Cinema Universitario. Núm. 7, julio 1958

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CINEMA UNIVERSITARIO, nos dicen, se repite. Una y otra vez insiste sobre los mismos puntos, recorre los mismos caminos, tiende hacia las mismas metas y vuelve sobre sus mismos textos para enfrentarse con los mismos hechos. Esos no son modos, pues al fin y al cabo, existe el peligro de caer en la monotonía de la revista y en la saciedad de los lectores.
Nosotros nos damos cuenta de todo esto y no le ponemos remedio, porque esta actitud es en nosotros voluntaria y consciente.
Traer a colación, a todas horas, las relaciones entre el cine y la enseñanza, o entre el crítico cinematográfico y su oficio, nos parece una obligación de la que no estamos dispuestos a desertar. Preocuparnos, machaconamente, del público y del analfabetismo cinematográfico español es para nosotros una necesidad que sentimos con pasión. Hablar, sin tregua, de ciertas películas y de ciertas revistas es un testimonio de nuestra perpetua adhesión a unos puntos cardinales que rigen nuestra conducta. Plantear el problema de los cine-clubs o del «cine amateur» pone bien a las claras la índole de nuestras inquietudes y los temores que nos proporcionan esos problemas sin resolver.
En el mundo de nuestro cine las verdades son pocas y se pueden contar con los dedos de la mano; por eso insistir sobre ellas no es un defecto, a nuestro parecer, sino una virtud, la hermosa virtud de la reiteración.
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A veces leemos en los periódicos que un niño ha sido raptado; después, en sucesivas entregas, los periódicos nos van contando que las fuerzas del bien se han puesto en movimiento para rescatar al niño y entregárselo a la madre, colocando las cosas en su sitio y devolviendo la tranquilidad a todos. Los rescates suelen ser más o menos accidentados y el final ya se sabe: el abrazo apretado entre la madre y el niño, si se llega a tiempo, o el hallazgo del cadáver infantil tirado en cualquier parte, si no se llega a tiempo. Algunos films americanos nos han acostumbrado a este tipo de aventuras. Unos hombres se apoderan de un niño indefenso y tratan de medrar a su costa, exigiendo dinero a cambio de la vida y de la libertad del niño.
Este hecho es frecuente en los ámbitos intelectuales, de suyo menos diáfanos y claros de lo que, por lo general, se cree. Abundan ejemplos suficientemente conocidos y suficientemente significativos. Cervantes en manos de los cervantistas es una provocación constante a luchar por su rescate, a liberarlo de aquellos que lo tienen encarcelado. Nietzsche en manos de los racistas nazis (Rosenberg y compañía) es otro rapto que ha exigido un rescate, después de lúcidos y dolorosos esfuerzos para arrancarlo de aquellas manos interesadas. Entre nosotros y cerca. Menéndez Pelayo y los menendezpelayistas nos proporcionan otro ejemplo de las malas consecuencias de un rapto de ese tipo y de lo difícil y peligroso que resulta siempre el rescate, para devolver al raptado a su ser verdadero. Podríamos prolongar los casos, pero ya es bastante.
Con Luis García Berlanga, salvando tiempos y distancias, está ocurriendo algo parecido. Está en peligro de rapto, si no es que está raptado. Se lo trae, se le lleva, se le utiliza para esto y para lo otro y con frecuencia se le traiciona. Y él, como un niño pequeño, indefenso y sonriente, nada puede hacer para evitarlo. Los berlanguistas son legión y bien atrincherados, y sólo debemos lamentar que la terquedad y la fuerza empleadas en enajenar a Berlanga, no sean utilizadas para aclararlo y situarlo donde corresponde, en su auténtico lugar.
A nosotros nos gusta el Berlanga real, pero no el Berlanga bandera; por eso lanzamos un S.O.S. angustioso y ofrecemos un premio por su rescate. Es urgente liberar a Berlanga de los berlanguistas, antes de que sea demasiado tarde, antes de que lo asesinen en cualquier esquina, en cualquier descampado o en cualquier refugio escondido. Rescatar a Berlanga es un acto de amor, es decir, una prueba de libertad.
