Sucedió todo esto en el breve espacio de tres meses, y cinco días antes del matrimonio de Bothwell, el 8 de mayo, ya habían arrojado la máscara Morton y los lores presbiterianos, y proseguían, dirigidos y de acuerdo siempre con el bastardo Murray, su obra de traición y alevosía.
Los ilustres jurados que proclamaron unánimes en la Tolbooth de Edimburgo la inocencia de Bothwell; los nobles comensales de la taberna de Anslay que habían prometido bajo su firma defender a éste con vidas y haciendas, si alguien osaba acusarle del asesinato del Rey; los fieles súbditos que le recomendaban a la Reina como el marido más digno que podía escoger entre los nobles de Escocia, éstos mismos, y tan sólo quince días después, se reunían en Stirling y formaban una liga, llamada de los lores confederados, para libertar a la Reina de manos de Bothwell (!), para velar más de cerca por la seguridad del Príncipe real (!!), y para perseguir y castigar a Bothwell y a sus cómplices en el asesinato del Rey (!!!).
Y esto lo decían y lo afirmaban Argyle, que había presidido el tribunal de la Tolbooth; Morton y Maithland, que habían acompañado y autorizado a Bothwell por las calles de Edimburgo; Lindsay, Ruthwen, el laird de Grange y toda la caterva de ilustres bandidos que en la taberna de Anslay habían encontrado a Bothwell digno de la mano de María y de la gratitud del reino. ¡Jamás obró la alevosía con mayor cinismo, ni rebajó tanto la desnuda traición los cobardes ropajes de la hipocresía!
Mientras tanto, los ministros presbiterianos proseguían excitando desde el púlpito a la rebelión con enconado fanatismo, y acusando a la Reina, con frases y figuras harto transparentes de complicidad en el asesinato de Darnley, de haber contraído con Bothwell un matrimonio sacrílego, y de pretender entregar a éste el Príncipe real, su hijo, como ya le había entregado antes su esposo.
Alarmada la Reina con estos amagos de horrible tormenta, retirose con Bothwell al fuerte castillo de Borthwich, a diez millas de Edimburgo, y desde allí, con el pretexto de perseguir a los borderers, que infestaban toda la provincia, proclamó una leva feudal, dispuesta a concluir de una vez con traidores y rebeldes.
Aprovecharon los lores confederados esta ocasión para levantar abiertamente el pendón de su rebeldía. Negáronse, pues, a suministrar la gente de guerra que la Reina pedía y, reuniendo ellos por su parte en Stirling hasta dos mil caballos, marcharon sobre Borthwich, dispuestos a apoderarse de Bothwell y de la Reina por un atrevido golpe de mano.
Adelantose lord Hume, con ochocientos hombres, el 10 de junio, a la caída de la tarde, y tan rápida y callada fue su arremetida, que hubiera conseguido su intento, a no lograr Bothwell escaparse disfrazado de ministro presbiteriano, y si la Reina misma no le hubiera seguido atropelladamente, a caballo y vestida de hombre. Encontráronse ambos a las diez de la noche, en mitad del camino, y siguieron juntos a Dunbar, a donde llegaron a las tres de la madrugada.
Frustada esta intentona, tomaron los lores confederados el camino de Edimburgo, reclutando siempre gente por el camino, y entraron en la capital el día 11, al frente de más de tres mil hombres. El pueblo de Edimburgo, preparado para la sedición por los ministros presbiterianos, acogió calurosamente a los rebeldes, y éstos publicaron a las dos horas de entrar en la ciudad, la siguiente proclama, en que la audacia y la hipocresía marchaban de común acuerdo:
«Hallándose cautiva la Majestad de la Reina, y no habiendo nadie capaz de gobernar el reino y de castigar el asesinato del Rey, Nos, los señores de la nobleza y del Consejo, mandamos a todos los súbditos, y muy en particular a los ciudadanos de Edimburgo, que ayuden a Nos, los señores de la nobleza y del Consejo, a libertar a la Reina, a guardar al Príncipe y a castigar a los asesinos del Rey. Mandamos también a los lores del tribunal y a todos los demás jueces, que hagan justicia según las leyes del reino y cualesquiera que sean los trastornos que se levanten durante el tiempo de esta empresa. Todos los que contravengan a estas órdenes serán reputados fautores del dicho asesinato y serán castigados como traidores».
Aquella noche llegaron los condes de Athol y de Lethington con sus gentes de refuerzo, y al día siguiente diose la orden muy de mañana, de estar dispuestos en el término de tres horas para marchar contra el conde de Bothwell. «El cual -decían los rebeldes en una nueva proclama- después de haber asesinado al Rey, de haberse apoderado de la Reina, y contraído con ella un matrimonio deshonesto, reúne ahora fuerzas para apoderarse del Príncipe real y asesinarle».
La Reina, mientras tanto, había declarado traidores desde Dunbar a los lores confederados, y al frente de dos mil quinientos hombres que pudo reunir bajo su bandera, salió con grandes ánimos, el sábado 14 de junio, en busca de los rebeldes. Marchaba delante el estandarte de Escocia, y detrás venía ella, a caballo y bien armada, al frente de su reducido ejército. Llegó en la primera jornada hasta Preston, y acampó a la segunda en los cerros de Carberry-Hill, a seis millas hacia el Este de Edimburgo.
Los rebeldes, por su parte, salieron de la capital el domingo, entre dos y tres de la madrugada, y acamparon en las alturas de Musselbourg, a media legua escasa de las tropas de la Reina. Traían éstos, en vez de la bandera con el león de Escocia, un horrible estandarte regalado por los lores, que había conmovido al pueblo de Edimburgo, y exaltado hasta el extremo el fanatismo de la soldadesca. Sobre un paño oscuro veíase pintado el asesinato de Darnley. Yacía éste al pie de un árbol y, arrodillada a su lado, estaba la figura de su hijo el Príncipe real, con este versículo de los salmos en torno: ¡Juzga, oh Dios, y venga mi causa!
Avistáronse los dos ejércitos muy de mañana, y ambos eran, sobre poco más o menos, iguales en número y armamento. Separábales un crecido arroyuelo, y las posiciones de uno y otro resultaban igualmente ventajosas. Prontos ya a venir a las manos, apareció de repente el embajador francés Du Croc, con intento de mediar entre ambos partidos en nombre de su rey Carlos IX. El mismo embajador Du Croc ha conservado todos los pormenores de esta escena en sus cartas al rey de Francia y a la reina madre Catalina de Médicis.
Dirigiose primero al campo de los rebeldes, e hízoles proposiciones de paz y arreglos con la Reina. Morton y Glancairn dieron la cara en nombre de todos y contestaron, con arrogante hipocresía, que dispuestos estaban a reconocer y a servir a la Reina y a prestarla obediencia, con tal que apartase ella de sí al criminal que tenía a su lado. Añadieron también que si Bothwell quería adelantarse entre los dos ejércitos y combatir solo con cualquiera de ellos, no faltarían entre sus filas uno, dos, cuatro, diez, doce que le sostuvieran cara a cara y con las armas en la mano, que él había sido el asesino del difunto rey.
Mostró Du Croc repugnancia a transmitir esta embajada, que, como sabían muy bien los astutos rebeldes, había seguramente de rechazar la Reina. Mas Morton, el falaz traidor que había encubierto y protegido a Bothwell hasta quince días antes, contestó con cinismo inconcebible que ninguna otra cosa tenían que hacer ni decir, y que todos preferían ser sepultados vivos a dejar oculta la verdad sobre la muerte del Rey.
Marchó entonces Du Croc muy descorazonado al campo de la Reina, escoltado por los rebeldes hasta las primeras avanzadas. Reinaba allí grande ansiedad, y los soldados iban y venían de un lado a otro sin orden ni disciplina. Du Croc encontró a María sentada en un montecillo, muy animada y resuelta. Rodeoles al punto la soldadesca con grande falta de respeto, ansiosa de saber lo que resolvían y aun lo que hablaban.
Du Croc besó la mano a la Reina, y hablola también de paz y perdón para aquellos hombres extraviados que, aunque enfrente de ella, se proclamaban todavía sus súbditos y servidores. Levantose vivamente la Reina al oír esto, e interrumpió a Du Croc con grande cólera y verdad irrebatible:
-¡Mal lo demuestran, embajador!... ¡Mal lo demuestran obrando en contra de lo que firmaron, y acusando hoy al que justificaban ayer, y con el cual ellos mismos nos han casado!...
Hizo entonces ademán de volver la espalda; mas deteniéndose, por deferencia al embajador más bien que49 por alguna otra cosa, añadió menos agriamente que si los lores cumplían con su deber y la pedían perdón, pronta estaba ella a abrirles los brazos. Llegó en esto Bothwell muy alterado, y preguntó a Du Croc en alta voz y para que los soldados le oyesen:
-¿Creéis vos entonces que la rebelión es contra mi persona?...
-Acaban de decirme -respondió Du Croc también en voz alta- que ellos son siempre fieles súbditos de la Reina. Y añadió en voz baja: -Y vuestros enemigos mortales.
-¿Pues qué les he hecho yo?, -gritó Bothwell como si hablase, más bien que con Du Croc, con los soldados-. Jamás les he causado el más leve daño... Siempre les he consultado en todo... Creed, embajador, que les mueve contra mí la envidia que tienen de mi grandeza... ¡Como si todos no fueran dueños de aceptar la fortuna cuando se les presenta!... ¡Ni uno solo hay entre ellos que no quisiera verse en mi lugar!...
Propuso entonces Bothwell, para evitar la efusión de sangre, combatir él solo entre los ejércitos con cualquiera de los rebeldes que aceptase el reto, con tal que fuese su igual en sangre. Mas la Reina medió entonces en la discusión, y se opuso abiertamente a este singular combate.
Mientras tanto, los rebeldes habían pasado calladamente el arroyo que les separaba del ejército real, y se hallaban ya al alcance de la voz, prontos a caer sobre el campo enemigo. Bothwell dejó entonces con grande prisa a Du Croc para ponerse al frente de los suyos, y éste volvió otra vez a los rebeldes para hacer la última tentativa, ofreciendo a Morton y a Glencairn el perdón de la Reina si deponían las armas y volvían a su obediencia.
-Nosotros -contestó Glencairn con altanería- no hemos venido a solicitar el perdón de nadie, sino a concederlo a los que han hecho la ofensa.
Y el desleal Morton añadió:
-Nosotros no hemos tomado las armas contra la Reina, sino contra el conde de Bothwell, asesino de su esposo... Que nos lo entregue Su Majestad o que le aleje de su presencia, y entonces la obedeceremos.
Dicho esto, pusiéronse ambos los cascos para impedir nueva plática, y los soldados echaron pie a tierra y dejaron los caballos a un lado para avanzar y combatir según el uso de los escoceses.
Levantáronse entonces grandes murmullos en las tropas reales, y voces muy claras pidieron que se buscase un medio de evitar la batalla. Sorprendiose Bothwell, turbose la Reina, y las voces y los murmullos redoblaron pidiendo ya distintamente que combatiese solo Bothwell con un campeón de los rebeldes. Aceptó éste sin titubear un punto, y la Reina cedió a la fuerza, viendo las vacilaciones de sus tropas. Enviáronse emisarios, y el laird de Tullibardin aceptó el reto en nombre de los lores. Rechazole sin embargo la Reina por no considerarle al igual de Bothwell, y éste mismo designó entonces al conde de Morton.
Mas Morton, ya fuese desconfianza en sus propias fuerzas, ya cobardía, ya miedo de comprometer, en caso de desgracia, los planes de Murray, que él solo conocía, declinó tan peligroso honor en lord Lindsay, el jayán más fornido y brutal que empuñaba lanza en las montañas de Escocia. Hizo, sin embargo, Morton este trueque con su habilidosa hipocresía, ofreciendo a Lindsay la famosa espada de su antepasado Arquibaldo Douglas, llamada en las crónicas Bell-the-cat (el cascabel del gato), cuya curiosa historia podrá encontrar el lector en las notas50.
Era esta espada legendaria uno de aquellos espadones de dos manos, de tan descomunal longitud, que, llevándola Lindsay al hombro, tocaba la empuñadura la cimera de su casco y rozaba la punta con sus espuelas. Recibiola Lindsay de manos de Morton, puesto de rodillas delante de todo el ejército, e implorando en alta voz el auxilio divino. «Quiera la misericordia de Dios -dijo- proteger al inocente, y quiera su justicia castigar al infame asesino que derramó la sangre del Rey».
Hízose, sin embargo, inútil toda esta impía farsa. Durante estas idas y venidas habíanse mezclado los soldados de uno y otro bando, y la deserción comenzó a cundir en las tropas de la Reina. El laird de Grange, por su parte, aprovechando traidoramente la confusión general, tomó la vuelta del cerro de Carberry con un fuerte destacamento, y cortó de este modo, por el lado del Este, la retirada de Bothwell a Dunbar. La desbandada fue entonces general en las tropas de la Reina, y en pocos minutos encontráronse solos ella y su esposo, con unos sesenta nobles y la guardia de arcabuceros.
Viose entonces la Reina sin recursos para pelear y sin medios para huir, y sólo pensó en salvar a Bothwell. Llamó al laird de Grange, que se hallaba el más cercano, y díjola éste que los lores la volverían la obediencia si apartaba de sí a Bothwell y consentía en seguirlos a Edimburgo. María, atenta sólo al interés de su esposo, aceptó una y otra cosa, con tal de que los lores la volvieran la obediencia, y así se lo prometió solemnemente en nombre de todos el laird de Grange, sabiendo muy bien que ninguno había de cumplirlo.
Entonces tuvo la Reina con Bothwell una última conversación, a la vista de todo el mundo, en el alto de Carberry. Vióseles hablar con mucha agitación y premura, y despedirse después, como dice Du Croc en sus cartas a Carlos IX, con grande angustia y dolor, avec grande angoisse et doulleur. Bothwell besó la mano a la Reina, y montó luego a caballo y partió al galope, sin volver el rostro, seguido de diez o doce hombres. Allí se separaron para siempre aquellos dos desgraciados, un mes después de contraído su funesto matrimonio51.
La Reina, dominando con admirable energía los brotes de su dolor de mujer y su orgullo de princesa, volvió lentamente adonde estaba el laird de Grange, y le repitió de nuevo que se entregaba a él con las condiciones convenidas y aceptadas. Tomó éste entonces por la brida el caballo de la Reina, y la condujo respetuosamente adonde los lores confederados esperaban. Presentose a ellos María con todo su noble continente de reina, y con grande majestad les dijo desde lo alto del caballo:
-¡Milores!... No venimos aquí porque hayamos temido por nuestra vida, sino porque aborrecemos ver correr sangre cristiana, y muy sobre todo la de nuestros propios súbditos... Desde hoy queremos guiarnos por vuestros consejos, confiando en que obraréis con el respeto que nos debéis como a vuestra princesa natural y vuestra reina.
Apeose entonces María; los lores hincaron la rodilla, y el hipócrita Morton dijo interpretando la falsía de todos:
-Éste es, señora, el lugar que cuadra a V. M... Aquí estamos todos prontos a defenderos y serviros, tan lealmente como la nobleza de este reino sirvió siempre a vuestros antepasados.
Atravesó la Reina aquella primera línea del ejército, compuesta de nobles y escuderos, y al llegar a la segunda, formada ya por soldados y gente llana, pudo apreciar toda la negra traición de los lores y todo lo infame del lazo que la habían tendido. Acogiola primero un murmullo amenazador, que se convirtió luego en espantosa gritería de insultos y amenazas, mientras la soldadesca se oprimía en torno de ella, y le presentaba por delante la horrible bandera que le habían dado los lores, representando a Darnley asesinado y a su hijo pidiendo venganza. Morton y Grange, por un resto de pudor o por un colmo de hipocresía, sacaron las espadas para imponer silencio; mas imposible les fue sosegar la tormenta, después de desencadenados los vientos.
La confusión fue horrible por más de una hora, y de tal modo se oprimió la turba en torno de la Reina, que los bajos de su ropa resultaron hechos jirones: la lluvia había convertido en lodo el polvo de sus vestiduras, y los empujones y vaivenes desprendieron del tocado sus largos cabellos, y le caían sueltos por la espalda. En tan lastimoso estado, y llevando siempre por delante la siniestra bandera, llegó María a Edimburgo a las diez de la noche, no como reina, sino como cautiva de sus vasallos.
Lleváronla a la casa de lord Prevoste, y presa allí de un acceso de desesperación, lanzose a una ventana abierta, medio desnuda, con el pelo tendido y los convulsos brazos en alto, pidiendo con grandes voces a Dios misericordia y auxilio al pueblo de Edimburgo. «Nadie -escribía el testigo de vista Juan Beton a su hermano el arzobispo de Glasgow- hubiera podido ver aquella desgarradora escena sin sentirse profundamente conmovido».
Alarmáronse por esto mismo los lores, temiendo que, compadecido el pueblo, intentase algo en favor de María, y trataron de tranquilizarla con nuevas mentiras y protestas. Mas los ministros presbiterianos supieron de tal manera azuzar a la plebe hereje, que toda aquella noche hubo ante la casa del Prevoste gente que vociferaba insultos y amenazas, y aun tuvieron la crueldad, a la mañana siguiente, de levantar a la altura de las ventanas de María, la lúgubre bandera y enseñársela otra vez entre imprecaciones y risotadas.
Asustados ya los lores, y temiendo llegase su propia obra demasiado lejos, sacaron a la Reina de casa del Prevoste, y la llevaron al palacio de Holyrood, aquella noche a las ocho, cuando comenzaba a sombrear la oscuridad de la noche. Según la relación del capitán Inchkeith, testigo de vista, iba la Reina con una bata de noche de color oscuro, a pie entre dos hacaneas desmontadas: a izquierda y derecha iban los condes de Athol y Morton, detrás sus dos fieles damas, María Semple y María Seaton, y en torno de la comitiva trescientos arcabuceros.
Faltaba aún coronar la negra obra de traición y alevosía, y la remataron los lores a la mañana siguiente, reuniéndose en Consejo y decretando por su propia autoridad, con pasmo y espanto de la Europa de entonces, que la Reina52 fuese encerrada en el castillo de Lochleven, bajo la custodia de los lores Lindsay, Ruthwen y Douglas, sin permitírsela comunicación con persona alguna ni de dentro ni de fuera, como no fuese en presencia de los lores o por mandato del Consejo.
Firmaron esta orden Morton, Glencairn, Athol, Mar, Graham, Sanquhar, Symyrle y Ochiltree, y en virtud de ella la desdichada María fue arrancada del palacio de sus padres en la noche del 16 al 17 de junio, y conducida en una mala hacanea al castillo de Lochleven, entre el brutal lord Lindsay y el feroz lord Ruthwen, hijo de aquel otro Ruthwen, asesino de Riccio.
Lo que faltaba que hacer, sólo Murray podía intentarlo y conseguirlo, y no tardó éste en salir de su escondrijo y presentarse en Escocia.
En nada se reveló tanto el odio de los lores y la solapada dirección de Murray, como en el hecho cruel y meditado de escoger para prisión de María el castillo de Lochleven.
