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Genealogía y género historiográfico en «La Florida» del Inca Garcilaso de la Vega

Daniel Mesa Gancedo





Pocos tendrán ya duda de que 1605 fue un año admirable para las letras hispánicas. Algunos, tal vez, podrán aducir más de un solo título -que, ciertamente, bastara- para justificar esa opinión. Aquí se hablará de un texto que, publicado el mismo año del primer Quijote, contribuyó como él -y como él quizá a partir de la misma aversión por el género caballeresco- a la modernización de la prosa narrativa en español: La Florida del Inca, escrita por Garcilaso de la Vega, el Inca (1539-1616), impresa en Lisboa, en la casa de Pedro Crasbeeck, en ese mismo año de 1605. Cuatro siglos después, el texto revela cada vez con mayor claridad que en él se halla la génesis de la actividad historiográfica de su autor y el origen de una concepción de la historia artística y, por ello, en su momento, moderna.

La Florida se presta, como pocas de las llamadas -por simplificar- crónicas de Indias, a una lectura contemporánea y -por simplificar, también- digamos «deleitable», en la medida en que, sin la necesidad de un instrumental erudito o arqueológico, es posible encontrar en esta obra cauces de sentido sorprendentemente afines a algunos de los conceptos que han ido definiendo nuestra modernidad. Mi propia lectura sigue aquí, siquiera marginalmente, uno de esos cauces: una variación, quizá menor, pero no poco llamativa, por lo literal, del motivo de la reproducción.

Y es que La Florida está atravesada por una «pulsión reproductiva», quizá no tan siniestra como la que Freud llamó «pulsión de repetición», pero que sin duda no deja de provocar alguna inquietud al lector atento. Garcilaso reproduce -copia- textos y relaciones orales tomados de sus autores; reproduce -transcribe- discursos referidos de sus protagonistas; hace que sus personajes reproduzcan -repitan- en diferentes lugares acciones, gestos o conductas. Igualmente, dedica singular atención a los problemas que suscita la simulación y el simulacro -otra compleja variación sobre el mismo motivo-. Una lectura que atienda a las variaciones de esa pulsión afianzará aspectos ya bastante analizados en la obra del Inca: el tratamiento que hace de sus fuentes; el arraigo de la concepción uniformista del mundo, tan estudiada ya sobre todo en los Comentarios reales1; o la concepción moral de la historia, como catálogo de modelos de conducta2.

Pero quizá puede proponerse una nueva torsión hermenéutica y relacionar los problemas de género literario (vinculados a la escritura de la Historia) con la cuestión de la generación, término que en Garcilaso hace referencia a menudo a la reproducción biológica. En la escritura de La Florida esta variación del motivo adquiere dos modulaciones básicas: la importancia temática de la cría de ganado (como condición previa para el poblamiento y, así, para la evangelización)3 y la del linaje y la herencia. Semejante conexión parecerá menos accidental si se tiene en cuenta, por un lado, que la tarea de conquista implicaba (también para Garcilaso) una labor de acrecentamiento material (fructificación de la riqueza) y espiritual (fructificación de la fe).

Por otra parte, y es lo que más me interesa en este momento, debe recordarse que la concepción de la historia (el género) en Garcilaso está anclada en el problema del linaje (la genealogía), y esto desde los más remotos y silenciados orígenes de su escritura historiográfica: la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas (texto desgajado de La Florida, que permaneció inédito hasta 1929). Cabría decir que la existencia de vínculos de sangre posibilita, por un lado, la continuidad entre los sujetos de la historia y confiere un lugar protagonista a un sujeto impersonal: la fama o la honra. Por otro lado, la pertenencia del historiador a un linaje honrado, la hidalguía, es una de las principales garantías de verdad de esa historia. De ahí deriva, como corolario, la importancia del nombre y la onomástica, en la escritura de Garcilaso, como tendremos ocasión de ver en lo que sigue.


