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ArribaAbajo- VI -

Mientras tanto, languidecía la reina de Escocia en su cautiverio, traída y llevada de castillo en castillo, por cualquier capricho o suspicacia de Isabel. Cada día que pasaba matábale una esperanza, y así vio transcurrir diez años de su vida, desde el 72 al 82, lentos en su amargura y horribles en su monótono padecer. Las humedades de Sheffield habíanle producido un reuma en el brazo, y su antigua enfermedad del hígado, exacerbada por las penas, angustias y sobresaltos, causábale a veces, crueles torturas. La tribulación era, sin embargo, para el alma de María lo que la impetuosa corriente de un río para las piedrecillas que lleva en su seno: que las labra y suaviza y abrillanta y convierte en superficie tersa y pulida lo que era antes aspereza y tosquedad. De este modo, aquel rudo y continuo batir de la desgracia, iba purificando el alma de María, y labrando en ella ese trono inmutable y tranquilo en que se asientan, confundidas y abrazadas, como madre e hija que se estrechan en la desgracia, la santa resignación cristiana y su hija predilecta, la suave y dulce paciencia.

Ocupaba la triste prisionera la mayor parte del día en ejercicios devotos, y las horas que hurtaba al sueño o a la vigilancia de sus carceleros, empleábalas en despachar la numerosa correspondencia con que mantenía la fe y la esperanza entre sus partidarios más leales, y la amistad y el cariño entre los príncipes sus aliados y sus parientes de Francia. A veces renacían en ella antiguas aficiones poéticas, y en alguna de estas horas de triste inspiración debió de escribir los siguientes versos, encontrados después de su muerte, escritos de su propia mano y sin fecha ninguna:


Que suis-je helas!, et de quoy sert ma vie?
Je ne suis fors qun corps privé de cueur,
un ombre vain, un objet de malheur,
qui n'a plus rien que de mourir en vie.
Plus ne portez, o ennemis, d'envie
a qui na plus lesprit á la grandeur!
Ja consommé d'excessive doulleur,
votre ire en brief se voirra assouvie;
et vous, amys, qui m'avez tenu chére,
souvenez-vous que sans heur, sans santay,
je ne sçaurois auqun bon oeuvre fayre:
Souhatez donc fin de calamitay;
et que lá bas estant assez punie
j'aye ma part en la joie infinie!



Fuera de esto, eran su mayor recreo las labores de aguja, en que siempre fue tan consumada maestra, y la inocente diversión de cuidar y educar pájaros y perros. «Mr. de Glasgow, -escribía al arzobispo de este nombre, su embajador en Francia-, ruégoos que me volváis a mandar tórtolas y gallinas de Berbería, para ver si puedo aclimatarlas en este país. Mucho gusto me daría poder criarlas en jaulas, como hago con todos los pajaritos que puedo encontrar». Y en otra ocasión le decía: «Si el Sr. cardenal de Guisa, mi tío, ha ido a Lyon, estoy segura que me enviará una pareja de perritos, y vos me compraréis otra, porque fuera aparte de leer y bordar, no tengo otro entretenimiento que el de los animalitos que puedo procurarme. Será necesario enviar los perritos en cestas y bien abrigados».

Por este tiempo tuvo la infeliz reina un inmenso consuelo, que nunca, hasta el instante de su muerte, le había ya de faltar. Por mediación y orden del Santo Padre San Pío V, que tanto la amó y protegió siempre, pudo proporcionársele un sacerdote católico, que vivía con ella, desconocido de todo el mundo bajo el disfraz de un criado, le decía misa secretamente, le administraba los Sacramentos, y mantenía de continuo en la propia cámara de ella, y en un oculto sagrario, el Santísimo Sacramento. Las leyes atroces y las persecuciones horribles que existían entonces contra los sacerdotes católicos, y el lujo de precauciones que naturalmente tomaban éstos para evitarlas, han borrado las huellas de quiénes y cuántos fueron estos oscuros héroes que partieron el cautiverio de la reina de Escocia. Cábele, sin embargo, la honra a la Compañía de Jesús de haber suministrado a la Reina uno, por lo menos, de estos atrevidos capellanes, y fue éste el insigne padre Nicolás Gradano, flamenco de nación, cuyo retrato, con el disfraz de caballero que entonces se usaba, se ve en una galería del Real Colegio de Loyola.

A veces llegaban a la desdichada prisionera ráfagas de esperanza, que despertaban en su corazón los trabajos de sus partidarios, y que volvían a caer como cae el viento, sin esfuerzo, sin ruido y sin vacío, en su ánimo acostumbrado al desengaño, y abierto ya tan sólo a cosas de mayor cuantía de las que puede dar de sí la tierra. Tal fue el proyecto del Santo Padre Gregorio XIII, sucesor de San Pío V, y no menos ardiente defensor de María, de proclamarla reina de Inglaterra y de Escocia, y casarla con D. Juan de Austria, el héroe de Lepanto y de Túnez, que podía, según carta del Papa a Felipe II, servir bene á quella impresa per il valore et per la felicitá che porta seco. Gregorio XIII había de fulminar otra bula como la de San Pío V, excomulgando y deponiendo de nuevo a la herética Isabel, y el Rey Católico ayudar a la empresa con gente de guerra, mandada por el mismo D. Juan de Austria. La frialdad68 con que acogió Felipe II la calurosa recomendación del Padre Santo, así en 1574, cuando imaginó por vez primera la empresa, como en 1577, cuando volvió a proponerla, ofreciéndose también a mantenerla con gruesas sumas de dinero, hízola fracasar por completo.

Un proyecto hubo, sin embargo, que sacó a María Estuardo de su abatimiento, y despertó en ella de nuevo todas las vehemencias de su amor de madre y todas las energías de su carácter de Reina. Llevaba ella un clavo en el corazón, cuya herida se enconaba cada vez más, a medida que corría el tiempo... Su hijo, el tierno príncipe Jacobo, secuestrado por los rebeldes desde el cautiverio de María en Lochleven, educábase en la herejía bajo la dirección de Pedro Young, el amigo y discípulo del gran hereje Teodoro de Béze y del infame falsificador de los sonetos de Bothwell, Jorge Buchanam. Crecía el niño en edad, y afirmábase más y más en la herejía y en el odio a la Iglesia católica, y era esto un horrible y continuo torcedor para la madre ortodoxa, que veía perderse el alma de su hijo, y para la Reina católica, que veía venir en pos de sí, para la desgraciada Escocia, un rey, y rey Estuardo, herético y enemigo de la verdadera Iglesia. Y tan grande fue la lucha entre su ternura de madre y su deber de reina católica, que se agravaron sus males primero, y como se viese muy apretada después y se creyera en riesgo de muerte, venció al fin la reina a la madre, y escribió, en febrero de 1577, este heroico testamento, que revela la pureza de su fe y el celo que por ella tenía, y los grandes y puros sentimientos que le sacrificaba:

«Juzgando por mi condición presente lo incierto de la vida humana, que nadie puede ni debe asegurar sino esperando en la infinita misericordia de Dios, y queriéndome yo escudar con ella contra todos los peligros y accidentes que pudieran sobrevenirme inesperadamente en mi cautiverio, inclusas las grandes y largas enfermedades que he sufrido hasta el presente, he determinado, ahora que tengo lugar, razón y juicio, proveer a la salud de mi alma, al entierro de mi cuerpo y a la disposición de mis bienes, estados y asuntos, por el presente testamento y ordenanza de mi voluntad, que es como sigue:

»En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Reconózcome primeramente indigna pecadora, con más ofensas cometidas contra mi Dios, cuya bondad alabo, que satisfacciones he podido darle con todas las adversidades que he sufrido. Y apoyándome en la Cruz de mi Salvador y Redentor Jesucristo, encomiendo mi alma a la bendita e individuada Trinidad, a los ruegos de la gloriosa Virgen María y de todos los ángeles, santos y santas del paraíso, esperando que, por su intercesión y méritos, alcanzaré participar con ellos de la bienaventuranza eterna. Y para llegar a ella con el corazón más limpio y más puro, quiero despojarme desde ahora de todo resentimiento de las injurias, calumnias, rebeldías y otras ofensas que hayan podido inferirme durante mi vida mis súbditos rebeldes y otros enemigos, remitiendo a Dios la venganza y suplicándole que les perdone a ellos, con tantas veras como yo le pido a Él que me perdone a mí, y lo mismo a todos aquéllos o aquéllas a quienes haya podido ofender yo de palabra o de hecho.

»Quiero y mando, etc. (Siguen dos párrafos relativos al lugar y circunstancias de su entierro, y luego dice):

»Para no impedir la gloria, honor y conservación de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en la cual quiero vivir y morir, mando que, si mi hijo el príncipe de Escocia abandona la herejía de Calvino, en que con gran sentimiento mío le han educado mis rebeldes, y abraza la santa fe católica, sea él mi solo y único heredero en mi reino de Escocia, en los justos derechos que tengo a la Corona de Inglaterra y a los países que de ella dependan, y, en general, de todos y cada uno de mis bienes muebles e inmuebles, que queden después de mi muerte y de la ejecución del presente testamento.

»Pero si mi dicho hijo continúa en la dicha herejía, cedo, transfiero y hago donación de todos y cada uno de los derechos que tengo a la Corona de Inglaterra, y de cualesquiera otros derechos señoriales o reales que dependan de ella, al Rey Católico o a aquél de los suyos que éste designare, con acuerdo y consejo de Su Santidad. Lo cual hago tanto por reconocerle hoy como el único apoyo seguro de la religión católica, como por gratitud a los favores que yo y los míos hemos recibido de él en las mayores necesidades, y también como resguardo a los derechos que pueda pretender él mismo en los dichos reinos y países.

»Pídole, en cambio, que contraiga alianza con una de las casas de Lorena o de Guisa, en memoria de la familia de que vengo por parte de mi madre, puesto que del lado de mi padre no existe sino mi hijo; al cual destiné siempre, de ser católico, para una de sus hijas, y a falta de éstas, para una de sus sobrinas, etc».

En esta disposición de ánimo seguía María Estuardo, con ansiosa mirada de madre y de reina, la marcha del gobierno y la corte de Escocia, cuando apareció en ésta de repente el joven escocés Esmés Estuardo, llamado lord Aubigny por el nombre de unas tierras que poseía en Francia. Era Esmés Estuardo hijo de Juan Estuardo, hermano segundo del conde de Lennox, abuelo del príncipe Jacobo, y, por lo tanto, pariente muy cercano de éste.

La llegada de Aubigny a la corte de Escocia prestose a grandes interpretaciones: decían unos que venía a reivindicar en favor suyo la sucesión a la casa de Lennox, lo cual era cierto, y murmuraban otros, que Aubigny era católico y hechura de los Guisa, y traía a Escocia una misión secreta de éstos, lo cual era también rigurosamente exacto.

Educado Aubigny en el refinamiento y elegancia de la corte de Francia, reunía a su arrogante figura el encanto, la distinción de maneras y hasta la elegancia en el vestir, que tan poderosa influencia tuvieron siempre en el ánimo frívolo y afeminado del príncipe Jacobo. Poseía, sin embargo, el joven escocés, además de este barniz dorado y vistoso que tanto luce en una corte, un sólido buen sentido y un natural bueno y recto. No es extraño, por lo tanto, que desde el primer momento se apoderase del ánimo de su real pariente, que tan dado fue hasta en su vejez a dejarse dominar por favoritos. Concediole, pues, a los pocos días de su llegada, la sucesión al Condado de Lennox que Aubigny solicitaba, elevándolo a la categoría de duque; y no poco a poco, sino de prisa y casi de un golpe, hízole después gobernador del castillo de Dumbarton, capitán de sus guardias, primer Lord de la Cámara y Lord gran Chambelán.

Fuerte ya con esto el nuevo duque de Lennox, y bien asegurado del ánimo de Jacobo, dispúsose a la grande empresa de derribar al regente Morton, lo cual consiguió con ayuda del capitán Stewart, favorito también del Príncipe. Stewart acusó públicamente a Morton, en pleno Parlamento, de complicidad en el asesinato de Darnley, y el poderoso regente cayó desde lo alto de su poder y fue juzgado y sentenciado a muerte, con grande espanto de los herejes y alarma de la reina de Inglaterra, que miraba en él un fuerte apoyo y un fiel aliado. Matáronle el 2 de junio de 1581, en una máquina muy semejante a la guillotina de hoy, que el mismo Morton había introducido en Escocia y bautizado con el burlesco nombre de «La niña» (The maiden).

Alentada María Estuardo con el catolicismo de Lennox, que muy en secreto le habían avisado, púsose en comunicación con él por medio del embajador de España en Londres, D. Bernardino de Mendoza, y por mediación también de éste mismo, logró del famoso Roberto Persos, de la Compañía de Jesús, que enviase a Escocia dos jesuitas con el fin de alentar y consolar a los afligidos católicos de aquel reino, y de inquirir al mismo tiempo hasta qué punto había arraigado la herejía en el ánimo del príncipe Jacobo.

Fueron los enviados el P. Guillermo Walsh y el P. Juan Albercombry: recorrió el primero, bajo diversos disfraces y desafiando peligros sin cuento, gran parte de Escocia, y el segundo disfrazado de halconero y al amparo de Lennox, estuvo al lado de Jacobo el tiempo necesario para comprender con cuánta razón había dicho de aquel príncipe antojadizo, débil y presumido, su maestro Buchanam: «No he podido hacer de él más que un pedante». Mas aquel pedante que no amaba a su madre como era natural, ni destestaba a su tía Isabel, como parecía lógico, hallábase a la sazón bajo el dominio y la influencia de Lennox, y éste se comprometía a llevarle por donde más pronto se llegara a la libertad de la reina de Escocia y al restablecimiento del catolicismo en aquel reino.

Marchó, pues, el P. Walsh, de Edimburgo a París, con estas informaciones, y allí dio cuenta de ellas en una reunión secreta habida en casa del embajador de España D. Juan Bautista Tassis. Asistieron el arzobispo de Glasgow, el duque de Guisa, el nuncio del papa Castelli, el Dr. Allen, rector del Seminario inglés de Reims y el P. Claudio Mathieu. En ésta y otras reuniones sucesivas, celebradas con el mayor secreto, ora en casa del duque de Guisa, ora en la Embajada de España, discutiose y aprobose el plan de organizar una invasión en Inglaterra, a nombre del Santo Padre Gregorio XIII. Felipe II debía suministrar todo el dinero necesario para levantar y sostener las tropas de desembarco, al frente de las cuales habían de ponerse el duque de Guisa en Inglaterra y el de Lennox en Escocia. Era el objeto de la expedición libertar a María Estuardo, restituirla en el trono de Escocia, asociada con su hijo, y restablecer el catolicismo en aquel reino.

Concertados todos, y señalado a cada uno su puesto, marcharon por orden del Padre Santo a Edimburgo dos jesuitas, Chreigton, escocés, y Holt, inglés, con cartas credenciales del arzobispo de Glasgow, del duque de Guisa y del embajador don Juan Bautista Tassis, para el duque de Lennox en Edimburgo, para don Bernardino de Mendoza en Londres, y para María Estuardo en Sheffield.

Avistose Chreigton con Lennox en Dalkeith, y mientras tanto, Holt llevó las cartas destinadas a la Reina y a don Bernardino de Mendoza, y volvió a Edimburgo con las respuestas de éste y de aquélla. Era entonces tan grande el odio de la reina Isabel al clero católico, y en particular a los jesuitas, y tan terribles las órdenes para perseguirlos y exterminarlos, que necesitábase para hacer aquel viaje verdadera vocación de mártir. Emprendiolo, sin embargo, el P. Holt con grande ánimo de sacamuelas, a pie y llevando la carta oculta en un espejo, construido con grande arte, que le dio don Bernardino de Mendoza. «Justamente, -escribía éste a Felipe II-, respondí al de Lenos (Lennox) con el despacho de la reina de Escocia, el cual llevó el mismo que truxo, que fue a pie para más seguridad, y en figura de sacamuelas como vino, y con un espexo que hice, dentro del cual van las cartas, de manera que no hay que imaginar persona que las lleva».

Informado Lennox por el P. Chreigton de todos los planes formados en París, aceptolos con entusiasmo, y el 7 de marzo de 1582 escribió al embajador de España, don Juan Bautista Tassis, la siguiente carta, cuya traducción española se conserva en el archivo de Simancas:

«Vuestro Rey y el Papa, paréceme que desean servirse de mí en el designio que traen entre manos para la restauración de la religión cathólica y la libertad de la Reyna de Escocia, según que el jesuita Criton (Chreigton) me ha referido; y creyendo que esta empresa se hace por el bien y la conservación de la dicha Reyna de Escocia y del Rey su hijo, y que a ése le será sustentada y mantenida su Corona con el consentimiento de la Reyna su madre, estoy aparejado de emplear mi vida y hacienda para execución de la dicha empresa, etc., etc».

El mismo día escribió Lennox a la reina de Escocia otra carta, que, enviada por ella a don Bernardino de Mendoza y por éste a Felipe II, se conserva también en el archivo de Simancas, y dice de esta manera:

«SEÑORA: Después de haberos escrito, ha venido a verme un jesuita llamado Guillermo Criton (Chreigton) con credenciales de vuestro embajador, y me ha hecho saber que el papa y el Rey católico habían convencido en socorreros con un ejército para restablecer la religión en estas islas, libraros de vuestra cautividad y sostener vuestro derecho a la Corona de Inglaterra, habiendo convenido también en que sea yo el jefe de ese ejército. Después ha recibido, por medio de otro jesuita inglés (el padre Holt), una carta del embajador de España residente en Londres, a este mismo propósito. En cuanto a mí, señora, si es vuestra voluntad que esto se haga y que yo lo emprenda, lo haré fielmente; y tengo la seguridad de que si ellos cumplen su promesa y los católicos ingleses mantienen también la suya, la empresa tendrá feliz éxito, y, o pierdo yo la vida, o recobraréis vos la libertad. Por lo tanto, suplícoos humildemente que me aviséis con premura por medio del embajador de España en Londres, por el cual envío esta carta, cuál es vuestra voluntad sobre este punto, para seguirla yo si la empresa os parece aceptable. En cuanto reciba vuestra respuesta saldré para Francia, con el pretexto de atender a mis negocios, por seis meses, y levantaré allí gentes de guerra francesas y extranjeras y las traeré a este país. No hay que temer por mi vuelta, pues teniendo aquí el ejército que me ofrecen, que son 15.000 hombres de Escocia e Inglaterra, yo os prometo por mi vida que sabré desembarcar. Tenga, pues, V. M. valor y confianza, porque por todas partes encontrará servidores prestos a dar la vida por vuestra causa. Yo pido tan sólo que al dar cima a esta empresa, sea reconocido vuestro hijo por rey con vuestro consentimiento. No es necesario decirle todavía nada de esto, ni tampoco a los lores, hasta que el ejército esté presto y seguro; porque estoy cierto de que a mi vuelta se me juntarán las dos terceras partes de Escocia, viendo la gente que traigo; y podría ser que muchos titubearan ahora por el miedo de perder sus bienes si por desgracia fracasara la empresa. Y no teniendo ésta otro objeto que el de saber vuestra voluntad, y lo que os dignáis mandarme, ruego a Dios, señora, que os dé larga y feliz vida. -De Dalkeith, a 7 de marzo. -Siempre vuestro muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor, Lennox».




ArribaAbajo- VII -

Renacieron con esto las esperanzas de María con más fuerza que nunca, y, a través de las oscuras tinieblas de su prisión, creyó columbrar todavía un porvenir tranquilo y dichoso. Vivir al lado de su hijo, arrancar de su alma la herejía y ver restablecido el catolicismo en Escocia, era para la desgraciada prisionera mucho más de lo que en sus ensueños más lisonjeros, y después de tanto desengaño, hubiera podido imaginar.

Apresurose, pues, a escribir a unos y otros, recomendando la prudencia y el sigilo y templando los entusiasmos harto indiscretos; y algo debió temer, sin duda, de la inexperiencia de los jesuitas en materia de conspiraciones, cuando en la larga carta que escribió a D. Bernardino de Mendoza con fecha del 8 de abril, fijando los puntos principales de la empresa, pone el siguiente párrafo:

«La demanda que os han dado esos jesuitas de ir a verlos a Roan, demuestra que su experiencia en negocios de Estado no corresponde al celo que tienen por la religión; es necesario, por lo tanto, advertirles bien y avisarlos con frecuencia el modo de conducirse en lo que concierne al Estado, porque, si no, podrían los pobres errar por falta de buena dirección, como podréis juzgar por la propuesta que me hicieron, de enviar como embajadores a los dos hijos de milord Seyton, siendo tan jóvenes y tan poco prácticos, que sería un despropósito confiarles una negociación en que va mi vida y el Estado entero de mi hijo, si llegara a descubrirse. Además de que por ningún concepto quiero que aparezca que estas negociaciones se hacen en mi nombre; y si la necesidad requiere que yo intervenga, he pensado ya en otros medios más seguros que emplear. Podéis, pues, advertir a los dichos jesuitas que, en lo que se refiere a las dichas comisiones, no quiero de ninguna manera que se negocie en mi nombre nada de lo tocante a la empresa; aunque, si lo exige la necesidad, estaré pronta siempre a exponer mi vida la primera. Por eso no he querido enviar a nadie a tratar de mi parte con Su Santidad y con el señor Rey, vuestro amo, hasta estar completamente segura de su intervención».

