Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Siguiente

Obras escogidas

Ventura de la Vega

imagen

imagen

imagen

Elogio fúnebre

Del Excmo. Sr. D. Ventura de la Vega de la Real Academia Española. Leído en la junta del Jueves 23 de febrero de 1866 por el General Pezuela, Conde de Cheste.

Cumpliendo con el deber, honroso y grato para mí, de escribir el elogio fúnebre de nuestro difunto compañero el Sr. D. Ventura de la Vega, os lo presento ahora; si bien desnudo de las galas de imaginación y estilo con que le hubiera enriquecido cualquiera otro de los sabios varones entre quienes tengo la honra de sentarme, con merecimiento escaso en la república de las letras, revestido tal vez del curioso y puntual recuerdo de varios accidentes de la existencia del caro amigo con quien pasé mi infancia y las floridas horas de la primera juventud. Esto sin duda tuvo presente la Academia para confiarme la comisión que hoy desempeño. Pero si tal circunstancia facilita por una parte mi trabajo, no deja de ofrecer por otra el grave inconveniente de que yo vea la figura que retratar me propongo, acrecida por el cristal de mi cariño y con los colores de mi entusiasmo apasionado. Trataré de describirla, sin embargo, con imparcial criterio; y en cumplimiento de nuestros estatutos, voy a haceros, no el juicio crítico de las obras del literato insigne, sino la necrología del malogrado académico; y digo malogrado, porque la muerte nos le quita, a los umbrales de fresca ancianidad, cuando su imaginación, todavía vigorosa, dirigida por el saber y la experiencia, prometía aún sazonados frutos que hubieran enriquecido el no muy copioso caudal de nuestros buenos libros contemporáneos, contribuyendo a la gloria de las bellas letras en nuestros feos días de materialismo, ciñendo al propio tiempo con nuevas coronas aquella frente que todos recordamos, y en que parece como que hervían los gérmenes del ingenio, de la imaginación y del talento. ¡Triste recuerdo para nosotros, que, ya ancianos casi todos, hemos perdido en brevísimo tiempo a cinco de nuestros más ilustres compañeros! ¡Ay! El más duro de los males de la vejez desapiadada es ver cómo se van borrando uno tras otro del libro de la vida los nombres de los seres amados con quienes hicimos las primeras alegres jornadas del viaje por el mundo, y encontrarnos poco a poco solos, hasta no tener más compañía que nuestros achaques, ni más halago que nuestros melancólicos recuerdos. Perdonadme este desahogo del dolor que me causan dos heridas por las que aún vierte sangre el corazón: la que todos estáis sintiendo todavía, y la que yo añado a ella con la pérdida de un hermano querido, que también compartió con el amigo de que voy a hablaros los dulces juegos de la niñez y el punzador cuidado de las aulas.

Nació D. Buena Ventura de la Vega en Buenos Aires, capital del entonces virreinato español, el día 14 de julio de 1807. Fueron sus padres D. Diego de la Vega y doña María de los Dolores Cárdenas. El primero fue destinado desde España a aquella ciudad con el empleo de contador mayor, decano del Tribunal de cuentas y visitador de Real Hacienda, y la segunda había nacido en ella, de una familia noble, establecida allí hacía largo tiempo. Esta señora, que hoy octogenaria vive todavía en su patria, y que ha sido dotada por el cielo de imaginación vehementísima y de carácter activo y varonil, perdió a su esposo a los cinco años de nacido su primogénito, y seis después tuvo valor para separarse de éste; y celosa de su educación, y esperanzada con la herencia de bienes en España que un amigo de la familia había prometido al pequeño Ventura una sola vez, acariciándole delante de la entusiasta madre, le mandó a la Península en compañía de un sacerdote su conocido, que se embarcó con el navegante de once años el día 1.º de julio de 1818, no sin haber hecho éste una resistencia que en su tierna edad revelaba ya las dotes de que en adelante había de dar tan singulares muestras en las asambleas, academias y teatros.

Llevado el rapaz el día anterior, a la fuerza y en hombros de un esclavo, al atravesar la plaza Real, alzó su vocecilla y en son declamatorio y con acento expresivo gritó, extendiendo sus bracitos por encima de las negras espaldas de su opresor membrudo: ¿Qué, no me defendéis? ¿No estáis viendo que con pretexto de educarme me van a llevar a la patria de los tiranos godos? ¡Favor! ¡Favor! ¡Salvad a un ciudadano indefenso! Y tal efecto produjo entre los circunstantes lo sentido de sus palabras de hombre, que acompañó bien pronto con los sollozos y lágrimas de niño, que fue detenido, y hubo de intervenir la autoridad, y ser indispensable que al otro día prestara su asentimiento para el largo viaje el orador insigne, amansado con golosinas, juguetes y promesas de acompañarle de la pobre madre, que ni había de cumplirlas nunca, ni de estrechar más contra su pecho al hijo de sus entrañas, que dio a luz en días de tribulación, fugitiva de su propia casa, oculta en la choza de una humilde campesina, uniendo en pobre lecho a la congoja y los sustos de su estado los que producía en las calles de la ciudad el temeroso ruido de la revolución y de las armas.

Desembarcó Vega en Gibraltar a los dos meses y medio de navegación, y pasó a Madrid al cuidado de su tío D. Fermín del Río y Vega, mayor de la secretaría de Hacienda, quien le recibió con paternal cariño y dispuso que empezara su educación, asistiendo a la clase de rudimentos de latinidad en los Estudios imperiales de San Isidro, a cargo de los jesuitas. Más tarde, en el año de 1821, le trasladó en clase de alumno interno al colegio establecido en la calle de San Mateo por don Juan Manuel Calleja; el cual empezaba ya a gozar de la fama, después grande y merecida, a que le elevaron profesores tan sabios como Cabezas y Lista y Hermosilla. Vivero fecundo de tiernas plantas que habían de ser un día frondosísimos árboles, de allí surgieron a ser útiles y fructíferos a su patria magistrados, poetas, militares, literatos, jurisconsultos y repúblicos, como los Pardo, Alonso, Espronceda, Molíns, Ochoa, Roncali, Seoane, Montalván, los Benítez, Mazarredos y Nandines. Desde luego, y a la par de los mejores, empezó a sobresalir nuestro D. Ventura, si no por su aplicación, por su memoria prodigiosa y por las raras dotes de su penetrante y retentivo talento, que le permitían empaparse en los secretos del libro con desflorar apenas la superficie de las hojas, proporcionándole a poca costa en los públicos exámenes lucimiento y aplauso la gracia de su acento y ademán, y la fácil soltura de su palabra; contribuyendo a conquistarle la afición y simpatía de cuantos le escuchaban lo menudo de su pequeño cuerpo, que aun edad más temprana de la que tenía figuraba. Ni se distinguía menos por los diabólicos juegos y las atrevidas invenciones, que eran la delicia de sus malignos camaradas de sala, todos de menos años que los catorce suyos, y la desesperación del celador que los cuidaba. Unas veces dibujaba por las paredes con carbón la cabeza orejona de un sátiro o de un burro sobre un cuerpo flaquísimo, que figuraba el del sucio y viejo Muñoz que había cambiado sus honrosas divisas de cabo primero por las funciones de pedagogo de los colegiales más pequeños. Otras convocaba a la canalla chillona y descreída, y en medio de gran círculo, subido en una silla, recitaba un romance que él y Espronceda compusieron, llamándose dos ingenios de la Corte, y que empezaba:

Voy a daros una idea,

aunque bastante concisa,

de un hombre a quien por oler

le huele hasta la camisa.


Aun ahora mismo, como si fuera ayer, me parece que le estoy viendo preparándose a unos trabajos de voladura, llevando por aprendiz a mi querido hermano menor que aún no tenía once años. En el fondo de un vasto patio donde jugábamos en las horas de recreo, había en el ángulo de la izquierda un sobrado sin puertas, que había sido cochera, donde ya viejo reposaba de sus fatigas un bombé contemporáneo de la juventud de nuestro Director. El nuevo Pedro Navarro y su novísimo ayudante estaban de rodillas debajo de la caja del que fue vehículo; y mientras el uno hacía un montoncito, derramando unos cartuchos de pólvora que había llevado de su casa y escondió desde el domingo anterior, soplaba el otro una ascua, dilatando los mofletes y sacando llama que enrojecía fantásticamente el picaresco rostro de los dos diablillos. Por fortuna para su belleza futura, los sorprendió oportunamente el protagonista del romance de los dos ingenios de la Corte, y los llevó al calabozo a continuar allí sus estudios pirotécnicos.

Cultivaba entretanto otros de más provecho; y al paso que se resistía a su juvenil imaginación verdeante y jugosa el monótono y seco demostrar de las ciencias matemáticas, hacía prodigiosos adelantos en las humanidades y en la historia, y en las clases de adorno, especialmente en la de recitar trozos escogidos de nuestros mejores hablistas en prosa y verso; porque, como ya hemos dicho, tuvo desde muy pequeño ciega voluntad por la declamación, la cual le dominó después constantemente hasta sus últimos días, y contribuyó acaso a acortárselos más de lo que a las letras y a sus amigos convenía; y no era extraño, porque todos amamos aquello en que nos distinguimos, y tenía Vega para sobresalir en aquel arte calidades muy superiores. Su cuerpo, aunque pequeño, era proporcionado, suelto y elegante; ancha su frente, coronada de un hermoso cabello negro, liso y brillante; y su fisonomía elástica y movible, y la expresión y viveza de sus grandes ojos, y el sonido profundo, extenso, vibrante y armonioso de su voz, que manejaba como el rostro a su capricho, hacían la delicia de cuantos le veían y escuchaban, agregándose a todo un talento de imitación tan singular, que remedaba fácilmente el tono y las acciones, lo mismo del viejo que del mancebo, de la modesta señorita que del atrevido chicuelo, del Pelayo de Quintana que del cocinero de Gorostiza; distinguiéndose sobre todo en el arte de tomar aliento y repartirlo en la duración de los períodos; con que en su boca no era nunca penoso al espectador seguir la expresión de las ideas, ni el desborde de las pasiones, con arte suma, si bien con natural efecto presentadas. Yo de mí sé decir que no he visto a nadie leer como él leía, aun en los momentos, pocos en verdad, en que por pagar tributo a la costumbre daba entonación sobrada a los versos líricos que en nuestros salones se declaman con esa monótona y lacrimosa canturía que obscurece los pensamientos si los hay, y a prestarlos no basta la verdadera armonía, producto sólo de la propia y feliz combinación de las palabras.

Pero el colegio de San Mateo sobrevivió pocos años, con gran dificultad y suprimiendo cátedras importantes, a la caída en España del gobierno constitucional. Desde su decadencia se dispersaron los distinguidos jóvenes que en él recogieron las semillas primeras de las ciencias. Vega continuó cultivándolas bajo la dirección de D. Alberto Lista, en casa de este sapientísimo sacerdote, que desdeñado por el gobierno del triste Calomarde, daba entonces lecciones particulares de historia y literatura. A ellas asistían algunos de nuestros antiguos condiscípulos; y éstos, con otros nuevos, como Segovia, Escosura, Amador, Ortiz y los Usozes, y con otros que, sin necesitar ya de las escuelas, como Bretón, Larra y Mesonero, por identidad de gustos y de estudios se nos agregaban, compusieron aquella pléyade luciente que, en los años que transcurrieron desde el 24 en adelante, empezó a brillar en el cielo que, como dice uno de los más grandes ingenios de España y del mundo, por hallarse bajo el cenit de la Lira goza el privilegio de tener por hijos a tantos y tan famosísimos poetas.

De entonces data la Academia del Mirto que ellos fundaron, y que Lista presidía y encaminaba con sus sabios consejos. A ellos debe nuestro Vega el gusto exquisito que siempre campea en todas sus obras: gusto difícil de formar en aquellos más difíciles tiempos de transición y de mudanza para la literatura de toda Europa. Sin ellos, quién sabe si nuestro futuro autor de El hombre de mundo no habría extraviado su talento, despeñándolo como otros muchos por los más cavernosos precipicios del ridículo romanticismo. De entonces también datan aquella asidua asistencia al café de Venecia primero, y al del Príncipe después, que de nosotros tomó el nombre gráfico de El Parnasillo, y aquellas reuniones de casa del entusiasta arquitecto D. Francisco Mariategui, y del bondadoso caballerizo del rey D. Quírico de Aristizábal, en donde empezaron a desarrollarse nuestros afectos de hombres y nuestras inclinaciones respectivas. ¡Dichosos días en que mezclábamos con las más serias ocupaciones el amor, la alegría y las locuras de los pocos años, y nos ocupábamos en representar comedias, en inventar charadas y en componer versos, generalmente malos, y en hacer cabalgatas a Hortaleza con detrimento de las asentaderas de Bretón y de Alonso, no muy fuertes en el arte de andar a la jineta, y no nos apurábamos por la suerte de nuestra patria, ni por los políticos asuntos, por más que los más atrevidos y mayores de entre nosotros, que poco pasarían de las veinte navidades, creyeran entonces y crean todavía que, al fundar, como lo hicieron, una sociedad secreta llamada Los Numantinos, iban a regenerar con ella la patria de Lanuza.

Era Vega uno de los asistentes a esas tenebrarias reuniones a estilo masónico, que unas veces se verificaban en una imprenta, otras en una botica de la calle de Hortaleza, y otras en una cueva del Retiro, adonde recuerdo que quiso llevarme una tarde nuestro Aristogitón de diez y ocho años, manifestándome, con la risa de su natural gracejo, que su propósito sencillo y hacedero se reducía simplemente a matar al tirano, que era en aquella sazón el rey Fernando VII, y a constituirse en república a la griega. Yo no sé de los demás, pero juzgo para mí que nuestro Ventura, que por otra parte no fue nunca aficionado a la política, jugaba en esta ocasión a las sociedades secretas; que por aquel tiempo nada nos cuidábamos del mejor o peor sistema de gobierno; reíamos con las chanzas festivas e ingeniosas de Bretón y con la discreta locuacidad de Escosura; nos asustaban las atrevidas calaveradas del buscarruidos de Espronceda; nos burlábamos de los detestables versos que hacía entonces Larra, que acababa de venir de educarse en Francia, y dejábamos que D. Tadeo Ignacio Gil, corregidor de inartística memoria, dictase suntuarias leyes sobre lo que Vega llamó después sus únicos bienes raíces, que entonces no le asomaban por cierto al belfo labio. Juego fue sin embargo el de la sociedad de los Numantinos que llevó a la cárcel algunos de sus individuos y mantuvo a nuestro D. Ventura recluso por tres meses en el convento de Trinitarios calzados, que hoy es Ministerio de Fomento, después de haberle tenido arrestado otros tantos en las prisiones de la Superintendencia de Policía. Por fortuna, el guardián bajo cuya vigilancia fue puesto era un santo varón de condición tan benigna y tan inocentemente sabio, cuanto Vega sagaz, observador y de dúctil y dulcísimo carácter. Asistía el recluso con la mayor devoción a todos los actos de la comunidad; componía versos de asuntos sagrados; cantaba o desentonaba en el coro con los frailes Vísperas y Maitines, y jugaba en la huerta por la tarde con los más jóvenes, o hacía la tertulia a los más ancianos por la noche en la celda del padre González, recitándoles poesías o entreteniéndoles con los recursos de su inagotable imaginación. Conducíase en fin con tal habilidad, que en aquellos noventa días de clausura se ganó desde los primeros de tal modo la voluntad de todos, que no sólo fue tratado a cuerpo de rey, sino que, cumplido el plazo de su feliz condena, no había forma de que el alegre y contagioso cenobita quisiera mudar de domicilio, ni que los frailes pudieran separarse del que tan sabrosamente les había suavizado las asperezas de su monástica disciplina.

Siempre quedó amigo nuestro trinitario interino de aquellos buenos sacerdotes; y ellos, en particular el padre González, lo fue verdadero en adelante para su huésped querido. Más de un mes vivió éste todavía espontáneamente en la santa casa a que le llevaron por fuerza. La tortuga, el salmón, los apetitosos bocados en fin, únicos acaso de esa clase que en aquel refectorio se comían, y las conservas y el rico soconusco que a los padres maestros regalaban, eran siempre para el mimado Benjamín, al cual fuera de allí aguardaban inquietudes y privaciones; porque en aquella sazón sus recursos eran muy escasos y no bastaban a lo más indispensable de sus necesidades, por pocas que éstas eran.

Su tío hacía ya dos años que no existía: el indiano que en Buenos Aires había prometido hacerle su heredero había muerto sin hacer testamento: Vega, en fin, no contaba más que con una hermana de su madre llamada doña Carmen Cárdenas, que vivía en Madrid con la viudedad que le había dejado su difunto esposo, el teniente coronel D. José Maestre. A su compañía volvió nuestro amigo; y por entonces o muy poco después recibió una tiernísima carta de su madre, en la que le suplicaba encarecidamente volviera a sus brazos a consolarla de los disgustos que su otro hijo D. Diego la daba, y en la que le enviaba para hacer el viaje una libranza de cuatrocientos fuertes. Pero Ventura estaba en ese tiempo enamorado de una hija del célebre médico Rives, hermosa, de mucho talento y que cantaba como una sirena; y lo fue en efecto tanto para el poeta, que el pobre cumplió puntualmente lo que su alma apasionada exhaló entonces en este lindo soneto:

    «Cruza sin mí los espumosos mares;

saluda, ¡oh nave!, de mi patria el muro,

y déjame vagar triste y obscuro

por la orilla del lento Manzanares.

    Si osa turbar la paz de tus hogares

de soberbio extranjero el soplo impuro,

otro defienda con el hierro duro

su libertad y mis nativos lares.»

    Esto decía yo cuando las olas

sulcó la nave en que partir debía,

y abandonó las costas españolas.

    Ella al impulso plácido del aura

voló a la orilla de la patria mía...

y yo a los brazos me volví de Laura.


Y triste, aunque no obscuro, se quedó en efecto bogando por la orilla del lento Manzanares, y gastó en poco tiempo los ocho mil reales que habrían sido el último crepúsculo de la fortuna de su pobre madre. Y por cierto que me vienen ahora a la memoria recuerdos tan peregrinos de ese período de la vida del joven, que no resisto a la tentación de contarlos, por más que de sobra triviales parecieren. De las veinticinco onzas de la letra, doce fueron para doña Carmen: de las otras trece sacó para proveerse de las cosas de vestir que más necesitaba; y por cierto que fui testigo presencial de la primera compra, que fue un par de botas, un sombrero y una capa muy elegante de casa del sastre inglés Jhonson; porque pretendía, al hacer esta adquisición prematura, que envolviéndose en ella (y lo decía haciéndolo con el manejo más rumboso) daba espera al relevo de las otras prendas, obsoletas de sobra, y se presentaba desde luego como cumplía a su esplendor y novísima opulencia. Y por cierto que en aquellas sus felices noches, creyéndose, por el desuso de llevar dinero en los bolsillos, cuando menos un Roschilde, y obligado por el recuerdo de obsequios recibidos y nunca devueltos por desgracia suya, a todos nos quería convidar a los teatros y a nadie permitía que pagase ni en el café ni en la confitería, que a menudo visitábamos. Breve fue, pues, la duración de aquel que el anfitrión consideraba inacabable tesoro; y cuando ya estaba para extinguirse, vino un triste acontecimiento a traer a la imaginación del Creso de pocos días lo deleznable y fútil de las humanas grandezas. Doña Carmen se apoderó una noche de la capa. A la otra mañana, yendo yo a ver a Ventura, temprano como solía, le hallé en la cama; y al verme se incorporó y sentó, y con acento desesperado me anunció que no podía salir conmigo ni abandonar la ropa del lecho, porque era la única que le había dejado su implacable tía. Yo le mandé alguna de mi uso, y en aquel día se le presentó la culpable, con faz entre vergonzosa y radiante, que anunciaba ganancias y tarde más bonancible. Era aquella señora tan aficionada al juego como amante de su sobrino. Nueva madre para él, le amaba con idolatría y había contribuido a la educación de su Ventura sin ventura, como le decía, pagando los últimos trimestres de su pensión en el colegio de San Mateo, con atraso y dificultades que realzaban el mérito de la acción, y manteniéndole y vistiéndole después bastante tiempo, sin tener más gustos que compartir con él su pobre viudedad, y acaso en obsequio suyo yendo a sufrir las veleidades de la sota de oros. Mi vieja intimidad con Vega me permite revelar estos secretos de familia, y creo sea grato a su sombra querida que pague aquí un tributo de gratitud a la mujer excelente que en días bien tristes de universal desamparo para él le dio un asilo en su casa y otro más dulce en su corazón y cariño.

Desde esa época puede decirse que empieza la viril existencia de Vega. Hasta entonces no se había hecho cargo de que le era necesario buscarse los medios de vivir en el mundo positivo, ni se había ocupado en nada serio. Sus primeras composiciones valían muy poco, en general, y él así debió creerlo, cuando tanto cuidado ha tenido de hacerlas desaparecer. Recuerdo sin embargo algunas regulares, y que en todas había siempre algo de bueno, y trascendía en ellas el gusto excelente, que en él era como innato. Me acuerdo de un romance que compuso a los quince años, que empezaba:

Ya dora el sol naciente

mi rústica cabaña,

y a convidarme torna

del bosque a la enramada.

Son mi único embeleso

el río y la montaña,

y mis delicias todas

el colorín y el aura.


También compuso en aquella edad tan tierna unas décimas en elogio del comportamiento de la milicia nacional de Madrid el 7 de junio de 1822, y varias coplillas y versos de arte menor, medio improvisados en fiestas y convites a que con grande empeño le invitaban; porque niño y todo, era la gala y regocijo de las reuniones a que concurría. Otras veces recitaba en el cumpleaños de una señorita:

Dulce primavera, ven

y de Dolores preciosa

con tu guirnalda de rosa

adorna la bella sien.

Contigo venga también

la divina Citerea;

que aunque su hermosura sea

la madre de los amores,

junto a la bella Dolores

la madre de amor es fea.


Y estrechado otra vez a repetir otro brindis, exclamaba :

Con dolores nace el hombre:

con dolores muere luego:

nadie quiere los dolores,

y yo por Dolores muero.


Otras veces se vengaba de los que le fastidiaban; como cuando sentado al lado del consejero romano, que al eco de los versos de nuestro poeta roncaba inarmónicamente, repetía con trágica y burlesca entonación aquellos versos de los Horacios de Corneille:

«Je rends grace au ciel de n'être pas romain

pour conserver encore quelque chose d'humain.»


Y renegaba de los melindres de impertinente dama, a quien sin querer había pisado, diciéndola, ya colérico por sus recriminaciones:

No te cause admiración,

señora, si te pisé:

¿quién no ha de pisar un pie

que ocupa todo el salón?


Poco tiempo más adelante, al día siguiente de haber asistido a mi lado a una representación del Orestes de Alfieri, traducido por Solís, me leyó este soneto que nunca se me ha olvidado:

    El Parnaso tembló: Febo indignado

despedazó su cítara de oro,

y en abundante y encendido lloro

Melpomene bañó su rostro airado.

    Carnerero, de berros coronado,

conduce al ara el furibundo coro;

Comella, oyendo el cántico sonoro,

desde el limbo sonríe alborozado.

    Intonso y fiero, con osada planta,

ante el marmóreo altar Solís parece

y la segur de Góngora levanta.

    Triste Racine al verla se estremece;

baja Alfieri desnuda la garganta,

y al sacrificio bárbaro la ofrece.


Y por cierto que no merecía el autor de Camila tan implacable condenación, aunque no se afeitase sino una vez al mes.

¡Ojalá que otras tragedias puestas en verso castellano valieran tanto como esa traducción del antiguo consejero del gran Máiquez y consueta de teatro del Príncipe! Su lenguaje castizo y clásico puede hacer que se le perdone un tanto de pedantería y alguna que otra transposición violenta por la exageración de latinismo que hace alguna vez pesado y obscuro su estilo; pero éste siempre es varonil y majestuoso, como el coturno exige, y algunas veces se remonta hasta ser terriblemente trágico y sublime. -Son también dignas de recuerdo, entre las demás composiciones de los primeros tiempos de Vega, tres odas sagradas y una imitación de San Juan de la Cruz, que omito repetir por ser bastante conocidas: el epitalamio a la marquesa de Quintana, hoy condesa de Oñate, tipo entonces de bellísimas mujeres; y la oda a Lista, que fue contestada por este inolvidable director nuestro, la cual conservo escrita de su puño, y en la que se ve la idea que tenía el gran maestro de la altura poética a que había de subir su discípulo, cuando en una de las estrofas dice, encomiando los precoces frutos del imberbe autor:

Así en la cuna el animoso Alcides

las bravas sierpes domeñó, probando

aquellas fuerzas que sentir debían


Lerna y Tifeo.



También es de por entonces este soneto en que declaró su amor a Laura, cuando la halló en el jardín de Hortaleza, escribiendo su nombre en la corteza de un árbol.

    «Ese tronco que mayo adorna y viste,

donde grabas tu nombre idolatrado,

Laura, verasle pronto deshojado,

que a la furia del tiempo no resiste.

    Vendrá el noviembre con sus lluvias triste,

vendrá el enero con su escarcha helado,

o el huracán a desgajarle airado,

arrebatando el nombre que esculpiste.

    Templo más digno que tu nombre lleve

donde no le destrocen vendavales,

ni el invierno le cubra con su nieve,

    un corazón será que te ame ciego.»

Dijo Amor, y con rasgos eternales

grabole aquí con su buril de fuego.


Pero la más importante de las poesías sueltas de la primera época de Vega fue un canto épico, que compuso a la pacificación de Cataluña por el rey Fernando VII en 1828. He aquí algunas de sus hermosas octavas, las primeras que ocurren a mi memoria:

    Miro al divino Régulo marchando,

entre el clamor de la llorosa plebe,

donde el fiero sayón le está aguardando

y perecer entre tormentos debe.

A Aníbal miro con su hueste hollando

de las alpinas cumbres la honda nieve,

y a un ejército entero haciendo frente

a Cocles miro en el cortado puente.

    Vagaba así mi ardiente fantasía;

y entre el bullir de las inquietas olas

Manzanares su frente descubría,

coronada de juncos y amapolas:

en la siniestra mano suspendía

el blasón de las armas españolas:

así suena su voz, y humilde para

su blando ruido la corriente clara:

    «¿Por qué de Roma tu ofuscada mente

hazañas busca en la remota historia?

¿Para asombrar a la futura gente

no basta acaso la española gloria?

Cuando virtud y honor tu lira intente

eternizar del mundo en la memoria,

los campos corre de la madre España,

y cada monte te dirá una hazaña.»


En el período que podemos llamar la segunda época de su vida literaria, sintió Vega, como íbamos diciendo antes, que en este mundo no se vive sólo con los sueños de oro de la fama venidera y que en nuestros días de fierro, o más bien de dinero, hay que aplicarse a alguna cosa de material provecho. Formada ya y completa su muy segura razón, sin fortuna heredada, sin carrera oficial, ni protección de arriba, ni impulso de abajo, conoció nuestro amigo que la poesía lírica (en que tanto sobresalía en todos géneros) era, si bien mina fecunda para su gloria, pobrísima veta para sus necesidades presentes. ¡Cómo había de ocultársele lo que todos sabemos de lo poco que producen en nuestra España las obras de imaginación e ingenio, casi tan poco recompensadas en nuestros días como en aquellos en que decía Lope:

Con ser tan grande, qué allegar al labio

no tuvo el Fénix portugués Camoes;

¡y envuelven su cadáver en aloes,

después de muerto, para más agravio!


De aquí su dedicación por largo tiempo a dar al teatro por brevísima cuota (y es frase suya) traducciones de comedias francesas, única ocupación literaria provechosa entonces en la patria de Garcilaso y de Cervantes. Era Vega cuando joven indolentemente perezoso, por naturaleza americana y superioridad de entendimiento. Los americanos, y muchos que no lo son, no comprenden que puedan hacerse grandes esfuerzos del ánimo, como del cuerpo, sin largos y saludables descansos. No escribía, pues, sino lo absolutamente indispensable para ganar de comer; costábale por otra parte mucho lo que componía, porque lo hacía siempre con perfección suma: así es que le producía proporcionalmente muy poco, y era él además muy sobrio y sus necesidades muy cortas. De ahí que el cargo que le hacían muchos (y nuestro excelente y erudito compañero Ferrer del Río entre ellos) de que no escribía y daba a luz más que producciones ajenas, aunque bien merecido y con benigna intención encaminado, no dejaba de tener defensa por parte del que no contaba para mantenerse sino con el fruto del que bien podía llamarse su material trabajo. Vega, sin embargo, mezclaba con sus traducciones y plagiados asuntos de teatro alguna que otra notable aunque tardía muestra de que era muy capaz de la invención dramática, y ya en 1824, cuando sólo tenía diez y ocho años de edad, escribió la comedia original en un acto Virtud y reconocimiento, que se ejecutó en Madrid el día 14 de octubre de aquel año, memorable en nuestros fastos dramáticos por haberse representado también en él la comedia de Bretón de los Herreros A la vejez viruelas. ¡Coincidencia notable para los amantes del arte: en una misma noche se estrenaron en la escena española el moderno Lope y el Moratín de nuestros días!

Las traducciones y arreglos de comedias, dramas de diversos géneros, y hasta vodevilles franceses convertidos en zarzuelas, de nuestro autor, pasan de ochenta. Todos los conocemos, todos los hemos aplaudido, y cuando no aplaudido, tenemos que confesar que nos han hecho llorar o reír contra nuestra voluntad y nos han entretenido agradablemente muchas de las largas noches de nuestros inviernos. El gran talento de actor que Vega tenía le revelaba los efectos teatrales que había de producir una representación cómica o trágica, y su ingenio a lo Moreto le hacía sacar partido de pensamientos ajenos, haciéndoselos propios y mejorándolos siempre; porque nuestro gran literato daba a la forma un culto ciego. Varias veces le he oído que no le gustaba una prenda literaria, por nuevo y elegante que fuera el corte, como no fuera muy perfecto el cosido. Mas, aun cosiendo él tan primorosamente, no ha dejado de escribir bastantes obras que pueden llamarse originales y de indisputable mérito; y tres sobre todo le han levantado hasta el puesto eminente que con razón ocupa en el cielo de Alarcón y de Rojas. Ya comprenderéis que hablo de su preciosa comedia El hombre de mundo, que compuso el año de 1845, tan bella y más si cabe, por estar escrita en verso, que El sí de las niñas; del drama histórico D. Fernando el de Antequera, y de la tragedia La muerte de César. No se borrarán nunca de mi memoria las lecturas de estreno que tuve el gusto de oír de las dos producciones últimas. La del drama se hizo en mi casa el 13 de diciembre de 1844. Era yo entonces director general de Caballería. Me habían hecho el honor de comer a mi mesa los coroneles de los regimientos de la guarnición de Madrid y los insignes literatos duque de Frías, D. Juan Nicasio Gallego, Bretón, Segovia, el marqués de Molíns, Gil y Zárate, y el mismo Vega. La lectura debía ser después de la comida: estaban invitadas muchas personas de ambos sexos. Ocupaba el protagonista el velador presidencial: desplegado tenía el manuscrito; pero no venían a oírle algunos que se hallaban hacía una hora de sobremesa, y todos esperaban ansiosos que aquél empezara: se les mandó a los reacios recado sobre recado, y por fin vino Bretón diciéndonos que el duque de Frías, antiguo coronel de Pavía, había confraternizado de tal modo con los otros coroneles que, entusiasmado con la relación de antiguos hechos de cargas y rebatos de los tiempos de la guerra de la Independencia y de D. Juan de Cereceda, y atacado de un acceso de amor a la primitiva profesión, no se podía hacer carrera de él. Fuimos varios a buscarle, y poco menos que a la fuerza le llevamos a escuchar el interesante drama con que nos entusiasmó a todos la entonces magnífica y todavía potente declamación de Vega. Hoy faltan de entre nosotros, además del laureado aquella noche, el duque de Frías, D. Juan Nicasio Gallego y Gil de Zárate: ¡Dios haya recibido en su seno a los cuatro esclarecidos poetas! -La lectura de la tragedia se hizo la Navidad del año de 1862 en casa del marqués de Molíns, mi querido condiscípulo, que tenía por costumbre reunirnos a sus amigos en aquella noche de cristianos recuerdos, para darnos generosamente el pasto sabroso al entendimiento de dulcísimos versos, el provechoso al alma de una breve y devota misa de gallo, y el reparador para el cuerpo de una suculenta Parasceve. Era en aquella ocasión numeroso y selecto el auditorio reunido. Entre algunas damas hermosas y discretas, que verdaderamente señoreaba la ilustre huéspeda que nos recibía, brillaban muchos de los hombres más notables de España por aquel tiempo, como el duque de Rivas, Bretón, Hartzenbusch, Galiano, Pacheco, Nocedal, Rubí, Tamayo, Ros de Olano, Ochoa, el conde de Guendulain, Segovia, Ferrer del Río, Barbieri, Apecechea, Fernández Guerra, Cueto, Cañete, Monláu, Cutanda, Campoamor, García Gutiérrez, Catalina, Lope de Ayala, González Bravo, Valera y otros cuyos nombres, aunque no menos célebres, no me ocurren ahora a la memoria. Encantados nos tuvo por espacio de tres horas el actor y autor a un tiempo. A pesar del decaimiento a que ya habían venido sus gastadas fuerzas, el arte con que daba inflexiones variadas a su voz, imitando el peculiar acento que a cada uno de los héroes correspondía, era tan propio, tan adecuado, que no parece sino que revivían delante de nosotros tales como debió verlos entre sus pórticos y triunfales arcos el Foro augusto de la Reina del mundo. A cada escena, a cada acto, nuestra admiración iba creciendo; y al terminarse la tragedia, entre la conmoción y aplausos de la concurrencia, vimos levantarse trabajosamente a un anciano postrado ya por la enfermedad aún más que por los años, el cual recibiendo en sus abiertos brazos al que en aquel instante rejuvenecían el entusiasmo y la gloria, con voz trémula exclamaba entre lágrimas que arrancaban las nuestras: ¡Eso es romano, Ventura: eso es grande! Era la última vez que a nuestras solemnidades concurría el autor de D. Álvaro, y parece como que en ese abrazo le decía al ya también herido por la mano de la muerte: Yo voy primero: pronto irás tú a unirte conmigo.

También El hombre de mundo se leyó públicamente a modo de prueba, según acostumbraba hacer el autor con sus obras predilectas, en el domicilio del Sr. don Patricio de la Escosura. No describo más minuciosamente este acontecimiento, porque no disfruté de él por hallarme viajando; pero he oído que fue una gran solemnidad literaria, por la calidad y las circunstancias de los jueces reunidos en aquella casa cuyo dueño, tan docto y amante de las musas cuanto amado y favorecido por ellas, la había por entonces convertido en su santuario una vez a la semana. Esa misma comedia, algún tiempo después, fue puesta en escena en el teatro particular que tiene la señora condesa viuda del Montijo en su quinta de Carabanchel; cuya circunstancia no quiero dejar olvidada, porque ciertas curiosidades que transmitir no corresponde a la gravedad de esa señorona que llaman la Historia, sólo pueden ser conocidas merced a la clase de escritos pedestres como este mío; y sin embargo, son confites muy sabrosos de gustar después del transcurso de los años a cierta clase de golosos aficionados. Es el caso que representaron personajes de la comedia el mismo autor Vega, D. Patricio de la Escosura, la condesa de San Luis, y lo más digno de memoria, que hizo admirablemente el papel de doña Clara, una señorita de diez y siete años que conocimos y tratamos. Llamábase entonces entre los jóvenes de ambos sexos del mundo ilustre y elegante de Madrid la donosa condesita de Teba, la lindísima Eugenia, la flor y gala de la coronada villa: hoy honra a nuestra patria, que es también la suya, con virtudes que alcanzan a llenar uno de los más grandes tronos de la tierra; hoy es la emperatriz de los franceses.

Pero ya vamos acercándonos al fin de nuestro cometido; y entrando en más prosaicas investigaciones, debo deciros algo sobre la carrera de oficio de Vega; que al fin la tuvo, aunque sólo pro forma, quien tan intensamente ocupó las facultades enteras de su alma en la literatura y la poesía. Con ingénito instinto repugnó él siempre toda ocupación ajena al cultivo de las letras. Siendo muy joven, estuvo ya amenazado de ser empleado. Fernando VII quiso verle un día, me parece que allá por el año de 1828: debía presentarle a S. M. el Sr. Grijalba, secretario de la estampilla, que gozaba de gran valimiento con el Rey; pero nuestro amigo desdeñó lo que tantos hubieran tenido por felicidad suprema; y a la hora en que debía verificarse la entrevista, nos hallamos en casa de Mariategui con nuestro Ventura sin ventura, vestido como de ordinario y diciéndonos: El Rey me está esperando; pues bien, que espere. Si S. M. quiere verme, yo no quiero ver a S. M. Más tarde fue nombrado agregado a la embajada de España en París. Avisáronle a las cuatro de una mañana del mes de enero que era ya hora y que la diligencia iba a salir; y él, si no hizo precisamente lo que el lebrel irlandés de Lope, dio al menos una vuelta en la cama, y levantó más hacia su barba la espesa ropa que le cubría. Sin duda no le pareció el señor embajador más digno de su visita que el mismo Fernando VII. -Pero la necesidad a todo obliga; y en 1836 fue por fin empleado nuestro poeta como auxiliar del ministerio de la Gobernación con el sueldo de doce mil reales. Debió ese destino a la protección del Sr. D. Martín de los Heros, hombre honrado, buen caballero, repúblico celoso y escritor distinguido. Este mismo protector le nombró para secretario de una comisión encargada de inspeccionar el Conservatorio de música y declamación de María Cristina; y con ese motivo conoció en él a la Sra. doña Manuela de Lema, que fue luego afamadísima en el canto y esposa suya, de quien tuvo tres hijos, de los que viven hoy dos, dignos del aprecio de cuantos los tratan, y que siguen el uno la carrera de la administración, y el otro la militar, con provecho y lucimiento, no siendo tampoco extraño ninguno de los dos al cultivo de las letras en que tanto se señaló su padre. La carrera a que primero los destinó éste fue la que hizo inmortales a los Bazanes y Churrucas, y siendo yo ministro del ramo, unido entonces a los de Comercio y Ultramar, les proporcioné la gracia de guardias marinas: pero la madre tierna no quiso en adelante exponerlos a tan penosa profesión. Esta señora, de bastante talento y de suma piedad, influyó mucho en el espíritu, ya de suyo bien inclinado, de su esposo que la amaba tiernamente, a que le dirigiera en los actos privados de su vida, al sosiego de la conciencia y al culto de la religión santa de sus padres; y al tiempo de su muerte, que fue el día 6 de mayo de 1854, con sus consejos de siempre y su ejemplo de entonces, dejó impresiones tan vivas en el ánimo de Vega, que estuvo a punto de hacerse fraile, aun teniendo que alejarse de su patria, donde ya no los había. Decía él entonces que no comprendía cómo el liberalismo en España, permitiendo asociaciones de todo género bajo el motivo o pretexto de fomentar intereses materiales de la sociedad, había devorado y seguía prohibiendo las que, instituidas con un fin santo para vida ejemplar y contemplativa, eran el consuelo de unos, el alivio de otros y el retirado puerto de descanso para los desengañados de las borrascas del mundo. Él no halló ese puerto a la mano, y poco perseverante en sus resoluciones, fue siguiendo su mundanal camino ya empezado. Nuestro oficial de la Secretaría quedó cesante a consecuencia del pronunciamiento de septiembre de 1840, que le destituyó de su empleo; destitución infundada porque nunca tuvo Vega, como ya hemos dicho, afición a la política; y aunque fue ayudante de la milicia de Madrid, y en el movimiento de julio de 1835 estuvo entre los que invadieron la Imprenta Nacional, y escribió allí, según dicen, una alocución patriótica, arrastrado a todo por los que eran entonces amigos suyos, lo cierto es que, ya autor del drama realista La entrada de los franceses en Madrid, ya miliciano nacional, ya diputado moderado y subsecretario puritano, como luego diremos, Vega no se halló nunca voluntario y desahogado en estas situaciones que contrariaban los instintos independientes del poeta.

Por el año de 1847 fue cuando gozó el período de más favor en la política que estaba reservado a su orgullo, escaso en ese género de aspiraciones. Se vio elegido primero para maestro de literatura de la reina; y el admirable modo con que esta augusta señora lee en público en las solemnes ocasiones, demuestra que no se emplearon en balde sus lecciones: obtuvo luego el cargo de secretario particular de S. M., la llave de gentilhombre, la gran Cruz de Isabel la Católica, y hasta llegó a ser subsecretario de Estado. Más adelante, y siempre bajo ministerios moderados, desempeñó el descansado empleo de Fiscal de las órdenes de Carlos III, y de la que adornaba su pecho. Luego fue nombrado por el conde de San Luis, y con universal aplauso, director del teatro español. La sublevación militar del año de1854, que cambió la faz de las cosas públicas, le devolvió por breve tiempo a su cara vida de bellas artes y bellas letras; y no puede decirse que salió de ella, cuando a la resurrección del partido conservador en 1856, el ministro de la Gobernación D. Cándido Nocedal, nuestro amado compañero, le dio el empleo de director del Conservatorio, tan análogo a sus inclinaciones, tan propio de sus conocimientos, tan descansado para su estado valetudinario, que a pesar de su larga enfermedad le conservaron en él las administraciones que se han ido sucediendo, no atreviéndose sin duda a contrariar la pública opinión, que vio en ese cargo, único acaso respetado por todos, la justa recompensa de un mérito literario por nadie combatido.

Entre los honores que obtuvo nuestro amigo he dejado para enumerar el último el que estimaba él como más dulce para su corazón y más glorioso para su nombre. Hallándose cesante y pobre, tuvo el consuelo en su desgracia, el día 27 de enero de 1842, de ser electo individuo de la Real Academia Española, y de sentarse después el noveno en la silla señalada con la letra F. Ahora, en este sitio y con esta ocasión, no me parece que puedo pasar sin recordaros quiénes fueron los ocho ascendientes del ilustre académico cuyo elogio fúnebre habéis tenido la bondad de confiar a mis fuerzas, que flojas por cierto para tamaña carga, se van apresurando a soltarla más pronto de lo que acaso al asunto correspondía. El primero de los que ocuparon esa silla fue el P. Bartolomé Alcázar, de la Compañía de Jesús, cronista de su religión, de instrucción variada y profunda, algo pintor y arquitecto, y uno de los fundadores, en 6 de julio de 1713, de este cuerpo a que nos honramos de pertenecer. Estuvo encargado en él, entre otros asuntos, de extractar autoridades del libro de Andrés Laguna sobre Dioscórides, de definir las voces de cantería y los provincialismos de Murcia. Falleció el 14 de enero de 1721: escribió su elogio el P. Casani. El segundo fue D. Lorenzo Folch de Cardona, del Consejo de S. M., alcalde de casa y corte, afamado jurisconsulto y literato. Escribió la dedicatoria del primer Diccionario de la lengua castellana. Hizo a su ingreso el panegírico de su antecesor; se ocupaba en la Academia en extractar autoridades de Ambrosio de Morales: escribió las definiciones de la Ch y M, y falleció el 17 de diciembre de 1731. El tercero viene el P. jesuita Carlos de la Reguera. Estaba encargado de definir las voces de varios oficios mecánicos: era cosmógrafo del Consejo de Indias, y a propuesta suya se hizo el año de 1732 una edición de La Mosquea, de Villaviciosa: murió el 22 de octubre de 1742. El cuarto, D. Agustín Montiano y Lujando, era oficial de la primera secretaría de Estado. Fue director y fundador de la Academia de la Historia, y en la nuestra ejerció interinamente el cargo de secretario, y en perpetuidad el de revisor. Murió el 1.º de noviembre de 1764. El quinto, D. Felipe García y Samaniego, arcediano y director primero de los Reales Estudios de San Isidro, ejerció también en la Academia el cargo de revisor, y falleció el 15 de marzo de1796. El sexto, D. Manuel Valbuena, célebre latino y humanista, tuvo la comisión de las correspondencias latinas en nuestro diccionario. Falleció en 13 de agosto de 1821. El séptimo, D. Cándido Beltrán de Caicedo, ingresó en 14 de noviembre de 1822, y falleció en 2 de diciembre de 1826: fue también oficial de secretaría. El octavo, D. José Musso y Valiente, fue escritor laureado y filólogo esclarecido; sus trabajos en la Academia han sido muchos: ningún individuo de su seno le excedió en celo y actividad, y pocos le igualaron en espíritu de noble y desinteresado proselitismo. A él se debe el ingreso en este cuerpo de Gallego, Seoane, Revilla, Roca (hoy marqués de Molíns), y por fin el de preparar el de nuestro D. Ventura de la Vega. Murió el 2 de agosto de 1838. Su sucesor, electo honorario, como ya hemos dicho, en 27 de enero de 1842, obtuvo la vacante de número de Musso en 3 de julio de1845. Las muestras que de académico celoso ha dado entre nosotros os son bien conocidas. Educado al principio de sus estudios con jesuitas como el fundador de su silla, oficial de secretaría como Montiano y Caicedo, consumado latino como Samaniego y Valbuena, según se patentiza por su admirable traducción de la Eneida de Virgilio, de que sólo nos dejó concluido el primer canto; y con muchas prendas personales de las que tenía su inmediato sucesor, nada ha perdido con él la silla que calentaron tan insignes predecesores, a los que igualaba en aplicación, celo y buen deseo, y excedía, a mi juicio, en las relevantes dotes de esa imaginación poderosa y vivísima que la naturaleza anima en muy pocas de sus criaturas predilectas.

Concediéndole aquellos preciadísimos favores, enriqueciéndole con ellos el alma, no le fue tan pródiga en las fuerzas del cuerpo. Su salud, poco robusta en la juventud, al llegar a la mitad del camino de la vida empezó a faltarle; y yo no dudo que a ello contribuyeran muy poderosamente el trabajo necesario, la meditación no interrumpida, y sobre todo, los extraordinarios esfuerzos a que desde muy tierna edad se había entregado para pintarnos al vivo los grandes caracteres trágicos, de cuya representación tanto se poseía, que le he visto muchas veces salir con calentura de las tablas escénicas después de ejecutar con nunca vista perfección los difíciles papeles de García del Castañar, de Polinice, de Óscar y de Edipo. Todavía por el año de 1862 se dedicaba a esa clase de predilectos ejercicios en el teatro particular de la duquesa de Medinaceli, ilustradísima señora que junta a sus blasones de eminente dama la corona merecida de protectora de las artes y de artista ella misma. Pero ya meses después había venido Vega a un estado de decadencia alarmante. Los dos últimos años de su existencia puede decirse que los vivía de milagro: sólo su voluntad y su espíritu le sostenían y ni los ataques más tenaces del asma que le atormentaba, ni la flaqueza de sus piernas que no alcanzaban a sustentar su cuerpo casi en esqueleto, ni la destrucción de sus órganos y entrañas, ni la debilidad de su cabeza, en cuyo rostro descarnado no le habían quedado más que ojos cuyo brillo mostraba como que se había acogido en ellos su alma fugitiva, nada, repito, bastaba a postrarle en el lecho, ni a impedirle el uso de sus habituales costumbres de trato literario y de social correspondencia con sus amigos, ni le quitaba la genial mansedumbre y el atractivo de su conversación siempre animada y agradable. Así que hasta una vez en que por equivocación había corrido y llegado a sus oídos el rumor de su propia muerte, no pudo ese tétrico recuerdo del fin que tan de cerca le amagaba apagar en su boca la risa y el gracejo que tenían en ella su patrio domicilio. Lo que siento es (decía a los que le daban su pláceme por lo incierto de la fatal noticia divulgada) que todo el día he tenido que trabajar sin gana para poner fe de vida a mis parientes de Zamora y a los amigos que tengo en otras provincias. Consideren ustedes, si yo me hubiese muerto, por qué se lo había de negar a nadie.

Bien veis, señores, que el que estuvo dotado por el cielo de talento grande, era aún más digno de nuestra admiración y cariño por la dulzura de su carácter y por su benigna condición. Bondadoso y condescendiente hasta rayar en debilidad, nada sabía negar y prometía hasta tal punto, que no le era humanamente posible cumplir algunas veces lo ofrecido. Los poetas noveles le consultaban y ninguno salía descontento de sus juicios: en todo hallaba alguna cosa que alabar. Generoso en su honrada medianía de fortuna de que nunca pasó, más de una vez se privó de lo que él mismo necesitaba por socorrer ajenas desventuras; y escritor de novelas conocéis a quien sacó de grave apuro poniendo en sus manos los únicos mil reales de que en aquel instante disponía. Literato, poeta, actor, jamás conoció la envidia; y más que rivales de una misma profesión, eran hermanos suyos los que como él sobresalían en el cultivo de las letras y de las artes. Sus elogios eran los primeros que honraban al que se hacía digno de aplauso; y el vituperio, aun contra los que lo merecían, nunca nació de sus labios. Religioso, desinteresado, buen amigo, padre excelente y mejor esposo, nadie como él supo sufrir con ánimo imperturbable la pobreza desanimadora, la desgracia no merecida, y los largos achaques y dolores de una vejez anticipada. No creyó nunca que tenía tan cerca de sí a la muerte; pero rígido en sus deberes de cristiano, dispuesto estaba siempre a recibirla. En los últimos años de su existencia, consumía temporadas muy largas en el templado clima de la frontera de Francia. El último invierno lo pasó respirando el tibio soplo de las brisas alicantinas, con que tuvo notable aunque ya tarda mejoría. Mariposa que no sabe sino acudir a la luz que ha de matarla, su empeño de volver siempre a Madrid al seno de sus amigos y a la vida intelectual y artística, que era para él tan necesaria como el aliento, le trajo en mal hora desde Alicante al sutil y seco ambiente, tan mortal a su pecho, de los aires del frío Guadarrama. Entonces, empeorado hasta el punto de casi ahogarle los ataques repetidos del asma, tuvo que partir de nuevo y dirigirse hacia Bayona. Allí y en sus cercanías pasó el verano y casi todo el otoño; mas aquel su afecto invencible ya descrito, dominándole con la idea grata de ver representada su tragedia predilecta, le impulsó por vez postrera a las orillas del Manzanares, y fue a vivir a Chambery en la casa y compañía de D. Luis de la Escosura y D.ª Plácida Tablares, su esposa, gloria también de la española escena en días no muy remotos. Traía Vega de Francia colección preciosa de dibujos, de trajes y de decoraciones correspondientes a la época de la muerte de Julio César, regalo que debía al cariño generoso y a la inteligencia suma del Sr. D. Juan de Grimaldi, no menos célebre entre nosotros por su gran saber en el arte de los Roscios y de los Talmas, que estimado y querido de todos, desde los más tiernos años de nuestra, juventud, por su inmenso talento y lo atractivo de su amigable trato. Sólo siete días sobrevivió Vega a su instalación en la quinta de sus amigos; y entusiasmábase todavía en ellos, enseñando y explicando sus ya referidos dibujos. Pero ni el cuidado más atento y afectuoso de aquéllos, ni la asistencia eficaz de su médico y compañero inseparable el Sr. García Real, pudieron alargarle unas horas que estaban ya contadas. Instaba este doctor porque saliera Vega inmediatamente de Madrid para Alicante. Deseábalo ya también a lo último el mismo paciente, porque creía que el clima de Alicante le fortificaba. En muestra de ello quiero intercalar aquí una interesante carta suya en que así lo manifiesta; y aprovecho con este motivo la ocasión de hacer público el agradecimiento con que Vega recibió el favor que le hicisteis resolviendo por unanimidad y a propuesta del marqués de Molíns, de los señores Nocedal, Ochoa y de mí, que se le considerara como presente a las juntas públicas y privadas de la Corporación para abonarle los honorarios que asistiendo a ellas le corresponderían. Esa carta, dirigida a mí desde Alicante con fecha 14 de enero de 1865, es como sigue: «Mi querido Juan: A la satisfacción inmensa que me ha causado la honra que me hace la Academia, se añade el saber que eres tú uno de los firmantes de la proposición, tú, mi condiscípulo, mi compañero y amigo querido de la niñez. Gracias, Juan mío, a ti y a todos los que habéis contribuido a darme este inesperado consuelo que tanto va a influir en mi estado moral; ya que en el físico, gracias a Dios, he sentido un notable alivio, desde el punto en que llegué a este delicioso clima. Aquí reina una inalterable primavera. Ni chimenea, ni brasero, ni abrigo; muchos ratos el balcón abierto y el sol bañando mi cuarto. ¡Compara esto con Madrid! -Adiós, mi Juan querido: te abraza y estrecha cordialmente tu VENTURA.»

Como íbamos diciendo, había ya entrado eficazmente en el ánimo de Vega el ansia de marchar para Alicante. Su caro compatriota y Mecenas, que siempre le había amado y protegido, el Sr. D. José Joaquín de Osma, facilitaba cuantos medios eran necesarios para el objeto. Eran las diez de la mañana del día 29 de noviembre de 1865. El enfermo hacía poco que había cumplido con sus deberes de cristiano. Empezábale a vestir su hijo mayor, porque el segundo estaba de militar servicio. Mas ¡ay! no pudo acabar Ricardo su dolorosa tarea; sintiose de repente atacado el angustiado padre del ahoguío de costumbre; y después de cinco horas de agonía, rindió su alma al Criador en los brazos del hijo y de los amigos.

El día 1.º del siguiente mes de diciembre celebrábase en la iglesia de San Sebastián una misa solemne de cuerpo presente por el eterno descanso del alma de Ventura de la Vega. Terminado el acto religioso, una enlutada y numerosa comitiva presidida por el Ministro de Fomento acompañaba a la última mansión los restos mortales del finado. Nocedal, Rubí, Hernando y Pizarroso llevaban las cintas del féretro; a los lados de la presidencia asistían el Sr. Valle, decano de la Academia Española, el Sr. Silvela, director de Instrucción pública, y el Sr. Eslava, decano de los profesores del Conservatorio. Al llegar el carro mortuorio al teatro del Príncipe, cuyas puertas y balcones estaban cubiertas de negros paños, se detuvo, y las actrices españolas allí reunidas arrojaron sobre el ataúd flores y coronas de laurel, que nada habían de aumentar a la gloria del insigne poeta y que poco aprovechaban entonces a su alma inmortal que de otro más útil y piadoso socorro pedía el tributo a nuestros apenados corazones. ¿Hasta cuándo estas paganas costumbres han de seguir sucediendo a las humildes y cristianas observadas por nuestros padres en la tierra, en que sólo se erigían estatuas para los altares de los santos y eran los predilectos elogios de los muertos las oraciones devotas de los vivos?

En el cementerio de la sacramental de San Isidro del Campo, después de un oficio de difuntos, digna y verdadera ofrenda a la memoria del caro amigo, al abrirse, para rezar sobre su cuerpo, la caja que le encerraba, nuestras lágrimas y sollozos saludaron por la última vez aquella faz querida que no volveríamos a ver más, y nuestros corazones se levantaron a Dios para pedirle el sosiego eterno en la otra vida del que ya en ésta no necesitaba más que de sufragios y oraciones. Así lo entendisteis vosotros, ilustres académicos y piadosos varones, cuando al venir a daros cuenta de esa triste ceremonia a que asistimos cuatro en representación vuestra, acordasteis que se dijeran cien misas por el alma de nuestro inolvidable compañero, y me encargasteis del fúnebre recuerdo que en este día, lleno de dolor y de desconfianza, someto a vuestro juicio.

Parte dramática

El hombre de mundo

Comedia en cuatro actos, en verso

PERSONAS



DON LUIS
DON JUAN
ANTOÑITO
CLARA
EMILIA
BENITA
RAMÓN

Acto primero

La escena en Madrid. -Gabinete elegante en casa de DON LUIS. Una puerta a la derecha que da al cuarto de éste. Otra a la izquierda que conduce a lo interior. Por la del foro se sale a la calle. -Está puesta la mesa para almorzar.

Escena I

CLARA, EMILIA.

EMILIA
¡No, por Dios!
CLARA
Pues ello, Emilia,
preciso es que algo resuelvas:
así no puede seguir.
EMILIA
¡Ay, Clara!
CLARA
Tú no me dejas
que hable a mi marido.
EMILIA
¡No!
5
CLARA
Tú... despedirlo... confiesas
que no te es posible. Pues
entonces, ¿cuál es tu idea?
¿Qué plan es el vuestro: estaros
toda la vida con señas
10
y cartitas, tú asomando
a escondidas la cabeza
por detrás de la cortina
del balcón, y él en la puerta
del tirolés de ahí enfrente,
15
hecho una estatua de piedra
de noche y de día? ¿A qué hora
come ese hombre? ¿A qué hora almuerza?
Cuando se abren los balcones,
ahí está: cuando se cierran,
20
ahí está: cuando salimos
a paseo o a las tiendas,
detrás: si vuelvo la cara
tal vez, da un brinco y se cuela
en algún portal, huyendo
25
y tomándome las vueltas.
¿A qué vienen esas farsas,
Señor? ¿Por qué no se acerca,
y nos habla, y viene a casa?
En fin, Emilia, me seca
30
andar haciendo el papel
de una madre de comedia.
Si vivo, y Dios me da hijos,
tendré que hacerlo por fuerza
algún día; pero ahora,
35
ni soy madre ni soy vieja.

(Mirándola, después de una pausa.)

Lo de siempre. Con callar
sales del paso.
EMILIA
¡Y tú al tema
de siempre! ¿Qué he de decirte,
si yo no sé? Pues no es buena
40
que ha de venir el muchacho
y ha de decir lo que piensa,
y con qué intención me mira,
y qué plan... Pues ya te acuerdas
cuando Antoñito iba a casa
45
antes, siendo tú soltera,
qué elogios hacías de él.
CLARA
Y los hago: tiene prendas
apreciables... Pero, Emilia,
un niño que cuenta apenas
50
veinte años, ¿piensas que puede
hacerte dichosa?
EMILIA
Vuelta
a lo mismo. ¡Qué sé yo!
Tú que tienes experiencia
dices que el hombre de mundo...
55
CLARA
Y estás viendo que la regla
no falla. Cuando se supo
que la cosa iba de veras
y Luis pedía mi mano...
¡Qué anónimos! ¡Qué indirectas!
60
¡Qué pronósticos! ¡Qué chismes!
Cuántas amiguitas de esas
que dicen que nos adoran,
y que tanto se interesan
por nuestra suerte, vinieron
65
con mil dengues y reservas
a contarme atrocidades
del novio. «Clarita vea
usted lo que hace: ese hombre
tiene una fama perversa:
70
con él no ha habido mujer
segura: tiene una lengua
de escorpión: trasnochador,
quimerista, calavera...»
Y yo decía: ¡mejor!
75
EMILIA
¿Conque, mejor? ¡Pues es buena!
CLARA
Sí: porque esas aventuras
tiene el hombre que correrlas;
y si no lo hace soltero...
después de casado es ella.
80
EMILIA
Así será. Pero a mí
esos que tanto se precian
de haber sido libertinos
como Luis... Yo en su presencia
ni me atrevo a respirar;
85
y nunca tendré franqueza
con él: todo en las mujeres
lo censura y lo interpreta.
-¡Ay qué hombre!- No, Clara: ¡Dios
me libre de su tijera!
90
Por Jesucristo te ruego,
hermana, que nunca sepa
lo de Antoñito.
CLARA
¿Y no ves
que es más fácil que lo advierta
si seguís como hasta aquí
95
y le ve de centinela?
Entonces sí que podrá
sospechar... En fin, ¿te empeñas
en quererle? -Pues, Emilia,
vendrá a casa.
EMILIA
¿Y Luis?
CLARA
No temas.
100
EMILIA
Pero cómo, sin decirle...
CLARA
Eso corre de mi cuenta.
EMILIA
¡Por Dios, Clara!...
CLARA
Yo lo haré
con Luis de modo que crea
que es cosa mía, que es un
105
amigo... -Las once y media,

(Llama.)

y Luis no viene a almorzar.
EMILIA
Verás cómo al fin sospecha...
Mejor es que no...
CLARA
Descuida.
Escena II

DICHAS, RAMÓN, que sale del cuarto de DON LUIS.

RAMÓN
¿Señora?
CLARA
¿Y tu amo? ¿No piensa
110
almorzar?
RAMÓN
Se está vistiendo.
Le diré...
CLARA
Dile que venga,
que le estamos esperando.
RAMÓN
Muy bien. -Ya está aquí.
CLARA
Pues ea,
sirve el almuerzo.

(RAMÓN se entra a lo interior de la casa, y poco después viene con el almuerzo.)

Escena III

DICHAS, DON LUIS.

LUIS
Perdona.
115

(Acariciando a CLARA.)

¿He tardado, sí? -Por fuerza
te he hecho pasar un mal rato.
Desde las ocho con media
taza de café...
CLARA
Ya estaba
desfallecida.
LUIS
¡Me pesa
120
en el alma! -Buenos días,
Emilia.
EMILIA
Felices.
CLARA
¿Piensas
salir?
LUIS
No.
CLARA
Como te veo
tan elegante, con esa
corbata...
LUIS
Regalo tuyo.
125
Pues no: como tú no quieras
que salgamos... -Me he vestido
para ti.
CLARA
¡Jesús! Me llenas
de orgullo. Pues bien, yo así
que almuerce, voy a las tiendas.
130
LUIS
Iremos juntos. Si no,
mi plan, ya lo sabes, era
pasar el día a tu lado,
como siempre. No me queda
más ilusión en la vida
135
que tu cariño, y sintiera
por culpa mía perder
la única cosa en la tierra
que he creído... entre las mil
mentiras que he visto en ella.
140
CLARA
¡Ay, qué galante amanece
hoy el día!
LUIS
Sí: de veras
te lo digo. Haber hallado
una mujer de tus prendas,
Clara mía, es poco menos
145
que un milagro.
CLARA
Eso ya peca
de exageración. -Yo estoy
muy lejos de ser perfecta
y en el mundo hay infinitas
mujeres...
LUIS
¿Que se parezcan
150
a ti?
CLARA
Mejores que yo.
LUIS
No las he visto.
CLARA
Pudiera
consistir en que tampoco
las has buscado. Y observa
que está aquí Emilia, y según
155
tu opinión, se mira envuelta
en la regla general.
EMILIA
¡Cómo ha de ser!
LUIS
No: no es esa
mi intención. ¡Cómo es posible!
Lo bueno también se pega;
160
y Emilia es tu hermana. -Pero
no juzgues por ti y por ella
de las demás: créeme a mí,
que soy voto en la materia.
CLARA
¡Ay, pobres mujeres! -Eso
165
es juzgar con ligereza,
Luis. -Como tú no has tratado
de acercarte sino a aquellas
de quienes ya se sabía
que eran materia dispuesta
170
para aventuras galantes,
sacas hoy la consecuencia
de que a ese círculo estrecho
que conoces se asemejan
todas las demás mujeres;
175
y eso permite que crea
que no es conocer el mundo,
sino conocerle a medias.
LUIS
Bien: eso quiere decir
que yo por mi mala estrella
180
he visto la parte mala...
y ahora empiezo a ver la buena.
Siento no haber encontrado
antes...
CLARA
No, a mí no me pesa
que la hayas visto: al contrario.
185
Dicen que los calaveras
son después buenos maridos.
Ya lo veremos. -Sintiera
convencerme de que tiene
alguna excepción la regla.
190
LUIS
No seré yo la excepción,
te lo ofrezco. Ya estoy fuera
de combate. -La mayor
diversión que ahora me queda
es ponerme en un rincón
195
y pasar horas enteras
viendo cómo pillo al vuelo
los guiños de inteligencia
de los amantes. Es mucha
mi práctica en la materia,
200
y tengo yo tan presentes
las astucias y las tretas
que he visto usar...
CLARA
Y has usado.
LUIS
Y como todas emplean
los mismos medios..., me río
205
cuando en una concurrencia
veo a los pobres maridos
que en la sala se pasean
entre el recio tiroteo
de miradas y de señas.
210
CLARA
Si no te equivocas nunca,
yo me doy la enhorabuena.
EMILIA

(ap.)

¡Yo no! ¡Lo va a descubrir
en cuanto entre por las puertas
Antoñito!
LUIS
Pero es cierto,
215
¡es cierto! La verdadera
felicidad no es andar
vagando de ceca en meca
en pos de vanos placeres.
Yo con todas mis riquezas
220
jamás he sido feliz.
¡La felicidad es esta!
¡Esta que ahora gozo! Hallar
una dulce compañera,
una casa, una familia...
225
¡Esta vida me embelesa!
Bien lo ves: yo casi nunca
salgo. De noche una vuelta
por el café, y al teatro:
acabada la comedia,
230
a casa. Pero tú, Clara,
siento que no te diviertas
más. Mi deseo mayor
sería verte contenta.
CLARA
A tu lado lo estoy siempre.
235
LUIS
Es que yo quiero que seas
completamente feliz,
como yo lo soy.
CLARA
¿De veras?
LUIS
¡Ah, muy feliz! ¿No lo ves?
Tengo una confianza ciega
240
en ti. Ve al Prado, a tertulias,
entra, sal, haz lo que quieras.
Vente conmigo al teatro.
CLARA
De noche me da pereza
de salir.
LUIS
¡Pero estar siempre
245
sola!... No, Clara. Que vengan
gentes a casa: los que iban
cuando te hallabas soltera
a visitarte.
CLARA
Si allí
no iba nadie: ya te acuerdas.
250
Como no fuera Antoñito...
EMILIA

(ap.)

¡No le digas!
LUIS
Cierto. Ese era
aquel jovencito...
CLARA
Sí:
aquel...
LUIS
¡Bonita presencia!
Allí le vi algunas veces
255
de visita; pero apenas
entraba yo, se marchaba.
CLARA
Es un chiquillo que empieza
a vivir: sin mundo, corto
de genio...
LUIS
Pues ya que llega
260
la ocasión...
EMILIA

(ap.)

¡Yo estoy en ascuas!
LUIS
Diré a ustedes... como muestra
de mi práctica, que entonces
creí columbrar en cierta
jovencita, aquí presente,
265
síntomas...
EMILIA
¡Vaya! -Si piensas
que iba por mí, te equivocas.
Yo no he sido nunca de esas
que tú dices. Yo no miro
a nadie: yo no hago señas
270
a nadie; y aquí está Clara
que diga...

(Ap. a CLARA.)

¡No me desmientas!
CLARA
Es verdad. -Y ya ves tú
si sería una completa
locura. ¡Un chico sin pelo
275
de barba! ¡Qué! Sin carrera
todavía...
LUIS
Me engañé:
como él iba con frecuencia
y allí no había tertulia
ni otro objeto que pudiera
280
dar aliciente...
EMILIA
Eso es.
¡Y el milagro me lo cuelgas
a mí!
LUIS
¿Pues a quién?
EMILIA
Con nadie
puede una hablar sin que crean
estos hombres que hay intriga
285
y amores y... ¡Estamos frescas!

(Se levanta.)

CLARA
Anda, ponte la mantilla,
que es hora de ir a las tiendas;
y trae la mía.
EMILIA

(ap. a CLARA.)

No digas
nada: no quiero que venga
290
Antoñito.
Escena IV

DON LUIS, CLARA.

CLARA
Ya la has puesto
como una grana. Se quema
con tus bromas.
LUIS
Pero en fin,
¿mi observación era cierta?
CLARA
Sí.
LUIS
¡Toma! ¡Tengo yo un ojo!
295
CLARA
Pero por Dios, que no sepa
Emilia que te lo he dicho.
LUIS
¿Y por qué?
CLARA
Porque te tiembla.
LUIS
Pues yo acaso...
CLARA
Es sumamente
tímida; y con las lindezas
300
que dices de las mujeres...
LUIS
Y ese chico...
CLARA
Antes que vuelva
Emilia te contaré.
Ese chico no nos deja
a sol ni a sombra, nos sigue
305
sin descanso, nos asedia.
No se ven; y ya conoces
que la privación fomenta
el amor en esa edad.
Por eso, Luis, yo quisiera
310
una cosa...
LUIS
¿Qué?
CLARA
Si tú
una noche le trajeras...
sin darte por entendido...
como que me le presentas
a mí, porque fue visita
315
de casa...
LUIS
Pero, ¿tú piensas
casarlos?
CLARA
¿Estás en ti?
¡Casarlos! ¿Para exponerla
a que al año se le antoje
al niño ser calavera
320
y la haga infeliz? No, no.
Lo que quiero es que se vean
a su sabor, que se juren
amor y constancia eterna
cada minuto, que agoten
325
la cartilla de ternezas
y requiebros; y verás
cuando sus amores pierdan
el romántico barniz
de carta, escondite y reja,
330
cómo los dos se fastidian
y se acaba la comedia.
LUIS
¡Magnífico plan! -¡Amiga,
te digo que eres maestra!
Hoy mismo le traigo a casa.
335
Tú siempre estarás alerta...
CLARA
No hay cuidado.
LUIS
No te fíes,
que la ocasión...
CLARA
No la temas.
Escena V

DICHOS, DON JUAN, RAMÓN.

(RAMÓN viene como deteniendo a DON JUAN, quien sin atenderle se entra con el sombrero puesto.)

JUAN
¡Qué recado! -Quita allá.
RAMÓN
Es que...
JUAN
¿Ya no me conoces?
340
¿Dónde está Luis?
LUIS

(llegando.)

¿Quién da voces?
JUAN
¡Luisillo!
LUIS
¡Juan!
JUAN

(le abraza.)

¡Voto va!
El tunante de Ramón
quería pasar recado.
Yo que estoy acostumbrado
345
a colarme de rondón
en tu casa...
LUIS

(Indicando a CLARA, con empacho.)

Pero ahora...
JUAN

(Reparando en CLARA.)

¡Calla!
LUIS
Ya ves...
JUAN
Es verdad:
habiendo esta novedad,
no digo nada. -¡Señora!
350

(Se saludan.)

Ya se ve, como hace un año
que al extranjero marché
y anoche mismo llegué
con la Mala, no es extraño
que ignorase... Conque...
LUIS
(¡Ay, Dios,
355
qué burla me espera!)
JUAN
Ha sido
muy bien hecho. -Hemos tenido
un pensamiento los dos.
LUIS
¿Es posible?
JUAN
¡Bravo, Luis!
¡Es guapísima! De veras.
360
Soberbia elección. -¡Si vieras
la que traigo de París!
CLARA
¡Cómo!
LUIS
¿Qué?
JUAN
Cuando concluya
un negocio... a casa voy
y la traigo... Ha de hacer hoy
365
amistades con la tuya.
CLARA
Pero...
LUIS
¡Conque tú también!...
(¡Se ha casado! Respiremos.)
Si al cabo todos caemos...
JUAN

(Se pasea, tomando algo del almuerzo.)

Lo demás es un belén.
370
Andar a salto de mata
y esclavo de la querida...
¡Vayan al diablo! -Esta es vida
más cómoda... y más barata.
CLARA

(ap.)

¡Qué frases!
LUIS
(El casamiento
375
no le ha hecho mudar de estilo.)
JUAN
Así se vive tranquilo...
¡Esta tuya es un portento!
Poco te podrá gastar:
tiene facha de hacendosa.
380
La mía... ¡la mía es cosa!...
Luisillo: ¿quieres cambiar?
LUIS

(con risa forzada.)

¡Viene muy bromista!
CLARA

(con ironía.)

¡Sí!
Escena VI

DICHOS, EMILIA.

(EMILIA trae la mantilla puesta y saca la de CLARA.)

EMILIA
¿Vamos, Clarita?
CLARA

(Se pone la mantilla.)

Al instante.
JUAN
¡Ay, qué linda! ¡Este tunante
385
las tiene a pares aquí!
¿Vive contigo?
LUIS
Sí tal:
si es hermana...
JUAN
Me interesa
también. -¿Cuándo una francesa
ha de tener esa sal?
390
¿Ésta no tendrá querido?
EMILIA
¡Qué dice!
LUIS
Juan, sé prudente.
CLARA
(¡Hay hombre más insolente!)
JUAN
Pues, señor, yo me decido.
LUIS
¿A qué?
JUAN
Nada; que me apesta
395
la francesa; que esta noche
vuelvo a soplarla en el coche...
y me acomodo con esta.

(La toma del brazo.)

EMILIA
¡Dios mío!
CLARA

(con enfado.)

¡Qué va usté a hacer!
JUAN
Partie carrée!
LUIS
¡Juan, repara!...
400
JUAN
¡Quita!
EMILIA
¡Suelte usted!
JUAN
¿No es Clara
tu querida?
LUIS
Es mi mujer.
JUAN

(Sorprendido, quitándose el sombrero.)

¡Tu mujer!
LUIS
Sí; y ese modo
de hablar...
JUAN

(a CLARA.)

He sido un grosero,
señora... -Este majadero
405
tiene la culpa de todo.
¿Me ves hablar disparates
y no me avisas?
LUIS
Y a ti,
quién te manda hablar así
sin saber...
CLARA
No más debates.
410
No hay nada aquí que me choque.
El que trata solamente
con cierta clase de gente
¿qué extraño es que se equivoque?
JUAN
(¡Me ha pegado a la pared!)
415
CLARA
Vamos, niña.
LUIS
(¡Qué dirán!)
CLARA
Adiós, Luis. -Señor don Juan,
esta casa es muy de usted.
JUAN
Hasta que mi aturdimiento
logre el perdón alcanzar,
420
vendré, aunque sepa abusar
de ese amable ofrecimiento.
EMILIA
(¡Pues como otra vez me asuste!)
CLARA
¡Jesús! -No se necesita
tal perdón. -Eso no quita
425
que venga usted cuando guste.
JUAN
(¡Qué gracia tan seductora!)
LUIS

(a CLARA.)

¿Te marchas? Saldré contigo.
CLARA
No: quédate con tu amigo.
Vamos a tiendas ahora.
430
JUAN
Por mí...
CLARA
No, no; que se esté.
¿Qué ha de hacer el pobre allí
oyendo hablar de organdí
y de raso y de muaré,
y «vamos, ¿llevo el vestido?,
435
no sea usted tan carero...»
Fastidiarse; y yo no quiero
fastidiar a mi marido.
Escena VII

DON LUIS, DON JUAN.

(DON LUIS se sienta con aire formal. DON JUAN permanece de pie.)

JUAN
(¡Qué graciosa criatura!
Mi virtud está en un tris.
440
¡A un amigo! -¡Pobre Luis!
¡No tienes hora segura!)
LUIS
¡Me has dado un rato!...
JUAN
¡Qué quieres!
Si aún no he vuelto de mi espanto.
Tú que blasonabas tanto
445
de conocer las mujeres...
¡Tú casado!
LUIS
A esa experiencia
que adquirí en mi juventud
debo, Juan, esta quietud.
JUAN
Te has perdido con mi ausencia.
450
Si tengo el menor indicio,
¡cuándo me voy de tu lado!
Te encontraste abandonado
y diste en el precipicio.
Pero, sin ser adivino,
455
¿quién sospecha?... Ya se ve,
cuando de aquí me marché
¡ibas por tan buen camino!
LUIS
Aquello era una ilusión.
Sólo aquí la dicha existe.
460
JUAN
Pero, ¿cómo concebiste
esa fogosa pasión?
LUIS
No hubo tal pasión en mí.
JUAN
Pues entonces no se explica...
A no ser que fuera... -¿Es rica?
465
LUIS
No tiene un maravedí.

(Se levanta.)

Ni el dinero me movía,
ni amor me ofuscaba el alma;
por eso pude con calma
observar lo que valía.
470
Yo que, cansado además
de esa vida borrascosa,
iba buscando otra cosa
sin encontrarla jamás,
vi esta mujer hechicera:
475
rompí los antiguos lazos,
¡y he hallado, Juan, en sus brazos
felicidad verdadera!
En fin, tú caerás también,
y ya me dirás si miento.
480
JUAN
De tan fatal pensamiento
el Señor me libre, amén.
LUIS
esas no son más que frases.
Tú estás cansado.
JUAN
No digo...
LUIS
Créeme, Juan, yo soy tu amigo:
485
es preciso que te cases.
JUAN
¿Cómo es eso?... Poco a poco.
No exijas el sacrificio
de que también pierda el juicio
porque tú te has vuelto loco.
490
La amistad no llega a tanto.
LUIS
Eso dices porque ignoras
cómo se pasan las horas
en esta vida de encanto.
Mi mujer es un tesoro,
495
es un ángel: no hay ninguna
que tales prendas reúna.
La estimaba, ¡y ya la adoro!
JUAN
Pues si no hay otra como ella,
y esa la pillaste ya,
500
¿con quién me caso?
LUIS
Otra habrá:
confía en tu buena estrella.
JUAN
Serán mis maravedís
lo que busque, no mi amor;
y en ese caso es mejor
505
la que traigo de París.
Porque esa, si yo la pillo
en un renuncio, laus Deo:
la acomodo en el correo,
y a Francia. -Créeme, Luisillo
510
la mujer no ama jamás.
LUIS
De soltera, poco o nada;
pero después de casada
suele amar...
JUAN
A los demás.
LUIS
Hombre, alguna...
JUAN
Haré excepción
515
en favor de tu mujer.
LUIS
Gracias: no era menester...
JUAN
Y también, por atención,
lo haré en favor de su hermana,
que al fin es de la familia...
520
LUIS
¡Hombre! ¡Harías con Emilia
una boda soberana!
JUAN
¡Sí!
LUIS
Ello habrá que desbancar
a un rival...
JUAN
¡Por eso no!
Como me empeñase yo,
525
¡dónde iba el pobre a parar!
LUIS
¡Pues hazlo! Mira que es cosa
de que no tienes idea
lo que cautiva y recrea
el cariño de una esposa.
530
Y no lo juzgues por ese
con que te tiene embaucado
la francesa: amor comprado,
por mucho que te embelese.
Ni es tampoco aquel delirio,
535
aquella fiebre de amante,
abrasadora, incesante,
que más que gozo es martirio.
Es fuego que da calor
al alma, sin abrasar:
540
es conjunto singular
de la amistad y el amor.
Huye de ti el egoísmo,
porque hay a tu lado un ser
que tu pena y tu placer
545
los siente como tú mismo.
En vez de frivolidad
y de desprecio del mundo,
se despierta en ti un profundo
instinto de dignidad.
550
Quieres merecer del hombre
respeto, aprecio, interés,
porque refleje después
en la que lleva tu nombre.
-Ese tu eterno viajar
555
por Francia, Italia, Inglaterra,
sin que haya un punto en la tierra
que alivie tu malestar,
¿qué es sino cansancio, di?
¿Qué es sino un vago deseo
560
de encontrar más digno empleo
a la vida que hay en ti?
Pues esa eterna vagancia,
ese vivir volandero
que te hace tan extranjero
565
en España como en Francia;
la indiferencia fatal,
o el tedio más bien, que sientes
cuando ventilan las gentes
algún negocio formal,
570
todo eso, que yo he probado
cuando como tú vivía,
se borra, Juan, desde el día
en que te miras casado.
Ya por el público bien
575
te afanas, y en ti rebosa
con el amor de tu esposa
el de tu patria también.
Y el alma y los ojos fijos
en su porvenir tendrás;
580
porque esta patria, dirás,
es la patria de mis hijos.
En fin, Juan, el matrimonio
es origen, no lo dudes,
de las mayores virtudes
585
de la tierra. -Y... ¡qué demonio!
mucho contra él se propala;
pero cuando todos dan
en casarse... Vamos, Juan,
no será cosa tan mala.
590
JUAN

(Después de una pausa.)

¿Cuándo te casaste?
LUIS
¿Cuándo?
Hará tres meses.

(Vuelve a sentarse.)

JUAN
Corriente.
Pues voy a tener presente
esa arenga; y si en pasando...
Vaya, no quiero alargarme,
595
un año, dices lo que hoy,
consiento por lo que soy...
¿en qué diré yo?... en casarme.
LUIS
Tendré la misma opinión;
no es Clara de esas mujeres...
600
JUAN
Te lo concedo, si quieres:
es la misma perfección,
pero no está en ella el mal;
y aun cuando yo tropezara
con otra segunda Clara,
605
no me casaría.
LUIS
¡Hay tal!
Ni aun teniendo esa fortuna,
¿querrías casarte?
JUAN
No.
LUIS
Pero ¿por qué?
JUAN
Porque yo
no creo, Luis, en ninguna.
610
Juntos corrimos el mundo:
tú has perdido la memoria;
yo recuerdo aquella historia
y en su experiencia me fundo.
Todas son a cual peor:
615
yo me mantengo en mis trece.
La que más santa parece
es porque engaña mejor.
LUIS
Pues yo veo por ahí
muchos maridos felices.
620
JUAN
¿Quién lo duda?
LUIS
Es que tú dices...
JUAN
Los predestinados, sí.
La culpa siempre es del hombre.
Todos tienen igual suerte;
pero el que el riesgo no advierte
625
¿de qué quieres que se asombre?
El que de ellas solamente
ha visto el falso barniz,
se casa y es muy feliz.
No hay amigo ni pariente
630
que con caridad extraña,
como escamado le vea,
en el deber no se crea
de decirle: «¡Usted se engaña!»
Vienen la suegra y el suegro,
635
y entre ellos y la mujer
y el amante le hacen ver
que lo que era blanco es negro.
Pero yo que soy un galgo
que huele a media jornada,
640
y que aunque no vea nada
he de presumir que hay algo,
¿iré a aumentar el artículo,
bastante crecido ya,
de esa caterva que está
645
constantemente en ridículo?