Cine-forum es una palabra que responde a una concreta realidad: un método de educación del público de cine. Teóricamente es fácil saber en qué consiste: presentación de una película, proyección de la misma y discusión final entre el público asistente. No resulta tan fácil ya encontrar una explicación —3→ suficiente a las virtudes pedagógicas del sistema, a su fundamento, sin caer en oscuras vaguedades. Pero no es esto lo que nos preocupa ahora. Sea lo que sea, hay actualmente en España una floración exuberante de cine-forums. No hay pueblo, comunidad o asociación de hombres buenos que no organice sus sesiones de cine-forum. Basta con hojear cualquier revista especializada para darse cuenta del fenómeno que reseñamos. Se cuentan por centenares los cine-forums dirigidos en un año. Nada hay que objetar a un hecho así. Mas aun es de alabar que los mismos que antes se despreocupaban del cine se ocupen de él ahora, que la educación del público sea una labor cada vez más abordada.
Pero hay algo que no marcha bien. Si descendemos de la teoría, de las bonitas reseñas en el papel, a la realidad de los cine-forums, nos daremos cuenta de muchas cosas. Las presentaciones suelen carecer de todo contenido y a veces de la más elemental preparación, las películas se eligen con absoluta falta de criterio, las discusiones finales son pura comedia y el público permanece tan inactivo como le da la gana, sin tener en cuenta su prevista participación en un debate, ni su necesaria autoformación para no dejarse dominar por lo que en la pantalla se le ofrece. Resulta, por lo tanto, que prácticamente el cine-forum no es ese casi mágico procedimiento de educación que se nos quiere presentar. Que carece de las taumatúrgicas virtudes que transforman a un público ignorante y pasivo en otro sabio y activo.
Esto lo puede comprobar cualquiera que seriamente se haya asomado a esos cine-forums mitad acto de sociedad, mitad cine a precio reducido, que nos son tan frecuentes. ¿Se ha preocupado nadie de estudiar ese público? Ver si realmente aprende algo, si se influye en él en un sentido o en otro. Creemos que el cine-forum en su actual realidad, es una mentira. Que no se ha planteado seriamente. Está bien que se intente sustituir un estado irreflexivo de despreocupación ante el cine, de un determinado sector de la sociedad por otro, de atenta preocupación por su importancia social y moral. Pero quizás lo que interese no es sustituir la pasividad por la actividad, sino una actitud irresponsable por otra responsable, una inconsciente por otra consciente. Hoy por hoy los cine-forums son una coartada más para no abordar de frente los problemas.
El diario madrileño ABC, es un buen índice para conocer determinadas actitudes de la sociedad en la España actual. En materia cinematográfica su reiterada ceguera en los momentos en que parece producirse una renovación de nuestro cine no deja de ser significativa. Vamos a recoger ahora un último ejemplo. En la crítica de La Violetera, Miguel Pérez Ferrero, Donald, hacía las siguientes afirmaciones:
«Había en El último cuplé un camino a seguir y un estilo que perfeccionar. Y también el fulgor de una 'estrella' del cinematógrafo y las canciones que, después de dar un rodeo por lejanos países, había de hallarse a sí misma, para obtener un gran triunfo.
»Los americanos han llevado a la pantalla innumerables 'western' y son esencias genuinas las que recogen en ellos. ¿Por qué no hablamos nosotros de insistir en brindar representaciones de nuestras costumbres, de nuestro temperamento, de nuestro pasado próximo o remoto?»
Tales afirmaciones de quien acogió con entusiasmo otros «caminos» del cine español (Locura de amor, Pequeñeces) y negó el más legítimo cine nacional (Bienvenido Mister Marshall y Esa pareja feliz) tiene el sabor de una confesión. En el momento actual es casi necesaria una opción entre dos cines: el de El último cuplé, y el otro, el nuevo cine español. ABC ha hecho su elección.