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Como ya señalaran Asensio (591) o Anadón (157), en la base de la concepción de la historia de Garcilaso se encuentra una influencia singular de la «literatura genealógica»4, género al que sin duda pertenece la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas, texto fundamental al tratar la importancia del linaje en la escritura garcilasiana. Aunque según la opinión más extendida (De Mora: 26), la Relación pudo desgajarse de La Florida por apartarse del significado del libro, lo cierto es que el propósito de halagar a una familia ilustre y arraigar su nueva identidad en un linaje (Miró Quesada: 134) tenía que ver -como he dicho- con los mecanismos de legitimación de la propia labor historiográfica. Inscribir el propio nombre en una genealogía ilustre supone garantizar la «limpieza de sangre» y por tanto la honradez, que constituye la esencia del historiador. Simétricamente, la necesidad de silenciar nombres infames, que se proyecta también en La Florida5 -y desde luego en los Comentarios reales-, aparece, por ejemplo, en las primeras páginas de la Relación:

Los desastrados viles y bajos que por sus aborrecibles hazañas y crueles codicias se hacen indignos de su origen y de sus semejantes, no teniendo atención ni respeto a la nobleza de sus padres y abuelos, ni a la limpieza de su sangre, es muy justo borrarlos de la sucesión de ellos y dejarlos en perpetuo olvido como a infames y porque con sus deshonras no manchen la que resplandece como la limpieza y nobleza del linaje.


(De la Vega, 1965: 237)                


En las páginas de la Relación está también representado el tipo del «héroe modélico» (héroe familiar, en este caso) que debe regir la conducta del protagonista del hecho histórico:

[...] para que imitando estas virtudes y otras que tuvo [Garci Pérez de Vargas], puedan preciarse dignamente de ser hijos y descendientes de este excelente varón [...] [y] [...] honrarnos con él y con la imitación de sus virtudes; sin la cual imitación parece mal preciarnos de los padres y abuelos por ilustres que sean, porque más es vituperio que honra.


(De la Vega, 1965: 232)                


Ese «patrón genealógico» no desaparece ya nunca de la escritura garcilasiana. El final de la primera parte de los Comentarios reales6, el capítulo XL del libro 9, trata de «La descendencia que ha quedado de la sangre real de los incas», que, desde su mismo título, parece una reescritura de la Relación desgajada de La Florida. Ese capítulo final tiene un cierto carácter de censo, igual que lo tiene el último de La Florida, que recoge el listado de víctimas españolas en aquel territorio -y que, como aquél, es también un «añadido».

Hay, además, una curiosa conexión entre los párrafos finales de los Comentarios y los primeros de La Florida: la presencia de la figura de Atahualpa. La fuerza de su crimen contra el linaje (la usurpación) es tal que toda la escritura de Garcilaso -desde las primeras líneas de La Florida- se convierte en una impugnación, en una denuncia y en una reivindicación por parte del autor de su propio linaje legítimo. Es ese linaje el que le hace escribir y asimismo garantiza la legitimidad de su escritura. Si los Comentarios terminan inventariando «los pocos Incas de la sangre real que sobraron de las crueldades y tiranías de Atahuallpa y de otras que después acá ha habido» (De la Vega, 2000: 475), La Florida había comenzado refiriéndose a que Hernando de Soto participó en la captura de Atahualpa, «rey tirano, que siendo hijo bastardo, usurpó aquel reino al legítimo heredero y fue el último de los incas que tuvo aquella monarquía [...]» (I, 1: 71).

Desde luego, semejante alusión en el comienzo de La Florida es particularmente significativa porque esta obra lleva en su título, como no puede olvidarse, la mención «...del Inca», esto es, la inscripción del linaje de su autor. Garcilaso -como ha sido notado- se preocupará en el mismo último capítulo de los Comentarios de legitimar -indirectamente- el uso que hace de ese calificativo desde el principio de su obra histórica: merecen ser llamados incas los descendientes por línea masculina del linaje real, pero también los descendientes por línea femenina si eran hijos de los españoles, «porque a éstos también les llamaron Incas, creyendo que eran descendientes de su Dios, el Sol» (478)7. Tal era, evidentemente, su caso. Por eso, la escritura historiográfica del Inca está anclada en una justificación genealógica desde el título mismo de su primera obra.




