Genealogía y género historiográfico en «La Florida» del Inca Garcilaso de la Vega
Daniel Mesa Gancedo
Pocos tendrán ya duda de que 1605 fue un año admirable para las letras hispánicas. Algunos, tal vez, podrán aducir más de un solo título -que, ciertamente, bastara- para justificar esa opinión. Aquí se hablará de un texto que, publicado el mismo año del primer Quijote, contribuyó como él -y como él quizá a partir de la misma aversión por el género caballeresco- a la modernización de la prosa narrativa en español: La Florida del Inca, escrita por Garcilaso de la Vega, el Inca (1539-1616), impresa en Lisboa, en la casa de Pedro Crasbeeck, en ese mismo año de 1605. Cuatro siglos después, el texto revela cada vez con mayor claridad que en él se halla la génesis de la actividad historiográfica de su autor y el origen de una concepción de la historia artística y, por ello, en su momento, moderna.
La Florida se presta, como pocas de las llamadas -por simplificar- crónicas de Indias, a una lectura contemporánea y -por simplificar, también- digamos «deleitable», en la medida en que, sin la necesidad de un instrumental erudito o arqueológico, es posible encontrar en esta obra cauces de sentido sorprendentemente afines a algunos de los conceptos que han ido definiendo nuestra modernidad. Mi propia lectura sigue aquí, siquiera marginalmente, uno de esos cauces: una variación, quizá menor, pero no poco llamativa, por lo literal, del motivo de la reproducción.
Y es que La
Florida está atravesada por una «pulsión reproductiva»
,
quizá no tan siniestra como la que Freud llamó
«pulsión de
repetición»
, pero que sin duda no deja de provocar
alguna inquietud al lector atento. Garcilaso reproduce -copia-
textos y relaciones orales tomados de sus autores;
reproduce -transcribe- discursos referidos de sus protagonistas;
hace que sus personajes reproduzcan -repitan- en diferentes lugares
acciones, gestos o conductas. Igualmente, dedica singular
atención a los problemas que suscita la simulación y
el simulacro -otra compleja variación sobre el mismo
motivo-. Una lectura que atienda a las variaciones de esa
pulsión afianzará aspectos ya bastante analizados en
la obra del Inca: el tratamiento que hace de sus fuentes; el
arraigo de la concepción uniformista del mundo, tan
estudiada ya sobre todo en los Comentarios
reales1;
o la concepción moral de la historia, como
catálogo de modelos de conducta2.
Pero quizá puede proponerse una nueva torsión hermenéutica y relacionar los problemas de género literario (vinculados a la escritura de la Historia) con la cuestión de la generación, término que en Garcilaso hace referencia a menudo a la reproducción biológica. En la escritura de La Florida esta variación del motivo adquiere dos modulaciones básicas: la importancia temática de la cría de ganado (como condición previa para el poblamiento y, así, para la evangelización)3 y la del linaje y la herencia. Semejante conexión parecerá menos accidental si se tiene en cuenta, por un lado, que la tarea de conquista implicaba (también para Garcilaso) una labor de acrecentamiento material (fructificación de la riqueza) y espiritual (fructificación de la fe).
Por otra parte, y es lo que más me interesa en este momento, debe recordarse que la concepción de la historia (el género) en Garcilaso está anclada en el problema del linaje (la genealogía), y esto desde los más remotos y silenciados orígenes de su escritura historiográfica: la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas (texto desgajado de La Florida, que permaneció inédito hasta 1929). Cabría decir que la existencia de vínculos de sangre posibilita, por un lado, la continuidad entre los sujetos de la historia y confiere un lugar protagonista a un sujeto impersonal: la fama o la honra. Por otro lado, la pertenencia del historiador a un linaje honrado, la hidalguía, es una de las principales garantías de verdad de esa historia. De ahí deriva, como corolario, la importancia del nombre y la onomástica, en la escritura de Garcilaso, como tendremos ocasión de ver en lo que sigue.
