nadie creyó que los Ministros conspiraban contra la ley fundamental que acababan de salvar. A cualquiera se le ocurre que un Gobierno que hubiera abrigado este proyecto, hubiera hecho las modificaciones de la Constitución, condiciones de la estipulación con los carlistas, por el intermedio de una potencia extranjera y el auxilio de la fuerza armada. Se dice que no hubieran podido hallar apoyo en el ejército para traición tamaña. Pues bien: he aquí una razón para que nadie pensase en ella, aunque tal intención tuviera. Un golpe de Estado necesita de la fuerza; y ¿dónde está la fuerza que en España le apoyaría, cuando el primer caudillo de nuestros ejércitos es el más sumiso súbdito de las leyes, cuando cada parte suyo es un nuevo juramento de la Constitución? ¿Quién sería capaz de atacarla, defendida por tan gloriosa espada?

     Todo el mundo sabe, por fortuna, que sólo el bando carlista, ya sólo Cabrera la ataca: los mismos que tal acusación fulminan, no la creen. Todo el mundo sabe ya que la diferencia entre la Constitución de 1837 y otras cartas representativas, no redunda en pro de los intereses de las clases privilegiadas; que con cualquiera de ellas desaparecerían los que son privilegios, y que a la sombra de la actual, como a la de otra cualquiera, pueden conservarse los que son propiedades y derechos. Todo el mundo sabe que, dadas las bases generales de dos Cuerpos legislativos, iniciativa, veto y sanción Real, votación de impuestos y libertad de imprenta, ninguna modificación en las formas vale para los intereses de un partido, ni la pena ni el escándalo de una revolución. Hoy ya sabe todo el mundo que para llegar a la Constitución de 1837 no se necesitaba retroceder del Estatuto a la Constitución de 1812(6). Hoy ya sabe todo el mundo que nadie quiere, porque a nadie importa, retroceder de la Constitución de 1837 al Estatuto.

     También estamos hoy demasiado ilustrados en teorías y prácticas administrativas, para creer que la ley municipal, propuesta por el Gobierno, sea un atentado a la Constitución, porque el Gobierno aspire a intervenir en el nombramiento de alcaldes. El autor aceptaría de buena gana el campo de la política para ventilar este punto, y con el artículo 45 de la Constitución en la mano, haría ver a sus adversarios que el Rey puede delegar su potestad de ejecutar y hacer ejecutar las leyes, en una persona para cada pueblo, con no menos derecho que la delega en un jefe para cada provincia. Entonces les probaría que lejos de atacar a la Constitución nombrando ese ejecutor, el Gobierno concede al pueblo, permitiéndole que se le proponga entre sus concejales, un derecho que la Constitución no le da: entonces les demostraría con el artículo 73 de la misma ley, -que no han leído la mitad de los que la invocan,- que los ayuntamientos son sólo para el gobierno interior de los pueblos; empero que para las relaciones que ponen al pueblo en contacto con los demás, para las que le unen al poder, para la ejecución y observancia de las leyes generales, sólo pueden ser gobernados por agentes que del Gobierno central dependan. Entonces les probaría que la Nación se compone de pueblos; que los pueblos son la Nación, y que un Gobierno, que sin gobernar los pueblos gobierne la Nación, es un absurdo que solo puede existir en una teoría política, que disputa la palma de asentar principios maravillosamente contradictorios e incomprensibles misterios, a la más. extravagante secta religiosa.

     El autor podría pasar fácilmente de las razones de política a las de conveniencia, si no temiera, atento al cargo que desempeña, que se creyese que aboga por la autoridad que ejerce. Pero este cargo le ha puesto en la necesidad de estudiar la naturaleza e índole de los pueblos, y en él ha recogido datos con que pudiera presentar a sus adversarios cuadros nada lisonjeros, nada liberales, de esas libertades municipales, tan ponderadas por los que jamás han visto uno de esos lugares de cien o doscientos vecinos, que componen las tres cuartas partes de las provincias de España.

     No saben ellos que para sus pobres habitantes no hay otra tiranía ni despotismo más odioso que la del vecino su igual: no saben ellos hasta dónde llega a veces esa tiranía, que, sin embargo, no pueden evitar, pues que al hombre que les manda le han elegido porque le temen, porque son sus deudores, porque son sus colonos, porque están en la costumbre de obedecerle. No saben ellos todas las tramas, conjuraciones, odios, rencores profundos, pasquines, insultos y desórdenes, que se ocultan bajo lo que se llama sencillez de los pueblos, y se agitan en el seno de muchas de esas pequeñas repúblicas; en el seno de esas elecciones libres.

     ¡Y cuántas vejaciones, cuántos compromisos, cuántos bandos, que tienen en eterna discordia a los pueblos, cesarían enteramente el día que nombrara sus jefes la autoridad, imparcial, cuando menos, del delegado del Gobierno, al que acuden siempre los oprimidos pidiendo favor y protección! Sí; el autor podría hacerles bellas descripciones de ese feudalismo enclavado en una monarquía del siglo XIX, de esa aristocracia de mandarines de lugar, donde si viviera seis meses un progresista de la corte, preferiría sin duda, no sólo la ley propuesta por el Ministerio, sino la disciplina monástica o la independencia salvaje.