(Poniendo el brazo sobre el cuello de DON LUIS.)

¡Cuántas víctimas, oh Luis,
hemos hecho! -¿Qué es de aquel
intendente?
LUIS

(sonriendo.)

¿Don Gabriel?
¿El que jugaba al bis-bis?
650
JUAN
¡Y ella cómo te quería!
LUIS
Era un volcán.
JUAN
Y el simplón
decía: «¡Es mucha pensión!
¡Esta Enriqueta es tan fría!»
LUIS

(riendo.)

¡Pobre diablo!
JUAN
¿Y tus amores
655
con la rubia... con aquella?...
LUIS
¡Oh! ¡Maruja!
JUAN
Y su doncella,
¡qué alhaja!
LUIS
Sí: la Dolores.

(Se levanta.)

Todos los días, más fija
que el sol, a la misma hora
660
con carta de su señora.
JUAN
¿Conservas aún la sortija?
LUIS
Por ahí anda.
JUAN
Te la dio
en las barbas del marido.
LUIS
Pues no era aquél muy sufrido.
665
JUAN
Ella le domesticó.
LUIS
¡Tenía golpes soberbios!
JUAN
Y qué caricias le hacía
cuando más...
LUIS
¡Qué bien sabía
fingir ataques de nervios!
670
JUAN
Y cuando dio en ir a misa
sin dejar una mañana,
y él decía: «¡Qué cristiana
es mi Maruja!»
LUIS
¡Qué risa!
Mereció por animal...
675
JUAN
¡Toma!
LUIS
¡Tan corto de alcances!
JUAN
Pero entre todos tus lances
el más chistoso fue...
LUIS
¿Cuál?
JUAN
El de aquella con quien tú
te estacionaste...
LUIS
¡Ah, sí! ¡Rosa!
680
JUAN
La facha más candorosa...
¡Y era el mismo Belcebú!
LUIS
¿Qué lance? -¿Cuando me dio
una cita por el Diario?
JUAN
No...
LUIS
¿Cuando en aquel armario
685
me tuvo escondido?
JUAN
No...
Eso a cualquiera le pasa.
Cuando urdió aquel embolismo
para que el marido mismo
te presentase en su casa.
690
LUIS

(mudando de color.)

¡El marido mismo!
JUAN
¡Pues!
¿No te acuerdas?
LUIS
Sí... Me acuerdo...
JUAN
¡Y eso que aquél no era lerdo!
LUIS
¡No era... lerdo!
JUAN
No: al revés.
Hombre de mundo... y muy ducho...
695
LUIS
¿De mundo?
JUAN
Pero es en vano:
no basta el saber humano...
LUIS
Pues, o yo me engaño mucho...
o, vamos... aquel marido...
era torpe. Quién da un paso
700
tan... No sé; pero en su caso
yo lo hubiera conocido.
JUAN
¡Qué habías de conocer!
Ella lo prepararía
con aquella maestría
705
que tiene toda mujer.
Con ese don infernal
de tal suerte le ofuscó,
que al hombre le pareció
la cosa más natural.
710
LUIS
Es verdad... Eso sería...

(Sentándose.)

JUAN
¿Qué tienes?
LUIS
Nada.
JUAN
Ya estoy.
Estos recuerdos... -Me voy.
Ya has hecho la tontería...
conque, adelante: a vivir.
715
Adiós, chico.

(Abrazándole.)

LUIS
¿Volverás?
JUAN
¡Pues no he de volver! -Quizás
me llegues tú a convertir.
Escena VIII

DON LUIS.

¡El marido mismo... sí,
el marido mismo fue!
720
¡Vino de tan buena fe
a llevarme! Y luego allí
¡qué ridículo papel
entre las gentes hacía!
Todo Madrid lo sabía:
725
todo Madrid... menos él.
Me ha entrado un desasosiego...

(Se levanta.)

Este Antoñito... -¡Dios mío!
Si en la relación confío,
y le traigo a casa, y luego...
730
No le traigo: se acabó.
¿Y qué pretexto he de dar?
¡Si Clara llega a notar
que sospecho de ella!... No.
Porque, si no hay fundamento,
735
¿qué logro? Mortificarla.
Y si le hay, es avisarla
que se vaya con más tiento.
Pero también, si es que existe
ese condenado plan
740
para traer el galán,
traerle yo mismo... ¡es chiste!
Dice que a Emilia pretende,
pero Emilia lo negaba
y Clara titubeaba
745
al explicarme... -Aquí hay duende.
¡Qué bueno es haber corrido!
Este lance lo acredita.
Aquel candor de Rosita
cuando persuadió al marido,
750
es una lección preciosa.
¿Qué ardid pueden ya inventar
que yo no haya visto usar?
¡La experiencia es mucha cosa!
¡Y yo sin aprovecharme
755
de la que tengo! -Fortuna
que en ocasión oportuna
viene Juan a despertarme.
Yo traeré a Antoñito a casa.
¡Ramón!
Escena IX

DON LUIS, RAMÓN.

RAMÓN
¿Señor?
LUIS
El sombrero.
760

(Se va RAMÓN, y vuelve con el sombrero.)

Le traeré. Pero primero...
Voy. Yo sabré lo que pasa.
Tratemos de preparar
el campo. -¡El tal Antoñito!...
Pero, ¡Dios mío!, ¿está escrito
765
que ninguno ha de escapar?

(Se va por el foro.)

Acto segundo

La misma decoración del acto primero.

Escena I

DON JUAN, RAMÓN.

(Salen por el foro.)

JUAN
¿Conque todos están fuera?
RAMÓN
Sí, señor.
JUAN
Por eso vuelvo.
He hallado a Luis en la calle
tan distraído que, habiendo
770
pasado yo junto a él,
ni me ha visto. Y como tengo
deseos de hablar contigo,
dije: allá voy... Conque hablemos.
Explícame tú...
RAMÓN
¡Ay, señor
775
don Juan! ¡Usted nos ha muerto
con marcharse de Madrid!
¡Por ese viaje nos vemos
casados!
JUAN
¡Tú también!
RAMÓN
No;
pero es lo mismo. Estoy hecho
780
tan marido como el amo.
Esta casa es un convento.
Sólo cada tres domingos
me dejan ir a paseo
un par de horas, y si tardo
785
dos minutos más, ya hay gesto
en la señora.
JUAN
¡Hola! Dime:
¿qué tal genio?
Un cancerbero
conmigo... Me hace barrer,
me hace ir a la compra y luego
790
apuntar en un librote
lo que traigo, con sus precios;
y como falten dos cuartos,
me hace devanar los sesos
hasta que sale la cuenta
795
cabal. -Yo no soy para esto:
¡el orden me mata! Usted
que me ha visto en aquel tiempo
dichoso ser confidente
de los íntimos secretos
800
del amo, no descansar
estudiando el mejor medio
de deslizar un billete,
de entretener a un cochero,
de acechar a algún marido,
805
y mientras estaba dentro
el amo, ensayarme yo
en conquistar el afecto
de una linda camarera!...
El que se ha criado en eso
810
no puede... Pues ¿y propinas?
¿Y ser dueño del dinero
sin andar jamás con cuentas
de esto pongo y esto debo?
La verdad, señor don Juan,
815
el amo me tira, es cierto;
pero ya estoy hasta aquí
de escoba y de casamiento.
JUAN
¡Pobre Ramón! ¡Eres digno
de mejor suerte! Ya veo
820
que tú no has hecho traición,
como el pobre Luis, a aquellos
principios que en nuestra escuela
aprendiste.
RAMÓN
Nada de eso.
¡Calavera hasta la muerte!
825
Y en esta casa no puedo...
JUAN
Anda, déjalo correr.
Ten paciencia. Tras de un tiempo
viene otro. Quizá aquí mismo
las cosas muden de aspecto...
830
Y entonces... (Este es muy listo;
y si no logro ponerlo
de mi parte, es imposible
mi plan: lo descubre al vuelo.)
Tú por volver a tu oficio
835
darías...
RAMÓN
¡Lo que no tengo!
JUAN
Y como hombre de principios
fijos, no te importa un bledo
que la persona a quien sirvas
se llame...
RAMÓN
Nada. En habiendo
840
intriguilla, ya estoy yo
en mis glorias, y dispuesto
a engañar al sursum corda!
JUAN
Al mismo Luis.
RAMÓN
Lo que es eso...
Es mi amo...
JUAN
¡Pero es marido!
845
RAMÓN
¡Es verdad!
JUAN
Y en el momento
que se casa un hombre, pierde...
¿No te acuerdas?
RAMÓN
Sí me acuerdo,
sí, señor. Pierde... ¿Cómo era?
JUAN
Pierde todos sus derechos
850
sociales y se declara...
RAMÓN
Eso es: se declara objeto
de hospitalidad. ¿Eh?
JUAN
Mal
pronunciado; pero es eso:
objeto de hostilidad.
855
RAMÓN
Pues como quien dice: ¡a ellos!
JUAN
Y si a ti se te ofreciera
una ocasión, por ejemplo,
de ejercer tu habilidad...
aun cuando fuera aquí dentro,
860
¿renunciarías, Ramón,
a la gloria y al provecho
que pudiera resultarte,
por guardarle miramientos
a un amo... indigno de ti,
865
débil, apóstata?
RAMÓN
Pero
en esta casa no alcanzo
quién pueda ser... Yo no veo...
JUAN
¿No me ves a mí?
RAMÓN
¡Usted!
JUAN
Calla.
Este es un golpe maestro.
870
Tu ama es preciosa y merece
que por compasión al menos
se la saque de esa vida
de hacer cuentas y andar viendo
cómo se barre y se cose;
875
en fin, de esos ministerios
mecánicos.
RAMÓN
Eso sí.
¡Es un dolor! -¡Con un cuerpo...
y una cara... y sin pensar
en más que en quitar de enmedio
880
los trastos, y en que se barra!
JUAN
¡Oh! Verás cómo la hacemos
que se olvide de esas cosas.
RAMÓN
¡Será muy útil!
JUAN
Te ofrezco
trocar antes de dos meses
885
este triste monasterio
en la mansión del placer.
Y tu ama dará el ejemplo.
Es decir, si tú me ayudas.
RAMÓN
¿Conque usted, por lo que veo,
890
ni a sus antiguos amigos
perdona?
JUAN
Pero, hombre; puesto
que más tarde o más temprano
alguno ha de ser, yo quiero
adelantarme. Lo haré
895
como amigo. Desde luego,
por ser él, suprimiré
el escándalo. Y te advierto
que es sacrificio. Ya sabes
que no parece completo
900
el triunfo sin la salsilla
de que corra.
RAMÓN
Es verdad; pero
en casos como este, cuando
hay amistad de por medio...
JUAN
Y luego, hay compensaciones.
905
A tu amo le volveremos
al mundo, se distraerá.
La vida que hace es un mero
paréntesis. Ahora mismo
casi a apostarte me atrevo
910
que tiene intriga. ¿Has olido
tú?
RAMÓN
Nada.
JUAN
Pues, ¿a que es cierto?
Tú obsérvalo bien, y como
yo me equivoque...
RAMÓN
Veremos.
Conmigo no se franquea.
915
Pero me pondré en acecho,
y no se me escapará.
JUAN
Pues avísame al momento
que lo sepas. ¡Ya verás
llover sobre ti de nuevo
920
los lances y las propinas!
¡Ah! Cuidado. Lo primero
es ganar a la doncella.
Tú ya sabes el secreto:
la haces el amor: la ofreces,
925
si es preciso...
RAMÓN
Está usted fresco.
¿Amor? -¡Si es una argandeña
como un puerco-espín! Yo, lleno
de amabilidad, por ver...
Y en fin, por matar el tiempo,
930
me he acercado algunas veces...
¡Que si quieres! Siempre llevo
una coz. -Señor don Juan,
esto no es el bello sexo.
JUAN
Pues es preciso que insistas
935
en tu plan. ¿Quién dijo miedo?
Esa conquista te cubre
de gloria. ¡Ablandar un pecho
de cal y canto!
RAMÓN
Sí tal.
BENITA

(dentro.)

¡Ramón!
JUAN
¿Quién te llama?
RAMÓN
Creo
940
que es la susodicha.
JUAN
Pues
me voy. Cómprala un pañuelo.

(Le da dinero.)

¿Qué horas tiene Luis?
RAMÓN
De noche
va al teatro...
JUAN
¿Sí? -Hasta luego.
Escena II

RAMÓN.

Pues señor, ya empiezo yo
945
a encontrarme en mi elemento.
Propinas... Amores... Ande
la...
BENITA

(dentro.)

¿Ramón?
RAMÓN
¡Otra te pego!
Es mi víctima futura.
No la respondo: con eso
950
vendrá aquí, y empezaré
el plan de ataque. Allá dentro,
con la cocinera, es cosa
imposible. -Dicho y hecho.
Escena III

RAMÓN, BENITA.

(BENITA sale, y al verlo se queda parada con enojo. RAMÓN ha tomado una actitud sentimental.)

BENITA
¡Sordo!
RAMÓN
¿Quién?
BENITA
¿Pues no oye usted
955
que le llaman?
RAMÓN
¿Será cierto?
¡Benita! ¿Usted me llamaba?
BENITA
Sí, señor: ¿a ver si aquello
ha sido en la vida un cuarto
de perejil?
RAMÓN
¡Dios eterno!
960
¡De perejil viene a hablarme!
BENITA
Todos los días tenemos
la misma canción. La Juana
dice que es usté un mostrenco,
que no trae la compra bien
965
casi nunca.
RAMÓN
¿Ese concepto
tiene la Juana de mí?
¿Qué me importa? A quien yo quiero
agradar no es a la Juana,
sino a ese rostro de cielo
970
que...
BENITA
Siempre trae las perdices
pasadas...
RAMÓN
Pasado el pecho
tengo yo.
BENITA
De las dos libras
de vaca, la mitad hueso...
RAMÓN
¡Usted me lo hace roer,
975
ingrata!
BENITA
El tocino, añejo.
RAMÓN
Más añejo es este amor...
BENITA
La leche, aguada...
RAMÓN
Que siento...
BENITA
Los tomates...
RAMÓN
En el alma...
BENITA
Podridos.
RAMÓN
¿Y no hay remedio
980
para mí?
BENITA
Registrar antes
las cosas.
RAMÓN
Si no es más que eso...
BENITA
¡Quite usté allá! Yo no soy
guitarra.
RAMÓN
No puede menos,
Benita, sino que usted
985
nunca se mire al espejo:
porque si usted se mirase
esa cara...
BENITA
¿Y qué tenemos?
RAMÓN
Que es lástima que con ella,
y esas carnes, y ese cuerpo,
990
hable usted de perejil
y de tomates y...
BENITA
Quiero
hablar. Porque tengo ley
a mis amas. Me trujeron
desde que era una chiquilla
995
a Madrid, porque en mi pueblo
he sido hermana de leche
de la señorita; y llevo
más de diez años con ellas;
y miro por el gobierno
1000
de la casa. Y me he criado
con vergüenza. Y no consiento
que nadie me toque, ¿estamos?
Que mi padre es cosechero
en Arganda. ¿Qué pensaba
1005
usted?
RAMÓN
¡Hola!
BENITA
Y si le cuento
que usted me persigue, puede...
Yo soy única, y no tengo
necesidad de servir,
¿estamos? Y si me meto
1010
en mi casa, seré reina;
¿estamos?
RAMÓN
(¡Bueno es saberlo!)
¿Conque allá en Arganda?
BENITA
Pues.
Y a mí nadie... en no viniendo
con buen fin...
RAMÓN
Pues ¿con qué fin,
1015
que no sea santo y bueno,
pudiera acercarme yo
a la alhaja de más precio
del cosechero de Arganda?
(Pues este negocio es serio.)
1020
¡Oh, Benita! ¿No sería
un horror que algún paleto
de vara en cinto cargara
con tan robusto majuelo?
Si usted se volviera allá
1025
llevando al lado un... (¡le tengo
una aversión al vocablo!)
Llevando al lado un... mancebo...
en fin... casi un señorito...
míreme usted...
BENITA
Yo... en viniendo
1030
mi padre... se lo diré...
(¡No es mal mozo!) Siendo cierto...
RAMÓN
¿Cómo cierto? Pues si traigo,
en vez de lechuga, berros,
si se me olvida barrer,
1035
si dejo caer al suelo
los platos... ¿por qué será
sino porque me enajeno
pensando en esta Benita
que me ha trabucado el seso?
1040
BENITA
Entonces... bien; porque, en fin,
¿a qué está una?
RAMÓN
¡Oh, portento
de bondad! (¡Es propietaria!)
¡Sí, Benita!... El himeneo...
BENITA
¿Qué ha dicho usté?
RAMÓN
El matrimonio...
1045
BENITA
¡Ah!
RAMÓN
Ligará con el tiempo
esta mano...

(Va a tomársela.)

BENITA
Vaya, vaya.
Las manos quedas...
Escena IV

DICHOS, CLARA, EMILIA.

(CLARA trae un lío de compras.)

CLARA
¿Qué es esto?
¿Qué hacen ustedes aquí
en conversación? ¡Me alegro!
1050
RAMÓN
Señora, yo bien he oído
la campanilla, mas yendo
a abrir, oí pasos y dije
a Benita: ya han abierto.
CLARA
¡Pues es oír! Porque yo
1055
no he llamado.
RAMÓN
¿No? Pues ello...
CLARA
Salía gente, y entramos;
conque...
RAMÓN
Pues yo...
CLARA

(con severidad.)

Vete adentro.
RAMÓN
Jurara...

(A una mirada de CLARA se va.)

(Para abadesa
no hay otra. -Yo te prometo
1060
que he de ayudar a don Juan...
y te domesticaremos.)
Escena V

CLARA, EMILIA, BENITA.

CLARA
¿Y tú, tampoco tenías
qué hacer?
EMILIA
No la riñas.
BENITA
Tengo,
sí, señora; pero a veces
1065
una...
CLARA
¿Has aplanchado el cuello
que te dije?
BENITA
¡Cuánto ha!
CLARA
Bien.
¿Y no tienes ahí un cesto
de ropa que repasar?
BENITA
¡Como si no hubiera tiempo!
1070
CLARA
No, señor: lo que hay que hacer,
a hacerlo. Y en fin, no quiero
verte mano sobre mano,
ni en conferencias...
EMILIA
Yo creo
que la riñes sin motivo.
1075
Ella trabaja...
CLARA
No es eso.
¿Qué sabes tú? -Vete al cuarto
de la labor.
Escena VI

CLARA, EMILIA.

CLARA
Yo me entiendo.
Esta chica se va echando
a perder. Hace algún tiempo
1080
que sin pedirme licencia,
cosa que jamás ha hecho,
sale de casa y no dice
dónde ha ido.
EMILIA
Eso no...
CLARA
Y luego
este perillán se arrima
1085
demasiado; y yo sospecho...
EMILIA
¡Oh!, lo que es él... ha servido
a Luis... y de tal maestro
tal discípulo.
CLARA

(Examinando los compras que ha puesto en el velador.)

¡Qué tema
le tienes!
EMILIA
Ya lo estás viendo.
1090
¿Y el hombre de esta mañana?
Verás como vuelve.
CLARA
Bueno:
que vuelva.
EMILIA
¿A darme otro susto?
CLARA
Eso no: mira qué presto
mudó de estilo.
EMILIA
Verás
1095
cómo pervierte de nuevo
a Luis.
CLARA
¡Qué afán de anunciarme!
Si yo creyera en agüeros...
Por fortuna, Luis se encarga
de desmentirte con hechos;
1100
y hoy mismo tengo una prueba...
Sin duda con el objeto
de desenfadarme, el pobre...
EMILIA
Cuál es, dime.
CLARA
Es un misterio.
EMILIA
A propósito. -¿Querrás
1105
explicarme qué fue aquello
que te dijo el tirolés
al oído, que al momento
te hizo dejar los pendientes
que ibas a llevar? -Has hecho
1110
mal.
CLARA
Es verdad.
EMILIA
Tan baratos...
CLARA
¡Mucho!
EMILIA
¡Y de un gusto tan nuevo!
Y no tenía otro par.
CLARA
Pues esta noche has de verlos...
EMILIA
¿Dónde?
CLARA
Aquí.

(Indicando sus orejas.)

EMILIA
¡Qué dices! ¿Cómo?
1115
CLARA
Para que vayas perdiendo
la mala opinión que tienes
de Luis, te diré el secreto
del tirolés. Como somos
parroquianos hace tiempo,
1120
me dijo aparte: «Señora,
no los lleve usted. -Le advierto
(en confianza) que ha estado
aquí hace pocos momentos
el señor don Luis en busca
1125
de unos pendientes, que luego
dijo que recogería,
y yo al punto, conociendo
que sería un regalito
para usted, le iba a dar estos
1130
que acabo de recibir.»
EMILIA
¡Hola!
CLARA
¿Te vas convenciendo?
EMILIA
¡Vamos!
CLARA
Yo voy a dejar
que él me sorprenda primero,
y en seguida le doy...

(Abriendo una cajita en que hay una sortija.)

EMILIA
¡Ya!
1135
Yo no acertaba... -Por eso
has comprado esta sortija.

(Mirándola.)

¡Qué linda!
CLARA
Y de poco precio.
EMILIA
No he visto ninguna...
CLARA
Ayer
dice que las recibieron.
1140
EMILIA
Y otra igual le queda allí.
CLARA
No hay más que las dos.
EMILIA
Por cierto,
Clara...
CLARA
¿Qué?
EMILIA
Se me han pasado
unos deseos...
CLARA
¿Deseos
de qué?
EMILIA
Me da cortedad.
1145
CLARA
Vamos, habla. ¿El camafeo
aquel?
EMILIA
No.
CLARA
¿El devocionario
con forro de terciopelo
y los adornos de plata?
EMILIA
No. -La otra sortija...
CLARA
Pero,
1150
Emilia, ¿no ves que son
para hombre?
EMILIA
Pues por eso.
CLARA
¡Cómo!
EMILIA
Vamos; que me pongo
colorada.
CLARA
Ya comprendo.
¿Estás loca?
EMILIA
¿Por qué?
CLARA
Pues;
1155
para Antoñito.
EMILIA
Y no veo...
CLARA
¡Calla!
EMILIA
¿Pues qué tiene?
CLARA
Tiene
y mucho.
EMILIA
¡Ya! Si queremos
interpretar como Luis...
hasta lo más... Mira; tengo
1160
que corresponder también...
Vamos, te diré un secreto
en pago de ese que tú
me has revelado. -¿Ves esto?
CLARA
¡Hola!.. Un brazalete.
EMILIA
Sí.
1165
CLARA
¿Cómo has sabido esconderlo?
EMILIA
Pues él me le dio en memoria,
llorando de sentimiento...
¡Qué bonito es! -Cuando tú
te casaste, conociendo
1170
que ya con la nueva vida
no sería fácil vernos.
Conque es preciso que yo...
CLARA
No, Emilia. -Yo no exagero
las cosas; ya me conoces.
1175
El brazalete... no hay riesgo
en que tú le hayas tomado;
pero en esto sí: es muy feo
en una niña el hacer
regalos a un muchachuelo
1180
con quien no ha mediado nada
formal, dándole derecho
a jactarse...
EMILIA
Él no es capaz.
Y aquí no hay malicia.
CLARA
Pero,
como al mundo no le consta,
1185
juzgará de muy diverso
modo.
EMILIA
La que es buena...
CLARA
Debe
además...
EMILIA
¿Qué?
CLARA
Parecerlo.
EMILIA
El mundo...
CLARA

(llamando.)

Ven a quitarte
la mantilla; mediremos
1190
ese lienzo, mientras Luis
viene.
Escena VII

DICHAS, RAMÓN.

RAMÓN
¿Señora?
CLARA
Trae eso
a mi cuarto.

(Se van.)

Escena VIII

RAMÓN, luego DON LUIS.

RAMÓN

(Recogiendo las compras.)

Me pilló.
Ha olido mi trapicheo
amoroso...

(Llevándoselas.)

LUIS
¿Adónde vas?
1195
RAMÓN
A llevar esto allá adentro.
LUIS
¿Y qué es eso? A ver, a ver.
RAMÓN
Yo no sé. Compras que ha hecho
la señora...
LUIS

(Mirando las compras.)

¿Ya ha venido?
RAMÓN
Ahí está.
LUIS
Medias... pañuelos...
1200
¿Y esta cajita encarnada?

(La abre.)

(¡Una sortija! -Probemos.

(Se la prueba.)

¡Hola! Pues no es para ella.
Me viene a mí. -Es para dedo
de hombre. -No hay duda. -¡Dios mío!
1205
¿Para quién será?)
RAMÓN
¿Lo llevo?
LUIS
(No se me despintará.)
Sí, llévalo; y vuelve presto.
RAMÓN
(Se ha quedado pensativo.)

(Se va.)

Escena IX

DON LUIS.

¿Será para mí? -No creo
1210
que esté de humor de regalos;
porque ella, con el suceso
de esta mañana, noté,
a pesar de sus esfuerzos,
que se fue muy enfadada
1215
conmigo. ¡Tendrá hoy un gesto!...
De fijo: no es para mí.
En fin, calma, y vamos viendo.
Lo primero es no ofuscarme.
El plan que traigo dispuesto
1220
es el mejor: la criada
ha de saber... Yo me acuerdo
de que en todas mis intrigas
siempre eran ellas... -Por medio
de Ramón veré si logro
1225
saber con maña... -No tengo
necesidad de nombrar
a mi mujer: nada de eso.
Decir a un criado... ¡No!
Con averiguar si es cierto
1230
que hay amores entre Emilia
y Antoñito, voy derecho
a sacar la consecuencia
precisa. -Él es listo. Y luego...
¡dádivas quebrantan peñas!
1235
¡Oh! Como haya algo, lo pesco.
Escena X

DON LUIS, RAMÓN.

LUIS
¿Lo llevaste?
RAMÓN
Lo llevé.
LUIS
¿Y qué ha dicho?
RAMÓN
Regañar,
porque he tardado en entrar.
Y yo le he dicho que usté
1240
al mismo tiempo llegó...
LUIS
¿Y entonces?
RAMÓN
Me ha preguntado
si había usted registrado
el envoltorio...
LUIS
(¡Hola!)
RAMÓN
Y yo...
le he dicho... que no.
LUIS
¡Bien hecho!
1245
RAMÓN
Buscó esa caja encarnada...
LUIS
¿Y qué hizo con ella?
RAMÓN
Nada.
La guardó...
LUIS
¿Dónde?
RAMÓN
En el pecho.
LUIS
(Ahí es donde guardan ellas...)
Tú lo llevarías todo
1250
revuelto, de cualquier modo...
RAMÓN
No tal.
LUIS
¡Siempre te atropellas!
Vamos; si he de hacer tu suerte,
vida nueva: ya es razón
olvidar... Quiero, Ramón,
1255
que trates de establecerte.
Haz lo que yo. ¿No conoces
alguna?... Ahí está Benita,
muchacha honrada, bonita...
¡Oh! ¡No sabes tú los goces!...
1260
RAMÓN
¡Sí, señor! (Saquemos raja
por este lado también.)
LUIS
¿Y ella?
RAMÓN
Como ve mi tren...
ella quisiera andar maja...
LUIS
Háblala: dila que vas
1265
con buen fin...
RAMÓN
Eso es seguro.
LUIS
Que tu cariño es muy puro...
RAMÓN
Por supuesto.
LUIS
Y lo demás
corre de mi cuenta.
RAMÓN

(escamado.)

¿El qué?
LUIS
Que haya algunos regalillos...
1270
RAMÓN
(Comamos a dos carrillos...)
Eso siempre... ¡Ya se ve!...
¡Muchas gracias! (¡Calla, calla!
Don Juan me mandó observar...
¿Si la querrá conquistar
1275
y seré yo la pantalla?)
LUIS
En fin, a ver si consiente...
RAMÓN
(¡Adiós, majuelos de Arganda!)
LUIS
Y cuando la tengas blanda,
le has de decir que te cuente...
1280
RAMÓN
¿Qué?
LUIS
Yo tengo una familia
a mi cargo: soy su jefe;
y eso de que un mequetrefe
engañe a la pobre Emilia...
RAMÓN
¿A la señorita?
LUIS
Pues.
1285
Yo tengo acá mi recelo
de que cierto jovenzuelo
la anda rondando... ¡y ya ves!
¡Tan niña, tan candorosa!...
¡Ay, Ramón, me hace temblar!
1290
¡Con cien ojos hay que estar!
RAMÓN
(¡Ya entiendo; esto es otra cosa!)
LUIS
Pregúntale tú... Averigua
con maña si ese mocito,
que ha de llamarse... Antoñito,
1295
era ya visita antigua:
si le vio dar a entender
que a la muchacha quería,
y si ella correspondía...
Eso lo debe saber.
1300
Hoy mismo quiere ese tonto
venir aquí, y es preciso
que yo viva sobre aviso...
¡Conque, Ramón, hazlo pronto!
RAMÓN
Por mi parte...
LUIS
¡Sí, por Dios!
1305
RAMÓN
(No hay duda: es la cuñadita.)
LUIS
Sonsaca bien a Benita.
RAMÓN
(¡Calla! ¡Si querrá a las dos!)
LUIS
Y por ahora, Ramón,
en prueba de tu terneza,
1310
como cosa tuya, empieza
por hacerle esta expresión.

(Sacando una caja con pendientes.)

RAMÓN
¿Y qué es esto?
LUIS
Unos pendientes...
RAMÓN
¡Qué bonitos!
LUIS
Muy sencillos.
Di que con tus ahorrillos...
1315
RAMÓN
Ya estoy.
LUIS
Y a nadie le cuentes...
RAMÓN
¡Qué he de contar!
LUIS
Bien: pues anda,
a ver si hoy mismo...
RAMÓN
Allá voy.
LUIS
Vete, que vienen.
RAMÓN
(¡Ya soy
el cosechero de Arganda!)
1320
Escena XI

DON LUIS, luego CLARA.

LUIS
Mi mujer. -Seamos prudentes.
¡Bonita cara traerá
con el lance de hoy!
CLARA

(saliendo.)

(¿Qué hará
que no me trae los pendientes?)

(Llégase a él con aire festivo y le toma cariñosamente del brazo.)

Un buen marido, al volver
1325
a su casa, lo primero
que debe hacer, caballero,
es buscar a su mujer
y darla un abrazo; ¿estamos?
LUIS
(¿Qué cariño intempestivo
1330
es este? Yo no concibo...)
CLARA
Que estoy esperando, ¡vamos!,
ese abrazo.
LUIS

(la abraza.)

(¡Es singular!)
CLARA
¿Y nada más?...
LUIS
(¿Qué más quiere?)
CLARA
(Cuando trae algo, se muere
1335
por hacerlo desear.)
¿Por dónde has andado, di?
LUIS
Por las calles... sin objeto...
He encontrado aquel sujeto...
CLARA
¿A quién?
LUIS
A Antoñito.
CLARA
¡Ah!...
LUIS
Sí.
1340
CLARA
Y de mí, ¿te has acordado?
LUIS
(¡Muda de conversación!)
CLARA
(¡Cómo se hace el remolón!)
LUIS
Y tú, dime, ¿qué has comprado?
CLARA

(Tentándole los bolsillos con disimulo y fingiendo que le acaricia y le compone la corbata y el chaleco.)

¿Yo?
LUIS
Sí.
CLARA
(¿Dónde los tendrá?)
1345
Con ver tanta baratija...
LUIS
(¡Si irá a darme la sortija!)
CLARA
Nada al fin.
LUIS
(No me la da.
¡Si ahora yo se la sacara
del pecho!)
CLARA
(Aquí no los tiene.)
1350
LUIS
(Pero no, no me conviene.)
CLARA
Poco has pensado en tu Clara.
Yo, como nunca me olvido
de mi Luis...
LUIS
(¡Qué soboncita!
¡Lo mismo estaba Rosita
1355
con aquel pobre marido!)
CLARA
Fui a una tienda a buscar
una holanda muy barata,
y he comprado otra corbata
que te quiero regalar.
1360
LUIS
¡Hola! Otra corbata, ¿eh?
Te lo estimo. -Pero, Clara,
extraño verte esa cara
tan alegre y tan...
CLARA
¿Por qué?
LUIS
Por la escena que ese tonto
1365
de Juan...
CLARA
Sí, me incomodó.
Pero ya sabes que yo
me desenfado muy pronto.
Y como tú no has tenido
la culpa... En fin, no fue nada.
1370
Y luego, di, ¿quién se enfada
con tan amable marido?
Y hoy que va a darle a su esposa
el pobre una prueba más...
LUIS
(Ya te entiendo.) Lo dirás
1375
porque te traigo...
CLARA

(con viveza.)

¿Qué cosa?
LUIS
¿A Antoñito?
CLARA

(picada.)

Sí: eso es.
(Pues no me los da. ¿Qué aguarda?)
LUIS
(¡Qué tal! ¡Merezco una albarda!)
CLARA
(Pues aunque los tenga un mes...)
1380
LUIS
(¡Paciencia!) Le he dado cita...
(¡Infame!) y vendré con él...
(¡Estoy haciendo el papel
del marido de Rosita!)
Escena XII

DON LUIS, CLARA, BENITA.

BENITA
La sopa.
CLARA
Vamos allá.
1385
LUIS
(Disimulo, hasta saber...)
CLARA
¿Vamos, Luisito, a comer?
LUIS
Vamos.
CLARA
(¡Caviloso está!)
Escena XIII

DON LUIS, CLARA, BENITA, EMILIA.

EMILIA
Clara, la sopa se enfría.
CLARA

(Tomándole el brazo.)

Te hallo triste, Luis.
LUIS
No tal.
1390
¡Tú sí que estás hoy jovial!
CLARA
¿Te pesa?
LUIS
¡No, vida mía!
Escena XIV

EMILIA, BENITA.

(EMILIA detiene a BENITA, que se iba con sus amos.)

EMILIA
Ven, escucha.
BENITA
Señorita,
que van hacia el comedor.
EMILIA
¡Me vas a hacer un favor!
1395
BENITA
Pero...
EMILIA
Un momento, Benita.
BENITA
¡Pronto!
EMILIA
Después que comamos,
haces una escapatoria...
BENITA
¡Eso es! Tendremos historia:
me regañarán los amos.
1400
EMILIA
¡Anda!
BENITA
Y luego la señora,
si huele que salgo así,
a quien reñirá es a mí...
EMILIA
Yo seré tu defensora.
BENITA
¡Siempre con el papelito!...
1405
¡Cásese usted!
EMILIA
Ya verás
cómo no te envío más:
va a venir aquí Antoñito.
BENITA
¡Me alegro!
EMILIA
Conque después
Irás, ¿sí?
BENITA
¿Dónde?
EMILIA
Cerquita:
1410
a esa tienda tan bonita
de ahí enfrente...
BENITA
¿Al tirolés?
EMILIA
Sí: que te dé una sortija
igual a otra que mi hermana
ha llevado esta mañana.
1415
BENITA
¿Quiere usted que yo la elija?
EMILIA
Si no hay más que una.
BENITA
Ya estoy.
EMILIA

(Dándola dinero.)

Toma. -(Yo se la regalo.
¿Por qué ha de ser esto malo?)
BENITA
Que nos llaman.
EMILIA
Allá voy.
1420

Acto tercero

La misma decoración del acto primero.

Escena I

CLARA, EMILIA.

(Es de noche. Están sentadas a un velador tomando café.)

EMILIA
¿Y cuándo lo va a traer?
CLARA
Ahora mismo.
EMILIA
¡Ay!
CLARA
¿Qué te pasa?
EMILIA
¡Me lo has dicho tan de pronto!
Por poco vierto la taza
de café.
CLARA
¡No es para menos
1425
el susto! ¡Que viene a casa
Antoñito! ¡Vea usted!
¿No te dije esta mañana
que iba a hacer que lo trajeran?
EMILIA
Es verdad; pero ignoraba
1430
que fuese ahora mismo.
CLARA
Luis
le dijo que le esperara
en el café y allá ha ido
a buscarle.
EMILIA
¡Estoy en ascuas!
¡Lo va a conocer!
CLARA
No temas.
1435
EMILIA
¿Tú no le habrás dicho?...
CLARA
Nada.
EMILIA
No importa; en sintiendo pasos,
me meto en mi cuarto.
CLARA
Vaya,
déjate de tonterías.
Y a ver si desde hoy se acaba
1440
el seguirnos por las calles
y andar haciendo esas farsas.
Ya viene aquí: conque...
EMILIA
Bien.
CLARA
Díselo tú.
EMILIA
Bien.
CLARA
(Se cansan
de amores antes de un mes.)
1445
EMILIA
A nosotros ya nos basta
con vernos este ratito
por las noches. -Dime, Clara,
¿y se irá Luis al teatro?
CLARA
Sí.
EMILIA
Como hoy le dé la gana
1450
de quedarse, nos divierte.
Yo me pongo a veinte varas
de Antoñito, y ni le miro.
Pero irá. Si él nunca falta
al teatro: ¿no es verdad?
1455
CLARA
Nunca.
EMILIA
A las siete se marcha,
y hasta las doce... ¡Cinco horas!
CLARA

(cavilosa.)

Cinco horas.
EMILIA
¡Cinco horas diarias
para vernos! -Lo demás
del día pronto se pasa,
1460
y ya me ha de parecer
más corto con la esperanza
de que ha de llegar la noche...
CLARA
(¡Cinco horas!...)
EMILIA
¿Qué piensas?
CLARA
Nada.
EMILIA
¡Ah! -No me has dicho... ¿Te dio
1465
los pendientes?
CLARA
No.
EMILIA
¡A qué aguarda!
CLARA
No sé: se le olvidaría...
(No quiero que Emilia caiga
en sospechas.) Tú tampoco
le digas una palabra.
1470
EMILIA
Yo no.
CLARA
Quizá me reserva
alguna sorpresa...
EMILIA
¡Calla!
Pudiera ser.
CLARA
¿Sí? -¿Por qué?
EMILIA
Porque desde esta mañana
se me figura que está...
1475
así... yo no sé... con cara
de distraído...
CLARA
No.
EMILIA
Apenas
comimos, se fue con tanta
prisa...
CLARA
Le estaba esperando
Antoñito.
EMILIA
¿Y cómo tardan?
1480
CLARA
(¡Esos pendientes!... No sé.
No decirme una palabra
siquiera... Y eso que yo
bien le daba pie...)
EMILIA
¡Ay, qué ansia
se siente cuando se espera!
1485
CLARA
(No sé: no sé. -Estoy tentada
por ir. Los tendrá en su cuarto,
en algún cajón...)

(Se levanta y llama.)

EMILIA
¿Te marchas?
CLARA
No. (Le voy a dar un chasco.
Se los quito, y cuando vaya
1490
a buscarlos, en lugar
de los pendientes, se halla
con la sortija.)
Escena II

CLARA, EMILIA, RAMÓN.

RAMÓN
¿Señora?
CLARA
Di a Benita que me traiga
una luz.
RAMÓN
Yo la traeré.
1495
CLARA
No: Benita.
RAMÓN
No está en casa.
CLARA
¿Cómo es eso? -¿Dónde ha ido?
RAMÓN
No sé, señora.
EMILIA
(¡Es desgracia!)
CLARA
¡Otra tenemos! -¿No he dicho
cien veces que nadie salga
1500
sin decírmelo?
EMILIA
(¡Ay, Dios mío!
¡Debo estar muy colorada!
¡Pobre Benita!) Quizá...
de repente...
CLARA
¡Una muchacha
sola, de noche! Tendré
1505
al fin que enviarla a Arganda
con su padre, antes que aquí...
EMILIA
Habrá ido cerca...
CLARA
Que vaya
cerca o lejos, nunca sale
sin licencia una criada.
1510
Y va de muchas.
RAMÓN
(Y el amo
también se marchó. -¡Caramba!
¿Será cosa de que yo
esté empleando mi labia
para él?)
CLARA
¿Y tú no sabes?...
1515
RAMÓN
No sé...
CLARA
¡Tú no sabes nada!
Trae una luz.
Escena III

CLARA, EMILIA.

EMILIA
No te enfades.
Antes nunca te enfadabas
así. ¡Has echado mal genio!
CLARA
Es que antes era una malva
1520
Benita, y ahora...
EMILIA
No.
En fin, dame tu palabra
de no reñirla, y...
CLARA
¡Me gusta!
EMILIA
Y yo me encargo de echarla
una peluca.
CLARA
¿Tú?... ¡Buena
1525
peluca! -Tú la das alas
con tus disculpas...
EMILIA
Ya ves;
criada desde la infancia
con ella... La quiero mucho.
Pero esta vez no me ablanda.
1530
Y si me dejas, te ofrezco
averiguar qué escapadas
son éstas, y que no vuelva
nunca más...
CLARA
Bien está: calla.
Escena IV

DICHAS, RAMÓN, con una luz.

RAMÓN
Aquí está ya.
CLARA
Dame.
RAMÓN
¿Alumbro?,
1535
CLARA
No: dame. (¡Si los hallara!
¿Y la sortija? -Aquí va.)

(Toma la luz y entra en el cuarto de DON LUIS.)

Escena V

EMILIA, RAMÓN.

EMILIA
(¡He escapado en una tabla!)
RAMÓN
(¡Se va al cuarto de mi amo!...
¡Y no ha querido que vaya
1540
con la luz!... ¿Pues qué irá a hacer?
Miraré por la ventana
que da al pasillo.)
Escena VI

EMILIA.

¡No ha sido
poca dicha! -Por mi causa
iba a sufrir otra riña
1545
la pobre. -¡Pero es cachaza
la suya! ¡Para una cosa
que en dos brincos se despacha
tanto tardar! Por fortuna,
ya no llevará más cartas
1550
a Antoñito... -¡Ay! Siento pasos...
Él será... -Y esa pesada
de Benita... -Yo me escondo.
Escena VII

EMILIA, BENITA.

(BENITA viene vestida con esmero, aunque de mal gusto: trae la mantilla puesta.)

BENITA
¿Señorita?...
EMILIA
¿Eres tú? -¡Gracias
a Dios!
BENITA
Aquí tiene usted
1555
la sortija.
EMILIA

(Abriendo la caja.)

¡Buena calma
tienes! Te han echado menos.
BENITA
¡Ay, Jesús!
EMILIA
Pero yo estaba
delante, y pude arreglarlo.
¡Igualita! -Adiós.
BENITA
¿Y el ama?
1560
EMILIA
Por allá dentro. -Me voy;
no me conozca en la cara...
Escena VIII

BENITA.

Todo me sale a mí mal.
La señora nunca llama
a estas horas, y hoy... -Tampoco
1565
he tardado tanto, ¡vaya!
Yo no he hecho más que alargarme
ahí donde está mi paisana
sirviendo... -Ya estaba yo
rabiando por enseñarla
1570
mi regalo. -¡Qué dentera
la he dado! -¡Que rabie! -¡Anda!

(Se mira a un espejo, dando la espalda al cuarto de DON LUIS.)

Estos sí que son pendientes
de lujo. No los que gasta
la pobre: de similor...
1575
¡Cómo relucen! -Mañana
es domingo, y no me toca
salir. -Iría yo a casa
de la Gabina... ¡Mal año
para Judas! -¡Ay qué alhaja
1580
es Ramón! ¡Ya tengo novio!
Y dice que el amo trata
de casarnos. ¡Ya lo creo!
¡Quién me tose a mí en Arganda
con este avío!...

(Continúa mirándose al espejo.)

Escena IX

CLARA, BENITA.

(CLARA sale del cuarto de DON LUIS, con la luz.)

CLARA
(Es inútil.
1585
Todo lo he revuelto, y nada:
no los tiene aquí. -¡Dios mío!
¡No sé qué pensar!...) -¡Muchacha!

(Viendo a BENITA.)

BENITA

(Se cierra la mantilla, de modo que no se ven los pendientes.)

(¡Ay!... ¡El ama! ¡Me pilló!)
CLARA
¿Dónde has ido?
BENITA
Ahí cerca: a casa...
1590
CLARA
¿A casa de quién?
BENITA
Ahí cerca.
CLARA
¿Dónde?
BENITA
A ver a la Anastasia.
CLARA
¡Y a estas horas! -¡Calle! ¡Calle!
¡Y tan emperejilada!...
BENITA
¿Pues para qué quiere una
1595
la ropa?
CLARA
¡Pocas palabras!
¡Oiga el arrapiezo! -Sí;
¡pues estoy yo bien templada!...
Y va de muchas.
BENITA
Pues una
tiene...
CLARA
No hay una que valga.
1600
BENITA
Suele tener...
CLARA
Sin licencia,
nunca has de salir de casa.
BENITA
Es que...
CLARA
¡Calle usted!
BENITA
A veces...
CLARA
¡Oiga! ¿Hasta la nueva gracia
de ser respondona?
BENITA
Pues
1605
digo bien.
CLARA
¡Jesús! ¡Qué alhaja
se ha vuelto la niña!
BENITA
¡Toma!
CLARA
Vete adentro. Y si no callas,
mañana mismo te planto
de patitas en Arganda.
1610
Allá, a cuidar de las viñas.
BENITA
Pues a mí no me hace falta
cuidar de las viñas.
CLARA
¡Hola!
BENITA
Y si ahora sirvo, mañana
puede que... No ha de ser una
1615
toda su vida criada.
CLARA
¡Vete!
BENITA
Y no es una ningún
monstruo; que a nadie le falta...
y puede que antes que muchos
lo piensen...
CLARA
¿Qué dices?
BENITA
Nada.
1620

(Se va.)

Escena X

CLARA.

¿Qué quiere dar a entender?
¡Y qué tono, y qué bravatas!
¡Una chica tan humilde,
tan dócil; que nunca alzaba
los ojos del suelo! Vamos,
1625
no hay duda: ese buena maula
de Ramón la ha levantado
de cascos: seguro. -Vaya,
que Luis me hace conocer
una gentecita... -Y gracias
1630
que él no vuelva...

(Se sienta.)

Esos pendientes
me hacen cavilar... ¿Qué aguarda,
si son para mí? Por fuerza,
para mí son: él no trata
persona a quien deba hacer
1635
ese obsequio... y si se hallara
en necesidad de hacerlo,
me lo diría... Es extraña
su conducta. Y hoy... es cierto
lo que decía mi hermana,
1640
está distraído. -Dios
quiera que con la llegada
de ese calavera... Acaso
saldrían juntos, y... (Se levanta.) -Vaya,
estos maridos, no hay duda,
1645
ofrecen muchas ventajas,
pero también es verdad
que a la menor circunstancia
ya está una mujer temblando
que vuelvan a las andadas.
1650
¡Dios mío!, ¿qué haría yo
para averiguar?...
Escena XI

CLARA, DON JUAN, RAMÓN.

(DON JUAN y RAMÓN asoman por el foro hablando, sin que al pronto los sienta CLARA, que está sumergida en sus cavilaciones.)

JUAN
Me basta.
¿Y ella quién es?
RAMÓN
Aún no estoy
seguro...
JUAN
¿Y dices que Clara
le registra?...
RAMÓN
Sí, señor.
1655
JUAN
El campo es mío. -Pues anda;
y no olvides el toser...
RAMÓN
Descuide usted. -Esto marcha.
Escena XII

CLARA, DON JUAN.

JUAN
Si ofendida, con razón,
por aquel pasado lance,
1660
me permite usted que alcance
un generoso perdón...
CLARA
(¡Este lo debe saber!)
JUAN
Sirva de merecimiento
este mismo atrevimiento,
1665
que da, señora, a entender
el ansia con que lo imploro.
CLARA
Algo es ya, señor don Juan,
que usted confiese el desmán
que hizo agravio a mi decoro.
1670
JUAN
Pues bien: a esas plantas puesto,
ya que humilde he confesado...
CLARA
No, no es justo a tal pecado
dar la absolución tan presto.
JUAN
¡Señora! -Cuando contrito
1675
el penitente se postra
y la humillación arrostra
de confesar su delito,
¿no alcanza siempre merced
cuantas veces llega allí?
1680
Pues si Dios perdona así,
¿no ha de perdonar usted?
CLARA
Al perdón que Dios envía
va unida una penitencia.
JUAN
Ya espero con impaciencia
1685
que usted me imponga la mía.
CLARA
¡Muy grande tiene que ser!
JUAN
No ha de parecerme grande.
A menos que usted me mande
no volverla más a ver.
1690
CLARA
(¡Hola! Este viene con plan.)
JUAN
Fuera precepto inhumano...
CLARA
No se canse usted en vano:
no es esa, señor don Juan.
JUAN
¡Oh placer! -Si la sentencia
1695
no es esa, ninguna habrá
que me cueste...
CLARA
Basta ya:
oiga usted la penitencia.
JUAN
Pronuncie usted.
CLARA
Que en la vida,
sin una prueba formal,
1700
vuelva usted a pensar mal
de toda mujer nacida.
JUAN
¡Señora!...
CLARA
Y pues hizo Dios
que un sexo de otro dependa,
sea usted noble y defienda
1705
al más débil de los dos.
JUAN
¿A eso se reduce?
CLARA
Sí.
JUAN
Pues, señora, eso no es pena.
CLARA
¿Por qué?
JUAN
Porque me condena
a ser lo que siempre fui.
1710
CLARA
¿Siempre fue usted?...
JUAN
Sí, señora:
el más ciego defensor
de ese sexo encantador,
tan calumniado hasta ahora.
CLARA
¡Vea usted! -Pues a juzgar
1715
por el lance...
JUAN
El lance de hoy
es la prueba de que soy
quien se ha llegado a formar
concepto tan elevado
de las mujeres...
CLARA
No entiendo
1720
de qué modo...
JUAN
Conociendo
a Luis, y viendo a su lado
una mujer... Digo mal:
perdone usted mi franqueza:
un prodigio de belleza.
1725
No pensé que a rostro tal
se uniese una alma tan pura;
porque, cuando así acontece,
¿qué hombre, y menos Luis, merece
gozar de tanta ventura?
1730
CLARA
La defensa es ingeniosa;
y ciertamente debía
por tanta galantería
manifestarme orgullosa;
pero yo en esta ocasión
1735
ni la admito ni la creo.
JUAN
¿Por qué?
CLARA
Porque en ella veo
que es todo exageración.
Usted quizá no ha advertido
que hace, al disculparse así,
1740
una adulación a mí
y una ofensa a mi marido.
Ni yo soy ese portento
celestial que usted pondera,
ni tampoco, aunque lo fuera,
1745
creo yo que hay fundamento
para poder afirmar
que el pobre Luis no merece...
JUAN
Quizá...
CLARA
Digo... me parece...
(Éste me lo va a contar.)
1750
JUAN
Pues ni adulo, ni exagero;
y usted muy pronto verá
que mi defecto es quizá
ser demasiado sincero.
CLARA
¡Así me gusta a mí un hombre!
1755
JUAN
¿Le gusta a usted?
CLARA
Para amigo.
JUAN
¡Ah! Si yo de usted consigo
merecer sólo ese nombre...
CLARA
Poco a poco, caballero.
Usted me ha llamado diosa,
1760
y una amistad tan preciosa
no se gana así: primero
haga usted méritos.
JUAN
Sí:
con la amistad me contento;
aunque es otro sentimiento
1765
el que hay escondido aquí.
CLARA
Para amiga soy muy buena.
JUAN
¡Paciencia, ya que el destino
no me deja otro camino
que envidiar la dicha ajena!
1770
CLARA
No es la dicha ciertamente
para que así satisfaga.
JUAN
¡Ay! Es dicha que no paga
el que su precio no siente.
CLARA
Pues qué, Luis...
JUAN
Si la fortuna
1775
me hubiera hecho poseer
tan peregrina mujer,
no miraría a ninguna...
CLARA
Pues qué, Luis...
JUAN
Usted sería
la reina de mis amores.
1780
CLARA
(¡Dale con echarme flores!)
Pues Luis...
JUAN
¿Qué mujer podría
distraerme un solo instante
del solo objeto querido?...
CLARA
Pues Luis...
JUAN
Luis... es un marido;
1785
y yo sería un amante.
CLARA
Pero es un marido fiel.
JUAN
¡Oh!, sí. -Delante de gente
no querrá seguramente
que haga usted un mal papel.
1790
CLARA
¿Cómo? Pues qué... porque ignoro
la ofensa, ¿ya no hay ofensa?
¿Así en el mundo se piensa?
JUAN
Quedando a salvo el decoro...
CLARA
Pues qué, ¿es justicia, es razón
1795
que el marido nos provoque,
y si faltamos, invoque
las leyes de la opinión?
¡La opinión, con ellos blanda,
con nosotras siempre dura!
1800
Yo me exalto... ¡Qué locura!...
Esto es tomar la demanda...
por mi sexo... en general...
JUAN
Ya entiendo.
CLARA
Lo que es a mí,
gracias a Dios, hasta aquí...
1805
Pero nunca vendrá mal
que usted me diga... Hace ya
tiempo que usted no le ve,
pero como siempre fue
su íntimo amigo, y quizá...
1810
JUAN
(¡Bien! ¡Ya la veo venir!)
CLARA
Le guarda el mismo interés...
JUAN
Somos uña y carne...
CLARA
¡Pues!...
Y usted me podrá decir...
Yo sé que Luis, hasta el día
1815
en que me empezó a tratar,
no ha hecho más que enamorar
a cuanta mujer veía.
Y ahora... no porque me espante,
ni eso a mí me llegue al alma...
1820
¡Jesús!... ¡Tengo yo una calma!...
¡Soy mujer muy tolerante!
Pero usted lo sabe, él tiene
esa fatal propensión;
y una mujer de razón,
1825
si está advertida, previene
esas cosas, y aun las corta...
o al menos tiene el placer
de hacerle al marido ver
que lo sabe y no le importa.
1830
Conque, hable usted: es forzoso:
como amigo, desde ahora...
JUAN
¡Aún no he ganado, señora,
ese título precioso!
CLARA
Es verdad; mas de este modo...
1835
JUAN
¿Qué méritos he hecho yo
para conseguir?... No, no:
en usted es bondad todo.
CLARA
Bien: mas cuando yo me digno
anticipar...
JUAN
No lo acepto.
1840
Usted me impuso un precepto:
fue muy justo: me resigno.
CLARA
Suele una al pronto creer...
pero si después advierte...
JUAN
¡Bondad, bondad!... De otra suerte,
1845
¿cómo pudiera yo ser
elevado a tanta altura,
al colmo de mi esperanza,
a la íntima confianza
de tan perfecta hermosura?
1850
CLARA
Pues eso le empeña a usted...
(¡Qué terco!)
JUAN
(¡Bien va el asedio!)
CLARA
A ganar...
JUAN
(La tengo en medio
de la espada y la pared.)
Yo la ganaré, lo juro;
1855
que tengo constancia y fe:
yo algún día ganaré
la amistad de un ser tan puro.
No me arredra el tiempo, no.
CLARA
Algunos logran más presto...
1860
Hay simpatías...
JUAN
¿Qué es esto?
¿Qué ha dicho usted?... ¡Sueño yo!
CLARA
Nada... Que si usted me aclara...
JUAN
¡Es posible, oh Dios! -Yo he sido
tan feliz, que he conseguido
1865
en un día, hermosa Clara,
el afecto, la amistad,
el cariño...
CLARA
Poco a poco...
que no he dicho...
JUAN
¡Yo estoy loco
de gozo... y de vanidad!
1870
CLARA
Amiga, sí...
JUAN
¡Tierna amiga,
y yo un amigo sincero!
CLARA
Bien; pero la prueba espero;
y ha de ser que usted me diga...
JUAN
Cuanto se encierra en mi pecho.
1875
Ya no hay nada oculto aquí
para usted. -¿Y usted a mí
me concederá el derecho
de exigir que entre los dos
no haya secretos?...
CLARA
(¡Me quema!)
1880
Bien, sí... basta. -Pero...
JUAN
(Al tema.)
CLARA
Lo que urge...

(RAMÓN aparece a la puerta del foro, y tose.)

JUAN
(¡Maldita tos!)
¡Silencio! Es él.

(Con tono de inteligencia marcada.)

CLARA

(Sorprendida del tono de DON JUAN.)

¿Quién?
JUAN
Luis.
CLARA
¿Sí?
¿Pues cómo?...
JUAN
Ramón...
CLARA
(¡Qué escucho!)
JUAN
Él nos avisa: ¡es muy ducho!
1885
CLARA
(¡Cielos! ¡Yo no estoy en mí!)
JUAN

(La indica una silla, donde ella maquinalmente se sienta, y la pone un libro en la mano, que ella toma del mismo modo.)

¡Disimulo! -Ya tendremos
ocasión. -Si usted me ayuda,
le haremos irse, no hay duda.
¡Y usted sabrá!... -Ya hablaremos.
1890
CLARA
(¡Dios mío! ¡Esto es una cita!
¡Y yo le he dado derecho!...
Estoy turbada. -¡Qué he hecho!...
¡La curiosidad maldita!...)
JUAN
(El asunto va vencido.
1895
Ya entre los dos al presente
hay un secreto pendiente,
que ella oculta a su marido.)
Escena XIII

DICHOS, DON LUIS, ANTOÑITO.

LUIS

(a ANTOÑITO.)

Entre usted. -¡Hola, Juan! ¿Tú
por esta casa?
JUAN

(Atestiguando con CLARA.)

Ahora mismo...
1900
CLARA
Sí.
LUIS

(a CLARA.)

Aquí tienes... (¡qué encarnada
se ha puesto!) a un amigo antiguo...
CLARA
¿Quién es?
LUIS

(A ANTOÑITO, que está retirado.)

Acérquese usted.

(DON LUIS se coloca entre CLARA y ANTOÑITO, y observa a los dos.)

ANTONIO
Yo, señora...
CLARA
¡Hola, Antoñito!
LUIS
(¡Qué frialdad!)
CLARA
Celebro mucho...
1905
ANTONIO
Gracias.
JUAN
(¿Quién será este chico?)
ANTONIO
(¡Qué gesto! -¡Bien lo temí!
La hermana es el enemigo
mayor que tengo.) -Señora...
este caballero quiso
1910
con tanto empeño traerme...
¿No es verdad?, que yo he cedido...
LUIS
(Aún querrá que le agradezca...)
CLARA
Ha hecho bien.
LUIS
Siento infinito
que desde mi casamiento
1915
no hayamos nunca tenido
el gusto de hallar a usted...
ANTONIO
A esta señora la he visto
alguna vez...
LUIS
¡Ya!
CLARA

(En tono de burla.)

De lejos.
LUIS
(¡Disculpa al canto!)
JUAN
(¡Era amigo
1920
de la casa!)
LUIS
Pues señor,
desde hoy puede usted, lo mismo
que allá, visitar a Clara
cuando guste. -Ya me ha dicho
que es usted un joven franco,
1925
amable...
ANTONIO
¿De veras?
LUIS
Digno
de estimación...
CLARA
Sí: me debe
tal concepto.
ANTONIO
Yo lo estimo,
señora, y le juro a usted
que a nada en el mundo aspiro
1930
tanto como a merecer
que forme usted ese juicio
de mí. -(Bien: por la peana
se adora al santo.)
LUIS
(Es muy niño
para fingir. -Por Emilia
1935
ni siquiera le ha ocurrido
preguntar.)
CLARA
Ya debe usted
saber que desde el principio,
tanto Emilia como yo...
LUIS
(¡Qué tal! -Ella abre el camino
1940
para que mienta.)
ANTONIO
¡Ah, sí! Emilia...
Es verdad... le he merecido...
pero usted, señora, usted...
LUIS
(No disimula: es novicio.)
Tiene usted razón: aquí
1945
la persona que es preciso
adorar es esta alhaja.
Esto no es mujer, amigo:
esto es un ángel, un ángel
que del cielo ha descendido
1950
a hacer feliz a este pobre
mortal. ¿No es cierto, bien mío?...

(Abrazando cariñosamente a CLARA.)

(Que rabie... como rabiaba
yo siempre que aquel marido
hacía fiestas a Rosa.)
1955
CLARA
Vamos, Luis, vamos: quietito:
no seas pesado.

(Desasiéndose con sequedad.)

LUIS
(¡Es claro!
Delante de él... -¡Otro indicio!)
¡Qué es eso! ¿Estás triste?
CLARA
¡Hola!
Ahora es cuando yo te digo
1960
como antes tú me dijiste:
Luis, ¿qué acceso de cariño
es este?
LUIS
¿Pues no estoy siempre
del mismo modo contigo?
Tú estás hoy... No sé qué tienes...
1965
¡Ah! Ya caigo. -Juan, ¿le has dicho
a Clara?... ¿Has pedido ya
perdón?...
JUAN
Venía a pedirlo;
pero, a pesar de mis ruegos,
aún no había conseguido
1970
aplacar su justo enojo,
cuando llegaste, y...
LUIS
Pues, hijo,
a ver cómo te compones.
Si no te indulta...
JUAN
Yo abrigo
la lisonjera esperanza
1975
de que así que me haya oído
todo lo que iba a decir
cuando vino a interrumpirnos
tu llegada, lograré
el perdón que solicito.
1980
CLARA
Si usted lo cumple...
JUAN
Señora,
ya vio usted que iba a decirlo...
LUIS
Pues vamos, empieza; y yo
seré juez.
JUAN
No: ahora...
LUIS
¿Has visto
la humildad con que lo pide?
1985
¡Vamos, Clarita! Yo fío
en que por mi intercesión...
Ven acá, Juan. -Antoñito,
venga usted a presenciar...
(¡Voy a darle otro martirio!)
1990
Ea, en muestra de perdón,
dale la mano.
CLARA
¡Luis!
JUAN
(Fijos
son los toros.)

(Alargando la suya con humildad.)

LUIS
Te lo ruego.
CLARA
¡Pero, hombre!...
ANTONIO
(¡Pues el marido
es más amable!)
LUIS
¡Clarita!
1995
¡Vamos!...
CLARA

(Le da la mano.)

(¡Todos son lo mismo!)
LUIS
¡Eso es!
CLARA
(¡El hombre de mundo!)
LUIS
(¡Lo que ella se ha resistido!)
JUAN

(ap. a CLARA.)

(¡Este momento señora!...)
CLARA

(ap. a DON JUAN.)

(¡Calle usted!)
LUIS

(a ANTOÑITO.)

Ya son amigos:
2000
¿lo está usted viendo? -(¡Si Juan
supiera que me ha servido
de instrumento!...)
ANTONIO
¡Oh! En viendo hacer
unas paces, me electrizo.
CLARA
Pero Emilia, ¿dónde está?
2005

(A DON LUIS.)

Dile que venga: Antoñito
querrá verla.
ANTONIO
Sí, señora.
LUIS

(llamando.)

¡Emilia! -(Si me desvío
de aquí, le da la sortija
en mis barbas, como hizo
2010
aquella...)
Escena XIV

DICHOS, EMILIA.

EMILIA

(Se sorprende viendo gente extraña.)

¿Llamas?... -¡Ay Dios!...
CLARA
Ven; que hay aquí un conocido.
¿No te acuerdas?
EMILIA

(Se saludan con empacho.)

Sí... El señor...
ANTONIO
Señorita... yo... (¡Ay!, ¡qué brincos
me da el corazón!)

(EMILIA haca señas a ANTOÑITO de que no la mire y hable con CLARA.)

LUIS
(¡Albricias!
2015
Que ha mostrado regocijo
al verla. -¿Si habré yo estado
sospechando sin motivo?...)
EMILIA

(a CLARA.)

(¡No me entiende! -Háblale tú.)
ANTONIO
(Me hace señas. -No adivino...)
2020
LUIS
(¡Pobre Clara!)

(DON LUIS, como arrepentido de sus sospechas, va a acariciar a CLARA, la cual le rechaza.)

CLARA
Quita, quita.

(A ANTOÑITO.)

Conque, ¿sepamos qué ha sido
de usted en todo este tiempo?

(CLARA y ANTOÑITO hablan. DON LUIS empieza a escamarse de nuevo.)

ANTONIO
Señora, yo...
JUAN
(Si consigo
despertar en Luis sospechas
2025
por otro lado, me libro
de que las conciba acaso
de mí. -Con este chiquillo
que la visitaba, y tiene
facha...)

(CLARA se acerca a ANTOÑITO, se sientan y siguen hablando. -EMILIA se sienta más distante y afecta no atender a nada. -DON JUAN toma a DON LUIS del brazo y se pasea con él. ANTOÑITO, en la escena muda, se vuelve alguna vez a hablar a EMILIA; pero ésta lo evita siempre, haciéndole señas de que hable con su hermana.)

ANTONIO
No tengo más vicio.
2030
Eso sí, todas las noches
al teatro.
CLARA
No ha perdido
usted aquella afición...
JUAN
Di: ¿quién es ese mocito?
LUIS
¿Ése?... Un joven... que iba a casa
2035
de Clara.
JUAN
Parece listo.
LUIS
¡Hombre, no!
JUAN
Sí tal. Así,
con ese aire de doctrino,
se le conoce...
LUIS
¿De veras?
JUAN
Ya sabes que yo los pillo
2040
al vuelo.
LUIS
Es verdad... Lo que es
socarrón...
JUAN
¡Vaya! Ese niño...
Le he estado observando...
LUIS
¿Y qué?
JUAN
Con el tiempo...
LUIS

(recordando.)

¡Ah!, si es el mismo
de quien te hablé esta mañana.
2045
JUAN
¿Cuál?
LUIS
El que anda haciendo guiños...
JUAN
¿A quién?
LUIS
¿Cómo a quién? A Emilia.
JUAN
¿Sí? -Nunca lo hubiera dicho.
LUIS
¿Por qué no?
JUAN
¿Tú estás seguro?
LUIS
Yo... seguro... sí.
JUAN
Te digo
2050
que no puede ser.
LUIS
¿Por qué?
JUAN
Porque eso a un hombre corrido
como yo no se le escapa.
Y me alegro; porque, chico,
la verdad... estoy haciendo
2055
reflexiones... y me inclino
a tu cuñadita. -Al fin,
con todos mis aforismos,
creo que caigo. ¡Hay en ella
una gracia, un atractivo!...
2060
Y sería chasco... -Pero
no: si desde que ha salido
no he dejado de mirarla...
LUIS
¿Y a él?
JUAN
También. -Nada; ni indicios
siquiera... Me impongo yo
2065
con una mirada... Y digo,
¡a esa edad! -Vamos, lo que es
entre Emilia y él... de fijo,
no hay nada.
LUIS
Entre Emilia y él
crees tú que no...
EMILIA
(¡Qué fastidio!
2070
No se van.)
LUIS
(¡Será posible!
Y como Juan está frío,
observa con más acierto
que yo... -No hay mayor martirio
que la duda. -En el café,
2075
cuando los dos nos pusimos
a beber, me pareció
notar entre los amigos
risitas y cuchicheos...
¡Dios mío! ¿Estaré en ridículo?
2080
¿Iré yo por esas calles
como iba el pobre marido
de Rosita?...)

(Un reloj de sobremesa da las ocho.)

EMILIA
Son las ocho.
ANTONIO
¿Sí? Pues lo que es hoy, prescindo
del teatro, por el gusto...
2085
Esto es, si no han decidido
ustedes salir...
CLARA
No tal:
nosotras nunca salimos
de noche. Quien va al teatro
diariamente es mi marido.
2090
ANTONIO
Pues ya es hora. -Y hoy estrenan
un drama...
LUIS
Sí: ya lo he visto
anunciado. Y siento mucho
perderlo. Por un descuido
de Ramón... Fue tarde, y ya
2095
no halló billetes...
EMILIA
(¡Dios mío!)
ANTONIO
No lo deje usted por eso:
justamente... en el bolsillo
traigo mi luneta...

(Saca un billete, y se lo ofrece.)

LUIS
No
se prive usted...
ANTONIO
No me privo
2100
de nada... No piense usted
que hago ningún sacrificio.
LUIS
(Lo creo.)
ANTONIO
Tómela usted.
Yo no he de ir. Determino
pasar la noche en la amable
2105
compañía...
LUIS
(¡Pues no es pillo
que digamos!)
ANTONIO
Tome usted.
LUIS
Ya es tarde...
ANTONIO
No: si al principio
hay sinfonía... ¡Es un drama
precioso! -Yo le he leído.
2110
No lo pierda usted. Es obra
de un muchacho amigo mío.
Tiene doce cuadros.
LUIS
(¡Sopla!)
ANTONIO
¡Y qué versos tan bonitos!...
JUAN
¡Oh!, pues no debes perderlo.
2115
LUIS
Si ya...
JUAN
Llegas en dos brincos:
está aquí al lado.
CLARA
Sí, Luis.
Vete. ¿Qué has de hacer metido
en casa?...
LUIS
(¡Estoy sofocado!)
JUAN
¡Anda, hombre!...

(Le da el sombrero.)

CLARA
Anda.
LUIS
(¡No hay arbitrio!)
2120
ANTONIO

(Le pone la luneta en la mano.)

Vaya usted.
LUIS
(¡Irme yo ahora...
y echado por Antoñito!)
JUAN

(ap. a DON LUIS.)

Vete: que quiero entablar
con Emilia...
LUIS
Pues te exijo
que hasta que vuelva has de estarte
2125
aquí.
JUAN
Si me dan permiso
estas señoras...
EMILIA
(¡Adiós!)
CLARA

(con empacho.)

Bien.
LUIS
(¡La incomoda el testigo!)
Sí: acompaña a mi mujer.
(Estando Juan, no hay peligro.)
2130
JUAN
Pierde cuidado.
LUIS
Ea, pues;
hasta luego.
CLARA
(¡Es mucho tino!)
ANTONIO
Que usted se divierta.
LUIS
Gracias.

(A DON JUAN.)

Háblala de lo que has visto
en Francia... En fin, entretenla.
2135

(Se va.)

JUAN
Bien. -(¡Cómo allana el camino
cuando a sí propio se pone
en ridículo un marido!)
Escena XV

DON JUAN, CLARA, ANTOÑITO, EMILIA.

CLARA

(a ANTOÑITO.)

¿Y usted se priva de ver
esa comedia?...
JUAN
Quizá,
2140
señora, no faltará
quien lo sepa agradecer.
EMILIA
(Ya lo conoció.)
CLARA

(Se levanta y se acerca a un velador que hay en el otro extremo del teatro. allí se pone a hojear un libro.)

(Está visto:
Luis se lo confía todo.)
JUAN

(a ANTOÑITO.)

¡Oh! ¡Y usted lo ha hecho de un modo!...
2145
Bien: con arte. -¡Es usted listo!
ANTONIO
¿Usted sabe?...

(Va a levantarse.)

JUAN

(Haciéndole sentarse.)

Quieto, quieto.
Me declaro protector
de tan inocente amor.
Yo sé guardar un secreto.
2150

(A EMILIA.)

¿Y estos méritos, señora,
bastan a que usted perdone
aquella ofensa?...
CLARA
(¡Se pone
a hablar con Emilia ahora!)
EMILIA
¿Y usted de dónde ha sacado?...
2155
JUAN
¿El amor sabe ocultarse?...
Pueden ustedes hablarse
sin tener ningún cuidado,
mientras yo entretengo a Clara.
Gozad, felices amantes;
2160
disfrutad de estos instantes
que la fortuna os depara.
(¡Qué bonita!)
CLARA
(¡Se extasía
con ella! -¡Estoy impaciente!)
JUAN
Y si acaso viene gente,
2165
yo aviso: usted se desvía
y obedece al menor gesto...
Déjese usted gobernar,
joven incauto.
CLARA
(¡Qué hablar!)
¿Señor don Juan?
JUAN
(Bueno es esto:
2170
que me llama.)
CLARA
Usted que ha estado
en París... ¿es tan hermosa
la Magdalena famosa,
como muestra este grabado?
JUAN
Sí, señora: exactamente.
2175
¡Hola!, ¡vistas de París!

(Se sienta al lado de CLARA, y siguen hablando.)

EMILIA
¡Se lo va a contar a Luis!
ANTONIO
No importa: que se lo cuente.
¡Yo no puedo resolverme
a vivir de esta manera!
2180
El que espera desespera.
EMILIA
¿Te cansas ya de quererme?
ANTONIO
¿De quererte, vida mía?
¡Eso, jamás! -Pero sí
de no pasar junto a ti
2185
todas las horas del día.
Esto no es vida: ¡esto es muerte!
En fin, decidido estoy:
si me amas, desde hoy
une tu suerte a mi suerte.
2190
EMILIA
¿Qué dices?
ANTONIO
¡Prenda adorada!
Amor en el mundo es todo:
y amándonos de este modo,
¿qué necesitamos? Nada.
Seis años llevo: a los siete
2195
soy abogado: hasta allá...
viviremos... ¡Dios dirá!
Y en abriendo mi bufete...
EMILIA
Vamos, vamos: ten paciencia...
ANTONIO
¡Qué!, ¿no te resuelves?
EMILIA
No.
2200
ANTONIO
¡No amas tú como amo yo!...
¡No amas con esta vehemencia!..
EMILIA
Más que tú. Y porque amo así,
no quiero dar este paso,
y que luego llegue el caso
2205
de verte infeliz por mí.
Yo te amo sin interés;
por amarte... -Disfrutemos
esta dicha; y no pensemos
en lo que será después.
2210
Cuando esté aquí mi cuñado,
o no me mires, o vete.
ANTONIO
¿Por qué?
EMILIA
Porque no interprete,
de ese modo depravado
que suele, este puro amor
2215
que él no conoce.
ANTONIO
¡Es tormento!
¡Nos vemos sólo un momento
y ha de haber siempre un temor!
EMILIA
¿Y qué remedio? Es en vano

(Saca la sortija.)

desesperarse. -Oye aquí.
2220
Para que pienses en mí...
¿Miran?
ANTONIO
No.
EMILIA

(Le pone la sortija.)

Dame la mano.
En los momentos de ausencia
consuélate con mirarla.
ANTONIO
¡Ah! Te juro conservarla
2225

(Besándola.)

mientras dure mi existencia.

(Siguen hablando.)

CLARA

(a DON JUAN.)

Pero todo eso es muy vago.
JUAN
¿Y qué quiere usted que diga?
CLARA
Lo que se dice a una amiga:
si no, no me satisfago.
2230
Luis se lo ha contado a usted.
JUAN
Y qué amigo es el que abusa...
CLARA
¡Bien! ¡Muy bien!... ¿Usted se excusa?
JUAN
(Voy a tenderla una red.)
¡Ay, ese enojo inhumano
2235
me aterra, me desconcierta!...
Hará usted que me convierta
en el hombre más villano...
CLARA
No señor, de ningún modo.
JUAN
Bien: lo seré, lo seré.
2240
Su secreto venderé.
CLARA
No.
JUAN
Sí: sépalo usted todo.
La engaña a usted.
CLARA

(se levanta.)

¡Ay! -¿De veras?
¿Es de veras?
JUAN
¡Sí, señora!
¿Quiere usted pillarlo ahora?
2245
CLARA
¡Cómo! ¿Ahora?...
JUAN
A las primeras
horas de la noche, sé
que se ven en cierto puesto.
Una mantilla... un pretexto...
y yo la acompaño a usted.
2250
CLARA
Y ella, ¿quién es?
JUAN
(¿Qué le digo?)
CLARA
¡Pronto!
JUAN
(Salgamos del paso
con cualquier embuste: el caso
es que se venga conmigo.)
Va usted a saberlo ahora.
2255
CLARA
¿Quién es?
JUAN
Es...
CLARA
(Me desespera.)
JUAN
¡Quien no merece siquiera
descalzar a usted, señora!
CLARA
¡Eso más!
JUAN
¡Mujer liviana!...
Vamos pronto.
CLARA
Sí.
JUAN
(¡He vencido!)
2260

(RAMÓN se asoma al foro y tose.)

CLARA
¡Cielos!
JUAN
¡Él es!
CLARA
¡Mi marido!
JUAN
Disimule usted. Mañana...

(En voz alta, mirando el libro.)

¡Qué hermosa vista! -¿Antoñito?
ANTONIO
¿Mande usted?
JUAN
Venga usted presto.
¡Mire usted!... ¡Mire usted esto!
2265
¡Qué estampa! -(Aquí quietecito.)
ANTONIO

(Queda al lado de CLARA, mirando las estampas.)

¡Qué hermosa!
CLARA
(¡A qué volverá!)
JUAN

(Se sienta al lado de EMILIA.)

¿Qué tal? ¿Cumplo lo que ofrezco?
Si en recompensa merezco
que usted...
Escena XVI

DICHOS, DON LUIS.

(DON LUIS, al asomar por el foro, se detiene, ve a ANTOÑITO al lado de CLARA, y en un arranque de cólera tira el sombrero al suelo.)

LUIS
(¡A su lado está!)
2270
CLARA, EMILIA, ANTONIO
¡Ay!
CLARA
¿Qué tienes?
JUAN
¿Qué te ha dado?
CLARA
¿Vienes malo?
LUIS
Sí.
CLARA
¿De qué?
LUIS
De...
CLARA

(Le pone una silla.)

Siéntate.
LUIS
Yo no sé.
ANTONIO
Yo sé lo que le ha pasado.
LUIS
¡Oiga!
CLARA
(¡Será con la dama!)
2275
ANTONIO
¿A que sí?
JUAN
(Bien va el proyecto.)
ANTONIO
¡Le ha hecho demasiado efecto
el primer acto del drama!
LUIS
(¿Se está burlando de mí?)
ANTONIO
Es tremenda aquella escena
2280
en que el amante envenena...
JUAN
¡Hombre! Pues si empieza así...
CLARA

(con ironía.)

Quizá el calor...
LUIS
Sí.
CLARA
Se irrita
la sangre...
LUIS
Sí.
CLARA
Y la cabeza...
LUIS

(Mirándola, escamado.)

Sí.
CLARA
¡Pobre!, ¡me da tristeza!
2285
LUIS

(A CLARA, levantándose.)

¡No me hagas caricias!... ¡Quita!
CLARA
(¡Ay, es verdad!... ¡Viene ciego!
Disimulemos.) -Señores...
JUAN

(Toman los sombreros.)

Sí: vámonos. -Son vapores...
CLARA

(llama.)

Una luz. -Con el sosiego...
2290
ANTONIO
Que usted se alivie.
LUIS
Agradezco...
(A ver si tiene...) ¿Antoñito?
ANTONIO
¿Mande usted?
LUIS

(Alargándole la mano.)

Nada: repito
que esta casa...
ANTONIO

(Haciendo cortesías.)

Y yo me ofrezco...
CLARA
¡No hay hombre que se corrija!
2295
LUIS
Esa mano.
ANTONIO

(Le da la mano.)

Yo deseo...
Escena XVII

DICHOS, BENITA, con una luz.

BENITA
¿Señora?
CLARA
Alumbra... (¡Qué veo!...
¡Los pendientes!...)
LUIS
(¡La sortija!)

(DON LUIS y CLARA se lanzan una mirada de indignación. -DON JUAN y ANTOÑITO se despiden haciendo cortesías. -Cae el telón.)

La misma decoración del acto primero.

Escena I

EMILIA.

(Está sentada al velador, escribiendo.)

«Mi hermana ha salido a misa:
vete hacia San Sebastián:
2300
te haces el encontradizo,
y la acompañas acá.
Nos veremos un instante
con alguna libertad;
porque también mi cuñado
2305
ha salido, y no vendrá
hasta cosa de las once,
que es la hora de almorzar.»

(Doblando el papel en muchos dobleces.)

No dirá que no aprovecho
las ocasiones. -Si está,
2310
como acostumbra, esperando
que me asome, en el umbral
del tirolés, se la echo
por el balcón. -Voy allá.

(Éntrase por la izquierda.)

Escena II

DON LUIS, RAMÓN.

(Salen por el foro. -DON LUIS con capa y embozado, con el sombrero muy calado y como recatándose. -Mientras habla, da la capa y el sombrero a RAMÓN, el cual los lleva dentro y vuelve luego a salir.)

LUIS
No hay duda: a la iglesia iba:
2315
allí la dejo. Y por más
que he mirado dentro y fuera,
yo no he visto al perillán
por allí. -Me vuelvo a casa,
porque ya se va a acabar
2320
la misa, y no quiero que ella
sospeche que he ido detrás.
Allí queda de rodillas,
sin moverse, sin mirar
a ningún lado. -¡Dios mío!
2325
¿Seré yo tan animal
que me esté martirizando
sin fundamento? -¡Bah!, ¡bah!
¿No he visto yo la sortija?
¿No la estoy viendo imitar
2330
en todo aquellas astucias
de que fui cómplice allá
en otro tiempo... y que tengo
tan presentes, por mi mal?
Vive dios, que estoy pagando
2335
todo lo que he hecho pasar
a otros maridos. Parece
castigo providencial
el mío. -Aquellos recuerdos
siempre me han de atormentar.
2340
¡Cosa es de volverse loco!...

(Sale RAMÓN.)