Como ya señalaran Asensio (591) o Anadón (157), en la base de la concepción de la historia de Garcilaso se encuentra una influencia singular de la «literatura genealógica»4, género al que sin duda pertenece la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas, texto fundamental al tratar la importancia del linaje en la escritura garcilasiana. Aunque según la opinión más extendida (De Mora: 26), la Relación pudo desgajarse de La Florida por apartarse del significado del libro, lo cierto es que el propósito de halagar a una familia ilustre y arraigar su nueva identidad en un linaje (Miró Quesada: 134) tenía que ver -como he dicho- con los mecanismos de legitimación de la propia labor historiográfica. Inscribir el propio nombre en una genealogía ilustre supone garantizar la «limpieza de sangre» y por tanto la honradez, que constituye la esencia del historiador. Simétricamente, la necesidad de silenciar nombres infames, que se proyecta también en La Florida5 -y desde luego en los Comentarios reales-, aparece, por ejemplo, en las primeras páginas de la Relación:
| (De la Vega, 1965: 237) | ||
En las páginas de la Relación está también representado el tipo del «héroe modélico» (héroe familiar, en este caso) que debe regir la conducta del protagonista del hecho histórico:
| (De la Vega, 1965: 232) | ||
Ese «patrón genealógico» no desaparece ya nunca de la escritura garcilasiana. El final de la primera parte de los Comentarios reales6, el capítulo XL del libro 9, trata de «La descendencia que ha quedado de la sangre real de los incas», que, desde su mismo título, parece una reescritura de la Relación desgajada de La Florida. Ese capítulo final tiene un cierto carácter de censo, igual que lo tiene el último de La Florida, que recoge el listado de víctimas españolas en aquel territorio -y que, como aquél, es también un «añadido».
Hay,
además, una curiosa conexión entre los
párrafos finales de los Comentarios y los primeros
de La Florida: la presencia de la figura de Atahualpa. La
fuerza de su crimen contra el linaje (la usurpación) es tal
que toda la escritura de Garcilaso -desde las primeras
líneas de La Florida- se convierte en una
impugnación, en una denuncia y en una reivindicación
por parte del autor de su propio linaje legítimo. Es ese
linaje el que le hace escribir y asimismo garantiza la legitimidad
de su escritura. Si los Comentarios terminan inventariando
«los pocos Incas de la sangre real que
sobraron de las crueldades y tiranías de Atahuallpa y de
otras que después acá ha habido»
(De la
Vega, 2000: 475), La Florida había comenzado
refiriéndose a que Hernando de Soto participó en la
captura de Atahualpa, «rey tirano, que
siendo hijo bastardo, usurpó aquel reino al legítimo
heredero y fue el último de los incas que tuvo aquella
monarquía [...]»
(I, 1: 71).
Desde luego,
semejante alusión en el comienzo de La Florida es
particularmente significativa porque esta obra lleva en su
título, como no puede olvidarse, la mención «...del Inca»
, esto es, la
inscripción del linaje de su autor. Garcilaso -como ha sido
notado- se preocupará en el mismo último
capítulo de los Comentarios de legitimar
-indirectamente- el uso que hace de ese calificativo desde el
principio de su obra histórica: merecen ser llamados incas
los descendientes por línea masculina del linaje real, pero
también los descendientes por línea femenina si eran
hijos de los españoles, «porque a
éstos también les llamaron Incas, creyendo que eran
descendientes de su Dios, el Sol»
(478)7.
Tal era, evidentemente, su caso. Por eso, la escritura
historiográfica del Inca está anclada en una
justificación genealógica desde el título
mismo de su primera obra.
