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«Señas de una belleza superior» o las representaciones del cuerpo en el tono humano barroco

Dolores Josa Fernández

Mariano Lambea Castro (coaut.)





Después de la Edad Media, Francesco Petrarca enseñó a toda Europa a cantar la naturaleza paradójica del amor humano y a describir con deleite la belleza de una donna que movía al hombre a sucumbir ante ella y olvidar la contemplación del cielo y los nobles objetos. Sin embargo, el neoplatonismo dignificó la experiencia del deleite visual del cuerpo femenino al convertirlo en reflejo de la bondad divina. De este modo, la mujer pasó a ser el ídolo bello de una lírica erótica que perseguía extremar su canto a propósito de la excelsa beldad femenina, y, conforme pasaba el tiempo, con una minuciosidad cada vez mayor, hasta llegar a ser prodigiosa en el siglo del claroscuro, es decir, en el Barroco. Con nuestra comunicación, realizaremos, por un lado, una reflexión estética en torno a la voz, la palabra, las metáforas y los símbolos con que se representó, cantó y sublimó un cuerpo femenino entendido como lienzo en el que fijar los cambios de un imaginario de época insatisfecho con los límites que el Renacimiento había definido. Por otro lado, ilustraremos detenidamente todo ello con una selección de tonos humanos pertenecientes a los cancioneros que venimos estudiando y editando en nuestro proyecto de investigación interdisciplinaria sobre la música y la poesía en la Edad de Oro.


El Diccionario de Autoridades1 define el tono como «la canción métrica para la música compuesta de varias coplas». En esta definición genérica queda englobado cualquier poema de temática variada y de métrica diversa; o dicho en otras palabras, cualquier letra dispuesta para ser musicada y cantada. Aut. recoge, pues, una definición que contempla dos artes puestas en estrecha relación: la poesía y la música; y nos informa también, aunque no lo especifique, de una práctica artística que tuvo su esplendor durante más de una centuria: la que abarca todo el siglo XVII y casi la mitad del XVIII.

Las características del tono poético-musical pueden ser formales y de contenido. Desde la vertiente musical sus características formales son las siguientes: composición vocal de cámara para una plantilla que va desde una sola voz a un máximo de cuatro (son excepcionales los tonos a cinco o seis voces) de extensión entre corta y media, con la presencia mayoritaria de un estribillo y con el concurso del acompañamiento instrumental (aunque no siempre).

Las características formales a nivel literario vienen dadas por la métrica del poema, es decir, que los tonos pueden ser sonetos, décimas, quintillas, octavas, romances, romancillos, villancicos, seguidillas, etc.

Pero nos interesan más las características de contenido entre las cuales destacan por su intensidad cultural, ideológica, espiritual e intelectual, las que se expresan a través de los textos poéticos. En efecto, en las letras para cantar hay una temática variadísima que va desde los lamentos de las cuitas de amor, hasta los diálogos con la naturaleza para expresar los sentimientos, hasta las ironías, chanzas, parodias y sátiras, pasando por la cita de acontecimientos históricos o políticos o por la conmemoración de eventos de cualquier índole, hasta, cómo no, la descripción y exaltación de la belleza, o la fealdad, del cuerpo, especialmente, el femenino.

El tono humano actúa como transmisor de los contenidos líricos, político-ideológicos o ético-morales para provocar en el oyente una experiencia estética más emotiva que racional. Ello es debido, en parte, a la íntima relación entre texto poético y texto musical, que da origen a una obra de arte unitaria y compleja, ya que a la propia expresividad de la poesía se añade el componente musical que viene a sublimar la exposición retórica de aquélla y, en definitiva, de ambas artes. No faltamos a la verdad si decimos que la música traduce en bello sonido y armonía el sentido de la palabra poética. En esta época de la historia de la cultura y del arte la música actúa como ornamento melódico, armónico y rítmico del verso y aprende del lenguaje poético la construcción de su propio lenguaje. Si en el Barroco, como herencia natural también del Renacimiento, las figuras retóricas consubstanciales a la poesía exigían a la música determinados giros melódicos o armónicos o rítmicos, después, con el paso del tiempo, esos giros quedan fijados y adquieren carta de naturaleza en la mente y en la inspiración del compositor, convirtiéndose en procedimientos, en gestos que pasan a conformar una especie de koiné musical, como un fondo común de tópicos, utilísimos para que el compositor asuma la tarea de independizar a la música del dominio de la palabra. En ese momento nace la música instrumental que conquista un lenguaje autónomo, al margen de la música vocal.