     Los mismos principios se podrían aplicar a la ley e institución, tampoco comprendida ni estudiada, de la Milicia nacional; y los mismos, a varias otras que quieren aplicar a ese pueblo, que no conocen, los que sólo han visto las costumbres y la fisonomía de tres o cuatro grandes capitales. Y es preciso la más extraña lógica y la más sombría suspicacia; se necesita toda la intolerancia y ceguedad del espíritu de partido para encontrar tendencias al absolutismo en esos proyectos de ley, dado que propendan a hacer más enérgica la acción de un Gobierno, que no es un Gobierno absoluto, sino que, en el estado normal del sistema representativo, es siempre el producto y el reflejo de los Cuerpos colegisladores elegidos por el pueblo, y obrando siempre de concierto con ellos.

     Pero en la teoría de esos hombres no se tiene jamás en cuenta la nueva naturaleza del poder actual; se parte siempre del principio de que el Ministerio es el primer enemigo de la Nación. Para ellos, tiene siempre contra la presunción legal de tramar atentados y conspiraciones, y por eso, sin pruebas y contradictoriamente le acusan, ya de aspirar a la tiranía, ya de preparar la ruina de la independencia.

     Sí: como la idea de independencia es todavía más general y popular que la de libertad, desde luego se procuró explotar por medio de una acusación insidiosa la mina del odio más profundo que puede abrigar el pueblo. Pero hay absurdos tan deformes en esa aserción, que afortunadamente son incompatibles con las nociones más comunes de política internacional, con vulgares principios que están al alcance de todo el mundo. El pueblo es bastante ilustrado para saber que ninguna de las Naciones de Europa puede asimilarse un Estado vecino sin una guerra general, y para imaginarse que la Francia, que no pudo apropiarse la Bélgica, casi provincia suya, y que de todo su buen grado se le entregaba, la Francia que no pudo continuar ocupando en las costas de Italia un pequeño puerto de mar donde nadie la hostilizaba, es imposible que pueda adquirir bajo forma alguna la dominación de la respetable Monarquía Española, con sus colonias por añadidura.

     Comparar la influencia que ejercía sobre el Gobierno de un Rey absoluto, el Rey que le había puesto en un Trono conquistado, con la deferencia que puede tener hacia las insinuaciones de un Gabinete constitucional el poder vacilante y transitorio de un Ministerio de nuestros días; y creer que este Ministerio sueñe realizable lo que no fue dado a la autoridad omnipotente de nuestros Monarcas en tratos con el primer conquistador del mundo, sería la concepción ridícula de la más crasa ignorancia, si no fuera el aborto de la más insidiosa calumnia. Y de tal manera es imposible en el día el que dependiéramos de una Potencia extraña, que aunque nosotros mismos quisiéramos entregarnos, lo impediría ese poder diplomático, superior al poder de cualquiera nación aislada, por gigantesco que sea; ese poder, que no deja a la Rusia apoderarse de Constantinopla; que impide al Austria reunir bajo su dominio la Península Italiana; que garantiza la existencia neutral de la Suiza, y que estorbaría tal vez en cualquiera ocasión la reunión del Portugal y de la España.

     Nuestra nacionalidad está garantizada por el equilibrio europeo en cuanto a las pretensiones; que por lo que a los resultados toca, no necesita de garantía alguna. La independencia es el primer sentimiento de los españoles, acaso el único en nombre del cual se levantarían todos como un sólo hombre: el principio de nacionalidad es en nosotros una especie de culto, inherente a nuestra existencia individual, propio nuestro, como nuestro suelo, como nuestro idioma, tomo nuestra alma y más que nuestra vida. No reconocemos sobre él autoridad ni gobierno; y no hay poder bajo el cielo, bastante a dominar doce millones de voluntades unánimes, como no lo hay capaz de hacerles pasar el Estrecho, y arrojarse en las arenas de África o en los abismos del Atlántico.

     Empero si parece extravagante y absurdo el quimérico recelo que acabamos de rebatir, el absurdo no es menor, y crece de punto nuestra admiración, al ver en un documento, suscrito por noventa y dos firmas, alguna para el autor muy respetable, condenada con el más severo anatema toda influencia sobre nuestro Gobierno. A tal aserción, no queda más que enmudecer de asombro (pasmarse de arriba abajo, que diría Cervantes).

     ¡Toda influencia! Esos hombres quieren borrarnos del mapa, quieren tornarnos al estado salvaje; porque las naciones, lo mismo que los individuos, sólo en el estado salvaje tienen esa absoluta independencia, esa individualidad exclusiva de una fiera en los bosques. Cuanto más la sociedad se refina y más la civilización progresa, -sociedad y civilización, que son una alternativa continua de mutuas influencias,- tanto más se multiplican y encadenan las relaciones de individuo a individuo, como las de pueblo a pueblo. En la vida salvaje no hay justicia ni urbanidad; pero en la civilización de las naciones, como en la de los individuos, hay deferencias y miramientos, hay obligaciones y derechos.

