Sobre la recuperación de Nietzsche
Gonzalo Sobejano
(Philadelphia, U. S. A.)
Hace diez años el silencio en torno a Nietzsche había llegado, en España, a un punto de extrema inercia, tanto que la impresión que podía tenerse, tras largo tiempo de enfriamiento si no de olvido, era la impresión de un Nietzsche irrecuperable. No es que se hubiese estado leyendo mejor a Marx, pero el nombre de éste, o su renombre, ocupaba las inteligencias, mientras citar a Nietzsche, confesar la lectura de un libro o de unas páginas de Nietzsche, y no digamos publicar el resultado de meditaciones propias sobre él o a partir de él, hubiese parecido más bien intempestivo. Uno mismo, entregado por entonces a un trabajo de carácter histórico acerca de la presencia de Nietzsche en la literatura española, llegaba a dudar de si esa presencia podría interesar a alguien, y a pensar si explanarla no era tal vez escribir un capítulo de arqueología inmediata, valga la paradoja. Aquel trabajo, acabado en 1966 y publicado al año siguiente, terminaba, a pesar de todo, con unas palabras que voy a transcribir por lo que contengan de sintomático y aun de erróneo:
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Las promociones jóvenes españolas están muy lejos de Nietzsche. Entre los grandes forjadores espirituales del mundo moderno -Marx, Nietzsche- prefieren al primero. Y no es extraño que así ocurra. Poniendo aparte todas las virtudes eminentes de Nietzsche como metafísico, crítico de la cultura y de la moral, psicólogo y poeta, su influencia ha sido uno de los elementos primordiales que han encaminado a España hacia una situación que ahora se revela insatisfactoria: la Voluntad se hizo Violencia, la Aristocracia desembocó en Autoritarismo, el Individualismo en Anarquía fracasada, la glorificación de la Vida en desesperación respecto al sentido humano y solidario de la vida. Pero en Nietzsche hay caudal suficiente de ideas y estímulos que esperan nuevas apreciaciones y un aprovechamiento compatible con el sano pensar de las generaciones jóvenes1. |
En esas líneas se exageraba seguramente la parte, desde luego indirecta, que la enseñanza de Nietzsche tuviera en resultados tan insatisfactorios, y tan odiosos ¿por qué no decirlo?, como la violencia, el autoritarismo, la anarquía y la apoteosis de la Vida (con mayúscula de desafuero). La referencia, sin embargo, sólo concernía a Nietzsche, repito, indirectamente: apuntaba a la ideología que en Europa, y contra todo «buen europeo», se había servido de aquél para fines políticos abusivamente nacionalistas. Poníase a salvo de toda caducidad al Nietzsche metafísico (superador de la metafísica occidental para acceder a otra que, si se quiere, se puede llamar de distinto modo, pero que no deja de ser interpretación de lo real en su constitutivo devenir e infinito perspectivismo), y sálvase igualmente de la corrupción el valor de Nietzsche como crítico de la cultura y de la moral, como psicólogo y como poeta, esto último no sólo en el sentido de potencia creativa en prosa y verso, sino en el de unión indiscernible del filosofar y el poetizar. Finalmente, en aquellas líneas se indicaba (no era necesario, pero se indicaba) que en Nietzsche había ideas y estímulos a la espera de nuevas apreciaciones.
Creo que, en lo positivo, tales declaraciones mantienen validez o, mejor, la recobran ahora, a escasa distancia de cuando fueron escritas. Hoy es palpable la curiosidad de una parte de la juventud intelectual española hacia Nietzsche, y quien promueve aquélla no es el excitador de la voluntad, como en tiempos del 98, ni el definidor de la moral señorial, como en torno a 1914, ni el exasperado vitalista expoliado en esos y otros tiempos posteriores: es el Nietzsche de la afirmación del eterno retorno, el crítico de la razón, de la religión y de la cultura moderna, el psicólogo también, y sobre todo el poeta: el extático experimentador del instante, «inventor» del azar, aceptador libérrimo de la inocente necesidad del devenir.
Se da, se está dando actualmente en España una vivificación de la curiosidad lectora y estudiosa en torno a Nietzsche; fenómeno que, por lo mismo que se halla en proceso, sería prematuro querer juzgar desde el punto de vista de su finalidad, pero que quizá no sea inoportuno enjuiciar en las circunstancias de su fomento y en algunos de sus logros hasta la fecha.