Levantábase esta sombría fortaleza en el centro del lago de Leven, uno de los más extensos y hermosos de Escocia, sobre una islilla de rocas escarpadas y estériles. Era su fábrica del siglo XIII, y formábala un macizo torreón enclavado en una enorme plaza de armas cuadrada, que flanqueaban a su vez, en sus cuatro ángulos, otras tantas torres redondas. Cerraba el horizonte, por un lado, la dentada cordillera de Ben-Lemond, que escalonándose de montaña en montaña y de colina en colina, venía a morir a orillas del lago; y extendíase, por el otro, la dilatada y fértil llanura de Kinross, donde se asienta la blanca aldeilla de este nombre, como una paloma posada en un prado de verdura. Las espesas nieblas que se levantaban del lago, aislaban sin embargo el sombrío castillo de aquel paisaje pintoresco, y le envolvían casi de continuo en una atmósfera húmeda y triste.
Mas no era lo sombrío de su prisión, ni lo estrecho de su vigilancia, lo que más podía mortificar el ánimo de la Reina entre los muros de Lochleven. Lo horrible, lo repugnante para la desdichada María, estaba en que la castellana de Lochleven, convertida en carcelera por orden del Consejo intruso, no era otra sino Margarita Erskine, la manceba de Jacobo V, madre del propio Murray.
Walter Scott ha retratado con su maestría de costumbre a esta antigua beldad de la corte de Escocia, convertida ya entonces por los años en vieja lady presbiteriana, espiando sin cesar a la Reina, vigilando los pasillos y poternas de Lochleven, con su hueco verdugado de terciopelo granate con babera y mangas de Chipre, su monterilla rematando en punta sobre la frente, la Biblia con abrazaderas de plata debajo del brazo, y las llaves del castillo siempre empuñadas, como si temiese a cada paso ver abrirse las puertas ante la real prisionera.
Después de sus aventuras con Jacobo V, habíase casado Margarita Erskine con William Douglas de Lochleven; pero ni la alta posición en que este ilustre matrimonio la colocaba, ni el amor de los hijos legítimos que de él le nacieron, lograron ahogar en su conciencia el remordimiento de lo pasado, ni extinguir en su corazón el rencoroso encono a María de Lorena, mujer de Jacobo V, y a María Estuardo, hija de ambos. La primera fue siempre para ella la rival preferida que le arrebató su amante; la segunda era hija legítima de éste, que privaba de todo derecho a su bastardo. Muerta María de Lorena, todo su rencor de rival pospuesta y de madre herida lo amontonó lady Douglas sobre la hija inocente María Estuardo, que la traición de los lores acababa de poner en sus manos.
Otro abismo, aún más hondo, separaba a la Reina de su carcelera de Lochleven. A los cuarenta años de su edad, había apostatado lady Douglas de la religión católica, y héchose presbiteriana bajo la dirección de Knox en persona; y el fanatismo del maestro sectario, y la altanería y acritud natural de la discípula apóstata, hicieron bien pronto de ésta una verdadera beata hereje, cruel e intolerante, incapaz de comprender la indulgente condescendencia de la verdadera virtud, que, aun en el caso de condenar, ama siempre y compadece.
Ayudaban a lady Douglas en la custodia de la Reina sus dos hijos, Guillermo y Jorge. Guillermo, el primogénito, hacía oficios de senescal y maestresala cerca de la Reina, asistiendo a todas sus comidas sin que cruzase entre ellos una sola palabra. Diariamente entraba en la cámara de la Reina precedido de un mayordomo y seguido de cuatro criados, que traían los manjares en platos cubiertos. Douglas y el mayordomo hacían una profunda reverencia a la Reina, si estaba presente, o al sitial en que se sentaba en caso contrario, y uno de los criados servía entonces al primero, en una salvilla de plata, sal y pan partido en pequeñas porciones para que los gustase. El mayordomo trinchaba después lo que los platos contenían, y presentaba un pedazo de cada uno a Douglas, el cual los comía según era uso y costumbre en aquellos tiempos, en que con harta razón podía temer un príncipe ser envenenado a cada instante. En los casos de ausencia de Guillermo, suplíale en estos oficios su hermano Jorge, y cuando ni uno ni otro se hallaban en el castillo, la misma lady Douglas se tomaba este ceremonioso trabajo.
Vivía también entonces en Lochleven otro Douglas; pero Douglas de rama colateral y pobre, recogido en el castillo, más bien que por caridad de sus parientes, por no permitirles su orgullo que vagase por Escocia, sumido en la miseria, alguien que llevase su ilustre apellido. Era éste un pobre niño de catorce años, huérfano de un segundón de la familia, en quien nadie reparaba, y mucho menos la Reina, y a quien todos en el castillo llamaban, lo mismo que le llamaron después los historiadores ingleses y franceses, Douglitas (le petit Douglas o the little Douglas).
Servía Douglitas a la castellana de Lochleven de paje de honor, y el tiempo que no le empleaba su honorífico cargo, pasábalo olvidado de todos, ya cazando en la montaña, ya pescando en el lago, ya en una fragua de su propia invención, donde forjaba muy habilidosamente picas y hierros de lanzas. Una sola pasión tenía Douglitas: la de su pariente Jorge Douglas, que le había enseñado a montar a caballo y a manejar las armas, y en quien el pobre niño había reconcentrado todo el tierno cariño que en su gran corazón resultaba vacante.
Habían acompañado a la Reina a Locheleven dos damas de toda su confianza: Lady Fleming, señora de edad ya madura, y la hija de lord Seaton, María, su fiel y alegre compañera desde que, en su más tierna infancia, fueron ambas enviadas de Escocia a la corte de Francia. Entretenía la Reina las largas horas de su cautiverio con estas dos fieles servidoras, ignorando en absoluto lo que pasaba por defuera, y temiendo siempre53 que los lores rebeldes atentasen contra su vida, como habían atentado ya contra su trono.
Y no eran infundados los temores de la prisionera. Los rebeldes se habían apoderado de la autoridad real sin otro derecho que el que se atribuían a sí mismos, y la ejercían desde Edimburgo con el nombre de lores del Consejo privado. Uno de los primeros actos de este gobierno intruso fue, pues, decidir la suerte de la Reina, y aquí se dividieron las opiniones y comenzaron las disidencias. Cuatro partidos distintos se formaron entonces en el seno de la rebelión misma y del Consejo. Limitábanse los primeros y más templados a exigir a la Reina el divorcio de Bothwell y a restablecerla luego en el trono de sus mayores. Los segundos, que capitaneaba Morton, y eran los verdaderos representantes de los planes de Murray, querían hacer abdicar a la Reina en favor de su hijo y desterrarla luego para siempre a Francia o Inglaterra. Los terceros, más sañudos aún, proponían someterla a un tribunal que juzgase sus pretendidos crímenes y condenarla a prisión perpetua. Y los últimos, crueles ya hasta el delirio, exigían que, después de juzgada la Reina, se la aplicase la pena de muerte.
Apoyaban a estos energúmenos los ministros presbiterianos, con Knox, el jefe de su Iglesia, a la cabeza. Este célebre sectario, fugitivo de Escocia desde el asesinato de Riccio, habíase presentado en Edimburgo no bien supo la prisión de la Reina, y empleado toda su poderosa influencia para hacer aceptar a los lores del Consejo, como lo logró en efecto, los artículos que aseguraban en Escocia la ruina del catolicismo y el triunfo de los presbiterianos. Eran estos artículos: abolir en todo el reino los últimos restos del catolicismo; restaurar el patrimonio de la Iglesia católica en favor del nuevo clero presbiteriano; conferir a éste las universidades, colegios y escuelas en que había de educarse la juventud; educar al Príncipe real en el protestantismo y hacer jurar en adelante a los reyes, al coronarse, que mantendrían la verdadera religión profesada en la Iglesia de Escocia, y suprimirían todo lo que fuese contrario.
Triunfó al fin el partido de Murray, y el Consejo acordó un plan que no era otra cosa sino el resultado final de las aspiraciones del bastardo. Determinose enviar a la Reina una comisión de los lores del Consejo encargada de hacerla firmar tres actas, que a prevención llevaban extendidas y dispuestas. Por la primera, abdicaba María la Corona en su hijo el Príncipe real. Por la segunda, confería la Regencia del reino, durante la minoría del Príncipe, a su hermano bastardo el conde de Murray. Por la tercera, nombraba para gobernar en ausencia de éste, o para sustituirle en la Regencia, en el caso de que Murray no aceptase, al duque de Chatellerault y a los condes de Lennox, Argyle, Morton, Athol, Glencairn y Mar.
En el caso de que la Reina se negase a firmar estas actas, los lores de la comisión debían doblegar su ánimo y aterrarla con la amenaza de que el Consejo estaba decidido a constituir un tribunal y a condenarla a prisión perpetua, y aun a la pena de muerte, por violación de la Leyes del reino y por complicidad en el asesinato de Darnley, fundándose en pruebas escritas por la propia mano de la Reina54.
Componíanse las habitaciones destinadas a la Reina en Lochleven, de una reducida antecámara, una pieza espaciosa que servía de estrado y de comedor, y otra pieza bastante capaz, que era el dormitorio de la Reina. A uno y otro lado de éste, había dos habitaciones en que dormían respectivamente, María Seaton y lady Fleming, y de una de ellas partía una escalerilla de caracol, que iba a parar a un jardinillo con algunas estatuas y una fuente, que servía a la prisionera de solaz y esparcimiento. Las ventanas de la alcoba de la Reina, todas con fuertes rejas, daban al lado de la montaña, y las del salón y la antecámara a la llanura de Kinross, hermoso panorama que recreaba la vista de las reclusas, cuando las nieblas no lo envolvían en sus cenicientas gasas.
Un día, sin que nadie haya podido saber cómo, recibió la Reina de modo misterioso un lacónico billete del embajador de Inglaterra, Trockmorton, advirtiéndola que alguna violencia le preparaban; pero que tuviese S. M. en cuenta que, nada que prometiese o firmase entre los muros de una prisión y cediendo a la violencia, podía tener fuerza legal ni obligarla ante nadie, una vez su libertad recuperada. Sobresaltó a la Reina grandemente este mensaje misterioso, comprendiendo que algo se tramaba contra ella, y su ansiedad fue de todos los momentos, esperando a cada paso el anunciado suceso.
El 25 de julio, a los treinta y nueve días de su llegada a Lochleven, y muy pocos después del aviso de Trockmorton, oyó la Reina a media mañana el ronco son de una bocina, que desde la orilla opuesta del lago pedía embarque. Asomose con sus damas a una ventana del estrado, y vio, en efecto, agolpados en el tosco muelle que servía de embarcadero, un grupo numeroso de gente de armas, que en aquel momento enarbolaban un estandarte, saludando al castillo. Parecía capitanearles un hombre de gran estatura, armado por completo, que era el que tocaba la bocina, y hallábase a su lado otro jinete, al parecer caballero, vestido de terciopelo negro.
Contestaron desde el castillo, primero con la bocina y enarbolando luego en la torre el estandarte de los Douglas, y una barca con dos remeros surcó rápidamente las aguas del lago, en busca de todos los visitantes. Observaba la Reina todas estas maniobras con la inquieta zozobra de quien de todo y a todas horas teme: no alcanzaba sin embargo su vista a distinguir a tamaña distancia ni el blasón del estandarte ni las fisonomías de los viajeros, y mandó a María Seaton que bajase al jardín a enterarse, si podía, de quiénes eran y qué intentos abrigaban.
Volvió a poco María Seaton muy demudada y dijo a la Reina que los recién llegados eran el lord Lindsay y sir Roberto Melvil55, con su correspondiente escolta, y que dos horas antes había llegado también a Lochleven el lord Ruthwen, todos en comisión de los lores del Consejo.
Aterrose la Reina por un momento al oír aquellos nombres de Ruthwen y Lindsay, que eran los de sus dos más mortales enemigos, y ya no dudó de que eran ellos los encargados de cometer la violencia que Trockmorton anunciaba. Crecíase, sin embargo, María en los momentos de peligro, y aquella pobre mujer de veinticuatro años, reina sin cetro ni corona, prisionera entre los muros de un castillo, aprestose no sólo a luchar, sino a provocar astutamente a los dos feroces lores, para hacer más interesante su papel de víctima y más vergonzoso y más cruel el de ellos de verdugos.
Mandó, pues, a María Seaton que cerrase por dentro con barras y cerrojos la puerta de la antecámara, que daba a la gran escalera, y que no abriese, y aun la dejase echar abajo, hasta que lady Fleming diese orden de hacerlo. Ella, mientras tanto, mujer y mujer hábil aun en medio del peligro, entrose en su cámara para disponer de modo conveniente sus adornos y vestidos.
No esperó mucho María Seaton: resonaron a poco en la escalera pasos de hombres armados; una mano atrevida levantó por fuera el picaporte de la puerta, y como éste no cediese, dieron en ella fuertes y repetidos golpes, gritando al mismo tiempo la bronca voz de Lindsay:
-¡Abrid, los de adentro!
-¿Quién va?, -contestó sin inmutarse María Seaton.
-Lord Lindsay, que quiere hablar con lady María de Escocia.
-Pues si sois lord Lindsay -replicó María Seaton con tanta ira como entereza-, respetad como noble escocés la puerta de vuestra reina, y esperad su beneplácito para hablar con ella.
Siguiose a esta respuesta un fuerte altercado de voces y de gritos, en que sobresalía furiosa la áspera voz de Lindsay, seguido de golpes y esfuerzos tan poderosos para abrir la puerta, que crujieron los goznes y cerrojos amenazando saltarse. Duró largo rato este alboroto de gritos y porrazos, hasta que una voz varonil, pero respetuosa y bien templada, gritó dominando el tumulto:
-Quien quiera que seáis, decid a S. M. la Reina que yo, Roberto Melvil, su fiel criado, le suplico, para bien de todos, que reciba de manos de lord Lindsay el mensaje que le trae de parte del Consejo.
Nada tuvo que responder la Seaton, porque ya le hacía desde lejos lady Fleming señas de que abriese; mas todavía la maligna damisela apuró un poco la escasa paciencia de los lores, descorriendo con grande calma barras y cerrojos. Precipitose lord Lindsay al punto en la estancia, con todo el ímpetu de su grosería irritada: cubríale aún el polvo del camino, desluciendo más todavía su deslumbrada armadura y la puerca sobreveste de gamuza que le asomaba por debajo, ennegrecida por el roce del hierro, y rota en muchas partes por tajos y estocadas. Colgábale también a la espalda el enorme espadón Bell-the-cat, de Arquibaldo Douglas, que le había dado el conde de Morton la mañana fatal del encuentro de Carberry. Detrás venían Roberto Melvil y lord Ruthwen, limpios y aderezados como convenía presentarse ante la persona de la Reina, y en último término apareció Jorge Douglas, que por hallarse ausente su hermano Guillermo, tocábale hacer aquel día los honores del castillo.
Apareció a poco María en la puerta de su alcoba, con tanta gracia y majestad, que la misma grosería de Lindsay se sintió subyugada. Jamás, dice el propio Melvil en sus Memorias, se presentó la Reina en el palacio de Holyrood tan noble y tan digna como en aquella memorable sesión del castillo de Lochleven. Traía una largo vestido de terciopelo negro, de ajustada cotilla y ancho y almidonado cuello de riquísimo encaje, que descubría la garganta y velaba honestamente el seno. Prendíase en su tocado, también negro, un amplio y delicado velo blanco, que envolvía toda su persona en transparentes gasas: pendíale del cuello una cruz de oro de precioso artificio, y de la cintura un rosario de oro con cuentas de ébano. Alhajas éstas, dice Melvil, que no llevaba por vanidad de mujer, sino por dar en cara a los presbiterianos y hacer ostentación de sus creencias católicas.
Siguiose un silencio sepulcral a la entrada de la Reina, y solamente ella pareció conservar entre todos los presentes la más completa y digna calma. Sentose en un sitial, al lado de una mesa que vino a quedar entre ella y los lores, los cuales permanecieron de pie confusos y silenciosos. Lady Fleming y María Seaton se colocaron detrás del sitial de la Reina, y Jorge Douglas permaneció junto a la puerta, como mero espectador de la imponente escena.
Rompió al fin el silencio la Reina, preguntando a los lores con enigmática sonrisa, si debía el honor de su visita al deseo de pedirla perdón por su pasada rebeldía. El efecto que se proponía la Reina con esta pregunta, prodújose al momento. Lord Lindsay, con su brutal grosería, y lord Ruthwen, con su fría y correcta frase, más acerada aún y más sañuda que la de su bestial compañero, se apresuraron a protestar, con insolente arrogancia, de que no venían a pedir perdón, sino a ofrecerlo a la misma Reina, si consentía en aprobar y firmar los tres documentos, que para la pacificación de los reinos y bien de la religión reformada, única verdadera, la enviaban los lores del Consejo.
Devoró la Reina el ultraje como si no lo hubiese entendido y preguntó, con la mayor indiferencia, si era la intención del Consejo que firmase aquellos documentos bajo la sola garantía de los lores presentes, o si le sería permitido leerlos antes de firmarlos.
-Indudablemente -exclamó Ruthwen creyendo que el temor comenzaba a doblegar el ánimo de la Reina-. Y acto seguido comenzó a leer el acta de abdicación en que la Reina, por su propia y libre voluntad, y en prueba del afecto que profesaba a su real hijo, abdicaba en él la Corona y le confería todos sus derechos, y le nombraba y acataba por legítimo rey de Escocia.
Escuchábale María con la mano en la mejilla y los ojos entornados, como si oyese una lectura interesante de honesto pasatiempo. Al terminar lord Ruthwen, dijo la Reina señalando con el dedo los otros dos pergaminos que había puesto el Lord sobre la mesa:
-Y ésos, ¿qué dicen?...
Leyó entonces Ruthwen con la misma solemnidad la segunda acta nombrando regente del reino al conde de Murray, y la otra tercera en que se designaban los sustitutos del bastardo en la regencia y el gobierno. Terminó Ruthwen, y un silencio tremendo, uno de esos silencios angustiosos como los que preceden a lo grande y lo terrible, reinó en la estancia por más de un minuto. Rompiolo Ruthwen colocando con cierta timidez involuntaria los tres pergaminos enrollados sobre la mesa.
-Vuestra Majestad me dirá la respuesta que debo dar al Consejo -dijo.
-¡La respuesta al Consejo!... Entonces estalló la cólera de la Reina, impetuosa y terrible, con toda la imponente majestad de su realeza, su desgracia y hasta su hermosura... Sin levantarse ni moverse y sin que un solo gesto o ademán desmintiese por un momento el natural señorío de su persona, arrojó sobre la frente de los lores toda la vergüenza y la ignominia de que se hallaban cubiertos. Hablaba sin levantar la voz y a borbotones, pero sin que su avasalladora elocuencia permitiese a los traidores intercalar una sola palabra de disculpa o de protesta. Enumeroles sus ingratitudes, sus perfidias, sus rapiñas, sus traiciones, sus perjurios como caballeros y sus apostasías como católicos y, cansada ya, anhelante y balbuceando un poco por la fatiga, encarose al fin con Ruthwen, y le dijo:
-¡La respuesta al Consejo!... Decid más bien a esa cuadrilla de bandidos, impaciente por repartirse el botín que nos han robado... ¡La respuesta al Consejo!... ¡Cuando esa respuesta tiene que pasar por boca de un traidor como tú, Ruthwen, cuya cabeza, sólo por funesta compasión nuestra, no está clavada hace años en una de las puertas de Edimburgo, María de Escocia no tiene respuesta que dar!...