Todo cayó, sin embargo, esta vez como había caído tantas otras; mas no hubo por fortuna, en esta ocasión, ni indiscreciones que irritan y comprometen, ni traiciones que dejan sentimientos de rencor y deseos de venganza. La sola suspicacia de Isabel bastó para destruirlo todo, dando un palo de ciego, cuyo alcance y consecuencias no pudo ella misma en aquel entonces sospechar. No habían escapado a su vigilancia las tendencias católicas que imprimía Lennox a su gobierno, y atenta siempre a conservar su influencia en Escocia, resolvió derribarle y apoderarse por completo del ánimo y aun de la persona del príncipe Jacobo. Soliviantó, pues, con su arte de costumbre a los lores y ministros herejes, y procurándoles toda clase de auxilios, decidioles a dar un atrevido golpe de mano.

El 23 de agosto de 1582 convidó el conde de Gowrie, a Jacobo a una cacería en su castillo de Ruthwen; nombre siniestro en que parecen vinculados por aquella época la traición y el odio al catolicismo. Aceptó Jacobo sin la menor desconfianza, y fuese solo con reducida escolta al castillo en que le esperaban los lores vendidos a Isabel. Lennox hallábase en Dalkeith y el otro favorito Stewart, hecho ya conde de Arran, habíase quedado en Kinneil. Jacobo, encontró el castillo de Ruthwen ocupado por fuertes destacamentos de gente armada, y reunidos en él a todos los lores amigos del difunto Morton, con Glammis, el antiguo tutor, a la cabeza. Hízole este aparato de fuerza sospechar la traición que maquinaban, y quiso retroceder; era ya tarde, sin embargo, y el mismo Glammis se atravesó en el umbral de la puerta y le empujó rudamente hacia adentro, diciéndole que jamás saldría de allí sin su licencia y que nunca volvería a ver a sus favoritos Stewart y Lennox.

Atónito ante semejante ultraje el pobre príncipe, que sólo contaba diecisiete años, no tuvo otra respuesta que la de echarse a llorar; y como uno de los presentes, que le había conocido niño, se enterneciese y quisiera interceder, gritole Glammis groseramente:

-¡Dejadle llorar!... Más vale que corran lágrimas de chiquillo, que sangre de hombres con barbas.

Encerraron luego a Stewart en el castillo de Dunbar, y prendieron después a Lennox y le enviaron desterrado a Francia; siendo gran maravilla, que no se alcanza a comprender, cómo les dejaron escapar con vida aquella turba de felones.

Este último golpe acabó con las fuerzas de María, reanimadas un momento por la esperanza; mas al ver de nuevo a su hijo en poder de los herejes y bajo la estrecha vigilancia de Isabel, su aflicción no tuvo límites y rayó en la desesperación, y con toda la vehemencia de la angustia y toda la elocuencia del dolor, escribió a Isabel una carta, verdadero grito del alma, que fue a perderse en las sordas orejas de la bastarda, como se pierde el lamento de un moribundo en las áridas soledades de un desierto.

«No puedo más, señora -le decía-; no puedo sufrir más tiempo, y necesario es que antes de morir descubra a los autores de mi muerte. A los criminales más viles que están en vuestras cárceles y han nacido vuestros súbditos, se les oye su defensa y se les hacen conocer sus acusadores y su acusación. ¿Por qué no se hace lo mismo conmigo, Reina soberana, vuestra parienta más próxima y heredera legítima?... Pienso, señora, que esta última cualidad es la principal causa que inspira a mis enemigos sus calumnias para tenernos así divididas y deslizar entre nosotras sus injustas pretensiones. Mas ¡ay!, que ya no tienen razón ni necesidad de atormentarme más bajo este respecto, porque os juro por mi honor, señora, que yo no espero hoy por hoy otro reino que el de mi Dios, al cual llegaré pronto, preparada por tantas aflicciones y adversidades... Por la dolorosa pasión de Nuestro Salvador y Redentor Jesucristo, suplícoos, pues, señora, una vez más, que me permitáis retirarme fuera de este reino, a cualquier rincón tranquilo, donde pueda encontrar algún alivio para mi pobre cuerpo, tan trabajado por continuos dolores, y la suficiente libertad de conciencia para preparar mi alma a comparecer ante Dios, que diariamente la llama. Vuestra prisión, sin ningún derecho ni justicia, ha destruido ya mi cuerpo. Sólo me queda el alma, a la cual podríais también cautivar concediéndome lo que os pido. Dadme pues el contento, antes de morir, de ver terminada entre nosotras toda clase de disensiones, para que mi alma, libre ya del cuerpo, no tenga que presentarse delante de Dios con quejas de las sinrazones que me habéis hecho sufrir aquí abajo, sino que pueda, por el contrario, salir de esta cautividad y presentarse a Él en paz y concordia con vos, al cual pido os haga oír benignamente mis justísimas y más que razonables quejas».




ArribaAbajo- VIII -

El 17 de enero de 1584, don Bernardino de Mendoza69, embajador en Londres de Su Majestad Católica el señor rey D. Felipe II, recibió un mensaje poco cortés del secretario de Estado Francisco Walsingham, citándole en su casa para el día siguiente, a las diez de la mañana. Ofendió a don Bernardino la sobrada llaneza del mensaje, porque para él, rancio católico y gran señor del más puro linaje castellano, tan sólo era Walsingham, lo mismo que Cecil, un advenedizo intrigante, enemigo de la nobleza, y un hereje cruel y pérfido, perseguidor de los católicos. Disimuló, sin embargo, D. Bernardino su enojo, y a la mañana siguiente, a la hora precisa, salió de su casa en un gran caballo de gualdrapas de oro y seda, precedido y seguido de todo el aparato de lacayos, pajes y gentileshombres de la Embajada.

Entráronle en la sala del Consejo, y vio allí sentados a lo largo de una mesa, a guisa de tribunal, a Walsingham, Hunsdon, el gran Chambelán Howard y el favorito Leicester, envueltos todos en sus largas lobas de consejeros, con enormes golas, y encasquetados en las cabezas sus feos gorros con orejeras. Hicieron al embajador muy fría reverencia, y sin invitarle a tomar asiento, dispúsose Walsingham a dirigirle la palabra. Mas el arrogante castellano volvioles la espalda con gran gentileza, asió del primer sitial con respaldo que halló a mano, y arrellanose en él muy holgadamente, mirando de hito en hito a los ingleses, como si les diese ya licencia para entablar la plática.

Hízolo al fin Walsingham disimulando su empacho, y le dijo en italiano que S. M. la reina de Inglaterra se hallaba muy disgustada con él porque había intentado turbar el reino, se había puesto en comunicación y correspondencia con la reina de Escocia y concertado con el duque de Guisa para sacarla de la prisión, entendiéndose para esto con Francisco Trockmorton, con un hermano de éste recién llegado de Francia y con el conde de Northumberland. Por todo lo cual era voluntad de S. M. la Reina que saliese del reino en el plazo de quince días.

Dejole hablar D. Bernardino tranquilamente, y contestole luego, con el mayor aplomo, que los consejeros de la reina de Inglaterra estaban, sin duda, soñando; que amaba él harto a la reina de Escocia para aconsejarla lo que pudiera ser ocasión de su ruina; que un hombre como él no ponía negocios de tanta importancia en manos de un mozalbete como Trockmorton; que en su vida había cruzado la palabra con el conde de Northumberland, y que sus actos como embajador habían sido harto más nobles y más leales que los de la reina de Inglaterra, y sus ministros con el Rey Católico, su amo.

Y trocándose entonces de acusado en acusador, enumeró una a una, con grande entereza, las trapacerías y traiciones de Isabel para fomentar la rebelión en los Estados de Flandes y para dividir y sembrar la discordia entre las cortes de España y Francia; y concluyó diciendo que no era su costumbre estorbar en ninguna parte, y que dejaría la Inglaterra en cuanto despachase un correo a Su Majestad Católica notificándole lo sucedido.

Levantáronse entonces los consejeros de Isabel, y poniéndose las tocas, dijeron al embajador que debía marchar sin demora, si no quería exponerse a que la reina de Inglaterra le castigase. Encendió esto la ira del magnate castellano, y saltando de la silla, cerró el paso a los ingleses, que ya se retiraban, y les dijo orgullosamente que ni la reina de Inglaterra ni nadie en el mundo tenía que pedirle a él cuentas, sino el Rey Católico, su dueño, y que ninguno de ellos osara decir una palabra más sobre esto, si no era con la espada en la mano; que él se reía con toda la boca de sólo pensar que la reina de Inglaterra se atreviese a castigarle, y que con el mayor gusto abandonaría aquel país de herejes en cuanto le enviasen los pasaportes. «Decid a vuestra Reina -concluyó- que si no le he dado satisfacción como ministro de paz, ya procuraré, de aquí en adelante, dársela en la guerra»70.

Al mismo tiempo que el embajador de España salía expulsado de Londres, trasladaban repentinamente a la reina de Escocia, en lo más crudo del invierno y sin compasión ninguna a sus enfermedades, al sombrío castillo de Turbury, medio arruinado por todas partes, y frío y malsano aun en los mismos meses del estío. Relegáronla allí en dos cámaras desmanteladas, casi desprovistas de muebles, y todo parecía revelar en sus perseguidores la dañada intención de ver si la enfermedad los desembarazaba por sí sola de la augusta prisionera. Cosa verosímil, en efecto, si se tiene en cuenta, que, alarmada entonces Isabel por las noticias que al fin y al cabo llegaron a sus oídos sobre la conspiración del duque de Guisa y el Rey Católico, había determinado, de acuerdo con sus ministros, deshacerse de María Estuardo a toda costa de la mejor manera posible.

Comenzó, pues, la cruel bastarda, empujada y guiada por Cecil y por Walsingham, a acercarse a paso de lobo y dando hipócritas rodeos, a la ejecución de su criminal proyecto; y fue uno de los medios para preparar la opinión, el de inventar a diario conspiraciones de los católicos en favor de María y con peligro de la vida de Isabel o el de complicar en las realmente descubiertas a todos aquellos que, por sus ideas religiosas o por su adhesión a la reina de Escocia, querían eliminar o hacer sospechosos. Tal fue lo que llamaron ellos conspiración de Trockmorton, que les sirvió de pretexto para expulsar al terrible D. Bernardino de Mendoza, extremar sus rigores contra María Estuardo, encerrar en la Torre de Londres y asesinar de un tiro en los riñones al noble conde de Northumberland71, y encarcelar al conde de Arundel72 y a su esposa.

Y, sin embargo, Trockmorton era tan sólo un mancebo noble, en extremo fervoroso y caritativo, que procuraba endulzar con su dinero y su influencia las penalidades atroces de los católicos encarcelados. Prendiéronle tan sólo por esto, y diéronle por tres veces tormento, sin que el valiente mozo confesare otra cosa que la pureza de su fe católica y su obediencia al Romano Pontífice. Díjose entonces que en otra cuarta tortura había hecho revelaciones sobre el proyecto de invasión del duque de Guisa y de Felipe II, y comprometido a Mendoza, Northumberland y Arundel. Mas es lo cierto que Trockmorton sostuvo hasta el último momento su inocencia y sufrió con entereza de mártir la horrible suerte de que le arrancasen vivo las entrañas.

Siguiose a esto la comedia de Guillermo Parr, que, de acuerdo con Walsingham, declaró falsamente haber sido seducido por los jesuitas, el papa Gregorio XIII y el nuncio Ragozzini, a dar muerte a Isabel y libertar a María Estuardo, comedia inicua ésta, que se trocó al cabo en tragedia, por haberse enredado aquel insigne truhán en sus propias redes, y venir a morir, como tantos otros, arrancándole las entrañas con tenazas de hierro. Retractose a última hora, al verse abandonado por Walsingham; mas hízolo sin provecho propio ni ajeno, porque los mismos que tuvieron interés en extender la calumnia, teníanlo igualmente en mantener la retractación oculta.

Hacíanse todas estas ejecuciones con espantable pompa y terrible aparato, gritando por calles y plazas y esquinas los pregoneros, verdugos y ministriles de la Reina, que sólo de este modo podían ponerse a cubierto de las asechanzas de los católicos, defensores de María, la preciosa vida de Isabel y la seguridad de la religión reformada. Y tantas veces lo dijeron, y tan alto lo pregonaron, y con tal ahínco lo hicieron correr en papeles y folletos, que los herejes llegaron a creerlo de buena fe, y muchos de ellos, de todos rangos y condiciones, formaron una liga, inspirada por Walsingham, para defender la vida de Isabel y la seguridad de la Reforma, atacando a María Estuardo y a la religión católica. Comprometíanse los miembros de esta liga: «A defender la vida de la reina Isabel contra sus enemigos de dentro y de fuera; y en el caso de que se atentase a sus días, con intención de favorecer los títulos de cualquier pretendiente a la Corona, no solamente se comprometían a no reconocer jamás a la persona o personas por quien o por quienes se hubiese cometido el acto de violencia, sino que juraban ante Dios perseguir a estas personas hasta la muerte».

El tiro no podía ser más directo contra María Estuardo; mas no era, sin embargo, sino un mero diseño de lo que la reina Isabel deseaba y de lo que no tardó mucho en conseguir. Contagiose también el Parlamento de todos aquellos temores populares, y deseando proteger con más eficacia todavía la vida de la Reina y asegurar más fuertemente el arraigo y progreso de la Reforma, publicó una de las leyes más inicuas y extraordinarias que han existido jamás en país alguno del mundo. Confirmaba esta ley y daba fuerza legal a la Liga de ciudadanos para defender la vida de la Reina, y añadía también «que en el caso de levantarse alguna rebelión en el reino o maquinarse algún atentado contra la persona de S. M. por alguna persona o en favor de alguna persona que tuviese pretensiones a la Corona, podría la Reina nombrar un tribunal de veinticuatro ciudadanos para examinar, juzgar y sentenciar estas ofensas y daños; y una vez sentenciados, publicar un decreto declarando excluidos de todo derecho a la Corona a todos los culpables que lo tuviesen, y podrían legítimamente todos los súbditos de S. M. perseguirles hasta la muerte, a aquellos y a sus instigadores y cómplices. A fin, todo esto, de que si llegara a cometerse algún atentado contra la vida de la Reina, jamás pueda heredar la Corona la persona que lo haya cometido o aquella otra en cuyo favor se haya cometido, ni tampoco sus descendientes, cómplices en cierto modo del crimen, y puedan ser todos ellos condenados a muerte».

Con esta ley echó Isabel los cimientos al cadalso que preparaba para María Estuardo. Hacían responsable por ella a la reina de Escocia de todos los actos de sus parciales, y aun de los de cualquier enemigo que quisiera tomar su nombre; bastaba, pues, cualquiera conspiración real o fingida, cualquiera intentona urdida a espaldas de María y aun contra su voluntad y con su prohibición misma, para hacerle perder a ella sus derechos a la Corona de Inglaterra y poner su cabeza bajo el peso de aquella ley.

El camino era inicuo y torcido, pero fácil y seguro, y no vaciló Isabel en seguir por él adelante.




ArribaAbajo- IX -

Quedaron, pues, al acecho Isabel y sus ministros, y los espías de Walsingham se extendieron por todas partes a caza de tramas y conspiraciones, como bandada de arañas venenosas, encargadas de tender los hilos en que había de enredarse y perecer la desdichada reina de Escocia. En París, en Roma, en Madrid, en los Países Bajos, en las Embajadas acreditadas en Londres, y hasta en el Seminario de Reims, arca santa donde se educaba la flor y nata de la juventud católica inglesa, supo Walsingham buscar y encontrar los traidores que le ayudaron en aquel último acto del drama, cuyo desenlace había de ser la sangrienta escena de Fotheringay.

Era irritante y curioso seguir, como se seguirían las evoluciones y vaivenes de una manada de lobos hambrientos, que rodean, estrechan y se arrojan al fin sobre un ciervo herido, la astuta y pérfida estrategia de Walsingham y su vil cohorte en torno de la real prisionera de Tutbury. Este castillo, situado en una extensa llanura del condado de Stafford, combatido por todos los vientos, agrietados y ruinosos sus muros, desmantelado en su interior, húmedo, frío y malsano, pareció entonces la oscura tumba escogida para la desdichada María Estuardo. Y era tal la dureza con que la trataban, y tan grande la miseria en que la tenían, que la quitaron la carroza y los caballos de que se servía en Sheffield, y fue necesaria la intervención nada menos que del embajador de Francia, para procurarle un colchón de plumas en que pudieran descansar sus miembros, doloridos y agarrotados por el reúma.

Agravaron sus pesares, por mayo de este mismo año del 85, destinando a su guarda a sir Amyas Paulet73, rígido puritano y cruel perseguidor de los católicos, cuyo retrato ha trazado él mismo en una sola frase escrita de su mano. Corrió por el mes de junio la falsa nueva de que la Reina había intentado evadirse de Tutbury, y Paulet escribió a Cecil. «María no puede evadirse sin un gran descuido de mi parte; y podéis estar tranquilo, porque aun en el caso de que me ataquen violentamente, ya cuidaría, con la gracia divina, de que muriese ella antes que yo». No la permitía, en efecto, pasearse las pocas veces que estaba en disposición de hacerlo, sino en su propia compañía, y escoltada por dieciocho hombres, que llevaban las pistolas, montadas, en lamano74. Las precauciones de que la rodeaba eran, por otra parte, tan grandes y enojosas, que hasta llegó a prohibirle dar limosnas a los pobres de la aldea, como tenía la buena Reina por costumbre dondequiera que se hallaba.

Imposible era por lo tanto a María mantener desde Tutbury correspondencia alguna con sus amigos; e imposible resultaba también, por lo mismo, que pudiera complicársela en las conspiraciones que éstos urdían en el continente, y de las cuales ya tenía Walsingham noticia. Así lo reconoció al cabo Isabel misma, y tuvo entonces una de sus ondulaciones de culebra. Trasladaron a María, de Tutbury a Chartley, en el mismo condado de Stafford, pero castillo éste amplio, bien saneado, con extenso y frondosísimo parque, y proporcionáronle allí comodidades que, con ser harto menguadas, bastaron, sin embargo, para reponer su salud algún tanto. Diose al mismo tiempo a Paulet la orden de que, sin descuidar en nada la vigilancia de María, se hiciese sordo y ciego para todo lo referente a su correspondencia, y aun le proporcionara con disimulo ocasiones de despacharla. Una vez dado a la pobre mosca espacio para volar, agazapose la araña en su agujero y tendió sus repugnantes hilos.

Había en los alrededores de Chartley una granja deliciosa, con un molino concurridísimo, propiedad todo ello de un anciano llamado Gifford, que padecía entonces por la fe encerrado en la Torre de Londres. Allí tenía su nido la araña: mas no era ésta, sin embargo, ningún barbudo puritano como Amyas Paulet, ni algún torvo sicario de los que empleaba el maternal gobierno de Isabel en arrancar las entrañas a sus súbditos católicos. Era, por el contrario, un joven barbilampiño, sereno, sonriente, candoroso al parecer, y, por desgracia, sacerdote católico, traidor a su fe, a sus amigos y a sus juramentos. Gilberto Gifford, que así se llamaba este verdadero Iscariote, había estudiado, desde los doce años, en el Seminario de Reims, y ordenádose allí de presbítero: su candorosa y juvenil apariencia, su agudo ingenio, su admirable sangre fría y el fervoroso entusiasmo que aparentó siempre por la causa de la reina de Escocia, conquistáronle el cariño y la confianza del famoso Dr. Allen75, rector del Seminario. Presentole éste en París al arzobispo de Glasgow, y cuando Gifford volvió a Inglaterra, después de ordenado, llevaba cartas de ambos personajes para el embajador de Francia y para María Estuardo, recomendándole a los dos como la persona más apta, por su juventud, habilidad e insignificancia, para servir de intermediario en la correspondencia de la Reina con sus amigos del continente sin despertar sospechas ni llamar la atención de nadie. Cuál fuese el momento preciso en que este pérfido hipócrita se vendió en cuerpo y alma a Walsingham, no podemos precisarlo; es lo cierto, sin embargo, que cuando la reina de Escocia llegó a Chartley, ya se hallaba Gifford instalado en la granja de su padre, y tenía dispuesta allí la complicada red en que había de quedar presa la deseada víctima.

Gifford no entró nunca en el castillo de Chartley, ni habló jamás, ni vio de cerca a María Estuardo. El medio de que se valía, según él dijo, para enviar las cartas de la Reina a la Embajada de Francia, punto central de toda la correspondencia, y para hacer llegar las depositadas allí a Chartley, era el siguiente: Había entre la granja Gifford y el castillo de Chartley, una fábrica de cerveza, cuyo dueño, católico y partidario de María, era al mismo tiempo amigo de Gifford. Llevaban todas las semanas, en un carrito, de la cervecería al castillo, un barril de cerveza, destinado al consumo de la Reina y su servidumbre. Logró, pues, Gifford, con ayuda del cervecero, hacer un doble fondo en el barril de cerveza, y allí depositaba una caja de madera en que iban las cartas. Al llegar el carrito a Chartley, el despensero de la Reina, Dicier Sifflard, hombre fiel a toda prueba, sacaba la cajita del barril y la entregaba a Nau, el secretario francés de María, para que la hiciese llegar a manos de ésta. De igual modo, y por el mismo conducto, salían de Chartley las cartas de la Reina y llegaban a la fábrica de cerveza, donde las recogía Gifford, y las llevaba él mismo, o las remitía por medio de algunos amigos católicos, a la Embajada francesa.