Hasta el presente llevamos siete volúmenes editados de nuestro proyecto interdisciplinario en curso sobre la música y la poesía en los Siglos de Oro. Cuatro de ellos corresponden al Libro de Tonos Humanos conservado en la Biblioteca Nacional (Madrid); dos al Cancionero Poético-Musical Hispánico de Lisboa conservado en la Biblioteca de Ajuda (en la capital lusa) y uno, que resulta ser una antología de este género poético-musical conservada en papeles sueltos en la Biblioteca de The Hispanic Society of America, que hemos dado en llamar Manojuelo Poético-Musical de Nueva York. Estos volúmenes comprenden un total de 267 tonos humanos (nos referimos a «humanos» en contraposición a los «divinos» de temática religiosa que también proliferaron en esta época, aunque en menor medida, y de los cuales nosotros no nos ocupamos).

De estos 267 tonos, 34 de ellos (que no son pocos teniendo en cuenta la diversificación temática de este repertorio) tratan de la prosopografía o descripción de los rasgos físicos de la dama, auténtica protagonista de la lírica áurea. Referiremos algunos de ellos (los más hermosos) a lo largo de nuestro trabajo.

Francesco Petrarca enseñó a toda Europa a cantar la naturaleza paradójica del amor humano y a describir con deleite la belleza de una donna que movía al hombre a sucumbir ante ella y olvidar la contemplación del cielo y los nobles objetos. Sin embargo, el neoplatonismo dignificó la experiencia del deleite visual del cuerpo femenino al convertirlo en reflejo de la bondad divina. De este modo, la mujer pasó a ser el ídolo bello de una lírica erótica que perseguía extremar su canto a propósito de la excelsa beldad femenina, y, conforme pasaba el tiempo, con una minuciosidad cada vez mayor, hasta llegar a ser prodigiosa en el barroco, el siglo del juego limítrofe con todo lenguaje artístico. Las consecuencias que todo ello tuvo en la lírica hispánica fueron todavía más decisivas si tenemos en cuenta la honda contención sensual que caracterizó la cultura peninsular de los siglos XV y XVI.

Lo referido anteriormente nos invita a considerar que los tonos humanos del siglo XVII español, en su sabia conjunción de poesía y música, fueron la culminación de toda una evolución expresiva con que ensalzar, mediante la voz, la música y todos sus resortes dramáticos el cuerpo de la dama y todos los rasgos prosopográficos de la tópica descriptio puellæ (Josa & Lambea, 2008)2. En esa centuria, se exaltó una belleza fragmentada a través de unas metáforas sorprendentes que buscaban franquear los límites de lo bello y lo monstruoso, dando, así, los primeros pasos de la modernidad.

El canon petrarquista de la belleza física femenina que se impuso durante casi tres siglos condujo a la autonomía estética convirtiendo el cuerpo femenino en simulacro de joya más que en mímesis de carne. Petrarca vino a ser el artífice de una concepción selectiva e innovadora de la belleza fijada, especialmente, en su Cancionero, y bajo el influjo de la escuela retratística de Avignon (donde vivió) y, especialmente, de los retratos de Giotto, por quien sintió auténtica devoción (Pozzi, 1976). Ello hizo posible que en su Cancionero se llevara a cabo una aproximación (con el tiempo, famosa y canónica) entre poesía y pintura (Contini, 1974: 115-131).