Y extenuada, jadeante, venciendo al fin la debilidad de la mujer a la entereza de la Reina, clavó los codos en la mesa, ocultó el rostro entre las manos, y rompió a llorar, tan hondo y tan amargo, y con tan desgarrador desconsuelo, que sus lágrimas brotaban y corrían por entre sus afilados dedos, y venían a mojar el macizo roble de la mesa.
Ruthwen, pálido como la muerte, pero siempre dueño de sí mismo, calló astutamente, viendo en aquella flaqueza final de María una esperanza de doblegar al cabo su ánimo. Mas el estúpido Lindsay, creyendo que aquél era el momento de atemorizar a la Reina, comenzó a insultarla groseramente, enumerando a su vez los supuestos crímenes con que ellos mismos la habían calumniado, y amenazándola con los tribunales y la prisión perpetua, y la muerte y el hacha del verdugo, por homicida y por adúltera, si no firmaba pronto y en aquel instante los fatales documentos. Habíase recobrado María mientras tanto de su congoja, y echándose de repente hacia atrás en el sitial que ocupaba, dijo con lánguida voz, como si su ánimo desfalleciese y comenzase a flaquear:
-Y en el caso de que cediésemos, ¿qué garantías se nos dan para seguridad de nuestra persona?...
-Nuestra palabra y nuestro honor -respondió Lindsay.
Movió la Reina la cabeza con un aire de duda, que sólo lo terrible de la situación impedía ser cómico, y dijo lentamente:
-Ligeras nos parecen esas garantías, milord... Añadidles siquiera un puñado de pelusa de cardo para que resulten más pesadas.
Furioso Lindsay, comenzó a vocear que la Reina ponía en duda su honor de caballero, y aun levantó el puño cerrado como amenazándola. Medió entonces Melvil, testigo mudo hasta entonces, y con harto trabajo pudo lograr de ambos lores, sobre todo de Lindsay, que le dejaran solo con la Reina, aunque fuese medio cuarto de hora, para cumplir él por su parte las instrucciones reservadas que traía del Consejo. Cedieron al fin los lores, regateando Lindsay hasta el espacio de tiempo, y no bien desaparecieron ellos, arrojose Melvil a los pies de la Reina, y con apremiantes razones y presuroso acento suplicole y rogole, por su propio bien de ella, que firmase aquellos tres pergaminos, si no quería echar a rodar su honor ante inicuos tribunales y exponer su persona a la prisión perpetua y aun a la muerte; pues no eran vanas amenazas las bravatas de Lindsay, sino realmente pérfido plan de los lores del Consejo. Añadiole también que nada perdía con ganar tiempo poniendo su firma en aquellas actas, a todas luces nulas, por haber sido firmadas bajo la presión y la violencia. Y cuentan algunos historiadores, aunque el mismo Melvil no lo confiesa, que sacó entonces del seno y entregó a la Reina un secreto mensaje de los lores Seaton y Huntly, fieles siempre a María, en que la hacían las mismas reflexiones y la daban el mismo consejo.
Tenía la Reina a Melvil por hombre doblado, y éralo en efecto, pues jugaba con dos barajas, unido por un lado a los lores, y procurando, por otro, hacer en realidad el bien de la Reina. Cauta, pues, como el mucho trato con traidores la había hecho, aparentó ceder a las razones de Melvil, y pareció determinar entonces lo que desde el aviso de Trockmorton tenía ya determinado. Volvieron a entrar los lores, ceñudos y silenciosos, y la Reina, sin decir palabra, desenrolló las actas una a una y tornó a leerlas detenidamente. Extendió luego la mano buscando la pluma, y Ruthwen se la presentó diciendo:
-Conste, señora, que lo que va a ejecutar V. M. debe ser absolutamente voluntario.
Levantose la Reina con grande ímpetu al oír estas palabras, y arrojó la pluma lejos de sí, exclamando:
-¡No... no... no...! ¡Si ha de constar que voluntariamente nos despojamos de lo que hace más de tres siglos pertenece a los Estuardos, ni por la Corona de Francia que fuese nuestra, ni por la de Escocia, que lo es, ni por la de Inglaterra, que de derecho nos pertenece, firmaremos jamás semejante infamia!
Sucedió entonces lo que tenía que suceder, y lo que la temeraria habilidad de la Reina había ido procurando paso a paso hasta el último extremo. Adelantose Lindsay con la mano extendida, babeando de furor, torva la vista y horrible de ver, y cogiendo con su guantelete de acero el delicado brazo de María, apretolo cruelmente y la hizo sentar por fuerza y empuñar de nuevo la pluma, que él mismo le puso entre los dedos.
Dieron voces las damas, espantadas, y los hombres todos, hasta el mismo Ruthwen, se lanzaron al Lord, siendo el primero Jorge Douglas, que se le abalanzó al cuello rechinando los dientes: detalle éste que tuvo después su resultado, y no se pasó por alto entonces ni a la fina penetración de Melvil, ni a la femenina agudeza de María.
Ésta, pálida, pero serena como el que llega a su fin salvando un riesgo de muerte, miró a todos como invocando su testimonio, y sin levantar la cabeza firmó, uno después de otro, los tres pergaminos.
El 29 de julio de 156756, cuatro días después de la escena que hemos descrito, coronaron los lores solemnemente al rey niño Jacobo VI, que contaba entonces trece meses. Verificose la ceremonia con grande pompa y magnificencia en la iglesia alta de Stirling, profanada ya por los herejes y dedicada al culto presbiteriano. El conde de Mar llevaba al real niño en los brazos; Glencairn iba delante con la espada; Morton con el cetro; y el conde de Athol llevaba la Corona real, adornada con el simbólico cardo de Escocia. Leyose primero el acta de abdicación de la Reina, y los lores Lindsay y Ruthwen atestiguaron y juraron, con la mayor impudencia, que la abdicación había sido formulada ante ellos libre y voluntariamente.
El conde Morton cometió a continuación otra iniquidad aún más negra que la precedente. Con la mano sobre los Evangelios juró en nombre del rey niño, inocente ángel bautizado por sus padres en la religión católica, guardar las leyes del reino y mantener la Iglesia presbiteriana de Escocia, única verdadera, suprimiendo todo lo que fuese contrario. Puso después el obispo hereje de Orkney la corona sobre la57 cabeza del niño, y los lores le juraron fidelidad, tocándole la frente con la mano derecha. El fanático Knox inauguró entonces el reinado de aquel desdichado príncipe con un violento sermón, en que derramó toda la hiel de su fanatismo político y religioso y de su odio sectario a la Reina.
Coronado ya el Rey, pudo ser proclamado regente el bastardo Murray, como lo fue, en efecto, el 19 de agosto en la Cruz de Edimburgo. Tomó aquel mismo día posesión del cargo en la Tolbooth, prestando públicamente el siguiente juramento, dispuesto y redactado por Knox en persona:
«Yo, Jacobo, conde de Murray, lord Alberneith, prometo lealmente delante de mi eterno Dios, que desde este día y en todo el curso de mi vida, le serviré con todo mi poder, según lo que manda su santísima palabra, revelada y contenida en el Nuevo y Antiguo Testamento, y prometo también mantener, según estas mismas enseñanzas, la verdadera religión de Jesucristo, por la predicación y administración de sus Sacramentos, tal como se ha establecido y practicado nuevamente en el reino, dejando abolida y desautorizada la falsa religión. Prometo conducir al pueblo, confiado a mi cargo durante la minoría del Rey, mi soberano, según los mandamientos de la Ley de Dios y las leyes y constituciones de este reino, sin faltar jamás a la palabra de mi eterno Dios, y procurando a su Iglesia y a todo el pueblo cristiano una verdadera y perfecta paz en todo el tiempo que va a seguirse. Prometo perseguir y reprimir la opresión en todos los estados y jerarquías, y velar porque se administre justicia a toda criatura sin excepción, a fin de que el Señor y Padre de las misericordias sea misericordioso conmigo. Prometo desterrar del reino a todos los herejes y enemigos de la palabra de Dios y a cualquiera que resulte enemigo de su Iglesia. Todo lo cual juro solemnemente, con mi más solemne juramento».
Dicho esto, los circunstantes todos cayeron de rodillas, y para colmo de irrisión de todo lo divino y de todo lo humano, entonaron el salmo: Quam bonus Israel Deus his, qui recto sunt corde! ¡Cuán bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón!
Así se consumó la revolución política y religiosa en Escocia, y así vio el bastardo Murray colmadas sus ambiciones, si es que se limitaban éstas al ejercicio del poder real, y no, como aseguran muchos, a la Corona misma. De ser esto verdad, débil obstáculo eran para él los derechos de un niño, y los hubiera allanado de seguro a no detenerle la muerte en su carrera de crímenes y de alevosías.
Mientras tanto, algunos lores fieles siempre a María, y algunos otros que disgustados de las violencias de los rebeldes se les habían separado, habíanse reunido en Dumbarton, y reanimando el ánimo abatido de los católicos del reino, todavía numerosos, proyectaron libertar a la Reina y restablecerla en su trono. Los primeros resultados de esta liga de Dumbarton fueron perjudiciales para María, pues alarmado el Regente, hizo redoblar las precauciones de que rodeaba a su prisionera, a fin de impedirla toda comunicación con sus partidarios y también con las cortes extranjeras, que se negaban a reconocer su atentado revolucionario.
Pudo, sin embargo, la Reina, a fines de marzo, entenderse con un noble caballero que llamaban Juan Beton, y enviarle a Francia con instrucciones secretas y cartas para Carlos IX, Catalina de Médicis y los Guisa. Era este Juan Beton hermano del arzobispo de Glasgow, embajador de María en Francia, y también llevaba para él la siguiente carta, en que pinta ligeramente la Reina las penalidades y rigores por que estaba pasando:
«De Lochleven. -Monsieur de Glasgow: Vuestro hermano os enterará de mi triste situación, y os suplico que le presentéis a él y a sus cartas, solicitando lo que podáis en favor mío. Él os dirá el resto, porque yo no tengo papel ni tiempo para escribir más, como no sea rogar al Rey, a la Reina y a mis tíos que quemen mis cartas; porque si se sabe que he escrito, costará la vida a muchos y pondrá la mía en peligro, y me harán guardar más estrechamente. ¡Dios os tenga en su guarda y me dé paciencia! -De mi prisión, hoy último de marzo. -Vuestra antigua señora y buena amiga, María, Reina, ahora prisionera»58.
No se dormían mientras tanto los partidarios de la Reina, y a mediados de marzo concertaron un plan de evasión, ayudados por la persona que menos podían sospechar el regente Murray y la castellana de Lochleven: era éste el mismo Jorge Douglas. No pudo aquel generoso joven ver tan de cerca los sufrimientos de María sin sentirse hondamente compadecido, y la horrible escena de la abdicación que presenciara él mismo acabó de hacerle patente el papel inicuo que a él y a todos los suyos hacía desempeñar su hermano bastardo Murray. Movido por estas razones y por los impulsos de su corazón bueno y recto, y quizá también por la especie de mágico encanto que ejercía la hermosura de la Reina sobre cuantos de cerca la trataban, arrojose un día a sus pies pidiéndola perdón de sus pasados errores, y ofreciole de allí en adelante su espada, su hacienda y su vida.
Púsose bien pronto Jorge Douglas en comunicación con los amigos de la Reina, y éstos comenzaron a situar con el mayor sigilo por los alrededores de Kinross cuanta gente era necesaria para proteger la fuga de la prisionera. El plan de evasión fraguáronlo entre esta misma y Jorge Douglas, de acuerdo con una lavandera de Kinross que servía en Lochleven, llamada Meg, mujer católica y muy adicta a Jorge, de quien había recibido grandes beneficios.
Comenzó la Reina desde muchos días antes del señalado para la fuga, a quedarse en cama hasta muy entrada la mañana, para acostumbrar a las gentes del castillo a estas ausencias matinales. El día 25 de abril llegó muy temprano Meg la lavandera, como tenía de costumbre, y la Reina, que era, sobre poco más o menos, de su misma estatura, púsose su traje, envolviose muy bien en su plaid, cargose un lío de ropas, y con la mayor audacia y fortuna salió sola del castillo y llegó al embarcadero para pasar a la otra orilla del lago, donde la esperaba Jorge Douglas con dos de sus amigos.
Embarcose en la lancha ordinaria que hacía este pasaje con dos remeros y, cuando ya se hallaba en mitad del lago, a igual distancia del castillo que representaba la prisión y la muerte, que de la otra risueña orilla en que se hallaban para ella la libertad y la vida, echose a reír uno de aquellos hombres, y dijo a su compañero:
-Veamos qué cara tiene esta hembra que llevamos.
Y al mismo tiempo extendió la mano para apartarle del rostro el plaid: levantó vivamente la Reina las suyas para impedírselo, y al fijarse aquel hombre en la blancura y belleza de aquellas manos reales, sospechó al punto quién pudiera ser la incógnita lavandera, y así se lo dijo con grande turbación, pero con mucho respeto.
La Reina, sin turbarse en lo más mínimo, mandoles entonces, bajo pena de muerte, que la llevasen a la otra orilla del lago. Mas los dos marineros, temiendo más la venganza de lady Douglas que las amenazas de aquella pobre Reina disfrazada y fugitiva, bogaron de nuevo hacia el castillo, sin que pudiese recabar de ellos otra cosa, sino la promesa formal de que no darían parte de su fuga hasta que la pobre lavandera Meg estuviese fuera del alcance de las iras de la castellana.
Esta fracasada intentona, que consta tal como la referimos en una carta del embajador inglés Drury al ministro Cecil, trajo fatales consecuencias, pues descubierto Jorge Douglas y perseguido por su madre y por su hermano, tuvo que huir para siempre del castillo de sus mayores. Mas no se desanimó el valiente mozo, y oculto siempre en las cercanías de Kinross con algunos parciales de la Reina, todavía halló medio de hacer llegar a manos de ésta un billete en que la rogaba que no lo diese todo por perdido; que estuviese siempre preparada para la fuga, y que se fiase por completo de la persona que le dijese en secreto una sola vez, o cantase desde lejos tres veces seguidas, estos dos primeros versos de una balada de los antiguos bardos de su familia:
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Fracasada esta intentona de evasión y arrojado Jorge Douglas del castillo, comenzó a decaer el ánimo esforzado de la Reina hasta el punto de creerse ya condenada a vivir y morir de muerte más o menos natural y prematura entre los muros de Lochleven. No cesaban, sin embargo, sus parciales, ocultos siempre en las cercanías, de consolar su ánimo con las señales de luces y fogatas que, ora desde la aldea de Kinross, ora desde la falda de la montaña, le hacían a cada paso, para probarla su vigilancia y tenerla siempre prevenida.
Y sucedió que, estando un día bordando la Reina con sus damas junto a la ventana del estrado, oyeron de repente en el jardín una delicada vocecilla de niño, que cantaba pausadamente:
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Quedáronse suspensas las tres mujeres, pálidas y sobrecogidas, mirándose entre sí en el mayor silencio. A poco volvió a sonar la vocecilla en el jardín, con la misma pausa y cadencia:
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Asomose entonces María Seaton a la ventana, a una señal de la Reina, y vio a Douglitas, el pajecillo de lady Douglas, sentado gravemente en el suelo al pie de la torre, armando con la mayor atención una trampa para cazar pájaros. En el mismo momento volvió a repetir Douglitas por la tercera vez:
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Bajó entonces la Reina al jardín con María Seaton y lady Fleming, a fin de hacerse encontradizas con el muchacho; mas éste, armada ya la trampa, retirose con la mayor indiferencia, sin que pareciese haber reparado siquiera en la presencia de las damas.
Sucedía esto muy a fines de abril, y pocas esperanzas debió cifrar la Reina en las canciones y esfuerzos de Douglitas cuando el 1.º de mayo escribía a Catalina de Médicis la siguiente carta, que probablemente debió llevar a Francia Juan Beton en un segundo viaje:
«De Lochleven, a 1.º de mayo de 1568. -Señora: Con motivo de escribir al Rey vuestro hijo, os envío ese mensajero que os hablará más largo pues yo estoy vigilada tan de cerca, que no tengo ocasión de escribir sino cuando mis guardianes comen, o mientras duermen, volviéndome a levantar yo, pues tienen mujeres que duermen junto a mí. El mensajero os lo dirá todo, y yo os suplico que le deis crédito y que le recompenséis a él y al que os presentará, por amor mío. Os suplico también que tengáis los dos piedad de mí, porque si no me sacáis de aquí por fuerza, no saldré jamás. -María, Reina»59.
Y, sin embargo, nunca estuvo la Reina más cerca de su libertad que lo estaba en aquel momento. En la mañana del 2 de mayo resonó otra vez al pie de la torre la canción de Douglitas. Asomose María Seaton a la ventana, y vio, como la otra vez, al pajecillo, sentando en el suelo armando su trampa. Pareciole, sin embargo, que mientras el muchacho ahondaba con una mano el hoyo, escribía con la otra en la arena algunas palabras que luego borraba. Bajó entonces rápidamente por la escalerilla de caracol que daba al jardín, y asomose a una estrecha saetera que la iluminaba y desde la cual podía distinguir lo que Douglitas escribía, si escribía algo, y aun hablarle también si era necesario.
Tosió ligeramente la Seaton para llamar la atención del muchacho, y éste, canturreando muy bajo la canción de Douglas, y sin volver la cabeza, comenzó a escribir, con un palito en la tierra, grandes letras que borraba una a una a medida que las iba escribiendo. Seguíalas ávidamente María Seaton con la vista, y uniéndolas con la imaginación, dieron por resultado el siguiente aviso: Estén dispuestas esta noche a las nueve. No abráis mientras no digan desde fuera la contraseña.
Y al terminar esta última palabra, púsose de pie Douglitas, dejando armada su trampa, y se alejó sin volver la cara, cantando los significativos versos de la antigua balada:
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Grande fue la agitación de la Reina al saber la portentosa nueva, y mayor todavía su perplejidad al discutir durante el día con sus damas las cualidades de Douglitas, y hasta qué punto sería o no prudente fiarse para tamaña empresa de tan ruin caballero. Ninguna de ellas dejó, sin embargo, de disponerse para la fuga, y pronto quedó preparado y oculto en la recámara de la Reina todo el equipaje de ésta: un ligero hatillo de ropa y el cofrecito que contenía sus joyas.
Al anochecer renacieron sus esperanzas, porque no bien oscureció del todo, comenzaron a brillar así en la colina de Kinross como en el lado opuesto de la montaña, todas las luces y fogatas que servían de señales. Y con tal insistencia movíanse y brillaban, que no parecían sino querer advertir a la Reina que estuviesen alerta aquella noche para recibir el auxilio de sus amigos.