La iniciativa, menester es reconocerlo, viene de Francia. El nuevo interés no ha sido espoleado, en España, por el conocimiento de libros fundamentales a él consagrados por K. Löwith, K. Jaspers y M. Heidegger, aunque debe señalarse la traducción de los escritos, también alemanes, de B. Welte y de E. Fink2. Quienes han provocado dicho interés, han sido principalmente: M. Foucault, Nietzsche, Freud, Marx3; G. Deleuze, Nietzsche y La filosofía4; G. Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte5, y P. Klossowski, Nietzsche y el círculo vicioso6, a los que hay que añadir otros nombres franceses (Lacan, Ricoeur).
No es extraño, así, que las interpretaciones españolas recientes, como imantadas por las preferencias de esos exégetas galos, giren alrededor de determinados temas mayores: la crítica nietzscheana del lenguaje y desde el lenguaje, como método de ruptura de creencias y sistemas petrificados (Foucault); la afirmación del devenir y del azar, del juego y de lo múltiple, como denuncia contra las fuerzas reactivas de la dialéctica, contra el resentimiento y la mala conciencia (Deleuze); la exaltación del instante, la suerte, el acaso, la ingravidez y la inmanencia, y la forma aforística, de centro ubicuo (Bataille); el eterno retorno, las impulsiones y complejos de su padecedor, así como la exégesis fragmentaria y la glosa psicoanalítica del pensar y vivir nietzscheano (Klossowski).
Se transparenta la dependencia respecto de esos y otros ensayos franceses en el volumen En favor de Nietzsche (Taurus, -Madrid, 1972), donde quedan reunidos valiosos trabajos a Nietzsche dedicados por jóvenes profesores españoles7 durante un Seminario que tuvo lugar en la Universidad Autónoma de Madrid en el curso 1971-72. No dependen sensiblemente de aquel magisterio francés los estudios del musicólogo Ramón Barce y del profesor de filosofía y traductor Andrés Sánchez Pascual.
A este último se debe lo que era y es más urgente dentro de este movimiento de recuperación de Nietzsche: la traducción cuidadosa de sus obras. No he de referirme por extenso (habiéndolo hecho ya en el mencionado libro) a la triste suerte de Nietzsche en España por lo que hace a traducciones. Exceptuando la versión primera del Zaratustra por Juan Fernández (Madrid, 1900), ninguna hay, entre las muchas que se cometieron desde principios de siglo hasta ahora, que merezca aquello que una traducción debe empezar por suscitar en el lector: confianza. Ejecutadas muchas de ellas a través del francés por publicistas de escasa o nula competencia filosófica y literaria, sacadas a luz en su mayoría por editoriales más vulgares que divulgativas, sujetas a impresión negligente y a reimpresiones disfrazadas, o en el menos malo de los casos, en el caso de la edición única que hasta ahora podía adquirirse, estropeadas por la incuria tipográfica, los errores errantes, la falta de orden y la exigüidad o ausencia de notas aclaratorias, tales versiones -a las que no se les puede negar función difusora- hacían imposible al buen trabajador intelectual aducir un texto de Nietzsche si no era dejándolo en alemán o proponiendo versión propia (¿pero y los no conocedores de ese idioma?).
A esta situación viene a poner remedio la traducción de Nietzsche en la colección «El Libro de Bolsillo» de Alianza Editorial, al cuidado de Andrés Sánchez Pascual. De esta traducción, que puede ser un día de las Obras completas, pero que por el momento se anuncia sólo como traducción de «el cuerpo principal de la obra de Friedrich Nietzsche», según se lee en la contracubierta del primer volumen editado, han aparecido hasta la fecha los siguientes títulos: Ecce homo, 1971 (núm. 346 de la colección); La genealogía de la moral (núm. 356); Así habló Zaratustra (núm. 377); Más allá del bien y del mal (núm. 406), los tres en 1972, y El nacimiento de la tragedia, 1973 (núm. 406). Todos ellos: «Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual».
