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El indigenismo como máscara: Antonio Cornejo Polar ante la obra de Clorinda Matto de Turner

Ana Peluffo





En el campo discursivo que configuran las reflexiones críticas de Antonio Cornejo Polar sobre la heterogeneidad cultural de la novela indigenista, la obra de Clorinda Matto de Turner ocupa un lugar privilegiado. A la re-edición que este crítico efectúa en 1974 de dos novelas poco conocidas de la autora cuzqueña, Índole (1891) y Herencia (1895), se suman posteriormente numerosos artículos en los que Cornejo Polar busca dar «una visión de conjunto» del corpus mattiano que ponga de relieve el carácter plural y contradictorio de su narrativa. Varios de estos trabajos aparecerán más tarde recopilados en un libro titulado: Clorinda Matto de Turner novelista: estudios sobre «Aves sin nido», «Índole» y «Herencia» (1992) en el que se incluyen, no solamente dos lecturas muy diferentes de Aves sin nido (1889)1, sino también, estudios sobre las otras novelas de Matto de Turner, hasta entonces consideradas «marginales» o «menores». Tanto en este volumen como en gran parte de la obra crítica de Cornejo Polar se percibe una marcada preferencia por Aves sin nido, única novela de Matto de Turner que alude de forma explícita a lo que José Carlos Mariátegui llamó «el problema del indio» en el Perú. A diferencia de Índole y Herencia, que fueron rápidamente olvidadas porque en ellas se evapora la cuestión indigenista, Aves sin nido pasó a ocupar, a partir de la década del treinta, un puesto de gran visibilidad en el canon de la literatura latinoamericana.

En su lectura de las novelas de Matto de Turner, Cornejo Polar llama la atención sobre un sistema narrativo que se construye a base de antinomias y oposiciones ideológicas irresueltas: indigenismo/indianismo; tradición/modernidad; anticlericalismo/cristianismo; positivismo/romanticismo. ¿Cómo reconciliar la visión romántica de la diferencia cultural andina con la perspectiva positivista que ve, paradójicamente, la muerte del indígena como su única forma de salvación? ¿Cómo leer el anticlericalismo de Índole y Aves sin nido en el contexto de otras afirmaciones profundamente religiosas y cristianas de la autora? ¿Remite el título Herencia al determinismo genético de la sangre o a factores socio-culturales capaces de modificar el legado biológico del sujeto nacional? La obra de Cornejo Polar aparece entonces como un intento de dar cuenta de las propuestas ideológicamente ambiguas de Matto de Turner, poniéndolas en el contexto del debate sobre la modernización de las naciones que tuvo lugar a fines del siglo XIX.

En lo que respecta a la forma, Cornejo Polar detecta en Aves sin nido, Índole y Herencia, un orden mixto y sincrético, en el que se yuxtaponen discursos costumbristas, realistas, naturalistas y románticos. Dentro de este eclecticismo narrativo aparece un foco central de conflicto: la oposición entre naturalismo y romanticismo. Dice Cornejo Polar que en las novelas de Matto de Turner: «Los órdenes romántico y naturalista se yuxtaponen en cada unidad textual, generando contradicciones insalvables, sin que sea visible un nivel suficiente de armonización o síntesis» (Cornejo Polar, Clorinda Matto de Turner, novelista 19). La tensión entre estos dos discursos, de filiación hispano-europea, se pone de manifiesto en la elaboración de la diferencia cultural indígena, que como bien lo demuestra el crítico peruano en su artículo «Aves sin nido: Indios, 'notables' y forasteros» (29-54) está fracturada por dos visiones opuestas entroncadas con estas dos corrientes. Desde una lente romántica, y comparando a los indígenas de la novela con los notables, se la puede leer como un locus bucólico de primitivismo incontaminado por los excesos de la civilización urbana. Por otro lado, interpretando la diferencia desde el positivismo, ésta se vuelve una deficiencia que hay que neutralizar, ya sea por medio de la muerte, el blanqueamiento o la educación aculturadora de los personajes indígenas. Esta segunda lectura emerge de la comparación de ese mismo primitivismo, que antes se juzgaba deseable, con los grupos forasteros (Lucía, Fernando) que tienen la función de introducir el progreso en el pueblo serrano de Killac.

