Del Excmo. Sr. D. Ventura de la Vega de la Real Academia
Española. Leído en la junta del Jueves 23 de
febrero de 1866 por el General Pezuela, Conde de Cheste.
Cumpliendo con el deber, honroso y grato para mí,
de escribir el elogio fúnebre de nuestro difunto compañero
el Sr. D. Ventura de la Vega, os lo presento ahora; si bien
desnudo de las galas de imaginación y estilo con que
le hubiera enriquecido cualquiera otro de los sabios varones
entre quienes tengo la honra de sentarme, con merecimiento
escaso en la república de las letras, revestido tal
vez del curioso y puntual recuerdo de varios accidentes de
la existencia del caro amigo con quien pasé mi infancia
y las floridas horas de la primera juventud. Esto sin duda
tuvo presente la Academia para confiarme la comisión
que hoy desempeño. Pero si tal circunstancia facilita
por una parte mi trabajo, no deja de ofrecer por otra el
grave inconveniente de que yo vea la figura que retratar
me propongo, acrecida por el cristal de mi cariño
y con los colores de mi entusiasmo apasionado. Trataré
de describirla, sin embargo, con imparcial criterio; y en
cumplimiento de nuestros estatutos, voy a haceros, no el
juicio crítico de las obras del literato insigne,
sino la necrología del malogrado académico;
y digo malogrado, porque la muerte nos le quita, a los umbrales
de fresca ancianidad, cuando su imaginación, todavía
vigorosa, dirigida por el saber y la experiencia, prometía
aún sazonados frutos que hubieran enriquecido el no
muy copioso caudal de nuestros buenos libros contemporáneos,
contribuyendo a la gloria de las bellas letras en nuestros
feos días de materialismo, ciñendo al propio
tiempo con nuevas coronas aquella frente que todos recordamos,
y en que parece como que hervían los gérmenes
del ingenio, de la imaginación y del talento. ¡Triste
recuerdo para nosotros, que, ya ancianos casi todos, hemos
perdido en brevísimo tiempo a cinco de nuestros más
ilustres compañeros! ¡Ay! El más duro de los
males de la vejez desapiadada es ver cómo se van borrando
uno tras otro del libro de la vida los nombres de los seres
amados con quienes hicimos las primeras alegres jornadas
del viaje por el mundo, y encontrarnos poco a poco solos,
hasta no tener más compañía que nuestros
achaques, ni más halago que nuestros melancólicos
recuerdos. Perdonadme este desahogo del dolor que me causan
dos heridas por las que aún vierte sangre el corazón:
la que todos estáis sintiendo todavía, y la
que yo añado a ella con la pérdida de un hermano
querido, que también compartió con el amigo
de que voy a hablaros los dulces juegos de la niñez
y el punzador cuidado de las aulas.
Nació D. Buena
Ventura de la Vega en Buenos Aires, capital del entonces
virreinato español, el día 14 de julio de 1807.
Fueron sus padres D. Diego de la Vega y doña María
de los Dolores Cárdenas. El primero fue destinado
desde España a aquella ciudad con el empleo de contador
mayor, decano del Tribunal de cuentas y visitador de Real
Hacienda, y la segunda había nacido en ella, de una
familia noble, establecida allí hacía largo
tiempo. Esta señora, que hoy octogenaria vive todavía
en su patria, y que ha sido dotada por el cielo de imaginación
vehementísima y de carácter activo y varonil,
perdió a su esposo a los cinco años de nacido
su primogénito, y seis después tuvo valor para
separarse de éste; y celosa de su educación,
y esperanzada con la herencia de bienes en España
que un amigo de la familia había prometido al pequeño
Ventura una sola vez, acariciándole delante de la
entusiasta madre, le mandó a la Península en
compañía de un sacerdote su conocido, que se
embarcó con el navegante de once años el día
1.º de julio de 1818, no sin haber hecho éste una
resistencia que en su tierna edad revelaba ya las dotes de
que en adelante había de dar tan singulares muestras
en las asambleas, academias y teatros.
Llevado el rapaz
el día anterior, a la fuerza y en hombros de un esclavo,
al atravesar la plaza Real, alzó su vocecilla y en
son declamatorio y con acento expresivo gritó, extendiendo
sus bracitos por encima de las negras espaldas de su opresor
membrudo: ¿Qué, no me defendéis? ¿No estáis
viendo que con pretexto de educarme me van a llevar a la
patria de los tiranos godos? ¡Favor! ¡Favor! ¡Salvad a un
ciudadano indefenso! Y tal efecto produjo entre los circunstantes
lo sentido de sus palabras de hombre, que acompañó
bien pronto con los sollozos y lágrimas de niño,
que fue detenido, y hubo de intervenir la autoridad, y ser
indispensable que al otro día prestara su asentimiento
para el largo viaje el orador insigne, amansado con golosinas,
juguetes y promesas de acompañarle de la pobre madre,
que ni había de cumplirlas nunca, ni de estrechar
más contra su pecho al hijo de sus entrañas,
que dio a luz en días de tribulación, fugitiva
de su propia casa, oculta en la choza de una humilde campesina,
uniendo en pobre lecho a la congoja y los sustos de su estado
los que producía en las calles de la ciudad el temeroso
ruido de la revolución y de las armas.
Desembarcó
Vega en Gibraltar a los dos meses y medio de navegación,
y pasó a Madrid al cuidado de su tío D. Fermín
del Río y Vega, mayor de la secretaría de Hacienda,
quien le recibió con paternal cariño y dispuso
que empezara su educación, asistiendo a la clase de
rudimentos de latinidad en los Estudios imperiales de San
Isidro, a cargo de los jesuitas. Más tarde, en el
año de 1821, le trasladó en clase de alumno
interno al colegio establecido en la calle de San Mateo por
don Juan Manuel Calleja; el cual empezaba ya a gozar de la
fama, después grande y merecida, a que le elevaron
profesores tan sabios como Cabezas y Lista y Hermosilla.
Vivero fecundo de tiernas plantas que habían de ser
un día frondosísimos árboles, de allí
surgieron a ser útiles y fructíferos a su patria
magistrados, poetas, militares, literatos, jurisconsultos
y repúblicos, como los Pardo, Alonso, Espronceda,
Molíns, Ochoa, Roncali, Seoane, Montalván,
los Benítez, Mazarredos y Nandines. Desde luego, y
a la par de los mejores, empezó a sobresalir nuestro
D. Ventura, si no por su aplicación, por su memoria
prodigiosa y por las raras dotes de su penetrante y retentivo
talento, que le permitían empaparse en los secretos
del libro con desflorar apenas la superficie de las hojas,
proporcionándole a poca costa en los públicos
exámenes lucimiento y aplauso la gracia de su acento
y ademán, y la fácil soltura de su palabra;
contribuyendo a conquistarle la afición y simpatía
de cuantos le escuchaban lo menudo de su pequeño cuerpo,
que aun edad más temprana de la que tenía figuraba.
Ni se distinguía menos por los diabólicos juegos
y las atrevidas invenciones, que eran la delicia de sus malignos
camaradas de sala, todos de menos años que los catorce
suyos, y la desesperación del celador que los cuidaba.
Unas veces dibujaba por las paredes con carbón la
cabeza orejona de un sátiro o de un burro sobre un
cuerpo flaquísimo, que figuraba el del sucio y viejo
Muñoz que había cambiado sus honrosas divisas
de cabo primero por las funciones de pedagogo de los colegiales
más pequeños. Otras convocaba a la canalla
chillona y descreída, y en medio de gran círculo,
subido en una silla, recitaba un romance que él y
Espronceda compusieron, llamándose dos ingenios de
la Corte, y que empezaba:
Voy a daros una idea,
aunque bastante
concisa,
de un hombre a quien por oler
le huele hasta la
camisa.
Aun ahora mismo, como si fuera ayer, me parece
que le estoy viendo preparándose a unos trabajos de
voladura, llevando por aprendiz a mi querido hermano menor
que aún no tenía once años. En el fondo
de un vasto patio donde jugábamos en las horas de
recreo, había en el ángulo de la izquierda
un sobrado sin puertas, que había sido cochera, donde
ya viejo reposaba de sus fatigas un bombé contemporáneo
de la juventud de nuestro Director. El nuevo Pedro Navarro
y su novísimo ayudante estaban de rodillas debajo
de la caja del que fue vehículo; y mientras el uno
hacía un montoncito, derramando unos cartuchos de
pólvora que había llevado de su casa y escondió
desde el domingo anterior, soplaba el otro una ascua, dilatando
los mofletes y sacando llama que enrojecía fantásticamente
el picaresco rostro de los dos diablillos. Por fortuna para
su belleza futura, los sorprendió oportunamente el
protagonista del romance de los dos ingenios de la Corte,
y los llevó al calabozo a continuar allí sus
estudios pirotécnicos.
Cultivaba entretanto otros
de más provecho; y al paso que se resistía
a su juvenil imaginación verdeante y jugosa el monótono
y seco demostrar de las ciencias matemáticas, hacía
prodigiosos adelantos en las humanidades y en la historia,
y en las clases de adorno, especialmente en la de recitar
trozos escogidos de nuestros mejores hablistas en prosa y
verso; porque, como ya hemos dicho, tuvo desde muy pequeño
ciega voluntad por la declamación, la cual le dominó
después constantemente hasta sus últimos días,
y contribuyó acaso a acortárselos más
de lo que a las letras y a sus amigos convenía; y
no era extraño, porque todos amamos aquello en que
nos distinguimos, y tenía Vega para sobresalir en
aquel arte calidades muy superiores. Su cuerpo, aunque pequeño,
era proporcionado, suelto y elegante; ancha su frente, coronada
de un hermoso cabello negro, liso y brillante; y su fisonomía
elástica y movible, y la expresión y viveza
de sus grandes ojos, y el sonido profundo, extenso, vibrante
y armonioso de su voz, que manejaba como el rostro a su capricho,
hacían la delicia de cuantos le veían y escuchaban,
agregándose a todo un talento de imitación
tan singular, que remedaba fácilmente el tono y las
acciones, lo mismo del viejo que del mancebo, de la modesta
señorita que del atrevido chicuelo, del Pelayo de
Quintana que del cocinero de Gorostiza; distinguiéndose
sobre todo en el arte de tomar aliento y repartirlo en la
duración de los períodos; con que en su boca
no era nunca penoso al espectador seguir la expresión
de las ideas, ni el desborde de las pasiones, con arte suma,
si bien con natural efecto presentadas. Yo de mí sé
decir que no he visto a nadie leer como él leía,
aun en los momentos, pocos en verdad, en que por pagar tributo
a la costumbre daba entonación sobrada a los versos
líricos que en nuestros salones se declaman con esa
monótona y lacrimosa canturía que obscurece
los pensamientos si los hay, y a prestarlos no basta la verdadera
armonía, producto sólo de la propia y feliz
combinación de las palabras.
Pero el colegio de San
Mateo sobrevivió pocos años, con gran dificultad
y suprimiendo cátedras importantes, a la caída
en España del gobierno constitucional. Desde su decadencia
se dispersaron los distinguidos jóvenes que en él
recogieron las semillas primeras de las ciencias. Vega continuó
cultivándolas bajo la dirección de D. Alberto
Lista, en casa de este sapientísimo sacerdote, que
desdeñado por el gobierno del triste Calomarde, daba
entonces lecciones particulares de historia y literatura.
A ellas asistían algunos de nuestros antiguos condiscípulos;
y éstos, con otros nuevos, como Segovia, Escosura,
Amador, Ortiz y los Usozes, y con otros que, sin necesitar
ya de las escuelas, como Bretón, Larra y Mesonero,
por identidad de gustos y de estudios se nos agregaban, compusieron
aquella pléyade luciente que, en los años que
transcurrieron desde el 24 en adelante, empezó a brillar
en el cielo que, como dice uno de los más grandes
ingenios de España y del mundo, por hallarse bajo
el cenit de la Lira goza el privilegio de tener por hijos
a tantos y tan famosísimos poetas.
De entonces data
la Academia del Mirto que ellos fundaron, y que Lista presidía
y encaminaba con sus sabios consejos. A ellos debe nuestro
Vega el gusto exquisito que siempre campea en todas sus obras:
gusto difícil de formar en aquellos más difíciles
tiempos de transición y de mudanza para la literatura
de toda Europa. Sin ellos, quién sabe si nuestro futuro
autor de El hombre de mundo no habría extraviado su
talento, despeñándolo como otros muchos por
los más cavernosos precipicios del ridículo
romanticismo. De entonces también datan aquella asidua
asistencia al café de Venecia primero, y al del Príncipe
después, que de nosotros tomó el nombre gráfico
de El Parnasillo, y aquellas reuniones de casa del entusiasta
arquitecto D. Francisco Mariategui, y del bondadoso caballerizo
del rey D. Quírico de Aristizábal, en donde
empezaron a desarrollarse nuestros afectos de hombres y nuestras
inclinaciones respectivas. ¡Dichosos días en que mezclábamos
con las más serias ocupaciones el amor, la alegría
y las locuras de los pocos años, y nos ocupábamos
en representar comedias, en inventar charadas y en componer
versos, generalmente malos, y en hacer cabalgatas a Hortaleza
con detrimento de las asentaderas de Bretón y de Alonso,
no muy fuertes en el arte de andar a la jineta, y no nos
apurábamos por la suerte de nuestra patria, ni por
los políticos asuntos, por más que los más
atrevidos y mayores de entre nosotros, que poco pasarían
de las veinte navidades, creyeran entonces y crean todavía
que, al fundar, como lo hicieron, una sociedad secreta llamada
Los Numantinos, iban a regenerar con ella la patria de Lanuza.
Era Vega uno de los asistentes a esas tenebrarias reuniones
a estilo masónico, que unas veces se verificaban en
una imprenta, otras en una botica de la calle de Hortaleza,
y otras en una cueva del Retiro, adonde recuerdo que quiso
llevarme una tarde nuestro Aristogitón de diez y ocho
años, manifestándome, con la risa de su natural
gracejo, que su propósito sencillo y hacedero se reducía
simplemente a matar al tirano, que era en aquella sazón
el rey Fernando VII, y a constituirse en república
a la griega. Yo no sé de los demás, pero juzgo
para mí que nuestro Ventura, que por otra parte no
fue nunca aficionado a la política, jugaba en esta
ocasión a las sociedades secretas; que por aquel tiempo
nada nos cuidábamos del mejor o peor sistema de gobierno;
reíamos con las chanzas festivas e ingeniosas de Bretón
y con la discreta locuacidad de Escosura; nos asustaban las
atrevidas calaveradas del buscarruidos de Espronceda; nos
burlábamos de los detestables versos que hacía
entonces Larra, que acababa de venir de educarse en Francia,
y dejábamos que D. Tadeo Ignacio Gil, corregidor de
inartística memoria, dictase suntuarias leyes sobre
lo que Vega llamó después sus únicos
bienes raíces, que entonces no le asomaban por cierto
al belfo labio. Juego fue sin embargo el de la sociedad de
los Numantinos que llevó a la cárcel algunos
de sus individuos y mantuvo a nuestro D. Ventura recluso
por tres meses en el convento de Trinitarios calzados, que
hoy es Ministerio de Fomento, después de haberle tenido
arrestado otros tantos en las prisiones de la Superintendencia
de Policía. Por fortuna, el guardián bajo cuya
vigilancia fue puesto era un santo varón de condición
tan benigna y tan inocentemente sabio, cuanto Vega sagaz,
observador y de dúctil y dulcísimo carácter.
Asistía el recluso con la mayor devoción a
todos los actos de la comunidad; componía versos de
asuntos sagrados; cantaba o desentonaba en el coro con los
frailes Vísperas y Maitines, y jugaba en la huerta
por la tarde con los más jóvenes, o hacía
la tertulia a los más ancianos por la noche en la
celda del padre González, recitándoles poesías
o entreteniéndoles con los recursos de su inagotable
imaginación. Conducíase en fin con tal habilidad,
que en aquellos noventa días de clausura se ganó
desde los primeros de tal modo la voluntad de todos, que
no sólo fue tratado a cuerpo de rey, sino que, cumplido
el plazo de su feliz condena, no había forma de que
el alegre y contagioso cenobita quisiera mudar de domicilio,
ni que los frailes pudieran separarse del que tan sabrosamente
les había suavizado las asperezas de su monástica
disciplina.
Siempre quedó amigo nuestro trinitario
interino de aquellos buenos sacerdotes; y ellos, en particular
el padre González, lo fue verdadero en adelante para
su huésped querido. Más de un mes vivió
éste todavía espontáneamente en la santa
casa a que le llevaron por fuerza. La tortuga, el salmón,
los apetitosos bocados en fin, únicos acaso de esa
clase que en aquel refectorio se comían, y las conservas
y el rico soconusco que a los padres maestros regalaban,
eran siempre para el mimado Benjamín, al cual fuera
de allí aguardaban inquietudes y privaciones; porque
en aquella sazón sus recursos eran muy escasos y no
bastaban a lo más indispensable de sus necesidades,
por pocas que éstas eran.
Su tío hacía
ya dos años que no existía: el indiano que
en Buenos Aires había prometido hacerle su heredero
había muerto sin hacer testamento: Vega, en fin, no
contaba más que con una hermana de su madre llamada
doña Carmen Cárdenas, que vivía en Madrid
con la viudedad que le había dejado su difunto esposo,
el teniente coronel D. José Maestre. A su compañía
volvió nuestro amigo; y por entonces o muy poco después
recibió una tiernísima carta de su madre, en
la que le suplicaba encarecidamente volviera a sus brazos
a consolarla de los disgustos que su otro hijo D. Diego la
daba, y en la que le enviaba para hacer el viaje una libranza
de cuatrocientos fuertes. Pero Ventura estaba en ese tiempo
enamorado de una hija del célebre médico Rives,
hermosa, de mucho talento y que cantaba como una sirena;
y lo fue en efecto tanto para el poeta, que el pobre cumplió
puntualmente lo que su alma apasionada exhaló entonces
en este lindo soneto:
«Cruza sin mí los espumosos mares;
saluda, ¡oh nave!, de mi patria el muro,
y déjame
vagar triste y obscuro
por la orilla del lento Manzanares.
Si osa turbar la paz de tus hogares
de soberbio extranjero el soplo impuro,
otro defienda con
el hierro duro
su libertad y mis nativos lares.»
Esto decía yo cuando las olas
sulcó la nave en que partir debía,
y abandonó
las costas españolas.
Ella
al impulso plácido del aura
voló a la orilla
de la patria mía...
y yo a los brazos me volví
de Laura.
Y triste, aunque no obscuro, se quedó
en efecto bogando por la orilla del lento Manzanares, y gastó
en poco tiempo los ocho mil reales que habrían sido
el último crepúsculo de la fortuna de su pobre
madre. Y por cierto que me vienen ahora a la memoria recuerdos
tan peregrinos de ese período de la vida del joven,
que no resisto a la tentación de contarlos, por más
que de sobra triviales parecieren. De las veinticinco onzas
de la letra, doce fueron para doña Carmen: de las
otras trece sacó para proveerse de las cosas de vestir
que más necesitaba; y por cierto que fui testigo presencial
de la primera compra, que fue un par de botas, un sombrero
y una capa muy elegante de casa del sastre inglés
Jhonson; porque pretendía, al hacer esta adquisición
prematura, que envolviéndose en ella (y lo decía
haciéndolo con el manejo más rumboso) daba
espera al relevo de las otras prendas, obsoletas de sobra,
y se presentaba desde luego como cumplía a su esplendor
y novísima opulencia. Y por cierto que en aquellas
sus felices noches, creyéndose, por el desuso de llevar
dinero en los bolsillos, cuando menos un Roschilde, y obligado
por el recuerdo de obsequios recibidos y nunca devueltos
por desgracia suya, a todos nos quería convidar a
los teatros y a nadie permitía que pagase ni en el
café ni en la confitería, que a menudo visitábamos.
Breve fue, pues, la duración de aquel que el anfitrión
consideraba inacabable tesoro; y cuando ya estaba para extinguirse,
vino un triste acontecimiento a traer a la imaginación
del Creso de pocos días lo deleznable y fútil
de las humanas grandezas. Doña Carmen se apoderó
una noche de la capa. A la otra mañana, yendo yo a
ver a Ventura, temprano como solía, le hallé
en la cama; y al verme se incorporó y sentó,
y con acento desesperado me anunció que no podía
salir conmigo ni abandonar la ropa del lecho, porque era
la única que le había dejado su implacable
tía. Yo le mandé alguna de mi uso, y en aquel
día se le presentó la culpable, con faz entre
vergonzosa y radiante, que anunciaba ganancias y tarde más
bonancible. Era aquella señora tan aficionada al juego
como amante de su sobrino. Nueva madre para él, le
amaba con idolatría y había contribuido a la
educación de su Ventura sin ventura, como le decía,
pagando los últimos trimestres de su pensión
en el colegio de San Mateo, con atraso y dificultades que
realzaban el mérito de la acción, y manteniéndole
y vistiéndole después bastante tiempo, sin
tener más gustos que compartir con él su pobre
viudedad, y acaso en obsequio suyo yendo a sufrir las veleidades
de la sota de oros. Mi vieja intimidad con Vega me permite
revelar estos secretos de familia, y creo sea grato a su
sombra querida que pague aquí un tributo de gratitud
a la mujer excelente que en días bien tristes de universal
desamparo para él le dio un asilo en su casa y otro
más dulce en su corazón y cariño.
Desde
esa época puede decirse que empieza la viril existencia
de Vega. Hasta entonces no se había hecho cargo de
que le era necesario buscarse los medios de vivir en el mundo
positivo, ni se había ocupado en nada serio. Sus primeras
composiciones valían muy poco, en general, y él
así debió creerlo, cuando tanto cuidado ha
tenido de hacerlas desaparecer. Recuerdo sin embargo algunas
regulares, y que en todas había siempre algo de bueno,
y trascendía en ellas el gusto excelente, que en él
era como innato. Me acuerdo de un romance que compuso a los
quince años, que empezaba:
Ya dora el sol naciente
mi rústica
cabaña,
y a convidarme torna
del bosque a la enramada.
Son mi único embeleso
el río y la montaña,
y mis delicias todas
el colorín y el aura.
También
compuso en aquella edad tan tierna unas décimas en
elogio del comportamiento de la milicia nacional de Madrid
el 7 de junio de 1822, y varias coplillas y versos de arte
menor, medio improvisados en fiestas y convites a que con
grande empeño le invitaban; porque niño y todo,
era la gala y regocijo de las reuniones a que concurría.
Otras veces recitaba en el cumpleaños de una señorita:
Dulce primavera, ven
y de Dolores preciosa
con tu guirnalda de rosa
adorna la bella sien.
Contigo
venga también
la divina Citerea;
que aunque su hermosura
sea
la madre de los amores,
junto a la bella Dolores
la
madre de amor es fea.
Y estrechado otra vez a repetir otro
brindis, exclamaba :
Con dolores nace el hombre:
con dolores
muere luego:
nadie quiere los dolores,
y yo por Dolores
muero.
Otras veces se vengaba de los que le fastidiaban;
como cuando sentado al lado del consejero romano, que al
eco de los versos de nuestro poeta roncaba inarmónicamente,
repetía con trágica y burlesca entonación
aquellos versos de los Horacios de Corneille:
«Je rends grace au ciel de n'être pas romain
pour
conserver encore quelque chose d'humain.»
Y renegaba de
los melindres de impertinente dama, a quien sin querer había
pisado, diciéndola, ya colérico por sus recriminaciones:
No te cause admiración,
señora,
si te pisé:
¿quién no ha de pisar un pie
que ocupa todo el salón?
Poco tiempo más
adelante, al día siguiente de haber asistido a mi
lado a una representación del Orestes de Alfieri,
traducido por Solís, me leyó este soneto que
nunca se me ha olvidado:
El Parnaso tembló: Febo indignado
despedazó su cítara de oro,
y en abundante
y encendido lloro
Melpomene bañó su rostro
airado.
Carnerero, de berros coronado,
conduce al ara el furibundo coro;
Comella, oyendo el cántico
sonoro,
desde el limbo sonríe alborozado.
Intonso y fiero, con osada planta,
ante
el marmóreo altar Solís parece
y la segur
de Góngora levanta.
Triste
Racine al verla se estremece;
baja Alfieri desnuda la garganta,
y al sacrificio bárbaro la ofrece.
Y por cierto
que no merecía el autor de Camila tan implacable condenación,
aunque no se afeitase sino una vez al mes.
¡Ojalá
que otras tragedias puestas en verso castellano valieran
tanto como esa traducción del antiguo consejero del
gran Máiquez y consueta de teatro del Príncipe!
Su lenguaje castizo y clásico puede hacer que se le
perdone un tanto de pedantería y alguna que otra transposición
violenta por la exageración de latinismo que hace
alguna vez pesado y obscuro su estilo; pero éste siempre
es varonil y majestuoso, como el coturno exige, y algunas
veces se remonta hasta ser terriblemente trágico y
sublime. -Son también dignas de recuerdo, entre las
demás composiciones de los primeros tiempos de Vega,
tres odas sagradas y una imitación de San Juan de
la Cruz, que omito repetir por ser bastante conocidas: el
epitalamio a la marquesa de Quintana, hoy condesa de Oñate,
tipo entonces de bellísimas mujeres; y la oda a Lista,
que fue contestada por este inolvidable director nuestro,
la cual conservo escrita de su puño, y en la que se
ve la idea que tenía el gran maestro de la altura
poética a que había de subir su discípulo,
cuando en una de las estrofas dice, encomiando los precoces
frutos del imberbe autor:
Así en la cuna el animoso Alcides
las bravas sierpes domeñó, probando
aquellas
fuerzas que sentir debían
Lerna
y Tifeo.
También es de por entonces este soneto
en que declaró su amor a Laura, cuando la halló
en el jardín de Hortaleza, escribiendo su nombre en
la corteza de un árbol.
«Ese tronco que mayo adorna y viste,
donde
grabas tu nombre idolatrado,
Laura, verasle pronto deshojado,
que a la furia del tiempo no resiste.
Vendrá
el noviembre con sus lluvias triste,
vendrá el enero
con su escarcha helado,
o el huracán a desgajarle
airado,
arrebatando el nombre que esculpiste.
Templo
más digno que tu nombre lleve
donde no le destrocen
vendavales,
ni el invierno le cubra con su nieve,
un corazón será que te ame
ciego.»
Dijo Amor, y con rasgos eternales
grabole aquí
con su buril de fuego.
Pero la más importante de
las poesías sueltas de la primera época de
Vega fue un canto épico, que compuso a la pacificación
de Cataluña por el rey Fernando VII en 1828. He aquí
algunas de sus hermosas octavas, las primeras que ocurren
a mi memoria:
Miro al divino Régulo marchando,
entre el clamor de la llorosa plebe,
donde el fiero sayón
le está aguardando
y perecer entre tormentos debe.
A Aníbal miro con su hueste hollando
de las alpinas
cumbres la honda nieve,
y a un ejército entero haciendo
frente
a Cocles miro en el cortado puente.
Vagaba
así mi ardiente fantasía;
y entre el bullir
de las inquietas olas
Manzanares su frente descubría,
coronada de juncos y amapolas:
en la siniestra mano suspendía
el blasón de las armas españolas:
así
suena su voz, y humilde para
su blando ruido la corriente
clara:
«¿Por qué de Roma
tu ofuscada mente
hazañas busca en la remota historia?
¿Para asombrar a la futura gente
no basta acaso la española
gloria?
Cuando virtud y honor tu lira intente
eternizar
del mundo en la memoria,
los campos corre de la madre España,
y cada monte te dirá una hazaña.»
En el
período que podemos llamar la segunda época
de su vida literaria, sintió Vega, como íbamos
diciendo antes, que en este mundo no se vive sólo
con los sueños de oro de la fama venidera y que en
nuestros días de fierro, o más bien de dinero,
hay que aplicarse a alguna cosa de material provecho. Formada
ya y completa su muy segura razón, sin fortuna heredada,
sin carrera oficial, ni protección de arriba, ni impulso
de abajo, conoció nuestro amigo que la poesía
lírica (en que tanto sobresalía en todos géneros)
era, si bien mina fecunda para su gloria, pobrísima
veta para sus necesidades presentes. ¡Cómo había
de ocultársele lo que todos sabemos de lo poco que
producen en nuestra España las obras de imaginación
e ingenio, casi tan poco recompensadas en nuestros días
como en aquellos en que decía Lope:
Con ser tan grande, qué allegar
al labio
no tuvo el Fénix portugués Camoes;
¡y envuelven su cadáver en aloes,
después
de muerto, para más agravio!
De aquí su dedicación
por largo tiempo a dar al teatro por brevísima cuota
(y es frase suya) traducciones de comedias francesas, única
ocupación literaria provechosa entonces en la patria
de Garcilaso y de Cervantes. Era Vega cuando joven indolentemente
perezoso, por naturaleza americana y superioridad de entendimiento.
Los americanos, y muchos que no lo son, no comprenden que
puedan hacerse grandes esfuerzos del ánimo, como del
cuerpo, sin largos y saludables descansos. No escribía,
pues, sino lo absolutamente indispensable para ganar de comer;
costábale por otra parte mucho lo que componía,
porque lo hacía siempre con perfección suma:
así es que le producía proporcionalmente muy
poco, y era él además muy sobrio y sus necesidades
muy cortas. De ahí que el cargo que le hacían
muchos (y nuestro excelente y erudito compañero Ferrer
del Río entre ellos) de que no escribía y daba
a luz más que producciones ajenas, aunque bien merecido
y con benigna intención encaminado, no dejaba de tener
defensa por parte del que no contaba para mantenerse sino
con el fruto del que bien podía llamarse su material
trabajo. Vega, sin embargo, mezclaba con sus traducciones
y plagiados asuntos de teatro alguna que otra notable aunque
tardía muestra de que era muy capaz de la invención
dramática, y ya en 1824, cuando sólo tenía
diez y ocho años de edad, escribió la comedia
original en un acto Virtud y reconocimiento, que se ejecutó
en Madrid el día 14 de octubre de aquel año,
memorable en nuestros fastos dramáticos por haberse
representado también en él la comedia de Bretón
de los Herreros A la vejez viruelas. ¡Coincidencia notable
para los amantes del arte: en una misma noche se estrenaron
en la escena española el moderno Lope y el Moratín
de nuestros días!
Las traducciones y arreglos de
comedias, dramas de diversos géneros, y hasta vodevilles
franceses convertidos en zarzuelas, de nuestro autor, pasan
de ochenta. Todos los conocemos, todos los hemos aplaudido,
y cuando no aplaudido, tenemos que confesar que nos han hecho
llorar o reír contra nuestra voluntad y nos han entretenido
agradablemente muchas de las largas noches de nuestros inviernos.
El gran talento de actor que Vega tenía le revelaba
los efectos teatrales que había de producir una representación
cómica o trágica, y su ingenio a lo Moreto
le hacía sacar partido de pensamientos ajenos, haciéndoselos
propios y mejorándolos siempre; porque nuestro gran
literato daba a la forma un culto ciego. Varias veces le
he oído que no le gustaba una prenda literaria, por
nuevo y elegante que fuera el corte, como no fuera muy perfecto
el cosido. Mas, aun cosiendo él tan primorosamente,
no ha dejado de escribir bastantes obras que pueden llamarse
originales y de indisputable mérito; y tres sobre
todo le han levantado hasta el puesto eminente que con razón
ocupa en el cielo de Alarcón y de Rojas. Ya comprenderéis
que hablo de su preciosa comedia El hombre de mundo, que
compuso el año de 1845, tan bella y más si
cabe, por estar escrita en verso, que El sí de las
niñas; del drama histórico D. Fernando el de
Antequera, y de la tragedia La muerte de César. No
se borrarán nunca de mi memoria las lecturas de estreno
que tuve el gusto de oír de las dos producciones últimas.
La del drama se hizo en mi casa el 13 de diciembre de 1844.
Era yo entonces director general de Caballería. Me
habían hecho el honor de comer a mi mesa los coroneles
de los regimientos de la guarnición de Madrid y los
insignes literatos duque de Frías, D. Juan Nicasio
Gallego, Bretón, Segovia, el marqués de Molíns,
Gil y Zárate, y el mismo Vega. La lectura debía
ser después de la comida: estaban invitadas muchas
personas de ambos sexos. Ocupaba el protagonista el velador
presidencial: desplegado tenía el manuscrito; pero
no venían a oírle algunos que se hallaban hacía
una hora de sobremesa, y todos esperaban ansiosos que aquél
empezara: se les mandó a los reacios recado sobre
recado, y por fin vino Bretón diciéndonos que
el duque de Frías, antiguo coronel de Pavía,
había confraternizado de tal modo con los otros coroneles
que, entusiasmado con la relación de antiguos hechos
de cargas y rebatos de los tiempos de la guerra de la Independencia
y de D. Juan de Cereceda, y atacado de un acceso de amor
a la primitiva profesión, no se podía hacer
carrera de él. Fuimos varios a buscarle, y poco menos
que a la fuerza le llevamos a escuchar el interesante drama
con que nos entusiasmó a todos la entonces magnífica
y todavía potente declamación de Vega. Hoy
faltan de entre nosotros, además del laureado aquella
noche, el duque de Frías, D. Juan Nicasio Gallego
y Gil de Zárate: ¡Dios haya recibido en su seno a
los cuatro esclarecidos poetas! -La lectura de la tragedia
se hizo la Navidad del año de 1862 en casa del marqués
de Molíns, mi querido condiscípulo, que tenía
por costumbre reunirnos a sus amigos en aquella noche de
cristianos recuerdos, para darnos generosamente el pasto
sabroso al entendimiento de dulcísimos versos, el
provechoso al alma de una breve y devota misa de gallo, y
el reparador para el cuerpo de una suculenta Parasceve. Era
en aquella ocasión numeroso y selecto el auditorio
reunido. Entre algunas damas hermosas y discretas, que verdaderamente
señoreaba la ilustre huéspeda que nos recibía,
brillaban muchos de los hombres más notables de España
por aquel tiempo, como el duque de Rivas, Bretón,
Hartzenbusch, Galiano, Pacheco, Nocedal, Rubí, Tamayo,
Ros de Olano, Ochoa, el conde de Guendulain, Segovia, Ferrer
del Río, Barbieri, Apecechea, Fernández Guerra,
Cueto, Cañete, Monláu, Cutanda, Campoamor,
García Gutiérrez, Catalina, Lope de Ayala,
González Bravo, Valera y otros cuyos nombres, aunque
no menos célebres, no me ocurren ahora a la memoria.
Encantados nos tuvo por espacio de tres horas el actor y
autor a un tiempo. A pesar del decaimiento a que ya habían
venido sus gastadas fuerzas, el arte con que daba inflexiones
variadas a su voz, imitando el peculiar acento que a cada
uno de los héroes correspondía, era tan propio,
tan adecuado, que no parece sino que revivían delante
de nosotros tales como debió verlos entre sus pórticos
y triunfales arcos el Foro augusto de la Reina del mundo.
A cada escena, a cada acto, nuestra admiración iba
creciendo; y al terminarse la tragedia, entre la conmoción
y aplausos de la concurrencia, vimos levantarse trabajosamente
a un anciano postrado ya por la enfermedad aún más
que por los años, el cual recibiendo en sus abiertos
brazos al que en aquel instante rejuvenecían el entusiasmo
y la gloria, con voz trémula exclamaba entre lágrimas
que arrancaban las nuestras: ¡Eso es romano, Ventura: eso
es grande! Era la última vez que a nuestras solemnidades
concurría el autor de D. Álvaro, y parece como
que en ese abrazo le decía al ya también herido
por la mano de la muerte: Yo voy primero: pronto irás
tú a unirte conmigo.
También El hombre de
mundo se leyó públicamente a modo de prueba,
según acostumbraba hacer el autor con sus obras predilectas,
en el domicilio del Sr. don Patricio de la Escosura. No describo
más minuciosamente este acontecimiento, porque no
disfruté de él por hallarme viajando; pero
he oído que fue una gran solemnidad literaria, por
la calidad y las circunstancias de los jueces reunidos en
aquella casa cuyo dueño, tan docto y amante de las
musas cuanto amado y favorecido por ellas, la había
por entonces convertido en su santuario una vez a la semana.
Esa misma comedia, algún tiempo después, fue
puesta en escena en el teatro particular que tiene la señora
condesa viuda del Montijo en su quinta de Carabanchel; cuya
circunstancia no quiero dejar olvidada, porque ciertas curiosidades
que transmitir no corresponde a la gravedad de esa señorona
que llaman la Historia, sólo pueden ser conocidas
merced a la clase de escritos pedestres como este mío;
y sin embargo, son confites muy sabrosos de gustar después
del transcurso de los años a cierta clase de golosos
aficionados. Es el caso que representaron personajes de la
comedia el mismo autor Vega, D. Patricio de la Escosura,
la condesa de San Luis, y lo más digno de memoria,
que hizo admirablemente el papel de doña Clara, una
señorita de diez y siete años que conocimos
y tratamos. Llamábase entonces entre los jóvenes
de ambos sexos del mundo ilustre y elegante de Madrid la
donosa condesita de Teba, la lindísima Eugenia, la
flor y gala de la coronada villa: hoy honra a nuestra patria,
que es también la suya, con virtudes que alcanzan
a llenar uno de los más grandes tronos de la tierra;
hoy es la emperatriz de los franceses.
Pero ya vamos acercándonos
al fin de nuestro cometido; y entrando en más prosaicas
investigaciones, debo deciros algo sobre la carrera de oficio
de Vega; que al fin la tuvo, aunque sólo pro forma,
quien tan intensamente ocupó las facultades enteras
de su alma en la literatura y la poesía. Con ingénito
instinto repugnó él siempre toda ocupación
ajena al cultivo de las letras. Siendo muy joven, estuvo
ya amenazado de ser empleado. Fernando VII quiso verle un
día, me parece que allá por el año de
1828: debía presentarle a S. M. el Sr. Grijalba, secretario
de la estampilla, que gozaba de gran valimiento con el Rey;
pero nuestro amigo desdeñó lo que tantos hubieran
tenido por felicidad suprema; y a la hora en que debía
verificarse la entrevista, nos hallamos en casa de Mariategui
con nuestro Ventura sin ventura, vestido como de ordinario
y diciéndonos: El Rey me está esperando; pues
bien, que espere. Si S. M. quiere verme, yo no quiero ver
a S. M. Más tarde fue nombrado agregado a la embajada
de España en París. Avisáronle a las
cuatro de una mañana del mes de enero que era ya hora
y que la diligencia iba a salir; y él, si no hizo
precisamente lo que el lebrel irlandés de Lope, dio
al menos una vuelta en la cama, y levantó más
hacia su barba la espesa ropa que le cubría. Sin duda
no le pareció el señor embajador más
digno de su visita que el mismo Fernando VII. -Pero la necesidad
a todo obliga; y en 1836 fue por fin empleado nuestro poeta
como auxiliar del ministerio de la Gobernación con
el sueldo de doce mil reales. Debió ese destino a
la protección del Sr. D. Martín de los Heros,
hombre honrado, buen caballero, repúblico celoso y
escritor distinguido. Este mismo protector le nombró
para secretario de una comisión encargada de inspeccionar
el Conservatorio de música y declamación de
María Cristina; y con ese motivo conoció en
él a la Sra. doña Manuela de Lema, que fue
luego afamadísima en el canto y esposa suya, de quien
tuvo tres hijos, de los que viven hoy dos, dignos del aprecio
de cuantos los tratan, y que siguen el uno la carrera de
la administración, y el otro la militar, con provecho
y lucimiento, no siendo tampoco extraño ninguno de
los dos al cultivo de las letras en que tanto se señaló
su padre. La carrera a que primero los destinó éste
fue la que hizo inmortales a los Bazanes y Churrucas, y siendo
yo ministro del ramo, unido entonces a los de Comercio y
Ultramar, les proporcioné la gracia de guardias marinas:
pero la madre tierna no quiso en adelante exponerlos a tan
penosa profesión. Esta señora, de bastante
talento y de suma piedad, influyó mucho en el espíritu,
ya de suyo bien inclinado, de su esposo que la amaba tiernamente,
a que le dirigiera en los actos privados de su vida, al sosiego
de la conciencia y al culto de la religión santa de
sus padres; y al tiempo de su muerte, que fue el día
6 de mayo de 1854, con sus consejos de siempre y su ejemplo
de entonces, dejó impresiones tan vivas en el ánimo
de Vega, que estuvo a punto de hacerse fraile, aun teniendo
que alejarse de su patria, donde ya no los había.
Decía él entonces que no comprendía
cómo el liberalismo en España, permitiendo
asociaciones de todo género bajo el motivo o pretexto
de fomentar intereses materiales de la sociedad, había
devorado y seguía prohibiendo las que, instituidas
con un fin santo para vida ejemplar y contemplativa, eran
el consuelo de unos, el alivio de otros y el retirado puerto
de descanso para los desengañados de las borrascas
del mundo. Él no halló ese puerto a la mano,
y poco perseverante en sus resoluciones, fue siguiendo su
mundanal camino ya empezado. Nuestro oficial de la Secretaría
quedó cesante a consecuencia del pronunciamiento de
septiembre de 1840, que le destituyó de su empleo;
destitución infundada porque nunca tuvo Vega, como
ya hemos dicho, afición a la política; y aunque
fue ayudante de la milicia de Madrid, y en el movimiento
de julio de 1835 estuvo entre los que invadieron la Imprenta
Nacional, y escribió allí, según dicen,
una alocución patriótica, arrastrado a todo
por los que eran entonces amigos suyos, lo cierto es que,
ya autor del drama realista La entrada de los franceses en
Madrid, ya miliciano nacional, ya diputado moderado y subsecretario
puritano, como luego diremos, Vega no se halló nunca
voluntario y desahogado en estas situaciones que contrariaban
los instintos independientes del poeta.
Por el año
de 1847 fue cuando gozó el período de más
favor en la política que estaba reservado a su orgullo,
escaso en ese género de aspiraciones. Se vio elegido
primero para maestro de literatura de la reina; y el admirable
modo con que esta augusta señora lee en público
en las solemnes ocasiones, demuestra que no se emplearon
en balde sus lecciones: obtuvo luego el cargo de secretario
particular de S. M., la llave de gentilhombre, la gran Cruz
de Isabel la Católica, y hasta llegó a ser
subsecretario de Estado. Más adelante, y siempre bajo
ministerios moderados, desempeñó el descansado
empleo de Fiscal de las órdenes de Carlos III, y de
la que adornaba su pecho. Luego fue nombrado por el conde
de San Luis, y con universal aplauso, director del teatro
español. La sublevación militar del año
de1854, que cambió la faz de las cosas públicas,
le devolvió por breve tiempo a su cara vida de bellas
artes y bellas letras; y no puede decirse que salió
de ella, cuando a la resurrección del partido conservador
en 1856, el ministro de la Gobernación D. Cándido
Nocedal, nuestro amado compañero, le dio el empleo
de director del Conservatorio, tan análogo a sus inclinaciones,
tan propio de sus conocimientos, tan descansado para su estado
valetudinario, que a pesar de su larga enfermedad le conservaron
en él las administraciones que se han ido sucediendo,
no atreviéndose sin duda a contrariar la pública
opinión, que vio en ese cargo, único acaso
respetado por todos, la justa recompensa de un mérito
literario por nadie combatido.
Entre los honores que obtuvo
nuestro amigo he dejado para enumerar el último el
que estimaba él como más dulce para su corazón
y más glorioso para su nombre. Hallándose cesante
y pobre, tuvo el consuelo en su desgracia, el día
27 de enero de 1842, de ser electo individuo de la Real Academia
Española, y de sentarse después el noveno en
la silla señalada con la letra F. Ahora, en este sitio
y con esta ocasión, no me parece que puedo pasar sin
recordaros quiénes fueron los ocho ascendientes del
ilustre académico cuyo elogio fúnebre habéis
tenido la bondad de confiar a mis fuerzas, que flojas por
cierto para tamaña carga, se van apresurando a soltarla
más pronto de lo que acaso al asunto correspondía.
El primero de los que ocuparon esa silla fue el P. Bartolomé
Alcázar, de la Compañía de Jesús,
cronista de su religión, de instrucción variada
y profunda, algo pintor y arquitecto, y uno de los fundadores,
en 6 de julio de 1713, de este cuerpo a que nos honramos
de pertenecer. Estuvo encargado en él, entre otros
asuntos, de extractar autoridades del libro de Andrés
Laguna sobre Dioscórides, de definir las voces de
cantería y los provincialismos de Murcia. Falleció
el 14 de enero de 1721: escribió su elogio el P. Casani.
El segundo fue D. Lorenzo Folch de Cardona, del Consejo de
S. M., alcalde de casa y corte, afamado jurisconsulto y literato.
Escribió la dedicatoria del primer Diccionario de
la lengua castellana. Hizo a su ingreso el panegírico
de su antecesor; se ocupaba en la Academia en extractar autoridades
de Ambrosio de Morales: escribió las definiciones
de la Ch y M, y falleció el 17 de diciembre de 1731.
El tercero viene el P. jesuita Carlos de la Reguera. Estaba
encargado de definir las voces de varios oficios mecánicos:
era cosmógrafo del Consejo de Indias, y a propuesta
suya se hizo el año de 1732 una edición de
La Mosquea, de Villaviciosa: murió el 22 de octubre
de 1742. El cuarto, D. Agustín Montiano y Lujando,
era oficial de la primera secretaría de Estado. Fue
director y fundador de la Academia de la Historia, y en la
nuestra ejerció interinamente el cargo de secretario,
y en perpetuidad el de revisor. Murió el 1.º de noviembre
de 1764. El quinto, D. Felipe García y Samaniego,
arcediano y director primero de los Reales Estudios de San
Isidro, ejerció también en la Academia el cargo
de revisor, y falleció el 15 de marzo de1796. El sexto,
D. Manuel Valbuena, célebre latino y humanista, tuvo
la comisión de las correspondencias latinas en nuestro
diccionario. Falleció en 13 de agosto de 1821. El
séptimo, D. Cándido Beltrán de Caicedo,
ingresó en 14 de noviembre de 1822, y falleció
en 2 de diciembre de 1826: fue también oficial de
secretaría. El octavo, D. José Musso y Valiente,
fue escritor laureado y filólogo esclarecido; sus
trabajos en la Academia han sido muchos: ningún individuo
de su seno le excedió en celo y actividad, y pocos
le igualaron en espíritu de noble y desinteresado
proselitismo. A él se debe el ingreso en este cuerpo
de Gallego, Seoane, Revilla, Roca (hoy marqués de
Molíns), y por fin el de preparar el de nuestro D.
Ventura de la Vega. Murió el 2 de agosto de 1838.
Su sucesor, electo honorario, como ya hemos dicho, en 27
de enero de 1842, obtuvo la vacante de número de Musso
en 3 de julio de1845. Las muestras que de académico
celoso ha dado entre nosotros os son bien conocidas. Educado
al principio de sus estudios con jesuitas como el fundador
de su silla, oficial de secretaría como Montiano y
Caicedo, consumado latino como Samaniego y Valbuena, según
se patentiza por su admirable traducción de la Eneida
de Virgilio, de que sólo nos dejó concluido
el primer canto; y con muchas prendas personales de las que
tenía su inmediato sucesor, nada ha perdido con él
la silla que calentaron tan insignes predecesores, a los
que igualaba en aplicación, celo y buen deseo, y excedía,
a mi juicio, en las relevantes dotes de esa imaginación
poderosa y vivísima que la naturaleza anima en muy
pocas de sus criaturas predilectas.
Concediéndole
aquellos preciadísimos favores, enriqueciéndole
con ellos el alma, no le fue tan pródiga en las fuerzas
del cuerpo. Su salud, poco robusta en la juventud, al llegar
a la mitad del camino de la vida empezó a faltarle;
y yo no dudo que a ello contribuyeran muy poderosamente el
trabajo necesario, la meditación no interrumpida,
y sobre todo, los extraordinarios esfuerzos a que desde muy
tierna edad se había entregado para pintarnos al vivo
los grandes caracteres trágicos, de cuya representación
tanto se poseía, que le he visto muchas veces salir
con calentura de las tablas escénicas después
de ejecutar con nunca vista perfección los difíciles
papeles de García del Castañar, de Polinice,
de Óscar y de Edipo. Todavía por el año
de 1862 se dedicaba a esa clase de predilectos ejercicios
en el teatro particular de la duquesa de Medinaceli, ilustradísima
señora que junta a sus blasones de eminente dama la
corona merecida de protectora de las artes y de artista ella
misma. Pero ya meses después había venido Vega
a un estado de decadencia alarmante. Los dos últimos
años de su existencia puede decirse que los vivía
de milagro: sólo su voluntad y su espíritu
le sostenían y ni los ataques más tenaces del
asma que le atormentaba, ni la flaqueza de sus piernas que
no alcanzaban a sustentar su cuerpo casi en esqueleto, ni
la destrucción de sus órganos y entrañas,
ni la debilidad de su cabeza, en cuyo rostro descarnado no
le habían quedado más que ojos cuyo brillo
mostraba como que se había acogido en ellos su alma
fugitiva, nada, repito, bastaba a postrarle en el lecho,
ni a impedirle el uso de sus habituales costumbres de trato
literario y de social correspondencia con sus amigos, ni
le quitaba la genial mansedumbre y el atractivo de su conversación
siempre animada y agradable. Así que hasta una vez
en que por equivocación había corrido y llegado
a sus oídos el rumor de su propia muerte, no pudo
ese tétrico recuerdo del fin que tan de cerca le amagaba
apagar en su boca la risa y el gracejo que tenían
en ella su patrio domicilio. Lo que siento es (decía
a los que le daban su pláceme por lo incierto de la
fatal noticia divulgada) que todo el día he tenido
que trabajar sin gana para poner fe de vida a mis parientes
de Zamora y a los amigos que tengo en otras provincias. Consideren
ustedes, si yo me hubiese muerto, por qué se lo había
de negar a nadie.
Bien veis, señores, que el que
estuvo dotado por el cielo de talento grande, era aún
más digno de nuestra admiración y cariño
por la dulzura de su carácter y por su benigna condición.
Bondadoso y condescendiente hasta rayar en debilidad, nada
sabía negar y prometía hasta tal punto, que
no le era humanamente posible cumplir algunas veces lo ofrecido.
Los poetas noveles le consultaban y ninguno salía
descontento de sus juicios: en todo hallaba alguna cosa que
alabar. Generoso en su honrada medianía de fortuna
de que nunca pasó, más de una vez se privó
de lo que él mismo necesitaba por socorrer ajenas
desventuras; y escritor de novelas conocéis a quien
sacó de grave apuro poniendo en sus manos los únicos
mil reales de que en aquel instante disponía. Literato,
poeta, actor, jamás conoció la envidia; y más
que rivales de una misma profesión, eran hermanos
suyos los que como él sobresalían en el cultivo
de las letras y de las artes. Sus elogios eran los primeros
que honraban al que se hacía digno de aplauso; y el
vituperio, aun contra los que lo merecían, nunca nació
de sus labios. Religioso, desinteresado, buen amigo, padre
excelente y mejor esposo, nadie como él supo sufrir
con ánimo imperturbable la pobreza desanimadora, la
desgracia no merecida, y los largos achaques y dolores de
una vejez anticipada. No creyó nunca que tenía
tan cerca de sí a la muerte; pero rígido en
sus deberes de cristiano, dispuesto estaba siempre a recibirla.
En los últimos años de su existencia, consumía
temporadas muy largas en el templado clima de la frontera
de Francia. El último invierno lo pasó respirando
el tibio soplo de las brisas alicantinas, con que tuvo notable
aunque ya tarda mejoría. Mariposa que no sabe sino
acudir a la luz que ha de matarla, su empeño de volver
siempre a Madrid al seno de sus amigos y a la vida intelectual
y artística, que era para él tan necesaria
como el aliento, le trajo en mal hora desde Alicante al sutil
y seco ambiente, tan mortal a su pecho, de los aires del
frío Guadarrama. Entonces, empeorado hasta el punto
de casi ahogarle los ataques repetidos del asma, tuvo que
partir de nuevo y dirigirse hacia Bayona. Allí y en
sus cercanías pasó el verano y casi todo el
otoño; mas aquel su afecto invencible ya descrito,
dominándole con la idea grata de ver representada
su tragedia predilecta, le impulsó por vez postrera
a las orillas del Manzanares, y fue a vivir a Chambery en
la casa y compañía de D. Luis de la Escosura
y D.ª Plácida Tablares, su esposa, gloria también
de la española escena en días no muy remotos.
Traía Vega de Francia colección preciosa de
dibujos, de trajes y de decoraciones correspondientes a la
época de la muerte de Julio César, regalo que
debía al cariño generoso y a la inteligencia
suma del Sr. D. Juan de Grimaldi, no menos célebre
entre nosotros por su gran saber en el arte de los Roscios
y de los Talmas, que estimado y querido de todos, desde los
más tiernos años de nuestra, juventud, por
su inmenso talento y lo atractivo de su amigable trato. Sólo
siete días sobrevivió Vega a su instalación
en la quinta de sus amigos; y entusiasmábase todavía
en ellos, enseñando y explicando sus ya referidos
dibujos. Pero ni el cuidado más atento y afectuoso
de aquéllos, ni la asistencia eficaz de su médico
y compañero inseparable el Sr. García Real,
pudieron alargarle unas horas que estaban ya contadas. Instaba
este doctor porque saliera Vega inmediatamente de Madrid
para Alicante. Deseábalo ya también a lo último
el mismo paciente, porque creía que el clima de Alicante
le fortificaba. En muestra de ello quiero intercalar aquí
una interesante carta suya en que así lo manifiesta;
y aprovecho con este motivo la ocasión de hacer público
el agradecimiento con que Vega recibió el favor que
le hicisteis resolviendo por unanimidad y a propuesta del
marqués de Molíns, de los señores Nocedal,
Ochoa y de mí, que se le considerara como presente
a las juntas públicas y privadas de la Corporación
para abonarle los honorarios que asistiendo a ellas le corresponderían.