Los primeros traductores españoles, aun de haber querido, no hubiesen podido empezar por Ecce homo, obra no conocida hasta 1908, fecha de su publicación póstuma. Ha sido un acierto comenzar ahora con Ecce homo, no sólo porque Nietzsche proporciona aquí la más luminosa introducción autocrítica a cada una de sus obras capitales (con excepción de Der Antichrist), sino además porque habla de sí mismo -de su procedencia, trato, carácter y facultades, de la elección de régimen alimenticio, clima, lugar, lecturas, recreaciones y gustos, de sus intenciones y estilo, de su voluntad y su destino- en forma tan arrebatadoramente definitiva que es imposible no sentirse llamado hacia el conocimiento completo de la obra de un hombre que de tal modo sabe reconocerse a sí propio, y en sí propio, reconocer la necesidad primordial del hombre: la plena salud.
La autocrítica de Ecce homo sirve a Sánchez Pascual como pauta más segura para presentar ése y los sucesivos volúmenes, adoptando con ello el criterio de autoridad inmanente, lejos de las divagaciones intermediadas que suelen infestar el género prologal. La presentación es homogénea en todos los casos. Primero, una llamada de atención sobre la obra correspondiente, haciendo notar sus rasgos distintivos más incitantes: extrema honestidad y aparente impudicia de Ecce homo, efecto sombrío y cruel de La genealogía, trascensión filosófico-poética de lo ya existente en Zaratustra, óptica de la negación de lo próximo, y ritmo sosegado, en Más allá, intempestividad de El nacimiento de la tragedia. Luego, una concisa exposición de la génesis del libro: propósito y finalidad, ambiente en que fue surgiendo, circunstancias que determinaron su gestación, y breve historia del texto y del eco alcanzado al ver la luz. Partiendo casi siempre de testimonios del propio Nietzsche, sobre todo de Ecce homo, se define luego el sentido de la obra, condensando el mensaje y describiendo aspectos formales: el argumento, la estructura, el temple de la palabra, la organización del ritmo.
Buen ejemplo de este modo de proceder, es la aplicación de lo advertido en Ecce homo acerca de La genealogía de la moral a los tres tratados que componen este volumen, destacando en cada uno el comienzo frío e irónico, la creciente agitación tempestuosa hacia el «tempo feroce» y la final verdad que como entre nubes se abre paso; descripción a la que siguen avisos muy pertinentes, y muy en consonancia con el Nietzsche que hoy prevalece, acerca del concepto de «interpretación» y del concepto de «genealogía», ambos básicos, según Deleuze, para comprender como crítica la filosofía de Nietzsche, y esa crítica no como reacción, sino como acción. Otro ejemplo de certera presentación es el examen de la triple génesis -afectiva, conceptual, figurativa- del Zaratustra, de sus pensamientos vertebrales (superhombre, muerte de Dios, voluntad de poder y eterno retorno), de las distintas especies de capítulos que lo integran (narrativos, doctrinales, líricos) y de su fábula. Y asimismo es afortunada la comparación que se apunta entre Más allá y Humano, demasiado humano con objeto de señalar, por debajo de la semejanza externa, la distancia que separa al librepensador de Humano del espíritu libre de Más allá del bien y del mal.
Los textos utilizados son, para las obras dadas al público por Nietzsche mismo, sencillamente los de la última edición autorizada por aquél, que es lo pertinente. En el caso de Ecce homo (obra no publicada por Nietzsche), la mejor edición alemana aparecida hasta el momento. Una pequeña novedad en el texto de Zaratustra: su penúltimo capítulo, titulado hasta ahora «El canto de embriaguez» (Juan Fernández) o «La canción de la embriaguez» (Ovejero), recobra su primitivo título, «La canción del noctámbulo»; Andrés Sánchez Pascual no quiere tomar como definitiva la enmienda manuscrita del mismo Nietzsche hecha sobre su ejemplar personal («Das trunkne Lied» en vez de «Das Nachtwandler-Lied»), aunque a ella hace referencia en nota. Los cotejos entre la tercera edición de El nacimiento de la tragedia y las dos primeras, cuando las lecturas difieren, representan una curiosidad textual, como lo es la incorporación de tres trabajos preparatorios, de difícil acceso aun para alemanes: las conferencias sobre «El drama musical griego» (enero 1870), y acerca de «Sócrates y la tragedia» (febrero del mismo año), y el estudio «La visión dionisíaca del mundo».