El concepto de las novelas de Matto de Turner como «totalidades contradictorias» está determinado, no solamente por la forma en que se entrecruzan en ellas voces pertenecientes a distintos sistemas culturales, sino también, por la manera en la que interactúan y se entretejen en un mismo espacio lingüístico, discursos de etnicidad y clase. Reflexiones que atañen a la especificidad conflictiva de las literaturas andinas, producidas «en los bordes de sistemas disonantes, a veces incompatibles entre sí», aparecen en Escribir en el aire: Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural de las literaturas andinas (1994), texto en el que se modifican y ajustan los términos de la teoría de la heterogeneidad con respecto a la forma en que habían sido elaborados en la década de los setenta. Influenciado por debates postestructuralistas sobre el carácter desmembrado y desarticulado del sujeto romántico-moderno, Cornejo Polar aclara en este texto que, si las categorías sociales de raza y clase son internamente heterogéneas, juntas generan «abismos de inestabilidad de sentido». Afirma también que el paradigma crítico de la heterogeneidad cultural se elaboró como un intento de describir las diferentes instancias que componen el esquema comunicativo de las literaturas indigenistas (emisor/discurso/referente/receptor), aunque más tarde comprendió que cada uno de esos campos eran de por sí contradictorios (17). Es importante puntualizar aquí, que en sus lecturas indigenistas el crítico no cae en ningún momento en las falacias de una interpretación sociológica esquemática, que ve las categorías de etnicidad y clase como esencias a-históricas o atemporales, sino que las remite siempre a su dimensión histórico-cultural.

Dentro del carácter «tenazmente bimembre» de la estructura de las novelas de Matto de Turner, Cornejo Polar detecta un conflicto de objetivos: se busca por un lado copiar o fotografiar un referente andino, desconocido para el lector; y por otro, manipular o dirigir la interpretación de ese referente cultural por medio de la inclusión de un discurso didáctico-moral. Así como en el proemio de Aves sin nido el sujeto literario expresa una adhesión a un modelo estrictamente mimético y especular del discurso, esta intención se contradice en el proceso de traducción al que se somete al mundo indígena, con el objeto de hacerlo inteligible para el lector urbano. La traducción cultural de la diferencia a la norma burguesa criolla es, según el crítico, una de las limitaciones de la novela porque parece ir a contrapelo del ideal social de la diversidad cultural: «[...] no hay en Aves sin nido un movimiento real de reivindicación y de revalorización; hay sí una queja y una protesta contra la injusticia y los abusos y un deseo de homogeneizar la sociedad peruana bajo el modelo que encuentra su emblema en la paradisíaca Lima» (53). Al margen de que la visión edénica de Lima que se da a nivel utópico en Aves sin nido, se corta de raíz en Herencia, creo que es necesario historizar este proceso domesticador de la diferencia remitiéndolo a un contexto modernizador positivista en el que cualquier diferencia se percibe como amenazante. Dentro de este ámbito de debate, Matto de Turner «humaniza» u «occidentaliza» al indígena para darle el derecho de aparecer como un ser humano dotado de sentimientos y para hacerlo acceder a la categoría burguesa de la virtud republicana. Sin embargo, también concuerdo con Cornejo Polar en que desde la perspectiva del siglo XX, la propuesta es problemática, porque sólo concibe la incorporación del indígena en una posición de objeto de piedad de un sujeto nacional, que debe conmoverse por su situación de marginalidad. En otro trabajo, he tratado de demostrar que es dentro de esta segunda lectura que hay que ubicar la paradoja central de la novela, la idea de que para mostrar al indígena como «bueno» y digno de piedad hay que «domesticarlo», o «femineizarlo», superponiendo sobre sus peculiaridades culturales, valores como la bondad, la inocencia y la sumisión, que en el período de la formación de las naciones se asignan al ámbito doméstico del ángel del hogar («El poder de las lágrimas» 125). En ese sentido, la visión que tiene Clorinda Matto del indígena como modelo de virtud nacional estaría en las antípodas del consenso republicano, y de afirmaciones como las de Clemente Palma quien afirma en El porvenir de las razas en el Perú (1897) que «la raza india es degenerada porque tiene todos los caracteres de la decrepitud y la inepcia para la vida civilizada. Sin carácter, de una vida mental casi nula, apática, sin aspiraciones, es inadaptable a la educación» (citado en Flores Galindo 41). Si bien la propuesta incluyente de Matto de Turner representa, en su momento, un avance con respecto a discursos anti-indigenistas y positivistas en los que se bestializa la diferencia étnica2, es obvio que no se consigue hacer acceder al indígena a la categoría de sujeto, porque sólo ingresa a la familia nación, en posición subalterna, como un otro colonial que necesita la protección de un sujeto criollo, que está por encima de él, y que decide qué es lo que se le debe dar o quitar.