Modificó un modelo del retrato estrictamente medieval que se edificaba sobre el principio retórico de la enumeración de las partes anatómicas en sentido descendente: de la cabeza a los pies. El nuevo canon petrarquista se mostró selectivo y tuvo la virtud de agilizar y, de algún modo, deconstruir el esquema anterior medieval, demasiado completo, previsible y pegado al cuerpo femenino real y, por lo mismo, excesivamente monótono y pesado en su representación, o, por mejor decir, en su reconstrucción poética a través de la palabra. A diferencia, lo más característico del retrato estrictamente petrarquista, que recorrió el Renacimiento español y se adentró por una brecha preciosista en las entrañas del Barroco y del tono humano, fue, esencialmente, una reducción nada drástica, pero sí infinitamente sutil en la selección de las partes del cuerpo. En consecuencia, Petrarca, para su descriptio, eligió cabellos, ojos, frente, mejillas y boca, como podemos observar en las seguidillas reales del tono conservado en Lisboa «Retratar, hoy, la niña pretendo», anónimo en su música y letra (ejemplo 1), y renunció (precisamente para potenciar esta visión selectiva) al resto de las posibilidades anatómicas, como la nariz (Quondam, 1991), rescatada sólo en el siglo XVII: obsérvese así en la quinta estrofa del dúo «¡Óiganos retratar un prodigio…!» del compositor Cristóbal Galán y con «letra humana en esdrújulos» del actor y cantante Alonso Olmedo (ejemplo 2); dúo perteneciente, en este caso, a una antología asentada ya en la lírica del pleno barroco, como es la que recopilamos bajo el título de Manojuelo Poético-Musical de Nueva York (Josa & Lambea, 2008).

El canon petrarquista enfatizó, en cambio, la presencia de la mano y la convirtió en elemento de seducción por su misma expresividad, como vemos en la cuarta estrofa del romance lírico «En una concha de Venus» del Libro de Tonos Humanos (ejemplo 3). Los miembros más nobles (la parte superior hasta el busto) pasaron a ser descritos con metáforas suntuarias: flores, astros, piedras preciosas, que apuntaban a dos objetivos de carácter eminentemente pictórico: el color y el esplendor (Manero, 1992). Lo observamos en el romance lírico «La niña de más estrellas», también de la recopilación carmelita (ejemplo 4).

Este nuevo retrato intensificó la luz y su imaginería gracias a los ideales neoplatónicos; seleccionó delicadamente el color, insistiendo, preferentemente, casi de manera única, en el blanco que domina cara, cuello y pecho, seguido de cerca por el amarillo (el oro del cabello abundante y preponderantemente suelto) y por el rojo y el rosa de labios y mejillas, potenciando el contraste en el verso. Muy pocos toques de viola y azul; y el verde, si lo hay, corresponde al paisaje, que puede ser emblemático, cuando el retrato emerge de la pastoral o se funde en ella, como se observa magníficamente en el tono «A vencer blancas auroras» del compositor Carlos Patiño, maestro de capilla de la corte de Felipe IV (ejemplo 5). Se agruparon, de una manera flexible, pero con cierta y lógica delimitación, un número variable de metáforas o comparaciones para cada una de las partes del cuerpo femenino: al cabello le correspondía el oro, el sol, el ámbar, los topacios; al rostro, la nieve y las rosas, el lirio y la azucena; a la frente, el cristal; a los ojos, los zafiros y la esmeralda; a la boca, el rubí o el coral; al cuello, el marfil; al pecho, el mármol (Manero, 2005).

Pero la poesía de Petrarca, al deconstruir, distorsionar o hiperbolizar determinados elementos de la composición en detrimento de otros, modificó la imagen femenina misma, con variaciones significativas en cuanto a la concepción de la propia belleza y a los cauces retóricos para expresarla, y ello dio pie a que, conforme se difundió el retrato petrarquista, se experimentara con él en aras de la extremosidad expresiva que fue apoderándose del espíritu barroco (Dubois, 1980).