Pero, sin duda, la
mayor novedad textual se encuentra en Ecce homo, cuya versión incluye las
restituciones de Colli-Montinari. Algunas, muy breves, restablecen
declaraciones que fueron «censuradas» por motivos de
prudencia pública: así, las alusiones al emperador en
pp. 53 y 95, y a Malwida von
Meysenbug (no Meysenburg, como se lee tantas veces) en p. 122. Otro texto restituido,
también muy breve, encierra la confesión de haber
concluido el 30 de setiembre de 1888, o sea tres meses antes del
colapso mental, la Transvaloración, y ello, junto
con lo en verdad escrito en las líneas preliminares de
Ecce homo,
permite a Sánchez Pascual prevenir al lector de que «Nietzsche no dejó ninguna obra
póstuma en cuatro libros, llamada Transvaloración
de todos los valores, sino que ya desde el 20 de noviembre de
1888, consideró que El Anticristo era la entera
Transvaloración (y no sólo su primer
libro). Más aún, Transvaloración de todos
los valores fue para Nietzsche, en cierto momento, tan
sólo el subtítulo de El
Anticristo»
(nota 14).
Con todo, la mayor
novedad textual es el parágrafo 3 de «Por qué
soy tan sabio», desconocido hasta 1969 y ahora por vez
primera accesible en castellano. Contiene expresiones de
repugnancia y de horror, de dolor y de sarcasmo, respecto a la
madre y la hermana, así como testimonios favorables al padre
(orgullo), a Cosima Wagner (admiración) y a Richard Wagner
(pasada afinidad). El texto es de una sinceridad fulgurante, pero
más allá de esa privada denigración de la
madre y la hermana (a ésta se le puede reprochar otros
falseamientos y manejos: la ocultación de esta
página, en corriente mensura humana es explicable; cualquier
hermana hubiese hecho lo mismo), destaca esta aseveración
liberadora: «Con quien menos se
está emparentado es con los propios padres: estar
emparentado con ellos constituiría el signo extremo de
vulgaridad. Las naturalezas superiores tienen su origen en algo
infinitamente anterior y para llegar a ellas ha sido necesario
estar reuniendo, ahorrando, acumulando durante larguísimo
tiempo»
(p. 26). Aseveración liberadora, digo,
porque sea cual sea su congruencia con el promedio de los casos
reales (no se trata de estadística), vale como una
revelación más de la desconfianza total de Nietzsche
respecto a la cadena causa-efecto, como una prueba más de su
aversión a la continuidad histórica, y conlleva un
sentido de rebeldía contra leyes y costumbres, y la voluntad
poética de inspirar autenticidad, autonomía y fuerza
autocreativa.
Sobre la labor anotadora de A. Sánchez Pascual, lo menos que cabe decir es que es la única de que dispone el lector español, ya que en las numerosas traducciones anteriores o no había nota alguna o las pocas que aparecían (por ejemplo, en Juan Fernández o en J. E. de Muñagorri) casi nunca tenían más objeto que explicar o disculpar puntos de difícil traslación. Pero las notas de estas nuevas versiones no son sólo las únicas: son las más pertinentes y completas que pueden desearse. Hay notas léxicas, que explican ciertas expresiones en sí o como problemas de traducción. Notas biográficas, que despejan cuestiones de situación, momento histórico o relación del autor con distintas personas. Notas textuales, que remiten a escritos del filósofo o de otros autores nombrados o aludidos. Entre ellas, las hay que ponen en conexión textos de Nietzsche para puntualizar un antecedente, semejanza, contraste o consecuencia; y las hay que allegan textos ajenos, a los que Nietzsche alude tácitamente (como ocurre en las incontables alusiones bíblicas del Zaratustra) o con indicación insuficiente (como ocurre, por ejemplo, en la referencia al pensamiento de Santo Tomás según el cual los bienaventurados, para mayor complacencia en su ventura verían penar a los réprobos: texto localizado en la nota 36 de La genealogía). No faltan, en fin, las notas críticas, aquellas en que se interpretan pasajes, dotándoles de más claro sentido en su verdad o en su valor literario.