Al toque de queda, que era también el de la cena de la Reina, entró la castellana de Lochleven con toda la imponente majestad de su eterno verdugado de terciopelo y su enorme cabezón de encajes, precediendo a la cena y dispuesta a desempeñar el oficio de maestresala en lugar de su hijo Guillermo, ausente aquel día en Edimburgo. Cató la vieja lady los manjares uno a uno, y la Reina, para disimular mejor, dirigiola, contra su costumbre, algunas palabras de agrado y cortesía. Entró en esto un mayordomo, que llamaban Randal, y entregó a lady Douglas, en propia mano, las llaves del castillo, ensartadas en una correa, como era costumbre y su obligación todas las noches al toque de queda.
Hizo entonces la castellana una profunda reverencia a la Reina, y salió llevándose aquel precioso tesoro de las llaves, con grande inquietud de las pobres prisioneras, que no acertaban a comprender cómo podría Douglitas arrancarlas de sus apretadas garras. Cerró al punto María Seaton la puerta, y ya no pensaron en otra cosa, ni la Reina ni sus damas, sino en vestirse sus trajes de viaje y esperar, en la más inquieta zozobra, la señal convenida.
Serían entonces las ocho y media.
Mientras tanto, ponía Douglitas en práctica el plan que su gran corazón y su prudencia de hombre habían maduramente meditado. Tenía visto el pajecillo que todas las noches entraba Randal en la cámara de lady Douglas al toque de queda, y la hacía entrega de las llaves del castillo. Colocábalas la castellana en un lugar secreto, pero abierto, que el paje conocía, y dirigíase luego al gran comedor para cenar, según la rancia usanza, con toda su servidumbre.
Imaginó, pues, Douglitas coger las llaves de la cámara de lady Douglas, mientras ésta cenaba, y, aprovechando la falta de vigilancia que en aquella hora reinaba en el castillo, por hallarse toda la servidumbre a la mesa, sacar a la Reina al jardín por la escalerilla de caracol, y darla luego salida por la puerta que tenía el mismo jardín a la orilla del lago.
Procurose además Douglitas, para mayor seguridad, un manojo de llaves viejas, iguales en número y semejantes en la forma a las del castillo, que, puestas en el escondite en lugar de las verdaderas, pudiesen engañar los cansados ojos de la vieja castellana, si por casualidad se le ocurría ir a registrarlas al entrar de nuevo en su cámara.
El plan era de aquéllos que su propia sencillez hace facilísimos, si la fortuna les ayuda. Mas quiso la desgracia que, retrasada lady Douglas aquella noche por la cena de la Reina, recibiese las llaves en la cámara de ésta, y se dirigiese después al comedor llevándolas en la mano, sin detenerse a dejarlas en su cuarto. Sentose, pues, la anciana lady en la presidencia, bajo su dosel de paño escarlata, y puso las llaves junto a sí, encima de la mesa.
Otro cualquiera que Douglitas hubiéralo dado todo por perdido, mas no era el pajecillo de los hombres, o más bien de los niños, que fácilmente se intimidan. Púsose con el mayor desembarazo a servir a su noble tía, como era a veces su costumbre, y en una de sus muchas evoluciones arrojó como al descuido sobre las llaves la punta de una servilleta. Volvió de nuevo a la carga trayendo las llaves falsas bajo el ferreruelo, y mientras servía a la castellana un plato, escamoteó con la mayor ligereza las verdaderas y puso en su lugar las que escondidas traía. Oyó lady Douglas el ruido de las llaves y tiró vivamente de la servilleta; mas pareciéndole verlas en su lugar, siguió tranquilamente comiendo sin sospechar el trueque.
Corrió entonces Douglitas a las habitaciones de la Reina, sin detenerse mas que a recoger sus armas, y tocó suavemente a la puerta.
-¿Quién va?, -preguntó desde dentro una voz que el miedo y la zozobra hacían temblorosa.
Douglitas, con voz temblorosa también, dijo la contraseña:
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Abriose entonces la puerta, y aparecieron las tres mujeres rebujadas en sus mantos, sosteniéndose entre sí, porque las mil emociones que las dominaban les hacían flaquear las piernas. No había un momento que perder, y la Reina, con mayor resolución, preguntó a Douglitas, en queda y temblorosa voz, lo que tenían que hacer ellas.
-Seguirme -contestó el pajecillo.
-Pero ¿por dónde?
-Por la escalerilla de caracol.
-¿Y quién nos abrirá la puerta?...
-Tengo aquí las llaves -replicó el paje mostrándolas.
Escapósele a la Reina una gran voz de contento y esperanza, y dijo santiguándose devotamente:
-¡Loado sea Dios y Él venga con nosotros!
Douglitas, dominando su emoción, fue cerrando por dentro todas las puertas de las habitaciones de la Reina con barras y cerrojos. Bajaron la escalera a oscuras, para que no se filtrase la luz por las saeteras. Iba delante el paje, luego la Reina y detrás María Seaton sosteniendo a lady Fleming, que, más vieja y menos animosa, tropezaba a cada paso y daba gemidos de susto. A tientas buscó Douglitas la cerradura, y probó tres o cuatro llaves antes de atinar con la verdadera. El aire fresco de la noche anunció a las fugitivas la libertad, y como por instinto quisieron lanzarse al jardín en pos del paje. Mas aquel rapazuelo de catorce años detúvolas imperiosamente con la autoridad que dan los trances apurados al que los dirige, y adelantándose él solo, con las mayores precauciones, hacia el lado del jardín en que se hallaba la puerta del lago.
La Reina, dice el comendador Petrucci en su relación a Cosme I de Médicis (Modo che la Regina de Scotia ha usado per liberarsi della prigione), esperó apretada contra el muro de la torre, santiguándose a cada paso y haciendo jaculatorias a Jesucristo Nuestro Señor y a Nuestra Señora y a sus santos. Sonó a poco el grito de un mochuelo y contestó más lejos el de un búho, con tal propiedad ambos, que más bien que como señales, resonaron en los oídos de las fugitivas como siniestros graznidos de aquellas aves de mal agüero.
De repente apareció Douglitas ante ellas con tal sigilo, que pareció filtrarse de las tinieblas o brotar del seno de la tierra.
-Ahí están -dijo lacónicamente.
No osaron ellas ni aun preguntar quiénes fuesen los que estaban, y el pajecillo, sin añadir más palabra, cerró por defuera la puerta de la torre con el menor ruido posible. Tomó luego por la mano a la Reina sin grandes ceremonias, y deslizáronse todos a lo largo del muro, por no atravesar el jardín, de puntillas, aguantando casi el resuello, tropezando a cada paso con árboles y matas, tragándose las exclamaciones que el dolor hubiera debido arrancarles.
Al llegar a la puerta del lago hubo otro momento de angustia; estaba aquello muy al descubierto, y fue preciso emplear un buen rato en atinar con la llave que debía abrirla. Las fugitivas se pegaban al muro, como si creyesen que así abultaban menos, y Douglitas hacía esfuerzos increíbles por no soltar interjecciones de rabia.
Abriose al fin la puerta, y dos hombres, Jorge Douglas y Juan Beton, recibieron a la Reina casi en sus brazos. Había allí un hombre muerto, tendido en el suelo, y la Reina perdió todos sus bríos y sintió una fuerte congoja al saber que era el centinela de aquella puerta, sacrificado minutos antes por no poder de otra manera escapar a su vigilancia. Pegada a la orilla y oculta entre unos zarzales, había una barca con seis remeros, y a ella llevaron a la Reina casi sin sentido, y la sentaron en la popa. Douglitas cerró también por defuera la puerta del jardín, y trayéndose las llaves, saltó el último en la barca.
Era la noche oscura, y favorecía esto a las fugitivos; mas una precaución que no habían tomado estuvo a pique de perderlos. El ruido de los remos, que no estaban forrados, era harto estruendoso para que en el silencio de la noche no lo oyese el vigía de la torre, y de repente, y a muy poco de estar bogando, vino su voz, entre soñolienta y sorprendida, a estremecer a todos y a paralizar de espanto a las damas.
-¡Ah de la barca!... ¡Alto la barca!...
-¡Boga! ¡Boga!, -clamó Jorge Douglas por lo bajo con la más angustiosa energía.
Encorváronse los remeros sobre los bancos, redoblando el vigoroso empuje, y la barca se deslizó rápida como una flecha. El vigía repitió su grito, y un segundo después brilló un fogonazo en la obscuridad, sonó un disparo, y una bala de arcabuz pasó rozando la barca.
Jorge Douglas y el pajecillo cubrieron a la Reina con sus cuerpos: Beton iba en el timón, y los remeros, encorvados, anhelaban por la angustia y el esfuerzo.
-¡Boga! ¡Boga!, -clamaba sin cesar Jorge Douglas.
Sonaba ya con grande furia la campana de alarma en el castillo, y veíanse cruzar luces por las ventanas y agitarse sombras con grande prisa y movimiento.
-¡Boga! ¡Boga!, -clamaba Jorge Douglas desesperado-. En cinco minutos sacan las lanchas y nos persiguen y alcanzan.
-¡Eso no!, -exclamó Douglitas triunfante-. Les he encerrado yo por fuera y tengo aquí las llaves.
Y levantando el manojo en alto, lo arrojó en lo profundo del lago. La prudencia de aquel niño había salvado a la Reina. Todavía resonaron descargas de arcabuces, y por dos veces dispararon un falconete montado en la torre. Pero ya no estaban los fugitivos al alcance de las balas, y momentos después se encontraba María Estuardo libre, en medio de sus partidarios.
Doscientos cincuenta años más tarde, es decir, en 1818, sacando un día sus redes un pescador de Kinross, encontró, enganchadas en el aparejo, aquellas históricas llaves del castillo de Lochleven, que arrojó Douglitas en lo profundo del lago la noche memorable de la fuga de la Reina.
Al desembarcar la Reina en la orilla opuesta del lago, encontró allí a lord Seaton, padre de María, y a cuatro o cinco de los deudos más cercanos de éstos. No hubo gritos, ni entusiasmos, ni felicitaciones, sino ansiedad, sigilo y premura. Con el mayor silencio corrieron todos a una casita aislada que había en la colina de Kinross, donde se hallaba oculta la escolta que había de acompañar a la Reina y donde estaban dispuestas las monturas para ésta y su escasa comitiva. El resto de la gente de Seaton hallábase emboscado por las cercanías y escalonado hacia el castillo de Niddry, que había de ser pronto el fin de la jornada.
Los disparos del castillo habían despertado la alarma en la aldea de Kinross y fueles preciso a los fugitivos dar un rodeo para no atravesarla. Salvado este nuevo peligro, corrieron a galope toda la noche, y llegaron a las siete de la mañana a Niddry, castillo de lord Seaton, donde agotadas ya las fuerzas de la Reina, viose obligada a tomar un descanso de tres horas. Reforzada allí su escolta con la gente que Seaton tenía en el castillo y con la que por el camino se le había ido agregando, pudo la Reina continuar su camino hacia el fuerte castillo de Hamilton, donde la recibieron el lord de este nombre, Claudio, y su hermano el arzobispo de San Andrés.
La noticia de la fuga de la Reina levantó los ánimos entre sus partidarios, y gran parte de la nobleza corrió con sus gentes a ponerse a sus órdenes en el castillo de Hamilton. Vinieron primero los fieles amigos de María, acobardados hasta entonces; siguieron a éstos los rebeldes, que, compadecidos de las desgracias de la Reina y disgustados de las violencias de los lores del Consejo, se les habían separado desde un principio, y allegáronse, por último, los que, creyendo asegurar sus rapiñas a la sombra del Regente, vieron errados sus cálculos. La mayor parte de esta nobleza desleal, interesada y tornadiza, eran apóstatas enriquecidos con los bienes de la Iglesia católica, y al reclamar Knox aquellos bienes en nombre del clero presbiteriano, y al apoyar Murray su reclamación en un decreto, rebeláronse todos contra el bastardo regente, como se habían rebelado antes contra la reina legítima. Viose, pues, María en menos de una semana al frente de 6.000 hombres, entre los cuales se contaban ocho condes, nueve obispos, 18 lores, 12 abades, y más de 100 barones dispuestos todos a pelear por ella y a colocarla de nuevo en su trono.
El primer cuidado de María al encontrarse ya libre y segura en el castillo de Hamilton, fue revocar el acta de su abdicación, como arrancada por fuerza mayor y desleal violencia. Envió también a Juan Beton a Francia con cartas muy apremiantes para Carlos IX y Catalina de Médicis, pidiéndoles su auxilio y su alianza para recobrar su trono y echar del reino a los usurpadores. El embajador de Francia, Williére de Beaumont, por su parte, acudió presuroso a Hamilton para reunirse a la Reina y reconocerla como legítima soberana de Escocia; y la reina Isabel de Inglaterra enviola también al doctor Leigthon para felicitarla por su libertad, y ofrecerla su auxilio de reina y entregarla un rico anillo como prenda de amiga y hermana.
No se deslumbró, sin embargo, María con este brillante retorno de la fortuna, y contra el impetuoso deseo de sus lores, prefirió más bien llegar al triunfo por un acuerdo pacífico, que imponerlo con una victoria sangrienta. Envió, pues, a su hermano bastardo Murray negociadores que le propusieran una reconciliación, y fueron éstos el embajador de Francia, Williére de Beaumont, y los hermanos Roberto y Jacobo Melvil.
Recibioles Murray en Glasgow, donde había ido, y en aquella misma leal y generosa embajada de la Reina, encontró su pérfida astucia de político el medio de salir del apuro en que se hallaba. Pidió tiempo para meditar la propuesta de María y someterla a su Consejo, y empleolo en llamar apresuradamente bajo su bandera a todos los rebeldes y presbiterianos, en número de 4.000 hombres, y en salir al encuentro de las tropas reales, cortándoles el camino de Dumbarton, plaza inexpugnable donde se proponía guarecerse la Reina. Y sucedió, en efecto, que cuando las tropas de ésta llegaron el 13 de mayo a la altura de Langside, encontraron ya tomadas todas las posiciones por las gentes del bastardo, menos numerosas, pero más disciplinadas, y dirigidas por dos tan grandes capitanes como lo eran el laird de Grange y el conde de Morton.
Trabose la pelea con el horrible empuje de la rabia y la sorpresa, y por una y otra parte levantaban la bandera de Escocia, y por una y otra parte invocaban a Dios. -¡Dios y la Reina!, -decían unos. -¡Dios y el Rey!, -gritaban otros; y mientras tanto, los hermanos mataban a los hermanos, y los escoceses a los escoceses, y la imagen del Criador era destruida y aniquilada por los mismos que invocaban su nombre.
En un segundo, todas las cercas y jardines del lugarejo de Langside, momentos antes tan plácido y risueño, convirtiéronse en líneas de fuego, que tenían por dosel espesa capa de humo rojizo. A veces, de en medio de la humareda y el tumulto salían los gritos de guerra de los nobles animando a sus vasallos, y los ayes y gemidos de heridos y moribundos, que desgarraban el corazón.
La vanguardia de la Reina, compuesta de la flor de su caballería, con los Hamilton a la cabeza, habíase precipitado, con más valor que prudencia, por un desfiladero que defendían Morton y los suyos, y a punta de lanza pretendieron desalojarlos y hacerlos retroceder. Hallábanse ambos partidos a pie, dice un autor, y de tal modo armados a toda prueba, que cuando las lanzas de los unos se habían fijado en los escudos o corazas de los contrarios, hacía la lucha semejante a la de dos toros que, apoyando su testuz uno contra otro, permanecen forcejeando en aquella posición, hasta que la superior fuerza o el mayor aguante del uno, obliga al otro a huir o a caer. Clavados de este modo movíanse como por oleadas, a medida que uno u otro bando llevaba la ventaja, sin que jamás se rompiese aquella masa compacta ni se cuidase nadie del desdichado que caía para ser aplastado bajo los pies.
Tres cuartos de hora llevaba ya aquella tremenda lucha, que apenas puede hoy concebirse, cuando una hábil maniobra del laird de Grange vino a decidir la victoria. Viose entonces aquella columna, que momentos antes parecía una espesa y oscura masa de yelmos y celadas con vistosas plumas, por entre la cual no hubiera podido deslizarse un perro, hendirse primero, por decirlo así, acá y allá, y desbaratarse luego poco a poco, y desprenderse después en trozos, y rodar, por último, hombre a hombre, por aquella cuesta malhadada que tanto habían pugnado por subir.
En vano los jefes gritaban: ¡Alto!... En vano resistían por sí solos, cuando toda resistencia era vana. Caían unos en pos de otros en el glorioso campo, hechos pedazos por los pies de los caballos o arrollados por los fugitivos ciegos de pavor.
Veíalo todo la Reina desde la altura de Crooskstone, donde la habían llevado, y desde allí pudo seguir todos los pormenores del combate, hasta que el humo de la arcabucería y de los cañones lo envolvió todo en una oscura nube, triste y cenicienta. Apoderose entonces de ella la más espantosa ansiedad, y a cada momento mandaba mensaje tras mensaje y correo tras correo para calmar su angustia... Hasta que, de repente, por los extremos de aquella espesa niebla que formaba el humo de cañón, comenzó a ver aparecer fugitivos que reconoció por suyos, y vio después cinco caballeros que les perseguían, lanza en ristre, y se dirigían a toda brida al sitio que ella ocupaba. Alguien distinguió en las armas de uno de los guerreros el trébol colosal de oro de los Lindsay, y así lo dijo a la Reina.
El terror embargó entonces a la desdichada María, y sin pensar más que en la ignominia de caer en manos de Lindsay, aflojó la brida a su caballo y huyó a galope, seguida de cuantos la rodeaban. Así corrió 60 millas sin hacer alto, atravesando los condados de Renfrew y de Ayr, hasta llegar, extenuada de fatiga, a la antigua y noble abadía de Dundrennar, en un extremo del Galloway. El fanatismo de los herejes no había llegado aún en toda su furia a tan apartado rincón de Escocia, y todavía se hallaban pacíficamente en Dundrennar su noble abad y algunos monjes.
Al apearse la Reina en la puerta de la abadía, rendida de cansancio y sosteniéndose en los que la apeaban, dijo al anciano monje, en un brote de su leal y noble amargura:
-Milord abad, pensad bien lo que hacéis al recibirnos, porque con Nos vienen la ruina y la desgracia.
-Bienvenidas sean a esta casa, señora, si es Dios quien las envía -contestó el abad hincando la rodilla.
Reunió al punto la Reina en consejo a cuantos la habían seguido, y contra la opinión de todos, que la aconsejaban, unos marchar a Francia, donde encontraría apoyo y acogida, y otros permanecer por el pronto en aquel rincón, donde no corría peligro alguno, decidió refugiarse en Inglaterra, seducida por la facilidad del viaje y engañada por las falaces promesas que, al felicitarla por su libertad, le había hecho la Reina.
Envió, pues, a lord Herries con una carta para el gobernador de Cumberland, Master Lowther, pidiéndole un asilo, y otra para la reina Isabel, que se conserva en la colección Labanoff, y dice de esta manera: «Mi muy querida hermana: Sin haceros la narración de todas mis desgracias, porque deben ya seros conocidas, os diré que aquéllos de mis súbditos a quienes más bien hice y que me debían estar más agradecidos, después de haberse sublevado contra mí y tenídome prisionera del modo más indigno, me han arrojado al fin de mi reino y reducido a un tal estado, que después de Dios, no tengo otra esperanza sino en vos, etc».