Esa carta, dirigida a mí desde Alicante con fecha
14 de enero de 1865, es como sigue: «Mi querido Juan: A la
satisfacción inmensa que me ha causado la honra que
me hace la Academia, se añade el saber que eres tú
uno de los firmantes de la proposición, tú,
mi condiscípulo, mi compañero y amigo querido
de la niñez. Gracias, Juan mío, a ti y a todos
los que habéis contribuido a darme este inesperado
consuelo que tanto va a influir en mi estado moral; ya que
en el físico, gracias a Dios, he sentido un notable
alivio, desde el punto en que llegué a este delicioso
clima. Aquí reina una inalterable primavera. Ni chimenea,
ni brasero, ni abrigo; muchos ratos el balcón abierto
y el sol bañando mi cuarto. ¡Compara esto con Madrid!
-Adiós, mi Juan querido: te abraza y estrecha cordialmente
tu VENTURA.»
Como íbamos diciendo, había ya
entrado eficazmente en el ánimo de Vega el ansia de
marchar para Alicante. Su caro compatriota y Mecenas, que
siempre le había amado y protegido, el Sr. D. José
Joaquín de Osma, facilitaba cuantos medios eran necesarios
para el objeto. Eran las diez de la mañana del día
29 de noviembre de 1865. El enfermo hacía poco que
había cumplido con sus deberes de cristiano. Empezábale
a vestir su hijo mayor, porque el segundo estaba de militar
servicio. Mas ¡ay! no pudo acabar Ricardo su dolorosa tarea;
sintiose de repente atacado el angustiado padre del ahoguío
de costumbre; y después de cinco horas de agonía,
rindió su alma al Criador en los brazos del hijo y
de los amigos.
El día 1.º del siguiente mes de diciembre
celebrábase en la iglesia de San Sebastián
una misa solemne de cuerpo presente por el eterno descanso
del alma de Ventura de la Vega. Terminado el acto religioso,
una enlutada y numerosa comitiva presidida por el Ministro
de Fomento acompañaba a la última mansión
los restos mortales del finado. Nocedal, Rubí, Hernando
y Pizarroso llevaban las cintas del féretro; a los
lados de la presidencia asistían el Sr. Valle, decano
de la Academia Española, el Sr. Silvela, director
de Instrucción pública, y el Sr. Eslava, decano
de los profesores del Conservatorio. Al llegar el carro mortuorio
al teatro del Príncipe, cuyas puertas y balcones estaban
cubiertas de negros paños, se detuvo, y las actrices
españolas allí reunidas arrojaron sobre el
ataúd flores y coronas de laurel, que nada habían
de aumentar a la gloria del insigne poeta y que poco aprovechaban
entonces a su alma inmortal que de otro más útil
y piadoso socorro pedía el tributo a nuestros apenados
corazones. ¿Hasta cuándo estas paganas costumbres
han de seguir sucediendo a las humildes y cristianas observadas
por nuestros padres en la tierra, en que sólo se erigían
estatuas para los altares de los santos y eran los predilectos
elogios de los muertos las oraciones devotas de los vivos?
En el cementerio de la sacramental de San Isidro del Campo,
después de un oficio de difuntos, digna y verdadera
ofrenda a la memoria del caro amigo, al abrirse, para rezar
sobre su cuerpo, la caja que le encerraba, nuestras lágrimas
y sollozos saludaron por la última vez aquella faz
querida que no volveríamos a ver más, y nuestros
corazones se levantaron a Dios para pedirle el sosiego eterno
en la otra vida del que ya en ésta no necesitaba más
que de sufragios y oraciones. Así lo entendisteis
vosotros, ilustres académicos y piadosos varones,
cuando al venir a daros cuenta de esa triste ceremonia a
que asistimos cuatro en representación vuestra, acordasteis
que se dijeran cien misas por el alma de nuestro inolvidable
compañero, y me encargasteis del fúnebre recuerdo
que en este día, lleno de dolor y de desconfianza,
someto a vuestro juicio.
La escena en Madrid. -Gabinete elegante en casa de DON LUIS. Una puerta a la derecha que da al cuarto de éste.
Otra a la izquierda que conduce a lo interior. Por la del
foro se sale a la calle. -Está puesta la mesa para
almorzar.
Escena I
CLARA, EMILIA.
EMILIA
¡No, por Dios!
CLARA
Pues
ello, Emilia,
preciso es que algo resuelvas:
así
no puede seguir.
EMILIA
¡Ay, Clara!
CLARA
Tú
no me dejas
que hable a mi marido.
EMILIA
¡No!
5
CLARA
Tú... despedirlo... confiesas
que no te es
posible. Pues
entonces, ¿cuál es tu idea?
¿Qué
plan es el vuestro: estaros
toda la vida con señas
10
y cartitas, tú asomando
a escondidas la cabeza
por detrás de la cortina
del balcón, y él
en la puerta
del tirolés de ahí enfrente,
15
hecho una estatua de piedra
de noche y de día?
¿A qué hora
come ese hombre? ¿A qué hora almuerza?
Cuando se abren los balcones,
ahí está: cuando
se cierran,
20
ahí está: cuando salimos
a
paseo o a las tiendas,
detrás: si vuelvo la cara
tal vez, da un brinco y se cuela
en algún portal,
huyendo
25
y tomándome las vueltas.
¿A qué
vienen esas farsas,
Señor? ¿Por qué no se
acerca,
y nos habla, y viene a casa?
En fin, Emilia, me
seca
30
andar haciendo el papel
de una madre de comedia.
Si vivo, y Dios me da hijos,
tendré que hacerlo
por fuerza
algún día; pero ahora,
35
ni soy
madre ni soy vieja.
(Mirándola, después de
una pausa.)
Lo de siempre. Con callar
sales del paso.
EMILIA
¡Y
tú al tema
de siempre! ¿Qué he de decirte,
si yo no sé? Pues no es buena
40
que ha de venir
el muchacho
y ha de decir lo que piensa,
y con qué
intención me mira,
y qué plan... Pues ya te
acuerdas
cuando Antoñito iba a casa
45
antes, siendo
tú soltera,
qué elogios hacías de él.
CLARA
Y los hago: tiene prendas
apreciables... Pero, Emilia,
un niño que cuenta apenas
50
veinte años,
¿piensas que puede
hacerte dichosa?
EMILIA
Vuelta
a lo mismo. ¡Qué sé yo!
Tú que tienes
experiencia
dices que el hombre de mundo...
55
CLARA
Y estás
viendo que la regla
no falla. Cuando se supo
que la cosa
iba de veras
y Luis pedía mi mano...
¡Qué
anónimos! ¡Qué indirectas!
60
¡Qué
pronósticos! ¡Qué chismes!
Cuántas
amiguitas de esas
que dicen que nos adoran,
y que tanto
se interesan
por nuestra suerte, vinieron
65
con mil dengues
y reservas
a contarme atrocidades
del novio. «Clarita vea
usted lo que hace: ese hombre
tiene una fama perversa:
70
con él no ha habido mujer
segura: tiene una lengua
de escorpión: trasnochador,
quimerista, calavera...»
Y yo decía: ¡mejor!
75
EMILIA
¿Conque, mejor? ¡Pues
es buena!
CLARA
Sí: porque esas aventuras
tiene el
hombre que correrlas;
y si no lo hace soltero...
después
de casado es ella.
80
EMILIA
Así será. Pero
a mí
esos que tanto se precian
de haber sido libertinos
como Luis... Yo en su presencia
ni me atrevo a respirar;
85
y nunca tendré franqueza
con él: todo
en las mujeres
lo censura y lo interpreta.
-¡Ay qué
hombre!- No, Clara: ¡Dios
me libre de su tijera!
90
Por
Jesucristo te ruego,
hermana, que nunca sepa
lo de Antoñito.
CLARA
¿Y
no ves
que es más fácil que lo advierta
si
seguís como hasta aquí
95
y le ve de centinela?
Entonces sí que podrá
sospechar... En fin,
¿te empeñas
en quererle? -Pues, Emilia,
vendrá
a casa.
EMILIA
¿Y
Luis?
CLARA
No
temas.
100
EMILIA
Pero cómo, sin decirle...
CLARA
Eso corre de mi cuenta.
EMILIA
¡Por Dios, Clara!...
CLARA
Yo
lo haré
con Luis de modo que crea
que es cosa mía,
que es un
105
amigo... -Las once y media,
(Llama.)
y Luis
no viene a almorzar.
EMILIA
Verás cómo al fin
sospecha...
Mejor es que no...
CLARA
Descuida.
Escena II
DICHAS, RAMÓN, que sale del cuarto
de DON LUIS.
RAMÓN
¿Señora?
CLARA
¿Y
tu amo? ¿No piensa
110
almorzar?
RAMÓN
Se
está vistiendo.
Le diré...
CLARA
Dile
que venga,
que le estamos esperando.
RAMÓN
Muy bien.
-Ya está aquí.
CLARA
Pues
ea,
sirve el almuerzo.
(RAMÓN se entra a lo interior
de la casa, y poco después viene con el almuerzo.)
Escena III
DICHAS, DON LUIS.
LUIS
Perdona.
115
(Acariciando a CLARA.)
¿He tardado, sí? -Por
fuerza
te he hecho pasar un mal rato.
Desde las ocho con
media
taza de café...
CLARA
Ya
estaba
desfallecida.
LUIS
¡Me
pesa
120
en el alma! -Buenos días,
Emilia.
EMILIA
Felices.
CLARA
¿Piensas
salir?
LUIS
No.
CLARA
Como
te veo
tan elegante, con esa
corbata...
LUIS
Regalo
tuyo.
125
Pues no: como tú no quieras
que salgamos...
-Me he vestido
para ti.
CLARA
¡Jesús!
Me llenas
de orgullo. Pues bien, yo así
que almuerce,
voy a las tiendas.
130
LUIS
Iremos juntos. Si no,
mi plan,
ya lo sabes, era
pasar el día a tu lado,
como siempre.
No me queda
más ilusión en la vida
135
que
tu cariño, y sintiera
por culpa mía perder
la única cosa en la tierra
que he creído...
entre las mil
mentiras que he visto en ella.
140
CLARA
¡Ay,
qué galante amanece
hoy el día!
LUIS
Sí:
de veras
te lo digo. Haber hallado
una mujer de tus prendas,
Clara mía, es poco menos
145
que un milagro.
CLARA
Eso
ya peca
de exageración. -Yo estoy
muy lejos de ser
perfecta
y en el mundo hay infinitas
mujeres...
LUIS
¿Que
se parezcan
150
a ti?
CLARA
Mejores
que yo.
LUIS
No las he visto.
CLARA
Pudiera
consistir en que tampoco
las has buscado. Y observa
que
está aquí Emilia, y según
155
tu opinión,
se mira envuelta
en la regla general.
EMILIA
¡Cómo
ha de ser!
LUIS
No:
no es esa
mi intención. ¡Cómo es posible!
Lo bueno también se pega;
160
y Emilia es tu hermana.
-Pero
no juzgues por ti y por ella
de las demás:
créeme a mí,
que soy voto en la materia.
CLARA
¡Ay, pobres mujeres! -Eso
165
es juzgar con ligereza,
Luis.
-Como tú no has tratado
de acercarte sino a aquellas
de quienes ya se sabía
que eran materia dispuesta
170
para aventuras galantes,
sacas hoy la consecuencia
de que a ese círculo estrecho
que conoces se asemejan
todas las demás mujeres;
175
y eso permite que crea
que no es conocer el mundo,
sino conocerle a medias.
LUIS
Bien: eso quiere decir
que yo por mi mala estrella
180
he visto la parte mala...
y ahora empiezo a ver la buena.
Siento no haber encontrado
antes...
CLARA
No,
a mí no me pesa
que la hayas visto: al contrario.
185
Dicen que los calaveras
son después buenos maridos.
Ya lo veremos. -Sintiera
convencerme de que tiene
alguna
excepción la regla.
190
LUIS
No seré yo la
excepción,
te lo ofrezco. Ya estoy fuera
de combate.
-La mayor
diversión que ahora me queda
es ponerme
en un rincón
195
y pasar horas enteras
viendo cómo
pillo al vuelo
los guiños de inteligencia
de los
amantes. Es mucha
mi práctica en la materia,
200
y tengo yo tan presentes
las astucias y las tretas
que
he visto usar...
CLARA
Y
has usado.
LUIS
Y como todas emplean
los mismos medios...,
me río
205
cuando en una concurrencia
veo a los
pobres maridos
que en la sala se pasean
entre el recio
tiroteo
de miradas y de señas.
210
CLARA
Si no te
equivocas nunca,
yo me doy la enhorabuena.
EMILIA
(ap.)
¡Yo no! ¡Lo va a descubrir
en cuanto entre por las puertas
Antoñito!
LUIS
Pero
es cierto,
215
¡es cierto! La verdadera
felicidad no es
andar
vagando de ceca en meca
en pos de vanos placeres.
Yo con todas mis riquezas
220
jamás he sido feliz.
¡La felicidad es esta!
¡Esta que ahora gozo! Hallar
una
dulce compañera,
una casa, una familia...
225
¡Esta
vida me embelesa!
Bien lo ves: yo casi nunca
salgo. De
noche una vuelta
por el café, y al teatro:
acabada
la comedia,
230
a casa. Pero tú, Clara,
siento que
no te diviertas
más. Mi deseo mayor
sería
verte contenta.
CLARA
A tu lado lo estoy siempre.
235
LUIS
Es que yo quiero que seas
completamente feliz,
como yo
lo soy.
CLARA
¿De
veras?
LUIS
¡Ah, muy feliz! ¿No lo ves?
Tengo una confianza
ciega
240
en ti. Ve al Prado, a tertulias,
entra, sal,
haz lo que quieras.
Vente conmigo al teatro.
CLARA
De noche
me da pereza
de salir.
LUIS
¡Pero
estar siempre
245
sola!... No, Clara. Que vengan
gentes
a casa: los que iban
cuando te hallabas soltera
a visitarte.
CLARA
Si
allí
no iba nadie: ya te acuerdas.
250
Como no fuera
Antoñito...
EMILIA
(ap.)
¡No le digas!
LUIS
Cierto.
Ese era
aquel jovencito...
CLARA
Sí:
aquel...
LUIS
¡Bonita
presencia!
Allí le vi algunas veces
255
de visita;
pero apenas
entraba yo, se marchaba.
CLARA
Es un chiquillo
que empieza
a vivir: sin mundo, corto
de genio...
LUIS
Pues
ya que llega
260
la ocasión...
EMILIA
(ap.)
¡Yo
estoy en ascuas!
LUIS
Diré a ustedes... como muestra
de mi práctica, que entonces
creí columbrar
en cierta
jovencita, aquí presente,
265
síntomas...
EMILIA
¡Vaya!
-Si piensas
que iba por mí, te equivocas.
Yo no
he sido nunca de esas
que tú dices. Yo no miro
a
nadie: yo no hago señas
270
a nadie; y aquí
está Clara
que diga...
(Ap. a CLARA.)
¡No
me desmientas!
CLARA
Es verdad. -Y ya ves tú
si sería
una completa
locura. ¡Un chico sin pelo
275
de barba! ¡Qué!
Sin carrera
todavía...
LUIS
Me
engañé:
como él iba con frecuencia
y allí no había tertulia
ni otro objeto que
pudiera
280
dar aliciente...
EMILIA
Eso
es.
¡Y el milagro me lo cuelgas
a mí!
LUIS
¿Pues
a quién?
EMILIA
Con
nadie
puede una hablar sin que crean
estos hombres que
hay intriga
285
y amores y... ¡Estamos frescas!
(Se levanta.)
CLARA
Anda, ponte la mantilla,
que es hora de ir a las tiendas;
y trae la mía.
EMILIA
(ap. a CLARA.)
No
digas
nada: no quiero que venga
290
Antoñito.
Escena IV
DON LUIS, CLARA.
CLARA
Ya
la has puesto
como una grana. Se quema
con tus bromas.
LUIS
Pero
en fin,
¿mi observación era cierta?
CLARA
Sí.
LUIS
¡Toma! ¡Tengo yo
un ojo!
295
CLARA
Pero por Dios, que no sepa
Emilia que
te lo he dicho.
LUIS
¿Y por qué?
CLARA
Porque
te tiembla.
LUIS
Pues yo acaso...
CLARA
Es
sumamente
tímida; y con las lindezas
300
que dices
de las mujeres...
LUIS
Y ese chico...
CLARA
Antes
que vuelva
Emilia te contaré.
Ese chico no nos deja
a sol ni a sombra, nos sigue
305
sin descanso, nos asedia.
No se ven; y ya conoces
que la privación fomenta
el amor en esa edad.
Por eso, Luis, yo quisiera
310
una
cosa...
LUIS
¿Qué?
CLARA
Si
tú
una noche le trajeras...
sin darte por entendido...
como que me le presentas
a mí, porque fue visita
315
de casa...
LUIS
Pero,
¿tú piensas
casarlos?
CLARA
¿Estás
en ti?
¡Casarlos! ¿Para exponerla
a que al año se
le antoje
al niño ser calavera
320
y la haga infeliz?
No, no.
Lo que quiero es que se vean
a su sabor, que se
juren
amor y constancia eterna
cada minuto, que agoten
325
la cartilla de ternezas
y requiebros; y verás
cuando sus amores pierdan
el romántico barniz
de
carta, escondite y reja,
330
cómo los dos se fastidian
y se acaba la comedia.
LUIS
¡Magnífico plan! -¡Amiga,
te digo que eres maestra!
Hoy mismo le traigo a casa.
335
Tú siempre estarás alerta...
CLARA
No hay
cuidado.
LUIS
No
te fíes,
que la ocasión...
CLARA
No
la temas.
Escena V
DICHOS, DON JUAN, RAMÓN.
(RAMÓN viene como deteniendo a DON JUAN, quien sin
atenderle se entra con el sombrero puesto.)
JUAN
¡Qué
recado! -Quita allá.
RAMÓN
Es que...
JUAN
¿Ya
no me conoces?
340
¿Dónde está Luis?
LUIS
(llegando.)
¿Quién
da voces?
JUAN
¡Luisillo!
LUIS
¡Juan!
JUAN
(le abraza.)
¡Voto
va!
El tunante de Ramón
quería pasar recado.
Yo que estoy acostumbrado
345
a colarme de rondón
en tu casa...
LUIS
(Indicando a CLARA, con empacho.)
Pero
ahora...
JUAN
(Reparando en CLARA.)
¡Calla!
LUIS
Ya
ves...
JUAN
Es
verdad:
habiendo esta novedad,
no digo nada. -¡Señora!
350
(Se saludan.)
Ya se ve, como hace un año
que
al extranjero marché
y anoche mismo llegué
con la Mala, no es extraño
que ignorase... Conque...
LUIS
(¡Ay,
Dios,
355
qué burla me espera!)
JUAN
Ha
sido
muy bien hecho. -Hemos tenido
un pensamiento los dos.
LUIS
¿Es posible?
JUAN
¡Bravo,
Luis!
¡Es guapísima! De veras.
360
Soberbia elección.
-¡Si vieras
la que traigo de París!
CLARA
¡Cómo!
LUIS
¿Qué?
JUAN
Cuando
concluya
un negocio... a casa voy
y la traigo... Ha de
hacer hoy
365
amistades con la tuya.
CLARA
Pero...
LUIS
¡Conque
tú también!...
(¡Se ha casado! Respiremos.)
Si al cabo todos caemos...
JUAN
(Se pasea, tomando algo
del almuerzo.)
Lo demás es un belén.
370
Andar a salto de mata
y esclavo de la querida...
¡Vayan
al diablo! -Esta es vida
más cómoda... y más
barata.
CLARA
(ap.)
¡Qué frases!
LUIS
(El
casamiento
375
no le ha hecho mudar de estilo.)
JUAN
Así
se vive tranquilo...
¡Esta tuya es un portento!
Poco te
podrá gastar:
tiene facha de hacendosa.
380
La mía...
¡la mía es cosa!...
Luisillo: ¿quieres cambiar?
LUIS
(con risa forzada.)
¡Viene muy bromista!
CLARA
(con ironía.)
¡Sí!
Escena VI
DICHOS, EMILIA.
(EMILIA trae la mantilla
puesta y saca la de CLARA.)
EMILIA
¿Vamos, Clarita?
CLARA
(Se pone la mantilla.)
Al
instante.
JUAN
¡Ay, qué linda! ¡Este tunante
385
las tiene a pares aquí!
¿Vive contigo?
LUIS
Sí
tal:
si es hermana...
JUAN
Me
interesa
también. -¿Cuándo una francesa
ha
de tener esa sal?
390
¿Ésta no tendrá querido?
EMILIA
¡Qué dice!
LUIS
Juan,
sé prudente.
CLARA
(¡Hay hombre más insolente!)
JUAN
Pues, señor, yo me decido.
LUIS
¿A qué?
JUAN
Nada;
que me apesta
395
la francesa; que esta noche
vuelvo a
soplarla en el coche...
y me acomodo con esta.
(La toma
del brazo.)
EMILIA
¡Dios mío!
CLARA
(con enfado.)
¡Qué
va usté a hacer!
JUAN
Partie carrée!
LUIS
¡Juan,
repara!...
400
JUAN
¡Quita!
EMILIA
¡Suelte
usted!
JUAN
¿No
es Clara
tu querida?
LUIS
Es
mi mujer.
JUAN
(Sorprendido, quitándose el sombrero.)
¡Tu mujer!
LUIS
Sí;
y ese modo
de hablar...
JUAN
(a CLARA.)
He
sido un grosero,
señora... -Este majadero
405
tiene
la culpa de todo.
¿Me ves hablar disparates
y no me avisas?
LUIS
Y
a ti,
quién te manda hablar así
sin saber...
CLARA
No
más debates.
410
No hay nada aquí que me choque.
El que trata solamente
con cierta clase de gente
¿qué
extraño es que se equivoque?
JUAN
(¡Me ha pegado a
la pared!)
415
CLARA
Vamos, niña.
LUIS
(¡Qué
dirán!)
CLARA
Adiós, Luis. -Señor don
Juan,
esta casa es muy de usted.
JUAN
Hasta que mi aturdimiento
logre el perdón alcanzar,
420
vendré, aunque
sepa abusar
de ese amable ofrecimiento.
EMILIA
(¡Pues como
otra vez me asuste!)
CLARA
¡Jesús! -No se necesita
tal perdón. -Eso no quita
425
que venga usted cuando
guste.
JUAN
(¡Qué gracia tan seductora!)
LUIS
(a CLARA.)
¿Te marchas? Saldré contigo.
CLARA
No: quédate
con tu amigo.
Vamos a tiendas ahora.
430
JUAN
Por mí...
CLARA
No,
no; que se esté.
¿Qué ha de hacer el pobre
allí
oyendo hablar de organdí
y de raso y
de muaré,
y «vamos, ¿llevo el vestido?,
435
no sea
usted tan carero...»
Fastidiarse; y yo no quiero
fastidiar
a mi marido.
Escena VII
DON LUIS, DON JUAN.
(DON LUIS se sienta con aire formal. DON JUAN permanece de
pie.)
(Es de noche. Están sentadas a un velador
tomando café.)
EMILIA
¿Y cuándo lo va a traer?
CLARA
Ahora mismo.
EMILIA
¡Ay!
CLARA
¿Qué
te pasa?
EMILIA
¡Me lo has dicho tan de pronto!
Por poco
vierto la taza
de café.
CLARA
¡No
es para menos
1425
el susto! ¡Que viene a casa
Antoñito!
¡Vea usted!
¿No te dije esta mañana
que iba a
hacer que lo trajeran?
EMILIA
Es verdad; pero ignoraba
1430
que fuese ahora mismo.
CLARA
Luis
le dijo que le esperara
en el café y allá
ha ido
a buscarle.
EMILIA
¡Estoy
en ascuas!
¡Lo va a conocer!
CLARA
No
temas.
1435
EMILIA
¿Tú no le habrás dicho?...
CLARA
Nada.
EMILIA
No importa; en sintiendo pasos,
me meto en mi cuarto.
CLARA
Vaya,
déjate de tonterías.
Y a ver si desde hoy
se acaba
1440
el seguirnos por las calles
y andar haciendo
esas farsas.
Ya viene aquí: conque...
EMILIA
Bien.
CLARA
Díselo tú.
EMILIA
Bien.
CLARA
(Se
cansan
de amores antes de un mes.)
1445
EMILIA
A nosotros
ya nos basta
con vernos este ratito
por las noches. -Dime,
Clara,
¿y se irá Luis al teatro?
CLARA
Sí.
EMILIA
Como hoy le dé
la gana
1450
de quedarse, nos divierte.
Yo me pongo a
veinte varas
de Antoñito, y ni le miro.
Pero irá.
Si él nunca falta
al teatro: ¿no es verdad?
1455
CLARA
Nunca.
EMILIA
A
las siete se marcha,
y hasta las doce... ¡Cinco horas!
CLARA
(cavilosa.)
Cinco horas.
EMILIA
¡Cinco
horas diarias
para vernos! -Lo demás
del día
pronto se pasa,
1460
y ya me ha de parecer
más
corto con la esperanza
de que ha de llegar la noche...
CLARA
(¡Cinco horas!...)
EMILIA
¿Qué
piensas?
CLARA
Nada.
EMILIA
¡Ah! -No me has dicho... ¿Te dio
1465
los pendientes?
CLARA
No.
EMILIA
¡A
qué aguarda!
CLARA
No sé: se le olvidaría...
(No quiero que Emilia caiga
en sospechas.) Tú
tampoco
le digas una palabra.
1470
EMILIA
Yo no.
CLARA
Quizá
me reserva
alguna sorpresa...
EMILIA
¡Calla!
Pudiera ser.
CLARA
¿Sí?
-¿Por qué?
EMILIA
Porque desde esta mañana
se me figura que está...
1475
así... yo
no sé... con cara
de distraído...
CLARA
No.
EMILIA
Apenas
comimos, se fue con tanta
prisa...
CLARA
Le
estaba esperando
Antoñito.
EMILIA
¿Y
cómo tardan?
1480
CLARA
(¡Esos pendientes!... No
sé.
No decirme una palabra
siquiera... Y eso que
yo
bien le daba pie...)
EMILIA
¡Ay,
qué ansia
se siente cuando se espera!
1485
CLARA
(No sé: no sé. -Estoy tentada
por ir. Los
tendrá en su cuarto,
en algún cajón...)
(Se levanta y llama.)
EMILIA
¿Te
marchas?
CLARA
No. (Le voy a dar un chasco.
Se los quito,
y cuando vaya
1490
a buscarlos, en lugar
de los pendientes,
se halla
con la sortija.)
Escena II
CLARA, EMILIA,
RAMÓN.
RAMÓN
¿Señora?
CLARA
Di a Benita que me traiga
una luz.
RAMÓN
Yo
la traeré.
1495
CLARA
No: Benita.
RAMÓN
No
está en casa.
CLARA
¿Cómo es eso? -¿Dónde
ha ido?
RAMÓN
No sé, señora.
EMILIA
(¡Es
desgracia!)
CLARA
¡Otra tenemos! -¿No he dicho
cien veces
que nadie salga
1500
sin decírmelo?
EMILIA
(¡Ay,
Dios mío!
¡Debo estar muy colorada!
¡Pobre Benita!)
Quizá...
de repente...
CLARA
¡Una
muchacha
sola, de noche! Tendré
1505
al fin que
enviarla a Arganda
con su padre, antes que aquí...
EMILIA
Habrá ido cerca...
CLARA
Que
vaya
cerca o lejos, nunca sale
sin licencia una criada.
1510
Y va de muchas.
RAMÓN
(Y
el amo
también se marchó. -¡Caramba!
¿Será
cosa de que yo
esté empleando mi labia
para él?)
CLARA
¿Y
tú no sabes?...
1515
RAMÓN
No sé...
CLARA
¡Tú
no sabes nada!
Trae una luz.
Escena III
CLARA, EMILIA.
EMILIA
No
te enfades.
Antes nunca te enfadabas
así. ¡Has
echado mal genio!
CLARA
Es que antes era una malva
1520
Benita, y ahora...
EMILIA
No.
En fin, dame tu palabra
de no reñirla, y...
CLARA
¡Me
gusta!
EMILIA
Y yo me encargo de echarla
una peluca.
CLARA
¿Tú?...
¡Buena
1525
peluca! -Tú la das alas
con tus disculpas...
EMILIA
Ya
ves;
criada desde la infancia
con ella... La quiero mucho.
Pero esta vez no me ablanda.
1530
Y si me dejas, te ofrezco
averiguar qué escapadas
son éstas, y que
no vuelva
nunca más...
CLARA
Bien
está: calla.
Escena IV
DICHAS, RAMÓN,
con una luz.
RAMÓN
Aquí está ya.
CLARA
Dame.
RAMÓN
¿Alumbro?,
1535
CLARA
No: dame. (¡Si los hallara!
¿Y la sortija?
-Aquí va.)
(Toma la luz y entra en el cuarto de DON LUIS.)
Escena V
EMILIA, RAMÓN.
EMILIA
(¡He
escapado en una tabla!)
RAMÓN
(¡Se va al cuarto de
mi amo!...
¡Y no ha querido que vaya
1540
con la luz!...
¿Pues qué irá a hacer?
Miraré por
la ventana
que da al pasillo.)
Escena VI
EMILIA.
¡No
ha sido
poca dicha! -Por mi causa
iba a sufrir otra riña
1545
la pobre. -¡Pero es cachaza
la suya! ¡Para una cosa
que en dos brincos se despacha
tanto tardar! Por fortuna,
ya no llevará más cartas
1550
a Antoñito...
-¡Ay! Siento pasos...
Él será... -Y esa pesada
de Benita... -Yo me escondo.
Escena VII
EMILIA,
BENITA.
(BENITA viene vestida con esmero, aunque de mal gusto:
trae la mantilla puesta.)
BENITA
¿Señorita?...
EMILIA
¿Eres
tú? -¡Gracias
a Dios!
BENITA
Aquí
tiene usted
1555
la sortija.
EMILIA
(Abriendo la caja.)
¡Buena
calma
tienes! Te han echado menos.
BENITA
¡Ay, Jesús!
EMILIA
Pero
yo estaba
delante, y pude arreglarlo.
¡Igualita! -Adiós.
BENITA
¿Y
el ama?
1560
EMILIA
Por allá dentro. -Me voy;
no
me conozca en la cara...
Escena VIII
BENITA.
Todo
me sale a mí mal.
La señora nunca llama
a estas horas, y hoy... -Tampoco
1565
he tardado tanto,
¡vaya!
Yo no he hecho más que alargarme
ahí
donde está mi paisana
sirviendo... -Ya estaba yo
rabiando por enseñarla
1570
mi regalo. -¡Qué
dentera
la he dado! -¡Que rabie! -¡Anda!
(Se mira a un
espejo, dando la espalda al cuarto de DON LUIS.)
Estos
sí que son pendientes
de lujo. No los que gasta
la pobre: de similor...
1575
¡Cómo relucen! -Mañana
es domingo, y no me toca
salir. -Iría yo a casa
de la Gabina... ¡Mal año
para Judas! -¡Ay qué
alhaja
1580
es Ramón! ¡Ya tengo novio!
Y dice
que el amo trata
de casarnos. ¡Ya lo creo!
¡Quién
me tose a mí en Arganda
con este avío!...
(Continúa mirándose al espejo.)
Escena
IX
CLARA, BENITA.
(CLARA sale del cuarto de DON LUIS, con
la luz.)
CLARA
(Es
inútil.
1585
Todo lo he revuelto, y nada:
no los
tiene aquí. -¡Dios mío!
¡No sé qué
pensar!...) -¡Muchacha!
(Viendo a BENITA.)
BENITA
(Se cierra
la mantilla, de modo que no se ven los pendientes.)
(¡Ay!...
¡El ama! ¡Me pilló!)
CLARA
¿Dónde has ido?
BENITA
Ahí
cerca: a casa...
1590
CLARA
¿A casa de quién?
BENITA
Ahí
cerca.
CLARA
¿Dónde?
BENITA
A
ver a la Anastasia.
CLARA
¡Y a estas horas! -¡Calle! ¡Calle!
¡Y tan emperejilada!...
BENITA
¿Pues para qué quiere
una
1595
la ropa?
CLARA
¡Pocas
palabras!
¡Oiga el arrapiezo! -Sí;
¡pues estoy
yo bien templada!...
Y va de muchas.
BENITA
Pues
una
tiene...
CLARA
No
hay una que valga.
1600
BENITA
Suele tener...
CLARA
Sin
licencia,
nunca has de salir de casa.
BENITA
Es que...
CLARA
¡Calle
usted!
BENITA
A
veces...
CLARA
¡Oiga! ¿Hasta la nueva gracia
de ser respondona?
BENITA
Pues
1605
digo bien.
CLARA
¡Jesús!
¡Qué alhaja
se ha vuelto la niña!
BENITA
¡Toma!
CLARA
Vete adentro. Y si no callas,
mañana mismo
te planto
de patitas en Arganda.
1610
Allá, a
cuidar de las viñas.
BENITA
Pues a mí no me
hace falta
cuidar de las viñas.
CLARA
¡Hola!
BENITA
Y si ahora sirvo, mañana
puede que... No
ha de ser una
1615
toda su vida criada.
CLARA
¡Vete!
BENITA
Y
no es una ningún
monstruo; que a nadie le falta...
y puede que antes que muchos
lo piensen...
CLARA
¿Qué
dices?
BENITA
Nada.
1620
(Se va.)
Escena X
CLARA.
¿Qué quiere
dar a entender?
¡Y qué tono, y qué bravatas!
¡Una chica tan humilde,
tan dócil; que nunca alzaba
los ojos del suelo! Vamos,
1625
no hay duda: ese buena
maula
de Ramón la ha levantado
de cascos: seguro.
-Vaya,
que Luis me hace conocer
una gentecita... -Y gracias
1630
que él no vuelva...
(Se sienta.)
Esos
pendientes
me hacen cavilar... ¿Qué aguarda,
si
son para mí? Por fuerza,
para mí son: él
no trata
persona a quien deba hacer
1635
ese obsequio...
y si se hallara
en necesidad de hacerlo,
me lo diría...
Es extraña
su conducta. Y hoy... es cierto
lo
que decía mi hermana,
1640
está distraído.
-Dios
quiera que con la llegada
de ese calavera... Acaso
saldrían juntos, y... (Se levanta.) -Vaya,
estos
maridos, no hay duda,
1645
ofrecen muchas ventajas,
pero
también es verdad
que a la menor circunstancia
ya está una mujer temblando
que vuelvan a las andadas.
1650
¡Dios mío!, ¿qué haría yo
para
averiguar?...
Escena XI
CLARA, DON JUAN, RAMÓN.
(DON JUAN y RAMÓN asoman por el foro hablando, sin
que al pronto los sienta CLARA, que está sumergida
en sus cavilaciones.)
JUAN
Me
basta.
¿Y ella quién es?
RAMÓN
Aún
no estoy
seguro...
JUAN
¿Y
dices que Clara
le registra?...
RAMÓN
Sí,
señor.
1655
JUAN
El campo es mío. -Pues anda;
y no olvides el toser...
RAMÓN
Descuide usted.
-Esto marcha.
Escena XII
CLARA, DON JUAN.
JUAN
Si ofendida, con razón,
por aquel pasado lance,
1660
me permite usted que alcance
un generoso perdón...
CLARA
(¡Este lo debe saber!)
JUAN
Sirva de merecimiento
este mismo atrevimiento,
1665
que da, señora,
a entender
el ansia con que lo imploro.
CLARA
Algo es
ya, señor don Juan,
que usted confiese el desmán
que hizo agravio a mi decoro.
1670
JUAN
Pues bien: a esas
plantas puesto,
ya que humilde he confesado...
CLARA
No,
no es justo a tal pecado
dar la absolución tan presto.
JUAN
¡Señora! -Cuando contrito
1675
el penitente
se postra
y la humillación arrostra
de confesar
su delito,
¿no alcanza siempre merced
cuantas veces llega
allí?
1680
Pues si Dios perdona así,
¿no
ha de perdonar usted?
CLARA
Al perdón que Dios envía
va unida una penitencia.
JUAN
Ya espero con impaciencia
1685
que usted me imponga la mía.
CLARA
¡Muy grande
tiene que ser!
JUAN
No ha de parecerme grande.
A menos
que usted me mande
no volverla más a ver.
1690
CLARA
(¡Hola! Este viene con plan.)
JUAN
Fuera precepto inhumano...
CLARA
No se canse usted en vano:
no es esa, señor
don Juan.
JUAN
¡Oh placer! -Si la sentencia
1695
no es
esa, ninguna habrá
que me cueste...
CLARA
Basta
ya:
oiga usted la penitencia.
JUAN
Pronuncie usted.
CLARA
Que
en la vida,
sin una prueba formal,
1700
vuelva usted
a pensar mal
de toda mujer nacida.
JUAN
¡Señora!...
CLARA
Y
pues hizo Dios
que un sexo de otro dependa,
sea usted
noble y defienda
1705
al más débil de los
dos.
JUAN
¿A eso se reduce?
CLARA
Sí.
JUAN
Pues, señora, eso no es pena.
CLARA
¿Por qué?
JUAN
Porque
me condena
a ser lo que siempre fui.
1710
CLARA
¿Siempre
fue usted?...
JUAN
Sí,
señora:
el más ciego defensor
de ese sexo
encantador,
tan calumniado hasta ahora.
CLARA
¡Vea usted!
-Pues a juzgar
1715
por el lance...
JUAN
El
lance de hoy
es la prueba de que soy
quien se ha llegado
a formar
concepto tan elevado
de las mujeres...
CLARA
No
entiendo
1720
de qué modo...
JUAN
Conociendo
a Luis, y viendo a su lado
una mujer... Digo mal:
perdone
usted mi franqueza:
un prodigio de belleza.
1725
No pensé
que a rostro tal
se uniese una alma tan pura;
porque,
cuando así acontece,
¿qué hombre, y menos
Luis, merece
gozar de tanta ventura?
1730
CLARA
La defensa
es ingeniosa;
y ciertamente debía
por tanta galantería
manifestarme orgullosa;
pero yo en esta ocasión
1735
ni la admito ni la creo.
JUAN
¿Por qué?
CLARA
Porque
en ella veo
que es todo exageración.
Usted quizá
no ha advertido
que hace, al disculparse así,
1740
una adulación a mí
y una ofensa a mi marido.
Ni yo soy ese portento
celestial que usted pondera,
ni tampoco, aunque lo fuera,
1745
creo yo que hay fundamento
para poder afirmar
que el pobre Luis no merece...
JUAN
Quizá...
CLARA
Digo...
me parece...
(Éste me lo va a contar.)
1750
JUAN
Pues ni adulo, ni exagero;
y usted muy pronto verá
que mi defecto es quizá
ser demasiado sincero.
CLARA
¡Así me gusta a mí un hombre!
1755
JUAN
¿Le gusta a usted?
CLARA
Para
amigo.
JUAN
¡Ah! Si yo de usted consigo
merecer sólo
ese nombre...
CLARA
Poco a poco, caballero.
Usted me ha
llamado diosa,
1760
y una amistad tan preciosa
no se
gana así: primero
haga usted méritos.
JUAN
Sí:
con la amistad me contento;
aunque es otro sentimiento
1765
el que hay escondido aquí.
CLARA
Para amiga
soy muy buena.
JUAN
¡Paciencia, ya que el destino
no me
deja otro camino
que envidiar la dicha ajena!
1770
CLARA
No es la dicha ciertamente
para que así satisfaga.
JUAN
¡Ay! Es dicha que no paga
el que su precio no siente.
CLARA
Pues qué, Luis...
JUAN
Si
la fortuna
1775
me hubiera hecho poseer
tan peregrina
mujer,
no miraría a ninguna...
CLARA
Pues qué,
Luis...
JUAN
Usted
sería
la reina de mis amores.
1780
CLARA
(¡Dale
con echarme flores!)
Pues Luis...
JUAN
¿Qué
mujer podría
distraerme un solo instante
del solo
objeto querido?...
CLARA
Pues Luis...
JUAN
Luis...
es un marido;
1785
y yo sería un amante.
CLARA
Pero es un marido fiel.
JUAN
¡Oh!, sí. -Delante de
gente
no querrá seguramente
que haga usted un
mal papel.
1790
CLARA
¿Cómo? Pues qué... porque
ignoro
la ofensa, ¿ya no hay ofensa?
¿Así en el
mundo se piensa?
JUAN
Quedando a salvo el decoro...
CLARA
Pues qué, ¿es justicia, es razón
1795
que
el marido nos provoque,
y si faltamos, invoque
las leyes
de la opinión?
¡La opinión, con ellos blanda,
con nosotras siempre dura!
1800
Yo me exalto... ¡Qué
locura!...
Esto es tomar la demanda...
por mi sexo...
en general...
JUAN
Ya entiendo.
CLARA
Lo
que es a mí,
gracias a Dios, hasta aquí...
1805
Pero nunca vendrá mal
que usted me diga...
Hace ya
tiempo que usted no le ve,
pero como siempre
fue
su íntimo amigo, y quizá...
1810
JUAN
(¡Bien! ¡Ya la veo venir!)
CLARA
Le guarda el mismo interés...
JUAN
Somos uña y carne...
CLARA
¡Pues!...
Y usted me podrá decir...
Yo sé que Luis,
hasta el día
1815
en que me empezó a tratar,
no ha hecho más que enamorar
a cuanta mujer veía.
Y ahora... no porque me espante,
ni eso a mí me
llegue al alma...
1820
¡Jesús!... ¡Tengo yo una
calma!...
¡Soy mujer muy tolerante!
Pero usted lo sabe,
él tiene
esa fatal propensión;
y una mujer
de razón,
1825
si está advertida, previene
esas cosas, y aun las corta...
o al menos tiene el placer
de hacerle al marido ver
que lo sabe y no le importa.
1830
Conque, hable usted: es forzoso:
como amigo, desde
ahora...
JUAN
¡Aún no he ganado, señora,
ese título precioso!
CLARA
Es verdad; mas de este
modo...
1835
JUAN
¿Qué méritos he hecho yo
para conseguir?... No, no:
en usted es bondad todo.
CLARA
Bien: mas cuando yo me digno
anticipar...
JUAN
No
lo acepto.
1840
Usted me impuso un precepto:
fue muy
justo: me resigno.
CLARA
Suele una al pronto creer...
pero si después advierte...
JUAN
¡Bondad, bondad!...
De otra suerte,
1845
¿cómo pudiera yo ser
elevado
a tanta altura,
al colmo de mi esperanza,
a la íntima
confianza
de tan perfecta hermosura?
1850
CLARA
Pues eso
le empeña a usted...
(¡Qué terco!)
JUAN
(¡Bien
va el asedio!)
CLARA
A ganar...
JUAN
(La
tengo en medio
de la espada y la pared.)
Yo la ganaré,
lo juro;
1855
que tengo constancia y fe:
yo algún
día ganaré
la amistad de un ser tan puro.
No me arredra el tiempo, no.
CLARA
Algunos logran más
presto...
1860
Hay simpatías...
JUAN
¿Qué
es esto?
¿Qué ha dicho usted?... ¡Sueño yo!
CLARA
Nada... Que si usted me aclara...
JUAN
¡Es posible,
oh Dios! -Yo he sido
tan feliz, que he conseguido
1865
en un día, hermosa Clara,
el afecto, la amistad,
el cariño...
CLARA
Poco
a poco...
que no he dicho...
JUAN
¡Yo
estoy loco
de gozo... y de vanidad!
1870
CLARA
Amiga,
sí...
JUAN
¡Tierna
amiga,
y yo un amigo sincero!
CLARA
Bien; pero la prueba
espero;
y ha de ser que usted me diga...
JUAN
Cuanto se
encierra en mi pecho.
1875
Ya no hay nada oculto aquí
para usted. -¿Y usted a mí
me concederá
el derecho
de exigir que entre los dos
no haya secretos?...
CLARA
(¡Me
quema!)
1880
Bien, sí... basta. -Pero...
JUAN
(Al
tema.)
CLARA
Lo que urge...
(RAMÓN aparece a la puerta
del foro, y tose.)
JUAN
(¡Maldita
tos!)
¡Silencio! Es él.
(Con tono de inteligencia
marcada.)
CLARA
(Sorprendida del tono de DON JUAN.)
¿Quién?
JUAN
Luis.
CLARA
¿Sí?
¿Pues cómo?...
JUAN
Ramón...
CLARA
(¡Qué
escucho!)
JUAN
Él nos avisa: ¡es muy ducho!
1885
CLARA
(¡Cielos! ¡Yo no estoy en mí!)
JUAN
(La indica
una silla, donde ella maquinalmente se sienta, y la pone
un libro en la mano, que ella toma del mismo modo.)
¡Disimulo!
-Ya tendremos
ocasión. -Si usted me ayuda,
le
haremos irse, no hay duda.
¡Y usted sabrá!... -Ya
hablaremos.
1890
CLARA
(¡Dios mío! ¡Esto es una cita!
¡Y yo le he dado derecho!...
Estoy turbada. -¡Qué
he hecho!...
¡La curiosidad maldita!...)
JUAN
(El asunto
va vencido.
1895
Ya entre los dos al presente
hay un
secreto pendiente,
que ella oculta a su marido.)
Escena XIII
DICHOS, DON LUIS, ANTOÑITO.
LUIS
(a ANTOÑITO.)
Entre usted. -¡Hola, Juan! ¿Tú
por esta casa?
JUAN
(Atestiguando con CLARA.)
Ahora
mismo...
1900
CLARA
Sí.
LUIS
(a CLARA.)
Aquí tienes...
(¡qué encarnada
se ha puesto!) a un amigo antiguo...
CLARA
¿Quién es?
LUIS
(A ANTOÑITO, que está
retirado.)
Acérquese
usted.
(DON LUIS se coloca entre CLARA y ANTOÑITO,
y observa a los dos.)
ANTONIO
Yo, señora...
CLARA
¡Hola,
Antoñito!
LUIS
(¡Qué frialdad!)
CLARA
Celebro
mucho...
1905
ANTONIO
Gracias.
JUAN
(¿Quién
será este chico?)
ANTONIO
(¡Qué gesto! -¡Bien
lo temí!
La hermana es el enemigo
mayor que tengo.)
-Señora...
este caballero quiso
1910
con tanto
empeño traerme...
¿No es verdad?, que yo he cedido...
LUIS
(Aún querrá que le agradezca...)
CLARA
Ha hecho bien.
LUIS
Siento
infinito
que desde mi casamiento
1915
no hayamos nunca
tenido
el gusto de hallar a usted...
ANTONIO
A esta señora
la he visto
alguna vez...
LUIS
¡Ya!
CLARA
(En tono de burla.)
De
lejos.
LUIS
(¡Disculpa al canto!)
JUAN
(¡Era
amigo
1920
de la casa!)
LUIS
Pues
señor,
desde hoy puede usted, lo mismo
que allá,
visitar a Clara
cuando guste. -Ya me ha dicho
que es
usted un joven franco,
1925
amable...
ANTONIO
¿De
veras?
LUIS
Digno
de estimación...
CLARA
Sí:
me debe
tal concepto.
ANTONIO
Yo
lo estimo,
señora, y le juro a usted
que a nada
en el mundo aspiro
1930
tanto como a merecer
que forme
usted ese juicio
de mí. -(Bien: por la peana
se
adora al santo.)
LUIS
(Es
muy niño
para fingir. -Por Emilia
1935
ni siquiera
le ha ocurrido
preguntar.)
CLARA
Ya
debe usted
saber que desde el principio,
tanto Emilia
como yo...
LUIS
(¡Qué tal! -Ella abre el camino
1940
para que mienta.)
ANTONIO
¡Ah,
sí! Emilia...
Es verdad... le he merecido...
pero
usted, señora, usted...
LUIS
(No disimula: es novicio.)
Tiene usted razón: aquí
1945
la persona
que es preciso
adorar es esta alhaja.
Esto no es mujer,
amigo:
esto es un ángel, un ángel
que del
cielo ha descendido
1950
a hacer feliz a este pobre
mortal.
¿No es cierto, bien mío?...
(Abrazando cariñosamente
a CLARA.)
(Que rabie... como rabiaba
yo siempre que aquel
marido
hacía fiestas a Rosa.)
1955
CLARA
Vamos,
Luis, vamos: quietito:
no seas pesado.
(Desasiéndose
con sequedad.)
LUIS
(¡Es
claro!
Delante de él... -¡Otro indicio!)
¡Qué
es eso! ¿Estás triste?
CLARA
¡Hola!
Ahora es cuando yo te digo
1960
como antes tú
me dijiste:
Luis, ¿qué acceso de cariño
es este?
LUIS
¿Pues
no estoy siempre
del mismo modo contigo?
Tú estás
hoy... No sé qué tienes...
1965
¡Ah! Ya caigo.
-Juan, ¿le has dicho
a Clara?... ¿Has pedido ya
perdón?...
JUAN
Venía
a pedirlo;
pero, a pesar de mis ruegos,
aún no
había conseguido
1970
aplacar su justo enojo,
cuando llegaste, y...
LUIS
Pues,
hijo,
a ver cómo te compones.
Si no te indulta...
JUAN
Yo
abrigo
la lisonjera esperanza
1975
de que así
que me haya oído
todo lo que iba a decir
cuando
vino a interrumpirnos
tu llegada, lograré
el perdón
que solicito.
1980
CLARA
Si usted lo cumple...
JUAN
Señora,
ya vio usted que iba a decirlo...
LUIS
Pues vamos, empieza;
y yo
seré juez.
JUAN
No:
ahora...
LUIS
¿Has
visto
la humildad con que lo pide?
1985
¡Vamos, Clarita!
Yo fío
en que por mi intercesión...
Ven
acá, Juan. -Antoñito,
venga usted a presenciar...
(¡Voy a darle otro martirio!)
1990
Ea, en muestra de
perdón,
dale la mano.
CLARA
¡Luis!
JUAN
(Fijos
son los toros.)
(Alargando la suya con humildad.)
LUIS
Te
lo ruego.
CLARA
¡Pero, hombre!...
ANTONIO
(¡Pues
el marido
es más amable!)
LUIS
¡Clarita!
1995
¡Vamos!...
CLARA
(Le da la mano.)
(¡Todos
son lo mismo!)
LUIS
¡Eso es!
CLARA
(¡El
hombre de mundo!)
LUIS
(¡Lo que ella se ha resistido!)
JUAN
(ap. a CLARA.)
(¡Este momento señora!...)
CLARA
(ap. a DON JUAN.)
(¡Calle usted!)
LUIS
(a ANTOÑITO.)
Ya
son amigos:
2000
¿lo está usted viendo? -(¡Si Juan
supiera que me ha servido
de instrumento!...)
ANTONIO
¡Oh!
En viendo hacer
unas paces, me electrizo.
CLARA
Pero Emilia,
¿dónde está?
2005
(A DON LUIS.)
Dile que
venga: Antoñito
querrá verla.
ANTONIO
Sí,
señora.
LUIS
(llamando.)
¡Emilia! -(Si me desvío
de aquí, le da la sortija
en mis barbas, como
hizo
2010
aquella...)
Escena XIV
DICHOS, EMILIA.
EMILIA
(Se sorprende viendo gente extraña.)
¿Llamas?...
-¡Ay Dios!...
CLARA
Ven; que hay aquí un conocido.
¿No te acuerdas?
EMILIA
(Se saludan con empacho.)
Sí...
El señor...
ANTONIO
Señorita... yo... (¡Ay!,
¡qué brincos
me da el corazón!)
(EMILIA haca
señas a ANTOÑITO de que no la mire y hable
con CLARA.)
LUIS
(¡Albricias!
2015
Que ha mostrado regocijo
al verla. -¿Si habré
yo estado
sospechando sin motivo?...)
EMILIA
(a CLARA.)
(¡No me entiende! -Háblale tú.)
ANTONIO
(Me
hace señas. -No adivino...)
2020
LUIS
(¡Pobre Clara!)
(DON LUIS, como arrepentido de sus sospechas, va a acariciar
a CLARA, la cual le rechaza.)
CLARA
Quita,
quita.
(A ANTOÑITO.)
Conque, ¿sepamos qué
ha sido
de usted en todo este tiempo?
(CLARA y ANTOÑITO
hablan. DON LUIS empieza a escamarse de nuevo.)
ANTONIO
Señora, yo...
JUAN
(Si
consigo
despertar en Luis sospechas
2025
por otro lado,
me libro
de que las conciba acaso
de mí. -Con
este chiquillo
que la visitaba, y tiene
facha...)
(CLARA
se acerca a ANTOÑITO, se sientan y siguen hablando.
-EMILIA se sienta más distante y afecta no atender
a nada. -DON JUAN toma a DON LUIS del brazo y se pasea con
él. ANTOÑITO, en la escena muda, se vuelve
alguna vez a hablar a EMILIA; pero ésta lo evita siempre,
haciéndole señas de que hable con su hermana.)
ANTONIO
No
tengo más vicio.
2030
Eso sí, todas las noches
al teatro.
CLARA
No
ha perdido
usted aquella afición...
JUAN
Di: ¿quién
es ese mocito?
LUIS
¿Ése?... Un joven... que iba
a casa
2035
de Clara.
JUAN
Parece
listo.
LUIS
¡Hombre, no!
JUAN
Sí
tal. Así,
con ese aire de doctrino,
se le conoce...
LUIS
¿De
veras?
JUAN
Ya sabes que yo los pillo
2040
al vuelo.
LUIS
Es
verdad... Lo que es
socarrón...
JUAN
¡Vaya!
Ese niño...
Le he estado observando...
LUIS
¿Y
qué?
JUAN
Con el tiempo...
LUIS
(recordando.)
¡Ah!,
si es el mismo
de quien te hablé esta mañana.
2045
JUAN
¿Cuál?
LUIS
El
que anda haciendo guiños...
JUAN
¿A quién?
LUIS
¿Cómo
a quién? A Emilia.
JUAN
¿Sí? -Nunca lo hubiera
dicho.
LUIS
¿Por qué no?
JUAN
¿Tú
estás seguro?
LUIS
Yo... seguro... sí.
JUAN
Te
digo
2050
que no puede ser.
LUIS
¿Por
qué?
JUAN
Porque eso a un hombre corrido
como yo
no se le escapa.
Y me alegro; porque, chico,
la verdad...
estoy haciendo
2055
reflexiones... y me inclino
a tu
cuñadita. -Al fin,
con todos mis aforismos,
creo
que caigo. ¡Hay en ella
una gracia, un atractivo!...