Aunque este trabajo de anotación aproveche la tradición acumulada durante casi cien años de reflexión europea sobre el pensamiento de Nietzsche, habla en mérito de A. Sánchez Pascual tanto el esfuerzo por recoger varias y dispersas averiguaciones como el hallazgo personal de explicaciones numerosas, la certera selección y economía expresiva de las apostillas, y el hecho de que no pierda de vista el radio de interés del lector español: así por ejemplo, en la nota 48 de La genealogía se aprovechan las reflexiones sobre don Quijote en casa de los duques (texto finamente rememorado por Azorín en 1914) para reproducir un fragmento inédito de 1877 en que Nietzsche considera a Cervantes «una desgracia nacional» por haber ironizado en su obra magna todas las aspiraciones superiores, incitando a reír «a España entera, incluidos todos los necios». Del quijotismo de Nietzsche no es ésta la única manifestación, pero sí la más vehemente.
Acerca de la traducción misma, fácil es observar su corrección y, lo que importa tanto como ésta, su valiente proximidad al original. Dicho en términos escuetos: las traducciones anteriores hacían descender a Nietzsche al nivel de un castellano común (este «común» significaba casi siempre la más cómoda convención); la nueva traducción hace ascender a cada lector al nivel de un Nietzsche tan singular en el consistir como polifacético en los modos de manifestarse. Dentro de esta dirección productora y no reductora la manera de obrar es el respeto absoluto al autor traducido: desde la puntuación, a través del vocabulario, hasta la frase, el complejo sintáctico y el ritmo que preside la totalidad; y junto a ese respeto, osadía para cerrar los oídos, mientras se pueda, al canto llano del idioma común.
Señalaré un ejemplo, breve, como muestra de lo que podría tener innúmeras demostraciones. Sea del Zaratustra, la obra más divulgada y aquella de que pueden colacionarse fácilmente una buena traducción, la de Juan Fernández, y otra menos buena, la de Eduardo Ovejero (en adelante se emplean las siglas JF, EO y ASP):
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Euer Eheschliessen: seht zu, dass es nicht ein schlechtes S c h l i e s s e n sei! Ihr schlosset zu schnell: so f o l g t daraus -Ehebrechen! Und besser noch Ehebrechen als Ehe-biegen, Ehe-lügen! -So sprach mir ein Weib: «wohl brach ich die Ehe, aber zuerst brach die Ehe- mich!» Schlimm-Gepaarte fand ich immer ais die schlimmsten Rachsüchtigen: sie lassen es aller Welt entgelten, dass sie nicht mehr einzeln laufen8. |
Versión de JF:
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Tocante a la manera como «anudáis» vuestros matrimonios, cuidad de que no sea un mal nudo. ¿Habéis anudado demasiado deprisa?, ¡pues de ahí se sigue un rompimiento! ¡Y vale más aún romper el vínculo que doblegarse y mentir! He aquí lo que me ha dicho una mujer: «Es verdad que yo he roto los lazos del matrimonio, pero los lazos del matrimonio me habían roto antes a mí». Siempre vi que los mal avenidos se hallaban sedientos de la peor venganza: se vengan en todo el mundo de no poder ya andar separadamente9. |
Versión de EO:
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¡Tened cuidado del modo de «concluir» vuestros matrimonios, tened cuidado de que no constituyan una mala conclusión! ¡Habéis concluido demasiado pronto, por lo que se seguirá una ruptura! ¡Y vale más romper el matrimonio que doblegarse y mentir! He aquí lo que me dijo una mujer: «Es verdad que yo he roto los lazos del matrimonio, pero los lazos del matrimonio me habían roto a mí». Siempre he visto que los malcasados estaban sedientos de la peor venganza: se vengan, a costa de todo el mundo, de no poder andar sueltos10. |
Versión de ASP:
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Vuestro enlace matrimonial: ¡Tened cuidado de que no sea una mala conclusión! Habéis soldado con demasiada rapidez: ¡por eso de ahí se sigue -el quebrantamiento del matrimonio! ¡Y es mejor quebrantar el matrimonio que torcer el matrimonio, que mentir el matrimonio! -Así me dijo una mujer: «Es verdad que yo he quebrantado el matrimonio, ¡pero antes el matrimonio me había quebrantado a mí!» Siempre he encontrado que los mal apareados eran los peores vengativos: hacen pagar a todo el mundo el que ellos no puedan ya correr por separado11. |
Zaratustra comienza su interpelación con un miembro nominal seguido de dos puntos. Sólo ASP deja las cosas como están en el original. JF empieza de manera harto prosaica («Tocante a...») y convierte aquel miembro antepuesto y expresamente separado por los dos puntos, en un complemento objeto pospuesto y en plural («vuestros matrimonios»). EO hace igual, aunque sin aquel prosaísmo. De «ein schlechtes S c h l i e s s e n» (espaciado) hace JF «un mal nudo» (cursiva) y EO «una mala conclusión» (ni espaciado ni cursiva); ASP traduce «una mala conclusión», lo mismo que EO (pero, dada la escrupulosidad con que ASP atiende siempre a la grafía, aquí es obvio que se deslizó un olvido, rarísimo en el texto de estas versiones).