¿Ramón?
RAMÓN
¿Señor?
LUIS
Ven acá.
Vamos, dime: ¿has hecho aquello?
RAMÓN
¿Pues no ha visto usted brillar
en sus orejas?...
LUIS
Y vamos,
2345
ya viste anoche al galán,
que vino aquí de visita.
RAMÓN
¿A quién?
LUIS
A Antoñito.
RAMÓN
¡Ah!
LUIS
Emilia, estando yo aquí,
disimula... es natural.
2350
RAMÓN
(¡Qué rodeos! ¿A que piensa
que yo se lo he de contar
a su mujer?)
LUIS
Conque, dime,
dime: ¿has sonsacado ya
a Benita?
RAMÓN
¡Sí, señor!
2355
Escena III

DICHOS, EMILIA.

(EMILIA sale muy alegre, y se queda cortada al ver a DON LUIS.)

EMILIA
Ya va el pobrecillo... -¡Ay!
(Ya está aquí. -¡Qué pronto ha vuelto!
Se descompuso mi plan.)
LUIS
Hola, Emilia. -(Mientras llega
Clara, quiero aprovechar...)
2360
EMILIA
(Si no ha doblado la esquina,
le haré señas...)

(Yéndose.)

LUIS
¿Dónde vas?
Ven aquí, querida Emilia.
EMILIA
Iba...
LUIS
Tenemos que hablar.
EMILIA
(¡Ay, dios mío!)
LUIS

(ap. a RAMÓN.)

Vete ahora...
2365
RAMÓN

(con malicia.)

¡Ya estoy!
LUIS
Luego me dirás...
RAMÓN
(Cuanto más tarde lo sepa...)
LUIS
Ponte al balcón...
RAMÓN
¡Voy allá!
LUIS
Oye: y en viendo que llega
la señora, sin tardar
2370
me avisas. -¡Cuidado!
RAMÓN
¡Estoy!
(¡Pues!, lo dije. Anda detrás
de la cuñada. En sabiendo
que Antoñito es su rival...)
Escena IV

DON LUIS, EMILIA.

LUIS

(Mirando el reloj.)

(Ya no puede tardar Clara.)
2375
Conque, Emilia, la verdad:
¿qué tal te fue anoche?
EMILIA
¿Anoche?
LUIS
Dime: ¿estuvieron en paz
los rivales?
EMILIA
¿Qué rivales?
LUIS
¡Vamos!... Antoñito y Juan.
2380
¿Quién ganó la palma?
EMILIA
Nadie.
LUIS
¡Vamos, ten franqueza!
EMILIA
¡Hay tal
cosa! ¿No digo que nadie?
LUIS
Si Juan me ha dicho que está
muerto por ti.
EMILIA
(Con mentira
2385
quiere sacar la verdad.
¡Ya está fresco!)
LUIS
¿No se estuvo
a tu lado, sin cesar
de hablarte en toda la noche?
EMILIA
Sí.
LUIS
¿Sí? -¿Conque sí?
EMILIA
Sí tal.
2390
(El quiere engañarme, y yo
soy la que le va a engañar.)
LUIS
Pues... ¡Y Antoñito estaría
ciego... dado a Barrabás!
EMILIA
¡Qué disparate!
LUIS
¿Pues cómo?
2395
EMILIA
Hombre, ¿no te he dicho ya
que a mí ni Antonio ni nadie
se me ha acercado jamás
a hablarme de amor? -¡Es mucho
empeño de sospechar!...
2400
LUIS
¿Conque no? Pues yo le hallé
alterado... ¡es natural!
Te hacía el otro el amor...
EMILIA
¡Dale! ¡Que había de estar
alterado!... -Allí se estuvo
2405

(Señalando al velador.)

con mi hermana en santa paz...
LUIS
¿Dónde?
EMILIA
Allí... mirando estampas.
LUIS
(¡Estampas!...)
EMILIA
Pues: sin pensar
en el santo de mi nombre.
LUIS
(Cierto; yo los vi... ¡No hay más!
2410
¡Infames! ¡No cabe duda!)
EMILIA
(Me ha querido sonsacar,
pero se ha llevado chasco.)
Escena V

DICHOS, RAMÓN.

RAMÓN
¡Señor!... ¡Señor!... Ahí está.
LUIS
(¡Traidora!...)
RAMÓN
Y viene...
LUIS
¿Con quién?
2415
RAMÓN

(Con tristeza maliciosa.)

¡Con Antoñito!
LUIS
(¡Qué tal!
¡Digo!... ¡Y hace un cuarto de hora
que se ha debido acabar
la misa! -En un cuarto de hora...
-¡Bestia! Si me estoy allá,
2420
los sigo y...)
RAMÓN
(No la conquista.
El chico la gusta más.)

(Se va.)

Escena VI

DON LUIS, EMILIA, CLARA, ANTOÑITO.

(CLARA sale del brazo de ANTOÑITO, el cual trae el devocionario en la mano.)

EMILIA
(¡Pues ahí viene!)
ANTONIO
(Ya está en casa
el cuñado. ¡Voto va!)
Señorita... -Caballero...
2425
Usted me ha de perdonar...
Al salir de misa dio
la feliz casualidad
de que encontrase a Clarita;
y aunque no es hora de...
LUIS
¡Ya!
2430
ANTONIO
Como anoche quedó usted
indispuesto... mi ansiedad
por saber...
LUIS
¡Gracias!
ANTONIO
(¡Qué cara!)
LUIS
(¡Es situación infernal
la de un marido! -¡Tenerlo
2435
aquí... y no poderlo ahogar!)
ANTONIO
¿No está usted mejor?
LUIS
Sí estoy.
ANTONIO
¡Ay! Pues si eso fue no más
que con el acto primero,
si usted se queda... ¡ya, ya!
2440
LUIS
(¡Me está chuleando!)
ANTONIO
Yo fui,
y aún alcancé la mitad.
¡Qué drama! ¡Qué versos tiene!
Hay una escena al final
del cuadro décimo, toda
2445
en seguidillas, que está
versificada... ¡Pues digo!
Y cuando van a quemar
los dos herejes... marido
y mujer, y cada cual
2450
dice, al subir a la hoguera,
un soneto.
LUIS
(Este truhán
se está burlando de mí,
y yo lo voy a matar.)
CLARA
Lo que es el drama de anoche...
2455
el que le hizo tanto mal
a Luis... tiene un desenlace...
que él no espera.
LUIS
(¡Se dará
un descaro!... ¡Yo estoy ciego!
¡Yo voy a escandalizar!)
2460
ANTONIO
(Para no hablarla y ver malas
caras, me voy al portal
del tirolés, que allí al menos...
si se asoma...) En fin...

(Saludando.)

EMILIA
(Se va.)
ANTONIO
¡Señoras!... ¡Señor don Luis!...
2465
LUIS
¡Abur!... (¡Me la has de pagar!)
Escena VII

DON LUIS, CLARA, EMILIA.

LUIS
¡Qué larga ha sido la misa!
CLARA
¿Larga? -Pues yo... la verdad...
Como tú eres tan casero...
Creí que el tiempo que estás
2470
en casa... aunque yo esté fuera...
no te debía pesar.
LUIS
¿Habrás rezado?...
CLARA
No. -He ido
a una diligencia.
LUIS
¿Cuál?
CLARA
He ido a la agencia.
LUIS
¡A la agencia!
2475
CLARA
A la agencia, sí: a encargar
criada.
LUIS
¿Para qué?
CLARA
Ven,
Emilia. -Ya lo sabrás.
Escena VIII

DON LUIS.

Esto es hecho: no resisto.
¿Qué espero? ¿Qué hay que saber?
2480
Todo cuanto puede ver
un marido, yo lo he visto.
Quizá no ha echado borrón
en su honor; pero es el caso
que la que da el primer paso
2485
ya demuestra la intención.
Y en la lógica del mundo
pasa como verdadero
que la que ha dado el primero
da sin remedio el segundo.
2490
La deducción será necia;
no importa; así hay que juzgar,
y nadie puede apreciar
mujer que el mundo no aprecia.
Mato a ese hombre... ¿y qué se gana?
2495
Evitar el riesgo de hoy.
Pero viene otro; y estoy
en igual riesgo mañana.
No hay remedio: una vez ya
la confianza perdida,
2500
no se recobra en la vida.
Y pues a tiempo se está,
evitemos desde aquí,
evitemos ¡Dios piadoso!
el ridículo espantoso
2505
que va a caer sobre mí!
Pero antes de dar el paso...
¿Ramón? -No me ha de quedar
escrúpulo: he de apurar
hasta las heces el vaso.
2510
Escena IX

DON LUIS, RAMÓN.

RAMÓN
¿Señor?
LUIS
Ven acá, Ramón:
cuéntame pronto...
RAMÓN
¿Qué cosa?
LUIS
Vamos, cuenta... y poca prosa.
RAMÓN
(¡Ay, cómo está! ¡Hecho un león!)
LUIS
¿Te ha contado ya Benita?...
2515
RAMÓN
Toda su historia.
LUIS
Pues anda.
RAMÓN
Benita nació en Arganda...
LUIS
Al grano.
RAMÓN
Y desde chiquita
se la trajo esta familia,
que la quiere...
LUIS
(¡Estoy deshecho!)
2520
RAMÓN
Es el ojito derecho
de la señorita Emilia.
LUIS
¿Y Emilia en fin?...
RAMÓN
¡Es honrada!...
LUIS
Pero...
RAMÓN
Y lo que es hasta el día...
LUIS
Conque...
RAMÓN

(Con un arranque de queja.)

¡Usted no merecía
2525
que yo le dijese nada!
LUIS
¿Qué es esto?
RAMÓN
A un criado fiel
que siempre guardó en su pecho...
LUIS
¿Qué dices?
RAMÓN
Que siempre ha hecho
con usted otro papel:
2530
que no fue nunca imprudente,
ni tuvo el menor desliz
en aquel tiempo feliz
en que era su confidente,
guardarle este desengaño.
2535
¡Temer que vaya y lo charle!...
LUIS
¡Pero, hombre!...
RAMÓN
Vamos, tratarle
como si fuera un extraño,
en vez de llamarle aparte
y decirle: oye, Ramón;
2540
tengo aquí en mi corazón
un secreto que contarte...
LUIS
¡Cómo!... ¿Qué dices?...
RAMÓN
Secreto
que confío a tu lealtad,
Oye mi debilidad...
2545
y ayúdame en este aprieto.
LUIS
(¡Dios mío!... Y yo que creía
que nadie había notado...)
¿Conque tú has adivinado?...
RAMÓN
¡No, que se me escaparía!
2550
LUIS
(¡Pues! Al que tiene la espina
de los celos, cosa es clara,
se le conoce en la cara.
¡No hay duda, estoy en berlina!
Porque no hay pasión que dé
2555
entre la pícara gente
más tormento al que la siente,
ni más risa al que la ve.)
RAMÓN
En diez años que he vivido
con usted... ¿Diez años?... ¡Más!
2560
LUIS
Dime, dime: y los demás
¿crees tú que lo han conocido?
RAMÓN
Ninguno se lo malicia.
LUIS
¡Respiro! -Y di: ¿hay fundamento
de temer?
RAMÓN
Señor, yo siento
2565
dar una mala noticia.
LUIS
¿Mala?
RAMÓN
¡Remala!
LUIS
Di, ¿cuál?
¿Qué te ha dicho esa muchacha?
Vamos, ¡pronto!... ¡Habla!... ¡Despacha!...
RAMÓN
¡Que tiene usted un rival!
2570
LUIS
¿Un rival?... ¿Ese canalla?...
RAMÓN
Antoñito, sí, señor:
ese es quien hace el amor
a la...
LUIS
No la nombres... ¡Calla!
¡Jamás tu labio revele
2575
ese nombre! -¡Me sonrojo!...
RAMÓN
¡Yo lo creo! -¡Es mucho antojo!...
¡Preferir a ese pelele!...
LUIS
(¡Venderme así!... ¡Oh Clara... Clara!...)
Vamos... cuéntamelo todo:
2580
cómo empezó... De qué modo...
RAMÓN
Antes que usted se casara.
LUIS
¡Antes!...
RAMÓN
¡Mucho antes! -Benita
ha sido la protectora;
y hoy riñó con la señora
2585
por no sé qué sortijita
comprada para ese bicho,
y cartas que le ha llevado;
y el ama la ha amenazado
con echarla. -Esto me ha dicho.
2590
LUIS
No digas más: ¡basta ya!
RAMÓN
Usted debe despreciarla.
LUIS
Sí, la desprecio.
RAMÓN
Y dejarla...
LUIS
Lo haré, y hoy mismo será.
¡Ay, no te cases, Ramón!
2595
¡No te cases, escarmienta!
RAMÓN
Ya; pero el que se contenta
con su mujer...
LUIS
¡Qué ilusión!
¡Ya ves lo que a mí me pasa!
Me caso como un bendito:
2600
dejo el mundo: me limito...
a lo que tengo en mi casa...
RAMÓN
¡Ya, eso sí!
LUIS
Nada más quiero;
y el primer recién venido...
RAMÓN
Pero usted huele a marido;
2605
y el otro al fin es soltero.
LUIS

(ap.)

¡Separación! -No se ría
más de mí. -Voy a escribir.
La daré para vivir
mi hacienda de Andalucía.
2610
Escena X

DICHOS, DON JUAN.

JUAN
¡Hola, Luisillo! ¿Qué tal?
¿Se pasó ya el arrechucho?
LUIS

(Abrazándole tiernamente.)

¡Juan! ¡No te cases!
JUAN
¡Qué escucho!
LUIS
¡Tú eres mi amigo leal!
JUAN
¡Oh!, eso sí.
LUIS
¡Pues no te cases!
2615
JUAN
¿Ni con Emilia tampoco?
LUIS
Con ninguna.
JUAN
¡Tú estás loco!
LUIS
No, Juan.
JUAN
Pues, ¿y aquellas frases?
LUIS
Ya te diré. -En este estado
no se encuentran más que abrojos.
2620
JUAN
¡Cómo!
LUIS
Hay que cerrar los ojos...
JUAN
Pero...
LUIS
O vivir desgraciado.

(Se va a su cuarto.)

Escena XI

DON JUAN, RAMÓN.

JUAN
¿Qué es esto?, ¿qué tiene?
RAMÓN
¡Toma!
¿Pues no se lo dije a usted?
Enamorado y celoso.
2625
JUAN
¿Celoso de su mujer?
RAMÓN
¡Qué! No, señor. Ahora mismo
me ha confesado de quién.
JUAN
¿De quién?
RAMÓN
De su cuñadita.
JUAN
¡Qué dices! ¿De Emilia?
RAMÓN
¡Pues!
2630
Anda tras de ella hace mucho.
JUAN
Y me la ofrecía ayer
por esposa. -¡Ah, gran bribón!
¿Quiere hacerme su merced
el editor responsable?
2635
¡Pillo! Yo me vengaré.
Su mujer tiene sospechas...
RAMÓN
¿Sí? Por fuerza. Si está él
que no disimula. Acaba
ahora mismo de saber
2640
que Antoñito es preferido,
y se ha puesto hecho un Luzbel.
JUAN
¡Ya caigo! Por eso yo
le notaba un no sé qué...
¡Ella viene!
RAMÓN
Pues me voy.
2645

(Se va.)

JUAN
Si se lo digo, va a arder
la casa. -¡Mejor! A río
revuelto...
Escena XII

DON JUAN, CLARA.

CLARA
Yo le diré
a mi marido...
JUAN
¡Señora!
CLARA
(¡Qué posma!)
JUAN
¡Perdone usted!
2650
Decidido vengo ya
a cumplir aquel cruel
precepto...
CLARA
No es necesario...
JUAN
Anoche no estaba bien
enterado...
CLARA
Sí, por cierto...
2655
JUAN
Pero ya...
CLARA
Todo lo sé.
Tengo a esa digna rival
dentro de casa.
JUAN
¡Tal vez!
CLARA
Ya recuerdo la indirecta.
Me dijo usted que es mujer
2660
la tal, que no merecía
descalzarme. Y así es.
JUAN
(¡Pues no es poco vanidosa!)
CLARA
Y ahora mismo, sin perder
tiempo, la acabo de echar
2665
de mi lado.
JUAN
¡Cómo! ¿A quién?
CLARA
A la niña desenvuelta...
JUAN
¿Es posible... tanta hiel?...
(¡A su hermana! -¡Lo que ciegan
los celos a una mujer!)
2670
¿Y dónde ha de ir?...
CLARA
A la calle.
JUAN
Pero...
CLARA
¡A la calle!
JUAN
Pues qué,
¿abandona usted así?...
CLARA
¡Infame! Corresponder
de esa manera al cariño
2675
con que desde la niñez
la he mimado...
JUAN
¡Eso es verdad!
CLARA
¡Así ha llegado a tener
esos humos!
JUAN
¡Ya!
CLARA
A escaparse
de casa...
JUAN
¿De casa?
CLARA
Pues.
2680
JUAN
(¡Qué tal, la niña inocente!)
Pero dónde quiere usted
que vaya, sola...
CLARA
Y a ese
hipócrita yo le haré
entender si es noble acción
2685
divertirse en corromper
a una muchacha...
JUAN
¡Ése sí!
Ése merece...
CLARA
Y también
a ese alhaja de criado,
que sin duda ha sido el que...
2690
JUAN
¡Calma, señora! Estas cosas
se hacen...

(En tono de intimidad amistosa.)

CLARA
También a usted.
JUAN
¿A mí?
CLARA
A usted. -Que si un momento
pude, por satisfacer
esta duda, tolerar
2695
lo que una mujer de bien
no consiente a ningún hombre
cuyas intenciones ve,
ya es tiempo de que usted sepa
que se ha engañado esta vez.
2700
JUAN
Como no diga usted eso,
señora, por el placer
de darme unas calabazas
que no he buscado, no sé...
CLARA
¿Va usted a hacerme la escena
2705
del Desdén con el desdén?
La sé de memoria.
JUAN
Juro
que ningún otro interés
que el de la amistad... (Con esta
no saco partido. -A ver
2710
si con la hermana, que ahora
sale de casa...) Y en fe
de que es así... ¿Usted persiste
en la idea de expeler
a esa infeliz?...
CLARA
Sí, señor.
2715
JUAN
Pues yo la recogeré.
CLARA
¿Usted?
JUAN
Sí, señora: yo.
Yo soy su amparo.
CLARA
Muy bien.
JUAN
Yo me la llevo a mi lado.
CLARA
Me alegro.
JUAN
¡Yo velaré
2720
por su inocencia!
CLARA
¡Oh!, eso sí:
por supuesto. -Herede usted
a su amigote. -Ahí está:
cargue usted con ella.
JUAN
¿Eh?
Escena XIII

DON JUAN, CLARA, BENITA.

(BENITA sale con mantilla puesta, llorando a lágrima viva.)

BENITA
¡Señora!
CLARA
No, no te aflijas.
2725
Mira, el señor quiere ser
tu protector...
BENITA

(Va hacia él, llorando.)

¡Caballero!...
JUAN
¡Quita, quita!...
BENITA
Yo no sé
por qué me despide.
JUAN
Bueno:
yo tampoco.
BENITA
Quiero ver
2730
al amo. ¿Dónde está el amo?
CLARA
¡Calla, infame!
BENITA
Yo sé que él
me protege...
CLARA
¡Sal de aquí,
bribona!
JUAN
(¡Conque esta es!
Y ese bruto de Ramón...)
2735
Escena XIV

DICHOS, RAMÓN.

RAMÓN
¡Qué gritos!...
JUAN
¡Camueso!
RAMÓN
¿Qué?
JUAN
Si no es Emilia, ¡borrico!,
que es ésta.
RAMÓN
¡Benita!
JUAN
Pues.
RAMÓN
¡Ay, San Francisco! ¡Por eso
me ha querido a mí también
2740
casar con ella!
BENITA
¡Caramba!
Después que una cobra ley...
Escena XV

DICHOS, EMILIA.

EMILIA
¿Qué sucede?
BENITA
¡Ay, señorita
de mi vida! Venga usted;
que la señora me ha echado.
2745
EMILIA
¡Te ha echado! -¿Por qué?, ¿por qué?
CLARA
Ella lo sabe.
EMILIA
(Yo soy
la causa. ¿Qué debo hacer?)
Escena XVI

DICHOS, DON LUIS.)

(DON LUIS sale de su cuarto con un papel en la mano: se detiene contemplando a CLARA.

LUIS
(¡Que oculte tanta doblez
bajo ese aire de candor!
2750
Pero es preciso. -¡Valor!
La hablo por última vez.)
BENITA

(Se acerca a él llorando.)

¡Ay, señor! Me ha despedido.
LUIS
¡Oiga! -Tú te habrás negado
a hacer lo que te ha mandado...
2755
-¿No es eso, Clara?
CLARA
Eso ha sido.
LUIS
(Lo que me dijo Ramón.
¡Pues! -Si aún me quedara duda...)
BENITA
Señor, si usted no me ayuda...
CLARA
Pídele su intercesión.
2760
LUIS
Clara... ya es en vano todo:
no necesitas echarla.
CLARA
¿No? -Yo misma he de plantarla
en la calle de este modo.

(Va hacia ella.)

LUIS
Estate quieta.

(Deteniéndola.)

CLARA
¡Traidor!
2765
¿Te atreves?...
LUIS
¡No escandalices!
Vamos, y ¿por qué no dices
la causa de ese rencor?
CLARA
¿Tú me provocas, ingrato?...
¿Quieres que en público diga
2770
la razón que a esto me obliga?
LUIS
Eso es echarlo a barato.
Dila, sí.
CLARA
¡Se ha visto tal!
BENITA
¡Diga usted!
EMILIA
Habla.
CLARA
¡Por vida!...
JUAN
(No hay cosa más divertida
2775
que una riña conyugal.)
CLARA

(Trayendo con violencia a BENITA.)

Cuenta sin avergonzarte
lo de anoche. ¿Adónde fuiste?
Y otras mil veces...
EMILIA
(¡Ay triste!)
CLARA
De cierto tiempo a esta parte.
2780
BENITA
¡Ay, señorita! ¿Usted ve?...
CLARA
Vete al punto de mi casa.
LUIS
Basta, Clara: esto ya pasa...
CLARA
Vete.
LUIS

(Acercándose a CLARA.)

Yo también me iré.
Ella, porque ya no quiere,
2785
lo sé, servirte a tu gusto:
yo, Clara, porque no es justo
que, sabido, lo tolere.
CLARA
¡Luis!... ¿Qué dices?
LUIS
Sí: los dos.
CLARA
¿Quieres humillarme más?
2790
LUIS
No finjas.
CLARA
¿Tan ciego estás?...
LUIS
Lo he resuelto. -Toma. -Adiós.

(La da el papel.)

CLARA
¿Qué es esto?

(Leyendo.)

BENITA

(a EMILIA.)

¿Lo está usted viendo?
¡Por usted! -¡Yo bien decía!
EMILIA
No llores.
BENITA
¡Yo bien temía
2795
lo que me está sucediendo!
JUAN

(a DON LUIS.)

¿Conque a la chita callando
tú te arreglabas con ella?
LUIS
¡Yo!... ¿Con quién?
JUAN
Con la doncella.
¿Te vas a vivir a Arganda?
2800

(Siguen hablando: DON LUIS muestra extrañeza.)

CLARA

(leyendo.)

¡Qué veo! -¡Celos!... ¿De quién?
EMILIA

(a BENITA.)

Ya que es ese tu delito,
no has de salir.
CLARA

(leyendo.)

¡De Antoñito!
¡Luis se ha vuelto loco!
EMILIA

(a BENITA.)

Ven.
CLARA

(leyendo.)

¡Separación!
EMILIA
Todo, sí,
2805
aunque el contarlo me aflija,
se lo diré.
CLARA

(leyendo.)

¡La sortija!
¡Cómo! Si la tengo aquí.

(La saca.)

EMILIA

(Se acerca trayendo de la mano a BENITA.)

Clara: aunque al dar este paso
me muera, hacerlo me toca;
2810
y quiero que de mi boca
sepas la verdad del caso.
Yo defiendo su inocencia:
la culpada aquí yo he sido.
Cuantas veces ha salido
2815
de casa, sin tu licencia
y después de resistirlo,
es porque yo la he enviado...
CLARA
¿Tú?
EMILIA
Yo: con carta o recado
a quién, excuso decirlo.
2820
CLARA
¿Y anoche?
EMILIA
Instándola mucho,
logré que fuese... ¡hice mal!...
por la otra sortija igual...
CLARA
¿Para Antoñito?...
LUIS
¡Qué escucho!
¿Conque hay dos sortijas?
CLARA
Sí,
2825
mira.
LUIS
¿Y la otra?
EMILIA
Él la tiene.
LUIS
¿Dónde está?
EMILIA
Muy pronto viene.
¿Le llamo?
LUIS
Llámale aquí.
Escena XVII

DICHOS, menos EMILIA.

LUIS
¡Clara, Clara!... ¡Sí, esta es!

(Mirando la sortija.)

¿Y por qué no me la diste?
2830
CLARA
Y tú, ¿para quién trajiste
de casa del tirolés?...
LUIS
¡Ah!... ¿Los pendientes?... ¡Perdona!...
Quise ganarla... -Pues mira,
toda esta infame mentira
2835
es obra de esa bribona.
CLARA
¡De ella! -Ven acá, Benita.

(La trae de un brazo, y DON LUIS a RAMÓN.)

LUIS

(a BENITA.)

Tú le has dicho a este tunante
que Antoñito...
RAMÓN
Era el amante...
CLARA
¿De quién?
BENITA
De la señorita.
2840
LUIS

(a RAMÓN.)

¡Infame! ¿Pues no me has dicho
que era rival mío?
RAMÓN
Sí.
Pero fue porque creí
que usted tenía capricho
por su cuñada.
LUIS
¡Bribón!
2845

(Le da un puntapié: RAMÓN se escapa.)

JUAN
(¡Qué enredo tan singular!)
CLARA
¡A lo que has dado lugar
con esa necia aprensión!
Pero ¿de dónde ha nacido?...
LUIS
Ayer, hablando con Juan,
2850
recordé cierto galán
a quien el mismo marido...
CLARA
¡Ya!... y el señor, que es profundo
en esto de intrigas...
JUAN
No:
yo no le dije...
LUIS
Fui yo,
2855
yo solo...
CLARA
¡El hombre de mundo!
Escena XVIII

DICHOS, EMILIA, ANTOÑITO.

(EMILIA sale de lo interior, ANTOÑITO viene de la calle.)

EMILIA
Aquí viene...
ANTONIO
¡Emilia!... -¡Tate!
LUIS
¿Dónde estaba?
EMILIA
Ahí cerca.
ANTONIO
Pues:
en casa del tirolés.
JUAN
¡Cómo! ¿En el escaparate?
2860
EMILIA
Todo se sabe, Antoñito.
Ha habido necesidad
de declarar la verdad.
ANTONIO
Me alegro. -Ya estaba frito,
y resuelto, a fe de Antonio,
2865
sin consultar más contigo,
a presentarme a este amigo

(Por DON LUIS.)

y pedirte en matrimonio.
LUIS

(Mirando la sortija.)

¡Esa mano!... (¡Ella es!) -Muchacha,
¿qué dices tú?
EMILIA
Yo... si hubiera
2870
acabado su carrera...
LUIS
Joven es.
CLARA
Esa no es tacha.
EMILIA
¿No decías?...
CLARA
He adquirido
convencimiento profundo
de que el tener mucho mundo
2875
no hace feliz a un marido.
Lo que él con otros ha hecho
cree que hacen todos con él,
y esa sospecha cruel
le tiene en continuo acecho.
2880
Ella las mañas pasadas
del marido sabe ya;
y al menor paso que da
cree que ha vuelto a las andadas.
De manera que a uno y otro
2885
¿de qué les viene a servir
tanto mundo? -De vivir
eternamente en un potro.
Luego... a la menor sospecha...
nunca falta algún amigo...
2890
JUAN
(¡Adiós! Esto va conmigo...)
LUIS

(Fijando la vista en DON JUAN.)

¡Hola!
JUAN
La paz ya está hecha.
Conque...
LUIS
Adiós, Juan.
JUAN
(No es extraño
que esté tan arisca ahora.
Lleva tres meses...) ¡Señora!
2895

(Saludando.)

(Volveré dentro de un año.)
Escena XIX

DICHOS, menos DON JUAN.

LUIS
Di: ¿conque éste?...
CLARA
¡Te has lucido!
Sospechas del inocente,
y de ese que es justamente...

(DON LUIS hace ademán de ir tras él. CLARA le detiene.)

¿Qué vas a hacer? -Ya se ha ido.
2900
Déjalo estar.
LUIS
¡Voto a bríos!
¿Conque no tenemos medio
de escapar?
CLARA
No hay más remedio
que echarse en brazos de Dios.
LUIS
¡Ah, en los tuyos!

(La abraza.)

CLARA
Haces bien.
2905
Niños, a casarse pronto.
ANTONIO

(a EMILIA.)

¡Tu mano!
EMILIA

(con vergüenza.)

Anda, no seas tonto.
CLARA
Y quiero haceros también
un pequeño regalito.
Yo tengo en Andalucía
2910
una posesión... que es mía...
¿no es verdad? -Aquí está escrito.

(A DON LUIS, mostrando un papel que venía dentro de la carta.)

LUIS

(ap. a CLARA.)

¡Calla!...
CLARA
Luis es tan galante
que me la ha cedido a mí...
para que yo fuese allí
2915
a habitar en adelante.
Yo os la regalo; y espero
que aceptéis...
LUIS
Pero...
CLARA

(ap. a DON LUIS.)

El haber
dudado de tu mujer
te ha de costar el dinero.
2920
LUIS
¡Qué quieres! ¡Lo vi de un modo
tan claro!
CLARA
No viste nada:
es que tu vida pasada
viene a envenenarlo todo.
Pon en olvido profundo
2925
esa experiencia fatal:
que no basta pensar mal
para ser hombre de mundo.

Don Fernando el de Antequera

Drama histórico en tres actos, en verso

PERSONAS



EL INFANTE DON FERNANDO.
RUY LÓPEZ DÁVALOS, condestable de Castilla.
FRAY VICENTE FERRER(el Santo).
EL CONDE DE URGEL.
DIEGO LÓPEZ,justicia mayor de Castilla.
FERNÁN GUTIÉRREZ DE VEGA, repostero mayor del infante.
FERNANDO DE GUZMÁN,procurador de Toledo.
DON FADRIQUE, conde de Trastamara.
DON SANCHO DE ROJAS, obispo de Palencia.
LA REINA DOÑA CATALINA.
EL REY DON JUAN II,niño de dos años.
Ricos hombres, caballeros, escuderos, pajes, procuradores, reyes de armas, soldados, etc.

La acción pasa en Toledo en el año de 1407.

Acto primero

El teatro representa el claustro que da frente a la capilla del arzobispo don Pedro Tenorio, en la catedral de Toledo. Hay a la izquierda del actor una puerta que conduce a la iglesia: a la derecha los arcos que dan al jardín. Los personajes que vienen de lo exterior salen por la derecha del foro, que es por donde se supone que continúa el otro lado del claustro que hace ángulo con el que figura la escena.

Escena I

EL CONDESTABLE, DON DIEGO.

(Ambos salen de la iglesia.)

EL CONDESTABLE
En este claustro, don Diego,
quiero hablaros un instante,
2930
en tanto que se concluyen
los solemnes funerales
que por el alma de Enrique
nuestro Rey, que en paz descanse,
se están celebrando.
DIEGO
Bien
2935
habéis hecho, condestable,
en sacarme de la iglesia.
¡Dejadme por Dios, dejadme
que vuelva en mí!... Me ha asombrado
la elocuencia de ese fraile.
2940
EL CONDESTABLE
¡A quién no admira y suspende
siempre que los labios abre
ese apóstol milagroso
de evangélicas verdades!
DIEGO
De fray Vicente Ferrer
2945
se cuentan prodigios grandes:
y al ver lo que a mí me pasa
cuando acabo de escucharle,
que de congoja en el pecho
el corazón se me parte,
2950
no extraño ya que convierta
con sermones de esta clase
los moriscos a docenas,
los judíos a millares.
¡Dios mío! Si de tal suerte
2955
me ha edificado, que casi
estoy tentado por ir
a un monasterio a encerrarme!...
EL CONDESTABLE
No, don Diego, sosegaos;
y ese fervor empleadle
2960
en servicio de la patria,
que reclama en este instante
vuestro apoyo.
DIEGO
¿El mío?
EL CONDESTABLE
Sí,
DIEGO
¿De qué manera?
EL CONDESTABLE
Escuchadme.
Desde que víctima al fin
2965
de su dolencia constante
murió nuestro rey, Castilla
está sin rey que la mande.
DIEGO
¡Cómo sin rey! Pues decid:
¿en Segovia con su madre
2970
no está el príncipe de Asturias?
EL CONDESTABLE
¡Príncipe de Asturias! Nadie
le ha proclamado en Castilla.
DIEGO
Es cierto que a proclamarse
no llegó; mas...
EL CONDESTABLE
Si don Juan,
2975
que dos años no cabales
cuenta de edad, sube al trono,
será lo que os dije antes:
que tendrá Castilla rey,
pero no rey que la mande.
2980
¡Y en qué ocasión, santo Dios!
Portugal por una parte,
con el recuerdo orgullosa
de Aljubarrota, al combate
se apresta, y romper intenta
2985
las mal concertadas paces.
El moro rey de Granada,
faltando al pleito-homenaje,
nos niega el tributo. El duque
de Benavente escaparse
2990
de su prisión ha logrado,
y al frente de sus parciales
subir al trono pretende.
Y a tantas calamidades,
¿qué opone Castilla? ¡Un rey
2995
de dos años... y durante
su menor edad, discordias,
tumultos, que, por alzarse
con el poder, moverá
la ambición de nuestros grandes!
3000
Don Diego, evitar conviene
que vuelvan a renovarse
los odios que se encendieron
en época no distante,
y que el reinado del hijo
3005
empiece como el del padre.
DIEGO
Infundado es el temor:
los casos no son iguales.
Niño y solo don Enrique
cuando el trágico desastre
3010
del rey su padre, no extraño
que a la regencia aspirasen
los varones de más cuenta.
Mas, ¿quién habrá que levante
el pensamiento a esa altura
3015
hoy que, con derechos tales
como ser tío del rey,
tiene Castilla un infante,
el infante don Fernando,
cuya prudencia admirable,
3020
cuyo valor sin segundo,
cuya justicia le hacen
de todos cuantos le ven
conquistar las voluntades?
En las Cortes que en Toledo
3025
quiso el rey que se juntasen,
a las que ya no pudiendo
asistir por sus achaques,
mandó en su nombre a su hermano,
Ruy López, ¿no le admirasteis
3030
como le admiramos todos?
¿No visteis cuán arrogante
pidió a los procuradores
de las villas y ciudades
que para la santa guerra
3035
contra el granadino alarbe
de un millón de oro en dineros
el servicio le otorgasen?
¿No le visteis cuán brioso,
oprimiendo los ijares
3040
del fogoso palafrén,
salió del Tajo a la margen,
y a la numerosa hueste
de caballos y de infantes
pasó reseña, aclamado
3045
por vítores a millares?
Vedle allí, de devoción
modelo, humilde postrarse
al pie del túmulo regio
donde el rey su hermano yace,
3050
vertiendo lágrimas tiernas...
Mas ¿a qué me canso en balde
en elogiaros sus prendas,
si acaba de hacerlo el padre
fray Vicente en su sermón
3055
con elocuencia tan grande?
Él «esperanza de un reino»
le llamó: bien lo escuchasteis...
Y vos que desde su infancia
sois su amigo inseparable,
3060
y que mejor que ninguno
debéis saber cuánto vale,
extraño que al verle asir
el timón de aquesta nave,
tanto temáis que zozobre
3065
entre recias tempestades.
EL CONDESTABLE
Cuantos elogios hacéis;
cuantos hizo el venerable
religioso; cuanto el mundo
entero pueda elogiarle,
3070
aún no es posible, don Diego,
que a igualar jamás alcance
a la alta opinión que tengo
de sus raras cualidades.
DIEGO
Pues entonces...
EL CONDESTABLE
«Esperanza
3075
de un reino» oísteis llamarle:
pues escuchad el enigma
que encierra la triste frase
de ese oráculo cristiano.
Sin hijos que le reemplacen
3080
en el trono de Aragón,
el rey don Martín nombrarse
quiere un sucesor. Alega,
entre varios aspirantes,
don Jaime, conde de Urgel,
3085
los derechos de su sangre;
y aunque cuenta en los tres reinos
gran número de parciales,
el rey don Martín se inclina
a don Fernando, que añade
3090
al título de sobrino
altas prendas personales.
¡Ah!, no hay duda: le veréis
en aquel trono sentarse.
Fray Vicente, como es justo,
3095
quiere a su patria llevarle;
y ese reino de quien dijo
que era esperanza el infante,
es Aragón, no Castilla.
Ved si en circunstancias tales
3100
son fundados mis temores.
DIEGO
Pero el riesgo está distante.
Aún vive el rey don Martín...
EL CONDESTABLE
Escuchad, don Diego, aparte.
El riesgo está muy cercano.
3105
Avisos confidenciales
me anuncian que su salud
infunde temores graves.
Postrado en el lecho está,
y se aguarda por instantes
3110
su muerte. De esta noticia
don Fernando nada sabe,
y antes que Aragón al trono
en daño nuestro le llame,
cansados ya de disturbios
3115
los prelados y los grandes,
y cada cual receloso
de que un rival se levante
con el poder, y Castilla
quede entregada al embate
3120
de encontradas ambiciones,
si no hay rey que las ataje;
en don Fernando hemos puesto
los ojos, y por dictamen
de todos se ha decidido
3125
hoy mismo...
DIEGO
¿Qué?
EL CONDESTABLE
¡Coronarle!
DIEGO
¡Qué decís!... -Pero la reina
es natural que reclame
del niño don Juan su hijo
los derechos...
EL CONDESTABLE
Será en balde.
3130
Retirada a vida obscura,
atenta a los maternales
cuidados, sin que del trono
haya gozado un instante,
ni la ambición la domina,
3135
ni tiene en el reino a nadie
que alce en su favor la voz.
Mas para evitar que trate
de intentarlo, a vos, don Diego,
como el más fiel y el más hábil,
3140
encomendamos la empresa.
En tanto que aquí al infante
proclamamos, vos, tomando
diez lanzas que os acompañen,
partís al punto a Segovia
3145
y lleváis nuestro mensaje
a la reina.
DIEGO
¡Yo, Ruy López!...
EL CONDESTABLE
Y cuando hagáis que se embarque
en Fuenterrabía, y lleve
sus hijos al patrio margen
3150
del Támesis, do tranquila
en el hogar de Alencastre
sus años felices vea
en dulce paz deslizarse,
volved, don Diego, a Toledo,
3155
donde, a pesar de rivales
que vuestro cargo ambicionan,
seréis como fuisteis antes
justicia mayor del reino;
con la gloria de que a nadie
3160
sino a vos será deudor
de su corona el infante.
DIEGO
Si es la voluntad de todos...
Escena II

DICHOS, DON FADRIQUE, UN ESCUDERO.

FADRIQUE
¡Tristes nuevas, condestable!
Este escudero que llega
3165
de la frontera las trae.
El moro ha roto la tregua;
y con huestes formidables
metiéndose por Baeza,
no hay quien sus fuerzas ataje.
3170
EL CONDESTABLE
¡Esto más!
FADRIQUE
Hasta Quesada
se extiende ya. Los alcaides
que guardan las fortalezas
cercanas a aquella parte,
en vano oponer quisieron
3175
su valor al fiero enjambre
de bárbaros: arrollados
por el número, su sangre
vertieron, quedando muertos
en tan desigual combate
3180
muchos nobles caballeros:
Garci-Osorio, Martín Sánchez
de Rojas, el mariscal
Juan de Herrera...
DIEGO
¡Oh lamentable
suceso!
EL CONDESTABLE
Ya veis, don Diego,
3185
ya veis las plagas que caen
sobre Castilla...
FADRIQUE
Castilla
nos pide un rey que la salve.
EL CONDESTABLE
¡Y lo tendrá!
FADRIQUE
¡Lo tendrá!
EL CONDESTABLE
Entrad, escudero, y dadle
3190
al infante la noticia:
en la iglesia está: no os pare
el temor de interrumpir
su oración: llegad a hablarle.
Entrad pronto.

(EL ESCUDERO entra apresurado en la iglesia.)

Escena III

EL CONDESTABLE, DON DIEGO, DON FADRIQUE.

EL CONDESTABLE
No perdamos
3195
la ocasión. En este instante
acalorada su mente
con las preces funerales,
con el enlutado templo,
con la elocuencia del padre
3200
Vicente, al oír la nueva
es fuerza que más se exalte;
y aprovechando nosotros
momento tan favorable,
ante el riesgo de la patria
3205
le haremos ceder.
FADRIQUE
Las calles
que he recorrido, ocupadas
por la militar falange
se miran ya. La impaciencia
pintada está en los semblantes.
3210
Todos cercan los tablados,
esperando que se alcen
los pendones por el rey;
y con fieros ademanes
gritan a una voz que sólo
3215
por don Fernando han de alzarse.
DIEGO
¡Es posible!
EL CONDESTABLE
Diego López
parte a Segovia a llevarse
a la reina y a su hijo.
DIEGO
Ya que a príncipe tan grande
3220
toda Castilla proclama,
no ha de haber quien me aventaje
en decisión...
FADRIQUE
Partid, pues.
EL CONDESTABLE
No os detengáis.
DIEGO
Al instante.

(Se va por el foro.)

Escena IV

EL CONDESTABLE, DON FADRIQUE.

FADRIQUE

(Siguiéndole con la vista.)

¿Será fiel?
EL CONDESTABLE
Su interés propio
3225
le pone de nuestra parte.
Ninguno ayer de esta odiosa
comisión quiso encargarse.
Mas don Diego, que en intrigas
cortesanas es muy hábil,
3230
y como letrado astuto
hallar argumentos sabe,
en virtud de la promesa
solemne de confirmarle
justicia mayor, lo hará
3235
como ninguno.
FADRIQUE
¿Olvidasteis
que era mi intención pedir
al nuevo rey que nombrase
justicia mayor del reino
a un deudo mío?
EL CONDESTABLE
¿Y no vale
3240
más conquistar un amigo
que tal servicio nos hace?
FADRIQUE
¿Empezáis ya a repartir
del reino las dignidades?
EL CONDESTABLE
¿Y vos a pedir el precio
3245
de vuestro apoyo?
FADRIQUE
Mostrarse
debe el rey agradecido
con quien le hace rey.
EL CONDESTABLE
Es fácil
que se equivoque quien piense
en el trono colocarle,
3250
con el fin de que un valido
a los castellanos mande.
FADRIQUE
Si no sois vos el valido,
es posible que se engañe.
EL CONDESTABLE
¡Yo!... ¿Qué decís?...
FADRIQUE
Recordad
3255
que con el fin de que acaben
para siempre entre nosotros
sangrientas rivalidades,
y ante un rey que fuerte sea
todos quedemos iguales,
3260
ayer pactamos de acuerdo
dar la corona al infante.
EL CONDESTABLE
Pues bien: si propicio el cielo
favorece nuestros planes,
veréis quién es el mancebo
3265
que con humildad tan grande
sufrió de su adusto hermano
no merecidos desaires.
Si desde su edad más tierna
quiso benigno prestarse
3270
a mis consejos, en breve
podrá Castilla juzgarme.
Suba don Fernando al trono,
y ningún miedo os espante;
que no seré yo el valido,
3275
ni vos lo seréis, ni nadie.
FADRIQUE
Pasos oigo, y me parece
que aquí don Fernando sale.
EL CONDESTABLE
Esta es la ocasión. El cielo
me dé su apoyo.

(Dos pajes salen de la iglesia, y uno dice desde la puerta:)

PAJE
¡El infante!
3280
Escena V

DICHOS, DON FERNANDO, RICOSHOMBRES, CABALLEROS.

(Salen de la iglesia.)

FERNANDO
Condestable, ¿sabéis la triste nueva?
EL CONDESTABLE
El mancillado honor de nuestras armas
venganza pide al cielo.
FERNANDO
Sí, la pide;
¡y yo en su nombre le daré venganza!
La noble empresa que mi hermano Enrique
3285
con generoso esfuerzo proyectaba,
yo cual legado suyo la recibo
y con ardor la acabará mi espada.
Ora en el templo, al escuchar la nueva,
juré sobre el cadáver del monarca
3290
su voluntad cumplir. Ardió mi pecho
en guerrero valor. Ya en las plegarias
fúnebres escuchar me parecía
los himnos de victoria, y en las altas
cornisas ver, colgadas por mi mano,
3295
las banderas al moro conquistadas.
Por vos pregunto y a buscaros salgo.
Disponed, condestable, sin tardanza
que el ejército todo se reúna:
su caudillo seré. Pronto la fama
3300
a deciros vendrá si los consejos
que de vos recibí grabé en el alma.
EL CONDESTABLE
Ese brío marcial llena mi pecho
de júbilo, señor. -Mas antes falta
que al gobierno del reino se provea;
3305
y que al llevar la guerra a otra comarca,
una guerra más cruda, más terrible
no alimente Castilla en sus entrañas.
Castilla está sin rey.
FERNANDO
Tendralo en breve.
Por orden mía alzados en la plaza
3310
los tablados están. Mandad que en ellos
en el instante, con la pompa usada,
se levanten pendones a mi vista
por don Juan el segundo.
EL CONDESTABLE
¿Y qué esperanza
queréis, señor, que en ese débil niño
3315
de ventura y de paz funde la patria?
FERNANDO
Fúndela en mí, que, hasta cumplir los años
que al rey menor las leyes le señalan,
por voluntad de mi difunto hermano
sabré a Castilla gobernar.
EL CONDESTABLE
No manda
3320
quien el poder divide. El testamento
de don Enrique nuestro rey me encarga,
cual fiel ejecutor de sus mandatos,
que el gobierno del reino se reparta
entre vos y la reina.
FERNANDO
Y bien, la reina...
3325
FADRIQUE
No ha nacido en Castilla, y esto basta.
EL CONDESTABLE
Débil mujer, ajena de experiencia,
de la corte y del trono retirada,
en su misma flaqueza a cada paso
un estorbo hallaréis. La envidia baja,
3330
la torpe adulación, la sorda intriga,
monstruos que siempre en los palacios vagan,
presto os dividirán; y a pesar suyo
la harán al fin, altiva y deslumbrada,
el placer de reinar, que hoy desconoce,
3335
para ella sola ambicionar mañana.
Ni ella ni vos gobernaréis entonces.
Por bandos mil Castilla destrozada,
al arrogante portugués y al moro
no podrá resistir, y en mengua tanta
3340
vuestro error lloraréis. ¡Señor, no puede
cual monarca reinar quien no es monarca!
FERNANDO
¿Qué me dais a entender?...
Escena VI

DICHOS, UN ESCUDERO.

ESCUDERO
Señor, en nombre
de los procuradores, os demanda,
a fin de presentaros un mensaje,
3345
audiencia el de Toledo.
FERNANDO
Dadle entrada.
Escena VII

DICHOS, FERNANDO DE GUZMÁN, y otros dos procuradores.

(El infante se coloca a un lado, a la cabeza de los grandes. Los procuradores se paran enfrente de él.)

FERNANDO
Ya os escucho: decid.
GUZMÁN
Señor: instados
por el rey don Enrique, que Dios haya,
nos, los procuradores de estos reinos,
a ayudarle en la guerra que intentaba
3350
a los moros hacer de Andalucía:
a pesar de lo exhaustas que se hallan
las villas y ciudades, le ofrecimos
un millón de oro. Mas pues Dios acaba
de llamarle a su seno, ya las Cortes
3355
retiran el servicio.
FERNANDO
¿Por qué causa?
GUZMÁN
Señor, el rey que lo pidió no vive.
FERNANDO
Mas vivo yo, que con igual constancia
haré la guerra, y con igual denuedo...
EL CONDESTABLE
¡Y con mayor tal vez!
GUZMÁN
Tales demandas,
3360
que la miseria pública acrecientan,
sólo al rey, por respeto, se otorgaban.
EL CONDESTABLE
Cierto: y vos no lo sois. A vuestro hermano
débil, doliente, moribundo, nada
negaron: era rey. -A vos, robusto,
3365
vigoroso, dispuesto, os lo rechazan.
FERNANDO
¿Posible es que las Cortes desconozcan
la urgente utilidad de esta campaña?
¿En los sangrientos campos de Baeza
no escucháis los clamores de venganza
3370
de tantos esforzados caballeros
muertos por la traición? Y cuando aguarda
el castellano ejército, sediento
de gloria y lauros, la señal de marcha,
¿renunciaremos a tan alta empresa?
3375
¿Consentiremos que la infiel canalla,
talando campos, demoliendo templos,
asolando el país, doble su audacia,
y hasta los mismos muros de Toledo
la media luna vencedora traiga?
3380
EL CONDESTABLE
Un medio hay de evitarlo.
FERNANDO
¿Cuál? Decidlo.
EL CONDESTABLE
¡Que os ciñáis la corona castellana!
FERNANDO
¡Yo!... ¡Condestable!... ¿Qué decís?...
EL CONDESTABLE
Infante:
Castilla toda por mi boca os habla.
No receléis de usurpador el nombre.
3385
Sabe el mundo quién sois, y que esa mancha
ennegrecer no puede al que fue siempre
modelo insigne de virtudes tantas.
Vos no usurpáis el trono: os le da el pueblo;
que es de remota edad costumbre sabia.
3390
El transmitir un padre por herencia
la corona que honró con sus hazañas
a un hijo que tal vez con torpes vicios
da segura señal de deshonrarla,
práctica fue que estableció en mal hora
3395
el crecido poder de los monarcas.
Por voluntad de todos y entre todos
al más digno, otro tiempo, se entregaba
la corona real; y este derecho
hoy con razón Castilla lo reclama.
3400
Sí, con harta razón. Volved los ojos
a los días, señor, de vuestra infancia,
y contemplad por lo que entonces visteis
el triste porvenir que nos aguarda.
Vos lo podéis trocar, subiendo al trono,
3405
en porvenir de paz, dando a la fama
vuestro feliz reinado asunto digno
que en la futura edad el mundo aplauda.
¿Vos de quién descendéis? Si vuestro abuelo
a su hermano don Pedro con las armas
3410
vida y trono arrancó, y él y sus hijos
y sus nietos en paz dichosa y larga
cual legítimos reyes gobernaron;
¿no será más legítima y más santa
la autoridad que, sin deberla al crimen,
3415
de su libre elección os da la patria?
Cuando os extiende, en el común peligro,
las suplicantes manos; cuando os llama,
no al ocio, no, sino a vengar la afrenta
de Aljubarrota y de Baeza, ¿en calma
3420
la podréis escuchar? -Cuidad no sea
que, si a sus ruegos le volvéis la espalda,
a flaqueza más bien y a desaliento
lo atribuya Castilla. -¡Ah, no, se engaña!
Su salvación en vuestros ojos leo...
3425
Caballeros, llegad. Sobre la espada
rey le juramos.
TODOS
Sí.
EL CONDESTABLE
Procuradores,
otorgad el servicio. Reyes de armas,
por don Fernando el quinto alzad pendones.
¡Tenemos rey! ¡Castilla está salvada!
3430
FERNANDO
Tened, tened. -Aprecio, caballeros,
y eternamente grabaré en mi alma,
que mostréis del valor de mi persona
tal crédito tener. -Esta demanda
que grandes, ricoshombres, caballeros,
3435
me presentan unánimes, dictada
no puede ser por míseras pasiones,
por odio antiguo y criminal venganza...
No: sólo el bien del reino es el que os mueve:
quiérolo así creer. Mas si arrastrada
3440
de patrio celo, la conciencia os dicta
tan dura obligación, a mí me manda
que también a mi vez cumpla la mía...
rechazando esa oferta. -No es de tanta
codicia en mí ser rey, que menosprecie
3445
el eterno borrón, la negra infamia
de despojar a un inocente niño,
sin más apoyo ni defensa humana
que el llanto de una madre viuda y sola,
y faltar a la fe por mí jurada
3450
a un rey, a un padre que en mi honor confía.
No, castellanos. La señal más alta
con que mi gratitud mostraros puedo
es daros hoy por rey, sin más tardanza,
al hijo de mi hermano. -Su edad tierna
3455
no os inspire temor: fuerza sobrada
hay en mi corazón, hay en mi brazo
para afirmar su trono. Si levanta
sus estandartes el rebelde duque:
si rompiendo los pactos Lusitania
3460
sus quinas junta a la morisca luna,
a su encuentro volemos, y mi lanza,
cual si mi propio trono defendiera,
la primera será. ¡La noble causa
que juro sostener, a Dios confío!...
3465
Escena VIII

DICHOS, FRAY VICENTE FERRER, que sale de la iglesia.

FRAY VICENTE
¡Y dios la acepta, y la victoria os guarda!
EL CONDESTABLE
(¡Fray Vicente Ferrer! ¡Oh contratiempo!)
TODOS

(Inclinándose ante él.)

¡Padre!
FADRIQUE
Padre, llegad. Esa palabra,
alto don que del cielo recibisteis,
cuya elocuencia milagrosa es fama
3470
que mueve a gentes de diversas lenguas,
cual si en la suya propia les hablara,
suene en bien de Castilla, y poderosa
nuestra razón apoye.
FRAY VICENTE
Será vana;
que donde no hay verdad no hay elocuencia;
3475
y esa razón que predicáis es falsa.
EL CONDESTABLE
¿Falsa decís?...
FADRIQUE
La salvación del reino
sólo por tal camino se afianza...
FRAY VICENTE
¡Nunca por el camino del delito
ni hombres ni reinos salvación alcanzan!
3480
EL CONDESTABLE
¡Hijo del Turia sois!... ¡Queréislo todo
para Aragón; para Castilla nada!
FRAY VICENTE
Mi ley es la de Dios: mi patria el mundo.
Do la justicia está, mi voz la ensalza;
y do la iniquidad mis ojos miran,
3485
allí impávido corro a contrastarla.
Vedme aquí, pues. En vano vuestro intento
con mentiroso nombre se disfraza:
razón de estado la llamáis vosotros;
mas ante Dios, iniquidad se llama.
3490

(Al infante.)

Señor, cuya virtud en este día
más alto que los tronos os levanta:
si desde esa grandeza verdadera
no miráis con desdén la pompa humana;
si os place descender de las alturas
3495
de la humildad a las mezquinas gradas
de un pobre trono de la tierra, un trono
en galardón los cielos os preparan.
Dios os lo anuncia por mi voz. Oídme.
Rendido al peso de la edad cansada,
3500
don Martín de Aragón ya comparece
al tribunal divino... De su hermana
doña Leonor sois hijo: él no los tiene;
y a vos, infante, su corona os guarda.
FERNANDO
La acepto, padre; que en mis venas corre
3505
sangre de reyes que a reinar me llama.
Yo ambiciono a mi frente una corona
legítima ceñir: nunca usurpada.
EL CONDESTABLE
¿No sabéis que rivales poderosos
la pretenden también?
FERNANDO
La justa causa
3510
de mis derechos vencerá. Con orden
que al intento le di, junto al monarca
está Fernán Gutiérrez, que en mi nombre
los sabrá defender.
EL CONDESTABLE
También se halla
en Barcelona el ambicioso conde
3515
de Urgel, que audaz la sucesión reclama.
Numerosos parciales le obedecen:
temed, señor, que al fin...
FRAY VICENTE
No temáis nada.
Los grandes de Aragón, siempre leales,
el testamento de su rey acatan.
3520
FERNANDO
Como vos, condestable, el de mi hermano
debierais acatar.
EL CONDESTABLE
Señor, la patria...
FERNANDO
¡Vos, su testamentario! ¡Vos, su amigo!...
EL CONDESTABLE
Castilla es antes, y a su ruina marcha.
No por el de Aragón dejéis su trono.
3525
Castellano nacisteis: castellana
vuestra esposa nació: los hijos vuestros
también en esta tierra infortunada
vieron la luz del sol, en esta tierra
que abandonáis a su desdicha...
FERNANDO
Basta:
3530
condestable, no más. -Mandad que al punto
se proclame a don Juan.
Escena IX

DICHOS, UN ESCUDERO.

ESCUDERO
Al regio alcázar,
con nuevas de Aragón, en este instante
Fernán Gutiérrez de llegar acaba.
TODOS
¡Fernán Gutiérrez!
ESCUDERO
De impaciencia lleno,
3535
por vos pregunta, y hacia aquí la planta
presuroso dirige.
FERNANDO
Andad: que venga,
que llegue.

(Vase EL ESCUDERO.)

FRAY VICENTE
¡La virtud su premio alcanza!
La nueva os trae que os anunció mi labio.
EL CONDESTABLE
¡Y con ella la ruina de mi patria!
3540
Escena X

DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ.

(FERNÁN GUTIÉRREZ, apresurado y cubierto de polvo, dobla la rodilla ante DON FERNANDO.)

FERNANDO
¡Él es!
GUTIÉRREZ
¡Señor! ¡Señor!
FERNANDO
Alzad.
GUTIÉRREZ
Ha muerto
don Martín de Aragón.
FERNANDO
¿Y a quién señala
por sucesor del reino?
GUTIÉRREZ
A nadie.
FERNANDO
¡A nadie!
EL CONDESTABLE

(Aparte a los grandes, que se acercan a escuchar con interés.)

¡Oíd!
GUTIÉRREZ
A las diversas embajadas
que oyó el rey don Martín, y en que a la herencia
3545
de su trono derechos se alegaban
por el conde de Urgel, el de Gandía,
don Fadrique el bastardo, el rey de Francia,
y por vos, que con títulos mejores
la sucesión pedíais, el monarca
3550
con grave continente: «Nadie, dijo,
más derechos que el hijo de mi hermana
a mi corona tiene. Don Fernando,
infante de Castilla, se adelanta
por más cercano parentesco a todos:
3555
esto me dicta la conciencia.» -Callan
al escucharle, y se divulga al punto
la resuelta elección. Los días pasan;
y estando don Martín en Valldoncella,
monasterio cercano a las murallas
3560
de Barcelona, acometer se siente
de dolencia mortal. La nueva infausta
los ánimos altera: al monasterio
corren los conselleres con el ansia
de recoger su voluntad postrera:
3565
en la celda penetran, y le hallan
desencajado, moribundo, dando
el último suspiro; y con turbada
faz y altivo ademán, junto a su lecho
la condesa de Urgel.
TODOS
¡Cielos!
GUTIÉRREZ
En alta
3570
voz preguntan al rey: «Señor, decidnos,
a quién dejáis el trono.» El rey callaba:
y la condesa con agudos gritos,
moviéndole furiosa por que hablara,
«respondedles, decía, respondedles
3575
que a mi esposo elegís: ¡soy vuestra hermana!»
En vano fue: sus labios no se abrieron;
y en tan fatal silencio, rindió el alma.
Cunde la nueva: los diversos bandos
se empiezan a agitar. Mi voz reclama
3580
vuestro justo derecho... -De improviso
llega el conde de Urgel: corre a las armas
el inmenso tropel de sus parciales,
que acaudillan Cardonas y Moncadas;
y cediendo el derecho a la violencia,
3585
rey de Aragón al conde se proclama.
TODOS
¡Rey de Aragón!
GUTIÉRREZ
Con riesgo de la vida
logro salir de la ciudad. La marcha
apresurando, a Zaragoza llego:
¡igual tumulto allí! Por rey alzaban
3590
los de Alagón y los de Luna al conde;
y al arzobispo, que la justa causa
de los derechos vuestros defendía,
dieron muerte sacrílega. -Con harta
pena, a contaros el tremendo caso
3595
vengo a Toledo; y al entrar, en plazas
y calles oigo muchedumbre inmensa
de soldados y pueblo que con ansia
me gritan al pasar: «Fernán Gutiérrez,
venid. -¡Castilla sus pendones alza
3600
por don Fernando el quinto!» Al escucharlos,
en regocijo mi dolor se cambia;
y ya del conde y de Aragón me olvido,
y corro enajenado a vuestras plantas.
EL CONDESTABLE
Señor, en los sucesos de este mundo,
3605
y no en preñados vaticinios, clara
la voluntad de Dios se manifiesta.
Ved aquí su sentencia pronunciada.
Esto es que el trono de Aragón os quita,
porque aceptar el de Castilla os manda.
3610
FERNANDO
¡No, condestable! Esto es más bien que el cielo
no me llama a reinar.
FRAY VICENTE
Esto es que osada
la vanidad del hombre alzarse quiere
a penetrar misterios que no alcanza.
Una es siempre la senda que inflexible
3615
nuestra propia conciencia nos señala.
Sígala cada cual, sin que le tuerza
de los sucesos la fortuna varia.
Vuestra senda sabéis, yo sé la mía:
sigámosla, señor, con fe cristiana.
3620
Os dejo aquí luchando valeroso
con la propia ambición, con las instancias
de un extraviado celo: tentaciones
que a los mortales débiles halagan;
y yo parto a Aragón. Se alza un tirano
3625
allí, y allí mi obligación me llama.
A su presencia iré, y en sus oídos
retumbará con hórridas palabras
la maldición que en nombre de los cielos
mi voz al fiero usurpador prepara.
3630

(Se va por el foro.)

Escena XI

DICHOS, menos FRAY VICENTE.

FERNANDO
¡Ah! ¡La santa verdad mueve su labio!
GUTIÉRREZ
Quizá la muerte en Aragón le aguarda;
que ese conde feroz y sus secuaces
ni a los ministros del Señor acatan.
FERNANDO
Y ese traidor le usurpa al hijo mío
3635
un trono que era suyo. ¡Oh negra infamia!
Mas él lo ha dicho: maldición eterna
sobre el usurpador los cielos lanzan:
no caerá sobre mí.
EL CONDESTABLE
¿Quién ha pensado
jamás, señor, que sobre vos recaiga?
3640
Sabedlo todo en fin: nuestra conciencia
con el borrón de usurpadores carga,
si hay en esto borrón. Lo que os pedimos
no es que usurpéis un trono con la espada:
es que un trono ocupéis... que está vacío.
3645
FERNANDO
¡Vacío el trono! ¿Qué decís?
EL CONDESTABLE
La planta
ya, señor, Diego López a Segovia
veloz encaminó; y allí se encarga
de hacer, por orden mía, que a Inglaterra
la reina viuda con sus hijos parta.
3650
FERNANDO
¡Traidor!
EL CONDESTABLE
Seré traidor. -Subid al trono...
y allí mandad que mi cabeza caiga.
FERNANDO
Caerá. -Y el que obedezca de vosotros
y al punto en pos de Diego López salga
a estorbar la traición, de condestable
3655
el cargo heredará. Vos, Trastamara...
Vos, Manrique... ¿Ninguno me obedece?
Iré yo mismo con los hombres de armas.
FADRIQUE
Señor, ninguno os seguirá.
FERNANDO
¡Ninguno!...
Condestable, ¿qué es esto?

(UN PAJE se acerca al infante y le presenta la corona doblando la rodilla: todos le cercan.)

EL CONDESTABLE
A vuestras plantas
3660
rodando la corona de Castilla
sin dueño está. Cien brazos se preparan
a disputarse en intestinas lides
su ansiada posesión. Señor, tomadla.
Tomadla vos... o la veréis hundirse
3665
en un lago de sangre castellana.

(DON FERNANDO contempla agitado la corona.)

FERNANDO
¡Señor!, ¿qué me ordenáis?
Escena XII

DICHOS, EL ESCUDERO.

ESCUDERO
La reina llega.
TODOS
¡La reina!
EL CONDESTABLE
¿Qué decís?
ESCUDERO
Acompañada
del justicia mayor, que de Toledo
iba a salir cuando su alteza entraba.
3670
EL CONDESTABLE
¡Fatalidad!...
FADRIQUE
¡Y no la ha detenido!...
FERNANDO
¡Me he salvado!
ESCUDERO
Hacia aquí mueve la planta,
trayendo de la mano al tierno niño
que al lado suyo vacilante marcha.
EL CONDESTABLE
¿Y el pueblo? ¿Y los soldados?
ESCUDERO
Con adustos
3675
ojos la miran, la abren paso, y callan.
EL CONDESTABLE

(Al infante.)

¿Lo oís? El voto general se muestra.
No hagáis que ese silencio que ora guardan
se trueque en desacato. Yo a su encuentro
voy a salir: la llevaré al alcázar...
3680
FERNANDO
¡Condestable, escuchad!...
EL CONDESTABLE
Señor...
FERNANDO

(Aparte a Dávalos.)

¡Soy padre!...
¡No tentéis mi virtud!

(Dirígese rápidamente al foro y desaparece por el claustro, seguido de FERNÁN GUTIÉRREZ.)

FADRIQUE
¡No hay ya esperanza!
EL CONDESTABLE
Sí; que el amor de padre ha despertado
la ambición en su pecho. Sólo falta
que el trono esté vacío.
FADRIQUE
¿Y de qué suerte?...
3685
EL CONDESTABLE
La reina es débil, y a sus hijos ama
con delirio también: no desmayemos.
El riesgo que inminente amenazaba
de que a Aragón partiese don Fernando,
desvanecido está. Ya con más calma
3690
al concertado fin marchar podemos.
FADRIQUE
¡Ya se acercan aquí!
EL CONDESTABLE
¡No temáis nada!
Escena XIII

DICHOS, LA REINA, DON FERNANDO, DON DIEGO, EL REY NIÑO, FERNÁN GUTIÉRREZ, DAMAS.

(LA REINA, de luto, trae de la mano al niño don Juan: dos damas, también de luto, la siguen.)

LA REINA
Antes de buscar reposo,
en el templo quise entrar
y al Dios del cielo rogar,
3695
por el alma de mi esposo.
Aquí yace, hijo querido,
el padre que te dio el ser:
¡tú no puedes conocer,
tierna flor, lo que has perdido!
3700
Ignóralo, ya que Dios
a esa edad penas te envía:
yo tengo llanto, alma mía,
para llorar por los dos.
Mas ¡ay!, respira, que el cielo
3705
su rigor depone ya,
y bondadoso nos da
junto a la pena el consuelo.
Pues no bien a los umbrales
del santo templo llegamos,
3710
donde de un padre buscamos
los despojos funerales,
cuando Dios en su bondad
consuela a tu triste madre,
dándole un segundo padre
3715
que te ampare en tu orfandad.
FERNANDO
Como noble y como hermano,
contad, señora, conmigo.
LA REINA
De vuestra sombra el abrigo
no vine buscando en vano,
3720
y vosotros, caballeros,
que cual vasallos de ley
lloráis la muerte del rey
con semblantes lastimeros,
la gratitud aceptad
3725
de mi maternal cariño,
y acoged al tierno niño,
que fío a vuestra lealtad.
No bien la infausta noticia
llegó veloz a mi oído,
3730
que siempre más ha corrido
la infausta que la propicia,
con la prenda de mi amor
dejé a Segovia, angustiada,
y de Toledo a la entrada
3735
hallé al justicia mayor,
que en nombre vuestro sin duda
iba a buscarme, y turbado
por el dolor, no ha acertado
a hablar a la triste viuda.
3740
Y el pueblo, al verme pasar,
con su silencio mostraba
que mi presencia doblaba
su tristeza y su pesar.
Vedle en fin: aquí tenéis
3745
este vástago real
que en el trono paternal
hoy mismo colocaréis.
Ya he visto que vuestro amor
alzó el tablado en que debe
3750
por rey proclamarse en breve
de mi esposo al sucesor.
¡Dios te conserve, hijo amado,
feliz como yo le pido!
¡Dios bendiga, oh rey querido,
3755
los años de tu reinado!
FERNANDO
Condestable, el rey mi hermano
a vos el fiel cumplimiento
legó de su testamento.
Su precepto soberano
3760
leed, pues juntos aquí
su viuda y su hijo están.
EL CONDESTABLE
Vuestros deseos serán
satisfechos. Dice así:

(Leyendo.)

«En el nombre de Dios, ordeno y mando: que hasta que el príncipe don Juan mi hijo haya edad de catorce años cumplidos, sean regidores y gobernadores de sus reinos y señoríos la reina doña Catalina, mi mujer, y el infante D. Fernando, mi hermano, ambos a dos juntamente.»

LA REINA
¡A mí!, a una débil mujer
3765
gobernar el reino encarga!
No: con tan pesada carga
mis hombros no han de poder.
Vos, hermano, en nombre mío,
vos, de altas prendas dotado,
3770
gobernad solo el Estado:
yo mi derecho os confío.
Si alguna vez interviene
el poder que me da el rey,
será cuando dura ley
3775
derramar sangre os ordene.
FERNANDO
Ya lo oís. En mi persona
cede su derecho todo:
yo gobierno de igual modo
que ciñendo la corona.
3780
Procuradores: la guerra,
en nombre de mi sobrino,
declaro al rey granadino
que ha invadido nuestra tierra.
Y para salir al punto
3785
a batallar con el moro,
os pido el millón en oro
que dabais al rey difunto.
GUZMÁN
Haré a las Cortes saber
lo que entrambos demandáis.
3790

(En actitud de marchar.)

LA REINA
¡Tened, tened! ¿Qué intentáis?
¿La guerra queréis hacer?
FERNANDO
La guerra que el rey mi hermano
declaró al moro enemigo.
LA REINA
¡Callad! No contéis conmigo
3795
para ese empeño inhumano.
FERNANDO
¡Señora! Mirad que en esto
cumplimos su voluntad.
La guerra es justa: mirad
que todo se halla dispuesto.
3800
Juntos en Toledo están,
verlos pudisteis ahora,
los hombres de armas, señora,
y yo soy su capitán.
Hueste inmensa de guerreros
3805
cual nunca Castilla vio
vuestro esposo aquí juntó.
Catorce mil caballeros,
con cincuenta mil peones,
seis lombardas preparadas,
3810
trabucos, picos, azadas,
pertrechos y municiones.
Urge que hoy mismo salgamos,
y para pagar la gente
el dinero conveniente
3815
a las Cortes demandamos.
LA REINA
No, yo no demando tal.
¡Nunca de guerra me habléis!
El alma me estremecéis
con ese nombre fatal.
3820
De mi madre, en la niñez,
a aborrecerlo aprendí;
que con lágrimas la oí
recordar más de una vez
aquella lid fratricida
3825
que la arrojó de este suelo
y al rey don Pedro, mi abuelo,
le costó el trono y la vida.
Dios la merced me otorgó
de que reinando mi esposo
3830
nunca ese nombre horroroso
oyese en Castilla yo.
¿A qué turbar la quietud
que veis al reino gozar?
¿A qué en guerras empeñar
3835
su lozana juventud?
¿Y vos, único sostén
de esta madre desvalida,
nos dejáis, y vuestra vida
corréis a exponer también?
3840
No, hermano, no lo consiento:
no lo consintáis tampoco.

(A los grandes.)

Yo en nombre del rey revoco
el militar llamamiento.
Condestable, en el instante
3845
los guerreros despedid.
¡Andad!
EL CONDESTABLE
Señora, advertid
que con vos manda el infante.
FERNANDO
¡Despedirlos! ¿Qué intentáis?
Cuando la morisma infiel
3850
insulta el regio dosel,
¿tan débil, reina, os mostráis?
De vuestro hijo cuidad,
y dejadme a mí, señora,
que el reino gobierne ahora.
3855
Procuradores, marchad:
júntense las Cortes luego;
y que ese millón en oro
para hacer la guerra al moro,
que insolente a sangre y fuego
3860
nuestros campos atropella,
manden que al punto se abone.
GUZMÁN
Señor, la reina se opone...
y vos gobernáis con ella.
EL CONDESTABLE

(Al infante.)

¡Ya lo veis!
FERNANDO
Ceded, señora,
3865
al ruego de vuestro hermano:
¡no liguéis la única mano
que es hoy vuestra defensora!
EL CONDESTABLE
Ceded vos más bien, señor,
a los ruegos de Castilla.
3870
¡Ocupe la regia silla
el ansiado sucesor!
FADRIQUE
No más dudas. ¡Levantad,
reyes de armas, el pendón!
Haced la proclamación...
3875
FERNANDO
¡Silencio!... ¡Callad, callad!
LA REINA
¡Qué escucho! ¿Y os resistís
a que su lealtad, infante,
el regio pendón levante
por mi hijo?
FERNANDO
¿Qué decís?...
3880
LA REINA
Hijo, para hacer valer
tus derechos aquí estoy.
A mostrarte al pueblo voy.
Sígueme.
FERNANDO
¿Qué vais a hacer?
LA REINA
Que se cumpla en el momento
3885
lo que el rey manda.
FERNANDO
¡Aguardad!
LA REINA

(En ademán de marchar.)

¡Ven, hijo!
EL CONDESTABLE

(Deteniéndola.)

Reina, escuchad
lo que manda el testamento.

(Lee.)

«Otro sí, ordeno y mando: que tenga al príncipe mi hijo para su crianza y enseñamiento Diego López, mi justicia mayor, con cargo de guardar, regir y gobernar su persona y su casa, hasta que él haya edad de catorce años.»

Venid, justicia mayor:
aquí al príncipe os confío.
3890
LA REINA
¡Arrancarme el hijo mío!
EL CONDESTABLE
¡Lo manda el rey mi señor!
LA REINA
No hay rey que pueda mandar
lo que es duro, injusto, aleve...
¿Quién más que una madre debe
3895
al hijo suyo guardar?
¡Qué horror! ¿Y pudisteis vos,
rey cruel, esposo ingrato,
dictar ese atroz mandato?
¡Ah!... ¡No os lo demande Dios!
3900
EL CONDESTABLE
Mucho vuestra pena siento...
FERNANDO
Condestable, duro estáis.
EL CONDESTABLE
No quiero que me digáis
que no cumplo el testamento.
LA REINA
Sin duda, ya en la agonía
3905
y con turbada razón,
esa feroz condición
alguno al rey le impondría.
Y lo que se opone así
a cuanto hay de más sagrado,
3910
debe quedar anulado.
EL CONDESTABLE
¿Queréis anularlo?
LA REINA
¡Sí!
EL CONDESTABLE
Pues oíd. Si de algún modo
creéis que la voluntad
del rey se forzó, anulad...
3915
pero el testamento todo.
LA REINA
¡Todo!
FERNANDO
¡Eso no! ¡Lo he jurado!
EL CONDESTABLE
Pues bien: acercaos, don Diego,
al príncipe yo os entrego.
DIEGO

(Trayéndolo a su lado.)

Yo lo acepto.
LA REINA
¡Hijo adorado!
3920

(Óyese ruido de tumulto en el claustro del foro.)

VOCES DENTRO
¡La proclamación!...
Escena XIV

DICHOS, EL ESCUDERO.

EL ESCUDERO
¡Señor!
FERNANDO
¿Qué es esto?
EL ESCUDERO
El claustro invadido
por hombres de armas ha sido,
que os buscan con gran clamor
y piden...
FERNANDO

(Interrumpiéndole.)

Ya lo adivino:
3925
salir contra el moro, sí.
(A sacarlos voy de aquí:
no me queda otro camino.)

(Dirígese a los hombres de armas que salen en tumulto por el foro.)

¡Llegad, amigos, llegad!
La patria en riesgo se halla.
3930
Todo ante ese nombre calla.
¡Pronto el campo levantad!
Inmenso ejército infiel
sobre nosotros avanza;
¿y aún la castellana lanza
3935
no sale a hacer riza en él?
Hijos, ¡al triunfo!, ¡a la gloria!
Vuestro infante os acaudilla.
EL CONDESTABLE
¿Y así dejáis a Castilla?
FERNANDO
En ganando una victoria.
3940
Del príncipe me responde
vuestra cabeza, don Diego.
Fernán Gutiérrez, id luego;
cuantas riquezas esconde
el arca de mi tesoro,
3945
cuanto mi palacio encierra,
para sostener la guerra
hacedlo trocar por oro.
En nada mi afán repara.
Hasta mis joyas tomad;
3950
y si es preciso, empeñad
mi señorío de Lara.
GUTIÉRREZ
Obedezco.

(Se va por el foro.)

FADRIQUE

(Al infante.)

El tiempo apura,
señor.
FERNANDO
Salgamos de aquí.

(A los soldados.)

¿Me seguís, guerreros?
LOS GUERREROS
¡Sí!
3955
FERNANDO
Mi caballo, mi armadura.
(Este es el medio que elijo
de conjurar el clamor.)
¡Marchemos!

(En actitud de marchar.)

LA REINA
¿Y os vais, señor,
sin proclamar a mi hijo?
3960
FERNANDO
Sí; que de la impura grey
nos amaga la cuchilla.
Primero es tener Castilla...
y después tendremos rey.

Acto segundo

Un salón en el alcázar de Toledo. A la derecha del actor, en primer término, una puerta que da a las habitaciones donde está el príncipe guardado por Diego López. Otra a la izquierda, en frente, que conduce a las que ocupa LA REINA. Otra grande en el foro, cerrada; y a cada lado de ella un arco con el arranque de una galería que se pierde en ambos costados: la de la derecha da a lo exterior; la de la izquierda a lo interior del alcázar. Hay una mesa con recado de escribir y un sillón.

Escena I

EL CONDESTABLE.

No hay ya que vacilar. Los grandes todos
3965
impacientes se agitan.
Quiero evitar que por violentos modos
el ciego desacato que meditan
lleguen a consumar. Desde el instante
que sordo a nuestros votos el infante
3970
se partió con la hueste, han transcurrido
días y días, sin haber sabido
cuál es por fin su intento.
De la muerte del rey cunde la nueva,
y asoma ya en el pueblo el descontento,
3975
porque al trono real nadie se eleva.
Cien veces he intentado
a la reina llegar, determinado
a declararla lo que el reino pide.
Mas sin hablarme siempre me despide;
3980
y encerrada en su estancia sin consuelo,
a nadie admite hasta cumplir el duelo.
Hoy se cumple por fin, y hoy mismo quiero
que su destino escuche de mi boca.
Yo alcé la voz primero,
3985
y consumar me toca
a mí también la comenzada empresa.
¡Si acaso su promesa
Diego López cumplió, que en esa estancia
al príncipe don Juan guarda a su lado,
3990
y a la reina tal vez habrá anunciado
el voto de Castilla!
Usurpando el de Urgel la regia silla
del reino de Aragón, perdió el infante
de reinar la esperanza.
3995
Yo observé que, al oírlo, en su semblante
asomó la ambición y la venganza.
¡Ah! Si en aquel momento no viniera
a amedrentar su mente
la aterradora voz de fray Vicente,
4000
nuestro tesón al fin triunfado hubiera.
Y triunfará, lo fío.
Parta la reina con sus hijos luego,
y al contemplar que el trono está vacío,
cederá don Fernando a nuestro ruego.
4005
Escena II

EL CONDESTABLE, UN PAJE, que sale del cuarto de LA REINA.

EL CONDESTABLE
¿Qué respondió la reina a mi demanda?
EL PAJE
Responderos me manda
que ni a vos ni a ninguno escuchar quiere,
en tanto que a sus brazos no volviere
el hijo tierno cuya ausencia llora.
4010
EL CONDESTABLE
(No le ha visto hasta ahora:
bien cumplió Diego López lo ofrecido.)
Volved, paje, y decid que yo le pido
un momento de audiencia.
EL PAJE
Perdonadme que os falte a la obediencia.
4015
Su alteza me ha mandado
que de vos no le pase otro recado.

(Se va.)

Escena III

EL CONDESTABLE.

Airada está conmigo
porque del hijo la privé, y en vano
es insistir: hablarla no consigo.
4020
Veré si los obstáculos allano
haciendo que una audiencia
Diego López le pida con urgencia;
que al ayo de su hijo es evidente
que a hablar no se resista; y él, que es diestro,
4025
la llevará un mensage en nombre nuestro
y hará que ceda y que de aquí se ausente.

(Dirígese a la puerta de la derecha, y se detiene viendo venir al escudero por la galería del mismo lado.)

Escena IV

EL CONDESTABLE, EL ESCUDERO.

EL CONDESTABLE
¿Qué me queréis?
EL ESCUDERO
Calada la visera,
y por vos con empeño preguntando,
en la cercana galería espera
4030
un caballero.
EL CONDESTABLE
¿Acaso don Fernando
de su campo le envía?
EL ESCUDERO
Solamente
que os hiciera presente,
me ha dicho con instancia, que venía
del reino de Aragón, y que tenía
4035
que hablaros al instante.
EL CONDESTABLE
¿Del reino de Aragón? Pase adelante.
Escena V

EL CONDESTABLE.

¡De Aragón y encubierto un caballero!
¿Qué podrá ser? Hablémosle primero.
Escena VI

EL CONDESTABLE, EL CONDE DE URGEL, que viene armado y calada la visera.

(EL ESCUDERO lo introduce y se retira.)