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Por otro lado, Garcilaso revela también una concepción genealógica de su lugar en el canon y de la relación entre el autor y la obra. Al escribir y ofrecer La Florida, se sentía un «principiante», en el sentido de «primogénito», del linaje de los indígenas escritores:

[...] sería noble artificio y generosa industria favorecer en mí (aunque yo no lo merezca) a todos los indios, mestizos y criollos del Perú, para que, viendo ellos el favor y merced que los discretos y sabios hacían a su principiante, se animasen a pasar adelante en cosas semejantes, sacadas de sus no cultivados ingenios.


(69)                


La conexión entre engendramiento y escritura, sin embargo, venía de más atrás, pues ya en las dedicatorias de los Diálogos de amor, la traducción de León Hebreo que constituye su primer «ejercicio» de escritura, Garcilaso había utilizado reiteradamente la metáfora reproductiva para referirse, en ese caso, a la obra:

La segunda [causa para favorecer la traducción] es entender yo, si no me engaño, que son éstas las primicias que primero se ofrecen a V. R. M. de lo que en este género de tributo se os debe por vuestros vasallos los naturales del Nuevo Mundo, en especial por los del Perú, y más en particular por los de la gran ciudad del Cuzco, cabeza de aquellos reinos y provincias, donde yo nací. Y como tales primicias, o primogenitura, es justo que, aunque indignas por mi parte, se ofrezcan a V. C. M. como a Rey y señor nuestro, a quien debemos todo lo que somos.


(dedicatoria al Rey; Montilla, 19-1-1586; De la Vega, 1996: 13)                


Y esto bastará por prohemio para el discreto lector, a quien pido en caridad que hasta que haya tenido hijos semejantes y haya sabido lo que cuesta el criarlos y ponerlos en este estado, no desdeñe mis pocas fuerzas ni menosprecie mi trabajo.


(1.ª dedicatoria a Maximiliano de Austria; Montilla, 18-9-1586; De la Vega, 1996: 22)                


La escritura como «primogenitura» o «primicia» (en el sentido de «primer fruto») es, al menos -y significativamente- en los primeros textos publicados por Garcilaso una imagen fundamental, que pretende sustentar la originalidad de su proyecto. Del mismo modo, la visión del libro como «hijo» subraya el interés y el cuidado con el que el escritor ha tratado su obra. Desde el origen del proyecto garcilasiano, entonces, escritura y generación o linaje están estrechamente vinculados.

De hecho, escribir historia y engendrar hijos son dos modos de superar la mortalidad de los que Garcilaso era absolutamente consciente. También en los Diálogos leemos:

La generación, como dice Aristóteles, fue para remedio de la mortalidad, y por esto el hombre, entretanto que fue inmortal no engendró, pero cuando ya por el pecado se hizo mortal se socorrió con la generación del semejante a que Dios dio potencia, para que de una manera o de otra no pereciese la especie humana.


(Filón, Diálogo III; De la Vega, 1996: 386)                


Si la generación-linaje permite superar la mortalidad de un modo físico, la historia permitirá superar la mortalidad de modo moral, mediante la fama. Por fin, los Diálogos suscitan todavía otro aspecto en relación con el linaje: la cuestión del amor familiar, garantía de la conservación de la especie y de la solidaridad humana, pero, como señala León Hebreo, no absolutamente incondicional, a diferencia de lo que ocurre en los animales:

Por la sucesión, en los animales se aman recíprocamente los hijos con los padres y madres solamente, y más con las madres que los suelen criar, o con los padres, cuando ellos los crían, y no de otra manera. Pero los hombres aman a los padres y a las madres juntamente, y también a los hermanos y otros propincuos, por la aproximación de la generación. Bien es verdad que muchas veces la avaricia humana y otros excesos hacen perder el amor, no solamente de los parientes y hermanos, más también el de los padres y madres y el de la propia mujer, lo cual no acaece entre los animales irracionales.


(Filón, Diálogo II; De la Vega, 1996: 99)                


En la concepción neoplatónica de la Historia que Garcilaso manifiesta, el linaje establece el vínculo entre los sujetos humanos, como dije, la «cadena del ser», que, sin embargo, puede romperse por causa de «los excesos». Ese riesgo puede ser compensado mediante una escritura concebida como «aviso» moral, cuya más alta manifestación sería la historia.