Con respecto a la tesis pedagógica de Aves sin nido, Cornejo Polar afirma que en las novelas de Matto de Turner se presentan cuadros costumbristas en los que se hiperbolizan vicios nacionales que se quieren erradicar, acompañándolos siempre de una apelación «educativa o moralizante» (Cornejo Polar, Clorinda Matto de Turner novelista 17). Esta línea didáctica, que apela sobre todo a los sentimientos de los lectores, es según Cornejo Polar una treta retórica que hace más aceptable la elaboración de novelas en una época en que éste es un género asociado con el escándalo y no por todos respetado (13). Aquí me interesa agregar que, teniendo en cuenta que Aves sin nido se produce en una época regida por una estricta división de esferas (público/privado, sentimental/racional, domesticidad/política), en la que se define al sujeto femenino como espiritual y sentimental más que racional y político, el carácter moral de su protesta justifica la incursión del sujeto doméstico en debates políticos sobre la modernización de la nación-estado. Como parte del impulso educativo, se coloca entonces ante los ojos del lector imaginado una microsociedad anti-utópica o deficiente que se quiere que repudie, para que éste visualice formas más humanitarias de encarar las tareas modernizadoras. En este sentido, el sujeto literario (doble de Lucía) establece una relación vertical con el lector, colocándolo en una posición de alumno o discípulo sentimental, a quien busca «civilizar» o «iluminar» por medio de la letra. Se trata por lo tanto de proponer anti-modelos y modelos de virtud republicana con «la consiguiente moraleja correctiva para aquéllos y el homenaje de admiración para éstas» (Matto de Turner, Aves sin nido 37). El argumento didáctico, que justifica la incursión del sujeto femenino en el ámbito público de la escritura es que, si las autoridades desatienden las obligaciones humanitarias de la religión cristiana, es el deber moral de la escritora salir del espacio doméstico para corregir estos problemas en la esfera pública.

La conceptualización que hace Cornejo Polar del indigenismo como movimiento socio-cultural bimembre y contradictorio se desarrolla en estrecho diálogo con el pensamiento de José Carlos Mariátegui respecto del carácter «no orgánicamente nacional» de la literatura peruana. Cornejo Polar retoma de Mariátegui, no solamente la tesis dualista sobre la identidad multilingue y plurisocial de las sociedades andinas sino también, la fina distinción que establece éste entre literatura indigenista e indígena. Es gracias a este deslinde semántico que se logra considerar indigenista una novela como Aves sin nido, a la que paradójicamente el director de Amauta había excluido de sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Junto con Mariátegui, entonces, Cornejo Polar hace hincapié en la «ajenidad» o «exterioridad» del productor cultural indigenista en relación al referente indígena, percepción que lo lleva a distanciarse de críticos como Concha Meléndez, Tomás G. Escajadillo, y Fernando Arribas García para quienes la idealización romántica de la cultura andina en Aves sin nido se corresponde con una propuesta indianista más que indigenista. Para Cornejo Polar «todo indigenismo es una operación transcultural» (La formación de la tradición 138), un acto de traducción de un universo cultural a otro, que aunque busca legitimarse recurriendo a una perspectiva interna (de testigo vivencial), se efectúa desde una óptica inevitablemente exterior y ajena al universo quechua y andino.

Al mismo tiempo, si la concepción del indigenismo como un espacio privilegiado para debatir el carácter escindido de la sociedad peruana («la dualidad de raza y espíritu») se articula con el pensamiento de Mariátegui, la interpretación de este movimiento como un fenómeno socio-cultural, atravesado por conflictos no solamente étnicos sino también de clase, se entreteje con la lectura que hace Ángel Rama de la obra de José María Arguedas en Transculturación narrativa en América Latina. Tanto Ángel Rama como Cornejo Polar parten de la base de un esquema jakobsoniano para dar cuenta del carácter heteróclito del código comunicativo indigenista, en el que el receptor, el emisor y el referente están ineludiblemente situados en universos socio-culturales disímiles. En el caso de Aves sin nido, únicamente el referente pertenece al polo indígena, mientras que el productor cultural y el lector están inscritos en el ámbito metropolitano costeño asociado con la modernidad occidental. La obra literaria indigenista se constituye entonces, para Cornejo Polar, como una zona de cruce entre dos cosmovisiones diferenciadas e incompatibles (quechua/español, oralidad/escritura, racionalidad/magia) en la que frecuentemente se plantea una relación de violencia entre los dos planos que remite al trauma de la conquista y la colonización (Cornejo Polar, El indigenismo y las literaturas heterogéneas 7-21; Literatura y sociedad 63).