URGEL
¿Sois el condestable vos?
4040
EL CONDESTABLE
¿Y vos?
URGEL
Lo sabréis después.
Decidme primero: ¿es cierto
que elevar os proponéis
al infante don Fernando
al castellano dosel?
4045
EL CONDESTABLE
Nadie en Toledo lo ignora.
URGEL
Pues con el propio interés
cerca de vuestra persona
me envía el conde de Urgel
con un secreto mensaje.
4050
EL CONDESTABLE
¿El rey de Aragón?
URGEL
¡El rey
de Aragón!... Llegará a serlo
con tal que vos le ayudéis.
EL CONDESTABLE
¿Qué decís? ¿Estáis en vos?
Todos sabemos que fue
4055
proclamado en Barcelona.
URGEL
Es cierto; y también lo es
que perdió el trono aquel día,
y se alzaron contra él
los parciales de ese infante
4060
que por monarca queréis.
EL CONDESTABLE
¡Santo Dios! ¡Será posible!
Mas ¿qué es esto? Vos tal vez
venís con dañado intento
falsas nuevas a extender
4065
que nuestro designio estorben.
¿Quién os envía? ¿Por qué
seguís encubriendo el rostro?
¡Vive Dios!, que hasta saber
quién sois, haré que en la torre...
4070
URGEL
¡Basta! ¡Vive Dios también,
que impacientándome vais!
¿No fuisteis vos, responded,
con un secreto mensaje
de vuestro difunto rey
4075
a Barcelona?
EL CONDESTABLE
Sí fui.
URGEL
¿No visteis más de una vez
en aquella corte al conde?
EL CONDESTABLE
Le vi.
URGEL
¿Presentes tenéis
sus facciones?
EL CONDESTABLE
Sí, las tengo.
4080
URGEL

(Se alza la visera.)

Miradme.
EL CONDESTABLE
¡El conde de Urgel!
URGEL
El mismo.
EL CONDESTABLE
¡Cielos! ¿Pues cómo?
¿Vos en Toledo?
URGEL
Después
que en la confusión primera
ganar el trono logré,
4085
el parlamento se junta
y alzando la voz en él
mis enemigos, consiguen
a sus parciales mover;
y recurriendo a las armas
4090
y lanzándose en tropel
contra los míos, el campo
les tengo al fin que ceder.
Firme en mis designios, corro
a Zaragoza, que fiel
4095
mis derechos proclamaba.
Mas, ¡oh rabia!, allí también
la desgracia me persigue.
Un hombre cuyo poder
hace que pueblos enteros
4100
caigan temblando a sus pies,
de repente en la ciudad
tremendo se deja ver,
y lanzando contra mí
cien anatemas y cien,
4105
arrastra a la muchedumbre
que le sigue por doquier,
y en mi presencia se pone
con impávida altivez.
EL CONDESTABLE
¡Le conozco! Era sin duda...
4110
URGEL
¡Sí! ¡Fray Vicente Ferrer!
En vano, en vano al acero
llevar la mano intenté...
Fuerza superior le asiste:
que sin poderme valer
4115
imprecaciones terribles
de su labio toleré.
-«No reinarás -exclamó:-
porque el trono aragonés
guarda Dios a don Fernando,
4120
príncipe insigne, que en vez
de recibir la corona
con que orlar quieren su sien
el condestable y los grandes
de Castilla, por no ser
4125
traidor a su noble estirpe,
la rechaza con desdén.»
Su voz alienta a los nobles,
hace al pueblo enmudecer,
y por último, me arroja
4130
de Zaragoza también.
A la Almunia me retiro,
donde a juntar comencé
gran número de parciales;
cuando me hicieron saber
4135
que los tres reinos de acuerdo
quieren que el trono se dé
al que más derechos tenga
de los que aspiran a él.
Esta sentencia han de darla
4140
nueve jueces, siendo tres
por cada reino elegidos;
y para que a salvo estén
de que nadie sus conciencias
pueda en su favor torcer,
4145
la fortaleza de Caspe
los custodia, y allí es
donde al reino de Aragón
en breve darán un rey.
EL CONDESTABLE
¿Y quiénes los jueces son?
4150
URGEL
Entre ellos cuento tener
de mi parte al arzobispo
de Tarragona, a Guillén
de Valseca, y otros varios...
EL CONDESTABLE
¡Si al arzobispo tenéis
4155
en vuestro favor!...
URGEL
¡Qué importa!
Valencia ha nombrado juez
a mi mayor enemigo,
al más poderoso...
EL CONDESTABLE
¿A quién?
URGEL
Al que protege al infante,
4160
y sentenciará por él,
y arrastrará a los demás...
¡A fray Vicente otra vez!
EL CONDESTABLE
¿A fray Vicente? -No hay duda...
¡Le perdemos!
URGEL
Viendo, pues,
4165
que nada ya por la fuerza
puedo en Aragón hacer,
a Toledo me dirijo;
porque vosotros podéis
primero que los de Caspe
4170
esta cuestión resolver.
EL CONDESTABLE
¿Cómo?
URGEL
A vosotros y a mí
nos liga el mismo interés.
Vosotros para Castilla
a don Fernando queréis:
4175
en la herencia de aquel trono
mi competidor es él:
coronadle, antes que el fallo
los jueces de Caspe den.
Y ya sin rival, es mío
4180
el imperio aragonés.
EL CONDESTABLE
A la reina voy a hablar:
no hay tiempo ya que perder.
URGEL
¿Qué intentáis?
EL CONDESTABLE
Que con su hijo
parta a Inglaterra...
URGEL
Tened.
4185
Esa medida no os salva.
EL CONDESTABLE
¿Por qué?
URGEL
Porque si a ceder
el infante se negase,
volver los hará otra vez.
Para obligarle, es forzoso
4190
que el niño don Juan esté
fuera de su alcance.
EL CONDESTABLE
¿Dónde?
URGEL
Condestable, en mi poder.
EL CONDESTABLE
¿En el vuestro?
URGEL
Sí: en el mío.
¿Qué, dudáis?
EL CONDESTABLE
¡Conde de Urgel!...
4195
Yo os conozco; y ese niño
es hijo al fin de mi rey.
URGEL
¿Sospecháis?...
EL CONDESTABLE
Y con razón.
URGEL
¡Vive Dios! ¡Osado!...
EL CONDESTABLE
Ved
que estáis, conde, en el alcázar
4200
de Toledo, y que os perdéis.
Templaos, y decid. ¿Qué prenda
nos dais de que el niño esté,
no solamente al abrigo
de un atentado cruel,
4205
sino honrado, cual merece
su alta cuna?
URGEL
Mi interés.
EL CONDESTABLE
No la rechazo: explicaos.
URGEL
Ya que no basta la fe
de mi palabra y la sangre
4210
real que anima mi ser...
EL CONDESTABLE
De vuestro interés habladme.
URGEL
¿Pues claramente no veis
que conservando en rehenes,
al niño don Juan, podré
4215
contener de don Fernando
la ambición, si alguna vez
sus derechos a mi trono
intentara sostener?
EL CONDESTABLE
Cierto. -Me basta la prenda.
4220
¡Hola!
Escena VII

DICHOS, EL ESCUDERO.

EL ESCUDERO
Señor.
EL CONDESTABLE
Disponed
de orden mía, que en Toledo
a nadie entrada se dé
si es que viene de Aragón.
Andad.
Escena VIII

EL CONDESTABLE, EL CONDE.

EL CONDESTABLE
Conviene tener
4225
oculta vuestra llegada
y las nuevas que traéis,
porque a oídos del infante
no lleguen hasta después.
¿Nadie aquí os conoce?
URGEL
Nadie
4230
conoce al conde de Urgel
sino vos.
EL CONDESTABLE
Pues aguardad.

(Dirígese a la puerta de la derecha.)

¡Ha del alcázar!
EL PAJE
,dentro. ¿Quién es?
EL CONDESTABLE
El condestable.

(Ábrese la puerta y aparece el paje.)

Decid
a Diego López, doncel,
4235
que para asunto que importa
aquí le aguardo.

(Retírase el paje, cerrando.)

¿Traéis

(Al CONDE.)

gentes de armas de Aragón?
URGEL
Corto escuadrón, pero fiel,
me acompaña, que emboscado
4240
cerca del muro dejé.
EL CONDESTABLE
Pues cuando a partir vayáis,
haré que aviso le den
de que al alcázar se acerque,
y esa escolta llevaréis.
4245
Escena IX

DON DIEGO, EL CONDESTABLE, EL CONDE.

(Ábrese la puerta de la derecha, y sale por ella DON DIEGO.)

EL CONDESTABLE
Don Diego, oíd. -Aunque nada
hemos hablado hasta ahora,
desde que está a vuestro cargo
del príncipe la custodia,
no imaginéis que los grandes
4250
aquel proyecto abandonan.
DIEGO
¿De qué proyecto me habláis?
EL CONDESTABLE
Muy flaco sois de memoria.
¿No os acordáis de aquel día
que partisteis a Segovia?...
4255
DIEGO
Sí me acuerdo.
EL CONDESTABLE
¿Y a qué fuisteis?
DIEGO
A custodiar la persona
de mi rey, y hasta Toledo
conducirle y darle escolta.
EL CONDESTABLE
¿Y a mí
me lo decís?
DIEGO
Y es notoria
4260
en Castilla la lealtad
de que mi pecho blasona.
EL CONDESTABLE
¡Viven los cielos! ¡Don Diego!...
DIEGO

(yéndose.)

Si no mandáis otra cosa...
EL CONDESTABLE
¡Oíd, esperad!... ¿Qué es esto?...
4265
Mas ya lo comprendo. Os sobra
razón. Perdonad, don Diego,
mía fue la culpa toda;
pues conociendo años ha
la prudencia que os adorna,
4270
antes de hablar olvidé
deciros que nada importa
que el caballero que veis

(Señalando al CONDE.)

de nuestros planes se imponga.
DIEGO
Yo, condestable, no temo
4275
que el mundo entero me oiga.
EL CONDESTABLE
Bien está; pero repito
que hablar podéis sin zozobra.
Es un noble aragonés,
a quien su rey comisiona
4280
para que al niño don Juan
allá conduzca, y le ponga
en su poder.
DIEGO
¡Cómo! ¿Al niño
que guardo yo? -Sabedora
del caso será la reina,
4285
y ella y el infante en forma
me autorizarán...
EL CONDESTABLE
La reina
y don Fernando lo ignoran.
Mas urge el tiempo, y es fuerza
hoy mismo acabar la obra.
4290
La reina, viendo partir
al hijo que tanto adora,
le seguirá sin remedio;
y al ver que el trono abandonan
lo aceptará don Fernando.
4295
Entregadnos sin demora
al príncipe, y...
DIEGO
Condestable,
vuestro juicio se trastorna.
¿Yo traidor al niño rey
y a la reina mi señora?
4300
EL CONDESTABLE
¡Don Diego!
DIEGO
En nombre del rey
don Enrique, que está en gloria,
soy guardador de su hijo.
EL CONDESTABLE
¿Y la palabra?...
DIEGO
Esta honra
nuevos deberes me impone.
4305
EL CONDESTABLE
¿Y no es bien que se anteponga
el de salvar a Castilla?...
DIEGO
A mí tan sólo me toca
guardar al rey, y a mi lado
lo guardaré a toda costa.
4310
EL CONDESTABLE
¡Vive Dios que ya os entiendo!...
URGEL
¡Y vive Dios que me enoja
la paciencia que gastáis!
Si de grado no os lo otorga,
entrad por él, y excusad
4315
tantas palabras ociosas.
DIEGO
Veremos si el condestable
a ese atentado se arroja.
URGEL
Si el condestable vacila,
entraré yo mismo.
DIEGO
¡Hola!
4320

(A la voz de DON DIEGO aparecen hombres de armas guardando la puerta.)

Ya veis que mis ballesteros
ese recinto custodian.
URGEL
Mi espada se abrirá paso...

(Pone mano a la espada. EL CONDESTABLE le contiene.)

DIEGO
¡Guardias!
EL CONDESTABLE
¡Tened, no nos oigan!
Con violencia nada hacemos.
4325
Idos, y dejadme a solas
con él.
URGEL
Pero es fuerza hoy mismo...
EL CONDESTABLE
Hoy nuestro intento se logra.
Yo respondo.
DIEGO
Será en vano.
URGEL
Si dentro de breves horas
4330
no le entregas, viejo imbécil,
vendré por él en persona;
y aunque huelle tu cadáver,
te lo arrancará mi cólera.
EL CONDESTABLE
Idos, que la reina sale.
4335

(El CONDE DE URGEL se cala la visera, y se va.)

Escena X

DON DIEGO, EL CONDESTABLE, LA REINA.

LA REINA
¿Ni en la estancia silenciosa
donde llorando mi duelo
vivo retirada y sola,
dejaréis de importunarme?
¿Quién estas voces provoca?
4340
¿Qué hacéis a la puerta vos
de la estancia donde mora
mi hijo? Y ese guerrero
que con planta presurosa
se aleja al verme, ¿quién es?
4345
DIEGO
Sea quien fuere, señora,
don Diego López aquí
al niño don Juan custodia
y a nadie lo entregará.
LA REINA
¡Entregarlo!
DIEGO
Desde ahora
4350
libre entrada en su aposento
concedo... ¡pero a vos sola!

(Éntrase en el cuarto de la derecha.)

Escena XI

EL CONDESTABLE, LA REINA.

EL CONDESTABLE
(Yo daré en tierra, villano,
con tu fingida lealtad.)
LA REINA
¡Cielos, qué he oído! Aclarad,
4355
condestable, aqueste arcano.
EL CONDESTABLE
A demandaros audiencia
cien veces aquí he llegado,
y nunca os habéis dignado
darme de hablaros licencia.
4360
LA REINA
¿Qué queréis? La pena, el llanto
engendran temores tales...
¡y hasta palabras fatales
que resuenan con espanto!
Jurara yo que aquí ahora
4365
no sé qué don Diego dijo
de entregaros a mi hijo...
¡Ved qué ilusión!...
EL CONDESTABLE
Sí, señora.
LA REINA
¡Cómo!... ¿Es cierto?
EL CONDESTABLE
Sí, por Dios.
LA REINA
¿Y para qué habéis tratado
4370
de arrancarlo de su lado?
EL CONDESTABLE
Para entregároslo a vos.
LA REINA
¡Cielos!... ¿Es posible?... ¡A mí!...
¿Y él se niega a vuestro intento?
EL CONDESTABLE
Ya sabéis que el testamento
4375
le manda guardarlo.
LA REINA
¡Ah, sí!
EL CONDESTABLE
Y vos, pena muy amarga
tendréis, separada de él.
LA REINA
¡Ah! No hay pena más cruel.
EL CONDESTABLE
¡Y separación tan larga!
4380
Yo cumplí mi obligación
poniendo el niño en su mano:
no me tachéis de inhumano.
Comprendo vuestra aflicción;
y cual madre tierna creo
4385
que por llegarle a abrazar
daríais sin vacilar...
LA REINA
¡Cuanto en el mundo poseo!
Mas no será menester.
Puesto que hoy a vuestro ruego
4390
ceder no quiere don Diego,
yo le obligaré a ceder.
EL CONDESTABLE
¿De qué modo?
LA REINA

(Sacando un pergamino.)

En este escrito
que de mi mano he trazado,
por nulo doy lo mandado.
4395
La guarda del rey le quito;
y, por ser su madre, a mí
me declaro guardadora.
Mirad.

(Se lo entrega.)

EL CONDESTABLE
Observo, señora,
que falta una firma aquí.
4400
LA REINA
¿La del infante?
EL CONDESTABLE
Así es:
el poder es de los dos.
LA REINA
Pues bien, condestable, vos
que mostráis tanto interés
por esta madre infelice,
4405
enviádselo al instante,
no tardéis, y que el infante
con su firma lo autorice.
EL CONDESTABLE
Dudo que para anular
de su hermano el testamento
4410
preste su consentimiento.
LA REINA
¡Oh Dios! ¿Y a quién apelar?...
EL CONDESTABLE
Si al hijo vuestro queréis
con ese afecto tan puro...
LA REINA
¿Lo dudáis?
EL CONDESTABLE
Pues bien, yo os juro
4415
que en los brazos lo tendréis.
La empresa a mi cargo tomo.
LA REINA
¿Vos?
EL CONDESTABLE
Sí; que poder me asiste.
LA REINA
¿Cuándo será?
EL CONDESTABLE
En vos consiste
que sea ahora mismo.
LA REINA
¿Cómo?
4420
EL CONDESTABLE
Dedicando vuestro amor
a su dicha, a su reposo;
haciéndole venturoso,
que es la grandeza mayor.
LA REINA
¿Pues qué otro objeto ambiciono?
4425
EL CONDESTABLE
Es que con todo ese afán
no haréis feliz a don Juan,
si le hacéis subir al trono.
LA REINA
¿Y qué he de hacer? ¡Santo Dios!
EL CONDESTABLE
Salvarle del riesgo ahora.
4430
LA REINA
¿Cómo?
EL CONDESTABLE
Marchándoos, señora,
con él de Castilla vos.
LA REINA
¡Cielos!
EL CONDESTABLE
De la corte ausente,
siempre retirada allá,
vos ignoráis... -¡Ojalá
4435
lo ignoréis eternamente!-
las zozobras, los cuidados
que rodean sin cesar
al que se atreve a reinar.
Doy que los moros lanzados,
4440
que sujeto Portugal,
el príncipe, sin tener
extranjeros que temer,
empuñe el cetro real.
No es el extranjero encono
4445
el peligro que le amaga:
en Castilla está la plaga
que ha de socavar su trono.
Pondrán a su arrojo grillos,
burlarán sus esperanzas
4450
prelados que mandan lanzas,
grandes que tienen castillos.
Si es blando, dulce y humano,
ha de ser de ellos juguete;
y si mandar se promete
4455
tendrá que hacerse tirano.
Mandar don Pedro intentó,
y fue tirano y cruel;
y ya sabéis en Montiel
de qué manera acabó.
4460
LA REINA

(aterrada.)

¡Ay!
EL CONDESTABLE
En cambio el rey difunto,
que fue bondadoso y blando,
sufrió desaires, llegando
su humillación a tal punto,
que hasta el sustento por fin
4465
hubo de faltarle un día,
mientras ellos a porfía
se holgaban en un festín.
¿Queréis que en tanto baldón
el hijo vuestro se vea?
4470
Que rey en el nombre sea,
¿es esa vuestra ambición?
Marchad, señora, marchad;
y dejad que el cetro tome
uno que a los grandes dome...
4475
LA REINA
¿Quién?
EL CONDESTABLE
El infante.
LA REINA
¡Oh maldad!
EL CONDESTABLE
Lo demanda el reino entero;
y yo, hincando la rodilla,
de vuestro amor a Castilla
este sacrificio espero.
4480
LA REINA
Alzad, alzad. -¡Dios eterno!
Cumpliéronse mis temores.
¿Así perseguís, traidores,
a una madre, a un niño tierno?...
EL CONDESTABLE
¡No es traidor el que aquí veis,
4485
el que os demanda de hinojos,
con lágrimas de sus ojos,
que os salvéis y nos salvéis!
LA REINA
Alzad, alzad... Ya penetro
hasta el fondo el negro arcano...
4490
¡Y es el infante, es mi hermano
quien roba a mi hijo el cetro!
EL CONDESTABLE

(Se pone en pie.)

¿Qué decís?...
LA REINA
Sí: de mi lado
le aleja el remordimiento;
¡y os hace a vos instrumento
4495
de este feroz atentado!
EL CONDESTABLE
Señora, yo fui testigo
de su tenaz resistencia.
LA REINA
¡Por eso huyó mi presencia!
EL CONDESTABLE
Por eso.
LA REINA
Vos sois su amigo.
4500
Y en vano estáis procurando
obscurecer su traición:
que mi leal corazón
ya me la estaba anunciando.
¡Ah, sí! Desde aquel instante
4505
que separada me vi
del hijo mío, y aquí
sola me dejó el infante,
no sé qué secreto horror
en mi corazón sentía,
4510
que cuantos rostros veía
me llenaban de terror;
y en esa estancia encerrada,
donde mi espanto crecía
con la soledad sombría
4515
de esta lóbrega morada,
se agolparon de repente
a mi exaltada memoria
recuerdos de aquella historia
que en mi niñez inocente
4520
a mi tierna madre oí.
De Castilla la arrojaron,
y al rey su padre mataron...
¡Y fueron los grandes, sí!
¡Y un infante era también
4525
el jefe de aquella hazaña!
EL CONDESTABLE
¿Semejanza tan extraña
por qué vuestros ojos ven?
LA REINA
Porque de nuestros mayores
pesa en nosotros la ley:
4530
yo desciendo de aquel rey...
y vos de aquellos traidores.
EL CONDESTABLE
Caiga vuestro enojo en mí:
traidor llamadme en buen hora;
mas por vuestro bien, señora,
4535
marchad al punto de aquí.
LA REINA
¡Nunca! ¡Jamás! -¡Justo Dios!...
¡Yo a mi hijo destronar!...
EL CONDESTABLE
¿No queréis con él marchar?...
Pues él marchará sin vos.
4540
LA REINA
¿Qué decís?... ¡Sin mí!
EL CONDESTABLE
Es urgente:
hoy partirá de Toledo.
LA REINA
¿Pensáis que me infunde miedo
esta amenaza impotente?
Si vos faltáis al honor
4545
y a la fe de buen vasallo,
no imaginéis que me hallo
sin un leal defensor.
EL CONDESTABLE
¿Quién, señora?
LA REINA
El que antes dijo
que era sordo a vuestro ruego.
4550
EL CONDESTABLE
¿Don Diego, decís?
LA REINA
Don Diego,
que no entregará a mi hijo.
EL CONDESTABLE
¡Vana ilusión os ofusca!
Ese leal caballero
sabéis que fue el mensajero
4555
que marchaba en vuestra busca.
LA REINA
A traerme...
EL CONDESTABLE
No, señora:
iba a alejaros de aquí.
LA REINA
¿Cómo?... Pues ahora...
EL CONDESTABLE
Sí:
otro es su interés ahora.
4560
Como guardador, confía
que logrará del rey niño
ir conquistando el cariño
y ser su valido un día.
LA REINA
Pues, lealtad o interés sea,
4565
él lo guardará.
EL CONDESTABLE
Quizá.
Y decid: ¿lo guardará,
señora, cuando esto lea?

(Mostrando el escrito que le dio LA REINA.)

LA REINA
¡Cómo! ¿Intentáis?...
EL CONDESTABLE
Todo entero
escrito de vuestra mano.
4570
LA REINA
Lo revocaré.
EL CONDESTABLE
Es en vano.
El pensamiento primero
de despojarlo aquí está;
y aunque lo anuléis ahora,
tarde o temprano, señora,
4575
que se ha de cumplir verá.
Y pues en don Diego es fijo
que obra sólo el interés,
leerá este escrito, y después
entregará a vuestro hijo.
4580
LA REINA
¿Conque no hay uno siquiera,
no hay uno que guarde fe?...
Partiré, sí, partiré...
¡Y ojalá nunca viniera!
Hijo: huyamos de este suelo,
4585
huyamos de este recinto
en sangre de reyes tinto...
Abandónales sin duelo
un trono de maldición
a esos nobles ricoshombres...
4590
que cubren con altos nombres
la infamia del corazón.
EL CONDESTABLE
¿Partiréis?
LA REINA
Al punto, sí:
que mientras con vos esté,
por mi hijo temblaré:
4595
salgamos pronto de aquí.
EL CONDESTABLE
La paz a Castilla dais,
y aunque el sacrificio os cueste...

(Algazara dentro y gritos de ¡viva el infante!)

LA REINA
¡Cielos! ¡Qué tumulto es este!
¿Quién viene?
EL CONDESTABLE
Nada temáis.
4600
Escena XII

DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ, SOLDADOS.

(Cuatro guerreros siguen a FERNÁN GUTIÉRREZ, y se quedan en el fondo, caladas las viseras.)

GUTIÉRREZ
¡Victoria por don Fernando!
EL CONDESTABLE
¡Fernán Gutiérrez!
GUTIÉRREZ
¡Oh, reina!
A vuestras plantas me envía
el infante con la nueva.
LA REINA
¿Y el infante dónde está?
4605
GUTIÉRREZ
¡Rayo del cielo es su diestra!
Al primer encuentro, rompe
del moro la hueste inmensa,
lanzándola desbandada
hasta el fondo de sus tierras.
4610
De Antequera a las murallas
triunfante y rápido llega,
y las escalas arrima,
y las lombardas asesta.
Da el asalto: sube al muro:
4615
los defensores se entregan;
y al verle alzar el pendón
de Santiago en las almenas,
grita el ejército: «¡Viva
don Fernando de Antequera!»
4620
EL CONDESTABLE
¡Dios le protege y le guarda
para mayores empresas!
Otro título más alto
hoy en Castilla le espera.
La reina, Fernán Gutiérrez,
4625
que admira sus nobles prendas,
con resolución magnánima
cede al infante la herencia
de su hijo, y esta noche
los dos a Toledo dejan.
4630
LA REINA
¿Esta noche? (¡Oh cielo!)
EL CONDESTABLE

(Dirigiéndose a LA REINA.)

Y vos,
en quien de vanas grandezas
triunfa el maternal amor,
entrad en la estancia regia;
y cuando del hijo amado
4635
gocéis las caricias tiernas,
veréis que no vale un trono
privarse de su presencia.

(Acércase a la puerta de la derecha.)

¡Hola! -A don Diego llamad.
LA REINA
(¡Esto es hecho! No me queda
4640
otro recurso. -Capaces
serán de traición más negra
si yo resisto...)

(EL CONDESTABLE, después de hablar con DON DIEGO, que se ha presentado en la puerta, hace ademán a LA REINA de que pase. LA REINA exclama entrando apresurada:)

(¡Hijo mío!)
Escena XIII

EL CONDESTABLE, DON DIEGO, FERNÁN GUTIÉRREZ, SOLDADOS.

(DON DIEGO va a seguir a LA REINA.)

EL CONDESTABLE
¡Don Diego!
DIEGO
Voy con la reina.
EL CONDESTABLE
Dos palabras nada más...
4645
DIEGO
No puedo.
EL CONDESTABLE
Que os interesan.
DIEGO

(deteniéndose.)

¿A mí?
EL CONDESTABLE
A vos más que a ninguno.
DIEGO
Decid pronto.
EL CONDESTABLE
Con reserva.
¿Lo habéis pensado mejor?
DIEGO
Yo no pienso, cuando median
4650
el deber y la lealtad.
EL CONDESTABLE
¿Volvéis otra vez al tema?
DIEGO
Mi conciencia no permite...
EL CONDESTABLE
¿A mí, don Diego, con esas?
Sabéis que os conozco bien;
4655
conque dejaos de conciencia,
y el móvil de esa mudanza
explicadme con franqueza.
DIEGO
¡Risa me da la pregunta!
¿Y a vos qué móvil os lleva
4660
a coronar al infante?
EL CONDESTABLE
¡A mí!...
DIEGO
Ya sé la respuesta.
Decís que el bien de la patria.
Otra razón es la vuestra.
Ayo del infante fuisteis:
4665
se ha criado en vuestra escuela:
su valido sois; y es claro
que si a coronarse llega,
seréis valido del rey.
EL CONDESTABLE
Ya entiendo. ¿Esa misma idea
4670
tenéis con el niño vos?...
DIEGO
Quiero seguir vuestra regla.
EL CONDESTABLE
¡Acabarais de una vez!
Si otro temor no os arredra
más que el de perder la guarda
4675
del niño, no os cause pena.
DIEGO
¿Por qué?
EL CONDESTABLE
Porque eso, don Diego,
será de todas maneras.
DIEGO
¿Cómo?
EL CONDESTABLE
Sí.
DIEGO
¡Perderla! ¿Y quién
me la ha de quitar?
EL CONDESTABLE
La reina.
4680
DIEGO
¿La reina?
EL CONDESTABLE

(Le da el pergamino.)

Leed.
DIEGO
¡Qué miro!
EL CONDESTABLE
Todo de su puño y letra.
Ella a marchar de Castilla
con su hijo está resuelta.
Si bien a bien le entregáis,
4685
no revelará mi lengua
que de vendernos tratabais;
pero si hacéis resistencia
y dais con ello lugar
a que don Fernando vuelva
4690
y nuestro plan desbarate,
este escrito os manifiesta
que la madre os quitará
la guarda del niño: y cuenta
que haberle ayudado ahora
4695
no os valdrá luego con ella,
porque ya sabe que antes
también de los nuestros erais;
y al que ha servido a dos bandos
en ninguno se le aprecia.
4700
¿Qué decís?
DIEGO
¿Qué he de decir?
Bien sabéis que en mi conciencia
de vuestra opinión he sido.
Si he obrado de otra manera,
es porque el deber en mí
4705
siempre ha tenido gran fuerza.
Pero en fin, ya que, a Dios gracias,
la reina misma desea
lo que todos deseamos,
pronto estoy a obedecerla.
4710
EL CONDESTABLE
¡Esa mano!
DIEGO
Vuestro soy.
EL CONDESTABLE
Fernán Gutiérrez, ya quedan
los obstáculos vencidos:
don Diego al príncipe entrega.
Esta noche aquí los grandes
4715
juntaré, y en su presencia
firmará la reina el acta
de abdicación. La litera
real vendrá con sigilo,
porque el pueblo nada entienda.
4720
Saldrán esta noche entrambos;
y cuando el día amanezca,
por don Fernando alzaremos
pendones. Vos a Antequera
partís, y a vuestra llegada
4725
hacéis que cunda la nueva,
que el ejército lo aclame,
y en pos vuestro con presteza
iremos los grandes todos
a llevarle la diadema.
4730
DIEGO
¡Todos, sí!
EL CONDESTABLE
¡Sigilo! -Pronto
volveré. -Por lo que pueda
suceder... no quiero yo
perder de vista a la reina.
Escena XIV

DON DIEGO, FERNÁN GUTIÉRREZ, GUERREROS.

DIEGO
¡Silencioso estáis! ¿Qué es esto?
4735
Vos, a quien sin duda esperan
grandes dones en albricias
de ese mensaje, ¿con muestras
de pesar, Fernán Gutiérrez,
escucháis la elección nuestra?
4740
GUTIÉRREZ
¡De pesar! ¿Estáis en vos?
Si en mi poder estuviera,
no de Castilla, del mundo
le hiciera rey.
DIEGO
¡Altas prendas
dignas del trono le adornan!
4745
Y yo, que en reconocerlas
soy el primero, por fin
he consentido en la empresa.
Porque ya veis... del recinto
en que custodio a su alteza,
4750
con hombres de armas seguros
guardadas tengo las puertas
y en vano al niño intentaran
arrancarme con violencia.
Mas como el bien de Castilla
4755
tal sacrificio me ordena,
resuelto estoy a entregarlo.
Y cuando el infante sepa
que a mí me ha debido el trono...

(Uno de los cuatro guerreros ha ido acercándose y dice en voz baja a DON DIEGO:)

GUERRERO
Te hará cortar la cabeza.
4760

(Álzase la visera: es DON FERNANDO.)

DIEGO
¿Cómo? ¿Qué?... ¡Oh Dios! ¡El infante!
FERNANDO
¡Silencio!
DIEGO
¡Señor!...
FERNANDO
Si entregas
al príncipe, y yo soy rey,
ya sabes lo que te espera.
DIEGO
¡Pues cómo!... ¿Os negáis?...
FERNANDO
¡Silencio!
4765
Entra al punto, y di a la reina
que en este instante, aquí mismo,
hay quien hablarla desea.
Y advierte que, aunque me has visto,
no me has visto. -Marcha apriesa.
4770

(DON DIEGO, turbado y trémulo, se va por la derecha.)

Escena XV

DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ, GUERREROS.

FERNANDO
A tiempo, Fernán Gutiérrez,
llegamos por dicha nuestra.
Dios me ha inspirado. -Si tardo
un día más, la violencia
se consuma.
GUTIÉRREZ
¡Y todavía
4775
quién sabe si a contenerla
bastaréis! -Los grandes quieren
llevar a cabo la empresa
esta misma noche. El ayo
del rey es débil: la reina,
4780
más débil aún, consiente
en ausentarse: las fuerzas
que esperáis, o no vendrán,
o vendrán tarde...
FERNANDO
No creas
que fray Vicente Ferrer
4785
mi mensaje desatienda.
GUTIÉRREZ
¿Y si no llegó a sus manos?
¿Y si la alevosa diestra
que dio muerte al arzobispo
también en él se ensangrienta?
4790
¿Qué haréis solo contra tantos?
¿Qué arbitrio entonces os queda?
FERNANDO
¿Qué es esto, Señor? ¿Los tronos
que colocaste en la tierra
a merced de sus vasallos
4795
así abandonados dejas?
No es tu voluntad divina,
no es tu omnipotente diestra,
sino el mundano interés
de pasiones turbulentas
4800
quien alza y hunde a su antojo
reyes que en tu nombre reinan.
GUTIÉRREZ
Quizá es voluntad del cielo.
Lo pide Castilla entera.
¡Voz del pueblo es voz de Dios!
4805
FERNANDO
Aunque lo pida: aunque sea
conveniente al bien del reino
que yo a sus instancias ceda,
de más provecho será
dejar a las venideras
4810
edades esta lección.
No quiero que un tiempo venga
en que, su ambición dorando
con mentidas apariencias,
príncipes usurpadores
4815
invocar mi ejemplo puedan.
¡No ha de ser, viven los cielos!
Y pues mis derechos huellan
los rebeldes de Aragón,
y a un usurpador elevan
4820
a aquel trono que era mío;
este que la providencia
bajo mi amparo coloca
no pasará por la afrenta
de sufrir de sus vasallos
4825
la vergonzosa tutela.
GUTIÉRREZ
Alguien viene.
FERNANDO

(Calándose la visera.)

Ella tal vez...
GUTIÉRREZ
La misma.
FERNANDO
Guarda esas puertas,
y dame con tiempo aviso
si ves que alguno se acerca.
4830

(FERNÁN GUTIÉRREZ se va por la galería derecha llevándose los hombres de armas; y durante la escena que sigue se les verá aparecer de cuando en cuando a lo lejos, como vigilando la entrada.)

Escena XVI

DON FERNANDO, LA REINA.

(LA REINA sale por la puerta de la derecha, impaciente y recelosa: ve a FERNÁN GUTIÉRREZ y los guerreros desaparecer, y se para amedrentada.)

LA REINA
¿Quién por mí preguntaba?... -¡Mas qué es esto!...
¡Fernán Gutiérrez! ¡Me dejáis a solas
con un desconocido!... ¿Qué designios?

(A DON FERNANDO.)

¿Quién sois? ¿Qué me queréis?...
FERNANDO

(Alzándose la visera.)

Yo soy, señora.
LA REINA
¡Vos! ¡El infante aquí!
FERNANDO

(Con misterio.)

¡Callad!
LA REINA
¡Dejaos
4835
de fingimiento ya! La negra historia
de mi desdicha y vuestro crimen leo.
No podéis la impaciencia que os devora
más tiempo reprimir, ni allá en el campo
la noticia aguardar de mi deshonra.
4840
Fuerza es pedir a la ambición sus alas
y a Toledo volar; que perezosa
la fe del condestable tantos días
la urgente empresa consumar demora.
¡Culpable lentitud! -Mas vos llegasteis,
4845
y su tibieza en frenesí se torna.
Preséntase a su reina, la amenaza;
al guardador del rey, astuto compra;
y al hijo y a la madre en esta noche
del trono y de Castilla nos arroja.
4850
¿Dudabais de su celo? ¡Ah! ¡Sois injusto!
Es vuestro amigo y como tal se porta.
Nada os queda que hacer. Vos, no lo extraño,
quizá a saberlo de mi propia boca
impaciente venís... ¿Y a qué cubierto
4855
de férreo casco, de acerada cota?
No es este el campo de Montiel, ni el cetro
que venís a usurpar la valerosa
diestra de un rey batallador empuña,
ni guerrera falanje le custodia.
4860
Un inocente niño es quien le tiene,
y una mujer quien le defiende sola...
-¡No le defiende, no!... No es necesario
que otra vez por reinar la sangre corra.
-¡Ahí tenéis ese trono que os halaga!
4865
Con placer os le dejo, y a remotas
tierras me ausento con el hijo mío,
que es mi tesoro, mi ambición, mi gloria.
¡Adiós, hermano, adiós! ¿Estáis contento?
Vednos partir: ¡gozaos en vuestra obra!
4870
FERNANDO
En la vuestra diréis, que no en la mía.
¡Débil mujer, que tímida se postra
y, al peligro menor, de madre y reina
los sagrados deberes abandona!
¿Qué sería de vos, de vuestro hijo
4875
qué sería sin mí? -Cuando a Segovia
dejasteis ambos y en Toledo entrabáis,
los grandes me ofrecían la corona;
y yo la rechacé. -Con altos gritos
me aclamaba por rey la hueste toda:
4880
yo le impuse silencio, y contra el moro
me la llevé a lidiar.
LA REINA
¡Cielos!
FERNANDO
Con pronta
marcha me alejo; y desde el campo envío
un secreto mensaje a Zaragoza,
pidiendo a fray Vicente que al justicia
4885
hombres de armas demande, y a mi costa
vengan a las murallas de Toledo
y mi mandato aguarden. -La derrota
sigo entretanto del alarbe; gano
la villa de Antequera, y con victorias
4890
distraigo a mis guerreros. -A Sevilla
finjo luego partir; y entre la escolta
de escogidos jinetes que aquí envío,
de la nueva del triunfo portadora,
disfrazado me oculto. En este alcázar
4895
consigo penetrar; y aquí en persona
quiero esperar la aragonesa hueste;
y cuando el son de las trompetas oiga,
a su frente ponerme, de los grandes
desbaratar las pretensiones locas,
4900
humillar su poder, y al hijo vuestro
coronar.
LA REINA
¡Dios eterno!
FERNANDO
Y vos, señora;
vos, que depositaria sois conmigo
de su herencia real; vos, defensora
de sus derechos; vos, que sois su madre...
4905
¿Qué habéis hecho de él? -Ceder medrosa,
consentir en sacrílegos proyectos,
llorar, huir, quitarle la corona.
LA REINA
Salvar su vida.
FERNANDO
El suelo castellano
no engendra regicidas.
LA REINA
A la sombra
4910
del patrio amor que hipócritas afectan,
la acción más negra llamarán heroica.
Aún recuerdo sus fieras amenazas,
su duro acento, sus miradas torvas...
¡Ay, yo he temblado por el hijo mío!...
4915
Si me niego a partir, nada se logra:
esta noche le arrancan de mi lado...
Y capaces serán... ¡Ah!, ¿qué me importa
el trono, la ambición?... Yo con mi hijo
en dondequiera viviré dichosa...
4920
y él lo será conmigo. -¿Qué le falta,
si las caricias de su madre goza?
FERNANDO
¿Qué le falta, decís? -Pluguiese al cielo
que esa inocencia en que le veis ahora
eternamente conservar pudiera,
4925
cual conserva la flor su blando aroma.
Edad feliz, en que el hogar paterno
es nuestro mundo, y lo demás se ignora;
en que un beso de amor enjuga el llanto
que solamente de los ojos brota,
4930
y no del corazón... Mas ¡ay! que pronto
el huracán de las pasiones sopla
y, por su aliento abrasador marchita,
la flor de la inocencia se deshoja.
Cuando ese niño en varoniles años
4935
sienta la regia sangre generosa
en sus venas hervir; cuando esos lazos
en que hoy le sujetáis brioso rompa,
y desdeñando juegos infantiles,
arda en su corazón ansia de gloria;
4940
«Tú no naciste, le dirá la fama,
en esa humilde condición que ahoga
tus ímpetus magnánimos; un trono
heredaste al nacer: si de él ahora
para siempre arrojado te contemplas,
4945
de tu madre y no más la culpa es toda.»
A vos entonces lanzará sus quejas;
verá en vos la ocasión de su deshonra:
huirá de vos; maldecirá en secreto
la dura humillación que le sonroja,
4950
y acaso... acaso os aborrezca un día.
LA REINA
¡Aborrecerme! ¡Oh Dios!...
FERNANDO
Ya veis, señora,
que si cobarde abandonáis el trono
y apeláis a esa fuga vergonzosa,
nada salváis en recompensa, nada...
4955
¡Ni el cariño filial! -¡No más zozobras!
¡No más debilidad! -Sed madre al menos.
Aquí tenéis un brazo que os apoya.
No os pido yo que a sobrehumano esfuerzo
os elevéis con resistencia heroica;
4960
corto tiempo no más, cortos instantes:
la hueste de Aragón en breves horas
veréis aquí; y entonces vuestro hijo
por vos el trono paternal recobra.
Y cuando vos podáis decirle un día:
4965
«Me lo debes a mí...» ¡Cuán orgullosa
recibiréis en vuestro seno el llanto
de gratitud que de sus ojos corra!
LA REINA
Dejad, dejad que mi razón comprenda
lo que escuchando estoy de vuestra boca.
4970
¡Es sueño! ¡Es ilusión!... ¿Os dan un trono,
y vos lo despreciáis?... ¿Y que me oponga
a vuestra elevación queréis vos mismo?
¡Alma sublime!... A vuestros pies se postra
esta mujer, que de su vil sospecha
4975
vuestro perdón con lágrimas implora.
FERNANDO
¡Señora!...
LA REINA
No; dejadme que os admire,
que tan alta virtud contemple absorta.
¡Ya comprendo el empeño de los grandes!...
Lo comprendo... ¡Y lo aplaudo! -A vos os toca
4980
con justicia ceñir, no de Castilla,
sino del mundo entero la corona.
¡Reinad, señor, reinad! -Yo al hijo mío
sabré decirle: humíllate y adora
la voluntad del cielo, que en tu trono
4985
un modelo de príncipes coloca.
FERNANDO
¡Tristes tiempos son estos, en que sólo
cumplir la obligación virtud se nombra!
Cumplid la vuestra como madre y reina,
y a Dios dejad que lo demás disponga.
4990
Mientras vos al amor de sus vasallos,
a la justicia, a las virtudes todas,
formáis el corazón del tierno niño,
yo domaré a esos grandes que blasonan
de alzar la frente a par de sus monarcas.
4995
Yo un trono fundaré, cual firme roca
en tempestuoso mar, donde se estrellen
de la ambición las impotentes olas:
yo haré, en fin, que de hoy más y para siempre
un solo rey Castilla reconozca.
5000
LA REINA
¿Qué nuevo aliento vuestra voz me infunde?
¿Qué brío es este que mi pecho cobra?
Otra me siento ya... Veréis cuán firme,
si aquí de nuevo sus instancias doblan,
sé resistir... -¡Dios mío!

(Con una exclamación de espanto.)

FERNANDO
¿Qué os asusta?
5005
LA REINA
¡La noche! ¡Sí! Mirad que esta es la hora
en que deben venir, y si no cedo,
el hijo mío sin piedad me roban.
FERNANDO
¡Otra vez el temor!...
LA REINA
¡Hijo adorado!...
¿Cómo salir de aquí? -Los que custodian
5010
las puertas del alcázar obedecen
la voz del condestable. -¡Oh Dios!, ¡qué pronta
la horrible noche se acercó! ¿Qué haremos?...
La hueste que esperáis de Zaragoza
no viene, o vendrá tarde... y si entretanto
5015
de Diego López los traidores logran
que entregue el hijo mío...
FERNANDO
Diego López
no temáis que lo entregue.
LA REINA
¿Y si ellos osan
a viva fuerza penetrar?...
FERNANDO
Entonces,
¿no estoy yo aquí?
LA REINA
¿Quién viene?...
Escena XVII

DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ.

GUTIÉRREZ
Gente asoma
5020
por esa galería.
LA REINA
¡Ellos son!... ¡Ellos!...
FERNANDO
No desmayéis. ¡Firmeza!

(Se cala la visera y se confunde con los demás guerreros.)

Escena XVIII

DICHOS, EL CONDESTABLE, GRANDES.

LA REINA
(¡Oh Dios!)
EL CONDESTABLE
Señora,
ya que a nuestras instancias os rendisteis...
LA REINA
¡Yo! ¿Qué decís?...
EL CONDESTABLE
¿Dudáis?...
LA REINA
¿Y cuándo?...
EL CONDESTABLE
Pronta
la litera real estará en breve:
5025
y esta noche...
LA REINA
Bien, sí: de mi persona
puedo yo responder... mas de mi hijo...
Diego López le guarda, él os responda.
Si se niega a entregarlo...
EL CONDESTABLE
No se niega.
LA REINA
¿No?
EL CONDESTABLE
Vais a oírlo de su misma boca.
5030

(Dirígese a la puerta de la derecha, y hace llamar a DON DIEGO.)

LA REINA
(¡Mi postrera esperanza en él se funda!
Inspírale, ¡mi Dios!, haz que desoiga
la voz de la traición.)
Escena XIX

DICHOS, DON DIEGO.

EL CONDESTABLE
Venid, don Diego.
La noche es esta en que cumplir nos toca
el grande y doloroso sacrificio
5035
que al bienestar del reino hacer importa.
La reina cede y a partir se obliga.
A las doce vendremos, y a esa hora
también al niño entregaréis. ¿No es cierto?
DIEGO

(Mirando en derredor.)

¡Yo!...
EL CONDESTABLE
Declaradlo: que aunque a mí me consta,
5040
hay quien duda de vos.
DIEGO
¡De mí! Yo siempre...
EL CONDESTABLE
Hablad.
DIEGO
Como la reina lo disponga...

(Ve a DON FERNANDO, que se alza rápidamente la visera y le mira con semblante amenazador, cubriéndose en seguida.)

(¡Allí está!)
EL CONDESTABLE
¿Vaciláis?
DIEGO
No... no vacilo.

(Adelantándose y alzando la voz.)

Yo prometo cumplir... ¡todos me oigan!,
lo que en este lugar... hace un instante,
5045
se ha exigido de mí.
LA REINA
¡Cruel!
DIEGO
¡Señora!...
Mi cabeza responde...
LA REINA
¡Ah, sí! ¡Lo entrega!...
EL CONDESTABLE
A las doce.
LA REINA
¡Las fuerzas me abandonan!

(Cae desmayada en un sillón.)

Acto tercero

El mismo salón del acto segundo. Es de noche: hay una lámpara en la mesa.

Escena I

DIEGO.

¡Ambición!... ¡Loca ambición!...
En duro trance me pones.
5050
Nunca de mí se acordara
el buen rey, que de Dios goce.
Si al infante no obedezco,
si ayudo a los ricoshombres,
me pierdo: pues el infante,
5055
rey o regente se nombre,
siempre ha de ser quien nos mande:
y aunque la corona tome
con gozo, querrá que el mundo
por justiciero le elogie;
5060
y, no hay duda, el guardador
es la víctima que escoge...
¡Dios tenga piedad de mí!...
Escena II

DICHO, DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ, que salen por la galería izquierda.

DIEGO
Señor... van a dar las doce...
y vendrán, y yo no sé
5065
qué responder a esos hombres
cuando el niño me reclamen...
FERNANDO
Lo que el deber os impone.
Que sois guardador del rey,
y que vuestro honor responde
5070
de su trono.
DIEGO
Y si la reina,
que en partir está conforme,
pretende entrar, ¿le diré
que os he entregado esta noche
su hijo, y que vos lo habéis
5075
ocultado... no sé dónde?
FERNANDO
Si tal decís; si se sabe
que estoy en Toledo, ¡pobre
de vos!
DIEGO
Puesto que a la reina
no me dejáis que la informe
5080
de que os llevasteis el niño,
¿tenéis, señor, intenciones
de aceptar por fin el trono?
FERNANDO
Don Diego, nada os importe
lo que yo he de hacer: andad,
5085
y no olvidéis esta orden.
La puerta de ese aposento
custodiar os corresponde,
de modo que todos ellos
y aun la misma reina ignoren
5090
que ya el niño no está allí.
DIEGO
Pero, ¿y si entrar se proponen
a la fuerza?
FERNANDO
Ballesteros
tenéis que la entrada estorben.
DIEGO
Y si trajeren los suyos,
5095
¿qué hago?
FERNANDO
Morir como noble.
DIEGO
(¡Nunca de mí se acordara
el buen rey, que de Dios goce!)

(Se entra muy turbado por la puerta derecha.)

Escena III

DON FERNANDO, FERNÁN GUTIÉRREZ.

FERNANDO
¿Conque podemos fiar
en ese alcaide?
GUTIÉRREZ
Es mi deudo:
5100
nadie puede suponer
que escondido en su aposento
el niño don Juan está;
y el alcaide, yo os prometo
que antes perderá la vida
5105
que revelarlo.
FERNANDO
Estoy viendo
tales cosas en Castilla,
Fernán Gutiérrez, que pienso,
¡vive Dios!, que a responder
de mí mismo no me atrevo.
5110
GUTIÉRREZ
Confuso os miro, señor.
Con misterioso silencio
me mandáis que os acompañe,
y de poder de don Diego
sacáis a vuestro sobrino
5115
para ocultarlo de nuevo
en esa secreta estancia,
y me calláis vuestro intento.
¿Dudaréis también de mí?
FERNANDO
No.
GUTIÉRREZ
Ya sabéis que son vuestros
5120
mi voluntad y mi brazo.
¿Qué queréis? ¿Que proclamemos
a don Juan? -Contad conmigo.
¿Queréis empuñar el cetro?
Contad conmigo también.
5125
FERNANDO
Lo sé. -Y a vos, compañero
inseparable y amigo,
que desde mis años tiernos
juez de mis acciones todas
y hasta de mis pensamientos
5130
constantemente habéis sido;
a vos revelaros puedo
la lucha terrible, atroz,
que está trabada en mi pecho.
Fernán Gutiérrez, vos sois
5135
testigo de mis esfuerzos
por conservar la corona
al legítimo heredero.
A la amotinada hueste
sabéis que impuse silencio
5140
y alejé de aquí: sabéis
que por instantes espero
gentes de armas de Aragón...
GUTIÉRREZ
¡Que ya tardan!...
FERNANDO
¡Bien lo veo!
Sabéis que en tanto que llegan
5145
aquí he venido encubierto
a velar por mi sobrino,
a defender sus derechos.
Y en fin, sabéis que mi mente
nunca manchó el vil proyecto
5150
de traidora usurpación.
GUTIÉRREZ
¡Ah, señor!...
FERNANDO
Pues bien; yo siento
en mi interior una voz
que me turba. -¿Es voz del cielo
que mis sentidos despierta
5155
y de su círculo estrecho
los eleva a otra región
de más altos pensamientos?...
¿O es voz del infierno acaso
que con sones halagüeños
5160
quiere atraerme al abismo?...
¡No sé!... ¡no sé! -Pero es cierto
que más alto cada vez
me está gritando aquí dentro:
«Tú de virtudes privadas
5165
vas a dar un alto ejemplo;
pero ¿acaso las virtudes
que Dios a un príncipe ha impuesto
son las mismas que a un vasallo?
No; que tu deber primero
5170
es atender a Castilla,
aunque tengas para hacerlo
que inmolar tu rectitud
a la salvación del reino.»
Esto escucho.
GUTIÉRREZ
¿Y vos, señor?...
5175
FERNANDO
Yo, Hernando, vacilo y tiemblo.
Para salvar a Castilla,
¿qué apoyo hallar me prometo
en esa infeliz mujer
que ha de partir el gobierno
5180
conmigo? -Ya la habéis visto
tímida, débil, cediendo
a la más leve amenaza.
Visteis también el empeño
con que estorbar intentó
5185
que saliese de Toledo
contra el ejército infiel;
negando su asentimiento
para pedir a las Cortes
el servicio, y permitiendo
5190
que yo de mis propias rentas
sustentase a los guerreros.
¿Y he de gobernar así?...
¿O he de abandonar el puesto
y ver impasible hundirse
5195
el trono de mis abuelos?...
GUTIÉRREZ
¡Razón tenéis! -Y pues ya
vuestro designio penetro,
diré a los grandes...
FERNANDO
¡Tened!
GUTIÉRREZ
¿Dudáis?
FERNANDO
Es que al propio tiempo
5200
allá en el fondo del alma
otra voz en ronco acento
me repite sin descanso:
«¡Usurpador!» -Y es el eco
de la voz de fray Vicente,
5205
que desde el cercano reino
de Aragón ya me parece
que está en mi mente leyendo,
y que lanza sobre mí
la maldición de los cielos.
5210
GUTIÉRREZ
Pues si aún vaciláis, señor,
¿cuál ha sido vuestro objeto,
decidme, en apoderaros
de don Juan?
FERNANDO
Es que no quiero
que se resuelva su suerte
5215
y la suerte de este imperio
por flaqueza de la reina
o por traición de don Diego.
Él lo entrega: ella sucumbe
si la amenazan de nuevo.
5220
Teniendo el niño en mis manos,
será el fin de este suceso
obra de mi voluntad;
mío el lauro, o mío el yerro.
GUTIÉRREZ
¿Y esa voluntad cuál es?
5225
FERNANDO
No lo sé, ¡viven los cielos!
Hacer feliz a Castilla...
dejar a mi hijo un cetro
en recompensa de aquel
que le ha robado el perverso
5230
usurpador de Aragón...
Caiga el anatema eterno
sobre él... Desplómese el trono
bajo su planta; y en fuego
de la diadema real
5235
se trueque el dorado cerco
que abrase la frente vil
de ese tirano soberbio.
¡Justo Dios!... ¿Y yo he de hacer
lo mismo que en él condeno?
5240
Las fieras imprecaciones
que estoy aquí profiriendo
son las que ese niño un día
lanzará desde el destierro
contra mí... contra mis hijos...
5245
¡Infamia atroz! ¡Me estremezco!
¡Y esa gente de Aragón
que no llega! ¡Este silencio
de fray Vicente, que nada
me ha contestado!...
GUTIÉRREZ
Y el tiempo
5250
vuela, señor... esta noche
es forzoso resolveros.
La hora se acerca; y en breve
vendrán aquí... -Pasos siento...
¡Ellos serán!..

(Mirando por la galería derecha.)

Ellos son.
5255
¿Qué resolvéis?
FERNANDO
Esperemos.

(Se va por la galería izquierda.)

Escena IV

FERNÁN GUTIÉRREZ, DON FADRIQUE, EL OBISPO, GRANDES, que salen por la galería derecha.

FADRIQUE
Esta es la sala, señores.
Aquí con el mensajero
del rey de Aragón, en breve
al condestable veremos.
5260
UN GRANDE
¿Quién está allí?
OTRO GRANDE
Es el valido
del infante.
OTRO GRANDE
Cierto.
OTRO GRANDE
Cierto.
OTRO GRANDE
Fernán Gutiérrez; no hay duda.
FADRIQUE
Guárdeos Dios.
GUTIÉRREZ
Salud deseo
al conde de Trastamara.
5265
UN GRANDE
Conque ya veis, esto es hecho.
Vais a llevar al infante
la nueva de este suceso,
y a noticiarle que es rey
de Castilla.
FADRIQUE
Y fuera bueno
5270
que le añadierais también,
porque no se olvide de ello,
que lo es por elección
de los grandes.
UN GRANDE
¡Por supuesto!
¡Cómo ha de olvidarlo nunca!
5275
FADRIQUE
Y si acaso llega un tiempo
en que lo olvide, nosotros
recordárselo sabremos.
UN GRANDE
Ya están aquí.
Escena V

DICHOS, EL CONDESTABLE, EL CONDE DE URGEL, que salen por la galería derecha.

EL CONDESTABLE
Ricoshombres
de Castilla, aquí estáis viendo
5280
al ilustre aragonés
que viene con el intento
que ya os dije. -Mas oíd:
si la salvación del reino
reclama este sacrificio,
5285
vea el mundo que lo hacemos
respetando el infortunio;
y que cumplimos a un tiempo
como buenos castellanos
y leales caballeros.
5290

(Al CONDE DE URGEL.)

Antes, pues, que en vuestras manos
al tierno niño entreguemos,
jurad como embajador,
y en nombre de vuestro dueño
don Jaime, conde de Urgel...
5295
URGEL
Del rey de Aragón.
EL CONDESTABLE
Es cierto:
del rey de Aragón. -Jurad,
cual si lo jurara él mesmo,
que don Juan será por él
tratado con el respeto
5300
debido a su regia cuna.
URGEL
Lo juro.
EL CONDESTABLE
También queremos
que en su nombre nos juréis
que no intentará ponerlo
en el trono de Castilla
5305
por fuerza de armas, a menos
que el rey don Fernando intente
hacer valer sus derechos...
URGEL
¡Sus derechos no! Sus locas
pretensiones.
EL CONDESTABLE
Lo concedo:
5310
sus pretensiones al trono
de Aragón por igual medio.
FADRIQUE
O también cuando nosotros
se lo exijamos, si el nuevo
rey se negase a guardarnos
5315
las franquicias y los fueros
que a los grandes corresponden.
URGEL
Así lo juro.
EL CONDESTABLE
Y yo acepto
en mi nombre, y el de todos,
tan solemne juramento.
5320
Ahora bien, Fernán Gutiérrez,
entrad y decid, os ruego,
a la reina que aquí aguardan
se digne favorecerlos
con su presencia los grandes
5325
reunidos.

(FERNÁN GUTIÉRREZ saluda y entra por la puerta izquierda.)

Escena VI

DICHOS, menos FERNÁN GUTIÉRREZ.

EL CONDESTABLE

(Al CONDE DE URGEL.)

Esto es hecho.
Al dar las doce el reloj
de la torre, un escudero
marchará con orden vuestra
a hacer que entren en Toledo
5330
los jinetes que trajisteis,
porque, escoltados con ellos,
en la litera real
partáis los tres con silencio;
y al nuevo sol, proclamamos
5335
a don Fernando ante el pueblo.
Escena VII

DICHOS, LA REINA, FERNÁN GUTIÉRREZ.

(FERNÁN GUTIÉRREZ sale por la puerta izquierda y da paso a LA REINA, que al ver a los grandes se para.)

LA REINA
¡Ay! ¡Aquí están!... ¡Ellos son!...
Se acerca el terrible instante...
¡Y no parece el infante!...
¡No llegan los de Aragón!
5340
Cuando en él, y sólo en él
para resistir confío,
así me deja, ¡Dios mío!
¡Incertidumbre cruel!
¿Y cómo me respondió
5345
de la lealtad de don Diego,
si yo misma escuché luego
que aquí don Diego ofreció
que a mi hijo entregaría?
¡Me confundo! -¿Y qué hago ahora?...
5350
¡Gran Dios! ¡Va a sonar la hora!...
Redoblarán su porfía...
¿Y cómo hacer resistencia,
si nadie en mi apoyo viene?...
URGEL

(A los grandes, que están en el lado opuesto.)

Acabemos... ¿Qué os detiene?
5355
EL CONDESTABLE
Confieso que la presencia
de esa mujer desgraciada,
que fue reina de Castilla
y de su reino y su silla
se ve en un punto arrojada,
5360
en tan solemne momento
conmueve mi corazón,
y al contemplar su aflicción
enternecido me siento.

(Al OBISPO.)

De vos, don Sancho, quizá,
5365
cual ministro del Señor,
con resignación mayor
la propuesta escuchará.
Tomad.

(Le presenta un pergamino.)

SANCHO
No, que a toda ley
a vos os toca, ¡por Dios!
5370
Sois el condestable vos,
testamentario del rey...
Y además: que en esta empresa
sois quien la voz ha llevado,
y así...
URGEL
¡Basta de altercado!
5375
¡Timidez extraña es esa!
Dadme.

(Quiere tomarlo.)

EL CONDESTABLE
Eso no. -Un extranjero
no le ha de imponer la ley
a la viuda de mi rey.
Iré yo mismo primero,
5380

(Se acerca a LA REINA.)

¡Señora!...
LA REINA
¡Llegó la hora!...
¿Vais la infamia a consumar?
¡Oh Dios!...
EL CONDESTABLE
Si os dignáis mirar
nuestros semblantes, señora,
ellos os podrán decir
5385
que, al dar este triste paso,
lo sentimos tanto acaso
cual vos lo podéis sentir.
Mas este duro servicio
demanda el público bien.
5390
Mostraos grande vos también:
consumad el sacrificio.
LA REINA
¿Tan pronto queréis que sea?
EL CONDESTABLE
Dentro de breves instantes
debéis partir. -Pero antes,
5395
y para que el mundo vea
que vos, como así es verdad,
atenta al común sosiego,
os rendís a nuestro ruego
con entera voluntad,
5400
será cuerda prevención...
LA REINA
¿Qué?
EL CONDESTABLE

(Presentándole el pergamino.)

Que pongáis vuestra firma
en esta acta que confirma
vuestra magnánima acción.
LA REINA
¡Mi firma!... ¿Y qué dice ahí?
5405
EL CONDESTABLE
Nada dice que os asombre:
lo que ya sabéis. En nombre
de don Juan decís aquí
que con entero albedrío
renunciáis a la corona,
5410
cediéndola en la persona
de don Fernando su tío.
LA REINA
¿Yo?... ¡Nunca!... ¡Jamás!...
EL CONDESTABLE
¡Señora!...
LA REINA
¡Hasta aquí pudo llegar!
EL CONDESTABLE
Pues ¿qué os importa firmar
5415
lo que vais a hacer ahora?
FADRIQUE
¿En tan poca estimación
la fama vuestra tenéis,
que en esa firma no veis
salvada vuestra opinión?
5420
¿Preferís que el mundo diga,
si no firmáis ese escrito,
que algún oculto delito
en vos el reino castiga?
LA REINA
¡Hable el mundo!... ¡Yo me río
5425
de cuanto pueda creer!
Lo que no quiero es perder
el amor del hijo mío.
Sin ese escrito cruel,
donde al ver mi firma es llano
5430
que maldecirá la mano
que le arrojó del dosel,
quizá consiga yo un día
que disculpe mi flaqueza
pintando vuestra fiereza,
5435
haciendo que mi porfía
más firme y tenaz parezca,
mi constancia encareciendo...
En fin, mintiendo, mintiendo,
para que no me aborrezca.
5440
¿Queréis en mi corazón
con esa horrible venganza
matar hasta la esperanza
de conseguir mi perdón?
EL CONDESTABLE
Si decirle os proponéis
5445
que con violencia tan cruda
de aquí os echamos, ¿quién duda
que añadir también podréis
que a firmar se os obligó
usando de igual violencia,
5450
sin que vuestra resistencia
fuera bastante?...
LA REINA
¡Eso no!
Vosotros tenéis poder
para arrojar fácilmente
del trono a un niño inocente
5455
y a una infelice mujer,
seres que el cielo abandona,
y de vuestra fuerza usando
sacarlos de aquí arrastrando
y robarles la corona.
5460
Pero no hay poder humano
que al ente más débil venza
a que su oprobio y vergüenza
trace con su propia mano.
EL CONDESTABLE
Reina, por piedad, no así
5465
dejéis el tiempo pasar;
y sabed que sin firmar
no habéis de salir de aquí.
LA REINA
¡Nunca saldré!
EL CONDESTABLE
Bien está:
nadie os forzará, señora:
5470
vos no saldréis, en buen hora:
mas vuestro hijo saldrá.

(Hace ademán de dirigirse hacia la puerta de la derecha.)

LA REINA
¡Mi hijo!... ¡No!... ¡Deteneos!...
EL CONDESTABLE
Sólo le veréis partir,
pues os negáis a cumplir,
5475
señora, nuestros deseos.
LA REINA
¡Hombres viles!... -Digo mal:
hombres no: tigres seréis,
que un hijo robar queréis
del regazo maternal...
5480
EL CONDESTABLE
Nunca fue tal nuestro intento:
mas vos lo queréis...
LA REINA
¡Yo!
EL CONDESTABLE
Vos;
y a nuestro pesar...
LA REINA

(ap.)

(¡Gran Dios!...
Acaso en ese aposento
a guardar al hijo mío
5485
el infante se ocultó,
y no abrirá.)
EL CONDESTABLE
¿Firmáis?
LA REINA
No.
(En su protección confío.)

(EL CONDESTABLE, oída la repulsa de LA REINA, se llega a la puerta de la derecha y llama.)

EL CONDESTABLE
¡Diego López!

(LA REINA tiene fijos con ansiedad los ojos en la puerta; ábrese ésta, y aparece DIEGO LÓPEZ.)

Escena VIII

DICHOS, DON DIEGO.

DIEGO
Vedme aquí.
LA REINA
(¡No es él!... ¡No es él! ¿Dónde está?
5490
¡Mi esfuerzo se agota ya!
¿Qué más exige de mí?)
EL CONDESTABLE
Don Diego, llegó el momento.
Juntos aquí estáis mirando
a los grandes, esperando
5495
el exacto cumplimiento
de la palabra que disteis.
A don Juan nos entregad.
DIEGO
Pronto estoy... Mas recordad
que a las doce me dijisteis.
5500
(Ganar tiempo me conviene...
Imposible es la defensa...
Pero el infante ¡en qué piensa,
que en tal conflicto me tiene!)
EL CONDESTABLE

(A LA REINA.)

Ya lo oís: cortos instantes
5505
os restan de vacilar.
Las doce van a sonar.
LA REINA

(Con desesperación.)

Quizá mis sollozos antes,
mis gemidos de dolor,
llenando el lóbrego espacio,
5510
del fondo de este palacio
me traigan un defensor.
¿Pensáis que a ese inicuo bando
no hay hombre que ponga miedo?
Aún hay alguno en Toledo...
5515
que quizá me está escuchando.
Noble y leal corazón
en cuya virtud aún creo,
ven a lograr el trofeo
de esta generosa acción.
5520
Ven, acude antes que suene
la hora fatal en mi oído...

(La campana del alcázar da las doce.)

¡Ay!... ¡Las doce!
DIEGO
(Soy perdido.)
LA REINA
¡Nadie en mi defensa viene!
EL CONDESTABLE
¿Don Diego, oís? -Vamos presto.
5525
LA REINA
Aguardad...
EL CONDESTABLE

(A LA REINA.)

No nos sigáis.
LA REINA
¡Tened!... ¡tened!...
EL CONDESTABLE
¿Qué mandáis?
LA REINA
Dadme ese escrito funesto.
EL CONDESTABLE
Tomad.

(Se acerca a ella y le presenta el pergamino.)

LA REINA
Ya es fuerza que ceda...

(Firma y se lo devuelve.)

Ahí tenéis. -Hijo querido,
5530
perdón... todo lo has perdido...
sólo tu madre te queda.

(Entra precipitada por la puerta de la derecha.)

Escena IX

DICHOS, menos LA REINA.

EL CONDESTABLE
¡Al fin triunfamos! Tomad,
Fernán Gutiérrez, y así
que los dos salgan de aquí,
5535
a los reales marchad.

(Le entrega el pergamino.)

Escena X

DICHOS, UN ESCUDERO.

ESCUDERO
Señor, un fuerte escuadrón
a las puertas se presenta
y entrar en Toledo intenta.
URGEL
¿Es de Aragón?
ESCUDERO
De Aragón.
5540
EL CONDESTABLE

(Al CONDE DE URGEL.)

El vuestro será...
URGEL
No hay duda.
De mi prolija tardanza
receloso, aquí se lanza
a darme amparo y ayuda.
EL CONDESTABLE
Andad pronto; que entre luego.
5545

(Al ESCUDERO, que se va.)

Id vos, y vuestra presencia
logre calmar su impaciencia.

(Al CONDE DE URGEL, el cual se va, calándose la visera.)

Entremos. -Venid, don Diego.

(Entran por la puerta de la derecha, llevándose a DIEGO LÓPEZ, que los sigue con la mayor turbación. Así que desaparecen, se dirige FERNÁN GUTIÉRREZ a la galería izquierda, y sale por ella DON FERNANDO.)

Escena VI

FERNÁN GUTIÉRREZ, DON FERNANDO.

FERNANDO
¿Firmó?
GUTIÉRREZ
Firmó: vedlo aquí.

(Le entrega el pergamino.)

FERNANDO
Mano tan débil que firma
5550
este escrito vergonzoso,
¿podrá regir a Castilla?
GUTIÉRREZ
Vuestro tesón ya es inútil.
Todo a que cedáis conspira.
Perded, señor, la esperanza
5555
de que Aragón os asista
con gentes de armas.
FERNANDO
¿Por qué?
GUTIÉRREZ
Porque un emisario envía
para alentar a los grandes
a que la corona os ciñan.
5560
FERNANDO
¡Justo Dios!...
GUTIÉRREZ
Amedrentado
don Diego les facilita
la entrada, y en este instante
por las estancias vecinas
buscando al niño estarán.
5565
Si despechados registran
el alcázar, si le encuentran,
y ciegos se precipitan,
roto el lazo del respeto,
a dar a su empresa cima...
5570
FERNANDO
¿Conque no hay remedio ya?
¡Conque atajados se miran
todos los caminos, todos!...
GUTIÉRREZ
Uno os queda.
FERNANDO
Sí, el que guía
a la usurpación, al crimen,
5575
el que mi pecho horroriza...
Y en él siento que me arroja,
aunque el alma lo resista,
una fuerza incontrastable...
¡Mas oh!... ¡Los cielos me inspiran!
5580
Su luz resplandece... y veo
la senda por donde limpia
sabré conservar mi fama
y salvar de su ruina
el trono de mis mayores.
5585
Tú que ves, sombra querida
de mi rey, el noble intento
que mi corazón anima,
dame tu perdón y ayuda.
Ese cetro que me obligan
5590
a tomar, vara de hierro
será que la frente altiva
de esos soberbios quebrante...
inexorable cuchilla
que ancho camino abrirá,
5595
regado con sangre inicua,
por donde el niño inocente
vuelva al trono de Castilla...
A ese trono en que yo mismo
he de colocarle un día...
5600
A ese trono que mi brazo,
con la protección divina,
sabrá alzar sobre cimientos
que firmes y eternos vivan.
GUTIÉRREZ
¡Oh alma grande y generosa!
5605
Señor, la fausta noticia
corro a anunciar...

(Óyese a lo lejos un toque de clarín.)

FERNANDO
Aguardad.
¿Qué es eso?
GUTIÉRREZ
Es la comitiva
del enviado aragonés,
que al alcázar se aproxima
5610
a custodiar la litera
real.
FERNANDO
¡Y si Dios me envía
el auxilio que esperaba!
Fernán Gutiérrez, aprisa
bajad; y si son los míos,
5615
dad por señal que repita
segunda vez el clarín,
y defended las salidas
del alcázar: yo os aguardo
en esa estancia contigua.
5620

(FERNÁN GUTIÉRREZ se va apresurado por la galería derecha. DON FERNANDO desaparece por la de la izquierda. -Óyense en la habitación de la derecha los gritos de LA REINA.)

Escena XII

LA REINA, EL CONDESTABLE, DON DIEGO, DON FADRIQUE, LOS GRANDES.

LA REINA

(dentro.)

¡Asesino! ¿Dónde estás?...
No me detengáis...

(Saliendo.)

EL CONDESTABLE

(A DON DIEGO.)

¿Qué indigna
traición es esta, don Diego?
LA REINA
¡Dejadme salvar su vida!
Yo le hallaré.
EL CONDESTABLE

(A DON DIEGO.)

¿Quién le tiene?
5625
FADRIQUE

(Al mismo.)

¿Quién?
LA REINA
Aunque tenga yo misma
que demoler piedra a piedra
estas murallas. -Daos prisa.
Venid. -Decidme: ¿qué ocultos
subterráneos, qué guaridas
5630
hay aquí? ¿Dónde lleváis
a perecer vuestras víctimas?
EL CONDESTABLE
Señora, ¿qué estáis diciendo?
FADRIQUE

(A DON DIEGO.)

Aclarad vos este enigma.
DIEGO
No me culpéis.
LA REINA

(A DON DIEGO.)

Traidor, tiembla.
5635
Va a presentarse a tu vista
el infante, que está aquí,
y a castigar tu perfidia.
TODOS
¡El infante!
LA REINA
Sí, el infante...
¡Hermano!... ¡Hermano!...

(Dando gritos.)

EL CONDESTABLE
¡Delira!
5640
LA REINA
No responde... -Si he cedido
a vuestros ruegos sumisa,
si la renuncia he firmado,
si veis que estoy decidida
a partir, ¿qué más queréis?
5645
Vuestro rencor necesita
verter su sangre, ¡verdugos!
-¿Por qué? -Yo a remotos climas
me iré con él... Sí, muy lejos;
donde no tengáis noticia
5650
de su existencia siquiera...
Pero su vida... ¡su vida!...

(Cae sin conocimiento en el sillón. -Óyese más cerca el segundo toque del clarín.)

EL CONDESTABLE
¡Ese clarín!
FADRIQUE
Caballeros,
registremos con activa
diligencia este palacio.
5655
EL CONDESTABLE
Yo entretanto la salida
haré custodiar.
FADRIQUE
Corramos.

(Dirígense a la galería derecha. Aparece a la entrada de ella FERNÁN GUTIÉRREZ con soldados aragoneses, que cierran el paso, cruzando las lanzas.)

Escena XIII

DICHOS, FERNÁN GUTIÉRREZ, SOLDADOS.

GUTIÉRREZ
¡Atrás!
TODOS
¿Qué es esto?
EL CONDESTABLE
¡Qué miran
mis ojos! ¡Fernán Gutiérrez!
FADRIQUE
Mientras yo la espada ciña,
5660
nadie mis pasos detiene.

(Todos ponen mano a la espada.)

EL CONDESTABLE
Hernando, ¿qué significa
esta traición? ¿El infante
dónde está?... ¿Quién os envía?

(Ábrese la puerta del foro y se ve el trono: DON FERNANDO está en pie delante de la silla real: a uno y otro lado los reyes de armas con el pendón de Castilla.)

Escena XIV

DICHOS, DON FERNANDO.

FERNANDO
Ricoshombres, caballeros,
5665
aquí vuestro rey está.
TODOS
¡Él es!
EL CONDESTABLE
¡Y en el trono ya!
FERNANDO
Envainad esos aceros.
EL CONDESTABLE
¡Cediendo a nuestro clamor,
venís el trono a ocupar!
5670
FERNANDO
Yo vengo aquí a ejecutar
la voluntad del Señor.
¡Sí! -Con respeto profundo,
grandes, doblad la rodilla:
heraldos, gritad: ¡Castilla
5675
por el rey don Juan segundo!

(Baja rápidamente del trono, y deja ver sentado en él al niño don Juan segundo con corona y cetro. LA REINA, que ha ido poco a poco volviendo en sí, da un grito y corre a abrazar a su hijo, quedando arrodillada ante el trono. Los grandes se ponen en pie.)

TODOS
¡Señor!...
FERNANDO
¡Vana resistencia!
Ya la aragonesa gente
que me envía fray Vicente
tenéis en vuestra presencia.
5680
Mirad qué os está mejor:
si no elegís el camino
de jurar a mi sobrino
por vuestro rey y señor,
haré por Dios justiciero
5685
escarmiento tan cruel,
que quede memoria de él.
Todos aquí, y yo el primero,
doblemos con sumisión
a sus plantas la rodilla.
5690

(Dobla la rodilla: los grandes lo imitan.)

¡Salud al rey de Castilla!

(FRAY VICENTE, que ha aparecido un momento antes a la entrada de la galería derecha, se acerca a DON FERNANDO, seguido de los grandes de Aragón, y tomando la corona real, que le presenta UN PAJE, la coloca en la cabeza del infante.)

Escena XV

DICHOS, FRAY VICENTE.

FRAY VICENTE
¡Salud al rey de Aragón!
FERNANDO
¡Qué es esto!
FRAY VICENTE
Dios galardona
la virtud. Renunciáis vos
aquella corona, y Dios
5695
os envía esta corona.
FERNANDO
¡Padre! ¡Es sueño!
FRAY VICENTE
No lo es.
Los nueve jueces nombrados
por los tres grandes estados
del imperio aragonés
5700
oímos en Caspe ya
con sumisión reverente
la voz del que solamente
tronos quita y tronos da;
y el fallo solemne dando,
5705
que el pueblo acata cual ley,
alzamos por nuestro rey
al infante don Fernando.
FERNANDO
¿Y el conde de Urgel?
FRAY VICENTE
Del trono
lanzado y del reino fue;
5710
pero ya Aragón se ve
libre de su fiero encono.
FERNANDO
¿Cómo?
FRAY VICENTE
Llegaba mi gente
a este alcázar, y un guerrero
con ademán altanero
5715
penetrar no les consiente.
Insisten ellos, y él
alzándose la visera:
«Yo soy», les grita; ¡y él era!
TODOS
¡Él era!
FRAY VICENTE
El conde de Urgel.
5720
En vuestro poder está.
FERNANDO
En Aragón nos veremos.
FRAY VICENTE
Pues allá, señor, marchemos:
un trono os espera allá.

(LA REINA, que ha bajado a su hijo del trono, se acerca con él al infante.)

LA REINA
Permitid antes, hermano,
5725
a esta madre, a este inocente
que su gratitud ardiente
sellen en tan noble mano.

(Quiere besársela: DON FERNANDO se lo impide.)

FERNANDO
Esa gratitud, señora,
probádmela de otro modo.
5730
LA REINA
Mi vida... mi sangre... todo...
¿Qué queréis?
FERNANDO
Sabréislo ahora.
Grandes, acercaos a mí.

(Los grandes, que estaban retirados, se acercan en ademán respetuoso.)

Lo que en recompensa quiero
es que en la cruz de este acero
5735
me juréis, señora, aquí,
que por vos no ha de saber
nunca el rey este atentado:
que no empiece su reinado
empezando a aborrecer.
5740
Si así lo hacéis, os prometo
que este escrito no verá
en que vuestra firma está.

(Presentándole el pergamino.)

Acaso celo indiscreto,
más que deslealtad traidora,
5745
origen del yerro ha sido:
dése ya todo al olvido.
Ellos también desde ahora
en fe de sentirlo así,
juran eterna lealtad.
5750
Señora, llegad; llegad,
amigos. -¿Lo juráis?
LA REINA y LOS GRANDES

(Asiendo las manos del infante.)

Sí.
FERNANDO
De vuestros votos sinceros
salgo fiador, castellanos:
jurasteis como cristianos;
5755
cumplid como caballeros.

(Les presenta el niño: los grandes se arrodillan ante él.)

EL CONDESTABLE
¡Castilla a don Juan se humilla!
FERNANDO
Contento parto a Aragón.
FRAY VICENTE

(Extendiendo las manos sobre ambos.)

¡Dios eche su bendición
sobre Aragón y Castilla!
5760

La muerte de César

Tragedia en cinco actos, en verso

PERSONAS



CÉSAR.
BRUTO.
CASIO.
MARCO ANTONIO.
CICERÓN.
LÉPIDO.
DECIO BRUTO,senador.
CASCA, senador.
TREBONIO,senador.
CIMBRO,senador.
CINA,senador.
MARCELO, tribuno del pueblo.
FLAVIO, tribuno del pueblo.
QUINTO LIGARIO.
PUBLIO SIRO,poeta actor.
LABERIO, poeta actor.
ENNIO,esclavo de Casio.
LUCIO, esclavo de Quinto Ligario.
ARTEMIDORO,liberto.
FABERIO, secretario de César.
VALERIO, jefe de lictores.
LUCIO COTA, quindecemviro.
OCTAVIO, sobrino de César.
SERVILIA, madre de Bruto.
LICIA,esclava de Servilia.
Senadores, sacerdotes, lupercos, esclavos, pueblo, lictores, soldados.

La acción pasa en Roma.

Acto primero

En el palacio de CÉSAR.

Escena I

CÉSAR, MARCO ANTONIO.

(Cuatro amanuenses siguen la palabra de CÉSAR, que les dicta alternativamente.)

ANTONIO
César, perdona si importuno Antonio
a interrumpir se atreve tus tareas.
Deja un instante de pensar en Roma
y en ti y en mí y en tus amigos piensa.
¿No basta que en la rota de Farsalia,
5765
desoyendo mi voto, tu clemencia
concediera la vida a los vencidos?
Pues ¡por Júpiter sacro! ¿a qué te empeñas
en colmarlos de honores y mercedes?
Bruto es pretor de Roma: esa caterva
5770
de senadores, que siguió a Pompeyo,
a Roma traes y en el senado sientas.
Cimbro, Casio y Marcelo y Flavio y Cina,
tus contrarios ayer, con insolencia,
aquí, a tu vista, en tu palacio mismo,
5775
tan soberbios y altivos se presentan,
que a veces dudo si en Tesalia acaso
yo a Pompeyo seguí, y ellos a César.
Esa bondad, en vez de cautivarlos,
su orgullo irrita y su osadía alienta.
5780
Ya hacen correr que el hijo de Pompeyo
se alza segunda vez; ya que de Persia
Cecilio Baso con crecida hueste
rápido avanza y al Eúfrates llega.
El locuaz Cicerón con desenfado
5785
tus edictos en público comenta,
luciendo epigramáticos donaires
que en daño tuyo repetidos vuelan.
César, vuelve en tu acuerdo; por ti mira:
la confianza hasta el exceso llevas.
5790
Déjame del poder, que entero abarcas,
lo que baste a velar en tu defensa,
a descubrir y castigar traidores.
No más reclamo, mi ambición es esa.
Al dictador el cónsul se lo pide:
5795
al amigo el amigo se lo ruega.
CÉSAR
Antonio, me distraes.

(Dictando.)

«Volver a Roma
pueden, en libertad, cuantos la enseña
de Pompeyo siguieron.»