Ocultábase, sin embargo, en todo esto, una infame superchería: las cartas entraban y salían, en efecto, en Chartley, como Gifford aseguraba; mas antes de enviarlas a sus respectivos y últimos destinos, llevábalas el mismo Gifford a Walsingham, y éste las hacía abrir por Arturo Gregory y descifrar por un tal Phelipps, malvados ambos muy peritos en el arte de falsificar, descifrar, abrir y cerrar cartas con la más grande habilidad y el más refinado disimulo. Una vez enterado Walsingham de toda la correspondencia, dábasele curso por los mismos medios que el pérfido Gifford proporcionaba.

De este modo pudo Walsingham seguir paso a paso la conspiración en Francia, y dejarla extender sus ramificaciones por Inglaterra, bajo su inspección misma y sin ningún peligro, hasta llegar el momento oportuno de detenerla y desbaratarla, y perder a los que realmente habían intervenido y a los que querían envolver en ella sus malvados cálculos. Difícil es separar en esta última conspiración, que podría llamarse la postrera escaramuza de ambas Reinas, lo realmente verdadero de lo que inventó e interpoló en ella la pérfida malicia de Walsingham. Es cierto que Felipe II, Gregorio XIII y el duque de Guisa renovaron por aquel tiempo, con más ahínco que nunca, su antiguo proyecto de invadir la Inglaterra, libertad a María Estuardo, y restablecer el catolicismo en ambos reinos, contando con el apoyo de los católicos ingleses, y también con el de los de Escocia, a cuyo frente se hallaba lord Claudio Hamilton. Hallábase el centro de la conspiración en París, y eran alma de todo ello D. Bernardino de Mendoza, embajador allí de Felipe II; el arzobispo de Glasgow, representante de la reina de Escocia, y el propio duque de Guisa.

Es también cierto que María Estuardo, llena de amargura y de zozobra por la conducta de su hijo, que desde el destierro del duque de Lennox parecía entregado en cuerpo y alma a la reina de Inglaterra, aceptó la conspiración y entró en ella y la animó, ofreció a Felipe II nombrar regente de Escocia a lord Claudio Hamilton, y enviar a su hijo el príncipe Jacobo a España o Roma, para que allí tratasen de volverle a la fe católica, y pudiera de este modo reinar después de ella, y, sobre todo, salvar su alma. «Lo cual -escribía la Reina- me importa más que verlo monarca de toda la Europa... Mi corazón se llena de pesar y de temores, cuando pienso que podría dejar detrás de mí un tirano y un perseguidor de la Iglesia católica».

Dícese también (y a nuestro juicio comienza aquí el embrollo) que, después de algunos desacuerdos entre los conjurados de París y Londres, convínose en no proceder a la invasión hasta haberse desembarazado antes de la reina hereje; para lo cual salieron de París con dirección a Londres dos comisionados: Juan Savage, que había de perpetrar el delito, y Juan Ballard, que le aconsejaba y animaba; el primero, inglés de nación, había servido como oficial, a las órdenes del duque de Parma, en el ejército español de los Países Bajos; y el segundo, también inglés, era un sacerdote entusiasta y hasta fanático, que conocía palmo a palmo toda Inglaterra.

Desde este momento bifúrcase la conspiración en dos ramas distintas, urdida una en el continente y otra en Londres mismo. Tenía por objeto la primera reclutar aventureros y buscar los aprestos necesarios de gente, armas y metálico para la invasión proyectada; y era el de la segunda, maquinar la libertad de la Reina católica y la muerte de la Reina hereje.

De ser cierta esta última, ocultose cuidadosamente a la reina de Escocia, según opinión de todos los autores, así protestantes como católicos, hasta la famosa carta de Babington, el simpático y desdichado Tony, cuyo nombre llena por completo esta última página de la historia de María Estuardo.




ArribaAbajo- X -

Famosas eran en aquel tiempo, entre la gente moza de la corte, las fiestas que daba Anthony Babington, a pocas millas de Londres, en sus tierras de San Gil. Había allí una torre antiquísima, negra, fuerte y amenazadora aún, que rodeada entonces de inmenso parque y caprichosos jardines, parecía un viejo guerrero, descansando, desarmado, sobre las coronas y laureles ganados en otra edad.

A fines de mayo de 1586, las fiestas de Tony Babington, que así le llamaban sus amigos, parecieron multiplicarse. A diario casi llegaban de Londres arrogantes caballeros montados en briosos alazanes, con todo el lujo, garbo y bizarría que se estilaba entonces en la corte de Inglaterra. Venían, sin embargo, uno a uno y sin aquel aparato de criados y acompañamiento que era en aquella época costumbre de los señores; lo cual extrañaba a muchos, y hacíase sospechoso a no pocos. Veíaseles atravesar a escape el frondoso parque, detenerse un momento ante la maciza puerta, férreamente claveteada, dar por un estrecho ventanillo una especie de contraseña, y desaparecer, al cabo, por el negro boquerón, que volvía a cerrarse tras ellos, como si temiese dejar escapar los secretos que guardaba. Parecían todos aquellos procederes demasiado imprudentes para conspiradores, y harto misteriosos para gente joven que tratara sólo de divertirse. Por desgracia, eran una y otra cosa, y aquella amalgama de valor y de imprudencia, de abnegación y de temeridad, no tardó en producir funestos resultados.

El día 6 de junio hallábanse reunidos en el suntuoso comedor de Tony Babington doce de sus mejores amigos: eran todos ellos jóvenes, nobles, ricos, y, a juzgar por la magnificencia de sus joyas y sus trajes, de lo más presumido y elegante que pudiera encontrarse entonces en las galerías y salones de Windsor o Greenwich. Llamábanse Tomás Salisbury, Carlos Tilney, Eduardo Windsor, Chidioc Tichbourne, Eduardo Abington, Roberto Gage, Juan Traverz, Patricio Barnwell, Juan Charnock, Enrique Dun, Juan Jonez y Roberto Polly.

Había encima de la mesa un magnífico salero cincelado, de casi medio metro de altura, que representaba el gigante Briareo ofreciendo, con sus cien manos de plata, sal y especies a la convidados. Tony y sus amigos hallábanse sentados en la parte superior de la mesa, y más abajo del gran salero había otros cuatro personajes de rango inferior, según era costumbre entonces en los convites de la nobleza. Eran éstos el secretario y el intendente de Babington, el mayordomo de San Gil y un tal Maud, hombre misterioso que había venido de Francia con Juan Ballard, y poseía toda la confianza de éste.

Despidió Tony Babington a estos cuatro personajes una vez terminada la comida, y los trece amigos pasaron entonces a una sala vecina, que pudiera muy bien llamarse la sala de los secretos. Era ésta una gran pieza entrelarga, revestida toda, desde el suelo hasta el altísimo artesonado, de ricas maderas oscuras admirablemente trabajadas y pulidas. Destacábanse sobre este sombrío fondo grandes candelabros de plata de un solo brazo, con hachas de cera virgen, empotrados a lo largo de cuatro muros, y seis cuadros de gran valor, de los cuales era notable, y se hizo célebre más tarde, el que se hallaba en el centro. Hallábanse representados en éste los trece caballeros que allí estaban, retratados todos con la mano derecha en alto, como en actitud de jurar algo. En medio de ellos, y como recibiendo aquel juramento, veíase la simpática figura de Tony Babington, tal como era entonces: un gallardo mozo de treinta años, de fisonomía altiva y picante, cuerpo admirablemente hecho, ojos azules y cabello rubio, cortado, dejando un erizado copete sobre la despejada y hermosa frente. Tenía en el retrato ropilla y capa de terciopelo carmesí, con bordados y pasamanería de oro, rizada gorguera, aretes con dos grandes perlas en las orejas, y toca igual al traje, con plumas blancas, y una cadena de oro que le daba tres vueltas, cerrándose con una medalla de oro a guisa de broche76.

Por debajo de este simbólico grupo leíase esta lacónica inscripción, que se prestó luego a torcidos comentarios e interpretaciones funestas: Usque ad mortem: «Hasta la muerte..». ¿Qué juraban, en efecto, aquellos valientes y leales aturdidos en aquel misterioso retrato?... ¿Juraban tan sólo que su amistad sería siempre fiel y constante hasta el último momento, como sostuvieron ellos en su proceso, o juraban defender a María Estuardo hasta la muerte de Isabel, como sus enemigos pretendieron y declararon más tarde?...

Había también en uno de los extremos de la gran pieza, y a mediana altura, una especie de tribuna o balcón que cogía todo un frente, primorosamente tallado y dispuesto para los músicos; y en el otro lado veíase una gran mesa de macizo roble con todos los juegos de entretenimiento que se usaban en aquella época. Habían llegado mientras tanto, con muy corto intervalo, otros dos nuevos personales de muy distinta catadura de los que ya se hallaban congregados. Fue el primero un hombre ya maduro, que, a pesar de sus lujosos vestidos, y quizá por eso mismo, no podía disimular la burda traza del soldado aventurero de los tercios de Flandes, valiente y fanfarrón, procaz y desgarrado. Parecía ser el otro, por el contrario, mucho más de lo que revelaba su viejo jubón de piel rojiza y sus calzas de paño remendadas; traía dos largos cuchillos pendientes del cinturón de búfalo, a uno y otro lado, y escapábanse de su caperuza de piel de oso, largos mechones grises que venían a sombrear una fisonomía enjuta, inteligente y no del todo desagradable. El primero era Juan Savage, el antiguo soldado del duque de Parma; y el segundo Juan Ballard, el sacerdote errante y perseguido, que adoptaba cada día un disfraz distinto.

Recibioles la alegre compañía con extremos muy cariñosos, y procediose entonces, después de cerradas todas las puertas, a una extraña ceremonia, un poco teatral, sin duda, pero de muy alto significado. Apretó Babington un resorte oculto en las ensambladuras del maderaje77, y cedió un tablero rechinando; detrás apareció en una especie de nicho, con las armas de Inglaterra y Escocia, un magnífico retrato de María Estuardo en todo el esplendor de su juventud y su belleza. Vitoreáronle aquellos locos entusiastas que se jugaban la cabeza, como si la misma reina de Escocia se hallase presente, y Babington abrió entonces otro escondite, muy común en aquella época en las casas católicas de Inglaterra. Hizo girar, por medio de otro resorte, el tablero central que había debajo de la tribuna, y dejose ver un riquísimo oratorio, todo de terciopelo azul, con un Cristo sobre el altar y una imagen de Nuestra Señora. Allí había celebrado la santa misa durante mucho tiempo el famoso Guillermo Weston78, preso a la sazón en la Torre de Londres, y de ahí que quisiera más tarde complicarle Walsingham en el proceso de Babington.

Entonces, ante aquellos dos grandes símbolos del altar y del trono, expusieron Ballard y Tony Babington el estado general de la conspiración y la necesidad urgente que había de proceder al reparto de papeles, y de poner, con grande ánimo y completa abnegación de la vida, manos a la obra que había de transformar por completo la Escocia y la Inglaterra. Querían todos, en su caballeresco entusiasmo, ser los destinados a libertar a la reina de Escocia, y convinieron al cabo en que lo decidiera la suerte. Sorteáronlo allí mismo, en la mesa de juego que en la sala había, y fueron los favorecidos Babington, Charnock y Gage, lo cual acogieron ellos con grandes aclamaciones de entusiasmo.

Dícese, y notése que al decir dícese queremos indicar siempre lo que dijeron más tarde Walsingham y sus secuaces, que en aquella misma sesión de la Torre de San Gil se sortearon luego los que habían de ayudar a Savage en su criminal intento de asesinar a la reina de Inglaterra, y que fueron éstos Barnewell, Tilney, Abington y Tichbourne. Los demás debían espacirse por los diversos condados y ponerse al frente de los que allí habían de levantarse para proteger la huida de María Estuardo hasta la frontera de Escocia o hasta el lugar escogido para el desembarco de los invasores españoles y franceses.

Retiráronse los conjurados ya muy entrada la noche, uno a uno y con grandes precauciones, sin sospechar siquiera que allí mismo, mano a mano y bajo el mismo techo, habían tenido a los traidores que les estaban vendiendo. Era uno aquel personaje, Maud, amigo de Ballard, que había comido con Babington y presenciado clandestinamente toda la reunión desde la tribuna de los músicos. Era el otro, y vergüenza da decirlo, uno de aquellos mismos nobles caballeros, Roberto Poley, vendido por completo a Walsingham, y colocado allí mismo por éste para espiar y denunciar lo que pensaban y hacían sus confiados compañeros.

Supo, pues, Walsingham aquella misma noche, y por dos diversos conductos, todo lo acaecido en la Torre de San Gil, y apresurose a redoblar sus precauciones y arterías en Chartley, en torno de la reina de Escocia. Hacíase cada vez más frecuente y numerosa la correspondencia de María, a medida que la conspiración adelantaba, y, al tratarse ya de su libertad, envió ésta a Babington algunas notas referentes a sus planes, escritas de mano de su secretario Nau. Esto era lo que esperaba Walsingham para comprometer a la reina de Escocia en la trama del asesinato de Isabel, como ya se había comprometido ella misma en la de restaurar el catolicismo y llevar al príncipe Jacobo a Roma o a España. Mas, ya fuese porque semejante proyecto de asesinato no existió nunca, como dicen unos; ya porque de haber existido se ocultó siempre cuidadosamente a la reina de Escocia, como aseguran todos, es lo cierto que en ninguna de aquellas cartas y notas de María que el traidor Gifford llevaba a Walsingham se encontró una sola palabra que pudiera demostrar su complicidad, ni aun siquiera su aquiescencia, al real o fingido proyecto de asesinato.

No pudiendo, pues, Walsingham conseguir lo que deseaba, o sabiendo muy bien desde luego, que no había de lograrlo, cometió la inicua felonía de inventar él, con ayuda del falsario Phelipps, las comprometedoras cartas.




ArribaAbajo- XI -

Y sucedió que a mediados de junio de 86 llegó a Chartley, con orden de instalarse allí, dada por el mismo Walsingham, un hombrecillo de unos treinta y tantos años, ruin de cuerpo, picado de viruelas, de pelo amarillo oscuro, barba amarilla clara y grandes espejuelos, que denotaban su cortedad de vista. Era esta repugnante criatura el falsificador Phelipps, espía y alma condenada de Walsingham, tal como le describe la misma María Estuardo en una carta a su administrador en Francia, Morgan: «Il est -dice- de petite stature, et d'apparence toute chétive: il a les cheveux d'un jaune obscur, la barbe d'un jaune clair, le visage marqué de la petite vérole, la vue courte et parait âgé de trente trois ans».

Traía el falsario, en una especie de maletín de viaje, todos los enseres de su infame oficio, y traía también, sobre todo, la clave que usaba a la sazón en su correspondencia la reina de Escocia, vendida a Walsingham por el miserable secretario de la Embajada francesa, Cherelles. No es extraño, por lo tanto, que a los pocos días de la llegada de Phelipps y su armamento, el 25 de junio, saliese de Chartley la primera de las dos cartas de María Estuardo a Babington falsificadas por Phelipps. En esta carta, breve y sencillísima, limitábase María a dar las gracias a Babington por sus pruebas de adhesión, y a encargarle la tuviese al corriente de todos los planes de los conspiradores.

Difícil es poner en clara siesta carta fue realmente enviada a Babington para arrancarle su comprometedora respuesta del 6 de julio, o si esta misma respuesta fue también otra segunda falsificación, mucho más infame, del raposo Phelipps. De todos modos, es lo cierto que el día 7 de julio ya tenía Walsingham en su poder la terrible carta de Babington, falsa o verdadera, que había de perder a la reina de Escocia.

En esta larga carta cuidadosamente cifrada, refería Babington a la Reina todo lo que se había hecho en su favor desde la llegada de Ballard, exponíale los medios con que contaba para libertar su persona, desembarazarse de Isabel y sublevar el País de Gales y los condados de Lancaster, Darby y Stafford. «Yo mismo -decía-, con diez caballeros de mi amistad y otros cien de nuestra dependencia y conocimiento, iremos a libertar vuestra persona de manos de sus enemigos. En cuanto a lo que se refiere a deshacerse de la usurpadora, de cuya obediencia estamos libres por la bula de excomunión del Santo Padre, hay seis caballeros de cuenta, todos amigos íntimos, que por celo de la causa católica y del servicio de V. M., están dispuestos a sacrificarla trágicamente. Convendría, sin embargo, que yo pudiera asegurarles, en nombre de V. M., que su heroica empresa será noblemente recompensada en ellos mismos, si escapan con vida, o en sus sucesores, si llegan a perderla».

A esta carta, que ya fuese real o fingida, no llegó nunca a manos de María Estuardo, contestó Phelipps, usurpando el nombre de ésta, primero con una lacónica respuesta dando gracias, y después con una larga carta, fechada el 17 de julio. En esta última, obra maestra de la habilidad de Phelipps, alababa la Reina el celo de Babington y sus compañeros, y aprobaba su empresa. Hacía varias observaciones sobre los preparativos de la invasión, así marítimos como militares, y luego añadía: «Importa mucho meditar cómo han de proceder los seis caballeros en su empresa, y los medios que han de ponerse en práctica para sacarme de la prisión».

Insistía mucho, a renglón seguido, en la necesidad de entenderse con D. Bernardino de Mendoza, para no intentar nada antes que estuviese preparado del todo en Inglaterra el levantamiento de los católicos, y en el continente la invasión de los españoles. «Una vez dispuestas estas cosas -decía-, será necesario que los seis caballeros pongan mano a su empresa, y que, una vez efectuada ésta, se procure cuanto antes sacarme de aquí, y que todas vuestras fuerzas se pongan al mismo tiempo en movimiento para recibirme y protegerme mientras no llega el socorro de los extranjeros, que será necesario apresurar con toda diligencia. Y como no se puede señalar un día fijo para lo que los seis caballeros tienen que hacer, convendría que tuviesen siempre consigo, o, a lo menos, muy cerca, cuatro hombres decididos y bien montados, que avisen sin tardanza el éxito de la ejecución a los encargados de sacarme de aquí, a fin de que puedan llegar éstos antes de que mi guardián tenga noticias de la dicha ejecución, o, a lo menos, antes de que pueda fortificarse en el castillo. Igualmente convendría que fueran estos avisos dos o tres, y que vinieran por distintos caminos, para que, si detienen a uno, puedan pasar los otros, cuidando al mismo tiempo de cerrar el paso a los propios y correos ordinarios».

Indicaba luego la Reina tres medios distintos para sacarla de su prisión de Chartley: consistía el primero en atacar, con cincuenta o sesenta hombres bien armados y montados, a sir Amyas Paulet, cuando saliese un día de paseo con ella y con su escolta de dieciocho o veinte caballos. Era el segundo el de prender fuego por la noche a las granjas y establos del castillo, de modo que pudieran librarla las gentes de Babington a favor de la confusión; y reducíase el último a que los conjurados, disfrazados de carreteros, entrasen por la mañana en Chartley guiando los carros que llegaban diariamente al amanecer; volcasen los carros en la gran puerta del castillo, de modo que no pudieran éstas cerrarse, y la gente armada de Babington se precipitase entonces dentro, haciéndose dueños de la fortaleza.

Todas estas cartas fingidas hacíalas pasar Phelipps por mano de Gifford como las otras auténticas de la correspondencia de la Reina, y descifrábalas él mismo delante de sir Amyas Paulet, dándoselas por verdaderas; con lo cual quedaba la abominable comedia solamente entre el propio falsificador y el secretario Walsingham. Por eso escribía a éste con la mayor buena fe el fanático puritano Paulet, después de remitida esta carta, que había de perder a la Reina: «El Señor ha bendecido mis esfuerzos, y mi gozo es grande al ver recompensados así mis fieles servicios. Creo firmemente que la Reina y sus graves consejeros sabrán aprovechar esta misericordiosa providencia de Dios para con S. A. y la Inglaterra». Y el día antes, 19 de julio, escribíale también el cínico Phelipps, enviándole la copia de esta horrible impostura, que coronaba su obra: «Espero que Vuestro Honor dispondrá pronto el arresto de esta Reina, a fin de que yo pueda disponer ya de mi persona... Ya tenéis ahora bastantes papeles. Quiera Dios que S. M. tenga el heroico valor que exigen la venganza de la causa de Dios, su propia seguridad y la del Estado».

Mas nada prueba tanto el cinismo de este repugnante falsario y el asqueroso compadraje que entre él y Walsingham existía, como la siguiente frase de una carta de aquél a éste, escrita a los pocos días de su llegada a Chartley: «Ayer salió ella -(María Estuardo)- en su carroza, y yo la he saludado al paso con agradable sonrisa, acordándome de aquel verso: Cum tibi dicit ave, sicut ab hoste cave. Cuando te saluda, guárdate de él como de un enemigo».




ArribaAbajo- XII -

Seguía la reina Isabel paso a paso aquellas maquinaciones de Walsingham, y dejábalo todo correr de buen grado, deseando, como él, prender a María Estuardo en las mismas redes que a Babington. Mas cuando vio, por los últimos informes del Secretario, la invasión extranjera a las puertas de Inglaterra y su vida amenazada de cerca, pues, dicho sea en descargo suyo, todas estas tramas de muerte se las presentaban y exageraban a ella como reales y verdaderas, espantose grandemente, creyendo con harta razón que el más leve descuido podría dar al traste con su corona y con su vida, y dio orden a Walsingham de cortar al punto la conjura y proceder sin demora a la prisión y castigo de los culpables.

No quería, sin embargo, el Secretario espantar la caza harto pronto, pues era su proyecto sorprender repentinamente los papeles de la reina de Escocia. Fuese, pues, muy poco a poco, con astuta hipocresía, para no despertar la alarma antes de tiempo, y comenzó por dar orden a su espía Maud de denunciar a Juan Ballard; mas no como conspirador, sino como sacerdote católico, contraventor de las leyes del reino. No era, sin embargo, tan fácil prender al precavido. Ballard, que no dormía dos noches seguidas bajo un mismo techo, ni usaba el mismo disfraz más de un día, y tuvo tiempo por lo tanto el perseguido sacerdote para avisar holgadamente a Babington la traición del espía.