Tardaba la respuesta, y no pudiendo ya María contener por más tiempo su impaciencia, ni enfrenar tampoco sus temores, el 16 de mayo, catorce días después de su fuga de Lochleven, embarcose en la lancha de un pescador con algunas personas de su comitiva, y atravesando el brazo de mar que llaman Trith y separa la costa de Escocia de la de Inglaterra, desembarcó en Workington, puerto del condado de Cumberland.
Y se cuenta que aquel mismo día, el anciano abad de Dundrennar se arrojó llorando varias veces a los pies de la Reina, y la pidió, por amor de Dios, que no saliese del reino. Y como María le rechazase cariñosamente, atribuyendo a la debilidad de sus muchos años aquel cansado ruego, todavía el viejo, en el momento de cruzar la plancha para entrar en el barco, se arrojó a la Reina como fuera de sí y movido de inspiración extraña, y se entró en el mar, y agarró a María por el faldellín, y le pidió otra vez que no se apartase de aquella tierra. Desasió la Reina, muy conmovida, de manos del anciano sus ropas, y pidiole para consolarle que le diese su bendición como escudo; la cual le dio el viejo desde el agua con las manos levantadas en alto... Y todavía, mientras se alejaba la barca, pudo oír la voz del anciano abad, exaltado por su aflicción profundísima:
-¡Vuelve, vuelve, leona de Escocia, que dejas para siempre a tus hijos!...
Lo cual fue tenido por profecía en aquel rincón de Escocia, y aun en el día de hoy se tiene allí por tradición verdadera.
FIN DEL LIBRO PRIMERO
| (MARÍA ESTUARDO) | ||
Desembarcó la reina de Escocia en Workington el 16 de mayo, y hospedose en el macizo palacio que llaman todavía Workington House, y donde se enseña aún la cámara que le sirvió de alojamiento. Ni su impetuosidad ni sus desgracias admitían espera, y al día siguiente despachó a lord Herries para Londres con una carta apremiante y conmovedora para la reina Isabel, reclamando el cumplimiento de lo que la de Escocia creía sus generosas ofertas. Después de enumerar los últimos desastres, decía: «Dios me ha salvado por su infinita bondad, con milord Herries y otros señores, con los cuales he entrado en vuestro país; y estoy segura, por la confianza que tengo en vos, de que, cuando sepáis la crueldad de mis rebeldes y la manera como me han tratado, no titubeará un momento vuestro buen natural, no sólo en recibirme para seguridad de mi vida, sino en ayudarme y en asistirme en mi justa demanda, e influir con los demás príncipes para que hagan lo mismo. Suplícoos, pues, que mandéis a buscarme lo más pronto posible, porque estoy en un estado lamentable, no ya para una reina, sino para cualquiera señora. Me he salvado con mi sola persona, corriendo 60 millas a través de los campos el primer día, y no osando caminar el resto sino de noche, como os contaré, si os place tener compasión de mi extrema desgracia».
Firmábase la Reina en esta carta, escrita en francés, como la mayor parte de las suyas, sa très fidèle et affectionné bonne soeur et eschappèe prisonnière, y en su recto y generoso corazón no dudó un instante María de que Isabel se apresurara a salir ella misma a su encuentro, con los brazos abiertos a su dignidad y a su desgracia.
Estrelláronse, sin embargo, los nobles ímpetus de María contra el frío y pérfido cálculo de Isabel, y sus patéticas lamentaciones sólo despertaron en el ruin corazón de la reina de Inglaterra, el gozo feroz de ver a su rival aniquilada y en la dura precisión de sufrir la suerte que por tantos años meditaran contra ella su odio de sectaria y su envidia de reina y de mujer.
Desde el primer momento sólo pensó Isabel en asegurar la presa que la falsía de ella y la crédula lealtad de su víctima habían puesto en sus manos, y en revestir la horrible iniquidad que meditaba con todas las hipócritas apariencias de la legalidad y la razón de Estado. Sujetó, pues, a su Consejo los tres partidos que podían adoptarse con respecto a la fugitiva reina de Escocia, cuidando muy bien de calificarlos de igualmente peligrosos.
No era prudente, según ella, restaurar a María en su trono, porque el fanatismo católico de ésta la llevaría al punto a entenderse con la corte de Roma y las potencias católicas, para destruir el protestantismo en Escocia y renovar sus pretensiones a la Corona de Inglaterra. Parecíale también peligroso dejarla libre en Inglaterra, porque el partido católico inglés, fuerte y poderoso, la miraba como su reina legítima y se agruparía en torno suyo, y conspiraría para alzarse con la Corona. Y no se podía tampoco dejarla marchar libre a Francia, porque, unida allí con sus tíos los Guisa y los príncipes aliados, intentaría seguramente alguna expedición a Escocia para reconquistar su trono y restablecer el catolicismo, poniendo en peligro los intereses de la Reforma en Inglaterra y su influencia en Escocia.
Una vez descartados estos tres recursos, únicos posibles, sólo quedaba el de retener a María prisionera en Inglaterra, y esto fue lo que determinó el Consejo, porque esto era lo que satisfacía los cálculos políticos de Isabel como reina y sus rencorosas envidias como mujer. Necesitábase, sin embargo, un pretexto para que Isabel pudiera cometer el inicuo y enorme atentado de detener prisionera, contra todo derecho y toda justicia, a una reina, su igual y su sobrina, que ningún daño le había causado, y que se le confiaba en su desgracia, seducida por las ofertas y promesas que ella misma le había hecho.
El ingenio de Isabel, fértil en hipócritas traiciones, creyó hallar bien pronto este pretexto; y aquella reina cruel, digna bastarda de Enrique VIII, que había derramado sangre de sus súbditos católicos, hasta el punto de que con razón la llamara un historiador, también protestante, el Tiberio femenino; aquella mujer libidinosa que vivió hasta los setenta años en seniles devaneos, sintió de repente alarmado su pudor y ofendido su decoro con la presencia de María Estuardo en Inglaterra, y determinó no recibirla en su presencia ni prestarle auxilio en su desgracia mientras la reina de Escocia no se justificase públicamente del asesinato de Darnley, que sus súbditos rebeldes le habían imputado.
Por este camino creyó la bastarda encontrar el pretexto que buscaba para detener a María prisionera, al mismo tiempo que el medio de difamarla, removiendo en Inglaterra aquella calumnia ante los católicos ingleses que la consideraban su legítima reina, y las dos grandes potencias, España y Francia, que comenzaban ya a prestarle su auxilio y su influencia.
El embajador de Felipe II, Guzmán de Silva, habíase apresurado, en efecto, a manifestar a Isabel el interés que inspiraba a su soberano la regia fugitiva, y Catalina de Médicis, por su parte, olvidando por un momento sus añejos rencores de suegra, escribíale también con mucho seso y prudencia, que no dudaba un momento prestaría a la reina de Escocia «toda la ayuda, favor, socorro y amistad que una princesa tan afligida como está ella debe esperar de vos; porque supongo estaréis en la misma opinión en que estabais antes, de que es preciso que los príncipes se socorran los unos a los otros para perseguir y castigar a los súbditos que se levantan contra ellos y son rebeldes a sus soberanos; y tanto más, cuanto que esto nos toca a todos, y por eso debemos proteger a esta reina tan desolada y afligida, y abrazar su causa para ponerla en libertad y restituirle la autoridad que Dios le ha dado, y que por derecho y equidad le pertenece a ella y no a otro».
El rey de España, sin embargo, estaba harto ocupado por entonces en pacificar los Países Bajos, y el de Francia en terminar su tercera guerra civil, para que pudiesen acudir en auxilio de María de otra manera que con súplicas y compasivas razones. Hízose, pues, sorda Isabel a unas y otras, y comenzó a poner en práctica su plan con astuta hipocresía, cuidando, lo primero, de mantener las esperanzas de María hasta alejarla de la frontera de Escocia lo suficiente para prevenir cualquier proyecto de fuga o golpe de mano de sus partidarios de Escocia.
Envió, pues, a lady Scroope, hermana del duque de Norfolk, para recibir a la reina de Escocia en su nombre, y fue ésta trasladada, con todos los honores debidos a su rango, de Workington a Cockermouth, y de aquí a Carlisle, donde estaba ya establecida por orden de Isabel la más estrecha vigilancia. El 29 de mayo presentáronse a María, en Carlisle, lord Scroope, gobernador del Cumberland y de la frontera, y sir Francisco Knollys, vicechambelán de la reina Isabel, comisionados ambos por ésta de entregar a la reina de Escocia sus cartas de pésame, llenas aún de hipócritas seguridades, y de manifestarle, al mismo tiempo, que el interés de su propia reputación le impedía recibirla en su presencia hasta que se hubiese justificado de la acusación que pesaba sobre ella por el asesinato de Darnley.
Este desengaño humillante y ofensivo llenó de indignación a María, y creyendo de buena fe que se trataba sólo de justificarse ante la propia Isabel, de reina a reina y de amiga a amiga, enviole al punto a lord Herries y a lord Fleming con una apremiante carta en que exigía de Isabel ser admitida sin dilación y sin ceremonia en su presencia para exponerle sus quejas y rechazar las calumnias con que habían osado ofenderla, o que, de lo contrario, no se la impidiese salir inmediatamente de Inglaterra, aunque fuese en la misma barca de pescador que la había traído, y marchar a Francia o a España para pedir el auxilio que ella le negaba a los otros príncipes sus parientes o aliados.
Llevaba también lord Fleming la orden secreta de marchar a Francia en el caso de que Isabel persistiese en no recibirla, y negociar con Carlos IX, Catalina de Médicis y el cardenal de Lorena el auxilio y la alianza de aquel reino. La pérfida Isabel admitió por de pronto, con las mayores protestas de amistad, la oferta que hacía María de justificarse, y deteniendo contra todo derecho a lord Fleming en Londres para impedirle pasar a Francia, envio a Carlisle a Master Midlemore con su nueva respuesta.
Llegó Midlemore a Carlisle el 13 de junio, y en presencia de lord Scroope y del vicechambelán Knollys, notificó a María, con palabras harto duras, que la Reina, su señora, no se contentaba con una justificación privada ante ella, sino que exigía que fuese ésta ante un tribunal y en presencia del regente de Escocia, Murray, que ella por su parte obligaría a comparecer. De lo contrario, la reina de Inglaterra no podía comprometer su decoro recibiéndola.
Al oír hablar de jueces y tribunales y del bastardo Murray, escribía el mismo Midlemore a Cecil en su carta del 14 de junio, la Reina le atajó la palabra, encolerizada, diciendo con regia entereza: «Yo no conozco más juez que Dios, y nadie sino Él tiene derecho a juzgarnos. Sé lo que soy, y conozco muy bien los derechos de mi rango».
Y bajo esta misma impresión de amargo desengaño y dignidad cruelmente herida, escribió a Isabel una carta tan patética como altiva, en que se quejaba de su falso proceder, y le proponía de nuevos estos dos extremos: o escuchar su justificación de reina a reina y de hermana a hermana, o dejarla marchar a Francia en busca de auxilio, puesto que no quería admitir ella el honor que le había hecho la reina de Escocia, al considerarla como su más próxima pariente y su más leal amiga.
Mientras tanto, había ido Isabel estrechando poco a poco la situación material de María, hasta el punto de hacerla conocer bien que se hallaba prisionera. Habíanla alojado en un torreón del antiguo castillo de Carlisle, que se conservaba todavía. «La cámara que ocupa -escribía el embajador Montmorin a Carlos IX- es oscura, porque no tiene más que una ventana con rejas de hierro. Hay otras tres piezas antes de ésta, y están siempre guardadas y ocupadas por arcabuceros. En la última, que viene a servir de antecámara al salón de la Reina, está instalado lord Scroope, gobernador del condado y de la frontera. La Reina no tiene consigo más que tres de sus damas; sus otros servidores y criados duermen fuera del castillo, y no se les abre la puerta hasta la diez de la mañana. Permiten salir a la Reina, para hacer ejercicio, hasta la iglesia del pueblo; pero va siempre rodeada de cien arcabuceros. Cuando llegó a Carlisle, pidió a Scroope un sacerdote católico que la dijese misa, y éste la contestó que no lo hay en Inglaterra».
Nada pinta, sin embargo, con tanta elocuencia la mezquina crueldad de Isabel y las penalidades de la desdichada reina de Escocia, como la siguiente carta de ésta a su tío el cardenal de Lorena, escrita el 21 de junio de aquel mismo año: «Os suplico que tengáis piedad de vuestra pobre sobrina y de su decoro, y me procuréis los socorros que os dirá el portador, y, mientras tanto, dinero; porque no tengo con qué comprar pan, ni camisas, ni ropa. La reina de aquí me envió alguna ropa blanca y me pasa un plato. Lo demás he tenido que pedirlo prestado; pero ya no encuentro quien me preste... Que no os alcance esta vergüenza... Bien me prueba Dios; pero podéis estar seguro de que moriré católica... Creo que presto me sacará Dios de estas miserias, porque he sufrido injurias, calumnias, prisiones, hambre, frío, calor, fugas sin saber dónde ir, noventa y dos millas a caballo y a través de los campos sin detenerme ni apearme, y dormir en cama dura, y beber leche agria, y comer harina de avena por no haber pan, y dormir tres noches a la intemperie como los pastores, y llegar a este país sin una doncella que me sirva, y encontrarme con que saquean las casas de mis servidores y ahorcan a sus dueños, sin que pueda yo valerles ni recompensarles».
Sufría todo esto la reina de Escocia con aquella fe inquebrantable y aquella cristiana y paciente resignación que han rodeado su noble figura con todo el esplendor de la aureola del martirio. He aquí la carta admirable que escribió por aquel tiempo al P. Edmundo Auger, de la Compañía de Jesús, su antiguo amigo, traducida de su original francés por la elegante pluma del P. Pedro de Rivadeneira:
«Maestro Edmundo: Yo he recibido, con grande consolación de mi espíritu, la carta que me habéis escrito, aunque no sin vergüenza y sin herirme los pechos, confesándome indigna de la buena opinión que vos tenéis de mí, sin yo merecerlo. Mas yo atribuyo vuestras alabanzas a la misericordia de Dios, que os ha movido por este camino a escribirme y despertarme, para que de aquí adelante yo procure ser para con Él cual vos pensáis que soy. Y confío que vos suplicaréis a su Divina Majestad, y que los de vuestra santa Compañía me ayudarán para que yo no falte de mi parte en recibir, con humilde sumisión, todas las amonestaciones que le placerá enviarme, para que yo me sujete en todo a su santa voluntad en todas mis adversidades, de las cuales hasta aquí se ha dignado defenderme piadosamente, otorgándome la paciencia, la cual yo le suplico me quiera conceder hasta el fin. Vuestro libro, de mí tan deseado como necesario para estos tiempos, no ha llegado aún a mis manos; yo no sé quién le tenga, y me holgaré mucho de haber uno. Y pues vuestra caridad se ha extendido a visitar y consolar a una pobre encarcelada y afligida por sus pecados, yo os ruego que, cuando pudiéredes, lo vais continuando y mezclando en vuestras cartas alguna parte de vuestras saludables amonestaciones y santas consolaciones, para despertar más mi espíritu, congojado con las adversidades, al conocimiento de mis culpas y aspirar al verdadero descanso y a aquella consolación perdurable, de la cual este mundo siempre nos aparta y desvía. Y si quisiéredes tomar tanto trabajo por mí y ordenarme una pequeña instrucción o manera de orar, en la cual, además de las ordinarias oraciones, pongáis las que son más propias para los días de fiesta más solemnes y para el tiempo de mayor necesidad, para que puedan ser presentadas a Dios Nuestro Señor de mi pequeña familia congregada, con mayor uniformidad, vos haríades una obra de piedad, porque no tenemos aquí persona de quien podamos tomar consejo, ni embarazo para no poder emplear las horas que quisiéremos en servicio de Dios. Si hubiese alguna buena obra y propia del estado de una encarcelada, en latín o en otra lengua vulgar, yo os ruego que la hayáis y la deis a mi embajador, y que le encarguéis que me la envíe, y que toméis trabajo en visitar a mis pobres estudiantes60 y de encomendarles que hagan oración por mí, teniendo cuenta de hacerla vos también y de procurar que hagan lo mismo los Padres de vuestro colegio, en cuyas oraciones y sacrificios mucho me encomiendo, porque yo de mi parte ofreceré a Dios mis oraciones, aunque simples e indignas, por la conservación de vuestra santa Compañía en su servicio. Suplico a Su Majestad me dé gracias de vivir y morir en Él. De Carlisle, a 9 de junio. -Vuestra buena amiga, María, Reina».
Enterado mientras tanto Murray de la prisión de su hermana en Carlisle, y sabiendo o adivinando los intentos de Isabel, apresurose a escribir a ésta, ofreciéndose a demostrar ante ella61 la culpabilidad de María Estuardo y la justicia de su deposición, y comprometiéndose a ser encerrado en la Torre de Londres, si no presentaba las pruebas más evidentes.
Vio con esto Isabel completo su juego, y entendiéronse ella y Murray como de bastarda a bastardo, de traidora y traidor, de reina usurpadora a regente usurpador. Isabel aceptó el arbitraje, afectando gran severidad para todos los actos de la rebelión, y vivo deseo de ver comprobada la inocencia de la reina de Escocia, para poder sin escrúpulo alguno reponerla en su trono. Y mientras esto decía de público, avisaba secretamente a Murray, que si eran suficientes las pruebas que trajese para demostrar la culpabilidad de María y perderla, ella le garantizaba, con todo el poder de Inglaterra, no sólo la regencia de Escocia, sino también la sucesión a esta Corona en caso de morir el tierno Príncipe real.
Al propio tiempo enviaba con el mismo lord Herries otra embajada a María, anunciándola que Murray se sometía a su arbitraje, y que si ella deseaba examinar el litigio de ambos, no era como juez, sino como amiga y hermana suya, y con el fin de reponerla en su trono, aun por fuerza de armas, si hacía patente su inocencia, o arreglarlo todo entre Murray y sus súbditos, sin escándalos ni disturbios, en el caso de que éstos alegasen alguna razón fundada que disculpase o atenuase su rebelión. Tres condiciones ponía para esto: Que María rompiese toda alianza con Francia. Que nunca hiciera valer sus derechos a la Corona de Inglaterra en vida de Isabel. Que renunciase al catolicismo y admitiese en Escocia la liturgia anglicana.
María Estuardo rehusó, y la reina de Inglaterra, no creyéndola entonces bien guardada en Carlisle, mandó trasladarla, no obstante sus protestas, al castillo de Bolton, más lejos de la frontera de Escocia, en el condado de York. Allí maquinó la perfidia de Isabel otro medio diabólico de deshonrar a María ante sus súbditos católicos y ante las cortes de Francia y España, que era el primero y más principal de sus afanes. Habíale negado, desde su llegada a Carlisle, un sacerdote católico que la asistiese; mas imaginó entonces, y así lo hizo, hacer entrar públicamente en las habitaciones de la Reina a un ministro protestante, que con arte y disimulo platicase con ella, y rezara luego como al descuido en su presencia algunos de sus salmos y oraciones: con lo cual publicaron al punto los herejes por todas partes que la reina de Escocia se comunicaba ya con los de su secta y se hallaba dispuesta a abjurar.