Por otro lado, Garcilaso revela también una concepción genealógica de su lugar en el canon y de la relación entre el autor y la obra. Al escribir y ofrecer La Florida, se sentía un «principiante», en el sentido de «primogénito», del linaje de los indígenas escritores:
| (69) | ||
La conexión entre engendramiento y escritura, sin embargo, venía de más atrás, pues ya en las dedicatorias de los Diálogos de amor, la traducción de León Hebreo que constituye su primer «ejercicio» de escritura, Garcilaso había utilizado reiteradamente la metáfora reproductiva para referirse, en ese caso, a la obra:
| (dedicatoria al Rey; Montilla, 19-1-1586; De la Vega, 1996: 13) | ||
| (1.ª dedicatoria a Maximiliano de Austria; Montilla, 18-9-1586; De la Vega, 1996: 22) | ||
La escritura como «primogenitura» o «primicia» (en el sentido de «primer fruto») es, al menos -y significativamente- en los primeros textos publicados por Garcilaso una imagen fundamental, que pretende sustentar la originalidad de su proyecto. Del mismo modo, la visión del libro como «hijo» subraya el interés y el cuidado con el que el escritor ha tratado su obra. Desde el origen del proyecto garcilasiano, entonces, escritura y generación o linaje están estrechamente vinculados.
De hecho, escribir historia y engendrar hijos son dos modos de superar la mortalidad de los que Garcilaso era absolutamente consciente. También en los Diálogos leemos:
| (Filón, Diálogo III; De la Vega, 1996: 386) | ||
Si la generación-linaje permite superar la mortalidad de un modo físico, la historia permitirá superar la mortalidad de modo moral, mediante la fama. Por fin, los Diálogos suscitan todavía otro aspecto en relación con el linaje: la cuestión del amor familiar, garantía de la conservación de la especie y de la solidaridad humana, pero, como señala León Hebreo, no absolutamente incondicional, a diferencia de lo que ocurre en los animales:
| (Filón, Diálogo II; De la Vega, 1996: 99) | ||
En la concepción neoplatónica de la Historia que Garcilaso manifiesta, el linaje establece el vínculo entre los sujetos humanos, como dije, la «cadena del ser», que, sin embargo, puede romperse por causa de «los excesos». Ese riesgo puede ser compensado mediante una escritura concebida como «aviso» moral, cuya más alta manifestación sería la historia.
Quizá de la importancia concedida a la genealogía deriva el interés por el padrinazgo que Garcilaso parece haber manifestado en Montilla, según los documentos8. En cualquier caso, ese ritual de «dar nombre» a la persona está relacionado con el peso de la onomástica -como indicio de linaje- en toda la obra de Garcilaso.
Según
apunté al principio, en el caso concreto de La
Florida, la cuestión del linaje y la onomástica
pueden interpretarse como una variación sobre el motivo
más amplio de la reproducción
biológica y la fructificación material
y espiritual del mundo de referencia en el que su escritura se
enmarca, el imperio católico español. Ese punto de
partida, fuertemente señalado desde el proemio de La
Florida, justifica las reiteradas alusiones a la
fertilidad de la tierra, como acicate para su conquista,
pero también, las recurrentes demandas de la necesidad de
poblamiento del territorio. Garcilaso, por ello,
querrá transformar con su escritura la imagen de la Florida,
borrar «el mal nombre que
aquella tierra tiene de estéril y cenagosa»
(64;
la cursiva es mía) y hacerla más atractiva para los
conquistadores, fomentar su poblamiento por «hijos» de
España, pues, «es tierra
fértil y abundante de todo lo necesario para la vida humana,
y se puede fertilizar mucho más de lo que al presente lo es
de suyo con las semillas y ganados que de España y otras
partes se le pueden llevar [...]»
(64). Todo ello, no
obstante, se subordina al fin principal que es «el aumento de nuestra Santa Fe
Católica»
(64), reiterado páginas
más adelante, en relación con la escritura: «[...] no me movió otro fin sino el deseo
de que por aquella tierra tan larga y ancha se extienda la
religión cristiana»
(67-68).