La cita de la nota anterior merece ser comentada más ampliamente. A tal señor, tal honor. Y aun diremos que no sólo esta cita sino toda la crítica de donde está tomada, posee tal cantidad de sugerencias que las glosas podrían crecer hasta el infinito.
Nos ponemos a temblar cada vez que pensamos en esa desgraciada regla de tres que se nos plantea en el párrafo transcrito más arriba. Nos parece mentira que puedan llegar a concebirse tales ideas desafortunadas. Planteada simplemente la regla de tres, es ésta: la expansión hacia el Oeste le es —4→ a los americanos, lo que la época de los cuplés nos es a los españoles. Invirtiendo los términos la regla de tres logra su desnudo dramatismo: la época de los cuplés nos es a los españoles, lo que la expansión hacia el Oeste le es a los americanos.
Debajo de nuestros pies se abren abismos de angustia histórica. No se trata de ignorancia cinematográfica, es algo mucho peor, es algo que toca a las mismas raíces del hombre. Parece mentira que habiendo biografiado algunos aspectos de don Pío Baroja, se pueda ignorar lo que aquel período de los cuplés fue realmente y lo que significó y significa para los españoles. Nos abochorna pensar qué «esencias genuinas» se vivieron en aquella época y qué conclusiones se sacarían de la representación, hoy día, de ese pasado próximo glorificado.
Sí, el hombre es historia; lo sabemos. Pero no esa historia de El último cuplé y de La Violetera. Es otra historia más honda, más verdadera y más dolorosa. Otra historia que se iba haciendo durante los tiempos del cuplé. La historia del hombre español de entonces, en el que estaba nuestro hombre español de ahora. Que del agua que corría entonces, bebemos hoy.
En el año 1929 Ramón Gómez de la Serna se lamentaba del estado vergonzoso en que se hallaba por aquel entonces el cine español y esperaba, con hermosas palabras de confianza, en el milagro de que una nueva generación, unos nuevos hombres, salvarían nuestro cine.
En el año 1932 la revista Nuestro Cinema se quejaba de la baja calidad del cine español que por aquellas fechas se hacía y confiaba en que un futuro próximo nos trajera la solución de todos los males del cine nacional, arrastrando unos nombres suficientemente desacreditados y sustituyéndolos por otros que empezaban a sonar.
En el año 1955, durante las Conversaciones Cinematográficas Nacionales de Salamanca, volvió a insistirse en la inexistencia de un cine valioso en España, se proclamó la confianza en el nacimiento -y aquello iba en serio- de un cine nuevo que nuevos hombres deberían encargarse de darnos y se fijaron sus premisas.
Ahora en nuestro año 1958 se anuncian otras Conversaciones Cinematográficas Nacionales, en las que es de suponer se ratifiquen los lamentos de 1929, de 1932 y 1955. Aparentemente es como un callejón sin salida, es como un laberinto inextricable como una madeja infinita que nunca se logra devanar del todo.
1929, 1932, 1955, 1958: es una rueda inexorable, monótona y exasperante; como una rueda sin fin, inacabable, a lo largo de un camino cuya terminación no se deja ver todavía. ¿Hasta cuándo?

Premios = Merde1
Los numerosos y acertados comentarios publicados en toda la prensa española a propósito de los premios concedidos este año por el Sindicato Nacional del Espectáculo nos ahorran un trabajo que hubiéramos hecho gustosos.
La verdad es que este año la concesión de los premios no ha estado muy acertada. Nos limitamos a reproducir para nuestros lectores la lista de las obras premiadas y el motivo del premio:
- 1.º ... Y eligió el infierno y El último cuplé.
- 2.º La puerta abierta.
- 3.º Amanecer en Puerta Oscura.
