Valor fonemático de los diptongos del latín clásico
Sebastián Mariner Bigorra
En su Esbozo de una Fonología diacrónica del español1, E. Alarcos Llorach termina el inventario de los fonemas vocálicos del latín clásico con estos términos (pp. 12-13): «Además de estos fonemas vocálicos (p. ej., los monoptongos), se encontraban los diptongos ae, oe, au, que eran en realidad vocales largas de abertura cambiante, como algunos fonemas del alemán e inglés modernos».
La comparación con «algunos fonemas del alemán e inglés» induce a pensar que los diptongos latinos fueran monofonemáticos, como lo son, según se admite comúnmente, los de dichas lenguas2. Como, por otra parte, Alarcos no alude, en la exposición de los fonemas vocálicos, al carácter monofonemático o difonemático de las vocales largas latinas -con lo cual deja el concepto de vocal larga como susceptible de ser considerado monofonemático-, la inducción mencionada resulta plenamente posible para los diptongos, en cuya definición entra dicho concepto de vocal larga. Añádase que ni la indicada obra fundamental de Trubetzkoy, ni (que yo sepa) ninguna exposición peculiar de los fonemas latinos3 contiene ninguna atribución explícita de valor difonemático a los diptongos de esta lengua.
Sin embargo, a mi modo de ver, este carácter difonemático viene postulado indirectamente por otras afirmaciones de dichos autores, así como por la índole misma de la estructura de los sistemas vocálico y prosódico del latín clásico. A la demostración de mi aserto -objeto del presente trabajo- procederé con argumentos de base cada vez más amplia, a saber:
I) de autoridad, probando que las referencias de Trubetzkoy al latín (y, proporcionalmente, las de Brandenstein) permiten afirmar con la máxima probabilidad que consideraba estos diptongos como difonemáticos4;
II) fonemáticos especiales, aplicando al latín (tomado como «lengua que cuenta las moras o tiempos», esto es, lengua cuya unidad prosódica mínima puede ser menor que una sílaba) los criterios distintivos de uno o más fonemas formulados por el propio Trubetzkoy5;
III) fonemáticos en general, en el sentido de que, aun prescindiendo del carácter de «lengua de moras» atribuido al latín, sus diptongos no pueden ser tomados como fonemas únicos, ni siquiera reduciendo el número de los criterios de difonematismo a los que Martinet6 considera válidos de entre los empleados por Trubetzkoy;
IV) diacrónicos, criticando las soluciones opuestas para el caso de ae y oe, que, del comportamiento de uno y otro en la fonética latina, intenta deducir J. Safarewicz («La valeur phonologique des diphtongues latines», en Eos 44 (1950), 123-130).
El latín es explícitamente citado por Trubetzkoy7 como «lengua que cuenta las moras» para ejemplarizar el tercero de sus criterios de reconocimiento de las lenguas de esta clase8: «Cette même valeur des centres de syllabe longs (a saber, el de “groupe monosyllabique de deux centres de syllabe semblables”) existe aussi dans les langues où, pour la délimitation du mot (...), les longues sont traitées suivant la formule “une longue = deux brèves”. Comme exemple bien connu on peut citer le latin de l'époque classique: l'accent délimitant le mot ne peut frapper sa dernière syllabe, mais se place toujours sur l'avant-dernière “more” avant la dernière syllabe (...) si celle-ci est longue, soit sur l'antépénultième, si la pénultième est brève. En outre une syllabe terminée par une consonne est considérée comme longue. Une voyelle longue vaut donc deux voyelles brèves ou “une voyelle brève + une consonne”».
Por su parte, Brandenstein9, abundando en la misma opinión, añade otros argumentos comprobatorios de este carácter prosódico de la lengua latina: el hecho de que los resultados de la monoptongación de antiguos diptongos hayan sido vocales largas, sin excepción; el alargamento compensatorio del tipo is-dem > īdem; los duplos como Iûpiter / Iŭppiter; el intento de Accio de representar las largas repitiendo el signo de la breve correspondencia. Fiel, además, a la doctrina germánica del carácter intensivo del acento latino (contraria, en el presente caso, a la general de Trubetzkoy10 y a la explícita de Alarcos11) resuelve el peligro de antinomia entre este carácter y el de «lengua de moras» en los siguientes términos: «Der Einwand, dass die Vereinigung von morenzählender Vokalisation und dynamischen Akzent nicht möglich sei, kann durch jene modernen Sprachen widerlegt werden, die beides gleichzeitig aufweisen, z. B. die slowakische Schriftspache und die zentralslowakischen Mundarten».