2060
Y sería chasco... -Pero
no: si desde que ha salido
no he dejado de mirarla...
LUIS
¿Y a él?
JUAN
También.
-Nada; ni indicios
siquiera... Me impongo yo
2065
con
una mirada... Y digo,
¡a esa edad! -Vamos, lo que es
entre Emilia y él... de fijo,
no hay nada.
LUIS
Entre
Emilia y él
crees tú que no...
EMILIA
(¡Qué
fastidio!
2070
No se van.)
LUIS
(¡Será
posible!
Y como Juan está frío,
observa
con más acierto
que yo... -No hay mayor martirio
que la duda. -En el café,
2075
cuando los dos
nos pusimos
a beber, me pareció
notar entre los
amigos
risitas y cuchicheos...
¡Dios mío! ¿Estaré
en ridículo?
2080
¿Iré yo por esas calles
como iba el pobre marido
de Rosita?...)
(Un reloj de
sobremesa da las ocho.)
EMILIA
Son
las ocho.
ANTONIO
¿Sí? Pues lo que es hoy, prescindo
del teatro, por el gusto...
2085
Esto es, si no han decidido
ustedes salir...
CLARA
No
tal:
nosotras nunca salimos
de noche. Quien va al teatro
diariamente es mi marido.
2090
ANTONIO
Pues ya es hora.
-Y hoy estrenan
un drama...
LUIS
Sí:
ya lo he visto
anunciado. Y siento mucho
perderlo. Por
un descuido
de Ramón... Fue tarde, y ya
2095
no
halló billetes...
EMILIA
(¡Dios
mío!)
ANTONIO
No lo deje usted por eso:
justamente...
en el bolsillo
traigo mi luneta...
(Saca un billete, y
se lo ofrece.)
LUIS
No
se prive usted...
ANTONIO
No
me privo
2100
de nada... No piense usted
que hago ningún
sacrificio.
LUIS
(Lo creo.)
ANTONIO
Tómela
usted.
Yo no he de ir. Determino
pasar la noche en la
amable
2105
compañía...
LUIS
(¡Pues
no es pillo
que digamos!)
ANTONIO
Tome
usted.
LUIS
Ya es tarde...
ANTONIO
No:
si al principio
hay sinfonía... ¡Es un drama
precioso!
-Yo le he leído.
2110
No lo pierda usted. Es obra
de un muchacho amigo mío.
Tiene doce cuadros.
LUIS
(¡Sopla!)
ANTONIO
¡Y qué versos tan bonitos!...
JUAN
¡Oh!,
pues no debes perderlo.
2115
LUIS
Si ya...
JUAN
Llegas
en dos brincos:
está aquí al lado.
CLARA
Sí,
Luis.
Vete. ¿Qué has de hacer metido
en casa?...
LUIS
(¡Estoy
sofocado!)
JUAN
¡Anda, hombre!...
(Le da el sombrero.)
CLARA
Anda.
LUIS
(¡No
hay arbitrio!)
2120
ANTONIO
(Le pone la luneta en la mano.)
Vaya usted.
LUIS
(¡Irme
yo ahora...
y echado por Antoñito!)
JUAN
(ap. a DON LUIS.)
Vete: que quiero entablar
con Emilia...
LUIS
Pues
te exijo
que hasta que vuelva has de estarte
2125
aquí.
JUAN
Si
me dan permiso
estas señoras...
EMILIA
(¡Adiós!)
CLARA
(con empacho.)
Bien.
LUIS
(¡La
incomoda el testigo!)
Sí: acompaña a mi mujer.
(Estando Juan, no hay peligro.)
2130
JUAN
Pierde cuidado.
LUIS
Ea,
pues;
hasta luego.
CLARA
(¡Es
mucho tino!)
ANTONIO
Que usted se divierta.
LUIS
Gracias.
(A DON JUAN.)
Háblala de lo que has visto
en Francia...
En fin, entretenla.
2135
(Se va.)
JUAN
Bien. -(¡Cómo
allana el camino
cuando a sí propio se pone
en
ridículo un marido!)
Escena XV
DON JUAN,
CLARA, ANTOÑITO, EMILIA.
CLARA
(a ANTOÑITO.)
¿Y usted se priva de ver
esa comedia?...
JUAN
Quizá,
2140
señora, no faltará
quien lo sepa agradecer.
EMILIA
(Ya lo conoció.)
CLARA
(Se levanta y se acerca
a un velador que hay en el otro extremo del teatro. allí
se pone a hojear un libro.)
(Está
visto:
Luis se lo confía todo.)
JUAN
(a ANTOÑITO.)
¡Oh! ¡Y usted lo ha hecho de un modo!...
2145
Bien: con
arte. -¡Es usted listo!
ANTONIO
¿Usted sabe?...
(Va a levantarse.)
JUAN
(Haciéndole sentarse.)
Quieto,
quieto.
Me declaro protector
de tan inocente amor.
Yo sé guardar un secreto.
2150
(A EMILIA.)
¿Y estos
méritos, señora,
bastan a que usted perdone
aquella ofensa?...
CLARA
(¡Se
pone
a hablar con Emilia ahora!)
EMILIA
¿Y usted de dónde
ha sacado?...
2155
JUAN
¿El amor sabe ocultarse?...
Pueden
ustedes hablarse
sin tener ningún cuidado,
mientras
yo entretengo a Clara.
Gozad, felices amantes;
2160
disfrutad
de estos instantes
que la fortuna os depara.
(¡Qué
bonita!)
CLARA
(¡Se
extasía
con ella! -¡Estoy impaciente!)
JUAN
Y si
acaso viene gente,
2165
yo aviso: usted se desvía
y obedece al menor gesto...
Déjese usted gobernar,
joven incauto.
CLARA
(¡Qué
hablar!)
¿Señor don Juan?
JUAN
(Bueno
es esto:
2170
que me llama.)
CLARA
Usted
que ha estado
en París... ¿es tan hermosa
la Magdalena
famosa,
como muestra este grabado?
JUAN
Sí, señora:
exactamente.
2175
¡Hola!, ¡vistas de París!
(Se
sienta al lado de CLARA, y siguen hablando.)
EMILIA
¡Se
lo va a contar a Luis!
ANTONIO
No importa: que se lo cuente.
¡Yo no puedo resolverme
a vivir de esta manera!
2180
El que espera desespera.
EMILIA
¿Te cansas ya de quererme?
ANTONIO
¿De quererte, vida mía?
¡Eso, jamás!
-Pero sí
de no pasar junto a ti
2185
todas las
horas del día.
Esto no es vida: ¡esto es muerte!
En fin, decidido estoy:
si me amas, desde hoy
une tu
suerte a mi suerte.
2190
EMILIA
¿Qué dices?
ANTONIO
¡Prenda
adorada!
Amor en el mundo es todo:
y amándonos
de este modo,
¿qué necesitamos? Nada.
Seis años
llevo: a los siete
2195
soy abogado: hasta allá...
viviremos... ¡Dios dirá!
Y en abriendo mi bufete...
EMILIA
Vamos, vamos: ten paciencia...
ANTONIO
¡Qué!,
¿no te resuelves?
EMILIA
No.
2200
ANTONIO
¡No amas tú como amo yo!...
¡No amas
con esta vehemencia!..
EMILIA
Más que tú.
Y porque amo así,
no quiero dar este paso,
y que
luego llegue el caso
2205
de verte infeliz por mí.
Yo te amo sin interés;
por amarte... -Disfrutemos
esta dicha; y no pensemos
en lo que será después.
2210
Cuando esté aquí mi cuñado,
o no me mires, o vete.
ANTONIO
¿Por qué?
EMILIA
Porque
no interprete,
de ese modo depravado
que suele, este
puro amor
2215
que él no conoce.
ANTONIO
¡Es
tormento!
¡Nos vemos sólo un momento
y ha de haber
siempre un temor!
EMILIA
¿Y qué remedio? Es en vano
(Saca la sortija.)
desesperarse. -Oye aquí.
2220
Para que pienses en mí...
¿Miran?
ANTONIO
No.
EMILIA
(Le pone la sortija.)
Dame
la mano.
En los momentos de ausencia
consuélate
con mirarla.
ANTONIO
¡Ah! Te juro conservarla
2225
(Besándola.)
mientras dure mi existencia.
(Siguen hablando.)
CLARA
(a DON JUAN.)
Pero todo eso es muy vago.
JUAN
¿Y qué quiere usted
que diga?
CLARA
Lo que se dice a una amiga:
si no, no
me satisfago.
2230
Luis se lo ha contado a usted.
JUAN
Y qué amigo es el que abusa...
CLARA
¡Bien! ¡Muy
bien!... ¿Usted se excusa?
JUAN
(Voy a tenderla una red.)
¡Ay, ese enojo inhumano
2235
me aterra, me desconcierta!...
Hará usted que me convierta
en el hombre más
villano...
CLARA
No señor, de ningún modo.
JUAN
Bien: lo seré, lo seré.
2240
Su secreto
venderé.
CLARA
No.
JUAN
Sí:
sépalo usted todo.
La engaña a usted.
CLARA
(se levanta.)
¡Ay!
-¿De veras?
¿Es de veras?
JUAN
¡Sí,
señora!
¿Quiere usted pillarlo ahora?
2245
CLARA
¡Cómo! ¿Ahora?...
JUAN
A
las primeras
horas de la noche, sé
que se ven
en cierto puesto.
Una mantilla... un pretexto...
y yo
la acompaño a usted.
2250
CLARA
Y ella, ¿quién
es?
JUAN
(¿Qué
le digo?)
CLARA
¡Pronto!
JUAN
(Salgamos
del paso
con cualquier embuste: el caso
es que se venga
conmigo.)
Va usted a saberlo ahora.
2255
CLARA
¿Quién
es?
JUAN
Es...
CLARA
(Me
desespera.)
JUAN
¡Quien no merece siquiera
descalzar a
usted, señora!
CLARA
¡Eso más!
JUAN
¡Mujer
liviana!...
Vamos pronto.
CLARA
Sí.
JUAN
(¡He
vencido!)
2260
(RAMÓN se asoma al foro y tose.)
CLARA
¡Cielos!
JUAN
¡Él
es!
CLARA
¡Mi
marido!
JUAN
Disimule usted. Mañana...
(En voz alta,
mirando el libro.)
¡Qué hermosa vista! -¿Antoñito?
ANTONIO
¿Mande usted?
JUAN
Venga
usted presto.
¡Mire usted!... ¡Mire usted esto!
2265
¡Qué estampa! -(Aquí quietecito.)
ANTONIO
(Queda al lado de CLARA, mirando las estampas.)
¡Qué
hermosa!
CLARA
(¡A
qué volverá!)
JUAN
(Se sienta al lado de EMILIA.)
¿Qué tal? ¿Cumplo lo que ofrezco?
Si en recompensa
merezco
que usted...
Escena XVI
DICHOS, DON LUIS.
(DON LUIS, al asomar por el foro, se detiene, ve a ANTOÑITO
al lado de CLARA, y en un arranque de cólera tira
el sombrero al suelo.)
LUIS
(¡A
su lado está!)
2270
CLARA, EMILIA, ANTONIO
¡Ay!
CLARA
¿Qué
tienes?
JUAN
¿Qué
te ha dado?
CLARA
¿Vienes malo?
LUIS
Sí.
CLARA
¿De
qué?
LUIS
De...
CLARA
(Le pone una silla.)
Siéntate.
LUIS
Yo
no sé.
ANTONIO
Yo sé lo que le ha pasado.
LUIS
¡Oiga!
CLARA
(¡Será
con la dama!)
2275
ANTONIO
¿A que sí?
JUAN
(Bien
va el proyecto.)
ANTONIO
¡Le ha hecho demasiado efecto
el primer acto del drama!
LUIS
(¿Se está burlando
de mí?)
ANTONIO
Es tremenda aquella escena
2280
en que el amante envenena...
JUAN
¡Hombre! Pues si empieza
así...
CLARA
(con ironía.)
Quizá
el calor...
LUIS
Sí.
CLARA
Se
irrita
la sangre...
LUIS
Sí.
CLARA
Y
la cabeza...
LUIS
(Mirándola, escamado.)
Sí.
CLARA
¡Pobre!, ¡me da
tristeza!
2285
LUIS
(A CLARA, levantándose.)
¡No
me hagas caricias!... ¡Quita!
CLARA
(¡Ay, es verdad!...
¡Viene ciego!
Disimulemos.) -Señores...
JUAN
(Toman
los sombreros.)
Sí: vámonos. -Son vapores...
CLARA
(llama.)
Una luz. -Con el sosiego...
2290
ANTONIO
Que usted se alivie.
LUIS
Agradezco...
(A ver si tiene...) ¿Antoñito?
ANTONIO
¿Mande usted?
LUIS
(Alargándole la mano.)
Nada:
repito
que esta casa...
ANTONIO
(Haciendo cortesías.)
Y
yo me ofrezco...
CLARA
¡No hay hombre que se corrija!
2295
LUIS
Esa mano.
ANTONIO
(Le da la mano.)
Yo
deseo...
Escena XVII
DICHOS, BENITA, con una luz.
BENITA
¿Señora?
CLARA
Alumbra...
(¡Qué veo!...
¡Los pendientes!...)
LUIS
(¡La
sortija!)
(DON LUIS y CLARA se lanzan una mirada de indignación.
-DON JUAN y ANTOÑITO se despiden haciendo cortesías.
-Cae el telón.)
(Salen por el foro. -DON LUIS con capa y embozado, con el
sombrero muy calado y como recatándose. -Mientras
habla, da la capa y el sombrero a RAMÓN, el cual los
lleva dentro y vuelve luego a salir.)
LUIS
No hay duda: a
la iglesia iba:
2315
allí la dejo. Y por más
que he mirado dentro y fuera,
yo no he visto al perillán
por allí. -Me vuelvo a casa,
porque ya se va a acabar
2320
la misa, y no quiero que ella
sospeche que he ido
detrás.
Allí queda de rodillas,
sin moverse,
sin mirar
a ningún lado. -¡Dios mío!
2325
¿Seré yo tan animal
que me esté martirizando
sin fundamento? -¡Bah!, ¡bah!
¿No he visto yo la sortija?
¿No la estoy viendo imitar
2330
en todo aquellas astucias
de que fui cómplice allá
en otro tiempo...
y que tengo
tan presentes, por mi mal?
Vive dios, que estoy
pagando
2335
todo lo que he hecho pasar
a otros maridos.
Parece
castigo providencial
el mío. -Aquellos recuerdos
siempre me han de atormentar.
2340
¡Cosa es de volverse
loco!...
(Sale RAMÓN.)
¿Ramón?
RAMÓN
¿Señor?
LUIS
Ven
acá.
Vamos, dime: ¿has hecho aquello?
RAMÓN
¿Pues no ha visto usted brillar
en sus orejas?...
LUIS
Y
vamos,
2345
ya viste anoche al galán,
que vino aquí
de visita.
RAMÓN
¿A quién?
LUIS
A
Antoñito.
RAMÓN
¡Ah!
LUIS
Emilia, estando yo aquí,
disimula... es natural.
2350
RAMÓN
(¡Qué rodeos! ¿A que piensa
que
yo se lo he de contar
a su mujer?)
LUIS
Conque,
dime,
dime: ¿has sonsacado ya
a Benita?
RAMÓN
¡Sí,
señor!
2355
Escena III
DICHOS, EMILIA.
(EMILIA
sale muy alegre, y se queda cortada al ver a DON LUIS.)
EMILIA
Ya va el pobrecillo... -¡Ay!
(Ya está aquí.
-¡Qué pronto ha vuelto!
Se descompuso mi plan.)
LUIS
Hola, Emilia. -(Mientras llega
Clara, quiero aprovechar...)
2360
EMILIA
(Si no ha doblado la esquina,
le haré
señas...)
(Yéndose.)
LUIS
¿Dónde
vas?
Ven aquí, querida Emilia.
EMILIA
Iba...
LUIS
Tenemos
que hablar.
EMILIA
(¡Ay, dios mío!)
LUIS
(ap. a RAMÓN.)
Vete
ahora...
2365
RAMÓN
(con malicia.)
¡Ya estoy!
LUIS
Luego
me dirás...
RAMÓN
(Cuanto más tarde
lo sepa...)
LUIS
Ponte al balcón...
RAMÓN
¡Voy
allá!
LUIS
Oye: y en viendo que llega
la señora,
sin tardar
2370
me avisas. -¡Cuidado!
RAMÓN
¡Estoy!
(¡Pues!, lo dije. Anda detrás
de la cuñada.
En sabiendo
que Antoñito es su rival...)
Escena
IV
DON LUIS, EMILIA.
LUIS
(Mirando el reloj.)
(Ya no
puede tardar Clara.)
2375
Conque, Emilia, la verdad:
¿qué
tal te fue anoche?
EMILIA
¿Anoche?
LUIS
Dime: ¿estuvieron en paz
los rivales?
EMILIA
¿Qué
rivales?
LUIS
¡Vamos!... Antoñito y Juan.
2380
¿Quién
ganó la palma?
EMILIA
Nadie.
LUIS
¡Vamos, ten franqueza!
EMILIA
¡Hay
tal
cosa! ¿No digo que nadie?
LUIS
Si Juan me ha dicho que
está
muerto por ti.
EMILIA
(Con
mentira
2385
quiere sacar la verdad.
¡Ya está fresco!)
LUIS
¿No
se estuvo
a tu lado, sin cesar
de hablarte en toda la noche?
EMILIA
Sí.
LUIS
¿Sí?
-¿Conque sí?
EMILIA
Sí
tal.
2390
(El quiere engañarme, y yo
soy la que
le va a engañar.)
LUIS
Pues... ¡Y Antoñito
estaría
ciego... dado a Barrabás!
EMILIA
¡Qué
disparate!
LUIS
¿Pues
cómo?
2395
EMILIA
Hombre, ¿no te he dicho ya
que
a mí ni Antonio ni nadie
se me ha acercado jamás
a hablarme de amor? -¡Es mucho
empeño de sospechar!...
2400
LUIS
¿Conque no? Pues yo le hallé
alterado...
¡es natural!
Te hacía el otro el amor...
EMILIA
¡Dale!
¡Que había de estar
alterado!... -Allí se
estuvo
2405
(Señalando al velador.)
con mi hermana
en santa paz...
LUIS
¿Dónde?
EMILIA
Allí...
mirando estampas.
LUIS
(¡Estampas!...)
EMILIA
Pues:
sin pensar
en el santo de mi nombre.
LUIS
(Cierto; yo los
vi... ¡No hay más!
2410
¡Infames! ¡No cabe duda!)
EMILIA
(Me ha querido sonsacar,
pero se ha llevado chasco.)
Escena V
DICHOS, RAMÓN.
RAMÓN
¡Señor!...
¡Señor!... Ahí está.
LUIS
(¡Traidora!...)
RAMÓN
Y
viene...
LUIS
¿Con
quién?
2415
RAMÓN
(Con tristeza maliciosa.)
¡Con Antoñito!
LUIS
(¡Qué
tal!
¡Digo!... ¡Y hace un cuarto de hora
que se ha debido
acabar
la misa! -En un cuarto de hora...
-¡Bestia! Si me
estoy allá,
2420
los sigo y...)
RAMÓN
(No
la conquista.
El chico la gusta más.)
(Se va.)
Escena VI
DON LUIS, EMILIA, CLARA, ANTOÑITO.
(CLARA sale del brazo de ANTOÑITO, el cual trae el
devocionario en la mano.)
EMILIA
(¡Pues ahí viene!)
ANTONIO
(Ya
está en casa
el cuñado. ¡Voto va!)
Señorita...
-Caballero...
2425
Usted me ha de perdonar...
Al salir
de misa dio
la feliz casualidad
de que encontrase a Clarita;
y aunque no es hora de...
LUIS
¡Ya!
2430
ANTONIO
Como anoche quedó usted
indispuesto...
mi ansiedad
por saber...
LUIS
¡Gracias!
ANTONIO
(¡Qué
cara!)
LUIS
(¡Es situación infernal
la de un marido!
-¡Tenerlo
2435
aquí... y no poderlo ahogar!)
ANTONIO
¿No está usted mejor?
LUIS
Sí
estoy.
ANTONIO
¡Ay! Pues si eso fue no más
que con
el acto primero,
si usted se queda... ¡ya, ya!
2440
LUIS
(¡Me está chuleando!)
ANTONIO
Yo
fui,
y aún alcancé la mitad.
¡Qué
drama! ¡Qué versos tiene!
Hay una escena al final
del cuadro décimo, toda
2445
en seguidillas, que
está
versificada... ¡Pues digo!
Y cuando van a quemar
los dos herejes... marido
y mujer, y cada cual
2450
dice,
al subir a la hoguera,
un soneto.
LUIS
(Este
truhán
se está burlando de mí,
y yo
lo voy a matar.)
CLARA
Lo que es el drama de anoche...
2455
el que le hizo tanto mal
a Luis... tiene un desenlace...
que él no espera.
LUIS
(¡Se
dará
un descaro!... ¡Yo estoy ciego!
¡Yo voy a escandalizar!)
2460
ANTONIO
(Para no hablarla y ver malas
caras, me voy
al portal
del tirolés, que allí al menos...
si se asoma...) En fin...
(Saludando.)
EMILIA
(Se
va.)
ANTONIO
¡Señoras!... ¡Señor don Luis!...
2465
LUIS
¡Abur!... (¡Me la has de pagar!)
Escena
VII
DON LUIS, CLARA, EMILIA.
LUIS
¡Qué larga
ha sido la misa!
CLARA
¿Larga? -Pues yo... la verdad...
Como tú eres tan casero...
Creí que el tiempo
que estás
2470
en casa... aunque yo esté fuera...
no te debía pesar.
LUIS
¿Habrás rezado?...
CLARA
No.
-He ido
a una diligencia.
LUIS
¿Cuál?
CLARA
He ido a la agencia.
LUIS
¡A
la agencia!
2475
CLARA
A la agencia, sí: a encargar
criada.
LUIS
¿Para
qué?
CLARA
Ven,
Emilia. -Ya lo sabrás.
Escena VIII
DON LUIS.
Esto es hecho: no resisto.
¿Qué espero? ¿Qué
hay que saber?
2480
Todo cuanto puede ver
un marido, yo
lo he visto.
Quizá no ha echado borrón
en
su honor; pero es el caso
que la que da el primer paso
2485
ya demuestra la intención.
Y en la lógica
del mundo
pasa como verdadero
que la que ha dado el primero
da sin remedio el segundo.
2490
La deducción será
necia;
no importa; así hay que juzgar,
y nadie puede
apreciar
mujer que el mundo no aprecia.
Mato a ese hombre...
¿y qué se gana?
2495
Evitar el riesgo de hoy.
Pero
viene otro; y estoy
en igual riesgo mañana.
No hay
remedio: una vez ya
la confianza perdida,
2500
no se recobra
en la vida.
Y pues a tiempo se está,
evitemos desde
aquí,
evitemos ¡Dios piadoso!
el ridículo
espantoso
2505
que va a caer sobre mí!
Pero antes
de dar el paso...
¿Ramón? -No me ha de quedar
escrúpulo:
he de apurar
hasta las heces el vaso.
2510
Escena
IX
DON LUIS, RAMÓN.
RAMÓN
¿Señor?
LUIS
Ven
acá, Ramón:
cuéntame pronto...
RAMÓN
¿Qué
cosa?
LUIS
Vamos, cuenta... y poca prosa.
RAMÓN
(¡Ay,
cómo está! ¡Hecho un león!)
LUIS
¿Te
ha contado ya Benita?...
2515
RAMÓN
Toda su historia.
LUIS
Pues
anda.
RAMÓN
Benita nació en Arganda...
LUIS
Al grano.
RAMÓN
Y
desde chiquita
se la trajo esta familia,
que la quiere...
LUIS
(¡Estoy
deshecho!)
2520
RAMÓN
Es el ojito derecho
de la señorita
Emilia.
LUIS
¿Y Emilia en fin?...
RAMÓN
¡Es
honrada!...
LUIS
Pero...
RAMÓN
Y
lo que es hasta el día...
LUIS
Conque...
RAMÓN
(Con un arranque de queja.)
¡Usted
no merecía
2525
que yo le dijese nada!
LUIS
¿Qué
es esto?
RAMÓN
A
un criado fiel
que siempre guardó en su pecho...
LUIS
¿Qué dices?
RAMÓN
Que
siempre ha hecho
con usted otro papel:
2530
que no fue
nunca imprudente,
ni tuvo el menor desliz
en aquel tiempo
feliz
en que era su confidente,
guardarle este desengaño.
2535
¡Temer que vaya y lo charle!...
LUIS
¡Pero, hombre!...
RAMÓN
Vamos,
tratarle
como si fuera un extraño,
en vez de llamarle
aparte
y decirle: oye, Ramón;
2540
tengo aquí
en mi corazón
un secreto que contarte...
LUIS
¡Cómo!...
¿Qué dices?...
RAMÓN
Secreto
que confío a tu lealtad,
Oye mi debilidad...
2545
y ayúdame en este aprieto.
LUIS
(¡Dios mío!...
Y yo que creía
que nadie había notado...)
¿Conque tú has adivinado?...
RAMÓN
¡No, que
se me escaparía!
2550
LUIS
(¡Pues! Al que tiene la
espina
de los celos, cosa es clara,
se le conoce en la
cara.
¡No hay duda, estoy en berlina!
Porque no hay pasión
que dé
2555
entre la pícara gente
más
tormento al que la siente,
ni más risa al que la
ve.)
RAMÓN
En diez años que he vivido
con
usted... ¿Diez años?... ¡Más!
2560
LUIS
Dime,
dime: y los demás
¿crees tú que lo han conocido?
RAMÓN
Ninguno se lo malicia.
LUIS
¡Respiro! -Y di:
¿hay fundamento
de temer?
RAMÓN
Señor,
yo siento
2565
dar una mala noticia.
LUIS
¿Mala?
RAMÓN
¡Remala!
LUIS
Di,
¿cuál?
¿Qué te ha dicho esa muchacha?
Vamos,
¡pronto!... ¡Habla!... ¡Despacha!...
RAMÓN
¡Que tiene
usted un rival!
2570
LUIS
¿Un rival?... ¿Ese canalla?...
RAMÓN
Antoñito, sí, señor:
ese
es quien hace el amor
a la...
LUIS
No
la nombres... ¡Calla!
¡Jamás tu labio revele
2575
ese nombre! -¡Me sonrojo!...
RAMÓN
¡Yo lo creo! -¡Es
mucho antojo!...
¡Preferir a ese pelele!...
LUIS
(¡Venderme
así!... ¡Oh Clara... Clara!...)
Vamos... cuéntamelo
todo:
2580
cómo empezó... De qué modo...
RAMÓN
Antes que usted se casara.
LUIS
¡Antes!...
RAMÓN
¡Mucho
antes! -Benita
ha sido la protectora;
y hoy riñó
con la señora
2585
por no sé qué sortijita
comprada para ese bicho,
y cartas que le ha llevado;
y
el ama la ha amenazado
con echarla. -Esto me ha dicho.
2590
LUIS
No digas más: ¡basta ya!
RAMÓN
Usted debe
despreciarla.
LUIS
Sí, la desprecio.
RAMÓN
Y
dejarla...
LUIS
Lo haré, y hoy mismo será.
¡Ay, no te cases, Ramón!
2595
¡No te cases, escarmienta!
RAMÓN
Ya; pero el que se contenta
con su mujer...
LUIS
¡Qué
ilusión!
¡Ya ves lo que a mí me pasa!
Me
caso como un bendito:
2600
dejo el mundo: me limito...
a lo que tengo en mi casa...
RAMÓN
¡Ya, eso sí!
LUIS
Nada
más quiero;
y el primer recién venido...
RAMÓN
Pero usted huele a marido;
2605
y el otro al fin es soltero.
LUIS
(ap.)
¡Separación! -No se ría
más
de mí. -Voy a escribir.
La daré para vivir
mi hacienda de Andalucía.
2610
Escena X
DICHOS,
DON JUAN.
JUAN
¡Hola, Luisillo! ¿Qué tal?
¿Se
pasó ya el arrechucho?
LUIS
(Abrazándole tiernamente.)
¡Juan! ¡No te cases!
JUAN
¡Qué
escucho!
LUIS
¡Tú eres mi amigo leal!
JUAN
¡Oh!, eso
sí.
LUIS
¡Pues
no te cases!
2615
JUAN
¿Ni con Emilia tampoco?
LUIS
Con ninguna.
JUAN
¡Tú
estás loco!
LUIS
No, Juan.
JUAN
Pues,
¿y aquellas frases?
LUIS
Ya te diré. -En este estado
no se encuentran más que abrojos.
2620
JUAN
¡Cómo!
LUIS
Hay
que cerrar los ojos...
JUAN
Pero...
LUIS
O
vivir desgraciado.
(Se va a su cuarto.)
Escena XI
DON JUAN, RAMÓN.
JUAN
¿Qué es esto?, ¿qué
tiene?
RAMÓN
¡Toma!
¿Pues no se lo dije a usted?
Enamorado y celoso.
2625
JUAN
¿Celoso de su mujer?
RAMÓN
¡Qué! No, señor.
Ahora mismo
me ha confesado de quién.
JUAN
¿De quién?
RAMÓN
De
su cuñadita.
JUAN
¡Qué dices! ¿De Emilia?
RAMÓN
¡Pues!
2630
Anda tras de ella hace mucho.
JUAN
Y me la ofrecía
ayer
por esposa. -¡Ah, gran bribón!
¿Quiere hacerme
su merced
el editor responsable?
2635
¡Pillo! Yo me vengaré.
Su mujer tiene sospechas...
RAMÓN
¿Sí? Por
fuerza. Si está él
que no disimula. Acaba
ahora mismo de saber
2640
que Antoñito es preferido,
y se ha puesto hecho un Luzbel.
JUAN
¡Ya caigo! Por eso
yo
le notaba un no sé qué...
¡Ella viene!
RAMÓN
Pues
me voy.
2645
(Se va.)
JUAN
Si se lo digo, va a arder
la
casa. -¡Mejor! A río
revuelto...
Escena XII
DON JUAN, CLARA.
CLARA
Yo
le diré
a mi marido...
JUAN
¡Señora!
CLARA
(¡Qué posma!)
JUAN
¡Perdone
usted!
2650
Decidido vengo ya
a cumplir aquel cruel
precepto...
CLARA
No
es necesario...
JUAN
Anoche no estaba bien
enterado...
CLARA
Sí,
por cierto...
2655
JUAN
Pero ya...
CLARA
Todo
lo sé.
Tengo a esa digna rival
dentro de casa.
JUAN
¡Tal
vez!
CLARA
Ya recuerdo la indirecta.
Me dijo usted que es
mujer
2660
la tal, que no merecía
descalzarme. Y
así es.
JUAN
(¡Pues no es poco vanidosa!)
CLARA
Y
ahora mismo, sin perder
tiempo, la acabo de echar
2665
de mi lado.
JUAN
¡Cómo!
¿A quién?
CLARA
A la niña desenvuelta...
JUAN
¿Es posible... tanta hiel?...
(¡A su hermana! -¡Lo que ciegan
los celos a una mujer!)
2670
¿Y dónde ha de ir?...
CLARA
A
la calle.
JUAN
Pero...
CLARA
¡A
la calle!
JUAN
Pues
qué,
¿abandona usted así?...
CLARA
¡Infame!
Corresponder
de esa manera al cariño
2675
con que
desde la niñez
la he mimado...
JUAN
¡Eso
es verdad!
CLARA
¡Así ha llegado a tener
esos humos!
JUAN
¡Ya!
CLARA
A
escaparse
de casa...
JUAN
¿De
casa?
CLARA
Pues.
2680
JUAN
(¡Qué tal, la niña inocente!)
Pero
dónde quiere usted
que vaya, sola...
CLARA
Y
a ese
hipócrita yo le haré
entender si es
noble acción
2685
divertirse en corromper
a una
muchacha...
JUAN
¡Ése
sí!
Ése merece...
CLARA
Y
también
a ese alhaja de criado,
que sin duda ha
sido el que...
2690
JUAN
¡Calma, señora! Estas cosas
se hacen...
(En tono de intimidad amistosa.)
CLARA
También
a usted.
JUAN
¿A mí?
CLARA
A
usted. -Que si un momento
pude, por satisfacer
esta duda,
tolerar
2695
lo que una mujer de bien
no consiente a ningún
hombre
cuyas intenciones ve,
ya es tiempo de que usted
sepa
que se ha engañado esta vez.
2700
JUAN
Como
no diga usted eso,
señora, por el placer
de darme
unas calabazas
que no he buscado, no sé...
CLARA
¿Va usted a hacerme la escena
2705
del Desdén con
el desdén?
La sé de memoria.
JUAN
Juro
que ningún otro interés
que el de la amistad...
(Con esta
no saco partido. -A ver
2710
si con la hermana,
que ahora
sale de casa...) Y en fe
de que es así...
¿Usted persiste
en la idea de expeler
a esa infeliz?...
CLARA
Sí,
señor.
2715
JUAN
Pues yo la recogeré.
CLARA
¿Usted?
JUAN
Sí,
señora: yo.
Yo soy su amparo.
CLARA
Muy
bien.
JUAN
Yo me la llevo a mi lado.
CLARA
Me alegro.
JUAN
¡Yo
velaré
2720
por su inocencia!
CLARA
¡Oh!,
eso sí:
por supuesto. -Herede usted
a su amigote.
-Ahí está:
cargue usted con ella.
JUAN
¿Eh?
Escena XIII
DON JUAN, CLARA, BENITA.
(BENITA
sale con mantilla puesta, llorando a lágrima viva.)
BENITA
¡Señora!
CLARA
No,
no te aflijas.
2725
Mira, el señor quiere ser
tu
protector...
BENITA
(Va hacia él, llorando.)
¡Caballero!...
JUAN
¡Quita, quita!...
BENITA
Yo
no sé
por qué me despide.
JUAN
Bueno:
yo tampoco.
BENITA
Quiero
ver
2730
al amo. ¿Dónde está el amo?
CLARA
¡Calla, infame!
BENITA
Yo
sé que él
me protege...
CLARA
¡Sal
de aquí,
bribona!
JUAN
(¡Conque
esta es!
Y ese bruto de Ramón...)
2735
Escena
XIV
DICHOS, RAMÓN.
RAMÓN
¡Qué gritos!...
JUAN
¡Camueso!
RAMÓN
¿Qué?
JUAN
Si no es Emilia, ¡borrico!,
que es ésta.
RAMÓN
¡Benita!
JUAN
Pues.
RAMÓN
¡Ay, San Francisco! ¡Por eso
me ha querido
a mí también
2740
casar con ella!
BENITA
¡Caramba!
Después que una cobra ley...
Escena XV
DICHOS,
EMILIA.
EMILIA
¿Qué sucede?
BENITA
¡Ay,
señorita
de mi vida! Venga usted;
que la señora
me ha echado.
2745
EMILIA
¡Te ha echado! -¿Por qué?,
¿por qué?
CLARA
Ella lo sabe.
EMILIA
(Yo
soy
la causa. ¿Qué debo hacer?)
Escena XVI
DICHOS, DON LUIS.)
(DON LUIS sale de su cuarto con un
papel en la mano: se detiene contemplando a CLARA.
LUIS
(¡Que oculte tanta doblez
bajo ese aire de candor!
2750
Pero es preciso. -¡Valor!
La hablo por última vez.)
BENITA
(Se acerca a él llorando.)
¡Ay, señor!
Me ha despedido.
LUIS
¡Oiga! -Tú te habrás
negado
a hacer lo que te ha mandado...
2755
-¿No es eso,
Clara?
CLARA
Eso
ha sido.
LUIS
(Lo que me dijo Ramón.
¡Pues! -Si aún
me quedara duda...)
BENITA
Señor, si usted no me ayuda...
CLARA
Pídele su intercesión.
2760
LUIS
Clara...
ya es en vano todo:
no necesitas echarla.
CLARA
¿No? -Yo
misma he de plantarla
en la calle de este modo.
(Va hacia
ella.)
LUIS
Estate quieta.
(Deteniéndola.)
CLARA
¡Traidor!
2765
¿Te atreves?...
LUIS
¡No
escandalices!
Vamos, y ¿por qué no dices
la causa
de ese rencor?
CLARA
¿Tú me provocas, ingrato?...
¿Quieres que en público diga
2770
la razón
que a esto me obliga?
LUIS
Eso es echarlo a barato.
Dila,
sí.
CLARA
¡Se
ha visto tal!
BENITA
¡Diga usted!
EMILIA
Habla.
CLARA
¡Por
vida!...
JUAN
(No hay cosa más divertida
2775
que
una riña conyugal.)
CLARA
(Trayendo con violencia
a BENITA.)
Cuenta sin avergonzarte
lo de anoche. ¿Adónde
fuiste?
Y otras mil veces...
EMILIA
(¡Ay
triste!)
CLARA
De cierto tiempo a esta parte.
2780
BENITA
¡Ay, señorita! ¿Usted ve?...
CLARA
Vete al punto de
mi casa.
LUIS
Basta, Clara: esto ya pasa...
CLARA
Vete.
LUIS
(Acercándose a CLARA.)
Yo
también me iré.
Ella, porque ya no quiere,
2785
lo sé, servirte a tu gusto:
yo, Clara, porque
no es justo
que, sabido, lo tolere.
CLARA
¡Luis!... ¿Qué
dices?
LUIS
Sí:
los dos.
CLARA
¿Quieres humillarme más?
2790
LUIS
No finjas.
CLARA
¿Tan
ciego estás?...
LUIS
Lo he resuelto. -Toma. -Adiós.
(La da el papel.)
CLARA
¿Qué es esto?
(Leyendo.)
BENITA
(a EMILIA.)
¿Lo
está usted viendo?
¡Por usted! -¡Yo bien decía!
EMILIA
No llores.
BENITA
¡Yo
bien temía
2795
lo que me está sucediendo!
JUAN
(a DON LUIS.)
¿Conque a la chita callando
tú te arreglabas con ella?
LUIS
¡Yo!... ¿Con quién?
JUAN
Con
la doncella.
¿Te vas a vivir a Arganda?
2800
(Siguen hablando:
DON LUIS muestra extrañeza.)
CLARA
(leyendo.)
¡Qué veo! -¡Celos!... ¿De quién?
EMILIA
(a BENITA.)
Ya que es ese tu delito,
no has de salir.
CLARA
(leyendo.)
¡De
Antoñito!
¡Luis se ha vuelto loco!
EMILIA
(a BENITA.)
Ven.
CLARA
(leyendo.)
¡Separación!
EMILIA
Todo,
sí,
2805
aunque el contarlo me aflija,
se lo diré.
CLARA
(leyendo.)
¡La
sortija!
¡Cómo! Si la tengo aquí.
(La saca.)
EMILIA
(Se acerca trayendo de la mano a BENITA.)
Clara:
aunque al dar este paso
me muera, hacerlo me toca;
2810
y quiero que de mi boca
sepas la verdad del caso.
Yo defiendo
su inocencia:
la culpada aquí yo he sido.
Cuantas
veces ha salido
2815
de casa, sin tu licencia
y después
de resistirlo,
es porque yo la he enviado...
CLARA
¿Tú?
EMILIA
Yo:
con carta o recado
a quién, excuso decirlo.
2820
CLARA
¿Y anoche?
EMILIA
Instándola
mucho,
logré que fuese... ¡hice mal!...
por la otra
sortija igual...
CLARA
¿Para Antoñito?...
LUIS
¡Qué
escucho!
¿Conque hay dos sortijas?
CLARA
Sí,
2825
mira.
LUIS
¿Y
la otra?
EMILIA
Él
la tiene.
LUIS
¿Dónde está?
EMILIA
Muy
pronto viene.
¿Le llamo?
LUIS
Llámale
aquí.
Escena XVII
DICHOS, menos EMILIA.
LUIS
¡Clara, Clara!... ¡Sí, esta es!
(Mirando la sortija.)
¿Y por qué no me la diste?
2830
CLARA
Y tú,
¿para quién trajiste
de casa del tirolés?...
LUIS
¡Ah!... ¿Los pendientes?... ¡Perdona!...
Quise ganarla...
-Pues mira,
toda esta infame mentira
2835
es obra de esa
bribona.
CLARA
¡De ella! -Ven acá, Benita.
(La trae
de un brazo, y DON LUIS a RAMÓN.)
LUIS
(a BENITA.)
Tú le has dicho a este tunante
que Antoñito...
RAMÓN
Era
el amante...
CLARA
¿De quién?
BENITA
De
la señorita.
2840
LUIS
(a RAMÓN.)
¡Infame! ¿Pues no me has dicho
que era rival mío?
RAMÓN
Sí.
Pero fue porque creí
que usted tenía capricho
por su cuñada.
LUIS
¡Bribón!
2845
(Le da un puntapié: RAMÓN se escapa.)
JUAN
(¡Qué enredo tan singular!)
CLARA
¡A lo que has
dado lugar
con esa necia aprensión!
Pero ¿de dónde
ha nacido?...
LUIS
Ayer, hablando con Juan,
2850
recordé
cierto galán
a quien el mismo marido...
CLARA
¡Ya!...
y el señor, que es profundo
en esto de intrigas...
JUAN
No:
yo no le dije...
LUIS
Fui
yo,
2855
yo solo...
CLARA
¡El
hombre de mundo!
Escena XVIII
DICHOS, EMILIA, ANTOÑITO.
(EMILIA sale de lo interior, ANTOÑITO viene de la
calle.)
EMILIA
Aquí viene...
ANTONIO
¡Emilia!...
-¡Tate!
LUIS
¿Dónde estaba?
EMILIA
Ahí
cerca.
ANTONIO
Pues:
en casa del tirolés.
JUAN
¡Cómo! ¿En el escaparate?
2860
EMILIA
Todo se sabe, Antoñito.
Ha habido necesidad
de declarar la verdad.
ANTONIO
Me alegro. -Ya estaba frito,
y resuelto, a fe de Antonio,
2865
sin consultar más
contigo,
a presentarme a este amigo
(Por DON LUIS.)
y pedirte
en matrimonio.
LUIS
(Mirando la sortija.)
¡Esa mano!...
(¡Ella es!) -Muchacha,
¿qué dices tú?
EMILIA
Yo...
si hubiera
2870
acabado su carrera...
LUIS
Joven es.
CLARA
Esa
no es tacha.
EMILIA
¿No decías?...
CLARA
He
adquirido
convencimiento profundo
de que el tener mucho
mundo
2875
no hace feliz a un marido.
Lo que él
con otros ha hecho
cree que hacen todos con él,
y esa sospecha cruel
le tiene en continuo acecho.
2880
Ella las mañas pasadas
del marido sabe ya;
y al
menor paso que da
cree que ha vuelto a las andadas.
De
manera que a uno y otro
2885
¿de qué les viene a
servir
tanto mundo? -De vivir
eternamente en un potro.
Luego... a la menor sospecha...
nunca falta algún
amigo...
2890
JUAN
(¡Adiós! Esto va conmigo...)
LUIS
(Fijando la vista en DON JUAN.)
¡Hola!
JUAN
La
paz ya está hecha.
Conque...
LUIS
Adiós,
Juan.
JUAN
(No
es extraño
que esté tan arisca ahora.
Lleva
tres meses...) ¡Señora!
2895
(Saludando.)
(Volveré
dentro de un año.)
Escena XIX
DICHOS, menos
DON JUAN.
LUIS
Di: ¿conque éste?...
CLARA
¡Te
has lucido!
Sospechas del inocente,
y de ese que es justamente...
(DON LUIS hace ademán de ir tras él. CLARA
le detiene.)
¿Qué vas a hacer? -Ya se ha ido.
2900
Déjalo estar.
LUIS
¡Voto
a bríos!
¿Conque no tenemos medio
de escapar?
CLARA
No
hay más remedio
que echarse en brazos de Dios.
LUIS
¡Ah, en los tuyos!
(La abraza.)
CLARA
Haces
bien.
2905
Niños, a casarse pronto.
ANTONIO
(a EMILIA.)
¡Tu mano!
EMILIA
(con vergüenza.)
Anda,
no seas tonto.
CLARA
Y quiero haceros también
un
pequeño regalito.
Yo tengo en Andalucía
2910
una posesión... que es mía...
¿no es verdad?
-Aquí está escrito.
(A DON LUIS, mostrando
un papel que venía dentro de la carta.)
El teatro representa el
claustro que da frente a la capilla del arzobispo don Pedro
Tenorio, en la catedral de Toledo. Hay a la izquierda del
actor una puerta que conduce a la iglesia: a la derecha los
arcos que dan al jardín. Los personajes que vienen
de lo exterior salen por la derecha del foro, que es por
donde se supone que continúa el otro lado del claustro
que hace ángulo con el que figura la escena.
Escena
I
EL CONDESTABLE, DON DIEGO.
(Ambos salen de la
iglesia.)
EL CONDESTABLE
En este claustro, don Diego,
quiero hablaros un instante,
2930
en tanto que se concluyen
los solemnes funerales
que
por el alma de Enrique
nuestro Rey, que en paz descanse,
se están celebrando.
DIEGO
Bien
2935
habéis hecho, condestable,
en sacarme de la iglesia.
¡Dejadme por Dios, dejadme
que vuelva en mí!...
Me ha asombrado
la elocuencia de ese fraile.
2940
EL CONDESTABLE
¡A quién no admira y suspende
siempre que los labios
abre
ese apóstol milagroso
de evangélicas
verdades!
DIEGO
De fray Vicente Ferrer
2945
se cuentan prodigios
grandes:
y al ver lo que a mí me pasa
cuando acabo
de escucharle,
que de congoja en el pecho
el corazón
se me parte,
2950
no extraño ya que convierta
con sermones
de esta clase
los moriscos a docenas,
los judíos
a millares.
¡Dios mío! Si de tal suerte
2955
me ha
edificado, que casi
estoy tentado por ir
a un monasterio
a encerrarme!...
EL CONDESTABLE
No, don Diego, sosegaos;
y ese fervor empleadle
2960
en servicio de la patria,
que
reclama en este instante
vuestro apoyo.
DIEGO
¿El
mío?
EL CONDESTABLE
Sí,
DIEGO
¿De qué manera?
EL CONDESTABLE
Escuchadme.
Desde que víctima al fin
2965
de su dolencia constante
murió nuestro rey, Castilla
está sin rey
que la mande.
DIEGO
¡Cómo sin rey! Pues decid:
¿en Segovia con su madre
2970
no está el príncipe
de Asturias?
EL CONDESTABLE
¡Príncipe de Asturias!
Nadie
le ha proclamado en Castilla.
DIEGO
Es cierto
que a proclamarse
no llegó; mas...
EL CONDESTABLE
Si
don Juan,
2975
que dos años no cabales
cuenta de edad,
sube al trono,
será lo que os dije antes:
que
tendrá Castilla rey,
pero no rey que la mande.
2980
¡Y en qué ocasión, santo Dios!
Portugal
por una parte,
con el recuerdo orgullosa
de Aljubarrota,
al combate
se apresta, y romper intenta
2985
las mal concertadas
paces.
El moro rey de Granada,
faltando al pleito-homenaje,
nos niega el tributo. El duque
de Benavente escaparse
2990
de su prisión ha logrado,
y al frente de sus parciales
subir al trono pretende.
Y a tantas calamidades,
¿qué opone Castilla? ¡Un rey
2995
de dos años...
y durante
su menor edad, discordias,
tumultos, que, por
alzarse
con el poder, moverá
la ambición
de nuestros grandes!
3000
Don Diego, evitar conviene
que vuelvan
a renovarse
los odios que se encendieron
en época
no distante,
y que el reinado del hijo
3005
empiece como el
del padre.
DIEGO
Infundado es el temor:
los casos no son
iguales.
Niño y solo don Enrique
cuando el
trágico desastre
3010
del rey su padre, no extraño
que a la regencia aspirasen
los varones de más
cuenta.
Mas, ¿quién habrá que levante
el pensamiento a esa altura
3015
hoy que, con derechos tales
como ser tío del rey,
tiene Castilla un infante,
el infante don Fernando,
cuya prudencia admirable,
3020
cuyo valor sin segundo,
cuya justicia le hacen
de todos
cuantos le ven
conquistar las voluntades?
En las Cortes
que en Toledo
3025
quiso el rey que se juntasen,
a las que
ya no pudiendo
asistir por sus achaques,
mandó
en su nombre a su hermano,
Ruy López, ¿no le admirasteis
3030
como le admiramos todos?
¿No visteis cuán arrogante
pidió a los procuradores
de las villas y ciudades
que para la santa guerra
3035
contra el granadino alarbe
de un millón de oro en dineros
el servicio le otorgasen?
¿No le visteis cuán brioso,
oprimiendo los
ijares
3040
del fogoso palafrén,
salió del Tajo
a la margen,
y a la numerosa hueste
de caballos y
de infantes
pasó reseña, aclamado
3045
por vítores
a millares?
Vedle allí, de devoción
modelo,
humilde postrarse
al pie del túmulo regio
donde el rey su hermano yace,
3050
vertiendo lágrimas
tiernas...
Mas ¿a qué me canso en balde
en elogiaros
sus prendas,
si acaba de hacerlo el padre
fray Vicente
en su sermón
3055
con elocuencia tan grande?
Él
«esperanza de un reino»
le llamó: bien lo escuchasteis...
Y vos que desde su infancia
sois su amigo inseparable,
3060
y que mejor que ninguno
debéis saber cuánto
vale,
extraño que al verle asir
el timón
de aquesta nave,
tanto temáis que zozobre
3065
entre
recias tempestades.
EL CONDESTABLE
Cuantos elogios
hacéis;
cuantos hizo el venerable
religioso;
cuanto el mundo
entero pueda elogiarle,
3070
aún no
es posible, don Diego,
que a igualar jamás alcance
a la alta opinión que tengo
de sus raras cualidades.
DIEGO
Pues entonces...
EL CONDESTABLE
«Esperanza
3075
de un reino» oísteis llamarle:
pues escuchad el
enigma
que encierra la triste frase
de ese oráculo
cristiano.
Sin hijos que le reemplacen
3080
en el trono de
Aragón,
el rey don Martín nombrarse
quiere
un sucesor. Alega,
entre varios aspirantes,
don Jaime,
conde de Urgel,
3085
los derechos de su sangre;
y aunque cuenta
en los tres reinos
gran número de parciales,
el rey don Martín se inclina
a don Fernando, que
añade
3090
al título de sobrino
altas prendas
personales.
¡Ah!, no hay duda: le veréis
en
aquel trono sentarse.
Fray Vicente, como es justo,
3095
quiere
a su patria llevarle;
y ese reino de quien dijo
que era
esperanza el infante,
es Aragón, no Castilla.
Ved si en circunstancias tales
3100
son fundados mis temores.
DIEGO
Pero el riesgo está distante.
Aún
vive el rey don Martín...
EL CONDESTABLE
Escuchad, don Diego, aparte.
El riesgo está muy
cercano.
3105
Avisos confidenciales
me anuncian que su salud
infunde temores graves.
Postrado en el lecho está,
y se aguarda por instantes
3110
su muerte. De esta noticia
don Fernando nada sabe,
y antes que Aragón al
trono
en daño nuestro le llame,
cansados ya
de disturbios
3115
los prelados y los grandes,
y cada cual
receloso
de que un rival se levante
con el poder,
y Castilla
quede entregada al embate
3120
de encontradas ambiciones,
si no hay rey que las ataje;
en don Fernando hemos puesto
los ojos, y por dictamen
de todos se ha decidido
3125
hoy mismo...
DIEGO
¿Qué?
EL CONDESTABLE
¡Coronarle!
DIEGO
¡Qué decís!... -Pero la reina
es natural
que reclame
del niño don Juan su hijo
los
derechos...
EL CONDESTABLE
Será
en balde.
3130
Retirada a vida obscura,
atenta a los maternales
cuidados, sin que del trono
haya gozado un instante,
ni la ambición la domina,
3135
ni tiene en el reino
a nadie
que alce en su favor la voz.
Mas para evitar
que trate
de intentarlo, a vos, don Diego,
como el
más fiel y el más hábil,
3140
encomendamos
la empresa.
En tanto que aquí al infante
proclamamos,
vos, tomando
diez lanzas que os acompañen,
partís al punto a Segovia
3145
y lleváis nuestro
mensaje
a la reina.
DIEGO
¡Yo,
Ruy López!...
EL CONDESTABLE
Y cuando hagáis
que se embarque
en Fuenterrabía, y lleve
sus
hijos al patrio margen
3150
del Támesis, do tranquila
en el hogar de Alencastre
sus años felices vea
en dulce paz deslizarse,
volved, don Diego, a Toledo,
3155
donde, a pesar de rivales
que vuestro cargo ambicionan,
seréis como fuisteis antes
justicia mayor
del reino;
con la gloria de que a nadie
3160
sino a vos será
deudor
de su corona el infante.
DIEGO
Si es la voluntad
de todos...
Escena II
DICHOS, DON FADRIQUE,
UN ESCUDERO.
FADRIQUE
¡Tristes nuevas, condestable!
Este
escudero que llega
3165
de la frontera las trae.
El moro ha
roto la tregua;
y con huestes formidables
metiéndose
por Baeza,
no hay quien sus fuerzas ataje.
3170
EL CONDESTABLE
¡Esto más!
FADRIQUE
Hasta
Quesada
se extiende ya. Los alcaides
que guardan las
fortalezas
cercanas a aquella parte,
en vano oponer
quisieron
3175
su valor al fiero enjambre
de bárbaros:
arrollados
por el número, su sangre
vertieron,
quedando muertos
en tan desigual combate
3180
muchos nobles
caballeros:
Garci-Osorio, Martín Sánchez
de Rojas, el mariscal
Juan de Herrera...
DIEGO
¡Oh
lamentable
suceso!
EL CONDESTABLE
Ya
veis, don Diego,
3185
ya veis las plagas que caen
sobre Castilla...
FADRIQUE
Castilla
nos pide un rey que la salve.
EL CONDESTABLE
¡Y lo tendrá!
FADRIQUE
¡Lo
tendrá!
EL CONDESTABLE
Entrad, escudero, y dadle
3190
al infante la noticia:
en la iglesia está: no
os pare
el temor de interrumpir
su oración:
llegad a hablarle.
Entrad pronto.