     Cuando, en el estado actual de la sociedad europea, las naciones están más ligadas entre sí que seis siglos hace los súbditos de un Monarca, ¿cómo es posible que los intereses y principios de esa sociabilidad dejen de estar representados en las relaciones de Gobierno a Gobierno? ¿Querrán nuestros diplomáticos de nueva especie suprimir de un golpe las embajadas, los tratados, los reconocimientos, y hasta el comercio y los cambios, que son también influencias poderosas? ¿Querrán que cuando las vicisitudes de nuestros negocios públicos influyen tanto en los de la vecina Francia, cuando nuestras revoluciones derriban sus Ministerios(7), cuando nuestra lucha influye hasta en sus intereses comerciales; querrán que esa Nación poderosa y previsora mire con estúpida indiferencia la marcha de nuestros asuntos, y las vicisitudes de nuestros sucesos?

     Valemos más aún, señores diplomáticos a lo chino; y ese mismo deseo de influencia denota nuestra consideración e importancia. Verdad es que es ley de la naturaleza, así en el orden físico, como en el orden moral, que los seres más fuertes determinen el movimiento de los más débiles; pero de esta ley eterna de atracción, de que no están libres los soles del firmamento, no podrán eximirnos todas las Asambleas de la tierra, ni todos los progresos de la política. Sólo podrán convertirla en nuestro provecho los progresos de la sociedad.

     Porque la influencia diplomática no es una fuerza que exista por sí sola; es el resultado necesario de la prosperidad y grandeza de una Nación. Cuando no se ponía el sol sobre la Monarquía de Felipe II, todas las frentes se humillaban ante la grandeza del coloso hispano, sin que fueran parte a impedirlo la Inquisición ni el sombrío despotismo del Demonio meridional. Pero después que Quevedo -que es muy serio cuando no se ríe- dijo:

                                «¡Que es más fácil ¡oh! España, en muchos modos
Que lo que a todos les quitaste sola,
Te puedan a ti sola quitar todos,»

     en la balanza de los destinos del mundo mermó el peso de nuestra influencia todo lo que decreció nuestra fortuna. Terrible es, por cierto, el Dios que castiga la iniquidad de los Padres en la cuarta y la quinta generación; pero no siempre ha sido la Francia el instrumento de su cólera: no es la Francia la que tiene la llave de nuestros mares: no es la Francia la que echó a fondo nuestra marina: no es la Francia la que atizó la rebelión de nuestras colonias de América; ni fue, por cierto, la Francia la que ahogó nuestra voz en el Congreso de Viena. Otros Gabinetes y otros Gobiernos que el de la Francia, han ejercido así sobre nuestras pasadas, como sobre nuestras recientes vicisitudes políticas, muy poderosas y transcendentales influencias. Nosotros no aspiramos a prescindir de unas y otras: lo que debemos desear es que ni unas ni otras subyuguen nuestros intereses; la primera condición para tan importante objeto, es que esos intereses no sean hostiles a los de nuestros vecinos; y como ya, no como señores, pero ni aun como jueces, pudiéramos sufrirlos, no quisiéramos que para serlo pudieran tomar pretexto del peligro de nuestras discordias. Por eso el orden es, en nosotros, el primer elemento de nuestra independencia.

     Y vamos más allá de la independencia: nosotros queremos gloria. Las naciones necesitan gloria, como los hombres honra; y los españoles, de honra y de gloria aun más que de pan y que de viandas, vivimos. Empero si hay hombres que puedan conservar honra en la desgracia, las Naciones no tienen gloria en la miseria. Por eso deseamos la prosperidad, y para la proteridad la libertad, y para la libertad el orden, y para el orden la paz; y la paz, el orden, la libertad y la prosperidad, para la ventura y para la gloria de nuestra Patria.

     Por eso el Ministerio que presentó la paz, el Ministerio que presentó leyes de orden, salvó la causa de la libertad, la causa de la independencia, y ofrecía un porvenir de dicha y de reposo, bosquejando a lo menos un sistema de gobierno. Y vosotros, que viendo conseguidos estos objetos, le acusasteis, sin embargo; vosotros que combatíais por nombres y personas, que si antes significaban resultados, cuando esos mismos resultados condenabais, ya no podían significar nada; vosotros que en la desnudez de vuestras pretensiones, ya no pedíais el poder por su empleo, sino por el poder mismo; no para gobernar mejor, sino porque erais más; vosotros, al fulminar esa acusación, al anatematizar ese sistema, al disipar con un soplo esa esperanza, al renegar de la paz, ¿qué intereses defendisteis? ¿Qué nombres invocasteis? ¡la libertad! La libertad que volvíais a poner en lucha, contrariando la pacificación. ¡La independencia! La independencia que tan imprudentemente comprometéis queriendo mantener siempre encendida la hoguera de contagiosas discordias!...

     Mandatarios del pueblo!... vosotros que invocáis a cada paso su soberanía; si en el vértigo de un ciego despecho, que jamás podrán justificar pasiones políticas, oís una voz imparcial de quien no abriga odio, ni rencores, ni ambición, ni envidia, sabed que al pronunciar ese anatema contra un poder, que el pueblo bendecía; el pueblo, el verdadero pueblo, la inmensa masa del pueblo, murmuraba allá, -en el fondo de su paciente indignación, -una sentencia formidable, que no os costará la vida, pero que os costará para siempre la honra.