Y es que el siglo XVII quebró la dispositio de este canon y fragmentó la representación del mismo, puesto que la literatura erótica del barroco fue una forma de alterar los límites inconsistentes de la realidad desde los límites simbólicos del lenguaje, tal y como puede comprobarse con la lectura detenida de los poemas que incluimos en el presente trabajo. La distorsión compositiva y el dominio de ciertos elementos corporales sobre otros, o la competencia entre ellos, hizo que el retrato buscara ser una impresión visual de las facciones y una exaltación de éstas como fetiches corporales. Fenómeno resultante de llevar el principio de selección petrarquista «al paroxismo» (Manero, 2005: 252). Por no referir (porque no es éste el lugar para hacerlo) las sátiras y burlas que se escribieron al final de un proceso estético e ideológico necesitado de la desmitificación de esa misma belleza representada con tanto esmero y cuidado, ya fuera pictórica o poéticamente3.

La autonomía de los elementos anatómicos respecto, ya no del modelo natural y real de mujer, sino de la propia composición figurativa, condujo a la hiperbolización del detalle como motivo central de una recreación nueva, y a la pugna de los elementos mismos por acaparar el espacio de la estructura métrica destinada a la presentación de un canon coherente de belleza. De este modo, se produjo una suerte de competencia por el protagonismo entre los diversos elementos del cuerpo, como, por ejemplo, entre la mano y los ojos, a cual más bello y tentador para suscitar el deseo erótico; entre la mano y el pie que aparecen cortando y haciendo brotar flores, respectivamente, remitiendo al mito de Flora, y al ciclo de las estaciones y a la renovación de la materia, pues la diosa recoge flores con la mano y les permite nacer de nuevo con el simple toque del pie en la tierra (ejemplo 6). También podemos encontrar el pie y el cabello compitiendo entre sí, venciendo al resto de los elementos para abrazarlos todos y unirlos con la curva que esboza la unión de los extremos: el cabello y los pies. Pero es que, además, el barroco poético, a la superposición de los elementos anatómicos descoyuntados, dotados de vida propia, suma una nueva posibilidad cromática que busca, no el matiz, sino el contraste: el rojo del rubí de la boca con el blanco de las manos; el blanco de las manos con el oro del cabello; el arco del cielo de las cejas con la luz de los ojos…

La dama tiene que tener, también, un bello nombre (Amarilis, Lisis, Clori, etc.) en armonía con su bello cuerpo y su bello rostro, clave para la valoración del alma que eleva al enamorado (ambiguamente) platónico a las altas esferas. La belleza corporal fue considerada por el neoplatonismo como signo visible de la perfección moral de la dama, que traducía y anticipaba su virtud, verdadera fuente de salvación para el enamorado de los apetitos carnales que ella, sin embargo, suscita. Por lo tanto, la representación de la dama modélica resume sus encantos físicos y espirituales: rubia, aunque el barroco reivindicó el cabello oscuro en función de su estética del claroscuro (Lambea & Josa, 2000: 25-26); así lo podemos observar en el romance lírico «La morena de más gracias» con algunos versos del poeta cortesano Antonio Hurtado de Mendoza (ejemplo 7) y en la tercera estrofa de otro romance lírico no menos bello que el anterior que lleva por título «Campos que sale Belisa» (ejemplo 8); blanca, grácil, evanescente, con ojos de zafiro y dulce y armoniosa voz, como insisten mucho los tratados de amor en sus efectos mágico-eróticos, puesto que el encanto de la sonrisa era la mejor expresión de las profundidades anímicas y el mejor pretexto para musicar un poema (ejemplo 9); la gracia del porte, la elegancia majestuosa y mesurada de los andares que tanto juego dio en el barroco con la puesta a punto y el desarrollo del movimiento en el arte.

En fin, «la honestidad de un alma bellísima, precisamente, también, por su virtud» (Manero, 2005: 258). Por eso encontramos lo sensual en lo espiritual, y por eso, asimismo, nos resulta tan atrayente el neoplatonismo de la época que elevó la belleza femenina a canon de la misma Belleza como reflejo del alma universal: «Para el ojo, y para el espíritu, que como los espejos reciben las imágenes de un cuerpo cuando está presente y lo pierden cuando está ausente, la presencia continua de un cuerpo hermoso les es necesaria para que su luz los ilumine» (Ficino, 2007: 85).