(EL ESCUDERO entra apresurado
en la iglesia.)
Escena III
EL CONDESTABLE, DON DIEGO,
DON FADRIQUE.
EL CONDESTABLE
No
perdamos
3195
la ocasión. En este instante
acalorada
su mente
con las preces funerales,
con el enlutado
templo,
con la elocuencia del padre
3200
Vicente, al oír
la nueva
es fuerza que más se exalte;
y aprovechando
nosotros
momento tan favorable,
ante el riesgo de
la patria
3205
le haremos ceder.
FADRIQUE
Las
calles
que he recorrido, ocupadas
por la militar falange
se miran ya. La impaciencia
pintada está en
los semblantes.
3210
Todos cercan los tablados,
esperando
que se alcen
los pendones por el rey;
y con fieros
ademanes
gritan a una voz que sólo
3215
por don Fernando
han de alzarse.
DIEGO
¡Es posible!
EL CONDESTABLE
Diego
López
parte a Segovia a llevarse
a la reina
y a su hijo.
DIEGO
Ya que a príncipe tan grande
3220
toda Castilla proclama,
no ha de haber quien me aventaje
en decisión...
FADRIQUE
Partid,
pues.
EL CONDESTABLE
No os detengáis.
DIEGO
Al
instante.
(Se va por el foro.)
Escena IV
EL CONDESTABLE,
DON FADRIQUE.
FADRIQUE
(Siguiéndole con la vista.)
¿Será fiel?
EL CONDESTABLE
Su
interés propio
3225
le pone de nuestra parte.
Ninguno
ayer de esta odiosa
comisión quiso encargarse.
Mas don Diego, que en intrigas
cortesanas es muy hábil,
3230
y como letrado astuto
hallar argumentos sabe,
en virtud
de la promesa
solemne de confirmarle
justicia mayor,
lo hará
3235
como ninguno.
FADRIQUE
¿Olvidasteis
que era mi intención pedir
al nuevo rey que nombrase
justicia mayor del reino
a un deudo mío?
EL CONDESTABLE
¿Y
no vale
3240
más conquistar un amigo
que tal servicio
nos hace?
FADRIQUE
¿Empezáis ya a repartir
del reino las dignidades?
EL CONDESTABLE
¿Y vos a pedir
el precio
3245
de vuestro apoyo?
FADRIQUE
Mostrarse
debe el rey agradecido
con quien le hace rey.
EL CONDESTABLE
Es fácil
que se equivoque quien piense
en
el trono colocarle,
3250
con el fin de que un valido
a los
castellanos mande.
FADRIQUE
Si no sois vos el valido,
es posible que se engañe.
EL CONDESTABLE
¡Yo!...
¿Qué decís?...
FADRIQUE
Recordad
3255
que con el fin de que acaben
para siempre entre nosotros
sangrientas rivalidades,
y ante un rey que fuerte
sea
todos quedemos iguales,
3260
ayer pactamos de acuerdo
dar la corona al infante.
EL CONDESTABLE
Pues bien:
si propicio el cielo
favorece nuestros planes,
veréis
quién es el mancebo
3265
que con humildad tan grande
sufrió de su adusto hermano
no merecidos desaires.
Si desde su edad más tierna
quiso benigno
prestarse
3270
a mis consejos, en breve
podrá Castilla
juzgarme.
Suba don Fernando al trono,
y ningún
miedo os espante;
que no seré yo el valido,
3275
ni
vos lo seréis, ni nadie.
FADRIQUE
Pasos oigo, y me
parece
que aquí don Fernando sale.
EL CONDESTABLE
Esta es la ocasión. El cielo
me dé su apoyo.
(Dos pajes salen de la iglesia, y uno dice desde la puerta:)
PAJE
¡El
infante!
3280
Escena V
DICHOS, DON FERNANDO, RICOSHOMBRES,
CABALLEROS.
(Salen de la iglesia.)
FERNANDO
Condestable,
¿sabéis la triste nueva?
EL CONDESTABLE
El mancillado
honor de nuestras armas
venganza pide al cielo.
FERNANDO
Sí,
la pide;
¡y yo en su nombre le daré venganza!
La noble empresa que mi hermano Enrique
3285
con generoso
esfuerzo proyectaba,
yo cual legado suyo la recibo
y
con ardor la acabará mi espada.
Ora en el templo,
al escuchar la nueva,
juré sobre el cadáver
del monarca
3290
su voluntad cumplir. Ardió mi pecho
en guerrero valor. Ya en las plegarias
fúnebres
escuchar me parecía
los himnos de victoria,
y en las altas
cornisas ver, colgadas por mi mano,
3295
las
banderas al moro conquistadas.
Por vos pregunto y a buscaros
salgo.
Disponed, condestable, sin tardanza
que el
ejército todo se reúna:
su caudillo seré.
Pronto la fama
3300
a deciros vendrá si los consejos
que de vos recibí grabé en el alma.
EL CONDESTABLE
Ese brío marcial llena mi pecho
de júbilo,
señor. -Mas antes falta
que al gobierno del reino
se provea;
3305
y que al llevar la guerra a otra comarca,
una guerra más cruda, más terrible
no alimente
Castilla en sus entrañas.
Castilla está
sin rey.
FERNANDO
Tendralo
en breve.
Por orden mía alzados en la plaza
3310
los
tablados están. Mandad que en ellos
en el instante,
con la pompa usada,
se levanten pendones a mi vista
por don Juan el segundo.
EL CONDESTABLE
¿Y
qué esperanza
queréis, señor, que
en ese débil niño
3315
de ventura y de paz funde
la patria?
FERNANDO
Fúndela en mí, que, hasta
cumplir los años
que al rey menor las leyes le señalan,
por voluntad de mi difunto hermano
sabré a
Castilla gobernar.
EL CONDESTABLE
No
manda
3320
quien el poder divide. El testamento
de don Enrique
nuestro rey me encarga,
cual fiel ejecutor de sus mandatos,
que el gobierno del reino se reparta
entre vos y
la reina.
FERNANDO
Y
bien, la reina...
3325
FADRIQUE
No ha nacido en Castilla, y esto
basta.
EL CONDESTABLE
Débil mujer, ajena de
experiencia,
de la corte y del trono retirada,
en
su misma flaqueza a cada paso
un estorbo hallaréis.
La envidia baja,
3330
la torpe adulación, la sorda intriga,
monstruos que siempre en los palacios vagan,
presto os
dividirán; y a pesar suyo
la harán al
fin, altiva y deslumbrada,
el placer de reinar, que hoy
desconoce,
3335
para ella sola ambicionar mañana.
Ni
ella ni vos gobernaréis entonces.
Por bandos mil
Castilla destrozada,
al arrogante portugués
y al moro
no podrá resistir, y en mengua tanta
3340
vuestro error lloraréis. ¡Señor, no puede
cual monarca reinar quien no es monarca!
FERNANDO
¿Qué
me dais a entender?...
Escena VI
DICHOS, UN ESCUDERO.
ESCUDERO
Señor,
en nombre
de los procuradores, os demanda,
a fin
de presentaros un mensaje,
3345
audiencia el de Toledo.
FERNANDO
Dadle
entrada.
Escena VII
DICHOS, FERNANDO DE GUZMÁN,
y otros dos procuradores.
(El infante se coloca a un lado,
a la cabeza de los grandes. Los procuradores se paran enfrente
de él.)
FERNANDO
Ya os escucho: decid.
GUZMÁN
Señor:
instados
por el rey don Enrique, que Dios haya,
nos,
los procuradores de estos reinos,
a ayudarle en la guerra
que intentaba
3350
a los moros hacer de Andalucía:
a pesar de lo exhaustas que se hallan
las villas y ciudades,
le ofrecimos
un millón de oro. Mas pues Dios
acaba
de llamarle a su seno, ya las Cortes
3355
retiran el
servicio.
FERNANDO
¿Por
qué causa?
GUZMÁN
Señor, el rey que
lo pidió no vive.
FERNANDO
Mas vivo yo, que con igual
constancia
haré la guerra, y con igual denuedo...
EL CONDESTABLE
¡Y con mayor tal vez!
GUZMÁN
Tales
demandas,
3360
que la miseria pública acrecientan,
sólo al rey, por respeto, se otorgaban.
EL CONDESTABLE
Cierto: y vos no lo sois. A vuestro hermano
débil,
doliente, moribundo, nada
negaron: era rey. -A vos, robusto,
3365
vigoroso, dispuesto, os lo rechazan.
FERNANDO
¿Posible
es que las Cortes desconozcan
la urgente utilidad de esta
campaña?
¿En los sangrientos campos de Baeza
no escucháis los clamores de venganza
3370
de tantos
esforzados caballeros
muertos por la traición? Y
cuando aguarda
el castellano ejército, sediento
de gloria y lauros, la señal de marcha,
¿renunciaremos
a tan alta empresa?
3375
¿Consentiremos que la infiel canalla,
talando campos, demoliendo templos,
asolando el país,
doble su audacia,
y hasta los mismos muros de Toledo
la media luna vencedora traiga?
3380
EL CONDESTABLE
Un
medio hay de evitarlo.
FERNANDO
¿Cuál?
Decidlo.
EL CONDESTABLE
¡Que os ciñáis
la corona castellana!
FERNANDO
¡Yo!... ¡Condestable!...
¿Qué decís?...
EL CONDESTABLE
Infante:
Castilla toda por mi boca os habla.
No receléis
de usurpador el nombre.
3385
Sabe el mundo quién sois,
y que esa mancha
ennegrecer no puede al que fue siempre
modelo insigne de virtudes tantas.
Vos no usurpáis
el trono: os le da el pueblo;
que es de remota edad costumbre
sabia.
3390
El transmitir un padre por herencia
la corona
que honró con sus hazañas
a un hijo que tal
vez con torpes vicios
da segura señal de deshonrarla,
práctica fue que estableció en mal hora
3395
el crecido poder de los monarcas.
Por voluntad de todos
y entre todos
al más digno, otro tiempo, se entregaba
la corona real; y este derecho
hoy con razón
Castilla lo reclama.
3400
Sí, con harta razón.
Volved los ojos
a los días, señor, de vuestra
infancia,
y contemplad por lo que entonces visteis
el triste porvenir que nos aguarda.
Vos lo podéis
trocar, subiendo al trono,
3405
en porvenir de paz, dando a
la fama
vuestro feliz reinado asunto digno
que en la
futura edad el mundo aplauda.
¿Vos de quién
descendéis? Si vuestro abuelo
a su hermano don Pedro
con las armas
3410
vida y trono arrancó, y él
y sus hijos
y sus nietos en paz dichosa y larga
cual
legítimos reyes gobernaron;
¿no será
más legítima y más santa
la autoridad
que, sin deberla al crimen,
3415
de su libre elección
os da la patria?
Cuando os extiende, en el común
peligro,
las suplicantes manos; cuando os llama,
no al ocio, no, sino a vengar la afrenta
de Aljubarrota
y de Baeza, ¿en calma
3420
la podréis escuchar? -Cuidad
no sea
que, si a sus ruegos le volvéis la espalda,
a flaqueza más bien y a desaliento
lo atribuya
Castilla. -¡Ah, no, se engaña!
Su salvación
en vuestros ojos leo...
3425
Caballeros, llegad. Sobre la espada
rey le juramos.
TODOS
Sí.
EL CONDESTABLE
Procuradores,
otorgad el servicio. Reyes de armas,
por don Fernando
el quinto alzad pendones.
¡Tenemos rey! ¡Castilla está
salvada!
3430
FERNANDO
Tened, tened. -Aprecio, caballeros,
y eternamente grabaré en mi alma,
que mostréis
del valor de mi persona
tal crédito tener. -Esta
demanda
que grandes, ricoshombres, caballeros,
3435
me presentan
unánimes, dictada
no puede ser por míseras
pasiones,
por odio antiguo y criminal venganza...
No: sólo el bien del reino es el que os mueve:
quiérolo así creer. Mas si arrastrada
3440
de
patrio celo, la conciencia os dicta
tan dura obligación,
a mí me manda
que también a mi vez cumpla
la mía...
rechazando esa oferta. -No es de tanta
codicia en mí ser rey, que menosprecie
3445
el eterno
borrón, la negra infamia
de despojar a un inocente
niño,
sin más apoyo ni defensa humana
que el llanto de una madre viuda y sola,
y faltar a la
fe por mí jurada
3450
a un rey, a un padre que en mi
honor confía.
No, castellanos. La señal más
alta
con que mi gratitud mostraros puedo
es daros
hoy por rey, sin más tardanza,
al hijo de mi hermano.
-Su edad tierna
3455
no os inspire temor: fuerza sobrada
hay
en mi corazón, hay en mi brazo
para afirmar su trono.
Si levanta
sus estandartes el rebelde duque:
si rompiendo
los pactos Lusitania
3460
sus quinas junta a la morisca luna,
a su encuentro volemos, y mi lanza,
cual si mi propio
trono defendiera,
la primera será. ¡La noble
causa
que juro sostener, a Dios confío!...
3465
Escena VIII
DICHOS, FRAY VICENTE FERRER, que sale
de la iglesia.
FRAY VICENTE
¡Y dios la acepta, y la
victoria os guarda!
EL CONDESTABLE
(¡Fray Vicente Ferrer!
¡Oh contratiempo!)
TODOS
(Inclinándose ante él.)
¡Padre!
FADRIQUE
Padre,
llegad. Esa palabra,
alto don que del cielo recibisteis,
cuya elocuencia milagrosa es fama
3470
que mueve a gentes
de diversas lenguas,
cual si en la suya propia les hablara,
suene en bien de Castilla, y poderosa
nuestra razón
apoye.
FRAY VICENTE
Será
vana;
que donde no hay verdad no hay elocuencia;
3475
y esa
razón que predicáis es falsa.
EL CONDESTABLE
¿Falsa decís?...
FADRIQUE
La
salvación del reino
sólo por tal camino se
afianza...
FRAY VICENTE
¡Nunca por el camino del
delito
ni hombres ni reinos salvación alcanzan!
3480
EL CONDESTABLE
¡Hijo del Turia sois!... ¡Queréislo
todo
para Aragón; para Castilla nada!
FRAY VICENTE
Mi ley es la de Dios: mi patria el mundo.
Do la justicia
está, mi voz la ensalza;
y do la iniquidad mis ojos
miran,
3485
allí impávido corro a contrastarla.
Vedme aquí, pues. En vano vuestro intento
con
mentiroso nombre se disfraza:
razón de estado
la llamáis vosotros;
mas ante Dios, iniquidad se
llama.
3490
(Al infante.)
Señor, cuya virtud en este
día
más alto que los tronos os levanta:
si desde esa grandeza verdadera
no miráis con
desdén la pompa humana;
si os place descender de
las alturas
3495
de la humildad a las mezquinas gradas
de
un pobre trono de la tierra, un trono
en galardón
los cielos os preparan.
Dios os lo anuncia por mi voz.
Oídme.
Rendido al peso de la edad cansada,
3500
don
Martín de Aragón ya comparece
al tribunal
divino... De su hermana
doña Leonor sois hijo: él
no los tiene;
y a vos, infante, su corona os guarda.
FERNANDO
La acepto, padre; que en mis venas corre
3505
sangre
de reyes que a reinar me llama.
Yo ambiciono a mi frente
una corona
legítima ceñir: nunca usurpada.
EL CONDESTABLE
¿No sabéis que rivales poderosos
la pretenden también?
FERNANDO
La
justa causa
3510
de mis derechos vencerá. Con orden
que al intento le di, junto al monarca
está Fernán
Gutiérrez, que en mi nombre
los sabrá
defender.
EL CONDESTABLE
También
se halla
en Barcelona el ambicioso conde
3515
de Urgel, que
audaz la sucesión reclama.
Numerosos parciales le
obedecen:
temed, señor, que al fin...
FRAY VICENTE
No
temáis nada.
Los grandes de Aragón, siempre
leales,
el testamento de su rey acatan.
3520
FERNANDO
Como
vos, condestable, el de mi hermano
debierais acatar.
EL CONDESTABLE
Señor,
la patria...
FERNANDO
¡Vos, su testamentario! ¡Vos, su amigo!...
EL CONDESTABLE
Castilla es antes, y a su ruina
marcha.
No por el de Aragón dejéis su trono.
3525
Castellano nacisteis: castellana
vuestra esposa nació:
los hijos vuestros
también en esta tierra infortunada
vieron la luz del sol, en esta tierra
que abandonáis
a su desdicha...
FERNANDO
Basta:
3530
condestable, no más. -Mandad que al punto
se proclame
a don Juan.
Escena IX
DICHOS, UN ESCUDERO.
ESCUDERO
Al
regio alcázar,
con nuevas de Aragón, en este
instante
Fernán Gutiérrez de llegar acaba.
TODOS
¡Fernán Gutiérrez!
ESCUDERO
De
impaciencia lleno,
3535
por vos pregunta, y hacia aquí
la planta
presuroso dirige.
FERNANDO
Andad:
que venga,
que llegue.
(Vase EL ESCUDERO.)
FRAY VICENTE
¡La
virtud su premio alcanza!
La nueva os trae que os anunció
mi labio.
EL CONDESTABLE
¡Y con ella la ruina de mi
patria!
3540
Escena X
DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ.
(FERNÁN GUTIÉRREZ, apresurado y cubierto de
polvo, dobla la rodilla ante DON FERNANDO.)
FERNANDO
¡Él
es!
GUTIÉRREZ
¡Señor!
¡Señor!
FERNANDO
Alzad.
GUTIÉRREZ
Ha
muerto
don Martín de Aragón.
FERNANDO
¿Y
a quién señala
por sucesor del reino?
GUTIÉRREZ
A
nadie.
FERNANDO
¡A
nadie!
EL CONDESTABLE
(Aparte a los grandes, que
se acercan a escuchar con interés.)
¡Oíd!
GUTIÉRREZ
A
las diversas embajadas
que oyó el rey don Martín,
y en que a la herencia
3545
de su trono derechos se alegaban
por el conde de Urgel, el de Gandía,
don Fadrique
el bastardo, el rey de Francia,
y por vos, que con
títulos mejores
la sucesión pedíais,
el monarca
3550
con grave continente: «Nadie, dijo,
más
derechos que el hijo de mi hermana
a mi corona tiene. Don
Fernando,
infante de Castilla, se adelanta
por más
cercano parentesco a todos:
3555
esto me dicta la conciencia.»
-Callan
al escucharle, y se divulga al punto
la resuelta
elección. Los días pasan;
y estando don
Martín en Valldoncella,
monasterio cercano a las
murallas
3560
de Barcelona, acometer se siente
de dolencia
mortal. La nueva infausta
los ánimos altera: al
monasterio
corren los conselleres con el ansia
de
recoger su voluntad postrera:
3565
en la celda penetran, y le
hallan
desencajado, moribundo, dando
el último
suspiro; y con turbada
faz y altivo ademán,
junto a su lecho
la condesa de Urgel.
TODOS
¡Cielos!
GUTIÉRREZ
En
alta
3570
voz preguntan al rey: «Señor, decidnos,
a
quién dejáis el trono.» El rey callaba:
y
la condesa con agudos gritos,
moviéndole furiosa
por que hablara,
«respondedles, decía, respondedles
3575
que a mi esposo elegís: ¡soy vuestra hermana!»
En vano fue: sus labios no se abrieron;
y en tan fatal
silencio, rindió el alma.
Cunde la nueva: los
diversos bandos
se empiezan a agitar. Mi voz reclama
3580
vuestro justo derecho... -De improviso
llega el conde de
Urgel: corre a las armas
el inmenso tropel de sus parciales,
que acaudillan Cardonas y Moncadas;
y cediendo el
derecho a la violencia,
3585
rey de Aragón al conde se
proclama.
TODOS
¡Rey de Aragón!
GUTIÉRREZ
Con
riesgo de la vida
logro salir de la ciudad. La marcha
apresurando, a Zaragoza llego:
¡igual tumulto allí!
Por rey alzaban
3590
los de Alagón y los de Luna al conde;
y al arzobispo, que la justa causa
de los derechos vuestros
defendía,
dieron muerte sacrílega. -Con
harta
pena, a contaros el tremendo caso
3595
vengo a Toledo;
y al entrar, en plazas
y calles oigo muchedumbre inmensa
de soldados y pueblo que con ansia
me gritan al pasar:
«Fernán Gutiérrez,
venid. -¡Castilla sus
pendones alza
3600
por don Fernando el quinto!» Al escucharlos,
en regocijo mi dolor se cambia;
y ya del conde y de Aragón
me olvido,
y corro enajenado a vuestras plantas.
EL CONDESTABLE
Señor, en los sucesos de este mundo,
3605
y no en preñados
vaticinios, clara
la voluntad de Dios se manifiesta.
Ved aquí su sentencia pronunciada.
Esto es que
el trono de Aragón os quita,
porque aceptar el de
Castilla os manda.
3610
FERNANDO
¡No, condestable! Esto es más
bien que el cielo
no me llama a reinar.
FRAY VICENTE
Esto
es que osada
la vanidad del hombre alzarse quiere
a penetrar misterios que no alcanza.
Una es siempre la
senda que inflexible
3615
nuestra propia conciencia nos señala.
Sígala cada cual, sin que le tuerza
de los sucesos
la fortuna varia.
Vuestra senda sabéis, yo sé
la mía:
sigámosla, señor, con fe cristiana.
3620
Os dejo aquí luchando valeroso
con la propia ambición,
con las instancias
de un extraviado celo: tentaciones
que a los mortales débiles halagan;
y yo parto
a Aragón. Se alza un tirano
3625
allí, y allí
mi obligación me llama.
A su presencia iré,
y en sus oídos
retumbará con hórridas
palabras
la maldición que en nombre de los cielos
mi voz al fiero usurpador prepara.
3630
(Se va por el foro.)
Escena XI
DICHOS, menos FRAY VICENTE.
FERNANDO
¡Ah! ¡La santa verdad mueve su labio!
GUTIÉRREZ
Quizá la muerte en Aragón le aguarda;
que
ese conde feroz y sus secuaces
ni a los ministros del
Señor acatan.
FERNANDO
Y ese traidor le usurpa al
hijo mío
3635
un trono que era suyo. ¡Oh negra infamia!
Mas él lo ha dicho: maldición eterna
sobre
el usurpador los cielos lanzan:
no caerá sobre
mí.
EL CONDESTABLE
¿Quién
ha pensado
jamás, señor, que sobre vos recaiga?
3640
Sabedlo todo en fin: nuestra conciencia
con el borrón
de usurpadores carga,
si hay en esto borrón. Lo
que os pedimos
no es que usurpéis un trono con
la espada:
es que un trono ocupéis... que está
vacío.
3645
FERNANDO
¡Vacío el trono! ¿Qué
decís?
EL CONDESTABLE
La
planta
ya, señor, Diego López a Segovia
veloz encaminó; y allí se encarga
de
hacer, por orden mía, que a Inglaterra
la reina
viuda con sus hijos parta.
3650
FERNANDO
¡Traidor!
EL CONDESTABLE
Seré
traidor. -Subid al trono...
y allí mandad que mi
cabeza caiga.
FERNANDO
Caerá. -Y el que obedezca
de vosotros
y al punto en pos de Diego López
salga
a estorbar la traición, de condestable
3655
el
cargo heredará. Vos, Trastamara...
Vos, Manrique...
¿Ninguno me obedece?
Iré yo mismo con los hombres
de armas.
FADRIQUE
Señor, ninguno os seguirá.
FERNANDO
¡Ninguno!...
Condestable, ¿qué es esto?
(UN PAJE se acerca al
infante y le presenta la corona doblando la rodilla: todos
le cercan.)
EL CONDESTABLE
A
vuestras plantas
3660
rodando la corona de Castilla
sin dueño
está. Cien brazos se preparan
a disputarse en intestinas
lides
su ansiada posesión. Señor, tomadla.
Tomadla vos... o la veréis hundirse
3665
en un lago
de sangre castellana.
(DON FERNANDO contempla agitado la
corona.)
FERNANDO
¡Señor!, ¿qué me ordenáis?
Escena XII
DICHOS, EL ESCUDERO.
ESCUDERO
La
reina llega.
TODOS
¡La reina!
EL CONDESTABLE
¿Qué
decís?
ESCUDERO
Acompañada
del justicia mayor, que de Toledo
iba a salir cuando
su alteza entraba.
3670
EL CONDESTABLE
¡Fatalidad!...
FADRIQUE
¡Y
no la ha detenido!...
FERNANDO
¡Me he salvado!
ESCUDERO
Hacia
aquí mueve la planta,
trayendo de la mano al tierno
niño
que al lado suyo vacilante marcha.
EL CONDESTABLE
¿Y el pueblo? ¿Y los soldados?
ESCUDERO
Con
adustos
3675
ojos la miran, la abren paso, y callan.
EL CONDESTABLE
(Al infante.)
¿Lo oís? El voto general se muestra.
No hagáis que ese silencio que ora guardan
se trueque en desacato. Yo a su encuentro
voy a salir:
la llevaré al alcázar...
3680
FERNANDO
¡Condestable,
escuchad!...
EL CONDESTABLE
Señor...
FERNANDO
(Aparte a Dávalos.)
¡Soy
padre!...
¡No tentéis mi virtud!
(Dirígese
rápidamente al foro y desaparece por el claustro,
seguido de FERNÁN GUTIÉRREZ.)
FADRIQUE
¡No
hay ya esperanza!
EL CONDESTABLE
Sí; que el
amor de padre ha despertado
la ambición en su
pecho. Sólo falta
que el trono esté vacío.
FADRIQUE
¿Y
de qué suerte?...
3685
EL CONDESTABLE
La reina es
débil, y a sus hijos ama
con delirio también:
no desmayemos.
El riesgo que inminente amenazaba
de que a Aragón partiese don Fernando,
desvanecido
está. Ya con más calma
3690
al concertado fin
marchar podemos.
FADRIQUE
¡Ya se acercan aquí!
EL CONDESTABLE
¡No
temáis nada!
Escena XIII
DICHOS, LA REINA,
DON FERNANDO, DON DIEGO, EL REY NIÑO,
FERNÁN GUTIÉRREZ, DAMAS.
(LA REINA, de
luto, trae de la mano al niño don Juan: dos damas,
también de luto, la siguen.)
LA REINA
Antes
de buscar reposo,
en el templo quise entrar
y al
Dios del cielo rogar,
3695
por el alma de mi esposo.
Aquí
yace, hijo querido,
el padre que te dio el ser:
¡tú
no puedes conocer,
tierna flor, lo que has perdido!
3700
Ignóralo,
ya que Dios
a esa edad penas te envía:
yo tengo
llanto, alma mía,
para llorar por los dos.
Mas ¡ay!, respira, que el cielo
3705
su rigor depone ya,
y bondadoso nos da
junto a la pena el consuelo.
Pues
no bien a los umbrales
del santo templo llegamos,
3710
donde
de un padre buscamos
los despojos funerales,
cuando Dios
en su bondad
consuela a tu triste madre,
dándole
un segundo padre
3715
que te ampare en tu orfandad.
FERNANDO
Como noble y como hermano,
contad, señora, conmigo.
LA REINA
De vuestra sombra el abrigo
no vine
buscando en vano,
3720
y vosotros, caballeros,
que cual vasallos
de ley
lloráis la muerte del rey
con semblantes
lastimeros,
la gratitud aceptad
3725
de mi maternal cariño,
y acoged al tierno niño,
que fío a vuestra
lealtad.
No bien la infausta noticia
llegó
veloz a mi oído,
3730
que siempre más ha corrido
la infausta que la propicia,
con la prenda de mi amor
dejé a Segovia, angustiada,
y de Toledo a
la entrada
3735
hallé al justicia mayor,
que en nombre
vuestro sin duda
iba a buscarme, y turbado
por el
dolor, no ha acertado
a hablar a la triste viuda.
3740
Y el
pueblo, al verme pasar,
con su silencio mostraba
que
mi presencia doblaba
su tristeza y su pesar.
Vedle
en fin: aquí tenéis
3745
este vástago real
que en el trono paternal
hoy mismo colocaréis.
Ya he visto que vuestro amor
alzó el tablado
en que debe
3750
por rey proclamarse en breve
de mi esposo
al sucesor.
¡Dios te conserve, hijo amado,
feliz
como yo le pido!
¡Dios bendiga, oh rey querido,
3755
los años
de tu reinado!
FERNANDO
Condestable, el rey mi hermano
a vos el fiel cumplimiento
legó de su testamento.
Su precepto soberano
3760
leed, pues juntos aquí
su viuda y su hijo están.
EL CONDESTABLE
Vuestros
deseos serán
satisfechos. Dice así:
(Leyendo.)
«En el nombre de Dios, ordeno
y mando: que hasta que el príncipe don Juan mi hijo
haya edad de catorce años cumplidos, sean regidores
y gobernadores de sus reinos y señoríos la
reina doña Catalina, mi mujer, y el infante D. Fernando,
mi hermano, ambos a dos juntamente.»
LA REINA
¡A mí!,
a una débil mujer
3765
gobernar el reino encarga!
No:
con tan pesada carga
mis hombros no han de poder.
Vos, hermano, en nombre mío,
vos, de altas prendas
dotado,
3770
gobernad solo el Estado:
yo mi derecho os confío.
Si alguna vez interviene
el poder que me da el rey,
será cuando dura ley
3775
derramar sangre os ordene.
FERNANDO
Ya lo oís. En mi persona
cede su derecho
todo:
yo gobierno de igual modo
que ciñendo
la corona.
3780
Procuradores: la guerra,
en nombre de mi sobrino,
declaro al rey granadino
que ha invadido nuestra
tierra.
Y para salir al punto
3785
a batallar con el moro,
os pido el millón en oro
que dabais al rey difunto.
GUZMÁN
Haré a las Cortes saber
lo que
entrambos demandáis.
3790
(En actitud de marchar.)
LA REINA
¡Tened, tened! ¿Qué intentáis?
¿La guerra
queréis hacer?
FERNANDO
La guerra que el rey mi hermano
declaró al moro enemigo.
LA REINA
¡Callad!
No contéis conmigo
3795
para ese empeño inhumano.
FERNANDO
¡Señora! Mirad que en esto
cumplimos su
voluntad.
La guerra es justa: mirad
que todo se halla
dispuesto.
3800
Juntos en Toledo están,
verlos pudisteis
ahora,
los hombres de armas, señora,
y yo
soy su capitán.
Hueste inmensa de guerreros
3805
cual
nunca Castilla vio
vuestro esposo aquí juntó.
Catorce mil caballeros,
con cincuenta mil peones,
seis lombardas preparadas,
3810
trabucos, picos, azadas,
pertrechos y municiones.
Urge que hoy mismo salgamos,
y para pagar la gente
el dinero conveniente
3815
a las
Cortes demandamos.
LA REINA
No, yo no demando tal.
¡Nunca de guerra me habléis!
El alma me estremecéis
con ese nombre fatal.
3820
De mi madre, en la niñez,
a aborrecerlo aprendí;
que con lágrimas
la oí
recordar más de una vez
aquella
lid fratricida
3825
que la arrojó de este suelo
y al
rey don Pedro, mi abuelo,
le costó el trono y la
vida.
Dios la merced me otorgó
de que reinando
mi esposo
3830
nunca ese nombre horroroso
oyese en Castilla
yo.
¿A qué turbar la quietud
que veis al reino
gozar?
¿A qué en guerras empeñar
3835
su lozana
juventud?
¿Y vos, único sostén
de esta
madre desvalida,
nos dejáis, y vuestra vida
corréis a exponer también?
3840
No, hermano,
no lo consiento:
no lo consintáis tampoco.
(A los
grandes.)
Yo en nombre del rey revoco
el militar
llamamiento.
Condestable, en el instante
3845
los guerreros
despedid.
¡Andad!
EL CONDESTABLE
Señora,
advertid
que con vos manda el infante.
FERNANDO
¡Despedirlos!
¿Qué intentáis?
Cuando la morisma infiel
3850
insulta el regio dosel,
¿tan débil, reina, os
mostráis?
De vuestro hijo cuidad,
y dejadme
a mí, señora,
que el reino gobierne ahora.
3855
Procuradores, marchad:
júntense las Cortes luego;
y que ese millón en oro
para hacer la guerra
al moro,
que insolente a sangre y fuego
3860
nuestros campos
atropella,
manden que al punto se abone.
GUZMÁN
Señor, la reina se opone...
y vos gobernáis
con ella.
EL CONDESTABLE
(Al infante.)
¡Ya lo veis!
FERNANDO
Ceded,
señora,
3865
al ruego de vuestro hermano:
¡no liguéis
la única mano
que es hoy vuestra defensora!
EL CONDESTABLE
Ceded vos más bien, señor,
a los ruegos de Castilla.
3870
¡Ocupe la regia silla
el
ansiado sucesor!
FADRIQUE
No más dudas. ¡Levantad,
reyes de armas, el pendón!
Haced la proclamación...
3875
FERNANDO
¡Silencio!... ¡Callad, callad!
LA REINA
¡Qué
escucho! ¿Y os resistís
a que su lealtad, infante,
el regio pendón levante
por mi hijo?
FERNANDO
¿Qué
decís?...
3880
LA REINA
Hijo, para hacer valer
tus derechos aquí estoy.
A mostrarte al pueblo voy.
Sígueme.
FERNANDO
¿Qué
vais a hacer?
LA REINA
Que se cumpla en el momento
3885
lo que el rey manda.
FERNANDO
¡Aguardad!
LA REINA
(En ademán de marchar.)
¡Ven, hijo!
EL CONDESTABLE
(Deteniéndola.)
Reina,
escuchad
lo que manda el testamento.
(Lee.)
«Otro
sí, ordeno y mando: que tenga al príncipe mi
hijo para su crianza y enseñamiento Diego López,
mi justicia mayor, con cargo de guardar, regir y gobernar
su persona y su casa, hasta que él haya edad de catorce
años.»
Venid, justicia mayor:
aquí al príncipe
os confío.
3890
LA REINA
¡Arrancarme el hijo mío!
EL CONDESTABLE
¡Lo manda el rey mi señor!
LA REINA
No hay rey que pueda mandar
lo que es duro, injusto,
aleve...
¿Quién más que una madre debe
3895
al hijo suyo guardar?
¡Qué horror! ¿Y pudisteis
vos,
rey cruel, esposo ingrato,
dictar ese atroz
mandato?
¡Ah!... ¡No os lo demande Dios!
3900
EL CONDESTABLE
Mucho vuestra pena siento...
FERNANDO
Condestable, duro
estáis.
EL CONDESTABLE
No quiero que me digáis
que no cumplo el testamento.
LA REINA
Sin duda,
ya en la agonía
3905
y con turbada razón,
esa
feroz condición
alguno al rey le impondría.
Y lo que se opone así
a cuanto hay de más
sagrado,
3910
debe quedar anulado.
EL CONDESTABLE
¿Queréis
anularlo?
LA REINA
¡Sí!
EL CONDESTABLE
Pues oíd. Si de algún
modo
creéis que la voluntad
del rey se forzó,
anulad...
3915
pero el testamento todo.
LA REINA
¡Todo!
FERNANDO
¡Eso
no! ¡Lo he jurado!
EL CONDESTABLE
Pues bien: acercaos,
don Diego,
al príncipe yo os entrego.
DIEGO
(Trayéndolo a su lado.)
Yo lo acepto.
LA REINA
¡Hijo
adorado!
3920
(Óyese ruido de tumulto en el claustro del
foro.)
VOCES DENTRO
¡La proclamación!...
Escena XIV
DICHOS, EL ESCUDERO.
EL ESCUDERO
¡Señor!
FERNANDO
¿Qué es esto?
EL ESCUDERO
El
claustro invadido
por hombres de armas ha sido,
que
os buscan con gran clamor
y piden...
FERNANDO
(Interrumpiéndole.)
Ya
lo adivino:
3925
salir contra el moro, sí.
(A sacarlos
voy de aquí:
no me queda otro camino.)
(Dirígese
a los hombres de armas que salen en tumulto por el foro.)
Un salón en el alcázar
de Toledo. A la derecha del actor, en primer término,
una puerta que da a las habitaciones donde está el
príncipe guardado por Diego López. Otra a la
izquierda, en frente, que conduce a las que ocupa LA REINA.
Otra grande en el foro, cerrada; y a cada lado de ella un
arco con el arranque de una galería que se pierde
en ambos costados: la de la derecha da a lo exterior; la
de la izquierda a lo interior del alcázar. Hay una
mesa con recado de escribir y un sillón.
Escena I
EL CONDESTABLE.
No hay ya que vacilar. Los grandes todos
3965
impacientes
se agitan.
Quiero evitar que por violentos modos
el ciego
desacato que meditan
lleguen a consumar. Desde el
instante
que sordo a nuestros votos el infante
3970
se partió
con la hueste, han transcurrido
días y días,
sin haber sabido
cuál
es por fin su intento.
De la muerte del rey cunde
la nueva,
y asoma ya en el pueblo el descontento,
3975
porque
al trono real nadie se eleva.
Cien
veces he intentado
a la reina llegar, determinado
a declararla lo que el reino pide.
Mas sin hablarme siempre
me despide;
3980
y encerrada en su estancia sin consuelo,
a nadie admite hasta cumplir el duelo.
Hoy se cumple por
fin, y hoy mismo quiero
que su destino escuche de
mi boca.
Yo alcé la
voz primero,
3985
y consumar me
toca
a mí también la comenzada empresa.
¡Si acaso su promesa
Diego López cumplió, que en esa estancia
al príncipe don Juan guarda a su lado,
3990
y a la
reina tal vez habrá anunciado
el
voto de Castilla!
Usurpando el de Urgel la regia silla
del reino de Aragón, perdió el infante
de reinar la esperanza.
3995
Yo observé que, al oírlo, en su semblante
asomó la ambición y la venganza.
¡Ah! Si
en aquel momento no viniera
a
amedrentar su mente
la aterradora voz de fray Vicente,
4000
nuestro tesón al fin triunfado hubiera.
Y
triunfará, lo fío.
Parta la reina con sus
hijos luego,
y al contemplar que el trono está
vacío,
cederá don Fernando a nuestro ruego.
4005
Escena II
EL CONDESTABLE, UN PAJE, que sale
del cuarto de LA REINA.
EL CONDESTABLE
¿Qué
respondió la reina a mi demanda?
EL PAJE
Responderos
me manda
que ni a vos ni a ninguno escuchar quiere,
en tanto que a sus brazos no volviere
el hijo tierno
cuya ausencia llora.
4010
EL CONDESTABLE
(No
le ha visto hasta ahora:
bien cumplió Diego López
lo ofrecido.)
Volved, paje, y decid que yo le pido
un momento de audiencia.
EL PAJE
Perdonadme que os falte a la obediencia.
4015
Su alteza me ha mandado
que
de vos no le pase otro recado.
(Se va.)
Escena III
EL CONDESTABLE.
Airada
está conmigo
porque del hijo la privé,
y en vano
es insistir: hablarla no consigo.
4020
Veré
si los obstáculos allano
haciendo
que una audiencia
Diego López le pida con urgencia;
que al ayo de su hijo es evidente
que a hablar no
se resista; y él, que es diestro,
4025
la llevará
un mensage en nombre nuestro
y hará que ceda y que
de aquí se ausente.
(Dirígese a la puerta de
la derecha, y se detiene viendo venir al escudero por la
galería del mismo lado.)
Escena IV
EL CONDESTABLE,
EL ESCUDERO.
EL CONDESTABLE
¿Qué me queréis?
EL ESCUDERO
Calada
la visera,
y por vos con empeño preguntando,
en la cercana galería espera
4030
un caballero.
EL CONDESTABLE
¿Acaso
don Fernando
de su campo le envía?
EL ESCUDERO
Solamente
que os hiciera presente,
me ha dicho con instancia, que venía
del
reino de Aragón, y que tenía
4035
que
hablaros al instante.
EL CONDESTABLE
¿Del reino de
Aragón? Pase adelante.
Escena V
EL CONDESTABLE.
¡De Aragón y encubierto un caballero!
¿Qué
podrá ser? Hablémosle primero.
Escena
VI
EL CONDESTABLE, EL CONDE DE URGEL,
que viene armado y calada la visera.
(EL ESCUDERO lo introduce
y se retira.)
URGEL
¿Sois el condestable vos?
4040
EL CONDESTABLE
¿Y vos?
URGEL
Lo
sabréis después.
Decidme primero: ¿es cierto
que elevar os proponéis
al infante don Fernando
al castellano dosel?
4045
EL CONDESTABLE
Nadie en Toledo
lo ignora.
URGEL
Pues con el propio interés
cerca
de vuestra persona
me envía el conde de Urgel
con un secreto mensaje.
4050
EL CONDESTABLE
¿El rey de
Aragón?
URGEL
¡El
rey
de Aragón!... Llegará a serlo
con tal
que vos le ayudéis.
EL CONDESTABLE
¿Qué
decís? ¿Estáis en vos?
Todos sabemos que
fue
4055
proclamado en Barcelona.
URGEL
Es cierto; y también
lo es
que perdió el trono aquel día,
y se alzaron contra él
los parciales de ese infante
4060
que por monarca queréis.
EL CONDESTABLE
¡Santo
Dios! ¡Será posible!
Mas ¿qué es esto? Vos
tal vez
venís con dañado intento
falsas
nuevas a extender
4065
que nuestro designio estorben.
¿Quién
os envía? ¿Por qué
seguís encubriendo
el rostro?
¡Vive Dios!, que hasta saber
quién
sois, haré que en la torre...
4070
URGEL
¡Basta! ¡Vive
Dios también,
que impacientándome vais!
¿No fuisteis vos, responded,
con un secreto mensaje
de vuestro difunto rey
4075
a Barcelona?
EL CONDESTABLE
Sí
fui.
URGEL
¿No visteis más de una vez
en aquella
corte al conde?
EL CONDESTABLE
Le vi.
URGEL
¿Presentes
tenéis
sus facciones?
EL CONDESTABLE
Sí,
las tengo.
4080
URGEL
(Se alza la visera.)
Miradme.
EL CONDESTABLE
¡El
conde de Urgel!
URGEL
El mismo.
EL CONDESTABLE
¡Cielos!
¿Pues cómo?
¿Vos en Toledo?
URGEL
Después
que en la confusión primera
ganar el trono
logré,
4085
el parlamento se junta
y alzando la voz
en él
mis enemigos, consiguen
a sus parciales
mover;
y recurriendo a las armas
4090
y lanzándose
en tropel
contra los míos, el campo
les tengo
al fin que ceder.
Firme en mis designios, corro
a Zaragoza, que fiel
4095
mis derechos proclamaba.
Mas, ¡oh
rabia!, allí también
la desgracia me persigue.
Un hombre cuyo poder
hace que pueblos enteros
4100
caigan temblando a sus pies,
de repente en la ciudad
tremendo se deja ver,
y lanzando contra mí
cien anatemas y cien,
4105
arrastra a la muchedumbre
que
le sigue por doquier,
y en mi presencia se pone
con impávida altivez.
EL CONDESTABLE
¡Le conozco!
Era sin duda...
4110
URGEL
¡Sí! ¡Fray Vicente Ferrer!
En vano, en vano al acero
llevar la mano intenté...
Fuerza superior le asiste:
que sin poderme valer
4115
imprecaciones terribles
de su labio toleré.
-«No reinarás -exclamó:-
porque el trono
aragonés
guarda Dios a don Fernando,
4120
príncipe
insigne, que en vez
de recibir la corona
con que orlar
quieren su sien
el condestable y los grandes
de
Castilla, por no ser
4125
traidor a su noble estirpe,
la rechaza
con desdén.»
Su voz alienta a los nobles,
hace al pueblo enmudecer,
y por último, me arroja
4130
de Zaragoza también.
A la Almunia me retiro,
donde a juntar comencé
gran número
de parciales;
cuando me hicieron saber
4135
que los tres reinos
de acuerdo
quieren que el trono se dé
al que más
derechos tenga
de los que aspiran a él.
Esta
sentencia han de darla
4140
nueve jueces, siendo tres
por
cada reino elegidos;
y para que a salvo estén
de que nadie sus conciencias
pueda en su favor torcer,
4145
la fortaleza de Caspe
los custodia, y allí es
donde al reino de Aragón
en breve darán
un rey.
EL CONDESTABLE
¿Y quiénes los jueces
son?
4150
URGEL
Entre ellos cuento tener
de mi parte al arzobispo
de Tarragona, a Guillén
de Valseca, y otros
varios...
EL CONDESTABLE
¡Si al arzobispo tenéis
4155
en vuestro favor!...
URGEL
¡Qué
importa!
Valencia ha nombrado juez
a mi mayor enemigo,
al más poderoso...
EL CONDESTABLE
¿A
quién?
URGEL
Al que protege al infante,
4160
y sentenciará
por él,
y arrastrará a los demás...
¡A fray Vicente otra vez!
EL CONDESTABLE
¿A
fray Vicente? -No hay duda...
¡Le perdemos!
URGEL
Viendo,
pues,
4165
que nada ya por la fuerza
puedo en Aragón
hacer,
a Toledo me dirijo;
porque vosotros podéis
primero que los de Caspe
4170
esta cuestión resolver.
EL CONDESTABLE
¿Cómo?
URGEL
A
vosotros y a mí
nos liga el mismo interés.
Vosotros para Castilla
a don Fernando queréis:
4175
en la herencia de aquel trono
mi competidor es él:
coronadle, antes que el fallo
los jueces de Caspe
den.
Y ya sin rival, es mío
4180
el imperio aragonés.
EL CONDESTABLE
A la reina voy a hablar:
no hay tiempo
ya que perder.
URGEL
¿Qué intentáis?
EL CONDESTABLE
Que
con su hijo
parta a Inglaterra...
URGEL
Tened.
4185
Esa medida no os salva.
EL CONDESTABLE
¿Por qué?
URGEL
Porque
si a ceder
el infante se negase,
volver los hará
otra vez.
Para obligarle, es forzoso
4190
que el niño
don Juan esté
fuera de su alcance.
EL CONDESTABLE
¿Dónde?
URGEL
Condestable, en mi poder.
EL CONDESTABLE
¿En el vuestro?
URGEL
Sí:
en el mío.
¿Qué, dudáis?
EL CONDESTABLE
¡Conde
de Urgel!...
4195
Yo os conozco; y ese niño
es hijo
al fin de mi rey.
URGEL
¿Sospecháis?...
EL CONDESTABLE
Y
con razón.
URGEL
¡Vive Dios! ¡Osado!...
EL CONDESTABLE
Ved
que estáis, conde, en el alcázar
4200
de Toledo,
y que os perdéis.
Templaos, y decid. ¿Qué
prenda
nos dais de que el niño esté,
no solamente al abrigo
de un atentado cruel,
4205
sino honrado,
cual merece
su alta cuna?
URGEL
Mi
interés.
EL CONDESTABLE
No la rechazo: explicaos.
URGEL
Ya que no basta la fe
de mi palabra y la sangre
4210
real que anima mi ser...
EL CONDESTABLE
De vuestro
interés habladme.
URGEL
¿Pues claramente no veis
que conservando en rehenes,
al niño don Juan,
podré
4215
contener de don Fernando
la ambición,
si alguna vez
sus derechos a mi trono
intentara
sostener?
EL CONDESTABLE
Cierto. -Me basta la prenda.
4220
¡Hola!
Escena VII
DICHOS, EL ESCUDERO.
EL ESCUDERO
Señor.
EL CONDESTABLE
Disponed
de orden mía, que en Toledo
a nadie entrada se
dé
si es que viene de Aragón.
Andad.
Escena VIII
EL CONDESTABLE, EL CONDE.
EL CONDESTABLE
Conviene
tener
4225
oculta vuestra llegada
y las nuevas que traéis,
porque a oídos del infante
no lleguen hasta
después.
¿Nadie aquí os conoce?
URGEL
Nadie
4230
conoce al conde de Urgel
sino vos.
EL CONDESTABLE
Pues
aguardad.
(Dirígese a la puerta de la derecha.)
¡Ha del alcázar!
EL PAJE
,dentro. ¿Quién
es?
EL CONDESTABLE
El condestable.
(Ábrese
la puerta y aparece el paje.)
Decid
a Diego López, doncel,
4235
que para asunto que importa
aquí le aguardo.
(Retírase el paje, cerrando.)
¿Traéis
(Al CONDE.)
gentes de armas de Aragón?
URGEL
Corto escuadrón, pero fiel,
me acompaña,
que emboscado
4240
cerca del muro dejé.
EL CONDESTABLE
Pues cuando a partir vayáis,
haré que aviso
le den
de que al alcázar se acerque,
y esa
escolta llevaréis.
4245
Escena IX
DON DIEGO,
EL CONDESTABLE, EL CONDE.
(Ábrese la puerta
de la derecha, y sale por ella DON DIEGO.)
EL CONDESTABLE
Don Diego, oíd. -Aunque nada
hemos hablado hasta
ahora,
desde que está a vuestro cargo
del
príncipe la custodia,
no imaginéis que los
grandes
4250
aquel proyecto abandonan.
DIEGO
¿De qué
proyecto me habláis?
EL CONDESTABLE
Muy flaco
sois de memoria.
¿No os acordáis de aquel día
que partisteis a Segovia?...
4255
DIEGO
Sí me acuerdo.
EL CONDESTABLE
¿Y
a qué fuisteis?
DIEGO
A custodiar la persona
de
mi rey, y hasta Toledo
conducirle y darle escolta.
EL CONDESTABLE
¿Y
a mí
me lo decís?
DIEGO
Y
es notoria
4260
en Castilla la lealtad
de que mi pecho blasona.
EL CONDESTABLE
¡Viven los cielos! ¡Don Diego!...
DIEGO
(yéndose.)
Si no mandáis otra cosa...
EL CONDESTABLE
¡Oíd, esperad!... ¿Qué
es esto?...
4265
Mas ya lo comprendo. Os sobra
razón.
Perdonad, don Diego,
mía fue la culpa toda;
pues conociendo años ha
la prudencia que os adorna,
4270
antes de hablar olvidé
deciros que nada importa
que el caballero que veis
(Señalando al CONDE.)
de nuestros planes se imponga.
DIEGO
Yo, condestable,
no temo
4275
que el mundo entero me oiga.
EL CONDESTABLE
Bien está; pero repito
que hablar podéis
sin zozobra.
Es un noble aragonés,
a quien
su rey comisiona
4280
para que al niño don Juan
allá
conduzca, y le ponga
en su poder.
DIEGO
¡Cómo!
¿Al niño
que guardo yo? -Sabedora
del caso
será la reina,
4285
y ella y el infante en forma
me
autorizarán...
EL CONDESTABLE
La
reina
y don Fernando lo ignoran.
Mas urge el tiempo,
y es fuerza
hoy mismo acabar la obra.
4290
La reina, viendo
partir
al hijo que tanto adora,
le seguirá sin
remedio;
y al ver que el trono abandonan
lo aceptará
don Fernando.
4295
Entregadnos sin demora
al príncipe,
y...
DIEGO
Condestable,
vuestro juicio se trastorna.
¿Yo traidor al niño
rey
y a la reina mi señora?
4300
EL CONDESTABLE
¡Don Diego!
DIEGO
En
nombre del rey
don Enrique, que está en gloria,
soy guardador de su hijo.
EL CONDESTABLE
¿Y
la palabra?...
DIEGO
Esta
honra
nuevos deberes me impone.
4305
EL CONDESTABLE
¿Y
no es bien que se anteponga
el de salvar a Castilla?...
DIEGO
A mí tan sólo me toca
guardar
al rey, y a mi lado
lo guardaré a toda costa.
4310
EL CONDESTABLE
¡Vive Dios que ya os entiendo!...
URGEL
¡Y vive Dios que
me enoja
la paciencia que gastáis!
Si de
grado no os lo otorga,
entrad por él, y excusad
4315
tantas palabras ociosas.
DIEGO
Veremos si el condestable
a ese atentado se arroja.
URGEL
Si el condestable
vacila,
entraré yo mismo.
DIEGO
¡Hola!
4320
(A la voz de DON DIEGO aparecen hombres de armas guardando
la puerta.)
Ya veis que mis ballesteros
ese recinto custodian.
URGEL
Mi espada se abrirá paso...
(Pone mano
a la espada. EL CONDESTABLE le contiene.)
DIEGO
¡Guardias!
EL CONDESTABLE
¡Tened,
no nos oigan!
Con violencia nada hacemos.
4325
Idos, y dejadme
a solas
con él.
URGEL
Pero
es fuerza hoy mismo...
EL CONDESTABLE
Hoy nuestro intento
se logra.
Yo respondo.
DIEGO
Será
en vano.
URGEL
Si dentro de breves horas
4330
no le entregas,
viejo imbécil,
vendré por él en persona;
y aunque huelle tu cadáver,
te lo arrancará
mi cólera.
EL CONDESTABLE
Idos, que la reina
sale.
4335
(El CONDE DE URGEL se cala la visera, y se va.)
Escena X
DON DIEGO, EL CONDESTABLE, LA REINA.
LA REINA
¿Ni en la estancia silenciosa
donde llorando
mi duelo
vivo retirada y sola,
dejaréis de
importunarme?
¿Quién estas voces provoca?
4340
¿Qué
hacéis a la puerta vos
de la estancia donde mora
mi hijo? Y ese guerrero
que con planta presurosa
se aleja al verme, ¿quién es?
4345
DIEGO
Sea quien fuere,
señora,
don Diego López aquí
al
niño don Juan custodia
y a nadie lo entregará.
LA REINA
¡Entregarlo!
DIEGO
Desde
ahora
4350
libre entrada en su aposento
concedo... ¡pero a
vos sola!
(Éntrase en el cuarto de la derecha.)
Escena XI
EL CONDESTABLE, LA REINA.
EL CONDESTABLE
(Yo daré en tierra, villano,
con tu fingida
lealtad.)
LA REINA
¡Cielos, qué he oído!
Aclarad,
4355
condestable, aqueste arcano.
EL CONDESTABLE
A demandaros audiencia
cien veces aquí he llegado,
y nunca os habéis dignado
darme de hablaros
licencia.
4360
LA REINA
¿Qué queréis? La pena,
el llanto
engendran temores tales...
¡y hasta palabras
fatales
que resuenan con espanto!
Jurara yo que
aquí ahora
4365
no sé qué don Diego dijo
de entregaros a mi hijo...
¡Ved qué ilusión!...