Ángel Rama propone estudiar el indigenismo arquetípico de los años veinte como parte de un fenómeno sociológico que resulta de la incorporación a «la ciudad letrada» de nuevos grupos minoritarios de la clase media baja provinciana. Sin disminuir los méritos del indigenismo, que según el crítico uruguayo amplía la conciencia nacional proponiendo un nuevo horizonte temático, se señala el carácter «mestizo» de este movimiento, que se construye alrededor de la apropiación de la voz indígena por parte del sujeto criollo. En sus primeras reflexiones sobre la heterogeneidad cultural de la novela indigenista, Cornejo Polar cita a Rama en lo que atañe a esta lectura sociológica del indigenismo que llama la atención sobre la forma en que los letrados utilizan la protesta indígena para hacer sus propias reivindicaciones contra un sistema oligárquico que los discrimina. Dice Rama sobre el indigenismo:

«Lo que estamos presenciando es un grupo social nuevo, promovido por los imperativos del desarrollo económico modernizado, cuyo margen educativo oscila según las áreas y el grado de adelanto alcanzado por la evolución económica, el cual plantea nítidas reivindicaciones a la sociedad que integra. [...] Como todo grupo que ha adquirido movilidad -según lo apuntara Marx- extiende la reclamación que formula a todos los demás sectores oprimidos y se hace intérprete de sus reclamaciones que entiende como propias, engrosando así el caudal de sus magras fuerzas con aportes multitudinarios. No hay duda que se sentían solidarios de ellas, aunque también no caben dudas de que les servían de máscara porque en la situación de esas masas la injusticia era aún más flagrante que en su propio caso, y además porque contaban con el innegable prestigio de haber forjado en el pasado una original cultura, lo que en cambio no podía decirse de los grupos emergentes de la baja clase media».


(Rama, Transculturación narrativa 142-143)                


La fórmula de Rama, que coincide con la de Mariátegui, es pensar el indigenismo como «un mesticismo disfrazado de indigenismo» (140-141), percepción sobre la que vuelve Cornejo Polar cuando afirma que en el indigenismo, «la ajenidad» del sujeto enunciante no es un déficit ideológico, que pone en peligro la transparencia de una hipotética referencialidad, sino una condición sine-qua-non del género. Al igual que la gauchesca en el Río de la Plata, producida por letrados, pero no por gauchos, la literatura indigenista es producto de un sujeto mestizo, que impone sus formas culturales sobre el referente indígena, desfigurándolo y desdibujando sus peculiaridades culturales.

Pero en el caso del indigenismo de Matto de Turner, me interesa plantear la siguiente pregunta: ¿Qué pasa con este esquema cuando a los conflictos de etnicidad y clase, que Cornejo Polar detecta (junto con Rama y Mariátegui) en el indigenismo canónico, se añade la heterogeneidad de género del sujeto femenino letrado? Es decir, ¿qué ocurre cuando el emisor literario de la obra indigenista, que por su posición de clase ocupa un puesto de privilegio en la comunidad nacional, comparte con el indígena, por su identidad de género y por su extracción serrana, un lugar periférico en los imaginarios nacionales? En el marco de estos interrogantes, creo que la diferencia del indigenismo de Matto de Turner con respecto al de sus colegas masculinos, es justamente esa zona de ambigüedad y conflicto que se genera a raíz de los frecuentes desvíos o desplazamientos entre la preocupación etnográfica y la de género. Debajo de la textura indigenista de los textos de Matto de Turner, subyace un no tan encubierto deseo de hacer acceder al sujeto femenino-serrano a la categoría autónoma del sujeto nacional liberal. Creo que aunque Cornejo Polar percibe que en Aves sin nido ocurre algo de esta naturaleza, cuando detecta en ella «un vago feminismo romántico» no presta suficiente atención a la forma en que esta categoría de heterogeneidad desestabiliza la supuesta homogeneidad de los discursos de etnicidad y clase. Ampliando la propuesta de Rama, se podría pensar en el indigenismo mattiano como una forma de enmascaramiento, no solamente como «un mesticismo disfrazado de indigenismo», sino también como «un feminismo-mesticismo disfrazado de indigenismo». Esta estrategia de lectura ofrece la posibilidad de explicar, no solamente la elaboración contradictoria de la diferencia indígena, sobre la que se superponen valores «femineizados», sino también la desaparición de la denuncia indigenista en novelas como Herencia e Índole3. Si en Aves sin nido Clorinda Matto se reconoce hacia abajo, en la figura de un indígena sufriente y maltratado, en Herencia, el proceso de identificación se transfiere a un abanico de personajes femeninos que sufren en la gran metrópolis. No me parece casual en este sentido que en la continuación de Aves sin nido, se suplante al indígena como objeto de piedad con la figura de una costurera virtuosa (Adelina) excluida por su inserción en lo público del estereotipo burgués del ángel del hogar, ni que en Índole la protesta contra los curas, que en Aves sin nido se hacía en nombre de las mujeres indígenas, se extienda ahora a la mujer burguesa. Una vez en la Argentina, Clorinda Matto lucha, de forma militante, desde la plataforma periodística, para incorporar al sujeto femenino al mercado de trabajo4. Si bien en este país no abandona por completo sus preocupaciones indigenistas su postura frente a la reivindicación del indígena se vuelve, lejos de la patria, más contradictoria y problemática5. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que en Boreales, miniaturas y porcelanas se incluyan perfiles laudatorios, no solamente de defensores de la causa indígena (María Ana Teresa de Romainville, Don Juan de Espinosa Medrano) sino también de figuras marcadamente anti-indigenistas como Julio Argentino Roca, general que orquesta la famosa «campaña contra el indio» en Argentina, o de Estanislao Zevallos?6 Si bien es cierto que la cuestión indigenista en el Río de la Plata remite a otro contexto histórico-social, y que Matto de Turner alaba a Roca, sobre todo por el apoyo que éste le da al Perú en la guerra contra Chile (1879-1883), los elogios que Matto le proporciona no dejan de ser desconcertantes.