- 4.º Los ángeles del volante.
- Premio al mejor director: José Luis Sáenz de Heredia, por Faustina.
- A la mejor actriz: Emma Penella, por La guerra empieza en Cuba.
- Al mejor actor: Francisco Rabal, por Amanecer en Puerta Oscura.
- A la mejor actriz secundaria: María Isabel Pallarés, por Madrugada.
- Al mejor actor secundario: Luis Peña.
- Al mejor guión: el de El Maestro.
- Al mejor operador: Manuel Berenguer.
- Y al mejor decorador: Simont.
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Hasta ahora, nuestros paladares habían gozado con los gustos de cada plato por separado. Estábamos acostumbrados a comer un plato después de otro y a que cada plato fuese dejando en nuestra boca su especial gusto inconfundible. Pero resulta que ahora hemos descubierto un modo de comer más apasionadamente, que une a las mismas ventajas alimenticias de antes el extraordinario gozo de los sabores mezclados de todos los platos, con lo que se consigue un indudable atractivo, por lo menos durante algún tiempo.
El cine, siempre en la punta de la actualidad de última hora, ha asimilado este procedimiento dietético a sus fórmulas comerciales, con lo cual ha unido a sus enormes ventajas, ya conocidas, las nuevas ventajas derivadas del nuevo modo de hacer.
En otro tiempo teníamos unas películas en las que se nos presentaba las arrebatadoras escenas del folklore andaluz, cantado, bailado, recitado y hablado; había otras películas en las que el cine falsamente religioso ponía ante nuestros ojos todos los tópicos de una religiosidad aparente y ridícula; existían otras películas en las que el marcelinismo nos atraía con su candorosidad a punto de caramelo y sus almibaradas sonrisas infantiles y tentadoras; y finalmente otras películas conocidas con el despectivo nombre de melodramas, nos encantaban con la sobrecogedora sucesión de hombres crueles y bondadosos, de niñas ciegas, de sacrificios imposibles, de apuros y de amores contrariados.
Pero ahora, ya tenemos la película que nos da todo esto junto de una vez y el placer que sentíamos antes por separado se duplica, se triplica, se cuadruplica... conforme vamos reconociendo en nuestro paladar intelectual los diversos elementos constitutivos del conjunto. Las recaudaciones llevadas a cabo con Saeta nos libran de la obligación de mostrar las ventajas del nuevo modo de hacer.
Hace ya algún tiempo, cuando la Televisión iba a iniciar sus actividades en España, expusimos, en estas mismas páginas, los peligros que la asistían en su nacimiento y nuestros temores de que cayera en dichos peligros. Ahora, cuando la Televisión va a tomar definitivamente un carácter nacional, queremos repetir aquellas afirmaciones y lamentarnos del fatal cumplimiento de nuestra vieja previsión.
Del extranjero, de aquí y de allá, nos llegan noticias de la calidad de algunos programas y de su éxito entre el público. Es conocida de todos la verdad humana y la altura estética lograda por ciertos films basados en historias de la Televisión, que miles de espectadores contemplaron desde la cómoda butaca de su domicilio. Y ahora leemos en la admirable revista inglesa Sight and Sound, en su número de Invierno, 1957, 58, estas palabras, que son muy parecidas a las que nosotros dijimos aquí hace tiempo y semejantes a las que cualquier hombre puede decir con un mínimo sentido común y una mínima preparación intelectual:
Caryl Doncaster dice: «Todos creemos que a la gente le interesa la demás gente, y que la T.V. es el mejor medio inventado para acercar los unos a los otros».
Leyendo estas palabras nos preguntamos si la Televisión española cumple esta exigencia, si realmente los telespectadores españoles cuando se levantan de su asiento después de haber asistido a la visión de un programa han acrecentado en algo su conocimiento de sus hermanos, los hombres. Viejas películas suceden a escenificaciones de viejos chistes que a su vez suceden a viejas obras de teatro, que suceden a viejas evocaciones de viejos temas literarios.