A lo largo de toda
la obra, la cuestión del «aumento-extensión»
de la
fe-religión se convertirá en un leit-motiv, casi siempre
matizado metafóricamente como
«fructificación», hasta el punto de que la
penúltima frase del texto otorga un sentido cuasi
alegórico a la conquista del territorio americano: «Y así es de creer y esperar que tierra
que tantas veces ha sido regada con tanta sangre de cristianos haya
de fructificar conforme al riego de la sangre católica que
en ella se ha derramado»
(VI, 22: 586). Después
sólo queda la despedida, pero la cuestión de la
«sangre» (que metafóricamente es riego
y, metonímicamente, también linaje) incide
de modo singular sobre el propósito ideológico de la
obra, ya anticipado en el proemio.
Si la cuestión del poblamiento es una proyección temática mayor de la cuestión del linaje, ésta afecta -como he dicho- también a la legitimidad del texto historiográfico. Fijémonos, sin ir más lejos, en que Garcilaso sostiene (falsa y, por tanto, irónicamente) que su obra no puede considerarse producto de la aplicación de una preceptiva historiográfica, que, por su condición de indio (esto es, por su linaje), ignora:
| (69) | ||
Garcilaso parecía, pues, consciente de que su condición de «indio» limitaba su credibilidad como historiador. Tal vez de esa conciencia derive el complejo entramado de voces que construyen La Florida, su primer texto historiográfico: Garcilaso se presenta como simple mediador para la voz principal de un relator legítimo, pero anónimo, siempre identificado como «caballero» e «hidalgo». La obra surge entonces como producto de la colaboración necesaria de dos «padres» y uno de sus principales escollos consistirá en legitimar dicha colaboración9.
Al considerar la identidad de los «progenitores» de la obra surgen ya dos cuestiones onomásticas que llaman poderosamente la atención del lector. En primer lugar, como toda la crítica ha señalado, resulta inquietante el hecho de que Garcilaso oculte sistemáticamente el nombre de su informante. El personaje real que fue Gonzalo Silvestre se desdobla en dos entidades textuales distintas: «mi autor»- «el que da la relación» / el personaje «Gonzalo Silvestre». Sólo la inferencia extratextual permite reducir esas dos figuras a una, pero el efecto de lectura es el de un informante anónimo, una sombra que dicta su relación ante la presencia de un «humilde» escribano. Es el informante quien, como auctor, tiene el poder de generar o aumentar (de augeo) la materia que habrá de ser formada por quien tiene el discurso (el escribano Garcilaso).
La segunda cuestión onomástica que quiero evocar en el comienzo ha sido menos observada (en absoluto, hasta donde conozco): el hecho de que por La Florida pasa -también quizá como una sombra- un personaje que lleva por nombre el «verdadero» nombre de Garcilaso10: Gómez Suárez de Figueroa, hijo -el del texto- de Vasco Porcallo, uno de los conquistadores más destacados de la expedición. Garcilaso, sorprendentemente, no dice nada de esa coincidencia onomástica, de la reproducción en la aventura (en la Historia) y en el texto (en la historia) de un nombre en el que, poco antes de comenzar la redacción de La Florida, él había decidido no reconocerse más.
El Gómez
Suárez de Figueroa que aquí aparece es un «hijo
natural» de Vasco Porcallo, «habido
en una india de Cuba»
(II/1, 11: 145). Aunque no
volverá a aparecer hasta el final de la obra, su trayectoria
parece reproducir la del propio Garcilaso, o la del personaje que a
Garcilaso le hubiera gustado ser: hijo de uno de los conquistadores
más significados en la jornada de Florida (como el padre del
autor, el capitán Sebastián Garcilaso, lo fue en el
Perú), «anduvo después en
toda ella como muy buen caballero y soldado hijo de tal
padre»
(II/1, 11: 145). Garcilaso también inscribe
explícita y orgullosamente su condición de hijo de
conquistador del Perú en La Florida («me precio muy mucho de ser hijo de conquistador
del Perú, de cuyas armas y trabajos ha redundado tanta honra
y provecho a España»
; III, 8: 300).