Ahora bien: si incluso los monoptongos largos de las lenguas de moras eran designados por Trubetzkoy con expresiones como «groupes monosyllabiques formés de deux centres de syllabe brefs qualitativement semblabes» (p. 206), «geminées ou plus généralement phonèmes multiples» (p. 207), «redoublés» (p. 201), «de... caractère double» (p. 206), en fin, «polyphonématiques» (p. 201), sería muy difícil pensar que pudiese atribuir a los diptongos de las mismas lenguas, centros de sílaba indudablemente largos, el carácter monofonemático que atribuye, según se ha visto ya (nota 2), a los diptongos del alemán o del inglés, lenguas «que cuentan las sílabas».
Y todavía más inverosímil resulta esa sospecha, si se observa que el carácter difonemático de los diptongos del griego clásico -lengua de características prosódicas («cuenta las moras») similares a las del latín, para Trubetzkoy- está explícitamente afirmado por este autor12: «Dans des langues comme le grec ancien, outre les voyelles, des groupes polyphonématiques de voyelles (grec ancien ai, oi, ei, au, ou, eu, ui) peuvent aussi se présenter comme centres de syllabe». Incluso la analogía de las realizaciones fonéticas de unos y otros diptongos (a saber, decrecientes tanto en griego como en latín), así como de su «funcionamiento» (se hallan en sílabas átonas y acentuadas -no sólo en las acentuadas como los monofonemáticos del alemán-, tanto en elementos radicales como en desinencias -no sólo en los radicales como los del alemán e inglés-, etc.), parece apoyar la propuesta de que se pueda suponer extensible a los diptongos latinos en el pensamiento de Trubetzkoy el carácter difonemático que explícitamente atribuyó a los diptongos del griego antiguo.
Este carácter difonemático de los diptongos del latín clásico queda también patente aun prescindiendo de los anteriores argumentos de autoridad, aplicándoles los criterios de reconocimiento formulados por el propio Trubetzkoy (v. nota 5). Para que un grupo de sonidos pueda considerarse difonemático, basta con que dé resultado negativo con alguno de los tres primeros criterios (que establecen las condiciones imprescindibles del monofonematismo potencial) o que no lo dé positivo con ninguno de los tres siguientes (que establecen las señales del monofonematismo efectivo). El séptimo criterio, que atañe al valor polifonemático de un solo sonido, no lo creo aplicable al presente caso, por parecerme que el solo nombre de diptongo ya excluye la posibilidad de que se trate de un sonido único13.
De los tres criterios excluyentes, los dos primeros nada permitirían objetar contra un supuesto valor monofonemático de los diptongos en cuestión, pues ni se reparten éstos entre una sílaba y la siguiente (primer criterio que excluye el monofonematismo), ni se realizan con movimientos articulatorios distintos (segundo criterio). Por lo que atañe al último, el caso es algo distinto. Según el enunciado de Trubetzkoy14, «un groupe phonique ne peut être considéré comme un phonème unique que si sa durée ne dépasse pas la durée de réalisation des autres phonèmes existant dans la langue en question». Que la duración de los diptongos latinos rebasa la de otros fonemas de la propia lengua (las vocales breves), es obvio. Pero, dada la existencia de vocales largas en la misma lengua, con cuya duración la de dichos diptongos coincide, el problema queda trasladado a si las vocales largas monoptongas son polifonemáticas. La respuesta a esta cuestión ha de buscarse fuera de estos criterios, para evitar la petición de principio que supondría el dar por polifonemáticas las vocales largas, porque duran más que las breves y a éstas como únicas vocales monofonemáticas, porque las largas son polifonemáticas. Ya se ha visto en el apartado anterior que este carácter difonemático de dichas vocales se basa realmente para Trubetzkoy y Brandenstein en criterios de otra índole, a saber, prosódicos sobre todo. Pero, como el carácter de «lengua de moras» demostrado para el latín ha sido alguna vez impugnado15, y el presente criterio resultaría de aplicación inconsistente para nuestro caso por quien considerara las vocales largas latinas como monofonemáticas, recurriré a probar que, aun para tal consideración, que no excluía que los diptongos latinos «puedan ser» monofonemáticos, sería necesario reconocer que no lo «son», al ver que ninguno de los criterios que dan «efectividad» a un «posible» valor monofonemático puede aplicarse a los diptongos del latín.