Supo al cabo María el infame lazo que la habían tendido, y protestó indignada, en público y en privado, y escribió al papa San Pío V la siguiente carta, que publicamos según la traducción que hizo el P. Rivadeneira de su original latino, y en la cual da la misma Reina al Papa cuenta del hecho:
«Beatísimo padre: Después de besar los santísimos pies de vuestra Beatitud, habiendo sido yo avisada de que mis rebeldes, y los que los favorecen y entretienen en sus tierras, han tenido sus tratos e inteligencias de manera que han procurado dar a entender al rey de España, mi señor y buen hermano, que yo estoy mudada en la religión católica; aunque estos días pasados le he escrito a vuestra Santidad para besar humildemente y encomendarle mi persona, he querido escribir esta carta, y por ella suplicarle que me tenga por hija devotísima y obedientísima de la santa Iglesia católica romana, y que no crea a las falsas relaciones que de mí habrán venido, o por ventura vendrán a sus oídos, por instigación de los sobredichos mis rebeldes y otros de su misma secta, que publican que yo he mudado religión, para privarme de la gracia de vuestra Santidad y de los otros príncipes católicos. Atraviesa esto mi corazón, de suerte que no he podido dejar de escribir de nuevo a vuestra Beatitud para quejarme del agravio e injuria que me hacen. Suplícole que se digne escribir en mi favor a los príncipes cristianos, que son devotos y obedientes hijos de vuestra Santidad, y que los exhorte que interpongan su autoridad con la reina de Inglaterra, en cuyo poder yo ahora estoy, y que le pidan que me deje salir fuera de su reino, en el cual yo entré asegurada de sus promesas, para pedirle socorro contra mis rebeldes. Y si todavía me quiere tener, y en ninguna manera me quiere dejar, que a lo menos me deje ejercitar mi religión, lo cual me ha vedado y prohibido desde que yo entré en este reino. Y quiero que vuestra Santidad sepa la astucia que mis enemigos han usado para dar color a sus calumnias contra mí. Hicieron que un ministro hereje entrase en el mismo lugar en que yo estoy estrechamente guardada, y algunas veces rezase sus oraciones en lengua vulgar; y como yo no estoy en mi libertad, ni me permiten usar de mi religión, no se me daba nada de oírlas, creyendo que no erraría en ello; pero si en esto o en cualquiera otra cosa hubiere errado, yo, Padre Santísimo, pido a vuestra Santidad misericordia, y le suplico me perdone y absuelva, y esté cierto que jamás no he tenido otra voluntad sino vivir constantemente como hija devotísima de la santa Iglesia romana, en la cual yo quiero vivir y morir, conforme a los consejos y mandatos de vuestra Santidad, y me ofrezco de recatarme y de hacer tal penitencia para enmienda de mis culpas, que todos los príncipes católicos, y especialmente vuestra Santidad, como padre y señor de todos, tengan entera satisfacción de mí. Entre tanto, beso los pies de vuestra Santidad y suplico a Dios que le guarde muchos años para beneficio de su santa Iglesia. Escrita en el castillo de Bolton, el último día de noviembre de 1568. -De vuestra Santidad devotísima y obedientísima hija, María, reina de Escocia y viuda del rey de Francia».
Dos meses duraron todavía aquellas negociaciones entre ambas Reinas. Isabel, siempre hipócrita y artera; María, siempre firme y resuelta a no justificarse ante nadie que no fuese la propia reina de Inglaterra. Mas, de repente, y cuando menos lo pensaba la bastarda de Enrique VIII, cedió María en su resolución, y protestando siempre de que en nada dañaría aquel acto ni a su fe de católica, ni a sus derechos de reina, ni a su honor de mujer, ni a su cualidad de heredera de la Corona de Inglaterra, consistió en someter sus disensiones con sus súbditos rebeldes a los comisionados que Isabel nombrara. Apresurose entonces ésta a fijar el día 4 de octubre para la reunión de los comisionados de ambas partes, que habían de juntarse en York. Murray vino en persona trayendo los suyos; María nombró los que le correspondían entre sus más fieles partidarios, y la reina de Inglaterra designó a sir Ralph Sadler y al conde de Sussex, y como presidente de todos ellos al duque de Norfolk.
En este gran personaje estaba, sin embargo, todo el secreto de la repentina mutación de María. Era Tomás Howard, cuarto duque de Norfolk, el primer noble de Inglaterra: contaba sólo treinta y dos años, y sus riquezas inmensas, su poder y sus nobles prendas personales hacíanle enemigo temible o aliado poderoso hasta para la misma reina de Inglaterra. Y sucedió, pues, ya fuese por ambición, como dicen unos, ya fuese, como parece más verosímil, y así debe creerse, por vehementísima pasión que los encantos y desgracias de María Estuardo le inspiraron, es lo cierto que el poderoso Norfolk decidió consagrar todo su poder y toda su influencia a la caballeresca empresa de libertar a la reina de Escocia y reponerla en su trono, con la mira siempre de contraer con ella matrimonio.
Sirvió de intermediaria entre María y Norfolk la hermana de éste, lady Scroope, que, como dijimos anteriormente, fue comisionada por Isabel para recibir a la reina de Escocia en Carlisle y la había acompañado luego al castillo de Bolton, que era propiedad señorial de los Scroope. Norfolk propuso a María, por medio de lady Scroope, un plan que consistía en destruir las maquinaciones de Isabel, arreglándose ella misma con Murray. La reina de Escocia sólo debía, por el pronto, aceptar la intervención de Isabel en la forma arriba dicha. Norfolk se encargaría luego de inducir a Murray a que propusiese él mismo a María desistir él de toda clase de acusaciones y escándalos, a trueque de que confirmase ella la abdicación de Lochleven y se aviniera a vivir en Inglaterra, bajo la protección de Isabel, con una renta adecuada a la altura de su rango. Una vez desembarazados de este modo de Isabel, Norfolk se comprometía a desembarazar a María también del otro traidor, Murray, conduciéndola triunfalmente a Escocia, donde podía revocar su abdicación, tan nula en Lochleven como en York, puesto que tan prisionera se hallaba en Escocia al hacerla, como lo estaba en Inglaterra al confirmarla.
Aceptó María este plan con grandes esperanzas, y avistose entonces Norfolk con Murray secretamente, por la noche en una apartada galería de la misma casa del duque. Descubrió allí Norfolk al bastardo todas las sinuosidades de la política de Isabel, y de tal manera logró convencerle y reducirle a sus miras, que desde luego limitó Murray en las conferencias del 4 y 8 de octubre sus acusaciones contra la Reina a vagas apreciaciones sobre su casamiento con Bothwell y los peligros a que había expuesto al Príncipe real, y a los pocos días envió a Roberto Melvil secretamente a Bolton para hacer a María la propuesta que ya Norfolk le tenía anunciada.
Acogiola María según lo convenido, y todo podía ya darse por terminado después de este arreglo secreto entre la reina de Escocia y su hermano bastardo. Mas no se dormía la suspicacia de Isabel, y enterada en parte del proyecto por los espías y traidores, que siempre abundan, trasladó repentinamente las conferencias de York a Westminster, con pretexto de seguir de más cerca negocio tan delicado y poder ultimarlo con más premura. Entonces Isabel, la púdica vestal que había creído contaminar su honor recibiendo ella misma la justificación de María Estuardo, no creyó mancharse teniendo varias conferencias con Murray, el hermano bastardo, el súbdito rebelde y regente usurpador, verdadero responsable de los crímenes que atribuían a la desdichada María.
Pidiole, pues, Isabel agriamente cuenta de su conducta y de sus tratos con Norfolk, y amenazole con desposeerlo al punto de la regencia de Escocia si no se decidía a formular en la próxima conferencia del 25 de noviembre todas aquellas terribles acusaciones que tenía preparadas contra su hermana.
Viose entonces Murray cogido entre las nuevas exigencias de Isabel y su compromiso ya pactado en York; y en la necesidad de ser traidor a una u otra parte, optó por vender a la que creía más débil: a Norfolk y a María Estuardo. Decidiose, pues, el bastardo a vaciar el inmundo saco de sus calumnias, y formuló en Westminster, ante los comisionados de Isabel, todas las que le habían servido para difamar a María en Escocia, con el consiguiente séquito de inicuos atestados y falsas comprobaciones.
Había Isabel unido a sus comisarios, con pérfida previsión, a los condes de Northumberland y a todos los grandes señores católicos en cuyos ánimos quería perder a la reina de Escocia, y en presencia de todos ellos se examinó y se dio por cierta aquella cáfila de mentiras y calumnias. Pudo aquí Isabel terminar tan infame enredo, porque su intento de presentar a María en toda Inglaterra y en toda Europa bajo el peso de terrible acusación habíalo ya logrado. Mas todavía quiso su falsedad dar un último golpe, y escribió hipócritamente a María el 21 de diciembre dándole cuenta de dichas acusaciones, y añadiendo que «la amistad, el parentesco y la justicia la inclinaban a encubrir todas aquellas cosas y a suspender su juicio, a fin de no perjudicarla, hasta saber lo que tenía ella que responder».
Revolviose entonces María contra aquel humillante papel de acusada que le adjudicaba Isabel, y sin dignarse contestarle a ella, escribió a sus comisionados que presentasen ante la comisión la larga lista de cargos y agravios que tenía contra los rebeldes de Escocia; pero que no respondiesen una palabra a las acusaciones de Murray, porque jamás consentiría su dignidad de Reina contestar a las acusaciones de un súbdito rebelde y traidor.
Quiso entonces Isabel terminarlo todo, proponiendo a María, como único arreglo posible, que confirmarse su abdicación de Lochleven. Mas la Reina rehusó con grande energía esta falsa propuesta, que le hubiera hecho en cierto modo confirmar las calumnias de Murray, diciendo «que jamás le hablasen de abdicación, porque estaba resuelta a morir antes de hacerla, y que la última palabra que pronunciase en la vida había de ser la de una reina de Escocia».
Tuvo, pues, que contentarse Isabel por entonces con aquella difamación de su rival, y diolo todo por terminado, haciendo declarar a su Consejo, el 10 de enero de 1568, este fallo tan monstruoso como ridículo: «Nada ha sido alegado contra Murray y sus parciales que pueda vulnerar su honor y sus deberes de súbditos. Murray y sus parciales no han probado su proposición contra la reina de Escocia lo bastante para que la reina de Inglaterra pueda formar una mala opinión de su buena hermana en ningún género de cosas».
Después de esto volviose Murray a Escocia con 25.000 libras que le dio Isabel para ayuda de costas y remedio de apuros, y María fue trasladada del castillo de Bolton al de Tutbury, en el condado de Stafford. Separaron también de su lado a los Scroope, hechos ya sospechosos, y fue confiada su guarda a Jorge Talbot, conde de Sherewsbury.
A nadie engañó la refinada hipocresía de Isabel en sus tratos con María Estuardo, y sucediole en su intento de difamarla lo que al ladrón que carga con demasiada pólvora su arma, y le revienta ésta en la mano, y se le escapa la presa, y se encuentra él mismo herido y maltrecho.
Su atentado contra la dignidad real, al detener a María, había sido tan enorme, su ensañamiento al retenerla prisionera tan patente, su envidia al pretender difamarla tan manifiesta, y su imprudencia al justificar a los rebeldes de Escocia tan imprevisora y funesta para los demás príncipes, que, lejos de perjudicar a María las inicuas comedias de York y Westminster, reavivaron, por el contrario, el interés que por ella se tomaban así las cortes de Roma, España y Francia, como los súbditos católicos de Inglaterra y Escocia: y fue lo más notable que los mismos condes de Northumberland y Westmoreland, nombrados por Isabel para examinar las piezas calumniosas del proceso de María, fueron los primeros en proclamar su inocencia y tomar las armas para defenderla.
La fermentación era, en efecto, extrema en ambos reinos, y no tardó en tomar proporciones alarmantes. Levantáronse los partidarios de María en Escocia con tan recio empuje, que, asustado Murray, viose en la precisión de pedir a Isabel socorros. Al mismo tiempo replegábanse a bandadas los católicos ingleses hacia los condados del Norte, donde en actitud amenazadora esperaban ya los condes de Northumberland y Westmoreland y otros grandes señores católicos, puestos de acuerdo con el gran duque de Alba, gobernador entonces de los Países Bajos.
El papa San Pío V había escrito a Felipe II aconsejándole y pidiéndole una invasión en Inglaterra, y de la Embajada española en Londres salieron entonces dineros en abundancia para el conde de Arundel, que marchaba a unirse con los católicos situados en el Norte, y para la misma María Estuardo, que continuaba encerrada en el castillo de Tutbury. También dirigió el Papa, con fecha del 3 de noviembre, un breve al gran duque de Alba, exhortándole a no dejar pasar aquella ocasión de restablecer el catolicismo en Inglaterra y de libertar a la reina de Escocia. «Conjuramos tu nobleza -le decía- y te suplicamos con toda nuestra alma que no omitas nada para poner en libertad a nuestra querida hija de62 Jesucristo, la reina de Escocia, y restablecerla, si posible fuese, en su trono. Tu nobleza no podría emprender nada tan agradable y tan útil a Dios Todopoderoso como libertar a esta Reina, que tanto ha merecido de la Fe católica y que se encuentra oprimida por el poder de sus enemigos herejes».
Alarmaba todo esto a Isabel hasta el punto de creerse a veces perdida, y revolvía a todas partes los ojos buscando los medios de salir del apuro, sin soltar por eso a su presa, cuando un suceso, desde mucho tiempo atrás meditado y prevenido, vino a despertar en ella aquellas horrendas cóleras que hacían temblar la Inglaterra entera ante la terrible bastarda de Enrique VIII. En la mañana del día del Corpus apareció clavada en la puerta misma del obispo hereje de Londres la formidable bula de San Pío V excomulgando a Isabel como hereje contumaz y fautora de herejes, deponiéndola del trono de Inglaterra y absolviendo a sus vasallos del juramento de fidelidad y obediencia.
Imposible había sido hasta entonces promulgar en Inglaterra aquella famosa bula, fechada el 25 de febrero de 1569; mas comprometiose, con valor heroico, a clavarla en la misma puerta del obispo hereje un caballero inglés, llamado Juan Felton, ayudado en su temeraria empresa por un español, prebendado de Tarragona, que tenía por nombre Pedro Berga. Leyéronla allí muchos y sacaron numerosas copias, que desde Londres se difundieron por toda Inglaterra. La bula decía: «Y porque sería muy dificultoso llevar estas presentes letras a todas las partes donde serán menester, queremos que el traslado de ellas, firmado de mano de algún escribano público y sellado con el sello de algún prelado esclesiástico o de su audiencia, tenga la misma fe en juicio o fuera de él, en cualquiera parte, que tendría el mismo original si se exhibiese o mostrase».
Embraveciose como una pantera Isabel, herida en lo más vivo de su soberbia, y comenzaron a caer en torno suyo víctimas sin cuento. Fue la primera el valiente Juan Felton63, al cual ahorcaron, y, vivo todavía, le arrancaron las entrañas y le hiceron cuartos. Publicose entonces aquella ley atroz, que establece los siguientes artículos:
1.º Que ninguno, so pena de la vida, llame a Isabel hereje, cismática, infiel o usurpadora del reino.
2.º Que ninguno nombre a persona alguna ni diga que debe ser sucesora del reino, ni viviendo la Reina ni después de sus días, si no fuese hijo o hija natural de la misma Reina.
3.º Que, so pena de perdimiento de bienes y cárcel perpetua, ninguno lleve, acepte ni traiga consigo cosa de devoción traída de Roma, como Agnus Dei, cruces , imágenes, cuentas benditas u otra cualquiera, bendecida del Papa o por su autoridad.
4.º Que, so pena de la cabeza, ninguno traiga bula, ni breve, ni letra del Papa, ni absuelva a nadie de herejía o cisma, ni le reconcilie a la Iglesia romana, ni se deje absolver ni reconciliar.
Mientras tanto, los católicos ingleses, con los condes de Northumberland y Westmoreland al frente, levantaban su bandera en Bransepath y repartían sus proclamas por todas partes, recogiendo en ellas, lo primero, la autoridad de Isabel, y pidiendo tan sólo la restauración del catolicismo en Inglaterra, la libertad de María Estuardo, su reconocimiento como heredera legítima de la Corona de Inglaterra y el destierro del ministro Cecil y de todos aquellos hombres nuevos que extraviaban, según ellos, el ánimo de la Reina y la hacían ensañarse en sangrientas persecuciones contra los católicos. He aquí la primera de estas proclamas, según la traducción literal existente en el archivo de Simancas:
«Nos, Tomás, conde de Northumberland, y Carlos, conde de Westmoreland, leales vasallos de la Reina, hacemos saber a todos los de la antigua religión católica, que nosotros, con otras muchas personas bien dispuestas, tanto de la nobleza como otras, habemos prometido nuestra fe en seguridad de nuestra buena intención, a causa de que diversas personas desordenadas y mal dispuestas que están al derredor de la Majestad de la Reina, por sus prácticas y acciones sutiles y mal intencionadas, desean verificar nuestra ruina y destruir de todo punto en nuestro reino la verdadera religión católica, abusando para ello del poder y de la persona de la Reina, llenando de muertes y desórdenes el reino. Bien seguros de que muy pronto los mismos buscarán y procurarán la ruina de toda la nobleza, nos hemos juntado para resistir con la fuerza, y principalmente con la ayuda de Dios. Estad seguros de que tendréis buenos príncipes, estableciendo todas las antiguas libertades de la Iglesia de Dios y de nuestro reino. Y si nosotros no lo hiciéramos seríamos reformados por extranjeros, con grande detrimento de nuestros Estados y del país a que pertenecemos. Dios salve a la Reina. -TOMÁS, conde de Northumberland. -El conde de Westmoreland. -CRISTÓBAL N. DUEL. -RICARDO NORTUM. -FRANCISCO NORTUM. -EGMUNDO RATEIS; etcétera».
El llamamiento de los dos poderosos condes católicos tuvo grande eco por todas partes, y bien pronto vieron reunidos más de 500 caballos y 6.000 infantes en torno de su bandera. Consistía ésta en un rico estandarte con la imagen de Jesucristo crucificado bordado en medio. Llevábala con gran veneración el viejo Ricardo Nortum, uno de los hombres más64 respetados y valientes de Inglaterra.
Dirigiéronse desde luego a Durham, y el pueblo se les unió y les abrió de par en par las puertas. Posesionados de la Catedral, quemaron públicamente la Biblia herética, rompieron el comulgatorio de los herejes y restablecieron el culto católico. Nadie había en todo el Norte capaz de resistir a las tropas de los dos condes en campo abierto, y pudieron, por lo tanto, apoderarse sucesivamente de Richmond, Alberton y Riper y del puerto de Hartlepool, que fortificaron y previnieron para el desembarco de los refuerzos que el duque de Alba había de mandarles. Mas las vacilaciones de éste, que se resistía a enviar los refuerzos hasta no ser ya un hecho la libertad de María Estuardo, malograron la empresa; y cuando los 5.000 hombres que tenía preparados con todos sus pertrechos de artillería y municiones fueron a embarcarse, ya les tenían cortado por completo el paso de Calais siete grandes navíos que había enviado allí la reina de Inglaterra.