Alarmado Tony, fuese precipitadamente de Londres a San Gil, para poner a buen recaudo algunas cosas que allí había, y dar la voz de alerta a sus nobles compañeros. Reuniéronse allí todos ansiosos y perplejos, por no saber hasta qué punto llegaba la traición de Maud. Si Walsingham lo sabía todo, era necesario huir sin pérdida de tiempo, y abandonar, por entonces el proyecto de libertar a la reina de Escocia; mas si Maud no había hecho otra cosa que denunciar a Ballard como sacerdote, según las apariencias indicaban, era la huida comprometer del todo la conspiración, que podía muy bien triunfar aún apresurando el desenlace con supremo y vigoroso esfuerzo.

La audacia y la generosidad de Tony Babington hicieron cesar al cabo todas las perplejidades: conocía él y trataba a Walsingham, y resolvió presentarse a éste, atrevidamente, con cualquier pretexto. Si el Secretario estaba al tanto de la trama, indudable era que le prenderían, y esto podía servir de señal a sus compañeros para tomar la huida; mas si Walsingham le dejaba marchar, señal era de que lo ignoraba todo, y podrían aún reorganizar la conspiración y conseguir el triunfo.

Marchó, pues, Tony Babington a Greenwich, donde se hallaba Walsingham con la Reina, y acompañáronle Salisbury, Windsor y Tichbourne, que no quisieron abandonarle. Al llegar a la vista del palacio, divisaron a lo lejos un grupo numeroso de gente que se agolpaba a la puerta, formando calle hasta la grandiosa escalinata que servía de embarcadero en aquella orilla del Támesis; los yeomen de la Reina, formados en dos hileras, ocupaban, alabarda en mano, desde el uno hasta el otro extremo. Atracada a la escalinata hallábase la gran falúa de la Reina, con su magnífico dosel de terciopelo bordado en oro; sus ricas tapicerías, que colgaban a babor y estribor hasta mojarse en el agua, y el estandarte real de Inglaterra izado en la popa; a su lado había otras tres barcas, también empavesadas ricamente, dispuestas para los personajes de la corte.

Detuviéronse los cuatro amigos a buena distancia, comprendiendo que la Reina iba a dar por el Támesis uno de aquellos fantásticos paseos que tanto le gustaban, y que con ella iría, sin duda, Walsingham. No pudo, sin embargo, Tony Babington refrenar por más tiempo su inquietud, y determinose a entrar en palacio, según era su derecho, y hacerse encontradizo con Walsingham donde quiera que le topase. Convino, pues, con sus amigos en que, si media hora después de haber salido la Reina no estaba él de vuelta en aquel mismo sitio, lo diesen todo por perdido y corriesen a Londres para avisar a los compañeros, y que cada cual se pusiera en salvo como mejor pudiese.

Abriéronse al cabo las anchas puertas del palacio, y comenzaron a salir, muy gravemente, hasta una docena de ujieres, y, en pos de ellos, los oficiales nobles de la guardia; detrás venía la Reina, vestida, como siempre, con real magnificencia, y procurando ocultar con afeites y pinturas los estragos de sus cincuenta y cuatro años. Dábala el brazo su tío materno, el anciano lord Hunsdon, y seguíala un brillante cortejo de damas y caballeros y graves señores, entre los cuales iba Walsingham.

Aún no había desatracado del muelle la barca regia, cuando se presentó Babington ante sus inquietos compañeros, radiante el rostro de gozo y coloreado aún por la fuerza de la emoción y la violencia de su carrera. Walsingham no sabía nada: habíale visto al salir de un Consejo extraordinario que había retrasado el paseo de la Reina, y recibido de él las mismas pruebas de afecto que siempre.

Ignoraba, sin embargo, el desdichado, que él y sus compañeros habían sido objeto de aquel Consejo extraordinario, y que, por acuerdo allí mismo tomado, salía en aquel momento en posta para Chartley el consejero Guillermo Waad, portador de secretos mensajes de la Reina.

Ignoraba también el pobre Tony que, desde el momento en que se separó de Walsingham, recibiendo de él aquellas pruebas de afecto, los espías le seguían paso a paso por orden suya, y estaban allí mismo, a corta distancia, dispuestos a no dejar su pista ni la de sus compañeros por donde quiera que fuesen.

Sucedía todo esto el 3 de agosto, y el 4 por la mañana prendieron a Juan Ballard: cogiéronle al salir de un mesón, donde se había fingido traficante escocés en ganado, que era uno de sus disfraces favoritos. Atemorizáronse de nuevo Tony y sus compañeros, temiendo que Juan Ballard los delatase en la horrible prueba del tormento, y dícese que aquella misma noche fue Babington en busca de Savage.

-¿Qué debemos hacer ahora?, -le preguntó.

-Nada -respondió el otro-, como no sea matar a la Reina al instante.

-Que me place -dijo Babington-; pues entonces ve mañana a la corte y despáchala de una vez.

Disculpose Savage, diciendo que no había arreglado aún el medio de acercarse a la Reina, y dícese que entonces le dio Babington un rico anillo y todo el dinero que llevaba, que era mucho, para que sobornase a cualquier empleado de palacio, y le colocara tras una pilastra de la gran galería, con el pretexto de ver a la Reina de cerca.

Savage no hizo nada, sin embargo, y al día siguiente, que fue 5 de agosto, dieron aviso a Babington de que le andaban buscando. Huyó en aquel momento toda la brillante cuadrilla, cada cual por su lado, hacia una alquería propia de Tichbourne en el bosque de San Juan, y allí les prendieron a todos aquella misma noche, menos a Windsor, y les encerraron en la Torre de Londres.

Mientras tanto, corría el consejero Waad a dobles jornadas hacia Chartley, y deteníase en un paraje solitario, distante aún del castillo, adonde hizo venir con urgencia al guardián de María, sir Amyas Paulet. Avistáronse ambos personajes en mitad del campo, donde nadie podía escucharlos, ni aun sospechar siquiera su entrevista, y allí dio el consejero a Paulet, con el mayor misterio, las órdenes de la Reina: lo cual iba todo encaminado a que no llegase alarma alguna a los oídos de María, y se apresurase a quemar sus papeles, de que quería Isabel apoderarse por sorpresa.

Presentose, pues, Paulet el día 8 de agosto, en virtud de las traidoras órdenes de su soberana, a la reina de Escocia, e invitola a una cacería con halcones en el próximo parque de Tixal. El día estaba magnífico; el ánimo de la Reina tranquilo y esperanzado, e ignorante por completo de la triste suerte que cabía ya a sus amigos, y hasta su salud, fortalecida por el buen tiempo y la esperanza, daba alguna tregua a su continuo sufrir. Aceptó, pues, con la mayor alegría, encantada de respirar algunas horas aire libre y de moverse y andar con cierta holgura, que le recordaba en algo su perdida libertad. Acompañaban a la Reina en su carroza Juana Kennedy, Isabel Curle y su médico, Domingo Bourgoing; y seguíanla a caballo, con sir Amyas Paulet, sus dos secretarios, Curle y Nau. Cerraban la marcha con los pájaros y perros, los picadores y halconeros que había mandado sir Walter Ashton, y más lejos venía también la eterna escolta de cincuenta jinetes armados. Ensanchábase el corazón de la Reina con el goce anticipado de aquel sencillo pasatiempo, que había sido siempre uno de sus placeres favoritos, y ella misma llevaba en la carroza un soberbio halcón, que quería descaperuzar y arrojar por su propia mano cuando la ocasión llegase.

De repente, en una estrecha angostura que formaba el camino de Chartley a Tixal, cortó el paso a la comitiva un grupo de gente armada, con un caballero al frente. Sobresaltose un momento la Reina, creyendo que fuesen quizá los salvadores que esperaba; mas bien pronto pudo conocer la nueva felonía de sus verdugos. Adelantose hasta la carroza aquel caballero, que era sir Tomás Georges, y puso en su conocimiento que había sido descubierta la conspiración de Babington, y que la reina de Inglaterra le intimaba la orden de ser conducida castillo de Tixal. Al mismo tiempo prendieron los soldados a los dos secretarios de la Reina, Curle y Nau, y sin dejarles cruzar una sola palabra con su señora, se los llevaron presos a Londres.

Mientras tanto, volvió Paulet apresuradamente a Chartley, donde ya le esperaba el consejero Waad, y ambos entraron con gran aparato de armas y operarios en las habitaciones de la Reina, atropellando a su servidumbre, y descerrajaron armarios, cofres y muebles, para apoderarse de los papeles, joyas y dineros de María, y enviarlos, cuidadosamente empaquetados y sellados, a la reina Isabel.

Una vez consumado este inicuo despojo, volvieron a María a Chartley, después de diecisiete días de cautiverio en el castillo de Tixal; tuviéronla allí rigurosamente incomunicada en una sola y mezquina pieza falta de luz y de aire. Sospechaba ya María el objeto del engaño con que la habían sacado de Chartley, y cerciorose de ello al encontrar a su vuelta sus armarios destrozados, forzados los cofres, desaparecidos sus papeles y abiertos y vacíos los estuches de sus joyas. Volviose entonces hacia los que la acompañaban, y mostrando aquel destrozo, díjoles tan sólo:

«Dos cosas hay que no podrá robarme nunca vuestra Reina... La sangre real, que me da derecho a la Corona de Inglaterra, y la fe católica que llevo en mi corazón heredada de mis padres».




ArribaAbajo- XIII -

Examinó Isabel por sí misma todos los papeles cogidos a María Estuardo, y su despecho fue grande al no hallar entre ellos la prueba decisiva que buscaba. Creyó la bastarda encontrar allí la minuta original de la supuesta carta de María a79 Babington, que ella tenía por verdadera, y que juzgaba necesaria; pues harto comprendía su claro entendimiento que ningún tribunal podría nunca, con decoro y con justicia, basar una sentencia en las cartas de cifras interceptadas por Walsingham. Imposible era probar que las hubiese dictado María, y su escritura cifrada lo mismo podía ser obra de los secretarios de la reina de Escocia que de cualquiera que poseyese la clave, como la habían poseído Phelipps y Walsingham.

Pensose, pues, en reforzar lo débil de estas pruebas con las declaraciones de los infelices presos en la Torre de Londres, y sólo Dios sabe lo que pasó entonces en aquellos negros antros donde los tormentos hacían confesar a las víctimas lo que los verdugos querían, y donde si la fortaleza de aquéllos resultaba invencible, falsificaban éstos las declaraciones, inventaban las apostasías, y aun disfrazaban los asesinatos con la apariencia del suicidio, como sucedió en aquellos mismos meses con el conde de Northumberland. La víctima sólo salía de allí para el cadalso o para la sepultura, y no había miedo de que desmintiese ya las afirmaciones de un verdugo cruel o el testimonio de un juez inicuo.

«La administración de justicia en tiempo de Isabel -dice el gran historiador de Inglaterra, Lingard- estaba más corrompida que en el de sus antecesores. No contamos con medios para establecer la comparación, pero sabemos que en el primer año de su gobierno la política de Cecil sustituyó hombres de inferior condición a los primeros magistrados; que se oyeron muchas quejas de sus tiranías, extorsiones y rapacidades, y que un juez de paz era definido en el Parlamento: Un animal que por media docena de pollos dispensa con gusto una docena de leyes. No nos formaremos más ventajosa idea de los tribunales más elevados, si recordamos que los jueces eran amovibles a voluntad de la Reina, y que ésta tenía costumbre de aceptar y permitir a sus favoritos y damas que aceptasen regalos como premio de su mediación en los litigios entre particulares».

Júzguese, pues, lo que serían esta justicia y estos magistrados, cuando era la Reina quien deseaba y Walsingham quien disponía, y bastaba para satisfacerles una declaración falsa o un testimonio fingido. No es extraño, por lo tanto, que todos los conjurados apareciesen culpables y confesos en las declaraciones presentadas por Walsingham, y que todos confesaran también la complicidad de María. Babington reconocía en ellas por auténticas las cartas de la reina de Escocia, y como los originales de éstas no parecieron nunca, certificaba las copias que le habían presentado, firmando en cada una de sus páginas con su nombre y apellido. Tichbourne confesaba también haber ayudado a Tony Babington a descifrar la larga y fatal carta de la reina de Escocia, fingida por Phelipps y fechada el 17 de julio, y Ballard y Donn declaraban igualmente haber leído esta carta en copias que les mandaron80.

Una vez inventadas estas falsas declaraciones, apresuráronse a deshacerse de las víctimas, que podrían muy bien, si se les prolongaba la vida, convertirse, quizá, en testigos importunos. Sacaron, pues, de la Torre de Londres, el 20 de septiembre, a Babington, Savage, Ballard, Barnewell, Tilney, Abington y Tichbourne tendidos en carretas, destrozados y medio muertos ya por la tortura; lleváronles a la aldea de San Gil, y ante aquella negra torre, testigo de sus pasadas alegrías y sus imprudentes conspiraciones, arrancáronles vivos las entrañas con tenazas de hierro. Igual suerte sufrieron al día siguiente, y en el mismo lugar, los siete que quedaban: Salisbury, Donn, Jones, Charnock, Travers, Gage y Ballamg. Sólo Eduardo Windsor logró escapar a la horrible carnicería, refugiándose primero en los Países Bajos y después en Francia.

Quedaban todavía los dos secretarios de la reina de Escocia: Nau, francés, y Curle, escocés, presos en la propia casa de Walsingham, bajo su inmediata custodia e influencia. Nau había sido secretario del cardenal de Lorena y recomendado por el mismo rey de Francia a María Estuardo; mas a pesar de estos buenos antecedentes, la misma Reina declaró más adelante que no respondería de que, colocado Nau entre el temor de un peligro y la esperanza de una recompensa, no fuese capaz de declarar en contra de ella falsamente, y aun de arrastrar en su delito a Curle, hombre sencillo y bueno, pero supeditado al otro por completo.

Esto fue lo que sucedió, en efecto: Walsingham, dirigido en este punto por Cecil, colocó desde luego a los dos secretarios entre la amenaza del tormento, si callaban, y la perspectiva de la libertad, recompensados y absueltos de toda culpa, si se prestaban a declarar lo que Isabel y sus ministros creían necesario para perder a la reina de Escocia. Y aquellos dos infelices, que no eran, ciertamente, de la madera de que se hacen los héroes, comenzaron a ceder cobardemente y fueron llegando poco a poco en sus declaraciones, hasta la infame calumnia, a medida que Walsingham les presentaba más de cerca los horrores del tormento o les hacía ver con más dorada luz la libertad en perspectiva.

Nau declaró primeramente la manera que tenía María Estuardo de despachar su correspondencia secreta. Encerrábase con los dos secretarios en su gabinete, y ella misma dictaba a Nau, ordinariamente en francés, los puntos principales de las cartas. Redactábalas Nau entonces, corregíalas la Reina de su propia mano, y dábalas luego a Curle para que las cifrase. En esta primera declaración, según la presentó Walsingham, consta ya declarada por Nau la calumnia de que María escribió de su propia mano la supuesta carta de 17 de julio a Babington, y la entregó a Curle para que la pusiese en cifra.

No se dio Walsingham por satisfecho con estas declaraciones, y fingió dar orden de trasladar a los dos secretarios a la Torre de Londres. Aterrados éstos, fueron más adelante: declararon que la reina de Escocia había entrado de lleno en el complot relativo a la invasión de Inglaterra; pero sólo había tenido ligera noticia de lo referente al asesinato de Isabel, y ni había querido saber más, ni se había creído tampoco obligada a denunciar lo que sabía.

Pareciole todavía esto a Walsingham demasiado poco, y el 29 de septiembre mandó llevar a los dos secretarios a una casa fuerte próxima a la Torre de Londres, para que vieran desfilar el horrible cortejo de Babington y sus compañeros camino del suplicio. Desde allí oyeron los dos míseros los temerosos pregones con que anunciaban al pueblo de Londres aquella justicia que mandaba hacer la reina de Inglaterra, y vieron luego desfilar uno a uno, tendidos sobre paja y cubiertos de harapos, aquellos brillantes jóvenes, cuya hermosura y elegancia había admirado todo Londres, convertidos entonces por el tormento en sangrientas masas de carne, donde no se revelaba ya otra vida que los estremecimientos convulsos y los gemidos de angustia que les arrancaban el dolor de los huesos fracturados y el rudo bambolear de las carretas.

Los secretarios, enloquecidos por el terror, apresuráronse a declarar cuanto Walsingham quiso. Nau, contradiciendo su primera declaración, dijo entonces que Curle había descifrado la carta de Babington, y que él mismo había escrito, dictándoselos la Reina, los puntos principales de la respuesta de ésta, entre los cuales hacíase mención especialísima de los seis caballeros que habían de asesinar a la reina Isabel. Apareció también entonces una nota escrita de mano de Nau, que se dijo haberse encontrado entre los papeles de éste en Chartley; hallábanse recopiladas en ella las dos cartas de Babington y María, y hablábase varias veces de dar el golpe: la cual palabra golpe (coup) declaró Nau referirse al proyecto de asesinar a la reina de Inglaterra.

Creyó Walsingham tener ya con todo esto suficiente para condenar a María Estuardo, y presentó a Isabel todos aquellos materiales, con tantos trabajos, tantas infamias y tanta sangre compilados. Pero ¿se atrevería la bastarda? ¿Osaría aun atentar a la inviolabilidad real, llevando a los tribunales y a un patíbulo a una reina independiente, su igual, sobrina y sucesora, después de haber violado tan inicuamente el derecho de gentes, reteniéndola diecinueve años prisionera...? Dudábalo Walsingham mismo: mas Isabel se atrevía a todo cuando el odio y la envidia y su propio interés la espoleaban, y se atrevió, en efecto, con aquella rara mezcla de audacia inverosímil y de solapada hipocresía que caracterizó todos sus actos.

Siguió, pues, adelante la bastarda por el camino que desde tanto tiempo atrás iba preparando, y decidiose a proseguir largas conferencias con Cecil para determinar lo que tan de antemano tenían ambos convenido, y decidieron al cabo, para mejor disimular, someter la suerte de María Estuardo a las deliberaciones del Consejo privado, asentando por principio ya inconcuso que la seguridad de la reina de Inglaterra y de la religión reformada eran incompatibles con la libertad y con la vida de la reina de Escocia.

No todos los consejeros opinaron, sin embargo, por la muerte inmediata y violenta: creyeron algunos que bastaría encerrar a María aun más estrechamente y atormentarla con nuevos rigores, para que su salud, ya tan aniquilada, se debilitase del todo, y viniese en breve plazo una muerte natural y librar a la reina de Inglaterra de aquella temida existencia. Entonces adelantó Leicester una cobarde idea, que sin duda alguna guardaba la misma Isabel en lo más recóndito de su pecho, cuando muy poco tiempo después quiso adoptarla ella misma. Propuso el vil favorito adelantar aquella muerte natural que los otros esperaban, por medio de un clandestino envenenamiento. Cecil y Walsingham y la mayoría de los consejeros rechazaron ambas proposiciones, declarándose francamente por el proceso judicial y la sentencia de muerte. Mas ¿en virtud de qué ley podría llevarse a los tribunales y al cadalso a una reina extranjera que no había entrado en el país por fuerza de armas, sino buscando un asilo ofrecido por la propia soberana, su amiga y más próxima parienta?

A este segundo punto sometido al Consejo, contestó Walsingham invocando la ley decretada el año anterior por el Parlamento, en virtud de la cual, si llegaba a cometerse algún atentado contra la vida de la Reina, jamás podría heredar la Corona la persona que lo hubiese cometido, ni tampoco sus descendientes, cómplices en cierto modo del crimen, y todos ellos podrían ser condenados a muerte. La ley encajaba tan bien, como que expresamente para este caso la habían arrancado al Parlamento los tres grandes culpables, Isabel, Cecil y Walsingham, previendo, con harta razón, que aquella inicua ley había de servirles para echar los cimientos al cadalso de María Estuardo.

Aparentó entonces la hipócrita bastarda ceder a todo, como forzada por la opinión de su Consejo, y al decretar que María fuese juzgada en el castillo de Fotheringay, todavía exigió que los jueces no fallasen allí el proceso, sino que volviesen a pronunciar la sentencia en la Cámara Estrellada de Westminster. La sensible hiena repetía sin cesar su hipócrita y ridículo estribillo de antaño: ¡Repugnaba a su corazón dar muerte al pajarillo que se había refugiado en su seno, huyendo del buitre que le perseguía!...




ArribaAbajo- XIV -

Nada queda ya del castillo de Fotheringay. El remordimiento, sin duda, obligó a Jacobo Estuardo a mandarlo arrasar por completo a poco de su advenimiento al trono de Inglaterra, temeroso quizá de que la sombra de su madre le echase en cara, desde aquellos negros muros, sus apostasías de católico, sus vilezas de rey y sus criminales ingratitudes de hijo.

A principios de octubre de 1586, elevábase aún el castillo de Fotheringay a orillas del Nen, fuerte y orgulloso todavía, como si recordase que había sido cuna de un rey, Ricardo III, y amenazador y sombrío ya, como si presagiase que iba a ser teatro de un crimen y tumba de una reina.