En el segundo párrafo el original espacia lo que JF y ASP ponen en cursiva («se sigue») y EO deja sin marcar. Ni JF ni EO tienen en cuenta para nada el guión pausal («daraus -Ehebrechen!»). Sólo ASP reproduce el guión, importantísimo en la entonación nietzscheana.
El juego sutil que se traba entre «Eheschliessen», «ein schlechtes S c h l i e s s e n», «Ihr schlosset», «so f o l g t daraus» y «Ehebrechen», es trasladado por JF bajo las imágenes 'nudo' y 'romper', por EO bajo las imágenes 'concluir' y 'ruptura', ASP introduce mayor riqueza semántica añadiendo la imagen 'soldadura'.
Sería fatigoso proseguir la comparación, pero nótese cómo la insistencia repetitiva de «Ehebrechen... Ehe-biegen... Ehe-lügen», evitada por los dos traductores precedentes, es conservada por ASP: «¡Y es mejor quebrantar el matrimonio que torcer el matrimonio, que mentir el matrimonio!», sin miedo a hacer gongorinamente transitivo el verbo «mentir». Para «Schlimm-Gepaarte» hállase en JF «los mal avenidos» (demasiado moral), en EO «los malcasados» (demasiado civil), en ASP «los mal apareados» (exactamente pecuario y quizá lúdicro).
En todo, desde las señales gráficas del énfasis hasta la propiedad del vocablo y del ritmo, aventaja la nueva traducción a la primera y supera nítidamente a la de Aguilar. El subrayar o no un término, el mantener exclamación donde la había o convertirla lisamente en pregunta, el saber localizar los componentes en el orden más próximo al original o allanarlo todo al sistema «corriente», son fenómenos que revelan si el traductor posee, o no, la fina oreja y la capacidad aprehensiva que Nietzsche, insuperable artista del lenguaje, hubiera sido el primero en reclamar para su obra (¡de Strindberg solicitaba ser traducido!).
El nuevo traductor
prefiere, con buen criterio, la precisión a la llaneza, la
exactitud a la suavidad. Transvaloración de todos los
valores es la réplica justa a «Umwertung aller Werte»,
frente a «transmutación»,
«subversión» y otras (aquí merece
recuerdo Pérez de Ayala, que en 1921 usaba
«transvaluación»: pero lo más exacto es
transvaloración). Para un término
difícil como «Selbstbesinnung», mejor es
autognosis (ASP, Ecce homo, p. 124), con todo y su aparente
pedantería, que «determinación de
sí» (en la vieja traducción de José
Francés, increíblemente exhumada a estas
alturas)12
o «afirmación de sí mismo» (EO,
vol. cit., p. 717). Parecida
valentía en la adopción de otras equivalencias:
pulsión para «Trieb»
(Genealogía, p. 131); «todos esos pálidos ateístas,
anticristos, inmoralistas, nihilistas, estos escépticos,
efécticos, hécticos de
espíritu»
(Genealogía, p.
172) para «alle diese blassen
Atheisten, Antichristen, Immoralisten, Nihilisten, diese Skeptiker,
Ephektiker, Hektiker des Geistes», que
EO trasladaba así: «todos esos
pálidos ateos, anticristos, inmoralistas, nihilistas; esos
escépticos, esos incrédulos y otros raquíticos
del espíritu»
(vol. cit., p. 672), versión
cuya naturalidad (?) se logra a costa de borrar los vivaces juegos
paronomásicos del original («Atheisten,
Antichristen», «Skeptiker,
Ephektiker, Hektiker») y a expensas de la
exactitud semántica puesto que «Ephektiker» no significa
«incrédulo», sino 'inhibido', y
«Hektiker» no quiere decir
«raquítico», sino 'héctico, febril'.