(A ANTONIO.)

¿Perdurables
los odios han de ser? Hasta las huellas
5800
quiero borrar de las pasadas luchas.
El que en la cumbre del poder se venga,
o de su propia fuerza desconfía,
o no ha nacido para tal grandeza.
No me hables de venganzas.

(Dictando.)

«Una vía
5805
abrir, que rompa la agria cordillera
del Apenino, y desde el Tíber cruce
al Adriático mar. -Roma decreta
unir los mares Jónico y Egeo,
cortando el istmo de Corinto. -Guerra
5810
declara Roma al Parto.»
ANTONIO
¡Eso me agrada!
CÉSAR

(dictando.)

«El dictador coronará la empresa
al frente de las águilas romanas.»

(Dirigiéndose a MARCO ANTONIO y dándole la mano.)

Tú me acompañarás. El ocio enerva,
querido Antonio, tus antiguos bríos.
5815
Hasta tímido estás: curarte es fuerza.
ANTONIO
¡Tímido yo! Convoca las legiones:
llévame pronto a la marcial pelea:
dame que en franca lid, en campo abierto,
llenando el aire bélicas trompetas,
5820
sobre mí solo rehilando caigan
nubes de dardos que mis ojos vean.
¡Dulce y noble morir! Mas ¡oh! ¡qué es duro
en voluptuosa estancia, donde humean
pebeteros de Arabia, coronada
5825
de albas rosas la ungida cabellera,
sobre tirios tapices reclinado,
en alegre banquete, do se ostentan
en fuentes de oro que el triclinio abruman
y el fulgor de cien lámparas reflejan,
5830
ora humeante el jabalí de Umbría,
cuya mole simétricos rodean
rombos del Tíber, ostras del Lucrino,
y de purpúrea túnica cubierta
blanca langosta, y el pavón de Juno,
5835
que cual rey del banquete se presenta
bajo el dosel que su rizada pluma
de tornasoles fúlgidos despliega;
ya las olivas que Tarento envía,
las matizadas pomas de Pompeya,
5840
y destilando miel, rubios topacios,
los dátiles de Siria; y cuando eleva
el parásito Sergio, ya beodo,
himnos a Baco, al son de las cadencias
de música festiva, y yo en el seno
5845
reclinado de Cíteris mi bella,
libo cien copas do espumantes hierven
el falerno y el másico, y anhela
más vida el corazón y más sentidos,
para gozar cuanto la mente sueña!...
5850
¡Es duro, es duro que en tan dulce instante
el epulón que a mis espaldas vela,
guarde oculto puñal que en mis entrañas
clave traidor con sobornada diestra!
Morir quiero en la lid, no asesinado
5855
como en el ara víctima indefensa.
CÉSAR
¿Qué le importa morir en un banquete
al que tanto un banquete le recrea?
Entre todas las muertes, caro Antonio,
prefiero yo la inesperada.
Escena II

CÉSAR, MARCO ANTONIO, LÉPIDO.

(LÉPIDO llega apresurado, con varios pergaminos en la mano.)

LÉPIDO
¡Oh César!
5860
Conspiran contra ti. Torpes libelos,
en que tu honor y dignidad excelsa
por el lodo se arrastra, en Roma corren.
Hacer odioso tu poder se intenta.
Mira: de Aulo Cecina es este, y éste
5865
de Pitolao, el cínico poeta.

(Entrega a CÉSAR los libelos. -CÉSAR se sienta a leerlos.)

Pues ese fruto tu bondad recoge,
que la venganza a la bondad suceda.
Aquí del falso amigo que te vende
verás el nombre; la denuncia es esta.
5870
Para tramar conjuración traidora
nocturnos conciliábulos celebran;
tu salvación, la nuestra, la de Roma
su sangre piden.
ANTONIO

(Mirando la denuncia.)

¿Ves que mis sospechas
confirmadas están? -Lépido, vamos,
5875
y que divida al punto su cabeza
la segur del lictor. He aquí su nombre:
¡Perezca Bruto!
CÉSAR
¡Bruto!... ¡Ten la lengua!

(Se levanta y toma la denuncia.)

¿Quién este escrito te entregó?
LÉPIDO
Un esclavo
de Casio: Ennio se llama.
CÉSAR
Y ¿tiene pruebas
5880
de su vil delación?
LÉPIDO
Aquí al instante
le haré traer.
CÉSAR
Detente.
LÉPIDO
En tu presencia
revelará tal vez...
CÉSAR
Lépido, basta:
nada quiero saber.

(Rompe la denuncia.)

ANTONIO
¡Bondad funesta!
CÉSAR

(Dictando.)

«En Roma se conspira: hombres ingratos
5885
pagan así de César la clemencia.
El dictador lo sabe; sabe el sitio,
y los nombres también.»
ANTONIO
Y los condena...
CÉSAR
Nada más. -Este edicto se publique.

(Da el pergamino a LÉPIDO.)

LÉPIDO
Y de Cecina y Pitolao ¿qué ordenas?
5890
En el pórtico están entre lictores.
CÉSAR
Al punto ve, y en libertad los deja.
LÉPIDO
¿Sin castigar su audacia?
CÉSAR
Que no escriba
di a Pitolao; que no nació poeta.
Con todo, de estos versos miserables
5895
cuantos logres hallar recoge y quema.
Pueden hacer fortuna: son muy malos.

(Los rompe.)

Obedece. -Vosotros salid fuera.

(Los amanuenses se retiran.)

Escena III

CÉSAR, MARCO ANTONIO.

CÉSAR
Dime: en el torbellino de esta vida,
que entre lides de Marte, entre tormentas
5900
del foro, entre placeres del banquete,
rápida a hundirse en el sepulcro vuela,
¿no has dicho alguna vez: ¡Oh!, si a la muerte
una parte de mí robar pudiera,
parte que anime el alma que me anima,
5905
parte en que corra sangre de mis venas,
en que viva yo propio, en que, a despecho
de la implacable muerte, mi existencia,
con mi nombre y mi gloria y mis virtudes,
dilate en las edades venideras:
5910
un hijo, en fin?
ANTONIO
¿Un hijo? Nunca el cielo
quiso que tales goces conociera.
CÉSAR
¡Por eso eres cruel! ¡Por eso vives
tan sólo para ti! Tu amor no encuentra
un corazón donde espaciar su fuego,
5915
y doquier rechazado, en ti se encierra.
Odio o desdén te inspiran los mortales:
en amor de ti mismo te deleitas,
y de soñado riesgo a un leve indicio
cien gargantas segar nada te cuesta.
5920
¡Alma infeliz, en soledad sumida!
ANTONIO
Pues tú, que ni a Calpurnia ni a Pompeya
debiste nunca que a tu estéril lecho
invocada Lucina descendiera,
afianza tu poder; goza la vida
5925
que te otorguen los númenes, y deja
que después de tu muerte cuiden ellos
de lo que a la República convenga.
CÉSAR
¿Qué es la vida que el cielo nos concede?
¡Relámpago fugaz! ¿Acaso piensas
5930
que en los mezquinos lindes de mi vida
mis pensamientos, mi ambición se encierran?
¡Grande ambición, a fe! No, Antonio; mío
es ya de Roma el porvenir: la herencia
del vasto imperio que fundó mi espada,
5935
del mar de Luso a la remota Persia,
reclama un sucesor.
ANTONIO
¿Y quién es ese?
CÉSAR
¿Quién, me preguntas? Quien mi sangre tenga.
ANTONIO
¿Tu sangre? De tu sangre hay sólo Octavio.
¿Es ese el sucesor? Otros pudieras
5940
hallar de más valor, de más servicios,
que de Roma y de ti más dignos fueran;
no un rapaz enfermizo, que criado
de su madre a la sombra, en las escuelas
se escondió de Apolonia, huyendo el ruido
5945
de las batallas.
CÉSAR
Sin razón desprecias
a mi sobrino Octavio. Si carece
de marciales arrojos, de otras prendas
descubro en él los gérmenes ocultos;
prendas que acaso a la virtud guerrera
5950
venzan, Antonio, en la futura Roma,
que ya en el mundo subyugado reina:
perseverancia, astucia, disimulo,
y así al mal como al bien alma dispuesta.
No conoces a Octavio. Y yo en sus manos
5955
no dudara legar mi vasta empresa,
si otro de más virtud, más caro a Roma
y más caro a mi amor, no antepusiera.
ANTONIO
¡Otro! ¿Quién es, en fin?
CÉSAR
¿Quién es?... Escucha.
Cuatro lustros de edad contaba apenas,
5960
y contra Sila conspiraba entonces.
Él lo sabe y proscribe mi cabeza,
diciendo, al sentenciarme, que veía
muchos Marios en mí. La infausta nueva
me dan a tiempo que en la Vía Sacra
5965
vagando discurría: con presteza
huyo al punto de allí, cien calles cruzo,
cuando al pasar delante de la puerta
de humilde casa, una mujer distingo,
que de la toga asiéndome con fuerza:
5970
«Entra, me dice, ocúltate.» De un salto
salvo el umbral: con ímpetu se cierra
la puerta a mis espaldas; y guiado
por aquella mujer, a una secreta
estancia llego donde entrar me manda,
5975
y «libre estás, me dice; pero piensa
que al salvarte la vida yo aventuro
la vida y el honor: calla y espera.»
Dijo y despareció. -Te juro, Antonio,
que aún hoy, tras tantos años, tantas guerras,
5980
siento un vivo placer al recordarlo.
Solo quedé y extático: la idea
de mi riesgo olvidé: sólo la imagen
noble, expresiva, candorosa, bella,
de mi libertadora me ocupaba,
5985
y en mi pecho sentí que con violencia,
de gratitud sobre la pura llama,
lanzaba amor su abrasadora tea.
¿Que olvidé mi peligro, te decía?
Miento; que lo bendije. -En fin, secretas
5990
entrevistas, instancias, juramentos
de constancia recíproca, y la fuerza
del Destino, rindieron en mis brazos,
tras larga lucha, su virtud severa.
De un duro hermano al vigilante celo
5995
temblaba la infeliz ver descubierta
mi retirada estancia, que tan sólo
a una esclava leal fió su lengua;
y más temblaba que el morir, la mancha
que arrojaba en un nombre que venera
6000
Roma y ensalza a par de las deidades,
cual de rara virtud perfecto emblema.
Partir era forzoso, y una noche
partí, dejé la Italia, marché a Grecia;
y mientras lejos de mi patria andaba,
6005
la mujer cuya imagen llevé impresa,
fruto de nuestro amor, dio a luz un hijo.
ANTONIO
¡Un hijo!... ¿Y vive?
CÉSAR
Vive. -La suprema
autoridad entonces Sila abdica,
y a Roma presuroso doy la vuelta.
6010
Nunca logré estrechar contra mi seno
al hijo de mi amor, cuya existencia
a costa de continuos sobresaltos
pudo al mundo ocultar su madre tierna.
Débil, sumisa, a un hombre que no amaba
6015
su duro hermano la ligó en mi ausencia.
En las guerras de Lépido y Pompeyo
su esposo pereció; y entonces ella
mostró a la faz de Roma el tierno niño,
como si fruto de su enlace fuera.
6020
¡Vive!... y del muerto esposo de su madre
hijo se juzga, y hasta el nombre lleva.
ANTONIO
¿Y nunca tú le revelaste?...
CÉSAR
Nunca.
Vive su madre, en la feroz escuela
de su hermano educada, que blasona
6025
de su estoica virtud, y las flaquezas
de nuestra frágil condición humana
severa juzga y sin piedad condena.
Árbitra del secreto, morir quiere
con él; y en tanto, el que saber debiera
6030
de qué sangre ha nacido, fiel a un nombre
que no es el suyo, seducir se deja
por mis contrarios, y quizá ¡infelice!
contra su mismo padre se rebela.
ANTONIO
No digas más: ¡es Bruto! ¡Le conozco!
6035
¡Por Hércules, mi abuelo! ¿Conque es esa
la gran Servilia, a cuyo solo nombre
nuestras matronas frágiles se aterran?...
CÉSAR
¡Y qué!... ¿Con ellas confundir pretendes
la que amó una vez sola... y amó a César?
6040
Este secreto, Marco Antonio, fío
a tu amistad: la fama se interesa
de una mujer en él: nunca lo olvides.
¿Faberio?...
Escena IV

CÉSAR, MARCO ANTONIO, FABERIO.

CÉSAR
¿Hay alguien que demande audiencia?
FABERIO
Cual de costumbre, aguardan tu permiso
6045
Publio Siro y Laberio.
CÉSAR
Entren.
FABERIO
La reina
de Egipto espera que también...
ANTONIO
¡Cleopatra!
CÉSAR
¡Qué importuna!
ANTONIO
¡Importuna... y es tan bella!
No así en Alejandría la juzgaste.
CÉSAR

(A FABERIO.)

Dile que al cónsul Marco Antonio vea.
6050

(A ANTONIO.)

Tú la consolarás. Que deje a Roma.
El Egipto reclama su presencia.
Dile que del caudillo aventurero
el dictador del mundo no se acuerda.
ANTONIO
¡Duro mensaje!
CÉSAR
El mensajero es hábil.
6055
FABERIO
El Senado también verte desea.
CÉSAR
¡El Senado! ¿Qué trae?
ANTONIO
Muy de mañana
deliberando estaba.
CÉSAR
Alguna arenga
que preparada Cicerón traería
de su quinta de Túsculo. -La escuela
6060
del Senado es muy útil a la gloria
y al esplendor de las romanas letras.
Entren todos.

(FABERIO los introduce.)

Escena V

CÉSAR, MARCO ANTONIO, FABERIO, PUBLIO SIRO, LABERIO, CICERÓN, BRUTO, CASIO, CIMBRO, CASCA, DECIO, TREBONIO, CINA, SENADORES.

CÉSAR
¡Salud, padres conscriptos!

(A LABERIO y PUBLIO SIRO.)

Llegad vosotros, gloria de la escena.
Espejo de las públicas costumbres
6065
son tus farsas, Laberio: no sospecha
Roma que, cuando ríe al escucharte,
de sí propia se burla.
LABERIO
Nadie piensa
que está allí su retrato, y al vecino
con maligno placer las culpas echa.
6070
Del pueblo es todo el mérito: yo escribo
y nada más: él hace la comedia.
CÉSAR
Fácil lo juzgas, porque hacerlo sabes.
¡Oh Publio Siro! -Si la vida nuestra
es dolor y placer, entre vosotros
6075
dividís el imperio de la tierra.

(A LABERIO.)

Tú mandas en la risa.

(A PUBLIO SIRO.)

Tú en el llanto.
¡Cuánto ayer te admiré! Vi al rey de Tebas,
vi a Edipo, humano, generoso, altivo,
salvador de su pueblo.
PUBLIO SIRO
Y ¿quién no acierta
6080
a pintar hoy en el teatro un héroe
justo, clemente, grande? En Roma, ¡oh César!,
hay un modelo que imitar.
CÉSAR
Vi al héroe;
mas no vi tanto al padre. Cuando estrecha
contra su corazón el triste Edipo
6085
sus tiernos hijos por la vez postrera,
no expresaba tu acento la amargura,
el inmenso dolor en que se anega
una alma paternal, a quien la suerte
priva de un hijo y a vivir condena
6090
en dura soledad... ¡Oh Publio Siro!
¡Tú no eres padre!
PUBLIO SIRO
¡El cielo no lo quiera!
¡Esclavos son los hijos del esclavo!
CÉSAR
¡Esclavo tú!

(A BRUTO.)

Pretor de Roma, llega:
ejerce el más precioso de tus cargos:
6095
manumite al esclavo.

(BRUTO se acerca y toca con la vara en la cabeza a PUBLIO SIRO.)

BRUTO
Libre quedas.
CÉSAR
Nobles desde hoy las artes liberales
el Senado declara.
PUBLIO SIRO Y LABERIO
¡Gloria a César!
CÉSAR

(Dando a los SENADORES los pergaminos.)

Esas leyes tomad: que en nombre vuestro
se publiquen al punto.
CICERÓN
¿Y ya aquí puestas
6100
nuestras firmas están?
CÉSAR
Tú, retirado
en tu quinta de Túsculo, te alejas
de los negocios...
CICERÓN
¡Cierto! ¿Y tú te encargas
de hacer las leyes?...
CÉSAR
Y la gloria es vuestra.
CICERÓN
¡Cierto! Por eso al campo me retiro
6105
a disfrutarla en calma. Y ¿no recelas
que altere tu salud hacer tú solo
lo que nuestra República modesta
encomendaba a tantos: al Senado,
al pueblo, al cónsul, al tribuno?...
CÉSAR
Velan
6110
por mi salud los dioses, y yo velo
por la salud de Roma: nada temas,
ilustre Cicerón.
CICERÓN
Y si te ayuda
algún sabio varón, docto en las letras...
Marco Antonio quizá...

(Todos miran sonriendo a ANTONIO.)

ANTONIO
¡Viejo insolente!
6115
Alguna vez me pagará tu lengua
ese sarcasmo.
CÉSAR
¡Basta! Antonio sirve
a Roma con la espada.
ANTONIO
Y lo que pesa
la mía, ya en Farsalia lo probasteis;
aunque no tanto como yo quisiera.
6120
BRUTO
¿Quién lo estorbó? No fueron nuestros ruegos.
ANTONIO
Ni fue mi voluntad.
CICERÓN

(A CÉSAR.)

Fue tu clemencia.
CÉSAR
Fue mi deber. La ingratitud de algunos
provocó mi venganza; y en defensa
de mi ultrajado honor, sangre romana
6125
en las batallas derramó mi diestra;
mas después de obtenida la victoria,
¡atroz barbarie derramarla fuera!
No hay aquí vencedores ni vencidos:
todos romanos somos. ¿Qué nos resta
6130
para mandar al mundo, senadores?
Conquistar a los Partos, y la afrenta
vengar de una derrota. Allí cautivos
los soldados de Craso, a la cadena
avezados de larga servidumbre,
6135
en torpe lazo conyugal, ¡oh mengua!,
a extranjeras esposas se han unido.
Yo lavaré esa mancha: las enseñas
de Roma, en breve tiempo victoriosas,
alzaré en las murallas de Selcucia.
6140
Mis tareas por hoy, en bien de Roma,
terminadas están: decid las vuestras.

(Se sienta.)

CICERÓN
También en gloria de la patria han sido,
pues en tu gloria son. Escucha, ¡oh César!

(Leyendo.)

«El senado sagrada tu persona
6145
desde hoy declara: colocar ordena
a par de la de Júpiter tu estatua,
alzada sobre el globo de la tierra.
Templo y aras tendrás, y andas y palio,
y silla de oro y lupercales fiestas.
6150
El quinto mes, en gloria de tu nombre,
Julio se llamará; y en fin, decreta
que siempre lleves a tu sien ceñido
el dorado laurel que te presenta.»

(Se lo ofrecen.)

CÉSAR

(Levantándose.)

¿Y para esto se juntó el Senado?
6155
¿Y así malgasta en fútiles tareas
días preciosos que a aliviar los males
del triste pueblo consagrar debiera?
Sabias leyes traed; no vanas honras,
que excesivas son ya. De todas ellas
6160
este laurel es lo que más me agrada.
Lo acepto, porque oculte en mi cabeza
este ultraje que debo, no a los años,
sino a la ruda militar faena
y al continuo ludir del férreo casco,
6165
ocho lustros ceñido.

(Se pone el laurel.)

CASCA
¡A ti encomiendan
los altos dioses la salud de Roma;
y a nosotros honrarte!
DECIO
¡Y no hay ofrenda
que a honrar alcance al semidiós del Tíber!
CIMBRO
Admítelas: la patria te lo ruega.
6170
CASIO
Y en nombre suyo los romanos todos.
LOS SENADORES
¡Todos, sí!
BRUTO
¡Todos, no! -¡Sombra severa
del gran Catón, consuélate! Respiran
dos romanos aún: yo, que a esas muestras
de adulación me opuse en el Senado.
6175
CÉSAR
¿Quién es el otro?
BRUTO
Tú, que las desprecias.
CÉSAR
¡Alma romana, ven! -Dejadme todos.

(Todos se retiran.)

Escena VI

CÉSAR, BRUTO.

CÉSAR
Tú me comprendes, Bruto: no desea
adulación servil el alma mía.
¿Por qué el único labio en que resuena
6180
la voz de la verdad, con tal desvío,
con tal ingratitud de mí se aleja?
Por la gloria de Roma he combatido:
a su dicha desde hoy mi vida entera
pretendo consagrar. Habla: tú eres
6185
el ídolo del pueblo: sus querellas
cuéntame tú; satisfacerlas quiero
por tu mano. ¿Qué pide? ¿Qué desea?
BRUTO
De ti, sólo una cosa.
CÉSAR
¿Cuál?
BRUTO
Que abdiques
el supremo poder. -Pues tanto anhelas
6190
que llegue la verdad a tus oídos,
a decírtela vengo; y no pudiera
Bruto corresponder más noblemente
de tu cariño a las continuas muestras.
César: cuando en los siglos venideros
6195
la historia de tu vida el mundo lea,
tus triunfos increíbles, tus conquistas,
tus hazañas sin cuento, tus proezas
en el Nilo, en el Rhin y el Océano,
tu gloria, tu fortuna, tu clemencia,
6200
llenarase de asombro. Si ese asombro
quieres que en alabanza se convierta,
corona ya tus hechos inmortales
con un hecho que a todos obscurezca:
volviendo a Roma sus antiguas leyes
6205
y su antigua República. -Contempla
que las victorias atribuirse pueden
tal vez a la fortuna; mas la empresa
de dar a un pueblo libertad es sólo
obra de la virtud. Acción tan bella,
6210
mejor que triunfos bélicos, tu fama
sobre cimientos sólidos eleva.
CÉSAR
¿Qué libertad me pides, triste Bruto?
¿Qué libertad para tu patria sueñas?
¿La que gozaba Roma cuando, iguales
6215
todos y todos pobres, las faenas
del campo eran su oficio? ¿Cuando el cónsul,
cumplido el año, la segur depuesta,
bajaba en paz del alto Capitolio,
tornando ufano a manejar la esteva?
6220
No es esta aquella Roma: las conquistas
vertieron en su seno las riquezas
del subyugado mundo, y con el oro
la ponzoña que corre por sus venas.
El rico fue tirano; esclavo el pobre:
6225
¡la libertad murió! Turbas hambrientas,
tendidas en los pórticos, aguardan
los desperdicios de opulenta mesa;
y el libre voto, que a los altos puestos
de la suprema dignidad eleva,
6230
a precio vil en los comicios venden.
Roma degenerada se prosterna
a las plantas de Mario, o bajo el hacha
de Sila tiende la servil cabeza.
¿Y en tales manos su salud, su gloria
6235
pudiera yo fiar? Bruto, desecha
tu mentida ilusión; los ojos abre:
mira a Roma cual es, y no cual era;
y ambos, desde hoy unidos, procuremos,
pues libre no ha de ser, que feliz sea.
6240
BRUTO
No puede ser feliz un pueblo esclavo.
CÉSAR
No es esclavo por mí; para él cadenas
mis bondades no son.
BRUTO
¡Ah, tus bondades!
¡Esas son a la patria más funestas
que los suplicios del sangriento Sila!
6245
Si desoyes mis ruegos; si te empeñas
en ser tirano, imítale: derrama
nuestra sangre a torrentes; quizá al verla,
de su letargo despertando Roma,
se alce al fin contra ti. Mas ¡oh! con esa
6250
bondad inicua acariciando al pueblo,
¡pérfido!, a amar su esclavitud le enseñas.
CÉSAR
No le hice esclavo yo.
BRUTO
¿Pues quién?
CÉSAR
Sus vicios.
BRUTO
Esos vicios, que hipócrita lamentas,
con el ejemplo combatirlos debes.
6255
Dalo el primero tú; la noble empresa
digna de César es. Abdica, abdica
el supremo poder; y ante la fuerza
de esa heroica virtud, verás que Roma
asombrada se postra y te venera,
6260
no como a dictador, mas como a numen.
CÉSAR
¡Es tarde ya!
BRUTO
¡No es tarde! Te lo ruega
Bruto, y cae a tus plantas. ¡Por la patria,
por tu gloria inmortal, abdica, oh César!
CÉSAR
¿Qué pides, infeliz? Si yo abdicase,
6265
¡ay de la patria!
BRUTO
¡Basta! -No hay en ella
más que un romano ya, que avergonzado,
de ti y de Roma con horror se aleja.

(Se va.)

Escena VII
CÉSAR
¡Sublime indignación! ¡No sufre dueño!
Veo mi sangre en él: ¡hijo es de César!
6270

Acto segundo

En casa de BRUTO. -Una lámpara encendida.

Escena I

SERVILIA, LICIA.

(Ambas están sentadas.)

SERVILIA
¡Tus párpados se cierran, pobre Licia!
¿Por qué te obstinas en velar? Descansa:
retírate a tu lecho.
LICIA
¿Será justo
que tu esclava repose, y solitaria
esperes tú?
SERVILIA
Yo espero al hijo mío.
6275
¡Con bien los dioses al hogar le traigan!
LICIA
Contigo esperaré. ¿Te aflige acaso
triste presentimiento? ¿Por qué causa
en perpetuos temores te consumes?
Bruto es de Roma el ídolo: le ama
6280
el dictador.
SERVILIA
¡Y él huye de su vista!
LICIA
¿Huye de César Bruto? ¡Oh cielo! ¿Y nada
le dice el corazón?
SERVILIA
¡Licia!
LICIA
No temas:
nadie nos oye aquí.
SERVILIA
¡Yo te oigo; y basta!
LICIA
¿Y qué podrás oír del labio mío
6285
que en justa admiración, en alabanza
de tu virtud no sea? ¿Quién en Roma
no respeta tu nombre? ¿Quién tu casa
no mira como un templo, donde el genio
del severo Catón vive en su hermana?
6290
SERVILIA
Él desde las mansiones de los justos
ha visto el crimen ya, que mi falacia
supo ocultarle aquí. Su voz escucho
que me grita: «¡Impostora! ¿Por qué engañas
al mundo así con tu virtud mentida?
6295
¡Tiembla que un día de tu rostro caiga
esa máscara vil! ¡Ay de ti entonces!
Y ¡ay de tu hijo!» -¡Bárbara amenaza
que sin cesar me aterra!
LICIA
¿Y cómo puede
cumplirse nunca?, di. ¿Depositaria
6300
no soy yo sola del secreto?
SERVILIA
¡Sola!
LICIA
Pues qué, ¿recelas del que pruebas tantas
te da de su respeto? Desde el punto
que, mal tu grado, en las nupciales aras
fe juraste a un esposo, ¿cuándo César
6305
osó manchar de tu virtud la fama
con indiscreto labio, ni a tus ojos
siquiera presentarse? Y el que ahogaba
en la fogosa edad de las pasiones
con tal nobleza su celosa rabia,
6310
hoy que la gloria y la ambición tan sólo
llenan su pecho, ¿mancillar osara
tu nombre? ¡Ah!, no lo temas.
SERVILIA
¡Eso mismo
me hace temerlo! ¡Ah, Licia! ¡Cuál te engañas!
Lo que el obscuro César nunca hiciera,
6315
César el dictador quizá lo haga;
que en su ciega ambición los poderosos
razón de estado a los delitos llaman.
¡Mi vida es un suplicio! Cuando César
a Bruto mira, me estremezco, ¡y tanta,
6320
tan congojosa es mi inquietud, que tiemblo
si le aborrece, y tiemblo si le ama!
LICIA
¡Modera tu aflicción! No anticipado
llores al menos un peligro...
SERVILIA
¡Calla!
¡Pasos oigo en el atrio! -¡Él es!
LICIA
¿Tu hijo?
6325
SERVILIA
A su esclavo prevén: y tú a mi estancia
vete, y aguarda allí.

(Se va LICIA.)

Sólo su vista
un breve instante mis dolores calma.
¡Hijo mío!

(Dirígese a la entrada: preséntase CÉSAR.)

Escena II

SERVILIA, CÉSAR.

CÉSAR
¡Dichosa tú, que puedes
tan dulce nombre pronunciar!
SERVILIA
¡Helada
6330
mi sangre está! -¡Tú aquí!... ¿Qué buscas?
CÉSAR
Busco,
no a la que en otro tiempo aquí buscaba,
misterioso, furtivo, devorado
de juvenil amor: no a la que el alma
en vivas ilusiones encendía,
6335
que la ausencia, la edad, el tiempo apagan;
no a la amante de César: ¡busco ahora
a la madre de Bruto!
SERVILIA
Penetrada
de gratitud la encuentras por los dones
que en él tu mano liberal derrama.
6340
CÉSAR
Otros mayores ofrecerle quiero.
SERVILIA
¿A Bruto?
CÉSAR
A nuestro hijo.
SERVILIA
¡Oh cielos!... ¡Calla!
CÉSAR
¿Callar? ¡Si vengo a que lo sepa Roma!
SERVILIA
¿Contra mi voluntad?
CÉSAR
Por respetarla,
¿sabes tú la violencia, el sacrificio
6345
que me impongo años ha? Por ti en Farsalia
sufrí que Bruto en el opuesto bando
lidiase contra mí. Desbaratada
la hueste de Pompeyo, a las legiones
que sobre ella con furia se lanzaban:
6350
«¡Perdón, grité, no los matéis, traedlos
vivos a mi presencia!» Y mis miradas
en cada cuerpo exánime creían
su cadáver hallar. -Vuelto a la patria,
por ti sufriendo estoy que a mis favores,
6355
a mi tierna afición, a mis instancias,
a mi solicitud oponga siempre
cruel desvío, indiferencia helada.
Mil veces, al hablarle, ya el secreto
sentí asomar al labio; y otras tantas,
6360
por ti, por tu respeto, en lo más hondo
de mi pecho infeliz lo sepultaba.
Llegó tu vez, Servilia: un hijo tienes.
Yo hasta ahora a esa fama que idolatras
sacrifiqué mi amor: a ti te toca
6365
hoy a su amor sacrificar tu fama.
SERVILIA
Llegó mi vez; lo veo. ¡Y yo he creído
en tu respeto! ¡Necia! ¿Qué esperanza
pude nunca fundar en quien de Roma
no respetó la majestad sagrada?
6370
¡Fatal a Roma y a Servilia fuiste!
¡A tu violencia, a tu pasión tirana
sucumbimos los dos!
CÉSAR
¡Ambas me amasteis!
SERVILIA
¡Ah! ¡Y este premio a nuestro amor guardabas!
¡A Roma la opresión: a mí el oprobio!
6375
Si de ese modo a tus amigos pagas,
¡qué harás con tus contrarios!
CÉSAR
Lo estás viendo.
Perdonarlos, volverlos a la patria
y a la silla curul: dejar que libres
conspiren contra mí, y acaso el alma
6380
emponzoñen de Bruto. ¡Y tú lo sabes,
Servilia, y lo consientes! ¡Esa rara
virtud no se horroriza de que un hijo
al que le ha dado el ser tienda asechanzas!
SERVILIA
¡Nunca tal intentó! Bruto, heredero
6385
de la virtud que le inspiró en su infancia
el sublime Catón, el fin lamenta
de la antigua República, y en alta
voz, a la faz de Roma, a par que justo
tu bondad, tu valor, tu genio ensalza,
6390
con dureza inflexible, no lo niego,
tu usurpación condena. Y tú le amas
quizá por eso mismo; porque admiras,
porque envidias en él la pura llama
de patrio amor; porque en su noble pecho
6395
asombrado contemplas cuál se hermanan
el alto genio de su heroico padre
y la virtud de su materna raza.
Mas, al odiar tu usurpación, aún siente
por ese pueblo que a tus pies se arrastra,
6400
mayor desprecio, y de su vil contacto
en los lares domésticos se aparta.
Aquí corre su vida; y yo dichosa
gozo el amor, que entero me consagra.
¡Ah! Si en tu corazón... si en tu memoria
6405
vive el recuerdo de la edad pasada;
si la mujer que te salvó la vida,
y se perdió salvándote, una gracia
tiene derecho a demandarte; ¡César!...
¡No la arrebates su serena calma!
6410
¡No me arrebates el amor de Bruto!
Sabedor de mi culpa, no alcanzara,
ante el rigor de su tremendo fallo,
ni aun su madre perdón. A ti te bastan
para llenar tu corazón la gloria,
6415
los triunfos, el poder, Roma, la Italia,
el mundo entero, que de ti, en retorno
de tanta sumisión, su dicha aguarda.
Yo la aguardo también. Por ti de Bruto
seré madre feliz. Si a ti te halaga
6420
tan dulce nombre, conquistarlo puedes:
haz que te llamen padre de la patria.
CÉSAR
¿Y tú te llamas madre? ¿Y tú imaginas
que eso es amar a Bruto? No: te engañas.
Tú no amas a tu hijo.
SERVILIA
¿No le amo?
6425
CÉSAR
Te amas a ti. Por conservar intacta
esa opinión en que tu orgullo goza:
porque tu vida obscura y solitaria
sus encantos no pierda, a Bruto quieres
en ella consumir, cortar las alas
6430
a su impetuoso genio, de su padre
ahogar las halagüeñas esperanzas,
y lo que es más, el porvenir de Roma.
SERVILIA
¿De Roma?
CÉSAR
Sí, de Roma. Óyeme: falta
una empresa a mi plan: vencer al Persa;
6435
y a acometerla voy. En las batallas,
por vez primera la fortuna instable
me puede abandonar; y antes que parta
quiero a la faz del pueblo y del Senado
nombrar mi sucesor.
SERVILIA
¡Oh cielos!
CÉSAR
¡Ardua
6440
resolución, si el misterioso Numen
que a César juzga y su designio ampara
no le otorgase por fortuna un hijo
digno de tanto honor!
SERVILIA
¿Y qué? ¿No basta
a abonar tu elección su nombre solo,
6445
su inmaculado nombre? ¿Quién osara
con Bruto competir? Pueblo y Senado,
los patricios, la plebe, cuantos aman
el bien de Roma, todos a porfía
lo aceptarán con júbilo. ¿Qué falta
6450
hace a tu noble fin que mi vergüenza
corra de boca en boca? ¿Qué inhumana
razón te impele a decretar la gloria
del hijo mío, a precio de mi infamia?
¿Por qué tanta ventura... y tanto oprobio?
6455
Elige a Bruto; y mi secreto calla.
CÉSAR
Eso no. Pues te obstinas, yo te juro
que callaré; mas pierde la esperanza
de que a Bruto designe, si hijo mío
no le puedo llamar. La soberana
6460
dignidad, que a una voz Senado y pueblo
a conferirme van, hereditaria
será desde hoy; mas sólo en el que tenga
sangre de César. -¿Tú gloria tan alta
robarle quieres?
SERVILIA
¡Mas del hijo mío
6465
el origen manchar!...
CÉSAR
¿Cuál es la mancha?
No de torpe adulterio es hijo Bruto:
libres eran sus padres; y hoy en casta
unión esposos fueran, si el mandato
de tu hermano feroz no lo estorbara
6470
y tu debilidad. -¡Servilia!, ¿quieres
más? Más haré. -Ante Roma todo calla.
Repudiaré a Calpurnia: soy tu esposo.
SERVILIA
¿Otra víctima? No.
CÉSAR
¿No eres hermana
tú de Catón, del héroe que con noble
6475
y ciego error sacrificó en las aras
de la patria su vida? Menos grande
sacrificio te pide, ¿y lo rechazas?
Bien: tu secreto morirá conmigo;
y otro será...
SERVILIA
¿Qué dices? ¿Otro?...
CÉSAR
¡Acaba!
6480
Despierta esa virtud. Toma: este escrito
es la revelación: tu firma falta.

(Le da un pergamino.)

Va a juntarse el Senado: ¡piensa en Bruto!
¡Piensa en Roma! Pronuncia una palabra;
y la dicha de Bruto harás cual madre,
6485
y la dicha de Roma cual romana.

(Se va.)

Escena III

SERVILIA.

Catón... mi hermano... su preciosa vida
supo inmolar en aras de la patria.
La patria era su amor: mi amor es Bruto.
Aquí está mi sentencia. ¡Desgraciada!
6490
¡Ni a la virtud ni al crimen pertenezco!
Un Dios, adverso a Roma y a mi raza,
por instrumento designarme quiso
de la ruina y del baldón de entrambas...
Ese implacable Dios fue quien mis pasos
6495
encaminó al umbral de esta morada
en aquel día de fatal memoria.
Él quien ardió improvisa en mis entrañas
la compasión que libertó al proscripto.
Él quien después, en aparente calma,
6500
me dio a gozar en la filial ternura
el sublime placer que hoy me arrebata.
¡Numen inexorable! ¿No ha bastado
a desarmar tu vengativa saña
la pura sangre en Útica vertida,
6505
y mi existencia entera consagrada
a llorar mi delito? ¿Qué me pides?
¿Que ose yo misma revelar mi infamia
a Roma... a Bruto? ¡Ah! ¡Nunca! ¡Eso no puedo!
¡A tanto esfuerzo mi virtud no alcanza!
6510
¡Él es!

(Viendo llegar a BRUTO.)

Escena IV

SERVILIA, BRUTO.

BRUTO
¡Madre, salud!
SERVILIA
¡Cuánto has tardado!
BRUTO
En el Pretorio fatigosa y larga
la audiencia ha sido.
SERVILIA
Inquieta me tenías:
ven y en mis brazos de tu afán descansa.

(Abrazándole.)

¡Noble afán! Por tu boca la impasible
6515
Temis dicta sus fallos.
BRUTO
¡Su balanza
nunca torcí!
SERVILIA
¡Ni tuvo nunca Roma
pretor más justo! Entre mercedes tantas
como César te otorga, ésta sin duda
fue la más digna.
BRUTO
¡Todas las trocara
6520
por la que hoy le pedí!
SERVILIA
¿Tú le has pedido
una merced?
BRUTO
¡Echándome a sus plantas!
SERVILIA
¿Tú?
BRUTO
¡Yo!
SERVILIA
¿Y la niega?
BRUTO
¡Y para más vergüenza,
acaso con razón! -No se levanta
un tirano jamás donde no hay siervos,
6525
ni jamás de rodillas se demanda
la libertad. Me la negó: ¡bien hizo!
SERVILIA
¿Y esa fue la merced?
BRUTO
¡Sueños que pasan
por mi mente febril!
SERVILIA
No desesperes.
Roma esta vez no gime bajo el hacha
6530
del rudo Mario o del demente Sila.
No es César opresor; de la usurpada
autoridad no abusa: sus afanes
al bien de la República consagra.
Tú lo sientes así; yo de tu labio
6535
mil veces escuché sus leyes sabias
y su genio admirar. No desesperes.
Y pues por senda de clemencia marcha,
sabio y justo, dejémosle, hijo mío,
al término llegar. -Dicen que al Asia
6540
corre a nuevas conquistas. -¡Si por dicha
meditase, al partir, dejar a Italia
en muestra de su amor... cuanto pudiera
su esperanza colmar!...
BRUTO
¡Vana esperanza!
No lo hará, no lo hará. ¡Si en torno suyo,
6545
aunque su noble instinto le dictara
tan generosa acción, no ven sus ojos
sino lisonja, servidumbre, infamia!
SERVILIA
¿En todos, hijo?
BRUTO
En todos. ¡Y aun hay lengua
entre esa muchedumbre degradada
6550
que se atreva cobarde al nombre mío!
¡Hay quien su ilustre descendencia clara
ose a Bruto negar!
SERVILIA
¿A ti? ¿Quién, hijo?
BRUTO
En este escrito...
SERVILIA
¡Oh cielos!
BRUTO
Que ora acaban
de arrojarme a la silla del Pretorio.
6555
SERVILIA
¡Ese escrito! ¿Y qué dice?...
BRUTO
Estas palabras:
«¿Duermes, Bruto? ¡En verdad, tú no eres Bruto!»
SERVILIA
¿Qué más?
BRUTO
No más.
SERVILIA
¡Ah!
BRUTO
Todo cuanto alcanza
el antiguo valor de los romanos,
helo aquí. Digo mal: de tanta hazaña
6560
pocos fueran capaces. Este solo,
que tal escrito en las tinieblas traza
con temblorosa mano, este es un héroe.
¡Me asombra su valor! ¡Éste aventaja
a todos en virtud! El desdichado
6565
siente siquiera la coyunda, y clama
porque amparo le den. Pronto me tiene.
Mas ¿dónde están los que lo piden? ¡Salga
el pueblo de Quirino: verá entonces
si duerme Bruto, y si en sus venas guarda
6570
sangre de aquel varón que, por la hermosa
libertad, de sus hijos las gargantas
impávido segó!
SERVILIA
¡Qué horror! ¡Detente!
¿Fueras capaz?...
BRUTO
¿Y de Catón la hermana
me lo pregunta? Madre, ¿no aprendiste
6575
que hijos, padres, hermanos, a la patria
todo se sacrifica? ¿No darías
tú por su bien tu vida, tu honra y fama,
y hasta tu hijo? -¡Si capaz no fueras
de tal virtud, por madre te negara!
6580
SERVILIA
Lo seré, lo seré: ni tú por madre
me negarás, ni Roma por romana.
Digna me juzgo, y a la vez indigna,
de ti y de Roma. Mi flaqueza es causa
de vergüenza, lo sé; mas hoy los Dioses
6585
quieren por dicha hacer que de ella nazca
la grandeza de Roma y tu grandeza.
Si me has pagado con ternura tanta
un estéril amor, cuando se eleve
hasta la heroica abnegación, ¿tu gracia
6590
me negarás?
BRUTO
¿Qué dices?
SERVILIA
Que la sangre
que circula en tus venas, hoy te llama
a inesperado honor...
BRUTO
Habla: de Bruto
la sangre siento en mí: ¡no la trocara
por la del Dios que en el Olimpo reina!
6595
SERVILIA
¡Hijo! ¡Esa sangre!...
BRUTO
¡Di!...
SERVILIA

(Aparte.)

¡No puedo! -¡Oh patria!
¡Perdón, perdón!... y déjame ser madre
un día más... -¡Se lo diré mañana!

(Se va apresurada.)

Escena V

BRUTO.

¡Huye de mí sin explicarse! -¡Cielos!
¿Qué me ha dado a entender con sus palabras?
6600
¿También mi madre a recordarme viene
lo que debo a mi sangre? ¡Hasta una flaca
mujer me acusa! ¿Cómo es esto, Bruto?
¿Será cierto que duermes? ¿Ofuscada
está tu mente?, ¿sordos tus oídos?,
6605
¿ciegos tus ojos? -¡No!
Escena VI

BRUTO, CASIO.

CASIO

(Aparte.)

¡Solo se halla!
BRUTO
¿Quién llega?
CASIO
¡Salud, Bruto!
BRUTO
¡Salud, Casio!
CASIO
Ese acento me dice cuánto extrañas
mi presencia en tus lares.
BRUTO
Me sorprende
con razón: años ha que la palabra
6610
no cruzamos tú y yo.
CASIO
Me hirió que César
te antepusiese en la Pretura urbana.
BRUTO
Negar debiste la palabra entonces
a César y no a mí.
CASIO
César obraba
según su ley; como opresor. -Tú, Bruto,
6615
que desde el punto mismo en que postrada
Roma cayó a sus pies, objeto has sido
de su predilección, de su privanza:
tú, que de tus antiguos compañeros
desde aquel día con desdén te apartas,
6620
y en tu largo aislamiento desconoces
a Roma ya, ¿qué mucho si te tratan
los cobardes, los tibios con reserva,
y los altivos con rudeza franca?
BRUTO
Esa amistad que el dictador me otorga,
6625
nunca la mendigué; nunca su casa
hollé una vez, sin que en mi boca oyese
la voz de la verdad. Quizá le agrada
por peregrino y nuevo mi lenguaje,
y la servil adulación le cansa.
6630
Hoy lo has visto. El Senado, ¡oh vilipendio!,
el Senado de Roma, un Cimbro, un Casca,
un Decio, un Cicerón. -Casio, ¿qué mucho
si de ellos Bruto con desdén se aparta?
CASIO
Ese frío desdén, que a tu silencio
6635
de sumisión las apariencias daba,
es la sola ocasión de esa flaqueza
que condenando estás. Tú eres la causa
del desaliento universal. Mirando
a Bruto sucumbir, ¿quién no desmaya?
6640
BRUTO
Y porque Bruto sucumbiera, ¿todos
le debierais seguir? ¿Bruto es la patria?
¿De mi ejemplo os guiáis? Y por ventura,
¿os mandé yo que al dictador llevarais
los divinos honores, que con noble
6645
altivez rechazó? ¡Cuál se elevaba
sobre vuestra bajeza su desprecio!
¡Ah! ¡Si algún día vemos restaurada
la libertad en Roma, de él lo espero,
de un generoso arranque de su alma:
6650
no de vosotros, no!
CASIO
Ni de nosotros
ni de él lo espera Roma: su esperanza
en ti la tiene.
BRUTO
¿En mí?
CASIO
Yo en nombre de esos
que con dureza tal tu labio infama,
a hablarte vengo. -Bruto, nuestra duda
6655
se disipó; te conocemos: falta
que nos conozcas tú. -Como se esconde
en el inerte pedernal la llama,
fuego de libertad en Roma hierve:
¡toque el acero, y la centella salta!
6660
BRUTO
Casio, ¿lo crees así?

(Echan de fuera un pergamino.)

¿Qué es esto?

(Leyendo.)

«¿Duermes,
Bruto? ¡Duermes; y Roma gime esclava!»
¡Otra vez!
CASIO
¿Qué te admira? Ese es el grito
que suena en la ciudad; eso en voz baja
por millares de labios se murmura;
6665
todos a ti se vuelven: sus miradas
todos fijan en ti; ¡tú no respondes!
Y el dolor, el despecho nos arrastra
a un sacrificio heroico. -Cual Virginio,
para excitar la popular venganza,
6670
mató un día a su hija; así nosotros,
alzando al opresor templos y estatuas,
matamos nuestra honra: ¡a ver al menos
si de vergüenza Roma se levanta!
BRUTO
La vergüenza no engendra el heroísmo.
6675
CASIO
Te ha despertado a ti, y eso nos basta.
BRUTO
Yo no dormía; la dormida es Roma;
más que dormida: ¡muerta!
CASIO
¿Y si te engañas?
BRUTO
¡Plegue al cielo!
CASIO
Los juegos lupercales
mañana son: ¿irás?
BRUTO
Iré.
CASIO
¡Mañana
6680
renace la República! -¡En el foro
Roma viva y despierta a Bruto aguarda!

Acto tercero

El Foro de Roma. -Las estatuas. -La tribuna con la silla de oro. -En el fondo se divisa el Capitolio: a su derecha la roca Tarpeya, y a su izquierda el templo de Júpiter Capitolino. -Casas, templos y avenidas a un lado y otro de la escena. A la derecha del actor, en primer término, la casa de MARCO ANTONIO, magnífico palacio con pórtico y escalinata de mármol.

Escena I

Grupos de CIUDADANOS en la plaza; muchos de ellos recostados en la escalinata de la casa del cónsul. -Sale de ésta el esclavo ENNIO, y baja las gradas con dificultad, por estorbárselo los que están allí echados.

UN CIUDADANO
No me pises la toga.
OTRO
Esclavo, mira
dónde pones los pies.
ENNIO
No dejáis trecho.
CIUDADANO
Pues no se pasa.
ENNIO
Mi señor me espera;
6685
es Casio el senador.
CIUDADANO
Y yo soy Elvio,
ciudadano romano.
OTRO
¿Te figuras
que aún los patricios nos imponen miedo?
ENNIO
No he dicho tal.
CIUDADANO
Pasó su tiranía.
OTRO
César domó su orgullo.
ENNIO
Es cierto, es cierto.
6690
CIUDADANO
Todos iguales somos. -Pasa, esclavo.
ENNIO
¡Perdonad, perdonad!

(Baja las gradas.)

Escena II

DICHOS, CASIO, luego los ESCLAVOS.

CASIO
¿Por qué a mi siervo
amenazáis?
UN CIUDADANO
Porque enseñar conviene
a algunos que lo olvidan el respeto
que al pueblo se le debe.
CASIO
Bien hicisteis:
6695
y si otra vez lo olvidas, harás, Ennio,
que te lo acuerde el látigo.
ENNIO

(Arrodillándose.)

¡Perdona,
señor!
CASIO
¡Levanta!

(Aparte.)

¡Qué insolente pueblo!

(Apartándose con el esclavo.)

Habla con disimulo. ¿Qué quería
Marco Antonio de ti?
ENNIO
Que esté en acecho
6700
de tus pasos, y a él sólo mis denuncias
comunique, guardando este secreto
de Lépido y de todos.
CASIO
Quiere él solo
saber lo que se trama. Ya penetro
su intención. -Bien está: vete al Pretorio.
6705
Allí Bruto estará: busca un momento,
y como hiciste ayer, con maña arroja
este escrito a su silla, y vuelve luego.

(Le da un pergamino. -Se va ENNIO.)

¿Con qué motivo al pórtico del cónsul
corre la muchedumbre?
CIUDADANO
Hoy son los juegos
6710
lupercales.
CASIO
Lo sé.
CIUDADANO
Con un banquete
festeja Marco Antonio a sus lupercos,
la flor de Roma, que en honor de César
ese rito consagran.
CASIO
¿Y los restos
del banquete aguardáis?
CIUDADANO
Y la esportilla
6715
verás cuán llena de manjares llevo.
CASIO
¡Y así vives feliz!
CIUDADANO
De balde como:
pilas de jaspe en que bañarme tengo
cuando el ardor canicular, y estufas
donde burlar los fríos del invierno;
6720
fieras y gladiadores en el circo;
en el teatro farsas de Laberio:
y luego al fin del año en los comicios
al que me da más suma el voto vendo.
¿No he de vivir feliz? Cuando el reparto,
6725
me dio César un campo; pero presto
me cansé de labrarlo; que a esa vida
este bullir de la ciudad prefiero.
Conque vendí mi campo y volví a Roma.
En la Suburra habito.
CASIO
¿Y qué es del precio
6730
que te dieron por él?
CIUDADANO
Me lo he comido.
CASIO
¿Y ya no tienes campo ni dinero?
CIUDADANO
¡Qué importa! ¡Tengo a César! Mientras viva,
ni al frío, ni al calor, ni al hambre temo.

(Aparecen en lo alto del pórtico los esclavos con fuentes de oro, unas que contienen restos de jabalíes, de pescados, de pavos reales, otras con diversas frutas, todo lo cual van distribuyendo a los CIUDADANOS, que al verlos aparecer, se han agolpado a la escalinata.)

EL ESCLAVO
¡Ciudadanos! El cónsul os saluda,
6735
y esto os envía en prueba de su afecto.
LOS CIUDADANOS
¡Viva Antonio!
CASIO

(Aparte.)

¡Aplaudid! En el banquete
que os he de dar, con vuestro aplauso cuento.
UNO
¡Venid acá!
OTROS
¡Nosotros somos antes!
OTROS
¡Los que han tomado ya, dejen el puesto!
6740
EL ESCLAVO
Para todos habrá.
UNO
Yo fui soldado.
OTRO
Y yo estuve en Farsalia.
OTRO
Con Pompeyo.
OTRO
Yo serví con Antonio.
OTRO
En los comicios
yo mi voto le di.
OTRO
Por cien sestercios.
Yo le voté de balde: abridme paso.
6745

(Aparecen en el vestíbulo los LICTORES y grita su jefe VALERIO:)

VALERIO
¡El cónsul! ¡Plaza al cónsul!
UN CIUDADANO
¿Yo me quedo
sin comer?...
EL ESCLAVO
Ya no hay nada.
VALERIO
¡Plaza al cónsul!

(Abren paso y bajan por la escalinata. -Detrás de ellos viene MARCO ANTONIO seguido de los jóvenes LUPERCOS.)

Escena III

CASIO, MARCO ANTONIO, los LUPERCOS, EL PUEBLO, VALERIO, los LICTORES.

EL PUEBLO
¡Viva Antonio!
ANTONIO
¡Por Hércules, mi abuelo!
¡Gran banquete! Si todos los romanos
aquí se juntan, para todos tengo.
6750
UN CIUDADANO
No para todos.
ANTONIO
¿Cómo no?
CIUDADANO
Aquí hay uno:
para mí no alcanzó, y estoy hambriento.
ANTONIO
¿Tienes hambre? ¡Te envidio! -Haced que coma
este buen ciudadano.

(El ciudadano sube al pórtico, y el esclavo se lo lleva dentro.)

¡Oh mis lupercos!
¡Oh Quinto Cicerón! Pese a tu tío,
6755
con nosotros estás. Corred, mancebos,
honrad a César, semidiós de Roma:
preparad en su honor el rito nuevo
que hoy consagramos a su ilustre nombre.
¡Con divino furor arde Lieo
6760
en nuestras venas! ¡Evohé!
LOS LUPERCOS
¡Corramos!
ANTONIO
¡Mil veces evohé! -Marchad al templo.

(Se van los LUPERCOS.)

Escena IV

CASIO, MARCO ANTONIO, EL PUEBLO, los LICTORES.

ANTONIO
Ciudadanos, las nuevas lupercales
comienzan hoy. A presenciar los juegos
vendrá César al Foro; a su llegada,
6765
señales halle del amor del pueblo.
Su estatua coronad; lauros y rosas
tenéis en mi jardín.
EL PUEBLO
¡Sí! ¡Coronemos
a César semidiós!

(Entran algunos en casa de ANTONIO, y salen luego con ramas de laurel y rosas, con las que tejen una corona y guirnaldas para adornar la estatua de CÉSAR.)

ANTONIO
¡Oh Casio!, ¿vienes
con tu esportilla a recoger los huesos?
6770
CASIO
Aún, por gracia de César, no he llegado
a tal extremidad.
ANTONIO
Por gracia, es cierto:
tú bien lo sabes.
CASIO
¡Yo! ¿Pues hay motivo
para que Casio la merezca menos?
ANTONIO
¡Siempre torvo el mirar, pálido el rostro!...
6775
¿Qué rueda por tu mente?
CASIO
Un pensamiento
fijo, tenaz, constante... ¡no te asombre!,
una quimera, una ilusión, un sueño...
¡la libertad de Roma!
ANTONIO
¡Tú conspiras!
CASIO
¡Conspirar!... ¿Y con quién? -Negar no quiero
6780
que hay en los nobles y en la plebe misma
algunos... quizá muchos, que del pecho
en lo más hondo guardan y alimentan,
cual las vestales, el sagrado fuego.
Muchos que el yugo de hoy, blando sin duda,
6785
ansiando están por sacudir del cuello;
y que nuestra República renazca
segunda vez; y como en otro tiempo,
sea el pretor, pretor, y el cónsul, cónsul.
ANTONIO
¿Son muchos, dices, los que piensan eso?
6790
CASIO
Los que lo piensan, muchos; los que osaran
ejecutarlo, pocos.
ANTONIO
¡Tú uno de ellos!
CASIO
Si de mi voz en Roma tanta fuera
la autoridad, te juro que, aun a riesgo
de perder la existencia, lo intentara.
6795
¡Inútil sacrificio! ¡El noble ejemplo
nadie siguiera del obscuro Casio!
El terror, la sospecha, el desaliento
los ánimos embarga. Quién oculta
su humillación en el hogar materno,
6800
como en Bruto lo ves: quién la disfraza
con máscara servil: testigos Decio,
Cimbro, Casca, Trebonio, que cortejan
al dictador, odiándole en secreto.
No, Antonio, no conspiro: puede César
6805
vivir tranquilo, de temor ajeno.
Sólo un romano existe, que pudiera
llamarse su rival: el que perplejo
y vacilante y tímido a la orilla
le halló del Rubicón, y su ardimiento
6810
le transmitió, y el límite vedado
le animó a traspasar: el que por medio
del borrascoso mar a Macedonia
voló a salvarle de inminente riesgo:
el que en Farsalia hundió nuestra derecha,
6815
que en persona mandaba el gran Pompeyo.
¡Ése, el único es ese que si alzara
la poderosa voz!... ¡Qué estoy diciendo!
Ése también en gárrulos banquetes,
por olvidar su indigno abatimiento,
6820
su mente ofusca y su vergüenza ahoga
en bullentes raudales de falerno!
ANTONIO
Y ése lo acierta, Casio. ¿Qué es la vida
sin vino y sin amor? Bendice al cielo,
que nos depara en César quien alivie
6825
a pretores y cónsules del peso
de gobernar a Roma. ¡Sois ingratos!
Le habéis nombrado dictador perpetuo:
eso no basta. Del laurel que ciñe
su vencedora frente brotar veo
6830
las ínfulas de rey.
CASIO
¡De rey!
ANTONIO
¿Qué importa?
¿No lo es acaso ya? -¡Gracioso es esto!
¡Sufren el hecho, y les asusta el nombre!
Vamos, lictores. -Mira, mira al pueblo
coronando su estatua. -Dime, Casio;
6835
y esos ¿fingen también?

(Riendo.)

¡Vamos al templo!

(Se va precedido de sus LICTORES.)

Escena V

CASIO, EL PUEBLO.

CASIO
¿Quiere ser rey? Los dioses le han cegado.
Y se acerca su fin. -Pues ¿no es más necio,
teniendo el hecho, ambicionar el nombre?
Después de su clemencia, este es el yerro
6840
que más le ha de pesar... si por ventura
de que le pese le dejamos tiempo.
¿Y Antonio? Antonio me ha entendido; a César
será también traidor con su silencio.
Pocos le quedan ya, y esa noticia...
6845
Si a confirmarse llega, Bruto es nuestro.
¡Qué lejano rumor!
EL PUEBLO
¡Es Bruto! ¡Es Bruto!
CASIO
Él se acerca.
EL PUEBLO
Salgamos a su encuentro.
CASIO
¡Bruto! Tu nombre sólo necesito
para acabar con César. Si vencemos,
6850
a par del tuyo aclamarán el mío:
«¡Casio y Bruto!», dirán: -¡Casio el primero!
Escena VI

CASIO, BRUTO, EL PUEBLO.

(EL PUEBLO se ha adelantado a recibir a BRUTO y le abre paso, con señales de respeto. BRUTO trae en la mano un pergamino arrollado.)

UNOS
¡Salud a Bruto!
LAS MUJERES
¡Al hijo de Servilia!
OTROS
¡Al amigo de César!
BRUTO
¡Qué estoy viendo!
¿Su estatua coronáis?
UNOS
Lo mandó el cónsul.
6855
BRUTO
Casio, ¿lo ves? El lamentable ejemplo
que los patricios dan, la plebe imita.
¡Oh! ¡La degradación! -¿Para ver esto
al Foro me citaste? -Ciudadanos:
el cónsul que lo manda, y los que ciegos
6860
obedecen su voz, ni a César aman,
ni son romanos, ni merecen serlo.
¡Arrancad de su estatua esos adornos:
quitadle esa corona! ¿No estáis viendo
a Junio Bruto allí, que ya indignado
6865
salta del pedestal?
UNOS
Hoy a los juegos
viene César aquí.
BRUTO
¡Venga en buen hora
y halle romanos; pero nunca siervos!
No imaginéis que la servil lisonja
complace al dictador. Que vuestro acento
6870
le aclame «Padre de la patria»; y basta
a colmar su ambición. -Echad al suelo,
quitadle, os digo, esa corona, insignia
odiosa a Roma, a César el primero.
¿Su amigo me llamáis? Pues imitadme:
6875
su amigo quiero ser; y así lo pruebo.

(Arranca los adornos de la estatua de CÉSAR.)

UNOS
Imitemos a Bruto.
OTROS
Él es amigo
de César.
OTROS
El mayor.
OTROS
Sabrá que en esto
le complace.
OTROS
¡No hay duda!
OTROS
¡Pues a tierra
esa corona!
TODOS
A Bruto obedecemos.
6880

(Despojan la estatua de los adornos.)

CASIO
Si al Foro te cité para que vieses
despierta a Roma, nunca fue mi intento
en esa baja multitud mostrarte
a Roma: eso no es Roma: es un revuelto
mar que furioso aquí o allí se lanza,
6885
obedeciendo al soplo de los vientos;
y ese soplo es tu voz. Verás a Roma
en sus nobles patricios, herederos
del gran poder tradicional, que ahora
nos usurpa un tirano. Aquí muy presto
6890
llegarán, al rumor del nuevo insulto,
todos en justa indignación ardiendo.
BRUTO
¿Qué nuevo insulto, di?
CASIO
Bruto: esa mano
que al simulacro inmóvil, ha un momento,
la corona arrancó, ¿sabrá arrancarla
6895
de la frente de César?
BRUTO
¡No lo creo!
¡Casio, no puede ser! ¡Un rey en Roma!
¡César envilecerse hasta ese extremo!
¡Casio, no puede ser! -¡Yo le conozco!
César en todo es grande: todo el sello
6900
de su grandeza lleva. En sus conquistas,
en sus lides del Foro, en su destierro,
en sus leyes... ¿qué más?, ¡hasta en su misma
tiranía hay grandeza! ¡Oh! ¡Yo alimento
una vaga esperanza en los impulsos
6905
de su elevado espíritu! Su genio
no ama el poder por el poder; no, Casio:
en él la usurpación no es fin, es medio.
Y acabada su obra, sometidas
las naciones, en paz el universo,
6910
Roma imperando... -¿Te sonríes, Casio?
CASIO
¡Sueña, feliz mortal, sueña! No quiero
por tan breves instantes arrancarte
las ilusiones de tu dulce sueño.
Corto será: y el despertar ¡qué amargo!
6915
BRUTO
¿Conque ya no hay virtud? ¿Conque derecho,
justicia, amor de patria, son palabras,
palabras nada más? ¿Conque yo duermo?
Hoy otra vez me lo recuerdan: mira.

(Mostrándole el escrito.)

CASIO
¿En tu casa?
BRUTO
¡En la silla!
CASIO
Y son diversos
6920
los caracteres; pero el mismo grito.

(Leyendo.)

«¡Despierta, Bruto!»
¡Inútiles lamentos!
César le adormeció: dejadle: César
a despertarle va: tranquilo espero.
Escena VII

CASIO, BRUTO, CICERÓN, EL PUEBLO.

(CICERÓN viene por la izquierda del fondo.)

CICERÓN
¡Dame albricias, oh Casio! ¡Aún estas canas
6925
pueden salvar a Roma!
CASIO
No te entiendo.
CICERÓN
¡Quieren darnos un rey!
BRUTO
¡Un rey!
CICERÓN
¡La obra
deshacer quieren de tu heroico abuelo!
BRUTO
¡Un rey!
CICERÓN
No lo temáis.
CASIO
¡Habla!
CICERÓN
Llamado
fui a casa de César ha un momento.
6930
Voy, llego, me introducen, y hallo juntos
a Hircio, Lépido, Pansa, Planco, Decio,
a los suyos en fin, que un grave asunto
tratando estaban. Salen a mi encuentro
todos, y con benévolo semblante
6935
asiéndome las manos: «Tú eres nuestro,
me dicen, Marco Tulio; tú, lumbrera
del Senado y del Foro; tú, el primero
en ciencia y en virtud... (Esto decían.)
Oye: vas a juzgar. Se ha descubierto
6940
que, según en los libros sibilinos
escrito está desde remotos tiempos,
no vencerá a los Partos quien no lleve
el título de rey. César, dispuesto
a marchar a esa guerra, el vaticinio
6945
desprecia del oráculo. ¿Y es cuerdo
que por su temeraria confianza
la victoria de Roma aventuremos?
¡Apóyenos tu voz en el Senado,
rayo de la elocuencia! ¡Suene el eco
6950
de esa tu ardiente inspiración divina,
que es orgullo al romano, envidia al griego!...
(Esto decían.) Habla, y la corona
a César das; y a Roma el triunfo cierto.»
CASIO
¿Y hablarás?
CICERÓN
No hablaré. Tranquilizaos:
6955
no será rey; a Túsculo me ausento.
CASIO
¡Callar! ¡Partir! ¿Qué dices? A la patria
no le basta tu fuga y tu silencio.
Esa elocuencia que al tirano niegas
se la debes a Roma. Aquí es tu puesto,
6960
en el Senado. Y cuando llegue el día,
álzate audaz, y como en otro tiempo,
grítale entonces: «¿Hasta cuándo, César,
abusarás del sufrimiento nuestro?»
Cicerón, tu palabra a los traidores
6965
dará espanto; y a todos, con tu ejemplo,
nos verás contra el pérfido tirano
la voz alzar, y si es preciso, el hierro.
CICERÓN
¡El hierro! -De tus años juveniles
el ciego ardor, la inexperiencia veo,
6970
y perdono el ultraje. ¡El hierro, dices!
¿Piensas que torne a renacer de nuevo
la libertad aquí, donde bañado
Sila en sangre de nobles y plebeyos,
cansado de matar, depuso el hacha,
6975
y vivió impune, y expiró en su lecho?
¿No hubo un puñal en Roma contra Sila
y le habrá contra César? -No acusemos
de injusticia a los dioses. -Ya se junta
el pueblo aquí. Yo parto. A ver los juegos
6980
César vendrá: que mi partida sepa.
No será rey. Para estorbar su intento
basta echar, noble Casio, en la balanza
de Cicerón la ausencia y el silencio.

(Se va.)

Escena VIII

CASIO, BRUTO, TREBONIO, CASCA, EL PUEBLO.

(Va llegando al Foro por diversos puntos el pueblo. TREBONIO y CASCA llegan al marchar CICERÓN, y hablan misteriosamente con CASIO. -BRUTO está aparte, caviloso.)

TREBONIO
¿Dónde va Cicerón?
CASIO
Al Tusculano.
6985
CASCA
¿No apoyará el sacrílego proyecto?
CASIO
¿Sabéis?...
TREBONIO
¡Todo!
CASCA
¿Qué es esto? ¿Huye el cobarde?
¡Vendrá el día, Trebonio, y no tendremos
su autorizada voz! ¡Nos falta un nombre
popular que a los tímidos dé aliento!
6990
CASIO
No faltará: ¡mirad!
CASCA
¡Bruto!
TREBONIO
¿Es posible?
CASIO
Nuestro será.
BRUTO

(Aparte.)

¡No acabo de creerlo!

(Movimiento en el pueblo, que dirige sus miradas hacia la izquierda, y procura tomar sitio, trepando algunos a la escalinata, a los pedestales de las estatuas y los capiteles. -CASCA y TREBONIO se dirigen hacia la izquierda a unirse a la comitiva.)

UNOS
¡César! ¡César!
OTROS
¡Ya viene!
UNO
¡Ciudadanos!
¡Saludémosle todos!
OTRO
No olvidemos
el consejo de Bruto.
OTRO
Sí: aclamarle
6995
debemos: ¡Padre de la patria!
OTRO
Es cierto:
sólo ese grito le complace.
OTRO
Bruto
nos lo ha dicho.
VARIOS
Sigamos su consejo.

(Entretanto ha salido la guardia de CÉSAR, y se ha colocado detrás de la tribuna.)

CASIO
¡Siempre con él su guardia de españoles!
Escena IX

CASIO, BRUTO, CASCA, TREBONIO, CÉSAR, DECIO, LÉPIDO, CIMBRO, CINA, PUBLIO SIRO, LABERIO, SENADORES, GUARDIA, PUEBLO DE AMBOS SEXOS, LICTORES.

(Sale por la izquierda del Foro CÉSAR, vestido de ropas triunfales, precedido de los LICTORES y acompañado de las personas que antes se citan.)

PUEBLO
¡Salud a César!
CÉSAR
¡Al romano pueblo
7000
salud!
PUEBLO
¡Salud al Padre de la patria!

(Sube CÉSAR a la tribuna, donde estará colocada la silla de oro. DECIO se acerca al paso con disimulo a CASIO.)

DECIO
¿Se decidió?
CASIO
Aún vacila.
DECIO
Será nuestro
de aquí a un instante: aguarda.

(Los sacerdotes de LUPERCO aparecen por la derecha del Foro con una ara donde arde una llama y con instrumentos músicos.)

UN SACERDOTE
Tu mandato
se espera, ¡oh César!
CÉSAR
Comenzad los juegos.

(CÉSAR se sienta: los sacerdotes colocan el ara delante de la tribuna y queman perfumes, que se elevan hasta CÉSAR en nubes de humo, entonando al son de la música el siguiente coro:)

HIMNO A LUPERCO
Sacro ministro del potente Jove:
7005
fuente de vida, animador del mundo:
numen fecundo, tutelar de Roma,
    ¡divo Luperco!
Blando rocío los sedientos prados
riegue, y del grano, que su seno encierra,
7010
brote la tierra, a tu amoroso aliento,
    frutos opimos.
Hoy solitaria, contemplando en torno
tálamo estéril, silenciosos lares,
va tus altares a colmar de ofrendas
7015
    casta matrona.
Vele tus formas vaporosa nube:
deja el Olimpo, los espacios hiende:
numen, desciende: su mayor tesoro
    Roma te fía.
7020
¡Numen, desciende! La fulmínea espada
César esgrime contra el Parto rudo:
cubra tu escudo al dictador de Roma,
    ¡divo Luperco!

(Durante el coro, EL PUEBLO ha abierto calle a las carreras, y los LUPERCOS, desnudos de medio cuerpo arriba y coronados de pámpanos, han cruzado corriendo, azotando con correas a los que hallaban al paso, principalmente a las mujeres que presentaban las palmas de las manos para recibir el golpe, por creer que así dejaban de ser estériles. Al terminar el coro aparece, por la derecha del Foro, MARCO ANTONIO, seguido de sus LUPERCOS -él y ellos con el traje propio de la ceremonia- y LUCIO COTA.)

Escena X

LOS ANTERIORES, MARCO ANTONIO, LUCIO COTA y los LUPERCOS.

ANTONIO
¡No prosigáis! En vano a las deidades
7025
el triunfo les pedís. Caerá de nuevo,
como Craso cayó, quien a los Partos
pretenda sojuzgar, contra el decreto
inmutable del hado. -Lucio Cota,
quindecemviro: tú, que los misterios
7030
penetras de los libros sibilinos,
habla: ¿qué dicen?
LUCIO COTA
«Que ningún guerrero,
que rey no sea, vencerá a los Partos.»
ANTONIO
¡César, vas a marchar! Para vencerlos
falta a tu frente la real diadema
7035
y yo en nombre de Roma te la ofrezco.

(Dice esto subiendo a la tribuna y haciendo ademán de poner la corona real sobre la cabeza de CÉSAR. Óyese un ruido sordo y confuso entre el pueblo.)

PUEBLO
¡Un rey! ¡Un rey!
LOS LUPERCOS

(Aplaudiendo.)

¡Salud al rey de Roma!
CÉSAR
¿Qué haces, Antonio? -Aparta: no la acepto.

(Aparta con la mano la corona: EL PUEBLO aplaude.)

PUEBLO
¡No! ¡Viva César, Padre de la patria!
CÉSAR

(Poniéndose en pie.)

Ese nombre me basta. Yo no anhelo
7040
más que la dicha y el amor de Roma.
El título de rey en otros tiempos
fue grato a la ciudad. Rey se llamaba
Rómulo, fundador de este gran pueblo.
Rey Anco Marcio, y Tulio, y Numa, ¡Numa,
7045
sabio legislador, rey justiciero!
De la impúdica frente de Tarquino,
indigno sucesor del noble Servio,
esta, que Roma veneraba un día,
sagrada insignia del poder supremo
7050
deslustrada cayó. No, ciudadanos,
no ceñirá mi sien, sin que primero
purificada sea. Al capitolio
llevadla al punto. A Júpiter excelso
con ella coronad. ¡Júpiter sólo
7055
puede ser rey de Roma! -Si por medio
de la voz de su oráculo nos manda
transmitirla a otra frente, porque en ello
libra la patria su salud, su gloria,
el triunfo de sus armas, el aliento
7060
de las legiones, júzguelo el Senado.
Si él lo decreta, y lo sanciona el pueblo,
obedecerlo juro: si uno y otro
lo rechazan, ¡no importa! Yo contento
a la lid partiré, llevando el nombre
7065
que he llevado hasta aquí. Basta el que tengo:
¡César! ¡Ya lo conoce la victoria!
¿Hay quien sospeche que ceñir pretendo
la regia insignia para ser tirano?
PUEBLO
¡No! ¡No!
CÉSAR
Desde hoy a vuestro amor me entrego.
7070
disuélvase mi guardia. Veteranos:
yo os relevo del sacro juramento.
Os llamaré cuando a la guerra parta:
¡ya ciudadanos sois, volved al pueblo!

(La GUARDIA se disuelve y confunde con la multitud, que abraza a los soldados. -CÉSAR baja de la tribuna.)

PUEBLO
¡Gloria a César, al Padre de la patria!
7075
CÉSAR
¡Lictores, apartad!

(Al pueblo.)

Aquí indefenso
tenéis a César. El pesado yugo
con su muerte romped: he aquí mi cuello,
romanos: si teméis mi tiranía,
llegad, herid: desnudo os lo presento.
7080

(Adelantándose en medio del pueblo y retirando de su cuello la toga.)

PUEBLO
¡César es nuestro padre, nuestro numen!
CÉSAR
¡No hay más numen que Júpiter supremo!
Vamos al templo. Dadme esa corona:
¡yo en su cabeza colocarla quiero!
¡Seguidme al Capitolio!...
PUEBLO
¡Al Capitolio!
7085

(EL PUEBLO se lleva a CÉSAR en triunfo al Capitolio.)

LABERIO

(Aparte.)

¡Publio Siro, qué actor!
PUBLIO SIRO

(Aparte.)

¡Qué actor, Laberio!

(Siguen la comitiva de CÉSAR.)

CASIO

(A BRUTO.)

¿Lo has oído?, ¿lo has visto?
BRUTO
¡Oh desventura!
CASIO
¿Duermes, Bruto?
BRUTO
¡No, Casio: estoy despierto!

En casa de BRUTO. -Es de noche. -Una lámpara encendida.

Escena I

BRUTO, CASIO.

(BRUTO está sentado y pensativo. Levántase al ver entrar a CASIO.)

CASIO
¡No me engañé! Por más que su carrera
mediando está la noche, aquí mis pasos
7090
encaminé sin vacilar, seguro
de hallar a Bruto en pie, solo y velando.
BRUTO
¿Qué causa a tales horas te conduce?
CASIO
Causa de urgencia tal, que no da espacio.
Al venidero día, por decreto
7095
del dictador, se juntará el Senado.
Esta noche, en su casa, con aviso
transmitido por fieles emisarios,
secreto conciliábulo celebran
los parciales de César. Yo entretanto
7100
a los nuestros convoco, los animo,
y pronuncio tu nombre. Al escucharlo,
¡vieras de aquellas almas generosas
el vivo ardor, el férvido entusiasmo!
Todos anhelan verte, y que la senda
7105
que conviene seguir trace tu labio,
si se intenta mañana un voto indigno
al Senado arrancar.
BRUTO
¿Tú piensas, Casio,
que mañana proyectan?...
CASIO
Si consientes
a los que piden estrechar tu mano
7110
que a tu presencia vengan, esta noche
todo aquí lo sabremos... Ya en el atrio
los siento.
BRUTO
Hazlos entrar.
CASIO
Llegad, amigos.
Escena II

BRUTO, CASIO, CASCA, TREBONIO, CIMBRO, CINA, FLAVIO, MARCELO, OTROS SENADORES.

CASCA
Aquí nos tienes, Bruto, despojados
de la máscara vil, que fundamento
7115
fue de tu error y nuestro oprobio. Danos
a estrechar esa diestra: ¡en ella sola
la salvación de Roma contemplamos!
BRUTO
¡Cuánto es mi asombro al veros! ¡Sois vosotros!
¡Es posible! ¡Tú, Casca, para el cargo
7120
de tribuno por César elegido!
¡Tú, Atilio Cimbro, en frecuentar su trato
siempre el primero! ¡Tú, Cornelio Cina,
pretor por su elección, deudo cercano
del dictador! Y tú, ¡mayor asombro!,
7125
tú aquí, Cayo Trebonio: ¡tú, nombrado
por César senador, cónsul por César,
que te prodiga honores!...
TREBONIO
Nunca tantos
como a ti te prodiga. -Roma es antes
que el privado interés. ¿Pensaste acaso
7130
que la estoica virtud sólo era tuya?
BRUTO
¡No! Mas sé lo que cuesta a un pecho honrado,
y el hallarla me admira.
CASIO
¿No te dije
que eras injusto, Bruto? Estás mirando
aquí virtud y abnegación doquiera.
7135
¡No es muerta Roma, no!
CASCA
Todos estamos
pendientes de tu voz.
CIMBRO
Nos falta sólo
Quinto Ligario.
CASIO
¡No vendrá! Postrado
el triste yace por aguda fiebre
en su lecho.
Escena III

LOS ANTERIORES, LIGARIO, OTRO SENADOR.

(Ligario sale apoyado en un báculo y en el brazo de un senador: pálido el rostro y con la agitación de la fiebre.)

LIGARIO
¡Aquí está Quinto Ligario!
7140
Pues ha sanado del letargo Bruto,
también de mi dolencia yo he sanado.
BRUTO
¿Tú con nosotros?
LIGARIO
¿Por qué no? Si César
me perdonó la vida, no me hallo
sujeto a gratitud. ¿A mí la vida?
7145
¡Rubor me causa! ¿Quién es el romano
que puede en mí de vida ni de muerte
el derecho ejercer, sin usurparlo?
¡Mi perdón fue un insulto hecho a la patria!
Fue decirnos que el aire que aspiramos
7150
es don de su piedad, gracia de César.
¿Quién vive así? ¡Yo no! ¡Del lecho salto
delirante y febril, no bien escucho
tu nombre, Bruto! Si meditas algo
digno de ti y de Roma, aquí dispuesto
7155
a seguirte me tienes. ¡Aunque flaco
mi cuerpo está, mi espíritu está entero!
CASIO
¡Oh esperanza de Roma! ¡El desengaño
ves aquí, Bruto!
CASCA
En tu presencia tienes
a todos ya.
CASIO
No a todos: uno aguardo,
7160
uno, que aquí esta noche entre nosotros
veréis aparecer; quien más lejano
de vuestra mente está; quien ni aun en sueños
imaginar podéis.
BRUTO
¡Tú has hecho, Casio,
grandes conquistas!
CASIO
Casio no: ¡tu nombre!
7165
CASCA
¿Quién será?... ¿Marco Antonio?
CASIO
¡Aún más cercano
al dictador!
LIGARIO
¡A que nos trae a César!
CASIO
Si no a César, al que es depositario
de sus secretos, de sus planes todos:
al que a decirnos viene qué atentado
7170
se prepara mañana contra Roma.
¡Vedle aquí!
Escena VI

LOS ANTERIORES, DECIO BRUTO.

TODOS
¡Decio Bruto!
BRUTO
¡Decio!
DECIO
¡Marco!

(Ambos se dan la mano.)