Los pocos rasgos que se dan del carácter de este otro Gómez Suárez de Figueroa también tienen una -cuando menos- inquietante consonancia con datos conocidos de la biografía de Garcilaso: cuando el personaje pierde sus caballos no quiere aceptar los que le prestan o regalan (algo que consuena con el desengaño generado en el Inca por los sucesos de la batalla de Huarina protagonizados por su padre11) y esto porque considera que no se le pueden compensar los servicios de su padre12:
| (II/1, 11: 145) | ||
«Extraño y esquivo»
, este otro
Gómez Suárez de Figueroa puede ser una figura del
Gómez Suárez que decide retirarse de la vida
pública y entregarse a la escritura, y, como el hijo de
Vasco Porcallo, volverse «a la casa y
hacienda»
de su padre (VI, 20: 576)13.
Lo cierto es que la existencia de un conquistador-personaje que se
llamó con el mismo nombre que el autor había decidido
borrar para sí mismo no pudo pasarle inadvertida. El nombre
ausente de uno de los «autores» (Gonzalo Silvestre) y
el «viejo» nombre recuperado del otro (Gómez
Suárez de Figueroa) son indicios de una doble estrategia de
legitimación de la escritura que atraviesa tanto el proceso
de composición como el sentido mismo de La
Florida.
En estas circunstancias, y teniendo en cuenta, además, la importancia de la conciencia lingüística en toda la escritura historiográfica garcilasiana, el uso y funciones de la onomástica en La Florida cobra una importancia fundamental. Más que el interés de Garcilaso en consignar los nombres de conquistadores o indios y su correspondencia con sujetos reales -con ser esto importante14-, deben interesarnos los usos y sentidos que algunos de esos nombres cobran en el curso de la historia.
El apellido de un personaje fundamental en la expedición, Juan Ortiz, por ejemplo, adquiere un significado trascendente al convertirse en contraseña; contraseña que debe ser repetida, como cifra de la experiencia que ese nombre recoge, y que debe provocar la memoria y una acción determinada en los españoles:
| (II/2, 15: 245) | ||
Pero la utilización cuasi mágica de los nombres no es patrimonio exclusivo de los indígenas. También los españoles atribuyen valores extralingüísticos a los nombres de los indios y por ello los repiten obsesivamente intentando descubrir en ellos algún significado:
| (II/1, 11: 144) | ||
Las dos anécdotas son simétricas y constituyen un ejemplo de concentración del sentido en un signo mínimo. Tanto los indios que repiten el nombre de Ortiz como Vasco Porcallo, cabalizando sobre nombres indígenas, esperan derivar algún beneficio de su actividad o, al menos (nomen est omen), piensan que en esos nombres pueden hallar revelaciones sobre el sentido de su aventura.
Además de
su eventual extrañeza, la onomástica indígena
tiene en el texto otras connotaciones: casi siempre se nos dice que
el nombre de un indio coincide con el topónimo de su
provincia. Así ocurre con Vitachuco u Ochile (II/1, 19:
168), por ejemplo, y se tiene por regla tan común que cuando
no se cumple hay que señalarlo: «[...] no pudieron alcanzar a Capasi, que
así se llamaba el cacique. Este es el primero que hallamos
con nombre diferente de su provincia»
(II/2, 3: 213).
Podría decirse, entonces, que Garcilaso acepta, en cierto
modo, que el linaje del indígena está estrechamente
ligado a su tierra. Evidentemente, puede tratarse de un error de
comprensión (suyo o de su «autor»), aunque
Garcilaso extrañamente nunca se plantea la cuestión.