Otros casos,
tomados de Así habló Zaratustra. El verbo
«untergehen», predicado de
Zaratustra y del Sol («Zarathustra's
Vorrede», § 1) quedaba insuficientemente
matizado en la versión de JF: «Yo
debo descender, como tú, según dicen los hombres
hacia quienes quiero dirigirme»
(p. 8); en la citada
edición Aguilar, única que tengo a la vista,
¡la frase ha desaparecido!; en ASP se lee: «Yo, lo mismo que tú, tengo que
hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes
quiero bajar»
(p. 32), y obsérvese que la nueva
traducción, además de reunir 'hundimiento' y 'ocaso'
(y en 'hundimiento' los sentidos de 'descenso' y 'decadencia')
subraya lo que en el original va subrayado, y mantiene el ritmo de
éste: «Ich muss, gleich
dir, untergehen» (Yo, lo mismo que
tú...) Donde JF traducía «die
bunte Kuh», nombre de la ciudad donde
residía Zaratustra, por «la Vaca
Pintoja»
(p. 28), un poco demasiado castizamente, y EO
por «la vaca de muchos colores»
(p. 264), con minúscula y con perífrasis impropia de
un nombre propio, ASP traduce «La Vaca
Multicolor»
(p. 51), con adjetivo sintético y las
mayúsculas adecuadas. Nietzsche tituló el tercer
discurso de Zaratustra «Von den
Hinterweltlern», troquelando el neologismo
sobre el modelo «Hinterwäldler» y con
despectiva alusión a los «meta-físicos»:
JF, apuntando en una nota la posibilidad de escribir
«ultramundistas», optaba por un giro menos llamativo:
«De los creyentes en ultramundos»; EO escogía
perífrasis más remota: «Los alucinados de la
historia»; ASP vierte el neologismo con brío digno de
Nietzsche y de Unamuno: «De los trasmundanos»
(¿no habló Unamuno del «trasnombre» como
se habla del «pan de trastrigo»?). Allí donde JF
había apresado bien el sentido del título
«Von tausend und Einem
Ziele», traduciendo «los mil objetos y el
objeto único», EO introdujo, llevado por el sonsonete
de las mil y una, este grave error: «De los mil y un
propósitos»; ASP, que detecta el estropicio,
restituye: «De las mil metas y de la única
meta».
La actitud que inspira esta nueva traducción queda de relieve en la nota 103 de Más allá del bien y del mal, a propósito de la tríada «decir no, querer no... hacer no» (para «der nicht bloss Nein sagt, Nein will, sondern... Nein tut»). Allí se dice: «Mantenemos su violencia en esta traducción, en lugar de suavizarla». Es lo oportuno. Planchar, peinar, pulir el lenguaje de un escritor como Nietzsche constituye una falta de respeto a él y una falta de libertad frente al materno idioma.
Por desgracia el buen ejemplo de esta traducción de Alianza Editorial no ha impedido que en 1972, publicados ya tres o cuatro volúmenes de ella, haya visto la luz una versión de El ocaso de los ídolos13 que prolonga la tradición de incuria más arriba evocada. Abro al azar por la página 65 y los errores y descuidos acuden en enjambre: «intemporal» por 'intempestivo', «in impuribus naturalibus» en vez de in impuris naturalibus, «carácter ininteligible» por 'inteligible', «el entusiasmo en levita» como traducción de «die Begeisterung, die den Rock auszieht», de Renan se dice que «bosteza» (¡!), «la visión por 'la desdeñosa ironía' (¿quizá 'la irrisión'?), «invectiva» por 'inventiva', «peligrosa oración» por 'peligroso modo de adorar'.
Más recientemente ha aparecido un volumen antológico de Nietzsche: Inventario (Edición de Fernando Savater, Taurus, Madrid, 1973). Se trata de una colección de textos agrupados bajo ocho epígrafes y tomados de diferentes obras, de cartas y de escritos póstumos. Para Zaratustra, Más allá, La genealogía y Ecce homo se dan las versiones de Andrés Sánchez Pascual en Alianza Editorial; en los demás casos, las de la edición Aguilar, incluidos sus numerosísimos errores, lo cual es una lástima, y hace inservible gran parte del volumen.