En efecto, según el cuarto criterio16, «un groupe phonique potentiellement monophonématique (...) doit être considéré comme una réalisation d'un phonème unique s'il est traité comme un phonème unique, c'est-à-dire s'il apparaît dans des positions phoniques où un groupe de phonèmes ne serait pas admis dans la langue en question». Ahora bien, en latín siempre cabe un grupo de fonemas (p. ej., vocal más sonante) en los lugares donde son admitidos los diptongos, a saber: en final de una sílaba cualquiera de una palabra (p. ej.: ae-des, cf. ar-des; rosae, cf. rosam); o antes de una s final de sílaba (p. ej.: haus-tum, cf. mons-trum; laus, cf. pars). Parece, pues, incontrastable el resultado negativo a propósito de este criterio de valor monofonemático.
El quinto aparece formulado así en la obra de referencia (p. 61): «Un groupe phonique répondant aux exigences des règles I-III doit être considéré comme une réalisation d'un phonème unique si cela rétablit un parallélisme dans l'inventaire de phonèmes».
La perfecta configuración triangular del sistema a
| a | ||||
| e | o | |||
| i | u |
vocálico latino17 hace innecesario todo intento de refutación de que el tomar a sus diptongos como monofonemáticos pudiese permitir que se restableciera paralelismo alguno en este inventario de fonemas.
Y, por último, paréceme que es también evidente el resultado negativo a propósito del último criterio de valor monofonemático efectivo, enunciado así (o. c., p. 62): «Si une partie constitutive d'un groupe phonique potentiellement monophonématique ne petit être interprétée comme une variante combinatoire d'un phonème quelconque de la même langue, tout le groupe phonique peut être considéré comme une réalisation d'un phonème particulier». Pues es obvio que ninguna de las «partes» de que constan los diptongos en cuestión, a saber, a, e, o, y u deja de poder ser interpretada o como idéntica a los fonemas vocálicos representados por estos mismos signos, o como variante combinatoria de alguna de ellas. En el primer caso entrarían a, e (en eu) y o; en el segundo, e (de ae y oe) y u. El caso primero creo que no necesita demostración alguna; en cuanto al segundo, a saber, admitir que e y u son las variantes combinatorias («semivocales») de las vocales (que hacen sílaba) e y u después de otra vocal, queda, a mi ver, comprobado con sólo leer la tercera de las reglas dadas por Trubetzkoy18 para el reconocimiento de dichas variantes: «Si deux sons d'une langue, parents entre eux au point de vue acoustique on articulatoire, ne se présentent jamais dans le même entourage phonique, ils sont à cousidérer comme des variantes combinatoires du même phonème». Efectivamente, en el supuesto de que e y u sean en tal posición semivocales19, parece claro que se trata de dos sonidos emparentados, respectivamente, en sus aspectos acústico y articulatorio con las vocales e y u, las cuales no se presentarían jamás sin formar sílaba, así como tampoco estas semivocales la formación por sí solas jamás, es decir, se excluirían mutuamente en los contextos fónicos idénticos.
El carácter difonemático de nuestros diptongos quedaría, pues, acreditado no sólo por la autoridad de Trubetzkoy, sino igualmente por sus criterios de comprobación. Mas la legitimidad de algunos de ellos ha sido controvertida por Martinet20, en el sentido de que contienen elementos de discriminación no puramente fonemáticos, sino fonéticos (así, p. ej., el hacer entrar en consideración la duración de los sonidos a enjuiciar, el realizarse o no con un solo movimiento articulatorio, etc.). Por ello me parece necesario añadir que el indicado carácter difonemático es suficientemente comprobable aun reduciendo el criterio de comprobación a lo estrictamente fonemático según Martinet, esto es, a la posibilidad de conmutación21.
He aquí la primera de sus reglas, la cual creo que ha de ser suficiente para esta comprobación: «Deux sons successifs ne représentent avec certitude deux phonèmes distincts que s'ils sont tous deux commutables, c'est-à-dire si l'on peut, en les remplaçant par un autre son (ou zéro) obtenir un mot différent».
Conmutaciones comprobantes para los dos sonidos del diptongo ae: sea el vocablo caedo. Conmutando a con cero, el resultado cědo es un vocablo latino distinto (imperativo singular del defectivo cědo); conmutando análogamente la e, el resultado cădo es otro vocablo latino distinto.
Conmutaciones para los dos elementos de au: sea el vocablo lautus (part. pas. de lauo). Conmutando a con cero resulta lŭtus («lodo»); conmutando análogameme u, resulta lătus («lado»).
Conmutaciones para
oe: conmutando en foedere (abl. s. de foedus) e por cero, resulta
(«cavar»);
conmutando en poenĩs (abl. pl. de poena) o por cero, resulta pěnis (íd.
íd. de pěnus).