Al contrario, parece considerar tan estrecho el vínculo que
se establece entre la tierra y el cacique indígena que se
permite extender ese vínculo onomástico más
allá del indígena principal, generando un paradigma
«tierra-cacique-vasallo»: «Con esta embajada salió de su tierra el
capitán general Anilco, que, por no saber su propio nombre,
le damos el de su curaca [...]»
(V/2, 8: 498); «En esta liga, aunque fue convidado, no quiso
entrar el cacique Anilco, ni su capitán general, a quien
también llamamos Anilco [...]»
(V/2, 9: 502).
En alguna otra ocasión en que ignoraba el nombre de algún indio (como el de la «señora de Cofachiqui»; III, 11: 309), Garcilaso se había conformado con consignar esa ignorancia, pero en este episodio opta por lo que a su juicio parece una solución verosímil: la homonimia. Esto debe de ser así porque este «capitán general» protagoniza una disputa con otro cacique (Guachoya) en cuyo centro se halla la cuestión de la herencia y la honra. Acusado de «innoble» por Guachoya, el capitán Anilco realiza una apología de su linaje que comienza por una justificación genealógica que legitima la opción onomástica de Garcilaso:
| (V/2, 10: 506) | ||
Su nobleza -que le
permite asumir el nombre del cacique y del «primero» de
su casa- se basa en sus actos, a diferencia de la nobleza de
Guachoya, heredada y no refrendada por los actos: «Y, si el estado, que tanto os ensoberbece, no lo
hubiérades heredado, no hubiérades sido hombre para
ganarlo, y yo, que nací sin él, si hubiera querido,
lo he sido para habéroslo quitado»
(V/2, 10:
507).
El episodio es
clave en el proceso de construcción de una imagen del indio
noble15.
Se trata de la disputa dialéctica más elaborada de
toda la obra, en la que los españoles representan el papel
de espectadores y jueces admirados, anticipando la recepción
del lector. Guachoya había pretendido desprestigiar al
capitán Anilco aduciendo que «es
pobre, hijo y nieto de padres y abuelos pobres, y de su linaje es
lo mismo, que no tiene más calidad que ser criado y vasallo
de otro señor como yo»
(V/2, 10: 504). Esa
condición podría limitar la credibilidad que los
españoles prestasen a sus palabras, pues el pobre-vasallo
sólo sabe mentir. El narrador, no obstante, señala
que estas observaciones están marcadas por el odio y la
envidia y, a renglón seguido, la defensa que emprende Anilco
deja, por su estilo mismo, buena prueba de su nobleza. La defensa
no busca argumentos fuera del paradigma del linaje y la honra, sino
que sólo pretende desmentir al acusador:
| (V/2, 10: 505) | ||
Por otro lado, esta elaboración de una imagen de indio noble, a partir del vínculo con el cacique principal (y, a través de éste, con la tierra), reflejada en la elocuencia, tiene un corolario precioso desde el punto de vista de la composición del texto historiográfico. Justamente el cacique Anilco será el primero que reciba de Gonzalo Silvestre-personaje la relación de la jornada de Hernando de Soto:
| (V/2, 13: 516) | ||
Considero que ésta es una escena capital, desde el punto de vista que me interesa, no sólo porque Anilco anticipa el papel de oyente del propio Garcilaso y así se convierte en una especie de «doble» intratextual (con la diferencia de que el «segundo» indio que reciba el relato de Silvestre -el propio Garcilaso- tendrá la capacidad y la misión de escribirlo). Es interesante también porque el pretexto para esta escena de relato dentro del relato es que Silvestre había devuelto a Anilco un hijo que antes había sido esclavo suyo y que ahora se convertirá en mediador-intérprete. Una vez más, la posibilidad del relato aparece vinculada a la cuestión de la generación-linaje.