A la caída de la tarde del 6 de octubre, llegó María Estuardo a Fotheringay, escoltada por sir Amyas Paulet, el consejero privado sir Walter Mildmay, el notario Balker y más de trescientos arcabuceros que se extendían a lo largo del camino, impidiendo acercarse a la Reina la multitud que de todos los lugares vecinos acudía. Habían llegado ya al castillo los cuarenta y seis miembros de la comisión nombrada por Isabel para juzgar a la reina de Escocia, y rebosaba por todas partes esa especie de medrosa agitación y actividad siniestra y silenciosa que suele observarse en las cárceles y audiencias los días en que se prepara una ejecución o se falla la causa de un reo de muerte.

Amyas Paulet, Mildmay y el notario Balker, acompañaron a la Reina a las habitaciones que le estaban destinadas, y sin dejarla descansar un momento, entregola Paulet una carta de la reina Isabel, dura e imperiosa. Acusábala en ella la bastarda de haber tomado parte en la conspiración de Babington, y la ordenaba comparecer ante el tribunal nombrado para juzgar su conducta, según las leyes de Inglaterra, que, al decir de ella, la habían amparado, y a las cuales debía, por lo tanto, someterse.

Contuvo María, por el pronto, los ímpetus de su indignación, para protestar solemnemente de que jamás había dirigido ni autorizado ningún complot contra la vida de Isabel; y aludiendo luego al extraño tono de mando que se apropiaba en aquella carta la reina de Inglaterra, y a su pretensión de someterla a un tribunal de súbditos ingleses, exclamó, con el rubor de la cólera y la vergüenza en el rostro:

-¿Vuestra señora no sabe que hemos nacido reina, o cree acaso que degradaremos nuestro rango, y nuestro reino, y la raza de que venimos, y al hijo que ha de sucedernos, y a los reyes y príncipes extranjeros cuyos derechos ofenden en nuestra persona, obedeciendo a semejante carta?... Id, en buena hora, decidle que, por muy abatida que nos encuentre, todavía tenemos el corazón bastante grande para sometemos a humillaciones semejantes.

Esta negativa de María causó grande sensación entre los altos funcionarios, padres del reino y gente de curia, que se hallaba ya en Fotheringay, y aun temieron algunos ver desconcertados sus planes. Si la Reina persistía en rechazar la competencia del tribunal, haríase preciso condenarla sin oírla, y era esto harto fuerte, aun para aquellos hombres criminales o vilmente cobardes, que venían allí decididos de antemano a condenarla, ya resultase inocente, ya culpable.

No fueron tan grandes los escrúpulos de Isabel, y, enterada por Cecil de la actitud de María, dio orden de que se juzgase el proceso sin escucharla, como si se tratara de cualquier criminal ordinario que toma la huida, y se le juzga y condena en rebeldía. Esta determinación de Isabel, comunicada por Cecil a María Estuardo, hízola vacilar en su propósito, y juzgando que convendría más a su reputación hacer frente a sus verdugos calumniadores, que dejar correr libremente la calumnia, decidiose al fin a comparecer ante el tribunal protestando siempre de su incompetencia.

El 14 de octubre, a las nueve de la mañana, constituyose pues el tribunal en la gran sala de honor del castillo de Fotheringay. Había en el fondo, bajo un dosel coronado por las armas de Inglaterra, un sitial destinado a la reina Isabel, que debía permanecer vacío no estando ella presente. A su lado, pero fuera del dosel y sobre el piso llano, pusieron otro sitial de terciopelo, destinado a la reina de Escocia. A derecha e izquierda del dosel sentábanse en dos hileras aquellos inicuos jueces, cuyos nombres debe conservar la historia para propia ignominia de ellos. A la derecha estaban el lord canciller Bromley, el lord gran tesorero Cecil (Burghley), los condes de Oxford, de Kent, de Derbi, de Worcester, de Rutland, de Cumberland, de Warwich, de Pembroke, de Lincoln y el Vizconde de Montagu. A la izquierda, los lores Abergavenny, Zouch, Morley, Stafford, Grey, Lumley y los consejeros privados Crofts, Hatton, Walsingham, Sadler, Mildmay y Paulet. Delante de éstos, y también en dos hileras, hallábanse, a la derecha, los grandes jueces de Inglaterra, y a la izquierda los otros jueces y barones y dos doctores en Derecho. En medio había una mesa, en torno de la cual se sentaba el Procurador general de la Reina, Popham, su notario Egerton, su fiscal Gawdy y el letrado de la Corona, Tomás Powell, con dos escribanos para escribir el proceso verbal.

Así estaba constituido aquel tribunal de fariseos dispuestos a derramar por odio la sangre del justo, y de Poncios Pilatos decididos a dejarla correr por miedo a disgustar al César.

A las diez, el ruido de las alabardas que rebotaban en el suelo, anunció a los de dentro la llegada de la Reina. Conocíanla muy pocos de los presentes, y todos tenían, sin embargo, cumplida noticia de su portentosa hermosura, de su ingenio peregrino, de sus trágicas desventuras y de la horrible suerte que la maldad de Isabel y la propia de ellos mismos le tenían aparejada. Hubo pues en toda la sala un momento de expectación intensísima, y todas las cabezas se volvieron, y todas las miradas se fijaron en la puerta.

Seguida de un piquete de alabarderos, y apoyada, por su extrema flaqueza, en los brazos de sir Andrés Melvil, su mayordomo, y Domingo Burgoing, su médico, apareció al cabo María Estuardo, vestida toda de terciopelo negro. No era ya la Reina aquella brillante hermosura de la corte de Francia, que comparaba Ronzard a la aurora del más hermoso día de primavera: era más bien el anochecer de aquel mismo hermoso día, con todos los suaves encantos de lo que acaba y se despide, y toda la bella y triste serenidad de la tarde próxima a fenecer.

Levantáronse maquinalmente todos los jueces, como sobrecogidos por aquella majestuosa aparición, y la piedad más respetuosa dominó por un momento en aquellos pechos a las bastardas y crueles pasiones que en ellos bullían. Adelantose la Reina en medio de aquel imponente silencio, mezcla conmovedora de pavor y de respeto, y detúvose un momento en el centro de la gran sala. Paseó desde allí una larga y triste mirada por toda la concurrencia, e hizo a los lores uno de esos saludos inimitables, que imprimen la majestad del rango en la persona del individuo. Avanzó luego lentamente hasta el sitial que le estaba preparado, y notando que se hallaba éste fuera del dosel y sobre el piso llano, dijo irguiendo la frente con toda la dignidad de su realeza:

-Soy reina y viuda de rey, y mi sitio debe estar allí.

Dicho esto, que fue escuchado con el más profundo silencio, sentose majestuosamente, y esperó.




ArribaAbajo- XV -

Necesitaron algún tiempo los jueces para recobrarse de la honda impresión que produjo en ellos la entrada de la Reina, y, una vez conseguido esto, levantose el lord canciller Bromley, y expuso las razones que había tenido su soberana para citar a juicio a María Estuardo, hija de Jacobo V, último rey de los escoceses, llamada comúnmente reina de Escocia y viuda de Francia. Al mismo tiempo declaró que, si la reina de Inglaterra no se hubiera decidido a esto, por impedírselo su natural piadoso, hubiérase podido con verdad acusarla de negligencia en defender la causa de Dios y de empuñar en vano la espada de la justicia.

A continuación leyó el letrado de la Corona, Powell, el decreto de Isabel instituyendo el tribunal en la forma que allí se hallaba constituido. Escuchada esta lectura, tomó María la palabra con reposado continente, y recordó, en breves palabras, la indignidad de los tratos que había sufrido en Inglaterra, donde llegó como amiga en demanda de auxilio, y se la había retenido diez y nueve años prisionera. Dijo que no podía reconocer ni la validez de aquel decreto, ni la competencia de aquel tribunal que pretendía juzgarla, porque, siendo princesa independiente y reina ungida, no dependía de nadie, sino del mismo Dios.

Consignada esta protesta de la reina de Escocia, hizo el fiscal de la Corona, Gawely, la narración del último complot, acusando a María Estuardo, no sólo de haber tomado parte en el proyecto de invasión del reino, sino también en el de asesinar a la reina de Inglaterra, habiéndolo sabido de antemano, aprobado y animado. Las cartas, interceptadas unas e inventadas o adulteradas otras por Walsingham; las supuestas confesiones de Babington y sus compañeros, y las declaraciones de Curle y Nau, hallábanse de manifiesto en la mesa de los curiales, como pruebas de esta acusación.

La Reina reconoció por suyas las cartas a Morgan, a lord Paget y a don Bernardino de Mendoza, y convino también en que había enviado a Babington, por medio de sus secretarios de ella, algunas notas relativas a la proyectada evasión de Chartley; mas sostuvo enérgicamente que nunca había visto a Babington, ni recibido nunca carta suya, ni enviádole tampoco ninguna respuesta. «Si esas cartas de Babington son verdaderas -dijo-, pido que se nos pruebe que las hemos recibido; y si esa respuesta nuestra no es falsa, pido que se nos presente el original de nuestra propia mano».

Leyeron entonces, por toda respuesta a esta reclamación de la Reina, una copia de la larga carta de Babington, del 6 de julio, en que comunicaba a María el fin del complot y los medios de llevarlo a cabo; la supuesta contestación de la Reina, del 17 de julio, animándole a la empresa, y las declaraciones de Babington, Tichbourne, Ballard y Donn, hechas en la Torre de Londres, confesando haber descifrado y leído ellos mismos ambas cartas. Levantose entonces el Procurador general, Popham, para guiar la opinión de todos, y declaró que, después de leídos aquellos documentos, resultaba evidente la complicidad de la reina de Escocia en el crimen de que se le acusaba.

Mas, la Reina, prontamente y sin titubear un momento, replicó que aquella pretendida evidencia fundábase tan sólo en copias de documentos cuyos originales no se mostraban, y en dichos de gentes que ella no conocía. «Que traigan los originales, si existen, -dijo-, y entonces los examinaremos y discutiremos. Mientras tanto, protestamos solemnemente contra las imputaciones que se nos hacen... No negamos, -añadió con aquella expresiva elocuencia suya, templada entonces por la tristeza mortal que la aquejaba-, no negamos haber deseado la libertad y trabajado seriamente por recobrarla; porque nuestro natural es humano, y a ello nos impulsaba. Pero tomamos a Dios por testigo de que jamás hemos conspirado contra la vida de la reina de Inglaterra, ni consentido tampoco en que nadie conspirase... Confieso que hemos escrito a nuestros amigos y solicitado su favor para librarnos del miserable cautiverio en que se nos tiene desde hace diecinueve años. Confieso también que hemos escrito en favor de los católicos perseguidos, y que si hubiéramos podido librarlos de su opresión a costa de nuestra propia sangre, lo hubiéramos hecho... Pero esas cartas que se presentan ahí, ni las hemos escrito, ni las hemos recibido, ni tampoco podemos ser responsables de lo que hayan hecho o hayan intentado esos pobres católicos oprimidos, en un momento de exasperación extrema».

Eran tan justos los descargos de la Reina y había tal acento de verdad en sus palabras, que, para distraer la atención de los jueces, levantose el malvado Cecil y quiso hacer de nuevo la historia del complot, apoyándose en las declaraciones de Nau y de Curle, no mencionadas hasta entonces. Expuso, pues, según el testimonio de ambos secretarios, el método observado por María en el despacho de su correspondencia secreta, y la manera como había contestado a Babington. Afirmó la autenticidad de aquella carta, que Nau y Curle aseguraban haber enviado; que Babington confesaba haber recibido; que Tichbourne, Ballard y Donn declaraban haber reconocido y que estaba escrita con la misma cifra encontrada entre los papeles de la Reina. Dedujo de aquí que la complicidad de ésta resultaba del contenido de aquella carta, conforme en todo con la confesión de Babington y las declaraciones de Nau y Curle, y que ella probaba al mismo tiempo el conocimiento que María tuvo del complot y la aprobación que le había prestado.

La habilidad con que el artificioso gran tesorero barajó y tejió en su discurso la verdad con la impostura, no turbó en lo más mínimo el valeroso ánimo de la reina de Escocia. Poco le importaba a ella, respondió, lo que hubiese declarado Babington. Ni ella sabía, ni tampoco habían de decirla, si lo que se presentaba allí como su confesión, era o no de su letra. ¿Por qué no se le había careado con ella antes de darle muerte? Ésta es la manera de averiguar la verdad. ¿Por ventura se deseaba que no apareciese ésta?... En el mismo caso estaban los dos secretarios Nau y Curle. En Londres estaban éstos. ¿Por qué no se les traía allí para que sostuvieren ante ella lo que habían declarado a su espalda? Poco importaba también que hubiesen afirmado su declaración con juramento. ¿Acaso no le habían jurado a ella igualmente guardarle sus secretos? Pues si perjuros habían sido para su reina, de quien nada temían, perjuros podían ser del mismo modo para aquellos hombres que les amenazaban con el tormento... Curle era ciertamente hombre sencillo y honrado; Nau era más hábil y tenía talento; pero, aunque hubiese sido secretario del cardenal de Lorena y recomendado del rey de Francia, no aseguraría ella nunca que, puesto entre el temor de un peligro y la esperanza de una recompensa, no fuese capaz de venderla y aun calumniarla, y de arrastrar en su delito al infeliz Curle, que le estaba supeditado por completo... Cierto era que sus secretarios escribían su correspondencia y la cifraban; pero, por eso mismo, no podía estar segura ella de que no intercalasen en sus cartas cosas que no les hubiera dictado; ni tampoco le parecía imposible que recibiesen los secretarios cartas sin mostrárselas, y enviasen otras en su nombre sin darle cuenta de ello.

-¿Y puedo yo... ¡yo!... una Reina -añadió con tanta energía como dignidad-, ser declarada culpable por pruebas de esta especie?... ¿Dónde está la seguridad de los príncipes y reyes, si se hace depender ésta de los escritos y chismes de sus secretarios? ¡Reclamo, pues, el derecho de no ser juzgada sino por lo que yo misma haya dicho o escrito, y cierta estoy de que nada podrá alegarse en contra nuestra!...

Y, encarándose entonces con el infame Walsingham, echole en cara el baldón que aun después de tres siglos, pesa sobre su memoria.

-¿Qué seguridad tengo de que sean ésas nuestras cifras?... ¿Creéis, señor Secretario, que no sé yo los manejos que contra nuestra persona ha empleado vuestra astucia?... Vuestros espías nos han rodeado por todas partes; pero quizás ignoráis vos que algunos de los que han hecho falsas declaraciones me han informado de ello... Y si de esta manera se nos trata -prosiguió dirigiéndose a la asamblea-, ¿cómo puedo estar segura de que no hayan falsificado nuestras cifras para condenarnos a muerte?... ¿Acaso no ha tramado ya ese hombre negras intrigas contra nuestra vida y la de nuestro hijo?...

Ante este ataque tan directo y tan terrible desconcertose Walsingham y enmudeció por un momento. Mas, recobrándose al punto, dijo atropelladamente:

-Tomo a Dios por testigo de que no hay en mis actos particulares uno solo indigno de un hombre honrado; ni en mi conducta, como secretario de mi soberana, nada que desdiga de la alteza de este cargo... Es cierto que he seguido con la mayor vigilancia, todas las tramas dirigidas contra la Reina y contra el Estado, porque era mi obligación hacerlo; y si el mismo traidor Ballard me hubiese ofrecido su ayuda para descubrirlas, yo no la hubiera rechazado.




ArribaAbajo- XVI -

Suspendiose aquí el debate hasta el día siguiente, y en esta segunda sesión protestó la Reina de nuevo contra la competencia del tribunal: quejose de que la pusiesen y la dejasen frente a frente de los hombres más notables de Inglaterra, a ella sola, ignorante por completo de las leyes del reino, sin un consejero que la guiase, ni un abogado que la defendiese, ni aun siquiera el socorro de sus papeles que le habían arrebatado por sorpresa. Exigió de nuevo que trajesen allí a los secretarios Curle y Nau, para que declarasen frente a frente de ella lo que habían declarado a su espalda, en casa de Walsingham; y reiteró de nuevo, con la mayor energía y firmeza, su negativa de haber conocido a Babington, de haber recibido carta alguna suya y de haberle dirigido la menor respuesta.

-¡Con qué injusticia se procede contra nuestra persona!, -exclamó paseando su mirada triste, pero firme, por todo el concurso-... Nuestras cartas han sido adulteradas o falsificadas, y nos han robado sus originales... No se tiene consideración ninguna con la fe que profesamos, ni con el sagrado carácter que nos imprime nuestra condición de reina... Si nuestros sentimientos personales os son indiferentes, pensad, milores, que agraváis a la Majestad real en mi persona, y pensad también en el ejemplo que dais.

Apeló después a Dios y a los príncipes extranjeros contra la injusticia de que era víctima, y exclamó con dolorosa vehemencia:

-Hemos entrado en este país fiándonos de la amistad y las promesas de la reina de Inglaterra...

Y quitándose del dedo la sortija que le había enviado Isabel a Hamilton, con el Dr. Leigton, después de la fuga de Lochleven, añadió mostrándola:

-Mirad, milores, la prueba de amor y protección que nos envió vuestra real señora... ¡Miradla bien!... ¡Fiando en ella vinimos entre vosotros, y vosotros sabéis, mejor que nadie, cómo he sido respetada!...

Pidió luego ser oída en pleno Parlamento y en presencia de Isabel, y concluyó diciendo:

-Como acusada, reclamo el derecho de tener un abogado que defienda mi causa; y como reina, exijo que se me crea, sobre mi palabra de reina.

Mas era todo esto pedir al rayo que no hiriese, y a la tempestad que no arrasase, y a la alevosa traición que fuese leal y buena. Los viles comisionados desaparecieron uno a uno de Fotheringay, cerrando las orejas al clamor de la inocencia y la justicia, y el 25 de octubre reuníanse todos de nuevo en la Cámara Estrellada de Westminster, según la reina Isabel había ordenado. Allí cometieron la desleal bajeza de oír a Nau y a Curle a solas, habiéndose negado a escucharles en Fotheringay delante de María, y sobre las declaraciones forzadas o vendidas, y nunca comprobadas, de estos dos miserables, el inicuo tribunal declaró culpable a la reina de Escocia y pronunció su sentencia de muerte.

Una vez segura la bastarda de la pérdida de su rival, comenzó a encubrir lo repugnante de su crimen con todo el aparato de trámites legales y compasivas resistencias que su fértil hipocresía supo inspirarle. Aparentó la taimada no fiarse por completo de la imparcialidad de sus comisionados, y quiso que el Parlamento ratificase en sus dos Cámaras el juicio y la condenación de la reina de Escocia, para tener también así de su parte lo que llamaríamos hoy la voluntad nacional. Y las dos Cámaras, viles instrumentos entonces de la política sanguinaria de la bastarda, y perfectamente preparadas por Cecil y Walsingham, no sólo ratificaron aquella iniquidad y aquel delito, sino que dirigieron un mensaje a la Soberana pidiéndole con retóricas instancias que apresurase la muerte de María Estuardo, para seguridad personal de ella, de los verdaderos servidores del Todopoderoso y del reino todo, y amenazándola con incurrir en el desagrado del cielo y merecer los severos castigos que, según las Sagradas Escrituras, guarda el Señor para los reyes débiles, si no firmaba y hacía cumplir en breve plazo la salvadora sentencia.

Jamás hubiera sufrido la soberbia bastarda un lenguaje semejante; pero era esto lo que su astucia buscaba para aparecer cediendo, como forzada y mal de su grado, a la presión de los tribunales y a la voluntad popular representada por el Parlamento. Contestó, pues, al mensaje con repugnante hipocresía, dando gracias a la bondad divina por haberla preservado milagrosamente de tantos peligros, y suplicando a su vez que no la hostigasen demasiado. «No apresuréis mis resoluciones en negocio de tanta monta, -les dijo-, pues aun en otros de menor cuantía tengo por costumbre meditar mucho antes de decidirme. Yo rogaré a Dios Todopoderoso que ilumine mi espíritu y me haga conocer lo que más conviene al bien de su Iglesia, a la prosperidad de mi pueblo y a vuestra propia seguridad».

Y tan decidida estaba, y tan grande era la crueldad de su odio, y tan vivo su deseo de no ahorrar ni retardar a María ningún tormento, que no bien tuvo en su poder el mensaje de las Cámaras (10 de noviembre), envió a Fotheringay a lord Buckhurst y al letrado del Consejo Roberto Beale, para notificar a la reina de Escocia su sentencia de muerte. Lo cual no impidió que prosiguiese ella mientras tanto en Londres, y a la vista de toda la corte, su comedia de vacilaciones y enternecimientos. Viósela por espacio de dos días vagar por las Cámaras de Richmond, donde se había retirado, sola, pensativa, y como presa de violenta lucha, repitiendo a cada paso, con grandes exclamaciones y lágrimas, una divisa muy en boga entonces: -Aut fer, aut fere, ne feriare, feri. Mata o muere; si no matas, morirás.

Al cabo de estos dos días de fingida lucha, envió al lord canciller a la Cámara alta, y al famoso orador Puckering a la de los Comunes, para suplicar a una y otra que buscasen algún medio de garantir la seguridad de su vida, sin privar de la suya a María Estuardo. Reuniéronse ambas Cámaras el 18 de noviembre, en virtud de esta orden, y después de nuevos deliberaciones, enviaron a Isabel un segundo mensaje, probándole con autoridades de la Biblia, y ejemplos de la antigüedad y de la Edad Media, «que de no ser ejecutada muy en breve la justa sentencia pronunciada contra la reina de Escocia, quedaría siempre en peligro la vida de su Graciosa Majestad, la verdadera religión amenazada, y el estado floreciente del reino próximo a desastrosa ruina... Perdonando la vida a la reina de Escocia -añadía atrevidamente el mensaje- no sólo animará su Graciosa Majestad la audacia de los enemigos de Dios, de su autoridad y del reino, sino que herirá profundamente los enamorados corazones de sus súbditos y provocará la cólera de Dios».