En Aves sin nido se reescribe el primer término del lema liberal de fraternidad, libertad, igualdad en términos de sororidad. En una época en que tanto indígenas como mujeres son excluidos de la categoría de la ciudadanía se genera una alianza entre estos dos grupos motivada por la problemática común de la exclusión. Algo que se ha puntualizado en recientes lecturas de la novela es que la relación sororal entre una mujer criolla (Lucía) y una indígena (Marcela) está en el corazón mismo de la historia7, y que la alianza les sirve a ambas para construir una pequeña base de poder desde la que enfrentar los abusos de «la trinidad explotadora del indio» formada por el cura, el gobernador y el juez. Pese a que desde una perspectiva feminista es tentador idealizar esta propuesta de sororidad decimonónica, me interesa añadir, que en realidad se trata de una alianza asimétrica y desigual, en la que los lazos de género no consiguen trascender las diferencias de clase y raza que las separan. La posibilidad de sentir piedad que tiene la mujer criolla (Lucía) por la mujer indígena (Marcela) depende justamente de su status protegido y privilegiado que la coloca por encima de su contraparte indígena. Por otro lado, la solidaridad de clase que une a Lucía con un sujeto masculino sentimental y letrado (Fernando) es por momentos más igualitaria y horizontal que la relación entre ella y los indígenas que, como dije anteriormente, están altamente «femineizados». Un tableau vivant que recurre a lo largo de la novela y que el lector observa en calidad de voyeur sentimental es el de un indígena arrodillado, lloroso y suplicante que besa agradecido la mano de su protectora8.

En términos de la propuesta de Rama, se podría pensar que en el indigenismo de Matto de Turner, el sujeto femenino letrado se apropia de la voz del indio para subrayar los puntos de encuentro entre racismo y patriarcado y para engrosar las fuerzas de una generación femenina recientemente incorporada a la letra contra un enemigo común9; pero por otro lado, y de forma más significativa y relevante a este trabajo, lo que busco sugerir es que a través de esta alianza entre indígenas y mujeres, que culmina en un proceso de apropiación o silenciamiento de la voz indígena por parte de la mujer criolla, el sujeto femenino republicano, definido en la época como doméstico y sentimental, consigue ensanchar los estrechos límites de su esfera, accediendo a los vedados campos de la racionalidad y la política. Es decir, la sentimentalización y la infantilización del indígena son fenómenos que posibilitan la politización del ángel del hogar. Aunque el objetivo explícito de esta alianza es rescatar a los indígenas de su status de objeto dentro de la comunidad nacional, en realidad sólo la mujer criolla (y no la indígena) consigue acceder a un status de sujeto, a través de una intervención política disfrazada de moralidad y caridad.