EL CONDESTABLE
Sí,
señora.
LA REINA
¡Cómo!... ¿Es cierto?
EL CONDESTABLE
Sí,
por Dios.
LA REINA
¿Y para qué habéis
tratado
4370
de arrancarlo de su lado?
EL CONDESTABLE
Para entregároslo a vos.
LA REINA
¡Cielos!...
¿Es posible?... ¡A mí!...
¿Y él se niega
a vuestro intento?
EL CONDESTABLE
Ya sabéis
que el testamento
4375
le manda guardarlo.
LA REINA
¡Ah,
sí!
EL CONDESTABLE
Y vos, pena muy amarga
tendréis, separada de él.
LA REINA
¡Ah! No hay pena más cruel.
EL CONDESTABLE
¡Y separación tan larga!
4380
Yo cumplí mi obligación
poniendo el niño en su mano:
no me tachéis
de inhumano.
Comprendo vuestra aflicción;
y cual madre tierna creo
4385
que por llegarle a abrazar
daríais sin vacilar...
LA REINA
¡Cuanto en el
mundo poseo!
Mas no será menester.
Puesto
que hoy a vuestro ruego
4390
ceder no quiere don Diego,
yo
le obligaré a ceder.
EL CONDESTABLE
¿De qué
modo?
LA REINA
(Sacando un pergamino.)
En
este escrito
que de mi mano he trazado,
por nulo
doy lo mandado.
4395
La guarda del rey le quito;
y, por ser
su madre, a mí
me declaro guardadora.
Mirad.
(Se lo entrega.)
EL CONDESTABLE
Observo,
señora,
que falta una firma aquí.
4400
LA REINA
¿La del infante?
EL CONDESTABLE
Así
es:
el poder es de los dos.
LA REINA
Pues bien, condestable,
vos
que mostráis tanto interés
por
esta madre infelice,
4405
enviádselo al instante,
no
tardéis, y que el infante
con su firma lo autorice.
EL CONDESTABLE
Dudo que para anular
de su hermano
el testamento
4410
preste su consentimiento.
LA REINA
¡Oh Dios! ¿Y a quién apelar?...
EL CONDESTABLE
Si al hijo vuestro queréis
con ese afecto
tan puro...
LA REINA
¿Lo dudáis?
EL CONDESTABLE
Pues
bien, yo os juro
4415
que en los brazos lo tendréis.
La empresa a mi cargo tomo.
LA REINA
¿Vos?
EL CONDESTABLE
Sí;
que poder me asiste.
LA REINA
¿Cuándo será?
EL CONDESTABLE
En
vos consiste
que sea ahora mismo.
LA REINA
¿Cómo?
4420
EL CONDESTABLE
Dedicando vuestro amor
a su dicha,
a su reposo;
haciéndole venturoso,
que es
la grandeza mayor.
LA REINA
¿Pues qué otro objeto
ambiciono?
4425
EL CONDESTABLE
Es que con todo ese afán
no haréis feliz a don Juan,
si le hacéis
subir al trono.
LA REINA
¿Y qué he de hacer?
¡Santo Dios!
EL CONDESTABLE
Salvarle del riesgo ahora.
4430
LA REINA
¿Cómo?
EL CONDESTABLE
Marchándoos,
señora,
con él de Castilla vos.
LA REINA
¡Cielos!
EL CONDESTABLE
De
la corte ausente,
siempre retirada allá,
vos ignoráis... -¡Ojalá
4435
lo ignoréis
eternamente!-
las zozobras, los cuidados
que rodean sin
cesar
al que se atreve a reinar.
Doy que los moros
lanzados,
4440
que sujeto Portugal,
el príncipe, sin
tener
extranjeros que temer,
empuñe el cetro
real.
No es el extranjero encono
4445
el peligro que le amaga:
en Castilla está la plaga
que ha de socavar su
trono.
Pondrán a su arrojo grillos,
burlarán
sus esperanzas
4450
prelados que mandan lanzas,
grandes que
tienen castillos.
Si es blando, dulce y humano,
ha de ser de ellos juguete;
y si mandar se promete
4455
tendrá
que hacerse tirano.
Mandar don Pedro intentó,
y fue tirano y cruel;
y ya sabéis en Montiel
de qué manera acabó.
4460
LA REINA
(aterrada.)
¡Ay!
EL CONDESTABLE
En
cambio el rey difunto,
que fue bondadoso y blando,
sufrió
desaires, llegando
su humillación a tal punto,
que hasta el sustento por fin
4465
hubo de faltarle un día,
mientras ellos a porfía
se holgaban en un festín.
¿Queréis que en tanto baldón
el hijo
vuestro se vea?
4470
Que rey en el nombre sea,
¿es esa vuestra
ambición?
Marchad, señora, marchad;
y dejad que el cetro tome
uno que a los grandes dome...
4475
LA REINA
¿Quién?
EL CONDESTABLE
El
infante.
LA REINA
¡Oh
maldad!
EL CONDESTABLE
Lo demanda el reino entero;
y yo, hincando la rodilla,
de vuestro amor a Castilla
este sacrificio espero.
4480
LA REINA
Alzad, alzad. -¡Dios
eterno!
Cumpliéronse mis temores.
¿Así
perseguís, traidores,
a una madre, a un niño
tierno?...
EL CONDESTABLE
¡No es traidor el que aquí
veis,
4485
el que os demanda de hinojos,
con lágrimas
de sus ojos,
que os salvéis y nos salvéis!
LA REINA
Alzad, alzad... Ya penetro
hasta el
fondo el negro arcano...
4490
¡Y es el infante, es mi hermano
quien roba a mi hijo el cetro!
EL CONDESTABLE
(Se
pone en pie.)
¿Qué decís?...
LA REINA
Sí:
de mi lado
le aleja el remordimiento;
¡y os hace
a vos instrumento
4495
de este feroz atentado!
EL CONDESTABLE
Señora, yo fui testigo
de su tenaz resistencia.
LA REINA
¡Por eso huyó mi presencia!
EL CONDESTABLE
Por eso.
LA REINA
Vos
sois su amigo.
4500
Y en vano estáis procurando
obscurecer
su traición:
que mi leal corazón
ya
me la estaba anunciando.
¡Ah, sí! Desde aquel instante
4505
que separada me vi
del hijo mío, y aquí
sola me dejó el infante,
no sé qué
secreto horror
en mi corazón sentía,
4510
que
cuantos rostros veía
me llenaban de terror;
y
en esa estancia encerrada,
donde mi espanto crecía
con la soledad sombría
4515
de esta lóbrega
morada,
se agolparon de repente
a mi exaltada memoria
recuerdos de aquella historia
que en mi niñez
inocente
4520
a mi tierna madre oí.
De Castilla la
arrojaron,
y al rey su padre mataron...
¡Y fueron
los grandes, sí!
¡Y un infante era también
4525
el jefe de aquella hazaña!
EL CONDESTABLE
¿Semejanza tan extraña
por qué vuestros ojos
ven?
LA REINA
Porque de nuestros mayores
pesa
en nosotros la ley:
4530
yo desciendo de aquel rey...
y vos
de aquellos traidores.
EL CONDESTABLE
Caiga vuestro
enojo en mí:
traidor llamadme en buen hora;
mas por vuestro bien, señora,
4535
marchad al punto
de aquí.
LA REINA
¡Nunca! ¡Jamás! -¡Justo
Dios!...
¡Yo a mi hijo destronar!...
EL CONDESTABLE
¿No queréis con él marchar?...
Pues él
marchará sin vos.
4540
LA REINA
¿Qué decís?...
¡Sin mí!
EL CONDESTABLE
Es
urgente:
hoy partirá de Toledo.
LA REINA
¿Pensáis
que me infunde miedo
esta amenaza impotente?
Si
vos faltáis al honor
4545
y a la fe de buen vasallo,
no imaginéis que me hallo
sin un leal defensor.
EL CONDESTABLE
¿Quién, señora?
LA REINA
El
que antes dijo
que era sordo a vuestro ruego.
4550
EL CONDESTABLE
¿Don Diego, decís?
LA REINA
Don
Diego,
que no entregará a mi hijo.
EL CONDESTABLE
¡Vana ilusión os ofusca!
Ese leal caballero
sabéis que fue el mensajero
4555
que marchaba en vuestra
busca.
LA REINA
A traerme...
EL CONDESTABLE
No,
señora:
iba a alejaros de aquí.
LA REINA
¿Cómo?... Pues ahora...
EL CONDESTABLE
Sí:
otro es su interés ahora.
4560
Como guardador, confía
que logrará del rey niño
ir conquistando
el cariño
y ser su valido un día.
LA REINA
Pues, lealtad o interés sea,
4565
él lo guardará.
EL CONDESTABLE
Quizá.
Y decid: ¿lo guardará,
señora, cuando esto
lea?
(Mostrando el escrito que le dio LA REINA.)
LA REINA
¡Cómo! ¿Intentáis?...
EL CONDESTABLE
Todo
entero
escrito de vuestra mano.
4570
LA REINA
Lo revocaré.
EL CONDESTABLE
Es
en vano.
El pensamiento primero
de despojarlo aquí
está;
y aunque lo anuléis ahora,
tarde
o temprano, señora,
4575
que se ha de cumplir verá.
Y pues en don Diego es fijo
que obra sólo el interés,
leerá este escrito, y después
entregará
a vuestro hijo.
4580
LA REINA
¿Conque no hay uno siquiera,
no hay uno que guarde fe?...
Partiré, sí,
partiré...
¡Y ojalá nunca viniera!
Hijo: huyamos de este suelo,
4585
huyamos de este recinto
en sangre de reyes tinto...
Abandónales sin duelo
un trono de maldición
a esos nobles ricoshombres...
4590
que cubren con altos nombres
la infamia del corazón.
EL CONDESTABLE
¿Partiréis?
LA REINA
Al
punto, sí:
que mientras con vos esté,
por mi hijo temblaré:
4595
salgamos pronto de aquí.
EL CONDESTABLE
La paz a Castilla dais,
y aunque el
sacrificio os cueste...
(Algazara dentro y gritos de
¡viva el infante!)
LA REINA
¡Cielos! ¡Qué tumulto
es este!
¿Quién viene?
EL CONDESTABLE
Nada
temáis.
4600
Escena XII
DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ,
SOLDADOS.
(Cuatro guerreros siguen a FERNÁN GUTIÉRREZ,
y se quedan en el fondo, caladas las viseras.)
GUTIÉRREZ
¡Victoria por don Fernando!
EL CONDESTABLE
¡Fernán
Gutiérrez!
GUTIÉRREZ
¡Oh,
reina!
A vuestras plantas me envía
el infante
con la nueva.
LA REINA
¿Y el infante dónde está?
4605
GUTIÉRREZ
¡Rayo del cielo es su diestra!
Al primer
encuentro, rompe
del moro la hueste inmensa,
lanzándola
desbandada
hasta el fondo de sus tierras.
4610
De Antequera
a las murallas
triunfante y rápido llega,
y las
escalas arrima,
y las lombardas asesta.
Da el asalto:
sube al muro:
4615
los defensores se entregan;
y al verle
alzar el pendón
de Santiago en las almenas,
grita el ejército: «¡Viva
don Fernando de Antequera!»
4620
EL CONDESTABLE
¡Dios le protege y le guarda
para
mayores empresas!
Otro título más alto
hoy en Castilla le espera.
La reina, Fernán Gutiérrez,
4625
que admira sus nobles prendas,
con resolución
magnánima
cede al infante la herencia
de
su hijo, y esta noche
los dos a Toledo dejan.
4630
LA REINA
¿Esta noche? (¡Oh cielo!)
EL CONDESTABLE
(Dirigiéndose
a LA REINA.)
Y
vos,
en quien de vanas grandezas
triunfa el maternal
amor,
entrad en la estancia regia;
y cuando del
hijo amado
4635
gocéis las caricias tiernas,
veréis
que no vale un trono
privarse de su presencia.
(Acércase
a la puerta de la derecha.)
¡Hola! -A don Diego llamad.
LA REINA
(¡Esto es hecho! No me queda
4640
otro recurso.
-Capaces
serán de traición más negra
si yo resisto...)
(EL CONDESTABLE, después de hablar
con DON DIEGO, que se ha presentado en la puerta, hace ademán
a LA REINA de que pase. LA REINA exclama entrando apresurada:)
(¡Hijo
mío!)
Escena XIII
EL CONDESTABLE,
DON DIEGO, FERNÁN GUTIÉRREZ, SOLDADOS.
(DON DIEGO va a seguir a LA REINA.)
EL CONDESTABLE
¡Don Diego!
DIEGO
Voy
con la reina.
EL CONDESTABLE
Dos palabras nada más...
4645
DIEGO
No puedo.
EL CONDESTABLE
Que
os interesan.
DIEGO
(deteniéndose.)
¿A mí?
EL CONDESTABLE
A
vos más que a ninguno.
DIEGO
Decid pronto.
EL CONDESTABLE
Con
reserva.
¿Lo habéis pensado mejor?
DIEGO
Yo
no pienso, cuando median
4650
el deber y la lealtad.
EL CONDESTABLE
¿Volvéis otra vez al tema?
DIEGO
Mi conciencia no
permite...
EL CONDESTABLE
¿A mí, don Diego,
con esas?
Sabéis que os conozco bien;
4655
conque dejaos
de conciencia,
y el móvil de esa mudanza
explicadme
con franqueza.
DIEGO
¡Risa me da la pregunta!
¿Y
a vos qué móvil os lleva
4660
a coronar al infante?
EL CONDESTABLE
¡A mí!...
DIEGO
Ya
sé la respuesta.
Decís que el bien de la
patria.
Otra razón es la vuestra.
Ayo del
infante fuisteis:
4665
se ha criado en vuestra escuela:
su
valido sois; y es claro
que si a coronarse llega,
seréis valido del rey.
EL CONDESTABLE
Ya entiendo.
¿Esa misma idea
4670
tenéis con el niño vos?...
DIEGO
Quiero seguir vuestra regla.
EL CONDESTABLE
¡Acabarais de una vez!
Si otro temor no os arredra
más que el de perder la guarda
4675
del niño,
no os cause pena.
DIEGO
¿Por qué?
EL CONDESTABLE
Porque
eso, don Diego,
será de todas maneras.
DIEGO
¿Cómo?
EL CONDESTABLE
Sí.
DIEGO
¡Perderla!
¿Y quién
me la ha de quitar?
EL CONDESTABLE
La
reina.
4680
DIEGO
¿La reina?
EL CONDESTABLE
(Le da el pergamino.)
Leed.
DIEGO
¡Qué
miro!
EL CONDESTABLE
Todo de su puño y letra.
Ella a marchar de Castilla
con su hijo está
resuelta.
Si bien a bien le entregáis,
4685
no revelará
mi lengua
que de vendernos tratabais;
pero si hacéis
resistencia
y dais con ello lugar
a que don Fernando
vuelva
4690
y nuestro plan desbarate,
este escrito os manifiesta
que la madre os quitará
la guarda del niño:
y cuenta
que haberle ayudado ahora
4695
no os valdrá
luego con ella,
porque ya sabe que antes
también
de los nuestros erais;
y al que ha servido a dos bandos
en ninguno se le aprecia.
4700
¿Qué decís?
DIEGO
¿Qué
he de decir?
Bien sabéis que en mi conciencia
de vuestra opinión he sido.
Si he obrado de
otra manera,
es porque el deber en mí
4705
siempre
ha tenido gran fuerza.
Pero en fin, ya que, a Dios gracias,
la reina misma desea
lo que todos deseamos,
pronto
estoy a obedecerla.
4710
EL CONDESTABLE
¡Esa mano!
DIEGO
Vuestro
soy.
EL CONDESTABLE
Fernán Gutiérrez,
ya quedan
los obstáculos vencidos:
don Diego
al príncipe entrega.
Esta noche aquí los
grandes
4715
juntaré, y en su presencia
firmará
la reina el acta
de abdicación. La litera
real vendrá con sigilo,
porque el pueblo nada entienda.
4720
Saldrán esta noche entrambos;
y cuando el día
amanezca,
por don Fernando alzaremos
pendones. Vos
a Antequera
partís, y a vuestra llegada
4725
hacéis
que cunda la nueva,
que el ejército lo aclame,
y en pos vuestro con presteza
iremos los grandes
todos
a llevarle la diadema.
4730
DIEGO
¡Todos, sí!
EL CONDESTABLE
¡Sigilo!
-Pronto
volveré. -Por lo que pueda
suceder...
no quiero yo
perder de vista a la reina.
Escena
XIV
DON DIEGO, FERNÁN GUTIÉRREZ,
GUERREROS.
DIEGO
¡Silencioso estáis! ¿Qué
es esto?
4735
Vos, a quien sin duda esperan
grandes dones
en albricias
de ese mensaje, ¿con muestras
de pesar,
Fernán Gutiérrez,
escucháis la elección
nuestra?
4740
GUTIÉRREZ
¡De pesar! ¿Estáis en vos?
Si en mi poder estuviera,
no de Castilla, del mundo
le hiciera rey.
DIEGO
¡Altas
prendas
dignas del trono le adornan!
4745
Y yo, que en reconocerlas
soy el primero, por fin
he consentido en la empresa.
Porque ya veis... del recinto
en que custodio a
su alteza,
4750
con hombres de armas seguros
guardadas tengo
las puertas
y en vano al niño intentaran
arrancarme con violencia.
Mas como el bien de Castilla
4755
tal sacrificio me ordena,
resuelto estoy a entregarlo.
Y cuando el infante sepa
que a mí me ha debido
el trono...
(Uno de los cuatro guerreros ha ido acercándose
y dice en voz baja a DON DIEGO:)
GUERRERO
Te hará
cortar la cabeza.
4760
(Álzase la visera: es DON FERNANDO.)
DIEGO
¿Cómo? ¿Qué?... ¡Oh Dios! ¡El infante!
FERNANDO
¡Silencio!
DIEGO
¡Señor!...
FERNANDO
Si
entregas
al príncipe, y yo soy rey,
ya sabes
lo que te espera.
DIEGO
¡Pues cómo!... ¿Os negáis?...
FERNANDO
¡Silencio!
4765
Entra al punto, y di a la reina
que en este instante,
aquí mismo,
hay quien hablarla desea.
Y advierte
que, aunque me has visto,
no me has visto. -Marcha apriesa.
4770
(DON DIEGO, turbado y trémulo, se va por la derecha.)
Escena XV
DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ,
GUERREROS.
FERNANDO
A tiempo, Fernán Gutiérrez,
llegamos por dicha nuestra.
Dios me ha inspirado. -Si
tardo
un día más, la violencia
se
consuma.
GUTIÉRREZ
¡Y
todavía
4775
quién sabe si a contenerla
bastaréis!
-Los grandes quieren
llevar a cabo la empresa
esta
misma noche. El ayo
del rey es débil: la reina,
4780
más débil aún, consiente
en ausentarse:
las fuerzas
que esperáis, o no vendrán,
o vendrán tarde...
FERNANDO
No
creas
que fray Vicente Ferrer
4785
mi mensaje desatienda.
GUTIÉRREZ
¿Y si no llegó a sus manos?
¿Y
si la alevosa diestra
que dio muerte al arzobispo
también en él se ensangrienta?
4790
¿Qué
haréis solo contra tantos?
¿Qué arbitrio
entonces os queda?
FERNANDO
¿Qué es esto, Señor?
¿Los tronos
que colocaste en la tierra
a merced
de sus vasallos
4795
así abandonados dejas?
No es tu
voluntad divina,
no es tu omnipotente diestra,
sino
el mundano interés
de pasiones turbulentas
4800
quien
alza y hunde a su antojo
reyes que en tu nombre reinan.
GUTIÉRREZ
Quizá es voluntad del cielo.
Lo pide Castilla entera.
¡Voz del pueblo es voz de Dios!
4805
FERNANDO
Aunque lo pida: aunque sea
conveniente al bien
del reino
que yo a sus instancias ceda,
de más
provecho será
dejar a las venideras
4810
edades esta
lección.
No quiero que un tiempo venga
en que,
su ambición dorando
con mentidas apariencias,
príncipes usurpadores
4815
invocar mi ejemplo puedan.
¡No ha de ser, viven los cielos!
Y pues mis derechos
huellan
los rebeldes de Aragón,
y a un usurpador
elevan
4820
a aquel trono que era mío;
este que la
providencia
bajo mi amparo coloca
no pasará
por la afrenta
de sufrir de sus vasallos
4825
la vergonzosa
tutela.
GUTIÉRREZ
Alguien viene.
FERNANDO
(Calándose
la visera.)
Ella
tal vez...
GUTIÉRREZ
La misma.
FERNANDO
Guarda
esas puertas,
y dame con tiempo aviso
si ves que
alguno se acerca.
4830
(FERNÁN GUTIÉRREZ se va por
la galería derecha llevándose los hombres de
armas; y durante la escena que sigue se les verá aparecer
de cuando en cuando a lo lejos, como vigilando la entrada.)
Escena XVI
DON FERNANDO, LA REINA.
(LA REINA
sale por la puerta de la derecha, impaciente y recelosa:
ve a FERNÁN GUTIÉRREZ y los guerreros desaparecer,
y se para amedrentada.)
LA REINA
¿Quién por
mí preguntaba?... -¡Mas qué es esto!...
¡Fernán
Gutiérrez! ¡Me dejáis a solas
con un desconocido!...
¿Qué designios?
(A DON FERNANDO.)
¿Quién
sois? ¿Qué me queréis?...
FERNANDO
(Alzándose
la visera.)
Yo
soy, señora.
LA REINA
¡Vos! ¡El infante aquí!
FERNANDO
(Con misterio.)
¡Callad!
LA REINA
¡Dejaos
4835
de fingimiento ya! La negra historia
de mi desdicha y
vuestro crimen leo.
No podéis la impaciencia que
os devora
más tiempo reprimir, ni allá
en el campo
la noticia aguardar de mi deshonra.
4840
Fuerza
es pedir a la ambición sus alas
y a Toledo volar;
que perezosa
la fe del condestable tantos días
la urgente empresa consumar demora.
¡Culpable lentitud!
-Mas vos llegasteis,
4845
y su tibieza en frenesí se
torna.
Preséntase a su reina, la amenaza;
al guardador
del rey, astuto compra;
y al hijo y a la madre en
esta noche
del trono y de Castilla nos arroja.
4850
¿Dudabais
de su celo? ¡Ah! ¡Sois injusto!
Es vuestro amigo y como
tal se porta.
Nada os queda que hacer. Vos, no lo extraño,
quizá a saberlo de mi propia boca
impaciente
venís... ¿Y a qué cubierto
4855
de férreo
casco, de acerada cota?
No es este el campo de Montiel,
ni el cetro
que venís a usurpar la valerosa
diestra de un rey batallador empuña,
ni guerrera
falanje le custodia.
4860
Un inocente niño es quien le
tiene,
y una mujer quien le defiende sola...
-¡No le
defiende, no!... No es necesario
que otra vez por
reinar la sangre corra.
-¡Ahí tenéis ese
trono que os halaga!
4865
Con placer os le dejo, y a remotas
tierras me ausento con el hijo mío,
que es mi
tesoro, mi ambición, mi gloria.
¡Adiós,
hermano, adiós! ¿Estáis contento?
Vednos
partir: ¡gozaos en vuestra obra!
4870
FERNANDO
En la vuestra
diréis, que no en la mía.
¡Débil mujer,
que tímida se postra
y, al peligro menor, de madre
y reina
los sagrados deberes abandona!
¿Qué
sería de vos, de vuestro hijo
4875
qué sería
sin mí? -Cuando a Segovia
dejasteis ambos y en Toledo
entrabáis,
los grandes me ofrecían la corona;
y yo la rechacé. -Con altos gritos
me aclamaba
por rey la hueste toda:
4880
yo le impuse silencio, y contra
el moro
me la llevé a lidiar.
LA REINA
¡Cielos!
FERNANDO
Con
pronta
marcha me alejo; y desde el campo envío
un secreto mensaje a Zaragoza,
pidiendo a fray Vicente
que al justicia
4885
hombres de armas demande, y a mi costa
vengan a las murallas de Toledo
y mi mandato aguarden.
-La derrota
sigo entretanto del alarbe; gano
la
villa de Antequera, y con victorias
4890
distraigo a mis guerreros.
-A Sevilla
finjo luego partir; y entre la escolta
de
escogidos jinetes que aquí envío,
de
la nueva del triunfo portadora,
disfrazado me oculto. En
este alcázar
4895
consigo penetrar; y aquí en
persona
quiero esperar la aragonesa hueste;
y cuando
el son de las trompetas oiga,
a su frente ponerme,
de los grandes
desbaratar las pretensiones locas,
4900
humillar
su poder, y al hijo vuestro
coronar.
LA REINA
¡Dios
eterno!
FERNANDO
Y
vos, señora;
vos, que depositaria sois conmigo
de su herencia real; vos, defensora
de sus derechos;
vos, que sois su madre...
4905
¿Qué habéis hecho
de él? -Ceder medrosa,
consentir en sacrílegos
proyectos,
llorar, huir, quitarle la corona.
LA REINA
Salvar su vida.
FERNANDO
El
suelo castellano
no engendra regicidas.
LA REINA
A
la sombra
4910
del patrio amor que hipócritas afectan,
la acción más negra llamarán heroica.
Aún recuerdo sus fieras amenazas,
su duro
acento, sus miradas torvas...
¡Ay, yo he temblado por el
hijo mío!...
4915
Si me niego a partir, nada se logra:
esta noche le arrancan de mi lado...
Y capaces serán...
¡Ah!, ¿qué me importa
el trono, la ambición?...
Yo con mi hijo
en dondequiera viviré dichosa...
4920
y él lo será conmigo. -¿Qué le falta,
si las caricias de su madre goza?
FERNANDO
¿Qué
le falta, decís? -Pluguiese al cielo
que esa
inocencia en que le veis ahora
eternamente conservar pudiera,
4925
cual conserva la flor su blando aroma.
Edad feliz, en
que el hogar paterno
es nuestro mundo, y lo demás
se ignora;
en que un beso de amor enjuga el llanto
que solamente de los ojos brota,
4930
y no del corazón...
Mas ¡ay! que pronto
el huracán de las pasiones sopla
y, por su aliento abrasador marchita,
la flor de
la inocencia se deshoja.
Cuando ese niño en varoniles
años
4935
sienta la regia sangre generosa
en sus venas
hervir; cuando esos lazos
en que hoy le sujetáis
brioso rompa,
y desdeñando juegos infantiles,
arda en su corazón ansia de gloria;
4940
«Tú
no naciste, le dirá la fama,
en esa humilde condición
que ahoga
tus ímpetus magnánimos; un trono
heredaste al nacer: si de él ahora
para siempre
arrojado te contemplas,
4945
de tu madre y no más la
culpa es toda.»
A vos entonces lanzará sus quejas;
verá en vos la ocasión de su deshonra:
huirá de vos; maldecirá en secreto
la dura
humillación que le sonroja,
4950
y acaso... acaso os
aborrezca un día.
LA REINA
¡Aborrecerme! ¡Oh
Dios!...
FERNANDO
Ya
veis, señora,
que si cobarde abandonáis el
trono
y apeláis a esa fuga vergonzosa,
nada
salváis en recompensa, nada...
4955
¡Ni el cariño
filial! -¡No más zozobras!
¡No más debilidad!
-Sed madre al menos.
Aquí tenéis un brazo
que os apoya.
No os pido yo que a sobrehumano esfuerzo
os elevéis con resistencia heroica;
4960
corto tiempo
no más, cortos instantes:
la hueste de Aragón
en breves horas
veréis aquí; y entonces vuestro
hijo
por vos el trono paternal recobra.
Y cuando
vos podáis decirle un día:
4965
«Me lo debes a
mí...» ¡Cuán orgullosa
recibiréis
en vuestro seno el llanto
de gratitud que de sus ojos corra!
LA REINA
Dejad, dejad que mi razón comprenda
lo que escuchando estoy de vuestra boca.
4970
¡Es sueño!
¡Es ilusión!... ¿Os dan un trono,
y vos lo despreciáis?...
¿Y que me oponga
a vuestra elevación queréis
vos mismo?
¡Alma sublime!... A vuestros pies se postra
esta mujer, que de su vil sospecha
4975
vuestro perdón
con lágrimas implora.
FERNANDO
¡Señora!...
LA REINA
No;
dejadme que os admire,
que tan alta virtud contemple absorta.
¡Ya comprendo el empeño de los grandes!...
Lo comprendo... ¡Y lo aplaudo! -A vos os toca
4980
con justicia
ceñir, no de Castilla,
sino del mundo entero la
corona.
¡Reinad, señor, reinad! -Yo al hijo mío
sabré decirle: humíllate y adora
la
voluntad del cielo, que en tu trono
4985
un modelo de príncipes
coloca.
FERNANDO
¡Tristes tiempos son estos, en que sólo
cumplir la obligación virtud se nombra!
Cumplid
la vuestra como madre y reina,
y a Dios dejad que lo demás
disponga.
4990
Mientras vos al amor de sus vasallos,
a la
justicia, a las virtudes todas,
formáis el corazón
del tierno niño,
yo domaré a esos grandes
que blasonan
de alzar la frente a par de sus monarcas.
4995
Yo un trono fundaré, cual firme roca
en tempestuoso
mar, donde se estrellen
de la ambición las impotentes
olas:
yo haré, en fin, que de hoy más
y para siempre
un solo rey Castilla reconozca.
5000
LA REINA
¿Qué nuevo aliento vuestra voz me infunde?
¿Qué
brío es este que mi pecho cobra?
Otra me siento
ya... Veréis cuán firme,
si aquí
de nuevo sus instancias doblan,
sé resistir... -¡Dios
mío!
(Con una exclamación de espanto.)
FERNANDO
¿Qué
os asusta?
5005
LA REINA
¡La noche! ¡Sí! Mirad que
esta es la hora
en que deben venir, y si no cedo,
el
hijo mío sin piedad me roban.
FERNANDO
¡Otra
vez el temor!...
LA REINA
¡Hijo
adorado!...
¿Cómo salir de aquí? -Los que
custodian
5010
las puertas del alcázar obedecen
la
voz del condestable. -¡Oh Dios!, ¡qué pronta
la
horrible noche se acercó! ¿Qué haremos?...
La hueste que esperáis de Zaragoza
no viene,
o vendrá tarde... y si entretanto
5015
de Diego López
los traidores logran
que entregue el hijo mío...
FERNANDO
Diego
López
no temáis que lo entregue.
LA REINA
¿Y
si ellos osan
a viva fuerza penetrar?...
FERNANDO
Entonces,
¿no estoy yo aquí?
LA REINA
¿Quién
viene?...
Escena XVII
DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ.
GUTIÉRREZ
Gente
asoma
5020
por esa galería.
LA REINA
¡Ellos
son!... ¡Ellos!...
FERNANDO
No desmayéis. ¡Firmeza!
(Se cala la visera y se confunde con los demás guerreros.)
Escena XVIII
DICHOS, EL CONDESTABLE, GRANDES.
LA REINA
(¡Oh
Dios!)
EL CONDESTABLE
Señora,
ya que a nuestras instancias os rendisteis...
LA REINA
¡Yo! ¿Qué decís?...
EL CONDESTABLE
¿Dudáis?...
LA REINA
¿Y
cuándo?...
EL CONDESTABLE
Pronta
la litera real estará en breve:
5025
y esta noche...
LA REINA
Bien,
sí: de mi persona
puedo yo responder... mas de mi
hijo...
Diego López le guarda, él os responda.
Si se niega a entregarlo...
EL CONDESTABLE
No
se niega.
LA REINA
¿No?
EL CONDESTABLE
Vais
a oírlo de su misma boca.
5030
(Dirígese a la puerta
de la derecha, y hace llamar a DON DIEGO.)
LA REINA
(¡Mi postrera esperanza en él se funda!
Inspírale,
¡mi Dios!, haz que desoiga
la voz de la traición.)
Escena XIX
DICHOS, DON DIEGO.
EL CONDESTABLE
Venid,
don Diego.
La noche es esta en que cumplir nos toca
el grande y doloroso sacrificio
5035
que al bienestar del
reino hacer importa.
La reina cede y a partir se obliga.
A las doce vendremos, y a esa hora
también
al niño entregaréis. ¿No es cierto?
DIEGO
(Mirando en derredor.)
¡Yo!...
EL CONDESTABLE
Declaradlo:
que aunque a mí me consta,
5040
hay quien duda de vos.
DIEGO
¡De
mí! Yo siempre...
EL CONDESTABLE
Hablad.
DIEGO
Como
la reina lo disponga...
(Ve a DON FERNANDO, que se alza rápidamente
la visera y le mira con semblante amenazador, cubriéndose
en seguida.)
El mismo salón del acto segundo. Es de noche:
hay una lámpara en la mesa.
Escena I
DIEGO.
¡Ambición!...
¡Loca ambición!...
En duro trance me pones.
5050
Nunca
de mí se acordara
el buen rey, que de Dios goce.
Si al infante no obedezco,
si ayudo a los ricoshombres,
me pierdo: pues el infante,
5055
rey o regente se nombre,
siempre
ha de ser quien nos mande:
y aunque la corona tome
con gozo, querrá que el mundo
por justiciero le
elogie;
5060
y, no hay duda, el guardador
es la víctima
que escoge...
¡Dios tenga piedad de mí!...
Escena II
DICHO, DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ,
que salen por la galería izquierda.
DIEGO
Señor...
van a dar las doce...
y vendrán, y yo no sé
5065
qué responder a esos hombres
cuando el niño
me reclamen...
FERNANDO
Lo que el deber os impone.
Que sois guardador del rey,
y que vuestro honor responde
5070
de su trono.
DIEGO
Y
si la reina,
que en partir está conforme,
pretende
entrar, ¿le diré
que os he entregado esta noche
su hijo, y que vos lo habéis
5075
ocultado... no sé
dónde?
FERNANDO
Si tal decís; si se sabe
que
estoy en Toledo, ¡pobre
de vos!
DIEGO
Puesto
que a la reina
no me dejáis que la informe
5080
de que
os llevasteis el niño,
¿tenéis, señor,
intenciones
de aceptar por fin el trono?
FERNANDO
Don
Diego, nada os importe
lo que yo he de hacer: andad,
5085
y
no olvidéis esta orden.
La puerta de ese aposento
custodiar os corresponde,
de modo que todos ellos
y aun la misma reina ignoren
5090
que ya el niño no está
allí.
DIEGO
Pero, ¿y si entrar se proponen
a la fuerza?
FERNANDO
Ballesteros
tenéis que la entrada estorben.
DIEGO
Y si trajeren
los suyos,
5095
¿qué hago?
FERNANDO
Morir
como noble.
DIEGO
(¡Nunca de mí se acordara
el buen
rey, que de Dios goce!)
(Se entra muy turbado por la
puerta derecha.)
Escena III
DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ.
FERNANDO
¿Conque podemos fiar
en ese alcaide?
GUTIÉRREZ
Es
mi deudo:
5100
nadie puede suponer
que escondido en su aposento
el niño don Juan está;
y el alcaide,
yo os prometo
que antes perderá la vida
5105
que revelarlo.
FERNANDO
Estoy
viendo
tales cosas en Castilla,
Fernán Gutiérrez,
que pienso,
¡vive Dios!, que a responder
de mí
mismo no me atrevo.
5110
GUTIÉRREZ
Confuso os miro, señor.
Con misterioso silencio
me mandáis que os acompañe,
y de poder de don Diego
sacáis a vuestro sobrino
5115
para ocultarlo de nuevo
en esa secreta estancia,
y me
calláis vuestro intento.
¿Dudaréis también
de mí?
FERNANDO
No.
GUTIÉRREZ
Ya
sabéis que son vuestros
5120
mi voluntad y mi brazo.
¿Qué queréis? ¿Que proclamemos
a don Juan?
-Contad conmigo.
¿Queréis empuñar el
cetro?
Contad conmigo también.
5125
FERNANDO
Lo sé.
-Y a vos, compañero
inseparable y amigo,
que desde
mis años tiernos
juez de mis acciones todas
y hasta de mis pensamientos
5130
constantemente habéis
sido;
a vos revelaros puedo
la lucha terrible, atroz,
que está trabada en mi pecho.
Fernán Gutiérrez,
vos sois
5135
testigo de mis esfuerzos
por conservar la corona
al legítimo heredero.
A la amotinada hueste
sabéis que impuse silencio
5140
y alejé de aquí:
sabéis
que por instantes espero
gentes de armas
de Aragón...
GUTIÉRREZ
¡Que ya tardan!...
FERNANDO
¡Bien
lo veo!
Sabéis que en tanto que llegan
5145
aquí
he venido encubierto
a velar por mi sobrino,
a defender
sus derechos.
Y en fin, sabéis que mi mente
nunca manchó el vil proyecto
5150
de traidora usurpación.
GUTIÉRREZ
¡Ah, señor!...
FERNANDO
Pues
bien; yo siento
en mi interior una voz
que me turba.
-¿Es voz del cielo
que mis sentidos despierta
5155
y de su círculo
estrecho
los eleva a otra región
de más altos
pensamientos?...
¿O es voz del infierno acaso
que
con sones halagüeños
5160
quiere atraerme al abismo?...
¡No sé!... ¡no sé! -Pero es cierto
que más
alto cada vez
me está gritando aquí dentro:
«Tú de virtudes privadas
5165
vas a dar un alto ejemplo;
pero ¿acaso las virtudes
que Dios a un príncipe
ha impuesto
son las mismas que a un vasallo?
No; que
tu deber primero
5170
es atender a Castilla,
aunque tengas para
hacerlo
que inmolar tu rectitud
a la salvación
del reino.»
Esto escucho.
GUTIÉRREZ
¿Y
vos, señor?...
5175
FERNANDO
Yo, Hernando, vacilo y tiemblo.
Para salvar a Castilla,
¿qué apoyo hallar me prometo
en esa infeliz mujer
que ha de partir el gobierno
5180
conmigo? -Ya la habéis visto
tímida, débil,
cediendo
a la más leve amenaza.
Visteis también
el empeño
con que estorbar intentó
5185
que saliese
de Toledo
contra el ejército infiel;
negando su
asentimiento
para pedir a las Cortes
el servicio,
y permitiendo
5190
que yo de mis propias rentas
sustentase a
los guerreros.
¿Y he de gobernar así?...
¿O
he de abandonar el puesto
y ver impasible hundirse
5195
el trono
de mis abuelos?...
GUTIÉRREZ
¡Razón tenéis!
-Y pues ya
vuestro designio penetro,
diré a
los grandes...
FERNANDO
¡Tened!
GUTIÉRREZ
¿Dudáis?
FERNANDO
Es
que al propio tiempo
5200
allá en el fondo del alma
otra
voz en ronco acento
me repite sin descanso:
«¡Usurpador!»
-Y es el eco
de la voz de fray Vicente,
5205
que desde el cercano
reino
de Aragón ya me parece
que está en
mi mente leyendo,
y que lanza sobre mí
la maldición
de los cielos.
5210
GUTIÉRREZ
Pues si aún vaciláis,
señor,
¿cuál ha sido vuestro objeto,
decidme,
en apoderaros
de don Juan?
FERNANDO
Es
que no quiero
que se resuelva su suerte
5215
y la suerte de
este imperio
por flaqueza de la reina
o por traición
de don Diego.
Él lo entrega: ella sucumbe
si
la amenazan de nuevo.
5220
Teniendo el niño en mis manos,
será el fin de este suceso
obra de mi voluntad;
mío el lauro, o mío el yerro.
GUTIÉRREZ
¿Y esa voluntad cuál es?
5225
FERNANDO
No lo sé,
¡viven los cielos!
Hacer feliz a Castilla...
dejar a mi
hijo un cetro
en recompensa de aquel
que le ha robado
el perverso
5230
usurpador de Aragón...
Caiga el anatema
eterno
sobre él... Desplómese el trono
bajo su planta; y en fuego
de la diadema real
5235
se trueque
el dorado cerco
que abrase la frente vil
de ese tirano
soberbio.
¡Justo Dios!... ¿Y yo he de hacer
lo mismo
que en él condeno?
5240
Las fieras imprecaciones
que
estoy aquí profiriendo
son las que ese niño
un día
lanzará desde el destierro
contra
mí... contra mis hijos...
5245
¡Infamia atroz! ¡Me estremezco!
¡Y esa gente de Aragón
que no llega! ¡Este silencio
de fray Vicente, que nada
me ha contestado!...
GUTIÉRREZ
Y
el tiempo
5250
vuela, señor... esta noche
es forzoso
resolveros.
La hora se acerca; y en breve
vendrán
aquí... -Pasos siento...
¡Ellos serán!..
(Mirando
por la galería derecha.)
Ellos
son.
5255
¿Qué resolvéis?
FERNANDO
Esperemos.
(Se va por la galería izquierda.)
Escena IV
FERNÁN GUTIÉRREZ, DON FADRIQUE, EL OBISPO,
GRANDES, que salen por la galería derecha.
FADRIQUE
Esta es la sala, señores.
Aquí con el mensajero
del rey de Aragón, en breve
al condestable
veremos.
5260
UN GRANDE
¿Quién está allí?
OTRO GRANDE
Es
el valido
del infante.
OTRO GRANDE
Cierto.
OTRO GRANDE
Cierto.
OTRO GRANDE
Fernán Gutiérrez; no hay duda.
FADRIQUE
Guárdeos Dios.
GUTIÉRREZ
Salud
deseo
al conde de Trastamara.
5265
UN GRANDE
Conque ya veis,
esto es hecho.
Vais a llevar al infante
la nueva de este
suceso,
y a noticiarle que es rey
de Castilla.
FADRIQUE
Y
fuera bueno
5270
que le añadierais también,
porque
no se olvide de ello,
que lo es por elección
de los grandes.
UN GRANDE
¡Por
supuesto!
¡Cómo ha de olvidarlo nunca!
5275
FADRIQUE
Y
si acaso llega un tiempo
en que lo olvide, nosotros
recordárselo
sabremos.
UN GRANDE
Ya están aquí.
Escena V
DICHOS, EL CONDESTABLE, EL CONDE DE URGEL,
que salen por la galería derecha.
EL CONDESTABLE
Ricoshombres
de Castilla, aquí estáis viendo
5280
al ilustre
aragonés
que viene con el intento
que ya os dije.
-Mas oíd:
si la salvación del reino
reclama este sacrificio,
5285
vea el mundo que lo hacemos
respetando
el infortunio;
y que cumplimos a un tiempo
como buenos
castellanos
y leales caballeros.
5290
(Al CONDE DE URGEL.)
Antes,
pues, que en vuestras manos
al tierno niño entreguemos,
jurad como embajador,
y en nombre de vuestro dueño
don Jaime, conde de Urgel...
5295
URGEL
Del rey de Aragón.
EL CONDESTABLE
Es
cierto:
del rey de Aragón. -Jurad,
cual si lo jurara
él mesmo,
que don Juan será por él
tratado con el respeto
5300
debido a su regia cuna.
URGEL
Lo
juro.
EL CONDESTABLE
También
queremos
que en su nombre nos juréis
que no
intentará ponerlo
en el trono de Castilla
5305
por fuerza
de armas, a menos
que el rey don Fernando intente
hacer
valer sus derechos...
URGEL
¡Sus derechos no! Sus locas
pretensiones.
EL CONDESTABLE
Lo
concedo:
5310
sus pretensiones al trono
de Aragón por
igual medio.
FADRIQUE
O también cuando nosotros
se lo exijamos, si el nuevo
rey se negase a guardarnos
5315
las franquicias y los fueros
que a los grandes corresponden.
URGEL
Así lo juro.
EL CONDESTABLE
Y
yo acepto
en mi nombre, y el de todos,
tan solemne
juramento.
5320
Ahora bien, Fernán Gutiérrez,
entrad y decid, os ruego,
a la reina que aquí aguardan
se digne favorecerlos
con su presencia los grandes
5325
reunidos.
(FERNÁN GUTIÉRREZ saluda y entra
por la puerta izquierda.)
Escena VI
DICHOS, menos
FERNÁN GUTIÉRREZ.
EL CONDESTABLE
(Al CONDE DE URGEL.)
Esto
es hecho.
Al dar las doce el reloj
de la torre, un escudero
marchará con orden vuestra
a hacer que entren
en Toledo
5330
los jinetes que trajisteis,
porque, escoltados
con ellos,
en la litera real
partáis los tres
con silencio;
y al nuevo sol, proclamamos
5335
a don Fernando
ante el pueblo.
Escena VII
DICHOS, LA REINA,
FERNÁN GUTIÉRREZ.
(FERNÁN GUTIÉRREZ
sale por la puerta izquierda y da paso a LA REINA, que al
ver a los grandes se para.)
LA REINA
¡Ay! ¡Aquí
están!... ¡Ellos son!...
Se acerca el terrible instante...
¡Y no parece el infante!...
¡No llegan los de Aragón!
5340
Cuando en él, y sólo en él
para resistir
confío,
así me deja, ¡Dios mío!
¡Incertidumbre cruel!
¿Y cómo me respondió
5345
de la lealtad de don Diego,
si yo misma escuché
luego
que aquí don Diego ofreció
que
a mi hijo entregaría?
¡Me confundo! -¿Y qué
hago ahora?...
5350
¡Gran Dios! ¡Va a sonar la hora!...
Redoblarán
su porfía...
¿Y cómo hacer resistencia,
si nadie en mi apoyo viene?...
URGEL
(A los grandes, que
están en el lado opuesto.)
Acabemos... ¿Qué
os detiene?
5355
EL CONDESTABLE
Confieso que la presencia
de esa mujer desgraciada,
que fue reina de Castilla
y de su reino y su silla
se ve en un punto arrojada,
5360
en
tan solemne momento
conmueve mi corazón,
y al contemplar
su aflicción
enternecido me siento.
(Al OBISPO.)
De vos, don Sancho, quizá,
5365
cual ministro del Señor,
con resignación mayor
la propuesta escuchará.
Tomad.
(Le presenta un pergamino.)
SANCHO
No,
que a toda ley
a vos os toca, ¡por Dios!
5370
Sois el condestable
vos,
testamentario del rey...
Y además: que en esta
empresa
sois quien la voz ha llevado,
y así...
URGEL
¡Basta
de altercado!
5375
¡Timidez extraña es esa!
Dadme.
(Quiere
tomarlo.)
EL CONDESTABLE
Eso
no. -Un extranjero
no le ha de imponer la ley
a la
viuda de mi rey.
Iré yo mismo primero,
5380
(Se acerca
a LA REINA.)
¡Señora!...
LA REINA
¡Llegó
la hora!...
¿Vais la infamia a consumar?
¡Oh Dios!...
EL CONDESTABLE
Si
os dignáis mirar
nuestros semblantes, señora,
ellos os podrán decir
5385
que, al dar este triste paso,
lo sentimos tanto acaso
cual vos lo podéis sentir.
Mas este duro servicio
demanda el público bien.
5390
Mostraos grande vos también:
consumad el sacrificio.
LA REINA
¿Tan pronto queréis que sea?
EL CONDESTABLE
Dentro de breves instantes
debéis partir. -Pero antes,
5395
y para que el mundo vea
que vos, como así es verdad,
atenta al común sosiego,
os rendís a
nuestro ruego
con entera voluntad,
5400
será cuerda prevención...
LA REINA
¿Qué?
EL CONDESTABLE
(Presentándole
el pergamino.)
Que
pongáis vuestra firma
en esta acta que confirma
vuestra magnánima acción.
LA REINA
¡Mi
firma!... ¿Y qué dice ahí?
5405
EL CONDESTABLE
Nada dice que os asombre:
lo que ya sabéis. En nombre
de don Juan decís aquí
que con entero
albedrío
renunciáis a la corona,
5410
cediéndola
en la persona
de don Fernando su tío.
LA REINA
¿Yo?... ¡Nunca!... ¡Jamás!...
EL CONDESTABLE
¡Señora!...
LA REINA
¡Hasta
aquí pudo llegar!
EL CONDESTABLE
Pues ¿qué
os importa firmar
5415
lo que vais a hacer ahora?
FADRIQUE
¿En
tan poca estimación
la fama vuestra tenéis,
que en esa firma no veis
salvada vuestra opinión?
5420
¿Preferís que el mundo diga,
si no firmáis
ese escrito,
que algún oculto delito
en vos
el reino castiga?
LA REINA
¡Hable el mundo!... ¡Yo me
río
5425
de cuanto pueda creer!
Lo que no quiero es perder
el amor del hijo mío.
Sin ese escrito cruel,
donde al ver mi firma es llano
5430
que maldecirá la
mano
que le arrojó del dosel,
quizá consiga
yo un día
que disculpe mi flaqueza
pintando
vuestra fiereza,
5435
haciendo que mi porfía
más
firme y tenaz parezca,
mi constancia encareciendo...
En fin, mintiendo, mintiendo,
para que no me aborrezca.
5440
¿Queréis en mi corazón
con esa horrible venganza
matar hasta la esperanza
de conseguir mi perdón?
EL CONDESTABLE
Si decirle os proponéis
5445
que con
violencia tan cruda
de aquí os echamos, ¿quién
duda
que añadir también podréis
que a firmar se os obligó
usando de igual violencia,
5450
sin que vuestra resistencia
fuera bastante?...
LA REINA
¡Eso
no!
Vosotros tenéis poder
para arrojar fácilmente
del trono a un niño inocente
5455
y a una infelice mujer,
seres que el cielo abandona,
y de vuestra fuerza usando
sacarlos de aquí arrastrando
y robarles la
corona.
5460
Pero no hay poder humano
que al ente más
débil venza
a que su oprobio y vergüenza
trace con su propia mano.
EL CONDESTABLE
Reina, por
piedad, no así
5465
dejéis el tiempo pasar;
y
sabed que sin firmar
no habéis de salir de aquí.
LA REINA
¡Nunca saldré!
EL CONDESTABLE
Bien
está:
nadie os forzará, señora:
5470
vos
no saldréis, en buen hora:
mas vuestro hijo saldrá.
(Hace ademán de dirigirse hacia la puerta de la derecha.)
LA REINA
¡Mi hijo!... ¡No!... ¡Deteneos!...
EL CONDESTABLE
Sólo le veréis partir,
pues os negáis
a cumplir,
5475
señora, nuestros deseos.
LA REINA
¡Hombres viles!... -Digo mal:
hombres no: tigres seréis,
que un hijo robar queréis
del regazo maternal...
5480
EL CONDESTABLE
Nunca fue tal nuestro intento:
mas vos
lo queréis...
LA REINA
¡Yo!
EL CONDESTABLE
Vos;
y a nuestro pesar...
LA REINA
(ap.)
(¡Gran
Dios!...
Acaso en ese aposento
a guardar al hijo mío
5485
el infante se ocultó,
y no abrirá.)
EL CONDESTABLE
¿Firmáis?
LA REINA
No.
(En su protección confío.)
(EL CONDESTABLE,
oída la repulsa de LA REINA, se llega a la puerta
de la derecha y llama.)
EL CONDESTABLE
¡Diego López!
(LA REINA tiene fijos con ansiedad los ojos en la puerta;
ábrese ésta, y aparece DIEGO LÓPEZ.)
Escena VIII
DICHOS, DON DIEGO.
DIEGO
Vedme
aquí.
LA REINA
(¡No es él!... ¡No es él!
¿Dónde está?
5490
¡Mi esfuerzo se agota ya!
¿Qué
más exige de mí?)
EL CONDESTABLE
Don Diego,
llegó el momento.
Juntos aquí estáis
mirando
a los grandes, esperando
5495
el exacto cumplimiento
de la palabra que disteis.
A don Juan nos entregad.
DIEGO
Pronto estoy... Mas recordad
que a las doce me dijisteis.
5500
(Ganar tiempo me conviene...
Imposible es la defensa...
Pero el infante ¡en qué piensa,
que en tal
conflicto me tiene!)
EL CONDESTABLE
(A LA REINA.)
Ya
lo oís: cortos instantes
5505
os restan de vacilar.
Las
doce van a sonar.
LA REINA
(Con desesperación.)
Quizá mis sollozos antes,
mis gemidos de dolor,
llenando el lóbrego espacio,
5510
del fondo de este palacio
me traigan un defensor.
¿Pensáis que a ese inicuo
bando
no hay hombre que ponga miedo?
Aún hay
alguno en Toledo...
5515
que quizá me está escuchando.
Noble y leal corazón
en cuya virtud aún creo,
ven a lograr el trofeo
de esta generosa acción.
5520
Ven, acude antes que suene
la hora fatal en mi oído...
(La campana del alcázar da las doce.)
¡Ay!... ¡Las
doce!
DIEGO
(Soy
perdido.)
LA REINA
¡Nadie en mi defensa viene!
EL CONDESTABLE
¿Don Diego, oís? -Vamos presto.
5525
LA REINA
Aguardad...
EL CONDESTABLE
(A LA REINA.)
No
nos sigáis.
LA REINA
¡Tened!... ¡tened!...
EL CONDESTABLE
¿Qué
mandáis?
LA REINA
Dadme ese escrito funesto.
EL CONDESTABLE
Tomad.
(Se acerca a ella y le presenta
el pergamino.)
LA REINA
Ya
es fuerza que ceda...
(Firma y se lo devuelve.)
Ahí
tenéis. -Hijo querido,
5530
perdón... todo lo has
perdido...
sólo tu madre te queda.
(Entra precipitada
por la puerta de la derecha.)
Escena IX
DICHOS, menos
LA REINA.
EL CONDESTABLE
¡Al fin triunfamos! Tomad,
Fernán Gutiérrez, y así
que los
dos salgan de aquí,
5535
a los reales marchad.
(Le entrega
el pergamino.)
Escena X
DICHOS, UN ESCUDERO.
ESCUDERO
Señor, un fuerte escuadrón
a las
puertas se presenta
y entrar en Toledo intenta.
URGEL
¿Es de Aragón?
ESCUDERO
De
Aragón.
5540
EL CONDESTABLE
(Al CONDE DE URGEL.)
El vuestro será...
URGEL
No
hay duda.
De mi prolija tardanza
receloso, aquí
se lanza
a darme amparo y ayuda.
EL CONDESTABLE
Andad pronto; que entre luego.
5545
(Al ESCUDERO, que se va.)
Id vos, y vuestra presencia
logre calmar su impaciencia.
(Al CONDE DE URGEL, el cual se va, calándose la visera.)