     ¡Oh! sí: el pueblo vio con dolor y desconsuelo el escándalo de esa estrepitosa querella, que desde las regiones del poder aturdía su cabeza, como la tormenta en las nubes; y no se atrevió a creer en la paz, cuando sintió de nuevo revivir tan encarnizadas, tan inexplicables discordias. Antes pudo creer que el fuego de la guerra civil se reflejaba, como el de un grande incendio, en la atmósfera del Congreso; pero al ver que cuando el incendio se extinguía, era aún más ardiente su soflama, al ver tan convulsiva y tumultuosamente agitadas las pasiones, cuando más cedía la causa a que hasta ahora atribuía, y que de algún modo justificaba su febril irritación la mirada que lanzó sobre esa escena de anarquía hubo de ser amargamente triste y profundamente lúgubre.

     Créese que el pueblo no prevé; y no es verdad. En el pueblo hay un instinto de buen sentido(8), que suple al genio, porque es tan perspicaz y seguro como los instintos todos. Al ver que aun concluida la guerra, pueden suscitarse entre los poderes del Estado tempestades que conmueven el fondo de la sociedad, se presenta a sus ojos la imagen de un porvenir tan sombrío como los días que acaban de pasar, y parece que con ojos de desesperación pregunta; si es esa perenne tormenta el Gobierno que le queréis dar, si para ese vértigo de libertad, es para lo que se han arruinado tantas fortunas, y corrido la sangre de tantas víctimas; y si después de la guerra de los campos de batalla, ha de quedar siempre viva esa otra guerra de los espíritus, ese huracán de palabras, ese terremoto de comprimidas ambiciones. ¡Mandatarios del pueblo, oh... por Dios!...que no os haga esa pregunta dos veces!

     Porque la Nación pudiera abandonaros para siempre con una causa que no creyera la suya, con una revolución en que no se controvertieran más intereses que vuestras personales pretensiones. Hasta ahora ha podido creer que tratabais de los suyos. Enmedio de las presentes miserias había comprendido algo de un porvenir de felicidad y recompensa: enfermo, postrado y desvanecido, había podido entreoír, entre la charla técnica de sus médicos, que algo se trataba de sus dolencias; pero al observar que a los que más las alivian, se les maltrata y condena, pudiera creer que queríais vivir de la prolongación de sus males. La reacción de este desengaño sería terrible; y viendo desvanecidas sus ilusiones, y tan amargamente burladas sus esperanzas, huyendo de falsos amigos, pudiera despechada arrojarse todavía en brazos de sus tiranos, y de nuestros verdugos!...

     Pero el Trono, que en las monarquías representativas, es el asiento del primer tribuno del pueblo; el Trono, que representa también no sólo lo presente, sino el porvenir del Estado; el Trono, cuya altura descuella sobre toda ambición, y a cuyo inviolable sagrario no alcanzan las amenazas y el odio de los partidos; el Trono, en cuya elevación la atmósfera es a veces más diáfana y pura que en las nebulosas honduras de la sociedad; el Trono es el que hace oír desde su excelsa cima una voz de consuelo y de esperanza, un acento de calma, de razón y de inteligencia, que habla a la sociedad el lenguaje de sus males; que dirige a los partidos la severa reconvención de sus justas quejas; que apelando de ellos a la Nación, abre la puerta a lisonjeras esperanzas, y que al convocar en torno de su solio a los enviados que una nueva situación reclama, puede determinarles ya la tarea que están llamados a desempeñar sobre el campo de un porvenir' más tranquilo.



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- III -

La Nación y las Cortes próximas

     Terminar la guerra, y preparar detenidamente las leyes que, discutidas en circunstancias ya bonancibles, puedan hacer la felicidad del país. (Exposición del Consejo de Ministros a S. M.,- de 18 de noviembre de 1839.)

     He aquí las palabras que resumen la misión, y que circunscriben la tarea de las Cortes próximas. Harto brillante, harto bella, harto elevada, es, sin duda; difícil sí, pero no irrealizable; reformadora aún, pero no ya revolucionaria.

     La misión de las Cortes ha dejado de ser política porque sobre la Constitución nadie disputa, ni su alteración o menoscabo por nadie se invoca.-La misión de las Cortes no puede ser social, porque las revoluciones sociales las hace la Providencia, y las hace en el mundo: no las hacen las Asambleas, ni se hacen en una nación.-La misión de las Cortes es puramente legislativa.

     La misión de las Cortes es concluir la guerra por un pensamiento de paz.-Hacer una ley de Hacienda.-Organizar las relaciones entre el poder y el Estado por medio de una ley de Administración pública.-Dotar al Gobierno de los medios de dispensar a la sociedad, desde luego, y tanto como las circunstancias lo permitan, los bienes morales y físicos que está obligado a asegurarle.-Seguridad interior y consideración a lo exterior.-Justicia.-Culto. -Educación.-Trabajo y socorros a las clases menesterosas.-Confianza y protección a las acomodadas.