Con esta concepción de la hermosura física, el cuerpo femenino quedó fijado, según Gabriel Bocángel, como señas de una belleza superior (ejemplo 10 musicado por el famoso compositor Manuel Correa) que el arte sublimó hasta la irrealidad, permitiendo, incluso, ser hermoso, aun sin hermosura (verso 13) (Andrés, 1994: 198)4. Paradoja que el barroco convirtió en no pocas burlas que en otra ocasión comentaremos al tono de lo más humano del romancero lírico y otras letras.






Bibliografía

  • Bocángel, Gabriel (1994) «Señas de una belleza superior», en Andrés, Ramón, Tiempo y Caída, Barcelona: Quaderns Crema, p. 198.
  • Covarrubias, Sebastián de, (1943) Tesoro de la lengua castellana o española, Riquer, Martín de (ed.), Barcelona: S. A. Horta, I. E.
  • Contini, G. (1974) «Petrarca e le Arti figurative», Francesco Petrarca. Citizen of the World, Padova: Antenore, pp. 115-131.
  • Diccionario de Autoridades (1726), Madrid: Imprenta de la Real Academia Española. Edición facsímil en Madrid: Editorial Gredos, 1976, 3 vols.
  • Dubois, C. G. (1980) El Manierismo, Barcelona: Península.
  • Ficino, Marsilio (2007) «Comentario al "Simposio" o "Banquete" de Platón», en Santidrián. Pedro R. (ed.) Humanismo y Renacimiento, Madrid: Alianza Editorial, p. 85.
  • Josa, Lola & Lambea, Mariano (2008) «Los resortes dramáticos del tono humano barroco», Teatro de palabras: revista sobre teatro áureo 2, pp. 159-174. http://www.uqtr.ca/teatro/teapal/TeaPalNum02Rep/9JosaLambea.pdf
  • Josa, Lola & Lambea, Mariano (eds.) (2008) Manojuelo Poético-Musical de Nueva York (The Hispanic Society of America), Madrid: CSIC / SEdeM.
  • Lambea, Mariano & Josa, Lola (eds.) (2000) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (I). Libro de Tonos Humanos (1655-1656), Barcelona: CSIC, vol. I.
  • —— (2003) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (II).
  • Libro de Tonos Humanos (1655-1656), Madrid-Barcelona: CSIC, vol. II.
  • —— (2004) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (III).
  • Cancionero Poético-Musical Hispánico de Lisboa, Madrid: SEdeM., vol. I.
  • —— (2005) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (IV).
  • Libro de Tonos Humanos (1655-1656), Madrid: CSIC, vol. III.
  • —— (2006) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (V).
  • Cancionero Poético-Musical Hispánico de Lisboa, Madrid: SEdeM. / CSIC, vol. II.
  • —— (2009) La música y la poesía en cancioneros polifónicos del siglo XVII. (VI).
  • Libro de Tonos Humanos (1655-1656), Madrid: CSIC, vol. IV.
  • Manero, María Pilar (1992) «La configuración imaginística de la dama en la lírica española del renacimiento. La tradición petrarquista», Boletín de la Biblioteca de Menéndez y Pelayo LXVIII, pp. 5-71.
  • —— (2005) «Los cánones del retrato femenino en el Canzoniere. Difusión y recreación en la lírica española del Renacimiento», Cuadernos de Filología Italiana, Número extraordinario, pp. 247-260.
  • Pozzi, G. (1976) «Codici, stereotipi, topoi e fonti letterarie», Intorno al codice. Atti del III Convegno della Associazione italiana di Studi Semiotici, La Nuova Italia: Firenze, pp. 37-76.
  • Quondam, A (1991) Il naso di Laura. Lingua e poesia lírica nella tradizione del Classicismo, Ferrara: Franco Cosimo Panini.



Ejemplos




Ejemplo 1 (Lambea & Josa, 2004: 80-81)


1Retratar, hoy, la niña pretendo
      pero no hallo,
hoy, de sus perfecciones debujo
      para el retrato.

2Sus dorados cabellos son rayos  5
      si los desata,
y, si acaso los prende, culebras
       de oro enroscadas.