Entremos. -Venid, don Diego.
(Entran por la puerta
de la derecha, llevándose a DIEGO LÓPEZ, que
los sigue con la mayor turbación. Así que desaparecen,
se dirige FERNÁN GUTIÉRREZ a la galería
izquierda, y sale por ella DON FERNANDO.)
Escena VI
FERNÁN GUTIÉRREZ, DON FERNANDO.
FERNANDO
¿Firmó?
GUTIÉRREZ
Firmó:
vedlo aquí.
(Le entrega el pergamino.)
FERNANDO
Mano
tan débil que firma
5550
este escrito vergonzoso,
¿podrá
regir a Castilla?
GUTIÉRREZ
Vuestro tesón ya
es inútil.
Todo a que cedáis conspira.
Perded, señor, la esperanza
5555
de que Aragón
os asista
con gentes de armas.
FERNANDO
¿Por
qué?
GUTIÉRREZ
Porque un emisario envía
para alentar a los grandes
a que la corona os ciñan.
5560
FERNANDO
¡Justo Dios!...
GUTIÉRREZ
Amedrentado
don Diego les facilita
la entrada, y en este instante
por las estancias vecinas
buscando al niño estarán.
5565
Si despechados registran
el alcázar, si le encuentran,
y ciegos se precipitan,
roto el lazo del respeto,
a dar a su empresa cima...
5570
FERNANDO
¿Conque no hay remedio
ya?
¡Conque atajados se miran
todos los caminos, todos!...
GUTIÉRREZ
Uno os queda.
FERNANDO
Sí,
el que guía
a la usurpación, al crimen,
5575
el
que mi pecho horroriza...
Y en él siento que me arroja,
aunque el alma lo resista,
una fuerza incontrastable...
¡Mas oh!... ¡Los cielos me inspiran!
5580
Su luz resplandece...
y veo
la senda por donde limpia
sabré conservar
mi fama
y salvar de su ruina
el trono de mis mayores.
5585
Tú que ves, sombra querida
de mi rey, el noble intento
que mi corazón anima,
dame tu perdón
y ayuda.
Ese cetro que me obligan
5590
a tomar, vara de hierro
será que la frente altiva
de esos soberbios quebrante...
inexorable cuchilla
que ancho camino abrirá,
5595
regado con sangre inicua,
por donde el niño inocente
vuelva al trono de Castilla...
A ese trono en que
yo mismo
he de colocarle un día...
5600
A ese trono que
mi brazo,
con la protección divina,
sabrá
alzar sobre cimientos
que firmes y eternos vivan.
GUTIÉRREZ
¡Oh alma grande y generosa!
5605
Señor, la fausta noticia
corro a anunciar...
(Óyese a lo lejos un toque de
clarín.)
FERNANDO
Aguardad.
¿Qué es eso?
GUTIÉRREZ
Es
la comitiva
del enviado aragonés,
que al alcázar
se aproxima
5610
a custodiar la litera
real.
FERNANDO
¡Y
si Dios me envía
el auxilio que esperaba!
Fernán
Gutiérrez, aprisa
bajad; y si son los míos,
5615
dad por señal que repita
segunda vez el clarín,
y defended las salidas
del alcázar: yo os aguardo
en esa estancia contigua.
5620
(FERNÁN GUTIÉRREZ
se va apresurado por la galería derecha. DON FERNANDO
desaparece por la de la izquierda. -Óyense en la habitación
de la derecha los gritos de LA REINA.)
Escena XII
LA REINA, EL CONDESTABLE, DON DIEGO, DON FADRIQUE,
LOS GRANDES.
LA REINA
(dentro.)
¡Asesino! ¿Dónde
estás?...
No me detengáis...
(Saliendo.)
EL CONDESTABLE
(A DON DIEGO.)
¿Qué
indigna
traición es esta, don Diego?
LA REINA
¡Dejadme salvar su vida!
Yo le hallaré.
EL CONDESTABLE
(A DON DIEGO.)
¿Quién
le tiene?
5625
FADRIQUE
(Al mismo.)
¿Quién?
LA REINA
Aunque
tenga yo misma
que demoler piedra a piedra
estas murallas.
-Daos prisa.
Venid. -Decidme: ¿qué ocultos
subterráneos, qué guaridas
5630
hay aquí?
¿Dónde lleváis
a perecer vuestras víctimas?
EL CONDESTABLE
Señora, ¿qué estáis
diciendo?
FADRIQUE
(A DON DIEGO.)
Aclarad vos este
enigma.
DIEGO
No me culpéis.
LA REINA
(A DON DIEGO.)
Traidor,
tiembla.
5635
Va a presentarse a tu vista
el infante, que está
aquí,
y a castigar tu perfidia.
TODOS
¡El infante!
LA REINA
Sí,
el infante...
¡Hermano!... ¡Hermano!...
(Dando gritos.)
EL CONDESTABLE
¡Delira!
5640
LA REINA
No responde... -Si he cedido
a vuestros ruegos
sumisa,
si la renuncia he firmado,
si veis que estoy
decidida
a partir, ¿qué más queréis?
5645
Vuestro rencor necesita
verter su sangre, ¡verdugos!
-¿Por
qué? -Yo a remotos climas
me iré con
él... Sí, muy lejos;
donde no tengáis
noticia
5650
de su existencia siquiera...
Pero su vida... ¡su
vida!...
(Cae sin conocimiento en el sillón. -Óyese
más cerca el segundo toque del clarín.)
EL CONDESTABLE
¡Ese clarín!
FADRIQUE
Caballeros,
registremos con activa
diligencia este palacio.
5655
EL CONDESTABLE
Yo entretanto la salida
haré custodiar.
FADRIQUE
Corramos.
(Dirígense a la galería derecha. Aparece a
la entrada de ella FERNÁN GUTIÉRREZ con soldados
aragoneses, que cierran el paso, cruzando las lanzas.)
Escena XIII
DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ,
SOLDADOS.
GUTIÉRREZ
¡Atrás!
TODOS
¿Qué
es esto?
EL CONDESTABLE
¡Qué
miran
mis ojos! ¡Fernán Gutiérrez!
FADRIQUE
Mientras yo la espada ciña,
5660
nadie mis pasos detiene.
(Todos ponen mano a la espada.)
EL CONDESTABLE
Hernando,
¿qué significa
esta traición? ¿El infante
dónde está?... ¿Quién os envía?
(Ábrese la puerta del foro y se ve el trono: DON FERNANDO
está en pie delante de la silla real: a uno y otro
lado los reyes de armas con el pendón de Castilla.)
Escena XIV
DICHOS, DON FERNANDO.
FERNANDO
Ricoshombres,
caballeros,
5665
aquí vuestro rey está.
TODOS
¡Él
es!
EL CONDESTABLE
¡Y
en el trono ya!
FERNANDO
Envainad esos aceros.
EL CONDESTABLE
¡Cediendo a nuestro clamor,
venís el trono a ocupar!
5670
FERNANDO
Yo vengo aquí a ejecutar
la voluntad del
Señor.
¡Sí! -Con respeto profundo,
grandes,
doblad la rodilla:
heraldos, gritad: ¡Castilla
5675
por el rey
don Juan segundo!
(Baja rápidamente del trono, y deja
ver sentado en él al niño don Juan segundo
con corona y cetro. LA REINA, que ha ido poco a poco volviendo
en sí, da un grito y corre a abrazar a su hijo, quedando
arrodillada ante el trono. Los grandes se ponen en pie.)
TODOS
¡Señor!...
FERNANDO
¡Vana
resistencia!
Ya la aragonesa gente
que me envía
fray Vicente
tenéis en vuestra presencia.
5680
Mirad
qué os está mejor:
si no elegís el
camino
de jurar a mi sobrino
por vuestro rey y señor,
haré por Dios justiciero
5685
escarmiento tan cruel,
que quede memoria de él.
Todos aquí, y yo
el primero,
doblemos con sumisión
a sus plantas
la rodilla.
5690
(Dobla la rodilla: los grandes lo imitan.)
¡Salud
al rey de Castilla!
(FRAY VICENTE, que ha aparecido un momento
antes a la entrada de la galería derecha, se acerca
a DON FERNANDO, seguido de los grandes de Aragón,
y tomando la corona real, que le presenta UN PAJE, la coloca
en la cabeza del infante.)
Escena XV
DICHOS, FRAY VICENTE.
FRAY VICENTE
¡Salud al rey de Aragón!
FERNANDO
¡Qué es esto!
FRAY VICENTE
Dios
galardona
la virtud. Renunciáis vos
aquella
corona, y Dios
5695
os envía esta corona.
FERNANDO
¡Padre!
¡Es sueño!
FRAY VICENTE
No
lo es.
Los nueve jueces nombrados
por los tres grandes
estados
del imperio aragonés
5700
oímos en Caspe
ya
con sumisión reverente
la voz del que solamente
tronos quita y tronos da;
y el fallo solemne dando,
5705
que el pueblo acata cual ley,
alzamos por nuestro rey
al infante don Fernando.
FERNANDO
¿Y el conde de Urgel?
FRAY VICENTE
Del
trono
lanzado y del reino fue;
5710
pero ya Aragón se
ve
libre de su fiero encono.
FERNANDO
¿Cómo?
FRAY VICENTE
Llegaba
mi gente
a este alcázar, y un guerrero
con
ademán altanero
5715
penetrar no les consiente.
Insisten
ellos, y él
alzándose la visera:
«Yo
soy», les grita; ¡y él era!
TODOS
¡Él era!
FRAY VICENTE
El
conde de Urgel.
5720
En vuestro poder está.
FERNANDO
En
Aragón nos veremos.
FRAY VICENTE
Pues allá,
señor, marchemos:
un trono os espera allá.
(LA REINA, que ha bajado a su hijo del trono, se acerca con
él al infante.)
LA REINA
Permitid antes, hermano,
5725
a esta madre, a este inocente
que su gratitud ardiente
sellen en tan noble mano.
(Quiere besársela:
DON FERNANDO se lo impide.)
FERNANDO
Esa gratitud, señora,
probádmela de otro modo.
5730
LA REINA
Mi vida...
mi sangre... todo...
¿Qué queréis?
FERNANDO
Sabréislo
ahora.
Grandes, acercaos a mí.
(Los grandes,
que estaban retirados, se acercan en ademán respetuoso.)
Lo que en recompensa quiero
es que en la cruz de este acero
5735
me juréis, señora, aquí,
que por vos
no ha de saber
nunca el rey este atentado:
que no
empiece su reinado
empezando a aborrecer.
5740
Si así
lo hacéis, os prometo
que este escrito no verá
en que vuestra firma está.
(Presentándole
el pergamino.)
Acaso celo indiscreto,
más que deslealtad
traidora,
5745
origen del yerro ha sido:
dése ya todo
al olvido.
Ellos también desde ahora
en fe
de sentirlo así,
juran eterna lealtad.
5750
Señora,
llegad; llegad,
amigos. -¿Lo juráis?
LA REINA y LOS GRANDES
(Asiendo las manos del infante.)
Sí.
FERNANDO
De vuestros votos sinceros
salgo fiador, castellanos:
jurasteis como cristianos;
5755
cumplid como caballeros.
(Les
presenta el niño: los grandes se arrodillan ante él.)
El Foro de Roma. -Las estatuas. -La tribuna con la silla
de oro. -En el fondo se divisa el Capitolio: a su derecha
la roca Tarpeya, y a su izquierda el templo de Júpiter
Capitolino. -Casas, templos y avenidas a un lado y otro de
la escena. A la derecha del actor, en primer término,
la casa de MARCO ANTONIO, magnífico palacio con pórtico
y escalinata de mármol.
Escena I
Grupos de CIUDADANOS
en la plaza; muchos de ellos recostados en la escalinata
de la casa del cónsul. -Sale de ésta el esclavo
ENNIO, y baja las gradas con dificultad, por estorbárselo
los que están allí echados.
UN CIUDADANO
No me pises la toga.
OTRO
Esclavo,
mira
dónde pones los pies.
ENNIO
No
dejáis trecho.
CIUDADANO
Pues no se pasa.
ENNIO
Mi
señor me espera;
6685
es Casio el senador.
CIUDADANO
Y
yo soy Elvio,
ciudadano romano.
OTRO
¿Te
figuras
que aún los patricios nos imponen miedo?
ENNIO
No he dicho tal.
CIUDADANO
Pasó
su tiranía.
OTRO
César domó su orgullo.
ENNIO
Es
cierto, es cierto.
6690
CIUDADANO
Todos iguales somos. -Pasa,
esclavo.
ENNIO
¡Perdonad, perdonad!
(Baja las gradas.)
Escena II
DICHOS, CASIO, luego los ESCLAVOS.
CASIO
¿Por
qué a mi siervo
amenazáis?
UN CIUDADANO
Porque
enseñar conviene
a algunos que lo olvidan el respeto
que al pueblo se le debe.
CASIO
Bien
hicisteis:
6695
y si otra vez lo olvidas, harás, Ennio,
que te lo acuerde el látigo.
ENNIO
(Arrodillándose.)
¡Perdona,
señor!
CASIO
¡Levanta!
(Aparte.)
¡Qué
insolente pueblo!
(Apartándose con el esclavo.)
Habla
con disimulo. ¿Qué quería
Marco Antonio
de ti?
ENNIO
Que
esté en acecho
6700
de tus pasos, y a él sólo
mis denuncias
comunique, guardando este secreto
de Lépido
y de todos.
CASIO
Quiere
él solo
saber lo que se trama. Ya penetro
su
intención. -Bien está: vete al Pretorio.
6705
Allí
Bruto estará: busca un momento,
y como hiciste ayer,
con maña arroja
este escrito a su silla, y vuelve
luego.
(Le da un pergamino. -Se va ENNIO.)
¿Con qué
motivo al pórtico del cónsul
corre la
muchedumbre?
CIUDADANO
Hoy
son los juegos
6710
lupercales.
CASIO
Lo
sé.
CIUDADANO
Con
un banquete
festeja Marco Antonio a sus lupercos,
la flor
de Roma, que en honor de César
ese rito consagran.
CASIO
¿Y
los restos
del banquete aguardáis?
CIUDADANO
Y
la esportilla
6715
verás cuán llena de manjares
llevo.
CASIO
¡Y así vives feliz!
CIUDADANO
De
balde como:
pilas de jaspe en que bañarme tengo
cuando el ardor canicular, y estufas
donde burlar los
fríos del invierno;
6720
fieras y gladiadores en el circo;
en el teatro farsas de Laberio:
y luego al fin del año
en los comicios
al que me da más suma el voto vendo.
¿No he de vivir feliz? Cuando el reparto,
6725
me dio César
un campo; pero presto
me cansé de labrarlo; que a
esa vida
este bullir de la ciudad prefiero.
Conque vendí
mi campo y volví a Roma.
En la Suburra habito.
CASIO
¿Y
qué es del precio
6730
que te dieron por él?
CIUDADANO
Me
lo he comido.
CASIO
¿Y ya no tienes campo ni dinero?
CIUDADANO
¡Qué importa! ¡Tengo a César! Mientras viva,
ni al frío, ni al calor, ni al hambre temo.
(Aparecen
en lo alto del pórtico los esclavos con fuentes de
oro, unas que contienen restos de jabalíes, de pescados,
de pavos reales, otras con diversas frutas, todo lo cual
van distribuyendo a los CIUDADANOS, que al verlos aparecer,
se han agolpado a la escalinata.)
EL ESCLAVO
¡Ciudadanos!
El cónsul os saluda,
6735
y esto os envía en prueba
de su afecto.
LOS CIUDADANOS
¡Viva Antonio!
CASIO
(Aparte.)
¡Aplaudid!
En el banquete
que os he de dar, con vuestro aplauso cuento.
UNO
¡Venid acá!
OTROS
¡Nosotros
somos antes!
OTROS
¡Los que han tomado ya, dejen el puesto!
6740
EL ESCLAVO
Para todos habrá.
UNO
Yo
fui soldado.
OTRO
Y yo estuve en Farsalia.
OTRO
Con
Pompeyo.
OTRO
Yo serví con Antonio.
OTRO
En
los comicios
yo mi voto le di.
OTRO
Por
cien sestercios.
Yo le voté de balde: abridme
paso.
6745
(Aparecen en el vestíbulo los LICTORES y grita
su jefe VALERIO:)
VALERIO
¡El cónsul! ¡Plaza al cónsul!
UN CIUDADANO
¿Yo
me quedo
sin comer?...
EL ESCLAVO
Ya
no hay nada.
VALERIO
¡Plaza
al cónsul!
(Abren paso y bajan por la escalinata.
-Detrás de ellos viene MARCO ANTONIO seguido de los
jóvenes LUPERCOS.)
Escena III
CASIO, MARCO ANTONIO,
los LUPERCOS, EL PUEBLO, VALERIO, los LICTORES.
EL PUEBLO
¡Viva Antonio!
ANTONIO
¡Por
Hércules, mi abuelo!
¡Gran banquete! Si todos
los romanos
aquí se juntan, para todos tengo.
6750
UN CIUDADANO
No para todos.
ANTONIO
¿Cómo
no?
CIUDADANO
Aquí
hay uno:
para mí no alcanzó, y estoy hambriento.
ANTONIO
¿Tienes hambre? ¡Te envidio! -Haced que coma
este buen ciudadano.
(El ciudadano sube al pórtico,
y el esclavo se lo lleva dentro.)
¡Oh
mis lupercos!
¡Oh Quinto Cicerón! Pese a tu tío,
6755
con nosotros estás. Corred, mancebos,
honrad a César,
semidiós de Roma:
preparad en su honor el rito nuevo
que hoy consagramos a su ilustre nombre.
¡Con divino
furor arde Lieo
6760
en nuestras venas! ¡Evohé!
LOS LUPERCOS
¡Corramos!
ANTONIO
¡Mil veces evohé! -Marchad al templo.
(Se
van los LUPERCOS.)
Escena IV
CASIO, MARCO ANTONIO,
EL PUEBLO, los LICTORES.
ANTONIO
Ciudadanos, las
nuevas lupercales
comienzan hoy. A presenciar los juegos
vendrá César al Foro; a su llegada,
6765
señales
halle del amor del pueblo.
Su estatua coronad; lauros y
rosas
tenéis en mi jardín.
EL PUEBLO
¡Sí!
¡Coronemos
a César semidiós!
(Entran
algunos en casa de ANTONIO, y salen luego con ramas de laurel
y rosas, con las que tejen una corona y guirnaldas para adornar
la estatua de CÉSAR.)
ANTONIO
¡Oh
Casio!, ¿vienes
con tu esportilla a recoger los huesos?
6770
CASIO
Aún, por gracia de César, no he llegado
a tal extremidad.
ANTONIO
Por
gracia, es cierto:
tú bien lo sabes.
CASIO
¡Yo!
¿Pues hay motivo
para que Casio la merezca menos?
ANTONIO
¡Siempre torvo el mirar, pálido el rostro!...
6775
¿Qué
rueda por tu mente?
CASIO
Un
pensamiento
fijo, tenaz, constante... ¡no te asombre!,
una quimera, una ilusión, un sueño...
¡la libertad de Roma!
ANTONIO
¡Tú
conspiras!
CASIO
¡Conspirar!... ¿Y con quién? -Negar
no quiero
6780
que hay en los nobles y en la plebe misma
algunos...
quizá muchos, que del pecho
en lo más hondo
guardan y alimentan,
cual las vestales, el sagrado
fuego.
Muchos que el yugo de hoy, blando sin duda,
6785
ansiando
están por sacudir del cuello;
y que nuestra República
renazca
segunda vez; y como en otro tiempo,
sea el
pretor, pretor, y el cónsul, cónsul.
ANTONIO
¿Son muchos, dices, los que piensan eso?
6790
CASIO
Los que lo
piensan, muchos; los que osaran
ejecutarlo, pocos.
ANTONIO
¡Tú
uno de ellos!
CASIO
Si de mi voz en Roma tanta fuera
la autoridad, te juro que, aun a riesgo
de perder la existencia,
lo intentara.
6795
¡Inútil sacrificio! ¡El noble ejemplo
nadie siguiera del obscuro Casio!
El terror, la sospecha,
el desaliento
los ánimos embarga. Quién
oculta
su humillación en el hogar materno,
6800
como
en Bruto lo ves: quién la disfraza
con máscara
servil: testigos Decio,
Cimbro, Casca, Trebonio, que cortejan
al dictador, odiándole en secreto.
No, Antonio,
no conspiro: puede César
6805
vivir tranquilo, de temor
ajeno.
Sólo un romano existe, que pudiera
llamarse
su rival: el que perplejo
y vacilante y tímido
a la orilla
le halló del Rubicón, y su ardimiento
6810
le transmitió, y el límite vedado
le animó
a traspasar: el que por medio
del borrascoso mar a Macedonia
voló a salvarle de inminente riesgo:
el que
en Farsalia hundió nuestra derecha,
6815
que en persona
mandaba el gran Pompeyo.
¡Ése, el único es
ese que si alzara
la poderosa voz!... ¡Qué estoy
diciendo!
Ése también en gárrulos
banquetes,
por olvidar su indigno abatimiento,
6820
su mente
ofusca y su vergüenza ahoga
en bullentes raudales de
falerno!
ANTONIO
Y ése lo acierta, Casio. ¿Qué
es la vida
sin vino y sin amor? Bendice al cielo,
que nos depara en César quien alivie
6825
a pretores y
cónsules del peso
de gobernar a Roma. ¡Sois ingratos!
Le habéis nombrado dictador perpetuo:
eso no
basta. Del laurel que ciñe
su vencedora frente brotar
veo
6830
las ínfulas de rey.
CASIO
¡De
rey!
ANTONIO
¿Qué
importa?
¿No lo es acaso ya? -¡Gracioso es esto!
¡Sufren
el hecho, y les asusta el nombre!
Vamos, lictores.
-Mira, mira al pueblo
coronando su estatua. -Dime, Casio;
6835
y esos ¿fingen también?
(Riendo.)
¡Vamos
al templo!
(Se va precedido de sus LICTORES.)
Escena
V
CASIO, EL PUEBLO.
CASIO
¿Quiere ser rey? Los dioses
le han cegado.
Y se acerca su fin. -Pues ¿no es más
necio,
teniendo el hecho, ambicionar el nombre?
Después
de su clemencia, este es el yerro
6840
que más le ha de
pesar... si por ventura
de que le pese le dejamos tiempo.
¿Y Antonio? Antonio me ha entendido; a César
será también traidor con su silencio.
Pocos
le quedan ya, y esa noticia...
6845
Si a confirmarse llega, Bruto
es nuestro.
¡Qué lejano rumor!
EL PUEBLO
¡Es
Bruto! ¡Es Bruto!
CASIO
Él se acerca.
EL PUEBLO
Salgamos
a su encuentro.
CASIO
¡Bruto! Tu nombre sólo
necesito
para acabar con César. Si vencemos,
6850
a par
del tuyo aclamarán el mío:
«¡Casio y Bruto!»,
dirán: -¡Casio el primero!
Escena VI
CASIO,
BRUTO, EL PUEBLO.
(EL PUEBLO se ha adelantado a recibir
a BRUTO y le abre paso, con señales de respeto. BRUTO
trae en la mano un pergamino arrollado.)
UNOS
¡Salud a Bruto!
LAS MUJERES
¡Al
hijo de Servilia!
OTROS
¡Al amigo de César!
BRUTO
¡Qué
estoy viendo!
¿Su estatua coronáis?
UNOS
Lo
mandó el cónsul.
6855
BRUTO
Casio, ¿lo ves? El lamentable
ejemplo
que los patricios dan, la plebe imita.
¡Oh! ¡La
degradación! -¿Para ver esto
al Foro me citaste?
-Ciudadanos:
el cónsul que lo manda, y los que ciegos
6860
obedecen su voz, ni a César aman,
ni son romanos,
ni merecen serlo.
¡Arrancad de su estatua esos adornos:
quitadle esa corona! ¿No estáis viendo
a Junio
Bruto allí, que ya indignado
6865
salta del pedestal?
UNOS
Hoy
a los juegos
viene César aquí.
BRUTO
¡Venga
en buen hora
y halle romanos; pero nunca siervos!
No imaginéis que la servil lisonja
complace al dictador.
Que vuestro acento
6870
le aclame «Padre de la patria»; y basta
a colmar su ambición. -Echad al suelo,
quitadle,
os digo, esa corona, insignia
odiosa a Roma, a César
el primero.
¿Su amigo me llamáis? Pues imitadme:
6875
su amigo quiero ser; y así lo pruebo.
(Arranca los
adornos de la estatua de CÉSAR.)
UNOS
Imitemos a Bruto.
OTROS
Él
es amigo
de César.
OTROS
El
mayor.
OTROS
Sabrá
que en esto
le complace.
OTROS
¡No
hay duda!
OTROS
¡Pues
a tierra
esa corona!
TODOS
A
Bruto obedecemos.
6880
(Despojan la estatua de los adornos.)
CASIO
Si al Foro te cité para que vieses
despierta a Roma,
nunca fue mi intento
en esa baja multitud mostrarte
a Roma: eso no es Roma: es un revuelto
mar que furioso
aquí o allí se lanza,
6885
obedeciendo al soplo
de los vientos;
y ese soplo es tu voz. Verás a Roma
en sus nobles patricios, herederos
del gran poder
tradicional, que ahora
nos usurpa un tirano. Aquí
muy presto
6890
llegarán, al rumor del nuevo insulto,
todos en justa indignación ardiendo.
BRUTO
¿Qué
nuevo insulto, di?
CASIO
Bruto:
esa mano
que al simulacro inmóvil, ha un momento,
la corona arrancó, ¿sabrá arrancarla
6895
de la
frente de César?
BRUTO
¡No
lo creo!
¡Casio, no puede ser! ¡Un rey en Roma!
¡César
envilecerse hasta ese extremo!
¡Casio, no puede ser!
-¡Yo le conozco!
César en todo es grande: todo el
sello
6900
de su grandeza lleva. En sus conquistas,
en sus lides
del Foro, en su destierro,
en sus leyes... ¿qué más?,
¡hasta en su misma
tiranía hay grandeza! ¡Oh!
¡Yo alimento
una vaga esperanza en los impulsos
6905
de su elevado
espíritu! Su genio
no ama el poder por el poder;
no, Casio:
en él la usurpación no es fin,
es medio.
Y acabada su obra, sometidas
las naciones,
en paz el universo,
6910
Roma imperando... -¿Te sonríes,
Casio?
CASIO
¡Sueña, feliz mortal, sueña! No
quiero
por tan breves instantes arrancarte
las ilusiones
de tu dulce sueño.
Corto será: y el despertar
¡qué amargo!
6915
BRUTO
¿Conque ya no hay virtud? ¿Conque
derecho,
justicia, amor de patria, son palabras,
palabras
nada más? ¿Conque yo duermo?
Hoy otra vez me
lo recuerdan: mira.
(Mostrándole el escrito.)
CASIO
¿En tu casa?
BRUTO
¡En
la silla!
CASIO
Y
son diversos
6920
los caracteres; pero el mismo grito.
(Leyendo.)
«¡Despierta, Bruto!»
¡Inútiles
lamentos!
César le adormeció: dejadle: César
a despertarle va: tranquilo espero.
Escena VII
CASIO, BRUTO, CICERÓN, EL PUEBLO.
(CICERÓN
viene por la izquierda del fondo.)
CICERÓN
¡Dame albricias,
oh Casio! ¡Aún estas canas
6925
pueden salvar a Roma!
CASIO
No
te entiendo.
CICERÓN
¡Quieren darnos un rey!
BRUTO
¡Un
rey!
CICERÓN
¡La
obra
deshacer quieren de tu heroico abuelo!
BRUTO
¡Un
rey!
CICERÓN
No
lo temáis.
CASIO
¡Habla!
CICERÓN
Llamado
fui a casa de César ha un momento.
6930
Voy, llego, me
introducen, y hallo juntos
a Hircio, Lépido, Pansa,
Planco, Decio,
a los suyos en fin, que un grave asunto
tratando estaban. Salen a mi encuentro
todos, y con benévolo
semblante
6935
asiéndome las manos: «Tú eres nuestro,
me dicen, Marco Tulio; tú, lumbrera
del Senado y
del Foro; tú, el primero
en ciencia y en virtud...
(Esto decían.)
Oye: vas a juzgar. Se ha descubierto
6940
que, según en los libros sibilinos
escrito está
desde remotos tiempos,
no vencerá a los Partos quien
no lleve
el título de rey. César, dispuesto
a marchar a esa guerra, el vaticinio
6945
desprecia del oráculo.
¿Y es cuerdo
que por su temeraria confianza
la victoria
de Roma aventuremos?
¡Apóyenos tu voz en el
Senado,
rayo de la elocuencia! ¡Suene el eco
6950
de esa tu
ardiente inspiración divina,
que es orgullo al romano,
envidia al griego!...
(Esto decían.) Habla, y la
corona
a César das; y a Roma el triunfo cierto.»
CASIO
¿Y hablarás?
CICERÓN
No
hablaré. Tranquilizaos:
6955
no será rey; a Túsculo
me ausento.
CASIO
¡Callar! ¡Partir! ¿Qué dices? A
la patria
no le basta tu fuga y tu silencio.
Esa elocuencia
que al tirano niegas
se la debes a Roma. Aquí es
tu puesto,
6960
en el Senado. Y cuando llegue el día,
álzate audaz, y como en otro tiempo,
grítale
entonces: «¿Hasta cuándo, César,
abusarás
del sufrimiento nuestro?»
Cicerón, tu palabra a los
traidores
6965
dará espanto; y a todos, con tu ejemplo,
nos verás contra el pérfido tirano
la voz
alzar, y si es preciso, el hierro.
CICERÓN
¡El
hierro! -De tus años juveniles
el ciego ardor, la
inexperiencia veo,
6970
y perdono el ultraje. ¡El hierro, dices!
¿Piensas que torne a renacer de nuevo
la libertad aquí,
donde bañado
Sila en sangre de nobles y plebeyos,
cansado de matar, depuso el hacha,
6975
y vivió impune,
y expiró en su lecho?
¿No hubo un puñal en
Roma contra Sila
y le habrá contra César?
-No acusemos
de injusticia a los dioses. -Ya se junta
el pueblo aquí. Yo parto. A ver los juegos
6980
César
vendrá: que mi partida sepa.
No será rey.
Para estorbar su intento
basta echar, noble Casio, en la
balanza
de Cicerón la ausencia y el silencio.
(Se va.)
Escena VIII
CASIO, BRUTO, TREBONIO, CASCA,
EL PUEBLO.
(Va llegando al Foro por diversos puntos
el pueblo. TREBONIO y CASCA llegan al marchar CICERÓN,
y hablan misteriosamente con CASIO. -BRUTO está aparte,
caviloso.)
TREBONIO
¿Dónde va Cicerón?
CASIO
Al
Tusculano.
6985
CASCA
¿No apoyará el sacrílego proyecto?
CASIO
¿Sabéis?...
TREBONIO
¡Todo!
CASCA
¿Qué
es esto? ¿Huye el cobarde?
¡Vendrá el día,
Trebonio, y no tendremos
su autorizada voz! ¡Nos falta
un nombre
popular que a los tímidos dé aliento!
6990
CASIO
No faltará: ¡mirad!
CASCA
¡Bruto!
TREBONIO
¿Es
posible?
CASIO
Nuestro será.
BRUTO
(Aparte.)
¡No
acabo de creerlo!
(Movimiento en el pueblo, que dirige sus
miradas hacia la izquierda, y procura tomar sitio, trepando
algunos a la escalinata, a los pedestales de las estatuas
y los capiteles. -CASCA y TREBONIO se dirigen hacia la izquierda
a unirse a la comitiva.)
UNOS
¡César! ¡César!
OTROS
¡Ya
viene!
UNO
¡Ciudadanos!
¡Saludémosle todos!
OTRO
No
olvidemos
el consejo de Bruto.
OTRO
Sí:
aclamarle
6995
debemos: ¡Padre de la patria!
OTRO
Es
cierto:
sólo ese grito le complace.
OTRO
Bruto
nos lo ha dicho.
VARIOS
Sigamos
su consejo.
(Entretanto ha salido la guardia de CÉSAR,
y se ha colocado detrás de la tribuna.)
CASIO
¡Siempre
con él su guardia de españoles!
Escena
IX
CASIO, BRUTO, CASCA, TREBONIO, CÉSAR, DECIO, LÉPIDO,
CIMBRO, CINA, PUBLIO SIRO, LABERIO, SENADORES, GUARDIA,
PUEBLO DE AMBOS SEXOS,LICTORES.
(Sale por
la izquierda del Foro CÉSAR, vestido de ropas triunfales,
precedido de los LICTORES y acompañado de las personas
que antes se citan.)
PUEBLO
¡Salud a César!
CÉSAR
¡Al
romano pueblo
7000
salud!
PUEBLO
¡Salud
al Padre de la patria!
(Sube CÉSAR a la tribuna, donde
estará colocada la silla de oro. DECIO se acerca al
paso con disimulo a CASIO.)
DECIO
¿Se decidió?
CASIO
Aún
vacila.
DECIO
Será
nuestro
de aquí a un instante: aguarda.
(Los sacerdotes
de LUPERCO aparecen por la derecha del Foro con una ara donde
arde una llama y con instrumentos músicos.)
UN SACERDOTE
Tu
mandato
se espera, ¡oh César!
CÉSAR
Comenzad
los juegos.
(CÉSAR se sienta: los sacerdotes colocan
el ara delante de la tribuna y queman perfumes, que se elevan
hasta CÉSAR en nubes de humo, entonando al son de
la música el siguiente coro:)
HIMNO A LUPERCO
Sacro ministro del potente Jove:
7005
fuente de vida, animador
del mundo:
numen fecundo, tutelar de Roma,
¡divo
Luperco!
Blando rocío los sedientos prados
riegue, y del grano, que su seno encierra,
7010
brote la tierra,
a tu amoroso aliento,
frutos
opimos.
Hoy solitaria, contemplando en torno
tálamo
estéril, silenciosos lares,
va tus altares a colmar
de ofrendas
7015
casta
matrona.
Vele tus formas vaporosa nube:
deja el Olimpo,
los espacios hiende:
numen, desciende: su mayor tesoro
Roma
te fía.
7020
¡Numen, desciende! La fulmínea espada
César esgrime contra el Parto rudo:
cubra tu escudo
al dictador de Roma,
¡divo
Luperco!
(Durante el coro, EL PUEBLO ha abierto calle a las
carreras, y los LUPERCOS, desnudos de medio cuerpo arriba
y coronados de pámpanos, han cruzado corriendo, azotando
con correas a los que hallaban al paso, principalmente a
las mujeres que presentaban las palmas de las manos para
recibir el golpe, por creer que así dejaban de ser
estériles. Al terminar el coro aparece, por la derecha
del Foro, MARCO ANTONIO, seguido de sus LUPERCOS -él
y ellos con el traje propio de la ceremonia- y LUCIO COTA.)
Escena X
LOS ANTERIORES, MARCO ANTONIO,
LUCIO COTA y los LUPERCOS.
ANTONIO
¡No prosigáis!
En vano a las deidades
7025
el triunfo les pedís. Caerá
de nuevo,
como Craso cayó, quien a los Partos
pretenda
sojuzgar, contra el decreto
inmutable del hado. -Lucio
Cota,
quindecemviro: tú, que los misterios
7030
penetras
de los libros sibilinos,
habla: ¿qué dicen?
LUCIO COTA
«Que
ningún guerrero,
que rey no sea, vencerá a
los Partos.»
ANTONIO
¡César, vas a marchar! Para
vencerlos
falta a tu frente la real diadema
7035
y yo en nombre
de Roma te la ofrezco.
(Dice esto subiendo a la tribuna y
haciendo ademán de poner la corona real sobre la cabeza
de CÉSAR. Óyese un ruido sordo y confuso entre
el pueblo.)
PUEBLO
¡Un rey! ¡Un rey!
LOS LUPERCOS
(Aplaudiendo.)
¡Salud
al rey de Roma!
CÉSAR
¿Qué haces, Antonio?
-Aparta: no la acepto.
(Aparta con la mano la corona:
EL PUEBLO aplaude.)
PUEBLO
¡No! ¡Viva César, Padre
de la patria!
CÉSAR
(Poniéndose en pie.)
Ese
nombre me basta. Yo no anhelo
7040
más que la dicha y
el amor de Roma.
El título de rey en otros tiempos
fue grato a la ciudad. Rey se llamaba
Rómulo,
fundador de este gran pueblo.
Rey Anco Marcio, y Tulio,
y Numa, ¡Numa,
7045
sabio legislador, rey justiciero!
De la
impúdica frente de Tarquino,
indigno sucesor del
noble Servio,
esta, que Roma veneraba un día,
sagrada insignia del poder supremo
7050
deslustrada cayó.
No, ciudadanos,
no ceñirá mi sien, sin que
primero
purificada sea. Al capitolio
llevadla al punto.
A Júpiter excelso
con ella coronad. ¡Júpiter
sólo
7055
puede ser rey de Roma! -Si por medio
de la
voz de su oráculo nos manda
transmitirla a otra frente,
porque en ello
libra la patria su salud, su gloria,
el triunfo de sus armas, el aliento
7060
de las legiones, júzguelo
el Senado.
Si él lo decreta, y lo sanciona el pueblo,
obedecerlo juro: si uno y otro
lo rechazan, ¡no importa!
Yo contento
a la lid partiré, llevando el nombre
7065
que he llevado hasta aquí. Basta el que tengo:
¡César!
¡Ya lo conoce la victoria!
¿Hay quien sospeche que ceñir
pretendo
la regia insignia para ser tirano?
PUEBLO
¡No! ¡No!
CÉSAR
Desde
hoy a vuestro amor me entrego.
7070
disuélvase mi guardia.
Veteranos:
yo os relevo del sacro juramento.
Os llamaré
cuando a la guerra parta:
¡ya ciudadanos sois, volved
al pueblo!
(La GUARDIA se disuelve y confunde con la multitud,
que abraza a los soldados. -CÉSAR baja de la tribuna.)
PUEBLO
¡Gloria a César, al Padre de la patria!
7075
CÉSAR
¡Lictores, apartad!
(Al pueblo.)
Aquí
indefenso
tenéis a César. El pesado yugo
con su muerte romped: he aquí mi cuello,
romanos:
si teméis mi tiranía,
llegad, herid: desnudo
os lo presento.
7080
(Adelantándose en medio del pueblo
y retirando de su cuello la toga.)
PUEBLO
¡César es
nuestro padre, nuestro numen!
CÉSAR
¡No hay más
numen que Júpiter supremo!
Vamos al templo. Dadme
esa corona:
¡yo en su cabeza colocarla quiero!
¡Seguidme
al Capitolio!...
PUEBLO
¡Al
Capitolio!
7085
(EL PUEBLO se lleva a CÉSAR en triunfo
al Capitolio.)
Plaza de Roma, donde está el gran teatro de Pompeyo,
al cual se ve unida la Curia, pórtico con gradería
y columnata, que ocupa parte del escenario. Allí la
estatua de Pompeyo, la silla de oro destinada para CÉSAR,
y las curules para los SENADORES. En derredor edificios diversos,
y calles que desembocan en la plaza.
Escena I
FLAVIO, MARCELO,
ENNIO, PUEBLO, LICTORES.
(LICTORES colocados de trecho en
trecho alrededor de la Curia. -Grupos de pueblo en diversos
puntos de la plaza, tomando puesto para ver la ceremonia.
Entre ellos ENNIO, el esclavo de CASIO. -Aparecen los tribunos
FLAVIO y MARCELO por opuestos lados.)
MARCELO
Heme aquí,
Flavio.
FLAVIO
A
un tiempo nos juntamos.
MARCELO
Mi tribu he recorrido.
FLAVIO
Y
yo la mía.
7530
MARCELO
¿Has observado agitación?
FLAVIO
Ninguna.
MARCELO
Ni yo.
FLAVIO
No
hay que temer: nadie malicia
nuestra conjuración.
MARCELO
Ejecutarla
hoy sin falta debemos, o peligra
un secreto entre
tantos.
FLAVIO
Hoy
sin falta
7535
será. Bruto está al frente: en él
confía.
MARCELO
Y dime, Flavio: pues tribunos somos
de la plebe, ¿la plebe tú imaginas
que en ello
ganará?
FLAVIO
Ganará
siempre
derribando un tirano que la humilla.
7540
MARCELO
¿Y
qué vendrá después?
FLAVIO
Lo
que viniere
lo veremos después. ¿Por qué no
miras
hoy lo presente, lo futuro luego?
MARCELO
Lo
presente he mirado, y a su ruina
concurro con mi brazo.
Pero dime:
7545
la seca y desdeñosa altanería
con que Bruto nos trata, ¿no te infunde
recelo?
FLAVIO
Bien:
el hierro que hoy esgrimas
no lo envaines; y espera.
MARCELO
¡Calla!
FLAVIO
Es
Ennio,
un esclavo de Casio.
(A ENNIO.)
¿Qué
te guía
7550
a estos sitios?
ENNIO
Mi
dueño me ha mandado
aquí aguardarle.
FLAVIO
¿Dónde
está?
ENNIO
En
la silla
del tribunal.
(Los TRIBUNOS se alejan.)
Escena II
Los DICHOS, LUCIO, ARTEMIDORO.
LUCIO
Pues no hay otro recurso,
aquí le esperaremos.
ARTEMIDORO
Hoy
su vida
vas a salvar; la libertad te aguarda.
7555
LUCIO
¡Plegue
a los dioses! En su mano misma
pondremos el escrito.
ARTEMIDORO
Antes
que suba
esas gradas, sabrá la trama inicua.
ENNIO
¡Lucio!
LUCIO
¡Es
Ennio!
ENNIO
¡Tú
aquí! Pues ¿y Ligario,
tu señor?
LUCIO
En
el lecho, por maligna
7560
fiebre postrado.
ENNIO
¿Su
dolencia aún dura?
¡El cielo la prolongue! ¡Así
te libras
de su trato feroz!
LUCIO
Ennio...
¿y el tuyo?
ENNIO
Ya lo sabes: ¡tremendo! Cada día
sobre mí cruje el látigo, y mis carnes
7565
abre
sin compasión.
LUCIO
¡Oh
raza indigna!
¡Y hablan de libertad!
ENNIO
Sí,
¡para ellos!
LUCIO
Ennio, ¿quieres ganarla?
ENNIO
¿Cómo?
ARTEMIDORO
¡Mira
lo que dices!
LUCIO
No
temas: es esclavo;
el lazo del dolor con él me liga.
7570
Ennio, ¿quieres ganarla?
ENNIO
¡Yo!...
LUCIO
No
temas
que te oiga Artemidoro; por desdicha
esclavo fue;
liberto es hoy de César.
Griego nació,
y en Roma se dedica
a la enseñanza de su patrio idioma.
7575
ARTEMIDORO
¡Todo a César lo debo!
LUCIO
¡Di!
ENNIO
Principia.
LUCIO
¿Anoche Casio ausente de sus lares
no ha estado?
ENNIO
Sí.
LUCIO
¿Cuándo
volvió?
ENNIO
Ya
el día
clareaba. Al sueño me rendí;
¡y por cierto
me despertó su látigo!
LUCIO
¿Y
no atinas
7580
dónde pudo pasar la noche entera?
ENNIO
No atino.
LUCIO
Y
después hoy, a su salida,
¿no has observado tú
si algo llevaba?
ENNIO
¡Un puñal! Sí,
noté que lo escondía
bajo su manto.
LUCIO
¡Basta!
¡Escucha ahora!
7585
Anoche Casio, tu señor, con Cina
en casa entró: doliente halló en el lecho
a Ligario: fue corta su visita.
Parten; y a poco alzándose
Ligario
encendido y febril, vístese aprisa
7590
y con
incierto pie tras ellos sale.
Al despuntar el alba, a la
hora misma
que tu señor, a casa volvió el
mío.
¡Espanto daba el verle! En fuego ardía
su seca piel: exánime en el lecho
7595
cae; yo a su lado
estaba, y en él fijas
mis miradas. -De pronto sobre
el codo
se alza como un espectro: sus pupilas
lanzan
siniestra llama: ¡de sus miembros
la convulsión el
lecho estremecía!
7600
Y en su boca espumante estas cortadas
frases escucho. «¡Hoy es... hoy es el día!
¡Hoy
me libro del peso! -Bruto... Casio...
¡Al Senado!...
¡La hora se aproxima!
¡No olvidéis el puñal!
¡Oculto!... ¡oculto!»
7605
Sus palabras el crimen que meditan
me revelan; y a par el pensamiento
de conquistar mi libertad
me inspiran.
Ciego, resuelto, le abandono y salgo.
A Artemidoro busco, la noticia
7610
le doy, y ambos de César
al palacio
corremos. ¡Vano intento! Casca, Cina,
Decio
Bruto la entrada a todos cierran,
y a los curiosos
el tribuno obliga
de allí a alejarse. La denuncia
entonces
7615
escribe Artemidoro en su nativa
lengua y en nombre
de ambos; y aquí a César
esperamos resueltos.
Ennio, imita
mi arrojo: a nuestro nombre junta el tuyo,
y por la libertad juega la vida.
7620
ENNIO
¡Jugada está!
-¡Son ciertas tus sospechas:
es cierta su traición!
Yo en esa intriga
ciego instrumento he sido. Por mandato
de Casio, una vez fui... ¡Tente! ¡Oh divina
inspiración!...
LUCIO
¿Qué
piensas?
ENNIO
Oye:
el golpe
7625
pudiera aquí fallarnos. Quizá impida
la muchedumbre el paso: quizá ocurran...
¡quién
sabe! ¡mil azares! -Yo, por dicha,
libre acceso hasta
el cónsul Marco Antonio
tengo: el cómo os
diré. -De aquí vecina
7630
su casa está:
venid: él es de César
amigo fiel.
ARTEMIDORO
También
fallar podría
ese medio: uno y otro se aprovechen.
Id vosotros al cónsul: la venida
yo aguardaré
de César. ¡Ambos medios
7635
no han de fallar!
LUCIO
¡Los
dioses nos asistan!
Ven por la libertad.
ENNIO
¡O
por la muerte!
LUCIO
¿Qué más nos da? -¿La
esclavitud es vida?
(Se van los esclavos.)
Escena
V
ARTEMIDORO, FLAVIO, MARCELO, PUEBLO, LICTORES, luego BRUTO,
CASIO.
ARTEMIDORO
¡Le salvaré: la gratitud me impone
este deber!
FLAVIO
Marcelo,
¿no divisas
7640
a Bruto y Casio? Ahí vienen.
MARCELO
¡Los
primeros!
FLAVIO
¡Y pudiste dudar!
ARTEMIDORO
Ya
se encaminan
Bruto y Casio a su puesto: iré yo al
mío.
(Se retira. -Llegan BRUTO y CASIO.)
CASIO
¡Salud a los tribunos!
MARCELO
Todavía
no ha llegado ninguno.
CASIO
A
la hora sexta
7645
convocados estamos, y la quinta
no es aún.
MARCELO
¿Y
vendrán?
BRUTO
Para
esta empresa
con uno basta, y somos dos. -Retira
del
pórtico a la plebe: no conviene
que presencie el
suceso. La noticia
7650
saldrá de ese recinto autorizada;
que el ser el hecho allí, le califica,
y desnudo
de lástimas plebeyas,
brillará en su
grandeza y su justicia.
MARCELO
Lo haré. -Lictores,
despejad la Curia.
7655
(Los LICTORES hacen retroceder al pueblo
al fondo. -Van llegando por diversas calles y con intervalos
los SENADORES, de los cuales, unos se quedan conferenciando
en el pórtico y otros entran en la Curia.)
Escena IV
Los DICHOS, CASCA, TREBONIO, CIMBRO, CINA.
CASCA
¡Malas nuevas!
CASIO
¿Qué
ocurre?
CASCA
¡Contrarían
los hados nuestro plan!
CASIO
¿Cómo?
CASCA
Al
Senado
quizá no venga César.
MARCELO
¿Qué
motiva
esa resolución?
CASCA
Ante
los Lares
que en su palacio el pórtico autorizan,
7660
hoy al primer albor del sol naciente
sacrificó el
arúspice Espurina
una cándida res; y en sus
entrañas
siniestro agüero presentó
a su vista:
¡faltaba el corazón! -Todos a César
7665
la nueva dan, y unánimes opinan
que no vaya al Senado.
Él los escucha,
y responde impasible: «Si a la víctima
le falta corazón, a mí me sobra.»
BRUTO
¡Oh, vendrá!
CASCA
De
la estancia en que aún dormía
7670
su esposa, llega
entonces a su oído
un confuso rumor: allí
encamina
sus pasos, entra silencioso, llega
al pie
del lecho, y a Calpurnia mira
con un ensueño lúgubre
luchando.
7675
Ambos brazos convulsos extendía,
y entre
ahogados sollozos exclamaba:
«¡Tened!... ¡perdón!...
¡perdón!» Lumbre rojiza
destellaba una lámpara,
y el aire
en resplandor sangriento se teñía.
7680
Despierta luego, y abrazando a César,
por su amor,
por los Dioses le suplica
que no salga por hoy; que ha visto
en sueños
cien puñales alzarse, y a él
sin vida
en sus brazos caer. -Decio del caso
7685
nos ha informado;
y teme que se rinda
César por fin al llanto de su
esposa,
y nuestra junta aplace, y nos despida.
CASIO
¡Fatalidad!
TREBONIO
¿Qué
haremos?
CINA
Si
se aplaza,
nuestro plan se divulga.
MARCELO
Y
si transpira,
7690
la muerte nos aguarda.
CASCA
¡Muerte
a todos!
CASIO
Bruto, ¿qué dices?
BRUTO
¿Qué
queréis que os diga?
Cuando se trata de salvar a
Roma,
¿a qué tanto pensar en nuestras vidas?
CASCA
¡Nuestra muerte es la suya!
CASIO
Y
sin salvarla,
7695
duro es morir.
BRUTO
¡Vivimos
todavía!
¡Calma! Este es nuestro puesto: aquí
aguardemos.
FLAVIO
¡Disimulad! -¡El cónsul!
(Aparecen
los LICTORES precediendo al cónsul.)
Escena
V
Los DICHOS, MARCO ANTONIO, LICTORES.
ANTONIO
(A sus LICTORES.)
Id
aprisa,
a Lépido buscad: aquí lo aguardo.
(Se va un lictor. -Él dice aparte:)
¡Ellos son! ¡La
denuncia se confirma!
7700
Exploremos.
CASIO
¡Salud
a Marco Antonio!
ANTONIO
¡Salud a los pretores!
CASIO
¿Tu
venida
la de César anuncia?
ANTONIO
Siempre
visteis
puntual al dictador.
CASIO
El
rey podría,
haciéndose esperar, su omnipotencia
7705
querer mostrarnos.
ANTONIO
¡Rey!
Para que ciña
la corona real, fuerza es primero
que un senadoconsulto lo decida,
y lo sancione el pueblo.
CASIO
Nuestro
voto
le daremos allí.
FLAVIO
Flavio
os afirma
7710
que lo que en el Senado se resuelva
sancionará
la plebe.
ANTONIO
(Aparte.)
¡No
mentían
los esclavos! ¡Bien hice! -Senadores:
en este acto solemne, en que se cifra
el porvenir de Roma,
toca al cónsul
7715
por vosotros velar, para que emitan
todos con plena libertad sus votos.
Lictores, alejaos:
las avenidas
guardad: sólo a los Padres del
Senado
llegar hasta la Curia se permita.
7720
(Los LICTORES que
rodeaban la Curia se retiran al fondo.)
Escena VI
Los DICHOS, LÉPIDO y EL LICTOR.
LÉPIDO
De ti llamado con urgencia, cónsul,
a tu mandato
estoy.
ANTONIO
Tú,
que acaudillas
la orden ecuestre, Lépido, conduce
al instante a la puerta Tiburtina
infantes y jinetes:
ni un soldado
7725
en Roma quede: y si entretanto arriban
las
legiones de Brindis, que allí aguarden
las órdenes
del cónsul.
LÉPIDO
A
cumplirlas
corro sin dilación.
(Se va.)
Escena VII
Los DICHOS, menos LÉPIDO. -VALERIO,
jefe de los LICTORES.
ANTONIO
Llega,
Valerio.
VALERIO
(Aparte.)
Hecho está.
ANTONIO
(Aparte.)
¿Y
los esclavos?
VALERIO
(Aparte.)
A
mi vista,
7730
en el fondo del Tíber.
ANTONIO
(Aparte.)
Del
secreto
único dueño soy. -César, expía
tu negra ingratitud. -¿Mi rey Octavio?
¡Ah! ¡No será
mientras Antonio viva!
(Se va con sus LICTORES.)
Escena
VIII
Los DICHOS, menos MARCO ANTONIO y sus LICTORES.
Después DECIO BRUTO.
CASCA
¡Sin sospecharlo,
nuestro intento ayuda!
7735
CASIO
¿Sin sospecharlo? -¡Acaso!
TREBONIO
¡Qué!
¿Imaginas?...
MARCELO
¡Misterioso es su hablar!
CASCA
¡Su
ausencia extraña!
FLAVIO
¡No hay duda, algo penetra!
MARCELO
¡Su
perfidia
nos tiende un lazo!
CASIO
¡Aquí
está Decio!
TODOS
¡Decio!
CASCA
¡Acaben nuestras dudas!
CASIO
¿Qué
noticia
7740
nos das?
DECIO
¡Que
viene César!
BRUTO
¡Lo
estáis viendo!
CASIO
¿Le persuadiste al fin?
DECIO
No:
es un enigma
que tiemblo descifrar. -Nada alcanzaban
mis esfuerzos: en vano la propicia
ocasión le pintaba,
y el desaire
7745
inmerecido que al Senado hacía,
cuando
junto en la Curia le aguardaba
para alzarlo por rey. Era
perdida
mi voz. A las plegarias de Calpurnia
iba a
ceder; cuando de pronto avisan
7750
que en el pórtico,
ha tiempo, ver a César
demandaba una esclava de Servilia.
BRUTO
¡Es mi madre!
DECIO
Que
al punto la introduzcan
manda. Llega la esclava, y
deposita
un escrito en su mano. César lo abre,
7755
le
lee: sus ojos de repente brillan,
y a sus párpados
lágrimas asoman.