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Quizá de la importancia concedida a la genealogía deriva el interés por el padrinazgo que Garcilaso parece haber manifestado en Montilla, según los documentos8. En cualquier caso, ese ritual de «dar nombre» a la persona está relacionado con el peso de la onomástica -como indicio de linaje- en toda la obra de Garcilaso.

Según apunté al principio, en el caso concreto de La Florida, la cuestión del linaje y la onomástica pueden interpretarse como una variación sobre el motivo más amplio de la reproducción biológica y la fructificación material y espiritual del mundo de referencia en el que su escritura se enmarca, el imperio católico español. Ese punto de partida, fuertemente señalado desde el proemio de La Florida, justifica las reiteradas alusiones a la fertilidad de la tierra, como acicate para su conquista, pero también, las recurrentes demandas de la necesidad de poblamiento del territorio. Garcilaso, por ello, querrá transformar con su escritura la imagen de la Florida, borrar «el mal nombre que aquella tierra tiene de estéril y cenagosa» (64; la cursiva es mía) y hacerla más atractiva para los conquistadores, fomentar su poblamiento por «hijos» de España, pues, «es tierra fértil y abundante de todo lo necesario para la vida humana, y se puede fertilizar mucho más de lo que al presente lo es de suyo con las semillas y ganados que de España y otras partes se le pueden llevar [...]» (64). Todo ello, no obstante, se subordina al fin principal que es «el aumento de nuestra Santa Fe Católica» (64), reiterado páginas más adelante, en relación con la escritura: «[...] no me movió otro fin sino el deseo de que por aquella tierra tan larga y ancha se extienda la religión cristiana» (67-68).

A lo largo de toda la obra, la cuestión del «aumento-extensión» de la fe-religión se convertirá en un leit-motiv, casi siempre matizado metafóricamente como «fructificación», hasta el punto de que la penúltima frase del texto otorga un sentido cuasi alegórico a la conquista del territorio americano: «Y así es de creer y esperar que tierra que tantas veces ha sido regada con tanta sangre de cristianos haya de fructificar conforme al riego de la sangre católica que en ella se ha derramado» (VI, 22: 586). Después sólo queda la despedida, pero la cuestión de la «sangre» (que metafóricamente es riego y, metonímicamente, también linaje) incide de modo singular sobre el propósito ideológico de la obra, ya anticipado en el proemio.




- 4 -

Si la cuestión del poblamiento es una proyección temática mayor de la cuestión del linaje, ésta afecta -como he dicho- también a la legitimidad del texto historiográfico. Fijémonos, sin ir más lejos, en que Garcilaso sostiene (falsa y, por tanto, irónicamente) que su obra no puede considerarse producto de la aplicación de una preceptiva historiográfica, que, por su condición de indio (esto es, por su linaje), ignora:

[...] las faltas que lleva se me perdonen porque soy indio, que a los tales, por ser bárbaros y no enseñados en ciencias ni artes, no se permite que, en lo que dijeren o hicieren, los lleven por el rigor de los preceptos del arte o ciencia, por no los haber aprendido, sino que los admitan como vinieren.


(69)                


Garcilaso parecía, pues, consciente de que su condición de «indio» limitaba su credibilidad como historiador. Tal vez de esa conciencia derive el complejo entramado de voces que construyen La Florida, su primer texto historiográfico: Garcilaso se presenta como simple mediador para la voz principal de un relator legítimo, pero anónimo, siempre identificado como «caballero» e «hidalgo». La obra surge entonces como producto de la colaboración necesaria de dos «padres» y uno de sus principales escollos consistirá en legitimar dicha colaboración9.

Al considerar la identidad de los «progenitores» de la obra surgen ya dos cuestiones onomásticas que llaman poderosamente la atención del lector. En primer lugar, como toda la crítica ha señalado, resulta inquietante el hecho de que Garcilaso oculte sistemáticamente el nombre de su informante. El personaje real que fue Gonzalo Silvestre se desdobla en dos entidades textuales distintas: «mi autor»- «el que da la relación» / el personaje «Gonzalo Silvestre». Sólo la inferencia extratextual permite reducir esas dos figuras a una, pero el efecto de lectura es el de un informante anónimo, una sombra que dicta su relación ante la presencia de un «humilde» escribano. Es el informante quien, como auctor, tiene el poder de generar o aumentar (de augeo) la materia que habrá de ser formada por quien tiene el discurso (el escribano Garcilaso).