3 Dilatada su frente de nieve
      es plaza de armas,  10
donde Amor, cuando sale a la guerra,
      toma la blanca.

4Son sus ojos los tiros de Dió[n]
      que todo allanan,
y sus niñas ministran el fuego  15
      como atalayas.

5Es de nácar y fuego la boca;
      una granada
que respira encendida en sí misma;
      pólvora y bala.  20

6Munición de diamantes sus dientes,
       menudas balas,
y mordidas de dulce ponzoña
      son plata herbada.

7La garganta es estrada encubierta  25
      de nieve blanca,
por do viene el aliento y socorro
       para esta plaza.

8Solamente sus pies por lo breve
      y por lo nada  30
armas son que se ven, prohibidas,
      menos de marca.




Ejemplo 2 (Josa & Lambea, 2008: 134-135)


1    ¡Óiganos retratar un prodigio
único en donaire y belleza!
Fílida, al pintar tu hermosura,
tímido el pincel colorea.

2   Márgenes en tu frente descubre  5
cándida quien del mar toma tierra;
ánimo que del golfo se libra,
pálido en la orilla se anega.

3    Ébano se reparte en dos arcos
lúgubres que fabrican tus cejas;  10
bélicos, pues que traen por carcajes
párpados con diluvios de flechas.

4    Délficos luminares tus ojos,
créditos, confianzas desprecian;
águila que examina sus rayos,  15
Ícaro llorará su soberbia.

5   Índice, tu nariz me señala
términos que divide ella mesma;
pródiga, no dilata defectos;
mísera, perfecciones abrevia.  20

6   Próvida, si perfecta tu boca,
ámbares, si pronuncias, alienta;
nácares, si enroscan tus labios;
néctares resplandecen tus perlas.

7   Hércules, tu garganta de nieve;  25
ínclita todo cielo sustenta;
fábrica que se informa en cristales
frígidos que en dos copos se yelan.




Ejemplo 3 (Lambea & Josa, 2000: 42)


[1]   En una concha de Venus,
la nueva madre de Amor,
Filis entraba una tarde,
que esta Venus le engendró.

2   El barquero que la lleva,  5
viendo luces de otro sol,
por dos estrellas se rige,
de las almas, perdición.

3   Ufano el bajel camina,
y, con uso de razón,  10
rasgando la tersa plata
aljófar le tributó.

4   Metió la mano en el agua
Filis, y, a su resplandor,
los peces que aspiran muerte  15
ciegas mariposas son.




Ejemplo 4 (Lambea & Josa, 2000: 43-44)


[1]   La niña de más estrellas
que tiene el cielo diamantes,
el búcaro de claveles
y el brinco de los donaires.

      Salgáis norabuena  5
   a los campos hoy,
   dando amor y celos,
    sin celos ni amor.
       Perla de las niñas del alba,
    niña de los ojos del sol.  10

[2]   La que en dos pardos luceros
lleva, cuando al campo sale,
todos los rayos del día
para letras de los aires.

[3]   Cuyos calzados jazmines,  15
en pisando a Manzanares,
llueven sobre sus arenas
primaveras y cristales.

[4]   Corriendo una tarde el soto
por las flores de su margen,  20
un pie le mordió de invidia
Amor, disfrazado en áspid.

[5]   Volvió a sus labios su nieve
el veneno penetrante;
¿por qué menos?, que tan ciego  25
no ofendiera un dios [a] un ángel.

[6]Y, desta suerte, a la niña
con las fuentes y las aves,
la gala le cantan todas
las zagalejas del valle:  30

[Copla]   Salid porque os vean
de Amor vencedora
el sol y la aurora
que siempre os desean,
porque con vos  35
sean mayores sus rayos,
que cielos ni mayos
no se ven sin vos.
Perla de las niñas del alba,
niña de los ojos del sol.  40




Ejemplo 5 (Lambea & Josa, 2000: 54)


1   A vencer blancas auroras,
y a dar a la primavera
matices de nuevas flores,
sale como el sol Sirena.

      Y en su belleza,  5
   avecillas cantando
    la luz celebran.