Para el caso de eu, conmutando en seu u por d resulta sed; conmutando por a la e de heu! se obtiene hau duplo «fonético» (y atestiguado) de haud22.
Por consiguiente el valor difonemático de los cuatro diptongos del latín clásico puede acreditarse aun prescindiendo, como aconseja Martinet, de todo criterio que no sea puramente fonemático para su comprobación.
A los argumentos positivos expuestos en los párrafos anteriores conviene añadir la crítica de los que J. Safarewicz (art. cit. en la introducción) ha esgrimido para demostrar el carácter monofonemático de los diptongos ae y oe de la lengua clásica, frente al difonematismo de los restantes.
Prescindiré adrede de ahondar en una razón que podría oponerse de modo global a dicha hipótesis, por tratarse de una cuestión de principio que el autor no discute en su trabajo, sino que, desde el comienzo, se sitúa en la parte opuesta a la opinión de Trubetzkoy, a saber: que ninguno de sus argumentos es válido en caso de que se consideren las vocales largas latinas en general como centros de sílaba difonemáticos, como parece ser el pensamiento de Trubetzkoy, según antes he mencionado. Dando, pues, esto por sentado (cuya comprobación será obvia a través de toda mi argumentación ulterior) y situándome en el propio terreno de Safarewicz, intentaré probar que, aun considerando, como hace él, monofonemáticas las vocales largas del latín clásico, sus argumentos en pro del monofonematismo de ae y oe en la propia lengua clásica son inválidos.
Observa, ante
todo, Safarewicz (art. cit., p. 124) «que
(le second élément des
diphtongues ae, oe) n'apparait pas en latin en
phonème autonome. Sa seule place d'apparition ce sont
justement les diphtongues en question», lo cual
es cierto, sin que por ello se pueda inferir de aquí el
monofonematismo (como, p. ej., lo hacía Martinet con respecto
al fonema ĉ del castellano), pues dicha
puede
legítimamente ser considerada como variante combinatoria del
fonema autónomo e, con el cual está
emparentada articulatoria y acústicamente, según la
regla 3.ª de discriminación de fonemas citada antes,
§ II.
En segundo lugar se cita (íbid.) el hecho
de que «déjà
á l'époque archaïque la langue parlée
identifiait quelquefois lat. ae au gr. h ce dont on constate la trace dans
les mots scaena, scaeptrum, Aera Cura (peut-être
encore quelques autres examinés par G. Bonfante, Rev. des
Et. Lat. XII 1934, 157-165 et XIII 1935, 44-45) en
regard des gr.
skhnh/,
skh
ptrn, / (/ Hra, Kour/ia. L'identification de
la monophotongue grecque ē (ouvert) à lat. ae témoigne qu'on sentait cet
élément de la langue latine comme une unité
phonologique, non pas comme l'union de deux phonèmes. Il se
peut que ce ne fût qu'un trait caractéristique de la
langue parlée (ce que M. J. Marouzeau avait déjà
relevé, v.
M. S. L. XVII,
271) néanmoins le fait est assez probant pour attester qu'on
attribuait à l'élément ae la valeur phonologique
précisée ci-dessus». A simple vista se descubre
que la conclusión es gratuita. En efecto: el hecho de que en
la adaptación de vocablos extranjeros se substituya un
fonema por un grupo polifonemático es muy frecuente,
máxime cuando el fonema extranjero no tiene equivalente en
la lengua adaptante (caso, p. ej., de los fonemas nasales a,
e, o del francés que se
«presentan» a los hablantes castellanos como si se
tratara de los grupos difonemáticos an,
en, on, respectivamente), cosa que ocurría
con la h en cuestión, fonema largo y abierto
para cuya realización habitual el latín
carecía de equivalente exacto, pues su e abierta
era breve y su e larga, cerrada. La mera lectura del
enjundioso párrafo de Trubetzkoy sobre esta cuestión
en general23
basta para desvirtuar este argumento. Pero, aun prescindiendo de
esto, ya es difícil justificar el hecho de que se extienda a
la lengua «clásica» un rasgo de la lengua
«hablada» (si así hay que entender la salvedad
admitida por el propio Safarewicz); y la dificultad aumenta al
considerar que en las transcripciones del griego el ae
latino servia en la época arcaica, y continuó
así en la clásica, mucho más para
representante de ai que de h grupo aquél
difonemático en el griego de la época, según
admisión del propio Safarewicz24.