La segunda cuestión onomástica que quiero evocar en el comienzo ha sido menos observada (en absoluto, hasta donde conozco): el hecho de que por La Florida pasa -también quizá como una sombra- un personaje que lleva por nombre el «verdadero» nombre de Garcilaso10: Gómez Suárez de Figueroa, hijo -el del texto- de Vasco Porcallo, uno de los conquistadores más destacados de la expedición. Garcilaso, sorprendentemente, no dice nada de esa coincidencia onomástica, de la reproducción en la aventura (en la Historia) y en el texto (en la historia) de un nombre en el que, poco antes de comenzar la redacción de La Florida, él había decidido no reconocerse más.

El Gómez Suárez de Figueroa que aquí aparece es un «hijo natural» de Vasco Porcallo, «habido en una india de Cuba» (II/1, 11: 145). Aunque no volverá a aparecer hasta el final de la obra, su trayectoria parece reproducir la del propio Garcilaso, o la del personaje que a Garcilaso le hubiera gustado ser: hijo de uno de los conquistadores más significados en la jornada de Florida (como el padre del autor, el capitán Sebastián Garcilaso, lo fue en el Perú), «anduvo después en toda ella como muy buen caballero y soldado hijo de tal padre» (II/1, 11: 145). Garcilaso también inscribe explícita y orgullosamente su condición de hijo de conquistador del Perú en La Florida («me precio muy mucho de ser hijo de conquistador del Perú, de cuyas armas y trabajos ha redundado tanta honra y provecho a España»; III, 8: 300).

Los pocos rasgos que se dan del carácter de este otro Gómez Suárez de Figueroa también tienen una -cuando menos- inquietante consonancia con datos conocidos de la biografía de Garcilaso: cuando el personaje pierde sus caballos no quiere aceptar los que le prestan o regalan (algo que consuena con el desengaño generado en el Inca por los sucesos de la batalla de Huarina protagonizados por su padre11) y esto porque considera que no se le pueden compensar los servicios de su padre12:

[...] todos los regalos que le hacían y ofrecían no llegaban a recompensar los servicios y beneficios por su padre hechos en común y particular a todo el ejército, de que el gobernador andaba congojado y deseoso de agradar y regalar a este caballero, más su ánimo era tan extraño y esquivo que nunca jamás quiso recibir nada de nadie.


(II/1, 11: 145)                


«Extraño y esquivo», este otro Gómez Suárez de Figueroa puede ser una figura del Gómez Suárez que decide retirarse de la vida pública y entregarse a la escritura, y, como el hijo de Vasco Porcallo, volverse «a la casa y hacienda» de su padre (VI, 20: 576)13. Lo cierto es que la existencia de un conquistador-personaje que se llamó con el mismo nombre que el autor había decidido borrar para sí mismo no pudo pasarle inadvertida. El nombre ausente de uno de los «autores» (Gonzalo Silvestre) y el «viejo» nombre recuperado del otro (Gómez Suárez de Figueroa) son indicios de una doble estrategia de legitimación de la escritura que atraviesa tanto el proceso de composición como el sentido mismo de La Florida.




- 5 -

En estas circunstancias, y teniendo en cuenta, además, la importancia de la conciencia lingüística en toda la escritura historiográfica garcilasiana, el uso y funciones de la onomástica en La Florida cobra una importancia fundamental. Más que el interés de Garcilaso en consignar los nombres de conquistadores o indios y su correspondencia con sujetos reales -con ser esto importante14-, deben interesarnos los usos y sentidos que algunos de esos nombres cobran en el curso de la historia.

El apellido de un personaje fundamental en la expedición, Juan Ortiz, por ejemplo, adquiere un significado trascendente al convertirse en contraseña; contraseña que debe ser repetida, como cifra de la experiencia que ese nombre recoge, y que debe provocar la memoria y una acción determinada en los españoles:

Los [indios] presos, a grandes voces aclamando y llorando, llamaban el nombre de Ortiz, sin decir otra palabra más de aquélla repetida muchas veces, como que quisiesen traer a la memoria de los españoles los beneficios que su cacique y ellos le habían hecho.