2   Los jazmines, que a la planta
de su pie debe la tierra,
a la blancura divina  10
mueren de sus manos bellas.

3Crece en ondas de cristal,
envidioso de la arena,
de sus márgenes el río,
viendo que sus manos besa.  15

4Con lo mismo que reciben
pagan el favor de verla,
los remansos, si la imitan,
las fuentes, si la bosquejan.

5Sopla el céfiro en los sauces,  20
y, en las hojas que saltea,
verde lira de esmeralda
rompe el silencio a la selva.




Ejemplo 6 (Lambea & Josa, 2003: 57-58)


1   A desafíos del sol
salió Amarilis una tarde,
mas, si ella no, ¿quién pudiera
con el sol desafiarse?

1[=2]    Rindiendo sus dos luceros  5
hermosos, negros y graves,
con dulce imperio las vidas,
por feudo las libertades.

2[=3]   A tanta pompa de rayos,
desvanecidas las aves  10
segunda aurora saludan,
primera deidad del valle.

3[=4]   Nueva primavera admiran
los campos en su semblante
que, como lo vieron flor,  15
como a su Flora la aplauden.

4[=5]   Grillos al diciembre piden
los fugitivos cristales,
y por verla más atentos
su curso suspenden fácil.  20

5[=6]   Airoso se halló Cupido
con sus flechas y carcajes,
ministro de ejecuciones
de sus arcos de azabache;

6[=7]   que al prendido de su adorno  25
y a lo airoso de su talle,
de invidiosos y cautivos
se vieron iguales partes.

7[=8]   Salió y, admirado, el sol
se retiró de cobarde,  30
que, como se halló corrido,
ni quiso más triunfos darle.

8[=9]   Hermosa como ella misma,
desmintiendo vanidades,
que lo que tiene de ingrata  35
es lo que le falta de ángel.




Ejemplo 7 (Lambea & Josa, 2000: 47-48)


1   La morena de más gracias
que tiene flores abril,
rosas ofrece hoy al prado
que le pueden competir.

      Muera de amores yo que la vi,  5
   más bella que todas,
   aquí llorar con dos soles
   y reír con una aurora.
       ¡Tened, advertid,
   que hay más de la morena!  10
   Mas, ¡ay de mí!,
   que es linda y es discreta.
   Mas, ¡ay de mí!,
   de amores muero yo que la vi.




Ejemplo 8 (Lambea & Josa, 2003: 47-48)


1   Campos que sale Belisa,
aquella deidad hermosa,
de cuyos divinos soles
son todos los cielos sombra.

2Flores nieva su donaire  5
en tan abundante copia
que, más que [a] la primavera,
deben a sus pies las rosas.

3Los negros rayos del pelo
blancos lazos aprisionan  10
que, de lástima del día,
al viento no los tremola.

4De las luces de sus ojos,
de las perlas de su boca,
quedando invidioso el sol,  15
huyó cobarde la aurora.




Ejemplo 9 (Lambea & Josa, 2000: 42-43)


[1]   En el mar de las sirenas
vi, Fabio, la margarita
en las perlas de una boca,
en los encantos de oírla.

      ¡Ay, Floris!, quien te mira,  5
    arde, tiembla y suspira,
   y quien oye tu voz,
   ciego y cobarde,
   suspira, tiembla y arde.

[2]   Los claveles ruiseñores  10
fragante y roja armonía
desatan, y, en vez de pluma,
blandos piropos la pintan.

[3]   A los blasones de Orfeo
vence hermosísima y linda;  15
su lira siguen los montes;
él [y] los montes su lira.

      ¡Ay, Floris!, quien te mira…

[4]   No sé si es aire o si es fuego
lo que tu garganta explica;  20
llama sonora me abrasa,
Euro celestial me inspira.

[5]   Ésta sí, que no atención,
de mis sentidos me priva
cuando en esta vida gozo  25
música de la otra vida.