«¡Pronto al Senado!, exclama. Decio,
avisa
mi llegada.» -¡Y ahí viene!
CASIO
¿Y
ese escrito?
DECIO
En su mano arrollado.
CASIO
¡De
Servilia!
7760
BRUTO
¡De mi madre!
CASCA
¡Si
anoche, por ventura,
nos oyó!...
DECIO
Ella
es mujer, y condolida
tal vez...
BRUTO
¡Ella
es romana, y es mi madre!
CASIO
¿La denuncia a venir
le animaría?
MARCELO
¡A venir preparado a castigarnos!
7765
BRUTO
Pues bien; si tal sucede, ¡almas mezquinas,
dejadme,
huid! ¡Lo mataré yo solo!...
¡Y a ella después!
CASIO
¡Silencio!
Él llega.
Escena IX
Los DICHOS, CÉSAR.
(CÉSAR viene en litera, traída por ocho esclavos;
le preceden los LICTORES; le acompañan los SENADORES.)
EL PUEBLO
¡Viva
César!
CÉSAR
¡Salud!
¡Salud, pueblo romano!
(Baja de la litera. -Trae en la mano
el pergamino que le envió SERVILIA. Artemidoro pugna
por llegar hasta él.)
ARTEMIDORO
¡Dejadme... quiero
hablarle! -César, mira
7770
ese escrito.
(Le entrega el
pergamino.)
CÉSAR
(Tomándolo.)
Lo
haré.
ARTEMIDORO
¡Léelo
tú solo!
CÉSAR
¡Yo solo!...
(Al abrirlo, ve
a BRUTO, se dirige a él conmovido, y le pone la mano
en el hombro.)
¡Oh!
¡Que aquí estás! ¡Cuánta es mi dicha!
ARTEMIDORO
¡Léelo, César!...
CÉSAR
(Dándoselo
a DECIO.)
Entérate.
ARTEMIDORO
¡Tú
solo!
DECIO
(Aparte, leyéndolo.)
¡Cielos!
ARTEMIDORO
¡César,
tú solo!
DECIO
¡A
ese que grita
llevaos, lictores!
ARTEMIDORO
¡Ah,
traidor!
DECIO
¡Llevadle!
7775
(Los LICTORES sujetan a ARTEMIDORO, que se resiste.)
ARTEMIDORO
¡Traidor!...
DECIO
¡Pronto:
a la cárcel Mamertina!
(Se lo llevan. -CÉSAR,
embebecido contemplando a BRUTO, a nada atiende.)
ARTEMIDORO
(Perdiéndose a lo lejos su voz.)
¡Traidor!...
DECIO
(Aparte a los conjurados.)
¡El
golpe luego, o nos perdemos!
Escena X
Los DICHOS,
menos ARTEMIDORO.
CÉSAR
¡En vano, ingrato, mi presencia
esquivas!
¡Con lazo estrecho unidos nuestros nombres,
juntos resonarán desde este día
7780
en la remota
edad!
BRUTO
¡Así
lo espero!
CÉSAR
¡Y para el bien universal!
BRUTO
¡Me
anima
también esa esperanza!
CÉSAR
Y
de vosotros
también espero yo que, a envejecidas
ideas renunciando, deis a Roma
7785
lo que hoy para ser grande
necesita:
¡Ser humana! ¡Ser justa! -Esos inmensos
pueblos,
que esclavos a sus pies se humillan,
no merecen el
yugo; porque nada
guardan de su barbarie primitiva,
7790
y en
cultura y saber, en ciencias y artes
quizá con nuestra
Italia rivalizan.
¿Cuál es hoy su destino? ¡Ser despojo
de un procónsul rapaz, que sólo aspira
a gozar, a oprimir, a enriquecerse,
7795
esquilmando su mísera
provincia!
Libertad piden: y es razón. -Vosotros,
que tanto aborrecéis la tiranía,
¿por
qué queréis que la de Roma pese
sobre el mundo,
y que os odie y os maldiga?
7800
¿Le hicisteis culto y le queréis
esclavo?
¡Error! ¡Funesto error! -En sus conquistas,
donde
llevó sus victoriosas armas,
Roma llevó
su ser, llevó su vida.
Ya Roma no está aquí:
¡Roma es el mundo!
7805
Y desde el Septentrión a las orillas
del lusitano mar, todo hombre libre
ciudadano romano se
apellida.
A que cumpla este fin un dios me llama:
a que destruya toda tiranía:
7810
la vuestra la primera.
-Alzose un tiempo
en interés de los patricios Sila,
en interés de los plebeyos Mario:
¡yo en interés
de todos! Ley precisa
será, pues todos han de ser
iguales,
7815
que uno mande. Hoy aquí la regia insignia
me va a dar el Senado, y yo la acepto:
no por la predicción
de la Sibila;
mas porque el bien del mundo la reclama,
y yo me siento digno de ceñirla.
7820
El Senado me aguarda:
entrad conmigo;
y escucharéis el nombre del que un
día,
de mi sangre heredero y de mi trono,
rey
de Roma será. La Italia rija
por mí, dichoso;
mientras yo la Armenia
7825
cruzo, conquisto al Parto, la ardua
cima
del Caúcaso traspaso, y por los bosques
de
la áspera Germania, y las sumisas
Galias, cerrando
el círculo, os presento
la tierra entera a vuestros
pies rendida.
7830
Todo dispuesto está: mañana
marcho.
Entremos, pues. -Y tú, junto a mi silla
te coloca: a mi lado quiero verte.
BRUTO
A tu lado estaré.
(Sube CÉSAR las gradas de la Curia: al llegar a lo
alto, el Senado se pone en pie para recibirlo. Entonces CIMBRO,
que iba detrás de CÉSAR, le tira de la toga,
descubriéndole el cuello y señalando a la estatua
de Pompeyo.)
CIMBRO
¡Pompeyo
os mira!
CASCA
(Hiriendo a CÉSAR en el hombro con
el puñal.)
¡Muere, tirano!
CÉSAR
(Arrancándole
el puñal y sujetándole del brazo.)
¡Tente,
infame Casca!
7835
¿Qué haces?
LOS CONJURADOS
(Sacando
los puñales.)
¡Muera!
CASCA
(Pugnando por desasirse.)
¡Favor!
CÉSAR
(Armado del puñal de CASCA.)
¡Contra
mi vida
conjurabais, ingratos! ¡Llegad! -¡Cara
la venderé!
BRUTO
¿Tembláis?
¡Oh cobardía!
¡Puñal, Roma lo manda!
(Alza el puñal y se dirige a CÉSAR.)
CÉSAR
¡Tú,
hijo mío!
¡Tú también!
(Arroja el puñal,
y se cubre con el manto.)
LOS CONJURADOS
¡Muera!
(Siguen a BRUTO, y descargan con furia repetidas veces los
puñales sobre CÉSAR.)
LOS SENADORES
¡Huyamos!
(Los SENADORES, que estaban en la Curia, se precipitan fuera
con espanto: el terror se comunica a los LICTORES y al pueblo.)
BRUTO
¡La
justicia
7840
de Roma se cumplió!
(Ábrese el grupo
de los conjurados, y se ve el cadáver de CÉSAR,
tendido al pie de la estatua de Pompeyo, cuyo ancho pedestal
le oculta en parte a la vista del público.)
CASIO
¡Pueblo!
¡El tirano
es muerto ya! ¡La sangre que destila
el puñal
vengador tu afrenta lava!
¡Álzate, pueblo-rey!
¡Libre te miras!
EL PUEBLO
¡César!... ¡muerto!...
¡qué horror!...
(Huyen despavoridos por diversos puntos.)
LOS CONJURADOS
¡Huyen!
CASIO
¡Corramos!
7845
¡No se extienda el terror que los domina!
¡Mostrémonos
por plazas y por calles!
¡Al Foro! ¡Al Capitolio!...
SERVILIA
(Dentro.)
¡Bruto!
CASIO
(Yéndose con los conjurados.)
¡Viva
la libertad!
BRUTO
(Deteniéndose.)
¡Mi
madre!...
Escena XI
BRUTO, SERVILIA.
SERVILIA
¡Bruto!
¡Es cierto!
¿Qué has hecho?... ¡Di!...
BRUTO
¡Matar
la tiranía!
7850
SERVILIA
¡Mátame a mí también!
-¡Ese es tu padre!
BRUTO
¡Mi padre!!!...
SERVILIA
¡Lee!
(Arranca el pergamino de la mano de CÉSAR, y se lo
presenta.)
BRUTO
(Después de leer.)
¡Qué
horror! -Y tú, Servilia...
SERVILIA
¡Mátame!!!...
BRUTO
¡Te
perdono! -¡Gracias, Dioses,
que hasta quedar mi obligación
cumplida
no me habéis revelado este secreto!
7855
¡Cuánto
mayor esfuerzo al alma mía
le costara, sabiéndolo!
Y acaso...
Entonces... -¡Bruto! ¿Qué? ¿Vacilarías?
Calla, fiera virtud, y pues los Dioses
me han querido
salvar, nada me digas.
7860
¡Tu inspiración seguí!
¿Qué más me pides?
¡Tu inspiración
seguí!... Pues ¿por qué agita
mi pecho hondo
terror? ¿Por qué las gentes
en mí sus
ojos con espanto fijan?
¡Romano soy!... ¡Soldado de Pompeyo!
7865
¡Alumno de Catón!...
(Dándole a SERVILIA el
pergamino.)
¡Madre,
aniquila
ese fatal escrito! -Quien a César
mató
fue Marco Bruto... ¡Parricida
no me llaméis!
-¡Qué lágrimas son estas!
SERVILIA
¡Hijo!...
BRUTO
¡No
más flaqueza! -¡Huye, Servilia!...
7870
¡No te conozco
ya!... ¡Roma es mi madre!
(Óyense a lo lejos confusamente
gritos del pueblo.)
SERVILIA
¡Qué lejano rumor!...
-¡Ah! ¡Por tu vida
ya comienzo a temblar! -¡Hijo, ese pueblo
amaba a César!... ¡Si a vengarle aspira!...
BRUTO
¡Yo le amaba también!
SERVILIA
¡Ah!,
pero en Roma
7875
no busques la virtud que a ti te anima.
¡Sígueme...
ven... ocúltate!
BRUTO
¿Cobarde
también me quieres hoy?
SERVILIA
La
gritería
se oye más cerca ya. -¿Quién
llega? ¡Es Casio!
Escena XII
SERVILIA, BRUTO, CASIO.
CASIO
¡Bruto, te encuentro al fin! ¡Patria, respira!
7880
¡Aún
vive Bruto!
SERVILIA
Ese
tumulto, Casio,
¿qué anuncia? Di.
CASIO
¡La
libertad perdida!
BRUTO
¡Dioses!
SERVILIA
¡Perdida!
Pues entonces, dime:
el sangriento cadáver que
allí miras,
¿de qué ha servido, Casio?
CASIO
¡Fue
viviendo
7885
nuestro baldón, y muerto es nuestra ruina!
SERVILIA
¡Era fundado mi temor! ¡El pueblo
quiere a César
vengar!
BRUTO
Con
frente altiva
esperemos al pueblo: darle es justo
de nuestra noble acción cuenta cumplida.
7890
CASIO
No,
no es la voz del soberano pueblo,
del pueblo rey, que premia
y que castiga,
eso que oyes sonar; es el rugido
de
una turba feroz de gente indigna,
que al yugo se avezó,
y hoy dócil sirve
7895
de instrumento a la nueva tiranía.
BRUTO
¿Qué dices, Casio?
CASIO
Escucha:
Marco Antonio
nuestro plan sospechaba: en su perfidia,
traidor con César, con nosotros falso,
la herencia
recoger se proponía.
7900
Muerto el tirano, a la aterrada
plebe
que huyó de aquí, reúne, arenga,
excita
contra nosotros: cuéntales que César
ordenó que a su muerte se dividan
entre el
pueblo sus bienes, sus jardines
7905
transtiberinos, todo. Conmovida
la plebe llora, a César llama padre,
y en su loca
embriaguez «¡venganza!» grita.
Lépido, en esto,
se presenta al frente
de sus jinetes, sabe la noticia,
7910
únese a Antonio, y ambos se proclaman
vengadores
de César. Ya venían
sobre Roma los dos, cuando
de pronto
óyese hacia la puerta Tiburtina
son
de trompetas: las legiones eran
7915
que de Brindis llegaban
conducidas
por Octavio. La plebe a vitorearle
corre, le
da la nueva: él se apellida
Octavio César,
deudo y heredero
del dictador, y humilde solicita
7920
le den
favor para vengar su muerte.
Siempre voluble, el pueblo
se cautiva
de su rostro infantil, sus delicadas
formas,
su tenue voz, su faz marchita,
de su dolencia indicio, y
sus facciones,
7925
un tanto a las de César parecidas.
Ebrio de amor, su jefe le proclama.
Celoso Antonio, en
pro de su ofendida
autoridad, las haces consulares
manda alzar. En su fiel caballería
7930
al mismo intento
Lépido se apoya.
La numerosa hueste que acaudilla
hace avanzar Octavio. -Dos rivales
contempla cada
cual... Los tres se miran,
sus fuerzas miden, su rencor
ocultan,
7935
¡y en un abrazo pérfido se ligan!
Rompe
entonces su furia cual torrente
y cien proscriptos a morir
destinan:
¡nosotros los primeros! -Los triunviros
lanzan a la cruel carnicería
7940
sus feroces sicarios,
¡Roma en breve
será un lago de sangre! Yo, por dicha,
entre la confusión salvarme pude,
y en tu busca
volé. -¡Bruto, aún la vida
puede ser útil
a la patria! ¡Huyamos
7945
de la ciudad!
SERVILIA
¡El
pecho de Servilia
será tu escudo!
BRUTO
¡La
virtud no existe!
¡Es un nombre, y no más!
CASIO
¡Ya
llegan!
Escena última
Los DICHOS, OCTAVIO,
ANTONIO, LÉPIDO, SOLDADOS, PUEBLO.
(Aparecen en el
fondo los triunviros: EL PUEBLO los rodea: los soldados los
preceden, desnudas las espadas y prontos a lanzarse sobre
los proscriptos.)
PUEBLO
¡Viva
César Octavio!
SERVILIA
¡Oh
Bruto! ¡Oh inútil crimen!
¡Era forzosa ya la tiranía!
7950
Y tú a un héroe clemente se la arrancas;
¿y a quién la entregas, desdichado? ¡Mira!
(SERVILIA
y CASIO se llevan a BRUTO. -Los triunviros avanzan.)
El lugar de la
escena es el vestíbulo interior del Teatro de la Cruz.
-A la derecha del actor, en primer término, una verja
de hierro, con postigo que da entrada a los que vienen de
la calle. En segundo término de dicho lado, y en primero
y segundo del izquierdo, escaleras que conducen a los pisos
altos del teatro. En el fondo tres mamparas por donde se
entra a la planta baja del mismo. -La acción se supone
que pasa al concluirse la representación de El Sí
de las Niñas, la noche del 10 de marzo, aniversario
del nacimiento de Moratín.
Escena I
EL RECIBIDOR
de entradas, junto a la verja: TORIBIO, sentado en un escalón,
durmiendo; RUPERTO, junto al farol, leyendo un periódico;
CALIXTO, que asoma a la verja.
RECIBIDOR ¿Y la contraseña?
CALIXTO Vengo a esperar a mis amos: si me permite usted
pasear por aquí...
RECIBIDORVaya, pasee usted;
pero cuidado con meterse dentro. Así vienen muchos
con: «Salgo al instante: voy a ver... a preguntar...» Y todo
por colarse sin pagar la entrada.
CALIXTO ¡Hola, Ruperto!
RUPERTO¡Hola, Calixto! ¡Tú por aquí! ¿Vienes
a buscar a los amos? ¿Sirves todavía en casa de D.
Benigno?
CALIXTO Sí, hombre. Aquí está
viendo la comedia con la señorita. Llega a tiempo,
según parece.
RUPERTOYo lo creo. En una hora,
lo menos, no se acaba la función.
CALIXTO ¿Y tú
sirves todavía al canónigo?
RUPERTONo:
ahora estoy en casa de doña Casilda, una viuda muy
alegre. Ahí dentro está también. Yo
acabo de llegar, y por no dormirme, me he puesto a leer El
Suplemento. (TORIBIO ronca.)
CALIXTO Buena falta le hacía
a ése otro suplemento: ¡mira cómo ronca!
RUPERTO¡Demonio! ¡Va a alborotar el teatro! -¡Eh, lacayo! ¡Despierta!
(Dando con el pie a TORIBIO.)
TORIBIO(Levantándose
muy azorado.)¿Arrimu?
RUPERTONo: ¡que no toques la
trompeta!
TORIBIO¿En tuavía nu salen? ¡Mal añu
pa las cumedias! ¡El ganadu enganchadu desde las siete!
CALIXTO No te quejes, maruso. ¿Dónde hay vida como
la de un lacayo? A ti te visten.
TORIBIO¡De mujiganga!
CALIXTO A ti te llevan en coche.
TORIBIO¡A la trasera!
RUPERTOTodo es coche.
CALIXTO ¡Si sirvieras, como
sirvo yo, a un padre tonto y a una hija medio loca, teniendo
que hacer equilibrios entre un viejo con quien quiere casarla
el padre, y un joven con quien quiere casarse ella! -El viejo
rico, pero que no afloja un cuarto. El joven pobre, pero
que gratifica.
RUPERTOY tú protegerás...
CALIXTO Yo siempre al pobre.
RUPERTO¡Tienes fortuna!
El chulito de mi ama entra allí como Pedro por su
casa. Ya se, ve; ella es sola: no tiene de quién guardarse...
yo voy a buscar otra casa donde haya padre, o marido, o...
Si no, no hay propinas.
TORIBIO¡Los tres cuartus pa las
once! ¡Y yo aquí desde las ochu y media!
CALIXTOPues aún tienes para un rato.
TORIBIO¡Mal añu
pa las comedias! ¡Vamus! Y si se viene luegu un señuritu
que suele acompañar a la marquesa, hay que llevarlu
a la calle del Culmillu... y siempre da para una copa.
Escena II
DICHOS, DON CARLOS y PAQUITA, por la verja,
vienen del brazo: ella trae echado el velo; él un
cucurucho de dulces en la mano.
RECIBIDORCaballero, las
entradas.
CARLOS(Dándoselas.)¿En qué están?
RECIBIDORAhora mismo se va a acabar la comedia.
CARLOS(A PAQUITA.)Llegamos a tiempo. Súbete corriendo.
PAQUITAY tú, ¿qué haces?
CARLOSYo me
voy a casa.
PAQUITA¿No me aguardas a la salida?
CARLOSPero, hija, ¡y tu padre!
PAQUITA¡Eh! ¿Qué te
importa mi padre?
CARLOS¿Y el señor don Diego,
tu futuro esposo?
PAQUITA¡Dale! ¡No me sofoques! Ya sabes
que no ha venido al teatro. -¡Calixto!
CALIXTO(Acercándose.)¡Señorita!
PAQUITA¿Diste el recado a don Diego
como te dije? ¿Lo enredaste bien?
CALIXTO Palabra por
palabra: no hay cuidado, que no vendrá.
CARLOSPaquita, no nos expongamos...
PAQUITA¡Eh! ¡Siempre tienes
un miedo!...
CARLOS¿Oyes?... ¡Ya se acaba! ¡Sube corriendo!
PAQUITA(Subiendo por la escalera de la derecha.)¡Adiós!
CARLOS¡Toma los dulces! -¡Adiós!
(Ella toma el
cucurucho y desaparece.)
Escena III
DICHOS, menos PAQUITA.
CARLOS¡Cáspita! Si lo huele el padre, me meto
en un berengenal... ¡Nada, nada! Que se case con el viejo,
que es rico, y luego... -Esta noche necesito desplegar toda
mi habilidad. Tengo en este teatro a las tres y... Calixto:
¿te vas a estar aquí hasta que se acabe?
CALIXTOSí, señor.
CARLOS(Dándole una moneda.)Pues toma, Calixtillo: y aunque veas lo que veas... ¿Eh?
CALIXTO Descuide usted.
(DON CARLOS se va corriendo por
la escalera izquierda.)
Escena IV
DICHOS, menos DON CARLOS.
RUPERTOCalixto: ¿ese es el joven de las propinas?
CALIXTOEacute;se.
RUPERTO¡Demonio! ¡Don Carlitos! Y no me
ha visto. Pues ese es el chulito de mi ama.
TORIBIO¡Ja,
ja! ¡Ah, cundenadu! ¡Ese es el de la calle del Culmillu!
CALIXTO ¿También? -¿Cómo se gobernará
el maldito con las tres?
TORIBIO¡Toma! Una para el gustu,
otra para el gastu...
(Óyese dentro ruido de aplausos
y voces.)
RUPERTOSe acabó la comedia.
CALIXTOSí; ya sale gente. -Allí viene mi amo.
(Van
saliendo poco a poco por las puertas del fondo, y bajando
por las escaleras laterales, varias personas de diversas
edades, sexos y cataduras: unos encienden el cigarro en el
farol y se salen a la calle tomando la contraseña:
otros se pasean por el vestíbulo y forman corros:
la Aguadora asoma la cabeza gritando desde la verja: «¡Agua
fresca!» DON BENIGNO, que ha salido por una de las puertas
del fondo, da una vuelta y se encuentra con Calixto.)
Escena
V
DICHOS, DON BENIGNO, ESPECTADORES.
DON BENIGNO
¡Ya estás aquí, Calixto! Pero dime, hombre,
¿y el bueno de don Diego no ha parecido?
CALIXTO No, señor.
DON BENIGNO¡Cosa más rara! ¿No le llevaste
el recado de que la niña y yo veníamos al teatro?
CALIXTO Sí, señor.
DON BENIGNO¿Que
yo tenía un sillón y ella un asiento de tertulia?
CALIXTO Asimismo.
DON BENIGNOPues ¿cómo
no ha venido? ¿Si le disgustará que Paquita vaya al
teatro?
CALIXTO No tendrá nada de extraño.
Ya es señor de edad, amigo de recogerse temprano...
DON BENIGNOCierto. ¡Y es una diablura! Porque aunque
es rico, y esta boda sería la felicidad de la niña...
y luego, que no es tan viejo que repugne para marido... y
muy atento y muy generoso, eso sí; pero, vamos, si
da en que la ha de tener encerrada en casa...
CALIXTO ¡Buenas y gordas! Lindo genio tiene la señorita para
que nadie le ponga la ceniza en la frente. Capaz sería
de...
DON BENIGNO¡Ya ves tú! ¿Quién
le quita a ella su prado todas las tardes, su teatro, su
bailecito todos los domingos en casa de la intendenta...
y su Liceo los jueves, y su Museo los miércoles, y
su Instituto2 los sábados, y su...? En fin, cosas naturales
a su edad... ¡Diez y seis años!
CALIXTO Y el otro
cincuenta y...
DON BENIGNO¡Hija de mi vida! No,
eso no.
Escena VI
DICHOS, DON DIEGO, a la verja.
RECIBIDOR¡Caballero, la entrada!
DON DIEGOPerdone
usted: no entro. Vengo solamente a ver desde aquí...
RECIBIDOREs que tengo orden...
DON BENIGNO¡Pero
calla! Mírale: allí está. ¡Señor
don Diego!
DON BENIGNO¡Dichosos los ojos! ¡Buena hora de venir! ¡La niña
y yo esperándole a usted hasta las ocho y media! Estábamos
con cuidado.
DON DIEGO(Entrando.)¡Ya lo veo!
RECIBIDOR¡Caballero!... -Ya se coló.
DON DIEGOPero
la culpa no es mía, señor don Benigno. Yo he
ido con puntualidad adonde usted me indicó.
DON BENIGNO
¿Adónde?
DON DIEGOA la parroquia.
DON BENIGNO
¿Cómo a la parroquia?
DON DIEGOSí,
señor. Y dígame usted: ¿cómo sigue don
Martín?
DON BENIGNO¿Mi hermano? Muy aliviado.
Esta tarde le mandó el médico levantarse un
poco.
DON DIEGO¿Qué dice usted? ¿Pues no
ha muerto?
DON BENIGNO¿Muerto? ¡Hombre de Dios!,
¿qué está usted diciendo? Voy a ver...
DON DIEGO
Aguarde usted: yo no entiendo esta algarabía. Pues
señor: ¿qué recado me envió usted esta
tarde?
DON BENIGNOQue veníamos al teatro.
DON DIEGO¿Al teatro? Perdone usted, señor
don Benigno: ¿qué recado me envió usted con
el muchacho?
DON BENIGNO¡Dale! Ahí está
justamente. -¡Calixto!
CALIXTO(Sin atender.)¡Adiós!
¿Cómo salgo de ésta?
DON BENIGNOCalixto,
¿no oyes?
CALIXTO ¿Señor?
DON BENIGNOVen
acá.
CALIXTO ¿Mande usted? -¡Oh señor don
Diego! Tenga usted muy buenas noches. Vaya, y qué
tardecito llega usted. Lo que es la comedia...
DON BENIGNO
Escucha. ¿No te dije?...
CALIXTO El amo estaba ya con
cuidado. Pues ¡y la señorita! Vaya, con la mantilla
puesta... pasea que pasea...
DON BENIGNO¿No te encargué?...
CALIXTO Sin hacer más que decir: ¡Pero, señor,
este don Diego!...
DON BENIGNODi: ¿no te mandé?...
CALIXTO Hasta que ya dieron las ocho, y entonces dijo...
DON BENIGNO¡Calixto! Quieres callar y decirme...
CALIXTO Voy a avisar a la señorita que el señor
don Diego...
(Echa a correr.)
DON BENIGNO(Deteniéndole.)¡Aguarda, maldito! -Ven aquí y responde. -Dime:
¿no te mandé que fueras a casa del señor don
Diego y le dijeras de nuestra parte que esta noche íbamos
la niña y yo a la Cruz, por ser la función
de Moratín?
CALIXTO Sí, señor.
DON BENIGNO
¿Lo oye usted, señor don Diego?
DON DIEGOPoco a poco. A mí no se me dio tal recado. Lo que
este muchacho me dijo fue que iban ustedes esta noche a Santa
Cruz, por la defunción de don Martín.
DON BENIGNO(A CALIXTO.)¡Chico! ¡chico!
CALIXTO ¡Ave María
Purísima! ¡Qué! ¡No, señor! ¡Ja, ja,
ja! Usted lo entendió mal.
DON DIEGOLo entendí
muy bien; eso me dijiste.
CALIXTO Si usted se empeña...
DON DIEGOAllá me fui después de anochecer.
La iglesia cerrada... Doy un paseo por la plaza Mayor; vuelvo.
¡Qué! Cerrada. -Entonces me dirijo a su casa de usted,
y la criada me dice que están ustedes en el teatro.
-¡Señor! ¡En el teatro, habiéndosele muerto
su hermano! Conque me vine aquí lleno de impaciencia...
DON BENIGNO¡Pues no es mala la equivocación!
¡Ja, ja, ja! Ca, subamos a la tertulia, a ver a Paquita...
y a fuer de pretendiente galante, prepare usted su disculpa
para desenojarla.
DON DIEGO(Suben por la escalera
derecha.)Sí: vamos allá.
CALIXTO De ésta
ya hemos salido.
Escena VII
LOS TRES CRIADOS,
DON HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO,
DON ANTONIO, SERAFÍN y otros varios que salen
por las puertas del fondo.
DON SERAPIO¡Ja, ja, ja!
¡Ha sido cosa muy graciosa! ¿Quién será el
majadero que ha pedido el autor?
DON HERMÓGENES¡Pedir el autor! ¡Ja, ja, ja! Ha sido lo que se llama un
verdadero anacronismo... un contre-sens, que dicen los franceses.
DON SERAPIO¡Ja, ja, ja! Algo bueno daría
el pobre Moratín por poder salir ahí: ¿eh?,
¿no es verdad?
DON HERMÓGENES¡Hay gentes
muy estúpidas! ¡Muy estúpidas!
DON SERAPIO¡Hay mucha ignorancia!
DON HERMÓGENES¡Y
mucha rutina! ¡Mucha rutina!
DON SERAPIO¡Ja, ja,
ja! ¡Mucha rutina! -Daría cualquier cosa por conocer
al que ha pedido el autor. ¿No es verdad?
DON HERMÓGENES
Algún dómine rezagado de la vieja escuela,
que se deleita todavía con la Égloga de Batilo,
la Palomita de Filis y la Poética de Luzán.
(Todos se ríen.)
DON SERAPIO¡Pedir el autor!
¡Ja, ja!
SERAFÍN(Acercándose al grupo.)¡Vaya, señores, tanta burla! Yo he sido el que ha
pedido el autor. ¿Y qué tenemos? Ya me han dicho ahí
unos amigos que el autor se murió: yo no lo sabía,
porque soy un artesano que no entiendo de eso. Asisto poco
al teatro: pensé que la función era nueva,
vine a verla, y he pedido el autor, porque me ha gustado
la comedia: ¡clarito!
DON SERAPIO¡Oh! Pues si le
gusta al señor...
DON HERMÓGENESEs
porque al señor ha debido gustarle. El ángulo
facial lo está diciendo a voces.
(Risas.)
SERAFÍNPerdone usted: ¿el qué?
DON SERAPIOVamos
a ilustrarle. -Buen amigo: Moratín se murió
en Madrid hace tiempo. ¿No vio usted aquella procesión
en que fuimos todos los literatos a acompañar sus
huesos?
DON HERMÓGENESDon Serapio de mi vida,
¡qué dice usted! ¡Si Moratín murió el
año 28!
DON SERAPIO¡El año 28! ¿Y
hasta ahora le han tenido de cuerpo presente?
SERAFÍNVaya, pónganse ustedes de acuerdo para ilustrarme.
DON PEDRO(Acercándose a SERAFÍN.)Buen
hombre, por esta noche no se ilustra usted. Moratín
murió en París; y allí están
sus cenizas al lado de las de Molière... hasta que
Dios quiera que los españoles las traigan a descansar
en su patria al lado de las de Calderón.
SERAFÍN¡Me alegraré! Porque no me gusta que ningún
español de mérito muera en tierra extranjera.
(Se retira al fondo.)
DON SERAPIO¿En París?
Pues no recordaba...
DON HERMÓGENESUsted
ha dicho Madrid en vez de París, por precisar, por
contraer, por localizar; como Horacio dice muchas veces el
mar Egeo por cualquier mar..., el bóreas por cualquier
viento. Así puede decirse Madrid por París,
usando de una figura retórica que se llama metonimia
y que consiste en tomar una cosa por otra.
DON ANTONIO
Como quien dice: el rábano por las hojas.
DON PEDRO
Y en el día se hace mucho uso de esa figura.
Escena
VIII
DICHOS, DON CARLOS y CASILDA, que bajan por la
escalera izquierda.
CASILDAPero ¿por qué no ha
entrado usted? Vamos a ver. ¿Por qué me hace usted
llamar con el acomodador?
CARLOSCasilda, no he querido
que los del palco por asientos se figurasen...
CASILDAYa le he dicho a usted que no me importa; que no quiero
tapujos, no quiero. Yo soy libre, y no tengo que dar cuentas
a nadie. -¿Y por qué no ha subido usted en los entreactos?
¿Dónde ha estado usted durante el acto tercero?
CARLOSEn mi asiento.
CASILDAMentira. ¿En qué acaba
la comedia?
CARLOSEn que... en que se casan.
CASILDA¿Quiénes? -¡Si no lo ha visto usted! -¿Quiénes?
CARLOSDéjese usted de niñadas, y vamos
a tomar unos dulces.
CASILDA¡Buenos dulces me ha dado
usted esta noche! ¡Estoy volada!
DON HERMÓGENES
Apelemos al juicio delicado del bello sexo. ¿Aquí
está la amable, la espiritual Casildita? Vamos, sentencie
usted. (Acercándose.) ¿Qué le parece a usted
El Sí de las Niñas?
CASILDA¡Detestable!
DON HERMÓGENES¿Así, redondamente?
DON SERAPIO¡Sin apelación!
CASILDA¡Fría,
insípida, horrible! ¡No sé cómo he podido
aguantarla! ¡A cada entreacto me daban tentaciones de marcharme
a mi casa! Si no hubiera sido por no dar un escándalo...
¡Qué comedia! ¡Qué peste!... ¡Atacada estoy
de los nervios! Mire usted cómo he puesto el abanico.
(Lo enseña hecho trizas.)
DON ANTONIO¡Qué
lástima! Eso clama al cielo contra El Sí de
las Niñas.
DON SERAPIONo vale toda la comedia
el país de este abanico.
DON HERMÓGENES
Es una comedia homeopática: un globulito de acción
disuelto en tres cuartillos de agua.
DON SERAPIO¡Bravísimo!
DON ANTONIOVaya usted a que eso
produzca efecto en estómagos que se han engullido
los venenos de Lucrecia Borgia como quien se traga pastillas
de la Mahonesa.
CASILDA¿Y aquel amante? ¿Quiere usted
ayudarme a sentir? ¡Tan deslavazado y tan ñoño!
(Mirando de reojo a CARLOS.) Bien que de ésos no se
ha perdido la semilla: todos son iguales.
CARLOSPerdone
usted: hoy se ama con otra vehemencia. Hoy no habría
amante que se marchara dejando que casaran a su amada con
un viejo.
CASILDA(Aparte a CARLOS.)¡Si no la casan con
el viejo! ¡Lo ve usted! ¡Infame! ¡Si no ha visto usted el
acto tercero!
CARLOS(Aparte a CASILDA.)Le digo a usted
que sí. Estaría distraído mirándola
a usted. Vamos a la confitería.
CASILDAVamos,
sí, sí: que me dé el aire un poco. -¡Jesús,
qué comedión tan apestoso! Ruperto, guárdame
los gemelos y espérame aquí.
(Al llegar a la
verja se encuentran con el VIZCONDE que llega.)
CASILDASe ha perdido
usted unos sermones de Cuaresma que le hubieran edificado.
(Se va con DON CARLOS. -El VIZCONDE se acerca al grupo de
los otros.)
Escena X
DICHOS, menos DON CARLOS y
CASILDA.
VIZCONDE¡Hola, caballeros! ¿Conque se acabó
la comedia? ¿Y qué tal cosa es? ¿Han pedido el autor?
DON ANTONIO¡Otro que tal!
SERAFÍN¡Calla!
Parece que no soy yo sólo.
VIZCONDEYo siempre,
gústeme o no me guste, pido el autor: por curiosidad...
porque me lo enseñen.
DON ANTONIOPues como
si fuese el oso o la marmota.
VIZCONDEEs un tal Moratín,
según me han dicho. ¡Y cuánto escribe el maldito!
Yo he dado una vuelta por el Príncipe y por el Instituto...
En los tres teatros hacen comedias suyas.
DON SERAPIO
¿Y qué tal por allá?
VIZCONDE¡Mal! ¡Mucho
calor!
DON HERMÓGENESNo: preguntamos por
la función.
VIZCONDE¡Ah! La función...
No sé. Yo fui primero al Príncipe...: vi el
primer acto... ¡Ps!..., pesadillo... Sale allí un
don Eleuterio... un poetastro muy hambriento... leyendo un
drama. -La duquesita estaba en su palco: ¡más coqueta!
Me marché al casino a ver los periódicos franceses.
-Muy embrollado anda eso por Italia. -Luego fui a dar un
vistazo por el Instituto. -Después volví al
Príncipe, y estuve un rato. El poetastro se finge
barón y engaña a una vieja. -Allí ladra
un perro, y tiran un pistoletazo. También sale un
don Claudio un hidalgo muy estúpido, que echa yescas
y enciende un cigarro... ¡Cosas de muy mal tono!
DON ANTONIO¡Excelente potaje!
DON HERMÓGENESVizconde:
está usted haciendo una pepitoria con el Príncipe
y el Instituto y el Café y el Barón y la Mojigata3...
VIZCONDE¡Ja, ja, ja! ¡Es posible!
DON HERMÓGENESY lo gracioso es que esa pepitoria... pot-pourri, como
dicen los franceses, tiene mucho de filosófico respecto
a Moratín. El vizconde ha dicho ahí una gran
cosa...
VIZCONDESí, ¿eh?
DON HERMÓGENESPor supuesto, sin saberlo.
VIZCONDENo: perdone usted...
DON HERMÓGENESJustamente uno de los defectos
capitales del amigo Moratín es que todos los personajes
de sus ponderadas comedias se parecen unos a otros. Así
que, al confundir en un amasijo las tres comedias, ha hecho
el vizconde una sátira muy fina...
VIZCONDE¡Ja,
ja, ja! ¡Pues ya!
DON HERMÓGENESSin querer,
por supuesto.
VIZCONDE¡Dale! ¿Quién le ha dicho
a usted que ha sido sin querer?
DON HERMÓGENESEl don Diego que hemos visto es el mismo don Pedro del
Café, el mismo don Pedro del Barón, el mismo
don Luis de La Mojigata.
VIZCONDEPues claro está.
Lo he dicho con toda intención. -¿Y qué se
cuenta? ¿Qué hay de Italia? Parece que Carlos Alberto...
DON HERMÓGENESY todos cuatro no son otra
cosa que un plagio del Sganarelle de Molière. ¡Pobreza,
pobreza! Siempre el mismo tipo... y voilà tout.
(El
VIZCONDE, viendo que no le hacen caso, se va a recorrer otros
grupos.)
DON PEDRO(Aparte.)¡Esto no se puede tolerar!
DON ANTONIO(Aparte.)Déjelo usted.
DON HERMÓGENES
El Café no es más que un artículo
de periódico... una sátira llena de personalidades
groseras, que debieron valerle al autor una paliza de mano
del pobre Comella, que con toda la bulla tenía más
fecundidad y más genio que Moratín.
DON SERAPIO¡Ya lo creo! ¡Que escribió en toda su vida cinco
comedias! ¿No son cinco?
DON HERMÓGENESCinco
no más; y de ésas dos en prosa.
DON SERAPIO
Vea usted, en prosa, que eso lo hace cualquiera en ocho
días. Como que no hay que buscar consonantes. ¡Compárelo
usted con el otro, que compuso más de doscientas!
¿No son doscientas?
DON HERMÓGENESPues La
Mojigata, ¿qué otra cosa es sino el Tartufe con faldas?
No hablemos del Barón, que no tiene sentido común.
Eso es peor que cualquier vaudeville de los que vemos en
París, en el Gymnase, o en Palais-Royal, o en Folies-Dramatiques,
o en el teatro de Funambules.
DON SERAPIO¡Mucho
peor!
DON ANTONIO¡Qué espíritu de
españolismo!
DON HERMÓGENES¿Y qué
diremos de El Viejo y la Niña, con aquello de los
ungüentos, parches y cataplasmas, que es cosa de sentirse
removido?
DON SERAPIO¡Jesús, qué asco!
DON HERMÓGENESPues vengamos a la de hoy,
a El Sí de las Niñas, a esa joya del teatro
moderno, como esta estúpida de Empresa ha tenido la
osadía de llamarla en los carteles.
DON PEDRO
Pues cuénteme usted a mí en el número
de los estúpidos; porque yo también la llamo
así.
DON HERMÓGENESComo usted guste.
DON PEDROY cuente usted a dos generaciones enteras
que han sancionado ese juicio.
DON HERMÓGENES
Ya se va modificando...
DON PEDROY cuente usted
al público sano, imparcial, ajeno a las pandillas
y a las sectas, que la ha oído con placer, que la
ha aplaudido...
DON HERMÓGENESLos aplausos
del público...
DON PEDROLos aplausos del
público, la noche del estreno de una obra dramática,
no significan gran cosa para mí. El nombre del poeta,
las circunstancias políticas, el desempeño
de tal actor favorito... ¡qué sé yo!... un
capricho del público, son cosas que pueden influir
accidentalmente en el éxito. Pero cuando esos aplausos
se repiten un año y otro y otro, durante cerca de
medio siglo, y la comedia se hace y se hace, y gusta siempre,
bien o mal ejecutada, y se imprime, y se vende, y se traduce,
y se cita como el modelo de las de su género, y es
la desesperación de los escritores dramáticos;
es una pedantería, es una insolencia, es una blasfemia
decir de ella lo que dice usted de El Sí de las Niñas.
DON HERMÓGENESSeñor mío, yo
soy muy independiente; y aunque me quede solo en una cuestión
literaria, nunca me doy por vencido. Y esa fama que El Sí
de las Niñas ha tenido en tiempos de nuestros padres,
sepa usted que ha perdido mucho, desde que el estudio de
la estética nos ha hecho conocer la pobreza de la
contextura de su fábula... del canevas, como dicen
los franceses, y lo raquítico y mezquino de sus tendencias
sociales y filosóficas, si se compara con las obras
que hoy conocemos de Shakespeare, Balzac, Víctor Hugo,
Schiller, Goethe, Kotzbue y Federico Halm, barón de
Billin-gansen.
(Halm se pronuncia aspirando la H, como si
fuera J. Billin-gansen se pronuncia tal como está
escrito.)
DON ANTONIO¡Qué buenos nombres
para perros de caza!
Escena XI
DICHOS, DON ELEUTERIO.
(Sale del corredor de las lunetas, con otros.)
DON ELEUTERIO
Vea usted si en lugar de esas vejeces no podía la
señora Empresa emplear el tiempo en poner en escena
otras obras... No lo digo precisamente por mi drama... que
lo tiene en su poder hace tres meses...
DON SERAPIOAquí hay un poeta; y apuesto a que es de nuestra
opinión.
DON ELEUTERIO¿De qué se trata,
caballeros?
DON SERAPIODe El Sí de las Niñas.
DON ELEUTERIO¡Uf! ¡Déjeme usted! ¡Ya estoy
cansado de contemplaciones con los viejos! Es preciso levantar
una bandera de exterminio contra los santones de la literatura,
hasta que desaparezcan de la escena esas disertaciones en
diálogo, que quieren llamar dramas.
DON HERMÓGENES¡Bien calificadas! Voilà le mot!
DON SERAPIO
¡Me alegro!
DON ELEUTERIOVida, movimiento, acción,
sensaciones profundas, sacudimientos nerviosos... esto es
lo que nuestro público necesita. Yo les he entregado
un drama en veinticuatro cuadros y dos noches. Ahí
está sin hacerse. Yo creo que no lo han leído.
DON ANTONIO(A DON PEDRO.)Yo creo lo contrario.
DON ELEUTERIO¡Y gastan el tiempo en hacer estas estupideces!
Aquí les planto una banderilla que ha de salir mañana
en el periódico. (Leyendo un papel que trae en la
mano.) «La ejecución de El Sí de las Niñas
ha sido detestable, digna de la comedia. El teatro de la
Cruz arrastra una lánguida existencia...»
DON SERAPIO¡Bravísimo! -¡Duro, duro!
DON ELEUTERIO¡Ah! (A un mozo de imprenta que ha venido por la verja.)
¿Traes las pruebas para mañana? Aguarda. -¡Yo les
aseguro!... ¡El Sí de las Niñas!... ¿Merece
eso el nombre de drama? ¡De qué diversa manera trataríamos
ahora ese argumento! -Hay en la comedia situaciones... así,
apuntadas nada más; porque, al cabo, Moratín
era hombre de alguna chispa... ¡Pero qué lastimosamente
desperdiciadas! Figúrense ustedes si no está
aquello pidiendo un par de actos siquiera en el convento
donde se educa doña Paquita, y allí la figura
siniestra de una monja..., de la madre Circuncisión,
por ejemplo..., que sorprendiera a la niña hablando
a media noche con su amante por la ventana del corral, y
la monja se enamorara del oficial... y encerrara a la niña
en un subterráneo, y el oficial, impaciente, escalara
el convento... y la monja se lo llevara a su celda... figúrense
ustedes de aquí lo que podría resultar de movimiento
y de...
DON ANTONIO¡Yo lo creo!
DON ELEUTERIOLuego un acto en el subterráneo, donde bajara el
amante a libertar a su amada, ayudado de Calamocha; y allí
su escena en quintillas. En fin, si uno da rienda suelta
a la imaginación... -Podía haber un episodio
fantástico, en que doña Irene viera en sueños
la sombra del obispo electo de Mechoacán, que murió
en el mar, y las de sus tres maridos. (Se pone a repasar
las pruebas.)
DON ANTONIO¡Y hasta la del chico que
se le murió de alfombrilla!
DON HERMÓGENES
Pero dejando tal como es la parte plástica de la
obra, y prescindiendo del examen sintético, ¿no es
una estupidez risible que aquel zangandungo de oficial obedezca
como un doctrino a su tío, y le bese la mano, y abandone
a su amada? ¡A ver! ¿Un hombre de tanto valor como nos pintan
al don Carlos? (El VIZCONDE, que ha andado recorriendo grupos,
ahora se acerca.)
VIZCONDE¿Qué hay de don Carlos?
¿Se dice algo?
DON HERMÓGENES(Continuando.)¿Un hombre que, según nos dicen, toma baterías,
clava cañones, hace prisioneros y vuelve al campo
lleno de heridas?
VIZCONDEEso habrá sido en Cataluña,
¿eh? ¿Han entrado otra vez? ¡Malditos facciosos!
DON SERAPIO
No; si se habla de la comedia.
VIZCONDE¡Ah, ya! Es
comedia de tiros y de batallas... ¡Pues siento no haberla
visto! (Vuelve a retirarse al foro.)
AVISADORSeñor don Eleuterio: de parte de la Empresa, que
mañana a las doce se pasa por papeles su drama de
usted.
DON ELEUTERIO¿Mi drama? Bien, no faltaré.
-¡Señores, se va a poner en escena mi drama! (Rompe
el papel que tenía antes y escribe en otro:) «La ejecución
de El Sí de las Niñas ha sido admirable, digna
de la comedia. Mientras el Príncipe y el Instituto
arrastran una lánguida existencia, el teatro de la
Cruz se eleva cada día...»
VIZCONDE(Acercándose.)¿Qué es eso? ¿La hoja litográfica de París?
¿Qué dice de Carlos Alberto?
DON ELEUTERIONo: son pruebas. -Toma. (Le da las pruebas al mozo, que
se va.)
MARQUESA(Baja por la escalera derecha.)No le veo por aquí.
¡Dónde andará este hombre!
TORIBIO(Acercándose.)¿Digu que arrime?
MARQUESANo... ¿Has visto por aquí
aquel joven?...
TORIBIO¿El de la calle del Culmillu?
MARQUESASí.
TORIBIOPor aquí entró
primeru con una joven...
MARQUESA ¿Con una joven? ¿Por
dónde? ¡Enséñame!...
TORIBIOY luego
salió cun otra joven.
MARQUESA¿Con otra?
TORIBIONo tan joven.
MARQUESA¡Infame! -¡Bien me lo temía!
TORIBIOY dijerun que volvían.
MARQUESA¿Que
volvían? Bien. -¡Ya lo decía yo! Sus miradas
a la tertulia... Aguardo: ¡voy a armar un escándalo!
-¿Vizconde?
VIZCONDE¡Oh marquesita!
MARQUESADéme
usted el brazo.
VIZCONDE¿Quiere usted venir a tomar un
chantillí?
MARQUESAGracias, no: acompáñeme
usted. Espero aquí a una persona: quiero tomar el
aire.
VIZCONDE¿También usted se ha fastidiado
ahí dentro?
MARQUESA¡Oh, y en grande! ¡Qué
chinchorrería de comedia! Todo se vuelve hablar.
VIZCONDEEs cierto: mejor sería que la cantasen.
MARQUESAQuisiera poder silbar y patear... y tirarles
los gemelos a la cabeza.
DON ELEUTERIOAmable marquesa,
¿contra quién va eso?
VIZCONDE¡Contra la comedia,
contra la comedia!
DON HERMÓGENESYa tenemos
otra aliada, y muy poderosa.
DON SERAPIOEstá
usted con nosotros, ¿eh?
MARQUESA¿Qué persona
de la culta sociedad, de buenas maneras, puede gustar de
semejante paparrucha?
DON HERMÓGENES¡Oh,
eso se nos olvidaba! ¿Y el mal tono, y las chocarrerías
del lenguaje?
MARQUESALa ensalada de berros... y la cazuela
de albondiguillas... y el medio cabrito... ¡Uf! ¡Oír
eso cuando una acaba de comer! Y yo que tengo un estómago...
Creo que me ha dado indigestión.
VIZCONDEUna taza
de te...
MARQUESA¿Y decir que el intendente daba una
fiesta por ser los días de su parienta?
DON SERAPIO
¡Su parienta!
MARQUESASu parienta, por su mujer. Ese
es el lenguaje de Maravillas o de Lavapiés. ¡Su parienta!
DON HERMÓGENESEfectivamente, así dicen.
MARQUESA¡Su parienta! Pues ¿y el tordo? ¡Vea usted, un
tordo! ¿Quién tiene tordo? ¿Qué persona decente
tiene tordo? Se tiene pajarera... Yo tengo pajarera. Se tienen
canarios, ruiseñores, tórtolas...
VIZCONDEUn perro de Terranova, un gato de Angora...
MARQUESAY otras aves así... ¡Pero tordo!
DON HERMÓGENES¿Y para qué sirve allí? Al menos cuando es
drama de protagonista irracional, como El Perro de Montargis,
pase.
DICHOS, DON BENIGNO, DON DIEGO
y PAQUITA, por la escalera derecha.
PAQUITAPero si les
digo a ustedes que no tengo ganas de dulces: ¡es mucho fastidiar!
DON DIEGOYa veo, por el testimonio de ese cucurucho,
que otro más feliz se ha adelantado a mis obsequios.
PAQUITAAndando. ¿Por qué ha venido usted tarde?
DON DIEGOYa he dado explicaciones satisfactorias,
y repetiré...
PAQUITA¿Quién se las pide
a usted?
DON BENIGNOYo le dije, Paquita, que se
disculpara...
PAQUITAY a ti, papá, ¿quién
te mete a dar consejos a nadie? Ya tiene edad para no necesitar
ayo.
DON BENIGNOHija mía, como le estuvimos
esperando...
PAQUITALe esperarías tú: que
a mí me hacía la misma falta que los perros
en misa.
DON DIEGOPero, vamos a ver, amable Paquita:
ese cucurucho de dulces...
DON BENIGNO¡Y es verdad
que trae dulces!
PAQUITA¡Vaya! ¿Qué misterio hay
en esto? Papá me los ha subido.
DON BENIGNO
¿Yo?
PAQUITATú, sí señor, tú.
(Pellizcándole.)
DON BENIGNO(Quejándose.)¡Ay!
PAQUITANo lo niegues ahora; que el señor
don Diego pensará... Todos los viejos son maliciosos.
DON BENIGNOEn efecto: sí, yo he sido. (Aparte.)
¡Ji, ji! ¡Diablo de chica!
DON DIEGOPues bien; iremos
a la Iberia o a Venecia a tomar un sorbete, mientras dura
el entreacto. Ahí tengo mi coche.
DON BENIGNO¿Ves, Paquita, qué galante y qué obsequioso?
PAQUITA¡Pues podía no serlo! Entonces no tendría
el diablo por donde desecharlo.
DON BENIGNO¡Ji,
ji! ¡Qué pizpireta es!
DON DIEGOEn efecto:
tiene un desenfado...
DON BENIGNOGenialidades de
la edad. Ya ve usted: criada a sus anchas, sin que nadie
la haya contradicho jamás... haciendo su santísima
voluntad en todo... No tiene gazmoñerías, ni...
Dice cuanto se le viene a la boca. Pero con los años
ya irá sentando. -Conque, ¿vamos, hija mía?
PAQUITA¡Huy, qué machaca! Vamos. ¡Ay, Dios mío!
¿Y mis guantes? ¡Ay, que he perdido mis guantes! ¿Dónde
se me habrán caído? Busca tú, papá.
-Búsquelos usted. (A DON DIEGO.)
DON BENIGNOTe los habrás dejado en la tertulia. -Luego los
recogerás.
DON DIEGOLos míos no le
vendrán a usted...
PAQUITA¡Quite usted allá
ese adefesio!
DON ELEUTERIO¿Qué se le ha
perdido a nuestra sublime actriz?
PAQUITANada, los guantes.
DON ELEUTERIO¡Se los gastaría usted para
aplaudir con alma El Sí de las Niñas!
PAQUITA¿Yo? ¿Se le figura a usted que yo soy clásica?
DON SERAPIO¿Cree usted que la perla del Liceo y del
Museo y de la Unión tenga tan mal gusto?
DON ELEUTERIO¿Y qué se dispone ahora?
PAQUITAEstamos ensayando
El Verdugo de Amsterdam: la semana que viene lo hacemos en
la calle de Enhoramala-vayas4.
DON BENIGNO(A DON DIEGO.)Cuando oiga usted declamar a la niña, se le caerá
la baba.
DON DIEGO¿También hace comedias
caseras?
DON SERAPIOTambién Paquita es de
nuestra opinión. Todo el bello sexo está contra
El Sí de las Niñas.
PAQUITA¿Le parece a
usted que la que ejercita su sensibilidad declamando dramas,
puede gustar de cosas tan insulsas como la comedia de esta
noche? ¿Han visto ustedes qué amantes esos? Esa Paquita...
¡y siento que tenga mi nombre!, tan tímida, tan encogida.
Bueno está que se obedezca a los padres; yo obedezco
al mío. -Pero cuando mandan injusticias, ¿también
se les ha de obedecer? ¡Ya era fácil que yo me sometiera,
si estuviese enamorada y quisieran casarme con un viejo!
¿Y la escena en que se ven los dos amantes? ¿Hay cosa más
sosa? Llenos de amor los dos, y ni se besan las manos, ni
se abrazan... ¡estando solos!
DON HERMÓGENESAsí sentía Moratín las pasiones.
DON BENIGNOPero, hija, ¿cómo quieres que en
el teatro se ponga todo lo que en tales casos?...
PAQUITA
¿Qué entiendes tú de eso, papá? Se
pone todo, todo; porque, en los momentos de pasión,
la misma pasión... Y hay mil dramas donde no queda
nada que desear... ¡Mira tú en Antoní si se
pone todo!
DON HERMÓGENES¡Allí sí
que hay pasión!
DON SERAPIOPasión,
y muerte.
PAQUITAVamos, lo que esa Paquita consiente
que hagan con ella es ridículo, es inverosímil.
¡Casarla con el viejo!