La inminencia del peligro había despertado la energía de ésta con todas sus crueldades y trapacerías, y pretendió, y consiguió en efecto, ahogar en sangre la rebelión. Dispuso, por primera providencia, trasladar a María Estuardo del castillo de Tutbury al de Conventry, plaza fuerte en el condado de Warwich, donde podían tenerla al abrigo de cualquier golpe de mano. Y tan sañudo era su encono y tan desapoderada su ira, que, según una carta de Leicester citada por Tytler, llevaban sus guardianes la bárbara orden de asesinarla si los católicos triunfaban y podía por su industria ser puesta en libertad.
Sembró luego el terror entre los católicos del reino con prisiones arbitrarias, tormentos horribles y muertes cruentas, y exaltando el fanatismo de los suyos y derramando a manos llenas el dinero, cosa que tanto costaba a su natural avariento, cerró la entrada a los socorros del duque de Alba con los siete navíos de guerra que colocó en el paso de Calais, y logró al cabo rodear a los católicos y hacerles retroceder hasta Durham. Desesperanzados allí los dos condes de recibir ya auxilio alguno de los españoles, licenciaron sus tropas, proveyendo en lo posible a su seguridad, y pasaron por diversas parte de la frontera de Escocia. Westmoreland encontró asilo seguro en los clans, o tribus de Sott, Ker, Hume y Jhonston, partidarias todas de María, y de allí pasó a Flandes; mas el desdichado Northumberland cayó en manos de un bandido llamado Hecky Armstrang, al cual lo compró Murray por dinero, para encerrarlo en el castillo de Lochleven, antigua prisión de María, y guardarlo como rehén precioso que muy en breve pensaba utilizar.
Respiró al fin Isabel, una vez pasado el peligro, y aquella dura experiencia hízola reflexionar en las quiebras que podría traer para ella el conservar por mucho tiempo en sus Estados una prisionera tan temible y peligrosa como María Estuardo. Comenzó, pues, a cavilar la pérfida bastarda en cómo se desharía de ella sin riesgo ni ignominia, e imaginó entonces hacer con Murray un horrible trato, que sólo su hipócrita crueldad femenina hubiera podido concebir. Isabel reclamó del regente de Escocia la extradición de Northumberland, para hacerlo decapitar, y Murray se ofreció a entregárselo, si ella le enviaba en trueque a María, para conservarla en Escocia, de tal manera guardada, que nunca jamás fuera causa de perturbación en ninguno de los dos reinos.
Entendiéronse los dos bastardos y quedó hecho el nefando trato; pero un trágico suceso, providencialmente deparado, vino a salvar por entonces las vidas de Northumberland65 y María Estuardo. El 23 de enero de 1570 Murray fue asesinado en las calles de Linlithgow. El caso fue de esta manera.
Jacobo Hamilton de Bothwell Haugh, de la noble familia de los Hamilton, y uno de los más ardientes partidarios de María, fue hecho prisionero de Murray en la batalla de Langside y confiscados todos sus bienes, según la ley de aquellas guerras civiles, que enriquecía a los vencedores con los despojos del vencido. Poseía la mujer de Jacobo Hamilton unas tierrecillas a orillas del Esk, y allí se había retirado ésta, en la confianza de que aquellos bienes no entrarían en la confiscación, por ser exclusiva de ella la propiedad. Mas ni aun este mísero resto de su brillante fortuna quiso dejarle el rencoroso Murray, y adjudicó el dominio de Woodhauselee, que así se titulaban las tierras, a uno de sus favoritos llamado Belleden. Este hombre malvado y sin entrañas, quiso coronar la injusticia con la crueldad: presentose pues una noche de invierno en Woodhauselee, y sin respeto a la dignidad de la señora ni compasión a su desgracia, arrojola medio desnuda y tal como estaba, en mitad del campo. Sola y desamparada la infeliz señora, vagó toda la noche por un bosque vecino, y allí la encontraron a la mañana siguiente, extenuada y espirante y loca por el terror.
El deseo de vengarse embargó por completo desde aquel instante a Jacobo Hamilton, y ya no tuvo otro pensamiento que el de vengar en la persona de Murray el ultraje hecho a su esposa. Siguiole paso a paso a todas partes, con la perseverancia del hombre que odia y la amarga paciencia del rencor, acechando siempre una ocasión propicia, que se le presentó al cabo en Stirling. Volvía el bastardo de recorrer triunfalmente aquel condado, y al dirigirse a Edimburgo debía atravesar el pueblo de Linlithgow. Tenía allí una casa el arzobispo de San Andrés, tío de Jacobo Hamilton, situada en la calle Mayor, por donde había de pasar el Regente. Corrió Jacobo Hamilton, sin pérdida de tiempo a Linlithgow, y llegó cuatro horas antes que Murray. Era aquel pueblo muy presbiteriano, y encontrolo ya Jacobo todo en conmoción, dispuesto a recibir en triunfo al Regente.
Entró Jacobo Hamilton a hurtadillas en la casa del arzobispo, que estaba deshabitada, por una puerta trasera que daba a una huerta, y dejó en ella preparado otro caballo de refresco, para emprender la fuga una vez consumada la venganza. Ocupose luego en reforzar la puerta de entrada con grandes barricadas, que detuviesen el primer empuje de la multitud que había de perseguirle. Tenía la casa una gran galería de madera, cubierta y muy saliente, que daba a la calle Mayor, por donde había de pasar Murray, y en ella colocó, Jacobo Hamilton su centro de operaciones: esparció por el suelo las plumas de un colchón para ahogar el ruido de sus pasos; colgó en la pared del fondo un gran paño negro para evitar la proyección de su sombra; cargó su arcabuz con cuatro balas, y esperó pacientemente.
Hervía en la calle la muchedumbre y rebosaban las ventanas gente deseosa de saludar al bastardo. Resonaron al fin grandes aclamaciones al principio de la calle, y Jacobo Hamilton se incorporó con el arcabuz en la mano. Vio en efecto adelantarse pausadamente al cortejo. Murray delante, a caballo, seguido y rodeado de una gran multitud que embarazaba la marcha. Caminaba pues muy despacio, y la misma afluencia de gente obligábale a veces a detener el caballo, distribuyendo hacia todas partes saludos y sonrisas. Jacobo Hamilton, rebosando saña pronta ya a satisfacerse, veíale acercarse inmóvil como una estatua. Al llegar frente a la casa del arzobispo, quiso la desgracia de Murray que un remolino de gente le detuviese el caballo algunos segundos, y bastaron éstos a Jacobo Hamilton para enfilarle el arcabuz con certera puntería. Sonó la detonación, y Murray cayó del caballo con las cuatro balas en el vientre.
Pasado el primer momento de estupor y espanto, la multitud, furiosa, pretendió invadir la casa del arzobispo para arrastrar al asesino. Mas ya Jacobo Hamilton había huido por la puerta del huerto en el caballo preparado, y estaba fuera de su alcance.
Algunas horas después murió Murray, en aquel mismo día 23 de enero de 1570.
El signor Roberto Ridolfi era un viejecito alegre, vivaracho, decidor, atento y obsequioso con los grandes, afable y complaciente con todo el mundo. Su cualidad de banquero y presidente o director de la compañía de mercaderes italianos residentes en Londres, poníale en relación con la gente de la banca y del comercio, y las gruesas sumas que a módico interés prestaba a los señores de la nobleza, dábanle influencia y entrada con los principales caballeros de la corte y con los hombres del gobierno.
Pues sucedió que a fines de marzo de 1571, el signor Ridolfi arregló y pagó las cuentas de su banca como para una larga ausencia, y comenzó sus visitas de despedida. Tuvo largas conferencias con el embajador de España, con el obispo de Ross, encargado en Londres de los negocios de María Estuardo, con lord Lumley, yerno del conde de Arundel, y con otros grandes señores de mucha cuenta. Todo muy natural en persona de tantos negocios e influencia.
Cumplidos estos deberes de prudencia y cortesía, el signor Ridolfi salió una noche de Londres con todo el aparato de un rico mercader, y amaneció a los pocos días con todas las trazas de un pobre buhonero, a las puertas del castillo de Chatsworth, donde a la sazón se hallaba encerrada María Estuardo, bajo la guarda, más que benigna, del noble conde de Shrewsburg. Era la condesa católica oculta y muy adicta entonces a María, aunque hubo de darle más tarde serios disgustos; y ya fuese que encantasen a la Shrewsburg las baratijas de los buhoneros, ya que quisiese distraer con ellas por un momento los graves pesares de la Reina, es lo cierto que admitió al punto a su presencia al que llegaba, y ella misma le llevó a la de María Estuardo. Conferenció ésta largo tiempo con el buhonero, sin que lady Shrewsburg desamparase la pieza vecina, y aquel mismo día desapareció aquél de Chatsworth lo mismo que había venido, para darse a luz otra vez, con todo el aparato del signor Ridolfi, a bordo de una galera veneciana que hacía rumbo a Dunquerque.
Los sabuesos de Isabel, con ser tan finos, dejaron escapar en esta ocasión una preciosa pista, porque el signor Roberto Ridolfi era, además de rico banquero y honrado comerciante, un italiano astutísimo y corrido, conspirador de primera fuerza y agente secreto y activo corresponsal en Londres del Santo Padre San Pío V. Si los esbirros de Isabel hubiesen registrado el equipaje y la persona del signor Roberto Ridolfi, hubieran cogido el plan completo y detallado de la nueva conspiración urdida por el duque de Norfolk, constante enamorado de María, y por el obispo de Ross, su fiel servidor de siempre, para libertarla de su prisión inicua.
Tratábase nada menos que de prender, por un golpe de mano, a la reina Isabel y a los señores de su Consejo, y encerrarlos en la Torre de Londres; casar a María Estuardo con el duque de Norfolk, y restablecer al punto el catolicismo en los reinos de Escocia e Inglaterra. Pedíase para ello el auxilio del Papa y de Felipe II, y contábase ya con el apoyo de los más poderosos señores de Inglaterra y el de los partidarios de María en Escocia, que a la muerte de Murray habíanse alzado otra vez numerosos y pujantes.
El duque de Norfolk pedía al rey de España, para esta empresa, 6.000 arcabuceros, 4.000 arcabuces, 2.000 corazas y 25 piezas de artillería, con las municiones y dineros necesarios. Comprometíase por su parte a levantar en Inglaterra 3.000 hombres de a caballo y 20.000 de a pie; y encargarse él de la peligrosa empresa de prender a la Reina y a sus consejeros y de poner en libertad a María Estuardo. Comprometíase también a mantenerse firme por cuarenta días en sus tierras de Norfolk, fronteras a la costa de Holanda, para proteger el desembarco de las tropas que desde Flandes había de mandarle el duque de Alba.
Ridolfi llevaba plenos poderes de la reina de Escocia y del duque de Norfolk para presentar todo este plan al duque de Alba, a San Pío V y a Felipe II, con instrucciones detalladísimas, y éste era el objeto de su misterioso viaje. Dirigiose, en efecto, Ridolfi, primeramente a Bruselas, para ver allí al duque de Alba, pensando marchar luego a Roma para avistarse con el Padre Santo, y dar por último la vuelta por España para tratar el asunto con Felipe II.
Era el gran duque de Alba parco en palabras y generoso en obras, al estilo de aquellos antiguos españoles de que dijo alguno: Eran en sus fazañas, largos para facellas y cortos para contallas. Desagradole pues la pomposa charla de Ridolfi, y calificole en sus cartas a Felipe II, de harto liberal en el hablar.
Escuchole, sin embargo, con grande interés su embajada, y sin dejar escapar su opinión propia, contestó vagamente a Ridolfi. «Solamente le dije en términos generales -escribía a Felipe II- que él podía asegurar a la reina de Escocia y al duque de Norfolk, que V. M. ninguna cosa desearía tanto como verlos fuera de trabajo, y a la dicha Reina restituida en lo que le pertenecía, y la religión católica del todo restaurada, y los que padescen a causa della consolados, y que allende de esto, yo sabía (como otras veces había declarado) que V. M. en esto no pretendía ningún interés, ni quería que la Reina se casase en otra parte que en Inglaterra o Escocia con quien más le pareciese, con tal que fuese un personaje católico, y con quien S. M. pudiese hacer cuenta que tenía buena voluntad; mas que un punto principal le quería yo prevenir por haberme él dicho que quería pasar por Francia; que pues amava las vidas de dicha Reina y duque y todos sus benévolos, le importava a ella y a todos ellos que él guardase secreto, so pena de ser causa de su ruyna, como tengo por cierto que lo sería».
Bastó esto solo para entusiasmar a Ridolfi, y apresurose a enviar desde Bruselas cinco despachos a María Estuardo, al obispo de Ross, al duque de Norfolk, al embajador de España y a lord Lumley, anunciándoles las buenas disposiciones en que había encontrado al de Alba. Sirviose para cifrar estas cartas de un librero flamenco llamado Carlos Bailly, hombre de toda confianza del obispo de Ross; y el buen Ridolfi, harto liberal en el hablar, confiole sin duda al librero sobre el complot algo más seguramente de lo que hubiera dicho el de Alba.
Prosiguió Ridolfi su viaje para Roma a fines de abril, y el día 7 de mayo escribió el duque de Alba a Felipe II una carta de veinte pliegos, que se conserva en el archivo de Simancas, dándole su opinión sobre los planes de Norfolk. Aprobábalos el duque en absoluto en cuanto a sus fines, y hacía presente a Felipe la obligación en que estaba, como rey católico, de ayudar a la santa empresa de libertar a la reina de Escocia y de no desperdiciar la ocasión de restablecer el catolicismo en aquellos reinos. Aprobaba también el matrimonio de María con Norfolk, «el cual -escribía Alba- trabajava todo lo que podía en descifrar y ser buen católico, como jamás dexó de serlo, si bien fue forzado de disimular por un tiempo, pero que todas sus acciones y especialmente la crianza de sus hijos davan testimonio dello».
En cuanto a los medios de acometer la empresa, no juzgaba el duque prudente que Felipe lo hiciese desde luego a cara descubierta, porque bastaría esto solo para poner en contra a los alemanes, por odio sectario, y al rey de Francia, por temores de que fuesen los intentos de Felipe conquistar la Inglaterra. Pero en el caso de que Norfolk se hubiera apoderado ya de la reina Isabel, o muriese ésta de muerte natural o de cualquiera otra muerte, cesaban ya todas las dificultades, puesto que nadie podría atribuir entonces otros intentos a Felipe, que el de apoyar los derechos de María Estuardo a la Corona de Inglaterra.
«Y así me parece -escribía el duque a Felipe- que en tal caso de la muerte de la reina de Inglaterra, natural o de otra manera, o que ella estuviese en poder del dicho duque de Norfolk, V. M. no devría dexar escapar una tan buena ocasión, para llegar al fin que pretende, de la restitución de nuestra santa fee católica en estas islas y del reposo de sus Estados para lo venidero, y que conforme a esto podría responder, que en los términos que las cosas están agora, no conviene a V. M. ni a ellos, que V. M. los assista para comenzar esta empresa, pero que los quiere bien prometer que succediendo uno de los tres casos susdichos, es a saber: de la muerte de la dicha Reina natural, o de otra manera, o que ella cayesse en su poder, los hará assistir de parte de estos países, con los 6.000 hombres que ellos piden, con tal que de su parte haya la correspondencia que dicen, y que no solamente dentro de los cuarenta días que el dicho duque de Norfolk dice poderse sustentar, los hará echar dentro de su tierra, pero dentro de treinta y aun de veinticinco, si el viento fuera propicio, y que en tal caso ellos podrán acudir a mi o a mi sucesor lugarteniente de V. M. en estos Estados; que él tendrá orden y poder absoluto para todo: lo cual, Sire, a mi juicio tengo yo por tan loable y honroso a V. M. y tan fácil a executar, que cuando de improviso yo tuviese nuevas que el uno de los tres casos havía acontescido y ellos estuviessen en pie, no me paresce que yo devría poner dubda en executarlo, sin esperar otra comodidad o mandamiento de V. M., haviendo cuenta que tal es la intención de V. M., y así lo pienso hacer succediendo el caso, si no me mandere el contrario».
Salieron estas cartas de Bruselas el 7 de mayo, y el día 22 teníalas ya en su poder Felipe II. A mediados de junio entró Ridolfi en España de vuelta de Roma, y el 28 fue recibido en Madrid por el Rey. Traía el italiano, además de las credenciales de María Estuardo y de Norfolk, una carta del Santo Padre para Felipe, en que con apremiantes razones, le suplicaba que otorgase a Ridolfi la más entera confianza y tomase a pechos el encargo que había de exponerle, concediendo los recursos que juzgase prudente. Oyole Felipe con su circunspección ordinaria, y remitiole al Escorial, donde le interrogó detenidamente el duque de Feria, y donde se celebró un importante consejo el 7 de julio, cuya minuta se conserva integra en el archivo de Simancas.
Asistieron al Consejo el duque de Feria, el príncipe de Éboli, el Dr. Martín de Velasco, el gran inquisidor arzobispo de Sevilla y el gran prior de San Juan D. Hernando de Toledo. Debatiose la cuestión bajo sus varios aspectos, y todos convinieron en que era lo más prudente y ejecutivo remitirlo todo al duque de Alba, para que obrase él según lo que juzgara más conveniente para el servicio de Dios y del Rey. Así lo escribió éste al de Alba y a su embajador en Londres, encargándole de nuevo el mayor secreto, porque una vez la cosa divulgada, sería poner el cuchillo en la garganta a la reina de Escocia y al duque de Norfolk.
Por desgracia, la primera indiscreción de Ridolfi había ya levantado este cuchillo sobre la cabeza de Norfolk. El librero flamenco Bailly fue detenido como sospechoso, cuando traía a Inglaterra los cinco despachos que en Bruselas le confiara Ridolfi; y aunque la astucia y el valor del obispo de Ross encontraron medio de apoderarse de las cinco cartas antes de que cayesen en manos de Cecil, Bailly fue conducido a la Torre de Londres, y confesó en el tormento todo lo que Ridolfi, tan liberal en el hablar, le había revelado en Bruselas sobre la conspiración. No era esto lo bastante para descubrir la trama de ella; pero era lo suficiente para denunciar su existencia y para que Cecil se mantuviese al acecho y se atreviera a prender al obispo de Ross y a mantenerle bajo estrecha vigilancia.