(II/2, 15: 245)                


Pero la utilización cuasi mágica de los nombres no es patrimonio exclusivo de los indígenas. También los españoles atribuyen valores extralingüísticos a los nombres de los indios y por ello los repiten obsesivamente intentando descubrir en ellos algún significado:

Con estas imaginaciones fue [Vasco Porcallo] todo el camino hablándolas a solas y a veces en público, repitiendo los nombres de los dos curacas Hirrihigua y Urribarracuxi, desmembrándolos por sílabas y trocando en ellas algunas letras para que le saliesen más a propósito lo que por ellas quería inferir, diciendo: «Hurri Harri, Hurri, Higa, burra coja, Hurri Harri. Doy al diablo la tierra donde los primeros y más continuos nombres que en ella he oído son tan viles e infames. Voto a tal, que de tales principios no se pueden esperar buenos medios ni fines; ni de tales agüeros, buenos sucesos [...]». Con estas palabras, y otras semejantes, repetidas muchas veces, llegó al ejército, y luego pidió licencia al gobernador para volverse a la isla de Cuba.


(II/1, 11: 144)                


Las dos anécdotas son simétricas y constituyen un ejemplo de concentración del sentido en un signo mínimo. Tanto los indios que repiten el nombre de Ortiz como Vasco Porcallo, cabalizando sobre nombres indígenas, esperan derivar algún beneficio de su actividad o, al menos (nomen est omen), piensan que en esos nombres pueden hallar revelaciones sobre el sentido de su aventura.

Además de su eventual extrañeza, la onomástica indígena tiene en el texto otras connotaciones: casi siempre se nos dice que el nombre de un indio coincide con el topónimo de su provincia. Así ocurre con Vitachuco u Ochile (II/1, 19: 168), por ejemplo, y se tiene por regla tan común que cuando no se cumple hay que señalarlo: «[...] no pudieron alcanzar a Capasi, que así se llamaba el cacique. Este es el primero que hallamos con nombre diferente de su provincia» (II/2, 3: 213). Podría decirse, entonces, que Garcilaso acepta, en cierto modo, que el linaje del indígena está estrechamente ligado a su tierra. Evidentemente, puede tratarse de un error de comprensión (suyo o de su «autor»), aunque Garcilaso extrañamente nunca se plantea la cuestión. Al contrario, parece considerar tan estrecho el vínculo que se establece entre la tierra y el cacique indígena que se permite extender ese vínculo onomástico más allá del indígena principal, generando un paradigma «tierra-cacique-vasallo»: «Con esta embajada salió de su tierra el capitán general Anilco, que, por no saber su propio nombre, le damos el de su curaca [...]» (V/2, 8: 498); «En esta liga, aunque fue convidado, no quiso entrar el cacique Anilco, ni su capitán general, a quien también llamamos Anilco [...]» (V/2, 9: 502).

En alguna otra ocasión en que ignoraba el nombre de algún indio (como el de la «señora de Cofachiqui»; III, 11: 309), Garcilaso se había conformado con consignar esa ignorancia, pero en este episodio opta por lo que a su juicio parece una solución verosímil: la homonimia. Esto debe de ser así porque este «capitán general» protagoniza una disputa con otro cacique (Guachoya) en cuyo centro se halla la cuestión de la herencia y la honra. Acusado de «innoble» por Guachoya, el capitán Anilco realiza una apología de su linaje que comienza por una justificación genealógica que legitima la opción onomástica de Garcilaso:

Mas también es verdad que mi señor Anilco, ni su padre ni abuelo, ni a mí ni a los míos no nos han tratado como a vasallos sino como a deudos cercanos descendientes de hijo segundo de su casa, de su propia carne y sangre.