     Sí: es preciso terminar la guerra, porque lo primero que la Nación necesita es la paz: una nación en guerra no es nación; sociedad y guerra son términos que se implican. Donde hay guerra no hay sociedad; ni donde hay rebelión, gobierno. Es preciso la paz, porque sin la paz no hay libertad; sin la paz, ninguna de las garantías consignadas en la Constitución tiene realidad ni significado, ni la Constitución misma es más que un nombre. Es preciso la paz, porque la guerra -dos veces dispendiosa- absorbe una cantidad enorme de impuestos, y ciega en su origen las fuentes de la riqueza, impidiendo la producción. Es preciso la paz, porque la guerra, -dos veces perturbadora, -amenaza de continuo la seguridad individual con sus violencias y atentados directos, y compromete el orden social con la efervescencia e irritación que sus temores excitan. Es preciso la paz, porque la guerra -dos veces inmoral- desnaturaliza todos los sentimientos de humanidad con un continuo espectáculo de horrores, y perpetúa en la sociedad los odios y rencores eternos de las desgracias personales. Es preciso la paz, porque una guerra -dos veces anárquica- absorbe todos los recursos y toda la atención del Gabierno, y le quita toda la fuerza y medios de dirigir los demás intereses, a su acción encomendados.

     Y es preciso terminar la guerra con un pensamiento de paz, porque las guerras no tienen otra solución que un tratado o una conquista; y en las guerras civiles, la conquista es imposible, y el exterminio de uno de los dos bandos, irrealizable. Es preciso terminar la guerra con un pensamiento de paz, porque si un convenio con D. Carlos fue siempre un absurdo, un convenio con los carlistas no sólo es posible, sino necesario. Es preciso ese tratado de paz, porque los intereses del bando carlista, que no sean intereses políticos, no pueden quedar fuera del círculo de un Gobierno, que debe equilibrarlos sí, conciliarlos; pero comprenderlos y representarlos a todos. Y es preciso, en fin, llevar a cabo ese tratado de paz, propuesto ya, y en su mayor parte aceptado, porque somos una Nación de españoles, una Nación del siglo XIX, una Nación de cristianos, una Nación de hombres, en fin, y no una horda de iroqueses, un campamento de tártaros, una cuadrilla de fieras, o lo que es peor todavía, una sociedad secreta de seides políticos.

     Y la Nación necesita un sistema de Hacienda, para que el Gobierno pueda mantener los ejércitos, cubrir cumplidamente sus atenciones, y el pueblo pagar fácil y desahogadamente lo que esta fuerza y estas atenciones absorben: un sistema de Hacienda cuyos impuestos, no pesando nunca directamente sobre los primeros consumos, no pesen sobre la subsistencia del pobre; y no atacando jamás los valores capitales, cieguen en su origen las fuentes de la riqueza pública: un sistema de Hacienda que, elevando a todo lo que pueden subir las pingües rentas, y las inmensas fincas del Estado, permita repartir después en justas, equitativas y poco gravosas contribuciones los seiscientos millones, que tal vez pudieran ser suficientes a cubrir el presupuesto de mil y ciento, con que, sin duda se pagan sobradamente todas las atenciones. Un sistema que, elevando el crédito del Gobierno a lo que deben hacerle ser sus pingües recursos y las garantías de nuestro porvenir inmenso, le permita realizar anticipos sin esas usurarias contratas y judaicas operaciones, en que se especula con los ahogos del Estado y se elevan fortunas sobre los reveses públicos: un sistema que, simplificando los métodos, dé a la administración la claridad, precisión y celeridad de que carece el caos en que hoy se halla, y ofrezca a la Nación las pruebas y garantías a que tiene derecho, de la legítima inversión de sus caudales. Un sistema, en fin, que partiendo de la base de que es posible reducir a la mitad el número de empleados, no empero disminuir los mezquinos sueldos a que hoy, por lo general, están atenidos, obtenga mayor cantidad de trabajo útil, y dé a los funcionarios públicos todo el decoro, consideración y estímulo que necesitan para ser laboriosos, inteligentes, íntegros, puros y respetados.

     La Nación necesita culto, porque tiene Religión. Las esperanzas eternas son más poderosas que los intereses de un día; y todos los derechos políticos de la tierra no pesan lo que un átomo de fe religiosa. Para el pueblo -un joven puede decirlo sin temor de que le tachen de hipócrita ni de supersticioso,- para el pueblo, la voz Religión es aún más poderosa y mágica que la voz libertad: no debemos separarlas. En la bandera magnífica de nuestro siglo, las dos caben, y las dos debemos escribir, porque ¡ay de nosotros el día que para abrir la tribuna, cerrásemos el templo; el día que para hacer la toga de los legisladores desgarrásemos el ropón de los sacerdotes! No: sacerdotes y templos son aun más necesarios para el pueblo que legisladores y tribunos; y dejarlos en el abandono y en la miseria, es ultrajarle en lo que más ama. Es preciso satisfacer la primera necesidad del alma, el primer derecho del hombre.