Juzgó ya Isabel con esto bien disfrazado su crimen ante los contemporáneos y ante la posteridad, y sin declarar todavía su decisión de firmar la sentencia de muerte, contestó al mensaje con frases ambiguas... Mas entonces comenzó para ella la verdadera y terrible lucha, la lucha del último momento, la que se entabla siempre entre el corazón y el brazo del asesino, levantado ya para hundir a sangre fría el arma en el pecho de la indefensa víctima.




ArribaAbajo- XVII -

El 10 de noviembre, después de mediodía, llegaron a Fotheringay el lord Buckhurst y Roberto Beale, con muy reducido acompañamiento. Alborotáronse con esta visita de mal agüero los servidores de la Reina, que mucho la amaban, y todos corrieron a la cámara de su señora, y se agruparon en torno suyo, como si quisiesen protegerla con su presencia. Sosegoles María con el ánimo esforzado y la santa y digna resignación con que esperaba la muerte desde que salieron los inicuos jueces de Fotheringay, y pasó ella misma a su reducida sala de honor, para recibir a los mensajeros en el estrado y bajo dosel, como a su dignidad de Reina convenía. Amyas Paulet y Drue Drury, introdujeron a los embajadores de Isabel, y lo que pasó entonces entre ellos, dejolo escrito la misma María, con más verdad y elocuencia que nadie, en una carta al arzobispo de Glasgow, que copiamos según la fiel y clásica versión del P. Pedro de Rivadeneyra:

«Los comisarios de la reina Isabel, que fueron lord Buckhurst, Amyas Paulet, mi grande enemigo, un caballero llamado Drue Drury y mister Beale, vinieron a mí y me dijeron que el Parlamento y Estados de este reino han dado sentencia de muerte contra mí, lo cual ellos me notificaron de parte de su Reina, exhortándome a reconocer y confesar las culpas que contra ella he cometido. Y más me dijeron: que para animarme a la paciencia y ayudarme a bien morir y a descargar mi conciencia, la Reina, su señora, me enviaba dos personas eclesiásticas, que eran un obispo y un deán. Añadieron que la causa desta mi muerte había sido la continua instancia que el reino le había hecho sobre ello, por asegurar su real persona, pues siendo yo su competidora, y habiendo tomado mucho tiempo ha las armas desta Corona sin quererlas jamás dejar, sino con ciertas condiciones, no puede ella vivir (viviendo yo) con entera quietud y seguridad, especialmente viendo que los católicos me llaman su soberana señora y que su vida por esto ha estado muchas veces en peligro. La segunda causa que me dieron desta su sentencia y determinación, y la más principal y que dicen que da más pena a la Reina, fue el saber que mientras que yo viviere, no puede su religión echar raíces, ni tener seguridad y establecimiento en este reino. Yo respondí que daba gracias a Nuestro Señor y a ellos también por la honra que me hacían en esto, pues me tenían por buen instrumento para restituir la verdadera religión en su reino; porque, aunque soy indigna de tan gran bien, deseo merecer ser defensora de la fe católica, y tendreme por muy dichosa y bienaventurada cuando lo fuere; y que en testimonio y prueba de esta verdad, de muy buena gana derramaré mi sangre, como lo tengo protestado. Y que si el pueblo piensa que es necesario que yo dé la vida para que esta isla tenga descanso y quietud, también seré liberal della, a cabo de veinte años de prisión que he padecido. Cuanto al obispo y deán, dije que yo hacía infinitas gracias a Nuestro Señor, que sin ellos yo conozco mis pecados y las culpas que he cometido contra mi Dios y contra mi Iglesia, y que no quería aprobar sus errores, ni tener que dar y tomar con ellos; pero si ellos quisiesen concederme un sacerdote católico (como yo se lo rogaba por amor de Jesucristo, sería para mí muy gran regalo; porque deseaba componer mis cosas y recibir los Santos Sacramentos, como quien se despide deste mundo. Ellos me dijeron que no pensase que moría por ser santa o mártir, pues moría por haber conspirado contra la Reina, y por haberla querido desposeer de su Corona. Yo respondí que soy tan presuntuosa, que deseo aspirar a estas dos coronas, de santa y de mártir; pero que ellos, aunque tenían poder sobre mi vida y cuerpo, por permisión divina, y no por razón y justicia (pues yo era reina y soberana señora, como siempre lo he protestado), no la tenían sobre mi ánimo, ni me podían estorbar que yo espere en la misericordia de Dios, y confíe que el que murió y dio su sangre por mí, aceptará la mía y mi vida, que yo le ofrezco por la conservación de su Iglesia, fuera de la cual, ni aquí ni en otra parte, yo no deseo mandar ni quiero reino temporal con pérdida de reino eterno. Que lo que yo suplicaba a Nuestro Señor era que tomase en descuento de mis muchos pecados las muchas penas y fatigas de cuerpo y espíritu que padezco. Que contra la vida de la Reina yo no había conspirado, ni aconsejado, ni mandado cosa alguna, ni pasádome por la imaginación lo que ellos me achacaban; y por lo que toca a mi particular, a mí no se me daba nada de ellos. Aquí dijeron ellos: «A lo menos habéis permitido que los ingleses os llamen su soberana señora, y no les habéis hecho contradicción». Respondí yo: «No se hallará que yo haya usurpado en mis cartas ni en otra manera, ese título, ni usado dél; pero el reprender o enseñar a personas eclesiásticas, ése no es mi oficio, siendo yo, como soy, mujer y hija de la Iglesia, por la cual, y por obedecerla, quiero morir, y no matar a nadie para tomar su derecho». Para acabar anteayer vino a mí otra vez Paulet con Drury, que es el más molesto dellos, y me dijo, que habiéndome avisado que reconociese mis culpas y me arrepintiese dellas, no había mostrado dolor ni arrepentimiento alguno, y que a esta causa la Reina había mandado que me quitasen el dosel y me avisasen que de aquí adelante yo me tenga por una mujer muerta, sin honra ni dignidad de reina. Yo respondí que Dios, por su sola gracia, me había llamado a esta dignidad, y que yo había sido ungida y consagrada justamente por reina; y así, pensaba volver a Dios la dignidad real con mi ánimo, pues de su sola mano la había recibido. Y que yo no reconocía a su Reina por superiora, ni a los de su Consejo, herejes, por mis jueces, y que yo había de morir Reina, a pesar de todos ellos, pues no tenían otro poder sobre mí, sino el que tienen los salteadores de caminos que están en un bosque, sobre el más justo príncipe de la tierra. Mas que yo esperaba en Dios, que después de haberme librado de este cautiverio, él mostraría su justicia. Que no era maravilla que en esta isla, donde tantos reyes han sido muertos con violencia, yo, que soy de su sangre dellos, corra la misma fortuna. Viendo que mis criados no querían poner mano en el dosel para descolgarle; antes que mis pobres damas daban gritos y pedían a Dios venganza contra la Reina y su Consejo, el dicho Paulet llamó a siete u ocho hombres de su guarda, y les mandó quitar el dosel, y él se sentó y se cubrió, y después me dijo que ya no era tiempo de pasatiempos y recreos para mí, y por eso había de quitar mi mesa de Estado. Ayer llamé mi pequeña familia, y la junté, para que todos mis criados sean testigos de mi fe, que es la católica, y de mi inocencia, y les encargué, delante de Dios, que dijesen la verdad de todo lo que saben. Yo he remitido a los señores duques de Lorena y de Guisa, y a los otros mis deudos, todo lo que toca a la salud de mi ánima, descargo de mi conciencia y reparo de mi honra. Encomendadme a La Ruhe81 y decidle de mi parte, que se acuerde que yo le prometí de morir por la religión católica, y que a lo que veo, ya estoy libre de esta promesa, y que yo le ruego que me encomiende a Dios, con todos los de su orden. Yo estoy muy contenta y siempre lo he estado, de sacrificarme y ofrecer mi vida por la salud de las almas desta isla. Quedad con Dios, que ésta será la postrera vez que os escribiré; tened memoria del alma y honra de la que os ha sido Reina, señora y amiga. Y yo suplico a Dios, que pues yo no puedo, él os pague los servicios que me habéis hecho, como el más principal y el más antiguo de mis criados, a los cuales dejo huérfanos y desamparados en sus benditas manos. -De Fotheringay, el jueves 24 de noviembre, 158682. -Vuestra aficionada y buena señora, María, Reina».

Creíase la Reina próxima a morir, pues natural era que la ejecución siguiese de cerca a la sentencia, y apresurose, lo primero, a pedir un sacerdote católico que le administrase los Sacramentos, como ella misma refiere en la precedente carta. Lo cual hizo la prudente Reina para hacer pública protesta de su fe y para disimular mejor que tenía y había tenido desde tiempos atrás uno consigo, oculto bajo el disfraz de un criado, que le decía misa diaria y le conservaba en su cámara, como más adelante veremos, el Santísimo Sacramento. Ocupose luego de lo que tenía en el mundo más caro a su corazón de católica, de reina y de madre, que era su hijo; y escribió una carta conmovedora al Padre Santo, Sixto V recomendándole los intereses espirituales de aquel extraviado pedazo de su alma, transmitiéndole su autoridad de madre sobre el desdichado príncipe y, suplicándole que hiciera por reducirle a la fe de sus antepasados, y que bajo su dirección de él, del duque de Guisa y de Felipe II, le hicieran digno de entrar en la familia de éste, casándose con una de sus hijas. «Éste es -decía- el último de mis deseos mundanos. Yo lo deposito a los pies de Vuestra Santidad, que humildemente beso».

Escribió también a don Bernardino de Mendoza, dándole el último adiós, y agradeciéndole sus grandes pruebas de afecto, enviábale como recuerdo un magnífico brillante. «Recibiréis -le decía- un diamante que tuve en mucho aprecio, porque me lo dio en prenda de su fe el difunto duque de Norfolk, y siempre lo he llevado conmigo. Guardadle por amor de mí».

Envió también al duque de Guisa, su primo, una sortija de rubíes, y al escribirle dejaba escapar todas las tiernas efusiones de su corazón y todos los enérgicos arranques de su fe. «Mi buen primo, -le decía-, amigo el más querido de los que dejo en este mundo. Próxima a morir por injusta sentencia, me despido de vos... Nunca ha corrido nuestra sangre a manos del verdugo; mas no os avergoncéis por esto, amigo mío; que estas sentencias de los herejes y enemigos de la fe verdadera, honran y aprovechan delante de Dios a los hijos de su Iglesia. Si yo hubiera apostatado no me vería en este trance. Todos los de nuestra casa han sido perseguidos por esta secta, y buen testigo es vuestro padre, con el cual espero reunirme en breve por misericordia del justo Juez. Dios sea bendito por todo, y Él os conceda la gracia de perseverar en su Iglesia toda la vida, y de que jamás salga de nuestra familia esta grande honra, y estén aparejados todos los de ella, así hombres como mujeres, a derramar su sangre por la causa de la fe, despreciando cualquier otro respeto humano. De mí sé decir, que me considero nacida, así por parte de mi padre como de mi madre, para ofrecer mi sangre por ella, y espero perseverar en esta idea hasta mi último momento», etc., etc.

Después de escritas estas cartas en que derramaba la Reina los sentimientos de su corazón, más tiernos y comunicativos aún por la proximidad de la muerte, todavía escribió a la reina de Inglaterra otra carta admirable: severa sin dureza, digna sin altivez, resignada sin abatimiento, protestando de su fe, pidiendo tres gracias a la bastarda, y otorgándola su perdón y emplazándola ante el Juez que juzga a los reyes. Enviáronse traslados de esta carta al duque de Guisa y al arzobispo de Glasgow, y la copia de ésta fue la que vino a parar al P. Rivadeneira, y de la cual hizo el célebre jesuita la hermosa traducción siguiente:

«Yo me he determinado, señora, de abrazarme con solo Jesucristo, el cual nunca desampara a los atribulados que le aman de buen corazón, y los cumple de justicia y consuelo, especialmente cuando les falta todo el favor humano y ellos acuden a su protección. A él se dé la honra y gloria, pues no me ha engañado mi esperanza; antes, me ha dado corazón y fuerza, in spem contra spem, para padecer las injusticias, calumnias, acusaciones y condenaciones de mis enemigos, con ánimo resoluto y determinado de sufrir la pena por la obediencia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Cuando me notificaron de vuestra parte la postrera junta de algunos de vuestros Estados, y me avisaron que me aparejase para el fin de mi largo y penoso destierro, yo rogué a vuestros ministros que os diesen gracias de mi parte de tan buenas y agradables nuevas como aquéllas eran para mí. Yo no quiero acusar a nadie, sin perdonar a todos de buen corazón, como desearía que cada uno me perdonase si yo le hubiera ofendido, y deseo y suplico a Dios que Él primero me perdone. Lo que yo sé es que ninguna persona está tan obligada a mirar por mi honra como vos, señora, pues soy vuestra sangre, y reina soberana, y hija de rey. Por tanto, señora, por reverencia de Jesucristo (a cuyo nombre todas las potestades del mundo obedecen y se humillan), yo os suplico tengáis por bien que, después que mis enemigos se hubieren hartado de mi sangre inocente, todos mis pobres y desconsolados criados juntos lleven mi cuerpo a Francia, para que sea enterrado en tierra santa con algunos de mis antepasados, y particularmente con la Reina mi madre y señora, que esté en gloria. Muéveme a pediros esto, por ver que en Escocia han sido maltratados los cuerpos de los Reyes, mis progenitores, y los templos derribados y profanados, y que padeciendo en esta tierra, no puedo ser enterrada con vuestros progenitores, que son también míos. Y, lo que más importa, que, conforme a nuestra sagrada religión, estimamos mucho ser enterrados en tierra santa y limpia. Y porque tengo temor de la secreta tiranía de algunos de vuestros consejeros, también os suplico que no se ejecute la sentencia de mi muerte sin que vos, señora, lo sepáis. No porque me espanten los tormentos y penas (que yo estoy aparejada para los sufrir), sino porque temo que han de publicar y derramar por el mundo mil mentiras della, como lo han hecho de otros. A esta causa deseo que todos mis criados estén presentes a mi muerte y sean testigos de mi fin, y que acabo en la fe de mi Salvador y en la obediencia de su Iglesia. Yo os pido otra vez, señora, y de nuevo os suplico, por la pasión de Jesucristo y por vuestro deudo, y por el amor del rey Enrique el séptimo, vuestro abuelo, y bisabuelo mío, que me otorguéis esta mi postrera petición. Y si me la concedéis, vea yo vuestra postrera respuesta y llegue a mis manos lo que quisiéredes escribir. Por acabar, suplico, humildemente a Dios, que es padre de misericordia y justo Juez, que os alumbre a vos con la luz de su santo espíritu, y a mí me dé gracia para acabar en perfecta caridad, como yo propongo de hacer, perdonando mi muerte a todos los que son causa della o han tenido parte en ella, y ésta será mi oración hasta mi postrera boqueada y último fin. Yo me tengo por muy dichosa, por ver que Nuestro Señor me lleva de este frágil cuerpo antes de que venga la calamidad y grave castigo sobre esta pobre isla, que la amenaza y veo venir sobre ella, si no teme y reverencia de veras a Dios, y el gobierno político del reino no toma mejor camino. No lo interpretéis a soberbia y presunción si, como quien sale ya de este mundo y se apareja para el otro, os dijera que os acordéis de que vendrá día en que delante del universal y justo Juez vos daréis cuenta de vuestras obras, tan estrecha y tan rigurosa como los que vamos delante de vos. Y que deseo que los que me tocan en sangre y son de mi tierra, piensen con tiempo y entiendan bien lo que, desde que la lumbre de la razón se descubre en nosotros, debiéramos todos entender, para regular nuestros apetitos de manera que los cuidados de las cosas temporales den su lugar a los de las que son perdurables y verdaderas. -De Fotheringay, a 19 de diciembre de 1586. -Vuestra hermana y sobrina, presa injustamente, María, Reina».




ArribaAbajo- XVIII -

La sola noticia de haber hecho la reina de Inglaterra comparecer a María Estuardo ante un Jurado, hirió profundamente el sentimiento nacional de Escocia, y produjo en todo el reino sensación hondísima. La mayoría de los escoceses tomaron como propio este agravio hecho a su antigua soberana, y los principales señores de la nobleza, heridos y enconados, comenzaron a bullir para tomar las armas y allanar la frontera en son de guerra. Sólo el hijo desnaturalizado, Jacobo, permanecía tranquilo en medio de la general indignación; en vano lord Hamilton y Jorge Douglas, y otros grandes señores, le instaban para que protestase del agravio que a él y a todos los escoceses hacía la reina de Inglaterra, y se apresurase a impedir el juicio y la condenación de su desgraciada madre.

Jacobo, hijo sin entrañas y rey sin decoro ni dignidad, contestaba que jamás rompería con la reina de Inglaterra, aunque ésta diese muerte a su madre, como no fuera que tratase de privarle a él también de sus derechos a la Corona de aquel reino. Y con repugnante pedantería y sofístico y razonado cinismo, empeñábase en demostrarles que los lazos de la sangre obligan menos hacia los padres, que los de amistad hacia los aliados, y que debía él por lo tanto, sacrificar sus sentimientos de hijo, a lo que llamaba sus deberes de rey.

Esta desnaturalizada conducta indignó a la nobleza y exaltó al pueblo, hasta el punto de insultar un día a Jacobo al salir éste del palacio de Holyrood. Asustose con esto el pusilánime príncipe, y envió entonces a Londres, para interceder por su madre, al falso Arquibaldo Douglas y al traidor Gray, que deseaba la muerte de María tanto como sus enemigos de Inglaterra, y había escrito ya a Walsingham aconsejándole el secreto envenenamiento, más bien que la ejecución pública.

Enrique III, por su parte, tomó la defensa de su cuñada con verdad y con eficacia, no sólo por medio de su embajador Cháteauneuf, sino enviando también a Inglaterra con este exclusivo objeto a Pomponne de Belliére83. Mas poco podía temer la bastarda, por entonces, del rey de Francia, amenazado, como se veía éste, dentro de su propio reino, por la formidable Liga, y a todos contestó, pues, disculpándose con la fuerza que hacían en su ánimo y en su voluntad las instancias del Parlamento y los alborotados deseos de su pueblo. Hizo a este propósito publicar por las calles la sentencia de la reina de Escocia, al son de las campanas de la ciudad, que repicaron alegremente veinticuatro horas seguidas; y el populacho de Londres, preparado con astucia, y pagado con largueza por Cecil y Walsingham, dio el repugnante espectáculo de celebrar en fogatas y fuegos de artificio y soeces algazaras, la fúnebre noticia. Todo lo cual alegaba la bastarda como prueba de la efervescencia en que se hallaba el pueblo, y la dura necesidad en que se veía de acceder a sus sanguinarios deseos.

Mas no por eso se decidía Isabel a firmar la sentencia de muerte, ni cesaba tampoco en su farsa de vacilaciones fingidas e hipócritas ternezas, porque lo que la astuta bastarda quería, y lo que su solapada política iba buscando, era apurar la paciencia de Cecil y de Walsingham para que se determinasen éstos por su parte, como ya les había insinuado ella misma, a quitar la vida a María por cualquier medio secreto, y la librasen así de la ignominia y el baldón de firmar su sentencia de muerte. Conocían, sin embargo, harto bien los dos ministros la falsía de su Reina, y habían entablado el juego entre ellos, como de raposa sin corazón a raposos sin entrañas. Seguros estaban de que al día siguiente de cometido el delito, tan ansiado de su soberana, les desautorizaría ésta por completo y arrojaría sobre ellos todo lo odioso de aquel crimen de que su hipócrita crueldad quería aprovecharse, dejando para los demás el oprobio y la vergüenza.

Apelaron, pues, al conocido recurso de fingir un nuevo complot contra la vida de Isabel, para espantar el ánimo de ésta y exaltar aún más la cólera y la impaciencia del pueblo, y un mal hombre y peor caballero, que llamaban Staffort84, acusó nada menos que al embajador de Francia de haber promovido una conspiración contra la reina de Inglaterra, a fin de salvar a la de Escocia.

Aterrose Isabel, o fingió que se aterraba, y mandó tomar las precauciones más alarmantes. Cerráronse todos los puertos de Inglaterra para impedir que nadie entrase o saliese en el reino; hiciéronse prisioneros, expulsose al embajador, y el espanto cundió en un momento de un cabo a otro de la isla. A diario corrían por calles y plazas, en medio de aquel aislamiento, las más temerosas noticias: unas veces era una invasión de los españoles, prestos a desembarcar en Milford-haven; otras era el duque de Guisa a la cabeza de un ejército, que entraba en Sussex; o los católicos apoderándose a mano armada de Fotheringay; o una insurrección, a favor de María en los condados del Norte. Reuníase a cada paso el Consejo privado para conjurar estos imaginarios peligros, y en todos ellos se proponía la muerte de María Estuardo como remedio único y radical de todos aquellos males.