(V/2, 10: 506)                


Su nobleza -que le permite asumir el nombre del cacique y del «primero» de su casa- se basa en sus actos, a diferencia de la nobleza de Guachoya, heredada y no refrendada por los actos: «Y, si el estado, que tanto os ensoberbece, no lo hubiérades heredado, no hubiérades sido hombre para ganarlo, y yo, que nací sin él, si hubiera querido, lo he sido para habéroslo quitado» (V/2, 10: 507).

El episodio es clave en el proceso de construcción de una imagen del indio noble15. Se trata de la disputa dialéctica más elaborada de toda la obra, en la que los españoles representan el papel de espectadores y jueces admirados, anticipando la recepción del lector. Guachoya había pretendido desprestigiar al capitán Anilco aduciendo que «es pobre, hijo y nieto de padres y abuelos pobres, y de su linaje es lo mismo, que no tiene más calidad que ser criado y vasallo de otro señor como yo» (V/2, 10: 504). Esa condición podría limitar la credibilidad que los españoles prestasen a sus palabras, pues el pobre-vasallo sólo sabe mentir. El narrador, no obstante, señala que estas observaciones están marcadas por el odio y la envidia y, a renglón seguido, la defensa que emprende Anilco deja, por su estilo mismo, buena prueba de su nobleza. La defensa no busca argumentos fuera del paradigma del linaje y la honra, sino que sólo pretende desmentir al acusador:

A lo que decís que soy de vil y bajo linaje, bien sabéis que no dijisteis verdad, que, aunque mi padre y abuelo no fueron señores de vasallos, lo fue mi bisabuelo, y todos sus antepasados, cuya nobleza hasta mi persona se ha conservado sin haberse estragado en cosa alguna, de suerte que, en cuanto a la calidad y linaje, soy tan bueno como vos y como todos cuantos señores de vasallos sois en toda la comarca.


(V/2, 10: 505)                


Por otro lado, esta elaboración de una imagen de indio noble, a partir del vínculo con el cacique principal (y, a través de éste, con la tierra), reflejada en la elocuencia, tiene un corolario precioso desde el punto de vista de la composición del texto historiográfico. Justamente el cacique Anilco será el primero que reciba de Gonzalo Silvestre-personaje la relación de la jornada de Hernando de Soto:

[Anilco] Gustaba mucho de hablar con él [Silvestre] y saber las cosas que a los españoles habían sucedido en aquel reino, y cuáles provincias y cuántas habían atravesado, y qué batallas habían tenido y otras muchas particularidades que habían pasado en aquel descubrimiento. Con estas cosas se entretuvieron los días que allí estuvo Gonzalo Silvestre, y les servía de intérprete el hijo del cacique que le había restituido.


(V/2, 13: 516)                


Considero que ésta es una escena capital, desde el punto de vista que me interesa, no sólo porque Anilco anticipa el papel de oyente del propio Garcilaso y así se convierte en una especie de «doble» intratextual (con la diferencia de que el «segundo» indio que reciba el relato de Silvestre -el propio Garcilaso- tendrá la capacidad y la misión de escribirlo). Es interesante también porque el pretexto para esta escena de relato dentro del relato es que Silvestre había devuelto a Anilco un hijo que antes había sido esclavo suyo y que ahora se convertirá en mediador-intérprete. Una vez más, la posibilidad del relato aparece vinculada a la cuestión de la generación-linaje.




- 6 -

Es tan extremada la importancia que Garcilaso confiere al vínculo de sangre como garante de la continuidad histórica que le interesa incluso el linaje de los perros. Tan importantes en la conquista, son dignos de participar en los repartimientos y hasta de dejar herederos:

Cosas de admiración han hecho los lebreles en las conquistas del nuevo mundo como fue Becerrillo en la isla de San Juan de Puerto Rico, que de las ganancias que los españoles hacían daban al perro, o por él a su dueño, que era un arcabucero, parte y media de arcabucero, y a un hijo de este lebrel, llamado Leoncillo, le cupo de una partija quinientos pesos de oro de las ganancias que el famoso Vasco Núñez de Balboa hizo después de haber descubierto la mar del Sur.