Una negra traición vino a poco dar al traste con la bien maquinada empresa y a desencadenar los peligros que Felipe II y el duque de Alba habían señalado. Tenía Norfolk un secretario llamado Higford, que meditaba desde mucho tiempo atrás la ruina de su dueño. Había este miserable hecho un escondite bajo la cama del mismo duque, y allí iba depositando los papeles comprometedores que, después de descifrarlos y leídos, le mandaba quemar su dueño. Fue necesario por aquel entonces enviar dinero a los partidarios de María, que se mantenían firmes en Escocia, y Norfolk66 tuvo la malaventurada idea de dar a Higford el encargo. Dejose prender ese traidor, y una vez encerrado en la Torre de Londres, denunció a Cecil el escondite hecho por él mismo en la alcoba de Norfolk. Los papeles encontrados no podían ser más peligrosos. Estaba en primer lugar la cifra de que se servían Norfolk y María Estuardo en su correspondencia; la memoria relativa a la misión de Ridolfi, con todo el plan de los conspiradores y sus nombres; diecinueve cartas de la reina de Escocia y del obispo de Ross, dirigidas a Norfolk, y otra porción de cartas y papeles que comprometían más o menos directamente a centenares de personas, así en Inglaterra como en Escocia.
Aquel fatal descubrimiento sembró el pánico en Londres y en todo el reino. La cólera de Isabel, terrible de suyo y hostigada por el frío ensañamiento de Cecil, estalló con todas sus felonías y crueldades. En veinticuatro horas prendieron y atormentaron los agentes de Cecil a todos los que comprometían los papeles de Norfolk, por muy remotamente que fuese. El embajador de España fue expulsado del reino; María Estuardo incomunicada como el más vil criminal, en solas dos habitaciones del castillo de Chatsworth, y el duque de Norfolk encerrado en la Torre de Londres.
Negó éste al pronto con grande entereza los cargos que le imputaban, creyendo que ninguna prueba podrían presentar en contra suya. Mas cuando vio delante de sí los papeles del escondite, que creía quemados mucho tiempo antes, y pudo comprender la negra traición de su secretario, apoderose de él un amargo desaliento, y ya no negó nada, ni se ocupó de otra cosa que de morir.
Un jurado de veintisiete condes y lores declaró al duque de Norfolk culpable de alta traición, y en virtud de ello fue condenado a muerte. Firmó Isabel varias veces esta sentencia, y otras tantas volvió a revocarla, poniendo en práctica las hipócritas trapacerías con que intentaba demostrar lo compasivo de su corazón y lo misericordioso de su justicia. Hacíala Cecil el juego induciéndola de continuo a firmar la sentencia. Fingió la Reina ceder al cabo; mas quiso antes consultar al Parlamento para encubrir su crueldad con la resolución de éste, y la Cámara de los Comunes, preparada por Cecil, declaró que la vida del duque de Norfolk era incompatible con la seguridad de la Reina, y que debía llevarse el hacha hasta la raíz del mal, haciendo perecer también a María Estuardo. Fingió entonces Isabel consentir, llena de dolor, en la muerte de Norfolk, por dar gusto al Parlamento, y firmó la sentencia; pero con respecto a la reina de Escocia, contestó, con la refinada hipocresía de todos sus cálculos, y la empalagosa cultura de los pisaverdes que hablaban eufemismo en su corte, que repugnaba a su corazón dar muerte al pajarillo que se había refugiado en su seno, huyendo del buitre que le perseguía.
Cruzáronse cartas muy duras entre las dos Reinas, Isabel y María, con motivo de la muerte del duque de Norfolk. Tuvo aquélla la cínica osadía de escribir a la reina de Escocia echándole en cara su ingratitud hacia ella, que la había libertado de la persecución de sus súbditos y de una muerte ignominiosa, y dejándola entrever la posibilidad de encontrarla muy cerca. Contestola María con valerosa arrogancia, negando haber recibido de ella otra cosa que agravios y daños, enumerando la larga lista de unos y otros desde el momento de su llegada a Escocia, y despreciando altivamente sus rencores y amenazas. «Dios, -le decía-, que me ha dado hasta ahora paciencia para sobrellevar la desgracia, me dará, si es necesario, valor para arrostrar la muerte».
¡La muerte!... La muerte de María Estuardo era justamente la idea que batallaba sin cesar en la mente de Isabel y que a cada momento acogía o desechaba, según que dominaba en ella lo fuerte de su rencor o lo cobarde de su hipocresía. Resolvió, pues, acechar en emboscada la ocasión de deshacerse de María sin ignominia ni daño, y varió de táctica con ella. Dulcificó, por de pronto, el rigor de su cautiverio, sin descuidar por eso la vigilancia, y mientras parecía unas veces olvidarse de la existencia de la prisionera, entablaba otras con ella falsos tratos y arreglos encaminados a mantener en su ánimo la esperanza de libertad, e impedirla, de este modo, buscar aquélla esperanza fuera de Inglaterra.
No tardó en presentarse la ocasión que su paciente odio acechaba. Por agosto de 1572 ocurrió en París una catástrofe horrenda, con harta razón condenada y comentada por la historia; tragedia sangrienta, en efecto, que por el enlace que tiene con nuestra historia referiremos, siguiendo paso a paso dos curiosos documentos que de ella tratan. Una carta remitida por el gran duque de Alba al conde de Boussu, gobernador de Holanda, encontrada en los archivos de Mons, y la «Relación del duque de Anjou», después Enrique III, inserta en la colección Petitot.
El 22 de agosto de 1572, el Almirante de Francia, Gaspar de Coligny, jefe de los hugonotes, salió del Louvre a la hora de comer y dirigiose a su casa por la calle de Bethisy. Iba el Almirante pausadamente leyendo una carta, y, al pasar por la casa del canónigo Villemar, antiguo contador del duque de Guisa, disparáronle un tiro de arcabuz con cuatro balas. Arrancole una el pulgar de la mano derecha, y atravesole otra la palma de la izquierda, rompiéndole todos los huesos y viniéndole a salir dos dedos sobre el codo. La puerta principal de la casa estaba defendida, por dentro con fuerte barricada, y preparado en otra falsa un buen caballo español para que el asesino huyese. Imitación todo ello de lo que había sucedido en Lintlithgow cuando el asesinato de Murray.
Llevaron al Almirante a su casa bramando de ira y creyéndole en la agonía, por temor de que las balas estuviesen emponzoñadas. Hubo allí, entonces, gran junta de hugonotes, y resolvieron éstos levantar en el barrio de Saint-Germain 4.000 hombres para caer de improviso sobre el Louvre y matar a la reina madre, al Rey y a sus hermanos Anjou y Alençon, pues a todos juntos designaba el Almirante como autores de su daño. Engañábase, sin embargo, Coligny en lo tocante a Carlos IX, pues según confesión del propio duque de Anjou, él solo y Catalina de Médicis maquinaron la muerte del Almirante, por creer que les arrebataba éste el ascendiente que tenían ellos en el ánimo del Rey. Sintió Carlos el suceso de Coligny, porque fiaba en él harto más de lo que merecía hereje tan peligroso, y enviole a visitar, con su cuñado el rey de Navarra, Enrique de Borbón, que fue luego Enrique IV, y era también hereje hugonote. Habíase casado éste cuatro días antes con Margarita de Valois, la famosa Margot, como la67 llamaban su hermano el rey Carlos y todos los príncipes de su familia.
Recibió el Almirante al rey de Navarra con grandes lamentaciones, y díjole estas textuales palabras que cita el duque de Alba: «Ya sabéis, monseñor, cuánto he servido a monseñor vuestro padre y al difunto monseñor vuestro tío, el príncipe de Condé, y cuánto deseo perseverar con respecto a vos en la misma buena voluntad; pero estando ahora herido de muerte (pues las balas estaban envenenadas), he determinado hacer mi testamento antes de morir, y dejaros en herencia el reino de Francia».
Y entonces descubrió al rey de Navarra el plan que había formado con sus hugonotes, de levantarse en el barrio de Saint-Germain, matar al Rey, a la Reina y a los Príncipes, y proclamarle a él rey de Francia y de Navarra; cosa, en verdad, fácil en aquellos momentos en que la política de la reina madre y sus rencillas con los Guisa habían dejado tomar al partido hugonote en Francia terrible incremento.
Volvió el rey de Navarra al Louvre muy triste y preocupado, porque no bastaba a compensar en su ánimo, todavía generoso y abierto al remordimiento, la esperanza de una Corona, a los desastres que presagiaba. Notole al punto su preocupación la reina Margot, su esposa, y con artificios de mujer y caricias de recién casada, arrancole bien pronto todo lo que el Almirante le había dicho. Asustada Margot, apresurose a dar cuenta del peligro a su madre y al duque de Anjou, y éstos corrieron a prevenir al rey Carlos, proponiendo, como único medio de salvación, la muerte de Coligny y el exterminio de los hugonotes. Apretado Carlos por su madre y por su hermano, consintió al fin, en que se tendiera a éstos el mismo lazo que ellos preparaban; pero exigió, en cambio, que la vida de Coligny fuese respetada. Mas justamente era esta vida la que más querían Catalina y Anjou, y de tal manera oprimieron entonces al Rey, y tales peligros y temores pusieron ante sus ojos, que, exasperado al fin Carlos, dice Anjou en su relación, «se levantó furiosamente y juró por la muerte de Dios que si querían ellos la vida del Almirante se la quitasen en buena hora, pero que no dejasen tampoco vivo un solo hugonote que pudiera reclamar más tarde sobre aquella muerte».
Dicho esto, saliose con gran violencia del gabinete, dejando solos a su madre y a su hermano. Pusieron éstos al punto manos a la obra, y sin moverse de allí en todo el resto del día, la tarde y buena parte de la noche, ocupáronse en combinar, con el duque de Guisa y sus satélites, la bárbara empresa. Convínose en que al toque de maitines dado en la Iglesia de Saint-Germain l'Auyerrois, comenzaría la matanza por el Almirante Coligny, del cual se encargaba el mismo duque de Guisa. Distribuyéronse los puestos, nombráronse los jefes, diéronse, con grande urgencia y sigilo, las complicadas órdenes, y convínose en que los católicos llevarían, para distinguirse en la confusión, un pañuelo blanco atado en el brazo y una cruz blanca en el sombrero. A las doce retiráronse a descansar un par de horas la Reina y Anjou, y muy antes de amanecer ya caminaba el rey Carlos hacia el gran portal de la fachada del Louvre, junto al juego de pelota, donde, en una cámara que daba al patio de entrada, querían esperar el comienzo de la empresa.
No había amanecido aún ni dádose tampoco la señal, y los tres grandes culpables esperaron largo tiempo en la oscuridad, llenos de zozobra. De repente rompió aquel silencio pavoroso un tiro de pistola, que no se supo nunca de dónde venía ni a quién iba dirigido, «y de tal manera se apoderó el terror de nosotros, -dice el duque de Anjou-, y tan claro vimos los desórdenes que iban a cometerse, y las consecuencias de aquella empresa, que, a decir verdad, habíamos meditado muy poco, que sin perder un instante y con la mayor urgencia, enviamos un gentil-hombre al duque de Guisa, para decirle y mandarle expresamente de nuestra parte que se retirase a su casa y se guardase bien de acometer nada contra el Almirante, creyendo nosotros que bastaría esta orden para evitar todo lo demás, puesto que habíamos convenido en que nada se haría en el resto de París hasta haber muerto el Almirante. Pero bien pronto volvió el gentil-hombre diciéndonos que la orden llegaba tarde, porque ya estaba muerto el Almirante y comenzaba la matanza en todos los otros barrios».
El duque de Guisa había en efecto adelantado, por su propia iniciativa, la hora de atacar la casa de Coligny, y he aquí cómo describe el duque de Alba aquella horrorosa escena: «El 24 de agosto, día de San Bartolomé, entraron a la una de la noche en casa del Almirante, los duques de Guisa y de Aumale y el caballero de Angulema. Subieron a la cámara del Almirante algunos de su séquito, y encontraron allí a las gentes de éste espada en mano para defenderle. Pronto, sin embargo, fueron todos desarmados o muertos, y viendo esto el Almirante, tendiose otra vez en su lecho, fingiéndose cadáver; mas tiraron de él por el brazo herido y le sacaron fuera. Y como el señor de Cousin le creyese muerto verdaderamente y quisiera tirarle por la ventana abajo, apoyó el Almirante el pie en la pared para impedirlo, por lo cual le dijo Cousin:
»-¡Ah, viejo raposo!... ¿Así te finges el muerto?...
»Y al decir esto, tirole por la ventana al patio de la casa, gritando al duque de Guisa, que allí aguardaba:
»-¡Ahí va, monseñor, el traidor que asesinó a vuestro padre!...
»Acercose Guisa al Almirante, oyendo esto, y le dijo estas palabras:
»-¡Ya estás aquí, malvado!... ¡No permita Dios que manche yo mis manos con tu sangre!
»Y dándole un puntapié, apartose algunos pasos. Llegose entonces otro y diole un pistoletazo en la cabeza, y ya muerto, comenzaron a arrastrarle por la ciudad en un cesto. Cortole, al cabo, la cabeza un caballero con un cuchillo, y poniéndola en la punta de su espada, la llevaba por las calles gritando:
»-¡Ésta es la cabeza del malvado que tanto daño ha hecho al reino de Francia!
»Quisieron los del Parlamento recoger el cuerpo del Almirante para ejecutar la sentencia de colgarlo, dada contra él cuando su rebelión primera; mas de tal manera le habían destrozado, que les fue imposible encontrar los pedazos. Si los Guisa hubieran detenido cuatro horas todo esto, el Almirante hubiese hecho con ellos lo que ellos hicieron con él, y hubieran matado además al Rey y a su hermanos. Después de esta primera jornada fuéronse a casa de la Rochefoucault y le mataron también, lo mismo que a cuantos hubieron a la mano, entre ellos Bricquemault, el marqués de Retz, Lespondilles, Telligny y hasta sesenta y dos caballeros de mucha cuenta, que quedaron muertos por las calles. Al mismo tiempo asesinaban los católicos y los guardias del Rey a los hugonotes por todo el resto de París y los despeñaban en el río; y tal prisa se dieron, que en muy poco tiempo mataron más de 3.000. A los caballeros principales arrojábanles en los pozos y en los muladares donde se tiran los animales muertos. En Rouen han matado 10 ó 12.000 hugonotes y en Meaux y Orleans han despachado a todos.
»El señor de Comicourt estuvo después de todo esto a despedirse de la reina madre, y le pidió la respuesta a la comisión que llevaba, a lo cual contestó ella que no podía responder nada más oportuno que lo que dijo Jesucristo a los discípulos de San Juan, y le añadió en latín: Ite, et nuntiate quae vidistis et audivistis: caeci vident, claudi ambulant, leprosi mundantur, etc. Díjole también que no se olvidara de decir al duque de Alba: Beatus qui non fuerit in me scandalizatus, y que siempre existiría mutua y buena correspondencia entre ella y el Rey Católico».
Llegaron todas estas nuevas a la corte de Inglaterra, no como las referimos nosotros en su versión más benigna, que ya era bastante, sino aumentadas y ponderadas por la rabia y el terror de los herejes. Acogiolas Isabel con la misma rabia y el terror mismo, y encontró en ellas la ocasión de llevar a cabo su idea fija, entregando a María Estuardo al furor de los herejes, como víctima católica en que podían saciar las más crueles represalias.
Fiel siempre a su cautelosa hipocresía, tan sólo comunicó su proyecto, muy en secreto, al vil Leicester, su favorito entonces, y a Cecil, cuyo odio a María, si no superaba al de Isabel, le corría parejas. Parecíales a todos harto temerario dar muerte a María en Inglaterra, y querían más bien hacerla perecer en Escocia a manos de sus súbditos, y tratándolo antes con el Regente, como en tiempos de Murray ya se había intentado. A la muerte de éste habíale sucedido en la regencia, por intrigas de Isabel, el conde de Lennox, asesinado también antes de los dos años, el 4 de septiembre de 1571. Nombraron luego al anciano conde de Mar, influido y dirigido por Morton, y con estos dos personajes resolvió Isabel negociar su proyecto.
Envió pues a este propósito a Escocia a sir Enrique Killegrew, cuñado de Cecil, con dos misiones, una pública y otra secreta. Consistía la primera en reconciliar con el Regente y con Morton, en interés del protestantismo, al laird de Grange y a Lithington, que se les habían separado, haciéndose fuertes en el castillo de Edimburgo; y reducíase la segunda a concertar con el regente Mar y con el conde de Morton la muerte de María Estuardo.
Diole esta última misión la misma reina Isabel delante de Leicester y de Cecil, y en las instrucciones, escritas todas de manos de éste, encargábasele hacer comprender a los condes de Mar y Morton, que la vida de María era incompatible con la seguridad común de ambos reinos, y que no convenía deshacerse de ella en Inglaterra, sino hacerla perecer en Escocia, entregándola a sus súbditos rebeldes. Ordenábasele también emplear toda su astucia y toda su destreza en obtener del Regente y Morton que reclamasen ellos la víctima sin parecer provocados por Isabel, a fin de que recogiese ésta los sanguinarios provechos de la trama sin incurrir en el odio y la vergüenza.
Saliose Killegrew de Londres el 1.º de septiembre, y encontró la Escocia tan conmovida y revuelta con la matanza de San Bartolomé como lo estaba la misma Inglaterra. Púsose de acuerdo con el viejo Knox, que había llegado a Edimburgo, paralítico de medio cuerpo, por una apoplejía, pero en estado aún de tronar desde el púlpito con su furiosa elocuencia contra los católicos, y de concitar las iras y los odios de los herejes contra María Estuardo. Con esta poderosa ayuda, no costó mucho trabajo a Killegrew decidir a Morton al crimen proyectado; pero el regente Mar, más astuto o menos perverso, resistiose a ellos con pretextos varios; y como se impacientase Isabel con tales demoras, escribieron a Killegrew sus dos cómplices, Leicester y Cecil, el 29 de septiembre en estos términos encubiertos:
«Ocupaos, con el mayor secreto y urgencia, del negocio que tenéis entre manos. Cada día y cada hora que pasa nos hace ver más clara la necesidad de llevarlo a efecto, y mayor todavía debe ser el interés que ahí tengan, si consideran su seguridad particular, el estado de su país y el interés de la religión, todo lo cual peligra más para ellos que para nosotros... Exageradles todos estos peligros, si ellos no los ven bastante, y creed que no podéis hacer cosa mejor que daros prisa».
Diósela Killegrew, en efecto, y después de varias conferencias con el Regente y con Morton sobre el gran negocio (the great matter), como le llamaban ellos, convinieron éstos en desembarazar a Isabel de su rival María Estuardo, dándola muerte a las cuatro horas de haberles sido ésta entregada. Tales condiciones de dinero y responsabilidades pusieron sin embargo los dos condes escoceses, que ni la avaricia ni la hipocresía de Isabel pudieron admitirlas; y cuando de nuevo comenzaba a entablar repugnantes transacciones y mezquinos regateos para llegar a un acomodamiento, vino Dios a quitarle otra vez la presa de las manos con la muerte repentina, y con sospecha de envenenamiento, del regente Mar, que pagó al cabo sus maldades el 28 de octubre de aquel mismo año.
Con lo cual, de los cuatro regentes que usurparon la soberanía de María Estuardo y sus derechos de madre, dos, Murray y Lennox, murieron asesinados; Mar pereció de muerte repentina y sospechosa, y Morton, que sucedió a éste, había de morir más tarde, violentamente también, en lo alto de un patíbulo.