Aparentó Isabel ceder al cabo, y el 1.º de febrero mandó llamar al secretario Davisson por medio del Almirante Howard. Llegó el Secretario a las diez de la mañana, trayendo el decreto de ejecución (warrant) que Cecil había redactado de antemano. Leyolo la Reina atentamente, pidió una pluma y firmolo sin la menor vacilación ni repugnancia visible, mandando a Davisson que lo llevase al canciller para que le pusiese el gran sello de cera amarilla con las armas del reino. Y tan grande era su serenidad, y tan lejos estaba su ánimo cruel de todo sentimiento de compasión o de tristeza, que al devolver el pergamino a Davisson tuvo el valor de añadir esta horrible chanzoneta.

-Mostradlo de paso a Walsingham, y cuidad de que no le mate la pena.

Encargole también que no tuviese efecto la ejecución en el patio de Fotheringay, sino en la gran sala del piso bajo, a fin de que la afluencia de gente no fuera demasiada, y despidiole al cabo, prohibiendo que la volviesen a hablar de aquel asunto, puesto que ya había hecho ella todo lo que la ley y la razón le exigían85. En el momento de salir Davisson, detúvole la astuta bastarda, como si una repentina idea la asaltase. Quejósele entonces amargamente de Amyas Paulet y de los que podían haberla ahorrado aquel penoso deber de firmar la sentencia de muerte, cumpliendo ellos el juramento que, como miembros de la famosa Asociación, tenían derecho de perseguir hasta la muerte a cualquiera que atentase contra la vida de la reina de Inglaterra; y añadiole luego, con mucho ahínco, y como si fuera ésta la idea repentina, que quizá pudiera tener todavía la cosa remedio si él y Walsingham escribían a sir Amyas Paulet, sondeándole con maña sobre tan espinoso asunto, e induciéndole a tomarlo él a su cargo.

Aceptó Davisson la horrible propuesta, y apresurose a comunicarla a Walsingham, el cual encontró oportunísima la ocasión de arrojar sobre el viejo puritano Paulet la responsabilidad de aquel crimen que todos deseaban y a todos espantaba, y del que nadie quería aceptar sino los sangrientos provechos. Escribieron, pues, aquellos dos perversos ministros de una Reina todavía más perversa, a sir Amyas Paulet, aquel mismo día 1.º de febrero, la siguiente insidiosa y abominable carta:

«Después de saludaros cordialmente, creemos obligación nuestra comunicaros algunas palabras pronunciadas últimamente por S. M., quejándose de encontrar en vos la falta de celo y diligencia que revela el no habérseos ocurrido (sin insinuación de nadie) un medio cualquiera de quitar la vida a esa Reina, en vista de que S. M. estará siempre en peligro mientras ella viva. Sin hablar de la falta de amor a S. M. que esto revela, encuentra además la Reina que no cuidáis de vuestra propia seguridad, o más bien de la conservación de la religión, del bien público y de la prosperidad del país, todo lo que la razón y la política exigen. Vuestra conciencia quedaría tranquila ante Dios, y vuestra reputación sin tacha ante los hombres, puesto que tenéis hecho el juramento solemne de la Asociación, y puesto que los cargos alegados contra esa Reina resultan probados evidentemente. Por este motivo, el desagrado de S. M. es grande, al ver que los hombres que se dicen adictos a su persona, como vos lo sois, faltan a sus deberes y descargan sobre ella todo el peso de este negocio, sabiendo su repugnancia a verter sangre, y sobre todo la de una persona de ese sexo y de ese rango, y tan próxima parienta suya.

»Mucho turban estas consideraciones a S. M., y podemos aseguraros que ha protestado repetidas veces de que si no la preocupasen más que los peligros que pueda correr ella misma, los que corren sus buenos súbditos y fieles servidores, jamás consentiría en que se derramase la sangre de esa Reina. Hemos creído que convenía enteraros de estos sentimientos que S. M. ha expresado hace muy poco tiempo, y someterlos a vuestro buen juicio. Y con esto os encomiendan a la protección del Todopoderoso, vuestros buenos amigos, Francisco Walsingham y Nicolás Davisson».

Recibió esta carta Amyas Paulet el 2 de febrero, a las cinco de la tarde, y una hora después ya había rechazado también el viejo puritano la tremenda responsabilidad, como la rechazaban los otros, revistiendo por su parte las formas nobles y leales de la siguiente carta a Walsingham:

«Hoy a las cinco de la tarde he recibido vuestra carta de ayer, y no detengo un momento la respuesta que me pedís en breve plazo. Os la transmito, pues, con toda la amargura que siente mi corazón al considerar que ha llegado un día en que, por insinuación de mi Graciosa Soberana, se exige de mí un acto que Dios y la ley prohíben. Mis bienes, mi destino, y mi vida están a disposición de S. M., y presto estoy a dejarlos mañana mismo, si ésa es su voluntad; pues reconozco que sólo a su gracia y favor los debo, y no deseo gozarlos sino con el beneplácito de S. A. Pero Dios me libre y me preserve de que naufrague miserablemente mi conciencia, y eche yo mancha tan grande sobre mi posteridad, derramando sangre sin autorización de la ley y sin un acto público. Espero que la acostumbrada indulgencia de S. M. sabrá tomar en buen sentido mi leal respuesta, etc., etc.

Corriéronse ambos secretarios, Walsingham y Davisson, con la carta del puritano, y encargose el segundo de comunicarla a la Reina. Leyola Isabel con muestras de despecho, y, según asegura Titler, exclamó violentamente:

-¡Me fastidian estos charlatanes escrupulosos y pacatos, que todo lo prometen de palabra, y luego no hacen sino echarle a una la carga a la espalda!...

No se habló más del asunto, como Isabel había mandado; pero el decreto de muerte, con la firma de la Reina y el sello del canciller, habíalo ya traído Cecil al Consejo privado, y éste se decidió a darle curso sin nuevas manifestaciones de la Reina. Escribieron, pues, todos los consejeros una carta colectiva a los condes de Shrewsbury y de Kent, encargándoles la triste misión de asistir al suplicio de la reina de Escocia, y el 4 de febrero salió Roberto Beale por la noche de Londres, con esta carta y el decreto de muerte, para el castillo de Fotheringay. Era muy reducido su cortejo, y formaba parte de él un hombre extraño y taciturno, disfrazado más bien que vestido de caballero, con ropilla de terciopelo negro y cadena de oro al cuello.




ArribaAbajo- XIX -

Pocos días antes de la muerte de la reina de Escocia, separó Paulet violentamente de su lado al capellán que allí tenía oculto y a su mayordomo, Andrés Melvil. Encerroles en el mismo castillo, lejos de su señora, y nadie ha explicado nunca, ni la razón de esta violenta medida, ni cómo se descubrió la estancia del sacerdote en Fotheringay, ni quién fuera este misterioso capellán de que hablan todos los historiadores, sin nombrarle ninguno. El erudito Mignet le llama Préau o Dupréau, sin decir dónde haya encontrado este nombre, y el P. Rivadeneira, que debía saberlo, sin duda, pues tomó sus noticias de los mismos servidores de la Reina que presenciaron su muerte, y escribió en el mismo año de la cruel tragedia, calla, sin embargo, su nombre con estudiada prudencia y limítase a decir que, por particular beneficio de Nuestro Señor, tuvo la Reina consigo el Santísimo Sacramento todo el tiempo de su prisión, y a narrar luego la patética escena que más adelante referiremos.

De todos modos, es lo cierto que al separar Paulet repentinamente al capellán del lado de la Reina, quedó el Santísimo Sacramento en la cámara de ésta, encerrado en una caja de oro, y oculto en el sagrario secreto que le tenían dispuesto. Lo cual, con ser consuelo inmenso para la Reina, era al mismo tiempo preocupación constante, pues temiendo a cada paso que la dieran muerte repentina y violenta, temía también dejar aquel tesoro inestimable en manos de los herejes.

Y sucedió que, estando la Reina, el día 7 de febrero, con estas dudas y temores, y enferma en cama por el dolor reumático que solía aquejarla en las piernas, entró a las dos de la tarde en su cámara Juana Kennedy, la primera de sus doncellas, demudada y temblorosa, anunciando que los condes de Shrewsbury y de Kent y otros varios señores que habían llegado por la mañana al castillo, pretendían hablarla.

Contestó la Reina sosegadamente que se hallaba enferma y en cama; pero que si el caso era de verdadera urgencia, se levantaría para recibirles. Respondieron los condes que la urgencia era grande, y levantose entonces la Reina, con harto trabajo, y se puso un amplio ropón de terciopelo negro, forrado de pieles, y sentose, por su mucha flaqueza, ante una mesita de escribir que había al pie del lecho. Entraron entonces los condes de Shrewsbury y de Kent, sir Amyas Paulet, Drue y Drury y Roberto Beale, y aparecieron detrás las asustadas cabezas de casi todos los servidores de la Reina, consternados y llorosos, y fuéronse deslizando a hurtadillas, uno a uno, como mejor pudieron, en la cámara de su señora, y agrupándose en torno de ella. Estaban seis damas: Juana Kennedy, Renata de Beallay, Bila Maubray, Isabel Curle, María Pagets y Susana Korcady; su médico Bourgoing, su cirujano Jacobo Gervait, su boticario Pedro Gorjon, el ayuda de cámara Aníbal Stouart y el despensero Didier Sifflard.

Adelantose el conde de Shrewsbury muy pálido, con la cabeza descubierta; inclinose profundamente delante de la Reina, y díjole, balbuceando casi, que, obligada su Soberana por las instancias de sus súbditos, había decidido que tuviera lugar la ejecución de la sentencia notificada dos meses y medio antes por el lord canciller Buckhurst. Escuchole la Reina sin turbarse en lo más mínimo, y de igual modo oyó el decreto de muerte leído a continuación por Roberto Beale. Santiguose sosegadamente al terminar la lectura, y dijo, cruzando las manos:

-¡Bendito sea Dios, por la nueva que nos dais!

Y como sus damas levantasen entonces el grito y comenzaran a sollozar y a lamentarse, volviose a ellas la Reina, y con grave además las impuso silencio.

-No podemos recibir mejor noticia -añadió- que la que nos anuncia el término de nuestras desdichas, y la gracia que nos hace Dios de morir por la gloria de su nombre y de su Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana... No esperábamos fin tan dichoso después de los tratos que hemos sufrido en este país, y los peligros a que nos han expuesto durante diecinueve años, a Nos, nacida reina, hija de rey, nieta de Enrique VII, sobrina de la reina de Inglaterra, reina viuda de Francia y princesa libre que no reconoce en el mundo más superior que Dios.

Y levantando la voz con grande dignidad y firmeza, protestó de nuevo contra la acusación de haber conspirado contra la vida de Isabel, y con gran vehemencia y movimiento espontáneo salido del alma, puso entonces la mano sobre un libro de los Evangelios que sobre la mesa había, y dijo con toda la majestad de la reina que se siente ultrajada, y toda la solemnidad de la cristiana próxima a morir:

-¡Juro no haber conspirado nunca, ni permitido que nadie conspirase, contra la vida de la reina de Inglaterra!

Mas ni aun en aquel momento, en que todo era allí grande y solemne, desde la actitud y las palabras de la Reina, hasta el silencio en que se la escuchaba, dejó de perseguirla el odio sectario de los herejes; y el conde de Kent, fanático, rudo y grosero, de escaso entendimiento y sobradas pretensiones, atreviose a decirle que aquel libro era el de los papistas, y que, por lo tanto, valía tan poco su juramento como su libro. A lo cual contestó la Reina con grave mesura:

-Notad, conde de Kent, que éste es el libro en que creemos... ¿Tendríais por más sincero un juramento prestado sobre el vuestro, que no nos merece fe ninguna?...

Empeñose entonces el grosero y pretencioso conde en hacerla renunciar a lo que él llamaba sus supersticiones, y díjola que habían traído una persona eclesiástica para que la preparase a morir. Preguntó la Reina:

-¿Es católica esa persona que decís, y tiene la fe y comunión de la Iglesia Romana?...

Contestéronla que no, y la Reina pidió entonces que la volviesen su capellán, preso allí mismo en el castillo. Negáronselo los condes, y tornaron a ofrecerle el mismo hereje que ellos traían, que era el deán de Petersboroug86.

-No es eso lo que queremos ni lo que hemos menester -replicó entonces la Reina con gran firmeza-. Yo soy católica, y católica tengo de morir, y por ser católica muero, y téngolo por muy gran merced de Dios. Sin sacerdote me favorecerá mi Dios, que me ve mi buen deseo, y sin los medios ordinarios puede salvar y salva las ánimas que Él mismo con su sangre compró.

Negáronla también el breve plazo que pedía para escribir ella misma su testamento y hacer sus últimas disposiciones; y como preguntase entonces cuándo había de morir, contestole Shrewsbury que a las ocho de la mañana siguiente. Levantose luego la Reina, para indicar a la molesta visita que deseaba estar sola, y no bien estuvo, arrojáronse a sus pies todos sus servidores, anegados en lágrimas, pidiéndole, como si en su mano estuviese el concederlo, que no les abandonase. Consolábales ella con dulzura, como se consuela a los niños con halagos y palabras cariñosas, más bien que son sólidas razones. Mandó entonces adelantar la hora de la cena, a fin de tener toda la noche para escribir y para orar, y mientras la aparejaban, púsose ella a su mesa, y escribió a su capellán la siguiente carta, cuyo original tuvo el P. Rivadeneira meses después en sus manos, y lo besó como a una reliquia, y lo copió y tradujo al castellano de la siguiente manera:

«Yo he sido muy combatida y tentada de los herejes contra mi religión, para que recibiese consuelo por su mano dellos. Vos sabréis de otros que, a lo menos, yo he hecho fielmente protestación de mi fe, en la cual quiero morir. Yo he procurado de haberos y pedídoos para confesarme y recibir el Santo Sacramento. Hánmelo negado cruelmente, como también que mi cuerpo sea llevado desta tierra, y de poder estar libremente y de escribir, si no es por mano dellos y con voluntad de su señora. Y así, faltándome el aparejo, yo confieso humildemente, con gran dolor y arrepentimiento, todos mis pecados en general, como lo hiciera en particular, si pudiese; yo os ruego que esta noche queráis velar y orar conmigo, y en satisfacción de mis pecados, y de enviarme vuestra bendición. Avisadme por escrito las oraciones más propias y particulares que debo hacer esta noche y en la mañana, y todo lo demás que os pareciese que me puede ayudar para mi salvación. El tiempo es corto y no puedo escribir más».

Sacó Isabel Curle, con mucho disimulo, este papel de las habitaciones de su señora, y dióselo a Martín Heut, jefe de la cocina de la Reina, puesto por ella misma para que no la envenenaran; y deslizándose éste por los pasillos y vericuetos del castillo, llegó, sin ser visto, al aposento del capellán, y por debajo de la puerta le entregó la carta.

Sirvió la cena a la Reina Domingo Bourgoing, su médico, por hallarse encerrado el mayordomo Andrés Melvil, como ya dijimos, y durante ella habló la Reina de las pretensiones que había tenido el necio conde de Kent de convertirla a su religión, y dijo, sonriéndose:

-No era este doctor el que había de convencernos.

Al terminar la cena mandó llamar a todos sus servidores, desde Martín Heut, el jefe de cocina, hasta Juana Kennedy, su primera doncella, y llenando una copa de vino, bebiola a la salud de todos ellos, de modo tan expresivo y cariñoso, que todos aquellos infelices cayeron de rodillas sollozando. Por lo cual, díjoles entonces ella, con gracia tan bondadosa y particular, que no parecía ya de este mundo:

-¿Y no queréis vosotros beber también a mi salud, que será ya eterna y, por la misericordia de Dios, dichosa?...

Todos bebieron entonces de rodillas, mezclando el vino con sus lágrimas, y le pidieron perdón por lo que pudieran haberla ofendido o molestado durante todo el tiempo de su servicio. Diolo ella con muy buena gracia, y pidiolo, a su vez, porque harto conocía, les dijo, que las penas y desdichas le habían agriado el carácter en aquellos últimos años. Exhortoles entonces a permanecer siempre firmes en la religión católica, y a vivir en paz unos con otros; y, entregándose en su cámara, salió a poco con unas bolsitas, hechas por ella misma, con previsión amorosa, y en las que había repartido los 5.000 ducados que le quitaron en Chartley, y le devolvieron luego después de su sentencia, y era todo lo que poseía.

Diole a cada uno, por sí misma, una de aquellas bolsitas; para todos tuvo una palabra afectuosa, un prudente consejo, un encargo de amistad o de cariño, dicho todo con tanta bondad y gracia tan conmovedora, que, despedazadas de dolor aquellas pobres gentes, no podían tenerse de pie, y algunos yacían postrados sollozando. «Y hacíalo todo esto -escribía el mismo Bourgoing-sin que se viese el menor cambio en su rostro, ni en su voz, ni en sus movimientos; parecía que daba disposiciones y ponía en orden sus asuntos, para mudarse de una casa a otra». Repartioles también todas sus ropas y las pocas alhajas que la quedaban, y a las ocho y media retirose a la cámara en que tenía el Santísimo Sacramento, dejando en la pieza contigua, y con la puerta abierta, a Domingo Bourgoing y a Juana Kennedy.

Allí escribió de nuevo su testamento, todo de su puño y letra, y otras varias cartas, entre ellas una a Enrique III, pidiéndole, por caridad, que pagase las mandas que dejaba a sus servidores más pobres. La triste Reina despojada sólo poseía su viudedad de Reina de Francia, y ésta debía pasar a Enrique III, una vez muerta ella. «Siempre me habéis amado, -le decía-, y por eso os pido, por caridad, que me lo mostréis por vez postrera, dándome el consuelo de recompesar a mis pobres y afligidos criados, y de hacer sufragios por el alma de esta pobre Reina, que se ha llamado como vos, Reina Cristianísima de Francia, y muere católica y desprovista de toda clase de bienes».

A las diez entró Martín Heut con la respuesta del capellán, que había tomado también por debajo de la puerta, y la Reina la leyó atentamente dos o tres veces, y la quemó después a la luz de una de las hachas. A las dos de la madrugada acabó de escribir, y puso entonces, en un cofrecillo, su testamento y las cartas abiertas, diciendo a Bourgoing y a Juana Kennedy que ya había terminado sus negocios humanos, y sólo le quedaba prepararse para comparecer delante de Dios.

Hízola entonces Bourgoing tomar un baño de pies con hierbas aromáticas, que mitigaban sus dolores y fortalecían la flaqueza de piernas que la aquejaba; y, sintiendo algún cansancio, mandó a Juana Kennedy que le buscase en el Flos Sanctorum, que leía todas las noches, la vida de algún santo que hubiera sido también gran pecador. Recorrió Juana algunas de aquellas vidas, y la Reina hízola detenerse en la de San Dimas, el buen ladrón, por parecerle que había en ella el ejemplo más acabado de la confianza humana y de la misericordia divina. Leyó Juana Kennedy la conmovedora historia, procurando comprimir sus lágrimas y sollozos, y la Reina la escuchaba con devoto recogimiento, cruzadas las manos y entornados los ojos. Al terminar la lectura dijo gravemente:

-Gran pecador, fue; pero no tanto como yo... ¡Quiera Nuestro Señor acordarse de mí y hacerme misericordia, como le hizo a él en la hora de la muerte!...

Púsose entonces en oración delante del Santísimo Sacramento, de rodillas y con el rostro oculto entre las cruzadas manos, hasta que, sintiendo crecer el cansancio a eso de las cuatro, y pareciéndole prudente reservar fuerzas para el último momento, acostose para descansar, vestida como estaba. Velábanla Juana Kennedy y María Pagets, rezando y llorando, y aunque veían cerrados los ojos de la Reina, movíanse sus labios entrabiertos, como si orase, y brillaba en su frente una especie de serenidad, que imponía, al mismo tiempo, pavor y respeto, como acontece a los humanos con las cosas del cielo.




ArribaAbajo- XX -

Al amanecer, despertose la Reina por sí misma, diciendo que ya no le quedaban más de dos horas de vida. Escogió entonces entre sus pañuelos, uno primorosamente bordado de oro, para que la vendasen los ojos en el cadalso, y mandó traer el más rico de sus vestidos, que solía ponerse los días de gala. Era de terciopelo granate muy oscuro, acuchillado de raso negro, con cuello muy alto y largas mangas perdidas; traía también un manto de corte, de larga cola y riquísimo brocado, del mismo color que el vestido, guarnecido de marta zibelina, y un amplino velo blanco, que la cubría de pies a cabeza. Llevaba a la cintura un rosario de oro, y al cuello una cruz también de oro, y dos escapularios.

Mandó entonces entrar a todos sus servidores, y delante de ellos hizo a Bourgoing leer su testamento, y lo firmó ella, y le hizo entrega de las cartas, papeles y presentes que debía llevar a Francia, a los príncipes de su familia. Encerrose luego con Bourgoing y Juana Kennedy en la cámara en que estaba el Santísimo Sacramento, y después de largo rato de oración, comenzó a rezar en latín las oraciones de los agonizantes... Llamaron a la puerta; Juana Kennedy contestó que presto saldría la Reina, y entonces hubo allí una escena sublime y silenciosa, digna de la Iglesia de las Catacumbas y de los tiempos de Nerón y Tiberio, tan semejantes a los que bajo el reinado de Isabel corrían... Abrió la Reina, por su propia mano, el sagrario, y sacó la caja de oro en que estaba la sagrada forma: adorola breve rato, tomola luego en sus manos, y, con grande humildad y reverencia, se comulgó a sí misma... Volvieron a llamar, porque eran ya las ocho. Abrió entonces Juana Kennedy, y entró el Sheriff, Tomás Andrews, con su varita blanca en la mano, sin que la Reina volviese la cabeza. Pálido y turbado el funcionario, sólo tuvo alientos para decir desde la puerta:

-Señora, los lores están aguardando.