     Es preciso sacar al clero de esa abyección degradante, volverle de ese ilotismo, reconciliarle con la civilización, identificarle con la libertad, y restituirle los medios de ejercer sobre la tierra, no ya el poder temporal, que para él ha pasado, sino la noble, la bella, la santa misión que sobre la tierra ejerce. A esos hombres -que al paso que tanto declaman para hacer de la administración de justicia un poder independiente,- pretenden reducir a los ministros de la Religión a la última clase de asalariados mercenarios, la posteridad les llamará bárbaros: a esos hombres, que han tenido el talento de hacer enemiga irreconciliable de la causa del pueblo a la clase más esencialmente popular, la posteridad les llamará estúpidos.

     La Nación, esclava un tiempo del poder, hoy es su huérfana. Tocole un tiempo carecer de libertad: una reacción violenta tuvo lugar, y hoy carece de Gobierno. El Gobierno no tiene fuerza. El Gobierno que recauda las contribuciones del Estado; que dispone de la fuerza armada para la defensa del Estado, no posee hoy la dirección de ese Estado para quien son los impuestos; la fuerza, la autoridad política no las tiene. La Constitución se las da; pero otra ley, resto de otra Constitución, se las quita. El Gobierno no gobierna, ni tiene agentes para ello: los jefes políticos debían serlo, y no lo son. En vano se llaman así; son un fantasma: todos sus medios son su nombre y las cortas líneas de su nombramiento. La autoridad reside toda en las soberanas e irresponsables Diputaciones provinciales, en las municipalidades independientes. En vano se llama Monarquía la Nación: por ahora no es más que la más débil de las repúblicas, la bastarda confederación de cuarenta y nueve tiránicas oligarquías.

     Un Gabinete responsable al frente de un sistema que se funda en la ley de 3 de febrero de 1823, es una contradicción. El Ministro que la restableció, es culpable de haber esparcido sobre el cuerpo social el más disolvente corrosivo; y las Cortes monárquicas que la dejaron vigente después de dos legislaturas, merecerían todas las calamidades que de ella resultan, si no las sufriera al mismo tiempo la Nación. Esas calamidades son incalculables, y preciso es que esta ley desaparezca. Es preciso borrar ese padrón de afrenta para los conocimientos administrativos de los legisladores de 1823; o por no hacerles tamaña injuria, esa declaración de guerra a un poder que era entonces el primer conspirador. Es preciso que desaparezca esa ley, para anudar las relaciones entre un poder fantástico y aislado, y los miembros, o paralíticos, o febrilmente inflamados, del cuerpo político.

     Es preciso que desaparezca esa ley, para que un sistema unitario de gobierno reúna en un todo homogéneo las esparcidas fuerzas de esta despedazada asociación. Es preciso que desaparezca esa ley, para que los intereses locales entren en el cuadro del gobierno de la sociedad, en vez de obrar fuera de su acción. Es preciso que desaparezca una ley, en que el Trono carece de todos los medios de proteger los intereses públicos y generales, contra las encontradas y momentáneas exigencias de las corporaciones, populares. Es preciso que desaparezca un sistema, que so color de proteger a los pueblos contra la acción absorbente del Gobierno y las arbitrariedades de sus agentes, bajo un Gobierno representativo con Cortes y prensa libre, abandona sin defensa ni apelación los intereses más preciosos a la inmediata y caprichosa arbitrariedad de los mandarines de provincia, y deja a las clases pobres y menesterosas sin autoridad que las ampare contra la acción absorbente y el invasor predominio de la clase media.

     Es necesario destruir un sistema, que privando al Gobierno de todo medio de represión y defensa, al menor peligro o al más leve ataque le obliga a abroquelarse de la fuerza militar, porque no tiene autoridad política, y a valerse a cada paso de los estados de sitio, porque quien se halla en estado perenne de sitio, es el poder. Es preciso, en fin, a nombre de todos los más caros intereses públicos, a nombre de los más sanos y ya vulgares y comunes principios, a nombre de las luces del siglo, y a nombre, sobre todo, de la unidad constitucional de la Monarquía, destruir ese monstruoso pólipo administrativo, ese último y triste fruto de la ridícula doctrina de eucaristía democrática, que ve toda la soberanía en todo el pueblo, y la ve toda entera en cada una de las más pequeñas fracciones del pueblo(9).

     Y a la sombra de estas leyes o instituciones de Gobierno y poder, la Nación necesita otras, que realicen en ella los beneficios del poder y del Gobierno.

     La Nación necesita y reclama del Gobierno todas las mejoras materiales a que el interés individual no puede arribar, y sin las cuales no puede obrar: necesita y reclama su acción vivificadora para todos los progresos morales, intelectuales y artísticos que él debe guiar y dirigir. El comercio necesita caminos, comunicaciones, puertos y obras hidráulicas: el trabajo, un sistema bien combinado de obras públicas, que al tiempo que proporcione sustento a la multitud, vaya haciendo desaparecer de los pueblos ese aspecto de deformidad y desaseo, incompatible con la civilización: la agricultura reclama un sistema de leyes agrarias que aseguren los derechos y disfrutes de la propiedad individual, sin sacrificar al capricho de inconsideradas teorías los no menos sagrados de la propiedad comunal o pública. Las ciencias necesitan un sistema de enseñanza fundado en bases sociales y religiosas: las artes necesitan teatros y museos, liceos y academias, premios y estímulos, consideración y empleo; la moral pública un sistema penal, penitenciario y correccional, a la altura de las luces del siglo: la seguridad, una policía protectora y una gendarmería virtuosa, activa y vigilante: y la administración de justicia, en fin, suspira por esos códigos, tantas veces ofrecidos, con tanta ansia esperados, que deben reemplazar al formidable multorum camellorum onus, que empieza en el Levítico y concluye en la Gaceta del último correo.