[6]   Las cuerdas se vuelven locas
cuando la mano divina
o las toca con la nieve,
o con el cristal las trina.  30

      ¡Ay, Floris!, quien te mira…




Ejemplo 10 (Lambea & Josa, 2005: 80-81)


1   Palabras y plumas, Cintia,
o bien escriban o canten,
más por razón que por uso
todas las llevó tu aire.

   Todo Cintia lo alegra  5
       con su donaire,
y es que son sus dos ojos
      soles de un valle.

2   Dejar de ser elemento,
y al cielo llega a pararse;  10
lo que va de un sol a dos
se muestra el tuyo mas grande.

3   Atrevidas competencias
nunca admitirán tus partes,
pues de vencer cuanto quieran  15
tiene tu hermosura talle.

4   Singulares perfeciones
goza tu imperio de ángel,
siendo quien lo alcanza todo
y la que no alcanza nadie.  20

5   Tu poder quiso obstentar
naturaleza; informarte
dándote una perfeción
que cual tuya dice y hace.

6    El sol vive en tu hermosura  25
entre divinos volantes,
acogiéndose a ella mesma
por no padecer ultrajes.




Ejemplo 11 (Josa & Lambea, 2008: 134-135)


1   ¡Oye, tirana5 Brígida,
oye en solfa de máscara6
este retrato métrico7
de tu deidad8 fantástica!

2   Corto el cabello9 de ébano  5
ciñe tu frente párvula10,
que, a no enlazarlo11, próvida,
pudiera hacerte sátira12.

3   Flechas de plumas huérfanas
a tus cejas de máscara13  10
las da bulto sofístico
una sartén mecánica14.

4   A tus ojos los párpados
los encubren de lástima
de que en tan breve círculo  15
pasen vida tan áspera15.

5   La nariz forma túmulo16
en proporción triángula17
por la difunta púrpura
de tus mejillas cárdenas18.  20

6   Delgados, pero estíticos19,
en tu boca perlática20,
guardan los labios míseros21
piñoncitos22 con cáscara.

7   El cuello en corto término  25
divide tu carátula23
del pecho flaco y pérfido24
del color de la almáciga25.

8   La tez quebrada26, rústica,
cubre tu mano máxima,  30
con resplandor mahomético,
el hermano de Fátima27.

9   Plugo al cielo magnífico
dar a tu hermosa fábrica28,
con estatura títere29,  35
movimiento de pájara30.

10   Treinta años31 que impúdica
ejercitas la práctica
de vender caro el júbilo
con venera farándula32.  40

11    No cabe en la retólica33
pintar34 toda tu máquina,
que por estraña35 y única
eres ninfa mandrágula36.




Alonso de Olmedo. «¡Óiganos retratar un prodigio…!»

Alonso de Olmedo. «¡Óiganos retratar un prodigio…!»

2. Alonso de Olmedo. «¡Óiganos retratar un prodigio…!» (n.º 31). HSA (Ms. B 2543), ff. 110-111, pintura en esdrújulos.




Cristóbal Galán. «¡Óiganos retratar un prodigio…!»

Cristóbal Galán. «¡Óiganos retratar un prodigio…!»

3. Cristóbal Galán. «¡Óiganos retratar un prodigio…!» (n.º 31). HSA, Ms. HC. 380/824a/38,2. Dúo humano. Tiple.




31. «¡Óiganos retratar un prodigio...!»

Dúo humano. Música: [Cristóbal] Galán. Letra: [Alonso de Olmedo]


¡Óiganos retratar un prodigio...!

¡Óiganos retratar un prodigio...!

¡Óiganos retratar un prodigio...!




«¡Oye, tirana Brígida,…!»

Anónimo. «¡Oye, tirana Brígida,…!»

30. Anónimo. «¡Oye, tirana Brígida,…!» (n.º 30). HSA, Ms. HC. 380/824a/49. Tonada sola humana. Tiple. Coplas.




30. ¡Oye, tirana Brígida,...!

Tonada sola humana. Música: Anónimo. Letra: [Jerónimo Nieto Madaleno, recopilador]


 ¡Oye, tirana Brígida,...!

¡Oye, tirana Brígida,...!

¡Oye, tirana Brígida,...!



 
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