BRUTO
De éste no me sorprendo: Decio Bruto
se llama: ¡el nombre obliga!
DECIO
¡Sí, romanos!
Fiel a mi nombre, vedme entre vosotros.
7175
Siempre enemigo fui del que, afectando
salvar las leyes, el poder supremo
hipócrita ambiciona. Ese conato
vi en Pompeyo, ¡perdóneme su sombra!
Por eso estuve en el opuesto bando.
7180
Y si él logrado la victoria hubiese
en Farsalia, creedme, quizá tanto
no tardara en llegar su tiranía.
Lo que hice entonces con Pompeyo, hoy hago
con César, hoy que sin pudor descubre
7185
el rostro audaz, la máscara arrojando.
CASIO
Pues ¿qué intenta?
CASCA
¿Qué suerte nos aguarda?
DECIO
¡La vergüenza! ¡Morir, o ser esclavos!
TODOS
¿Qué dices?
CASIO
¡Habla!
DECIO
Oíd. -Por orden suya,
ya sabéis que esta noche en su palacio
7190
los senadores se juntaban. César
aparece: con gritos de entusiasmo
acogen su presencia: quien le llama
«El salvador de Roma»; quien, «el rayo
de la guerra»; quien, «padre de la patria».
7195
Él con aspecto frío esos dictados
parecía escuchar; cuando entre aquella
ruidosa aclamación la voz alzando
Marco Antonio, repite el vaticinio
de la Sibila, y grita que el Senado
7200
no le deje partir, si antes no acepta
el título de rey. Al escucharlo,
yo vi ¡no lo dudéis! en más de un rostro
asomar el rubor. Pero arrastrados
por el clamor de Antonio y de los suyos,
7205
todos prorrumpen en ferviente aplauso.
César procura su profundo gozo
hipócrita encubrir; por largo espacio
se hace rogar: hasta que al fin vencido:
«Acepto, dice, no por mí, romanos;
7210
¡por la salud de Roma!» Alzan entonces
furibundo clamor sus partidarios:
triunfa la adulación, sucumbe el miedo...
¡Mañana es rey!
TODOS
¿Mañana?
DECIO
A proclamarlo
todos resueltos van. Será de César
7215
en la familia el trono hereditario.
Por tierra y mar ostentará en su frente
la corona real; sólo vedado
llevarla en Roma le será... -¡Reliquias,
último esfuerzo del pudor romano!
7220
También mañana de su regio trono
el heredero nombrará. Por varios
indicios sé que designar intenta...
¿A quién diréis?... ¡A su sobrino Octavio!
TODOS
¡Octavio!
CASIO
¡Octavio, ese mancebo imberbe!...
7225
DECIO
Que a Brindis arribó, y acaudillando
las legiones, mañana le veremos
a las puertas de Roma.
CASIO
¡Preparado
con astucia infernal el golpe estaba!
¡No hay salvación! ¡Él tiene ya en su mano
7230
el poder de la ley y el de la fuerza!
LIGARIO
Contra esa ley de oprobio rebelaros
a vosotros os toca, senadores.
Yo no lo soy; pero mi voz, en tanto
que la vuestra elocuente y poderosa
7235
allí combate y triunfa, el vil letargo
sacudirá de la indignada plebe;
y a esa ley y a esa fuerza, que el tirano
quiere usurpar, responderán terribles,
con la fuerza y la ley, pueblo y Senado.
7240
CASIO
¡Tú deliras, Ligario! La elocuencia
no es aquí de sazón. En los escaños
de la romana Curia ¿no estás viendo
la multitud de advenedizos galos
que allí sentó la voluntad de César?
7245
Todos le aclamarán; y el temerario
que ose mañana combatir sus votos,
prepárese a morir. -Pues bien, ¡muramos!
Ese es nuestro deber. Mañana, amigos,
cuando puestos en pie, tendiendo el brazo,
7250
esos envilecidos senadores,
para elevarlo al trono soberano
su voto den; inmóviles nosotros
en la silla curul, se lo negamos.
Firmar será nuestra mortal sentencia;
7255
¡no lo dudéis! -¿Qué importa? El pecho esclavo
compre la vida a precio de la infamia;
¡Casio quiere morir libre y honrado!
TODOS
¡Todos contigo moriremos, todos!
BRUTO
¿Qué proferís? ¿Qué súbito desmayo
7260
vuestro espíritu embarga? ¡No os conozco!
¿Quién habla de morir? Cuando un tirano
quiere a Roma humillar, Roma a sus hijos
no les manda morir, sino matarlo.
¡Muera César!
LIGARIO
¡Así! ¡Digna palabra!
7265
¡Grito de salvación, que antes Ligario
no ha osado pronunciar, porque esperaba
verlo salir de tus ilustres labios!
CASIO
¡Aquí en mi corazón también bullía!
¡Y en todos, sí! Mas ¿quién el grito santo,
7270
quién era digno de lanzar, primero
que el noble sucesor del gran romano
que fundó la República? ¿Su voto
escucháis? ¡Muera César!
TODOS
¡Muera!
DECIO
¿Y cuándo
la ejecución?
TREBONIO
Asegurar el golpe
7275
conviene.
CINA
Fácil es: ayer incauto
su guardia despidió.
CASCA
Juremos todos
que a su vez cada cual sabrá acecharlo,
y en ocasión propicia darle muerte.
DECIO
En el campo de Marte.
TREBONIO
En el teatro.
7280
CINA
Mejor en los comicios.
LIGARIO
Más seguro
en los comicios es. Marcelo y Flavio
tribunos son del pueblo: aquí presentes
los miráis, contra César conjurados.
Yo el golpe le daré: ¿juráis vosotros
7285
amotinar la plebe?
MARCELO Y FLAVIO
Lo juramos.
LIGARIO
¡Conjuración sublime!...
BRUTO
Yo a mi casa
para tramar conjuración no os llamo:
¡os junto en tribunal! Jueces de César
somos, y no enemigos: nuestro fallo
7290
venganza no ha de ser, sino sentencia.
No, no es mi voto que a matarlo vamos,
cual vil ladrón que al caminante acecha
en la tiniebla, y lo asesina al paso.
¡No es eso digno de nosotros! Bruto
7295
para tan torpe acción no da su brazo.
César por sus hazañas merecía
los honores que goza; y yo declaro
que merece la muerte, porque quiso,
antes que recibirlos, usurparlos.
7300
¡Muera César, y muera antes que logre
al Senado matar! ¡No consintamos
que Roma tenga rey ni un solo instante!
Si mañana por rey quieren jurarlo,
¡muera mañana!
LIGARIO
¿Y dónde?
BRUTO
Donde intentan
7305
el crimen consumar: ¡en el Senado!
TODOS
¡Mañana!
CASIO
Él manda: obedecer nos toca.
¡Muera César mañana! ¿Qué arriesgamos?
¿La vida? Hace un instante que ofrecimos
sacrificarla con valor: pues ¿cuánto
7310
más glorioso será caer revueltos
con el sangriento cuerpo del tirano?
DECIO
¡No lo temáis: herid! Por vuestras vidas
yo velaré: mañana en torno al atrio
de Pompeyo, quinientos gladiadores,
7315
que a sueldo tengo, acudirán armados.
CASIO
¡Compañeros! Si el cielo nos ampara,
no os contentéis con derribar el árbol,
cuya sombra mortífera nos roba
del puro sol de libertad los rayos.
7320
Las raíces que en torno le alimentan,
con el hierro extirpad: o preparaos
a verle retoñar, tronco gigante
que sobre Roma tenderá sus brazos.
¡No caiga solo César, con él caigan
7325
su amigo Antonio y su heredero Octavio!
TREBONIO
¡Y Lépido también!
DECIO
¡Y Dolabela!
BRUTO
¡Callad! ¡Por vuestra boca están hablando
miedo y rencor! -Inútil hecatombe
queréis sacrificar. ¡Sólo tiranos
7330
consiente el cielo en Roma, de la raza
de los Silas, los Césares, los Marios!
Ni a la fuerza apeléis: si nuestra causa
es noble y justa, su celeste amparo
los dioses le darán; y no busquemos
7335
vil apoyo en indignos mercenarios.
Puñales para herir, los nuestros sólo:
víctimas, sólo César. Sentenciado
por las leyes está: de la sentencia
son los ejecutores nuestros brazos.
7340
¿Cómo, si no, sobre su noble pecho
alzara yo el puñal? ¡Yo, tan colmado
por él de beneficios, de mercedes,
tan querido de César, que al matarlo
fuera Bruto el peor de los traidores,
7345
si no fuera el mejor de los romanos!
¡Roma le debe gratitud y muerte!
Autor de su grandeza y de su estrago,
sus hazañas, de hoy más, borradas quedan
para el perdón; ¡mas no para el aplauso!
7350
¡Vedle salvar las cumbres de Pirene,
y al Gallego vencer, y al Lusitano,
en el confín adonde al mar de Atlante
rinden tributo el Miño, el Duero, el Tajo!
¡Vedle en dos lustros de sangrientas lides
7355
las Galias sojuzgar! ¡Vedle, domando
del Rhin caudal la rápida corriente,
someter al Teutón! ¡Del Oceano
vedle cortar con atrevida prora
la no surcada espalda, allá plantando
7360
las águilas de Roma, do se ocultan
divididos del orbe los Britanos!
¡Mirad, mirad qué vida nuestro acero
va mañana a cortar! Al desnudarlo,
¡ni el odio os ciegue ni el rencor os guíe!
7365
¡Matémosle sin ira, ciudadanos!
¡No somos asesinos! ¡Sacerdotes
somos de la República, que armados
con el sagrado acero, en las entrañas
de una sublime víctima buscamos
7370
la libertad de la oprimida patria!
¡Sobre su pecho con segura mano
vibrad el hierro, y apartad el rostro
con respeto y dolor! Así el mandato
de Roma cumpliréis, que para herirle
7375
os presenta el puñal, bañada en llanto.
¡Oh sacrificio grande y lacrimoso!
¡Oh César! ¡Oh dolor! -¡Fuérame dado
matar su intento, sin matar su vida!
CASIO
¿Lloras, Bruto?
BRUTO
¡Mañana le matamos!
7380
¿Teméis? ¿Dudáis? ¡Lo mataré yo solo!
TODOS
¡Mañana!
BRUTO
¡Sí, mañana, en el Senado,
al resplandor del día, descubierto
el rostro, alta la diestra, sepultamos
el puñal vengador en sus entrañas,
7385
sin ira, sin piedad; y en holocausto
a la ofendida Roma le ofrecemos
el cadáver allí de un hijo ingrato!
CASIO
¡Vengador de la ley, he aquí mi diestra!
TODOS
¡He aquí la mía!

(Todos extienden la diestra hacia BRUTO.)

CASIO
¡Amigos, separarnos
7390
en silencio conviene: el alba asoma!
UNOS
¡Al Senado mañana!
OTROS
¡Sí, al Senado!
CASIO
El semblante sereno, el hierro oculto.
¡Y en los dioses fiad!
BRUTO
¡Númenes sacros,
oíd mi voz! ¡Haced que eternamente
7395
en este mes, a Marte consagrado,
al Dios potente, fundador de Roma,
el sol que va a nacer, a los tiranos
de un siglo y otro siglo espanto sea,
y a la ciudad glorioso aniversario!
7400
CASIO
¡Los idus son!
BRUTO
¡En los futuros tiempos
fama eterna tendréis, idus de marzo!

(Los conjurados se retiran.)

Escena V

BRUTO.

¡Fama eterna este día! Y de mi nombre
¿cuál la fama será? Con el de Casio
envuelto irá, y el de esos miserables,
7405
que aborrecen al hombre, y no al tirano.
«¡Bruto, dirán, el matador de César!»
Sin saber que le admiro, que le amo
-¡y voy a darle muerte!-; que desprecio
a los que son mis cómplices -¡y un lazo
7410
fatal me une con ellos!- ¡Que estén siempre
mi corazón y mi deber luchando!
Así, encendida la civil contienda,
volé resuelto de Pompeyo al campo;
de Pompeyo, asesino de mi padre,
7415
y el acero esgrimí contra el humano
vencedor de Farsalia. -¿Por qué, oh cielo,
por qué en tal confusión truecas los hados,
que la causa del mal a un héroe fías,
y la del bien a tan indignas manos?
7420
¡Oh costosa virtud! -Ya luce el día;
el momento llegó.

(Tomando el puñal.)

Puñal sagrado,
ven, escóndete aquí: contigo llevo,
en la dudosa empresa a que me lanzo,
si vencedor, la libertad de Roma;
7425
si vencido, la mía.
Escena VI

BRUTO, SERVILIA.

SERVILIA
Por el atrio,
ha un instante, hijo mío, he visto algunos
de tu estancia salir, si no me engaño.
¿Contigo estaban?
BRUTO
Sí.
SERVILIA
¿Qué te querían?
BRUTO
Concertar nuestros votos. El Senado
7430
hoy se junta.
SERVILIA
¿Hoy se junta? ¿Y le convoca
César?
BRUTO
¡Sí, madre!
SERVILIA
¿Y con qué objeto? ¿Acaso
lo ignoráis?
BRUTO
Lo sabemos.
SERVILIA
¿Y no puedo
saberlo yo?
BRUTO
¡Dichosa, si ignorarlo
pudieras, madre, y yo también! -¿Recuerdas
7435
que aquí mismo, no ha mucho, alimentando
falaces ilusiones, lo aguardabas
todo de César? ¡Llora el desengaño!
¡César quiere ser rey!
SERVILIA
¡Rey!
BRUTO
Para eso
el Senado se junta.
SERVILIA
¿Y el Senado
7440
lo aceptará?
BRUTO
Lo acepta.
SERVILIA
¿Y ésos quieren
combatir la elección? ¿Ésos, que esclavos
viste ayer de Pompeyo y hoy de César?
¡Ah! ¡Todo lo adivino! ¡Hijo adorado!,
no los escuches: de tu claro nombre
7445
su cobarde ambición busca el amparo.
¡Ah!, ¡no será! ¡Tu nombre tiene el cielo
a más noble destino reservado!
¡Dioses, dadme valor! -¡Hijo!, esos hombres
te envidian, te odian, y a su inicuo bando,
7450
para perderte, con astuta maña
te quieren arrastrar. He visto a Casio,
que tu puesto codicia: a Decio Bruto,
que vende a César: y al feroz Ligario,
monstruo de ingratitud. Míralos, hijo;
7455
¡y mira a César!
BRUTO
¡César! -Los romanos,
los señores del mundo, ya a sus ojos
no somos hombres, sino vil rebaño,
paciente grey, que a su placer traspasa,
¿sabes, madre, que un trono hereditario
7460
quiere fundar?
SERVILIA
Lo sé.
BRUTO
¿Los cielos justos
sabes que en tres enlaces han negado
prole de amor a su infecundo lecho?
SERVILIA
¡Ah! -Sigue...
BRUTO
¿Sabes tú quién es el amo
que a su patria destina; el heredero
7465
que intenta designar?
SERVILIA
¿Quién es?
BRUTO
¡Octavio!
SERVILIA
¡Octavio!
BRUTO
Octavio. El dictador le espera:
hoy llega a Roma.
SERVILIA
¡Dioses soberanos!
¡Octavio! ¿Octavio sucesor de César?
¿Octavio rey de Bruto? -¿Y aún mi labio
7470
callará? ¡No, eso no! ¡Sal de mi pecho,
flaqueza criminal! ¡Huye, bastardo
temor, huye de mí! -¡Dioses! ¡Prestadme
fuerza, valor, resolución, que en vano
pido al cobarde pecho, con que a Roma
7475
de un porvenir indigno libertando,
labre su dicha y su salud, y marque
su glorioso destino al hijo amado!
BRUTO
¡Calma esa agitación: no temas: Bruto
cumplirá su deber!
SERVILIA
Tú ignoras...
BRUTO
¡Harto
7480
me has dicho, madre; adiós!
SERVILIA
¡Detente! ¿Adónde
vas?
BRUTO
Al Pretorio voy: mi noble cargo
me llama al tribunal.
SERVILIA
¿Y luego?...
BRUTO
Luego...
SERVILIA
¿Al Senado no irás?
BRUTO
¡Iré al Senado!
SERVILIA
¡Júralo!
BRUTO
¡Te lo juro!
SERVILIA
¡Estoy tranquila!
7485
¡Vete, hijo! -Aguarda. ¡Ven... ven a mis brazos!

(Se abrazan.)

BRUTO
¡Madre, adiós!

(Aparte.)

¡Quizá el último este sea!
SERVILIA
¡Hijo, adiós!

(Aparte.)

¡Es el último este abrazo!

(Se va BRUTO.)

Escena VII

SERVILIA.

¡Qué repentina luz hiere mi mente
y penetra mi ser! ¡Qué desusado
7490
valor, qué heroico espíritu me alienta
y a la inmortalidad guía mis pasos!
¡Dioses que me inspiráis! ¡Servilia os oye,
y a obedeceros va! Si sella el labio
de la madre de Bruto indigno miedo,
7495
la hermana de Catón arma su brazo.
¡Licia! -El escrito es este. Aquí mi nombre.

(Saca el pergamino y firma en él.)

¡Mi sentencia firmé!
Escena VIII

SERVILIA, LICIA.

SERVILIA
Licia, volando,
al palacio de César: este escrito
pon en su mano: ¿entiendes?, en su mano.
7500
LICIA
Serás obedecida.

(Se va LICIA.)

Escena IX

SERVILIA.

¡Digna madre,
digna romana soy! -Bruto, hijo amado,
tú serás rey de Roma: tus virtudes
eclipsarán las de tu padre acaso:
será el mundo feliz bajo tu imperio,
7505
¡y por mí lo será! -Desde los altos
cielos oiga mi espíritu en tu boca
el perdón que allí espero, si a otorgarlo
te basta el ver que por mi propia diestra
la antigua mancha con mi sangre lavo.
7510
¡Ah!, ¡no será Servilia, viva al menos,
de su hijo execración, de Roma escarnio!
¡He aquí su espada!

(Toma y desnuda la espada de BRUTO.)

¡Oh sol, tu luz me baña
por la postrera vez!

(Mirando hacia lo exterior.)

¡Qué estoy mirando!
Ese vasto edificio que ilumina
7515
con vivo resplandor... es el teatro
de Pompeyo... y la Curia. -El pueblo acude...
lictores la rodean... sobre el mármol
del pavimento colocada miro
la silla de oro... ¡Oh dicha! ¡Allí el Senado
7520
juntarse debe! ¡Y yo desde este sitio,
sola y oculta, contemplar el acto
podré, que es obra mía! ¡Ver de César
la conmoción, del pueblo el entusiasmo!...
Sí, quiero verlo: ¡lo veré! -¡Una hora!...
7525
¡Una hora no más!... Detente, ¡oh brazo!
¡Aguarda para herir que a mi hijo vea
sobre el trono del mundo levantado!

Plaza de Roma, donde está el gran teatro de Pompeyo, al cual se ve unida la Curia, pórtico con gradería y columnata, que ocupa parte del escenario. Allí la estatua de Pompeyo, la silla de oro destinada para CÉSAR, y las curules para los SENADORES. En derredor edificios diversos, y calles que desembocan en la plaza.

Escena I

FLAVIO, MARCELO, ENNIO, PUEBLO, LICTORES.

(LICTORES colocados de trecho en trecho alrededor de la Curia. -Grupos de pueblo en diversos puntos de la plaza, tomando puesto para ver la ceremonia. Entre ellos ENNIO, el esclavo de CASIO. -Aparecen los tribunos FLAVIO y MARCELO por opuestos lados.)

MARCELO
Heme aquí, Flavio.
FLAVIO
A un tiempo nos juntamos.
MARCELO
Mi tribu he recorrido.
FLAVIO
Y yo la mía.
7530
MARCELO
¿Has observado agitación?
FLAVIO
Ninguna.
MARCELO
Ni yo.
FLAVIO
No hay que temer: nadie malicia
nuestra conjuración.
MARCELO
Ejecutarla
hoy sin falta debemos, o peligra
un secreto entre tantos.
FLAVIO
Hoy sin falta
7535
será. Bruto está al frente: en él confía.
MARCELO
Y dime, Flavio: pues tribunos somos
de la plebe, ¿la plebe tú imaginas
que en ello ganará?
FLAVIO
Ganará siempre
derribando un tirano que la humilla.
7540
MARCELO
¿Y qué vendrá después?
FLAVIO
Lo que viniere
lo veremos después. ¿Por qué no miras
hoy lo presente, lo futuro luego?
MARCELO
Lo presente he mirado, y a su ruina
concurro con mi brazo. Pero dime:
7545
la seca y desdeñosa altanería
con que Bruto nos trata, ¿no te infunde
recelo?
FLAVIO
Bien: el hierro que hoy esgrimas
no lo envaines; y espera.
MARCELO
¡Calla!
FLAVIO
Es Ennio,
un esclavo de Casio.

(A ENNIO.)

¿Qué te guía
7550
a estos sitios?
ENNIO
Mi dueño me ha mandado
aquí aguardarle.
FLAVIO
¿Dónde está?
ENNIO
En la silla
del tribunal.

(Los TRIBUNOS se alejan.)

Escena II

Los DICHOS, LUCIO, ARTEMIDORO.

LUCIO
Pues no hay otro recurso,
aquí le esperaremos.
ARTEMIDORO
Hoy su vida
vas a salvar; la libertad te aguarda.
7555
LUCIO
¡Plegue a los dioses! En su mano misma
pondremos el escrito.
ARTEMIDORO
Antes que suba
esas gradas, sabrá la trama inicua.
ENNIO
¡Lucio!
LUCIO
¡Es Ennio!
ENNIO
¡Tú aquí! Pues ¿y Ligario,
tu señor?
LUCIO
En el lecho, por maligna
7560
fiebre postrado.
ENNIO
¿Su dolencia aún dura?
¡El cielo la prolongue! ¡Así te libras
de su trato feroz!
LUCIO
Ennio... ¿y el tuyo?
ENNIO
Ya lo sabes: ¡tremendo! Cada día
sobre mí cruje el látigo, y mis carnes
7565
abre sin compasión.
LUCIO
¡Oh raza indigna!
¡Y hablan de libertad!
ENNIO
Sí, ¡para ellos!
LUCIO
Ennio, ¿quieres ganarla?
ENNIO
¿Cómo?
ARTEMIDORO
¡Mira
lo que dices!
LUCIO
No temas: es esclavo;
el lazo del dolor con él me liga.
7570
Ennio, ¿quieres ganarla?
ENNIO
¡Yo!...
LUCIO
No temas
que te oiga Artemidoro; por desdicha
esclavo fue; liberto es hoy de César.
Griego nació, y en Roma se dedica
a la enseñanza de su patrio idioma.
7575
ARTEMIDORO
¡Todo a César lo debo!
LUCIO
¡Di!
ENNIO
Principia.
LUCIO
¿Anoche Casio ausente de sus lares
no ha estado?
ENNIO
Sí.
LUCIO
¿Cuándo volvió?
ENNIO
Ya el día
clareaba. Al sueño me rendí; ¡y por cierto
me despertó su látigo!
LUCIO
¿Y no atinas
7580
dónde pudo pasar la noche entera?
ENNIO
No atino.
LUCIO
Y después hoy, a su salida,
¿no has observado tú si algo llevaba?
ENNIO
¡Un puñal! Sí, noté que lo escondía
bajo su manto.
LUCIO
¡Basta! ¡Escucha ahora!
7585
Anoche Casio, tu señor, con Cina
en casa entró: doliente halló en el lecho
a Ligario: fue corta su visita.
Parten; y a poco alzándose Ligario
encendido y febril, vístese aprisa
7590
y con incierto pie tras ellos sale.
Al despuntar el alba, a la hora misma
que tu señor, a casa volvió el mío.
¡Espanto daba el verle! En fuego ardía
su seca piel: exánime en el lecho
7595
cae; yo a su lado estaba, y en él fijas
mis miradas. -De pronto sobre el codo
se alza como un espectro: sus pupilas
lanzan siniestra llama: ¡de sus miembros
la convulsión el lecho estremecía!
7600
Y en su boca espumante estas cortadas
frases escucho. «¡Hoy es... hoy es el día!
¡Hoy me libro del peso! -Bruto... Casio...
¡Al Senado!... ¡La hora se aproxima!
¡No olvidéis el puñal! ¡Oculto!... ¡oculto!»
7605
Sus palabras el crimen que meditan
me revelan; y a par el pensamiento
de conquistar mi libertad me inspiran.
Ciego, resuelto, le abandono y salgo.
A Artemidoro busco, la noticia
7610
le doy, y ambos de César al palacio
corremos. ¡Vano intento! Casca, Cina,
Decio Bruto la entrada a todos cierran,
y a los curiosos el tribuno obliga
de allí a alejarse. La denuncia entonces
7615
escribe Artemidoro en su nativa
lengua y en nombre de ambos; y aquí a César
esperamos resueltos. Ennio, imita
mi arrojo: a nuestro nombre junta el tuyo,
y por la libertad juega la vida.
7620
ENNIO
¡Jugada está! -¡Son ciertas tus sospechas:
es cierta su traición! Yo en esa intriga
ciego instrumento he sido. Por mandato
de Casio, una vez fui... ¡Tente! ¡Oh divina
inspiración!...
LUCIO
¿Qué piensas?
ENNIO
Oye: el golpe
7625
pudiera aquí fallarnos. Quizá impida
la muchedumbre el paso: quizá ocurran...
¡quién sabe! ¡mil azares! -Yo, por dicha,
libre acceso hasta el cónsul Marco Antonio
tengo: el cómo os diré. -De aquí vecina
7630
su casa está: venid: él es de César
amigo fiel.
ARTEMIDORO
También fallar podría
ese medio: uno y otro se aprovechen.
Id vosotros al cónsul: la venida
yo aguardaré de César. ¡Ambos medios
7635
no han de fallar!
LUCIO
¡Los dioses nos asistan!
Ven por la libertad.
ENNIO
¡O por la muerte!
LUCIO
¿Qué más nos da? -¿La esclavitud es vida?

(Se van los esclavos.)

Escena V

ARTEMIDORO, FLAVIO, MARCELO, PUEBLO, LICTORES, luego BRUTO, CASIO.

ARTEMIDORO
¡Le salvaré: la gratitud me impone
este deber!
FLAVIO
Marcelo, ¿no divisas
7640
a Bruto y Casio? Ahí vienen.
MARCELO
¡Los primeros!
FLAVIO
¡Y pudiste dudar!
ARTEMIDORO
Ya se encaminan
Bruto y Casio a su puesto: iré yo al mío.

(Se retira. -Llegan BRUTO y CASIO.)

CASIO
¡Salud a los tribunos!
MARCELO
Todavía
no ha llegado ninguno.
CASIO
A la hora sexta
7645
convocados estamos, y la quinta
no es aún.
MARCELO
¿Y vendrán?
BRUTO
Para esta empresa
con uno basta, y somos dos. -Retira
del pórtico a la plebe: no conviene
que presencie el suceso. La noticia
7650
saldrá de ese recinto autorizada;
que el ser el hecho allí, le califica,
y desnudo de lástimas plebeyas,
brillará en su grandeza y su justicia.
MARCELO
Lo haré. -Lictores, despejad la Curia.
7655

(Los LICTORES hacen retroceder al pueblo al fondo. -Van llegando por diversas calles y con intervalos los SENADORES, de los cuales, unos se quedan conferenciando en el pórtico y otros entran en la Curia.)

Escena IV

Los DICHOS, CASCA, TREBONIO, CIMBRO, CINA.

CASCA
¡Malas nuevas!
CASIO
¿Qué ocurre?
CASCA
¡Contrarían
los hados nuestro plan!
CASIO
¿Cómo?
CASCA
Al Senado
quizá no venga César.
MARCELO
¿Qué motiva
esa resolución?
CASCA
Ante los Lares
que en su palacio el pórtico autorizan,
7660
hoy al primer albor del sol naciente
sacrificó el arúspice Espurina
una cándida res; y en sus entrañas
siniestro agüero presentó a su vista:
¡faltaba el corazón! -Todos a César
7665
la nueva dan, y unánimes opinan
que no vaya al Senado. Él los escucha,
y responde impasible: «Si a la víctima
le falta corazón, a mí me sobra.»
BRUTO
¡Oh, vendrá!
CASCA
De la estancia en que aún dormía
7670
su esposa, llega entonces a su oído
un confuso rumor: allí encamina
sus pasos, entra silencioso, llega
al pie del lecho, y a Calpurnia mira
con un ensueño lúgubre luchando.
7675
Ambos brazos convulsos extendía,
y entre ahogados sollozos exclamaba:
«¡Tened!... ¡perdón!... ¡perdón!» Lumbre rojiza
destellaba una lámpara, y el aire
en resplandor sangriento se teñía.
7680
Despierta luego, y abrazando a César,
por su amor, por los Dioses le suplica
que no salga por hoy; que ha visto en sueños
cien puñales alzarse, y a él sin vida
en sus brazos caer. -Decio del caso
7685
nos ha informado; y teme que se rinda
César por fin al llanto de su esposa,
y nuestra junta aplace, y nos despida.
CASIO
¡Fatalidad!
TREBONIO
¿Qué haremos?
CINA
Si se aplaza,
nuestro plan se divulga.
MARCELO
Y si transpira,
7690
la muerte nos aguarda.
CASCA
¡Muerte a todos!
CASIO
Bruto, ¿qué dices?
BRUTO
¿Qué queréis que os diga?
Cuando se trata de salvar a Roma,
¿a qué tanto pensar en nuestras vidas?
CASCA
¡Nuestra muerte es la suya!
CASIO
Y sin salvarla,
7695
duro es morir.
BRUTO
¡Vivimos todavía!
¡Calma! Este es nuestro puesto: aquí aguardemos.
FLAVIO
¡Disimulad! -¡El cónsul!

(Aparecen los LICTORES precediendo al cónsul.)

Escena V

Los DICHOS, MARCO ANTONIO, LICTORES.

ANTONIO

(A sus LICTORES.)

Id aprisa,
a Lépido buscad: aquí lo aguardo.

(Se va un lictor. -Él dice aparte:)

¡Ellos son! ¡La denuncia se confirma!
7700
Exploremos.
CASIO
¡Salud a Marco Antonio!
ANTONIO
¡Salud a los pretores!
CASIO
¿Tu venida
la de César anuncia?
ANTONIO
Siempre visteis
puntual al dictador.
CASIO
El rey podría,
haciéndose esperar, su omnipotencia
7705
querer mostrarnos.
ANTONIO
¡Rey! Para que ciña
la corona real, fuerza es primero
que un senadoconsulto lo decida,
y lo sancione el pueblo.
CASIO
Nuestro voto
le daremos allí.
FLAVIO
Flavio os afirma
7710
que lo que en el Senado se resuelva
sancionará la plebe.
ANTONIO

(Aparte.)

¡No mentían
los esclavos! ¡Bien hice! -Senadores:
en este acto solemne, en que se cifra
el porvenir de Roma, toca al cónsul
7715
por vosotros velar, para que emitan
todos con plena libertad sus votos.
Lictores, alejaos: las avenidas
guardad: sólo a los Padres del Senado
llegar hasta la Curia se permita.
7720

(Los LICTORES que rodeaban la Curia se retiran al fondo.)

Escena VI

Los DICHOS, LÉPIDO y EL LICTOR.

LÉPIDO
De ti llamado con urgencia, cónsul,
a tu mandato estoy.
ANTONIO
Tú, que acaudillas
la orden ecuestre, Lépido, conduce
al instante a la puerta Tiburtina
infantes y jinetes: ni un soldado
7725
en Roma quede: y si entretanto arriban
las legiones de Brindis, que allí aguarden
las órdenes del cónsul.
LÉPIDO
A cumplirlas
corro sin dilación.

(Se va.)

Escena VII

Los DICHOS, menos LÉPIDO. -VALERIO, jefe de los LICTORES.

ANTONIO
Llega, Valerio.
VALERIO

(Aparte.)

Hecho está.
ANTONIO

(Aparte.)

¿Y los esclavos?
VALERIO

(Aparte.)

A mi vista,
7730
en el fondo del Tíber.
ANTONIO

(Aparte.)

Del secreto
único dueño soy. -César, expía
tu negra ingratitud. -¿Mi rey Octavio?
¡Ah! ¡No será mientras Antonio viva!

(Se va con sus LICTORES.)

Escena VIII

Los DICHOS, menos MARCO ANTONIO y sus LICTORES.

Después DECIO BRUTO.

CASCA
¡Sin sospecharlo, nuestro intento ayuda!
7735
CASIO
¿Sin sospecharlo? -¡Acaso!
TREBONIO
¡Qué! ¿Imaginas?...
MARCELO
¡Misterioso es su hablar!
CASCA
¡Su ausencia extraña!
FLAVIO
¡No hay duda, algo penetra!
MARCELO
¡Su perfidia
nos tiende un lazo!
CASIO
¡Aquí está Decio!
TODOS
¡Decio!
CASCA
¡Acaben nuestras dudas!
CASIO
¿Qué noticia
7740
nos das?
DECIO
¡Que viene César!
BRUTO
¡Lo estáis viendo!
CASIO
¿Le persuadiste al fin?
DECIO
No: es un enigma
que tiemblo descifrar. -Nada alcanzaban
mis esfuerzos: en vano la propicia
ocasión le pintaba, y el desaire
7745
inmerecido que al Senado hacía,
cuando junto en la Curia le aguardaba
para alzarlo por rey. Era perdida
mi voz. A las plegarias de Calpurnia
iba a ceder; cuando de pronto avisan
7750
que en el pórtico, ha tiempo, ver a César
demandaba una esclava de Servilia.
BRUTO
¡Es mi madre!
DECIO
Que al punto la introduzcan
manda. Llega la esclava, y deposita
un escrito en su mano. César lo abre,
7755
le lee: sus ojos de repente brillan,
y a sus párpados lágrimas asoman.
«¡Pronto al Senado!, exclama. Decio, avisa
mi llegada.» -¡Y ahí viene!
CASIO
¿Y ese escrito?
DECIO
En su mano arrollado.
CASIO
¡De Servilia!
7760
BRUTO
¡De mi madre!
CASCA
¡Si anoche, por ventura,
nos oyó!...
DECIO
Ella es mujer, y condolida
tal vez...
BRUTO
¡Ella es romana, y es mi madre!
CASIO
¿La denuncia a venir le animaría?
MARCELO
¡A venir preparado a castigarnos!
7765
BRUTO
Pues bien; si tal sucede, ¡almas mezquinas,
dejadme, huid! ¡Lo mataré yo solo!...
¡Y a ella después!
CASIO
¡Silencio! Él llega.
Escena IX

Los DICHOS, CÉSAR.

(CÉSAR viene en litera, traída por ocho esclavos; le preceden los LICTORES; le acompañan los SENADORES.)

EL PUEBLO
¡Viva
César!
CÉSAR
¡Salud! ¡Salud, pueblo romano!

(Baja de la litera. -Trae en la mano el pergamino que le envió SERVILIA. Artemidoro pugna por llegar hasta él.)

ARTEMIDORO
¡Dejadme... quiero hablarle! -César, mira
7770
ese escrito.

(Le entrega el pergamino.)

CÉSAR

(Tomándolo.)

Lo haré.
ARTEMIDORO
¡Léelo tú solo!
CÉSAR
¡Yo solo!...

(Al abrirlo, ve a BRUTO, se dirige a él conmovido, y le pone la mano en el hombro.)

¡Oh! ¡Que aquí estás! ¡Cuánta es mi dicha!
ARTEMIDORO
¡Léelo, César!...
CÉSAR

(Dándoselo a DECIO.)

Entérate.
ARTEMIDORO
¡Tú solo!
DECIO

(Aparte, leyéndolo.)

¡Cielos!
ARTEMIDORO
¡César, tú solo!
DECIO
¡A ese que grita
llevaos, lictores!
ARTEMIDORO
¡Ah, traidor!
DECIO
¡Llevadle!
7775

(Los LICTORES sujetan a ARTEMIDORO, que se resiste.)

ARTEMIDORO
¡Traidor!...
DECIO
¡Pronto: a la cárcel Mamertina!

(Se lo llevan. -CÉSAR, embebecido contemplando a BRUTO, a nada atiende.)

ARTEMIDORO

(Perdiéndose a lo lejos su voz.)

¡Traidor!...
DECIO

(Aparte a los conjurados.)

¡El golpe luego, o nos perdemos!
Escena X

Los DICHOS, menos ARTEMIDORO.

CÉSAR
¡En vano, ingrato, mi presencia esquivas!
¡Con lazo estrecho unidos nuestros nombres,
juntos resonarán desde este día
7780
en la remota edad!
BRUTO
¡Así lo espero!
CÉSAR
¡Y para el bien universal!
BRUTO
¡Me anima
también esa esperanza!
CÉSAR
Y de vosotros
también espero yo que, a envejecidas
ideas renunciando, deis a Roma
7785
lo que hoy para ser grande necesita:
¡Ser humana! ¡Ser justa! -Esos inmensos
pueblos, que esclavos a sus pies se humillan,
no merecen el yugo; porque nada
guardan de su barbarie primitiva,
7790
y en cultura y saber, en ciencias y artes
quizá con nuestra Italia rivalizan.
¿Cuál es hoy su destino? ¡Ser despojo
de un procónsul rapaz, que sólo aspira
a gozar, a oprimir, a enriquecerse,
7795
esquilmando su mísera provincia!
Libertad piden: y es razón. -Vosotros,
que tanto aborrecéis la tiranía,
¿por qué queréis que la de Roma pese
sobre el mundo, y que os odie y os maldiga?
7800
¿Le hicisteis culto y le queréis esclavo?
¡Error! ¡Funesto error! -En sus conquistas,
donde llevó sus victoriosas armas,
Roma llevó su ser, llevó su vida.
Ya Roma no está aquí: ¡Roma es el mundo!
7805
Y desde el Septentrión a las orillas
del lusitano mar, todo hombre libre
ciudadano romano se apellida.
A que cumpla este fin un dios me llama:
a que destruya toda tiranía:
7810
la vuestra la primera. -Alzose un tiempo
en interés de los patricios Sila,
en interés de los plebeyos Mario:
¡yo en interés de todos! Ley precisa
será, pues todos han de ser iguales,
7815
que uno mande. Hoy aquí la regia insignia
me va a dar el Senado, y yo la acepto:
no por la predicción de la Sibila;
mas porque el bien del mundo la reclama,
y yo me siento digno de ceñirla.
7820
El Senado me aguarda: entrad conmigo;
y escucharéis el nombre del que un día,
de mi sangre heredero y de mi trono,
rey de Roma será. La Italia rija
por mí, dichoso; mientras yo la Armenia
7825
cruzo, conquisto al Parto, la ardua cima
del Caúcaso traspaso, y por los bosques
de la áspera Germania, y las sumisas
Galias, cerrando el círculo, os presento
la tierra entera a vuestros pies rendida.
7830
Todo dispuesto está: mañana marcho.
Entremos, pues. -Y tú, junto a mi silla
te coloca: a mi lado quiero verte.
BRUTO
A tu lado estaré.

(Sube CÉSAR las gradas de la Curia: al llegar a lo alto, el Senado se pone en pie para recibirlo. Entonces CIMBRO, que iba detrás de CÉSAR, le tira de la toga, descubriéndole el cuello y señalando a la estatua de Pompeyo.)

CIMBRO
¡Pompeyo os mira!
CASCA

(Hiriendo a CÉSAR en el hombro con el puñal.)

¡Muere, tirano!
CÉSAR

(Arrancándole el puñal y sujetándole del brazo.)

¡Tente, infame Casca!
7835
¿Qué haces?
LOS CONJURADOS

(Sacando los puñales.)

¡Muera!
CASCA

(Pugnando por desasirse.)

¡Favor!
CÉSAR

(Armado del puñal de CASCA.)

¡Contra mi vida
conjurabais, ingratos! ¡Llegad! -¡Cara
la venderé!
BRUTO
¿Tembláis? ¡Oh cobardía!
¡Puñal, Roma lo manda!

(Alza el puñal y se dirige a CÉSAR.)

CÉSAR
¡Tú, hijo mío!
¡Tú también!

(Arroja el puñal, y se cubre con el manto.)

LOS CONJURADOS
¡Muera!

(Siguen a BRUTO, y descargan con furia repetidas veces los puñales sobre CÉSAR.)

LOS SENADORES
¡Huyamos!

(Los SENADORES, que estaban en la Curia, se precipitan fuera con espanto: el terror se comunica a los LICTORES y al pueblo.)

BRUTO
¡La justicia
7840
de Roma se cumplió!

(Ábrese el grupo de los conjurados, y se ve el cadáver de CÉSAR, tendido al pie de la estatua de Pompeyo, cuyo ancho pedestal le oculta en parte a la vista del público.)

CASIO
¡Pueblo! ¡El tirano
es muerto ya! ¡La sangre que destila
el puñal vengador tu afrenta lava!
¡Álzate, pueblo-rey! ¡Libre te miras!
EL PUEBLO
¡César!... ¡muerto!... ¡qué horror!...

(Huyen despavoridos por diversos puntos.)

LOS CONJURADOS
¡Huyen!
CASIO
¡Corramos!
7845
¡No se extienda el terror que los domina!
¡Mostrémonos por plazas y por calles!
¡Al Foro! ¡Al Capitolio!...
SERVILIA

(Dentro.)

¡Bruto!
CASIO

(Yéndose con los conjurados.)

¡Viva
la libertad!
BRUTO

(Deteniéndose.)

¡Mi madre!...
Escena XI

BRUTO, SERVILIA.

SERVILIA
¡Bruto! ¡Es cierto!
¿Qué has hecho?... ¡Di!...
BRUTO
¡Matar la tiranía!
7850
SERVILIA
¡Mátame a mí también! -¡Ese es tu padre!
BRUTO
¡Mi padre!!!...
SERVILIA
¡Lee!

(Arranca el pergamino de la mano de CÉSAR, y se lo presenta.)

BRUTO

(Después de leer.)

¡Qué horror! -Y tú, Servilia...
SERVILIA
¡Mátame!!!...
BRUTO
¡Te perdono! -¡Gracias, Dioses,
que hasta quedar mi obligación cumplida
no me habéis revelado este secreto!
7855
¡Cuánto mayor esfuerzo al alma mía
le costara, sabiéndolo! Y acaso...
Entonces... -¡Bruto! ¿Qué? ¿Vacilarías?
Calla, fiera virtud, y pues los Dioses
me han querido salvar, nada me digas.
7860
¡Tu inspiración seguí! ¿Qué más me pides?
¡Tu inspiración seguí!... Pues ¿por qué agita
mi pecho hondo terror? ¿Por qué las gentes
en mí sus ojos con espanto fijan?
¡Romano soy!... ¡Soldado de Pompeyo!
7865
¡Alumno de Catón!...

(Dándole a SERVILIA el pergamino.)

¡Madre, aniquila
ese fatal escrito! -Quien a César
mató fue Marco Bruto... ¡Parricida
no me llaméis! -¡Qué lágrimas son estas!
SERVILIA
¡Hijo!...
BRUTO
¡No más flaqueza! -¡Huye, Servilia!...
7870
¡No te conozco ya!... ¡Roma es mi madre!

(Óyense a lo lejos confusamente gritos del pueblo.)

SERVILIA
¡Qué lejano rumor!... -¡Ah! ¡Por tu vida
ya comienzo a temblar! -¡Hijo, ese pueblo
amaba a César!... ¡Si a vengarle aspira!...
BRUTO
¡Yo le amaba también!
SERVILIA
¡Ah!, pero en Roma
7875
no busques la virtud que a ti te anima.
¡Sígueme... ven... ocúltate!
BRUTO
¿Cobarde
también me quieres hoy?
SERVILIA
La gritería
se oye más cerca ya. -¿Quién llega? ¡Es Casio!
Escena XII

SERVILIA, BRUTO, CASIO.

CASIO
¡Bruto, te encuentro al fin! ¡Patria, respira!
7880
¡Aún vive Bruto!
SERVILIA
Ese tumulto, Casio,
¿qué anuncia? Di.
CASIO
¡La libertad perdida!
BRUTO
¡Dioses!
SERVILIA
¡Perdida! Pues entonces, dime:
el sangriento cadáver que allí miras,
¿de qué ha servido, Casio?
CASIO
¡Fue viviendo
7885
nuestro baldón, y muerto es nuestra ruina!
SERVILIA
¡Era fundado mi temor! ¡El pueblo
quiere a César vengar!
BRUTO
Con frente altiva
esperemos al pueblo: darle es justo
de nuestra noble acción cuenta cumplida.
7890
CASIO
No, no es la voz del soberano pueblo,
del pueblo rey, que premia y que castiga,
eso que oyes sonar; es el rugido
de una turba feroz de gente indigna,
que al yugo se avezó, y hoy dócil sirve
7895
de instrumento a la nueva tiranía.
BRUTO
¿Qué dices, Casio?
CASIO
Escucha: Marco Antonio
nuestro plan sospechaba: en su perfidia,
traidor con César, con nosotros falso,
la herencia recoger se proponía.
7900
Muerto el tirano, a la aterrada plebe
que huyó de aquí, reúne, arenga, excita
contra nosotros: cuéntales que César
ordenó que a su muerte se dividan
entre el pueblo sus bienes, sus jardines
7905
transtiberinos, todo. Conmovida
la plebe llora, a César llama padre,
y en su loca embriaguez «¡venganza!» grita.
Lépido, en esto, se presenta al frente
de sus jinetes, sabe la noticia,
7910
únese a Antonio, y ambos se proclaman
vengadores de César. Ya venían
sobre Roma los dos, cuando de pronto
óyese hacia la puerta Tiburtina
son de trompetas: las legiones eran
7915
que de Brindis llegaban conducidas
por Octavio. La plebe a vitorearle
corre, le da la nueva: él se apellida
Octavio César, deudo y heredero
del dictador, y humilde solicita
7920
le den favor para vengar su muerte.
Siempre voluble, el pueblo se cautiva
de su rostro infantil, sus delicadas
formas, su tenue voz, su faz marchita,
de su dolencia indicio, y sus facciones,
7925
un tanto a las de César parecidas.
Ebrio de amor, su jefe le proclama.
Celoso Antonio, en pro de su ofendida
autoridad, las haces consulares
manda alzar. En su fiel caballería
7930
al mismo intento Lépido se apoya.
La numerosa hueste que acaudilla
hace avanzar Octavio. -Dos rivales
contempla cada cual... Los tres se miran,
sus fuerzas miden, su rencor ocultan,
7935
¡y en un abrazo pérfido se ligan!
Rompe entonces su furia cual torrente
y cien proscriptos a morir destinan:
¡nosotros los primeros! -Los triunviros
lanzan a la cruel carnicería
7940
sus feroces sicarios, ¡Roma en breve
será un lago de sangre! Yo, por dicha,
entre la confusión salvarme pude,
y en tu busca volé. -¡Bruto, aún la vida
puede ser útil a la patria! ¡Huyamos
7945
de la ciudad!
SERVILIA
¡El pecho de Servilia
será tu escudo!
BRUTO
¡La virtud no existe!
¡Es un nombre, y no más!
CASIO
¡Ya llegan!
Escena última

Los DICHOS, OCTAVIO, ANTONIO, LÉPIDO, SOLDADOS, PUEBLO.

(Aparecen en el fondo los triunviros: EL PUEBLO los rodea: los soldados los preceden, desnudas las espadas y prontos a lanzarse sobre los proscriptos.)

PUEBLO
¡Viva
César Octavio!
SERVILIA
¡Oh Bruto! ¡Oh inútil crimen!
¡Era forzosa ya la tiranía!
7950
Y tú a un héroe clemente se la arrancas;
¿y a quién la entregas, desdichado? ¡Mira!

(SERVILIA y CASIO se llevan a BRUTO. -Los triunviros avanzan.)

LÉPIDO
¡El triunvirato vence!
ANTONIO

(A OCTAVIO.)

¡Roma es nuestra!
PUEBLO
¡Viva César Octavio!
OCTAVIO

(Para sí.)

¡Roma es mía!

La crítica de El Sí de las Niñas

Comedia en un acto, en prosa1

PERSONAS



PAQUITA.
DOÑA CASILDA.
LA MARQUESA.
DON BENIGNO.
DON DIEGO.
DON CARLOS.
EL VIZCONDE.
DON PEDRO.
DON ANTONIO.
DON HERMÓGENES.
DON ELEUTERIO.
DON SERAPIO.
SERAFÍN.
CALIXTO.
RUPERTO.
TORIBIO.
EL AVISADOR del teatro.
EL RECIBIDOR de entradas.
UNA AGUADORA.
UN MANCEBO de confitería.
Hombres y mujeres que asisten al teatro.

El lugar de la escena es el vestíbulo interior del Teatro de la Cruz. -A la derecha del actor, en primer término, una verja de hierro, con postigo que da entrada a los que vienen de la calle. En segundo término de dicho lado, y en primero y segundo del izquierdo, escaleras que conducen a los pisos altos del teatro. En el fondo tres mamparas por donde se entra a la planta baja del mismo. -La acción se supone que pasa al concluirse la representación de El Sí de las Niñas, la noche del 10 de marzo, aniversario del nacimiento de Moratín.

Escena I

EL RECIBIDOR de entradas, junto a la verja: TORIBIO, sentado en un escalón, durmiendo; RUPERTO, junto al farol, leyendo un periódico; CALIXTO, que asoma a la verja.

RECIBIDOR ¿Y la contraseña?

CALIXTO Vengo a esperar a mis amos: si me permite usted pasear por aquí...

RECIBIDORVaya, pasee usted; pero cuidado con meterse dentro. Así vienen muchos con: «Salgo al instante: voy a ver... a preguntar...» Y todo por colarse sin pagar la entrada.

CALIXTO ¡Hola, Ruperto!

RUPERTO¡Hola, Calixto! ¡Tú por aquí! ¿Vienes a buscar a los amos? ¿Sirves todavía en casa de D. Benigno?

CALIXTO Sí, hombre. Aquí está viendo la comedia con la señorita. Llega a tiempo, según parece.

RUPERTOYo lo creo. En una hora, lo menos, no se acaba la función.

CALIXTO ¿Y tú sirves todavía al canónigo?

RUPERTONo: ahora estoy en casa de doña Casilda, una viuda muy alegre. Ahí dentro está también. Yo acabo de llegar, y por no dormirme, me he puesto a leer El Suplemento. (TORIBIO ronca.)

CALIXTO Buena falta le hacía a ése otro suplemento: ¡mira cómo ronca!

RUPERTO¡Demonio! ¡Va a alborotar el teatro! -¡Eh, lacayo! ¡Despierta!

(Dando con el pie a TORIBIO.)

TORIBIO(Levantándose muy azorado.)¿Arrimu?

RUPERTONo: ¡que no toques la trompeta!

TORIBIO¿En tuavía nu salen? ¡Mal añu pa las cumedias! ¡El ganadu enganchadu desde las siete!

CALIXTO No te quejes, maruso. ¿Dónde hay vida como la de un lacayo? A ti te visten.

TORIBIO¡De mujiganga!

CALIXTO A ti te llevan en coche.

TORIBIO¡A la trasera!

RUPERTOTodo es coche.

CALIXTO ¡Si sirvieras, como sirvo yo, a un padre tonto y a una hija medio loca, teniendo que hacer equilibrios entre un viejo con quien quiere casarla el padre, y un joven con quien quiere casarse ella! -El viejo rico, pero que no afloja un cuarto. El joven pobre, pero que gratifica.

RUPERTOY tú protegerás...

CALIXTO Yo siempre al pobre.

RUPERTO¡Tienes fortuna! El chulito de mi ama entra allí como Pedro por su casa. Ya se, ve; ella es sola: no tiene de quién guardarse... yo voy a buscar otra casa donde haya padre, o marido, o... Si no, no hay propinas.

TORIBIO¡Los tres cuartus pa las once! ¡Y yo aquí desde las ochu y media!

CALIXTOPues aún tienes para un rato.

TORIBIO¡Mal añu pa las comedias! ¡Vamus! Y si se viene luegu un señuritu que suele acompañar a la marquesa, hay que llevarlu a la calle del Culmillu... y siempre da para una copa.

Escena II

DICHOS, DON CARLOS y PAQUITA, por la verja, vienen del brazo: ella trae echado el velo; él un cucurucho de dulces en la mano.

RECIBIDORCaballero, las entradas.

CARLOS(Dándoselas.)¿En qué están?

RECIBIDORAhora mismo se va a acabar la comedia.

CARLOS(A PAQUITA.)Llegamos a tiempo. Súbete corriendo.

PAQUITAY tú, ¿qué haces?

CARLOSYo me voy a casa.

PAQUITA¿No me aguardas a la salida?

CARLOSPero, hija, ¡y tu padre!

PAQUITA¡Eh! ¿Qué te importa mi padre?

CARLOS¿Y el señor don Diego, tu futuro esposo?

PAQUITA¡Dale! ¡No me sofoques! Ya sabes que no ha venido al teatro. -¡Calixto!

CALIXTO(Acercándose.)¡Señorita!

PAQUITA¿Diste el recado a don Diego como te dije? ¿Lo enredaste bien?

CALIXTO Palabra por palabra: no hay cuidado, que no vendrá.

CARLOSPaquita, no nos expongamos...

PAQUITA¡Eh! ¡Siempre tienes un miedo!...

CARLOS¿Oyes?... ¡Ya se acaba! ¡Sube corriendo!

PAQUITA(Subiendo por la escalera de la derecha.)¡Adiós!

CARLOS¡Toma los dulces! -¡Adiós!

(Ella toma el cucurucho y desaparece.)

Escena III

DICHOS, menos PAQUITA.

CARLOS¡Cáspita! Si lo huele el padre, me meto en un berengenal... ¡Nada, nada! Que se case con el viejo, que es rico, y luego... -Esta noche necesito desplegar toda mi habilidad. Tengo en este teatro a las tres y... Calixto: ¿te vas a estar aquí hasta que se acabe?

CALIXTOSí, señor.

CARLOS(Dándole una moneda.)Pues toma, Calixtillo: y aunque veas lo que veas... ¿Eh?

CALIXTO Descuide usted.

(DON CARLOS se va corriendo por la escalera izquierda.)

Escena IV

DICHOS, menos DON CARLOS.

RUPERTOCalixto: ¿ese es el joven de las propinas?

CALIXTOEacute;se.

RUPERTO¡Demonio! ¡Don Carlitos! Y no me ha visto. Pues ese es el chulito de mi ama.

TORIBIO¡Ja, ja! ¡Ah, cundenadu! ¡Ese es el de la calle del Culmillu!

CALIXTO ¿También? -¿Cómo se gobernará el maldito con las tres?

TORIBIO¡Toma! Una para el gustu, otra para el gastu...

(Óyese dentro ruido de aplausos y voces.)

RUPERTOSe acabó la comedia.

CALIXTOSí; ya sale gente. -Allí viene mi amo.

(Van saliendo poco a poco por las puertas del fondo, y bajando por las escaleras laterales, varias personas de diversas edades, sexos y cataduras: unos encienden el cigarro en el farol y se salen a la calle tomando la contraseña: otros se pasean por el vestíbulo y forman corros: la Aguadora asoma la cabeza gritando desde la verja: «¡Agua fresca!» DON BENIGNO, que ha salido por una de las puertas del fondo, da una vuelta y se encuentra con Calixto.)

Escena V

DICHOS, DON BENIGNO, ESPECTADORES.

DON BENIGNO ¡Ya estás aquí, Calixto! Pero dime, hombre, ¿y el bueno de don Diego no ha parecido?

CALIXTO No, señor.

DON BENIGNO¡Cosa más rara! ¿No le llevaste el recado de que la niña y yo veníamos al teatro?

CALIXTO Sí, señor.

DON BENIGNO¿Que yo tenía un sillón y ella un asiento de tertulia?

CALIXTO Asimismo.

DON BENIGNOPues ¿cómo no ha venido? ¿Si le disgustará que Paquita vaya al teatro?

CALIXTO No tendrá nada de extraño. Ya es señor de edad, amigo de recogerse temprano...

DON BENIGNOCierto. ¡Y es una diablura! Porque aunque es rico, y esta boda sería la felicidad de la niña... y luego, que no es tan viejo que repugne para marido... y muy atento y muy generoso, eso sí; pero, vamos, si da en que la ha de tener encerrada en casa...

CALIXTO ¡Buenas y gordas! Lindo genio tiene la señorita para que nadie le ponga la ceniza en la frente. Capaz sería de...

DON BENIGNO¡Ya ves tú! ¿Quién le quita a ella su prado todas las tardes, su teatro, su bailecito todos los domingos en casa de la intendenta... y su Liceo los jueves, y su Museo los miércoles, y su Instituto2 los sábados, y su...? En fin, cosas naturales a su edad... ¡Diez y seis años!

CALIXTO Y el otro cincuenta y...

DON BENIGNO¡Hija de mi vida! No, eso no.

Escena VI

DICHOS, DON DIEGO, a la verja.

RECIBIDOR¡Caballero, la entrada!

DON DIEGOPerdone usted: no entro. Vengo solamente a ver desde aquí...

RECIBIDOREs que tengo orden...

DON BENIGNO¡Pero calla! Mírale: allí está. ¡Señor don Diego!

(Yendo hacia él.)

CALIXTO(Aparte.)¡Ah, maldito! ¿Cómo habrá averiguado?...

DON BENIGNO¡Dichosos los ojos! ¡Buena hora de venir! ¡La niña y yo esperándole a usted hasta las ocho y media! Estábamos con cuidado.

DON DIEGO(Entrando.)¡Ya lo veo!

RECIBIDOR¡Caballero!... -Ya se coló.

DON DIEGOPero la culpa no es mía, señor don Benigno. Yo he ido con puntualidad adonde usted me indicó.

DON BENIGNO ¿Adónde?

DON DIEGOA la parroquia.

DON BENIGNO ¿Cómo a la parroquia?

DON DIEGOSí, señor. Y dígame usted: ¿cómo sigue don Martín?

DON BENIGNO¿Mi hermano? Muy aliviado. Esta tarde le mandó el médico levantarse un poco.

DON DIEGO¿Qué dice usted? ¿Pues no ha muerto?

DON BENIGNO¿Muerto? ¡Hombre de Dios!, ¿qué está usted diciendo? Voy a ver...

DON DIEGO Aguarde usted: yo no entiendo esta algarabía. Pues señor: ¿qué recado me envió usted esta tarde?

DON BENIGNOQue veníamos al teatro.

DON DIEGO¿Al teatro? Perdone usted, señor don Benigno: ¿qué recado me envió usted con el muchacho?

DON BENIGNO¡Dale! Ahí está justamente. -¡Calixto!

CALIXTO(Sin atender.)¡Adiós! ¿Cómo salgo de ésta?

DON BENIGNOCalixto, ¿no oyes?

CALIXTO ¿Señor?

DON BENIGNOVen acá.

CALIXTO ¿Mande usted? -¡Oh señor don Diego! Tenga usted muy buenas noches. Vaya, y qué tardecito llega usted. Lo que es la comedia...

DON BENIGNO Escucha. ¿No te dije?...

CALIXTO El amo estaba ya con cuidado. Pues ¡y la señorita! Vaya, con la mantilla puesta... pasea que pasea...

DON BENIGNO¿No te encargué?...

CALIXTO Sin hacer más que decir: ¡Pero, señor, este don Diego!...

DON BENIGNODi: ¿no te mandé?...

CALIXTO Hasta que ya dieron las ocho, y entonces dijo...

DON BENIGNO¡Calixto! Quieres callar y decirme...

CALIXTO Voy a avisar a la señorita que el señor don Diego...

(Echa a correr.)

DON BENIGNO(Deteniéndole.)¡Aguarda, maldito! -Ven aquí y responde. -Dime: ¿no te mandé que fueras a casa del señor don Diego y le dijeras de nuestra parte que esta noche íbamos la niña y yo a la Cruz, por ser la función de Moratín?

CALIXTO Sí, señor.

DON BENIGNO ¿Lo oye usted, señor don Diego?

DON DIEGOPoco a poco. A mí no se me dio tal recado. Lo que este muchacho me dijo fue que iban ustedes esta noche a Santa Cruz, por la defunción de don Martín.

DON BENIGNO(A CALIXTO.)¡Chico! ¡chico!

CALIXTO ¡Ave María Purísima! ¡Qué! ¡No, señor! ¡Ja, ja, ja! Usted lo entendió mal.

DON DIEGOLo entendí muy bien; eso me dijiste.

CALIXTO Si usted se empeña...

DON DIEGOAllá me fui después de anochecer. La iglesia cerrada... Doy un paseo por la plaza Mayor; vuelvo. ¡Qué! Cerrada. -Entonces me dirijo a su casa de usted, y la criada me dice que están ustedes en el teatro. -¡Señor! ¡En el teatro, habiéndosele muerto su hermano! Conque me vine aquí lleno de impaciencia...

DON BENIGNO¡Pues no es mala la equivocación! ¡Ja, ja, ja! Ca, subamos a la tertulia, a ver a Paquita... y a fuer de pretendiente galante, prepare usted su disculpa para desenojarla.

DON DIEGO(Suben por la escalera derecha.)Sí: vamos allá.

CALIXTO De ésta ya hemos salido.

Escena VII

LOS TRES CRIADOS, DON HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, SERAFÍN y otros varios que salen por las puertas del fondo.

DON SERAPIO¡Ja, ja, ja! ¡Ha sido cosa muy graciosa! ¿Quién será el majadero que ha pedido el autor?

DON HERMÓGENES¡Pedir el autor! ¡Ja, ja, ja! Ha sido lo que se llama un verdadero anacronismo... un contre-sens, que dicen los franceses.

DON SERAPIO¡Ja, ja, ja! Algo bueno daría el pobre Moratín por poder salir ahí: ¿eh?, ¿no es verdad?

DON HERMÓGENES¡Hay gentes muy estúpidas! ¡Muy estúpidas!

DON SERAPIO¡Hay mucha ignorancia!

DON HERMÓGENES¡Y mucha rutina! ¡Mucha rutina!

DON SERAPIO¡Ja, ja, ja! ¡Mucha rutina! -Daría cualquier cosa por conocer al que ha pedido el autor. ¿No es verdad?

DON HERMÓGENES Algún dómine rezagado de la vieja escuela, que se deleita todavía con la Égloga de Batilo, la Palomita de Filis y la Poética de Luzán.

(Todos se ríen.)

DON SERAPIO¡Pedir el autor! ¡Ja, ja!

SERAFÍN(Acercándose al grupo.)¡Vaya, señores, tanta burla! Yo he sido el que ha pedido el autor. ¿Y qué tenemos? Ya me han dicho ahí unos amigos que el autor se murió: yo no lo sabía, porque soy un artesano que no entiendo de eso. Asisto poco al teatro: pensé que la función era nueva, vine a verla, y he pedido el autor, porque me ha gustado la comedia: ¡clarito!

DON SERAPIO¡Oh! Pues si le gusta al señor...

DON HERMÓGENESEs porque al señor ha debido gustarle. El ángulo facial lo está diciendo a voces.

(Risas.)

SERAFÍNPerdone usted: ¿el qué?

DON SERAPIOVamos a ilustrarle. -Buen amigo: Moratín se murió en Madrid hace tiempo. ¿No vio usted aquella procesión en que fuimos todos los literatos a acompañar sus huesos?

DON HERMÓGENESDon Serapio de mi vida, ¡qué dice usted! ¡Si Moratín murió el año 28!

DON SERAPIO¡El año 28! ¿Y hasta ahora le han tenido de cuerpo presente?

SERAFÍNVaya, pónganse ustedes de acuerdo para ilustrarme.

DON PEDRO(Acercándose a SERAFÍN.)Buen hombre, por esta noche no se ilustra usted. Moratín murió en París; y allí están sus cenizas al lado de las de Molière... hasta que Dios quiera que los españoles las traigan a descansar en su patria al lado de las de Calderón.

SERAFÍN¡Me alegraré! Porque no me gusta que ningún español de mérito muera en tierra extranjera.

(Se retira al fondo.)

DON SERAPIO¿En París? Pues no recordaba...

DON HERMÓGENESUsted ha dicho Madrid en vez de París, por precisar, por contraer, por localizar; como Horacio dice muchas veces el mar Egeo por cualquier mar..., el bóreas por cualquier viento. Así puede decirse Madrid por París, usando de una figura retórica que se llama metonimia y que consiste en tomar una cosa por otra.

DON ANTONIO Como quien dice: el rábano por las hojas.

DON PEDRO Y en el día se hace mucho uso de esa figura.

Escena VIII

DICHOS, DON CARLOS y CASILDA, que bajan por la escalera izquierda.

CASILDAPero ¿por qué no ha entrado usted? Vamos a ver. ¿Por qué me hace usted llamar con el acomodador?

CARLOSCasilda, no he querido que los del palco por asientos se figurasen...

CASILDAYa le he dicho a usted que no me importa; que no quiero tapujos, no quiero. Yo soy libre, y no tengo que dar cuentas a nadie. -¿Y por qué no ha subido usted en los entreactos? ¿Dónde ha estado usted durante el acto tercero?

CARLOSEn mi asiento.

CASILDAMentira. ¿En qué acaba la comedia?

CARLOSEn que... en que se casan.

CASILDA¿Quiénes? -¡Si no lo ha visto usted! -¿Quiénes?

CARLOSDéjese usted de niñadas, y vamos a tomar unos dulces.

CASILDA¡Buenos dulces me ha dado usted esta noche! ¡Estoy volada!

DON HERMÓGENES Apelemos al juicio delicado del bello sexo. ¿Aquí está la amable, la espiritual Casildita? Vamos, sentencie usted. (Acercándose.) ¿Qué le parece a usted El Sí de las Niñas?

CASILDA¡Detestable!

DON HERMÓGENES¿Así, redondamente?

DON SERAPIO¡Sin apelación!

CASILDA¡Fría, insípida, horrible! ¡No sé cómo he podido aguantarla! ¡A cada entreacto me daban tentaciones de marcharme a mi casa! Si no hubiera sido por no dar un escándalo... ¡Qué comedia! ¡Qué peste!... ¡Atacada estoy de los nervios! Mire usted cómo he puesto el abanico.

(Lo enseña hecho trizas.)

DON ANTONIO¡Qué lástima! Eso clama al cielo contra El Sí de las Niñas.

DON SERAPIONo vale toda la comedia el país de este abanico.

DON HERMÓGENES Es una comedia homeopática: un globulito de acción disuelto en tres cuartillos de agua.

DON SERAPIO¡Bravísimo!

DON ANTONIOVaya usted a que eso produzca efecto en estómagos que se han engullido los venenos de Lucrecia Borgia como quien se traga pastillas de la Mahonesa.

CASILDA¿Y aquel amante? ¿Quiere usted ayudarme a sentir? ¡Tan deslavazado y tan ñoño! (Mirando de reojo a CARLOS.) Bien que de ésos no se ha perdido la semilla: todos son iguales.

CARLOSPerdone usted: hoy se ama con otra vehemencia. Hoy no habría amante que se marchara dejando que casaran a su amada con un viejo.

CASILDA(Aparte a CARLOS.)¡Si no la casan con el viejo! ¡Lo ve usted! ¡Infame! ¡Si no ha visto usted el acto tercero!

CARLOS(Aparte a CASILDA.)Le digo a usted que sí. Estaría distraído mirándola a usted. Vamos a la confitería.

CASILDAVamos, sí, sí: que me dé el aire un poco. -¡Jesús, qué comedión tan apestoso! Ruperto, guárdame los gemelos y espérame aquí.

(Al llegar a la verja se encuentran con el VIZCONDE que llega.)

Escena IX

DICHOS, EL VIZCONDE.

VIZCONDE¡Oh amabilísima Casilda! -Adiós, Carlos. ¿Se acabó esto?

CARLOSNo: la comedia no más.

CASILDASe ha perdido usted unos sermones de Cuaresma que le hubieran edificado.

(Se va con DON CARLOS. -El VIZCONDE se acerca al grupo de los otros.)

Escena X

DICHOS, menos DON CARLOS y CASILDA.

VIZCONDE¡Hola, caballeros! ¿Conque se acabó la comedia? ¿Y qué tal cosa es? ¿Han pedido el autor?

DON ANTONIO¡Otro que tal!

SERAFÍN¡Calla! Parece que no soy yo sólo.

VIZCONDEYo siempre, gústeme o no me guste, pido el autor: por curiosidad... porque me lo enseñen.

DON ANTONIOPues como si fuese el oso o la marmota.

VIZCONDEEs un tal Moratín, según me han dicho. ¡Y cuánto escribe el maldito! Yo he dado una vuelta por el Príncipe y por el Instituto... En los tres teatros hacen comedias suyas.

DON SERAPIO ¿Y qué tal por allá?

VIZCONDE¡Mal! ¡Mucho calor!

DON HERMÓGENESNo: preguntamos por la función.

VIZCONDE¡Ah! La función... No sé. Yo fui primero al Príncipe...: vi el primer acto... ¡Ps!..., pesadillo... Sale allí un don Eleuterio... un poetastro muy hambriento... leyendo un drama. -La duquesita estaba en su palco: ¡más coqueta! Me marché al casino a ver los periódicos franceses. -Muy embrollado anda eso por Italia. -Luego fui a dar un vistazo por el Instituto. -Después volví al Príncipe, y estuve un rato. El poetastro se finge barón y engaña a una vieja. -Allí ladra un perro, y tiran un pistoletazo. También sale un don Claudio un hidalgo muy estúpido, que echa yescas y enciende un cigarro... ¡Cosas de muy mal tono!

DON ANTONIO¡Excelente potaje!

DON HERMÓGENESVizconde: está usted haciendo una pepitoria con el Príncipe y el Instituto y el Café y el Barón y la Mojigata3...

VIZCONDE¡Ja, ja, ja! ¡Es posible!

DON HERMÓGENESY lo gracioso es que esa pepitoria... pot-pourri, como dicen los franceses, tiene mucho de filosófico respecto a Moratín. El vizconde ha dicho ahí una gran cosa...

VIZCONDESí, ¿eh?

DON HERMÓGENESPor supuesto, sin saberlo.

VIZCONDENo: perdone usted...

DON HERMÓGENESJustamente uno de los defectos capitales del amigo Moratín es que todos los personajes de sus ponderadas comedias se parecen unos a otros. Así que, al confundir en un amasijo las tres comedias, ha hecho el vizconde una sátira muy fina...

VIZCONDE¡Ja, ja, ja! ¡Pues ya!

DON HERMÓGENESSin querer, por supuesto.

VIZCONDE¡Dale! ¿Quién le ha dicho a usted que ha sido sin querer?

DON HERMÓGENESEl don Diego que hemos visto es el mismo don Pedro del Café, el mismo don Pedro del Barón, el mismo don Luis de La Mojigata.

VIZCONDEPues claro está. Lo he dicho con toda intención. -¿Y qué se cuenta? ¿Qué hay de Italia? Parece que Carlos Alberto...

DON HERMÓGENESY todos cuatro no son otra cosa que un plagio del Sganarelle de Molière. ¡Pobreza, pobreza! Siempre el mismo tipo... y voilà tout.

(El VIZCONDE, viendo que no le hacen caso, se va a recorrer otros grupos.)

DON PEDRO(Aparte.)¡Esto no se puede tolerar!

DON ANTONIO(Aparte.)Déjelo usted.

DON HERMÓGENES El Café no es más que un artículo de periódico... una sátira llena de personalidades groseras, que debieron valerle al autor una paliza de mano del pobre Comella, que con toda la bulla tenía más fecundidad y más genio que Moratín.

DON SERAPIO¡Ya lo creo! ¡Que escribió en toda su vida cinco comedias! ¿No son cinco?

DON HERMÓGENESCinco no más; y de ésas dos en prosa.

DON SERAPIO Vea usted, en prosa, que eso lo hace cualquiera en ocho días. Como que no hay que buscar consonantes. ¡Compárelo usted con el otro, que compuso más de doscientas! ¿No son doscientas?

DON HERMÓGENESPues La Mojigata, ¿qué otra cosa es sino el Tartufe con faldas? No hablemos del Barón, que no tiene sentido común. Eso es peor que cualquier vaudeville de los que vemos en París, en el Gymnase, o en Palais-Royal, o en Folies-Dramatiques, o en el teatro de Funambules.

DON SERAPIO¡Mucho peor!

DON ANTONIO¡Qué espíritu de españolismo!

DON HERMÓGENES¿Y qué diremos de El Viejo y la Niña, con aquello de los ungüentos, parches y cataplasmas, que es cosa de sentirse removido?

DON SERAPIO¡Jesús, qué asco!

DON HERMÓGENESPues vengamos a la de hoy, a El Sí de las Niñas, a esa joya del teatro moderno, como esta estúpida de Empresa ha tenido la osadía de llamarla en los carteles.

DON PEDRO Pues cuénteme usted a mí en el número de los estúpidos; porque yo también la llamo así.

DON HERMÓGENESComo usted guste.

DON PEDROY cuente usted a dos generaciones enteras que han sancionado ese juicio.

DON HERMÓGENES Ya se va modificando...

DON PEDROY cuente usted al público sano, imparcial, ajeno a las pandillas y a las sectas, que la ha oído con placer, que la ha aplaudido...

DON HERMÓGENESLos aplausos del público...

DON PEDROLos aplausos del público, la noche del estreno de una obra dramática, no significan gran cosa para mí. El nombre del poeta, las circunstancias políticas, el desempeño de tal actor favorito... ¡qué sé yo!... un capricho del público, son cosas que pueden influir accidentalmente en el éxito. Pero cuando esos aplausos se repiten un año y otro y otro, durante cerca de medio siglo, y la comedia se hace y se hace, y gusta siempre, bien o mal ejecutada, y se imprime, y se vende, y se traduce, y se cita como el modelo de las de su género, y es la desesperación de los escritores dramáticos; es una pedantería, es una insolencia, es una blasfemia decir de ella lo que dice usted de El Sí de las Niñas.

DON HERMÓGENESSeñor mío, yo soy muy independiente; y aunque me quede solo en una cuestión literaria, nunca me doy por vencido. Y esa fama que El Sí de las Niñas ha tenido en tiempos de nuestros padres, sepa usted que ha perdido mucho, desde que el estudio de la estética nos ha hecho conocer la pobreza de la contextura de su fábula... del canevas, como dicen los franceses, y lo raquítico y mezquino de sus tendencias sociales y filosóficas, si se compara con las obras que hoy conocemos de Shakespeare, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, Goethe, Kotzbue y Federico Halm, barón de Billin-gansen.

(Halm se pronuncia aspirando la H, como si fuera J. Billin-gansen se pronuncia tal como está escrito.)

DON ANTONIO¡Qué buenos nombres para perros de caza!

Escena XI

DICHOS, DON ELEUTERIO.

(Sale del corredor de las lunetas, con otros.)

DON ELEUTERIO Vea usted si en lugar de esas vejeces no podía la señora Empresa emplear el tiempo en poner en escena otras obras... No lo digo precisamente por mi drama... que lo tiene en su poder hace tres meses...

DON SERAPIOAquí hay un poeta; y apuesto a que es de nuestra opinión.

DON ELEUTERIO¿De qué se trata, caballeros?

DON SERAPIODe El Sí de las Niñas.

DON ELEUTERIO¡Uf! ¡Déjeme usted! ¡Ya estoy cansado de contemplaciones con los viejos! Es preciso levantar una bandera de exterminio contra los santones de la literatura, hasta que desaparezcan de la escena esas disertaciones en diálogo, que quieren llamar dramas.

DON HERMÓGENES¡Bien calificadas! Voilà le mot!

DON SERAPIO ¡Me alegro!

DON ELEUTERIOVida, movimiento, acción, sensaciones profundas, sacudimientos nerviosos... esto es lo que nuestro público necesita. Yo les he entregado un drama en veinticuatro cuadros y dos noches. Ahí está sin hacerse. Yo creo que no lo han leído.

DON ANTONIO(A DON PEDRO.)Yo creo lo contrario.

DON ELEUTERIO¡Y gastan el tiempo en hacer estas estupideces! Aquí les planto una banderilla que ha de salir mañana en el periódico. (Leyendo un papel que trae en la mano.) «La ejecución de El Sí de las Niñas ha sido detestable, digna de la comedia. El teatro de la Cruz arrastra una lánguida existencia...»

DON SERAPIO¡Bravísimo! -¡Duro, duro!

DON ELEUTERIO¡Ah! (A un mozo de imprenta que ha venido por la verja.) ¿Traes las pruebas para mañana? Aguarda. -¡Yo les aseguro!... ¡El Sí de las Niñas!... ¿Merece eso el nombre de drama? ¡De qué diversa manera trataríamos ahora ese argumento! -Hay en la comedia situaciones... así, apuntadas nada más; porque, al cabo, Moratín era hombre de alguna chispa... ¡Pero qué lastimosamente desperdiciadas! Figúrense ustedes si no está aquello pidiendo un par de actos siquiera en el convento donde se educa doña Paquita, y allí la figura siniestra de una monja..., de la madre Circuncisión, por ejemplo..., que sorprendiera a la niña hablando a media noche con su amante por la ventana del corral, y la monja se enamorara del oficial... y encerrara a la niña en un subterráneo, y el oficial, impaciente, escalara el convento... y la monja se lo llevara a su celda... figúrense ustedes de aquí lo que podría resultar de movimiento y de...

DON ANTONIO¡Yo lo creo!

DON ELEUTERIOLuego un acto en el subterráneo, donde bajara el amante a libertar a su amada, ayudado de Calamocha; y allí su escena en quintillas. En fin, si uno da rienda suelta a la imaginación... -Podía haber un episodio fantástico, en que doña Irene viera en sueños la sombra del obispo electo de Mechoacán, que murió en el mar, y las de sus tres maridos. (Se pone a repasar las pruebas.)

DON ANTONIO¡Y hasta la del chico que se le murió de alfombrilla!

DON HERMÓGENES Pero dejando tal como es la parte plástica de la obra, y prescindiendo del examen sintético, ¿no es una estupidez risible que aquel zangandungo de oficial obedezca como un doctrino a su tío, y le bese la mano, y abandone a su amada? ¡A ver! ¿Un hombre de tanto valor como nos pintan al don Carlos? (El VIZCONDE, que ha andado recorriendo grupos, ahora se acerca.)

VIZCONDE¿Qué hay de don Carlos? ¿Se dice algo?

DON HERMÓGENES(Continuando.)¿Un hombre que, según nos dicen, toma baterías, clava cañones, hace prisioneros y vuelve al campo lleno de heridas?

VIZCONDEEso habrá sido en Cataluña, ¿eh? ¿Han entrado otra vez? ¡Malditos facciosos!

DON SERAPIO No; si se habla de la comedia.

VIZCONDE¡Ah, ya! Es comedia de tiros y de batallas... ¡Pues siento no haberla visto! (Vuelve a retirarse al foro.)

DICHOS, el AVISADOR de la Compañía.

AVISADORSeñor don Eleuterio: de parte de la Empresa, que mañana a las doce se pasa por papeles su drama de usted.

DON ELEUTERIO¿Mi drama? Bien, no faltaré. -¡Señores, se va a poner en escena mi drama! (Rompe el papel que tenía antes y escribe en otro:) «La ejecución de El Sí de las Niñas ha sido admirable, digna de la comedia. Mientras el Príncipe y el Instituto arrastran una lánguida existencia, el teatro de la Cruz se eleva cada día...»

VIZCONDE(Acercándose.)¿Qué es eso? ¿La hoja litográfica de París? ¿Qué dice de Carlos Alberto?

DON ELEUTERIONo: son pruebas. -Toma. (Le da las pruebas al mozo, que se va.)

DICHOS, LA MARQUESA.

MARQUESA(Baja por la escalera derecha.)No le veo por aquí. ¡Dónde andará este hombre!

TORIBIO(Acercándose.)¿Digu que arrime?

MARQUESANo... ¿Has visto por aquí aquel joven?...

TORIBIO¿El de la calle del Culmillu?

MARQUESASí.

TORIBIOPor aquí entró primeru con una joven...

MARQUESA ¿Con una joven? ¿Por dónde? ¡Enséñame!...

TORIBIOY luego salió cun otra joven.

MARQUESA¿Con otra?

TORIBIONo tan joven.

MARQUESA¡Infame! -¡Bien me lo temía!

TORIBIOY dijerun que volvían.

MARQUESA¿Que volvían? Bien. -¡Ya lo decía yo! Sus miradas a la tertulia... Aguardo: ¡voy a armar un escándalo! -¿Vizconde?

VIZCONDE¡Oh marquesita!

MARQUESADéme usted el brazo.

VIZCONDE¿Quiere usted venir a tomar un chantillí?

MARQUESAGracias, no: acompáñeme usted. Espero aquí a una persona: quiero tomar el aire.

VIZCONDE¿También usted se ha fastidiado ahí dentro?

MARQUESA¡Oh, y en grande! ¡Qué chinchorrería de comedia! Todo se vuelve hablar.

VIZCONDEEs cierto: mejor sería que la cantasen.

MARQUESAQuisiera poder silbar y patear... y tirarles los gemelos a la cabeza.

DON ELEUTERIOAmable marquesa, ¿contra quién va eso?

VIZCONDE¡Contra la comedia, contra la comedia!

DON HERMÓGENESYa tenemos otra aliada, y muy poderosa.

DON SERAPIOEstá usted con nosotros, ¿eh?

MARQUESA¿Qué persona de la culta sociedad, de buenas maneras, puede gustar de semejante paparrucha?

DON HERMÓGENES¡Oh, eso se nos olvidaba! ¿Y el mal tono, y las chocarrerías del lenguaje?

MARQUESALa ensalada de berros... y la cazuela de albondiguillas... y el medio cabrito... ¡Uf! ¡Oír eso cuando una acaba de comer! Y yo que tengo un estómago... Creo que me ha dado indigestión.

VIZCONDEUna taza de te...

MARQUESA¿Y decir que el intendente daba una fiesta por ser los días de su parienta?

DON SERAPIO ¡Su parienta!

MARQUESASu parienta, por su mujer. Ese es el lenguaje de Maravillas o de Lavapiés. ¡Su parienta!

DON HERMÓGENESEfectivamente, así dicen.

MARQUESA¡Su parienta! Pues ¿y el tordo? ¡Vea usted, un tordo! ¿Quién tiene tordo? ¿Qué persona decente tiene tordo? Se tiene pajarera... Yo tengo pajarera. Se tienen canarios, ruiseñores, tórtolas...

VIZCONDEUn perro de Terranova, un gato de Angora...

MARQUESAY otras aves así... ¡Pero tordo!

DON HERMÓGENES¿Y para qué sirve allí? Al menos cuando es drama de protagonista irracional, como El Perro de Montargis, pase.

DICHOS, DON BENIGNO, DON DIEGO y PAQUITA, por la escalera derecha.

PAQUITAPero si les digo a ustedes que no tengo ganas de dulces: ¡es mucho fastidiar!

DON DIEGOYa veo, por el testimonio de ese cucurucho, que otro más feliz se ha adelantado a mis obsequios.

PAQUITAAndando. ¿Por qué ha venido usted tarde?

DON DIEGOYa he dado explicaciones satisfactorias, y repetiré...

PAQUITA¿Quién se las pide a usted?

DON BENIGNOYo le dije, Paquita, que se disculpara...

PAQUITAY a ti, papá, ¿quién te mete a dar consejos a nadie? Ya tiene edad para no necesitar ayo.

DON BENIGNOHija mía, como le estuvimos esperando...