     Y ese pueblo, para quien tantos piden soberanía, omnipotencia e igualdad, el pueblo a quien la Constitución ofrece libertad, garantías y poder político; para que estos nombres no sean irrisorios, y no lleve, Rey de burlas, por el calvario de la miseria, una corona de espinas y un cetro de caña, el pueblo necesita también, no ya revoluciones, sino instituciones y leyes. Porque el pueblo, cuya mayoría es ignorante, necesita educación: el pueblo, cuya mayoría es jornalera, necesita propietarios: el pueblo, cuya mayoría está ociosa, necesita trabajo: el pueblo, cuya mayoría está hambrienta, necesita pan. El pueblo, que vive al día, sin anticipos, ahorros ni capitales, necesita cajas de ahorro, asociaciones de trabajo, bancos municipales. La infancia del pueblo pide casas de asilo; su niñez y adolescencia, escuelas gratuitas y enseñanzas de oficios: su vejez y enfermedades, establecimientos de caridad; su disolución o su miseria, hospicios y casas de maternidad.

     Y pues que los hombres del pueblo nacen también con un alma sensible, con ojos artísticos y corazón apasionado, preciso es que esas facultades hallen también empleo, alimento y desarrollo; que la antorcha de las artes y de los adelantos sociales luzca también para ellos; que su trabajo halle reposo, y su dura condición, solaz; y que la sociedad le proporcione a veces lugares de recreo, pompas, espectáculos, reuniones de placer y días de entusiasmo, de alegría, de libertad.

     He aquí, electores, la tarea sucesiva y larga de vuestros legisladores y de sus legislaturas. Materia hay, por cierto, para todos los talentos; vasto campo a todas las nobles ambiciones.

     He ahí el cuadro, abreviado, de las necesidades o intereses que debe abarcar el sistema de un Gobierno de paz, de orden y de justicia. Desenvolvedle como un inmenso panorama, y buscad los hombres que hayan de darle vida, los arquitectos que hayan de levantar el edificio sobre ese vasto y aún incompleto croquis.

     Buscad, como buscaríais para vuestras obras materiales, hombres que sepan hacerle, hombres que sepan construir. Hasta ahora se han empleado muchos en derribar. Su tarea está concluida. Buscad quien retire los escombros, quien edifique ya.

     La Nación sabe lo que los partidos quieren, lo que los partidos son. La Nación sabe lo que necesita. La Nación sabe lo que el Gobierno le ha dado, y lo que ahora le pide el Trono.-La cuestión electoral está juzgada,



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- IV -

Epílogo

     Sí: la Nación sabe que para labrar su felicidad, no bastan principios políticos ni teorías constitucionales. La Nación siente que sus necesidades son materiales, positivas, urgentes; que no se remedian con mensajes, que sus males no se curan con interpelaciones. La Nación está cansada ya de esas eternas querellas sobre colores y matices, de esas estériles discusiones sobre derechos y garantías, de esos pomposos y fáciles discursos sobre principios generales. Está cansada ya de tribunos: necesita estadistas y legisladores.

     La Nación sabe que lo que van a hacer las Cortes, son leyes. La Nación buscará hombres que sepan hacer leyes.

     Hombres versados en los negocios públicos, en las vastas cuestiones de legislación, en los altos intereses del Gobierno; no académicos, que vayan a discutir cuestiones metafísicas, ni escolares políticos, que defiendan en la tribuna nacional conclusiones abstractas.

     Hombres que, al decirse amantes y defensores de la Constitución, sepan que amar la Constitución no es amar ni un nombre ni un libro, sino amar, defender, respetar y obedecer todos los derechos, todas las instituciones, todos los poderes que consigna y crea.

     Hombres que miren en el Trono la sagrada personificación del Estado; que por amor al pueblo no adulen a la multitud; que por amor a la Constitución den el primer ejemplo de no traspasar los límites que ella les señala.

     Hombres que, si pueden llevar a la tribuna nacional una ambición noble y generosa, no lleven una mezquina codicia, ni el ansia pobre de un empleo.

     Hombres, que no sean esclavos del poder, ni serviles pretendientes de una efímera popularidad; que sepan arrostrar igualmente la cólera de un Ministro, que los silbidos de la tribuna pública.

     Hombres que, habiendo estudiado a fondo las costumbres y los intereses de nuestra Patria, la aprecien en lo que vale, y tengan fe en el grandioso porvenir que encierra.

     Hombres que, gozando consideración en el extranjero, consoliden nuestra independencia, contribuyendo a nuestra gloria.