-Vamos -contestó la Reina levantándose.

En el momento de salir, diola Bourgoing un crucifijo de marfil que estaba sobre el altar, y ella lo tomó y lo besó, y se puso en marcha, llevándolo en una mano, y un breviario en la otra. Como la debilidad de sus piernas la impedía andar con soltura, apoyábase en los brazos de Bourgoing y de Gervait, su cirujano, y así fue hasta la última puerta de su departamento. Mas al llegar allí, dejáronla aquellos dos fieles servidores, porque repugnaba a su delicadeza conducirla ellos mismos a la muerte, y apoyada entonces en dos criados de Paulet, y seguida de todos los suyos, llegó a lo alto de la escalera, donde la esperaban los condes de Shrewsbury y de Kent, Amyas Paulet y toda la cohorte de herejes. Allí tuvieron los dos condes la crueldad de detener a toda su servidumbre, y con harto trabajo lo lograron, pues hombres y mujeres se arrodillaban a los pies de su señora, y le besaban las manos, y asíanse a sus ropas y no querían abandonarla.

Bajó la Reina la escalera con harto trabajo, y encontró, al pie de ella, a su fiel mayordomo Melvil, al cual habían sacado de su encierro para que pudiese darle el adiós postrero. Arrojose el anciano a sus pies, llorando amargamente al verla venir en aquella guisa, y la Reina le abrazó con gran serenidad, y le dijo, tuteándole por primera vez en la vida:

-No llores, mi buen Melvil; regocíjate más bien, porque María Estuardo ha llegado ya al término de sus desdichas... Harto sabes que este mundo no es sino vanidad, turbación y miseria... Di a todo el mundo que muero firme en mi religión; verdadera católica, verdadera escocesa, verdadera francesa... Perdone Dios a los que desean mi muerte, y Él, que ve los pensamientos secretos de los hombres, sabe que siempre he deseado la unión de Escocia y de Inglaterra.

Encargole entonces que llevase su bendición a su hijo, el príncipe Jacobo, y allí mismo se la dio, haciendo la señal de la cruz con la mano... Pidió luego a los dos condes que dejasen entrar a sus damas y servidoras en la sala en que habían levantado el cadalso, y ambos se lo negaron, muy en especial el de Kent, que temía alborotasen con sus gritos y dieran el escándalo de querer empapar los pañuelos en su sangre.

A esta brutal respuesta, replicó la Reina con noble mansedumbre:

-Os damos palabra, milord, de que no harán nada de eso... Los pobres sólo desean vernos morir, y podéis estar seguro de que vuestra señora, que es una reina virgen, no rehusaría a otra reina que sus doncellas la asistiesen en el momento de su muerte.

Hablaron entre sí los dos condes, y resolvieron, al fin, que asistiesen a la ejecución dos doncellas de la Reina y cuatro hombres de su servidumbre. Designó María a Juana Kennedy y a Isabel Curle; a Bourgoing, Gervait, su cirujano, Goron su farmacéutico, y Didier Sifflard, su despensero, y seguida de todos ellos, y de Andrés Melvil, que llevaba la cola de su manto, entró en la sala en que estaba levantado el cadalso.

Era éste de dos pies y medio de altura y doce cuadrados de extensión, y se apoyaba por un lado en la pared del muro. Hallábase tendido de arriba abajo de bayeta negra, y había en medio un tajo cubierto también de luto, y delante un cojín y un sillón de terciopelo negro. Subió la Reina los escalones del cadalso con la misma tranquila majestad con que hubiera subido las gradas de su trono, y sentose en el sillón sin mudar de color, ni cambiársele el sereno rostro. Tenía a su derecha a los condes de Shrewsbury y de Kent, sentados, y a la izquierda al Sheriff, de pie, con su varita blanca en la mano; enfrente estaban, vestidos de terciopelo negro, los dos verdugos, de los cuales era uno el hombre extraño y taciturno, con cadena de oro al cuello, que trajo Beale a Fotheringay. Pegado a la pared del fondo había un banco, donde estaban sentados los servidores de la Reina, y contenidas por una barrera, que guardaban Amyas Paulet y sus soldados, había en el salón unas doscientas personas, herejes en su mayor parte.

Entrose en esto un perrito faldero, que amaba mucho la Reina, y le había enviado su tío, el cardenal de Guisa, y se subió al cadalso a la querencia de su señora y comenzó a hacerles fiestas. Acariciole la Reina con grave sosiego, e hízole acurrucarse a su lado y estarse quedo entre los pliegues de su manto.

Subió al tablado Roberto Beale para leer el decreto de su muerte, y oyole la Reina, tan profundamente recogida, que parecía extraña a cuanto la rodeaba. Santiguose muy despacio al terminar la lectura, y más hermosa que nunca, dice Jebb, con el rostro sonrosado y fresco, segura la mirada, fácil la palabra, firme la voz, sin cambio alguno en el semblante, con sobrehumana majestad en todo, comenzó a decir:

«¡Milores!... Creo que entre tantos que aquí estáis presentes, y veis este espectáculo lastimoso de una Reina de Francia y de Escocia, y heredera del trono de Inglaterra, habrá alguno que tenga compasión de mí y llore este triste suceso, y dé verdadera razón a los ausentes de lo que aquí pasa. Aquí me han traído, siendo Reina ungida y soberana señora, y no sujeta a las leyes de este reino, para darme la muerte, porque, siendo Reina, me fié de la fe y palabra de otra Reina, que es mi tía. De dos delitos me acusan, que son: el haber tratado de la muerte de la Reina, y haber procurado mi libertad. Mas por el paso en que estoy, y por aquel Señor que es Rey de los reyes y Supremo Juez de los vivos y de los muertos, que lo primero me levantan, y que ni ahora ni en algún tiempo jamás traté de la muerte de la Reina... Mi libertad he procurado, y no veo que el procurarla sea crimen, pues soy libre y reina y soberana señora. Pero, pues Dios Nuestro Señor quiere que con esta muerte yo pague los pecados de mi vida, que son muchos y muy graves, y que muera porque soy católica, y que con mi ejemplo aprendan los hombres en qué paran los cetros y grandezas de este mundo, y entiendan bien cuán espantosa cosa es la herejía, yo acepto la muerte de muy buena voluntad, como enviada de la mano de tan buen Señor, y ruego a todos los que aquí estáis y sois católicos, que roguéis a Dios por mí, y que me seáis testigos de esta verdad, que muero en la comunión de la fe católica, apostólica y romana».

Dichas estas palabras, que fueron escuchadas en el más profundo silencio, abrió la Reina su breviario, y como si no perteneciese ya a este mundo, comenzó a rezar en latín los salmos penitenciales. Mas ni aun en este momento, en que batía ya sobre ella sus alas la muerte, cesó la lucha para la Reina mártir, y allí mismo, en un extremo del cadalso, se levantó el fantasma de la herejía, que había tronchado su juventud y turbado toda su vida, para turbar también su hora postrera. El doctor Fletcher, deán hereje de Peterboroug, acercose para tentarla, con el pretexto de exhortarla a morir.

-Señora, -la dijo-, la Reina, mi Graciosa Soberana, me ha enviado...

Mirole María con torvo ceño, y le interrumpió secamente:

-Señor deán, soy católica, apostólica, romana, y por esta mi religión quiero morir.

Tornó el pérfido deán a tentarla, y tornó María a mirarle sin ira y sin odio; pero con imponente señoría, díjole imperiosamente:

-¡Callad, deán, que me turbáis!...

Separó Shrewsbury al hereje, tirándole del brazo, y despechado entonces el conde Kent, tuvo la infame villanía de insultar sobre el cadalso a aquella Reina vencida y humillada que iba a morir.

-De poco os servirá, -dijo brutalmente mostrando el crucifijo-, tener ese Cristo en la mano no llevándolo en el corazón.

A lo cual contestó la Reina con celestial mansedumbre:

-Justo es que el cristiano en todo tiempo, y más en el de su muerte, traiga consigo el signo de su redención.

Habíase puesto el deán hereje a rezar en un extremo del cadalso, según el rito anglicano, y la Reina, arrodillada en el almohadón, rezaba en latín los tres salmos: Miserere mei, Deus, etc.; In te, Domine, speravi, etc.: Qui habitat in adjutorio, etc. Comenzó luego a rezar en inglés, y su piedad era tan viva, su actitud tan espontánea, su voz tan natural y conmovedora, que muy pocos de los presentes pudieron contener las lágrimas. Rogó por el Papa, por la Iglesia, por los monarcas y príncipes católicos, por el Rey su hijo, por la reina de Inglaterra, por sus enemigos, y encomendándose también a sí misma, concluyó diciendo, con la vista en el crucifijo y voz segura y firme que salía de lo más profundo de su alma:

-¡Señor mío Jesucristo!... ¡Como tus brazos se extendieron en la Cruz, así se extiendan para recibirme a mí los de tu misericordia!...

Levantose entonces, y apartando con una sonrisa al verdugo que se adelantó para ayudarla a despojarse de la parte de sus vestidos que estorbaba, hizo seña a Juana Kennedy y a Isabel Curle de que se acercasen. Allegáronse las dos mujeres tan profundamente desoladas, que para evitar la explosión de su dolor, púsoles la Reina cariñosamente la mano sobre la boca, y les recordó que había prometido ella en su nombre que serían animosas.

-No lloréis, -las decía-; regocijaos conmigo, porque soy muy feliz al dejar este mundo por tan buena causa.

Quitose lo primero la cruz de oro que llevaba al cuello, y diósela a Juana Kennedy87. Quitáronla después el manto, el velo y el corpiño con la gola, y quedose tan sólo con la saya de terciopelo, un jubón de tafetán rojo y la escofieta en la cabeza. Sentose entonces en el sillón y bendijo desde allí a sus servidores, que lloraban desolados. Arrodillose el verdugo ante ella para pedirla perdón, y respondió la Reina que perdonaba a todo el mundo. Abrazó entonces a Juana Kennedy y a Isabel Curle, y las bendijo haciéndoles la señal de la cruz sobre la frente. Vendola después Juana los ojos con el pañuelo escogido por la misma Reina, y ambas mujeres se apartaron sollozando.

Quedose la Reina un momento recogida, con el crucifijo en ambas manos, y luego se arrodilló sin soltarlo, y tendió el cuello al verdugo, diciendo con el acento de la más firme confianza:

-In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum!...

Creyó ella que habían de darle muerte como en Francia, hiriéndola con el cuello en alto; mas el verdugo la advirtió su error, y le hizo apoyar su cabeza sobre el tajo... De nuevo repitió la Reina: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum!, y el verdugo levantó el hacha y descargó en falso un golpe tremendo... Escapose un gemido de horror de todos los circunstantes; mas la Reina no hizo el menor movimiento ni profirió una queja. Descargó el verdugo un segundo golpe, y la cabeza rodó por el suelo, desprendiéndose de ella la escofieta, y dejando ver la cabellera de la Reina, cana por completo, a pesar de no contar sino cuarenta y cuatro años. El verdugo mostró la cabeza desde un extremo del cadalso, diciendo: ¡Dios salve a la Reina!, y el deán Fletcher gritó desde el otro lado: ¡Así perezcan todos sus enemigos! Sólo el infame conde de Kent se atrevió a contestar: ¡Amén!

Echaron un paño negro por encima del cuerpo, y horas más tarde, cuando volvió el verdugo para recoger los sangrientos despojos, oyó algo que gemía y se agitaba junto al mismo cuerpo, y debajo del fúnebre paño... Tiró de él con verdadero espanto y encontró al falderillo de la Reina, que, olvidado de todos y escondido entre las ropas de su señora, hablase deslizado entre el tronco y la cabeza, y lamía la sangre y aullaba tristemente.

FIN DEL LIBRO SEGUNDO








ArribaEpílogo

Contrista el ánimo y lo aflige, recorrer la larga serie de desventuras de la reina de Escocia, y aun llega a indignarse, al encontrar al fin de la jornada abatida su noble figura y su santa causa, y orgullosa y triunfante la repulsiva Isabel y su herética Iglesia. Mas


...no es buen juzgador quien juzga
sin notar todo el proceso,



y si los días del impío son largos, su muerte es cierta y viene en un punto. Por eso es justo examinar esta última página del proceso de Isabel, y comparar vida con vida, muerte con muerte, y, a lo que puede colegirse, destino eterno con destino eterno.

Sobrevivió Isabel a María Estuardo poco más de trece años, y durante ellos vio la bastarda halagada su soberbia con el engrandecimiento de Inglaterra, y saciadas sus pasiones con la larga serie de favoritos que, sin disputas ni controversias, le señala la historia: Leicester, Flatton, Walter Raleigh, Pickering, Carlos Blount y el conde de Essex Roberto Devreux.

Enamorose Isabel de este último, cuando tenía él veintiún años, y ella cincuenta y cinco, y tan desvergonzado era el mozo y tan crédula la vieja, que en el entusiasmo de sus monstruosos amores, le escribía él y le creía ella: «Esperaba esta mañana temprano que mis ojos tuvieran la dicha de ver la belleza de V. M... No se oscurezca el divino poder de V. M., como no se ha oscurecido su belleza, la cual ha llenado el mundo de esplendor... ¿Cómo hubiese podido vivir lejos de V. M., acostumbrado a verla cabalgar como Alejandro, cazar como Diana, andar como Venus, mientras que un suave céfiro hacía flotar sus hermosos cabellos alrededor de sus blancas mejillas cual a una ninfa; y a considerarla sentada a la sombra como una deidad, ya cantando como un ángel, ya tocando la lira como Orfeo?»

Essex fue el único de los favoritos de Isabel que pudo dominar en algo el ánimo de aquella mujer atroz, cuya soberbia inmensa no tenía más punto flaco que su carne; y sucediole, al fin, lo que a los domadores de fieras, que acaban por dejar la vida entre las garras de la pantera domesticada, un día que ésta se rebela, o de la hiena que baila, en un momento en que la fiera se cansa.

Explotaba Essex sin decoro los seniles amores de la Reina; mas las libertades que se tomaba el joven hacían sacar a cada paso las garras a su enamorada hiena, y un día, en pleno Consejo, como hubiese Isabel negado a Essex cierta gracia, volviole éste la espalda groseramente. Saltó la bastarda de la silla, como si se hubiese revuelto en sus entrañas toda la venenosa sangre de Enrique VIII, y diole un gran bofetón en el rostro, gritando exasperada: -¡Go and. be hanged! ¡Anda a que te ahorquen en otra parte!

Mas escrito estaba que a Essex habían de ahorcarle allí mismo y harto ya de las repugnantes caricias de aquella Dido de sesenta y ocho años, fuese a pelear a Irlanda contra la voluntad de ella, y volviose cuando le plugo, sin su permiso, lo cual irritó de tal manera a Isabel, que, con harta benignidad para su carácter, mandole arrestar en su propia casa. Exasperose Essex con el castigo, y en su insolente cólera, llamó a Isabel vieja ridícula; y esta verdad tan patente a los ojos de todos, menos a los de la propia dama, con ser tan perspicaces, despertó en su vengativo ánimo uno de esos odios repentinos y pasajeros, que nacen del amor celoso o ultrajado, y son en sus prontos los más intensos y temibles de los odios.

Una vez en guerra declarada los dos amantes, llegó Essex de locura en locura hasta conspirar contra la Reina, y echarse a las calles de Londres para promover una sedición, y derribar a su rival en el poder, Roberto Cecil, hijo del otro Cecil, gran tesorero. Apagada, sin embargo, la sedición, y desarmados Essex y los suyos, fue el ingrato favorito encerrado en la Torre de Londres, juzgado por un tribunal de pares, y condenado a muerte... Entonces comenzó Isabel a sentir real y verdaderamente las vacilaciones y angustias que había fingido años atrás, cuando se trató de firmar la sentencia de María Estuardo. Por tres veces firmó la del conde de Essex, y otras tantas veces volvió a revocarla, luchando entre su amor que resucitaba y su orgullo que no moría, y esperando siempre alguna señal de arrepentimiento, alguna palabra humilde o mensaje sumiso del amado reo, para concederle el amplio y absoluto perdón, que en el fondo de su degradada alma, le tenía ya concedido.

Años atrás, en los tiempos más felices de sus amores, habíale dado Isabel a Essex un rico anillo, encargándole que en cualquiera circunstancia apurada en que se viese y se lo enviara, tendría al punto concedido, bajo su palabra de Reina, cuanto fuese su deseo. Este anillo era el que esperaba Isabel, hora por hora y minuto por minuto, con ansiedad siempre creciente y angustia que la mataba. Mas el anillo no venía; era esto señal de que Essex no se humillaba, y en un momento en que el orgullo herido y la soberbia irritada prevalecieron en el ánimo de la Reina, sacó la pantera las garras del todo, firmó la sentencia de muerte, y el hermoso favorito fue decapitado en la Torre de Londres, a los treinta y cinco años, el 25 de febrero de 1601.

Desde entonces, poseída Isabel de mortal tristeza, arrastrose más bien que vivió, por todos sus palacios, sin permanecer más de un mes en ninguno, y ni volvió a prestar atención seria a los negocios, ni hubo para ella placer ni distracción alguna. Sombría y más feroz e irritable que nunca, veíasela vagar sola por lugares apartados, y encontrábasela a menudo derramando copiosas lágrimas. Decayeron sus fuerzas visiblemente al cumplir los setenta años, y a principios de febrero de 1603, trasladose de Westminster al castillo de Richmond, que era una de sus residencias favoritas. El 13 de marzo, estando la Reina en su cámara, sola con lady Isabel Spelman, dama de honor de guardia aquel día, avisáronle que la condesa de Nottingham, dama de honor también, que seguía a la corte y estaba en el castillo, se hallaba moribunda por repentino accidente, y pedía con grandes ansias ver a la Reina antes de morir, para confiarla secretos de importancia. Era esta condesa de Nottingham, mujer del gran Almirante de Inglaterra Carlos Howard, muy privado de la Reina, y llena ésta de curiosidad, dirigiose con lady Spelman a las habitaciones de la condesa.

Entró la Reina en la alcoba de la moribunda; y quedose la Spelman en la habitación vecina aguardando. Mas de allí a poco resonaron grandes gritos dentro, y oyó la dama distintamente los groseros juramentos que solía emplear Isabel en sus arrebatos de cólera. Abrió asustada la puerta, y vio a la Nottingham hundida en el lecho, cadavérica casi, y a la Reina delante, de pie, desencajada también por la cólera y la rabia, y con los brazos extendidos hacia la moribunda, como si quisiese estrangularla. En el momento de entrar, decía la Reina con el más furioso encono:

-¡Podrá Dios perdonaros, pero yo no os perdonaré nunca!... ¡nunca!...

Y barbotando esta horrible palabra ¡nunca!, ¡nunca!, y babeando de furor, y tan ciega por la ira, que tropezó con lady Spelman y la arrastró tras sí brutalmente agarrándola por la gorguera y pinchándose con los alfileres, huyó a sus habitaciones, como si las furias le hubiesen devuelto su vigor y sus fuerzas, y allí se dejó caer sobre una alfombra, mesándose los cabellos y dando gemidos que parecían más bien furiosos ecos de impotente rabia.

Aquella misma noche murió la Nottingham, y comenzó a correr, por el palacio primero, por la ciudad después, y por la historia más tarde, el secreto que reveló a la Reina en su lecho de muerte.

El conde de Essex no había muerto impenitente ni despreciando el perdón de la Reina. Lejos de eso, habíase humillado a ésta, enviándole el anillo que había de ser para él prenda de perdón. Mas quiso su desgracia que diese este encargo a la condesa de Nottingham, y esta mujer, obligada, según unos, por su marido, enemigo implacable de Essex, o impulsada, según otros, por propios y amorosos resentimientos, guardose el anillo, calló la embajada, y dejó morir al infeliz conde desesperado, y renegando injustamente de la palabra y la misericordia de Isabel.

Herida ésta de muerte por aquella revelación inesperada, no volvió a separarse del tapiz en que se había echado. Trajéronle unos cojines, y en ellos se reclinó, y pasados los primeros transportes de ira y de rabia, quedose allí mismo, inmóvil y silenciosa, poseída de esa sombría desesperación que infunde en los ánimos soberbios el pensamiento fijo y constante de las cosas que pudieron ser y por nuestra culpa no fueron, y que ya no tienen remedio.

Diez días y diez noches pasó en aquel mismo sitio, como idiota, sin pronunciar palabra ni variar de postura, chupándose, sin cesar, un dedo de la mano izquierda, siempre el mismo, con los ojos desencajados y fijos en el suelo. A veces daba gritos por el ardor horrible de estómago que la atormentaba; mas rechazaba también los alimentos, y sólo bebía, de vez en cuando, con dolorosa ansia, algunos sorbos de agua pura. Veíasela morir, y rodeábanla sus damas, aterradas sin osar acercársele mucho, temiendo los ímpetus de sus terribles iras, como se teme la proximidad de una pantera enferma, mientras puede extender la potente zarpa. Acercósele el arzobispo hereje de Cantorbery para exhortarla a implorar la misericordia divina; y la Reina movió por dos veces la cabeza, y balbuceó otras tantas, sin sacarse el dedo de la boca:

-¡Ya hago!... ¡Ya hago!...

Y sin una palabra de arrepentimiento, ni de perdón que pidiese, ni de consuelo que le fuera menester, se apagó su existencia lentamente, en aquella misma postura, al amanecer del jueves 24 de marzo.

Así murió Isabel, y así cayó su negra alma en lo eterno, donde uno de sus mayores tormentos fue, sin duda, contemplar la gloria de María Estuardo en el cielo.




 
 
FIN