Aves sin nido ingresa al gran curso de la literatura peruana gracias a las reivindicaciones de Aída Cometta Manzoni y Concha Meléndez, que protestan desde el extranjero contra su erradicación del mapa cultural de la literatura nacional. El status conflictivo que ocupa esta novela en el canon indigenista aparece prefigurado en el debate que mantienen estas dos críticas literarias sobre si esta novela representa la última instancia del indianismo o la apertura fundacional hacia el indigenismo. Cabe acotar sin embargo, que la separación tajante entre estos dos paradigmas, a partir de los cuales se lee la novela, es como se desprende de las mismas afirmaciones de Cornejo Polar, más arbitraria y conflictiva de lo que se puede pensar inicialmente. Cuando Cornejo Polar afirma que en el indianismo hay piedad y conmiseración, mientras que en el indigenismo aparece una protesta socio-económica, la diferencia entre indigenismo e indianismo se establece al oponer los valores sentimentales y cristianos de la piedad a la eficacia política de la novela (Cornejo Polar, Literatura y sociedad 36-38). Creo que estas dos esferas no son necesariamente excluyentes o antagónicas, y que el sentimentalismo, entendido como un deseo de hacerle derramar lágrimas al lector por la suerte de un otro étnico en peligro, es un ingrediente fundamental de la visión política que tiene Matto de la novela como órgano de reforma cultural. La retórica de las lágrimas, que en la doctrina de las esferas se coloca del lado de la femineidad republicana, se convierte en Aves sin nido, no solamente en una estrategia de autorización, sino también en el vehículo privilegiado de un proyecto político nacional que ve el sentimentalismo como alternativa a la bestialización de la otredad. En este sentido, y más que tratar de hacer coincidir la novela con un esquema de lectura bipolar (indianismo/indigenismo), me gustaría pensar la obra de Matto de Turner en términos de un indigenismo -sentimental en el que, si bien la distancia entre productor cultural y referente no desaparece por completo, se produce un movimiento de acercamiento mayor entre los dos polos motivado por el sufrimiento y la categoría moral de la compasión10. Dado que Matto sabe que el lector sólo se puede apiadar de aquello que le resulta inofensivo, el sujeto literario neutraliza la diferencia para que las lágrimas puedan cruzar barreras de género, raza y clase. Así, por ejemplo, se dice en un momento que cuando Marcela llegó a su choza Rosalía era «una inocente predestinada que, nacida entre los harapos de la choza, lloraba, no obstante, las mismas lágrimas saladas y cristalinas que vierten los hijos de los reyes» (Aves sin nido, 50). La figura del indígena en peligro es utilizada, entonces, por el sujeto femenino para conmover al público y para clamar por su incorporación (lo que ya de por sí admite su exclusión) a la nación concebida metafóricamente como «nido», hogar, o familia. En «Aves sin nido como alegoría nacional» (Cornejo Polar, Clorinda Matto de Turner novelista 55-74) el crítico peruano reflexiona sobre la propuesta modernizadora de Clorinda Matto de Turner en relación al discurso alegórico de la familia-nación. En un contexto post-bélico de crisis, en el que se medita obsesivamente sobre la desarticulación de un país dividido en varias regiones culturales, el discurso homogeneizador de la familia-nación se convierte en un vehículo de cohesión cultural con el que hacer frente a lo que se percibe como una desgarradora y problematizante heterogeneidad. En este sentido, Cornejo Polar afirma que, en Aves sin nido, la familia Marín representa, en su doble categoría de sinécdoque y metonimia, el deseo utópico de una nación multicultural, en la que se unifique la diversidad racial de los miembros (la diferencia mestiza e indígena) bajo la norma burguesa criolla (los Marín). Algo sobre lo que Cornejo no ahonda, sin embargo, es sobre la distribución de los afectos en esa familia imaginada donde todos sus miembros (Fernando, Lucía, Rosalía, Margarita) abrazan un concepto «femineizado» de la virtud republicana. La visión de la familia como un espacio feminocéntrico, en el que se busca corregir los excesos del individualismo liberal, por medio de la ética de la protección y del cuidado, es para mí un elemento radical del concepto que tiene Matto de la nación como un espacio más humanitario, aunque todavía jerárquico, en el que los poderosos asumen la responsabilidad por los más débiles. Demás está decir, que en esta conceptualización maternalista, más que paternalista de la nación, no se consiguen eliminar las jerarquías de raza y clase que se intentan abolir por medio de la retórica de las lágrimas. Por otro lado, es en realidad Lucía, y no «los Marín», la encargada de acabar con las tinieblas de la barbarie y de arrojar la luz del progreso sobre los grupos subalternos que viven «explotados en la noche de la ignorancia, martirizados en unas tinieblas que piden luz» (Matto de Turner, Aves sin nido 40). Es ella la figura-foro de esta comunidad soñada, regida por valores domésticos, dentro de la que se le asigna al sujeto femenino, el rol de iluminar no solamente a las hijas (Rosalía/Margarita), sino también, a Fernando. Y es en parte gracias al bilingüismo, que Lucía consigue convertirse en oyente y traductora del relato testimonial de Marcela.