(II/1, 18: 166)                


Desde luego, esta mención es anecdótica, pero forma parte de la construcción genealógica del espacio imaginario de los españoles, paralelo al de los indios. Los españoles participarán, a ojos de los indios, de un linaje sagrado «[...] por su linaje, calidad y naturaleza, eran hijos del Sol y de la Luna, sus dioses [...]» (II/1, 20: 171). Sólo sus actos malvados darán indicio de la falsedad de esa descendencia, como señalará Vitachuco: «[...] su misma vida y obras muestran ser hijos del diablo» (II/1, 21: 172).

Podría decirse que la dialéctica de esa genealogía incierta está en la base del papel histórico-mesiánico que los españoles debieran haber cumplido en América a juicio de Garcilaso: hijos de Dios, cuya palabra habrían debido difundir, sus obras, lamentablemente, han desmentido ese linaje sagrado. Por eso, desde el punto de vista de Garcilaso, los españoles son esencialmente «hijos de España», de donde deriva toda su potencialidad histórica: «[...] el mayor ser y caudal que siempre ella [España] hubo y tiene fue producirlos y criarlos tales que hayan sido para ganar el mundo nuevo y hacerse temer del viejo» (I, 1: 73).

La conquista, justamente, parece propiciada por un error de carácter biológico (vinculado con el linaje colectivo de los españoles) y que tiene consecuencias históricas. Así como Garcilaso hará del discurso de la fertilidad un aspecto central de su argumentación a favor de la conquista, algún cacique (Acuera) confía en que podrá vencer a los españoles porque éstos serán incapaces de reproducirse en América:

[...] tenía mandado le llevasen cada semana dos cabezas de cristianos, y no más, que con ellas se contentaba, porque degollando cada ocho días dos de ellos, pensaba acabarlos todos en pocos años, pues, aunque poblasen e hiciesen asiento, no podían perpetuarse porque no traían mujeres para tener hijos y pasar adelante con su generación.


(II/1, 16: 159-160)                


El error siniestro de Acuera consiste en ignorar la posibilidad del mestizaje, posibilidad que -irónicamente- Garcilaso había explicado unos capítulos antes (II/1, 13: 150) y de la que el historiador mismo era una prueba viviente.

Sin embargo en este linaje colectivo español parece ir inscrito también el siniestro signo de la desgracia: los conquistadores de la Florida parecen haberse pasado en herencia el fracaso y la desdicha: «Este fin desdichado tuvo la jornada de la Florida [de Ponce de León], y parece que dejó su desdicha en herencia a los que después acá le han sucedido en la misma demanda» (I, 2: 75). De este modo, la visión genealógica que tiene Garcilaso del linaje de los españoles en relación con América tiene algo de construcción trágica (pasan de ser héroes semidivinos a parias desheredados).

Garcilaso se sabe «hijo extraordinario»16 de uno de esos héroes desastrados y basa su legitimidad como historiador en la doble condición de descendiente de indígenas nobles (posibilidad de nobleza indígena que ha quedado demostrada en el debate Guachoya-Anilco) y descendiente de conquistador:

Y de esto poco que en nuestra historia hemos dicho y diremos hasta el fin de ella podrá cualquier discreto sacar los innumerables y nunca jamás bien ni aun medianamente encarecidos trabajos que los españoles en el descubrimiento, conquista y población del nuevo mundo han padecido tan sin provecho de ellos ni de sus hijos, que por ser yo uno de ellos, podré testificar bien esto.


(V/2, 14: 519)                


Para algunos críticos, la cuestión de la legitimidad del linaje garcilasiano constituye una de las paradojas centrales de su proyecto historiográfico: es su «falta de credibilidad» como indígena la que le llevaría a requerir (y aducir reiteradamente) el testimonio de un relator no identificado más que como «hijodalgo»17. Otros consideran que su legitimación no procede de la representación de su herencia indígena, sino de la manipulación de tópicos familiares para sus lectores españoles (Voigt: 252). A mi juicio, sin embargo, tanto la presencia del relator «noble», como la representación de un indio «noble» por su sangre (además de por sus actos) contribuyen a la hipótesis de que Garcilaso considera inseparable la escritura de la historia de la representación genealógica. La importancia de la onomástica y la insistencia en las cuestiones relacionadas con el linaje son, como he querido demostrar, indicios a favor de que, en la concepción garcilasiana, el género está estrechamente ligado a la generación.








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