Es tan extremada la importancia que Garcilaso confiere al vínculo de sangre como garante de la continuidad histórica que le interesa incluso el linaje de los perros. Tan importantes en la conquista, son dignos de participar en los repartimientos y hasta de dejar herederos:
| (II/1, 18: 166) | ||
Desde luego, esta
mención es anecdótica, pero forma parte de la
construcción genealógica del espacio imaginario de
los españoles, paralelo al de los indios. Los
españoles participarán, a ojos de los indios, de un
linaje sagrado «[...] por su linaje,
calidad y naturaleza, eran hijos del Sol y de la Luna, sus dioses
[...]»
(II/1, 20: 171). Sólo sus actos malvados
darán indicio de la falsedad de esa descendencia, como
señalará Vitachuco: «[...]
su misma vida y obras muestran ser hijos del diablo»
(II/1, 21: 172).
Podría
decirse que la dialéctica de esa genealogía incierta
está en la base del papel histórico-mesiánico
que los españoles debieran haber cumplido en América
a juicio de Garcilaso: hijos de Dios, cuya palabra habrían
debido difundir, sus obras, lamentablemente, han desmentido ese
linaje sagrado. Por eso, desde el punto de vista de Garcilaso, los
españoles son esencialmente «hijos de
España», de donde deriva toda su potencialidad
histórica: «[...] el mayor ser y
caudal que siempre ella
[España] hubo y tiene fue producirlos y criarlos tales que hayan
sido para ganar el mundo nuevo y hacerse temer del viejo»
(I, 1: 73).
La conquista, justamente, parece propiciada por un error de carácter biológico (vinculado con el linaje colectivo de los españoles) y que tiene consecuencias históricas. Así como Garcilaso hará del discurso de la fertilidad un aspecto central de su argumentación a favor de la conquista, algún cacique (Acuera) confía en que podrá vencer a los españoles porque éstos serán incapaces de reproducirse en América:
| (II/1, 16: 159-160) | ||
El error siniestro de Acuera consiste en ignorar la posibilidad del mestizaje, posibilidad que -irónicamente- Garcilaso había explicado unos capítulos antes (II/1, 13: 150) y de la que el historiador mismo era una prueba viviente.
Sin embargo en
este linaje colectivo español parece ir inscrito
también el siniestro signo de la desgracia: los
conquistadores de la Florida parecen haberse pasado en herencia el
fracaso y la desdicha: «Este fin
desdichado tuvo la jornada de la Florida
[de Ponce de
León], y parece que dejó su
desdicha en herencia a los que después acá le han
sucedido en la misma demanda»
(I, 2: 75). De este modo,
la visión genealógica que tiene Garcilaso del linaje
de los españoles en relación con América tiene
algo de construcción trágica (pasan de ser
héroes semidivinos a parias desheredados).
Garcilaso se sabe «hijo extraordinario»16 de uno de esos héroes desastrados y basa su legitimidad como historiador en la doble condición de descendiente de indígenas nobles (posibilidad de nobleza indígena que ha quedado demostrada en el debate Guachoya-Anilco) y descendiente de conquistador:
| (V/2, 14: 519) | ||
Para algunos críticos, la cuestión de la legitimidad del linaje garcilasiano constituye una de las paradojas centrales de su proyecto historiográfico: es su «falta de credibilidad» como indígena la que le llevaría a requerir (y aducir reiteradamente) el testimonio de un relator no identificado más que como «hijodalgo»17. Otros consideran que su legitimación no procede de la representación de su herencia indígena, sino de la manipulación de tópicos familiares para sus lectores españoles (Voigt: 252). A mi juicio, sin embargo, tanto la presencia del relator «noble», como la representación de un indio «noble» por su sangre (además de por sus actos) contribuyen a la hipótesis de que Garcilaso considera inseparable la escritura de la historia de la representación genealógica. La importancia de la onomástica y la insistencia en las cuestiones relacionadas con el linaje son, como he querido demostrar, indicios a favor de que, en la concepción garcilasiana, el género está estrechamente ligado a la generación.
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