     Hombres que lleven a la tribuna nacional las quejas de las calamidades públicas, no los rencores de sus venganzas, ni la hiel de sus odios privados; que denuncien a los agentes del poder venales o cocusionarios, a las corporaciones del pueblo tiránicas y arbitrarias; no que vayan tal vez a denigrar allí a los jueces que hayan castigado sus crímenes.

     Hombres de esa nobleza liberal y benéfica, de esa popular Grandeza española, primera a proclamar nuestra revolución, y a comprometerse por las instituciones libres.

     Hombres de esa clase media, patriota y honrada, donde se reúnen todas las riquezas y todos los talentos de la Nación.

     Hombres de esas profesiones científicas que encierran tanto saber, tantos pensamientos útiles, tantas ideas y esperanzas generosas.

     Pero hombres de una Grandeza tal, que al considerar que la existencia de ésta como poder político había perecido, hace más de tres siglos, no aborrezcan una revolución que les da más que les quita.

     Pero hombres de la clase media, que no se olviden de que la clase media es también una aristocracia.

     Pero hombres de la clase media, que al declamar contra los privilegios, tengan presente que hay una escuela que proclama, sustenta y prueba que el derecho de propiedad no es más que un privilegio.

     Pero hombres de fortuna, que no crean que es solo propiedad la riqueza, y en nada tengan el porvenir, el nombre, la honra y la vida.

     Pero hombres de arraigo, que sepan que el proletario que tiene seis hijos, está más ligado a la sociedad que el célibe que posee seis millones.

     Pero hombres de talento, que sepan que la ciencia vale menos que la virtud.

     Hombres de talento, hombres de arraigo, hombres de virtud.

     Hombres de paz, de orden y de justicia.

     Hombres de paz y Constitución.

     Hombres de paz e independencia.

     Hombres de paz y de Gobierno.

     No hombres que quieren eternizar la guerra; que ponen de nuevo en peligro la Constitución; que pueden comprometer la independencia; que minan todos los principios de Gobierno; que carecen de todo arraigo;-que usurpan la nombradía de un falso talento, y sacrifican a las sugestiones de un partido las santas inspiraciones de la virtud.

     Mas cuando ya se presenten esos furiosos demagogos, repitiendo por todos los tonos sus gastadas declamaciones, y pidiendo de nuevo a la Nación la mayoría de votos en cambio de la exageración de sus principios, sin duda los pueblos, aleccionados por la experiencia, presentando ante el oropel de sus frases y la falacia de sus promesas la triste relación de esos dolores que jamás han sabido calmar, el sistema de esos intereses que jamás han sabido comprender, y las esperanzas de una paz, que casi llegaron a destruir, les dirigirán al fin el merecido anatema de su severa indignación, y del fondo de las urnas electorales saldrá una voz, que a nombre del pueblo, les diga que desde el anuncio de la paz, el día de su dominación ha pasado, porque el reinado de la revolución ha concluido.

     Y vosotros, hombres que apeláis al pueblo, no teniendo ya nombre que invocar, ni resultado que ofrecer, no renovaréis la revolución en el pueblo.

     No la renovaréis a nombre de la libertad, porque el pueblo ya sabe que la libertad no es un fin, sino un medio que la libertad no es nada sin subsistencia y trabajo; que no hay mayor esclavitud que la pobreza, ni tirano más inexorable que la miseria.

     No la renovaréis a nombre de la soberanía popular, porque la mayoría de ese mísero soberano, que trocaría su corona por un sombrero de paja, y su púrpura por una manta de abrigo, al oír vuestro lenguaje, se sonreirá con amargura.

     No la renovaréis a nombre de la igualdad, porque el pueblo, que sabe que un magnate o un Ministro podía ser ahorcado como un pechero ya en tiempo de Enrique IV y de Felipe III, cree que un hombre del pueblo no podrá nunca tener un palacio o una carroza como un magnate.

     No la renovaréis a nombre de la libertad de imprenta, porque las cuatro quintas partes del pueblo no saben escribir, y las personas que imprimen sus pensamientos, no pasan de mil.

     No la renovaréis con ideas de irreligión o invectivas contra el clero, porque aunque a veces el pueblo se ría con vuestras burlas, no llamará nunca para la cabecera de sus moribundos a los oradores del Congreso, ni acudirá jamás al Jefe político para que santifique sus matrimonios.

     No la renovaréis a nombre de la franquicia de diezmos, porque el pueblo tardará poco en experimentar que en una Nación, casi en su totalidad agricultora, toda contribución que les sustituyáis pesará casi en su totalidad sobre la agricultura(10).

     No la renovaréis a nombre de los privilegios de los grandes señores, porque para el pueblo es todavía más pesada y más opresora la mano de los nuevos dueños y de los pequeños propietarios.

     No la renovaréis a nombre de ficticias economías, porque el pueblo sabe que un solo mes de revolución y de guerra absorbe más tesoros que todos los mezquinos ahorros de vuestros presupuestos.

     Sólo la podréis renovar, rápida, breve, transitoria y violentamente a nombre de la fuerza brutal, impuesta por la intolerancia sangrienta, el fanatismo estúpido, y el imperio del terror, que afortunadamente sólo invocan y proclaman dos entidades en España: Cabrera y el Eco, del Comercio.

     Cáceres 2 de diciembre de 1839.

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