PAQUITALe esperarías tú: que a mí me hacía la misma falta que los perros en misa.

DON DIEGOPero, vamos a ver, amable Paquita: ese cucurucho de dulces...

DON BENIGNO¡Y es verdad que trae dulces!

PAQUITA¡Vaya! ¿Qué misterio hay en esto? Papá me los ha subido.

DON BENIGNO ¿Yo?

PAQUITATú, sí señor, tú. (Pellizcándole.)

DON BENIGNO(Quejándose.)¡Ay!

PAQUITANo lo niegues ahora; que el señor don Diego pensará... Todos los viejos son maliciosos.

DON BENIGNOEn efecto: sí, yo he sido. (Aparte.) ¡Ji, ji! ¡Diablo de chica!

DON DIEGOPues bien; iremos a la Iberia o a Venecia a tomar un sorbete, mientras dura el entreacto. Ahí tengo mi coche.

DON BENIGNO¿Ves, Paquita, qué galante y qué obsequioso?

PAQUITA¡Pues podía no serlo! Entonces no tendría el diablo por donde desecharlo.

DON BENIGNO¡Ji, ji! ¡Qué pizpireta es!

DON DIEGOEn efecto: tiene un desenfado...

DON BENIGNOGenialidades de la edad. Ya ve usted: criada a sus anchas, sin que nadie la haya contradicho jamás... haciendo su santísima voluntad en todo... No tiene gazmoñerías, ni... Dice cuanto se le viene a la boca. Pero con los años ya irá sentando. -Conque, ¿vamos, hija mía?

PAQUITA¡Huy, qué machaca! Vamos. ¡Ay, Dios mío! ¿Y mis guantes? ¡Ay, que he perdido mis guantes! ¿Dónde se me habrán caído? Busca tú, papá. -Búsquelos usted. (A DON DIEGO.)

DON BENIGNOTe los habrás dejado en la tertulia. -Luego los recogerás.

DON DIEGOLos míos no le vendrán a usted...

PAQUITA¡Quite usted allá ese adefesio!

DON ELEUTERIO¿Qué se le ha perdido a nuestra sublime actriz?

PAQUITANada, los guantes.

DON ELEUTERIO¡Se los gastaría usted para aplaudir con alma El Sí de las Niñas!

PAQUITA¿Yo? ¿Se le figura a usted que yo soy clásica?

DON SERAPIO¿Cree usted que la perla del Liceo y del Museo y de la Unión tenga tan mal gusto?

DON ELEUTERIO¿Y qué se dispone ahora?

PAQUITAEstamos ensayando El Verdugo de Amsterdam: la semana que viene lo hacemos en la calle de Enhoramala-vayas4.

DON BENIGNO(A DON DIEGO.)Cuando oiga usted declamar a la niña, se le caerá la baba.

DON DIEGO¿También hace comedias caseras?

DON SERAPIOTambién Paquita es de nuestra opinión. Todo el bello sexo está contra El Sí de las Niñas.

PAQUITA¿Le parece a usted que la que ejercita su sensibilidad declamando dramas, puede gustar de cosas tan insulsas como la comedia de esta noche? ¿Han visto ustedes qué amantes esos? Esa Paquita... ¡y siento que tenga mi nombre!, tan tímida, tan encogida. Bueno está que se obedezca a los padres; yo obedezco al mío. -Pero cuando mandan injusticias, ¿también se les ha de obedecer? ¡Ya era fácil que yo me sometiera, si estuviese enamorada y quisieran casarme con un viejo! ¿Y la escena en que se ven los dos amantes? ¿Hay cosa más sosa? Llenos de amor los dos, y ni se besan las manos, ni se abrazan... ¡estando solos!

DON HERMÓGENESAsí sentía Moratín las pasiones.

DON BENIGNOPero, hija, ¿cómo quieres que en el teatro se ponga todo lo que en tales casos?...

PAQUITA ¿Qué entiendes tú de eso, papá? Se pone todo, todo; porque, en los momentos de pasión, la misma pasión... Y hay mil dramas donde no queda nada que desear... ¡Mira tú en Antoní si se pone todo!

DON HERMÓGENES¡Allí sí que hay pasión!

DON SERAPIOPasión, y muerte.

PAQUITAVamos, lo que esa Paquita consiente que hagan con ella es ridículo, es inverosímil. ¡Casarla con el viejo!

DON BENIGNONo, hija mía: si no la casan, al fin.

PAQUITA¿Cómo que no la casan? ¿Conque el amante no la abandona?

DON BENIGNOAl fin del segundo acto; pero vuelve en el tercero...

PAQUITA¡Ah! ¿Vuelve en el tercero?

DON BENIGNO¿Pues no te acuerdas? Y tiene aquella escena violenta con el tío...

PAQUITASí, sí... en que lo desafía y lo mata...

DON BENIGNONo, hija. Si el tío lo perdona, y lo casa, y...

PAQUITASí, sí: yo me trabuco...

DON ELEUTERIOLa imaginación poética de Paquita está supliendo lo que debía haber en la comedia.

DON DIEGOSi tardamos mucho, los sorbetes estarán pasados.

DON BENIGNODice bien.

PAQUITA¡Ay! ¡Qué par de ventosas! Vamos a tomar sorbete. Compadézcanme ustedes.(A los otros.) ¡Aquí llevo a mi don Diego y a mi doña Irene! -¡Qué es lo que veo! (Al irse, ve venir por la verja a don CARLOS con CASILDA del brazo, la cual trae un cucurucho de dulces.)

Escena XV

DICHOS, DON CARLOS y CASILDA.

CARLOS(Viéndola y deteniéndose.)¡Paquita! Cayose la casa a cuestas.

DON DIEGOVamos andando: déme usted el brazo.

(A PAQUITA.)

PAQUITAAguarden ustedes.

CASILDA(A CARLOS.)¿Por qué se para usted?

CARLOSOpino que nos marchemos: lo que falta no vale nada.

CASILDA¿Pero qué arrechucho es este? ¡Algo ha visto usted aquí!

CARLOSNada, sino que...

MARQUESAAllí viene... ¡Pues! Lo que yo me temía. ¡Con una mujer! ¡Venga usted, vizconde!

CARLOS¡Santo Dios! ¡La marquesa!

CASILDA¿Por qué nos miran esas dos mujeres? ¡Usted me está engañando!

CARLOS¡Qué disparate!

CASILDAEntre usted conmigo.

CARLOS(Aparte.)¡Aquí me desuellan entre las tres!

PAQUITADéme usted el brazo, señor don Diego. Sabe usted que le quiero, y que estoy pronta a obedecer a mi papá, casándome con usted.

DON BENIGNO

¿No se lo dije a usted? ¡Es como una malva!

PAQUITA(Rirando de DON DIEGO y al oído de DON CARLOS.)¡Eres un infame!

CASILDA(Aparte a CARLOS.)¿Qué le ha dicho a usted?

MARQUESA(Aparte a CARLOS.)¡Es usted un canalla!

CASILDA(Aparte a CARLOS.)¿Qué le ha dicho a usted?

LA AGUADORA(Desde la verja.)¡Agua fresca, agua!

DON DIEGO(Aparte.)Aquí hay gato encerrado.

Escena XVI

DICHOS, UN MANCEBO de la confitería.

MANCEBO(A DON CARLOS.)Perdone usted: estos guantes que se dejó olvidados en el mostrador de la confitería aquella señorita...

CASILDAMíos no son.

MARQUESA(Mirando a PAQUITA.)Aquella niña fue.

CASILDA(Le suelta del brazo; toma los guantes y se los presenta a PAQUITA.)Estos guantes son de usted, señorita.

PAQUITA(Con descaro.)Mil gracias, señora.

DON BENIGNO¡Calla! ¡Tus guantes en la confitería!

DON DIEGO ¡Los guantes! ¡Hola, hola! Este es un lance muy turbio.

DON BENIGNO¿Pues no decías que era yo quien te había subido los dulces?

DON DIEGO¿Y usted no afirmó que era cierto?

PAQUITAVamos arriba, papá, y excusas dar explicaciones a nadie. Ya sabes que no me gustan las explicaciones.

DON BENIGNO(Aparte a PAQUITA.)Pero, Paquita, hija, bueno sería convencer a don Diego. Vas a perder una proporción... Mira que es muy rico.

PAQUITAHaz lo que te digo, papá, o me da aquí un sofoco que me caigo redonda.

DON BENIGNO

No, hija mía; no, ¡por Dios! Hágase tu gusto.

PAQUITAEl señor es un visionario montado a la antigua.

DON DIEGONiña, niña: respete usted...

DON BENIGNOTiene razón Paquita.

PAQUITA¡Un celoso, un impertinente, un viejo de Moratín!

DON BENIGNO¡No te acalores!

PAQUITA(A DON CARLOS.)¡Y usted un fatuo, un hipócrita, un infame!

DON BENIGNOHija, mira que están oyendo, y luego el mundo...

PAQUITAPapá, no me prediques. Vámonos de aquí. (Se lo lleva corriendo por la escalera derecha.)

Escena XVII

DICHOS, menos DON BENIGNO y PAQUITA.

CASILDA(Apoderándose del brazo de DON DIEGO.)¡Acompáñeme usted, caballero!

DON DIEGO(Sorprendido.)¡Señora! ¿Quién es usted?

CASILDA, a Carlos.

¡Infame! ¡No vuelva usted a mirarme a la cara! (Se lleva a DON DIEGO por la escalera izquierda.)

CARLOSPero, Casildita, oiga usted...

MARQUESA(Saliéndole al encuentro.)¡Canalla! ¡No vuelva usted a poner los pies en mi casa! (Se lleva al VIZCONDE por la escalera derecha.)

LA AGUADORA¡Agua fresca, agua!

DON ELEUTERIOCarlos, ¡qué lance tan cómico!

DON HERMÓGENESPero, hombre, ¡tres nada menos!

DON SERAPIO¡Tres y ninguna!

CARLOS¡Ja, ja, ja! ¡Pensarán las tontas que no tengo tropas de reserva! En el Príncipe está Rosario, y Petra en el Instituto. Voy a traerme una de ellas a que oiga el himno. La entro del brazo a las butacas, y hago que las tres se desesperen. (Se va corriendo por la verja.)

Escena XVIII

DICHOS, menos los que se han marchado en la escena anterior.

DON ANTONIO¿Qué me dice usted de esto, señor don Pedro?

DON PEDRO¡Ahí tiene usted las que criticaban El Sí de las Niñas! Dos de ellas, que han pasado la noche coqueteando con ese pisaverde, y bajaban desesperadas porque no había subido a visitarlas. ¿Y la niña? ¡Digo! Una niña que pasa la vida haciendo comedias caseras, y se escapa con su amante a la confitería, y trata a zapatazos a su padre. ¡Oh! ¿Dónde está el Moratín de nuestra época; que así como aquél pintó la tiranía paternal, y la educación monjil y gazmoña de su tiempo, nos enseñe el reverso de la medalla, la relajación de los lazos sociales, con la magia de aquel pincel que nadie después ha sabido manejar como aquel insigne poeta?

DON ELEUTERIOEso nada significa, señor mío. Si en el juicio de esas señoras han podido influir esas causas, no son ellas las únicas que condenan la comedia. Aquí estoy yo que cultivo el arte dramática...

DON SERAPIOY yo que he visto muchas comedias.

DON HERMÓGENES Y yo, que ejerzo la crítica, y he analizado el teatro inglés y el francés y el alemán, y sostengo que los personajes de Moratín son retratos de circunstancias que murieron, y no tipos eternos, como los de Molière. ¿Quién es hoy don Eleuterio? ¿Quién es don Serapio? ¿Quién es don Hermógenes?

DON PEDRO¿Quién es don Eleuterio? El señor, que habla mal de la comedia, porque no ponen en escena la suya. ¿Quién es don Serapio? El señor, que repite como un eco lo que les oye a ustedes... ¿Quién es don Hermógenes? ¡Usted!

DON HERMÓGENES¿Yo?

DON PEDROUsted, que pasa su vida pedanteando; con la diferencia de que aquél pedanteaba en griego, y ahora se pedantea en francés. Y si ya que son ustedes monos de imitación de los franceses, los imitasen también en ponderar y ensalzar, como hacen ellos, todo lo que allí se distingue. Pero, no señor. La pedantería de hoy consiste en rebajar, en poner en ridículo, en arrastrar por tierra todo lo que en España sobresale en cualquier arte, en cualquier carrera, en cualquier profesión.

DON HERMÓGENESYo soy tan español como el primero; y sin embargo...

DON PEDRO(Irritado.)Los tontos no son españoles, ni franceses, ni ingleses, ni nada. ¡Son tontos! Son, como los hebreos, una gente sin patria, esparcida por el mundo para tormento de sus semejantes. -Pero esta vez, afortunadamente, hay un público sano, patriota, que a pesar de todos los pedantes, sabe que Moratín es una de las glorias de nuestra patria, y va en este momento a saludarle con aplausos de entusiasmo. (Óyese dentro el ritornelo del himno.) Ya suena el himno en el teatro. ¡Adentro, buenos españoles! Vamos a honrar la memoria del gran poeta. ¡Yo arrojaré a su busto esta corona de laurel y siemprevivas! (Sacando una que llevaba preparada.)

DON ANTONIO¡Y yo ésta! (Sacando otra.)

LOS ESPECTADORES¡Corramos! ¡Corramos!

(Todos se entran apresurados al teatro por las puertas y escaleras. Cambia la decoración, y aparece el escenario iluminado, y en el centro, sobre un pedestal, el busto de MORATÍN. -Los actores desfilan por delante de él, arrojándole coronas de laurel, mientras se canta un himno en honor suyo.)

que se recitaron en el teatro de la Cruz la noche del estreno de esta comedia, en el año de 1848

¡Oh pueblo de Madrid! Canta la gloria

de aquel ingenio que con rica vena

eternizó en los siglos su memoria,

restaurador de la española escena.

No cuente -¡oh mengua!- la veraz historia 5

que yace allá en las márgenes del Sena.

¡Para una sombra noble y generosa

es doble peso la extranjera losa!

Ilustre Moratín: esta sonora

aclamación que el público te envía, 10

de homenaje más alto es precursora,

que ya se apresta a tu ceniza fría.

La madre patria, que tu muerte llora,

en breve -¡me lo anuncia el alma mía!-

tus huesos sacará de tierra extraña, 15

y muerto al menos volverás a España.


Años después se repitió esta comedia en otro teatro, y entonces se recitaron además los siguientes versos:

Hoy fue cuando con himnos de alegría,

de las Musas el coro lisongero

cantó al genio sublime que nacía

a ser delicia del Parnaso ibero.

Ardua es la senda que a la gloria guía, 5

y que él con planta audaz abrió el primero;

mas nos dejó, para alumbrar sus huellas,

el vivo resplandor de cinco estrellas.

    ¡Cinco no más! -pero de luz tan pura,

de juventud tan fresca y tan lozana... 10

que vivirán cuanto en la edad futura

viva la hermosa lengua castellana.

¡Honor a Moratín, que a tanta altura

nuestra gloria elevó! Y al que se afana

por imitarle, anímele este ejemplo. 15

¡Aquí al genio español se erige un templo!


Volviose a celebrar el aniversario de Moratín, el 10 de marzo de 1854, con la representación de esta comedia; y al final se recitaron las dos composiciones siguientes:

I

Venid, rindamos el anual tributo

al ingenio inmortal, de España gloria;

que es de doctas naciones atributo

honrar de un hijo insigne la memoria.

De su elevada inspiración el fruto 5

noble página marca en nuestra historia;

y por él hoy, como por Lope un día,

bella, culta, moral se alza Talía.

No es deuda sólo del que a Inarco sigue

cogiendo lauros en la patria escena; 10

justo es que a todos su alabanza obligue,

pues a todos de honor su nombre llena.

Manzanares feliz por él consigue

émulo ser del Támesis y el Sena.

No es de las letras, no, su gloria sola: 15

es de todo español: ¡es española!

II

Lució por fin el venturoso día.

¡Ya le miro en su patria descansando!

Cuántas veces mi rostro se cubría

de tristeza y rubor, ¡oh España!, cuando

a la margen del Sena recorría 5

el vasto cementerio; y preguntando:

«¿Quién yace aquí?», me daban por respuesta:

«Del Molière español la tumba es esta.»

¡Ya rescatado está! -Mas ¡ay! tus ojos

vuelve hacia allá otra vez, ¡oh madre España!, 10

que aún yacen de otros hijos los despojos,

dignos de igual honor, en tierra extraña.

Aún dos tumbas alzadas entre abrojos

el tibio sol de la Occitania baña.

Acoge, ¡oh patria!, mis ardientes ruegos: 15

¡Aún está allí Meléndez! ¡Aún Cienfuegos!

La voz de Moratín en son de duelo

salir escucho del sepulcro helado.

«Traedlos, clama, a su nativo suelo,

y descansen entrambos a mi lado. 20

Dadme por vuestro amor este consuelo,

o dejadme con ellos olvidado.

Las honras que me hacéis no me complacen,

si en el destierro mis hermanos yacen.»


Nota del autor

Compuse esta comedia el año de 1848 para que se representase en una función dispuesta en el teatro de la Cruz con objeto de celebrar el aniversario del natalicio de Moratín.

Era El Sí de las Niñas la comedia que iba a hacerse; y de ahí me ocurrió escribir esta, que llamé, acordándome de Molière, La Crítica de El Sí de las Niñas.

El éxito que obtuvo no pudo ser más satisfactorio. El público, que había estado celebrando El Sí de las Niñas como si se estrenara, aplaudió en mi comedia todo lo que se refiere a elogio de la de Moratín; y al aparecer su busto en la escena fue inmenso el entusiasmo que produjo.

Desde esta fecha puede decirse que El Sí de las Niñas, hasta entonces casi desterrado del teatro por la furiosa invasión del género romántico, ha vuelto a figurar en el repertorio ordinario, y cada vez con más aceptación: esto redunda en honor del público madrileño.

¡No podía ser menos! Entre cuantas obras dramáticas conozco, antiguas y modernas, El Sí de las Niñas es, en mi juicio, la que más se acerca a la perfección.

Moratín es el modelo del arte: todo el que quiera escribir con acierto para el teatro no debe estudiar otro.

El ingenio no se adquiere: se tiene o no se tiene, según Dios ha querido: si se tiene, no hay cuidado, que él saldrá. Lo que hay que adquirir es el modo de dirigirlo, de sujetarlo, no a reglas caprichosas, sino a los principios eternos del arte; y esto no se aprende más que en Moratín: fuera de él, sólo se aprende a extraviarlo y perderlo. No hay que cansarse: Moratín se eclipsará en los períodos de corrupción; pero en las restauraciones del buen gusto él llevará siempre la bandera.

Una cosa que me propuse con empeño logré con mi comedia; y ahora me arrepiento de haberla logrado.

En los versos que se recitaron en el estreno de la obra habrá visto el lector el deseo que manifesté de que los restos de Moratín, que yacían en París, se trajesen a España. El pensamiento hizo fortuna; o como ahora se dice, fue creando atmósfera, y cinco años después un Ministerio, que sin duda hubo de respirarla, tomó el asunto en serio y llevó a cabo la traslación.

El día 12 de octubre de 1853 entraron en Madrid las cenizas de Moratín con gran solemnidad. Iban en un magnífico carro fúnebre, y les hacían cortejo los ministros, las autoridades y altos funcionarios, todos de grande uniforme, y un sinnúmero de personas entre literatos y demás gente distinguida. Llegó la comitiva a la iglesia de San Isidro, y en su bóveda subterránea quedó el ataúd depositado, hasta que se le lleve a un monumento que se le ha de erigir.

Hoy es, y el monumento no se le ha erigido, ni nadie se acuerda de ello. Moratín seguirá escondido en los sótanos de San Isidro; y gracias que, andando los tiempos, no llegue un día en que, por quitar estorbos, saquen de allí la caja y echen los huesos en la fosa del cementerio general.

Así se hizo en San Sebastián con los de Lope de Vega: no sería ninguna novedad.

En París, Moratín estaba enterrado en el vasto y magnífico cementerio del Padre La-Chaise, que todo extranjero va a visitar. El guardián que lo enseña es un hábil cicerone, y al llegar a cierto sitio decía: «Este es el panteón de la familia Silvela: y aquí yace también el célebre escritor dramático Moratín, el Molière español

Así en efecto lo publicaba una inscripción puesta en el monumento, que era de piedra, sencillo y elegante.

Allí, pues, no solamente estaba en sitio decoroso y visible, sino que su nombre sonaba diariamente en el oído de centenares de extranjeros, que quizá sólo por eso le conocían.

Se le sacó de allí; se le trajo a España: ¡como si hubiera caído en un pozo!

¿Necesito explicar por qué estoy arrepentido de haber hecho aquellos versos?

En los que se recitaron en el teatro el día de la traslación, en 1854, me ocurrió pedir igual gracia para Meléndez y para Cienfuegos, que también murieron y están enterrados en Francia. Afortunadamente para ellos, esto no creó atmósfera. -No, por Dios: bien están allá. Al menos se sabe dónde yacen: puede el que quiera ir a visitar su sepulcro: no están, como el pobre Inarco, secuestrados de esa segunda existencia, escondidos en un sótano, expuestos a ir el mejor día a la fosa común.

Fantasía dramática para el aniversario de Lope de Vega

Compuesta de dos partes

PERSONAS



LOPE DE VEGA.
MARÍA DE ARGÜELLO, dama de la compañía.
MARIANA,segunda.
CATALINA,graciosa.
OLMEDO,galán.
BENITO,segundo.
BASURTO,gracioso.
VIVAR,galancete.
RIQUELME,autor de la compañía.
QUIÑONES, recibidor.
CARRILLO, avisador.
UN ALGUACILde corte.
MAQUINISTASdel teatro.

Primera parte

El corral de la Cruz, en 1632

Escenario del teatro, dispuesto para el estreno de la comedia de Lope, titulada: El premio del bien hablar, en el año 1632.

Aparecen RIQUELME, autor de la Compañía, activando el arreglo de la escena, y varios MAQUINISTAS, ocupados en terminarlo.

RIQUELME(Tiene puesto el traje con que va a representar el papel de, DON ANTONIO en El premio del bien hablar.)Ea, que estáis gastando mucha flema. A las tres en punto quiero que se descorra la cortina, las dos y media no hay ya que esperarlas. -¡Bien, bien está así! -Vaya, lo que es en cuanto al escenario todo está a punto. Ahora vamos a lidiar con los otros. -¡Carrillo!... ¡Avisador!... (Sale Carrillo.)

CARRILLO ¿Señor Riquelme?

RIQUELMEPor San Ginés, nuestro patrón, no los dejéis vivir: recorre los pasillos, toca a las puertas...: a las de ellos, fuerte... con los nudillos; a las de ellas no: con suavidad... con un dedo; sobre todo a la de María de Argüello. -¡Es preciso un ten con ten! -Anda, hijo: ¡aprémialos, aprémialos! (Vase CARRILLO.) Esta tarde habemos menester que todo salga con esmero y puntualidad. ¡Mi corral estaba perdido, desierto! -Ya decían las gentes: «¡Pobre Riquelme! Se arruina: no tiene comedias.» Agora lo veredes, dijo Agrajes. -Ha venido en su socorro el ingenio de los ingenios, el gran Lope. -¡Hoy estrenamos una comedia suya y se nos llenará la casa! -¡Quiñones! -A estas horas ya debe columbrarse... ¡Quiñones!... (Sale QUIÑONES.)

QUIÑONES¿Señor Riquelme?

RIQUELME¿Cómo va la cobranza? ¿Te has asomado? ¿Pica, pica?

QUIÑONES¿Que si pica? ¡Y aun muerde! -El patio ya está lleno. Los desvanes, atestados: las gradas y barandillas se van cuajando. En los balcones no hay nadie todavía; pero he visto que les ponen tapices...

RIQUELME¡Soberbia noticia!... ¡Hoy se acredita el corral! -¡Carrillo!... ¡Carrillo! -¿Cómo andan esas gentes? (Sale CARRILLO.)

CARRILLOSeñor Riquelme, ya van abriendo las puertas de los cuartos.

RIQUELME¡Gracias a Dios!

CARRILLOA Dios primero, y luego al ingenio, que ha ido saludándolos cuarto por cuarto.

RIQUELME¡El ingenio está ahí!... ¡El señor Lope!... ¡Y no me lo dices!... Voy a su encuentro...

CARRILLOAquí le tenéis. (Sale LOPE DE VEGA. Viste balandrán negro, con la cruz de San Juan al cuello.)

RIQUELMELlegue en buen hora vuestra merced, Frey Lope.

LOPEBuen Riquelme, ¿cómo va el corral esta tarde?

RIQUELME¡Qué sorpresa os guardo, señor! ¡Qué sorpresa!

LOPE¿Y cuál es? ¿Que no acude la gente?

RIQUELME¿Que no acude?... -¡Quiñones!

LOPESí, andad, Quiñones; que no dejen entrar más que la que quepa.

RIQUELMEComo estamos en invierno..., bien se podía abrir la mano...

LOPE

No importa: días quedan. Andad; que cierren la puerta hasta que llegue el señor alcalde. (Vase QUIÑONES.)

RIQUELME¡Días quedan! ¿Fiáis en que tendremos para días?

LOPESi no con esta comedia, con otra.

RIQUELME¿Otra me daréis?

LOPEEsta mañana la empecé a prevención. Veremos qué suerte tiene la de esta tarde; si el vulgo no la entiende, anunciadles La Moza de cántaro: mañana os la acabo.

RIQUELME¡En dos días!

LOPE

En dos mañanas: así debéis entender aquello de...

Y más de ciento en horas veinticuatro

pasaron de las musas al teatro.

Hoy he escrito el primer acto y la mitad del segundo.


RIQUELME¡Acto y medio! ¡Novecientos versos!

LOPEY he dicho misa, y he escrito una carta de cincuenta tercetos, y he asistido a la congregación, y he regado mi jardín.

RIQUELME¡Portentosa fecundidad!

LOPE¿La de mi jardín?... No lo creáis. -De día en día se va arideciendo y agostando. Rosas, me nacen pocas y descoloridas; claveles, apenas he cogido un ramo para enviar a las trinitarias: mi naranjo favorito, por más que le riego, al fin se ha secado enteramente. Vamos, se niegan mis flores a conocer nuevo jardinero; y como el jardinero, amigo Riquelme, tiene ya setenta años y se va..., el jardín quiere irse con él.

RIQUELME¡Qué importa el jardín que tenéis en la calle de Francos!... En vuestra cabeza hay uno que así, cubierto y todo con la nieve de esas canas, brota flores de hermoso color y de celestial aroma.

LOPEVeremos a qué le huele al pueblo la que le doy esta tarde. (Sale OLMEDO. -Viste el traje de)

OLMEDO¿A qué le ha de oler?... ¡A Lope!

RIQUELMEEh, ya tenemos a nuestro galán vestido. Es el primero.

LOPEPues Olmedo, que es el primero en todo, ¿no había de serlo en esto?

RIQUELME¡Gran entrada, Olmedo!... ¡Esta semana tomamos el cuarterón lo menos!

OLMEDONuestra la culpa será si no sucediere. El premio del bien hablar es una de las más delicadas fábulas que vuestra merced ha producido; si no agrada, consistirá en los representantes.

RIQUELMEO en el público.

OLMEDOEn el público, no.

RIQUELME¡La moda tiene un imperio!...

OLMEDOEse imperio no alcanza a obscurecer lo que por esencia es bueno, es bello, es grande. Lope de Vega será de moda mientras viva el habla castellana.

LOPE¡Buen Olmedo!... ¡mirad no os alucinéis!

OLMEDO¿Cómo puede ser eso? -Vos reináis en la escena como señor absoluto: sois el ídolo del pueblo, que os vitorea en el teatro, que os sigue por las calles, que alza a las nubes vuestro nombre. -Habéis alcanzado un modo tal de alabanza, que ningún mortal pudo imaginar. Por tan bueno se tiene cuanto habéis escrito que es adagio común, para elogiar una cosa, decir: ¡Es de Lope! -Joyas, pinturas, galas, telas, flores, espectáculos, manjares, saraos, cuanto Dios crió se encarece de bueno con decir: ¡Es de Lope! -«Señor Duque: ¿Qué tal la comida que os dio el embajador de Francia? -¡Amigo! ¡Convite de Lope!» -«Doña Leonor: ¿Habéis estado en San Miguel? ¿Habéis oído predicar al padre Vitoria? -¡Admirable orador! ¡Un sermón de Lope!» -«Jeromillo: Por aquí ha pasado la Belén derramando sal. -¡Ay, qué cuerpo de Lope!» -En suma, todas las cosas buenas son de Lope. -Conque no hay que apurarse; la comedia que hacemos esta tarde es de Lope... y gustará sin remedio, porque el público que venga a verla será un público de Lope.

RIQUELME¡Viva! ¡Qué cuarterón!... ¡La parte entera!...

LOPENo me desvanecéis con vuestras lisonjas. Sera así por ahora; pero el alma, Olmedo, el alma, destello de Dios, fuente de la inspiración poética, esta alma mía es inmortal y aspira a que lo sean también las obras que de ella emanan. ¿Lo serán? ¿O morirán con este miserable envoltorio de tierra que empieza ya a desmenuzarse? ¿Qué será de las mil y más comedias que dejo escritas? ¿Qué será para mí la posteridad?

OLMEDO¡Una posteridad de Lope! (Se pone a estudiar el papel. -Un alguacil de Corte asoma al fondo.)

ALGUACIL¡La orden!

RIQUELMEAl momento. Decid a su señoría que todo está pronto. (Vase el alguacil.) ¡Carrillo! ¡Carrillo!... ¡Esa gente!

CARRILLO(Saliendo.)Todos están vestidos.

RIQUELMEPero que vengan, que vengan a que Frey Lope los vea. -Y el consueta a su puesto, y a los músicos que templen. (Sale BENITO, en traje de DON PEDRO de la comedia.)

BENITOPor mí se puede empezar.

LOPE¡Bien, Benito! Lo que es el traje...

BENITO¡Ay, señor Lope, que aún es tiempo!... ¿No se podría atajar mi última salida?

LOPE¡Hombre!... ¿Queréis que no haya desenlace?

BENITO¡Es tan desairada!

LOPE¿Por qué?

BENITOPorque no me caso.

LOPEPues sois el que libra mejor.

BENITONo importa, es situación desairada. Aquí la atajáis en un momento.

LOPE¡Si ya van a empezar! No hay tiempo.

BENITOEl que hace una comedia en un día...

LOPEEso es: bien puede deshacerla en un minuto. -Vamos, vamos, Benito; decid aquellos últimos versos con nobleza, retiraos de la escena con gallardía, y...

BENITO¿Y me aplaudirán?

LOPE¡Oh! ¡Sin duda alguna! (Aparte.) ¡Esta es la ilusión de todos ellos! -Vamos, y la mía también... (Sale BASURTO con un pañuelo atado a la cara, y quejándose de las muelas. -Saca el traje de MARTÍN en la comedia.)

BASURTO¡Ay, ay!... ¡Madre mía!

RIQUELME¿Qué es eso, Basurto? ¿Qué tenéis?

BASURTO¿No lo estáis viendo?... Una fluxión a las muelas, que no sé dónde estoy de pie. No puedo hablar...

LOPE¡Ay Dios mío! ¡Buenos estamos!

BASURTO¡Se me están saltando las lágrimas de dolor!...

LOPE(Aparte.) ¡Y este es el gracioso!... ¡Pobre comedia!

RIQUELMESi hay caries, a sacarla.

BASURTO¿Y cuándo? ¿Y cómo? Salgo en la segunda escena.

RIQUELMEAquí... cualquiera de nosotros... mientras se empieza, bien podría...: ¿no es verdad?

LOPEYo, si fuera escribir una comedia...; pero sacar una muela es cosa... (Sale CATALINA con un falderillo en los brazos, vendado con un pañuelo. Saca el traje de RUFINA en la comedia.)

CATALINA(Colérica.)Señor Riquelme, yo me voy a mi casa...

RIQUELME¡Catalinita!... ¿Qué estáis diciendo?

CATALINA¡Me voy a mi casa!...

LOPEPero, hija, ¿qué ocurre?

CATALINAO la Mariana o yo. Una de las dos no hace la comedia esta tarde... O se ataja su papel, o el mío.

LOPE¡Friolera!

RIQUELME¡Santos del cielo!... Pero ¿qué ha pasado con ella?

CATALINA¡Miren cómo me la ha puesto!... ¡Y ha sido adrede!... ¡A mi pobrecita Psiquis!... Ya que no puede hacerlo conmigo, lo ha hecho con el pobre animalito... ¡Pícara!... ¡Mal corazón!... ¡Miren qué lástima!... ¡Toda está derrengadita del cuarto trasero! -¡Y tuerce la cabecita!... ¡Ay, Dios mío!... Se va a morir... Esa mujer me ha matado a mi Psiquis, ¡a mi pobrecita Psiquis! (Rompe a llorar.)

RIQUELMEPero, por los clavos de Cristo, no os aflijáis, hija mía.

CATALINA(Llorando.)¡No hay consuelo para esto!

BASURTO(Llorando.)¡Ay, mi muela!

LOPE¡Los dos graciosos!... ¡Por dónde vamos a salir!... (Sale MARIANA, vestida de DOÑA ÁNGELA en la comedia.)

MARIANA¡Es un falso testimonio! Fue sin querer, al abrir la puerta de mi cuarto. -Ya os lo habrá dicho Vivar, que habrá ido a consolaros...

CATALINAVivar no me ha dicho nada... ni Vivar viene a mi cuarto... ¿Entendéis? -¡Pues! Y yo también lo entiendo, y por eso es todo.

LOPE¡Ay que son celos!, ¡y se van a arañar!... ¡Ay mi comedia! (Sale VIVAR, vestido de FELICIANO en la comedia.)

VIVARAquí está Vivar... ¿Qué es lo que ha dicho Vivar?

MARIANA(A VIVAR, con celos.)Estabais en el cuarto de Catalina. ¡Falso!

VIVAR(Aparte.)No es cierto.

MARIANA(Aparte.)¿Pues dónde?, ¿pues dónde?

RIQUELMEPero, señores, que van a dar las tres... Vaya cada uno a su puesto. -¡Y esta María de Argüello!... (Sale MARÍA DE ARGÜELLO, vestida de LISARDA para la comedia.)

MARÍA¿Cuándo ha hecho falta María de Argüello? -Por mí se puede empezar.

CATALINA(A MARÍA.)Si tenéis el faldero en vuestro cuarto, cuidad no salga, que esta tarde por aquí pagan perros por galanes.

MARÍAYa me lo ha dicho Vivar.

MARIANA(Aparte a VIVAR.)¡Hola!... ¿Estabais en el cuarto de María?

VIVARNo tal.

MARÍA(Aparte a VIVAR.)¿Conque a Mariana y a Catalina?... No volváis a mirarme.

VIVAR¡Pero, María!

MARIANA(Acongojada.)Riquelme... ¡Ay!... ¡que suspendan la comedia!... yo me pongo mala.

RIQUELME¡Mariana!... ¡hija!...

MARÍA(Con despecho.)¡Que me traigan la silla!...

RIQUELME¡María de mis pecados!...

CATALINA(Dando voces.)¡A casa, a casa!

BASURTO(Lamentándose.)¡No viene un sacamuelas!... (Sale el alguacil por el foro.)

ALGUACILSeñor Riquelme, si no se alza la cortina, diez ducados de multa.

RIQUELMEQue pagarán los que no estén en su puesto. (Todos a un tiempo empiezan a recitar en tono de estudio los primeros versos de su papel, que tienen en la mano.)

LOPEDeus ex machina!... El corchete serenó la tempestad. -Decid a su señoría de mi parte que se va a dar principio a la comedia.

ALGUACILEl señor alcalde os ruega, Frey Lope, que honréis un asiento en su balcón.

LOPEDecidle que le beso las manos, y que yo seré el honrado. (Vase el alguacil.) Hijos, a vuestros puestos: el arte nos llama. ¡La gloria nos espera! Por dos horas vamos a olvidarlo todo: unas los celos, otro el desaire..., ésta el pisotón de Psiquis..., aquél el dolor de muelas... ¡y yo mis setenta años! -La comedia necesita de vosotros. No olvidéis lo que os he encargado:

A vos ternura, María;

a vos, Mariana, nobleza;

a vos, Vivar, gentileza;

a estos dos, bellaquería.

(Por CATALINA y BASURTO.)

A vos... Dejad que me ría;

(A OLMEDO.)

a vos, ¿qué os he de encargar?

Hijos, adentro, a empezar.

Habládmela bien, os ruego;

que el público os dará luego

El premio del bien hablar.


(Retíranse todos, y cae el telón. -Tocada la sinfonía, vuelve a alzarse, y se representa la comedia, al fin de la cual entra la segunda parte de la FANTASÍA como a continuación se expresa.)

Segunda parte

Don Juan de Espina, o el horóscopo de Lope

PERSONAS



Todas las de la primera parte; y además
DON FRANCISCO DE QUEVEDO
DON JUAN DE ESPINA.

Dichos los últimos versos de la comedia, el telón cae hasta la mitad de su altura: así permanece un momento, y vuelve a subir muy lentamente, mientras el siguiente diálogo:

Sale por el foro LOPE, acompañado de los que no están en escena al acabar la comedia.

LOS QUE LLEGAN¡Aquí viene!

TODOS¡Vítor, Lope! (Le rodean y felicitan con gran entusiasmo.)

LOPE¡Bien, hijos, bien!

OLMEDO¿Estáis contento?

LOPE¡Muy contento! Todos habéis cumplido mis esperanzas. -¿No es verdad que el arte es una cosa celestial?... ¡Ved lo que nos pasa ahora!... Miraos unos a otros... Miradme a mí... ¡El fuego del entusiasmo brota por nuestro ser!... ¡Mirad a Olmedo!...

OLMEDODejadme... dejadme besar esa mano que empuña todavía fuerte y robusta el cetro de la poesía. -¡Arte divino!... Él es consuelo de las penas, medicina de los males... Con su contacto mágico todo lo sana, todo lo purifica...

TODOS¡Todo! ¡Todo!

OLMEDOMirad... mirad su poder. Las que eran rivales olvidan sus celos y se abrazan... (Las tres actrices se abrazan.)

MARÍA¡Amigas y compañeras!...

MARIANACon toda mi alma...

CATALINACon todo mi corazón.

VIVAR(A ellas.)¿Y sin rencor para mí?

LAS TRES(Dando las manos a VIVAR.)Sin rencor.

BASURTOHasta mi muela... ¡no sé qué ha sido de ella!...

OLMEDOEl oro de los versos os la ha curado.

RIQUELME¡Sois nuestro salvador! Lo menos a parte y media tocamos esta semana.

BENITO(Desde el fondo.)Por aquí, caballeros. Si buscáis a Frey Lope, allí le tenéis. (Salen por el foro DON FRANCISCO DE QUEVEDO y DON JUAN DE ESPINA.)

QUEVEDOLope, recibid mi parabién.

LOPEQuevedo amigo, y vos mis brazos.

QUEVEDOY el de este caballero, que desea estrechar vuestra mano.

LOPEMe honra con ese deseo.

QUEVEDOOíd quién es, y no os cause espanto.

ESPINADejad las bromas, Quevedo.

QUEVEDO¡Cómo bromas! Vive Dios, que si dudáis del efecto que causa vuestro nombre, que vais a convenceros de ello ahora mismo. -Acercaos, amigos..., acercaos... y encomiéndese cada cual al santo que sea más de su devoción. -El caballero que está presente se llama don Juan de Espina.

TODOS(Menos LOPE y OLMEDO.)¡Jesús!... ¡El mágico! (Se alejan con espanto.)

LOPE(OLMEDO, acercándose a él.)¡Don Juan de Espina!

QUEVEDO(Riendo.)¿Lo estáis viendo?

ESPINA¡Pero es creíble que de tal manera se propague esa opinión! Señores, por Dios trino y uno, que soy tan cristiano viejo como el que más. No deis crédito a esas patrañas, en la forma que las cuenta el vulgo. Miradme: soy de carne y hueso como los demás mortales.

CATALINA(A sus amigas.)¿Será eso verdad?

MARÍASu acento me tranquiliza.

MARIANAY en cuanto a persona, no es mal mozo.

QUEVEDO¡Es cierto! Y estas damas pueden cerciorarse de ello, si gustan..., no más que con acercarse. (Las damas se acercan poco a poco.)

ESPINAMi afición a las ciencias y a las artes me ha hecho estudiarlas hasta profundizar en sus arcanos. La física ha sido mi ocupación predilecta, y algo se me alcanza de astrología judiciaria. De aquí sin duda ha tomado origen esa voz que me acusa de mágico, de nigromante... ¡qué sé yo!... hasta de tener pacto con Satanás. (Se ríe.)

QUEVEDO¡Ave María! (Todos se santiguan.)

RIQUELME¿Conque no es cierto? -Pues lo de mágico, todo el mundo lo cree.

QUEVEDOPero es mágica blanca, que es cosa muy distinta...

RIQUELME¿De la negra?...

QUEVEDOSe entiende. Esa, esa es la mala; que la otra...

ESPINA¿Pensáis que si lo que el vulgo dice de mí fuera cierto, no me hubiera ya pedido cuenta de ello el Santo Oficio?

LOPEOs confieso que en ocasiones lo he temido.

QUEVEDOEs que el vulgo, amigo Lope, va más allá que el Santo Oficio, y quizá le moteja de laxo porque no le ha tostado ya.

LOPEDicen, señor don Juan, que sabéis alzar figura.

TODOS¡Alzar figura!...

ESPINALlámase así en Astrología evocar la presencia de un ser ausente, o que ya no existe, o que no ha existido aún.

OLMEDO¡Evocarla!... Es decir, ¿ponerla delante? ¿En forma visible?

LOPE¿Lo que no ha existido aún? ¿También lo venidero está sujeto a ese poder?

ESPINAEn ciertos casos, también lo venidero.

LOPE¿En limitada distancia?

ESPINASin límite alguno: hasta la consumación de los siglos.

LOPE¡Lo venidero!... ¡Ver lo venidero!...

OLMEDOLeo en vuestro pensamiento, Frey Lope...

LOPE¡Cómo!...

OLMEDOComo que recuerdo lo que antes de la comedia me dijisteis aquí mismo.

LOPESí... sí... Pero eso no es lícito creerlo... ¡Eso sería sobrenatural!...

ESPINAOs engañáis. Existen dentro del orden natural misterios que la ciencia no ha penetrado aún; pero que algunos comienzan a vislumbrar. Vendrá una generación que se ría de nuestra ignorancia.

LOPE¿Y vos habéis penetrado algunos de ellos?

ESPINACreo que sí.

LOPE¡Válgame Dios! -Y es posible. ¡Oh, sí; es posible!

QUEVEDODon Juan de Espina ha sido el asombro de Italia: allí no le huyen: ¡le admiran!

OLMEDOPues yo, señor don Juan..., y perdonad mi osadía, quiero haceros una súplica.

ESPINAOlmedo, yo os estimo mucho por vuestro gran talento: la Talía española debe estar orgullosa de tan inspirado intérprete...

OLMEDOMe avergonzáis.

ESPINAHablad: ¿en qué puedo complaceros?

TODOS¿Qué le irá a decir?

OLMEDOVed aquí, señor don Juan, que el príncipe de la poesía, el fénix de los ingenios, el gran Lope, que tenéis delante, siente en su alma un torcedor que le martiriza.

ESPINA, QUEVEDO ¡Lope!...

LOPE¡Qué decís!...

OLMEDOLo que es cierto, lo que vos mismo me habéis dicho... Sí, señor... sí... La voz poderosa de su ingenio le asegura que sus obras serán inmortales... Su modesta virtud le hace temer que se hundan en el olvido. No hace mucho, aquí mismo, me decía con amargo abatimiento: «¿Qué será de las mil y más comedias que dejo escritas?... ¿Qué será para mí la posteridad?»

ESPINA¡Y lo duda!...

QUEVEDOEs el único en España... para ser único en todo.

OLMEDOPues bien; yo he leído ahora en su pensamiento... Lope no sabe en este instante si cree o no cree en esa ciencia que vos profesáis; pero crea o no crea..., desea... ambiciona... -¡no me lo niegue!- que le digáis su horóscopo.

TODOS¡Su horóscopo!

LOPE¡Olmedo!... ¡Olmedo!... Yo no debo creer...

OLMEDOPues bien, oídlo... y no lo creáis después.

ESPINASí, Lope, yo leo también en vuestro semblante que es cierto lo que Olmedo dice; que os atormenta esa duda. Y pues no basta a tranquilizaros para el porvenir lo que veis al presente, esa aureola de gloria que os circunda, ese universal aplauso, ese delirio de entusiasmo con que no sólo España, sino Europa toda, levanta vuestro nombre a los cielos; yo me dirigiré a ellos... yo preguntaré a los astros vuestro horóscopo.

TODOS(Asombrados.)¡Jesús!... ¡Jesús!...

QUEVEDODesde aquí mismo: la noche ha cerrado ya.

OLMEDOY allí veis el patio de nuestro corral, que tiene por techumbre la bóveda de los cielos.

LOPE¡Qué vais a hacer!...

ESPINA(Mirando a los astros.)Sentaos. Traedle un sillón... Las emociones pudieran afectarle.

(Acercan un sillón y le hacen sentar. QUEVEDO y OLMEDO se quedan a su lado; los demás alejan un poco. Las tres damas forman un grupo, abrazándose y mirando con cierto terror. ESPINA contemplando el cielo, y haciendo las pausas que se indican.)

El astro de Lope brilla con todo su esplendor. -¡Mil y quinientas comedias! ¡Mil y quinientas!... No más. -¿El astro se apaga?... No: es una nube que ha venido a cubrirlo... ¡Nube muy negra! -En ella leo: Siglo decimoctavo. Ya va pasando. -¿Vuelve a brillar el astro de Lope? No: no es él... es otro.. es otra luz la que despide...: luz de cinco luceros... ¡hermosos, a fe mía!... pero no es Lope... no es Lope. -La nube pasó del todo, y el cielo se viste de nuevo resplandor. ¿Qué dice allí? Siglo decimonono. -¡Qué miran mis ojos! ¡Otra vez el astro, el astro con todos sus resplandores! -Todo lo penetro, todo lo veo... -¡Lope de Vega, no morirás! -Después de un siglo de olvido, vendrá otro de reparación; y en ese, la gloria de tu nombre se extenderá por el mundo. ¡España se llamará con orgullo tu madre! ¡Madrid se envanecerá de ser tu cuna! Allí distingo un modesto recinto... Es un teatro... La muchedumbre se agolpa a sus puertas... ¿Qué buscan? ¿Qué celebran? ¡Ah! ¡25 de noviembre de 1859!... ¡El aniversario de tu nacimiento! -Lope: ¿quieres asistir a él?... ¿Quieres verlo? Ahora, en este momento mismo, se canta un himno a tu gloria. -¿Oyes?... ¿Oyes esa lejana armonía? -Se han cerrado sus ojos; pero ve con los del alma. Su vista interior penetra ahora los siglos. -Llevadle, llevadle de aquí, donde la obscuridad le circunde, donde no haya luz que le hiera.

(Se llevan a LOPE dormido en el sillón: todos desaparecen silenciosos y asombrados. -Cuando D. JUAN ha dicho: «¿Oyes esa lejana armonía?» ha empezado pianísimo el ritornelo del himno, que dura hasta la mutación.)

¡Misterioso poder de la ciencia! ¡Influjo celestial! Obedece a mi voluntad. Ven a mi voz. Presenta a los ojos del septuagenario moribundo el cuadro de su inmortalidad. Concede este galardón a su virtud, a su saber, a su genio. Transpórtalo a esa noche en que, después de tres siglos, un público entero clama con entusiasmo: ¡Gloria a Lope de Vega! ¡Gloria al padre del teatro español! (A un signo de D. JUAN, se abre el foro y aparece el busto de LOPE DE VEGA entre resplandores. Durante el coro, desfilan los actores por delante de él, colocando en el pedestal coronas de laurel.)

La noche del estreno de esta obra, que fue el 25 de noviembre de 1859, terminado el himno, se recitaron los siguientes versos:

Tres siglos menos tres años

hoy hace que al mundo vino

el ingenio peregrino,

pasmo de propios y extraños.

Envuelta en humildes paños,

obscura y pobre yacía

la castellana Talía:

y él le tejió un manto de oro

con el fecundo tesoro

de su rica fantasía.

Con él nuestra gloria empieza.

Él con su ingenio sublime

al arte español imprime

el sello de su grandeza.

Absorta naturaleza,

y rendida al propio instante,

otro aborto semejante

tarde a la tierra dará;

porque descansando está

de aquel esfuerzo gigante.

En la celeste mansión

donde tu espíritu vive,

Lope, esta ofrenda recibe

de entusiasta admiración.

Y pues de su postración

hora es ya que se levante

el león de España arrogante5,

quiera el Dios de las victorias

darnos para nuevas glorias

nuevo Lope que las cante.


Nota del autor

Limitado por las calles de Preciados, de Valverde y del Barco, había un antiguo convento, llamado de los Basilios, en el cual, poco después de la supresión de las órdenes religiosas, se estableció un teatro. Ya no existe: el convento ha sido demolido recientemente, y en su solar se fabrican casas.

Ocurriole a la compañía que trabajaba en aquel teatro el año de 1859 solemnizar el día 25 de noviembre, aniversario del natalicio de Lope de Vega, y me consultó el pensamiento, reclamando mi cooperación. Presteme a ello, y con muy pocas alteraciones logré reducir a escena fija la linda comedia del Fénix de los ingenios, titulada El premio del bien hablar; para la cual compuse, en forma de prólogo y epílogo, esta Fantasía dramática.

Hízose la función, y el público la aplaudió con entusiasmo.

La Fantasía se ha repetido después varias veces, así en Madrid como en las provincias, para celebrar el aniversario de Lope.

Si se quiere representar con cualquier otra de sus comedias, puede hacerse, con las variaciones siguientes:

Primera parte

Páginas 235 y 237, etc. -Donde dice: El premio del bien hablar, póngase el título de la comedia que vaya a hacerse.

Página 239. -En vez de lo que hay, dígase esto:

BENITO¡Ay, señor Lope, que aún es tiempo! ¿No podríais atajarme esta salida? (Mostrándole el papel.)

LOPE¿Cuál?

BENITOEacute;sta: ¡es tan desairada! -Aquí me la atajáis en un momento.

LOPE¡Si ya van a empezar! No hay tiempo.

BASURTO¿Y cuándo? ¿Y cómo? (Suprímase lo demás que dice.)

Página 242. -La décima final sustitúyase con esta:

Si haciendo vuestros papeles

dais al auditorio gusto,

con vosotros, como es justo,

dividiré mis laureles.

Sed mis intérpretes fieles.

La orquesta da la señal:

a su puesto cada cual,

hijos, y hacedlo de modo

que clame el público todo.

«¡Vítor Lope y su corral!»


En la segunda parte no hay que variar nada.

La tumba salvada

Loa representada en el teatro del liceo artístico y literario de Madrid con motivo de la solemne traslación de los restos del príncipe de los poetas dramáticos españoles don Pedro Calderón de la Barca

Amenazaba ruina la iglesia del Salvador, situada en la calle Mayor, esquina a la de Luzán, frente a la plaza de la Villa. Acordose su demolición; y al estarla verificando, corrió la voz de que allí se hallaba enterrado nuestro gran Calderón. La piqueta oficial no se detenía por eso; y tuvieron que darse mucha prisa algunos amantes de las glorias patrias para llegar a tiempo de sacar de entre los escombros los huesos del inmortal poeta.

El día 18 de abril de 1841 se llevaron con gran solemnidad en un carro fúnebre al cementerio de la Sacramental de San Nicolás, donde quedaron colocados en un nicho, que para el efecto había sido destinado a perpetuidad por los individuos de aquella cofradía. -En el mismo nicho continúa.

Numerosísima fue la comitiva que acompañó el féretro, y compuesta de lo más distinguido que en artes, letras, ciencias y posición social encierra Madrid.

Por la noche se ejecutaron en todos los teatros comedias de aquel preclaro ingenio; y en el de aficionados que existía en el Liceo (sociedad artística literaria sostenida por contribución de sus socios) se representó Casa con dos puertas y esta Loa, que para aquella solemnidad compuse, y cuya música hizo el distinguido maestro D. Mariano Martín.

PERSONAS



LA IGNORANCIA.
EL TIEMPO.
EL INGENIO.
LA RELIGIÓN.

Decoración de ruinas. -EL TIEMPO encadenado a los pies de LA IGNORANCIA, que tendrá corona y cetro.

(MÚSICA LÚGUBRE)
    Encadenado el Tiempo
   a mis plantas está:
   cetro mi mano ostenta,
   mi sien corona real.
    ¡Mortales, silencio,
5
    Silencio guardad!
IGNORANCIA
¡Cuán dulce suena en mi oído
ese lúgubre cantar,
bostezo del negro infierno,
con que adormece al mortal!
10
En vano a veces del cielo
rara centella fugaz
a iluminar de los hombres
la obscura mente vendrá:
mi helado soplo doquiera
15
sabrá su lumbre apagar;
ya de algún bárbaro pueblo,
ya de algún rey suspicaz,
moviendo el ánimo altivo
a romper y destrozar
20
feroces los monumentos
que elevó la antigüedad.
Así en Egipto, guiado
de mi influjo, el fiero Omar
mi imperio afirmó sombrío;
25
pues, por contraria al Corán,
la biblioteca abrasando
de Alejandría, en voraz
incendio despareció
toda la ciencia oriental.
30
Así también, revestida
con el sagrado disfraz
de la pura fe, erigí
el tremendo tribunal
que el pensamiento en sus hondos
35
calabozos supo ahogar.
Y en fin, así encadenado,
¡oh Tiempo!, a mis pies estás,
y repite mis acentos
diciendo el coro infernal...
40
CORO
    Encadenado el Tiempo
    a mis plantas está, etc.
TIEMPO
Pesa esta mano, y no en vano,
sobre cuanto existe, sí;
y pues tú existes, es llano
45
que también pesa esta mano,
¡oh Ignorancia!, sobre ti.
En balde a dura cadena
tu ceguedad me condena;
que tu imperio ha de acabar
50
cuando acaben de pasar
aquesos granos de arena.
IGNORANCIA
Con mi férreo cetro yo
romperé el vil instrumento
que mi fin simbolizó.
55

(Da furiosa con el cetro, sin poder tocar el reloj.)

TIEMPO
Dará tu cetro en el viento.
IGNORANCIA
¡Que no he de tocarlo!
TIEMPO
No.
Que ese instrumento que ves
símbolo impalpable es,
y él te dice que si hoy puesto
60
estoy a tus pies, muy presto
tú has de mirarte a mis pies.
¡Pues cómo! ¿Es tu orgullo tal
y tan ciega tu demencia,
que quieras ser inmortal,
65
contra la ley natural
de toda mundana esencia?
Nada ha de librarse, no,
de esa ley que estableció
Dios en su arcano profundo:
70
hasta un día señaló
en que ha de morir el mundo.
IGNORANCIA
Hasta entonces mi poder
moverá a los hombres guerra;
que si inmortal no he de ser,
75
sabré al menos perecer
cuando perezca la tierra.
TIEMPO
Te engañas: antes será;
que más gallardo y lozano
a renacer luego va
80
el Ingenio que tu mano
sepultó. -¡Míralo ya!

(Música dulce. Una llamarada resplandece entre las ruinas: al disiparse, aparece, saliendo de su fuego, EL INGENIO.)

Destello refulgente
de la llama inmortal que el cielo alumbra,
por quien la humana mente
85
a la región olímpica se encumbra;
si la ignorancia pudo
hundirte en las tinieblas, y desnudo,
celeste Ingenio, de la luz divina
que tu frente ilumina,
90
el hombre daba en vergonzosa calma
a los sentidos vida, muerte al alma;
renace ya a mi voz: las alas tiende,
vuela, los aires hiende,
y lleva a todas partes
95
la antorcha de las ciencias y las artes.
INGENIO
Tiempo; que con recóndito poder,
el orbe todo dominando estás;
que entre el dolor vagando y el placer,
impasible a tu fin marchando vas;
100
que hombres, tronos, riquezas, honras, ser,
alzas, hundes, repartes, quitas, das;
de cuanto existe eterno animador,
y de tus mismas obras destructor:
hora es ya que con ímpetu viril
105
rompas el cetro a la Ignorancia audaz,
que en negra obscuridad por siglos mil
cubrió del mundo la tendida faz.
Hora es ya que pincel, lira y buril,
bellas ramas del árbol de la paz,
110
en lienzo, en son, en bronce, eternos den
gloria a mi nombre, lauros a mi sien.
Yo haré del Alpe al Etna resonar
segunda vez los cantos de Marón:
yo encenderé desde Pirene al mar
115
el fuego de Rioja y de León:
yo haré en su misma tumba germinar
las cenizas del grande CALDERÓN...
TIEMPO
Detente ya; que pues su nombre oí,
a obedecerme vas: escucha.
INGENIO
Di.
120
TIEMPO
En el recinto famoso
de la coronada villa
que con humilde susurro
Manzanares acaricia,
y a quien hizo, el que dos puentes
125
enormes le puso encima,
que dos sarcasmos de piedra
tuviera siempre a la vista:
en aquella corte, esfera
donde con llama benigna
130
de la SEGUNDA ISABELA
el sol refulgente brilla:
cercano al famoso sitio
a quien llamó la morisma
La Almudena, y hoy es templo
135
de la sagrada María;
otro templo más humilde
verás, que frontero mira
a la torre que aún recuerda
los laureles de Pavía6.
140
El Salvador es llamado;
caduca fábrica antigua,
que ya a mi peso se rinde
y va a desplomarse en ruinas.
Allí en el rincón obscuro
145
de solitaria capilla,
que con trémulos reflejos
una lámpara ilumina,
hay un sepulcro, que nadie
por lo modesto diría
150
que encierra en su helado centro
de alto varón las reliquias.
No pórfidos lo sustentan,
ni alabastros lo cobijan,
ni sobre él descuella mármol
155
quien yace dentro ceniza.
Mas allí los restos yacen
del claro ingenio que un día
a España admiró, y ahora
a España y al mundo admira.
160
Del que a su placer moviendo,
ora al llanto, ora a la risa,
desde el celoso TETRARCA
AL JARDÍN DE FALERINA
agotó cuantos donaires,
165
cuantos conceptos la rica
habla castellana ofrece
a la hermosa poesía:
del que noble por alcurnia
(como en su pecho lo indica
170
del santo patrón de España
grabada la roja insignia),
a la nobleza heredada
supo juntar la adquirida,
inspirando en dulces versos
175
amor puro, amistad fina,
orgullo sin vanidad,
emulación sin envidia,
honor, lealtad y firmeza,
discreción y valentía,
180
y en fin, ¿para qué me canso
cuando basta que te diga,
CALDERÓN, que en este nombre
todo lo grande se cifra?
Más de treinta lustros son
185
que yace allí; y se aproxima
el instante en que, cediendo
a su pesadumbre misma,
la bóveda se desplome,
que en sus cimientos vacila,
190
y la ilustre tumba quede
entre escombros confundida.
Si impedir quieres que de ese
torpe olvido la ignominia
caiga sobre la presente
195
generación, parte aprisa;
que en Madrid hallarás almas
generosas, que a porfía
sepan dar al gran poeta
tumba de su nombre digna.
200
INGENIO
Antes que el golpe descargues,
rayo seré que divida
los aires, y a la alta empresa
mueva la corte y la villa.

(Al son de una música agitada, una nube de vapor envuelve al INGENIO, y desaparece. LA IGNORANCIA vuelve de su letargo con movimientos convulsivos.)

IGNORANCIA
¡Ah! ¡Qué escucho!... ¡Pese a mí!
205
¡A su fin mi imperio toca!
Mentida esperanza loca,
¿por qué me halagaste así?
Ya raudo el Ingenio hiende
sobre las alas ligeras
210
de los vientos las esferas,
y a los mortales desciende.
Mas no importa: su inconstancia
dilatará mi agonía;
que no perece en un día
215
el reino de la Ignorancia.
Y en tanto, pues el poder
que el cielo te dio no es tal
que del curso natural
puedas la ley suspender,
220
y el edificio que encierra
esos restos, muy en breve,
a tu mismo impulso debe
igualarse con la tierra;
yo haré que sordo al clamor
225
del Ingenio el hombre sea,
y en calma estúpida vea
su cercano deshonor,
sin que ninguno en sus hombros
la tumba mísera tome;
230
y que el templo se desplome
y la esconda en sus escombros.
TIEMPO
Pasa la arena veloz,
y ya cercana contemplo
la ruina del santo templo,
235
¡y aún no se escucha una voz!
¿Será que el letal beleño
que la Ignorancia esparcía
te adormezca todavía,
¡oh Madrid!, en torpe sueño?
240
¿Será en vano que rasgando
la venda que te cegaba,
y de tu cerviz esclava
el férreo yugo arrancando,
el ardiente patriotismo
245
de tus hijos despertase,
para que de ti arrojase
el monstruo del fanatismo?
Tú que en la futura edad
mostrarte quieres ufana
250
con la pompa soberana
de tu antigua majestad,
¿será que ignores la gloria
que da a las cultas naciones
de sus ilustres varones
255
saber honrar la memoria?

(Pausa.)

¡Hondo silencio domina!...
¡Cruje el templo vacilante!...
¡La arena pasa! -¡El instante
llega ya de su ruina!
260
IGNORANCIA
¡Llega, sí!... Tu vano ardid
no me arranca este trofeo;
que ya el templo hundirse veo...
y no responde Madrid.
TIEMPO
¡Tanto cede a tus engaños!...
265
¡Tanto tu poder se arraiga!
IGNORANCIA
¿Quieres que en un día caiga
imperio de tantos años?
TIEMPO
¿Y tú, Ingenio, no has de hallar
un corazón?...
IGNORANCIA
No le halla.
270
¿Oyes?... ¿Oyes? -Madrid calla;
¡y el instante va a llegar!
¡Ah! ¡Llegue presto! -Salid
veloces, granos de arena:
¡pasad!... ¡caed!... -Mas ¿qué suena?...
275
TIEMPO
¡Ah!... ¡Ya responde Madrid!

(Música dulce y lejana.)

CORO

(Distante.)

   Venid, madrileños,
   venid a mi voz:
   salvemos la tumba
   del gran CALDERÓN.
280
IGNORANCIA
   ¡Huid, madrileños!
   Despreciad la voz
   que intenta halagaros
   con vana ilusión.
   ¿Qué os importa, amigos,
285
   que perezca o no
   la tumba de un hombre
   que a lances de amor,
   a usadas intrigas
   de pobre invención,
290
   a fútiles versos
   su ingenio aplicó?
   ¡Oh! ¡Cuán perezoso
   camina el reloj!
TIEMPO
   El concurso acude
295
   cada vez mayor,
   y al templo dirige
   su paso veloz...
CORO

(De más voces y más cerca.)

   Salvemos la tumba
   del gran CALDERÓN:
300
   salvemos al padre
   del drama español.
IGNORANCIA
   ¡Oh rabia! -Teneos;
   que insultáis a Dios,
   consagrando a un hombre
305
   la ardiente ovación
   que sólo es debida
   al sumo Hacedor!
   Cercano el instante
   señala el reloj.
310
TIEMPO
   ¡Ya Madrid entero
   al templo llegó!
CORO

(Mayor y aún más cerca.)

   Entremos, salvemos
   de vil deshonor
la tumba gloriosa
315
   del gran CALDERÓN.
IGNORANCIA
   ¡Oh! ¡Pese al infierno!
   ¡Desoyen mi voz!
   Mas ¡ay! aún es tiempo
   de que triunfe yo...
320
   ¡Los últimos granos,
   los últimos son!...
   ¡Ya llegó la hora!...

(Campanada.)

   ¡El templo se hundió!

(Gran ruido de desplomarse un edificio.)

TIEMPO
¡Salvose la tumba
325
   del gran CALDERÓN!

(Descúbrese en el foro un magnífico templo, en cuyo centro se eleva el sepulcro de Calderón, con su retrato o busto, iluminado todo de un vivo resplandor. Al pie del sepulcro está LA RELIGIÓN: a sus pies EL INGENIO adorándola. Al mismo tiempo que esto aparece, la corona y cetro de LA IGNORANCIA caen al suelo, y ella también a los pies dEL TIEMPO que le ha echado encima las cadenas, y amagándola con la segur, le señala el sepulcro. Música brillante.)

CORO
   Madrid generoso
   la tumba salvó
   del ínclito padre
   del drama español.
330
   Rindamos honor
al poeta que admira la tierra,
al genio sublime del gran CALDERÓN.
RELIGIÓN
La cristiana religión
te acoge en su templo santo
335
y te cubre con su manto,
tumba del sabio varón.
En esta augusta mansión,
donde postrado el mortal
adora al Ser eternal,
340
descansa en tranquila calma,
como descansa su alma
en la mansión celestial.

(Dirigiéndose a LA IGNORANCIA.)

Y tú, aborto del abismo,
que hiciste al mundo temblar
345
mostrándole en mi lugar
el monstruo del fanatismo:
ya del largo parasismo
en que sepultado fue
despierta el hombre, y me ve
350
en mi forma verdadera,
sin más puñales ni hoguera
que la esperanza y la fe.
En estos dones me fundo:
que con la fe y la esperanza
355
gloria en los cielos se alcanza
y también gloria en el mundo.
Que sin el celo profundo
que da la fe al corazón,
sin el punzante aguijón
360
de la esperanza de nombre,
no hallara en su pecho el hombre
el fuego de inspiración.
De esa inspiración divina,
rayo de lumbre fulgente,
365
que purifica la mente
y a los cielos la avecina:
no de la que el alma inclina,
satánica inspiración,
a romper de la razón
370
y de la virtud el freno
y a revolcarse en el cieno
de su indómita pasión.
Ingenios de España, huid
esa inspiración bastarda,
375
y del que esa tumba guarda
el alto ejemplo seguid.
No siempre en amarga lid
rendido el hombre sucumba,
si el vicio en torno retumba;
380
no le pintéis despeñado
y, de Dios abandonado,
buscando amparo en la tumba.
No será: que al contemplar
ese pueblo que a porfía
385
en este solemne día
sabe las letras honrar;
puedes, ¡oh España!, exclamar:
«Alzo mi frente serena
y espero, de gozo llena,
390
que tendrán con nuevo brillo,
la pintura otro MURILLO,
y otro CALDERÓN la escena.»
CORO
   Madrid generoso
   la tumba salvó
395
   del ínclito padre
del drama español.
Rindamos honor
al poeta que admira la tierra,
al genio sublime del gran CALDERÓN.
400

Parte lírica

A don Alberto Lista en sus días

Oda

    Del blando lecho de Titón hermoso

   la sonrosada aurora

gallarda se lanzó: rauda traspasa,

precursora del astro refulgente,

   los piélagos de Tetis,

y a los campos llegó que riega el Betis.

Oye la lira y el cantar sonoro

   del inmortal Fileno7,

que la inocencia lamentó perdida;

el vuelo enfrena, y al felice vate

   que admiración inspira,

«¿Qué cantas, dice, en la templada lira?

¿Segunda vez, acaso, la inocencia,

   de la tierra alejada

lamentas, o de nuevo el fiero trono

que la superstición erige altiva

   y el negro fanatismo

lanzas a la mansión del hondo abismo?»

«No, le responde el vate, interrumpiendo

   su dulcísimo canto:

el fiero monstruo que mi voz hundiera,

para siempre le hundió: la virtud pura

   a la tierra tornada,

tiene en ella por fin digna morada.

Que Anfriso nace; y la virtud sublime,

   la cándida inocencia

fugitivas doquier, buscando errantes

asilo do morar, vieron su pecho

   y en su pecho anidaron,

y virtud e inocencia le inspiraron.

Este día feliz, cuyos albores,

   bella Aurora, derramas,

le vio nacer: el caudaloso Betis,

torciendo ufano su corriente pura,

   besar la cuna quiso

do reposaba el envidiado Anfriso;

y la orgullosa frente levantando,

   de laurel coronada,

al sacro Tajo, al rápido Garona,

y al Ródano y al Po y al Manzanares

   la vista audaz tendía,

clamando ufano: «¡La victoria es mía!»

En su cándida mente el mismo Apolo

   la ternura derrama

de Anacreón, y del sublime Horacio

la poderosa enérgica armonía;

   baja del Pindo y llega

y su templada cítara le entrega.

Anfriso canta; y Píndaro y Horacio

   y cien vates y ciento

cantan, y ceden al cantor del Betis,

y la vencida cítara deponen;

   y el coro de Helicona

su docta frente de laurel corona.

Ya las cuerdas hiriendo dulcemente,

   las blandas guerras canta

de la madre de amor; ya mas robusta

la voz engrandeciendo, tu salida,

   del día precursora,

mensajera del Sol, celeste Aurora.

Canta la tolerancia8, y a sus ecos

   la espelunca horrorosa

crugiendo se desploma y sus ruinas

y sus ministros bárbaros consume

   la hoguera aborrecida

en su seno por siglos encendida.

Pregunta al justo quién el dulce encanto

   de la virtud divina

en su pecho inspiró: pregunta al malo

quién su maldad impávido combate;

   pregunta a los pastores

si amores sienten cuando canta amores.

A mi pecho pregunta, do se anida

   inextinguible fuego

de sagrada amistad. Sí, caro Anfriso,

tuya es mi voz, mi dulce risa tuya,

   tuyo mi triste llanto.

Mi voz remedo informe de tu canto.»

Dijo Fileno; y con el plectro de oro

   hirió la acorde lira;

y en los senos del Betis cristalino

el canto resonó. La frente alzando

   el Dios lo escucha atento:

callan las aves: enmudece el viento.


1823.

Al rey don Fernando VII en su vuelta a Madrid, después de pacificar la Cataluña

Canto épico9

    Hijos de Iberia: los que el muro alzado

circunda invicto de la gran Sevilla:

los que enfrena en su término sagrado

del gaditano mar la ardiente orilla:

noble gallego: cántabro esforzado:

los que sustenta la feraz Castilla:

mi voz por vuestros campos se dilate;

la lira pulse el inspirado vate.

No el sangriento laurel bañado en lloro,

que orló la frente al vencedor de Jena,

cantaré, ¡oh patria!, que mi lira de oro

nunca entre horror y mortandad se suena.

No el brazo vengador que al torvo moro

lanzó de Libia a la abrasada arena;

ni al tremendo cañón de Navarino,

la rota entena, el abrasado lino.

Otro eternice su funesto nombre,

cuando las lides y la muerte entona,

y al escucharlo en el hogar se asombre,

y al hijo estreche la infeliz matrona:

jamás el hombre degollando al hombre

en los horrendos campos de Belona

a mi blando laúd fue digna hazaña:

pueblos, yo canto al bienhechor de España.

Tú, numen tutelar del pueblo ibero;

tú, domador de la morisma impía,

que en la mezquita del alarbe fiero

los pendones dejaste de María;

tú, que a Fernando el áspero sendero

mostrar supiste que al empíreo guía,

tú me inspira, y mi voz al aire dando,

cantaré las virtudes de Fernando.

A la sombra de un sauce reclinado,

que retrata en su linfa Manzanares,

do en otro tiempo el corazón llagado

se exhalaba en tristísimos cantares;

al dulce olor del viento embalsamado,

libre el pecho de bárbaros pesares,

el astro hermoso de la luz miraba,

que a los mares atlánticos bajaba.

Entre celajes su encendida hoguera

por el ancho horizonte se derrama,

y al terminar la plácida carrera,

templada brilla su fulgente llama:

el fuego inspirador mi pecho altera;

la voz se eleva, el corazón se inflama;

y arrebatada vuela mi memoria

a los pasados siglos de la historia.

Miro a Régulo impávido marchando,

entre el clamor de la llorosa plebe,

donde el fiero sayón le está esperando

y perecer entre tormentos debe:

a Aníbal miro con su hueste hollando

de las alpinas cumbres la honda nieve;

y a un ejército entero haciendo frente

a Cocles miro en el cortado puente.

Vagaba así mi ardiente fantasía;

y entre el bullir de las inquietas olas

Manzanares su frente descubría,

coronada de juncos y amapolas;

en la siniestra mano suspendía

el blasón de las armas españolas:

así suena su voz; y humilde para

su blando ruido la corriente clara.

«¿Por qué de Roma tu ofuscada mente

hazañas busca en la remota historia?

¿Para asombrar a la futura gente

no basta acaso la española gloria?

Cuando virtud y honor tu lira intente

eternizar del mundo en la memoria,

los campos corre de la madre España

y cada monte te dirá una hazaña.

Tiende la vista a la encumbrada peña

donde el Astur su independencia adora;

mira de Cristo a la triunfante enseña

despavorida la falange mora:

mira humillada la soberbia isleña

ante la ibera hueste vencedora:

el abatido orgullo de la Francia,

los abrasados techos de Numancia.

Mas ¡ay! ¿qué grito de victoria suena

al repetido herir del arpa de oro?

¿Por qué el ronco cañón súbito truena?

¿A quién celebra el matritense coro?

¿Oyes el himno que los aires llena?

¿Oyes del parche el retumbar sonoro,

y en las torres del templo estremecido

el trémulo sonar del bronce herido?

Victoria clama al inmortal Fernando

la campiña en que el Ebro se derrama;

el clarín de la fama retumbando,

¡Gloria a Fernando! por los aires clama.

Llegó, miró, triunfó; pero triunfando,

no la venganza el corazón le inflama,

que si humillarlos el monarca anhela,

también Amalia a perdonarlos vuela.

En el regazo de la paz amiga

la venturosa España reposaba;

el labrador descanso a su fatiga

en el hogar pacífico encontraba;

con blando susurrar la rubia espiga

el inocente céfiro halagaba;

y el libre arroyo, rápido saltando,

iba las florecillas salpicando.

Truena indignada la tartárea roca,

y envuelto lanza en encendida nube

del negro Averno la escondida boca

al triste mundo el infernal querube:

muere la hierba que su planta toca;

el ronco ahullido hasta el empíreo sube;

y vuela ardiendo en furibunda saña

a los campos católicos de España.

De su fétido aliento el soplo inmundo

los catalanes campos infestando,

vierte el veneno que abortó el profundo

en corazones que rigió Fernando.

Guerra declara al angustiado mundo:

fiero convoca el seducido bando:

su voz envuelta en macilenta llama,

¡Victoria al Orco! enronquecida clama.

Su voz retumba en la celeste almena,

do resplandece el serafín armado:

en la diestra del Dios que el mundo truena

el rayo vengador bulle indignado.

No a quebrantar la bárbara cadena

vuela otra vez el escuadrón alado:

Tú, Fernando, serás, dijo el Eterno;

y temblaron las huestes del Averno.

Entre los brazos de su dulce esposa,

Fernando oyó la voluntad del cielo:

al campo va, y Amalia congojosa

en llanto de dolor inunda el suelo.

«Marcha, le dice, y de la paz hermosa

torna a la Iberia el bienhechor consuelo:

la verde oliva enlaza a tu corona:

vuela, esposo, a triunfar; triunfa y perdona.»

No armando el brazo de tajante acero

hiere el bridón con bélico acicate:

no circundado de escuadrón guerrero

lánzase airado al funeral combate:

inerme y solo en el tumulto fiero

su noble frente al sedicioso abate;

y huye, la rabia inútil exhalando,

el infernal espíritu bramando.

Huella Fernando la extinguida tea,

y el rayo de la paz brilla más puro;

ni en sangre tinta la campaña humea,

ni ostenta escombros de rompido muro.

El pendón de concordia al aire ondea,

al ronco retumbar del bronce duro;

y entre el rumor de armónicos cantares

torna Fernando a sus augustos lares.

Por contemplar su rostro soberano,

¡cuál corre el pueblo con ardiente anhelo

y en sus trémulos brazos el anciano

alza gozoso al tierno nietezuelo!...

Pulsa el laúd; que si el acento humano

a tanto puede remontar su vuelo,

tu canto, por la fama conducido,

vencerá las injurias del olvido.

Yo cantaré mientras la mente mía

el soplo celestial fecundo inflame

y el puro rayo del luciente día

en mí su influjo inspirador derrame.

Por cuanto el claro sol su luz envía,

tu triunfo, ¡oh rey!, el universo aclame:

tú enjugaste de Iberia el triste llanto:

tuya es mi débil voz; tuyo mi canto.

Tú, dulce Amalia, de virtud modelo;

tú, del pueblo español amparo y guía,

a quien su lumbre inspiradora el cielo

y su arpa de oro el serafín confía;

si de tu voz el remontado vuelo

seguir intenta osada la voz mía,

grato será a tu pecho generoso;

que glorias canto de tu dulce esposo.

A ti, padre del pueblo que te adora,

lleguen los ecos de mi humilde lira;

y mi voz de los siglos vencedora

será, gran rey, si tu virtud me inspira.

Ya del ocaso a la radiante aurora

la ilustre gloria de tu nombre gira:

ya por los aires resonar se escucha:

«¡Gloria inmortal al que venció sin lucha!»


Agosto de 1828.

Cantata epitalámica

En las bodas de Filena

AMOR, HIMENEO

AMOR
Numen que el mundo adora y aborrece,

   Himeneo tirano,

   destructor inhumano

de la hermosura que mi imperio ofrece,

¿qué te conduce aquí? ¿Tornas de nuevo

   con tu falaz promesa

   de falsas alegrías,

   de caducos placeres,

   y de las ninfas mías

la más hermosa arrebatarme quieres?

   Alado cefirillo,

yo haré que eternas, espirando olores,

   vivan las gayas flores

de ese pensil donde contento vagas,

si vuelas hoy al bárbaro Himeneo

y el ala bates y la antorcha apagas

que entre sus manos agitarse veo.

Terrible Dios, ¡piedad! Esa Filena

es la columna del imperio mío:

su palpitante pecho es la azucena

   donde oculto me río

acechando rebeldes corazones

   que hieren mis arpones

   y rindo por despojos

a la celeste lumbre de sus ojos.

¿Has visto al huracán enfurecido,

   que con bramido ronco

   en el vergel florido

   abate el verde tronco

   que sustentaba ufano

   tres hermosos claveles?

   Pues tú, numen tirano,

tú eres el huracán de mis vergeles,

   tú destrozas mis flores,

tú dejas ¡ay! el mundo sin amores.

   Tente, importuna Aurora,

   funesta precursora

   del malhadado día;

tente, no alumbres la desdicha mía.

   Contempla de tu esposa,

feliz Titón, la cándida hermosura;

no permitas que parta presurosa,

   y con amantes lazos

   estréchala en tus brazos;

nadie sus quejas alzará al Olimpo;

que cuando asoma a la afligida tierra,

   su antorcha alumbra sólo

   rencor y llanto y dolo,

y negro crimen, y sangrienta guerra.

¡Inútil demandar! Por el Oriente

la pérfida, anunciando el triste día,

   muestra su faz riente.

   ¡Oh desventura mía!

¡Es ella, sí!... Ni escucha mis gemidos,

   ni le duele mi pena...

¡Lució! ¡Lució! -Funesto en mis oídos

   el canto epitalámico resuena.

   ¡Adiós, crudo Himeneo!

   Yo parto: vendrá un día

   en que la ausencia mía

   despierte tu dolor.

   Que nunca a tus esposos

   darás dulces instantes,

   si no los hace amantes

   la flecha del Amor.

HIMENEO
Bellas ninfas del patrio Manzanares,

a Himeneo cantad. -La linda Aurora,

de los tranquilos mares desprendida,

se alza al Olimpo ya, y al Dios del rayo

del nuevo Sol anuncia la salida.

¡Sol de Himeneo, ven! Tu inmensa llama

   del enlace dichoso

digna antorcha será: tu lumbre pura

   que el universo llena

   refleje de Filena

   la cándida hermosura.

El pronuncia; y de carmín bañada

   la nieve de su frente,

   dirige su mirada

   placentera, inocente,

   al esposo felice,

   y «tuya soy» le dice.

En sus amantes brazos se reclina,

y al beso conyugal modesta ofrece

la púdica mejilla ruborosa,

como al soplo del céfiro se mece

sobre tallo gentil purpúrea rosa.

   No apagues la pura llama

   que en su corazón ardía,

   si tú la victoria mía

   quieres, Amor, coronar.

   Guarda benigno en su pecho

   de tu dulce fuego un rayo,

   como alumbra el sol de mayo,

   que brilla sin abrasar.

AMOR
¿A qué me llamas? De tu triunfo goza,

   y gózate en mi duelo;

que yo al regazo de mi madre vuelo.

HIMENEO
¡Yo en tu duelo gozar! ¡Yo que mi triunfo

   a coronar te llamo!

¿Qué es sin ti mi poder? ¿Qué es Himeneo

   si en torno Amor no vuela?

¡Raudal fecundo que el invierno hiela!

   Mil veces de tus ninfas

dispuse a mi placer; ¡en cuántos pechos

   arde la dulce llama

de conyugal amor, y de tu templo

por siempre los robé! Nunca en tu rostro

   el llanto ni la pena...