También leemos en la citada revista inglesa, que: «la T.V. no ha hecho descubrimiento más valioso que el simple descubrimiento de que la gente es interesante».
Ante estas palabras recordamos los programas de nuestra Televisión, sosos y aburridos, monótonos, sin gracia y sin ningún interés, en los que la gente, la gente de verdad, no aparece y nos quedamos sin saber si merece la pena seguir preocupándose de la gente. Continuamos leyendo en nuestra revista inglesa y descubrimos que ya están realizadas en algún sitio, en algún país, nuestras antiguas sospechas y nos ratificamos —6→ en nuestra idea de la importante misión que la Televisión debe cumplir:
«La T.V. descubre que la vida en este país es más extraña y más variada que lo que puede imaginarse quien habitualmente la ve en el cine».
Creemos oportuno dejar de hacer citas que se refieren a la Televisión inglesa, para pensar en nuestra T.V. y en el largo camino que le queda por recorrer hasta que nosotros también podamos suscribir palabras tan justas y tan ejemplares como las transcritas más arriba.
Bajo la amorfa denominación de público de cine existen grupos muy diferenciados unos de otros. Tomarlos globalmente para un análisis equivale a exponerse a falsas interpretaciones, a conclusiones deficientes o a perderse por caminos sin salida.
Existe un público entendido, mínimo y exigente, que va a casi todas las películas. Existe un público habitual, no muy numeroso, hecho de ociosos con dinero, que discrimina mal de la calidad de las películas y que traga todo lo que le echen. Existe un público festivo, que llena los cines los sábados y los domingos, que piensa antes de decidirse por una película, porque va en ello el dinero que anda escaso y la diversión para toda una semana. Existe un público ocasional que va poco al cine, que se contenta con poco y para el que la asistencia a un espectáculo público es ya en sí un festejo inusitado; es la gente que tiene algo que celebrar y en vez de celebrarlo en otra parte se van al cine; tienen, por lo general, un aire infantil y conmovedor en medio de la sala y, naturalmente, no tienen mucho dinero.
Y existe, por último, un público que no va al cine, gente mayor, que ve una película de guindas a brevas, que no comprende nada del hecho cinematográfico, que no conoce ni el nombre ni la cara de los artistas famosos y que en el fondo de su corazón desprecia al cine. Diríamos que este público, más amplio de lo que generalmente se cree, es el elemento salvaje, todavía indomable, que se resiste a la cadena y campea por su cuenta y riesgo, montaraz y libre. Sin embargo, este público siente, de vez en cuando, la tentación de someterse, de vez en cuando va al redil y se humilla entre los cañizos, de vez en cuando va al cine, para saber las razones que le mueven a obrar, para desnudarlo y observarlo desde cerca, para encontrar qué tiene dentro.
Es el público que vio Raza, hace ya muchos años, y que contribuyó con su decidida preferencia al rumbo que tomó nuestro cine después de Locura de amor; el mismo público que aplaudió Balarrasa una y otra vez, hasta darle la razón a los que la habían hecho y el mismo que convirtió a nuestro querido Marcelino en símbolo de un resurgimiento del cine nacional. Es ese público el que le dio larga vida a El último cuplé y el que ahora está embalsamando La violetera, camino de la eternidad. Todas estas películas poseen algo en común que pone en movimiento a toda esa gran masa de público español que no va al cine. Todas estas películas aciertan con el tono exigido, la calidad precisa y el contenido deseado.
Es tarea de los sociólogos descifrar las razones últimas del comportamiento del público, sacando a la luz los motivos gratos a esa zona del público español. A nosotros sólo se nos ocurre pensar en los pobres elementos constitutivos de la personalidad de estos seres, a quienes tanto afecto tenemos, que se ponen a vibrar desacompasadamente ante el anuncio de un nuevo marcelino o de un nuevo cuplé.