¿Por qué, pues, no deducir de aquí que
ae era difonemático, ampliando el mismo falso
criterio de la equivalencia interlingüística de los
fonemas? Por último: es sabido que el autor (Varron,
D. Ling. Lat.
VII, 96) que nos transmite la noticia de que en su tiempo se daba
en la lengua rústica la monoptongación de ae
en e (monoptongación seguramente muy anterior en
áreas dialectales, y a la cual pueden achacarse las
equivalencias ae < h indicadas), vivió en
época en que ya está atestiguada una parecida
confusión entre au y o. Ahora bien:
¿por qué, si, a pesar de ello, puede ser tenido como
difonemático au en la lengua
clásica25,
no cabe lo mismo para ae?
El tercer argumento es expuesto así (íbidem): «Rappelons encore que les inscriptions latines présentent quelquefois ei ou aei pour ae, ainsi queistores I2 388, beneuolae suei I2 1254, conquaeisiuei I2 638, Caeicilius I2 633; ces incriptions proviennent dar temps aù la diphtongue ei avait déjà subi la monophotongaison, et la orthographe EI, et probablement aussi AEI, représente ici un secul phonème, non pas deux». Pretender sacar de estas meras confusiones gráficas (¿quién no verá en aei una contaminación entre las antiguas grafías con ai y las nuevas con ae, en queistores una errata motivada por el sonido ī -representable por EI- de la sílaba en cuestión en voces derivadas del mismo vocablo o emparentados, en suei una contaminación mental del genitivo del posesivo con el del pronombre reflexivo sui, de sentido equivalente?) una comprobación de monofonematismo es abiertamente forzado (¡sobre todo para los casos de triplicidad gráfica con aei!).
El último
argumento, ciertamente el mejor elaborado, de Safarewicz estriba en
la abreviación de ae ante vocal en los compuestos
de prae- y en voces extranjeras. Pero él mismo
reconoce que caben de este fenómeno dos interpretaciones
fonéticas, una de las cuales dejaría a salvo el
difonematismo: «ou bien la diphtongue se décompose
et se divise entre deux syllabes, c'est-à-dire on lirait
, ou
bien on traitait la diphtongue comme une simple voyelle longue
qu'on abrégeait devant une
voyelle»26.
Si Safarewicz se decide por la segunda, que le resulta comprobante
del monofonematismo (dado su punto de partida de considerar
monofonemáticas las vocales largas, a que he aludido al
comienzo de este § IV), es fundándose en que, de las
hipótesis sobre la problemática etimología de
prehendo, la
que resulta más convincente es la que ve en él un
compuesto del preverbio prae-, con ae abreviado
según la norma uocalis ante uocalem. Aun dejando aparte el
carácter problemático de este argumento único,
hay que reconocer que no es concluyente en sí mismo. Pues o
bien se supone que el verbo en cuestión se propagó
por un medio dialectal o rústico en donde ae estaba
ya prematuramente monoptongado (y en este caso de nada sirve como
comprobante de un monofonematismo de ae en la lengua
clásica), o se admite que ae era realmente en
él un diptongo cuando se produjo tal abreviación, en
cuyo caso no se ve cómo el resultado de abreviar ae
iba a ser precisamente e y no a (es decir, por
qué en la abreviación iba a quedar cabalmente
eliminado el timbre de la primera parte del diptongo en provecho
del de la segunda), a menos que se admita una influencia
asimilatoria de la e tónica. Pero si se recurre a una
asimilación, no hace falta entonces decidirse por la segunda
alternativa, que supone el monofonematismo. En efecto,
también partiendo de un supuesto
, con asimilación del
vocalismo de la sílaba inicial al de la tónica, se
obtendría el mismo resultado. Es decir, por consiguiente,
que no se puede inferir de la abreviación de ae
ante vocal su valor fonemático, dado que en el conjunto de
la prosodia latina, tanto las vocales largas
(monofonemáticas en el presente supuesto) como los grupos
difonemáticos sufren la misma suerte: dē tiene
e larga en dēsum y breve en děerat; pero también el grupo
forma sílaba larga en insum, en tanto que queda breve en inerat.
Como el autor repetidas veces citado no presenta argumentos especiales para el supuesto valor difonemático de oe, nada hay que añadir, en tal caso, a la comprobación de su valor difonemático que di en el III.
Para terminar, conste explícitamente que se ha tratado aquí sólo de los diptongos en el latín clásico, supuestas en él unas diferencias cuantitativas de carácter fonemáticamente distintivo. Que una vez perdido éste y convertido el latín en «lengua que cuenta las sílabas», se atribuya a sus diptongos carácter monofonemático, es algo muy distinto de las afirmaciones que aquí se ha intentado rebatir y muy concorde con el proceso de monoptongación fonética que les afectó en la época prerrománica, al cual sólo uno (au) logró, en parte, escapar.