AMOR
¡Ay que no me robabas a Filena!

   el lindo pie de Amira,

cuando en la danza volador giraba,

   un corazón me daba;

   los ojos de Glicera,

cuando vivas centellas despedían,

   un pecho me rendían;

   el cabello de Lesbia,

cuando al soplo del céfiro ondeaba,

   un alma me entregaba;

   mas ¡ay! en mi Filena

el talle, el pie, los ojos, el cabello,

   todos eran arpones,

todos me cautivaban corazones.

   ¡Tirano! ¡Y tú me robas

la que más triunfos a mi imperio daba!

   ¡Adiós! En esta encina

el arco inútil colgaré y la aljaba.

   Yo parto: Amor ausente

la rosa virginal de su inocencia

   no verá deshojar...

HIMENEO
   Amor, detente.

Cuelga a tus hombros la dorada aljaba,

vuelve a empuñar el arco omnipotente.

   No cual ciego imaginas

tu imperio feneció. La vista torna:

   mis ninfas peregrinas

   tus leyes obedecen,

y a las agudas puntas de tus flechas

el inocente corazón ofrecen.

Y crecerá tu imperio. -De Filena

el escondido porvenir dudoso

yo en las obscuras páginas he visto

del destino inmutable y misterioso.

Larga prole de hermosas dar promete

a su materno amor: que tuyas sean;

para ti crecerán, en hermosura

   iguales a Filena,

de candor, de virtud, de gracia ejemplo;

   y en sazonado fruto

yo cien Filenas te daré en tributo

por una sola que robé a tu templo.

   Injusto dios vendado,

   de este modo Himeneo

la ruina de tu imperio ha decretado.

¿Has visto al huracán enfurecido

   arrebatar bramando

   la rosa nacarada,

   honor de la pradera,

   del ámbar perfumada

aliento de la dulce primavera?

La roba, sí; mas por el blando suelo

   sus pétalos derrama,

y al punto brota la fecunda tierra;

   y el campo engalanado

   así cien flores goza

por una flor que el huracán destroza.

AMOR
   ¿Qué flor en mis vergeles

igualará a la flor que tú me robas?

Mi poder acabó: rebelde el mundo

   burlará mi cadena.

Mortales, respirad: perdí a Filena.

HIMENEO
No la perdiste, Amor. -Si es tu deseo

sólo flechar incautos corazones,

no la perdiste, Amor.

AMOR
   ¡Habla, Himeneo!

HIMENEO
   Nuestro poder unamos

   y de Filena hermosa

el tormento y placer del mundo hagamos.

   Yo su mirada artera,

   su sonrisa hechicera,

   su habla encantadora,

su mano de marfil, su pie gallardo,

   te cedo desde ahora:

sólo su corazón para mí guardo.

Escóndete en la nieve de su pecho,

   asesta tus arpones,

   cautiva corazones:

   cien amantes heridos

       adórenla rendidos;

       y a la virtud ligada

   por mágica cadena,

a su esposo no más ame Filena.

AMOR
Ven, hermano de Amor, ven a mis brazos.

       ¡Oh dicha inesperada!

¿Qué otra victoria a mi poder agrada?

   Herir sin ser herida

es de mis ninfas ley: ame en buen hora

   a su feliz esposo;

que a mí me basta, oculto entre los rizos

   de su negro cabello,

o en los hoyuelos de su dulce risa,

ostentar mi poder flechando el seno

   de cien y cien amantes,

   que caigan delirantes

   a sus plantas rendidos,

y de amor y desdén a un tiempo heridos.

HIMENEO
¡Oh venturosa unión! -Llévense luego

   los vientos del olvido

la contienda fatal. -Amor, volemos;

y el tálamo de rosas coronando,

el enlace feliz juntos cantemos.

   Bajad, del sacro Olimpo

   alados moradores.

AMOR
   El lecho orlad de flores,

   ministros del amor.

HIMENEO
   Goce Filena hermosa

   perpetua primavera.

AMOR
   Nunca su pecho hiera

   la espina del dolor.

HIMENEO
   Yo haré que en dulce dicha

   correr sus años mire.

AMOR
   Yo haré que el orbe admire

   su mágica beldad...

HIMENEO
   No perderá su talle

   la esbelta gentileza.

AMOR
   Triunfará su belleza

   del tiempo y de la edad.

EL POETA
Y tú perdona si mi humilde lira

tu hermosura a cantar y la alta pompa

de tus ilustres bodas hoy se atreve.

Cese ya la ficción: no es a Filena

   a quien mi canto suena:

a ti, Señora, que la noble frente

de majestad y de candor ceñida

   entre hermosuras tantas,

gloria y adorno de Madrid, levantas,

   cual suele en la pradera

   cuando a la excelsa nube

alto ciprés entre tomillos sube.

Tu frente, sí, tu frente a quien por alto

misterioso decreto roba el cielo

   la diadema esplendente

   que de tu grande abuelo

el Sabio Alfonso coronó la frente10.

Mas qué digo, insensato. -¿Acaso pudo

   el imperio arrancarte?

Natura te le da. -Mira a tus plantas

si la sangre real hierve en tus venas

   y te agradan despojos

cuantos te ven, vasallos de tus ojos.


Imitación de los Salmos

¡Ay! No vuelvas, Señor, tu rostro airado

   a un pecador contrito.

Ya abandoné, de lágrimas bañado,

   la senda del delito.

Y en ti, humilde, ¡oh mi Dios!, la vista clavo,

   y me aterra tu ceño;

como fija sus ojos el esclavo

   en la diestra del dueño.

Que en dudas engolfado, hasta tu esfera

   se alzó mi orgullo ciego,

y cayó aniquilado cual la cera

   junto al ardiente fuego.

Si en profano laúd lanzó mi boca

   torpes himnos al viento,

yo estrellaré, Señor, contra una roca

   el impuro instrumento.

Levántate del polvo, arpa sagrada

   henchida de armonía.

Y tú, por el perdón purificada,

   levántate, alma mía.

Y yo también al despuntar la aurora,

   y por el ancho mundo

cantemos de la diestra vengadora

   el poder sin segundo.

Te cantaré, ¡oh mi Dios!, cuando te plugo

   bajo tu amparo y guía

a Israel acoger, que bajo el yugo

de Faraón gemía.

Del tirano en el pecho diamantino

   pusiste fiero espanto.

Tembló: tu brazo conoció divino;

   soltó tu pueblo santo.

El mar lo vio y huyó: de enjuta arena

   ancha senda le ofrece:

síguelo Faraón... -La mar serena

   lo traga, y desparece.

Violo el Jordán, y huyó: monte y collado,

   cual tierno corderillo,

saltaron de placer: el risco alzado,

   cual suelto cabritillo.

¡Oh mar! ¿Por qué tus aguas dividiste

   y a Faraón tragaste?

¿Por qué, humilde Jordán, retrocediste?

   Monte, ¿por qué saltaste?

Ante el Dios de Jacob tembló la tierra;

   las trompetas sonaron;

parose el sol, y Gabaón se aterra;

   ¡y los tuyos triunfaron!

Y brotaste, Señor, de piedra dura

   agua en mansa corriente,

y aplacó de tu pueblo su dulzura

   allí la sed ardiente.

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,

   al que enjugó tu lloro:

acompañe la cítara tu canto,

   y el tímpano sonoro.»

Lánzase al hondo mar, con mente ciega,

   osado el marinero,

y pide al polo el que la mar le niega

   ya borrado sendero.

Huye a tu voz el céfiro suave;

   y el hondo mar turbando

cruzan los vientos, y la triste nave

   combaten rebramando.

Ya sube al firmamento, ya desciende

   al abismo horroroso;

ruge el trueno: veloz el aire hiende

   tu rayo fragoroso.

Gime el nauta y te implora, y aplacado

   lo miras con ternura.

El vendaval es céfiro: el hinchado

   mar, tranquila llanura.

«Canta, Isabel, al Justo, al Fuerte, al Santo,

   al que enjugó tu lloro:

acompañe la cítara tu canto,

   y el tímpano sonoro.»

Los tiranos del mundo en liga impía

   para el mal se adunaron,

y a la incauta Israel: «¡Dios nos envía!»

   desde el solio gritaron.

Y entre sí concertados: «Fiera lucha

   al justo renovemos:

blasfememos, que Dios no nos escucha:

dios no ve: degollemos.»

Dijeron, y no son. -Su raza impía

   cual humo se deshizo.

¿No oirá quien dio el oído? ¿No vería

   el que los ojos hizo?

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,

   al que enjugó tu lloro:

acompañe la cítara tu canto,

   y el tímpano sonoro.»

Los impios que tus casas allanaron

   de uno al otro horizonte,

y con hachas sus puertas destrozaron

   como leña del monte;

los fuertes, que se alzaban cual montaña

que a las nubes se eleva,

desparecieron como débil caña

   que el huracán se lleva.

Los robustos de Edón y los tiranos

   de Moab ¿qué se hicieron?

El Señor los miró, y abrió sus manos,

   ¡y al abismo se hundieron!

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,

   al que enjugó tu lloro:

acompañe la cítara tu canto,

   y el tímpano sonoro.»


1826.

El canto de la Esposa

Imitación del Cantar de los Cantares

LA ESPOSA
Ven a tu huerto, Amado;

que el árbol con su fruto te convida,

   y el céfiro callado

   espera tu venida:

tú al céfiro y al huerto das la vida.

   La aurora nacarada

desdeña esquiva la purpúrea rosa,

   a la tierra inclinada:

   la abeja silenciosa

ni en torno gira, ni en la flor se posa.

   Ni a su consorte halaga

el ruiseñor, sin ti cantando amores;

   ni mariposa vaga

   entre las gayas flores,

desplegando sus alas de colores.

   Ven a tu huerto, Esposo;

ven a gustar las sazonadas pomas

   en mi seno amoroso;

   ven, que si tú no asomas,

sin ti mi seno es huerto sin aromas.

   Ven, que por ese prado

el sol ardiente tus mejillas tuesta:

   aquí el roble copado

   blanda sombra nos presta,

y en mi regazo pasarás la siesta.

   Yo duermo en mi morada;

mas del Esposo, el corazón velando,

   espera la llegada.

   Ya oí su acento blando;

el Esposo a mi puerta está llamando.

EL ESPOSO
   Abre, Esposa querida;

no te detengas, no, consuelo mío;

   ábreme por tu vida;

   que yerto estoy de frío,

mis cabellos cubiertos de rocío.

LA ESPOSA
¡Ay que el desnudo pecho

temo al aire sacar, Esposo amado,

   de mi caliente lecho!

   ¡Ay que el pie delicado

temo llegar al pavimento helado!

   Sus dedos el Esposo

entró por los resquicios de la puerta:

   a su tacto amoroso

   mi corazón despierta,

y toda tiemblo avergonzada, incierta.

   Alceme presurosa

para abrir al Esposo que esperaba,

   y mirra muy preciosa

   mi mano destilaba,

que corrió por los gonces de la aldaba.

   Mas el Esposo amado

no me esperaba, ¡ay triste!, y era ido

   celoso y despechado.

   Mi acento dolorido

llámale, y no responde a mi gemido.

   Los guardas me encontraron

que la ciudad custodian, y me hirieron,

   y el manto me quitaron,

   como sola me vieron,

y ramerilla pobre me creyeron.

   Doncellas de Judea,

si por dicha encontráis mi fugitivo,

   decidle que no sea

   con su adorada esquivo,

que ya morada y lecho le apercibo.

   ¿Conocéis por ventura,

castas doncellas, a mi Esposo ausente?

   Gallarda es su figura

   como el cedro eminente,

y bruñido marfil su tersa frente.

   Conoceréis quién sea,

si al verle os encendéis con fuego vivo.

   Doncellas de Judea,

   traedme al fugitivo;

que amor y esposa y lecho le apercibo.


1825.

Que se cantaron en palacio la Nochebuena de 1844

CORO
Al himno que los ángeles

entonan en el cielo

unamos nuestros cánticos

desde el humilde suelo:

cantad, cantad, mortales,

al Niño Redentor.

Hossana al Unigénito

que del celeste trono

hoy baja a ser la víctima

del mundanal encono.

Hossana al que desciende

en nombre del Señor.


COPLA QUE CANTÓ LA REINA ISABEL
Cual de remotos climas

los reyes se acercaron

y humildes adoraron

la cuna de Belén,

permite que, depuestos

corona, cetro y manto,

en tu pesebre santo

te adore yo también.


COPLA QUE CANTÓ LA INFANTA LUISA, SU HERMANA
La estrella rutilante

que al pueblo señalaba

la senda que guiaba

al místico portal,

de la virtud cristiana

la senda me ilumine,

y salva me encamine

al reino celestial.


COPLA QUE CANTÓ LA REINA MADRE DOÑA MARÍA CRISTINA
A ti, que en esta noche,

bañada en llanto tierno,

de dulce amor materno

sentiste el vivo ardor,

te ruego, ¡oh virgen Madre!,

que el sacro manto extiendas

sobre las caras prendas

de mi materno amor.


A mis amigos

No muera, amigos, en el pecho helado

tímido el fuego creador del genio:

llega el momento en que la lira el libre

   cántico suene.

Ese que os hizo de abundante vena

rico presente la deidad del Pindo,

no es vuestro sólo; de la patria es feudo:

   ella lo pide.

«¡Ay! ¡De la patria!..., preguntar os oigo:

¿Dó está la patria?... Al corazón no llega

del que contento en la cadena vive

   himno sonoro.

Francia que el trono de ignominia, alzado

de Waterloo sobre los muertos héroes

fiero padrón de servidumbre indigna

   rompe y sepulta.

Francia en buen hora renacer la dulce

lira contemple en que cantaba Horacio

rotos al bote de romana lanza

   Partos y Medos.

Goce al cantor de las Mesenias11, goce,

   Alfonso12, tu gigante numen;

Píndaros tenga la que tiene tantos

   héroes cual hijos.

¡Ay de nosotros! -Sobre todos cruje

látigo alzado déspota altanero,

y hunde en el polvo y con la planta huella

   liras y leyes.»

Sí; mas la Musa que inspiró el robusto

son que la trompa eternizó de Herrera,

cuando Lepanto enrojeció con turca

   sangre sus olas;

y la que tierna suspiró en Rioja,

la que del Tormes encantó las aguas,

todas llorosas os demandan nuevas

   aras y culto.

«Jóvenes, dicen, a la dulce sombra

de ese laurel que vuestra frente anhela,

santa amistad y poesía junten

   vates hermanos.

Harto las iras de belleza ingrata

supo ablandar enamorado canto,

y vuestra lira enguirnaldó de rosas

   alma ciprina.

Otros acentos las Pimpleas aman,

cuando despunta suspirada aurora,

pruebe a lanzar el inflamado plectro

   ronca tirteida.

¿Veis? Ya Pirene de sus cumbres lanza

hijos de Iberia que a salvarla vienen13.

¿Veis? Ya el tirano en su caduco trono

   pálido tiembla.

¡Caros alumnos! A la nueva patria,

ya desligada de servil coyunda,

himnos de gloria y libertad la corva

   cítara ensaye.»


Madrid, 1830.

Al Excmo. Sr. Duque de Frías en la muerte de su esposa

Elegía

¿Quién a mi frente ciñe

el funeral ciprés? ¿La destemplada

lira de Young entre mis manos yertas

quién viene a colocar? ¿Quién a mi pecho

   pide lúgubre canto?

¿Quién agolpa a mis párpados el llanto?

   Santa amistad, perdona.

Si alguna vez a tu celeste influjo

pude el canto ensayar, destellos eran

del juvenil ardor: nunca del genio

   la antorcha refulgente

con su lumbre inmortal ardió en mi mente.

   A tu demanda en vano

llamo la inspiración: lágrimas sólo,

lágrimas te daré. Si el llanto es digno

tributo a la beldad que hundió en la tumba

   la Parca devorante,

¡ay! yo la lloraré: ¡que otro la cante!

   A la hermosura, al alto

ejemplo de virtud, dotes que unidas

ve el mundo rara vez, ¿qué humano pecho

niega su admiración? Hijos de Iberia,

   que el sacro Pindo inspira,

piedad enmudeció: pulsad la lira.

   Sonó el himno: Barcino,

Madrid, y el Sena y el Adur lo oyeron.

en el inerte mármol, en el mudo

lienzo, al olvido de la tumba arranca

   su forma peregrina,

su celeste beldad, arte divina.

   ¿Cuál es tu triunfo, oh muerte?

¿De tu falsa victoria cuál trofeo

es el que arrastras al sepulcro? En vano

allí tu triste víctima sepultas:

   de tu centro profundo

rayo consolador refleja al mundo.

   Así después que cruza

por el tendido cielo el sol radiante

y en los abismos de la mar se esconde,

melancólica, blanda, halagadora

   luz a la tierra envía,

dulce recuerdo del ardiente día.

   ¡Lloras, mi dulce amigo!

Llanto y no más a su memoria, estéril

holocausto será: más alta ofrenda

pide a tu amor: quien el consuelo hermoso

   de la virtud ignore,

a su muerta beldad eterno llore.

   No tú, que de los cielos

el numen recibiste que tu nombre

hará inmortal, y lauros militares

que tu diestra ganó, y en bien del pobre

   dones de la fortuna,

y heredado blasón de ilustre cuna.

   ¿De labios más queridos

oírlo quieres? Ven: allí se eleva

el gótico recinto: allí dirige

tu planta: llega: sobre el fuerte quicio

   las cinceladas puertas

por invisible impulso mira abiertas.

   Traspasa los umbrales.

Lámpara funeral su tembloroso

rayo refleja en el bruñido mármol

de ostentosos sepulcros: en su centro

   los restos venerables

yacen de los antiguos condestables.

   Mas tus inquietos ojos

buscan la tumba de tu amor. -Escucha:

sordo ruido en su profundo seno

se deja percibir... Álzase en ella

   sobre la abierta losa

una matrona. Mírala: es tu esposa.

   De sus hombros desciende

cándido lino hasta la planta: el negro

cabello ondea en su marmórea espalda:

pálida majestad su noble frente

   y sus mejillas tiñe:

la corona ducal sus sienes ciñe.

   Y con solemne acento

así te dice: -«Treguas, caro esposo,

treguas a la aflicción; harto bañaste

de amargo llanto el solitario lecho:

   tú que lloras mi suerte,

¡si el triunfo vieras que nos da la muerte!

   Aquí no turba el alma

el tronante cañón, la asoladora

lanza que salpicó de humana sangre

los pacíficos campos donde alzamos,

   bajo el pajizo techo,

de nuestro mutuo amor el primer lecho.

   La envidia ponzoñosa,

la calumnia procaz, la tiranía,

la bajeza servil, del mundo, sólo

del mundo son: la adulación traidora,

   que honor mentido ofrece,

en la losa del túmulo enmudece.

   Mas no con llanto estéril:

con la virtud conquistarás, esposo,

este ignorado mundo de delicias.

Virtud costosa, sí; que esta diadema,

   tanto del hombre ansiada,

al bajar a la tumba, ¡cuán pesada!

   No el velo misterioso

me es dado alzar. -¡Adiós! -Conmigo un día

en lazo eterno...» Enmudeció la sombra

y hundiose en el sepulcro; y aún su acento

   «¡Virtud, virtud!» clamaba:

«¡Virtud, virtud!» el templo resonaba.


Julio de 1830.

A la Reina Nuestra Señora doña María Cristina de Borbón, en sus días

Cuando al volver con el ardiente julio

   la bienhadada aurora

en que a tu nombre el español exhala

   himnos de amor, Señora;

el trueno del cañón; en la gigante

   torre, del bronce herido

el trémulo clamor; del ronco parche

   el bélico sonido;

abierto el templo a la plegaria santa,

   do entre la densa nube

del incienso, que al cielo se levanta,

el voto ardiente de las almas sube;

todo es placer y amor: permite, oh Reina,

   que esta olvidada lira,

que ni inmortalidad ni gloria espera,

lance un sonido, y a las plantas muera

de la misma belleza que la inspira.

   Oídos que están llenos

del blando halago del cantar de Laura,

   y del dulce ruido

   que forma triste el aura

meciendo los laureles que la tumba

cubren de Tasso y de Marón... Oídos

   que en la cuna arrullaron

   de Herminia los gemidos,

los tristes ayes del furioso amante,

   y la trompa de Dante...

¡Cómo halagar pudiera, humilde y frío,

el desmayado son del canto mío!

No menos dulce, al rutilar tus ojos

   sobre la cumbre cana

   del alto Pirineo,

unió su voz la musa castellana

al popular ardiente clamoreo.

¡Cristina! -¡Oh! ¡cuál se goza

   mi pecho al recordarlo!

Sí, yo te vi. -De la triunfal carroza,

con galano ademán, dulces miradas

   en el gozoso pueblo,

que en apiñado grupo te seguía,

   amorosa fijabas:

pareciome que tierna preguntabas

a cuántos tristes consolar debías.

A España entera consolaste. ¡Hermoso

iris de paz y amor! Tu ruego puro

   al cielo hizo piadoso,

padre a Fernando, al español dichoso.

........................................................

¡Ay! De tan alta dicha ser no puedo

digno intérprete yo. -Vuelve al olvido

a que el destino te condena, oh lira:

por la postrera vez los vientos hiere:

lanza un sonido, y a las plantas muere

de la misma belleza que te inspira.


24 de julio de 1831.

En el acto de ir la Reina al palacio de las Cortes a jurar la Constitución el 19 de julio de 1837

¡Ah! ¡quién podrá olvidarlo! Una mañana

era diciembre encapotado y frío

al festivo clamor de la campana,

se alzó Madrid en bullidor gentío.

La inmensa muchedumbre, que impaciente

la vasta calle de Alcalá llenaba,

una hermosura de risueña frente

y una esperanza en ella contemplaba.

Su dorada carroza se movía

sobre apiñadas frentes a millares,

y el esquife de Venus parecía

meciéndose en la espuma de los mares.

Aquel mirar de maternal desvelo,

aquella tez de rosa purpurina,

aquel vestido de color de cielo

-¡Ah! ¡quién podrá olvidarlo!- ¡era Cristina!

Mas no sólo la Reina, no la hermosa

en ella absorto el español miraba;

vio en ella una promesa misteriosa

que en el fondo del pecho se ocultaba.

Y la cumplió: que apenas, asombrados,

vimos con rutilantes resplandores

en la margen del Sena tremolados,

iris de libertad, los tres colores;

ella, esperanzas pérfidas burlando,

de llanto de placer sus ojos llenos,

a Isabel en sus brazos levantando:

«Nuestro es el porvenir», gritó a los buenos.

¡Nuestro, sí! Que a esa prenda de ventura

otra prenda feliz hoy acompaña:

el código sagrado, que asegura

trono a Isabel y libertad a España.

Al santo grito la nación responde,

en tu defensa, oh Reina, armando el brazo:

-¿Dó están los ciegos, los ilusos dónde,

que no bendicen tan glorioso lazo?

¿Que inflamados de súbito alborozo,

al mirarte hoy pasar, ángel divino,

no han bañado con lágrimas de gozo

las rosas que alfombraban el camino?

¿Dónde están? -En la hueste rebelada:

allí están; sólo allí. -Los que blasonan

de idolatrarte, libertad sagrada,

hoy se abrazan y olvidan y perdonan.

¡Unión! ¡unión! -¡Oh!, caigan, ciudadanos,

a los pies de Isabel nuestros rencores,

así como arrojaban nuestras manos

a su carroza deshojadas flores.


Julio de 1837.

A la Reina gobernadora doña María Cristina de Borbón visitando el Liceo Artístico y Literario de Madrid

Cuando la griega juventud volaba

   al campo de la gloria,

y al macedón guerrero arrebataba

el sangriento laurel de la victoria:

¿quién a blandir la fulminante lanza

   robusteció su brazo?

En el estrago de feroz matanza

¿quién su pecho alentó, quién, sino el fuego

   del entusiasmo ardiente

que corrió en viva llama por sus venas,

   cuando escuchó elocuente

tronar la voz del orador de Atenas?

   Tú fuiste, oh santo fuego,

tú quien el duro mármol animaba

bajo el cincel del inspirado griego;

tú quien la trompa de Marón sonaba:

en cuanto el mundo a la memoria ofrece

   de eterno, de elevado,

tu creador espíritu aparece;

tú ante el funesto vaso envenenado,

en el alma de Sócrates brillabas,

tú la mano de Apeles dirigías,

en la lira de Píndaro sonabas

y la lanza de Arístides blandías.

   Mas ¡oh!, ¿por qué ofuscada

a tan remota edad vuela mi mente?

   La centella sagrada,

de la aureola de Dios destello ardiente,

que de la antigua Grecia derruida

   el canto melodioso

eternizó y el brazo belicoso,

¿yace entre sus escombros extinguida?

No. -Como chispa eléctrica impaciente

que, presa en frío pedernal, no pudo

brillar, hasta que siente

de acerado eslabón el golpe rudo:

   así en medroso pasmo

   en tu pecho dormía,

juventud española, el entusiasmo;

mas cuando el regio acento generoso

retumbó por los ámbitos de España,

   de el Pirene riscoso

al confín andaluz que Atlante baña;

estalla al fin la mágica centella

   las almas conmoviendo,

y el abatido pueblo se levanta,

   y en sed de gloria ardiendo,

lidia el guerrero y el poeta canta.

¡Todo es ya entusiasmo, todo es vida!

Navarra muestra su campaña en sangre

   de rebeldes teñida;

allí guerrera juventud, clamando

«¡Cristina y libertad!» En ronco acento,

   la espada desnudando,

   la vaina arroja al viento,

y al son del himno nacional se lanza

   con noble bizarría

sobre la hueste audaz que el polvo muerde

en Luchana, Arlabán, Mendigorría.

   Aquí los que sintieron

su pecho palpitar, en mudo asombro

   de rodillas cayeron

   ante la Virgen pura

cuyo rostro de cándida hermosura

y maternal desvelo

reveló al gran Murillo el mismo cielo.

   Los que el sagrado canto

que entonaba León en arpa de oro

   oyen con tierno llanto,

   y al Dios del almo coro

alzan también el cántico sonoro.

   O al robusto sonido

de la trompa de Herrera, ante sus ojos

ven cargadas de bárbaros despojos

a las veleras naves españolas

victoriosas bogar, cuando Lepanto

con turca sangre enrojeció sus olas.

Todos en lazo fraternal unidos,

digno templo a las artes elevando,

preparan ya los himnos merecidos

   y aprestan los pinceles

con que en la edad futura eterna sea

la fama de esa hueste generosa

   que por su reina hermosa

y por la santa libertad pelea.

   Mas ¡oh!, ¿qué nuevo rayo

de luz las liras y los lienzos dora,

como a los campos del florido mayo

el resplandor de la rosada aurora?

   ¿Me engaña mi deseo?

   ¡Vedla!... ¡Es ella!... ¡Es Cristina!

   su presencia divina

baña de lumbre el español Liceo.

   Busca en tu dulce lira

cómo pintar su célica hermosura

   que amor y gloria inspira,

si al humano poder por dicha excedes,

   inspirado poeta:

búscalo tú, pintor, si hallarlo puedes

en el vario color de tu paleta.

   Pintadla augusta, hermosa,

sobre el excelso trono castellano

la frente hollando del rebelde fiero,

   y con risa bondosa

ciñendo de laureles con su mano

al pintor, al poeta y al guerrero.


1838.

A don Mariano Roca de Togores (hoy marqués de Molíns) en la muerte de su esposa

Epístola

Hay en la vida lágrimas, Mariano,

que la amistad contempla silenciosa,

porque enjugarlas intentara en vano.

   Al que las llora en la reciente losa

de un sepulcro do en flor arrebatada

la dulce prenda de su amor reposa,

   no con usados pésames le agrada

ver en el llanto que a sus solas vierte

la majestad de su dolor turbada.

   ¿Pues quién, mi caro amigo, de otra suerte

antes que yo consuelos te ofreciera?

Si heridas que feroz abre la muerte

   mano mortal cicatrizar pudiera,

¿cuál para ti, cuál otra que la mía

más diligente y cariñosa fuera?

   Contigo me crié: contigo un día

en las aulas bebí de San Mateo

el fuego de la hermosa poesía.

   Aún me parece que vagar te veo

con precoz gravedad, cuando sonaban

las suspiradas horas de recreo,

   mientras otros, astutos, se burlaban

del ayo inexorable, y bulliciosos

por el talado jardinillo andaban.

   Allí vimos brotar los generosos

alientos de cien jóvenes, que ahora

son en ciencia y valor nombres gloriosos.

   Allí rayar en su brillante aurora

de Espronceda, ¡oh dolor!, el genio ardiente

que el soplo de la muerte heló a deshora.

   Allí León el ánimo valiente

apercibía a la inmortal jornada

que vio de Huesca la asombrada gente.

   Allí Pezuela en lira delicada

probó la diestra que empuñar debía

la épica trompa y la fulmínea espada.

   Allí Ochoa, de ciencia y poesía

apurando el raudal con noble empeño,

labraba su futura nombradía.

   Allí en tono, ora grave, ora risueño,

rico de inspiración sonaba el canto

de Felipe, el satírico limeño.

   Allí otros mil... -¡Oh fugitivo encanto!

¡Oh sonrisa primera de la vida!

¡Recuerdo de placer, que arranca llanto!

   ¿Y qué, Mariano, la ilusión perdida

de la edad infantil, en noche obscura

nos dejó acaso el alma sumergida?

   ¿No hay ya un rayo de luz serena y pura?

¿Es este mundo una región de duelo,

de desesperación y de amargura?

   ¡No, no es verdad! -Del nebuloso cielo,

del negro septentrión esa herejía

vino en traje francés a nuestro suelo.

   ¡Todos pecamos! -Yo también un día,

gimiendo adrede, por seguir la usanza,

vime arrastrado en la común manía

a esa espelunca do a leer se alcanza

sobre la puerta con azufre escrito:

«¡Ay! Dejad, los que entráis, toda esperanza.»

   Allí en verso trotón y a voz en grito

lloraba su vejez anticipada

un melenudo imberbe mancebito.

   Otro de la romántica pleyada,

que tres lustros de edad mostraba apenas

al blando arrullo de niñez mimada,

   lloraba desengaños a docenas

de esta imperfecta sociedad que al hombre

ata, al nacer, con grillos y cadenas.

   Y porque más su desventura asombre,

quejábase también de estar minado

de una secreta enfermedad sin nombre.

   ¡Era un vivir aquel desesperado!

Sólo se oía en recia taravilla:

¡Maldición! por un lado y otro lado.

   Por fin de aquella fiera pesadilla

conseguí despertar con trasudores

a las voces de Lista y Hermosilla.

   Y al contemplar de nuevo los albores

del sol que en torno a mí la densa bruma

disipaba con vivos resplandores,

   dije: ¡Gracias a Dios! -Pues ni me abruma

la sociedad, ni anillo con veneno

llevo, ni tengo mal que me consuma;

   ni he sido de fortuna tan ajeno

que un fiel amigo, una mujer constante

no hallase alguna vez; yo no soy bueno

   para tanto gemir. -Extravagante

empeño es sepultarse de por vida

en el infierno bárbaro del Dante

   y no vagar, con alma embebecida

en trinos de aves y en olor de rosas,

por los jardines mágicos de Armida.

   Mis ojos otra vez a las hermosas

regiones se alzan del sereno polo

a buscar sus deidades fabulosas;

   que yo la lira del crinado Apolo,

que invoqué tantas veces, al ruido

de las doradas ondas del Pactolo,

   no he de trocar por el feroz graznido

del repugnante pájaro que viene

del hedor de las tumbas atraído;

   y prefiero las aguas de Hipocrene

a esas lagunas cenagosas, donde

blanca fantasma su morada tiene,

   y al que pide favor sólo responde

con un ósculo hediondo y un acero

que entre los pliegues de su manto esconde.

   Álcese Byron de su numen fiero

en las alas flamígeras, y escoga

a su espíritu audaz nuevo sendero.

   Tímido el mío a tanto no se arroja,

y me conduce por la usada huella

que en dulce resplandor bañó Rioja.

   ¿Tan escasa de luz brilló la estrella

de las clásicas musas? Si el auxilio

invocaba Boscán de Erato bella,

   ¿no deleitaba en pastoril idilio?

¿Tan mal la trompa de Caliope suena

en los cantos de Homero y de Virgilio?

   Y tú, Mariano, que en la amarga pena

a que el humano esfuerzo no resiste

derramas de tus ojos larga vena;

   si algún consuelo a tu dolor existe,

sólo en las musas le hallarás acaso:

sí, que también para el que llora triste

   tiene lágrimas dulces el Parnaso:

las que en el lamentar de dos pastores

vertió sin duelo el tierno Garcilaso.

   Y ya que el golpe irreparable llores,

corra al son de la cítara tu llanto;

que del que viertas tú nacerán flores.

   Ven, y hallarás el bálsamo que un tanto

alivie tu mortal melancolía

en la antigua amistad y en el encanto

de la consoladora poesía.


Julio de 1842.

Orillas del Pusa

¡Qué calor!... Sudando llego,

por la empinada montaña

   resbalando,

a este valle que en sosiego

tu corriente, ¡oh Pusa!, baña

   susurrando.

Déjame un rato olvidar

en tus orillas mis penas,

   y el sediento

labio en tus ondas mojar,

y en tus húmedas arenas

   dame asiento.

Tu raudal, de ese elevado

monte al Tajo, en raudo giro

   se derrumba,

tan humilde que, sentado,

desde aquí su cuna miro

   y su tumba.

No importa que al Tajo ufano

tu breve curso no iguale;

corre ledo;

y que nunca el cortesano

en la carta te señale

   con el dedo.

¡Feliz quien encuentra un llano

donde los cerros evite

   de la vida,

y allí, del mundo lejano,

tu breve carrera imite

   y escondida!

Ese Tajo caudaloso

en cuyo profundo seno

   vas a morir,

ya con puente ponderoso

su terso raudal sereno

   siente oprimir.

Ya la artificiosa presa

su rápido curso estorba;

   ya desciende

ruin batel que se empavesa,

y su cristal con la corva

   quilla hiende.

Su destino es envidiar,

o de tu curso suave

   la paz suma,

o el alto poder del mar

que puede tragar la nave

   que lo abruma.

¡Pobre Pusa!... Si insolente

por esos tendidos llanos

   te lanzaras,

en tu cristal inocente

¡cuántos siervos y tiranos

   retrataras!

De aquel trance malhadado

de las armas españolas

   fue testigo

Guadalete ensangrentado,

y abrió tumba entre sus olas

   a Rodrigo.

Berecina el lauro honroso

que cuatro lustros tejieron

hondo tragó,

y el poder de aquel coloso

que los hombres no vencieron,

   allí se hundió.

Pusa humilde, manso río,

tu dichoso apartamiento

   le procura

contra el ardor del estío

al peregrino sediento

   agua pura.

Y al pastor que a tu campiña

desde ese monte desciende,

   y al rebaño

que a tus márgenes se apiña,

y al can que el redil defiende

   fresco baña.

Y hoy a mi cuerpo cansado,

contra el sol que ardiente pica,

   blando solaz.

¡Pusa, adiós!... Corre ignorado,

y los quintos14 de Malpica

   fecunda en paz.


Malpica, 1833.

La agitación

¡Imposible arrancar del alma mía

sino acentos de amor!... Caber no puede

donde impera tu imagen adorada,

sino amor, sólo amor... Cuanto solía

mi pecho conmover... ya todo cede

   a la ardiente mirada

   de tus luceros bellos.

Mal mi grado a sus mágicos destellos

mi turbulenta vida está sujeta.

Como al influjo de fatal cometa

cede el bajel al ímpetu rugiente

   del huracán sañudo,

y al puerto amigo arrebatarse siente,

o va a estrellarse en el peñasco rudo:

así en la fiebre do anhelando gira

   esta alma delirante,

   tus ojos son, Amira,

los que entre el puerto y el peñasco errante,

sin elección, perdido el albedrío,

la oscilación del huracán le imprimen,

   y en ciego desvarío

lánzase a la virtud, lánzase al crimen.

Y este vaivén continuo, esta perpetua

conmoción es la vida. -¡Cuántas horas,

   mudo, yerto, insensible

como la piedra en que sentado estaba,

   en seguir las sonoras

ondas de la corriente que pasaba

   inerte consumía!

   ¡Cuántas la vista atenta

iba siguiendo estúpida la lenta

sombra que en derredor del tronco huía!

Campo de soledad, yo te buscaba

   porque el mundo decía

que la felicidad en ti habitaba,

y en aquel corazón que la invocaba

su misterioso bálsamo vertía.

   Mi corazón de fuego

en ti no la encontró: floresta umbría,

silenciosa montaña, campo triste,

yo la paz de la vida te pedía,

tú la paz de la tumba me ofreciste.

Felicidad, ¿dó estás? -Este vacío

que al dilatarse el corazón no llena,

ven, ocúpalo tú. -Si ronco suena

el guerrero clarín, y a la matanza

el hombre vuela contra el hombre, dime:

¿bastarame empuñar la férrea lanza

y a la pugna volar? Cuando mi diestra,

al son triunfal de los preñados bronces,

en sangre bañe la mortal palestra,

misteriosa deidad, ¿te hallaré entonces?

   En el tropel del mundo

yo también te busqué. Torvo guerrero,

sobre carro veloz, de lauro ornado,

   agitando el acero,

en lágrimas y sangre salpicado,

raudo al cruzar la turba peregrina,

«¡Felicidad, felicidad!» clamaba;

   y en tanto: «Aquí domina»,

otro desde la tumba me gritaba,

   ¿En la vida? ¿En la muerte?

¿Dónde estás para mí? -¡Silencio mudo!

   ¡Y las horas corrían!...

   ¡Y los años volaban!...

Las hojas de los árboles caían...

Las hojas de los árboles brotaban.

¡Una mujer! Con su flotante velo

   tocó al pasar mi frente:

trocose en fuego de mi pecho el hielo,

mis entrañas temblaron de repente:

los brazos tiendo a la fantasma bella,

   Mas al asirla, alzada

vi un ara ante mis pies, y detrás de ella

   mi visión adorada;

y un misterioso acento que decía:

   «¡Profanación..., delito!»

Y en su abatida frente se leía

   un juramento escrito.

Mi planta no, mas de mi pecho ciego

llegó un lamento a penetrar su oído,

y en sus trémulos labios tocó el fuego

   de mi ardiente gemido.

Abrió sus ojos por la vez primera

dejándome con sola una mirada

   en devorante hoguera

   toda el alma abrasada.

¡Ah! ¿Qué me importa? Agitación sublime,

   ¡yo te adoro! ¡Tú eres

alma de mi existencia! -Oprime, oprime

un corazón a quien la calma espanta:

inunda, inunda mi mejilla en lloro:

clamar me oirás entre congoja tanta:

agitación sublime, ¡yo te adoro!


1832.

A don José Amador de los Ríos

Contestando a una carta suya en tercetos, en que me pedía hora para hablarme

«Si en la frente del hombre se leyeran

escritos los afanes de su pecho,

¡cuántos que envidia dan, lástima dieran!»

   Esto en algún momento de despecho

dijo el buen Metastasio en italiano:

ponerlo en español es lo que he hecho.

   Y con ese terceto que te hilvano

tus dos primeros contestados dejo;

¿me entiendes, Amador? -Vamos al grano.

   No pienses, caro amigo, que me quejo

del importuno enjambre pretendiente

que en pos me sigue, impávido cortejo:

   no me quejo de ver que se presente

uno a quien nunca vi, ni me hace falta,

y me diga: «¡Aquí estoy!... Soy tu pariente.»

   No me quejo del sandio que me asalta

porque le gusta la casaca roja

y quiere que le dé la Cruz de Malta.

   Ni del chinche a quien verme se le antoja

cuando voy a afeitarme o a vestirme,

y si no le recibo se me enoja.

Ni de los que me aguardan a pie firme

en el portal de casa, en la escalera,

sin poder de sus garras desasirme.

   Ni de la viuda cócora y parlera

que me repite siempre el estribillo

de que le den seis pagas tan siquiera.

   «Vamos, sáqueme usted un socorrillo.

Usted lo puede hacer en un momento;

usted tiene a la Reina en el bolsillo15

   No me quejo, Amador, no me lamento

de esa turba procaz; que al encumbrarme

ya esperaba sufrir este tormento.

   De quienes debo con razón quejarme

es de amigos cual tú; sí, de ti sólo

que pides hora y sitio para hablarme.

   ¡Y vive San Francisco Caracciolo,

que a no venir tu ruego impertinente

en el idioma del celeste Apolo,

   circunstancia que ha sido suficiente

a desarmar mi enojo, la respuesta

fuera una interjección poco decente!

   Mas no quiero reñir: pase por esta.

Sabes mi casa: a ver si yo consigo,

entre tanta visita y tan molesta,

recibir una vez a un tierno amigo.


Junio de 1847.

Al Excmo. Sr. conde de San Luis

Por la creación del teatro español

¿Dónde la gloria vive del que un día,

en Accio vencedor, desde las cumbres

del enriscado Cáucaso a las playas

del mar de Luso dilató su imperio?

¿Dónde? -Ese imperio destrozó en un punto

bárbara hueste que lanzó cual raudo

torrente el Septentrión: circos y templos,

termas, palacios, todo, el habla misma

despareció; mas al común estrago,

sobre siglos sin fin, los inmortales

cantos de Horacio y de Marón divinos

sobreviviendo van, y allí la gloria

del protector de las romanas letras.

¿Qué es del trono fortísimo que en sangre

de turbulentos próceres la dura

mano afirmó, cabe el medroso Sena,

del purpurado Richelieu? Juguete

del viento popular, voló en pedazos.

Mas contra el murmurar de la indignada

posteridad, el opresor valido

salva su gloria en la que alzó, y aún vive

con renombre inmortal, docta Academia.

Tú, más que a los históricos ejemplos

y ardiente sed de fama, a los impulsos

del corazón magnánimo que abrigas,

obedeciendo fiel, en tus floridos

años, asunto con tus hechos prestas,

oh noble conde, a la española Musa.

Ella, en tanto que al pie del soberano

solio te vio, dispensador de honores,

mezclar su voz no quiso a la que alzaba

el lisonjero, que al poder presente

cerca y ensalza, gárrulo cortejo.

Mas a la puerta del modesto albergue

que hoy tornas a habitar, rico de gloria,

te esperó silenciosa, el plectro de oro

presto, y la voz y la sonante lira.

Oye cuál vibra en tu loor, y el estro

de cien vates inflama que a porfía:

«Eterno, cantan, vivirá tu nombre,

protector del saber.» -¡Oh noble, oh digno

premio que tanto mereciste y gozas!

Gózalo en paz; y el que ásperos desdenes

halla no más y hondo silencio, cuando

de la áurea silla del poder la instable

deidad le precipita, a sí se culpe.

No riqueza y dominio a la existencia

bastan de un pueblo. Si las sabias leyes,

la abundancia, la paz su cuerpo nutren,

alma tiene también, y el alma vive

de esa gloria purísima, que el vulgo

de los graves políticos desdeña

y humo vano apellida. -Tú, arrostrando

tal vez su risa imbécil, decoroso

templo alzaste a Talía. -Allí de Lope,

de Calderón, de Rojas y de Inarco,

de Moreto y de Tirso, numeroso

pueblo torna a admirar, ora discreta

y en artificio rica, ora terrible,

ora humilde y moral, la siempre nueva

dramática ficción. -Los que al reflejo

de aquellos faros luminosos siguen

la ardua senda con gloria, que a la cumbre

del sacro Pindo guía, de las rosas

que en sus pensiles de eternal verdura,

al amoroso riego de Hipocrene

dulce fragancia esparcen, ya preparan

a tus sienes espléndida corona.

Yo, a quien no es dado la sublime altura

del Helicón pisar, una sencilla

flor de su falda corto; ofrenda humilde

que agradecido te presento en estos

desaliñados números, que acaso

no morirán, porque tu nombre llevan.


1851.

Al Excmo. Sr. marqués de Molíns16

Oportuno en verdad viene ese tanto

a mediar el terceto antecedente,

pues me convida a principiar con llanto...

   Llanto vierten mis ojos, hechos fuente,

Mariano, desde aquel tremendo día,

en mi memoria sin cesar presente,

   cuando en la lucidez de su agonía,

estrechándome tierna al casto seno,

«¡Todo es verdad!» mi esposa me decía.

   ¡Todo es verdad! -¡Oh Dios! Si en ronco trueno

sonó un día tu voz, y a su rugido

Saulo en tierra cayó de asombro lleno,

   ¡oh milagro de amor no merecido!,

tu voz por aquel labio moribundo

tocó en mi corazón estremecido.

   Gusano vil en lodazal inmundo,

alas de mariposa me nacieron,

y con ellas me alcé lejos del mundo.

   A regiones más puras me subieron;

mas no he llegado a la sublime alteza

de los que el lazo mundanal rompieron.

   ¿Cuándo será? -¡Me oprime la tristeza!

El pesar en que a solas me consumo

cesa al dormir, y al despertar empieza.

   Pídele a Dios omnipotente y sumo

que te guarde a tu Carmen... ¡ay, amigo!

y no le pidas más: el resto es humo.

   De tu casta mitad al dulce abrigo,

dondequiera que estés, patria y honores

y placer y amistad verás contigo.

   ¡Ay! Para mí no tiene el mundo amores,

ni encantos la amistad, ni luz el día,

ni calor el hogar, ni olor las flores.

   Hoy viene a acrecentar la pena mía

la memoria del santo aniversario

que a tu lado pasé... ¡y ella vivía!

   ¡Cuán distinto de aquél! -Destino vario

a ti te arroja cabe el turbio Sena,

a mí en Madrid me amarra solitario.

   Mas ¡ay! el bronce místico resuena.

Media noche sonó... Luz desusada

brota en Belén, y el universo llena.

   ¡Triste prole de Adán, ya estás salvada!

El Niño Dios que los pecados quita

nos abre ya la celestial morada.

   ¡Oh placer! ¡Allí está! -De Dios bendita,

mi Manuela, vestida de hermosura,

entrelos puros ángeles habita,

   ¡alma inmortal! De la celeste altura

por tu marido y por tus hijos vela,

que moran este valle de amargura.

   Sí, Mariano: tu amigo sólo anhela

sentir en breve el lazo desatado

que este cautivo espíritu encarcela;

   y por tanto dolor purificado,

a mi esposa en la gloria unirme presto...

y ver que allí también a nuestro lado

te guarda Dios el merecido puesto.


La paz: al nacimiento del príncipe imperial de Francia

Oda

Iris de paz, iluminando el cielo,

   la tempestad serena;

el águila imperial recoge el vuelo

   y torna al patrio Sena.

No en vapores de sangre se embriaga,

   ni llama a la pelea;

ya en su garra potente el rayo apaga

que fulminó en Crimea.

Sus alas tiende, cual dosel brillante,

   sobre la regia cuna,

donde reposa del francés triunfante

   la gloria y la fortuna.

Y allí a par descendiendo apresurado

   de la eternal montaña,

a custodiar el vástago anhelado

   llega el león de España.

Que sangre de Guzmán corre en sus venas:

   sus timbres maternales

escritos muestra España en las almenas

   de Tarifa inmortales.

Siempre un Napoleón Dios nos envía

   con misterio profundo,

cuando place a su gran sabiduría

   recomponer el mundo.

Ya en vez del plomo, que en estruendo rudo

   sobre el francés vomita,

de allá le envía su cortés saludo

   el bronce moscovita.

Del Cáucaso a la cumbre pirinea

   y por los anchos mares,

unida al lienzo tricolor, ondea

   el aspa de los czares.

Y cubriendo de rosas sus espadas,

   de oliva sus pendones,

al festín de la paz alborozadas

   acuden las naciones.

Paz ese niño, y dicha y abundancia

   en su destino encierra.

Pueblos, velad por él: -¡La paz de Francia

   es la paz de la tierra!


1856.

A la Sra. condesa del Montijo, en sus días

Balada que se cantó en su teatro de Carabanchel; puesta en música por el maestro Inzenga

I

Ausente y presente a un tiempo,

te aflige y te halaga amor;

que el Adur y el Manzanares17

dividen tu corazón.

   Y en dulce duda,

   fijando estás

   aquí tus ojos,

   tu mente allá.

II

Allá un suspiro del alma

pide a tu amor maternal

la que en premio a sus virtudes

ciñe corona imperial.

   Y en dulce duda,

   fijando estás

   aquí tus ojos,

    tu mente allá.

III

Aquí otra prenda querida,

que también tiene a sus pies,

cual reina de la hermosura,

vasallos cuantos la ven.

   Y en dulce duda,

   fijando estás

   aquí tus ojos,

   tu mente allá.


La guerra de África

Cantata ejecutada en presencia de SS. MM. en la función celebrada el 8 de abril de 1860 por el Real Conservatorio de Música y Declamación a beneficio de los heridos en aquella gloriosa campaña

CORO
Grito santo asorda el viento:

«¡A las armas! ¡Guerra, guerra!

El infiel derriba en tierra,

madre España, tu blasón.

Cruce el mar la invicta hueste

a salvar de vil mancilla

los leones de Castilla

y las barras de Aragón.»

Al rumor del torpe ultraje,

indignado el pueblo ibero,

ya desnuda el fuerte acero

y la vaina al viento da.

Ya entre vítores tremola

la bandera roja y gualda,

que del Atlas en la espalda

tinta en sangre flotará.

RECITADO
Alza en vano el Estrecho montes de olas;

   en vano el viento brama:

que allá van las legiones españolas

   donde el honor las llama.

Lanza en vano cien kábilas la sierra

   con ímpetu salvaje;

que allí con sangre vil bañan la tierra

   que presenció el ultraje.

Mas ruge el huracán: sopla la peste:

   la lluvia inunda el suelo.

¿Caerá deshecha la cristiana hueste

   por ti, Señor del Cielo?

En medio al campo, sobre monte erguido,

   un altar se levanta;

y en sus humildes manos el ungido

   eleva la hostia santa.

Hace salva el cañón; rompe sonora

   militar armonía:

la hueste arrodillada a Dios implora

   y su oblación le envía.

PLEGARIA
   ¡Señor!, hijos somos

   de aquellos varones

   que a ignotas regiones

   llevaron tu cruz.

   Tu cruz, que en Granada

   con gloria plantada

   lanzó por el orbe

su vívida luz.

   ¡Señor!, esta impura

   fanática raza

   tu nombre rechaza,

   tu gloria no ve.

   A España concede

   que rasgue su venda

   y en África encienda

   la luz de tu fe.

RECITADO
Dios los oyó: se aleja la tormenta;

la mortífera peste va en su seno:

radiante el sol con majestad se ostenta

de un cielo puro en el azul sereno.

Siente en su pecho el adalid hispano

   de inspiración la llama:

él nunca se abatió; ya en cien combates

su constancia y valor cantó la fama.

   En bárbaras regiones,

émulo de Cortés, ora acaudilla

inexpertas legiones,

que al contacto de la árabe cuchilla,

al trueno del cañón, al rudo embate

del terco moro en desigual combate,

tórnanse luego en invencible tropa,

terror de Libia, admiración de Europa.

Nada resiste a sus heroicos bríos.

   Ya surcando el desierto

por áspero camino, a hierro abierto;

ya cruzando altos montes y hondos ríos;

   de victoria en victoria

a la vega feraz se precipita,

   campo de nueva gloria,

do luchando otra vez, y otra vencido,

   huye despavorido

el atezado Hamet. -La hueste grita:

¡TETUÁN por ISABEL! -Y en la Alcazaba

el pendón español triunfante clava.

HIMNO FINAL
   No más desde sus playas,

   con bárbara osadía,

   la tierra, suya un día,

   aceche el musulmán.

   No infeste el aire puro

   la brisa de los mares,

   trayendo a nuestros lares

   los ecos del Corán.

   Magnánima HEREDERA

   del celo de Pelayo,

   tu diestra el ígneo rayo

   al África lanzó.

   Y el niño ALFONSO un día

   sabrá que por tu mano

   el suelo castellano

   su límite ensanchó.

   El muro donde España

   su enseña al aire ondea,

   jamás flotando vea

   las lunas del infiel.

   Y de uno en otro siglo

   sin tregua se repita

   la voz que al mundo grita:

   ¡Tetuán por Isabel!


A mi amigo, el Excmo. Sr. don Tomás de Corral

No pienses que esta epístola,

Corral excelentísimo,

va dirigida al célebre

de Hipócrates discípulo.

Por más que yo, sin brújula,

bogue en estrecho círculo,

sin que tus sabios récipes

den al bajel más ímpetu;

no tanto aflige el ánimo

de este doliente mísero

el ver la ausencia crónica

de su doctor científico,

como las dulces pláticas

del amigo carísimo

no oír, ni en grato diálogo

darnos placer recíproco.

Lo que es en cuanto al médico,

si de mi casa el címbalo

tocase, y dentro viéralo,

fuera con él brevísimo.

Solamente dijérale

que ante el poder febrífugo

de las plateadas píldoras

que introduje en mi físico;

y gracias a la pócima

con que Simón el químico

purgó mi región ínfima

de materiales rígidos;

y a la virtud benéfica

de aquel sabroso líquido,

producto del cuadrúpedo

que con Balán fue explícito;

ya mis repuestas vísceras,

merced a estos antídotos,

con su morboso cómplice

han roto el fiero vínculo.

Y dócil ya mi estómago

digiere el néctar índico,

que en espumante jícara

es de mi gula el ídolo,

si bien no tan benévolo

suele mostrarse el pícaro

cuando la carne sólida

(aunque de tierno vítulo)

envuelta en jugos gástricos

baja al duodeno crítico,

y toca por sus trámites

en la región del hígado.

Ya allí más climatérico

se presenta el capítulo:

que el abdomen atónico

se eleva timpanítico.

La digestión, por último,

cuesta trabajos ímprobos;

mas se hace, y presto el órgano

vuelve a su estado prístino.

En estos días plácidos

en que, venciendo el frígido

rigor, el numen délfico

mostró su rostro vívido;

salí, según sus órdenes,

en alquilón vehículo,

del ambiente atmosférico

a aspirar el oxígeno.

Mas ni aun con ese método

place al dios soporífero

que de noche mis párpados

cierre sueño pacífico.

Esto al doctor dijérale,

mas no podré decírselo;

que de mi hogar doméstico

tocar no quiere el címbalo.

Tú, pues, que de ese prófugo

amigo eres tan íntimo,

según es fama pública,

Corral amabilísimo;

tú de mi parte búscale

y dile que mi espíritu

se apoca melancólico

si no entona mi físico.

Que un régimen dietético

me imponga, y yo solícito,

más que el Corán los árabes,

guardaré sus artículos.

Dile que si algún mérito

halla en mis versos líricos,

y de escritor dramático

me otorga el alto título,

torne a este cuerpo lánguido

vigor que mi estro rítmico

encienda; y de mi cítara

verá que al son dulcísimo

canto su nombre célebre,

que es ya de salud símbolo;

y acaso al suyo uniéndole

suba mi nombre altísimo.


Marzo de 1853.

Respuesta a una carta

No es que me he muerto;

sino al revés,

es que no quiero

que a suceder

llegue tal cosa;

y he aquí por qué

ayer no tuve

la intrepidez,

oh mis queridos

Luis y José18,

de visitaros

como anteayer.

Mas no por eso

imaginéis

que a estarme en casa

me condené.

¡Qué disparate!

No eran las diez

cuando me puse

en la del Rey.

Mas ¡ay, amigos!

no bien llegué

a la Carrera,

cuando un tropel

de ciudadanos

veo correr;

y uno (que debe

quererme bien)

me grita: -«¡Vega,

no pase usted!

Dos horas largas

¡voto a Luzbel!

ahí me han tenido

con otros cien,

sudando el quilo,

muerto de sed,

llevando a cuestas

hasta un cuartel

unos cajones

no sé de qué:

y a esto se agrega

que tal cual vez

me sacudían

en el envés

un zurriagazo

que era un placer.»

Yo que tal oigo

dije a mis pies:

¿para qué os quiero?,

y eché a correr.

Esta es la historia.

Hoy otra vez

la probatura

volveré a hacer;

y si consigo

pasar con bien,

sin vapuleo

ni otra merced,

a vuestra casa

iré a comer.

Adiós, amigos,

hasta después.

Madrid y julio,

diez y ocho de

mil ochocientos

cuarenta y tres19.


Al capitán general don Javier de Castaños, en sus días

Soneto

Si atrevida tal vez la lira mía

osa turbar con importuno acento

el noble afán del alto pensamiento

en que la patria sus destinos fía;

   perdóname, Señor, que en este día

mal sintiera de Apolo el sacro aliento,

si al fiel clamor del popular contento

no mezclase mis cantos de alegría.

   Que nunca de tu aurora bienhadada,

por más que corran los veloces años,

la memoria feliz España pierde.

   No: que la patria que salvó tu espada

jamás recuerda el nombre de Castaños

sin que los lauros de Bailén recuerde.


1830.

A la toma de Tetuán

Soneto20

Musas, alcemos de victoria el canto:

España despertó: su honor la inspira;

y fue el arranque de su noble ira

del mundo admiración, de África espanto.

   En desagravio al fin de ultraje tanto,

Tetuán postrada a nuestros pies se mira.

Musas, cantad y al eco de la lira

reverdezcan los lauros de Lepanto.

   Sí; que al ver por las ondas del Tirreno

allá lanzarse en la guerrera popa

hueste arrojada y adalid sereno;

   y que a sus antros con terror galopa

roto y vencido el bárbaro agareno...

ya con respeto nos saluda Europa.


Febrero de 1860.

Entre tierra y cielo

No extiendas, pobre niña,

esa inocente mano;

que buscarás en vano

el seno maternal.

Tu vida es un enigma:

de madre no naciste:

hija de un sueño fuiste,

de un sueño funeral.

   En noche bulliciosa

de fiesta y alegría,

mi ardiente fantasía

fingiose una mujer.

Mirome; y a sus brazos,

a par que me miraba,

sentí que me arrastraba

magnético poder.

   Desvanecido en ellos

caí con pasión loca,

bebiendo de su boca

el balsámico olor.

Y ciego, y delirante,

gozaba entre caricias

las últimas delicias

de un inmortal amor.

   De pronto al pecho mío

llegar su mano siento,

que con puñal violento

me hiere el corazón.

A asirla voy, y al punto

cual sombra desparece,

y en su lugar se ofrece

fantástica visión.

   Un lívido esqueleto

era mi prenda amada:

de sierpe su mirada,

de hiena era su voz.

Y de su propio seno

pedazos se arrancaba

y a mí los arrojaba

con ademán feroz.

   Huyó por fin; y libre

de aquel horrible ensueño,

de mis sentidos dueño,

convulso desperté.

¡Ay! no fue sueño todo:

que en llanto y desconsuelo,

sola entre tierra y cielo,

niña infeliz, te hallé.

   Ven, único recuerdo

de aquel amor soñado;

objeto abandonado

de la que el ser te dio.

Si aquel amor fue sueño

de enferma fantasía,

mi amor a ti, hija mía,

no será sueño, no.


Despedida a un amigo

Con bien te lleven, mi querido amigo,

propicio el viento, bonancible el mar.

¡Oh si pudiera saludar contigo,

tras tanta ausencia, mi paterno hogar!

¡Oh cuánto fuera mi consuelo, cuánto,

si en esa nave huyéramos los dos!

¡Oh si a este suelo, donde sufro tanto,

pudiera darle mi postrer adiós!

   Tranquilo viera y con serena calma

desatarse bramando el aquilón:

¿junto a la horrible tempestad del alma,

las tempestades de la mar qué son?

   Mas ya que quiere mi fatal estrella

con duros lazos sujetarme aquí,

por mí te postra, y con tus labios sella

la tierra amada en que feliz nací.

   Llévale tú los ecos de mi lira,

que ya desde hoy resonará en su honor:

dile que es ella el numen que me inspira

y el solo objeto de mi ardiente amor.


1856.

Nunca más bello color

dio al horizonte tu llama,

astro de eterno fulgor,

al esconder tu esplendor

la cumbre de Guadarrama.

   Nunca tu aroma sentí

más delicioso que ahora,

linda rosa carmesí;

nunca más bella te vi

con las perlas de la aurora.

   Arroyo, que turbio y feo

ayer te vi deslizar,

¿cómo tan limpio te veo,

que ya de tu fondo creo

las arenillas contar?

   Galanos campos que hacéis

de toda esta pompa alarde,

¿a quién celebrar queréis?

¿O es por dicha que sabéis

que viene Laura esta tarde?


1830.

Versos recitados en el teatro del Príncipe en una función de aniversario de Cervantes

Si de Norte a Mediodía,

en uno y otro hemisferio,

no abarca ya nuestro imperio

los pueblos que abarcó un día;

por un nombre todavía

somos lo que fuimos antes:

pues los que más arrogantes

las glorias de España ultrajan,

callan y la frente bajan

cuando decimos: ¡Cervantes!

   Roma y Grecia, que al acero

del bárbaro el cuello dan,

hoy viven y vivirán

en Virgilio y en Homero.

Contra el destino severo

que así en los pueblos se ensaña,

un libro nos acompaña

al eterno porvenir.

¿Puede el Quijote morir?

Pues morir no puede España.

   Vosotros, que al grito santo

respondéis de patria y gloria,

venid, honrad la memoria

del Soldado de Lepanto.

¡Gloria al que es del orbe encanto!

¡Gloria al ingenio fecundo,

festivo a un tiempo y profundo!

¡Gloria al Cautivo de Argel!

Aún nos llamamos por él

la primer nación del mundo.


Abril de 1862.

A Lope de Vega

Versos recitados en el teatro en una función de aniversario

Tres siglos ha que este sol

que hoy luce en el firmamento

alumbraba el nacimiento

del gran poeta español.

Purificado al crisol

de una edad y de otra edad,

monstruo de fecundidad,

numen de la patria escena,

Lope con su nombre llena

del mundo la inmensidad.

   En la modesta mansión

que oyó su postrer gemido

hoy a Lope se ha rendido

tributo de admiración21.

Aquí con mayor razón,

aquí, templo de su gloria,

donde una y otra victoria

le ornaron de resplandores,

demos público y actores

un aplauso a su memoria.


Cantada en la fiesta que dio S. M. en su Real Casino el día 24 de julio de 1846, en celebridad de los días de su augusta Madre doña María Cristina de Borbón

Barquilla que conduces

   tanto tesoro,

envídiente las naves

   cargadas de oro.

   ¡Preciosa barca!

En ti va la riqueza

   mayor de España.

Deslízate orgullosa,

   que va en tu seno

la halagüeña esperanza

   de todo un pueblo:

   la ninfa hermosa

en cuya frente brilla

   regia corona.

Va también a su lado,

   vertiendo amores,

la que con ella parte

   adoraciones:

   la infanta bella,

que en virtudes y gracias

   también es reina.

Y la madre que a entrambas

   meció en la cuna

y prodigó el tesoro

   de su hermosura.

   Y aunque dio tanta,

todavía a su rostro

   sobraron gracias.

Condúcelas serena,

   nave dichosa;

que sobre el manso río

   duerman las olas.

   ¡El cielo quiera

que así corran los días

   de su existencia!

¡Y ojalá que en la inmensa

   nave española,

do afanosos, oh Reina,

   tus hijos bogan,

   a puerto amigo

por tan serenos mares

   lleguen unidos!22


Por encargo de una novia, para su novio

En esa cinta te entrego

mi cabello entretejido

que por mi cuello tendido

mi llanto tal vez bañó,

imaginación que acaso

la fe que me prometías

a otras mil se la ofrecías,

tan crédulas como yo.

   Mas no tan alegre día

nublar con temores quiero:

por mi amor puro y sincero

el tuyo quiero medir;

y esa cinta será el lazo

que sepa atarte a mis plantas,

si las promesas quebrantas

que me juraste cumplir.

   Si con fe constante pagas

mi cariño, mis amores,

blanda cadena de flores

en esa cinta hallarás;

mas si traidor algún día

tras otra amante volares,

cuando romperla intentares

de hierro la encontrarás.


Marzo de 1829.

En el álbum de Carmen Agar

Aunque en verdad me sonroja

este puesto preferente,

a tu mandato obediente

acepto la primer hoja.

   Mas ¡ay! en esta ocasión

¡cómo siento, Carmen bella,

que no me acompañe aquella

poética inspiración!

   Si ella animarme quisiera

cual supo en días mejores,

yo te llenara de flores

esta página primera.

   ¡Es en vano! Del dolor

el huracán desatado

dejó este campo asolado,

y en él no brota una flor.

   Me ha quedado solamente

corazón para sentir:

ése te podrá decir

con llaneza lo que siente.

   Y te dirá que si bien

te trato poco, quizás

no te quieran, Carmen, más

los que a menudo te ven.

   Si oyes el lánguido son

de sus amantes gemidos,

Carmen, cierra tus oídos

y esconde tu corazón.

   Y no temas ocultarlo:

por muy oculto que esté,

el que te adore con fe

pronto logrará encontrarlo.

   Cuando ese instante dichoso

(¡que no hay más dichoso instante!)

te entregue, feliz amante,

en los brazos de un esposo,

   ¡ojalá, Carmen querida,

que logres con dicha entera

escribir la hoja primera

en el álbum de tu vida!


Agosto de 1859.

En el álbum de Sofía Carondellet

Tu mandato cumplo fiel,

que hablar de ti me prohíbe.

Sofía, el álbum recibe

con mi nombre escrito en él.

A grabarlo en un papel

se limita mi ambición.

Ni espera otro galardón,

ni lo merece quizá.

Otro más feliz sabrá,

grabarlo en tu corazón.

   Sufra, pues, sin murmurar,

sufra mi nombre, Sofía,

la misma suerte que un día

pueda a este libro tocar.

Si en momentos de pesar

con sus páginas te enojas

y en el fuego las arrojas,

irá mi nombre con ellas...

¡Ay del que no deja huellas

sino de un libro en las hojas!


Marzo de 1856.

En el álbum de la duquesa de F.

¿Ves al ciego, cuando siente,

al entrar la primavera,

blando calor en la esfera

y perfumado el ambiente,

cómo lucha allá en su mente,

que en noche sumida fue,

hasta que con viva fe

se forja, entre mil primores,

idea de aquellas flores

y de aquel sol, que no ve?

   Así yo que nunca vi

tu rostro, bella duquesa,

y oigo decir que embelesa

la hermosura que hay en ti,

mezclando, por lo que oí,

tintas de hermoso arrebol,

de mi mente en el crisol

a forjarme de ti llego

una idea, como el ciego

de las flores y del sol.


1850.

En el álbum de Isidra Dupuy

¿Qué pasa en mí? ¿Qué es esto? ¿Cómo ahora

latir no siento el pecho estremecido?

¿Cómo al mirarte, Isidra encantadora,

no me postro a tus pies, de amor herido?

   Yo que al mirar una mujer hermosa

(no hermosa como tú, que eso no es dado)

volaba en derredor cual mariposa

hasta verme en sus llamas abrasado:

   hoy la sonrisa de tus labios rojos,

tu lindo pie, tu mano torneada,

tu talle esbelto, tus divinos ojos

puedo, Isidra, mirar sin sentir nada.

   ¡Y yo el vínculo aplaudo que te liga!...

¡Yo te contemplo indiferente y yerto!...

¡Yo me contento con llamarte amiga!...

Mi corazón se heló; no hay duda: ¡he muerto!


Eaux-Bonnes, agosto de 1860.

En el álbum de Ana Segovia

No extrañes, Ana, el afán

con que el álbum te pedí,

al ver que las horas dan,

los días vienen y van

y el álbum no vuelve a ti.

   No lo extrañes, Ana hermosa,

ni lo achaques a descuido

de mi musa perezosa:

en muy diferente cosa

la tardanza ha consistido.

   Ardió inflamada mi mente

cuando tu hermosura vi;

y presumí fácilmente

decirte en frase elocuente

lo que yo entonces sentí;

   mas ¡ay!, por más que luchaba

con la rima y la expresión,

nunca en mis versos lograba

decir lo que me inspiraba

mi ardiente imaginación.

   Y juzgo que inútilmente

lucha quien hacerlo trate;

pues tu hermosura se siente,

mas no hay verso que la cuente

ni pincel que la retrate.

   Confiésome, pues, rendido;

y en estos pobres renglones

que aquí a trazar me decido,

Anita hermosa, te pido

que mi tardanza perdones.


1838.

En el álbum de la condesa de Fuenrubia

Sabrás, María, que he estado,

por mala correspondencia,

privado de la existencia

y casi casi enterrado23.

   Por fin con vida salí:

y huyendo de la que mata,

correspondencia más grata

hoy, María, busco en ti.

   Si me concedes licencia

de amarte cual tierno amigo

y de tu afecto consigo

una fiel correspondencia,

   con satisfacción cumplida

diré: ¡Bendigo mi suerte!

Si una quiso darme muerte,

otra viene a darme vida.


1864.

En el álbum de Carmen Goyeneche

Dichoso mil veces tú,

álbum, que del viejo mundo

corres al suelo fecundo

del opulento Perú.

   Y más dichoso si alcanzas

de la hermosa arequipeña

una sonrisa halagüeña

que colme tus esperanzas.

   Si en recorrer se entretiene

tus hojas, álbum, y al paso

en esta página acaso

su mirada se detiene;

   con elocuente expresión

haz que resuene en su oído

el eco de este gemido

que aquí exhala el corazón.

   Gemido de amor ardiente

al patrio suelo adorado,

donde de mi madre al lado

corrió mi edad inocente.

   En él van dulces memorias

de aquellos días de calma,

y el adiós que da mi alma

a esperanzas ilusorias.

   En él los votos que envía

al cielo mi puro amor

porque proteja el Señor

a la que fue patria mía.

   Por obediencia forzosa

la dejé, de angustia lleno:

la madre España en su seno

me dio acogida amorosa.

   Suyo fui; mas siempre yo

recordé con noble orgullo

que allá mi cuna al arrullo

de las auras se meció.

   Mientras rencor fratricida

ardió en uno y otro bando,

mis lágrimas devorando,

calló mi musa afligida.

   Hoy que a coyunda tirana

suceden fraternos lazos,

y España tiende los brazos

a la América su hermana;

   bañado en júbilo santo,

yo, americano español,

a la clara luz del sol

la unión venturosa canto.

   Ven, inspiración divina;

que ya a mi laúd sonoro

añado una cuerda de oro

para la gloria argentina.

   Mas la estrenaré primero

ensayando un canto en ella

con que a tus pies, Carmen bella,

rinda mi afecto sincero.


1857.

En el álbum de la marquesa de Portugalete

El día de su santo, viernes de Dolores de 1856

Cuando en vistoso salón

te vi aparecer, Dolores,

entre encajes y entre flores,

de alegre música al son;

   y vi por primera vez

tu talle airoso, elegante,

el candor de tu semblante,

la blancura de tu tez,

   en tu encantadora faz

hallé una dulce expresión

que brindaba al corazón

con ilusiones de paz.

   No la paz indiferente

del ser insensible y frío

que del mundo en el vacío

ni ama, ni goza, ni siente:

   sino aquella calma grata,

imagen del mar sereno

cuando en su tranquilo seno

la luz del cielo retrata;

   y en su sosiego profundo

de poder da señas tales,

que si rugen vendavales

pudiera tragar el mundo.

   La paz que a gozar convida

y dulcemente conmueve,

cuando en tus manos de nieve

vibra el arpa estremecida;

   o con tímido rubor,

que te da mayor encanto,

de tu simpático canto

suena el eco seductor.

   Ora en brioso corcel

cruzas el prado atrevida:

ora das al lienzo vida

con tu mágico pincel.

   Ya con modesta expresión

tu claro talento brilla,

y es ingeniosa y sencilla

tu grata conversación.

   Sólo turba la armonía

de cuadro tan lisonjero

el nombre de triste agüero

con que hoy se anuncia tu día.

   ¡Qué importa! No es cosa nueva

que nos pongan al nacer

un nombre que viene a ser

sarcasmo del que lo lleva.

   No temas, pues, los rigores

que tu triste nombre augura:

Dios no me dio a mí Ventura...

no te dará a ti Dolores.


En el álbum de Blanca Rosa de Osma

Blanca Rosa, flor lozana,

que aún eres tierno capullo

   y entre risas,

de tu edad en la mañana,

te meces al blando arrullo

   de las brisas.

Mira cuál revolotea

en torno a ti la inocente

   mariposa,

y con sus alas orea

el rocío de tu frente,

   Blanca Rosa.

Y cuál la traidora abeja,

que a las flores del pensil

   la miel bebe,

de ti zumbando se aleja,

y a hincarte el dardo sutil

   no se atreve.

Y cuál suelta el ruiseñor

los trinos de su garganta

   melodiosa,

y embelesado en tu amor,

reina del prado te canta,

   Blanca Rosa.

Crece, fragante capullo,

al dulce abrigo amoroso

   que te ampara,

de esa flor que con orgullo

regó del Rimac undoso

   la onda clara.

Y en tanto que su dulzura

heredas y su alma pura;

   crece, hermosa,

en el jardín de la vida,

por los céfiros mecida,

   Blanca Rosa.


En el álbum de una desconocida

Todos estos señores

   te llaman guapa;

pero es porque te han visto:

   ¡vaya una gracia!

   La gracia fuera

celebrar tu hermosura

   sin conocerla.

El cielo a mí esa gracia

   me ha concedido;

pues donde hay algo bueno

   yo lo adivino.

   Que la hermosura

se siente hasta en el aire

   que la circunda.

Hasta el menor objeto

   que la rodea

se impregna del perfume

   de su belleza.

   Las mismas hojas

de este libro en que escribo

   huelen a hermosa.

Así pues, sin recelo

   de equivocarme,

te diré, bella Emilia,

   que eres un ángel.

   Y hasta me atrevo

a decir lo que tienes

   de más selecto.

Al que una vez, Emilia,

   mira tu rostro,

desde luego le encantan

   tus lindos ojos,

   donde fulgura

la luz de las ardientes

   hijas del Turia.

Después de ver tus ojos,

   si queda vivo,

al contemplar tu boca

   perderá el juicio:

   y más si de ella

se exhala el dulce canto,

   que al alma llega.

Esto sin conocerte

   digo y declaro:

no temo, bella Emilia,

   llevarme chasco.

   ¡Ay! temo sólo

decir cuando te vea:

   me quedé corto.


Junio de 1862.

En el álbum de Matilde Lamarca

¡Matilde! ¿Quién no diría

que para quedar vengada

de la conquista pasada

la América aquí te envía?

Pague España su osadía

y sus marciales arrojos;

pues nunca tantos despojos

vieron Pizarro y Cortés,

como aquí rendidos ves

a los rayos de tus ojos.

   Yo que en su luz soberana

el sol de mi patria vi,

orgulloso me sentí

de mi sangre americana.

toda competencia es vana:

no os pongáis en su camino,

flores; que el pincel divino

que os matizó de colores

pintó más bellas las flores

que brota el suelo argentino.


Madrid, 1860.

En el álbum de Genoveva Samaniego

Cuando por primera vez

vi tus celestiales ojos,

tu talle, tus labios rojos

y tu nacarada tez;

   contemplando en ti el portento

de la belleza más pura,

dije: «Es tanta su hermosura,

que no ha menester talento.»

   Después, junto al mar que baña

la residencia imperial,

cuyo encendido fanal

brilla en las costas de España24,

   quiso mi propicia suerte

que contigo me encontrara

y que el placer disfrutara

de hablarte y de conocerte.

   Viendo en ti gracia, dulzura,

ingenio, juicio, instrucción,

dije: «Con tal discreción

de sobra está la hermosura.»

   ¿Con dones de tal valor

qué falta a tus perfecciones?

Falta saber si a esos dones

acompaña otro mayor.

   El fuego del sentimiento

que brota del corazón,

con cuyo celeste don

sobran belleza y talento.

   Esa centella divina

de amor, que cuando aparece

todo semblante embellece

y toda mente ilumina,

   ¿la sientes tú? -Puede ser

que lo ignores todavía.

¡Feliz quien merezca un día

tal secreto conocer!


Mayo de 1863.

En el álbum de Teresa Coll

Se acerca, bella Teresa,

el glorioso aniversario

del santo rey que a Sevilla

libró del yugo africano.

Con dobles galas vestido,

de ti se despide mayo

y te deja por memoria

de tu padre el nombre amado.

Cuando mañana lo anuncien

del sol los brillantes rayos,

y tu amor filial le muestres

con un cariñoso abrazo;

pregúntale si conserva

en su corazón grabados

recuerdos de San Mateo

en sus infantiles años;

y si al ver mi firma aquí

observas que no ha olvidado

a su antiguo compañero,

dale en mi nombre otro abrazo.


29 de mayo de 1862.

En el álbum de Carmen Coll

Carmen, ¡parece mentira

que vaya a cumplirse un año

desde que le di a tu padre

los días de San Fernando!

En un álbum parecido

al que aquí tengo en la mano

rogué a tu hermana le diera

en mi nombre un tierno abrazo.

¡Paréceme que fue ayer!

Iba a terminarse mayo;

pero de aquel mayo a éste

¡cuántas cosas han pasado!

Desde luego, un año entero;

y a tu edad, Carmen, un año

aumenta las ilusiones,

a mi edad los desengaños.

Mas si es verdad que en la vida

los he tenido y amargos,

no soy de los que maldicen

este mundo que habitamos.

Primero, porque no hay otro

(hablo de tejas abajo),

y luego, porque hay en él

más de bueno que de malo.

En esto, Carmen, sucede

como en otros muchos casos,

que el infeliz alza el grito

y el feliz se está callado.

Y aunque éstos sean los más,

como no mueven los labios,

parece que en este mundo

no hay más que desesperados.

Esta es, Carmen, la verdad:

no seas tú como tantos

que en el umbral de la vida

son viejos anticipados.

Toma la virtud por norte

bajo el paternal amparo,

y de las flores que brinda

aspira el aroma grato.

Ni creas ni niegues todo:

y aunque te cueste trabajo,

no entregues tu corazón

si otro en prenda no te han dado.

Pero en fin, ¿por qué pretendo

darte consejos en vano,

si todos ellos en uno

puedo dejarte cifrados?

De tus penas y alegrías,

de tus risas y tus llantos

elige por confidente

al padre que Dios te ha dado.

Los amores de este mundo

viven porque esperan algo:

el de un padre nada espera;

ni siquiera ser pagado.

Pero ya quiero dar fin,

que el sermón va siendo largo

y quizá te estoy diciendo

lo que tienes olvidado.

Perdona; y cuando amanezca

el día de San Fernando

y de tu padre celebres

el feliz aniversario,

lo que a tu hermana encargué

a ti de nuevo te encargo.

Y Dios nos conceda a todos

ver muchos meses de mayo:

a ti, Carmen, y a tu hermana

para que le deis mi abrazo:

a él para recibirlo,

y a mí para recordarlo.


Mayo de 1863.

En el álbum de Rosa Vallarino

Vertiendo aroma, al despuntar el día,

nace la rosa en plácido pensil:

en el pensil de España, Andalucía,

tú naciste también, Rosa gentil.

   Nace; y tímida empieza y ruborosa

su purpurino cáliz a entreabrir;

capullo son también tus labios, Rosa,

cuando comienzan dulces a reír.

   Pastor incauto, del olor llevado,

su tallo ¡ay, necio! se atrevió a tocar:

aguda espina le dejó llagado,

y largas horas consumió en llorar.

   Rosa gentil, que a su pesar inclinas

a que te adore el que una vez te vio;

dime si tienes cual la rosa espinas;

que no quisiera lastimarme yo.


1830.

En el álbum de ***

Cuando contemples la saña

del mar que entre densa bruma,

alzando montes de espuma,

los riscos del puerto baña;

   piensa que igual conmoción,

igual tormenta de horrores

pueden causar tus rigores

a algún triste corazón;

   mas cuando en ondas de plata

se tienda el mar mansamente,

cual terso cristal luciente

donde el cielo se retrata,

   gózate en mirarlo, y di:

«¡Al alma más angustiada

sólo con una mirada

puedo yo tornarla así!»


1838.

En el álbum de ***

Amor, sacando un dardo

de su dorada aljaba,

un álbum desplegaba

y a mí se presentó.

«Para una hermosa, dijo,

que hoy en mi templo vive,

en ese libro escribe

con este agudo arpón.

   Hijo de Apolo, canta

el triunfo de una hermosa,

envidia de la rosa

que empieza a despuntar.

Escribe; y no pretendas

gozar de su presencia,

si grata independencia

anhelas conservar.

   Abrasadora llama

brilla en sus ojos bellos,

mi antorcha enciendo en ellos,

mil pechos hago arder;

y es su negro cabello,

rival de mis arpones,

de incautos corazones

inevitable red.

   Escribe.» -Yo temblando

obedecerle intento,

y entre mis dedos siento

fuego el arpón brotar:

llego a las blancas hojas

su ardiente punta de oro,

y «¡hermosa, yo te adoro!»

sólo acerté a grabar.

    Amor el álbum toma,

y vuela y desparece,

y a la ninfa le ofrece

que hermosa me pintó.

¿Aceptará benigna

el don que la dirijo?

Lo que la ninfa dijo

no me lo dijo Amor.


1828.