DON BENIGNONo, hija mía:
si no la casan, al fin.
PAQUITA¿Cómo que no la
casan? ¿Conque el amante no la abandona?
DON BENIGNOAl fin del segundo acto; pero vuelve en el tercero...
PAQUITA¡Ah! ¿Vuelve en el tercero?
DON BENIGNO¿Pues no te acuerdas? Y tiene aquella escena violenta con
el tío...
PAQUITASí, sí... en que
lo desafía y lo mata...
DON BENIGNONo, hija.
Si el tío lo perdona, y lo casa, y...
PAQUITASí,
sí: yo me trabuco...
DON ELEUTERIOLa imaginación
poética de Paquita está supliendo lo que debía
haber en la comedia.
DON DIEGOSi tardamos mucho,
los sorbetes estarán pasados.
DON BENIGNODice bien.
PAQUITA¡Ay! ¡Qué par de ventosas! Vamos
a tomar sorbete. Compadézcanme ustedes.(A los otros.)
¡Aquí llevo a mi don Diego y a mi doña Irene!
-¡Qué es lo que veo! (Al irse, ve venir por la verja
a don CARLOS con CASILDA del brazo, la cual trae un cucurucho
de dulces.)
Escena XV
DICHOS, DON CARLOS y CASILDA.
CARLOS(Viéndola y deteniéndose.)¡Paquita!
Cayose la casa a cuestas.
DON DIEGOVamos andando:
déme usted el brazo.
(A PAQUITA.)
PAQUITAAguarden
ustedes.
CASILDA(A CARLOS.)¿Por qué se para usted?
CARLOSOpino que nos marchemos: lo que falta no vale nada.
CASILDA¿Pero qué arrechucho es este? ¡Algo ha
visto usted aquí!
CARLOSNada, sino que...
MARQUESAAllí viene... ¡Pues! Lo que yo me temía.
¡Con una mujer! ¡Venga usted, vizconde!
CARLOS¡Santo
Dios! ¡La marquesa!
CASILDA¿Por qué nos miran
esas dos mujeres? ¡Usted me está engañando!
CARLOS¡Qué disparate!
CASILDAEntre usted conmigo.
CARLOS(Aparte.)¡Aquí me desuellan entre las tres!
PAQUITADéme usted el brazo, señor don Diego.
Sabe usted que le quiero, y que estoy pronta a obedecer a
mi papá, casándome con usted.
DON BENIGNO
¿No se lo dije a usted? ¡Es como una malva!
PAQUITA(Rirando
de DON DIEGO y al oído de DON CARLOS.)¡Eres un infame!
CASILDA(Aparte a CARLOS.)¿Qué le ha dicho a usted?
MARQUESA(Aparte a CARLOS.)¡Es usted un canalla!
CASILDA(Aparte a CARLOS.)¿Qué le ha dicho a usted?
LA AGUADORA(Desde la verja.)¡Agua fresca, agua!
DON DIEGO(Aparte.)Aquí hay gato encerrado.
Escena XVI
DICHOS,
UN MANCEBO de la confitería.
MANCEBO(A DON
CARLOS.)Perdone usted: estos guantes que se dejó
olvidados en el mostrador de la confitería aquella
señorita...
CASILDAMíos no son.
MARQUESA(Mirando a PAQUITA.)Aquella niña fue.
CASILDA(Le
suelta del brazo; toma los guantes y se los presenta a PAQUITA.)Estos guantes son de usted, señorita.
PAQUITA(Con descaro.)Mil gracias, señora.
DON BENIGNO¡Calla! ¡Tus guantes en la confitería!
DON DIEGO
¡Los guantes! ¡Hola, hola! Este es un lance muy turbio.
DON BENIGNO¿Pues no decías que era yo quien
te había subido los dulces?
DON DIEGO¿Y usted
no afirmó que era cierto?
PAQUITAVamos arriba,
papá, y excusas dar explicaciones a nadie. Ya sabes
que no me gustan las explicaciones.
DON BENIGNO(Aparte
a PAQUITA.)Pero, Paquita, hija, bueno sería convencer
a don Diego. Vas a perder una proporción... Mira que
es muy rico.
PAQUITAHaz lo que te digo, papá,
o me da aquí un sofoco que me caigo redonda.
DON BENIGNO
No, hija mía; no, ¡por Dios! Hágase tu gusto.
PAQUITAEl señor es un visionario montado a la
antigua.
DON DIEGONiña, niña: respete
usted...
DON BENIGNOTiene razón Paquita.
PAQUITA¡Un celoso, un impertinente, un viejo de Moratín!
DON BENIGNO¡No te acalores!
PAQUITA(A DON CARLOS.)¡Y usted un fatuo, un hipócrita, un infame!
DON BENIGNOHija, mira que están oyendo, y luego el mundo...
PAQUITAPapá, no me prediques. Vámonos de
aquí. (Se lo lleva corriendo por la escalera derecha.)
Escena XVII
DICHOS, menos DON BENIGNO y PAQUITA.
CASILDA(Apoderándose del brazo de DON DIEGO.)¡Acompáñeme usted, caballero!
DON DIEGO(Sorprendido.)¡Señora! ¿Quién es usted?
CASILDA,
a Carlos.
¡Infame! ¡No vuelva usted a mirarme a la cara!
(Se lleva a DON DIEGO por la escalera izquierda.)
CARLOSPero, Casildita, oiga usted...
MARQUESA(Saliéndole
al encuentro.)¡Canalla! ¡No vuelva usted a poner los pies
en mi casa! (Se lleva al VIZCONDE por la escalera derecha.)
LA AGUADORA¡Agua fresca, agua!
DON ELEUTERIOCarlos, ¡qué lance tan cómico!
DON HERMÓGENESPero, hombre, ¡tres nada menos!
DON SERAPIO¡Tres
y ninguna!
CARLOS¡Ja, ja, ja! ¡Pensarán las tontas
que no tengo tropas de reserva! En el Príncipe está
Rosario, y Petra en el Instituto. Voy a traerme una de ellas
a que oiga el himno. La entro del brazo a las butacas, y
hago que las tres se desesperen. (Se va corriendo por la
verja.)
Escena XVIII
DICHOS, menos los que se han marchado
en la escena anterior.
DON ANTONIO¿Qué me
dice usted de esto, señor don Pedro?
DON PEDRO¡Ahí tiene usted las que criticaban El Sí
de las Niñas! Dos de ellas, que han pasado la noche
coqueteando con ese pisaverde, y bajaban desesperadas porque
no había subido a visitarlas. ¿Y la niña? ¡Digo!
Una niña que pasa la vida haciendo comedias caseras,
y se escapa con su amante a la confitería, y trata
a zapatazos a su padre. ¡Oh! ¿Dónde está el
Moratín de nuestra época; que así como
aquél pintó la tiranía paternal, y la
educación monjil y gazmoña de su tiempo, nos
enseñe el reverso de la medalla, la relajación
de los lazos sociales, con la magia de aquel pincel que nadie
después ha sabido manejar como aquel insigne poeta?
DON ELEUTERIOEso nada significa, señor mío.
Si en el juicio de esas señoras han podido influir
esas causas, no son ellas las únicas que condenan
la comedia. Aquí estoy yo que cultivo el arte dramática...
DON SERAPIOY yo que he visto muchas comedias.
DON HERMÓGENES
Y yo, que ejerzo la crítica, y he analizado el teatro
inglés y el francés y el alemán, y sostengo
que los personajes de Moratín son retratos de circunstancias
que murieron, y no tipos eternos, como los de Molière.
¿Quién es hoy don Eleuterio? ¿Quién es don
Serapio? ¿Quién es don Hermógenes?
DON PEDRO¿Quién es don Eleuterio? El señor, que habla
mal de la comedia, porque no ponen en escena la suya. ¿Quién
es don Serapio? El señor, que repite como un eco lo
que les oye a ustedes... ¿Quién es don Hermógenes?
¡Usted!
DON HERMÓGENES¿Yo?
DON PEDROUsted, que pasa su vida pedanteando; con la diferencia
de que aquél pedanteaba en griego, y ahora se pedantea
en francés. Y si ya que son ustedes monos de imitación
de los franceses, los imitasen también en ponderar
y ensalzar, como hacen ellos, todo lo que allí se
distingue. Pero, no señor. La pedantería de
hoy consiste en rebajar, en poner en ridículo, en
arrastrar por tierra todo lo que en España sobresale
en cualquier arte, en cualquier carrera, en cualquier profesión.
DON HERMÓGENESYo soy tan español como
el primero; y sin embargo...
DON PEDRO(Irritado.)Los tontos no son españoles, ni franceses, ni ingleses,
ni nada. ¡Son tontos! Son, como los hebreos, una gente sin
patria, esparcida por el mundo para tormento de sus semejantes.
-Pero esta vez, afortunadamente, hay un público sano,
patriota, que a pesar de todos los pedantes, sabe que Moratín
es una de las glorias de nuestra patria, y va en este momento
a saludarle con aplausos de entusiasmo. (Óyese dentro
el ritornelo del himno.) Ya suena el himno en el teatro.
¡Adentro, buenos españoles! Vamos a honrar la memoria
del gran poeta. ¡Yo arrojaré a su busto esta corona
de laurel y siemprevivas! (Sacando una que llevaba preparada.)
DON ANTONIO¡Y yo ésta! (Sacando otra.)
LOS ESPECTADORES¡Corramos! ¡Corramos!
(Todos se entran apresurados al
teatro por las puertas y escaleras. Cambia la decoración,
y aparece el escenario iluminado, y en el centro, sobre un
pedestal, el busto de MORATÍN. -Los actores desfilan
por delante de él, arrojándole coronas de laurel,
mientras se canta un himno en honor suyo.)
que se recitaron en el teatro de la Cruz la noche del estreno
de esta comedia, en el año de 1848
¡Oh pueblo de Madrid! Canta la gloria
de aquel ingenio que con rica vena
eternizó en los
siglos su memoria,
restaurador de la española escena.
No cuente -¡oh mengua!- la veraz historia 5
que yace allá
en las márgenes del Sena.
¡Para una sombra noble
y generosa
es doble peso la extranjera losa!
Ilustre
Moratín: esta sonora
aclamación que el público
te envía, 10
de homenaje más alto es precursora,
que ya se apresta a tu ceniza fría.
La madre patria,
que tu muerte llora,
en breve -¡me lo anuncia el alma mía!-
tus huesos sacará de tierra extraña, 15
y
muerto al menos volverás a España.
Años
después se repitió esta comedia en otro teatro,
y entonces se recitaron además los siguientes versos:
Hoy fue cuando con himnos de alegría,
de las Musas el coro lisongero
cantó al genio sublime
que nacía
a ser delicia del Parnaso ibero.
Ardua
es la senda que a la gloria guía, 5
y que él
con planta audaz abrió el primero;
mas nos dejó,
para alumbrar sus huellas,
el vivo resplandor de cinco estrellas.
¡Cinco no más! -pero de
luz tan pura,
de juventud tan fresca y tan lozana... 10
que vivirán cuanto en la edad futura
viva la hermosa
lengua castellana.
¡Honor a Moratín, que a tanta
altura
nuestra gloria elevó! Y al que se afana
por
imitarle, anímele este ejemplo. 15
¡Aquí al
genio español se erige un templo!
Volviose a celebrar
el aniversario de Moratín, el 10 de marzo de 1854,
con la representación de esta comedia; y al final
se recitaron las dos composiciones siguientes:
Compuse esta comedia el año de 1848 para que se
representase en una función dispuesta en el teatro
de la Cruz con objeto de celebrar el aniversario del natalicio
de Moratín.
Era El Sí de las Niñas
la comedia que iba a hacerse; y de ahí me ocurrió
escribir esta, que llamé, acordándome de Molière,
La Crítica de El Sí de las Niñas.
El
éxito que obtuvo no pudo ser más satisfactorio.
El público, que había estado celebrando El
Sí de las Niñas como si se estrenara, aplaudió
en mi comedia todo lo que se refiere a elogio de la de Moratín;
y al aparecer su busto en la escena fue inmenso el entusiasmo
que produjo.
Desde esta fecha puede decirse que El Sí
de las Niñas, hasta entonces casi desterrado del teatro
por la furiosa invasión del género romántico,
ha vuelto a figurar en el repertorio ordinario, y cada vez
con más aceptación: esto redunda en honor del
público madrileño.
¡No podía ser menos!
Entre cuantas obras dramáticas conozco, antiguas y
modernas, El Sí de las Niñas es, en mi juicio,
la que más se acerca a la perfección.
Moratín
es el modelo del arte: todo el que quiera escribir con acierto
para el teatro no debe estudiar otro.
El ingenio no se adquiere:
se tiene o no se tiene, según Dios ha querido: si
se tiene, no hay cuidado, que él saldrá. Lo
que hay que adquirir es el modo de dirigirlo, de sujetarlo,
no a reglas caprichosas, sino a los principios eternos del
arte; y esto no se aprende más que en Moratín:
fuera de él, sólo se aprende a extraviarlo
y perderlo. No hay que cansarse: Moratín se eclipsará
en los períodos de corrupción; pero en las
restauraciones del buen gusto él llevará siempre
la bandera.
Una cosa que me propuse con empeño logré
con mi comedia; y ahora me arrepiento de haberla logrado.
En los versos que se recitaron en el estreno de la obra
habrá visto el lector el deseo que manifesté
de que los restos de Moratín, que yacían en
París, se trajesen a España. El pensamiento
hizo fortuna; o como ahora se dice, fue creando atmósfera,
y cinco años después un Ministerio, que sin
duda hubo de respirarla, tomó el asunto en serio y
llevó a cabo la traslación.
El día
12 de octubre de 1853 entraron en Madrid las cenizas de Moratín
con gran solemnidad. Iban en un magnífico carro fúnebre,
y les hacían cortejo los ministros, las autoridades
y altos funcionarios, todos de grande uniforme, y un sinnúmero
de personas entre literatos y demás gente distinguida.
Llegó la comitiva a la iglesia de San Isidro, y en
su bóveda subterránea quedó el ataúd
depositado, hasta que se le lleve a un monumento que se le
ha de erigir.
Hoy es, y el monumento no se le ha erigido,
ni nadie se acuerda de ello. Moratín seguirá
escondido en los sótanos de San Isidro; y gracias
que, andando los tiempos, no llegue un día en que,
por quitar estorbos, saquen de allí la caja y echen
los huesos en la fosa del cementerio general.
Así
se hizo en San Sebastián con los de Lope de Vega:
no sería ninguna novedad.
En París, Moratín
estaba enterrado en el vasto y magnífico cementerio
del Padre La-Chaise, que todo extranjero va a visitar. El
guardián que lo enseña es un hábil cicerone,
y al llegar a cierto sitio decía: «Este es el panteón
de la familia Silvela: y aquí yace también
el célebre escritor dramático Moratín,
el Molière español.»
Así en efecto
lo publicaba una inscripción puesta en el monumento,
que era de piedra, sencillo y elegante.
Allí, pues,
no solamente estaba en sitio decoroso y visible, sino que
su nombre sonaba diariamente en el oído de centenares
de extranjeros, que quizá sólo por eso le conocían.
Se le sacó de allí; se le trajo a España:
¡como si hubiera caído en un pozo!
¿Necesito explicar
por qué estoy arrepentido de haber hecho aquellos
versos?
En los que se recitaron en el teatro el día
de la traslación, en 1854, me ocurrió pedir
igual gracia para Meléndez y para Cienfuegos, que
también murieron y están enterrados en Francia.
Afortunadamente para ellos, esto no creó atmósfera.
-No, por Dios: bien están allá. Al menos se
sabe dónde yacen: puede el que quiera ir a visitar
su sepulcro: no están, como el pobre Inarco, secuestrados
de esa segunda existencia, escondidos en un sótano,
expuestos a ir el mejor día a la fosa común.
Escenario del teatro,
dispuesto para el estreno de la comedia de Lope, titulada:
El premio del bien hablar, en el año 1632.
Aparecen
RIQUELME, autor de la Compañía, activando el
arreglo de la escena, y varios MAQUINISTAS, ocupados en terminarlo.
RIQUELME(Tiene puesto el traje con que va a representar
el papel de, DON ANTONIO en El premio del bien hablar.)Ea, que estáis gastando mucha flema. A las tres en
punto quiero que se descorra la cortina, las dos y media
no hay ya que esperarlas. -¡Bien, bien está así!
-Vaya, lo que es en cuanto al escenario todo está
a punto. Ahora vamos a lidiar con los otros. -¡Carrillo!...
¡Avisador!... (Sale Carrillo.)
CARRILLO ¿Señor
Riquelme?
RIQUELMEPor San Ginés, nuestro patrón,
no los dejéis vivir: recorre los pasillos, toca a
las puertas...: a las de ellos, fuerte... con los nudillos;
a las de ellas no: con suavidad... con un dedo; sobre todo
a la de María de Argüello. -¡Es preciso un ten
con ten! -Anda, hijo: ¡aprémialos, aprémialos!
(Vase CARRILLO.) Esta tarde habemos menester que todo salga
con esmero y puntualidad. ¡Mi corral estaba perdido, desierto!
-Ya decían las gentes: «¡Pobre Riquelme! Se arruina:
no tiene comedias.» Agora lo veredes, dijo Agrajes. -Ha venido
en su socorro el ingenio de los ingenios, el gran Lope. -¡Hoy
estrenamos una comedia suya y se nos llenará la casa!
-¡Quiñones! -A estas horas ya debe columbrarse...
¡Quiñones!... (Sale QUIÑONES.)
QUIÑONES¿Señor Riquelme?
RIQUELME¿Cómo va la
cobranza? ¿Te has asomado? ¿Pica, pica?
QUIÑONES¿Que si pica? ¡Y aun muerde! -El patio ya está lleno.
Los desvanes, atestados: las gradas y barandillas se van
cuajando. En los balcones no hay nadie todavía; pero
he visto que les ponen tapices...
RIQUELME¡Soberbia noticia!...
¡Hoy se acredita el corral! -¡Carrillo!... ¡Carrillo! -¿Cómo
andan esas gentes? (Sale CARRILLO.)
CARRILLOSeñor
Riquelme, ya van abriendo las puertas de los cuartos.
RIQUELME¡Gracias a Dios!
CARRILLOA Dios primero, y luego al
ingenio, que ha ido saludándolos cuarto por cuarto.
RIQUELME¡El ingenio está ahí!... ¡El señor
Lope!... ¡Y no me lo dices!... Voy a su encuentro...
CARRILLOAquí le tenéis. (Sale LOPE DE VEGA. Viste
balandrán negro, con la cruz de San Juan al cuello.)
RIQUELMELlegue en buen hora vuestra merced, Frey Lope.
LOPEBuen Riquelme, ¿cómo va el corral esta tarde?
RIQUELME¡Qué sorpresa os guardo, señor!
¡Qué sorpresa!
LOPE¿Y cuál es? ¿Que no
acude la gente?
RIQUELME¿Que no acude?... -¡Quiñones!
LOPESí, andad, Quiñones; que no dejen entrar
más que la que quepa.
RIQUELMEComo estamos en
invierno..., bien se podía abrir la mano...
LOPE
No importa: días quedan. Andad; que cierren la puerta
hasta que llegue el señor alcalde. (Vase QUIÑONES.)
RIQUELME¡Días quedan! ¿Fiáis en que tendremos
para días?
LOPESi no con esta comedia, con otra.
RIQUELME¿Otra me daréis?
LOPEEsta mañana
la empecé a prevención. Veremos qué
suerte tiene la de esta tarde; si el vulgo no la entiende,
anunciadles La Moza de cántaro: mañana os la
acabo.
RIQUELME¡En dos días!
LOPE
En dos mañanas:
así debéis entender aquello de...
Y más de ciento en horas veinticuatro
pasaron de
las musas al teatro.
Hoy he escrito el primer acto y la
mitad del segundo.
RIQUELME¡Acto y medio! ¡Novecientos
versos!
LOPEY he dicho misa, y he escrito una carta de
cincuenta tercetos, y he asistido a la congregación,
y he regado mi jardín.
RIQUELME¡Portentosa fecundidad!
LOPE¿La de mi jardín?... No lo creáis.
-De día en día se va arideciendo y agostando.
Rosas, me nacen pocas y descoloridas; claveles, apenas he
cogido un ramo para enviar a las trinitarias: mi naranjo
favorito, por más que le riego, al fin se ha secado
enteramente. Vamos, se niegan mis flores a conocer nuevo
jardinero; y como el jardinero, amigo Riquelme, tiene ya
setenta años y se va..., el jardín quiere irse
con él.
RIQUELME¡Qué importa el jardín
que tenéis en la calle de Francos!... En vuestra cabeza
hay uno que así, cubierto y todo con la nieve de esas
canas, brota flores de hermoso color y de celestial aroma.
LOPEVeremos a qué le huele al pueblo la que le
doy esta tarde. (Sale OLMEDO. -Viste el traje de)
OLMEDO¿A qué le ha de oler?... ¡A Lope!
RIQUELMEEh,
ya tenemos a nuestro galán vestido. Es el primero.
LOPEPues Olmedo, que es el primero en todo, ¿no había
de serlo en esto?
RIQUELME¡Gran entrada, Olmedo!... ¡Esta
semana tomamos el cuarterón lo menos!
OLMEDONuestra
la culpa será si no sucediere. El premio del bien
hablar es una de las más delicadas fábulas
que vuestra merced ha producido; si no agrada, consistirá
en los representantes.
RIQUELMEO en el público.
OLMEDOEn el público, no.
RIQUELME¡La moda
tiene un imperio!...
OLMEDOEse imperio no alcanza a obscurecer
lo que por esencia es bueno, es bello, es grande. Lope de
Vega será de moda mientras viva el habla castellana.
LOPE¡Buen Olmedo!... ¡mirad no os alucinéis!
OLMEDO¿Cómo puede ser eso? -Vos reináis
en la escena como señor absoluto: sois el ídolo
del pueblo, que os vitorea en el teatro, que os sigue por
las calles, que alza a las nubes vuestro nombre. -Habéis
alcanzado un modo tal de alabanza, que ningún mortal
pudo imaginar. Por tan bueno se tiene cuanto habéis
escrito que es adagio común, para elogiar una cosa,
decir: ¡Es de Lope! -Joyas, pinturas, galas, telas, flores,
espectáculos, manjares, saraos, cuanto Dios crió
se encarece de bueno con decir: ¡Es de Lope! -«Señor
Duque: ¿Qué tal la comida que os dio el embajador
de Francia? -¡Amigo! ¡Convite de Lope!» -«Doña Leonor:
¿Habéis estado en San Miguel? ¿Habéis oído
predicar al padre Vitoria? -¡Admirable orador! ¡Un sermón
de Lope!» -«Jeromillo: Por aquí ha pasado la Belén
derramando sal. -¡Ay, qué cuerpo de Lope!» -En suma,
todas las cosas buenas son de Lope. -Conque no hay que apurarse;
la comedia que hacemos esta tarde es de Lope... y gustará
sin remedio, porque el público que venga a verla será
un público de Lope.
RIQUELME¡Viva! ¡Qué
cuarterón!... ¡La parte entera!...
LOPENo me desvanecéis
con vuestras lisonjas. Sera así por ahora; pero el
alma, Olmedo, el alma, destello de Dios, fuente de la inspiración
poética, esta alma mía es inmortal y aspira
a que lo sean también las obras que de ella emanan.
¿Lo serán? ¿O morirán con este miserable envoltorio
de tierra que empieza ya a desmenuzarse? ¿Qué será
de las mil y más comedias que dejo escritas? ¿Qué
será para mí la posteridad?
OLMEDO¡Una
posteridad de Lope! (Se pone a estudiar el papel. -Un alguacil
de Corte asoma al fondo.)
ALGUACIL¡La orden!
RIQUELMEAl momento. Decid a su señoría que todo está
pronto. (Vase el alguacil.) ¡Carrillo! ¡Carrillo!... ¡Esa
gente!
CARRILLO(Saliendo.)Todos están vestidos.
RIQUELMEPero que vengan, que vengan a que Frey Lope los
vea. -Y el consueta a su puesto, y a los músicos que
templen. (Sale BENITO, en traje de DON PEDRO de la comedia.)
BENITOPor mí se puede empezar.
LOPE¡Bien,
Benito! Lo que es el traje...
BENITO¡Ay, señor
Lope, que aún es tiempo!... ¿No se podría atajar
mi última salida?
LOPE¡Hombre!... ¿Queréis
que no haya desenlace?
BENITO¡Es tan desairada!
LOPE¿Por qué?
BENITOPorque no me caso.
LOPEPues
sois el que libra mejor.
BENITONo importa, es situación
desairada. Aquí la atajáis en un momento.
LOPE¡Si ya van a empezar! No hay tiempo.
BENITOEl
que hace una comedia en un día...
LOPEEso es:
bien puede deshacerla en un minuto. -Vamos, vamos, Benito;
decid aquellos últimos versos con nobleza, retiraos
de la escena con gallardía, y...
BENITO¿Y me aplaudirán?
LOPE¡Oh! ¡Sin duda alguna! (Aparte.) ¡Esta es la ilusión
de todos ellos! -Vamos, y la mía también...
(Sale BASURTO con un pañuelo atado a la cara, y quejándose
de las muelas. -Saca el traje de MARTÍN en la comedia.)
BASURTO¡Ay, ay!... ¡Madre mía!
RIQUELME¿Qué
es eso, Basurto? ¿Qué tenéis?
BASURTO¿No
lo estáis viendo?... Una fluxión a las muelas,
que no sé dónde estoy de pie. No puedo hablar...
LOPE¡Ay Dios mío! ¡Buenos estamos!
BASURTO¡Se me están saltando las lágrimas de dolor!...
LOPE(Aparte.) ¡Y este es el gracioso!... ¡Pobre comedia!
RIQUELMESi hay caries, a sacarla.
BASURTO¿Y cuándo?
¿Y cómo? Salgo en la segunda escena.
RIQUELMEAquí...
cualquiera de nosotros... mientras se empieza, bien podría...:
¿no es verdad?
LOPEYo, si fuera escribir una comedia...;
pero sacar una muela es cosa... (Sale CATALINA con un falderillo
en los brazos, vendado con un pañuelo. Saca el traje
de RUFINA en la comedia.)
CATALINA(Colérica.)Señor
Riquelme, yo me voy a mi casa...
RIQUELME¡Catalinita!...
¿Qué estáis diciendo?
CATALINA¡Me voy a
mi casa!...
LOPEPero, hija, ¿qué ocurre?
CATALINAO la Mariana o yo. Una de las dos no hace la comedia esta
tarde... O se ataja su papel, o el mío.
LOPE¡Friolera!
RIQUELME¡Santos del cielo!... Pero ¿qué ha pasado
con ella?
CATALINA¡Miren cómo me la ha puesto!...
¡Y ha sido adrede!... ¡A mi pobrecita Psiquis!... Ya que
no puede hacerlo conmigo, lo ha hecho con el pobre animalito...
¡Pícara!... ¡Mal corazón!... ¡Miren qué
lástima!... ¡Toda está derrengadita del cuarto
trasero! -¡Y tuerce la cabecita!... ¡Ay, Dios mío!...
Se va a morir... Esa mujer me ha matado a mi Psiquis, ¡a
mi pobrecita Psiquis! (Rompe a llorar.)
RIQUELMEPero,
por los clavos de Cristo, no os aflijáis, hija mía.
CATALINA(Llorando.)¡No hay consuelo para esto!
BASURTO(Llorando.)¡Ay, mi muela!
LOPE¡Los dos graciosos!...
¡Por dónde vamos a salir!... (Sale MARIANA, vestida
de DOÑA ÁNGELA en la comedia.)
MARIANA¡Es un falso testimonio! Fue sin querer, al abrir la puerta
de mi cuarto. -Ya os lo habrá dicho Vivar, que habrá
ido a consolaros...
CATALINAVivar no me ha dicho nada...
ni Vivar viene a mi cuarto... ¿Entendéis? -¡Pues!
Y yo también lo entiendo, y por eso es todo.
LOPE¡Ay que son celos!, ¡y se van a arañar!... ¡Ay mi
comedia! (Sale VIVAR, vestido de FELICIANO en la comedia.)
VIVARAquí está Vivar... ¿Qué es
lo que ha dicho Vivar?
MARIANA(A VIVAR, con celos.)Estabais
en el cuarto de Catalina. ¡Falso!
VIVAR(Aparte.)No es
cierto.
MARIANA(Aparte.)¿Pues dónde?, ¿pues dónde?
RIQUELMEPero, señores, que van a dar las tres...
Vaya cada uno a su puesto. -¡Y esta María de Argüello!...
(Sale MARÍA DE ARGÜELLO, vestida de LISARDA para
la comedia.)
MARÍA¿Cuándo ha hecho falta
María de Argüello? -Por mí se puede empezar.
CATALINA(A MARÍA.)Si tenéis el faldero
en vuestro cuarto, cuidad no salga, que esta tarde por aquí
pagan perros por galanes.
MARÍAYa me lo ha dicho
Vivar.
MARIANA(Aparte a VIVAR.)¡Hola!... ¿Estabais en
el cuarto de María?
VIVARNo tal.
MARÍA(Aparte a VIVAR.)¿Conque a Mariana y a Catalina?... No volváis
a mirarme.
VIVAR¡Pero, María!
MARIANA(Acongojada.)Riquelme... ¡Ay!... ¡que suspendan la comedia!... yo me
pongo mala.
RIQUELME¡Mariana!... ¡hija!...
MARÍA(Con despecho.)¡Que me traigan la silla!...
RIQUELME¡María de mis pecados!...
CATALINA(Dando voces.)¡A casa, a casa!
BASURTO(Lamentándose.)¡No viene
un sacamuelas!... (Sale el alguacil por el foro.)
ALGUACILSeñor Riquelme, si no se alza la cortina, diez ducados
de multa.
RIQUELMEQue pagarán los que no estén
en su puesto. (Todos a un tiempo empiezan a recitar en tono
de estudio los primeros versos de su papel, que tienen en
la mano.)
LOPEDeus ex machina!... El corchete serenó
la tempestad. -Decid a su señoría de mi parte
que se va a dar principio a la comedia.
ALGUACILEl señor
alcalde os ruega, Frey Lope, que honréis un asiento
en su balcón.
LOPEDecidle que le beso las manos,
y que yo seré el honrado. (Vase el alguacil.) Hijos,
a vuestros puestos: el arte nos llama. ¡La gloria nos espera!
Por dos horas vamos a olvidarlo todo: unas los celos, otro
el desaire..., ésta el pisotón de Psiquis...,
aquél el dolor de muelas... ¡y yo mis setenta años!
-La comedia necesita de vosotros. No olvidéis lo que
os he encargado:
A vos ternura, María;
a vos, Mariana, nobleza;
a
vos, Vivar, gentileza;
a estos dos, bellaquería.
(Por CATALINA y BASURTO.)
A vos... Dejad que me ría;
(A OLMEDO.)
a vos, ¿qué os he de encargar?
Hijos,
adentro, a empezar.
Habládmela bien, os ruego;
que
el público os dará luego
El premio del bien
hablar.
(Retíranse todos, y cae el telón.
-Tocada la sinfonía, vuelve a alzarse, y se representa
la comedia, al fin de la cual entra la segunda parte de la
FANTASÍA como a continuación se expresa.)
Dichos los últimos
versos de la comedia, el telón cae hasta la mitad
de su altura: así permanece un momento, y vuelve a
subir muy lentamente, mientras el siguiente diálogo:
Sale por el foro LOPE, acompañado de los que no están
en escena al acabar la comedia.
LOS QUE LLEGAN¡Aquí viene!
TODOS¡Vítor, Lope! (Le rodean
y felicitan con gran entusiasmo.)
LOPE¡Bien, hijos, bien!
OLMEDO¿Estáis contento?
LOPE¡Muy contento!
Todos habéis cumplido mis esperanzas. -¿No es verdad
que el arte es una cosa celestial?... ¡Ved lo que nos pasa
ahora!... Miraos unos a otros... Miradme a mí... ¡El
fuego del entusiasmo brota por nuestro ser!... ¡Mirad a Olmedo!...
OLMEDODejadme... dejadme besar esa mano que empuña
todavía fuerte y robusta el cetro de la poesía.
-¡Arte divino!... Él es consuelo de las penas, medicina
de los males... Con su contacto mágico todo lo sana,
todo lo purifica...
TODOS¡Todo! ¡Todo!
OLMEDOMirad...
mirad su poder. Las que eran rivales olvidan sus celos y
se abrazan... (Las tres actrices se abrazan.)
MARÍA¡Amigas y compañeras!...
MARIANACon toda mi
alma...
CATALINACon todo mi corazón.
VIVAR(A
ellas.)¿Y sin rencor para mí?
LAS TRES(Dando
las manos a VIVAR.)Sin rencor.
BASURTOHasta mi muela...
¡no sé qué ha sido de ella!...
OLMEDOEl
oro de los versos os la ha curado.
RIQUELME¡Sois nuestro
salvador! Lo menos a parte y media tocamos esta semana.
BENITO(Desde el fondo.)Por aquí, caballeros. Si
buscáis a Frey Lope, allí le tenéis.
(Salen por el foro DON FRANCISCO DE QUEVEDO y DON JUAN DE
ESPINA.)
QUEVEDOLope, recibid mi parabién.
LOPEQuevedo amigo, y vos mis brazos.
QUEVEDOY el de este
caballero, que desea estrechar vuestra mano.
LOPEMe honra
con ese deseo.
QUEVEDOOíd quién es, y no
os cause espanto.
ESPINADejad las bromas, Quevedo.
QUEVEDO¡Cómo bromas! Vive Dios, que si dudáis del
efecto que causa vuestro nombre, que vais a convenceros de
ello ahora mismo. -Acercaos, amigos..., acercaos... y encomiéndese
cada cual al santo que sea más de su devoción.
-El caballero que está presente se llama don Juan
de Espina.
TODOS(Menos LOPE y OLMEDO.)¡Jesús!...
¡El mágico! (Se alejan con espanto.)
LOPE(OLMEDO,
acercándose a él.)¡Don Juan de Espina!
QUEVEDO(Riendo.)¿Lo estáis viendo?
ESPINA¡Pero es creíble
que de tal manera se propague esa opinión! Señores,
por Dios trino y uno, que soy tan cristiano viejo como el
que más. No deis crédito a esas patrañas,
en la forma que las cuenta el vulgo. Miradme: soy de carne
y hueso como los demás mortales.
CATALINA(A sus
amigas.)¿Será eso verdad?
MARÍASu acento
me tranquiliza.
MARIANAY en cuanto a persona, no es mal
mozo.
QUEVEDO¡Es cierto! Y estas damas pueden cerciorarse
de ello, si gustan..., no más que con acercarse. (Las
damas se acercan poco a poco.)
ESPINAMi afición
a las ciencias y a las artes me ha hecho estudiarlas hasta
profundizar en sus arcanos. La física ha sido mi ocupación
predilecta, y algo se me alcanza de astrología judiciaria.
De aquí sin duda ha tomado origen esa voz que me acusa
de mágico, de nigromante... ¡qué sé
yo!... hasta de tener pacto con Satanás. (Se ríe.)
QUEVEDO¡Ave María! (Todos se santiguan.)
RIQUELME¿Conque no es cierto? -Pues lo de mágico, todo el
mundo lo cree.
QUEVEDOPero es mágica blanca, que
es cosa muy distinta...
RIQUELME¿De la negra?...
QUEVEDOSe entiende. Esa, esa es la mala; que la otra...
ESPINA¿Pensáis que si lo que el vulgo dice de mí
fuera cierto, no me hubiera ya pedido cuenta de ello el Santo
Oficio?
LOPEOs confieso que en ocasiones lo he temido.
QUEVEDOEs que el vulgo, amigo Lope, va más allá
que el Santo Oficio, y quizá le moteja de laxo porque
no le ha tostado ya.
LOPEDicen, señor don Juan,
que sabéis alzar figura.
TODOS¡Alzar figura!...
ESPINALlámase así en Astrología
evocar la presencia de un ser ausente, o que ya no existe,
o que no ha existido aún.
OLMEDO¡Evocarla!...
Es decir, ¿ponerla delante? ¿En forma visible?
LOPE¿Lo
que no ha existido aún? ¿También lo venidero
está sujeto a ese poder?
ESPINAEn ciertos casos,
también lo venidero.
LOPE¿En limitada distancia?
ESPINASin límite alguno: hasta la consumación
de los siglos.
LOPE¡Lo venidero!... ¡Ver lo venidero!...
OLMEDOLeo en vuestro pensamiento, Frey Lope...
LOPE¡Cómo!...
OLMEDOComo que recuerdo lo que antes
de la comedia me dijisteis aquí mismo.
LOPESí...
sí... Pero eso no es lícito creerlo... ¡Eso
sería sobrenatural!...
ESPINAOs engañáis.
Existen dentro del orden natural misterios que la ciencia
no ha penetrado aún; pero que algunos comienzan a
vislumbrar. Vendrá una generación que se ría
de nuestra ignorancia.
LOPE¿Y vos habéis penetrado
algunos de ellos?
ESPINACreo que sí.
LOPE¡Válgame
Dios! -Y es posible. ¡Oh, sí; es posible!
QUEVEDODon Juan de Espina ha sido el asombro de Italia: allí
no le huyen: ¡le admiran!
OLMEDOPues yo, señor
don Juan..., y perdonad mi osadía, quiero haceros
una súplica.
ESPINAOlmedo, yo os estimo mucho
por vuestro gran talento: la Talía española
debe estar orgullosa de tan inspirado intérprete...
OLMEDOMe avergonzáis.
ESPINAHablad: ¿en qué
puedo complaceros?
TODOS¿Qué le irá a decir?
OLMEDOVed aquí, señor don Juan, que el
príncipe de la poesía, el fénix de los
ingenios, el gran Lope, que tenéis delante, siente
en su alma un torcedor que le martiriza.
ESPINA, QUEVEDO
¡Lope!...
LOPE¡Qué decís!...
OLMEDOLo que es cierto, lo que vos mismo me habéis dicho...
Sí, señor... sí... La voz poderosa de
su ingenio le asegura que sus obras serán inmortales...
Su modesta virtud le hace temer que se hundan en el olvido.
No hace mucho, aquí mismo, me decía con amargo
abatimiento: «¿Qué será de las mil y más
comedias que dejo escritas?... ¿Qué será para
mí la posteridad?»
ESPINA¡Y lo duda!...
QUEVEDOEs el único en España... para ser único
en todo.
OLMEDOPues bien; yo he leído ahora en
su pensamiento... Lope no sabe en este instante si cree o
no cree en esa ciencia que vos profesáis; pero crea
o no crea..., desea... ambiciona... -¡no me lo niegue!- que
le digáis su horóscopo.
TODOS¡Su horóscopo!
LOPE¡Olmedo!... ¡Olmedo!... Yo no debo creer...
OLMEDOPues bien, oídlo... y no lo creáis después.
ESPINASí, Lope, yo leo también en vuestro
semblante que es cierto lo que Olmedo dice; que os atormenta
esa duda. Y pues no basta a tranquilizaros para el porvenir
lo que veis al presente, esa aureola de gloria que os circunda,
ese universal aplauso, ese delirio de entusiasmo con que
no sólo España, sino Europa toda, levanta vuestro
nombre a los cielos; yo me dirigiré a ellos... yo
preguntaré a los astros vuestro horóscopo.
TODOS(Asombrados.)¡Jesús!... ¡Jesús!...
QUEVEDODesde aquí mismo: la noche ha cerrado ya.
OLMEDOY allí veis el patio de nuestro corral,
que tiene por techumbre la bóveda de los cielos.
LOPE¡Qué vais a hacer!...
ESPINA(Mirando a los
astros.)Sentaos. Traedle un sillón... Las emociones
pudieran afectarle.
(Acercan un sillón y le hacen
sentar. QUEVEDO y OLMEDO se quedan a su lado; los demás
alejan un poco. Las tres damas forman un grupo, abrazándose
y mirando con cierto terror. ESPINA contemplando el cielo,
y haciendo las pausas que se indican.)
El astro de Lope
brilla con todo su esplendor. -¡Mil y quinientas comedias!
¡Mil y quinientas!... No más. -¿El astro se apaga?...
No: es una nube que ha venido a cubrirlo... ¡Nube muy negra!
-En ella leo: Siglo decimoctavo. Ya va pasando. -¿Vuelve
a brillar el astro de Lope? No: no es él... es otro..
es otra luz la que despide...: luz de cinco luceros... ¡hermosos,
a fe mía!... pero no es Lope... no es Lope. -La nube
pasó del todo, y el cielo se viste de nuevo resplandor.
¿Qué dice allí? Siglo decimonono. -¡Qué
miran mis ojos! ¡Otra vez el astro, el astro con todos sus
resplandores! -Todo lo penetro, todo lo veo... -¡Lope de
Vega, no morirás! -Después de un siglo de olvido,
vendrá otro de reparación; y en ese, la gloria
de tu nombre se extenderá por el mundo. ¡España
se llamará con orgullo tu madre! ¡Madrid se envanecerá
de ser tu cuna! Allí distingo un modesto recinto...
Es un teatro... La muchedumbre se agolpa a sus puertas...
¿Qué buscan? ¿Qué celebran? ¡Ah! ¡25 de noviembre
de 1859!... ¡El aniversario de tu nacimiento! -Lope: ¿quieres
asistir a él?... ¿Quieres verlo? Ahora, en este momento
mismo, se canta un himno a tu gloria. -¿Oyes?... ¿Oyes esa
lejana armonía? -Se han cerrado sus ojos; pero ve
con los del alma. Su vista interior penetra ahora los siglos.
-Llevadle, llevadle de aquí, donde la obscuridad le
circunde, donde no haya luz que le hiera.
(Se llevan a LOPE
dormido en el sillón: todos desaparecen silenciosos
y asombrados. -Cuando D. JUAN ha dicho: «¿Oyes esa lejana
armonía?» ha empezado pianísimo el ritornelo
del himno, que dura hasta la mutación.)
¡Misterioso
poder de la ciencia! ¡Influjo celestial! Obedece a mi voluntad.
Ven a mi voz. Presenta a los ojos del septuagenario moribundo
el cuadro de su inmortalidad. Concede este galardón
a su virtud, a su saber, a su genio. Transpórtalo
a esa noche en que, después de tres siglos, un público
entero clama con entusiasmo: ¡Gloria a Lope de Vega! ¡Gloria
al padre del teatro español! (A un signo de D. JUAN,
se abre el foro y aparece el busto de LOPE DE VEGA entre
resplandores. Durante el coro, desfilan los actores por delante
de él, colocando en el pedestal coronas de laurel.)
Limitado por las calles de Preciados, de Valverde y del
Barco, había un antiguo convento, llamado de los Basilios,
en el cual, poco después de la supresión de
las órdenes religiosas, se estableció un teatro.
Ya no existe: el convento ha sido demolido recientemente,
y en su solar se fabrican casas.
Ocurriole a la compañía
que trabajaba en aquel teatro el año de 1859 solemnizar
el día 25 de noviembre, aniversario del natalicio
de Lope de Vega, y me consultó el pensamiento, reclamando
mi cooperación. Presteme a ello, y con muy pocas alteraciones
logré reducir a escena fija la linda comedia del Fénix
de los ingenios, titulada El premio del bien hablar; para
la cual compuse, en forma de prólogo y epílogo,
esta Fantasía dramática.
Hízose la
función, y el público la aplaudió con
entusiasmo.
La Fantasía se ha repetido después
varias veces, así en Madrid como en las provincias,
para celebrar el aniversario de Lope.
Si se quiere representar
con cualquier otra de sus comedias, puede hacerse, con las
variaciones siguientes:
Primera parte
Páginas 235
y 237, etc. -Donde dice: El premio del bien hablar, póngase
el título de la comedia que vaya a hacerse.
Página
239. -En vez de lo que hay, dígase esto:
BENITO¡Ay, señor Lope, que aún es tiempo! ¿No podríais
atajarme esta salida? (Mostrándole el papel.)
LOPE¿Cuál?
BENITOEacute;sta: ¡es tan desairada!
-Aquí me la atajáis en un momento.
LOPE¡Si ya van a empezar! No hay tiempo.
BASURTO¿Y cuándo?
¿Y cómo? (Suprímase lo demás que dice.)
Página 242. -La décima final sustitúyase
con esta:
Loa representada en el teatro del liceo artístico
y literario de Madrid con motivo de la solemne traslación
de los restos del príncipe de los poetas dramáticos
españoles don Pedro Calderón de la Barca
Amenazaba ruina la iglesia del Salvador, situada en la calle
Mayor, esquina a la de Luzán, frente a la plaza de
la Villa. Acordose su demolición; y al estarla verificando,
corrió la voz de que allí se hallaba enterrado
nuestro gran Calderón. La piqueta oficial no se detenía
por eso; y tuvieron que darse mucha prisa algunos amantes
de las glorias patrias para llegar a tiempo de sacar de entre
los escombros los huesos del inmortal poeta.
El día
18 de abril de 1841 se llevaron con gran solemnidad en un
carro fúnebre al cementerio de la Sacramental de San
Nicolás, donde quedaron colocados en un nicho, que
para el efecto había sido destinado a perpetuidad
por los individuos de aquella cofradía. -En el mismo
nicho continúa.
Numerosísima fue la comitiva
que acompañó el féretro, y compuesta
de lo más distinguido que en artes, letras, ciencias
y posición social encierra Madrid.
Por la noche se
ejecutaron en todos los teatros comedias de aquel preclaro
ingenio; y en el de aficionados que existía en el
Liceo (sociedad artística literaria sostenida por
contribución de sus socios) se representó Casa
con dos puertas y esta Loa, que para aquella solemnidad compuse,
y cuya música hizo el distinguido maestro D. Mariano
Martín.
PERSONAS
LA IGNORANCIA.
EL TIEMPO.
EL INGENIO.
LA RELIGIÓN.
Decoración de ruinas. -EL TIEMPO encadenado
a los pies de LA IGNORANCIA, que tendrá corona
y cetro.
(MÚSICA LÚGUBRE)
Encadenado
el Tiempo
a mis plantas está:
cetro mi mano ostenta,
mi
sien corona real.
¡Mortales,
silencio,
5
Silencio
guardad!
IGNORANCIA
¡Cuán dulce suena en mi oído
ese lúgubre cantar,
bostezo del negro infierno,
con que adormece al mortal!
10
En vano a veces del cielo
rara centella fugaz
a iluminar de los hombres
la obscura
mente vendrá:
mi helado soplo doquiera
15
sabrá
su lumbre apagar;
ya de algún bárbaro pueblo,
ya de algún rey suspicaz,
moviendo el ánimo
altivo
a romper y destrozar
20
feroces los monumentos
que elevó la antigüedad.
Así en Egipto,
guiado
de mi influjo, el fiero Omar
mi imperio afirmó
sombrío;
25
pues, por contraria al Corán,
la biblioteca abrasando
de Alejandría, en voraz
incendio despareció
toda la ciencia oriental.
30
Así también, revestida
con el sagrado disfraz
de la pura fe, erigí
el tremendo tribunal
que el
pensamiento en sus hondos
35
calabozos supo ahogar.
Y en
fin, así encadenado,
¡oh Tiempo!, a mis pies estás,
y repite mis acentos
diciendo el coro infernal...
40
CORO
Encadenado el Tiempo
a
mis plantas está, etc.
TIEMPO
Pesa esta mano, y no
en vano,
sobre cuanto existe, sí;
y pues tú
existes, es llano
45
que también pesa esta mano,
¡oh Ignorancia!, sobre ti.
En balde a dura cadena
tu ceguedad
me condena;
que tu imperio ha de acabar
50
cuando acaben
de pasar
aquesos granos de arena.
IGNORANCIA
Con mi férreo
cetro yo
romperé el vil instrumento
que mi fin simbolizó.
55
(Da furiosa con el cetro, sin poder tocar el reloj.)
TIEMPO
Dará tu cetro en el viento.
IGNORANCIA
¡Que no he
de tocarlo!
TIEMPO
No.
Que ese instrumento que ves
símbolo impalpable es,
y él te dice que si hoy puesto
60
estoy a tus pies,
muy presto
tú has de mirarte a mis pies.
¡Pues cómo!
¿Es tu orgullo tal
y tan ciega tu demencia,
que quieras
ser inmortal,
65
contra la ley natural
de toda mundana
esencia?
Nada ha de librarse, no,
de esa ley que estableció
Dios en su arcano profundo:
70
hasta un día señaló
en que ha de morir el mundo.
IGNORANCIA
Hasta entonces mi
poder
moverá a los hombres guerra;
que si inmortal
no he de ser,
75
sabré al menos perecer
cuando perezca
la tierra.
TIEMPO
Te engañas: antes será;
que más gallardo y lozano
a renacer luego va
80
el Ingenio que tu mano
sepultó. -¡Míralo ya!
(Música dulce. Una llamarada resplandece entre las
ruinas: al disiparse, aparece, saliendo de su fuego, EL INGENIO.)
(Al son de una música agitada, una nube de vapor envuelve
al INGENIO, y desaparece. LA IGNORANCIA vuelve de su
letargo con movimientos convulsivos.)
IGNORANCIA
¡Ah! ¡Qué
escucho!... ¡Pese a mí!
205
¡A su fin mi imperio
toca!
Mentida esperanza loca,
¿por qué me halagaste
así?
Ya raudo el Ingenio hiende
sobre las alas ligeras
210
de los vientos las esferas,
y a los mortales desciende.
Mas no importa: su inconstancia
dilatará mi agonía;
que no perece en un día
215
el reino de la Ignorancia.
Y en tanto, pues el poder
que el cielo te dio no es tal
que del curso natural
puedas la ley suspender,
220
y el
edificio que encierra
esos restos, muy en breve,
a tu mismo
impulso debe
igualarse con la tierra;
yo haré que
sordo al clamor
225
del Ingenio el hombre sea,
y en calma
estúpida vea
su cercano deshonor,
sin que ninguno
en sus hombros
la tumba mísera tome;
230
y que el
templo se desplome
y la esconda en sus escombros.
TIEMPO
Pasa la arena veloz,
y ya cercana contemplo
la ruina del
santo templo,
235
¡y aún no se escucha una voz!
¿Será que el letal beleño
que la Ignorancia
esparcía
te adormezca todavía,
¡oh Madrid!,
en torpe sueño?
240
¿Será en vano que rasgando
la venda que te cegaba,
y de tu cerviz esclava
el férreo
yugo arrancando,
el ardiente patriotismo
245
de tus hijos
despertase,
para que de ti arrojase
el monstruo del fanatismo?
Tú que en la futura edad
mostrarte quieres ufana
250
con la pompa soberana
de tu antigua majestad,
¿será
que ignores la gloria
que da a las cultas naciones
de sus
ilustres varones
255
saber honrar la memoria?
(Pausa.)
¡Hondo silencio domina!...
¡Cruje el templo vacilante!...
¡La arena pasa! -¡El instante
llega ya de su ruina!
260
IGNORANCIA
¡Llega, sí!... Tu vano ardid
no me arranca
este trofeo;
que ya el templo hundirse veo...
y no responde
Madrid.
TIEMPO
¡Tanto cede a tus engaños!...
265
¡Tanto tu poder se arraiga!
IGNORANCIA
¿Quieres que en un
día caiga
imperio de tantos años?
TIEMPO
¿Y
tú, Ingenio, no has de hallar
un corazón?...
IGNORANCIA
No
le halla.
270
¿Oyes?... ¿Oyes? -Madrid calla;
¡y el instante
va a llegar!
¡Ah! ¡Llegue presto! -Salid
veloces, granos
de arena:
¡pasad!... ¡caed!... -Mas ¿qué suena?...
275
TIEMPO
¡Ah!... ¡Ya responde Madrid!
(Música dulce
y lejana.)
CORO
(Distante.)
Venid,
madrileños,
venid a
mi voz:
salvemos la tumba
del gran CALDERÓN.
280
IGNORANCIA
¡Huid, madrileños!
Despreciad la voz
que
intenta halagaros
con vana
ilusión.
¿Qué
os importa, amigos,
285
que
perezca o no
la tumba de un
hombre
que a lances de amor,
a usadas intrigas
de
pobre invención,
290
a
fútiles versos
su ingenio
aplicó?
¡Oh! ¡Cuán
perezoso
camina el reloj!
TIEMPO
El concurso acude
295
cada vez mayor,
y
al templo dirige
su paso veloz...
CORO
(De más voces y más cerca.)
Salvemos
la tumba
del gran CALDERÓN:
300
salvemos al padre
del
drama español.
IGNORANCIA
¡Oh
rabia! -Teneos;
que insultáis
a Dios,
consagrando a un hombre
305
la ardiente ovación
que sólo es debida
al sumo Hacedor!
Cercano
el instante
señala
el reloj.
310
TIEMPO
¡Ya Madrid
entero
al templo llegó!
CORO
(Mayor y aún más cerca.)
Entremos,
salvemos
de vil deshonor
la tumba gloriosa
315
del
gran CALDERÓN.
IGNORANCIA
¡Oh!
¡Pese al infierno!
¡Desoyen
mi voz!
Mas ¡ay! aún
es tiempo
de que triunfe yo...
320
¡Los últimos granos,
los últimos son!...
¡Ya llegó la hora!...
(Campanada.)
¡El templo se
hundió!
(Gran ruido de desplomarse un edificio.)
TIEMPO
¡Salvose la tumba
325
del
gran CALDERÓN!
(Descúbrese en el foro un magnífico
templo, en cuyo centro se eleva el sepulcro de Calderón,
con su retrato o busto, iluminado todo de un vivo resplandor.
Al pie del sepulcro está LA RELIGIÓN:
a sus pies EL INGENIO adorándola. Al mismo tiempo
que esto aparece, la corona y cetro de LA IGNORANCIA
caen al suelo, y ella también a los pies dEL TIEMPO
que le ha echado encima las cadenas, y amagándola
con la segur, le señala el sepulcro. Música
brillante.)
Cantata ejecutada en presencia de SS. MM. en la función
celebrada el 8 de abril de 1860 por el Real Conservatorio
de Música y Declamación a beneficio de los
heridos en aquella gloriosa campaña
Cantada en la fiesta que dio S. M. en su Real Casino el
día 24 de julio de 1846, en celebridad de los días
de su augusta Madre doña María Cristina de
Borbón