El Inventario, que no aspira a ser más que un vademécum para quien lo ha juntado, posee ante todo un valor sintomático. Afirma Savater en el prólogo que las teorías de Nietzsche importan en esta segunda mitad del siglo «porque nos son literalmente indigeribles)», que «leemos a Nietzsche porque nos indigna» y «siempre nos interesa», y que: «Lo que Nietzsche nos brinda, con un talento y una fuerza incomparables, es su provocación. Para nosotros, lo esencial de Nietzsche es la blasfemia». Por tal debe entenderse la blasfemia blandida contra nosotros, contra él mismo y «contra las formas de fe en Dios que seguimos profesando, que no logramos dejar de profesar: la identidad personal, la razón científica, las 'lecciones' y el sentido de la historia, las categorías gramaticales, la compasión, la autoinmolación, los derechos del hombre, el democratismo humanista...» Repertorio de asuntos, éste, que delata hacia dónde se dirige la voluntad de algunos lectores españoles: al encuentro de una autenticidad personal, cada vez más amenazada por la supervivencia inerte y el incremento vano de tantos y tantos ídolos.
Sintomático es también lo que expresa Fernando Savater a propósito de esta especie de moda: «Nietzsche goza de actualidad en Francia y España», pero el que importa, según él, no es el Nietzsche inscrito en los programas universitarios, ni lo que importa son obras sobre Nietzsche14, sino a partir de Nietzsche: esas obras «tratan fundamentalmente de suponer una ruptura con la expresión de la razón, tal como funciona hasta el comienzo de la posguerra en el pensamiento europeo contemporáneo». De las que han sido publicadas en castellano consigna Savater las de Bataille, Deleuze, Foucault y Klossowski, el ya aludido tomo En favor de Nietzsche, donde el mismo Savater colabora, La dispersión de Eugenio Trías (Taurus, Madrid, 1971) y De «usía a manía» (Vino y éxtasis) de Víctor Gómez Pin (Anagrama, Barcelona, 1972). Común a estos dos últimos autores es la afirmación de la diferencia (en el sentido de Deleuze) frente a la dialéctica.
En su breve
tratado, Gómez Pin propone: «Unidad
a-sistemática de usía y
manía, vino y razón, fundado e
infundado», no como síntesis reductora: «como posibilidad suplementaria que enriquece el
campo de interpretación»
(p. 85).
Eugenio Trías, en La dispersión, acogido al lema de Zaratustra «El centro está en todas partes», proyecta bajo raudas formas aforísticas su pensar, no tanto acerca de la dispersión cuanto en ella y desde ella: pensar interjectivo, exuberante y caótico (el caos le es «sagrado»), hostil a la sustancia, el fundamento y el fin. El tono de los aforismos denuncia tal impregnación de la obra de Nietzsche, que a veces se sobrepone al lector la sensación del remedo y aun de la parodia: «Todavía juzgáis, amigos... Yo os invito a que juguéis...»
La nueva lectura de Nietzsche, de acuerdo con Deleuze, no encamina al irracionalismo; invita a otro estilo de razón. Ni humanismo ni estructuralismo, pues éste reemplaza al hombre por el sistema, sino: dispersión, «ocurrencia». El paradero, si lo hubiese, que no lo puede haber, sería el sentido y el valor, nunca la verdad. Interpretación. Emisión de interpretaciones separadas por olvidos.
El mismo Eugenio
Trías, en su ensayo «De nobis ipsis silemus», que encabeza
el volumen En favor de Nietzsche, tras oponer a la
crítica kantiana la interpretación
nietzscheana, exalta el carácter abierto de esta
última y su apelación a los mitos y a la
escenificación del pensamiento, de donde la necesidad de
Nietzsche de «presentarse como
Zarathustra, su 'identificación' con Cristo, su decidida
identificación con el dios de las máscaras, Dionisio
-su enmascaramiento como 'El Crucificado', como 'Ecce
Homo', como 'Dionisos crucificado'...»
(p.
33). Es tema tratado por Klossowski. Y no extraña verlo tan
en primer plano en tiempos de Samuel Beckett y de sus afines.
Piénsese, a modo de ejemplo, en el protagonista del tipo de
novela hoy más cultivado en España: protagonista
inidentificable, confundido o difuso, perdido, innombrable,
espectral; yo emigrante y múltiple, conciencia disgregada,
murmurante espacio de resonancia de un discurrir y un nombrar
tautológicos.
Asisto con expectante curiosidad al despertar de esta otra manera de entender a Nietzsche. Y considero la nueva traducción de sus obras como una aportación útil, segura, digna del mayor reconocimiento.