A diferencia de otras heroínas románticas de la novela latinoamericana del siglo XIX, que si manejan algún otro idioma, éste será inevitablemente el francés (pienso aquí sobre todo en la Leonor de Martín Rivas), Lucía maneja un idioma carente de prestigio cultural (el quechua) tan bien como el castellano. Se dice que escuchó el relato de Marcela «en su expresivo idioma» (41) y que tenía «un vivo interés en conocer a fondo las costumbres de los indios» (42). A través del bilingüismo de su heroína, Clorinda Matto postula un tipo de modernidad alternativa, que acoge en su seno la diferencia indígena, aunque transculturándola por medio de su traspaso al castellano. Por otro lado, es Lucía la que decide cambiar el vestido que le ha prometido Fernando por el dinero que necesita para pagar las deudas de los Yupanqui. Esta decisión problematiza el estereotipo de la mujer decimonónica como objeto decorativo o joya, y desencadena «la sangrienta batalla de los buenos contra los malos». En este sentido, la virtud de Fernando, que se halla ausente gran parte del tiempo, es básicamente no oponerse a los valientes proyectos de su esposa de enfrentar a las autoridades andinas en nombre de los indígenas. Cabe señalar también, que a lo largo de la narración se elogian las virtudes de una esfera femenina homogénea, que raya en el esencialismo, porque todas las mujeres son buenas11. En las antípodas de esta idealización de lo femenino se halla la construcción de una esfera masculina bipolar dividida en hombres bárbaros y civilizados. Si los hombres «malos» como el cura y el gobernador maltratan a mujeres e indígenas, los «buenos» (Manuel, Fernando) son sujetos masculinos domésticos que calcan las virtudes del ángel del hogar y que cuestionan, por medio de conductas sentimentales, el modelo marcial y guerrero de la masculinidad republicana.

Dentro de esta misma composición alegórica de la familia, las afirmaciones al final de la novela de que los Marín esperan la llegada de un vástago o primogénito crean una gran expectativa en el lector que se frustra con su posterior desaparición. ¿Cómo leer la omisión de este dato en Herencia, cuando se sabe que Lucía estuvo embarazada en la novela anterior? ¿Es acaso que Lucía tuvo un aborto espontáneo que no se puede mencionar en el recatado siglo XIX? ¿Es como sugiere Cornejo Polar un error de la trama, algo factible teniendo en cuenta que Herencia, la continuación de Aves sin nido, fue publicada seis años después de la primera parte? Cornejo Polar interpreta la evaporación de este dato en términos etnográficos, como un vacío que remite a la infertilidad de los Marín, y que justifica de esta manera la formación de una familia multiracial, porque «es natural que un matrimonio sin hijos opte por adoptar alguno» (Cornejo Polar, Clorinda Matto de Turner, novelista 69). Sin embargo, si se tiene en cuenta que Lucía y Fernando Marín adoptan a las hijas de los Yupanqui mucho antes de que se anuncie el embarazo de Lucía (y su misteriosa desaparición) la explicación de Cornejo Polar parece perder fuerza y se vuelve insatisfactoria. No deja de ser sorprendente que en una época en la que no existen los ultrasonidos se asuma con tanta seguridad que la partida a Lima de la familia Marín se efectúa para que el «vástago» o «el hijo» reciba la educación urbana/civilizada que merece. En mi caso, y dado que se menciona en numerosas ocasiones que el futuro heredero es un niño, prefiero leer esta ausencia, a la que se suma la misteriosa desaparición de Rosalía (la única de las dos «aves sin nido» que es realmente indígena) como un deseo inconsciente de corregir el carácter masculinizante de los proyectos modernizadores que se estaban barajando en el contexto post-bélico de la guerra del Pacífico12. Si se tiene en cuenta que en Herencia se esfuman, tanto el vástago como Rosalía, y que la actuación de Fernando se vuelve también borrosa, cabe pensar que Matto imagina como solución a la crisis un proyecto de nación en el que se favorecen no solamente la instancia femenina, sino también la mestiza.

Es cierto, sin embargo, que si se lee Aves sin nido desligada de su continuación Herencia, se puede detectar en ella un impulso reformista que busca cohesionar entre sí a los diferentes grupos sociales dentro de la comunidad nacional estableciendo lazos afectivos entre ellos. Al igual que el sujeto literario, que en el proemio se construye como testigo sentimental que «ha observado de cerca» la opresión a la que son sometidos los indígenas, por parte de los «mandones de villorrio» (37), Lucía actúa en la comunidad de Killac, como un alma piadosa que siente en carne propia el sufrimiento de los indígenas. En este sentido la virtud de Lucía es equiparable a la de doña Petronila, mujer serrana notable, que posee «un corazón de oro» (64) y que «derrama lágrimas por todo el que se muere, conózcalo o no» (64). El heroísmo de Lucía, que se deja conmover sentimentalmente por el sufrimiento de los indígenas, se materializa en la novela en las múltiples viñetas sentimentales, en las que aparece llorando por su suerte, desmayándose, o sonrojándose por la fuerza de sus impresiones. Cuando Fernando Marín rescata a Rosalía, a punto de ser vendida como esclava, «Lucía lloraba de placer. [...] Su llanto era la lluvia bienhechora que da paz y dicha a los corazones nobles» (67). Y cuando la madre de esta niña es herida en el ataque que hacen las autoridades a la casa de los Marín, la escena en el lecho de muerte, típica de la novela sentimental, es explotada al máximo por Matto con el objeto de emocionar y hacer sufrir al lector. Dice:

«La entrada de Marcela, conducida en una camilla de palos, herida, viuda y seguida de dos huérfanas, a la misma casa de donde el día anterior salió contenta y feliz, impresionó tan vivamente a Lucía, que se hallaba sola en aquellos momentos, que no pudo contener sus lágrimas y se fue llorando hacia Marcela».


(Aves sin nido 89)                


¿Cómo explicar, sin embargo, el hecho de que la literatura de Matto de Turner sea mucho más heterogénea y contradictoria que la de escritores como Manuel González Prada? Cornejo Polar, siguiendo a Salazar Bondy, afirma que «el orden mixto que propone la obra de Matto de Turner representa bien la debilidad genérica del positivismo peruano y la timidez de sus planteamientos en el campo específico del arte de novelar» (Clorinda Matto de Turner, novelista 22). Ampliando esta propuesta, creo que se podría decir que en el caso de Matto de Turner esas tensiones se explican por el lugar conflictivo que ocupa el sujeto femenino en el período nacional con respecto al avance de una corriente liberal modernizadora. Para poder disentir con los discursos dominantes tiene paradójicamente que asentir con sus postulados, en parte porque está tratando de construirse un lugar como sujeto político, indigenista y anticlerical en una época en que todos estos discursos son puestos del lado de la masculinidad republicana. No me parece casual que al tratar de dar cuenta de esta «timidez literaria» y de otras indecisiones ideológicas, que Cornejo Polar contrasta a veces de forma un tanto injusta, con el vigor y la coherencia del discurso de «propaganda y ataque» de Manuel González Prada, se mencione a otras escritoras que experimentaban por su identidad de género, las mismas disyuntivas y conflictos13. Dice Cornejo Polar:

«Sería ingenuo negar que las contradicciones aludidas reflejan las limitaciones personales de Clorinda Matto y su no muy avanzado dominio del arte del relato, pero tampoco sería correcto limitar a este ámbito la explicación: en realidad la mezcla de tantos órdenes narrativos diversos plasma y expresa más un fenómeno social que una peculiaridad solamente literaria o personal. No en vano otras novelas de la época y muy claramente las de Mercedes Cabello de Carbonera, muestran una similar confusión. Son también, como las obras de Clorinda Matto, testimonio de un tiempo crítico».


(Cornejo Polar, Clorinda Matto de Turner, novelista 22)                


Más que a deficiencias estéticas creo que, en Clorinda Matto de Turner y en Cabello de Carbonera, estas zonas de ambigüedad deben leerse como entramados discursivos de gran densidad ideológica, cuya conflictividad en las novelas se explica por el contexto represivo en el que se publican. En una época sumamente compartimentalizada en términos de género, en la que está muy codificado lo que puede y no puede decir una mujer, Clorinda Matto debe amplificar y sobredimensionar los discursos que la sociedad le asigna para insertarse en debates sobre la formación y modernización de la nación de los que estaba excluida por su doble marginalidad. Esta estrategia de encubrimiento, por la que Matto de Turner finge ser a nivel del discurso lo que la sociedad le dice que es (sentimental, caritativa, religiosa), le va a garantizar la circulación de sus novelas en una época en que todos esos atributos se consideran inherentes a la femineidad republicana. El carácter pendular y bifronte de textos indigenistas e indianistas, anticlericales y cristianos, domésticos y políticos, naturalistas y románticos, ayuda a explicar en parte los debates que su obra va a generar en la crítica del siglo XX, que en la gran mayoría de los casos, y con la excepción de Cornejo Polar, tiende a privilegiar una u otra línea de su discurso. Creo que el mérito de la lectura de Cornejo Polar es haber detectado estas agudas contradicciones resistiendo a la tentación de homogeneizarlas. Al mismo tiempo, su limitación es no haber percibido que esa gran heterogeneidad que él detecta en este corpus remite a una sociedad sumamente estratificada, no solamente en términos de raza y clase, sino también de género, en un siglo en que como bien lo ha indicado la crítica preocupada por cuestiones sexo-genéricas, lo femenino y lo intelectual eran ámbitos altamente incompatibles14.




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